26.10.21

Arcadi Espada: poesía y periodismo


"Siempre he tenido la impresión de que hay en usted una tensión íntima entre el poeta y el periodista, entre el sentimental y el racionalista, entre el flamenco y el afrancesado. ¿Me equivoco?", le comenta Jorge Bustos a Arcadi Espada en una entrevista que publica El Mundo, periódico de ambos. El autor de La verdad responde: "Bueno, bueno, esa es una pregunta-río muy interesante y muy difícil de responder. ¡Yo me quedo con Manitas de Plata, que reunía lo flamenco y lo afrancesado! Yo creo que lo más parecido a un poeta es un periodista. El novelista es un exuberante: se deja llevar por el fruto de su imaginación desbordante, donde cabe todo. Balzac es el prototipo. Para ser un novelista hay que tener hombros poderosos, una resistencia extraordinaria. El poeta en cambio se impone muchas limitaciones, como el ritmo o el verso. El periodista igual: tiene prohibida la exuberancia y tiene que meter el mundo en una caja. A lo que nos dedicamos tú y yo es a un oficio, el de la columna, que requiere la limitación. Uno de los grandes desastres del periodismo actual es la desaparición del formato, que lleva a personas con alguna idea ceñida a desparramarse como eyaculadores precoces adolescentes. Eso se ve especialmente en los jóvenes, que tienen una capacidad de eyaculación notabilísima, quieren conquistar el mundo a golpes de leche. Eso es un desastre. Esas entrevistas-río, esos artículos desbordantes de digitales inacabables... El trabajo periodístico del que estoy más orgulloso, Factual, no daba más de 20 noticias al día. Se trataba de llevar esa limitación fundamental del guion de la vida al periódico. Porque la gente sabía que yo le iba a llevar mi selección de noticias más relevantes. Ahora se ha sustituido la limitación por el scroll: bajar y bajar hasta que al final se llega al infierno, claro. El periodismo es orden, jerarquía y limitación".

Nota: La fotografía es de Ángel Navarrete y es una de las que incluye la citada conversación publicada en El Mundo entre Espada y Bustos.

25.10.21

Autobiografía

Es un honor que el IES "Santiago Apostol" de Almendralejo haya elegido un poema mío para que ocupe el número 300 en su ya larga serie semanal. Gracias. En especial, al profesor Juan Manuel González Vázquez.

13.10.21

El Amorgós de Gatsos

 
De Vicente Fernández González, profesor de la Universidad de Málaga, Premio Nacional de Traducción en dos ocasiones (también obtuvo el correspondiente galardón en Grecia), ya conocíamos versiones y ensayos sumamente interesantes. Los libros Cuatro estaciones, de Costas Mavrudís (Pre-Textos), Lugar de un día, de Zanasis Jatsópulos (La Dragona), o  Ítaca, de C. P. Cavafis; el epílogo a la Poesía completa del poeta alejandrino que acabamos de mencionar, en la versión de Juan Manuel Macías para Pre-Textos; y, en fin, su edición del volumen Málaga Cavafis Barcelona: antología de las primeras traducciones catalanas y castellanas de la poesía de C. P. Cavafis y selección de versiones posteriores.
También ha traducido obras de Dimitris Calokiris, Ersi Sotiropoulos, Nikos Dimou y Stratís Tsircas.
Nos sorprende ahora con la primera versión exenta de Amorgós, de Nikos Gatsos (1911-1992), que publica Cátedra en su veterana colección Letras Universales. De ese poema y de “otros”, que sólo son tres, aclaro. Dedicados a Lorca dos de ellos, del que tradujo a su lengua materna Bodas de sangre, indispensable desde entonces, 1945, en el repertorio del teatro griego.
Lo sustancial es, sin duda, lo primero. Aunque Moreno Jurado lo incorporó a su antología La Generación de 1930 (Barcelona, 1987) y algunos traductores más lo incluyeran de manera parcial en sus respectivos florilegios, extraña, insisto, que no existiera hasta el momento esa edición. Y esta, lo puedo asegurar, es exhaustiva, rigurosa y ejemplar, al menos para quien lo desconocía casi todo del poeta, “un caso único en las letras griegas contemporáneas”, frase hecha que, me temo, esta vez es verdad.
Dije antes “poema” y es que en realidad se trata de eso: de un poema extenso comparable a La tierra baldía (Eliot), Anábasis (Perse), Espacio (JRJ) o Piedra de sol (Paz), casos semejantes en su singularidad dentro de la poesía contemporánea.
Escrito durante la ocupación nazi de Grecia y publicado en 1943, Gatsos eligió el silencio y no volvió a publicar libro alguno. Se convirtió en un letrista de canciones, colaborador, entre otros, con los compositores Manos Hadjidakis y Mikis Theodorakis, lo que “contribuyó decisivamente a la renovación de la canción griega” y, por ende, de la cultura de su país.
Sería simplista afirmar que Amorgós es fruto del surrealismo por más que Gatsos represente en los manuales de la literatura helénica a ese movimiento artístico de las vanguardias del pasado siglo. (Un asunto en el que entra, para esclarecerlo, VFG.) Quiero decir que ese poema es más que eso. Más que mera pirotecnia, juegos verbales, ocurrencias varias o escritura automática.
Lo explica muy bien Armando Romero, el poeta nadaísta colombiano (de Cali), profesor universitario en Cincinnati. Sus palabras preliminares, “Las figuras oscuras de Nikos Gatsos”, animan las expectativas de cualquier lector.
En un tono cercano y personal, con lúcidas reflexiones acerca de la poesía en general y de la gatsiana en particular, rememora un encuentro con Gatsos en el hotel Gran Bretaña de Atenas a finales de los años ochenta, antes de partir para el Peloponeso. También estaba su esposa y Agathi Dimitrouka (albacea de Gatsos).
Según Romero, todo poeta lleva uno de los cuatro elementos existentes (según “los antiguos”) “como marca de fábrica”. El de Gatsos sería la tierra. La del  Peloponeso. D. Sam Abrams sostiene que, porque la vida es “una” y “universal”, “Amorgós recorre el camino que va de lo particular a lo universal”. “La grecidad del poema es solo un punto de partida. Grecia es el mundo. Grecia es el pasado, ahora y siempre”.
Según su amigo Odiseas Elitis (recurro a la transcripción de nombres propios griegos que explica VFG), era un ser especial que había “escuchado la voz”. Por decirlo con Lorca, alguien con “duende”.
Romero afirma que “Amorgós no es un poema de fácil lectura”, y recuerda a Lezama, lo de que “sólo lo difícil es estimulante”. Añade que es “un poema total”. Más que un camino de dirección única y con un fin concreto, “senderos que se bifurcan”, a lo Borges. “¿Qué otra cosa  somos sino náufragos en el espacio del poema?”, se pregunta Romero. Concluye que “es un poema de Amor”, aunque sea “una verdad que se queda corta”. Añade, al enfrentarlo al citado S. J. Perse, que “vuelve el eje de su poesía hacia las lindes de su tierra, hacia el devenir de la historia. Temporal, Gatsos, Grecia es su referente”.
Fue, dice, un “ser sembrado de poesía”. Termina afirmando, y no miente, que de Amorgós “nunca se sale”.
La introducción de VFG, ya se anunció, es informada y didáctica. Basta ojear la bibliografía que ha manejado para hacerse una idea de hasta qué punto. Las citas son pertinentes y cuantiosas. Para empezar, las que abren su prólogo, de Novalis, Dickinson, Rimbaud, Cavafis y Seferis, que tanto tiene que ver con el poema que nos ocupa (lo mismo que Heráclito, autor del epígrafe que está al frente de Amorgós). Sí, como escribió Novalis, “La poesía es lo verdadero. Lo absolutamente real”. Una afirmación que no deja de ser paradójica si tenemos en cuenta a qué nos enfrentamos. Porque, como dijo Romero, este “no es un poema fácil”, el traductor (en su faceta de estudioso) se ha visto en la obligación de ponérselo lo más sencillo posible al lector, y lo ha logrado.
Comienza su análisis por la biografía de Gatsos, que nació en Asea, “en el corazón de la Arcadia, en el corazón del Peloponeso”. Habla de su amistad con Elitis (que empezó en 1936), de su efímera condición de poeta (que pronto dijo, y de qué asombrosa manera, todo lo que acaso tenía que decir) y, por fin, de su condición de autor de canciones (como en sus poemas, con un pie en la tradición y otro en la modernidad). VFG lo resume así: “Gatsos es un poeta que tocó el cielo con Amorgós y volvió a la tierra a escribir canciones”. Algunas tan famosas como “Luna de papel”, interpretada por Melina Mercuri (quien dijo que Amorgós era “la Biblia, era nuestra juventud”). No está mal traída otra cita de Novalis: “Hay que escribir libros como quien compone música”.
“Enigma” se titula la parte que dedica a intentar explicar el silencio de Gatsos. Jatsópulos cree que este libro “es un poema y es un límite”. Un final. Ivanovici, que “optó por el supremo gesto surrealista, que es el silencio”. Hadjidakis, su “amigo del alma”, piensa que le pudo su agudo “sentido crítico”, capaz de ahogar la escritura. Huhn lo considera un “perfeccionista”. Quienes le trataron afirman que “prefería formular su pensamiento a través de la conversación”.
Entra después en materia VFG y disecciona el poema (una “obra de su época” y un “compendio de la literatura griega moderna”, según Cúrtovic) con maestría, no sin antes advertir la relación del título con “las palabras castellana amor, amargo, amargor” y razonar esa curiosa mezcla entre “método surrealista” y tradición. Según Lignadis, “lo único real en Amorgós es la poesía”. Sus “paisajes destilados del alma”. “Una isla –precisa VFG– en la que nunca había estado”.
Al poema largo moderno dedica otro capítulo. Amorgós, ya se dijo (“un poema de gran complejidad textual, según Abrams), forma parte fundamental de ese legado.
Consta de seis partes que tienden al versículo. Avanza entre “la realidad y el sueño”, según Rentzou. Sueños (de marineros, de una joven) que aparecen en la primera parte (inseparable de la “desolación de un país ocupado”, tan homérica). En la segunda, la protagonista es la muerte. En la tercera, el sueño se convierte en pesadilla, explica Rentzou, quien opina que la cuarta parte explica “el renacer” y la quinta “un comentario sobre «el renacer»”. “En la sexta parte, “una declaración de amor a una persona, a una tierra, a la poesía”, dice VFG. “La bandera de la imaginación siempre izada”.
Dos poemas más forman partes del corpus de Amargós: “El caballero y la muerte” (donde se aprecia su admiración por el Romanticismo alemán) y “Elegía”.
En el capítulo de “Otros poemas”, “Canción de los viejos tiempos” (el único poema que Gatsos publicó en vida después de Amorgós), “Oda a Federico García Lorca” y “Un toro negro entró al baile. Habanera para F. G. Lorca”.
Se completa el libro con referencias a las anteriores traducciones (fragmentarias) del poema, una amplia bibliografía y una nota a la edición donde, entre otras cosas, VFG escribe: “El deseo de traducir Amorgós. La resistencia de Amorgós a ser traducido”. Vencer esa resistencia ha sido su tarea. Uno, que desconoce el griego moderno, sólo puede dar fe de que ha leído un poema excepcional en castellano o español. Esa es la victoria del traductor.
Estamos ante una obra inspirada que rezuma imaginación por los cuatro costados. Para ser leída, incluso, en voz alta. “No te vuelvas DESTINO”, leemos. Y “bajo el toldo de la parra respira el verano”. ¿Hay algo más mediterráneo? O: “Los viajeros a la India tienen más que contaros que los cronistas bizantinos”. Y: “Cuánto te he querido solo yo lo sé”, verso que podría hacer suyo cualquiera que haya amado.
No vamos a entrar en la vieja disquisición acerca de la comprensibilidad de la poesía. El editor da a quien lee numerosas pistas y claves para facilitarle la aventura. Además del estudio introductorio, son numerosas las notas que acompañan a los versículos y que arrojan luz sobre los mismos. Pero hay otro modo de leer Amorgós, el que prefiero, que consiste en dejarse llevar por el canto sin atender a otros criterios. Entender sería, en este caso, un fin inútil. No creo que, se elija la que se elija, el lector salga indemne de su lectura interminable. Sí, de Amorgós “nunca se sale”.
 
Amorgós
Nikos Gatsos
Cátedra, Madrid, 2021. 152 páginas. 14 

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.

6.10.21

Morábito y Frayre


Rescata Igor Barreto una entrevista con el mexicano Fabio Morábito, del que hablamos aquí a finales de junio, a propósito del Premio Xavier Villaurrutia que ganó en 2018 con su novela El lector a domicilio (Sexto Piso). Allí, Mónica Maristain, la editora del medio que la publica, le comenta: "Los escritores dicen que quieren ser poetas", y él responde: "Es una frase que no me creo. La primera vez se la oí a Carlos Fuentes. Los novelistas venden muy bien, al contrario del pobre poeta que no vende nada y es un gran malentendido con respecto a la poesía. Se habla siempre muy bien de ella, es muy prestigiosa, los funcionarios culturales nunca olvidan la poesía, pero en el fondo es despreciada, nadie la lee, a nadie le importa, nunca ha habido un verdadero esfuerzo para quitarle a la gente miedo a leer poesía. Es como decía Octavio Paz, una secta secreta. La poesía nos devuelve a cierto estado de anonimato dentro de la literatura. Cuando la literatura no tenía autores, sino obras que pasaban de boca en boca, nos recuerdan que la palabra leída es una palabra compartida. No hay una sustancial diferencia entre las que la escriben y quien la lee. La poesía es una gran maestra de humildad".
En la novela, por cierto, se habla de una poeta que uno, sin saberlo (porque no he leído el libro premiado), descubrió el pasado verano gracias a la revista Palimpsesto, de Fran Cruz, donde Morábito precisamente escribe sobre ella y su obra. Ya he pedido su poesía completa, que editó FCE. Se trata de Isabel Frayre y no comprendo bien que hasta ahora no hubiera reparado en sus versos, de una calidad llamativa. Ahora, además de leerla a ella, tengo que conseguir un ejemplar de El lector a domicilio. Mi fervor por la literatura de Morábito así lo exige.

Nota: La fotografía es de Nazareth Balbás para RT

28.9.21

Viajero en Nueva York

 

Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) es autor de los libros de poesía Manual de supervivencia -consejos inútiles- (1993), Noches de lluvia en el embarcadero (1994), Antes del hielo (2001), Infiel a los disfraces (2008), El llanto de los boxeadores (2012), El peligro de los círculos (2017) e Ir al norte (2020); de los dietarios Los ojos del domador (1997), Hacia la tormenta (2005) y Heridas causadas por tres rinocerontes (2008); del libro de memorias La infancia y sus cómplices (2002); de las novelas Te veo triste (2012) y Os contaré la verdad (2020); así como de los libro de viajes Apuntes de París (2000), Viajes y novelerías (2004), Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow (2014)
y Ciudades que se posan como pájaros (2017). A esta lista se une ahora Días en Nueva York y otras noches. Lo publica Newcastle Ediciones, que, poco a poco, y de la mano del placentino Javier Castro Flórez, ha ido conformando un sugerente catálogo en el que figuran nombres y títulos imprescindibles de la diarística y el memorialismo patrios.
Más de uno pensará que de Nueva York poco más puede decirse. Capital por antonomasia del siglo XX, los atentados del 11-M la convirtieron, a su pesar, también en la del siglo XXI. Sobre ella han escrito numerosos españoles, de Lorca o JRJ a Hierro y de Camba o Pla a Muñoz Molina, por citar sólo a unos cuantos. Los poemas que esa ciudad febril inspiró han dado para rigurosos estudios y antologías, como los libros del profesor Julio Neira: Historia poética de Nueva York en la España contemporánea (Cátedra, 2012) y Geometría y angustia. Poetas españoles en Nueva York (Vandalia, 2012).
Se podría hacer otro tanto, si es que no se ha hecho ya, con los autores en prosa, y ahí incluiría a los narradores, los ensayistas y, como Sanmartín, a los diaristas (García Martín e Hilario Barrero, por ejemplo).
Días en Nueva York y otras noches está escrito (“sin cronómetro”) por “un escritor que recuerda” y que “duda”. Por alguien que defiende que “la escritura es mirar a otros”. Porque “uno es –como dijo Brodsky– aquello que mira”. Por quien, como Argullol, afirma: “lo peor es el turista que no sabe que lo es”. Un hombre “frágil” que escribe “para no olvidar”. Que cree que “escribir es escarbar”.
Sus anotaciones (sin fecha) flotan en “la claridad de lo explicable”. Sus apuntes nos sorprenden porque “viajar nos saca del tiempo y de la rutina”. “En casa –confiesa– soy otro y me enfrento conmigo mismo”. Y: “Yo veo mejor cuando estoy de viaje”.
La primera parte del libro es la que se sitúa en Nueva York, donde vuelve después de veinte años. Antes pasa por Zúrich y Chicago, donde admira una de sus pasiones: la arquitectura. Y los arquitectos: Renzo Piano, Rafael Moneo… Y, claro, los rascacielos. Sanmartín es un viajero culto. Visita con frecuencia bibliotecas y museos y habla de éstos y de las obras que albergan con conocimiento de causa. Eso no significa que escape al destino de cualquier turista: hacer colas interminables y ver cuadros y esculturas rodeado de nubes de excursionistas.
Que es culto se demuestra también porque constantemente hace alusión a otros escritores y a libros que tienen relación con aquello que en ese momento siente o ve. A Simic, pongo por caso, le cita bastante, y no tanto por sus poemas como por sus artículos. O a su paisano Conget, otro escritor en Nueva York. Y a Dylan Thomas, Anne Sexton, Bruce Chatwin, Murakami, Zagajewski, Levrero, Camus, Silvina Ocampo, Nooteboom, etc. Y a pintores (“Yo nunca seré pintor”): Arroyo, Charris, el “monótono” Warhol, Cerdá… He subrayado una frase de éste: “Nada hay más verdadero que el bisonte de Altamira”.
Sus citas, por lo demás, siempre son pertinentes. Obedecen a un motivo concreto y no figuran para su lucimiento personal, como apreciamos con demasiada frecuencia en textos de semejante jaez.
En la segunda parte, titulada “Nada de lamentos”, viajamos con Sanmartín a Bruselas, Lovaina, París (una ciudad que conoce muy bien), Dublín o Jaca (un lugar fundamental en su vida) y alrededores (sur de Francia incluido: Pau u Oloron-Sainte-Marie…).
Me dio un vuelco el corazón al leer unas pocas palabras sobre su breve estancia en el monasterio búlgaro de Rila.
Son “viajes sentimentales, repetidos” (aunque siempre sueña “con ir al Ártico”), donde las anécdotas son elevadas, con la debida naturalidad, a categorías. Y eso sirve para hablar de aviones, helados, relojes, espejos, peceras, fotografías, mariscos, tatuajes, billares y balones, pistolas, playas, navegaciones, batiscafos, restaurantes y menús, maratones, historia, lluvias y tormentas, rostros (“cada rostro es un tendedor de ropa”), etc. De la vida, en suma, que es tanto como decir “de una biografía”. Existencia que “es, en ocasiones, un balón al poste”. “Interpretar la realidad –anota– es algo esencial”.
La emotividad aflora sin remedio. Cuando menciona a su hijo Yorgos (que cumple 18), a Félix Romeo (al que “aún echamos de menos”), al bibliófilo Melero, al periodista Antón Castro o, en fin, al vasco y malogrado bebedor Jabier. Sí, Sanmartín es un solitario con amigos. Y con familia.
No cabe duda de que el que escribe es ante todo un poeta. Cuando dice: “soy un herido al que le gustan los vendajes del silencio”. Algunos párrafos pasarían, en efecto, por poemas, como el segundo de la página 56. Versos que a veces parecen aforismos, o viceversa: “La naturaleza es un revólver que dispara”. “Beber es como tomar analgésicos”. “Viajar es lo mismo que tomarte unas pastillas en un tratamiento médico”
A lo largo del dietario son muchas las observaciones que empiezan “Escribir es…”. Sería curioso reunirlas todas. Formarían una suerte de poema borgeano, a la manera de las enumeraciones caóticas que estudió Spitzer. “Escribir es un tipo de ginebra”. O “jugar al billar”.
Pero no nos equivoquemos: el narrador brilla con la fuerza necesaria y, entre col y col (que, por cierto, tanto detesta), no deja de regalarnos deliciosos relatos. Sabe contar.
Los libros de Sanmartín suelen ser delgados, breves. Éste se adapta perfectamente al pequeño formato de la humilde colección murciana. No por eso carecen de la necesaria enjundia, al revés. Tal vez por aquello de que lo breve si bueno…
En la página 69 leemos: “Yo escribo porque de lo contrario mi vida sería incompleta y me conocería peor”. Cabría añadir, para terminar, otra reflexión que desvela los fundamentos de su escritura: “Quiero escribir mejor para escalar ese muro que es la buena literatura”. En ello está. A punto de hacer cima.
 
Días en Nueva York y otras noches
Fernando Sanmartín
Newcastle Ediciones, Murcia, 2021. 148 páginas. 10 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.

23.9.21

Coetzee y Vallejo sobre la poesía

«Es cierto que este movimiento de lectura lento, puntilloso y silencioso es típico del ojo del poeta...», le comenta Marco Missiroli a J. M. Coetzee (léase cutsía) en una entrevista publicada en El Mundo, y el Nobel sudafricano le responde: «La poesía siempre ha sido muy importante para mí, ya que es el lugar donde el lenguaje arde con la llama más brillante. Recientemente he recopilado para una editorial argentina una colección titulada 51 poetas, elegidos para representar a los que más admiro y que han tenido una mayor influencia formativa en distintos momentos de mi vida creativa. Cronológicamente, las piezas abarcan desde la época homérica hasta los poetas contemporáneos». Luego añade los nombres de algunos que le siguen influyendo: «Entre los poetas del siglo XX que han influido en mi escritura -y en mi forma de ver el mundo- pondría a Pablo Neruda, el gran heredero de Walt Whitman, por el bello ropaje de su retórica; a Konstantinos Kavafis por su aguda ironía y su capacidad de brevedad; a Zbigniew Herbert por su intensa concentración en lo esencial; a Wallace Stevens por su elegancia intelectual».

A Fernando Vallejo, «la poesía también le decepciona a estas alturas», dice Juan Diego Quesada en su reportaje "Un día en Medellín con Fernando Vallejo", publicado en Babelia, de El País. Y sigue: «Lo que llamamos poesía es un atropello al idioma. Nunca me he tragado ese cuento de grandes poetas, ni en este idioma ni en otro, aunque este es el que me importa”. En el pasillo de una estación del metro se cruza con un retrato de León de Greiff, uno de los grandes poetas colombianos. Vallejo lo mira desde la superioridad del hombre vivo. De Greiff, con el bigote y el pelo repeinado hacia atrás, le aguanta el desafío con los ojos brillosos de los personajes esculpidos en mármol. El poeta parece cuestionarle si acaso él está hecho de la materia de los autores inmortales. Vallejo lo señala con el dedo antes de irse: “El último gran poeta de la lengua española”».

Nota: En la fotografía, Neruda (uno de los poetas citados por Coetzee) escribiendo. 

15.9.21

Martín López-Vega y Begoña M. Rueda en EC

Martín López-Vega
Visor, Madrid, 2021. 96 páginas, 12 €
 
López-Vega (Poo de Llanes, 1975), ha sido librero (en La Central), editor (en Vaso Roto) y crítico literario. En la actualidad es director de Gabinete de Dirección del Instituto Cervantes. Ha traducido poesía del portugués, inglés e italiano y acaba de publicar una antología de Li Bai.
Poeta en asturiano y de obras en prosa, tanto viajera como ensayística, reunió sus libros de  poemas en El uso del radar en mar abierto. Poesía 1992-2019.
En “Tema de redacción”, un significativo poema de Egipcíaco (entre el linimento y los huidizos padres del desierto), López-Vega asocia la palabra “felicidad” a “mujeres y ciudades y libros”. En efecto, el amor, los viajes y la literatura son los temas esenciales de esta colección de poemas que pretenden ser cualquier cosa menos “poéticos”, lo que consigue atendiendo más a lo que quiere decir que a cómo decirlo; no tanto a la métrica como al versículo que exige un determinado ritmo. Estamos ante poemas discursivos y monologantes que utilizan con frecuencia la distancia de la tercera persona.
El primero, “Otro ensayo sobre el día logrado”, es paradigmático. Extenso, como no pocos del conjunto. “A partir de los cuarenta” (este es un libro escrito nel mezzo del cammin), lo que toca es “sobreponerse”. “El verdadero leitmotiv”. Humor e ironía mediante, L-V compone, en torno al amor perdido y sobre la metáfora del mosaico, una suerte de poética solitaria y vital.
“La vida sería posible aquí” es un verso de “Un motor vital” (un poema australiano, como “Cooper Creek”) que refuerza su preferencia viajera por “las antípodas de la vida”. Lo cosmopolita (con toques culturalistas) es habitual; en “Orientalismos” (como el delicado Rú Yì”),“Gathered Sky”, “Una noche en Kalender” (“allí el tiempo siempre te susurra: Existes”), “Alejandría” o “Puerto cerrado”, por ejemplo. Sí, “El mundo es una habitación”, por decirlo con uno de sus rótulos. “Soy de todas las ciudades”, escribe en “Un país febril”. Y de todos los idiomas y países. De la “república de la conciencia”.
En el “El forastero en Veroli” (Sandro Penna), leemos: “La hermosura abunda, pero solo es belleza cuando hiere”.
Lo autobiográfico, que a veces adopta la forma de diario (impresiones, vivencias, anécdotas elevadas a categorías), es otro aspecto insoslayable. En “Un episodio personal”, pongo por caso, que protagoniza su abuela (a la que dedica “Mi abuela: Poesía completa”), “Julián” (Rodríguez: “No se van nunca los mejores”), o el extraordinario “Los recogedores de ocle o bien Carta al padre”: “Seré tu hijo, pero tú no fuiste mi padre; así están las cosas”.
“Por qué siempre lejos, siempre huyendo”, se pregunta en “El balcón georgiano”. El deseo de “dejar de querer irme siempre de mí” es un rastro de la herencia paterna de este “flâneur meditativo” que concluye su libro con un autorretrato donde leemos que “escribe poemas para iluminar zonas oscuras”. Poemas con finales acertados, sorprendentes. Propios de un lector que usa con frecuencia la fórmula “a partir de”. Como en “Ingredientes”, donde oportunamente nos recuerda que “no vivimos solo por vivir”. 

Servicio de lavandería
Begoña M. Rueda
Hiperión, Madrid, 2021. 76 páginas. 10 €

Rueda (Jaén, 1992) es hija de la bonanza, ese feliz rótulo generacional. A pesar de su edad, ya ha publicado los libros Princesa Leia, Siberia es un estado de ánimo, Reencarnación, Error 404Todo lo que te perdiste por meterte a monja y Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Todos consiguieron algún laurel; como éste, premio Hiperión, que el jurado consideró “un libro cohesionado, crítico, lírico sin excesos, poderosamente plástico”.
Los poemas, escritos como páginas de un diario, dan cuenta de unos hechos sucedidos a su autora durante los años 2019 y 2020 (que en el libro aparecen en orden cronológico inverso) mientras trabajaba en la lavandería del hospital de Algeciras. No hace falta subrayar que coincide, siquiera en parte, con la pandemia (los poemas están fechados entre marzo y junio), aunque la enfermedad ya era de por sí un asunto lo bastante áspero como para abordarlo con la compasión debida.
Porque la situación así lo exigía, el lenguaje empleado es sobrio y hasta prosaico. Conversacional. Realista sin contemplaciones. Crudo como cualquier existencia.
“Yo por sudario quisiera las manos de mi madre”, leemos, una presencia capital en el libro, a la que tuvo que dejar, como tantas otras cosas (la facultad, por ejemplo), para ir a la costa.
“Esto somos”, dice tras observar el tanatorio del que sale alguien con la ropa que ella planchó. Y “La vida. / No la soporto”. Aquí, sin embargo, pesa su envés: la muerte. Cuánto dolor. Cuánta pena. Cuánta cucaracha. 

NOTA: Las reseñas de los libros de Martín López-Vega y Begoña M. Rueda se han publicado en EL CULTURAL.

12.9.21

Lecturas veraniegas II


Cómo he disfrutado con
 Breviario provenzal (Periférica), de Vicente Valero, uno de esos libros de los que no se sale. Tras subrayar con el lápiz más de la mitad, he aprendido, por una parte, y asentido, por otra, al amor de esa intensa lectura donde se mezclan la reflexión y los sentimientos. No es ese un viaje cualquiera. La coda que pone a sus anotaciones el apasionante puñado de poemas que conforman «Junio en casa del doctor Char» es la guinda del pastel, y perdón por el tópico. Miel sobre hojuelas, ya digo. 
Pude escuchar, para colmo, y con sumo deleite, una conversación con Valero en El Ojo Crítico, mientras bajaba en coche (despacito) El Puerto del Pico, en Gredos. Un puerto de montaña de los de antes, ya saben. Para ser exactos, la charla duró lo que va desde las inmediaciones del Parador Nacional (el primero de España) hasta el pueblo serrano de Arenas de San Pedro. El paisaje era el ideal para acompañar sus palabras acerca de la Provenza y algunos señeros artistas que vivieron allí. En el fondo, un ensayo sobre los orígenes de la poesía moderna, tan ligada a la noción de lugar y de paisaje. Y unos versos, por añadidura, que le confirman como el necesario poeta que es.
Hipondríaco confeso, me había resistido a leer los diarios de Juan Gracia Armendáriz, un hombre, desde muy pronto, seriamente enfermo (que diría Gil de Biedma), y mira que mi amigo Zoki me animaba a ello. Fuego amigo. Los restos de la escritura (Contrabando) no se me ha resistido. La vida y la literatura se funden en un libro lúcido y valiente, sin jeremiadas ni patetismos, propio de alguien que ostenta con humildad ambas virtudes. Un tipo de lo más perspicaz. Ahora me espera Guía de extraviados (Pre-Textos). Y vendrán más. 
Anotaciones en forma de diario son también las de José Ángel Cilleruelo en Dedos de leñador (Días de 2019) (Polibea), con prólogo de su editor, Juan José Martín Ramos. El profesor, el lector, el traductor, el poeta, el amigo, el padre, etc. (todos son Cilleruelo) se dan cita en estas páginas que no dejan de celebrar la cotidiana contemplación del tiempo. 
Sólo por el ensayo "Poesía: asombro, palabra, silencio" ya merecería la pena haber publicado Aproximaciones a la poesía y el arte (Visor Libros), de José Corredor-Matheos, nuestro poeta decano. La edición y el prólogo corren a cargo de Jesús Barrajón Muñoz. Pero hay más que lecciones de poética en el libro. Así, su análisis del haiku, las relaciones entre ciencia y poesía o sus certeras aproximaciones a las obras de Ángel Crespo y Cirlot. 
En este capítulo de la prosa debo incluir la lectura de Quasi una fantasía (Ediciones del Arrabal), la última entrega, por ahora, de Salón de Pasos Perdidos de Andrés Trapiello y la primera que no aparece en Pre-Textos. Y allí, para quienes hemos leído todo lo anterior, lo mismo, que es al cabo lo nuevo, porque a ese portento (lo igual y lo distinto a la vez), hechos puntuales mediante (tal o cual viaje, esta o aquella anécdota), asiste perplejo el que se interna en esta suerte de novela en marcha donde El Rastro (y JM.), Las Viñas (con escasa presencia en esta entrega), la familia (M., R. -y su boda-. y G., sobre todo, y su madre), los pretextos (y su Hokusai), ciertos escritores que detesta (CAM., por ejemplo, o IG., por su obsesión lorquiana) y otros que ama (Francis Jammes, Delibes y JRJ., pongamos), la Guerra Civil (corrige pruebas de la tercera edición de Las armas y las letras), las vanguardias (tan decorativas), las pesquisas en las librerías de viejo y, por no seguir, los múltiples desplazamientos que realiza en su resignada condición de escritor nómada realiza (del omnipresente París a la esquinada Antequera pasando por Sevilla o Córdoba, donde Cosmopoética no pudo ser) vuelven a ser protagonistas. Además del propio A., por supuesto. Me ha resultado especialmente emotiva la semblanza de José Antonio Muñoz Rojas, que muere ese año, el 2009. O las páginas que dedica a Julio Aumente o, en fin, esas otras que narran un encuentro con mujeres de clubes de lectura rurales.
Y por encima de todo, el lenguaje, esto es, el estilo, un tono que, desde la naturalidad, no deja de encandilarme. 
Pero habrá algo que afear, dirá quien lea. Sí. Se encuentra uno con demasiados restoranes parisinos exquisitos, pongo por caso. Y con numerosos hoteles lujosos y casas de postín. Y con académicos... franceses, bien sûr (con permiso de Rico). Ay, ni que el autor del exitoso Madrid (doce ediciones van ya) formara ya parte del Club de las Almendritas Saladas. 
Al estar reescrito, digamos, en 2020, la actualidad se cuela entre líneas. ¿Se hablaba en 2009 de heteropatriarcado, le dábamos tanta importancia a Cataluña y a los separatistas catalanes? No sé. 
Para el inminente otoño, con la fresca, me he reservado la lectura de La Fuente del Encanto. Poemas de una vida (1980-2021, volumen número 100 de la mencionada colección Vandalia, mucho más que una antología ya que se trata, en palabras de Trapiello de "una meditación sobre mi vida poética".
Dedicaré una reseña a los nuevos diarios viajeros de Fernando Sanmartín: Días en Nueva York y otras noches (Newcastle Ediciones), que me han encantado. 
Aguardan su momento la primera novela del poeta Enrique Andrés Ruiz, Los montes antiguos (Periférica), el Calendario de Avelino Fierro y, cómo no, Los vencejos de Aramburu (que lee Yolanda) y los relatos hervacianos de Bayal, con los que estoy ahora (lápiz y papel en mano para una reseña ya encargada). ¡Uf! Seguimos. 

Nota: Ilustra esta entrada "Lectora compulsiva", un acrílico sobre lienzo de Pablo Gallo.

11.9.21

Lecturas veraniegas I


El verano no es, ni de lejos, mi estación preferida y menos después de jubilarme. Antes, al fin y al cabo eran días de vacaciones. Una de las cosas que peor llevo, sudores mediante, es leer. Envidio a quienes son capaces de meterse entre ojo y ojo lo que no han leído en el resto del año. O a los que siguen haciéndolo al mismo ritmo. Ni siquiera en la piscina he sido capaz de aprovechar el tiempo como otras veces. Así y todo, algunos libros han caído. Ni la mitad de las mitad de los que me han ido llegando estos últimos meses. A no pocos ya he renunciado definitivamente tras un injusto vistazo. Los que por diversas razones han superado la criba están colocados en una inestable columna en la mesa de al lado. Tendré que ubicarlos en algún sitio, pero aún no sé dónde (vuelvo a llenar cajas con destino a la cochera y las estanterías no dan más de sí). De las lecturas recientes, y sin ánimo de ejercer la crítica (aunque leer siempre lo sea), destacaría la de algunos libros de poesía. Variaciones sobre un tema dado (Visor), pongo por caso, de Ana Blandiana, traducido por Viorica Patea y Natalia Carbajosa, una emocionante, extensa elegía a su marido muerto y un hermoso canto de amor. Llevo mucho echándome en cara que no he leído como merece a la poeta rumana que el próximo 18 de septiembre presenta en Madrid sus dos últimos libros. Después de esta lectura, no hay excusa. 
Azul distinto (Pre-Textos), de Gabriel Insausti, no me ha dejado indiferente. Al revés. Logrados me parecen estos cuarenta y dos poemas centrados en París, esa ciudad tan mítica como interminable. 
No había oído hablar del griego Nicos Cavadías (1910-1975), del que Alianza publica su Poesía completa. En un volumen que no llega a las 200 páginas. Fue un viajero. Y, a su modo, un maldito. Marino, por más señas. David Hernández de la Fuente consigue trasladar al castellano su mundo, lleno de aventuras y puertos lejanos. Una fascinante deriva. 
En Vandalia cien (2002-2021). Casi veinte años de poesía hispánica contemporánea, Jacobo Cortines, su director, e Ignacio F. Garmendia seleccionan poemas de los libros que esa acreditada, imprescindible colección sevillana ha venido publicando estos últimos lustros. En orden cronológico, de Antonio de Zayas a Aitor Francos. No cabe duda, a las pruebas de este florilegio me remito, de que el acierto ha sido pleno. O casi. 
Marcos Tramón (Oviedo, 1971), poeta vinculado a la tertulia Oliver, la de José Luis García Martín, me sorprende gratamente con su libro Como una sola luz (BajAmar). La suya es una poesía cercana, vital, melancólica, cernudiana y, sobre todo, de verdad. Al leer sus versos tocamos al hombre que él es. Su elegante discreción le reconcilia a uno con la lírica. 
El cacereño Jesús María Gómez y Flores (1964) ha escrito Las erratas de la existencia (Pigmalión), un libro áspero, desasosegante, sin concesiones, muy adecuado para describir lo que no pocos sentimos en medio de esta época atroz de incesante pandemia. 
Otro cacereño, el veterano militar Juan Carlos Rodríguez Búrdalo (1946), publica La vida en un podcast, con prólogo del periodista José Julián Barriga Bravo. Habla éste de "poesía elegiaca", y no se equivoca. Lo mejor, coincido con Barriga, poemas como "Protocolos parentales" (dos, uno dedicado a su madre y otro a la recuperación de los restos de su padre, del que Búrdalo fue hijo póstumo). Lo peor, la edición, poco cuidada, con lo poco que cuesta hacer las cosas bien. Con todo, los versos sobreviven a pesar del dicho de JRJ. 
Dos libros de la sevillana Renacimiento (y muchos más) merecen ser mencionados: Si preguntan por mí, de J. R. Barat (Valencia, 1959), y Un tigre se aleja, de Rubén Martín Díaz (Albacete, 1980). 
La de Barat es una poesía confesional, biográfica y de la memoria. Apegada a la vida. De claridad mediterránea: limpia y luminosa. Sin trampa ni cartón, diría. Del conjunto sólo me sobra un poema: Blue jeans, y no por políticamente incorrecto. 
La de Martín Díaz, que vuelve después de un lustro de silencio, sorprende por su madurez, mucho más que un problema de edad. No, no es por lo de la cuarentena, que también, sino por la solidez de su propuesta. Meditativa, de la mirada, en busca de ese "espacio de lo imposible" que nombró Juarroz. De "extraña sencillez", por decirlo con el título de uno de estos poemas. Se veía venir. Aprovecho para subrayar la importancia que ha alcanzado la poesía escrita por albaceteños; poetas como Andrés García Cerdán, al que dedica un poema, Pedro Gascón o Valentín Carcelén, de los que leí no hace mucho, respectivamente, Las mudas soledades y El momento, dos libros publicados por la albaceteña Chamán Ediciones que me hubiera gustado reseñar. 
Termino con dos libros de autores jóvenes que me han acompañado también este verano: Triestino (Editorial Cántico), de Luis Bravo (Madrid, 1994), que debe su título no a la literaria ciudad italiana, como creí en un principio, sino al nombre de la colección de poesía que dirigió en los ochenta Trapiello, donde Bravo encontró a sus maestros; y Glory hole (Vitrubio), potente ópera prima de Tente Garrido, un extremeño que vive en La Raya, autor, y eso se nota en sus versos, de las letras del grupo de punk-rock-hardcore-melódico Antikracia
Esperan, en fin, obras de Glück (tres ha publicado ya Visor, traducidas por Andrés Catalán, que saca en Pre-Textos, donde hasta ahora habíamos leído a la Nobel estadounidense, Variaciones romanas), Rivero Taravillo, Hilario Barrero, Riechmann, Talens, Carnero, Barrett Browning (en versión de Benítez Ariza)... Seguimos. 

Nota: Ilustra esta entrada "Lector compulsivo", un acrílico sobre lienzo de Pablo Gallo.

6.9.21

Gonzalo Hidalgo Bayal y la misantropía

El escritor y periodista Fernando del Val fue invitado a colaborar en el cartapacio que la revista TURIA (de la que es colaborador habitual) dedicó al narrador y ensayista extremeño Gonzalo Hidalgo Bayal (que acaba de publicar Hervaciana). La coordinadora, Concha D'Olhaberriague, era consciente de que conocía en profundidad su obra. El texto que envió no dejaba lugar a dudas. Debido a problemas de ajuste, eso sí, se tuvo que publicar abreviado. Como quiera que tanto para D'Olhaberriague como para mí ese ensayo merecía ser leído en su totalidad, tras contar con el plácet del director de la revista, Raúl Carlos Maícas, le hemos propuesto a Del Val que nos permita publicarlo aquí al completo. Ha aceptado. No es este el mejor sitio, pero... 



 

LA MISANTROPÍA COMO RELACIÓN SOCIAL

 

 1

Aunque según Wikipedia el autor de un libro no es autoridad suficiente para hablar de ese libro, arriesguémonos. En La escapada (2019), Gonzalo Hidalgo Bayal expone el personaje tipo de sus narraciones: solitario, ajeno a todo y conforme consigo mismo. Este título se puede confundir con unas memorias, con un relato de no ficción, tiene algo de diario, bastante de ensayo y todo de novela. Bayal está paseando por Madrid, un sábado a media mañana, cuando se ve sorprendido por un viejo compañero de universidad. Su figura no concuerda con la que detenta su memoria, pero en seguida advierte que este compañero es aquel del que tomó para dibujar un personaje llamado Foneto. A partir de ahí, recuerdos e ideas se confunden con una teoría de la novela. Otra. La siguiente. Y los dos revisitan el callejero capitalino con un pie en el presente y otro en el pasado. Como el propio Bayal al comienzo de esta novela -a no ser que tal encuentro sea una ficción, todo es posible-, sus personajes suelen verse acechados por una realidad, coyuntural o estructural, que les revuelca como una ola gigante.

 

2

“Foneto no se había ido nunca de mi memoria”. A principios de los 80, lo convirtió en personaje. Salió en Mísera fue, señora, la osadía (1988) y reapareció en El cerco oblicuo (1993), novela pilotada por Severo Llotas, un yo narrativo que reside en la calle de san Bernardo, la misma en que Bayal vivió mientras estudiaba Filología Románica y Ciencias de la Información. No conduce a demasiado trazar paralelismos entre vida de los personajes, vida de narradores y vida de autor; o referir que las localizaciones coinciden con escenarios dilectos de este último, su Café Comercial, su Cuesta de Moyano; pero sí procede señalar que los atributos con que adorna a sus personajes quizá tienen que ver con él. No caeremos en ese tópico de nuestros días llamado autoficcion porque la ficción siempre ha estado participada por la vivencia -y el pensamiento- de quien escribe. Mas nos preguntamos, aunque no conviene extralimitarse, si Bayal es algo más que un auriga remoto de sus seres imaginarios. En tal caso, su carácter independiente, aparentemente insobornable, y su también aparente nula predisposición al cenáculo, podrán aportarnos rasgos de esos seres, de su forma de ser y de estar en el mundo.

 

3

Entre evocaciones y análisis del pretérito, Bayal nos informa de que a punto estuvo de dedicar su tesis a “un escritor del cincuenta”, sin precisar, pero también de que emplea las tardes para escribir… o de lo que le cuesta bautizar a sus personajes. Por eso, en algunas narraciones, nos encontramos a protagonistas anónimos, identificados por nombres que no son los suyos, o por iniciales, como F, “como H, o Travel, o Nemo, o por nombres comunes, como el interventor, de evidente aunque equívoca antonomasia”. Tenemos ya pruebas suficientes de que el narrador de La escapada es él, y vemos que sus disquisiciones y su expresión verbal no distan de las que mantienen los narradores de su novelística. Incluso, confundidas con las de sus dramatis personae.

 

4

Cuando, llegado a un punto, expone -seguimos en la misma novela-, a medio camino entre la vida y la literatura, las diferencias que encuentra entre una actitud épica y otra lírica –“Digamos que el héroe épico no piensa en sí mismo y que el sujeto lírico no piensa en otra cosa que en sí mismo. La novela no es otra cosa que la invasión de la épica por la lírica”- lo que está haciendo es ampliar ideas vertidas atrás, en Nemo (2016), por el conductor de una furgoneta de postas: “Le corresponde al personaje de acción la épica, que es poesía externa; y al que contempla, al observador, la lírica”. Esta aproximación a Bayal no pretende distanciarle de la vida y meterle con calzador en el mundo de los libros -de los que, por otra parte, no sale-, pero podría remar a favor de cierta interpretación según la cual la soledad del escritor es semejante, trasmutada, a la de sus personajes. He dicho interpretación, sí.

 

5

Si F es Foneto, ¿H será Hidalgo -Bayal-? Sorprende que no use la B, sintiendo predilección por ese apellido, respondiendo su blog, a secas, a él. Será que no desea caer en obviedades. Sigo con la interpretación.

 

6

La ausencia de nombre en sus personajes podría ser un eco del héroe clásico en busca de una espada. Para mantener el anonimato, la variante a la inicial es hacer que respondan al oficio que gastan. “Carecemos de nombre: somos lo que hacemos”. En Nemo desfilan el ventero, el buhonero, el herrero, el carpintero, el predicador, los cazadores… incluso se actúa por aproximación: “Me llaman escribano porque vivo en la casa del antiguo escribano, pero no soy escribano”.

 

7

Bayal advierte de que si le correspondiera en gordo la suerte, no descorcharía champán ni bailaría alegre el bayón, antes al contrario, se recluiría en casa a leer. O sea, igual que Foneto, “de faz cisterciense”, en el quiosco; un espacio con pinta de celda mística en la que encuentra la paz esquiva del mundo. No quiere decir esto, insisto, que Bayal sea un personaje -demasiada teoría, casi sociológica-, pero invita a pensar, insisto también, espero que sin forzar la interpretación, que sus personajes, con tendencia gustosa al aislamiento, nacen de un fuerte impulso en el que la escritura -no sé, la filología- alcanza connotaciones morales. “Si la conciencia de la palabra es verdadera, de ella ha de surgir necesariamente, sobre habilidades retóricas o sabidurías gramaticales, la confianza en la palabra, o sea, el imperativo de una actitud moral” -El desierto de Takla Makán (2007)-.

 

8

La ficción no tiene por qué imitar a la vida, sólo dejarse infiltrar.

 

9

En la paz de una celda, ¿habita una postura épica… o heroica? ¿Ambas?

 

10

Nemo se recluye en una casona. “A qué obedecerá la elección de este rincón del mundo (...) este retiro (…) esta es tierra de silencio y desvarío (16). “Al fin y al cabo, que alguien haya decidido venir aquí (…) es ya una forma de encerrarse: aquí sólo viene los poseídos por la fiebre del destierro y los señalados con la marca de la proscripción (…) ¿Por qué va a salir y para qué? Viene a recluirse, no a exhibirse. Busca soledades, no espectadores” (49). “Supongo que [un sabio cansado] después de saldar la biblioteca entera se recluiría, como Nemo, en el silencio y en la soledad” (112).

 

11

Los habitantes de sus novelas son peripatéticos. Auscultan el mundo a la deriva. Son seres memoriados que repasan las nieves de antaño. Gente sola aun acompañada. Que vive de puertas para dentro y respira de puertas para fuera. Personas que obligan al lector a cuestionarse si la decepción está hecha de melancolía, o viceversa. En las que la observancia forma parte de una rutina trabajada por el paso del tiempo.

 

12

Uno ignora si sus personales son más fatalistas que sabios. “Tras la primera felicidad sobreviene inexorablemente el drama” -La escapada-. Sus personajes no son tristes, él lo ha dicho: están conformes. De la rutina extraen la serenidad. Se protegen así de la intemperie. “La experiencia, al fin y al cabo, no es otra cosa que acumulación de amarguras” -El espíritu áspero (2009)-. Es soledad, no aislamiento, la soledad es interior, y esa soledad tampoco es involuntaria ni debe confundirse con una coraza. Su soledad es una piel irremediable, una sangre que corre por dentro. ¿He dicho corre? Una sangre que pasea. Su salvación la encontramos cifrada en el amor, en los libros, en el viejo humanismo, en el silencio, en ese dejar pasar el tiempo como si fuera un tren para luego abjurar de todo, y todo junto, sabedores que es toda esperanza es en vano y a todo se llega tarde, o no se llega. La esperanza sirve para perder trenes, pero no para perder los nervios. Paciencia y esperanza “son actitudes simultáneas y, más aún, recíprocas. La paciencia es una adecuación del tiempo a la esperanza” -Nemo-.

 

13

Como si fuera un tren, he dicho. Cuando no caminan, son caminados. “Poco después me encaminé a la estación y a Madrid. Recuerdo la morosidad y la parsimonia de aquel tren tranquilo, el libro que leí en el trayecto (…) Has sido feliz en los trenes” -Campo de amapolas blancas (2008), con mucha memoria, entre la cual asoma la cabeza Leopardi: la felicidad es lo que tenemos antes de empezar a buscarla-.

 

14

Son personajes respetados por el autor. No huyen de sí porque no tienen adonde ir. Para ellos, apartarse de los demás es hacerse compañía hacia dentro; en ningún caso, una descortesía, ahí tenemos a Foneto, “sabio y moderado” -El cerco oblicuo-, “una de esas personas que aspira siempre al aprendizaje y nunca al magisterio” -La escapada-. Usan sobrenombre como si fuera un sombrero. Son autoconscientes. Propensos al encuentro fortuito. Se dan con personas, con palabras, con ideas, con recuerdos. Son personajes anónimos que desarrollan profesiones anónimas. Capaces, como Nemo, de convertir el silencio en forma de expresión, “un silencio anónimo y efímero, circunstancial”; para los que el anonimato es el grado superlativo de la fama (Amad a la dama).

 

15

Son personajes limpios, casi desnudos. Pareciera que no fueran. El interventor [Paradoja del interventor], al llegar, “no sólo no tenía de equipaje, sino que tampoco tenía dinero ni documentación ni, en definitiva identidad”. Como Nemo: “El hombre subió al coche. El equipaje, dije, me dio preguntando. Pero no se movió. En su semblante austero, impasible pese al agua y el viento, quise entender una forma neutra de negación. Hicimos el camino en silencio”.

 

16

Las ficciones se entremezclan, no se superponen. “En Foneto han desembocado sus precursores de ficción: Sín [El espíritu áspero] y Nemo, el propio interventor. No es infrecuente que de ciertos individuos hagamos altos personajes. Rellenamos el vacío con imaginación (…) En los personajes novelescos, todos son instantes narrativos. Tal vez es la diferencia. Tiempo neutro frente al tiempo narrativo (…) La persona, en cambio, no admite los añadidos de la imaginación. Los personajes de ficción aparecen con todas las necesidades de la libertad, son libres, pero lo que hacen ha de plantearse como necesario. Foneto, en cambio, aparece con todas las necesidades de la realidad. No se trata de verosimilitud, sino de verdad” -La escapada-. Más teoría de la novela. Bayal, ¿se siente visitado por un personaje?, ¿por la persona que hay detrás del personaje?, ¿la persona que hay detrás del personaje es ficción? “No se trata de verosimilitud, sino de verdad”…

 

17

Son personajes atribulados, que gastan el tiempo separando el grano de la paja, preguntándose por la semejanza que hay entre la paciencia y la esperanza, o por la diferencia que hay entre santidad y bondad, o entre épica y lírica; o preguntándose qué son la impasibilidad y la imperturbabilidad, y si responden las dos a una atrofia del espíritu.

 

 

18

Hombres sin nombre. “El interventor llegó a la ciudad en tren una noche de noviembre. En aquel momento no era todavía, en modo alguno, el interventor ni había adquirido los derechos o la propiedad del nombre” -Paradoja del interventor-. “Los nombres han de ganarse (…) El nombre cae como una losa que condiciona para el resto de la trama al personaje y no siempre para bien -La escapada-.

 

19

Es fácil concluir que son personajes hijos de un autor, por más que, en El desierto de Takla Makán, dicho autor manifieste poca preferencia hacia la política de los autores. Una manifestación puntualizada y suscribible por cualquier… autor: “Con el XVII se inició el lamentable periodo en que seguimos: ‘La obra ha muerto, vivan los autores’. Mientras para el escritor lo importante es la obra, el objeto, para el literato lo importante es el autor, el sujeto, protagonista mezquino de una pasión deportiva”. Bayal está contra la frivolización. No se le escapa que detrás de un obra hay un mundo propio, esto es, un autor. Como prueba, la suya.

 

20

Cuánta ruina. “Hay en las ruinas una perfección oculta”, leemos en El cerco oblicuo. Gloria aprecia la belleza informe de la corrupción en las aguas turbias del Manzanares. “Pese a la intensidad de las ruinas y al estado lamentable de muros y jardines, sintió una fascinación inefable, sin límites (…) Cruzaron la puerta (…) para contemplar la plenitud de las ruinas” -Amad a la dama-. Ruinas imagen de las que los personajes llevan dentro, expresión del fracaso, de la insatisfacción, de tantas limitaciones, pero también de un gusto refinado por la belleza, o de un gusto por una belleza refinada; ruinas capaces de fascinar al narrador de Nemo. Para ser feliz en el mundo hay que aceptar sus colores. Y sus dolores.

 

21

Los personajes de Bayal buscan el lugar más desapercibido desde el que actuar -lo menos posible-. Hablan entre comas, subordinados, entre paréntesis, o no hablan. A veces recurren a prosa enclítica. Se les caen latinajos de la boca. Recuerdan pasajes de Ordet, se sienten en Al final de la escapada. Son culturalistas a su pesar. Animales casi acosados que no buscan protección, que se autoprotegen por medio del alejamiento. Sus circunstancias discurren en torno a un mapa imposible de cambiar, el de la naturaleza, el de la naturaleza humana. De ella parten como si fuera una plaza, o una calle sin sentido, que no da a ningún lugar, o que, en su presunta rectitud, oculta un avance circular. O sea, un no avance. El único avance es hacia la muerte.

 

22

La cuestión geográfica es fundamental para entender a los pobladores bayalianos. Sique y callejero padecen el mismo laberinto existencial. Al principio de La escapada, leemos: “Trazando una circunferencia en torno al kilómetro cero de la Puerta del Sol, sus límites cardinales apenas serían Atocha al sur -o Embajadores-, Bilbao al norte, plaza de España y Cibeles al este y al oeste…”. Veinte páginas más tarde, saldrán: Ópera, Arenal, San Ginés, Santa Ana; y, en el último cuarto de novela: Princesa con Altamirano, Rosales, Martín de los Heros, Fuencarral, Marqués de Urquijo, Alberto Aguilera y la Glorieta de San Bernardo… El espacio está medido. El resultado tiende a cero. O a infinito, que es otra clase de nada.

 

23

La escritura de Bayal se pronuncia desde la autoconsciencia que arrastramos desde hace décadas y que, año a año, se refuerza y renueva, en el caso de nuestro autor, con matices de creciente desorientación. Es una escritura, pues, moderna, que ejerce desde su personalidad. Podría parecer que sus aguas están lejos de las de otros modelos de misantropía contemporánea, pienso en Michel Houellebeq, pero, precisamente por moderno y contracorriente, uno aprecia que desembocan en el mismo hondón. En el francés, el modelo de personaje es distinto -exitoso en lo profesional, amargado en lo íntimo, consecuentemente deprimido-, no distando tanto el regusto contextual. “La desgracia alcanza su punto más alto cuando hemos visto, lo bastante cerca, la imposibilidad práctica de la felicidad”; “Sus escasos momentos de felicidad en el liceo los pasó sentado, esperando (…) Su espíritu rozaba la felicidad” -Las partículas elementales, MH. “Sin ella [sin la pasión] se sentía mejor que nunca (…) La felicidad era básica y esencialmente imperfección” -Amad a la dama, GHB-. “La felicidad la brindan los placeres sencillos” -Sumisión, MH-. “Los hombres mueren sin haber sido felices, Camus” -Campo de amapolas blancas, GHB-. “Hoy debemos considerar la felicidad como un ensueño antiguo, pura y simplemente no se dan las condiciones históricas” -Serotonina, MH-. “La memoria es una instantería” -El espíritu áspero, GHB-; “La experiencia nos apaga” -Nemo, GHB. “Esas zonas de silencio y aburrimiento en las que se deshace la vida” -Las partículas elementales, MH-. “El porqué de la elección de estas tierras para tan vehemente ejercicio de silencio” -Nemo, GHB-. “Cuando escribía mi tesis pasé una semana en la Abadía de Leesburg. Las comidas tenían lugar en silencio y eso era muy apacible comparado con el restaurante universitario. Me resultaba fácil comprender la atracción por la vida monástica” -Sumisión, MH-. “Venimos del silencio y vamos al silencio, dijo entonces. Por qué y para qué hablar en el camino, concluyó” -Nemo, GHB-. Los dos alcanzan una inocencia en la que destino y condena retozan como amantes. Me refiero a un destino existencial, cada vida en particular no está determinada. Los dos autores comparten algo así como una cierta insatisfacción moral. Hay igualmente silencio y reflexiones acerca de la vejez. Pero la misantropía bayaliana infinitamente más humana. En los dos autores, el contexto atiza la misantropía de los personajes. Si bien unos, los de Houellebecq, se desmontan por dentro, y otros, los de Bayal, alcanzan la purificación. La misantropía de los del primero es redundantemente asocial, mientras que la de los del segundo es paradójicamente social. Es una misantropía humana, una misantropía que se eleva como forma de relación social.

 

24

Comparten, también, referente literarios: “Empezó a leer a Kafka. La primera vez sintió frío, una insidiosa helada; ahora después de terminar El proceso todavía estaba aturdido, sin vigor. Supo de inmediato que ese universo lento, marcado por la culpa, donde los seres se cruzaban en un vacío sideral sin que nunca pareciera posible la menor relación entre ellos, correspondía exactamente a su universo mental. El mundo era lento y frío” -Las partículas elementales-.

 

25

Terminamos la comparación reforzando la idea de contexto. Los dos comparten una determinada marca espacial. “He estado una vez en São Paulo; allí la evolución ha tocado techo. Ya no es ni siquiera una ciudad, sino una especie de territorio” -Plataforma-. Cita São Paulo para, a continuación, decir que no es São Paulo. O que, siéndolo, no lo parece. O que, siéndolo, no lo es. O que es una no-ciudad. Un territorio. Así son, de la misma forma, los enclaves de Bayal. El Madrid de El cerco no se parece a Madrid, por más especificaciones que recibamos. Se trata de un territorio, más que de una ciudad. El espacio bayaliano alcanza el campo, pero cuando lo hace vemos que de él huyen hasta los pájaros. Bayal reconoce la espiritualidad kafkiana del hombre urbano. “Sólo en las ciudades hay mendigos, pensó. Sólo en las ciudades hay lugar para la locura y la pobreza, para la caridad y la misericordia, para la conciencia real de la soledad” -Paradoja del interventor-.

 

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Su geografía pertenece a la mente, no a la imaginación. El espacio geográfico es fundamental para describir a sus personajes, indisociables de él.

 

27

En Paradoja del interventor, la estación es un conjunto de barracones negros y deshabitados. “En vías muertas, de acarreo o secundarias hay vagones desamparados, maquinaria huérfana, material ferroviario de desecho”. Cuesta distinguir la estampa de la estación de la del interventor: “Un hombre mayor, casi en la edad de los desguaces, sin más señas particulares que su medianía general en el rostro y la estatura y sus ingredientes átonos en los ademanes y en la voz”. Tan deshabitado que una extraña le ve y le da una limosna.

 

28

Desde Babilonia, las dos tendencias ideales de diseño de la ciudad son: con forma de damero y en forma de círculo. Platón se apuntó a la segunda. Renacimiento y Barroco llevaron al extremo la aplicación matemática. En la Edad Moderna, la simetría continuó representando la perfección. Sorando Muzas refiere en La geometría de las ciudades que el rey Sol encargó para Versalles que cualquier elemento, el más inapreciable, fuese considerado a fin de aumentar la sensación de perspectiva. Nuestro autor no es ajeno a la historia de la arquitectura y, menos, a la literaria. El diseño interior de su misantropía tiene que ver con el boceto exterior de los espacios. Es decir, los escenarios ejercen una función necesariamente representativa. Por ellos vagan -melancólicos, resignados, encastillados en sus pequeñas certezas y serenos dentro de lo posible- unos personajes que no por mucho caminar llegarán a puerto más temprano. Si dibujásemos los escenarios, igual obtendríamos la estampa de un cerebro humano, con sus lóbulos en forma de laberinto. Los escenarios son un elemento que cruza, como un puente que te devuelve a la orilla de partida, la mente ensoñada de los personajes.

 

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“Un impulso oblicuo o circular con el propósito de (…)” -La escapada-. Qué importan los propósitos. “En seguida desestimé, no obstante, tan sensiblera simetría”. La escapada forma un díptico sui géneris con El cerco oblicuo, título elocuente, cuya geometría no sabemos si es de la culpa, del alma, de la vejez, de la memoria o de las ruinas, pero cuyo desarrollo es paroxístico. Páginas de aritmética física y mental en las que el único optimismo –“injustificado”- le corresponde al quiosquero. Travel, en La sed de sal (2013), sabe adónde va pero no lo que le espera. El tiro por la culata. Tomó la decisión, “con insensata extravagancia”, de hacer turismo literario y llegó Murania, “ciudad que Dios confunda y el diablo lleve a sus confines”. Como expresa el narrador de La escapada, midiendo la temperatura anímica de sus personajes, “tras la primera felicidad sobreviene inexorablemente el drama”. Son personajes que si se asoman a un mirador, además de ver el paisaje, reparan en el precipicio. Para los que dar un paso adelante es atizar el camino de la muerte. Cuya lucidez les permite amoldarse a las circunstancias. No luchan contra molinos ni se dan de cabezazos. Los más extremos se acercan a la ataraxia. “Por grandes que sean su asombro o su dolor, conserva el semblante impasible del equilibrio, que nada altere su espíritu” -Nemo-. Pero no nos equivoquemos: no son infelices, saben que llevan, como un fardo, la condición humana a la espalda. Sólo eso.

 

30

El círculo no existe ni en las Variaciones Goldberg, que en El cerco aparecen perfectas e indescifrables como “reflejo de la existencia”. Igual lo único perfecto es el disco en el que suenan. Los vinilos son platónicos. Las vueltas que dan en el plato no marean, pero tampoco aplazan la hora.

 

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La perfección pertenece, si acaso, al absurdo. La vuelta siempre será en círculo. Caminar sin propósito genera viajeros inmóviles. La única perfección visible, “oculta”, pertenece a las ruinas. “Salíamos sin rumbo decidido”; “Tomaríamos el primer autobús, cualquiera que fuera su dirección”; “El laberinto, en verdad, es la patria de los indecisos” -El cerco-. Se trata de un hombre acorralado por la incertidumbre, víctima del sinsentido sartreano, no explícito hasta Campo de amapolas blancas.

 

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No todos los personajes son indecisos: ahí tenemos a Travel, ahí tenemos a Nemo, quien se dirige al único pueblo, piensa, hecho a su medida. Viven en la penumbra, no portan vidas grises. No son los personajes desorientados de Julio Ramón Ribeyro. Manifiestan determinación. Hay un punto en el que el viento en contra deja de soplar. Puede que debido a la autoconsciencia en que se mueven. Es gente que encuentra un rincón en el que resistir y vencer. “El tiempo no lo cura todo, enseña a malvivir con el dolor”. El pueblo de Nemo, por cierto, está construido en torno a un “anillo”, de nuevo la geometría. Desde él es percibido apostado en la ventana, “inmóvil”, “con los ojos fijos”, por unos habitantes que parece se acercaran a la casona no sólo en señal de preocupación, sino para saber qué trama, es decir, desarrollando una especie de seguimiento. Como se había inferido en El cerco oblicuo, no es la ventana, sino la calle el mejor sitio para seguir y espiar.

 

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Redondo como la bola de estiércol que acarrea, sin resultado, el escarabajo referido al comienzo de La princesa y la muerte (2001). Redonda es la condena. Redonda, también, la desdicha.

 

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Toda novela pretende un círculo o un poliedro. La obra de Bayal es un círculo gigantesco.

 

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Si en El castillo, la aldea a la que se dirige el viajero posee un urbanismo intrincado, imagen del entramado administrativo, la complicación urbanística de El cerco oblicuo podría corresponder al entramado mental de las personas que lo habitan. Aparentemente es racionalista. Funcionalmente desesperante. No es una complicación ilógica. Al contrario. Quizá demasiado lógica, no hecha para unos seres con limitaciones como los humanos. La tarea imposible de cumplir puede ser la vida. En la obra de Kafka, hay una geometría que parece que acerca a los personajes a sus destinos, pero, en realidad, los aleja hasta hacerlos imposibles. Parece que el viajero utiliza una ruta circunférica. Responde más a un dar vueltas en círculo que a los círculos infernales de Dante. Esta especie de estatismo en movimiento conduce a los personajes a un argumento que tampoco avanza, o que no avanza de forma convencional.

 

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Las localizaciones de Amad a la dama y de Paradoja del interventor son igualmente meticulosas sin que ello ofrezca mejor ventura a sus habitantes. En la primera, que no parece pintar mal, el amor no cuaja, que es el centro de la novela. ¿Qué decir del interventor?, varado como una sirena, próximo a unas vías que, parece, tampoco sirven ni para conducir trenes. El paisaje de La princesa y la muerte es estrictamente verbal, pero vuelve a ser una vuelta a la noria en torno a la segunda parte del título, circonvoluciones como cerebrales que, atenuadas, son las del encierro en el yo de sus personajes.

 

 

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La sintonía entre paisaje exterior y paisaje interior la volvemos a distinguir al final de La escapada: “Siempre conviene acabar lo que se empieza, cerrar lo que se abre y cumplir los compromisos”. Si no es posible cerrar un círculo, ¿será posible cerrar un triángulo?

 

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Sí, es posible cerrar un triángulo.

 

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La geometría, la perfección, alcanzan el triángulo -amoroso- en Amad a la dama (2002). Qué decir de Un artista del billar (2004): “Se concentraba en la representación del polígono que quería trazar (…) golpeaba con precisión (…) y trazaba después un triángulo en bandas antes de dejarse morir, deteniéndose en el punto justo (…) Silogismos matemáticos, trazos de líneas y equidistancias, simetrías de golpes, gráficos de bolas”. Los personajes no cesan de intentar la circunferencia perfecta, el poliedro ideal, sabiendo que no tienen a su alcance conseguirlo. Pero no cejan: un tercer triángulo lo tenemos en El desierto de Takla Makán (2007) -lugar referenciado también en La escapada-: “La obra literaria es la manifestación de un triángulo avenido, la configuración lingüística de la realidad por parte del escritor, elementos éstos –escritor, realidad, lenguaje- que se dan generalmente en conflicto, con supremacía de un vértice sobre los otros”. Incluso hay un cuarto polígono en Nemo. “En el caso de Nemo, lo que le ha llevado hasta el territorio del silencio no ha sido la acción, sino la pasión. Aprecio, pues, una contradicción en el triángulo: acción, pasión, palabra. No necesita la palabra quien actúa, porque su lenguaje es la acción, pero tampoco quien contempla, porque su lenguaje es la observación (…) Ahora bien, el silencio de Nemo es activo”.

 

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En El espíritu áspero se nos hace saber que Saúl Olúas es el autor de Amad a la dama y La sed de sal. ‘Saúl Olúas’, ‘Amad a la dama’, ‘La sed de sal’, todos palíndromos. La palindromía es un nuevo encerramiento -la palabra termina como empieza-, un intento nuevo por lograr que todo encaje, una matemática, en este caso, de la lengua, que trata de aproximar el todo a la nada. Saúl Olúas es un cicerone. En el tercer relato de Conversaciones, ‘Aquiles y la tortuga’, brinda el relato de la historia de Petrús al narrador; y hacia el final de El cerco acompaña a Severo Llotas en su descenso por los círculos del mundo eterno, mientras todos vamos asumiendo que la realidad es “el sueño de una idea platónica” y que el tiempo no ha hecho más que girar, como el disco de las Variaciones, día y noche… como buen laberinto… hacia la nada. Este aprendizaje no se debe necesariamente a Olúas, ya que no sabe más que el propio Llotas del territorio, y nos hace recordar los momentos de dubitación en la Comedia: “Mi guía pensó un poco, cabizbajo, / y dijo: ‘El que aquí ensarta pecadores / no me explicó muy bien todo el asunto’” -Canto XXIII, ‘Infierno’-, yéndose con el semblante azorado.

 

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“Nunca nos abandonan los personajes de la propia ficción” -La escapada-. En La invención de la soledad, Paul Auster hablaba de sí, pero todavía no desprendido de un pudor que venció en Diario de invierno e Informe del interior. Así que el yo narrativo respondía a una inicial: A. De Auster, podemos suponer. Puede que no fuera protección lo que buscaba, sino una técnica narrativa más abierta que la simple confesión. El caso es que el protagonista se llamaba A. Antes inferimos que la H era de Hidalgo Bayal. En todo caso, la raíz etimológica está claro que lleva Kafka, escondido -o visible- en esa K imborrable que llevó a Calasso a bautizar su libro sobre el autor de esa manera: K. ¿Por qué ocultarse detrás de una columna tan invisible? “Así como la tuberculosis liberó a K de un destino que temía, así el quiosco liberó a F de la necesidad de tener un destino, de tener que buscarlo” -La escapada-. Incluso, en un punto, Bayal se refiere al quiosco como Q.

 

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Sobre todo, la misantropía de la que hablamos, ahí viene el doble salto, es una forma de relación social. No conduce al nihilismo, ello separa a su autor de otros. Es una misantropía que refuerza la solidaridad.

 

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Saber que no hay salida es liberador porque te exime de esfuerzos gratuitos. El sinsentido, más que una resignación… es una forma de sentido.


NOTA: La fotografía es de Sergio Enríquez Nistal y se publicó en el diario EL MUNDO.