21.7.17

Más lecturas

Alfius de Bux
Que la Gran Guerra dio frutos literarios perdurables no es nada nuevo. Sí, al menos para mí, la existencia de uno de ellos: Cien visiones de guerra (Renacimiento), del francés Julien Vocance (seudónimo de Joseph Seguin, 1878-1954), un puñado de poemas breves, comparables a haikus, dignos de figurar en cualquier antología de la poesía bélica. Por aquello de las indudables semejanzas, al español los ha vertido, un siglo y un año después de ser publicados por primera vez en La Grande Revue, Susana Benet, que, como dije aquí atrás, no deja de ser la más japonesa de nuestras poetas. 
El libro es intenso y delicioso. A lo trágico, que predomina, no le faltan gotas de humor: "A mí me dio en la nalga, / a ti, en el ojo. / Tú eres un héroe, yo casi". Es difícil imaginar la experiencia de un hombre en una situación similar. En su "juventud, grave y pensativa". Él lo resume en una dedicatoria ("estos recuerdos de nuestros tormentos"), a su hermano pequeño que sustancia el último poema: "por haber, maravilloso prodigio, / conocido la muerte antes que la vida". 
No suelen decepcionar, sino todo lo contrario, los libros que aparecen en la colección La Gruta de las Palabras, de las Prensas de la Universidad de Zaragoza. En gran parte, porque la dirige alguien con sensibilidad y criterio: el escritor Fernando Sanmartín. Es el caso de las dos últimas entregas, como siempre impecablemente editadas. 
Vida doméstica, de la periodista Carmen Ruiz Fleta  (Zaragoza,1978), no se da a engaño. Su poesía es directa, clara y, más que nada, lúcida. Con el punto justo de acidez, desengaño y melancolía, que como recuerda José Antonio Llera en sus espléndidos diarios (de los que daremos cuenta), y cita a Aristóteles, "está atravesada por la más alta conciencia". Lo cotidiano elevado a categoría artística. A poesía, mejor. Que, según ella, "es escuchar al silencio".
Con la llegada de la sangre, de Octavio Gómez Milián (Zaragoza,1978), abunda en lo paradójico, siempre tan poético. Y en el tema de la muerte: la ausencia y los ausentes: "Hablo de la muerte / porque en ella permanece el silencio". El tono, lógico (un matemático, como él, sabe que menos es más), es sentencioso, seco, aforístico. Los poemas, breves. La memoria y los recuerdos se plasman en forma de iluminaciones. Una suerte de anotaciones de la perplejidad.
Este es uno de tantos libros que se quedan atrás, aunque siempre supe que terminaría leyéndolo. Era su momento. Tal vez cada libro tenga el suyo. Me refiero a Temblor, de Charo Ruano, un título con reminiscencias de Kierkegaard (le falta el temor, tan presente aquí) que publicó el año pasado Amarú Ediciones, de la librería Víctor Jara de Salamanca, ciudad natal de la periodista, la fiel editorial de la no menos leal Ruano. Como uno pasa muchas horas últimamente en una habitación de hospital cuidando a un paciente grave, la lectura de este diario de una artista seriamente enferma me ha llegado al alma. Debería haber ejemplares en las bibliotecas de esos centros sanitarios para uso y consulta de los usuarios y familiares. Sí, "En realidad nadie sabe nada", aunque ahora, gracias a esta indagación sobre el mal, el que lo padece y todas y cada una de sus probables circunstancias, de las aciagas a las más felices, algunos vislumbramos mejor de qué va este asunto que a todos, más tarde o más temprano, ha de concernirnos. Sobre la enfermedad se ha escrito mucho, pero este emocionante libro es, en rigor, único.
La poesía portuguesa es interminable, bien lo sé. Por eso no me ha extrañado el gozoso descubrimiento de los versos de Maria do Rosario Pedreira (lisboa, 1959) gracias a la antología bilingüe Una casa con palabras dentro (bonita definición de libro) que, traducida y prologada por Verónica Aranda, publica (en La Rama Dorada de Monmany) Huerga & Fierro. La preciosa cubierta abre un mundo interior (abierto al verano) donde el amor (a veces el desamor) manda. Su poética se basa en la claridad (ella, como uno, admira a los poetas "que se hacen entender") y su propuesta, dice Aranda, singular en el rico panorama lírico portugués. Me ha llamado mucho la atención que sea una mujer que escribe sin complejos, desde la heterosexualidad, y sin tener en cuenta la tiranía de lo políticamente correcto. Que confiesa sus miedos y sus sentimientos con una naturalidad llamativa, lo que no deja, ya digo, de tener su gracia. Los finales son redondos y la sencillez de su poesía un pozo profundo en el que abismarse. Según Pedro Mexia, "lo trágico visto desde fuera".
Mario Martín Gijón (Villanueva de la Serena, 1979) se prodiga bastante, y en todos los géneros.  Bien está. Nos entrega ahora en la querida colección La Gaveta de la Editora Regional de Extremadura la nouvelle Un otoño extremeño. Lo diré pronto: me ha encantado. Utiliza el recurso del manuscrito encontrado; en este caso, un diario del ingeniero forestal alemán Thomas Jung que traduce al español su compañero de trabajo Esteban Carrasco y donde aquél da cuenta de su corta e intensa estancia en Extremadura. Distintos lugares (lo que hace de este texto una suerte de libro de viajes), bellísimas descripciones de árboles y paisajes, un par de historias de amor, párrafos sobre él mismo y su forma de ser... Cuando leo al prosista Martín Gijón y recuerdo al poeta del mismo nombre, tan experimental y hermético, siempre me sorprendo. Aquí todo es luminoso, fruto de un lenguaje cuidado, pero sin sombra de artificio, salvo el que el arte narrativo exige. Entre líneas, además, el lector extremeño encontrará reflexiones propicias para evaluar su autoestima y favorecer la autocrítica, que para ambas cosas da, y para mucho más, esta espléndida novela breve.
Harria, Piedra, es el título de un sólido libro de Juan Manuel Uría publicado por El Gallo de Oro en euskera y castellano. Otro que también se quedó atrás, pues es de 2016. Poco importa. Porque es de verdad, que diría uno de Bilbao, intemporal y punto. El levantador Iñaki Perurena, uno de los prologuistas, lo hubiera titulado "El nieto del famoso Errekartetxo ha realizado 130 alzadas con la piedra". Ese hombre fue famoso por levantar la "Albizuriaundi", según Bernardo Anaut, «piedra irregular, en Amezketa, que ha sido objeto de levantamiento en contraste con las regulares de forma cilíndrica, esférica o cuadrada. Solamente dos forzudos pudieron levantarla y echársela al hombro ya que pesaba 163 kg. Uno de ellos José Ibar "Urtain"». El otro, claro, Santos Iriarte, abuelo de Uría, que aparece fotografiado en tal trance en la cubierta, al principio del volumen y en páginas interiores. Impresiona.
No es este, aclara, su autor, un libro sobre el levantamiento de piedra ni sobre la vida del harrijasotzaile (que "piensa con las manos"). Parte de ahí para mirar al hombre. Gracias a la poesía que "trata de expresar lo inexpresable". Son 130 "facetas del ser". Entre la poesía, sí, el aforismo, la epifanía, la anotación y la escritura memorialística, una suerte de tratado (donde no falta el componente antropológico) particular e insólito acerca de un símbolo que los vascos, como pocos, han logrado hacer suyo. Uría nombra, por ejemplo, a Oteiza.
Por lo demás, ya que de poesía hablamos, me he acordado del padre del poeta Hasier Larretxea, que levanta piedras en algunos recitales de su hijo. Ya me espera su último libro: Meridianos de tierra.

18.7.17

Parapoeta

Muy elocuente la poeta (de moda) que estaba pidiendo a gritos la poesía española, según Prado. La entrevistan en El Cultural, ay, donde se refiere a Internet como un "nuevo canal de comunicación bestial". No sé en qué sentido. Luego, en dos ocasiones, menciona la palabra "público": "desde el primer libro tengo claro que el público merece un respeto mayúsculo". Y: "espero no defraudar al público". Así no habla un poeta. No hasta ahora, quiero decir. 
"Parapoesía", define al fenómeno, con la ocurrencia que le caracteriza, Luis Alberto de Cuenca: «En cierto modo son vagidos adolescentes (...). Para referirme a ello yo hablo de 'parapoesía', igual que existe la 'parafarmacia'». Lo recoge en su muro de FB Martín López-Vega. Lo toma de una entrevista del autor de La caja de plata en Jot Down.
Pasé el otro día fugazmente por la mesa de novedades de poesía de la Casa del Libro de Gran Vía y se me cayó el alma al suelo. Luego me acerqué a La Central y, ahí sí, me vine un poco arriba. A este paso...
Espero, en fin, que nadie me pida que reseñe libros parapoéticos. ¿O era parapatéticos? 

14.7.17

Algunas lecturas recientes

Aunque, como expliqué, de momento no está uno para darle a algunas lecturas el espacio y el tiempo que sin duda los libros que las han propiciado merecen (y sus esforzados autores, claro), me gustaría repasar algunas recientes, sin entrar, insisto, en detalles, al menos en este rincón. 
A Fernando del Val le conocía uno por las estupendas entrevistas y biocronologías que ha venido publicando en la acreditada revista Turia. Por ejemplo la que le hizo aquí atrás a Gonzalo Hidalgo Bayal, extraordinaria. Algunas de ellas, con un pertinente prólogo de Miguel Ángel del Arco sobre ese arte, se han reunido en Si te acercas más, disparo, que publica Difácil. Entre ellas, las que hizo a Félix Grande, Delibes, Colinas, Gamoneda (las dos muy extensas), Landero, Caballero Bonald, Luis Mateo Díez, Vila-Matas... En "Nota de autor y procedencia" deja caer su propia poética sobre la conversación. Las fotografías de César Toro realzan aún más el valor de este volumen. Ah, dije poética y conviene resaltar que Del Val acaba de publicar Los años aurorales, donde uno ha conocido, grata sorpresa, su exigente faceta lírica. Y ya que lo menciono, algo similar me ha ocurrido con Raúl Nieto de la Torre, experto landeriano, autor de la monografía El héroe de ficción y las ficciones del héroe en la obra narrativa de Luis Landero, amén de consumado poeta como demuestra su última entrega: Leopardo, publicada por Tigres de Papel. 
De Hilario Barrero habíamos leído ya algunos libros. Este es muy especial. Se trata de una antología, Educación nocturna (Renacimiento), con edición y prólogo de José Luis García Martín, en la que el toledano afincado en Nueva York despliega sus saberes líricos, apegados como pocos a su propia experiencia vital Su intimismo, cercano a la serena confesión, me ha conmovido, más aún por las especiales circunstancias familiares en las que he leído unos poemas que dan la verdadera medida de un hombre. Y de un poeta, of course.
Ya conocía uno a Abraham Gragera -su poesía, sus traducciones, su faceta como codirector de la revista Años diez, su labor crítica-, pero nunca había disfrutado tanto de su obra como le he hecho con O Futuro. Sobre todo, por culpa de mi corazón extremeño, de la primera parte del libro: "Amor propio". Pero no sólo, que conste. Uno de los mejores del año, según creo.
Aunque, en lo que a autores españoles respecta (salvo los que consiguen premios o son ya muy conocidos), Visor le sorprende a uno cada vez menos, destaco dos libros de la veterana colección negra que me han gustado (por su potencia): Ruta Dos, de Daniel Calabrese, un argentino en Chile, y el primero de Carolyn Forché (que contaba entonces con veinticuatro años y estaba en Yale), Juntemos las tribus. También en Visor, en traducción del catalán de Francisco Díaz de Castro (del que tengo por leer su poesía reunida, recién publicada por Renacimiento), otro libro singular: Banderes dins la mar/Banderas en el mar, del mallorquín Josep Lluís Aguiló. Si me agradó su poesía reunida, Monstruos y otros, no menos me ha gustado éste, en especial los poemas donde describe la forma de ser y de estar de los isleños y reflexiona sobre la vida en esas maravillosas islas mediterráneas. 
El aforismo sigue en racha y de ello da fe Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016), con selección y prólogo del poeta León Molina, publicado por La Isla de Siltolá en su colección Aforismos. A su vez, Javier Sánchez Menéndez, director de esa editorial sevillana, da a la imprenta en Trea La alegría de lo imperfecto un libro, qué casualidad, de aforismos. Tan radicales como su autor. En el mejor sentido del término, matizo.
De "fragmentos" prefiere hablar Lorenzo Oliván, que reúne en Dejar la piel (Pre-Textos-Fundación Gerardo Diego) sus pensamientos y visiones entre 1986 y 2016. Treinta años ojo avizor.
La umbría y la solana es el precioso nombre de una nueva editorial que imprime libros no menos bonitos. Los paseos del soñador solitario, de Almeida Faria, pongo por caso, en traducción de Antonio Sáez (asesor de esta nueva empresa libresca), o Sermón de San Antonio a los peces, todo un clásico de la literatura portuguesa (a la que miman), en versión de otro extremeño rayano, Luis María Marina. ¡Suerte en la nueva aventura!
Del Ángel Petisme habíamos leído hace poco El dinero es un perro que no pide caricias (Gobierno de Aragón, 2016) y ahora El faro de Dakar (Renacimiento), que es un libro logrado y emocionante; una pertinente y honda mirada sobre África basada en hechos reales. 
José Carlos Cataño publica en Renacimiento La vida figurada, una nueva entrega de sus diarios, de los años 2008 y 2009. Partidario de este tipo de empeños, como de los libros de entrevistas, he disfrutado leyéndolo. No hace falta recordar que el canario es uno de nuestros diaristas más conspicuos. 
Por seguir con el memorialismo, quiero mencionar Como aire africano. Diarios 2004-2010, del periodista almendralejense Liborio Barrera, que ya figura en el catálogo de la Editora Regional de Extremadura. Por suerte, la Editora va cogiendo la velocidad de crucero que algunos llevábamos tiempo esperando. De lo más reciente, cabe señalar Sentada frente al precipicio, espléndida antología de poemas de la portuguesa Fátima Maldonado (con versión y prólogo de José Ángel Cilleruelo), que resucita la línea Letras Portuguesas, y Piedra de toque. 15 poetas emergentes de Extremadura, antología preparada por el poeta Daniel Casado en la que se incluyen versos de los extremeños (nacidos entre 1980 y 1991) Álex Chico, Urbano Pérez Sánchez, Fernando de las Heras, Ángela Sayago Martínez, Úrsula Rodríguez, David Yáñez, Fernando Pérez Fernández, Julián Portillo, Francisco Fuentes, Víctor Martín Iglesias, Víctor Peña Dacosta, Ángela Cayero, Francisco José Najarro Lanchazo, Antonio Rivero Machina y Patricia Amigo.
Me desagrada, sí, lo de "emergentes" (Chico y otros emergieron hace tiempo), pero el libro es un acierto. Siquiera sea para demostrar que hay banquillo, digamos, en la poesía escrita por extremeños, casi todos de la diáspora. Que esa pequeña literatura inserta en la española contemporánea sigue viva, y cuánto. Por lo demás, el trabajo de Casado, su panorama, es solvente, en lo relativo a la selección (cosa siempre difícil), el prólogo (documentado) y las notas sobre cada autor con la que se abren los respectivos poemas. No faltará, eso sí, quien proteste porque sólo figuren cuatro mujeres en un grupo de quince.
Y para terminar, abundando en lo autóctono, me parece digno de reseñar el libro Periferias: Letras del Oeste. Ensayos sobre literatura extremeña del S. XX, del callado estudioso Manuel Simón Viola Morato (Departamento Editorial de la Diputación de Badajoz. Colección Filología-Rodríguez Moñino), con prólogo de José Luis Bernal Salgado. Poesía, narrativa, teatro... De Reyes Huertas, Manuel Monterrey, Felipe Trigo, López Prudencio, Francisco Valdés, Félix Urabayen, Manuel Pacheco, Castelo, Hidalgo Bayal, Landero... Un acierto. 

Nota: La ilustración, titulada "Book damaged by water", es obra de Abelardo Morell.

8.7.17

Condición de mujer

Cristina Peri Rossi  (Montevideo, Uruguay, 1941) tiene una extensa bibliografía a sus espaldas. Destaca como narradora y poeta. Desde 1972, cuando tuvo que exiliarse, reside en España, en la ciudad de Barcelona. Dejó en su país natal una prometedora carrera docente y varios libros publicados, entre ellos su ópera prima poética, Evohé (1971). Ahora, la editorial Visor, cada vez más atenta a la poesía femenina, publica una oportuna y amplia antología de su obra, La barca del tiempo, donde encontramos poemas de sus libros Descripción de un naufragio (1974), Diáspora (1976), Estado de exilio (2003), Lingüística general (1979), Europa después de la lluvia (1987), Babel bárbara (1990), Otra vez Eros (1994), Aquella noche (1996), Inmovilidad de los barcos (1997), Las musas inquietantes (1999), Estrategias del deseo (2004), Habitación de hotel (2007), Playstation (2009) y La noche y su artificio (2015). Sólo faltan muestras de su última entrega, Las replicantes (2016). Son 44 años de poesía.
La selección de los poemas y el prólogo corresponden a Lil Castagnet, especialista en la obra de la uruguaya. En su informada y pertinente introducción subraya la importancia de la intensidad y la emoción en su poesía, “en cualquiera de sus registros”. También resalta su musicalidad y su ritmo, dotado de una “gran sonoridad”. Alude también a lo que uno denominaría su sensualidad. “Leerla, dijo Elena Poniatowska, es una invitación al placer”.
Según Castagnet, ya Evohé “encierra la clave de casi toda su poesía”. Destaca su capacidad transgresora, gracias a esa relación entre las mujeres y las palabras, que ocasionó un llamativo escándalo (el libro llevaba por subtítulo “Poemas eróticos”) en la sociedad uruguaya de su tiempo. “Las mujeres son todas pronunciadas / y las palabras, son todas amadas”, escribió allí. “El erotismo es el camino que lleva a la eternidad, a la trascendencia”, dijo después en el prólogo a su Poesía reunida que publicó Lumen en 2005.
El exilio marca no sólo un punto y aparte en la vida de Peri Rossi, sino que se convierte en un tema central de su poesía. Una poesía, cabe añadir, muy apegada a la existencia de su autora y, en consecuencia de tono autobiográfico. Descripción del naugrafio, escrito en Montevideo en 1972, el año de su destierro, marca el punto de inflexión. A éste le seguirán dos títulos que tienen esa circunstancia como núcleo: Diáspora y Estado de exilio, que, si bien fue publicado en 2003, se escribió entre 1973 y 1975. “Tengo un dolor aquí / del lado de la patria”, leemos. Y: “El exilio es comer moral, compañero”. Exilio que significó supervivencia, claro, pero también “desgarramiento”. Nos salva, dice ella, el “impulso libidinal”, la libido, lo que no deja de ser un argumento de peso para justificar la importancia que el sexo tiene en la poética de quien se califica como “mujer deseante”. En su poesía y en su vida que, como dijimos, son una y la misma cosa. Por eso su lenguaje –que nunca descuida, que es tanto o más importante que todo lo demás ya que los poemas se construyen con palabras, no con ideas– es directo, sencillo, de sesgo conversacional y hasta prosaico. De una narratividad evidente. Un lenguaje que no rehúye la metapoesía, la reflexión sobre sí misma, tal en Lingüística general. Peri Rossi, desde la paradoja, dice: “El poeta no escribe sobre las cosas / sino sobre el nombre de las cosas”, pero también: “Las palabras no pueden decir la verdad”. Y concluye: “la única compañía que no falla: / las palabras”. Un lenguaje, ya se dijo, indefectiblemente unido a ese concepto, digamos, de mujer. Escribe (y habla, merced a la oralidad) desde ahí. Siempre con melancolía. De su lugar natal (“una ciudad triste”), por ejemplo: “¿Existió alguna vez una ciudad llamada Montevideo?” “Para recordar / tuve que partir” Porque los exiliados “sueñan con volver a un país que ya no existe”. Viajera sucesiva (“Mi casa es la escritura”, “siempre en tránsito”), ha escrito: “Mi primer viaje / fue el del exilio”. Ostracismo y lenguaje se unen en uno de sus títulos más arriesgados: Babel bárbara, donde se impone el juego verbal.
Dije mujer y en ella, en ellas, las mujeres, “antepasadas mías”, se centra Otra vez Eros, un libro donde aparecen temas como el SIDA y donde el amor, que va más allá del erotismo y del deseo (léase “Fetiche” y “El amor existe”), otro de los asuntos sustanciales de esta poesía, aflora con toda su intensidad. De Aquella noche selecciona Castagnet “Historia de un amor”, con su estribillo: “Para que yo pudiera amarte…”
Y de nuevo la tristeza: “Sobrevivir también es una nostalgia / de no haber muerto todavía”. Más adelante, en Inmovilidad de los barcos, escribe: “Con la felicidad no se puede hacer nada”. El título del poema: “Alegría de vivir”.
En Las musas inquietantes, obra consagrada a la pintura, encontramos: “Aquello que los hombres matan con violencia / las mujeres domestican con dulzura”.
Aunque en sus versos apenas si hay referencias espaciales, Barcelona (“Barnanit”) es el sitio desde donde mira, podríamos decir. Por eso su poesía es urbana, un rasgo muy significativo de su manera de proceder. Y nocturna, de ahí lo de “nit”: “Amo la noche y su artificio”.
Aludimos antes a lo autobiográfico pero no por eso podemos olvidar, forma parte de su carácter narrativo, que “las vidas son siempre noveladas, novelerías”. Ficción, por tanto. «”Todo lo conviertes en literatura”, / me reprochas llorando», escribe.
Internet y la vida actual están muy presentes en sus versos, en especial en el libro con el que ganó (era la primera mujer que lo conseguía) el premio Fundación Loewe: Playstation; a mi modo de leer, acaso el menos logrado de los suyos.
El psicoanálisis es otro asunto recurrente, muy propicio para destacar otro aspecto de la poesía perirrossiana, la ironía (cuando no el sarcasmo) que usa con soltura.
No creo que sea casual que el último poema de la antología se titule “Condición de mujer”, ni que la última palabra sea (por las mártires de Ciudad Juárez) “JESUSCRISTAS”.

Nota: Esta reseña ha sido publicada en el número 123 de la revista Turia.

6.7.17

Final de curso

Una cita:
"Ejercí la docencia no sin ganas, aunque es un oficio que cansa y desgasta. Llegas a la jubilación, si es que llegas, peor que baldado y ni Dios te lo agradece. A lo sumo, ves, pasados los años, a un expupilo por la calle, apenas reconocible de estatura y de facciones, y te saluda sonriente. Algo es algo.
Venían padres y, sobre todo, madres al aula en las horas estipuladas para que el profesor los pusiera al corriente del rendimiento y conducta de los alumnos. En mi caso, ninguno volvía sobre sus pasos sin al menos un elogio a la criatura, aunque la tal fuera un humanoide merecedor de grillos y mazmorra no contemplados en las directrices pedagógicas. Si tienes medio gramo de corazón y otro medio de cordura, ¿qué vas a hacer? No puedes mandar a la gente a su casa marcada con el látigo de la verdad. Había historias tristes, por descontado cotidianas. La escuela es un espejo de la vida. Esto supongo que ha sido dicho cientos de veces con escasas variantes enunciativas. En la escuela uno ve de todo, se entera de todo.
(...)
En los cursos de educación primaria el panorama humano era distinto. Allí aún se practicaba con fruición la ceguera. No escaseaban los padres abrigantes de ilusiones desmedidas, convencidos de haber traído al mundo un genio. Y alguno que otro, con achaque de afianzar la convicción, añadía: "Este ha salido a mí". Tocaba la niña con la flauta dos compases seguidos de Noche de paz y ya era Mozart. Multiplicaba el niño de corrido la tabla del seis y ya estaba en disposición de fotografiarse con la lengua fuera a la manera de Einstein. El propio Picasso se habría retorcido de envidia a la vista de los logros pictóricos de aquel enjambre de chiquillos". Fernando Aramburu, "¿Qué es un genio?". El Mundo.

Y en este complicadillo final de curso, ya dije, tres obviedades al hilo de los acontecimientos:

Los alumnos pasan, los hijos permanecen.
                              
                                     ◆

No aprende quien puede, sino quien quiere.

                                      ◆

Hay alumnos que ni merecemos ni nos merecen.

4.7.17

Dos reseñas de El Cultural

Ángel García López
Castalia, Madrid, 2017. 65 páginas. 72 páginas. 

«Entre el núcleo central de los autores del medio siglo (…) y la irrupción de los sesentayochistas, hay una zona ocupada por poetas en quienes se confunden, penetrándose recíprocamente, rasgos de unos y otros: por un lado, moralidad, conocimiento, revelación, elegía; por otro, desbordamiento imaginativo, esteticismo, relativa autonomía lingüística. Situado entre ambos polos de atracción, pero también conectado por voluntad estética a diversas corrientes de preguerra y primera posguerra, se encuentra Ángel García López, nacido en Rota, Cádiz, en 1935». Estas palabras de Ángel L. Prieto de Paula ubican a este autor, que, contra lo que suele suceder, decide cerrar por voluntad propia su largo proceso creativo (jalonado con premios importantes como el Adonais, el Nacional y el de la Crítica) con Cuando todo es ya póstumo. Tres volúmenes reúnen su Obra poética (2009), aunque, con éste, sean seis los libros que ha publicado desde entonces. De su presunta facilidad para escribir, mezcla singular de inspiración y oficio, es buena muestra este libro torrencial, en lo que atañe a los sentimientos y a las emociones, así como al lenguaje; en lo sustancial, exuberante y barroco, compuesto en versículos, de suntuoso vocabulario y ritmo enfático, consecuencia directa de un uso particular de la métrica y la sintaxis. Un canto fragmentado en otros catorce donde Emilia, su mujer, dedicataria in memoriam de la obra, regresa tras su muerte en forma de elegía.
La memoria (“el cortejo febril de la memoria”) es un elemento clave, claro está, en el libro. Recuerdos que recuperan tiempos pasados en un paisaje concreto, el de su Cádiz natal; una geografía particular poblada de lugares simbólicos descritos minuciosamente: Masnive, Salvatecas, Albatín, Maifora… “Recorro lo que transitaba con ella”, leemos. Lugares habitados por flores, árboles y pájaros que el observador conoce al detalle. Nombres que aportan, ya se dijo, opulencia al lenguaje. Y exactitud, en tanto que trazo de estilo.
La amada, cuerpo y alma, lo centra todo aquí: “desde ti gravitaba”, escribe. Celebración y dolor, completud y vacío, acompañamiento y soledad, diálogo y monólogo, palabra y silencio se alternan en este relato de la desolación que, siquiera a ratos, también lo es del entusiasmo.
“Escindida hoy del mundo, / tu muerte a mi palabra ha dejado sin nido. Tú eras ella, voz única. / La que ahora, conclusa, sepultada en lo mudo, es ceniza contigo”. Así concluye este lamento, digno punto final para una obra llamada a perdurar.

Javier Vela
Fundación José Manuel Lara. Vandalia, Sevilla, 2017

Javier Vela (Madrid, 1981, aunque vinculado a Cádiz, donde dirige la Fundación Carlos Edmundo de Ory) es autor de Aún es tarde, La hora del crepúsculo (Premio Adonais), Increado, el mundo, Tiempo adentro, Imaginario (Premio Loewe a la Joven Creación), Ofelia y otras lunas (Premio Ciudad de Córdoba) y Hotel Origen. Llega Fábula, un libro breve pero muy bien trabado que el autor ha dividido en seis partes. Se abre con una más que elocuente cita de Wallace Stevens: “La poesía es la ficción suprema”. Sobre esa base, la del “carácter falsario de la memoria” y la manipulada “noción de verdad”, Vela levanta su obra. Y lo hace en forma de prosa, aunque a uno le parezcan más bien versículos, siquiera sea por el tono hímnico y hasta épico que a veces alcanza sin que falte lo inspirado y surrealizante. En “Correspondencias”, los referentes de ese discurso son el cine y la televisión (de series como Perdidos o Juego de tronos: “Visión en Roca Casterly” es el título de uno de los mejores poemas del conjunto). En “El país de Amara”, nombre de la protagonista de la historia amorosa de su penúltimo libro, leemos: “Pero el amor no basta: haced sitio al amor”. Lo atlántico y lo mediterráneo se funden en “El Sur”, donde irrumpe lo civil. En poemas como “Esperando a los bárbaros” (“Es la hora de los dioses pequeños”) o “Campo del Sur”. “Retrato de familia” es acaso la parte más lograda del libro. O la más sustancial. También la más explícita. Ahí, “Pequeñas sediciones” (“hay tanta gente sola / seria perdida mustia”), “Retrato de familia”, “Cuando éramos mayores”: En un país de viejos tatuados y ancianas esponjosas malograrán su vida nuestros hijos”. En “Habla el fabulador”, la más autobiográfica, se atiende al asunto de la identidad movediza: “por qué no ser también / lo que no somos?” En “Invocaciones”, por fin, “es la escritura misma la que se convierte en el objeto de la enunciación”, algo muy stevensiano: “Escribir, escribir, como si camináramos / por un hilo invisible / para buscar a tientas el corazón del otro”.

Nota: Las reseñas de estos libros de García López y Vela se publicaron en El Cultural el pasado viernes, 30 de junio.

3.7.17

Pintor

Me encuentro con él cada tarde.
Cuando voy, viene.
Con su modesto lienzo bajo el brazo.
Algún día lo he visto
aún en la tarea.

A la orilla del río, apoyado
en un muro de piedra
que le sirve en precario de soporte,
pinta un cuadro.

Tiene enfrente la casa
que usa de motivo.
El molino, que llaman,
“de la pared bien hecha”.

Apenas entrevista,
aprecia uno maneras en la obra.

Es un señor mayor,
casi un anciano.
Dispone sus pinceles con esmero
y simplemente pinta.
Contra el tiempo, a favor de la belleza.
Tal vez la más humilde.

Como el lugar en que se inspira,
el hombre va ganando la batalla.

Nota: Este poema se ha publicado en el número 4 de la revista valenciana 21veintiúnversos.
En la imagen, "Mancos", terracota sobre base de madera y alambre, una obra de Miquel Navarro para la cubierta. 

29.6.17

En el Vostell

Museo Vostell
Ejerza de crítico de la última exposición que ha visitado, le plantean en la sección de El Cultural "Esto es lo último" a Pablo Carbonell, y el actor y cantante responde: "Lo último que vi fue el museo de Wolf Vostell en Malpartida, Cáceres. No soy muy entendido en ese tipo de arte simbolista con elementos reciclados y mucho churrete pero me pareció una mierda pinchada en un palo. Menos mal que el sitio es bonito".
Lo traigo a colación no porque esté de acuerdo con lo que este hombre dice (allá cada cuál con sus opiniones), sino porque allí celebramos hoy los de mi colegio el último claustro de este curso que ha tenido, hablo de mí, un final bastante desagradable. Por distintos motivos. Evito entrar en enojosos detalles.
La comida, cuando menos, se presenta interesante. Veremos. Luego, con las prisas de siempre, a La Puerta de Tannhäuser, para acompañar, como se dice ahora, a Javier Sánchez Menéndez en la presentación de su último libro de poemas. Completito, sí. 

28.6.17

Lo jondo

La Sevillapedia dice de Lutgardo García Díaz (Sevilla, 1979): "médico y cofrade". Luego menciona su Pregón de la Semana Santa de 2012. Olvida, en consecuencia, que, además de ginecólogo (ejerce en el Hospital Universitario Virgen del Rocío) y pregonero, es poeta. Autor de La viña perdida (Rialp, 2014), que mereció un accésit del Premio Adonais y de Lugar de lo sagrado, Premio Hermanos Machado, que convoca el Ayuntamiento de su ciudad natal en colaboración con la Fundación José Manuel Lara, publicado en la colección Vandalia. Se suma a esa lista La llave misteriosa, su tercera entrega, que edita Renacimiento en Calle del Aire. Mal que me pese, es el primer libro suyo que leo y me ha sorprendido. 
En la dedicatoria, donde figuran su padre y su tío Manuel, ambos muertos, alude a los "que me contaron esta historia". ¿A qué historia se refiere? A la del flamenco, que es "misterio y memoria", al decir de Juan Lamillar, quien firma el breve pero vigoroso texto de la contracubierta. Y usa, sí, la poesía para desvelar esa memoria y ese misterio. ¿Qué instrumento mejor? En según qué manos, cabría precisar. Las de este hombre resultan perfectas a tal propósito, incluso para quienes no somos aficionados, y, todavía menos, conocedores de ese noble y antiguo arte que, casi sin querer, identificamos con Andalucía.
Aborda ese asunto desde el retrato. El de los cantaores, bailaores y guitarristas a los que dedica los poemas que lo componen. Al fondo, primer maestro y guía, Federico García Lorca.
Trae a colación Lamillar el dramatis personae que se incluye al final del volumen, más que mero "complemento", prosa tersa e informada, llena de emoción, sobre esos personajes, donde la literatura prima. Del diecinueve y mediados del veinte en su mayoría, por más que alguno siga vivo, como José Valencia. Quiero decir que el autor recurre a las fuentes, que más que de agua son de fuego. Pura fragua, por volver a lo lorquiano (y a la cita de Aquilino Duque).
"La queja", el primer poema da la medida exacta de la ambición de su autor al escribir este libro. "Yo he visto..." o "Yo vi..." ¿Qué? Lo que lograron transmitir con su arte Juan Talega, don Antonio Mairena, Franconetti, La Niña de los Peines, Antonio el Chocolate, Gloria, Naranjito, Joaquín de la Paula, José de Paula, Manuel Torre...
En la segunda parte, "Orígenes", se aprecia a la perfección la tarea lingüística, digamos, que justifica, en tanto que poesía, este libro. Sus osadas metáforas, pongo por caso, y el rico vocabulario que se ajusta, en lo barroco, a lo que se cuenta y canta. La imaginación al servicio del misterio, diría, porque encontrar las palabras precisas para desvelarlo no es tarea sencilla. Se trata, acaso, de poner voz a algo que es, por su naturaleza, inmaterial y abstracto. El ay, el quejío, el lamento como alma flamenca.
Me gustaría destacar las composiciones que trasladan al lector una atmósfera, un clima de época que da a estos versos la tonalidad más pura de esa forma de ser; así, "D. Antonio Chacón en Villa Rosa", "Juanito Mojama" (donde encontramos la expresividad de ese arte capaz de aunar a un cantaor con Rilke), "19 de agosto" (con la Guerra Civil al fondo), "Zambra 1947" (y Cádiz), "London Palace, marzo de 1955", "Córdoba, mayo de 1962"... Impresiona "Muerte de Manuel Torre".
"Mirad...", se nos dice, con la intención de que seamos testigos de lo que se narra.
Lo autobiográfico no falta. En el poema "El número cuatro", por ejemplo.
"La verdad sólo existe en la pureza", leemos, lo que no deja de ser una clave poética para comprender el fundamento de esta obra. Y en otro sitio: "Es un don la elegancia", que podría aplicarse al tono que usa Lutgardo García.
Con Sabicas, Agujetas, Chano Lobato o José Menese se cierra este emocionante ciclo por la memoria y filosofía del flamenco. Del más puro, sí, y por eso de las más genuino o verdadero.
Ningún aficionado debería perderse esta lección por derecho. Tampoco los lectores sin anteojeras, de cualquier de los puntos cardinales. Al fin y al cabo, esto es poesía.

21.6.17

La lección de Carnero

Al hablar de Guillermo Carnero (Valencia, 1947), siempre se empieza por el mismo sitio: su condición de novísimo, uno de los nueve elegidos por Castellet para su famosa antología. Con ser verdad, su obra, ya larga, da para mucho más que para volver, una y otra vez, sobre ese lugar común. Su primera etapa se cierra con la edición de lo que hasta entonces era su poesía completa: Ensayo de una teoría de la visión. Poesía 1966-1977 (con prólogo de Carlos Bousoño). Lo fundamental de su poética estaba allí fijado. Por decirlo pronto, culturalismo y metapoesía (“aquella poesía que se tiene a sí misma como asunto”, explicó en la Fundación March). Mucho más, cabe añadir, que mero venecianismo. Llegó luego el silencio y más de uno pensó que, retirado en los procelosos territorios universitarios de la docencia y la investigación, sería definitivo. Pero llegaron Música para fuegos de artificio (1989) y Divisibilidad indefinida (1990); se publicó su poesía reunida: Dibujo de la muerte. Obra poética, en edición de Ignacio Javier López (1998), a la que siguió, en 2010 una segunda edición corregida y aumentada: Dibujo de la muerte. Obra poética (1966-1990); y, sobre todo, por la sorpresa que supuso (que se vio refrendada con la concesión de los premios Nacional y de la Crítica), vio la luz Verano inglés, en 1999, al filo del fin de siglo. Otra etapa empezaba, la que conforma ese libro junto a Espejo de gran niebla (2002), Fuente de Médicis (Premio Loewe, 2006) y Cuatro noches romanas (2009). Salvo el premiado, todos ellos fueron publicados por Tusquets en su colección Nuevos Textos Sagrados. Cuatro títulos “enlazados en una unidad de sentido”, según su autor. Este momento queda resumido así por el propio Carnero: “es cierto que a partir de Divisibilidad indefinida se produce en mi forma de escribir una cierta mutación, que consiste en que la verdad emocional se hace más accesible al aflorar en ocasiones el intimismo directo que tan extraño me resultaba en un primer momento. Nada de eso ha sido consciente ni calculado; se trata de una consecuencia de la edad y la evolución personal, y es algo que culmina en Verano inglés, donde no faltan las referencias culturales ni las reflexiones metapoéticas”.
Ocho años después, tras otro significativo paréntesis, en el año que el poeta alcanza la setentena, aparece Regiones devastadas, que es sin duda un gran título, y vuelve a ser acogido con interés por los lectores (lo que a algunos nos devuelve la esperanza, no todo está marwanescamente perdido). En su “Pórtico”, con esa supuesta altivez a que el catedrático emérito nos tiene acostumbrados, persuadidos también de que estamos ante un lúcido lector, expone que, en “línea paralela” a esos cuatro libros mencionados más arriba, “a cuya orilla se iban depositando”, ha ido reuniendo a lo largo de veinte años en una carpeta (“tanto joyero como pudridero”) estos “textos más breves” que ahora componen la obra que nos ocupa.  
Para él han tenido, dice, “el atractivo de lo elemental, lo sintético y lo pequeño, y el alivio de la intensidad sostenida que producen (…) los más extensos y unidireccionales”.
Algunos nacieron breves y otros fueron objeto de “un proceso deliberado de poda y despojamiento”, precisa.
Ya que las artes siempre ha estado presente en sus poemas, aclara (cosa del todo pertinente en estos tiempos bárbaros) que “si contienen referencias a elementos del imaginario cultural, es porque ante y mediante ellos me he sentido llamado a dar cuenta de mí mismo”. En “términos de mi historial personal”, matiza, y añade: “nunca me he limitado a describirlos, puesto que son ellos los que, una vez designados, me describen a mí”. Concluye que su objetivo no ha sido en ningún caso la “accesibilidad”.
En la dedicatoria a su amigo el arquitecto Antonio Fernández Alba desliza que es “lector sabio y brillante”. No nos engañemos, a ese prototipo de lector ideal se dirige sin ambages Carnero. A un lector culto, el menos normal de nuestra época. Incluso el de poesía, que hasta ahora se caracterizaba por ser algo más que público.
La arqueología (recuérdese Poemas arqueológicos, de 2003) es la protagonista del primer poema: “Yacimiento”. Siguen, en el sentido cronológico de la Historia, otros que remiten a la Biblia, a la cultura clásica griega: Sunion, Himerio en Atenas, y a la romana: Ovidio (“Remedia amoris”), Virgilio (“Scripta manent”, donde se dirige a su amigo Cneo Cornelio Galo), Bizerta (que da origen a uno de los poemas más hermosos del volumen: “Factoría de Gárum en Bizerta”)…
En “Lección inaugural…” encontramos un irónico aviso para lectores: “Los ignorantes toman por verdad / el grado más pueril de la retórica”. En “Última oración de Severino Boecio” (en Pavía) y “Oración de Venancio Fortunato” evoca a los bárbaros. “Estancia de Heliodoro” se le ocurrió en el campo de exterminio nazi de Sobibor.
No es extraño que la edición de Cátedra, donde se agrupó parte de su poesía, López tuviera que recurrir a tantas citas a pie de página. No pocas, es verdad, innecesarias, siquiera para ese lector tipo a que antes aludimos. El que conoce las obras de Tiziano, Bronzino, Lucas Cranach el Viejo, Tintoretto, Domeniquino o Romero de Torres. Y ha leído al capitán Aldana y Góngora. El viajero perdido en Roma y Viena.
“Toda belleza duele y es violenta”, reza el primer verso rilkeano de “Muerte de Joaquín Winckelmann”, el que termina: “No a la melancolía, la soledad y el tedio; teme al amor de un ángel”.
Llegan después Tiépolo, Böcklin, Rodin, Yeats…
El viejo recurso del monólogo dramático y cuantos se ponen al servicio de ese artefacto literario denominado poema (la ironía entre ellos) no pueden ocultar, sin embargo, que estos versos ofrecen la medida de un hombre. Alguien que, según ha confesado en una entrevista, visita subastas “para adquirir muebles de épocas más felices”. Como la del último poema.
Por encima de esa sustancia culturalista, en el mejor sentido: el más genuino y vital, que impregna la poesía carneriana, uno destacaría la verdad de su belleza, que se centra, claro está, en el lenguaje. Dúctil, exacto, epigramático, sentencioso. Elegante, como don Guillermo. Propio de alguien que apoya su labor poética en el conocimiento y el rigor.
Celebra uno, en fin, que estos poemas no hayan permanecido en un cajón. Entre la “fragilidad” y la “piedad”, aportan, sí, “una nueva forma de concebir la intensidad y de acotar la expresión”. Un libro, sí, iluminador y necesario.

Guillermo Carnero                              
Vandalia. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2017

NOTA: Esta reseña ha sido publicada en el número 129 de la revistas Clarín.

12.6.17

Vuelve Tejada

Razón de ser, de José Luis Tejada (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1927), se publicó por primera vez en 1966, aunque en el prólogo se desmienta lo que reza en la contracubierta, esto es, que fue en el 67. Sólo por ese texto, firmado por Juan Bonilla ―que el de Jerez me permita el exceso― ya hubiera merecido la pena rescatar este libro del injusto olvido, algo que no sólo tenemos que agradecerle a él, sino también al arriesgado editor Javier Sánchez Menéndez, un hombre convencido de que no sólo los poetas jóvenes merecen una oportunidad.
Tejada no tuvo suerte, digamos, de pertenecer a una generación como la suya: la del 50. Tampoco le vino bien empezar a publicar tan tarde. Con todo y con eso, lo ha dicho mucho mejor el prologuista: “Las jerarquías literarias, el afán por reducir la literatura a una serie de nombres, la selección nacional de cada época, el hecho mismo de que las antologías suelan ser antologías de poetas y no de poemas, suele tener como consecuencia que los nombres de un buen número de poetas interesantes, verdaderos, queden rezagados u ocultos, fuera de los templos en los que se veneran a los autores del canon”. Más adelante advierte de “los riesgos que corre el deporte de dividir a los poetas en grupos generacionales”, que aquí se practica, “al menos, desde el 98”, y del peligro de “convertir la literatura ―y la poesía― en una competición”. Y lo dice, claro está, porque esa es la razón de que, no ya poetas, libros, se hayan quedado en las cunetas de los manuales y, en consecuencia, lejos de los lectores más desavisados.
Por razones de edad, conozco la obra de Tejada desde joven, aunque, como tantos, no haya sido capaz, hasta ahora, de situarlo en el lugar que sin duda merece. Ya advierte Bonilla que Jaime Siles hizo por rescatar sus versos en la antología Desde un fracaso escribo (Fundación José Manuel Lara. Colección Vandalia, Sevilla, 2006), que pasó hace una década, ay, sin pena ni gloria. Allí, el autor de Semáforos, semáforos escribe: “La obra poética de José Luis Tejada participa de los rasgos generacionales del 50, pero con significativas diferencias que explicitan su singularidad. La primera de ellas es su idea del lenguaje como habla más que como lengua, que Tejada interpreta y asume al modo de Lope y en la línea de la lírica popular; la segunda es el tono moral, que Tejada entiende como testimonio, por un lado, y como compromiso ético por otro, aunque, en su caso, ambos traducen una visión transcendente y cristiana que lo aparta del grueso de su generación”.
Somos con frecuencia, como sostiene Bonilla, “el peor tipo de cosmopolita que se puede ser: aquel que piensa que todo lo que viene de fuera es interesante y nada de lo que se produce a quinientos quilómetros a la redonda puede tener mucha importancia”. Acierta también con las palabras que explican el alcance e intenciones de este libro que quedó finalista del premio Leopoldo Panero en 1965. Lo ganó La carta, del militar ferrolano de Intendencia José Luis Prado Nogueira, quien ya había alcanzado, aunque nadie lo recuerde, el Premio Nacional por su libro Miserere en la tumba de R. N. en 1960. Por cierto, el año que se publicó el libro de Tejada, 1966, el que consiguió el Nacional fue Arde el mar, de Pere Gimferrer (cuando aún el galardón oficial se llamaba Premio Nacional de Literatura “José Antonio Primo de Rivera”). Decía, tras esta arqueológica digresión, que Bonilla da en el clavo cuando dice: “Aquí quien manda es una soledad existencial que parece producto de un desencanto al que no se le puede oponer otra cosa que los mismos versos en los que se nos da cuenta de él”. Y contra el desencanto y la soledad, el amor. Porque, y cita Tejada a San Juan, “El que no ama permanece en la muerte”. Sí, contra la muerte está escrito también, lo que evidencia el poema “Hijo de la muerte”, que figura en la sección final, “Otros poemas”, dedicado a la de un hijo que no llegó a nacer.
No es extraño, en fin, que Bonilla mencione “la vida auténtica” y la “autenticidad que emociona” para referirse a poemas como el que acabo de citar. Ni que apele al “lector sensato” que busca poesía para encomendarle la lectura de Razón de ser. Empieza: “No hay solución. Ni a solas ni con nadie”. Sigue: “¿Quién no está solo?” No se olvida de “los solitarios incurables”. Y en el primer poema de “Consolaciones” (por la carne, la amistad, la estirpe) leemos: “Amar es más difícil que parece; / ser amado, imposible”. Se atreve a orar (años sesenta) por “los españoles sin España”: “que nadie les pregunte ni les haga / fiesta a ninguno nadie, como que son de casa”, Y escribe incluso la palabra “exilio”.
Al principio, para abrir la sección que da título al libro, hay un epígrafe de Wilfred Owen que dice: “Hoy día lo más que puede hacer un poeta es advertir”. Pues eso. 

Razón de ser
José Luis Tejada
La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 3 de la revista de creación y crítica Heterónima

7.6.17

Lisboa, Pessoa y Soledad Sevilla

Soledad Sevilla expone en la galería Passevite de Lisboa. La muestra se titula "Rutas del desasosiego". 
Explica muy bien sus propósitos en una entrevista que ha concedido al diario ABC.

4.6.17

Carvajal

El fuego en mi poder

Antonio Carvajal
Hiperión, Madrid, 2015. 92 páginas. 

Antonio Carvajal (Albolote, Granada, 1943) reunió sus primeros libros en Extravagante jerarquía. Luego fueron llegando, entre otros, Del viento en los jazmines, De un capricho celeste, Testimonio de invierno (Premio de la Crítica, 1991), Miradas sobre el agua, Alma región luciente, Los pasos evocados y Un girasol flotante (Premio Nacional de Poesía, 2012). Casi desde el principio, este novísimo (que, como otros importantes, se quedó fuera de la antología de Castellet) tuvo que asumir el “honroso pero ambiguo título” de il miglior fabbro de la poesía española contemporánea (tras reconocer que “hay poetas de reconocido talento que son vagos y carecen de técnica”, dijo a ese propósito:he sido y soy muy humilde con mis maestros”). No faltan motivos para resaltar esa condición tras leer este libro que nos ofrece “ocios de senectud y adecuaciones de la memoria” y donde no faltan esos “alardes técnicos” que le han hecho justamente famoso. Pero que nadie se equivoque. Detrás está el poeta concienzudo, perfeccionista y riguroso de técnica esmerada que conoce su oficio, porque lo ha estudiado con disciplina, y cree en la bondad de la belleza y en que lo “bien dicho” tiene su fundamento en el número. Por eso, personal como pocas, a contracorriente siempre, la voz barroca de Carvajal, que fuera profesor universitario de Métrica, brilla aquí con luz propia, tan atenta a la tradición –en constante diálogo con los clásicos, antiguos y modernos– como a la vida, pues que, como dijo en la Fundación March: “ésa es mi gran tarea: dar a los demás lo mejor de mí mismo de la mejor manera que sé hacerlo”.
No es baladí la elección de un verso de Lope para el epígrafe inicial. Madrigales y baladas inician el desfile y ello para que quede claro que la música va por delante (“De la musique avant toute chose”), y, junto al inevitable ritmo, ambas son marcas de la casa. Y silvas y sonetos, una composición que domina: “Tiene el soneto anhelos de divina / proporción”. Y casi todo en función de la amistad y sus circunstancias, que no deja de ser aquí el motivo, digamos, de fondo. Amigos como Emilio Lledó, Rafael Inglada (“Sé tú feliz. / Y me tendrás contento”), Antonio Gallego (“Si escribo es porque leo y porque amo”), Jenaro Talens… Poemas para amigos artistas que pintan o dibujan. Celebración de la cultura y el paisaje (“Sólo ama el paisaje quien lo vive”), del jardín con el agua (al que vuelve a dedicar versos memorables) y las flores (clara remembranza granadina de Soto de Rojas, el del paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos) donde puede aparecer de pronto una meditación sobre la corbata o un interludio para Mariana Pineda.
Himnos, sí, pero también soledades y elegías: “Los que llamaba mío ya es memoria”. Dolor propio y ajeno que se resuelve gracias a la piedad: “Si vale poco, si mi poesía no logra la rara virtud de fundar una esperanza, una alegría, un consuelo, una certeza vital en algún corazón fraterno, sepan que se deberá a mi falta de talento, no a miseria moral o a noluntad en mi entrega”, dijo en la citada conferencia del ciclo Poética y poesía.
Sin miedo a las palabras, al decir exuberante y gongorino, este libro, armado por su tono, donde encontramos poemas tan logrados como “Desde el faro” (“Severa- / mente nos dice inerte la memoria / que somos un fulgor que apenas dura”) o “Canción del sol en primavera”, tiene como colofón barroco otro poema concluyente: “Concerto grosso”.

PEQUEÑO TEATRO EN EL MUNDO

A Francisco Ruiz Noguera

Esta luz cenital me ciñe solo
ante vuestra tiniebla sin sonido.
Fluye mi voz pero no sé si os digo
mi alma, mía y sin mí, que es alma de otro.

No os puedo ver ni os puedo oír. Respondo
a tal presencia ausente con el ímpetu
de mi verdad, mi sangre, mi latido;
fluyo en vuestro silencio con remoto
sentir, posible autor de vuestro sueño
y de pronto me siento abandonado,
náufrago en la platea y en los palcos,
delfín varado en sirtes del proscenio.

Callo, me apago, espero vuestro aplauso
y vuelvo en mí por el silencio envuelto. 

NOTA: Sin porqué, esta reseña se quedó atrás. Su destino era de papel, pero... La poesía de Carvajal no pasa. Además, el libro llegó a las librerías a principios del pasado año. Sigue al alcance de cualquiera.