23.5.18

El último pasaje de Walter Benjamin

Álex Chico (Plasencia, 1980) ha publicado los libros de poemas La tristeza del ecoDimensión de la frontera, Un lugar para nadie y Habitación en W, además de las plaquettes EscrituraNuevo alzado de la ruina y Las esquinas del mar. También el cuaderno de notas Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de posdatas y Vivir enfrente (Nueve conversaciones). En 2016, se editó en Chile Espacio en blanco, una antología que reúne parte de su obra poética desde 2008 hasta 2014.
Sus poemas han aparecido en diversas revistas y en diferentes antologías: Punto de partida. Jóvenes poetas en EspañaMatriz desposeída. Últimas voces de la poesía extremeñaTodo es Poesía en GranadaAntología de poesía joven: Doce nuevos poetas; y Piedra de toque.
Ha ejercido la crítica literaria en numerosos medios, fue cofundador de la revista de humanidades Kafka y en la actualidad forma parte del consejo de redacción de Quimera. Revista de Literatura.
No me olvido de Un hombre espera, que Chico calificó como “novela de ensayo ficción”. La dejo para el final porque ahí empieza su carrera narrativa y porque, aunque los personajes son distintos en aquélla José Antonio Gabriel y Galán y en ésta Walter Benjamin, el procedimiento permanece, algo sobre lo que uno ha intentado indagar a partir, como es lógico, de una atenta lectura del libro lápiz en mano.
La editorial Candaya usa la palabra “novela” para referirse a Un final para Benjamin Walter, que aparece en su colección de Narrativa. Chico, con ese añadido de “ensayo ficción”, hace lo mismo. Me temo que hasta que no se acuñe un término nuevo para definir los libros que mezclan en su interior distintos géneros (los de Sebald, Carrère o Vila-Matas, pongo por caso), el de novela sigue siendo el mejor. Al fin y al cabo, si seguimos las acepciones del Diccionario de la Española, se trata de una “obra literaria narrativa de cierta extensión” y estamos ante una “ficción o mentira” literaria donde predomina lo narrativo. Y por lo que el libro tiene de cajón de sastre.
Distinguía Benjamin, a este propósito, entre narrador y novelista, siendo así que uno se decantaría por calificar a Chico de lo primero, ya que en él prima cierta oralidad (la del “trasmisor”) y sus resabios no son los del constructor de artefactos novelescos sino más bien los de un poeta que conoce bien las ventajas de la precisión y de la economía verbal. Para el alemán, “narrar no es sólo un arte”, necesita de la “sabiduría”. Un narrador, sí, pero también un poeta (no falta desde las primeras líneas una pulsión poética), amén de un lector; en especial, de ensayos. Por eso conviene destacar cuanto antes la notable densidad de estas páginas que no se leen como las de un bestseller ni porque sí. Páginas donde distinguimos géneros como la narrativa (ante todo, ya se dijo, con el añadido de novela de intriga), la poesía (que se cuela por cualquier intersticio, poco importa que sea en forma de prosa), el ensayo, la crónica, el diario, la crítica literaria, el libro de viajes y el de aforismos. Salvo el teatro...
¿Podemos, con todo, acotar su condición híbrida? Sin duda. En pocas palabras se cuenta la peripecia de alguien (identificable con el autor) que viaja a la localidad catalana y fronteriza de Portbou para intentar averiguar lo que le ocurrió al pensador judío Walter Benjamin en sus últimos días, los que anteceden a su muerte, ya que en su desesperada huida de los nazis, camino de Lisboa, allí, al parecer, se suicidó. En Portbou, Benjamin altera el orden de nombre y apellido. En Portbou, el señor Walter pierde la vida y una maleta. Fue en septiembre de 1940.
Dos son las palabras clave: Portbou y Benjamin. “Dos desconocidos, dos presencias que no han encontrado la vida adecuada para ser inscritos en un mapa”, leemos. Ambas “tejen una trama”. Chico fue a buscar un autor y se encontró con un pueblo. O con una estación con pueblo. No es casual. Si hay una obsesión central en la obra del placentino es precisamente la del lugar. La noción de lugar. El territorio de la vida que termina confundiéndose con el de la literatura. Porque “cualquier territorio es, antes que nada, un estado de ánimo, una manera de ser y de interpretar el mundo”, según Chico. “El territorio y la escritura –dice en otro sitio– ocupan un mismo espacio”. Lugares de la memoria y del olvido “que arrastran su propia culpa”. Y a sus “propios culpables”.
“Composición de lugar” se titula la primera parte de esta obra, la que ocupa casi todo su espacio a través de setenta y cinco capítulos. La historia real. Y pues que de lugares hablamos, citemos el memorial de Karavan que se levanta en Portbou para evocar al autor de Infancia en Berlín hacia 1900. Documento de cultura y de barbarie. “Un tránsito, una promesa”. Y situemos allí al paseante solitario que lo visita cada poco en la compañía fantasmal de los “ausentes”. Al viajero que Chico es y representa, un flâneur (“escritor en movimiento”, “su tarea es estar a la expectativa”), como bien sabemos los que leemos sus reportajes de Quimera, tan importantes para comprender el alcance de esta aventura. El que se aloja en el Comodoro y el Juventus o en casa de Silvia o Sílvia (con tilde o sin ella). El que se acerca a Cerbère y desempolva la vergonzosa memoria de Francia, la de Vichy y sus campos de concentración. En esa “geografía fronteriza”, en esa encrucijada de caminos y de líneas férreas donde quedaron atrapados exiliados y apátridas, y judíos errantes como Benjamin.
Portbou, “un paisaje lleno de citas”, “un horizonte falso”, un “microcosmos”, “la narración de un silencio”, “un lugar desconocido que me resultaba extrañamente familiar”.
El viaje, sí, es otra pieza esencial de este puzle (“En eso consiste el oficio, en recomponer piezas sueltas”), de esta escritura tan fragmentaria como la de Benjamin, a la que homenajea. Porque “poco sabemos de lo que sucedió realmente”, casi todo son conjeturas y sobre ellas levanta Chico su edificio de sonido y sentido. Entre la imaginación y la memoria, entre la realidad y la ficción. Su novela. Su diario de viaje. Su crónica y su reportaje. También su ensayo. Sobre el Angelus Novus, tan benjaminiano como de Paul Klee, por ejemplo, o sobre la ciudad como tarea de reinvención y de muerte, o sobre la insuficiencia del lenguaje después de Auschwitz, o, en fin, sobre la obra del propio Benjamin, un filósofo más admirado que leído. Y su poética, pues que todo el libro no deja de ser también una profunda indagación sobre la propia escritura.
Ya dije antes que se dejan caer por sus páginas aforismos, sentencias llenas de agudeza y lucidez. Así: “No existe una traducción exacta para explicar la desmemoria, tampoco para dar forma al olvido”. O: “Nadie puede escribir hasta que no ha perdido un lugar”.
No hace falta precisar, al hilo de lo que acabo de decir, que hay un componente moral en la obra, de índole humanística, que no conviene soslayar. Hanna Arendt y Albert Camus asentirían.
Aprovecha el personaje de Silvia Monferrer, sus cuadernos, para evocar lugares visitados, de Buenos Aires a la Provenza, de Portugal a La Habana, pasando por Malta y Barcelona. La de su casera es una suerte de novela dentro de la novela.
En “La densidad del círculo”, una especie de epílogo ensayístico donde abundan las citas, Chico parte del primer poema de su primer libro donde ya se mencionaba a Benjamin. Todo lo que ha escrito después procede de ahí, explica. No cree que aquello fuera casualidad. Porque piensa que la escritura es fruto de la predestinación. “Por eso escribes, para consignar un olvido”. La escritura como presagio, como anticipación. Causa y razón, también “suma de azares”, de que llegara a Benjamin, pero además a Portbou, pues “hay lugares a los que parecemos destinados de antemano”. Parajes donde construir refugios. Incluso el definitivo: el de la tumba, que sirve, en su caso, para acoger simbólicamente a todos los que “huyeron de la barbarie”.
La citada Arendt, que estuvo tras su muerte en Portbou, escribe desde Nueva York a Gershom Scholem (la carta está fechada el 17 de octubre de 1941 y se recoge en la correspondencia entre ambos editada por Trotta): “En aquellos días en Marsella mencionó nuevamente intenciones de suicidio. Lo demás lo sabrá usted seguramente: que tuvo que partir con personas que le eran completamente desconocidas; que eligieron el camino más largo, que implicó una caminata a pie por la montaña de aproximadamente siete horas; que por razones inconcebibles destruyeron sus documentos de residencia franceses y así se impidieron ellos mismos la vuelta a Francia; que luego llegaron a la frontera española justamente veinticuatro horas después de su cierre a personas sin pasaporte nacional a todos tan solo nos quedaban los papeles del consulado americano; que Benji se había derrumbado varias veces ya en la ida; que a la mañana siguiente deberían ser entregados en la frontera española, y que él, en la noche que se les había concedido, se suicidó”. A pesar de lo dicho, Chico no descarta en su libro (alude a testimonios escuchados y leídos) la hipótesis del asesinato. La convulsión de la época daba para eso. Y para mucho más.
Benjamin en Portbou, a orillas del mar Mediterráneo que acaso le llevaría a recordar sus felices días en Ibiza, rescatados por Vicente Valero en su libro Experiencia y pobreza.
Benjamin es, parafraseando a Kafka, “un hombre que había estado ocupado continuamente en la indagación de sí mismo y, sin embargo, nunca pudo mirar siquiera una vez a un espejo”. Alguien que vuelve a visitarnos setenta y ocho años después por culpa –bendita culpa– de Álex Chico. 

Álex Chico
Candaya, Barcelona, 2017

Nota. Esta reseña ha aparecido en el número 815, mayo de 2018, de la revista Cuadernos Hispanoamericanos

22.5.18

JDF se jubila

Juan Domingo Fernández (Ibahernando, Cáceres, 1953) -empecemos por su perfil profesional- se licenció en Ciencias de la Información, en la rama de Periodismo, por la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó en las revistas Índice (la de su tío Juan Fernández Figueroa) y Nuevo Índice, de las que fue redactor y redactor jefe, respectivamente, y desde 1985 en el diario HOY de Extremadura. En Mérida y Cáceres, la ciudad que eligió para vivir. Ha sido redactor Jefe y delegado de este diario en la capital cacereña y subdirector del periódico. Se ha ocupado, más que nada, de temas editoriales y relacionados con el área de opinión, sin olvidar nunca los asuntos culturales. Podemos destacar los artículos que firmó hace algunas décadas con el literario seudónimo de Tristán Buendía o, ya en los últimos años, la sección de entrevistas ‘Zona de Paso’, así como el blog Gratis total, cuyas entradas también aparecen en papel, en una columna que se publica los jueves. Ha coordinado distintas series (la última, 'Relatos Cerca de Aquí', el pasado verano) y escrito numerosos perfiles de personas relacionadas con Extremadura. A uno le tranquiliza, en fin, que la jubilación no nos impida a sus ya viejos lectores dejar de degustar sus finos y agudos artículos donde nunca faltan oportunas citas de autoridad. 
Cuando me llamaron de la redacción del periódico para comunicarme la noticia y, de paso, pedirme que dijera unas palabras sobre él para un vídeo que se proyectaría, por sorpresa, en una comida de homenaje (a la que por razones laborales no pude asistir ayer), lo primero que se me vino a la cabeza, más allá del disgusto (no están los tiempos para perder a un periodista cultural de su categoría, a alguien con criterio que tiene en su cabeza el mapa artístico y literario de esta tierra), fue otro contratiempo, optimista que es uno: el de haber abandonado la Editora Regional sin conseguir que me entregara un libro. Sí, porque aunque uno siempre ha sospechado que detrás de Juan Domingo se esconde un escritor y a pesar de haber coordinado libros relacionados con entregas del HOY (como ‘La Guerra Civil en Extremadura’, en 1986, con motivo del cincuentenario de la contienda), este hombre, insisto, no ha dado todavía (no pierdo la esperanza) un volumen propio a la imprenta. Pretendí reunir sus magníficas entrevistas, un género que domina con mañas de maestro, pero tampoco me hubiera importado agrupar los citados textos de Buendía u otros que fue dando a la luz en el periódico de su vida, "cárcel y paraíso", como explica en "Hasta la vista", su última columna en activo. Puede que ahora, con más horas por delante, el primo de Javier Cercas se decida a hacerlo y estoy seguro de que Fran Amaya, por ejemplo, sabría recoger en la Editora esa obra que nos debe
En esa breve intervención grabada, prisas mediante, dije también que si tuviera que recordar un momento significativo de mi trato con Fernández sería el de aquel sorpresivo encuentro en la antigua Facultad de Letras, en el despacho de Miguel Ángel Lama, una mañana que fui hasta aquel añorado lugar para dar una charla a los alumnos de Filología. No comprendía que se hubiera tomado la molestia de desplazarse para entrevistarme, a un poeta incipiente que apenas levantaba, digamos, un verso del suelo. Tituló aquello, con la certeza que le caracteriza: "Soy más melancólico que nostálgico". Algo que era y es verdad. Siempre ha sido, es cierto, muy generoso conmigo.
En una ocasión estuvo en casa. Eligió nuestra biblioteca para mantener, un caluroso mes de julio, la entrevista que publicó en 'Zona de paso'.
Por suerte, ya digo, vamos a poder seguir leyendo a Juan Domingo. Con todo, en este delicado trance, que quede aquí constancia de mi inmensa gratitud (que imagino extensiva, que comparten otros muchos) por su profesionalidad y su trabajo. Si no hubiera estado él ahí, no se hubiera contado igual el resurgimiento cultural de este rincón del mundo. Muchas gracias, maestro. 

20.5.18

De jardín en jardín

Me sigo fiando de la crítica. De lo que recomiendan algunos lectores con criterio, quiero decir. Unas veces, para mi gusto, aciertan y otras no. Normal. Leí un artículo de Vila-Matas en El País que me atrajo de inmediato por el título: "Paseos antiguos por lugares perdidos". Luego resultó que no era suyo, que la frase estaba tomada del libro que comentaba. Allí leemos: "Durante siete años, Teodor Cerić viajó por Europa sin rumbo fijo y trabajó en los más diversos oficios (el de jardinero entre ellos), y así fue escapando de la destrucción a la que le habían abocado. Hoy sabemos, por su libro Jardines en tiempo de guerra (Elba), que le atrae irresistiblemente la sombra, porque piensa que solo en las zonas sombreadas, en los senderos apartados de la mirada del mundo, el jardín vive su verdadera vida". Añade: "Y sabemos también que en 2003, a su regreso a Sarajevo, publicó Sólo la poética puede matar la poesía, una colección de poemas cargada de romanticismo rústico y muy hostil a todo lirismo, ampliamente celebrada en los países balcánicos y en Francia, pese a lo cual Cerić decidió buscar enseguida la sombra, retirarse a una casa con jardín en Croacia y ya no escribir ni publicar nunca nada más". 
Marco Matella, editor del libro, logró arrancarle, con todo, algunos textos para la revista Jardins que son los que conforman la obra en cuestión (él la define como Bildugsroman) y que uno compró sin dudarlo. La realidad y la metáfora del jardín, un excelente tópico literario, está muy presente en lo que uno ha leído y escrito. Además, está traducido por Ignacio Vidal-Folch, un tipo del que me fío.
Por sus páginas van pasando distintos jardines. El de Derek Jarman, director de The Garden (una película que está en la génesis de este experimento), en un cottage inglés, "lugar de la memoria y el olvido", "un lugar fraternal" con algo, como todos los jardines, de cementerio; el selvático del cretense Anatólios Smith, el loco de la cueva; el laberíntico del Monte Caprino, en Roma; el de Godot, en la casa que tuvo Samuel Beckett al lado de Ussy, en la región francesa de la Brie; el de Painshill Park, en el Surrey, Inglaterra de nuevo; el parisino de las Tullerías, con Vicent al fondo; y el entre muros de Graz, en Austria, de la solitaria y misteriosa Odile.
En una "Coda" nos habla Cerić del suyo, y lo califica de "hijo de la nostalgia". Precisa que "como todos, mi jardín está de paso". Alessandro Iovinelli, traductor de sus poemas al italiano y el primero que habló de Cerić a su editor francés, uno de los pocos que lo ha visitado, describió el paraje como "una especie de pequeña jungla, perdida en medio de los campos de trigo". 
A pesar de sus iluminaciones, entre diversas penumbras, sobre esos "recintos donde el mundo por fin se hace habitable", según Martella, el librito (espléndidamente editado, con bonitas ilustraciones de Mercedes Echevarría) no me ha convencido del todo. Con haber mucho (prefiero sus reflexiones autobiográficas), esperaba acaso más. No sé si me hubiera bastado con el artículo vila-matiano (quizá exagere), pero en todo caso no me arrepiento de haber cedido a mi primer impulso. Siquiera sea porque cada vez me pasa menos y eso, ay, rejuvenece.

17.5.18

Un poema de Filipa Leal

EL LECTOR DE POESÍA NO ES MENOS LECTOR...

El lector de poesía no es menos lector
que el lector de novela.
El lector de poesía no es menos
culto que el lector de novela.
El ser lector de poesía no es un defecto.
Ser lector de poesía no es haber leído
menos.
La literatura no es un concurso
de palabras.
La literatura no se hace con
cinta métrica.
No obliguen al lector de poesía
a leer lo que no quiere. A no ser que
se comprometan a leer poesía también.
Y ni así.
El lector de poesía tiene el derecho
de no leer las novelas completas,
como el lector de novela lee un
poema aquí, otro allí.
El lector de poesía tiene el derecho
de sólo haber leído Tolstoi. O Thomas
Mann. O Clarice Lispector. O
Philiph Roth. O ninguno de ellos.
El lector de poesía tiene el derecho
de no conocer las novedades.

La poesía también es literatura

De Para los lectores de poesía (2016)

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O leitor de poesia não é menos leitor...

O leitor de poesia não é menos leitor
do que o leitor de romance.
O leitor de poesia não é menos
culto do que o leitor de romance.
Ser leitor de poesia não é um
defeito.
Ser leitor de poesia não é ter lido
menos.
A literatura não é um concurso
de palavras.
A literatura não se faz com
fita métrica.
Não obriguem o leitor de poesia
a ler o que não quer. A não ser que
se comprometam a ler poesia também.
E nem assim.
O leitor de poesia tem o direito
de não ler os romances na integra,
como o leitor de romance lê um
poema aqui, outro ali.
O leitor de poesia tem o direito
de só ter lido Tolstoi. Ou Thomas
Mann. Ou Clarice Lispector. Ou
Philiph Roth. Ou nenhum deles.
O leitor de poesia tem o direito
de não conhecer as novidades.

A poesia também é literatura

In Pelos Leitores de Poesia (2016)

Nota. La traducción del poema de Filipa Leal es mía, aunque antes de darla por buena le pedí el visto bueno a Luis Leal, que, por cierto, no es pariente de la poeta de Oporto, pero sí fue quien, tras interesarme por la autora de A Cidade Líquida, me descubrió estos sencillos versos.
Ilustra esta entrada el cuadro “Muchacha con un libro”, de Aleksandr Deineka.

16.5.18

Con Ben Clark

Pasado mañana, jueves, acompañaré a Ben Clark en la presentación placentina de su libro La policía celeste, ultimo Premio Loewe de Poesía. Será en La Puerta de Tannhäuser a las ocho de la tarde. Hablaremos poco, porque lo que más le gusta a este hombre, ya se ve, es leer. 

15.5.18

Koch

Kenneth Koch
Kriller71 Ediciones, Barcelona, 2016

A falta de libros concretos, por fin contamos en España con una antología de los poemas de Kenneth Koch (Cincinnati, 1925–Nueva York, 2002), miembro de la denominada «Escuela de Nueva York» junto a poetas más conocidos entre nosotros como John Ashbery y Frank O’Hara. La edición bilingüe, seleccionada y traducida con solvencia por Silvia Galup y Aníbal Cristobo, reúne poemas de sus libros Thank You and Other Poems, The Pleasures of Peace and Other Poems, The Art of Love, The Burning Mystery of Anna in 1951, One Train, Straits, New addresses y A possible world. El prólogo es de Jordi Doce, buen conocedor de ese “laberinto o puzle” llamado «poesía estadounidense contemporánea». En su brillante introducción alude al “sentido del humor e ironía camp” de Koch; a su lucha contra la “pedantería académica y la tontería solemne”; a su firme posición frente al poema “anodino” o “aburrido” con “tufo a experimento de laboratorio”. Fue un excelente profesor universitario, aunque detestara el engolado ambiente académico. Tuvo en cuenta a los niños, primeros lectores, y estuvo “obsesionado con los procesos de escritura”. Entre sus maestros, Whitman. Como Ashbery, sentía nostalgia por la América de los años 30 y 40, la de su infancia, señala Doce. La Segunda Guerra Mundial fue para él “una experiencia traumática”. Le persiguió siempre el “perro negro” de la depresión. Fue, en fin, “un poeta precoz y un escritor tardío”. Tenía 37 años cuando publicó por primera vez. Su lírica es desenfadada, espontánea en apariencia, narrativa, de tono conversacional (aunque meditativo), de clara naturalidad, imaginativa como sólo puede serlo la de alguien que ha leído a los surrealistas, llena de exclamaciones (muy whitmiana). El extenso y lúcido poema “El arte de la poesía” bastaría para justificar esta edición. Magistral (en más de un sentido), un modelo de composición, sirve de paradigma para comprender la poética de Koch. El “poema sobre la escritura” ocupa quince páginas. En él cuenta su primer viaje a Europa a sus amigos neoyorkinos. De forma atropellada a veces, con encabalgamientos bruscos y una puntuación particular, con un ritmo, en suma, acompasado a su talante vital. Bloom se refirió a su “tumultuosidad”. “Destino” es otra obra maestra. Aquí, que conste, cada poema es un mundo y como tal está concebido.
Poemas excelentes son, entre otros, “Un tren puede ocultar otro” (donde aflora de nuevo la metapoesía), “Hablando con Patrizia” (o el amor: “Ni la muerte ni la enfermedad / Es tan malo como el amor”), la serie “Sobre estéticas”, los poemas de Straits y las dedicatorias (“A mis veinte”, “Al cansancio”, “A mis cincuenta”) de New Addresses.
Los últimos poemas son luminosos también, como los diecinueve de “Roma non basta una vita”. Dolce, cabría añadir.

14.5.18

Carta de San Vicente

Esta fueron mis palabras en el acto de entrega del IV Premio Hispano Portugués de Poesía Joven «Ángel Campos Pámpano» que tuvo lugar en la Casa de Cultura de San Vicente de Alcántara, que lleva el nombre del mencionado poeta. En esta ocasión, asistieron a la celebración casi un centenar de personas. 
Antes tuvimos una provechosa reunión algunos miembros del jurado y otras personas vinculadas al certamen. Nos preocupa que se presenten tan pocos originales al premio y creemos que la clave está en la inevitable complicidad de los profesores de secundaria y bachillerato, a los que tendremos de convencer para que nos ayuden. En especial a aquellos que conocemos y que, además, fueron compañeros o amigos de Ángel, sabedores por tanto de su intensa labor divulgadora y a favor del fomento de la lectura y la escritura. Ojalá podamos lograrlo en la próxima convocatoria. Como bien dijo Luis Leal, tan portugués como extremeño, este es un acto de resistencia. La poesía lo es. 

Buenas noches. Quiero empezar esta breve intervención agradeciéndoles a todos su asistencia. Por lo demás, vuelve uno encantado a San Vicente y eso que hace muy poco, a mediados de marzo (el día de los vientos huracanados), pasé una mañana estupenda con los excelentes alumnos de Eva Romero en el instituto “Joaquín Sama”.
Este año se cumple la primera década de la muerte de Ángel Campos Pámpano, quien aquí nos convoca. Cómo pasa el tiempo. Si hacemos balance, su presencia en el panorama literario español sigue vigente. Por mucho “purgatorio” al que todo autor esté sometido tras su fallecimiento. No es casualidad. En lo referente a su obra poética, la que él más estimaba y la que más cuidó, su exigencia fue muy alta y no la concibió ni la compuso de cualquier manera, ha permitido que aguante, ya digo, los caprichosos envites del olvido. Por suerte, sus lectores siguen en pie. No es raro que se le cite en los libros y, lo que es más importante, que quienes lo hagan no sean sólo sus amigos o compañeros de generación, quienes le conocieron en vida, sino jóvenes que han llegado a sus poemas cuando él nos había abandonado. Eso ocurre en Extremadura y fuera de aquí. Me ha alegrado mucho su mención en las entrevistas que le han hecho a Elías Moro con motivo de la publicación de su último libro: De nómadas y guerreros, donde reconoce que fue su maestro. El principal. 
En la otra faceta, la de traductor, su actualidad tampoco cesa. Menos aún que la lírica. Esa parte de su obra, porque la traducción es inseparable de la creación, sigue aportando enseñanzas y deleite a cuantos se acercan a la imprescindible poesía portuguesa del siglo XX (Pessoa, Andrade, Sophia de Mello Breyner, Ramos Rosa...). 
Pero Ángel fue también más que eso. Mucho más. Por eso en esta tierra se le echa tanto de menos y algunos seguimos preguntándonos, antes de decidirnos a tomar este o aquel camino, qué habría hecho él si viviera y uno, ay, pudiera llamarle por teléfono. O, mejor aún, enviarle un simple guasap
Su labor en la Asociación de Escritores, cuyo fruto más precioso fue la fundación de las Aulas Literarias, no se nos puede olvidar. Ni los Talleres. El otro día, en Miajadas, en unas Jornadas de Literatura, José Luis Bernal y yo conversábamos a propósito de eso y recordábamos que no pocos de los nuevos escritores extremeños han sabido aprovechar las lecciones que tantos y tantos poetas y narradores españoles y portugueses han sembrado en las sesiones de esas Aulas. Y no sólo han servido a los jóvenes. Nuestro secular atraso se vio neutralizado con estas bocanadas de aire literario fresco que llegaban de otras partes del país, que es tanto como decir del mundo. 
Y ahí, al fondo, “dondequiera que eso quede”, por parafrasear a Elizabeth Bishop, Ángel, o Pámpano, como le llama Gonzalo Hidalgo Bayal, o Angelito, como decimos, siquiera a ratos, sus amigos. 
Uno conoce al nuevo director de la Editora, y se acuerda de Ángel. Uno se mete en un nuevo empeño poético y, entre las dudas, surge Ángel. Uno descubre a un poeta que no conocía y piensa de inmediato en Ángel, un lector con criterio que supo desbrozarnos el camino cuando apenas levantamos un verso del suelo. Uno, por fin, reflexiona sobre la situación política o cultural de Extremadura y, cómo no, convoca sin querer al querido fantasma de Ángel, siempre al quite. 
El premio que lleva su nombre ha llegado a su cuarta edición. No se han presentado demasiados originales. Quienes formamos parte del jurado que me honro en presidir nos preguntamos acerca de su futuro. Queremos que siga adelante y en las mejores condiciones. Además de proyección (sobre todo a través de las inesquivables redes sociales), nos falta, o eso creo, la complicidad de los profesores de Secundaria y Bachillerato. Lo digo sin acritud.
En estos momentos, en los del auge de la parapoesía (así la ha denominado Luis Alberto de Cuenca), una suerte de poesía juvenil que a uno le parece de todo menos poesía, en su sentido más estricto y riguroso (el que Ángel hubiera defendido), una poesía simple como una patata sin cocinar y con el vuelo rasante de un ave gallinácea; en estos tiempos, decía, no resulta comprensible que los muchachos y muchachas, que siempre han necesitado de los versos para intentar comprender lo que les pasa, no se estiren más y compongan poemas tan malos, por lo menos, como los de esos autores que, por lo visto, tanto venden. A los que ellos leen, incluso. De ahí lo de las complicidades. 
Con todo, lo que nos ocupa esta tarde es celebrar el Premio Hispano Portugués de Poesía Joven «Ángel Campos Pámpano», patrocinado por la Asociación Cultural «Vicente Rollano», que en su cuarta edición ha conseguido Isabel Maria Jaló Alexandre, alumna del Instituto de Secundaria «António Inácio Da Cruz» de Grândola, nada menos, la ciudad que da nombre a la emocionante canción de la Revolución de los Claveles que José “Zeca” Afonso compuso como homenaje a la “Sociedad Musical Fraternidad Operaria Grandolense”.
El poema ganador, sin título, empieza: “Vida é um estado antes de morrer”. Nos lo leerá luego completo su autora y será un placer volver a escuchar, aquí en La Raya, la segunda lengua de Ángel.
Muitas felicidades, Maria. Também por ter vindo de tão longe. Ojalá sigas escribiendo y podamos leer, dentro de unos años, un libro tuyo. Traducido, además, por algún extremeño que haya continuado los pasos –todo un ejemplo– de nuestro añorado y querido Ángel Campos Pámpano.

11.5.18

Feria del libro placentina

Agrada por su modestia. Como dijo uno de los que ha pasado por ella, Benjamín Prado, es de tamaño humano, accesible, y la comparó con la de Madrid, tan inabarcable. Según costumbre, no paseé delante de las casetas ni compré ningún libro. Los beneméritos libreros sabrán perdonarme. Tampoco asistí a todos los actos. Ni a la mitad siquiera. Los autores y Juanra Santos, del que todos elogian sus dotes organizativas (yo incluido), también me disculparán. Bajé a la plaza (que es su sitio) para escuchar a Elías Moro. Judith Rico presentó De nómadas y guerreros, que más allá de los débitos (prefiero hablar de homenajes) a Estampas de ultramar, de Aníbal Núñez, y a la clásica antología de poesía primitiva de Ernesto Cardenal, me ha parecido un libro estupendo, lleno de fuerza. Y de poesía, lo que no siempre ocurre con los libros del género. También bajé para darle un abrazo, aunque tenga que auparme, y charlar un ratino con él. Ya puestos, nos quedamos a escuchar a Benjamín Prado. Nos recordó, a Gonzalo y a mí, que lo trajimos al Aula de Literatura en 2002. Sí, cómo pasa el tiempo. Yolanda recordó que cenamos con él en un restaurante que duró "lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks", por citar a su amigo Sabina. No voy a descubrir ahora que es un profesional como la copa de un pino (su presencia en radio y televisión avalan esta afirmación) y que su labia es proverbial e inaudita su capacidad para entretener o encandilar. Envidio esa capacidad suya para citar a otros, qué memoria, y para contar divertidas anécdotas, que por lo demás no suelen repetirse. Vino para dar cuenta de su poesía reunida (Visor), por más que Nica Gil, su presentador, nombrara la palabra antología. Y ya que hablamos de anécdotas, cabe mencionar que su editor se ha olvidado del índice en la primera edición, por lo que la obra será codiciada por coleccionistas y bibliófilos. Habló y leyó poco, pero muy bien. La voz le acompaña. Unos cuantos poemas que dan fe de su condición de poeta, amén de otras cosas, y que a uno le reconcilió con sus versos, que ahora espero leer con la debida calma. Ni en el café previo ni en las cañas de después me atreví a sacar el tema de la dichosa  parapoesía, que él defiende. No era el momento. Es, sin duda, un tipo cariñoso y encantador y así no hay quien pueda ponerse a polemizar, que es algo que a uno siempre le cuesta. Me pasó aquí atrás con Manuel Vilas, con el que disiento en materia poética, pero otra excelente persona en las distancias cortas, ahora en el candelabro por su Ordesa (que, por cierto, me resisto a leer). 
Al día siguiente había quedado con el nuevo director de la Editora Regional, Fran Amaya. Como me suele ocurrir, acabé sentado con él en la terraza de El Español. Uno sólo se sienta en los veladores de la plaza cuando recibe visitas de fuera. Llegó puntual y la charla fue intensa y muy agradable. Es como me lo imaginaba. Parece buena gente. No le falta criterio, lo repito, ni la pasión necesaria. Ni espíritu de trabajo. Tiene algunas ideas claras y sólo espera que la administración le deje hacer. Por lo pronto, el martes presentó sus aportaciones al Plan de Fomento de la Lectura, que también coordina, y me consta que causaron una grata impresión. También sé que se está reuniendo (o hablando por teléfono) con muchos escritores y personas e instituciones involucradas en esto de la cultura, lo que dice no poco a favor de su talante. Se ve que no pretende ser una isla. Tampoco viene dispuesto a salvarnos. La Editora necesita salir a flote, sin duda, pero, si le dejan, puede que sepa guiar esa nave a buen puerto. Sin aspavientos, además. Mediante una gestión eficiente. Por lo demás, suma adhesiones. En Plasencia, una plaza fuerte, me da que ha conseguido unas cuantas. Ojalá se hubiera encontrado con el alcalde Pizarro. Deberían conocerse. (Durante mis años en la Editora, jamás crucé una palabra acerca de mi trabajo en Mérida con mi alcaldesa.) Tras la presentación del libro de entrevistas de Álex Chico, Vivir enfrente, otro rato agradable, nos despedimos con un afectuoso abrazo. Sabe que puede contar conmigo, por poco que uno pueda ayudarle.


10.5.18

En San Vicente























Lo ha ganado la alumna portuguesa Isabel Maria Jaló Alexandre, de la villa de Grândola, la de la mítica canción revolucionaria de Zeca Afonso. Enhorabuena.

9.5.18

Poesía estoica

"Frente a la tiranía de la meta, los estoicos pretendían desembarazarse de pasiones demasiado apremiantes y acaparadoras. De hecho, uno de sus signos distintivos fue considerar la poesía como medio legítimo de conocimiento. La lírica nos mantiene en una actitud abierta y nada sabe de metas y objetivos. La poesía era para los estoicos, sobre todo la de Homero, genuina paideia. Entender esto requiere ganar una libertad interior, no estar eternamente abducidos por el circo o las pantallas, una independencia moral, no la opinión general o el vocerío de Twitter, y trascender la dependencia de la persona respecto a su parte animal (en el supuesto de que el hombre es ese ser singular que, como decía Novalis, vive al mismo tiempo dentro y fuera de la naturaleza). Con ese “cuidado de sí”, que Marco Aurelio llamaba meditaciones, era posible lograr una autarquía ética que tendría una importancia decisiva en el pensamiento político griego". Juan Arnau, "Más Séneca y menos ansiolíticos". Babelia, El País.

7.5.18

Ciudades líquidas

© Ferran Mateo
De En la ciudad líquida. Derivas, interiores, exilios (Caballo de Troya), de Marta Rebón, había leído no poco por aquí y por allá. Sin embargo, iban pasando los meses y el libro permanecía encima de la mesa donde se amontonan las novedades. Craso error. O no, para qué forzar. Lo que importa es que he disfrutado de su lectura como hacía tiempo que no me pasaba. Es una obra apasionante. Por su tono, ante todo, tan confidencial e íntimo, autobiográfico, tan poético en el mejor sentido y, por eso, tan lleno de poesía. Y por lo que tiene de viaje. A otras tierras, sí (de Moscú a Tánger pasando por San Petersburgo, Tarfaya -y el desierto- u Oporto), pero sobre todo a los territorios de algunos de los escritores más interesantes de la literatura universal, rusos especialmente, pues para eso Rebón es traductora de lenguas eslavas, desde donde ha vertido numerosas obras maestras a nuestro idioma. A sus múltiples saberes y erudiciones, pero narrados sin atisbos de pedantería, se suma un puñado de fotografías (anotadas en un índice) que ilustran lo que se ve, se reflexiona y se cuenta, no pocas tomadas por su compañero de travesía, Ferran Mateo, el "tú" al que se dirige mientras da cuenta de lo que piensa u observa. Con serlo, es más que un diario y una crónica (o suma de crónicas que no evitan las lecciones de historia). Lo calificaría de enciclopedia. También de atlas. Subyuga, al menos a mí, viajero casi siempre inmóvil. ¿El propósito?: "De entre todos los tópicos literarios, pocos me atraen tanto como el del homo viator, el hombre como viajero. El que viaja suele sentir la necesidad de escribir el viaje y de homo viator pasa a homo scribens". Ya he tomado estas palabras como epígrafe para un libro futuro. 
Para demostrar que estamos ante un ensayo (con aires incluso de manual de literatura portátil), se cita al final una amplia bibliografía. No pocas entradas corresponden a libros de autores que ella ha traducido. De hecho, en lo que a uno respecta, la obra es una puerta abierta hacia otros lugares, hacia libros que habrá que leer. Desde la pasión, fomenta la lectura. Para conocer lo escrito por Gabriele Romagnoli, Filipa Leal, Sergéi Dovlátov o Leonid Tsypkin y, sobre todo, para profundizar en la obra de viejos conocidos como Pasternak, Tsvietáieva, Ajmátova, Bowles, Bishop, Saint-Exupéry o Pessoa.
He disfrutado mucho con los retazos certeros de las biografías de Tarkovski, Grossman (cuya magistral Vida y destino tradujo ella para nosotros), Brodsky (como Ajmátova, un puro petersburgués), el áspero e implacable Nabokov (y Serguéi, su odiado hermano, ¡vaya dos!), Chukóvskaia y, cómo no, Chéjov, una de mis debilidades rusas: "padezco autobiografobia", escribió. Y de muchos personajes más, como el terrorista Sávinkov, cuyas peripecias, en manos de Rebón, dan para una novela. Lo dicho, un libro tan infinito como apasionante. Una alegría.

Nota: La fotografía que ilustra esta entrada es del escritorio de Boris Pasternak en Peredélkino.

5.5.18

Presentaciones

En Vivir enfrente, Chico entrevista a Gonzalo Hidalgo Bayal, Esther Tusquets, Javier Cercas, Sergio Gaspar, Carme Riera, José Manuel Caballero Bonald, Jodi Doce, Raúl Zurita y a uno mismo.
Antes, esta misma tarde, Judith Rico presenta en la Feria del Libro de Plasencia el último libro de Elías Moro: De nómadas y guerreros, publicado por la editorial Le Tour 1987. Después, Nicanor Gil hará lo propio con la poesía reunida de Benjamín Prado: Acuerdo verbal (Visor). 

4.5.18

De viaje con Lampedusa

Aunque la narrativa no sea a buen seguro lo mío, me declaro rendido admirador de El gatopardo, la famosa novela póstuma de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Y de la novelesca vida del aristócrata siciliano. Por eso no podía perderme este delicioso libro, ya desde la cubierta, que publica Acantilado y que se titula Viaje por Europa. Correspondencia (1925-1930). La traducción es de Juan Antonio Méndez, que también tradujo Recuerdo de Lampedusa, de Francesco Orlando. La edición corre a cargo de Gioacchino Lanza Tomasi, hijo adoptivo y albacea intelectual del príncipe de Lampedusa y duque de Palma di Montechiaro, y del crítico y filólogo Salvatore Silvano Nigro. La introducción del primero, casi una nouvelle, tiene la gracia de estar escrita por alguien que estuvo allí, en Capo d'Orlando, la casa familiar de los Piccolo di Calanovella o “Piccioliti”, los excéntricos primos de Lampedusa, Lucio y Casimiro. El poeta (descubierto por Eugenio Montale) y el pintor, respectivamente, socios de honor del Circolo Bellini, y destinatarios del grueso de esta correspondencia (veintinueve cartas) que el noble palermitano escribió desde hoteles de París y Londres, sobre todo, a lo largo del segundo lustro de los felices años veinte del siglo pasado. Él está en los treinta. Sin esos retratos de Lanza Tomasi sería más difícil comprender como es debido las cartas que recibieron. 
El análisis de Nigro, por su parte, “La novela de un turista”, es más técnico que literario. De una pulcritud y un rigor destacables. Y qué decir de las notas a cada una de las misivas. Un prodigio, sin duda, como la exhaustiva cronología que cierran el volumen.
“Lampedusa -dice Lucio- era un humorista”, algo que el lector comprende enseguida. Estas cartas se leen con una permanente sonrisa en la boca. O con una carcajada, como la XVII. A Lucio, precisamente, lo trata de pena, riéndose siempre que puede de su condición de poeta (“He sufrido los poemas de Lucio”). Normal. Ya lo dijo Brines: “A debida distancia, cualquier vida es de pena”. No digamos la de un poeta. Con Casimiro las cosas son distintas, y mira que era un personaje extravagante. 
Destaca Nigro “la honestidad de su inteligencia” que, aunque mostraba entonces ciertas debilidades fascistas (menores, eso sí, que las de su señora madre), era “un conservador (que quiere conciliar el progreso con el orden) cubierto por una capa de resentimiento convencional antisemita, monstruosamente -es decir, novelescamente- exagerada por el disfraz de la literatura”. Y ya que lo menciono, en sus cartas, se apoda el “Monstruo” y, por eso, están escritas en tercera persona. También es necesario subrayar el afán literario que las mueve. Lampedusa era un animal literario, digamos, alguien que lo había leído todo y esas lecturas formaban parte de su ser como, pongo por caso, su sangre. Sí, “la literatura corre por sus venas”, según Nigro. 
Por esta íntima correspondencia pasa la política, las ciudades de la “vieja Europa supercivilizada” (urbanita confeso, habla con idéntico arrobo de Londres, “un delicioso infierno” -donde era embajador su tío, el Marqués della Torretta-, París y Berlín, ”cruelmente metrópoli”, que de Cambridge o Île-de-France, donde escribe: “la luz se expresa mejor donde menos abunda”), la belleza y el lujo, la porcelana de Sèvres, la campiña inglesa o la escocesa, el Circolo y el siroco (al que Lucio dedicó un memorable poema) y la distante vida de Palermo (“es un error palermitano pensar que lo pintoresco y la suciedad son inseparables”), los jardines, el “más que humano policemen londinense" o los albañiles berlineses, la pintura (de Degas o Sargent), la cocina suiza (en la que rige “un ilustrado buen sentido”), el nuevo invento de la radio, los cafés...
Se califica de “lejano, solitario, errante”. Se ríe de todo y de todos (tras una visita al Senado de Roma escribe que “entre todos los senadores apenas si se contarían más de mil pelos”), en especial de él mismo. Recuerda a otro retirado, Leopardi, “mi insigne primo de Recanati”. Sus respectivas familias compartían escudo. Anglófilo declarado, resalta Julian Barnes, era un gran retratista, como se comprueba en El gatopardo.
Se suman a las cartas a sus primos hermanos otras veintitrés, muy breves, a su amigo Massimo Erede (en una le anuncia “los inmensos progresos de la homosexualidad”, y sigue: “A este ritmo, dentro de cien años un hombre que tenga comercio carnal con una mujer será una pieza de museo”), y tres de carácter familiar: a su madre, Beatrice, “Mi adorado Pony”; a Alexandra Wolff Stomersee, Licy, su mujer, hijastra del tío embajador, con la que se casa, a pesar de su “persistente celibato”, en una iglesia ortodoxa de Riga en 1932; y a su tía Teresa, madre de Lucio y Casimiro.
“El monstruo ha escrito tal número de cartas que, en caso de ser reunidas e impresas, formarían un conspicuo volumen en octavo”, leemos proféticamente en la XII. Y sigue: “En ellas se ha mostrado ocurrente, descriptivo, profundo y sabio; en ellas ha hecho brillar todas las facetas de una inteligencia que no tiene muchos iguales en la Europa de nuestros días”. Y es la pura verdad.

Viaje por Europa. Correspondencia (1925-1930)
Giuseppe Tomasi di Lampedusa
Edición de Gioacchino Lanza Tomasi y Salvatore Silvano Nigro
Traducción de Juan Antonio Méndez
Acantilado, Barcelona, 2017

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 134 de la revista Clarín.

Lampedusa, G. Lanza Tomasi y Lucio Piccolo 

2.5.18

Fran Amaya en la Editora

La Editora, como recordó con gran sentido de la oportunidad José Luis Bernal en Miajadas hace unos días, ha sido, es y será la joya de la corona de las letras de Extremadura. Ha estado en el origen de su resurgimiento (tal vez sobre el prefijo) y su creación fue tan benéfica como sustanciosa para todos los que escribimos en esta tierra o nos sentimos parte de ella. No hace falta hacer ahora el balance que cualquier persona medianamente informada y con memoria tiene en su cabeza. Ahí está su catálogo, lo que de verdad importa. Digo esto porque el reciente cambio en su dirección apenas si ha ocupado unas pocas líneas en los periódicos. Eso demuestra que la sociedad extremeña está muy alejada de algo que durante algún tiempo estuvo en el centro, digamos, de sus preocupaciones. Tampoco es necesario analizar por qué hemos llegado a este punto. Los extremeños interesados por los asuntos culturales sabrán sacar sus propias conclusiones. De hecho, ya las habrán sacado. Lo fundamental, según creo, es que la institución continúe y, a ser posible, vuelva a la senda que la llevó a ser grande, siquiera fuera desde la modestia. Para eso, entre otras cosas, han nombrado a Fran Amaya. 
Nació en Villalba de los Barros hace treinta y ocho años, es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura y, para atender a sus nuevas obligaciones, ha dejado su plaza de profesor en un instituto de Fuente del Maestre. 
Cuando un amigo me adelantó su identidad, poco antes del nombramiento oficial, le dije que no me sonaba. Apenas unos minutos después, me desdecía. Tras la publicación de mi artículo "¿Cuándo se jodió la cultura en Extremadura?", Amaya me escribió una emotiva carta. Se ve que tiene criterio. No es poco. 
Por todas partes me llegan opiniones favorables. Me alegro. Somos conscientes del delicado momento político de su aterrizaje, a un paso de nuevas elecciones, aunque la Editora debería estar por encima de tales coyunturas. Ojalá, ya dije, logre encontrar el camino que conduce a la solvencia. Le deseo lo mejor y, por eso, mucho temple. La mejor ayuda la tiene a mano.
He quedado con él dentro de unos días. Será, a buen seguro, una conversación sustanciosa. Por lo pronto, bienvenido.