22.9.22

Bautista y Sanmartín

 
EL PESAJE DEL CORAZÓN
 
Amalia Bautista
La Bella Varsovia, Córdoba, 2022. 64 páginas. 11 €
 
Amalia Bautista (Madrid, 1962) es autora, entre otros, de Cárcel de amorCuéntamelo otra vezHilos de seda, Estoy ausentePecados (con Alberto Porlán), Roto Madrid (con fotografías de José del Río Mons) y Falsa pimienta. Reunió su poesía en Tres deseos (2006 y 2010). En 2017 publicó en México La sal en nuestros labios y aquí, en 2019, Floricela, un libro de poesía infantil.
Con una voz bien definida y una trayectoria coherente, esta nueva entrega devuelve al lector su mundo particular, asentado en las pequeñas cosas y los sucesos cotidianos, donde la difícil sencillez de sus versos (léase “Agua”, que da título al libro) y su delicado tono intimista desvelan, desde la perplejidad, esos misterios que toda vida entraña. No en vano los elogió Ana Luísa Amaral, con la que coincide a la hora de elevar a poético lo aparentemente menudo. Unas zapatillas de baile, los quitamiedos, una mariposa o soñar con una rata. “El pesaje del corazón” le habría encantado a la portuguesa.
Hay algo de recuento, acaso por el peso de la edad (“Atado de años”), y bastante melancolía (“Pétalos caídos”) en estos poemas dedicados a su madre donde la infancia aflora (“Pero crecemos y olvidamos cosas, / por lo menos, las cosas importantes”).
En “Eco”, las hijas, sus habitaciones vacías. En “Venus del espejo”, las mujeres; los hombres en “El hombre que camina”. La indignación (lo moral) en “Canto de las espigas”. “Fragmentos” revela una poética. No falta tampoco la alegría. “La terraza” y “El tesoro” dan fe de ello.
La tercera parte incluye poemas de amor. Más allá de “lo razonable”. “Siempre tú”, con quien comparte los cuatro ríos: el del “agua fresca”, el de “la lecha más pura”, el “de vino” y el “de miel”. “Vals de las ciudades” y el memorable “Sursum corda” dan la medida de una poesía hecha de realidades, no de humo, como quería el poeta catalán Joan Vinyoli.


CONCIENCIA DEL ENIGMA
 
Evitar la niebla
Fernando Sanmartín
Papeles Mínimos, Madrid, 2022. 50 páginas. 15 €
 
Además de libros de memorias, de viajes, de relatos, dietarios y novelas, el poeta Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) ha publicado Manual de supervivencia -consejos inútiles-Noches de lluvia en el embarcaderoAntes del hieloInfiel a los disfracesEl llanto de los boxeadoresEl peligro de los círculos e Ir al norte.
Evitar la niebla, que consta de catorce poemas sin título, se abre con citas de Argullol y Modiano, uno de sus maestros, sobre la impresión de errar el camino a diario. Al deber de esperar se refiere la de Nooteboom, al principio de la primera parte y menciona a Aira en el verso inicial porque “dice que somos lo que escribimos”. Lector contumaz e inquieto viajero (“Necesito que no me abandone / lo lejano”), por sus versos pululan numerosos personajes, literarios o no (el rey Juan Carlos “piensa en el monasterio de Yuste”). Y ciudades: Londres, Dublín y, sobre todo, París.
Sanmartín entiende el poema como “este lugar hecho para guarecerme / o conquistar la sed, / la ficción / que refleja / mi última estrategia”. Los protagoniza alguien que es y no es él. Porque yo es siempre otro. Un “desconocido” (“Dentro de mí / tengo una habitación desordenada”) que dialoga habitualmente consigo mismo (la identidad como tema), con una mujer o un médico: “¿Dejará de doler?”. Uno que siente miedo “de lo que no me infunde miedo”.
Suelen ser historias comprimidas, pequeñas narraciones líricas donde menos es más. Escritas con la intención de que parezcan improvisadas, dictadas por la inspiración, veloces y ligeras. Propias de quien se sume en el asombro. Exigen al lector su réplica.

NOTA: Las reseñas de los libros de Amalia Bautista y Fernando Sanmartín se han publicado en EL CULTURAL. 
 

15.9.22

Escaparate


QUIMERA 465 | SEPTIEMBRE 2022


EL CASTILLO DE BARBA AZUL

Poemas inéditos de Álvaro Valverde

12.9.22

Compartiendo el sosiego


MUNDO
Ana Luísa Amaral
Traducción de Paula Abramo
Sexto Piso, Madrid, 2022. 200 páginas. 20 €
 
La profesora, poeta, ensayista y traductora portuguesa Ana Luísa Amaral (Lisboa, 1956), pero residente, desde niña, en Leça de Palmeira, cerca de Oporto, donde murió el pasado 5 de agosto, ya había publicado en España Oscuro (Olifante, 2015) y What's In a Name (Premio del Gremio de Libreros de Madrid, Sexto Piso, 2020), así como la antología El exceso más perfecto, editada por Pedro Serra para la Universidad de Salamanca (2021) con motivo de la concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Sus versos también figuran en los florilegios Portugal: La mirada cercana (Hiperión) y Sombras de porcelana brava: Diecisiete poetas portuguesas (Vaso Roto). En su país está en prensa Poesia Reunida (1990-2021), un volumen que recogerá su obra poética completa. Mundo es su décimo séptimo libro de poesía. En el primer poema leemos: “conmigo compartid / este sosiego”.
“Emily Dickinson [a quien dedicó su tesis doctoral] decía que la poesía es posibilidad. Poesía puede serlo todo porque es una forma de abrirse al mundo y al otro”, señala Amaral. Y entre la realidad más cercana −lo cotidiano (“O de un casi marítimo papel chino”) y lo menudo (“El soplo”)− y la inevitable presencia del semejante −lo ético (“Tren a Cracovia”)− se conforma esta poética que aporta claridad a lo oscuro, luz al misterio. Ella se ha referido a su “mirada diagonal a las cosas”; visión inseparable, cabe subrayar, de su condición de mujer. De mujer feminista, además.
Porque, según ella, “todo poema trata de quien lo escribe”, ese mundo (y la historia y la política) y ese yo (y su genealogía) son, inequívocamente, los suyos.
Observadora nata, atenta a cuanto sucede a su alrededor, trae a sus composiciones a los seres y a las cosas más comunes. Animales (la primera parte, “Casi en égloga, gentes”, es una suerte de bestiario): el ciempiés, la urraca, la ballena azul, la araña, el pez, la abeja, el pavorreal, la gata, etc.; árboles (“Marcas”) y plantas (el jardín ocupa un lugar central en su universo y ); cosas: la mesa, las botas, el cuchillo, la aguja, etc.
Sorprende el salto que da desde lo anecdótico y casual hasta lo sustancial y razonado. Por eso sus finales son tan insólitos como imprevisibles. Para conseguirlo, su lenguaje se adapta a la aparente sencillez y busca la concisión, la sobriedad y la elipsis; algo que aprende de la tradición poética anglosajona, que tan bien conoce. No le hace ascos al humor y a la ironía ni teme pecar de prosaica. Ni a los clásicos, como se aprecia en el romance rimado que dedica a la araña.
La atmósfera dickinsoniana, tan propia de ella, se respira en “El viento y la flor”; ejemplo de un minimalismo que usa con naturalidad.
Destacaría del conjunto los poemas “La mesa” (“Mi patria / es esta sala que se abre a la terraza / y es también la terraza con sus flores…”) , “La lucha” (“Ahora lo que importaba / era sobrevivir , / ser libro”), “Oda al cigarrillo”, “Hoyo negro…” (“Mirar la oscuridad / de lo invisible”) , “La casa y el tiempo” (sobre versos que perdió), “Hablando lenguas” (en Praga) o “Qué será, será: mundos después”.
 
NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL

11.9.22

Intenciones preotoñales

Escribí esta entrada hace meses. Sólo ahora, muchas vueltas después y espoleado al final por un chocante comentario de Rosa Berbel sobre "los hombres críticos", me decido a publicarla.

Quería curarme en salud cuando añadí una entradilla con más títulos y alguna explicación al artículo de El Cultural donde sugería la lectura, como se me había indicado, de cinco libros de poemas para el número especial de la pasada Feria del Libro de Madrid. Me sirvió de poco. Le faltó tiempo a un poeta al que aprecio, bien lo sabe, para darme a entender que se sentía excluido. Y en qué tono. Para empezar, cuando envié el texto, ni siquiera había salido su libro. O a mí no me había llegado. O las dos cosas a la vez. Para seguir, no lo había leído, que es la clave. No fue el único en mostrar su malestar. Ya se sabe que el de los poetas (y las poetas, cabe precisar por una vez) es un gremio suspicaz. Demasiados egos revueltos, diría el canario. ¿Tan importante era aparecer ahí? ¿Tan poco confiamos en los libros que escribimos y en su inevitable autonomía? ¿No habíamos quedado en que los suplementos y la crítica no servían para nada? Está uno cansado. De encajar reproches sin sentido; de recibir libros a diario (con un infinito agradecimiento, matizo: me honra ese gesto); de no poder leerlos todos; de limitarme a acusar recibo de su llegada (si tuviera que mandar una opinión de cada uno...); de la añadida carga de conciencia que supone hablar o no en público de ellos... Sí, porque uno no comenta nunca libros que no ha leído. De cabo a rabo, quiero decir. Cansado, en fin, de que el silencio, curiosa paradoja, sea tan gravoso y, sin embargo, el comentario favorable valga nada o casi. Se da por supuesto: "te dedicas a eso", me han escrito. De hecho, no pocos te piden sin ambages una reseña cuando te mandan su ejemplar amablemente dedicado. Ingrata tarea esta. Trapiello ha citado más de una vez a Baroja: "El oficio de reseñista literario es el más triste y deslucido de todos". Cuánta razón. (Por otra parte, el romántico alemán Jean Paul, recuerda Fruela Fernández, decía: "haced que un hombre escriba una reseña y lo conoceréis de veras".) Y para qué, se pregunta uno de continuo. No, no es cuestión de dilapidar el tiempo, en especial cuando se acaba (lo traía a colación Ignacio Echevarría en las columnas que dedicó aquí atrás a la lectura: "Lector en público", 1 y 2). Con lo que cuesta, además, escribir las dichosas reseñas... Por eso, siquiera de momento, abandono. Dejo de comentar en voz alta algunas lecturas, sólo eso. Sin dramatismo, qué necesidad. Simplemente, informo. Para evitar molestos equívocos. Por educación también. No quiero herir a nadie. En lo sucesivo, sólo escribiré las reseñas que me encargue Nuria Azancot para El Cultural y las de Raúl C. Maícas para Turia. Hasta que ellos quieran, claro. Y alguna, por fidelidad, irá a Cuadernos Hispanoamericanos, ahora en manos de Javier Serena. También a Anáfora y a El Cuaderno, donde sé que siempre se me espera. Sí, habrá excepciones. Pocas. Espera una en el penúltimo número de Clarín, una revista que, por desgracia, desaparece. Bien que lo siento. No obsta para que el blog siga siendo mi abierto cuaderno de bitácora, mal que les pese a algunos puristas del género crítico, que desprecian a los blogueros. Pero, insisto, ni puedo ni quiero continuar así. "Escribes mucho", me reprochaba aquí atrás con ironía un amigo. Con razón, a buen seguro. Ahora quiero leer con la debida calma y sin obligaciones, encargos mediante. Cuando desaparezca, eso sí, este bloqueo que me atenaza por culpa de la sobrevenida avalancha. Y cuando, de paso, el maldito calor de este verano interminable cese. Pensaba leer mucho de lo no leído y sin embargo... Ah, y no sólo poesía contemporánea, que últimamente...  Será, de ahora en adelante, ya digo, sin presiones, presuntas o no. Esa enojosa carta, que tan desprevenido me pilló, ha sido una suerte de puntilla. Bien está. 
Me gustó mucho la entrevista que le hizo el poeta y periodista asturiano José Luis Argüelles al crítico literario Francisco García Pérez para la mencionada revista Clarín. "Contra petulantes y otros críticos", se titulaba. Su tono, el de alguien que se siente decepcionado. Allí decía que lo que le gustaba era "hacer descubrimientos, hablar de las obras nuevas que merecen la pena" y no "dar palos". Añadía que una reseña ha de estar "bien escrita" y que la crítica de hoy (él se ha dedicado sobre todo a la narrativa y es especialista en la obra de Benet) era "muy complaciente". Explicaba que "en el primer curso de crítico literario deberían enseñar lo siguiente: nunca vas a satisfacer a todo el mundo". Pues eso. Esa asignatura la tengo aprobada. Y con nota.

4.9.22

Una sorpresa


Miguel Ángel Lama publica en su blog Pura tura la entrada "Jardín privado compartido". Se lo agradezco. También a Yolanda y a cuantos fueron cómplices de una de las sorpresas más agradables de mi vida. 

21.7.22

La web de Rosillo


Carlos Turpin, que ya diseñó y dotó de contenidos la página web personal de Guillermo Carnero (y la de uno), acaba de hacer lo propio con Eloy Sánchez Rosillo. Como es una persona con gusto y con criterio, la del poeta murciano ha quedado tan sobria y elegante como su poesía. Y como él, cabría añadir. Invito al lector curioso y, más aún, a los admiradores de los poemas de Rosillo a que naveguen por sus secciones y vean, lean y descubran. No es una mala ocupación para este tórrido verano.

11.7.22

La pavorosa belleza

El colombiano Ospina (Tolima, 1954), amén de ensayista (Los nuevos centros de la esfera, América mestiza, etc.) y novelista (Ursúa, El País de la Canela y La serpiente sin ojoses autor de los libros de poesía Hilo de arena (1984), La luna del dragón (1991), El país del viento (1992) y ¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua? (1995). Estos y un puñado de Poemas tempranos, África (1999), así como una selección de La prisa de los árboles (un libro “inacabado”) conforman el núcleo de su poesía a la que, para esta edición, Ospina añade dos extensos libros inéditos: Más allá de la Aurora y del Ganges y Sanzetti, que ocupan la mitad de un volumen de 600 páginas y cincuenta años de escritura.
En Ospina sobresale su condición de poeta, uno de los más señeros del panorama lírico hispano. Lo descubrí en la certera antología de Ramón Cote Diez de ultramar (Visor, 1992).
“Unas pocas palabras iniciales” abren estos poemas reunidos. Pronto, al leer los que recupera de sus comienzos (“trozos de espejos rotos”), se nos impone la presencia de Borges, más que un maestro. Esos particulares sonetos y muchos versos más podría haberlos escrito el argentino. Como él, utiliza prólogos al frente de sus entregas, compuestas por poemas extensos de versos interminables donde se aprecia un extraordinario dominio de las formas, la métrica (muy variada) y el ritmo, una música majestuosa y elegante por demás. No suele faltar, otro rasgo borgeano, lo narrativo y muchos son auténticos relatos y hasta novelas comprimidas.
Tampoco el arte es ajeno a su poética culturalista, propia de un impenitente, curioso  y perplejo viajero que busca la belleza (Grecia, Italia, España, Francia y muchos sitios más, como se comprueba en La prisa de los árboles o en Sanzetti). Y de un incansable lector. De Borges, Kafka, Nietzsche, Whitman (del que toma su tono declamatorio: “Lo que nombro es eterno”), Hölderlin, Cervantes o Pound, a los que convierte, además, en personajes de sus propios poemas. Admirador de Humboldt (“este es el asombroso mundo que quiero”, pone en su boca) y de Picasso, Turner y el Bosco.
Destaca, en fin, el uso ejemplar del monólogo dramático, muy frecuente en su obra. Uno es otros. O de la carta, un formato que, como la necrológica, domina.
Ospina defiende “la sobriedad, la precisión, la pasión, la sinceridad y el ritmo” y alude a “la sagrada función de la poesía”.
Otra de sus características es la épica, omnipresente en El país del viento, un libro inspirado y unitario por donde circulan las “voces” de mongoles, sioux, vikingos o dakotas. Y la de Lope de Aguirre. Las que constituyeron América. “Después del mar, todo adversario parece pequeño”.
La historia es otro lugar común. Relacionado, claro, con el pasado y con el tiempo: “arquitecto de escombros”,  “que transforma todo en magia o leyenda”.
Mención aparte merecen los dos libros inéditos que incorpora. Más allá de la Aurora y del Ganges surge de dos viajes a la India, a “lo ilimitado”. “A cinco guerras de distancia”. Esta suerte de diario integra todo lo que un viajero puede captar de ese país de dioses y muchedumbres. “¿Tú sabes que es la India? / El universo, todo”.
Sanzetti contiene 171 poemas de doce versos divididos en tres estrofas. Todos con la letra inicial de cada verso en mayúscula. El ritmo (abundan los alejandrinos) es un tanto recurrente. Prima en ellos la imaginación, las asociaciones sorprendentes y cierta irracionalidad.
Este es un libro denso, sí, para leer despacio. Con un verano por delante, pongo por caso. La poesía de Ospina atrapa, sin duda. “Los lectores hallarán aquí una obra de gran complejidad y hondura, con una enorme belleza verbal”, resume Abad Faciolince.

Poesía completa
William Ospina
Lumen, Barcelona, 2022. 602 páginas. 23 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL

9.7.22

La poesía de Manuel González Sosa

En Cuadernos Hispanoamericanos se ha publicado la reseña que he escrito sobre la poesía completa del poeta canario Manuel González Sosa (Pre-Textos). Para leerla, basta con pinchar aquí.

4.7.22

De jubilación


Dos años (casi) después, por culpa de la maldita pandemia. No todo van a ser penas. Al final nos juntamos cinco compañeros: Luci, Javier, Teresa, Fermín y yo. Los del colegio "Alfonso VIII" que optamos por jubilarnos desde 2020 para acá. 
Según costumbre, lo celebramos en el Parador placentino, que para eso es uno de los mejores de España. Con una comida; bueno, con dos, porque los nuevos pensionistas invitamos a un copioso y animado lunch con toque extremeño en el claustro que, para algunos, hubiera hecho innecesario el menú en sí. Que el marco sea incomparable, por usar el tópico, -estuvimos en la antigua biblioteca del convento- no significa que la cocina fuera también excelsa, aunque mal tampoco estuvo. Por seguir con las tradiciones, a los postres se nos hizo entrega de un diploma que expide la Consejería de Educación y de los regalos. Tanto antiguos jubilados como maestros en ejercicio aportan una cantidad (cada cual a quien quiere) con la que los retirados nos hacemos un regalo: viajes, aparatos electrónicos, etc. Cabe añadir que, además, cada asistente (a voluntad) se paga su cubierto, salvo los que dejan la docencia y sus respectivos acompañantes (uno por persona) que son invitados por el resto. Antes, íbamos a tomar una copa o un refresco a otro sitio (la tarde es joven), pero este año decidimos que la tomaría (quien quisiera) allí. A la primera, invitábamos también nosotros. Ya se ve que la sofisticación celebratoria es máxima. ¡Organización!, como en el chiste. Y ya que la menciono, este año la mesa presidencial ha sido enorme. Amén del equipo directivo, Luci y sus dos sobrinos, los hijos de mi viejo amigo Florentino Gargantilla, todos maestros, como su madre; Teresa y su compañera; Fermín y su mujer; Javier, Maripaz, sus tres hijos y sus respectivas novias; Yolanda y yo. 
A la entrega de diplomas y regalos (no se llevan, se lee una tarjeta donde se explica en qué consiste), siguieron los discursinos. Lo primero que dije cuando empezamos a preparar el acto (grupo de guasap mediante) es que no tenía sentido que habláramos los cinco. ¡Menudo castigo! Propuse que lo hiciera en nombre de todos Javier, que unía su condición de cesante a la de (todavía) director. Y así se hizo. Como domina el asunto, de maravilla. Tuvo a bien hilar sus palabras con los versos de uno, lo que desde aquí le agradezco. Un detalle. Tomó luego el micrófono la nueva directora, Amelia, que elogió la labor y a la persona de Juanals, su antecesor en el cargo. Llegaron después los vídeos. En esta ocasión, dos. Uno sobre el quinteto (con fotografías de cada uno que van desde la más tierna infancia hasta la jubilosa actualidad) y otro dedicado a los dieciséis años de dirección de Javier. Los dos obra de Ricardo, un as del audiovisual. A todo esto, y desde que nos sentamos a comer, la novia de uno de los hijos de Javier, Ana Campo, fue entonando una bonita selección de canciones, al gusto de los más veteranos. De los Beatles a Pablo Milanés pasando, cómo no, por Serrat. No contentos con eso, hubo karaoke. Uno se atrevió, aunque en grupo: el de los hombres, con una de Raphael: "Mi gran noche", muy adecuada para esa extensa sobremesa de bailes, voces y risas. Lo pasamos muy bien. Mi hijo se extrañó de verme en una fotografía en plena carcajada. Pobre, bien sabe que le ha tocado en suerte un padre serio. 


Esta crónica no puede terminar sin que agradezca de corazón a mis queridos compañeros (sí, término que incluye, como manda la RAE, a mis compañeras, que ya alguna...), sin que agradezca, decía, su compañía en la divertida celebración (a la que acudieron la mar de elegantes) y sus muestras de afecto hacia mí, ese día y siempre. No olvido a Inmaculada y a Auxi, que no pudieron acudir por una causa común y sumamente desgraciada. Ni siquiera a quienes ni asistieron ni colaboraron en el regalo. Estuvimos muy a gusto, hablo también por Yolanda. A las próximas ya irá uno más tranquilo y emboscado. Y me iré mucho antes de que la fiesta termine. A buen seguro, nos lo volveremos a pasar bien. Con esta gente... Un lujo. 






1.7.22

Lostalé, 80 años


Conocí a Javier Lostalé en Madrid, donde nació, en 1991. En la rueda de prensa que siguió al fallo del premio Loewe que gané aquel año con Una oculta razón. Luego nos hemos encontrado en alguna que otra ocasión; por ejemplo, en las presentaciones de un par de libros míos en la librería madrileña Rafael Alberti. Porque pertenecemos "al linaje de los tímidos" (parafraseo el verso de un hermoso poema de Basilio Sánchez recién publicado en la revista Sibila), charlas breves y en voz baja donde siempre he apreciado la exquisita cortesía que gasta este bondadoso periodista cultural que es, sobre todo, poeta. Autor de los libros Jimmy, Jimmy (1976; 2000), Figura en el Paseo Marítimo (1981), La rosa inclinada (1995), Hondo es el resplandor (1998; 2011), La estación azul (2004; 2016), Tormenta transparente (2010), El pulso de las nubes (2014) y Cielo (2018). Su obra ha sido seleccionada en varias antologías. También ha publicado en prosa Quien lee vive más (2013), Lector de poesía (2019) y Lector cómplice (2021).
Lostalé ha dedicado su vida a la promoción de la lectura, como presentador, comentarista, entrevistador y crítico. Desde Radio Nacional de España fundamentalmente (en los programas El ojo crítico y La estación azul). Por ese dilatado y riguroso trabajo le concedieron en 1995 el Premio Nacional al Fomento de la Lectura. 
Con motivo de su ochenta cumpleaños, Libros de la Revista Áurea en colaboración con la editorial Polibea han publicado un libro de homenaje titulado En su hondo resplandor. La edición es de Miguel Losada. Han colaborado casi un centenar de amigos o conocidos, lectores suyos, y el volumen reúne prosas y poemas. Supo de su existencia en una cena que tuvo lugar el día 27 en el Café Comercial y, en efecto, fue para él una sorpresa. Bendita discreción. 
No es cuestión de comentar con detalle el contenido del libro (que incluye colaboraciones de calidad), pero puedo destacar los textos en prosa de José Infante (justo y combativo), Pureza Canelo (que ha tenido el detalle de enviarme el libro), Vicente Molina Foix, Rafael Soler, Luis Alberto de Cuenca, Enrique Gracia Trinidad, José Cereijo o Ignacio Elguero. También el del editor, Losada. Y los poemas de Corredor-Matheos, Antonio Carvajal, Jesús Munárriz ("el poeta es el loco del cotarro"), Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena, Jaime Siles, José Ángel Cilleruelo, José Teruel ("El pasado se entierra en el futuro. / Somos habitantes de una espera"), Jordi Doce, Juan Antonio González Iglesias ("ordena las palabras / con la rara perfección no buscada / de los auténticos") o José Luis Rey (con un evocador poema que aparece en el número 66 de Sibila). 
Por mi parte, envié a Losada este poema inédito. Lo elegí a conciencia. Con todo mi respeto, admiración y cariño hacia él, a pesar (para que luego hablen del resentimiento de los poetas) de que ostento un récord del que muy pocos vates de este país pueden presumir: nunca he pasado por La estación azul. ¡Salud, maestro!


DESVELO


                            A Javier Lostalé

Estás en la vejez, o sólo a un paso,

dices al despertarte en plena noche.

En la cocina –has ido a beber agua–

lo anotas torpemente en un papel.

Jamás antes hiciste cosa igual.

Hasta ahora era esta una ficción:

la de ese escritor que duerme siempre

con una moleskine en la mesilla.

Al volver a la cama, te desvelas.

Le das vueltas a éste, a otros asuntos

capaz de espabilar a cualquier hombre

que sabe que su tiempo se le acaba.

Bien sabemos que el sueño a estas edades

es un bien tan preciado como escaso.

18.6.22

Dísticos para ÁCP

Cuando Carlos Medrano me pidió un dístico para Recobrada memoriael homenaje a Ángel Campos Pámpano que ha editado con la colaboración de Juan Ricardo Montaña y su sello Vberitas, intenté dar con él cuanto antes (no soy muy paciente para los encargos). Al final, me encontré con cuatro. Se los mandé todos para que eligiera uno. Optó por el tercero: "La Codosera". 



ESTUARIO
                   
El Tajo que en Lisboa se hace mar
sigue siendo ese río que te lleva.
 
 
LISBOA
 
Observo la ciudad desde lo alto
para saber quién soy y lo que he sido.
 
 
LA CODOSERA

                Sin la menor piedad llega la muerte
 
Siquiera este refugio para cuando
mi vida sea materia del olvido.
 
 
LA CIUDAD BLANCA
 
Es imposible recorrer Lisboa
sin que salgan tus versos a mi paso.
 
 

15.6.22

El argumento de la magia

Tratándose de poesía, fue llamativa la recepción de Las niñas siempre dicen la verdad, primer libro de Berbel (Estepa, 1997). “Llega provista de la mejor tarjeta de presentación posible: la calidad excepcional de sus poemas”, dijo Fernando Aramburu, quien destacaba la “singularidad” de su escritura y su duende.
Sin ser esto novela, cuando pasa algo así, se espera con expectación el segundo libro. Unos para confirmar sus buenos presagios y otros –un gesto muy español– para corroborar que no era para tanto. Pero no, no defrauda esta nueva entrega. Al revés. Hay un salto cualitativo en su poética. Más hondura. Lo leído justifica incluso su prematuro, sorprendente ingreso en una colección de consagrados en la que los poetas de la generación anterior a la suya, salvo Rodríguez Marcos, nunca han pisado.
Estamos ante un libro perfectamente imaginado. Desde el título, que alude a esos cuerpos celestes probados científicamente pero invisibles a la observación. Nos lleva a lugares extraños que son y no son de este mundo. Un misterio. Cita a Padgett: “En la literatura y las canciones, / el amor se expresa / a menudo en imágenes del / clima”.
Consta de tres partes, o de dos enfrentadas, diría, a un extenso poema central. La primera, “La muerte natural” es acaso un libro en sí mismo. En sus poemas, más que nada amorosos (“¿Cómo reconocer poemas de amor / cuando el campo semántico / es antiguo?”), predomina el “nosotros” y su tono es dialogado. La ironía, tan presente en su obra anterior, domina la escena. Pronto, una constatación: “La fiesta había acabado para siempre”. Una metáfora: “Al despertar lloramos por la pérdida / de los días hermosos”. Como la de la casa, ahora llena de fantasmas y flores muertas por culpa del calor del verano (más que una estación). Y allí, la niñez: “Lo que nos entusiasma de nuestra infancia, / vuelve como tragedia años más tarde”.
Se precia un aire sentencioso, aforístico a rachas: “Las emociones crean realidades”. Y una soterrada lucha por “conquistar otras palabras” no “gastadas”: “Para hablar del amor, debimos inventar / otro lenguaje”. Y una preocupación civil: “¿Quién trasladó al jardín sin preguntarnos / el cadáver / de nuestra clase media?”. Lo real (“Otras fiestas”) se funde con lo imaginario (“Viajes largos a destinos imposibles”, “El final de los ritos”). Para entonces, “La casa está en ruinas”, otra metáfora. Por medio, poemas memorables como “Posibilidad de la luz”.
“La conquista del paisaje” se basa en otra alegoría: la del desierto. A su travesía remite. Escribió Valente: “Cruzo un desierto y su secreta / desolación sin nombre”. Y ella: “Era el desierto un sitio sin edad / por el que ahora vagábamos / huyendo de la muerte”. El amor es el oasis. “La idea de refugio”. El deseo, “una lengua única”. “Asistíamos juntos a la muerte del mundo”. Pero a pesar de todo, la belleza persiste: “lo bello resplandece también / cuando está muerto”.
En “Cuando acabó la fiesta”, tercera parte, esa belleza se constata “insoportable”. “No hay, de ningún modo, / manera de evitar su persistencia”. Llegados a ese punto, se trata de “proteger el futuro / de las desolaciones del lenguaje”. De hallar “el argumento de la magia”. “Es la extrañeza una virtud alegre”. Lo fantasmal y visionario se impone. Léase “Las palabras y las cosas”, que termina: “Una fiesta es un triunfo del lenguaje”. O “Mundos paralelos”. “Amamos el paisaje extraterrestre”, escribe. “A la intemperie”, sólo queda encontrar la palabra que nombre nuestra absoluta soledad.
Cuando uno termina de leer este libro, asiente: “es un milagro estar / justo donde la vida está”.
 
Rosa Berbel
Tusquets Editores, Nuevos Textos Sagrados, Barcelona, 2022. 96 páginas. 15 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL
 

11.6.22

Tres poemas

Han sido publicados en el libro Revelación de las formas, de la colección El Lotófago de la Galería de Arte Luis Burgos de Madrid. En la obra colaboran los fotógrafos Ai Futaki, Cano Erhardt, José Ramón Cuervo-Arango, Eduardo Momeñe, Isabel Muñoz y Raúl Urbina y los poetas Francisco León, Marta Agudo, María Ángeles Pérez López, Ada Salas, Tomás Sánchez Santiago y yo. En mi caso, acompañan a las fotografías (en blanco y negro) del gijonés Cuervo-Arango.




ARBUSTO EN LA NIEVE

Con qué delicadeza
el arbusto señala
su presencia en la nieve.

En su caligrafía
hay algo, sin embargo,
que nos transmite fuerza.

La imagen
–lo negro sobre el blanco–
es por demás humana.

Metáfora de aquello
que a pesar de ser frágil
resiste a la intemperie.


ARBUSTO EN EL SALÓN

Hay un ritmo de danza
en las bayas menudas
que rodean las ramas
de este arbusto sin nombre.


CALA

Qué sutil elegancia
la de esta humilde flor
que se yergue orgullosa
ante el muro de cal.

De este lirio de agua
intuimos su olor,
tan denso y penetrante.

Se adivina también
el color amarillo
de su flor: el espádice.


8.6.22

El discursino del "Meléndez", en Ribera


Autoridades, ribereños, señoras y señores. Un año más nos reunimos aquí para celebrar la concesión del Premio Nacional de Poesía “Meléndez Valdés” a un libro valioso. El mejor de los publicados en España en los últimos años según un amplio jurado de críticos y lectores, si tenemos en cuenta el riguroso y limpio proceso de elección en dos fases de que consta. En esta tercera convocatoria, que la maldita pandemia ha retrasado un año (por lo que excepcionalmente se han seleccionado obras de 2019, 2020 y 2021), ese libro es He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes y su autor el cacereño del 58 Basilio Sánchez.
Con él ya había conseguido el Premio Internacional de Poesía de la Fundación Loewe, el Loewe, acaso el más acreditado de la poesía hispánica. En su trigésimo primera edición. Era el segundo poeta extremeño que lo ganaba. Por sorpresa, dos años después lo conseguía un tercero. Lo digo porque no suele reconocerse el altísimo nivel de la poesía escrita por poetas extremeños y menos dentro de nuestra tierra. Por ignorancia, prefiero suponer. De ahí que para el jurado que me he honrado en presidir haya sido tan satisfactorio que el “Meléndez” haya recaído en un paisano, lo que no desmerece ni limita su ámbito, sino que viene a demostrar, ya decía, que la calidad de nuestra lírica es, con galardones y sin ellos, excelente. Como excelentes eran, por lo demás, las otras obras finalistas: Sacrificio, de Marta Agudo (2021); confía en la gracia, de Olvido García Valdés (2020), quien, por cierto, acaba de de recibir el Premio "Reina Sofía"; Jardín Gulbenkian, de Juan Antonio González Iglesias (2019); Incendio mineral, de María Ángeles Pérez López (2021); y ‘La rama verde’, de Eloy Sánchez Rosillo (2020).
Comentaba en mi blog un día después del fallo que, en mi ya larga experiencia como miembro de distintos jurados literarios, esta había sido la ocasión en la que acaso más complejo resultó elegir el libro vencedor. Estaba formado por la catedrática de Literatura de la Universidad de Córdoba María Ángeles Hermosilla; la poeta Ada Salas; la escritora y presidenta de la Asociación de Escritores de Extremadura, Isabel Pérez; el director de la Editora Regional de Extremadura, Luis Sáez; la alcaldesa de Ribera del Fresno, Piedad Rodríguez; y la directora del Área de Cultura de la Diputación de Badajoz, Emilia Parejo. Actuó como secretario, con voz pero sin voto, el escritor José María Lama.
El debate fue arduo (con intervenciones memorables) y las votaciones, por descarte y por estimación, numerosas. Como sostuvo uno de sus componentes, porque se partía de libros de una bondad indiscutible donde no era la calidad técnica o literaria lo que se juzgaba. En la decisión pesaba, por encima de otras consideraciones, el gusto personal: lo subjetivo, que no es un término sospechoso cuando a las personas que deciden se les presupone responsabilidad y, sobre todo, criterio. Son (somos) lectores. Precisamente un grupo de lectores, el de Ribera, conformado por vecinos del pueblo, el que facilita el voto que la alcaldesa lleva al jurado, optó también por el libro de Basilio Sánchez. En las dos últimas ocasiones, el voto de ese jurado popular ha coincidido con el del otro tribunal lo que no deja de ser significativo.
Volviendo a Basilio Sánchez, el protagonista de esta velada, y a su libro, recordaré que con otro anterior, Esperando las noticias del agua, ya estuvo entre los finalistas de la segunda edición de este certamen.
Como me decía un amigo, por su trayectoria (dilatada y exitosa, con abundantes reconocimientos, sí, pero, lo que es mejor, construida con libros de fuste), de sobras merece el “Meléndez”. Diré más, aunque suponga entrar en el pantanoso terreno de lo privado y personal, sé bien que Basilio Sánchez escribe una poesía apegada a la vida. A su vida. Por eso no caben distingos entre el poeta y el hombre. Ni, yendo aún más allá, entre éste y el médico que es. Por eso, debido a su cabal y agotador trabajo durante la pandemia del covid al frente de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Cáceres, también es digno de esta recompensa, siquiera sea por un efecto, digamos, simpático.
Su primer libro, A este lado del alba, obtuvo en 1983 un accésit del premio Adonais. A esa ópera prima le siguieron: Los bosques interioresLa mirada apacibleAl final de la tardeEl cielo de las cosasPara guardar el sueñoEntre una sombra y otra y Las estaciones lentas. En 2010 publicó su poesía reunida: Los bosques de la mirada. Después han llegado Cristalizaciones, Esperando las noticias del agua y He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes.
La mayor parte de estas obras merecieron algún premio. Además de un accésit en el Gil de Biedma, Sánchez ha obtenido el Unicaja, el Tiflos, el Extremadura a la Creación, el Ciudad de Córdoba o el Loewe.
Conviene mencionar dos libros en prosa de su bibliografía: El cuenco de la mano y La creación del sentido. Dos entregas, cabe matizar, que podrían pasar, en sentido estricto, por poéticas. Por el asunto del que se ocupan y la escritura que las identifica.
De He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes puedo decir (con palabras ya escritas en una reseña que publiqué en la revista Cuadernos Hispanoamericanos) que culmina una carrera poética de fondo. Forjada libro a libro. Por necesidad. Con coherencia y honestidad. Fiel a una poética que la atraviesa (casi) de principio a fin. Y digo fin aunque sepa que tiene un libro a punto de publicar y que, por tanto, su desenlace está lejos.
En una entrevista concedida a Nuria Azancot para El Cultural, Sánchez comentaba: “Utilizando una imagen del poeta peruano Eduardo Chirinos, percibo mis libros como planetas solitarios que giran alrededor de su propio eje, pero sometidos todos a unas mismas leyes de movimiento, a un orden cosmológico superior que no es otro que la idea que yo tengo de la poesía. Concibo la creación poética como una especie de diario del espíritu, como una forma de anotar y de poner en relación la vida de uno mismo con el mundo que nos rodea tal y como el poeta consigue percibirlo a lo largo de las diferentes etapas por las que va pasando. He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es una expresión más, sin duda incompleta, pero reveladora, de mi forma de decir y de vivir en el tiempo. En lo formal, es un paso más hacia la naturalidad y la transparencia”.
Dividido en tres partes y una coda; está compuesto por sucesivos fragmentos (a su imán, que diría Lezama Lima), sin título, que fundan su unidad de sonido y sentido en un lenguaje claro y austero (“Amo la austeridad de los que escriben / como el que excava un pozo”), y en un ritmo muy particular también y muy logrado que se aprecia, sobre todo, al leer los poemas en voz alta. Lo comprobaremos pronto.
Al decir de su autor, un hombre de talante contemplativo, tiene un “carácter de libro de meditaciones” (también lo ha denominado “cuaderno de campo de un naturalista”) construido con lentitud (“Amo lo que se hace lentamente”) en la soledad (“Siempre supe estar solo”) y el silencio (“El silencio es la elegancia absoluta”). En efecto, a esa tradición, la meditativa (escrutada en su día por Valente) se adscribe esta poesía del pensamiento (que siente). Lo que no obsta, como señala Colinas, para que tienda “a lo surreal, al irracionalismo”. Por eso es normal que a veces el lector pierda pie (“Ninguno de nosotros / está aún preparado para lo incomprensible”) y, sin entender, vislumbre, absorto en la enigmática belleza de unos versos que a rachas devienen versículos, algo del todo adecuado si tenemos en cuenta la honda espiritualidad que emana del conjunto.
A través de las cosas (“Acercarnos con afecto a las cosas / nos permite intimar con lo sagrado / que permanece en ellas”). En medio de la naturaleza (tan presente aquí): “Dichoso el que, sentado / bajo los grandes árboles / que iluminan de verde las mañanas del mundo, / no renuncia al regalo de lo inmenso”.
Su tono es hímnico. Hay “una celebración tenaz de lo que existe”. Porque aún se oye el último eco  de “la canción del paraíso”. Porque, evocando a Claudio Rodríguez, “El mundo se nos revela siempre en un estado / de perfecta ebriedad”.
A pesar del dolor (léase el precioso poema de la página 68, que comienza “No hay azafrán ni clavo”) y la muerte (de nuevo el médico intensivista) y de que nadie sepa “cómo estar en el mundo”: “Es verdad / que en la idea del jardín subyace oculta / la idea del sufrimiento, / la de que prevalece / sobre el orden de la naturaleza / el orden de los hombres”. No en vano esta poesía se distingue por su alta carga de humanismo.
No falta en él la reflexión acerca de la poesía. Así, leemos (en forma de aforismo): “Los poemas que nos hacen mejores / son los que nos devuelven / a ese estado anterior / en el que era posible, / en nuestras relaciones con el mundo, / conducirnos con naturalidad, sin artificio”.
“La poesía no explica ni argumenta. / La poesía sólo llama a las cosas”. Es “el oficio del espíritu”.
“Vivir en las palabras, / asumir el fervor como una forma secreta de penuria / lo decide uno mismo”.
“Escribir un poema es andar sobre las aguas, / confiarnos a lo bueno del mundo”.
“Uno escribe un poema para sentirse vivo”. Y añade: “para que otro descubra que está vivo”.
Y, desde la compasión: “La poesía / no es una ambigüedad del corazón, / es una forma / de sentirte tú mismo siendo otro, / de asumir la existencia de los otros / como si fuese tuya”.
Armonía sería un término muy adecuado para definir de una vez la obra de alguien que confiesa: “Las palabras son mi forma de ser”. Resalta, en fin, la importancia de la verdadera poesía, en rigor la única posible, ajena a las modas, las ocurrencias y la prisa. Porque sólo desde la tradición se puede alumbrar lo nuevo.
Enhorabuena, Basilio, y gracias.




NOTA: Leí este discursino, en mi condición de presidente del jurado de la tercera edición del Premio Nacional de Poesía "Meléndez Valdés", el pasado 27 de mayo en Ribera del Fresno.