3.7.20

En memoria de Julián


El día 28 de junio hizo un año de la inesperada muerte de Julián Rodríguez a los cincuenta de su edad. Mientras leía en el jardín de su querida casa segoviana de Colladillo (que compartía con Irene), como nos recuerda su hermano Javier, que ha tenido la excelente idea de conmemorar ese triste hecho editando (para familiares y amigos y en la imprenta Kadmos, "su casa en Salamanca"), de manera exquisita (qué mejor homenaje para el tipógrafo que nos dejó), la carta que envió el novelista Henry James y Fanny Stevenson, la viuda de su amigo Robert Louis, el autor de La isla del tesoro, con motivo de su fallecimiento. Es otra preciosidad, digna de uno de los escritores más elegantes, en su sentido más pleno, de todos los tiempos. 
La traducción es de Mario Acuña. Está fechada en diciembre de 1894. Uno de los párrafos más emocionantes, que uno lee sin remedio en clave, es este: "En cuanto a mí, cómo decirle cuánto más mísero y pobre me parece el mundo entero. Cómo decirle que una de mis más íntimas y poderosas razones para seguir adelante, para tratar de hacer algo, para pensar en el futuro o para soñar con él ha abandonado la vida en un instante. Yo tenía siempre la obsesiva sensación de que nunca volvería a verlo, pero una de las mejores cosas de la vida era que él estaba allí, o que uno lo tenía cerca, o que, al menos, tenía noticias suyas y lo sentía y lo esperaba y lo incluía en todo lo que amaba, en aquello para lo que vivía. Iluminó un lado entero de la Tierra y era por sí mismo una provincia entera de la imaginación. Sin él somos gente más pequeña, personas más mediocres". 
Miguel Ángel Lama, que también ha recibido un ejemplar, destacaba en su blog otro párrafo del que entresaco estas palabras: "En cuanto a él, fue pese a todo un hombre con suerte. Quiero decir que tengo la sensación de que ha sido tan feliz en la muerte (abatido de esa manera, como los dioses, en una hora clara, gloriosa) como lo fue en los momentos de esplendor. Pese a todas las circunstancias tristes de su rica y exuberante vida, tuvo lo mejor de ella, lo más intenso de la lucha, lo más sonoro de la música, lo más fresco y espléndido de sí mismo". Y más adelante: "Se ha ido a tiempo para no envejecer". 
Como escribe Javier en el colofón, "Nunca le olvidaremos". 

2.7.20

Otro maldito poema sobre el confinamiento



                                                 A Jordi Doce

Esta vida en suspenso
me obliga, cual paciente recluido,
a cumplir ciertos ritos; por ejemplo,
observar lo que pasa cada día
detrás de la ventana de mi cuarto.
Me asomo al exterior como quien sabe
que el gesto es salutífero. Respiro
y, al hacerlo,
es mucho más que aire lo que tomo.
Después,
me paro a contemplar mi triste estado
que se refleja en todo cuanto veo.
La muralla, que tengo justo enfrente,
un símbolo vital para quien quiso
permanecer en su lugar.
Le sirve de sustento a un par de mirlos
que cantan en el sol cuando amanece.
Más allá, por encima,
algunos edificios donde intuyo 
la existencia secreta de los otros.
Y debajo, el jardín.
Con una buganvilla exuberante,
la hierba todavía no agostada,
una higuera sin poda algo salvaje,
algunas flores y árboles modestos,
la densa enredadera de la entrada
y multitud de animalitos invisible.
Si levanto la vista hacia poniente,
cuando al cabo declina la jornada,
un cielo enrojecido me devuelve
la metáfora exacta de este tiempo
rendido al estupor y a la extrañeza.

Nota: Este poema se ha publicado en la serie A POEMA ABIERTO. VERSOS PARA VOLVER A HABITAR LA VIDA, un proyecto coordinado por Amalia Iglesias Serna para la Universidad de Salamanca. No pude evitar la ironía, parafraseando al novelista Isaac Rosa, a la hora de ponerle título. 

28.6.20

Náufrago de interior

Se puede decir casi todo acerca del confinamiento a que nos ha obligado la pandemia propiciada por el maldito coronavirus, la ya inolvidable enfermedad infecciosa COVID-19, menos que no haya sido una desagradable sorpresa. Reacciones ante ese hecho hay tantas como personas lo hemos sufrido. Cada encierro lo ha sido a su manera. El del poeta Jordi Doce (Gijón, 1967) ha quedado, por suerte, reflejado en forma de libro. Un libro, cabe añadir, que se ha editado en un tiempo récord. Se ve que su editor, Javier 'Fórcola' (por el nombre de su elegante editorial), es un tipo avispado. O un lector concienzudo. No creo que uno sea el único que vio desde el principio que este diario, publicado por entregas en El Cuaderno (otro gesto de loable coherencia), iba a terminar impreso en un volumen. Diré más: lo leí siempre en oblicuo, digamos, con el convencimiento de que lo acabaría haciendo, como es debido y prefiero, en papel. Así ha sido. Con una llamativa cubierta, por cierto, de un cuadro de Haritz Guisasola al que se refiere Doce en su bitácora y que le acompaña en su estudio. 
El título es elocuente: La vida en suspenso. "Todo está en suspenso, como esperando algo que no termina de llegar", escribe. Y más adelante: "Esta vida en suspenso, a la expectativa...". El subtítulo, aún más: "Diario del confinamiento (marzo-mayo de 2020)". 
Que está escrito a vuela pluma, aunque no lo parezca, lo demuestra el hecho de que use términos como "impresiones" o "apuntes" para referirse a sus entradas. "Son mi modo de agarrarme lo real", precisa. Sí, porque todo es fruto de la extrañeza (que es como el agua, "siempre encuentra el modo de filtrase y seguir caminando"), la perplejidad o el asombro que produce en él cuanto le rodea. "Este girar del tiempo sobre sí mismo". Por eso escribe, "para ordenar la cabeza" y "sosegarla". Ha sido una forma de "vadear estas semanas". "Cada cual pasa el encierro como puede, que no es poco". 
Por más que reconozca que, a diferencia de otros, él sí ha podido escribir durante la cuarentena (he seguido distintos diarios, tanto en prensa como en Internet), nunca tiene todas consigo. Al fin y al cabo, esta es "la confesión de una impotencia", "qué otra cosa podemos hacer". En otra parte leemos: "estas notas, que nadie me ha pedido, pero que han ido cobrando vida propia". Las considera una labor "no esencial", no tanto como la del personal sanitario, por ejemplo, pero no por eso, a ojos del lector, son menos necesarias. Siempre estamos a falta de un relato que nos explique lo que nos asusta y desconcierta, como hace al caso.
Hablando de un juego que practica, el Scrabble, fija su propia "técnica poética": "brevedad y condensación, síntesis y buena puntería". Y, en efecto, Doce procede aquí como poeta y, en rigor, como poemas han de leerse estas prosas que tanto en común tienen, por su tono, que en un escritor lo es todo, con las de, pongo por caso, Perros en la playa. La poesía manda. O prima. Sin querer o queriendo. ¡Cuánto en tan poco! Es el don de síntesis en que se basa el decir poético. ¿No es, acaso, esa "actitud de espera, alerta, activamente pasiva" la que caracteriza al poeta? Tal vez porque, si bien "mirar es poseer" (cita Doce a Sánchez Rosillo), "en mi caso, no basta con mirar, debo llevar la mirada hacia dentro, entrañarla". Y sigue: "y no basta con pensar, debo llevar ese pensamiento hacia fuera, extrañarlo y hacer que se roce -se manche- con el pensar de los demás". Estos dos movimientos, hacia dentro (yo) y hacia fuera (los otros), fundamentan este diario. "Mi forma de cuidar la escritura es salirme de ella y pensar desde lejos", afirma. O: "Me hago cargo de que estas páginas son puro escapismo", pero "hacia dentro".  Basadas en "el principio de realidad" ("la pura irrealidad de lo real") y no, como en algunos colegas, para "darse pisto". "Tomo partido por lo menudo, por lo trivial; lo que percibo en el estrecho radio de mi experiencia".
Con todo, "un diario, por bueno que sea, también está hecho de todo lo que queda fuera". Me da la impresión de que poco se ha desperdiciado en esta "hibernación en pleno comienzo de la primavera", en "nuestra pequeña película de ciencia-ficción", en estas "semanas de encierro que terminarán pareciendo un sueño". Así, los paseos con Layla, su perra, excusa perfecta, en lo más duro, para poder salir de casa. Las tareas domésticas (el horno, la cocina, en convivencia con su compañera Marta y su hija Paula). Las tareas profesionales: correcciones de libros a punto de aparecer (como los de Saint-John Perse y César Vallejo), una conversación con la poeta Ana Blandiana para la revista Turia, los poemas de Plath... La observación de pájaros (he descubierto a un auténtico ornitólogo) desde balcones y ventanas e incluso a pie de tierra, por calles y parques cercanos. La lectura ("mi quitamiedos más efectivo es seguir leyendo"): de Los cuadernos pálidos Tomás Sánchez Santiago, de las cartas del editor Jaime Salinas o los aforismos de Cioran. Y la traducción, de un puñado de poemas que ayudan a vivir, como "Todo va a salir bien", de Derek Mahon ("Habrá muerte, habrá muerte, / pero no hablemos de eso ahora"), o el 314 de Emily Dickinson  ("que algo sabía de encierros y confinamientos") u otros de Yeats o McGrath. No falta la música ("A cada día sus músicas") ni los merodeos en torno a los patios interiores, tejados con gatos y por el vecindario que componen páginas intensas que, a debida distancia, me recuerdan las más urbanas y madrileñas de los diarios de Trapiello, llenas de personajes atrabiliarios y curiosos. Y ya que lo menciono, me gusta esa variación sobre Max Aub, lo de que a partir de ahora se podrá decir que uno es de donde ha pasado el confinamiento. En su caso, Madrid, donde vive desde hace muchos años. A su Gijón natal se refiere al recordar a su madre, allí encerrada, tan lejos y tan cerca del mar, obligada a aplazar sus paseos a paso marcial por el Muro. Se trata de "No perder la mirada de largo alcance. No abdicar de la profundidad de campo". No olvida tampoco a su padre, tan realista, que murió el verano pasado, y que le inspira esta frase memorable: "Cuando uno pierde la imaginación, la vida se vuelve incomprensible". 
Tampoco falta el miedo. A la enfermedad ante todo. A lo que sucede y a lo por venir, tan incierto: "A cada tiempo sus neurosis". "Convivimos con el misterio", dice citando a Mark Strand. Ni la compasión. Él se considera uno más de la masa de afligidos que intenta sobreponerse a la catástrofe. No es posible la impasibilidad ante lo que uno ve en los ojos que te miran por encima de las mascarillas. "Náufrago de interior" dice que pudo titularse este diario. 
Las horas pasan entre lo que narro y otras aficiones como ver documentales (sobre Lledó, por ejemplo), películas de Hitchcock y de catástrofes, anuncios pandémicos, notificaciones del Idealista, leer una entrevista con el poeta y médico intensivista Basilio Sánchez, comunicarse con los amigos... Y todo en medio de "este desvelo", "ese trasiego", "esta incertidumbre"(que "es ley").
Califica Muñoz Molina el diario como "el mapa inmenso y meticuloso del presente". Porque "la mesa de trabajo es mi rompeolas", Jordi Doce ha hecho bien en rescatar para siempre estos días que, si bien no olvidaremos, ya dije, conviene fijar en la memoria no de cualquier manera. Por lo que tienen de "ensayo general, una prueba de resistencia". 
Aludía Vila-Matas, con desdén, a la "bitácora-tostón de nuestro confinamiento" y puede que en algún caso así sea. No en La vida en suspenso, que no se limita, ni con mucho, al mero desahogo. Eloy Tizón ha escrito: “Este libro, al igual que el resto de su producción literaria, reúne todas las virtudes de su escritura: calidad de presencia, atención reflexiva, lucidez relajada”. No miente. Estamos, en fin, ante uno de los testimonios más singulares y logrados de este extraño sueño que ha acabado convirtiéndose, para varias generaciones, en penosa pesadilla.

La vida en suspenso
Diario del confinamiento (marzo-mayo 2020)

Jordi Doce
Fórcola, Madrid, 2020

NOTA: Esta reseña del diario del confinamiento de Jordi Doce se ha publicado en El Cuaderno.

26.6.20

Juan Ramón Santos lee "Porque olvido"


Escribo hacia el pasado porque olvido

Si elaborásemos una especie de biografía del diario en función de lo que va suponiendo en cada etapa de nuestras vidas, diríamos que comenzamos refugiándonos en él con el cosquilleo efervescente del secreto,que más adelante se convierte en desahogo, cómplice de un intenso sentirse incomprendido, para luego acoger nuestra mirada imponente, nuestra personalísima y agudísima forma de contemplar el mundo e irse transformando, sucesivamente, en instrumento para conocernos a nosotros mismos, en arma de lucha contra el tiempo, contra el paso inclemente de las horas, en depósito de incertidumbres, de desencanto, de esa creciente sensación de que el mundo es otro y se nos escapa y, por último, en reflexión serena, o tal vez desesperada, en torno a la muerte, modalidades que, bien pensado, no tienen por qué sucederse en ese orden, que pueden barajarse a partir de un determinado momento, dependiendo de vaivenes y sobresaltos personales, y que tampoco tienen por qué llegar siquiera a concretarse, pues hay quien se instala para los restos en el travieso secreteo infantil o, lo que es peor, en una soberbia escritura adolescente que, por fortuna, en la mayor parte de los casos el anonimato nos ahorra, pues el destinatario ese tipo de diarios personales no es más que ese otro yo incierto que cada uno hemos de llegar a ser en el futuro o, en todo caso, un no menos presunto descendiente que pueda descubrir algún día esas notas con asombro.
Otra cosa es el diario literario, como este del que quiero hablares hoy, Porque olvido, de Álvaro Valverde, publicado en la colección “Perspectivas” de la Editora Regional de Extremadura, un tipo de diario que, aun compartiendo con el otro, el personal y apenas transferible, temas, asuntos o preocupaciones, se sabe desde el principio destinado a lectores menos hipotéticos, y respecto del que el poeta, ensayista y traductor Antonio Rivero Taravillo ha afirmado no hace mucho (la cita la rescato de otro diario estupendo del que les hablaré más adelante) que “un diario que se publica no está hecho para mostrar la vida privada de su autor, sino las intimidades del lector”, lo que haría de esos lectores usuarios de los diarios en el sentido en que Ferlosio considera a los lectores de poesía usuarios, usufructuarios de los versos.
Algo de eso debe de haber, la necesidad de reconocernos en la intimidad de otros para entendernos un poco más a nosotros mismos, contemplándonos –aprovechando el título de otro libro de Álvaro– a debida distancia, pero me temo que lo que primero nos atrae de diarios, como Porque olvido, de escritores sea lo que Gonzalo Hidalgo Bayal denomina el suplemento de autor, esa serie de elementos biográficos o personales que en teoría nos ayudan a comprender mejor su obra, como si una obra, para ser comprendida, precisase de ese andamiaje externo, como si una obra, en último extremo, necesitase ser del todo comprendida. En este sentido, Porque olvido contiene multitud de ingredientes que explicarían la poesía de Álvaro Valverde, la timidez, el deseo de intimidad, la actitud reflexiva, la atención a la naturaleza en paseos largos y cortos y en viajes relámpago en coche que parecen etapas del París-Dakar o –por enumerar algunos– la conciencia del paso del tiempo y de la pérdida, que tanto peso tiene en este libro, que comienza y termina con dos muertes demasiado tempranas, las de los editores Fernando Pérez en 2005 y Julián Rodríguez en 2019 y con hitos al medio tan dolorosos también para el poeta y para la cultura extremeña como las de Ángel Campos o José Miguel Santiago Castelo, amén de otras muchas de familiares, vecinos o amigos escritores a los que llora en sus textos e intenta rescatar del olvido.
Pero en el libro también hay hueco para agudezas infantiles que sorprenden al maestro que Álvaro Valverde vuelve a ser tras su paso por la Editora Regional de Extremadura, y abundan el compromiso político –en el más amplio sentido del término, que se pone de manifiesto como reacción a una noticia, a unas declaraciones o a bochornosas resoluciones u ominosos silencios administrativos– o el certero, a veces demoledor, retrato sociológico, el del paisanaje interior de una ciudad levítica y amurallada como la nuestra o el de la flora y la fauna que pueblan el paisaje literario y que el autor retrata en actos, premios o presentaciones, muchas veces con aguda ironía, pero a menudo también con afecto, intentando recomponer, en el cruce de conversaciones, cartas, mensajes o lecturas mutuas, la callada hermandad de lo que él llama a veces letraheridos, de esos individuos vulnerables y solitarios cuya razón última de ser es la palabra.
Como se apuntó en la presentación virtual que hace varias semanas se llevó a cabo de este libro –que es fruto de “Solvitur ambulando”, el blog que el autor mantiene en la dirección web mayora.blogspot.com desde hace quince años–, faltan en él el Álvaro más polémico y también el crítico literario, pero yo diría que no es del todo cierto, porque, como ya he apuntado, no son raros los pasajes en que asoma el Álvaro que no se conforma, el que no se calla, el que –como en algún momento ha dicho el poeta José María Cumbreño– no se esconde, y porque también hay referencias a su labor crítica, cuyo fin último es compartir el placer de la lectura, el descubrimiento feliz de obras que merecen la pena. Además, yo diría que no hace falta, y que esos otros pasajes pertenecen, más bien, a otros dos posibles libros, un libro de memorias, quizá, en el primer caso, y un volumen de crítica literaria en el segundo, hipotéticos proyectos que requeriría antes, como ha sucedido con Porque olvido, de una labor previa de expurgo y selección, para escoger materiales no perecederos y que encajen en la secreta armazón que hace que, al final, un libro sea un libro, que no sé si es algo más, pero sí algo diferente de ese cajón de sastre –que no desastre– que son –o eran, pues la tecnología avanza tan deprisa que hay cosas que uno tiene presentes que quizá pertenecen ya al pasado– las en algún tiempo llamadas bitácoras.
Para terminar, considero el título de estos diarios, rescatado un poema de Territorio, el primer libro del autor, enormemente acertado, pues no solo cifra, en buena medida, la razón de ser de su escritura –“escribo hacia el pasado porque olvido”, decía aquel famoso verso–, sino de la propia escritura, de toda escritura, la razón que la hizo necesaria, el hecho de que olvidamos, de que las palabras, dichas, se las lleva el viento, de que solo scripta manent, y porque uno tiene la impresión de que los libros, a pesar de tanto avance tecnológico, tan solo impressi manent –que me disculpen el latinajo macarrónico–, me parece que es digno de celebrar que estas prosas, que tanto tiempo llevan dando vueltas por las redes y que constituyen una parte no menor de un sólido y valioso edificio literario, sean por fin llevadas, y tan bien llevadas, al papel.
Ahora solo les queda a ustedes disfrutarlas. 

Publicado en PlanVE. 25 de junio de 2020.

23.6.20

Luque en El Cultural


Aurora Luque
Visor, Madrid, 2020. 84 páginas. 

Con este espléndido libro, Aurora Luque (Almería, 1962) se suma al acreditado palmarés del Loewe. Su título homenajea a la editora Ana Santos Payán, “porque ―gaviera ella misma― inventó la palabra y nos invitó a usarla”.Filóloga, articulista y traductora, como poeta ha sido premiada en numerosas ocasiones. Por libros como HiperiónidaProblemas de doblajeCarpe noctemTransitoriaCamaradas de ÍcaroHaikus de NarilaLa siesta de Epicuro y Personal & políticoHa publicado, además, algunas antologías y traducido a Meleagro, Safo, Catulo, Lainá, Vivien o Labé. Suyos son los florilegios Los dados de Eros. Antología de poesía erótica griega y Aquel vivir del mar. El mar en la poesía griega.Gavieras se divide en dos partes: “Deambulares” y “De la agenda del duelo”. Juan Antonio González Iglesias (un poeta afín), afirmó que el libro “trata de muchas mujeres, cuyas líneas sumadas dibujan el autorretrato de la poeta”. Escrito en “femenino y plural”. Esa es la voz. De mujer, sin duda. Una voz reconocible que, si bien clásica, no desdeña la modernidad de esta época líquida. Dicho de otro modo: la alta y la baja cultura, si caben aún tales distingos, lo que no obsta para resaltar su culturalismo, una asentada corriente de nuestra lírica donde las artes forman parte, con la debida naturalidad, de la poética.
Su clasicismo es, sobre todo, griego. Luque nació, qué le va a hacer, en el Mediterráneo. Lo homérico y lo marítimo están en la base de su poesía. En poemas como “Gavieras” (“pero la vida se hace navegable si traduce el deseo si da fe de horizontes que dejaste tensados”) o “Aproar” (“vuelve al mar mitológico”. “Métete ya en un barco / con proa de dragón”.)
Lo femenino se hace fuerte en “Anfitrite”, antigua diosa del mar tranquilo, nereida y metáfora: “Tomar de ti, Anfitrite, / la ética serena / que aleje a los feroces”.Dice en “Mar de Argónida” (un homenaje a Caballero Bonald): “Los mitos nos enseñan, Medusa, a habitar mares”. Mitos, quiere ella, “dinámicos, fluidos”.“Decálogo de la flâneuse”, uno de los mejores poemas del conjunto, vindica la ciudad y a quien deambula por centro y periferias. El tanbur oriental le sirve para explicar cómo ha de ensamblarse lo diferente. Al cobijo de la música y la noche. Lo popular se hace presente en “Espigadoras”. Inventa un verbo para celebrar los placeres del amor y la carne: “Afrodisiarás sin dolor”.“Trae miel de la tuya, de la amarga”, le pide a Safo y es Teresa de Jesús la que habla en “Amor traducido por el fuego”. Y más mujeres: Poimenia (y el aceite de san Juan de Licópolis), la exiliada Isabel Oyarzábal (que ve el volcán desde su cama), la revolucionaria napolitana Eleonora Fonseca, las refugiadas de Esquilo (“de todas las desgracias / elegimos al menos la más noble, / la de huir libremente”), “La no Marisol”… Ya no digamos en “Tuneando al pirata cojo de Joaquín Sabina”, que pasaría por manifiesto.Y otro homenaje (o eso intuyo): a Anne Carson, en “Conversación con el prefijo des-“.En la segunda parte los poemas se acortan y el tono pasa de hímnico a elegíaco. El dolor, la muerte, la soledad, la vejez, la desmemoria y “la vida triturada” (en el emocionante “Santa Teresa y la Tarara…”, donde está su madre). En “Doctor Tiresias & Mister Eliot” escribe: “La muerte era doméstica / y la felicidad extranjera”. Hermoso otro homenaje a “la música andariega”, con Claudio Rodríguez al fondo. Una música que se acompasa a un ritmo y, más allá, a un lenguaje, barroco a rachas, que utiliza palabras cabalmente elegidas.“Magia no vi otra igual, tan seductora, / como este caminar de las palabras, / portadoras de luz, amigas fieles, / pasajeras y libres”, leemos en “Senderuelas”. Y en “Tuneando…”: “Pero si me dan a elegir / entre todas las vidas, yo escojo /la vida de gaviera que trepa por el palo, / con ojos abiertos, telescopio en la mano, / curtida en el mar, capitana / de un barco que tuviera por bandera /
un par de alas y una estrella nueva”. Dicho queda. Un excelente libro, machadiano y odiseico, que condensa una de las poéticas más interesantes del panorama. 

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cultural. De lo que me siento responsable es del título. No es mío. 

22.6.20

Un poema de "El reino oscuro"

 
 
He llegado. Me acerco
con cautela a la orilla y distingo en las aguas
una suerte de antigua y fugaz transparencia.
Queda al lado un desierto, un lugar retirado
que una puerta franquea preservando el destino
de los hombres que huyen. Una breve vereda
que coronan cipreses nos conduce a la senda
reiterada, a los pasos
que se llegan a Yuste -el otoño dorado
de la hiedra rojiza y el estanque en penumbra-,
al jardín de Abadía -ruinas, mármol, canales,
Lope, acantos y olivos-.
Es difícil saber
sobre qué edificamos
la virtud. Qué lugares
-evocados o vistos- nos contienen.
Paredes,
tapias, huertos, bancales,
muros hechos de piedras
colocadas siguiendo cumplimientos idénticos.
Minuciosos remiten
a un estado de cosas que se pierde.
Enseñanzas
de la edad sometidas
a un complejo sistema en precario equilibrio.
Su presencia anticipa la verdad de la historia.
No es extraño volver, sorprendido, la vista
y caer en la cuenta: somos agua, y aun piedra;
árbol, río, retamas. Somos tierra. Hago mías
las razones de Anteo.
 
Arrancada a la roca la ruindad de los huertos,
empeñados en darle a las aguas su cauce,
embalsando su fuerza en los largos estíos,
aguardando la nieve transformada en torrente,
afinando en la viga la bondad de los troncos,
observando en las nubes la promesa de lluvia,
¿no cumplirnos un ciclo necesario e idéntico?

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Un poema de Álvaro Valverde que forma parte de El reino oscuro, un libro que consiste en un extenso poema dividido en fragmentos, inspirado en la comarca de Las Hurdes; esta obra recoge la estancia y el recorrido del autor por ese lugar y por esa zona en un sentido más amplio; así, se hace referencia el desierto de Las Batuecas, a Yuste y a Abadía.

Esta composición viene a ser una topografía lírica de un lugar (tanto de elementos naturales como elementos trasformados por obra de humanos) que no deja indiferente, donde el yo poético se siente bien e identificado en su esencia (al punto de recordar a Anteo, al gigante mitológico que renacía y se vivificaba cada vez que entraba en contacto con la tierra).

Un canto a la belleza de un lugar, la poetización de un paisaje y lo que se siente cuando se está en él, una delicia de versos.

Gracias a Álvaro Valverde por su generosidad, por recitar y grabar su propia composición.

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Nota: El vídeo (perdón por mi torpeza), el poema y este texto ya forman parte de la sección "El poema de la semana", del IES "Santiago Apostol" de Almendralejo. Sin el empeño y la perseverancia del profesor Juan Manuel González Vázquez esta colaboración no hubiera sido posible. Gracias. 

21.6.20

En la muerte del padre

Carlos Alcorta nació en Torrelavega en 1959. Es editor (director literario de Calambur), crítico y gestor cultural, pero, ante todo, poeta. Autor de Condiciones de vidaCuestiones personalesTramaCorriente subterráneaSuturaSol de resurrecciónEjes cardinales, Ahora es la noche o Tiempo vivo. También del ensayo literario Casa sin puertas. Codirigió la colección de poesía Scriptvm y la revista Ultramar. Actualmente, coordina las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo. Desde 2012 edita un blog en la dirección carlosalcorta.wordpress.com. 
En la citada Calambur publica ahora  Aflicción y equilibrio, título que explica, luego se verá, en el último poema del conjunto. Un conjunto, cabe precisar, pequeño, pues sólo reúne veintiún poemas, eso sí, de extensión considerable, algo del todo lógico en función del tono meditativo que adoptan, donde discurso y reflexión se dan la mano. Un tono grave que tiene mucho que ver con las lecturas y las afinidades poéticas de Alcorta que, como se aprecia en las citas que aparecen en el libro, se dirigen principalmente al ámbito anglosajón. Y ya que menciono esos epígrafes, estos empiezan por Manrique, Ivo, Hustvedt y Voltaire y aluden a la verdad, la salud, el padre, los muertos y la muerte. Con todo, el padre es el principal protagonista, muy a su pesar, de la obra. La dedicatoria ya lo señala. A partir de ahí, asistimos a un diálogo del poeta consigo mismo y con su padre (este es un libro, diría, conversado, en segunda persona, hacia un “tú” cernudiano) donde la vida de uno y de otro, y de los dos a un tiempo, cobra el valor de objeto del pensar (porque esta es una poesía del pensamiento). De pensar sobre lo sucedido y de lo por suceder. “Siempre quise que mi vida significara algo”, dice al principio. O: “He perdido ya demasiadas cosas / en mi voluntaria batalla con el mundo”. Y: “Uno no puede renunciar a lo que ha sido”. También desde el comienzo se expresa la conciencia de que el viaje ha de hacerse, como se ha venido haciendo, por medio de la escritura: “Quiero ser –pensaba– no parecer, por eso he buscado sentido / a la vida a través de las palabras”. Así lo justifica: “Es más vida la vida en la ficción. / Realmente vivimos más cuando lo escribimos”. En otro lugar leemos: “¿Describen las palabras solo lo visible, / lo que imaginas real o aquello que se vuelve /realidad al escribirlo?”
Vida y poesía caminan al unísono. “¿Quién pudiera ser de nuevo el autor / de su primer poema? / ¿Quién del todavía no escrito?”. Eso sí, no se trata de irse por las ramas (a lo que tiende a veces la poesía): “ahora quiero hablar de experiencias reales”. “Quiero hablar claro, sin las tretas de la literatura; / sin palabras, solo con el silencio”, “porque en su interior nacen los misterios / más insondables”. 
“El lenguaje fue siempre un fiel aliado”, reconoce. Y vuelve a apelar a la poesía para enfrentarse a las “catástrofes cotidianas”. Y para evitar aislarse de los otros: “La distancia es un dulce somnífero”. Nos aleja de la “desdicha humana”. No abandona, sin embargo, la indagación introspectiva, pues “bajo las apariencias hay otra realidad”. Ni el asunto de la muerte: “Nunca estás preparado para recibir a la muerte”. Y añade: “He pasado muchas noches en vela / recordando a mi padre y los terribles / últimos días de su vida”. En otro poema leemos: “El temor a la muerte da sentido a la vida”.
Conviene subrayar que las meditaciones se mezclan con pasajes descriptivos, de la naturaleza mayormente. Una naturaleza doméstica, cercana, civilizada, en suma, como la del jardín. Versos que actúan, se podría decir, de contrapeso. Eso alivia cierta tensión metafísica y acerca al lector a una vitalidad gratificante. También le permite al autor jugar con metáforas iluminadoras; de aves, pongo por caso (“El olfato del buitre”). O de árboles. Y con la presencia del mar, un elemento fundamental de esta poesía escrita por alguien que ha vivido siempre a sus orillas.
A pesar de lo que afirmo, de esa notable carga conceptual, si algo no falta aquí son emociones y sentimientos. En este sentido, la poética de Alcorta se acerca a la de Unamuno, en esa fértil correspondencia entre el sentir y el pensar. 
Ya se explicó que la experiencia iba a sustentar este andamiaje que al cabo se convierte en una casa. Porque “una cosa son las palabras y otras los hechos”. De ahí los hospitales, los ancianos, el sillón ergonómico, el funeral, el asma, la unidad de cuidados intensivos, y, en fin, todo aquello que sobrepasa el mundo de las ideas para aterrizar en la dura realidad. La nuestra de cada día. Porque “una madre no es una carmelita”. Porque “el dolor, si adormece / a la desesperanza, te renueva, si no, te mata”. Porque “toda muerte es terrible y arbitraria y crea un vacío”.
Evoca Alcorta al padre nadador en uno de los poemas más logrados del libro, ese en el que leemos (vuelvo a la noción de “casa”): “Me propuse escribir este poema  / como quien construye la casa natural / de la vida”. 
A él se dirige cuando dice: “Padre, nunca seré lo que tú hubieras / deseado que fuera”. Y: “pero puedo decirte / que desde que fui padre comprendí / por fin lo que supone ser un buen hijo”. 
Vuelve a reafirmarse en la escritura. Una y otra vez. En un ejercicio que tiene mucho de metapoético. Gracias a ella, confiesa, “has soportado la sordidez de una vida mediocre y rutinaria”. 
En ese uso del lenguaje que oscila entre lo coloquial y lo trascendente, resulta significativo, a título de ejemplo, la comparación entre un mes de octubre “especialmente extraño, irrespirable e indigesto” con un “potaje de garbanzos o una enchilada”. 
La anécdota elevada a categoría queda reflejada a la perfección en el poema “Sincronías” donde narra (hay mucho relato en estos versos) un antiguo accidente de tráfico en el que destroza el coche de su padre. 
Hice antes alusión al poema final, que lleva el mismo título que el libro. Cito: “Hacer vida –esa es la intención / con la que he escrito este libro– es vivir, / no como si hubiera otra vida, sino como si todo / lo vivido hasta ahora fuera insuficiente, / es hacer de las lágrimas del duelo / semillas que fecundan el futuro / porque, con el dolor como aliado, / la alegría florece con más fuerza”. Y sigue: “Hacer vida es aprender a morir. / Pasada la aflicción, empieza el equilibrio”. No es mala lección.  

Aflicción y equilibrio
Carlos Alcorta
Calambur, Madrid, 2020. 100 páginas. 

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista El Cuaderno


20.6.20

Tía Isabel

A la misma hora que se celebraba en la red un oportuno homenaje a Antonio Franco, con Portugal de por medio, al que pensaba asistir como espectador, enterrábamos en el cementerio de Garganta la Olla, su pueblo natal, a tía Isabel. Isabel Gómez Álvarez, casi centenaria, la hermana pequeña de mi suegro Zacarías. La única de entre tantos hermanos que aún vivía. A pesar de las dificultades, que por suerte cada vez son menos, era necesario acompañar a sus hijos, nietos y sobrinos, a su familia, que es también la mía, en ese penoso trance. Porque fue una persona cariñosa y encantadora con la que uno pasó ratos estupendos. Casi siempre en "la huerta", el jardín de su casa (en la que pasamos una Semana Santa cuando Yolanda y yo éramos novios), bajo la sombra de una parra que luego dio una plantación de kiwis. Allí, en torno a una mesa que antes fue rueda de molino, merendamos muchas veces. Con cualquier excusa. Por el mero hecho de llegar. Era así de espléndida, como su vecina de al lado, su hermana Trini, la mayor, otro ser inolvidable. Entre las dos montaban en un momento un auténtico banquete. Una ponía la morcilla; la otra, el queso. De su casa, encima de la de su madre, bajaba Dioni el tomate ya aliñado (es un especialista). Y no faltaba el vino y el chorizo y los dulces... Qué atardeceres tan placenteros. La conversación viva. Las anécdotas, los recuerdos, el triste relato de las pérdidas... Con la sierra de Tormantos enfrente. La misma panorámica que ya no verá desde su tumba, orientada a esas mismas, frondosas montañas colmadas, en su base, de cerezos; una espesura que rompe el sinuoso trazado de la carretera de Yuste. 
A veces estaban los hijos ausentes: Mari y César. Y los nietos de Isabel (Marisa, Luisfer, Camino, Alberto, María, Pablo e Isabel), que lloraban sin remedio al despedir a su querida abuela (que también era bisabuela). Y otros primos y más gente, porque la familia Gómez Álvarez era y es numerosa, además de cordial. 
Qué contraste con la desapacible tarde de su partida definitiva. Para empezar, en la iglesia. Hermosa, sí, pero desangelada, fría. Como el señor cura, parco y metódico. Algo de calor llegaba del canto recurrente de las ancianas, que a uno le sonó muy verato. Frío también delante del nicho, mientras seguíamos en silencio la larga y meticulosa tarea del operario que lo cerraba, tan mortificante para los suyos. Quedó en compañía de su marido, Dionisio, que, a diferencia de ella, se fue pronto. 
De golpe se levantó un viento impetuoso que parecía lanzar a los dolientes un mensaje cifrado.  
No quisiera uno pecar de necrológico, pero la maldita racha es la que es, y no cesa. Necesito dejar por escrito unas pocas, afectuosas palabras de despedida a Isabelita, como la llamaba su sobrina Yolanda, que tanto la ha querido. Saben bien Mari, Dioni y César que uno también la quiso. Como a una tía más, lo que no quiere decir que fuera para mí una tía cualquiera. Todo lo contrario. Descanse en paz. 

Nota: La imagen que ilustra esta nota es de Jesús Pérez Pacheco

18.6.20

Algunas lecturas recientes


Uno va leyendo, aunque ya no en un encierro, y disfrutando de libros y autores cuyos títulos y nombres acaso merezcan ser comentados aquí, aunque sea por breve y con la debida discreción. Ya que lo menciono, el poeta y crítico José Manuel Benítez Ariza ha empezado a publicar en su muro de Facebook reseñas de cincuenta palabras. Un don de síntesis llevado al extremo, sin duda. 

Estaba con Visita de año nuevo, de Antonio Moreno (Newcastle Ediciones) cuando murió mi prima Ana y tuve que abandonar la lectura. Porque ese libro, intenso y emocionante, escrito en mes y medio, trata de la muerte de la madre del poeta. También de su vida, conviene aclarar, sobre todo en los últimos años. Porque, además de una despedida, es una paseada conversación con ella (junto al mar), "trato de usar expresiones sencillas, palabras comunes. Las propias de un lenguaje claro", explica Moreno, que ya escribió sobre su vida y la de su familia en, por citar los más recientes, No lejos, El sueño de los vencejos (ambos en la misma editorial murciana) y Estar no estando (Un viaje extremeño), que publicó Pre-Textos. Se trata, sí, de "conjurar la melancolía con palabras". "Una madre muerta es un hijo muerto", anota. Y concluye: "Frente al amor que tú me diste, lo demás es literatura". 

El escandinavo, prolífico e incansable Paco Uriz, loado sea, publica en la zaragozana Erial Ediciones Hiperbóreas. Antología de poetisas nórdicas. En el prólogo escribe: "Ahora presento en castellano a estas cuarenta y tantas poetisas nórdicas con obras, más o menos agrupadas en secciones, que tocan el entorno físico, social y político del norte de Europa, el compromiso, el amor y el desamor y la muerte. 
Son voces que vienen de una zona geográfica donde la mujer parece que ha conseguido mayor nivel de emancipación, empoderamiento e influencia de todos los países del mundo. En varios de estos países ha habido, en los últimos años, mujeres como primeras ministras o jefas de la oposición. Pero a pesar de los avances indiscutibles siguen pensando que les queda mucho por hacer". 
Hay voces variadas y asuntos diversos, todos los que a una mujer de este tiempo le ocupan o preocupan. 
Copio, uno entre tantos, el poema "Con nadie", de la danesa Tove Ditlevsen (1917-1976):

Con nadie se pueden 
compartir 
los pensamientos 
más íntimos. 
Para lo más importante 
en el mundo 
se está 
solo. 

Eso es una 
carga eterna 
es un gozo sereno 
que ahí nadie 
pueda llegar a ti 
ni nadie quedar encerrado.

La valenciana Pre-Textos, que no deja de dar en el clavo, publica dos libros de poesía dignos de elogio. Uno, Hágase mi voluntad, del italiano afincado en Málaga Ángelo Néstore (Lecce, 1986), performer y profesor en el Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Málaga. Fue premio "Emilio Prados". La transgresión es aquí norma. Un quebranto, digamos, que empieza por el lenguaje (esto es poesía) y sigue por todo lo demás, si es que fondo y forma, eterno dilema, son entes escindibles. Aquí no lo parece, por ejemplo, cuando trata del tema de la violencia en manada ("Lo bárbaro" se titula la primera parte) o la obediencia. "Marica", "Cíborg" o "Poema contra mí mismo" son elocuentes: "He decidido tirar piedras contra mi herencia / porque yo soy el enemigo / y escribo mi dolor para aceptarlo". 
En la segunda parte, "Lo inhabitable", ahonda aún más en su mundo, la voz es descaradamente autobiográfica, y ofrece poemas tan logrados como "Tú es un altro" (donde intercala versos en castellano e italiano, su lengua materna) o "De por qué me pongo tus camisas usadas", que cierra un volumen que no ha de dejar indiferente al lector. 

El otro, La vida en ámbar, de Julián Montesinos (Alicante, 1963), de tono bien distinto, sigue una línea clásica muy marcada en la poesía escrita por poetas levantinos como el recién aludido Antonio Moreno (hay un epígrafe suyo en la obra), Antonio Cabrera o Vicente Gallego (al que también se cita). La naturaleza aporta serenidad a esta mirada bondadosa y limpia que aterriza en lo cotidiano. Allí, el padre y su caja de herramientas, los afectos, las ausencias, la luz de la tiza, la soledad... Lo de siempre que, por serlo, siempre es nuevo. 

Hilario Barrero, toledano de Brooklyn, ha invitado a treinta amigos (o así) del poeta, profesor y crítico José Luis García Martín a que hablen de él o elijan algún poema suyo y lo comenten. Para celebrar el setenta cumpleaños de Martín (ayer, 17 de junio, fecha del colofón del libro), como le llaman casi todos, que coincide, además, con su jubilación laboral forzosa. El título, cuidadosamente editado por Impronta bajo el sello Cuadernos de Humo, surge de una cita de Nietzsche: Alrededores de José Luis García Martín. En el prólogo, Barrero, cronista de pro, escribe sobre algunas visitas del avilesino de Aldeanueva a la ciudad de Nueva York, tan suya como Nápoles o Sofía, donde tiene su sede la colección que dirige HB. La nómina de colaboradores es variada: Ricardo Álamo, Carlos Alcorta, Javier Almuzara, Xuan Bello, Susana Benet, Juan Bonilla, Ángeles Carbajal, José Cereijo, José Ángel Cilleruelo, Luis Alberto de Cuenca, Avelino Fierro, Vicente Gallego, Enrique García-Máiquez, Fernando Iwasaki, Juan Lamillar, Victoria León, Abelardo Linares, Cristian David López, Martín López-Vega, José Luna Borge, Antonio Manilla, Rosa Navarro Durán, Manuel Neila, Lorenzo Oliván, José Luis Piquero, Daniel Rodríguez Rodero, Marcos Tramón, Andrés Trapiello y Ana Vega. También uno aporta (con perdón) su visión del controvertido, por singular, personaje; tan esquivo casi siempre. Por cierto, el único extremeño del elenco. 
Por su extensión y, en consecuencia, por la calidad de sus detalles, sobresale el texto de Trapiello, que conoce bien al autor de "Lo imposible". Como otros, no se limita a comentar uno (o varios) de sus poemas, sino que cuenta anécdotas de Martín y las relaciona, cómo no, con su propia vida. 
Destacable me parece también lo dicho por otro de sus grandes amigos (aunque nadie sea capaz de definir lo que, tratándose de este hombre, eso signifique): Abelardo Linares. 
En fin, no es cuestión de ir uno por uno, aunque, y eso es lo que importa, la idea de Barrero haya cuajado en una obra tan particular como la persona que la inspiró, para bien o para mal, pues la cosa va por barrios; un nombre imprescindible (si es que a larga alguno lo es) de la poesía española contemporánea, tanto en su vertiente crítica como en la creativa, lo que demuestra de sobra la amplia antología de poemas martinianos que el libro incluye, razón de más para leerlo. 

Precioso es, por fuera y por dentro, este nuevo libro del aragonés residente en Madrid Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) publicado por la veterana Olifante, que dirige Trinidad Ruiz Marcellán. Hay en Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones una curiosa mezcla de sabiduría (muchos versos pasarían por aforismos: "La memoria es una llave maestra") y desenfado, de gravedad e ironía. Lo prosaico y lo lírico. Lo meditado y lo que sólo surge de la inspiración. Muy bien dosificada, cabe añadir. "¡No leas humo!", dice en el primer poema. Esta poesía, a buen seguro, no lo es. Y añade: "¡Aunque sea sobre agua escribe fuego!", que no deja de ser una excelente poética. "La sencillez" se titula otro poema, digamos, programático. Porque "Tenemos esta vida en alquiler". La visión de la vida desde las postrimerías (que deseo largas) quita muchas telarañas a los versos de casi cualquier poeta. Espmark diría: el estilo tardío. Por medio, el amor, los viajes, la casa, el exilio, la familia, los viejos... Hay muchos signos de admiración en este libro ("¡Qué sagrada la luz que nos apaga!") donde predomina lo hímnico. 
Los deslumbramientos (el verdadero poeta no abandona nunca la perplejidad) termina con un poema que a uno se le antoja machadiano: "Muy dentro". 
En las recapitulaciones, que tienden a lo versicular, se pregunta, piensa, rememora, se tapa los ojos, vuelve, recapacita, evoca, mira, ve... "Cultiva la serenidad. Vive austero", recomienda. Antes dijo: "Envejecer es un catálogo de averías, un repertorio de reparaciones". O: "Somos parte de la destrucción, / ruina nosotros mismos". Para concluir: "Fui amanecer. Soy ocaso". 

Nota: La ilustración corresponde al cuadro "Andreas Reading", de Edvard Munch.

16.6.20

Fermín Herrero lee "Porque olvido"


Es una suerte inmensa para aquellos, como él, «analógicos irredentos», incapaces de disfrutar de las letras en la pantalla con aprovechamiento, y para los apasionados de la literatura, a los que ahora pomposamente se llama letraheridos, que Álvaro Valverde, sin ningún lugar a dudas uno de los poetas de referencia de la poesía actual en español, se haya decidido a desbrozar su blog, igualmente ineludible para todo aquel que quiera estar al tanto del panorama lírico y aun de la poesía en general, para publicar en papel aquellas entradas que ha juzgado idóneas para asignarlas al versátil subgénero del diario. Ha hecho bien, además, en decidirse a entregarnos esta selección puesto que sospecho que en el fondo, como confiesa en la introducción del volumen, se decidió a abrir su blog, bitácora o libro de vario asiento, aunque dude, tal vez un poco por coquetería intelectual, de si «la aventura merece la pena», por la ilusión cumplida de que al fin hubiese encontrado un recipiente idóneo para contener, y obligarse a sí mismo por consiguiente, a llevar un diario, una oportunidad para vencer su pereza, por falta de constancia y de hábito, que no ha desaprovechado.
Porque olvido es, pues, fruto de la escarda, sobre todo de recensiones y de artículos de crítica literaria, de lo puramente literario en suma, y del espigueo de aquellos apuntamientos del blog que atañen, a grandes rasgos, a lo personal, porque creo que tampoco en el blog que muestra en internet tienen cabida apenas ni lo íntimo ni lo privado. De hecho, en el libro insinúa por partida doble que lleva a tal efecto, en paralelo, una especie de blog secreto, que naturalmente no va a airear. Me he acordado al leerlo, por la parte hiperbólica, del caso casi enfermizo del matrimonio Tolstói y de los múltiples diarios, algunos bajo llave o escondidos, que llevaban ambos cónyuges.
En este sentido, el deslinde entre lo privado y lo público por un lado, y entre lo íntimo y lo literario por otro, es una de las cuestiones que suscita el libro y que afecta de lleno a la naturaleza del subgénero diarístico en sí, en cuyas características no entraremos aquí por exceder nuestras intenciones pero que surgen durante su lectura, en particular la del sucinto prefacio del propio autor, titulado «Solvitur ambulando», el lema que figura como frontispicio del blog, una receta que al parecer le prescribió «el viajero Patrick Leigh Fermor al trotamundos Bruce Chatwin» y que se aplica a él mismo, pues no en vano es un caminante curtido casi a diario en paseos solitarios, un tanto ariscos incluso, tanto campestres, por los alrededores del molino tutelar, la «parte sustancial» de su territorio poético, esto es, de su mundo, como urbanos, por su Plasencia natal, tanto largos, de varias horas, como cortos, según su estimación, pues serían más o menos de cinco kilómetros. Está claro que Valverde pertenece a la nutrida estirpe de los escritores andariegos, que van de Basho a Walser, por citar dos extremos, o, en su caso, de Claudio Rodríguez a Antonio Machado, autores de poemas andados que son dos de sus faros líricos.
Como decía, el prólogo y la primera entrada dan pie para reflexionar sobre los rasgos genéricos, entre lo épico y lo didáctico, del diario, tan difusos, en los que no vamos a profundizar. De la amplísima taxonomía diarística en España, y eso que era una modalidad casi inédita por nuestros lares hasta hace poco —no como en otros países occidentales, Inglaterra y Francia sobre todo, con referentes fundamentales que irían de Renard a Léautaud, de Bloy a Gide— han escrito con mucha solvencia Anna Caballé y Laura Freixas, autora ella misma de uno muy peculiar. De hecho, a veces se cita a autores ya del siglo XX como Rosa Chacel o Josep Pla como antecedentes de la eclosión actual a lomos de la moda de la autoficción narrativa, a buen seguro multiplicada pronto por el confinamiento pandémico, de una heterogeneidad amplísima, de Jiménez Lozano a Trapiello, los más sustanciales a mi juicio de entre los que conozco, de Luna Borge a Sánchez-Ostiz, de Iñaki Uriarte a Roger Wolfe, por nombrar alguno de los que me vienen ahora a la cabeza. Recientemente recuerdo los del crítico dramático Marcos Ordóñez o del novelista Miguel Ángel Hernández. Valverde, que se incorpora con todas las de la ley a la nómina de esta nueva tradición tan fecunda en nuestra literatura hodierna, cita los no menos espléndidos —adjetivo que tomo de Santiago Castelo— de tres autores que me resultan también tan queridos: Luis Javier MorenoJosé Antonio Gabriel y Galán y José Carlos Llop.
En cuanto a la diferencia, aspecto igualmente harto interesante, entre el diario propiamente dicho y el blog, rincón particular, concebido en su caso más bien como un cajón de sastre, por sintetizar, un poco a la buena de Dios, su delimitación, diría que éste tiene una inmediatez de la que carece el diario literario, que con frecuencia se retoca e incluso elabora con posterioridad, a partir de las notas tomadas, muchas veces a vuelapluma, en el momento: pensemos en los citados Trapiello y Jiménez Lozano. Seguramente por eso señala Valverde que no ha corregido prácticamente nada de lo aparecido en pantalla. Ofrece, eso sí, en este orden de cosas, la posibilidad de acudir a la fuente para completar información mediante un enlace. Por lo demás, él mismo confiesa, al aclarar de inicio algunas de estas cuestiones textuales, su contumaz afición a los diarios de toda laya y condición, no sé si, como me sucede a mí como lector, por la libertad absoluta que proporcionan sus fronteras permeables en cuanto a su contenido y la posibilidad de acceder a zonas vedadas a otros géneros. En mi caso, la incorregible propensión vence siempre a la mala conciencia de cierto voyeurismo vergonzoso de la vida de los otros.
Ahora bien, semejantes disquisiciones y elucubraciones genéricas son de todo punto ociosas y prescindibles por completo para el lector, así que vayamos a la materia del libro. Como resumen apresurado de su contenido, me he acordado de aquello que se dice le pidieron en su día Villaespesa y Rubén Darío a Juan Ramón Jiménez: que abandonase su blanco retiro moguereño para ir a Madrid a luchar por la poesía modernista. Desde el principio queda claro que Valverde se ha entregado a esa misma guerra, siempre perdida, desde que se conjurara con Campos Pámpano, los Lama y Feria, bajo la orientación inicial de Felipe Núñez, para «modernizar y poner en hora» la literatura extremeña y «acabar de una vez por todas con la cerrazón y el anacronismo». Y a fe que esa regeneración cultural fraguada en un compromiso firme y constante con su tierra se ha logrado. No cabe sino ponderar esa labor a través de las Aulas de Cultura, los Planes de Fomento de la Lectura o la Editora Regional, cuyos frutos son evidentes: bastaría constatar la pléyade de escritores, en particular poetas, surgida en los últimos años en Extremadura, notable en cuanto a calidad y cantidad, muy por encima y sin parangón en el resto de España, a mi juicio como consecuencia de este empeño, del entusiasmo sin tregua por la literatura de verdad y por su enseñanza, difusión y contagio.
Pero esa defensa cerrada de lo literario, de la poesía como pasión, quizá vicio a mayores, y vida («Defensa de la poesía» se titulaba una charla que ofreció en la Biblioteca Torrente Ballester de Salamanca), conlleva y acarrea trajines múltiples y sinsabores varios. Aun así, conociendo a la perfección el percal de la negra provincia de Flaubert y del conjunto del país, de la triste condición de los poetas, genios siempre incomprendidos y amarrados a modo trepa al resbaladizo escalafón, sometidos a la vanidad y por tanto sobornables a bajo precio, siente debilidad por todos ellos, y se muestra comprensivo a la manera estoica con sus miserables y ridículos pecados. Por eso acude a donde lo llaman, a actos, clubes de lectura, coloquios, mesas redondas o presentaciones, siendo, por timidez o por alergia al trato y conversación, poco proclive a semejantes tiberios. Cumple siempre, a debida distancia, sintagma que dio título a uno de sus libros y repite varias veces como indicador de sus prevenciones, pese a proclamarse huidizo («Desaparecí. Según costumbre»), de ahí que tenga fama de escapista («hacer un Valverde», al decir de Jordi Doce). Se aplica a rajatabla, en este sentido, el lema de Ferrater: «Diré lo que me huye. Nada diré de mí», en efecto no hay en las cuatrocientas páginas de la recopilación ni rastro de la viscosa baba del yo, en relación con lo dicho de la ausencia de intimidad.
La enojosa brega en actos sociales o con autoridades (como dice en un poema de circunstancias cum mica salis en honor de Santiago Antón: «Los dos hemos bregado/ con poetas, artistas y políticos») no le impide centrarse en la lectura por sobre todas las cosas. Aquí sólo se mencionan, al hilo, algunas, pues ha eliminado como dijimos recensiones y comentarios críticos, pero su amplitud impresiona, se arrima al cobijo seguro de HeaneyBrodsky o Zagajewski, o de forma en cierto modo sorprendente de Lanza del Vasto o Askildsen, da buena cuenta de los clásicos y de sus maestros del cincuenta y anteriores, pero también se ocupa de poetas jóvenes. De la misma manera, ya que he nombrado a dos premios Nobel y a otro que debería serlo, el amor por su tierra, «escondrijo, acechadero», sus pueblos, el paisaje y el paisanaje, por los últimos estertores de una civilización campesina, que recorre repetidas veces al volante por carreteras secundarias, otra de las cifras de su poesía, así como por lugares emblemáticos: Yuste y el cercano Cementerio Alemán o su Plasencia del alma, sus Plasencias, para ser más exacto, para bien y para mal, «odi et amo», a ver qué remedio, no obsta para una visión universalista en la línea del adagio de Torga: «Lo universal es lo local sin paredes».
Son multitud, claro, los motivos colaterales que asoman por los apuntamientos, desde tipos y escenas costumbristas hasta digresiones sobre los cafés y su idiosincrasia o la dispar tipificación de las piscinas naturales y públicas; de la evocación de cantantes de su juventud a remembranzas agridulces de su niñez; de sucedidos familiares, tratados con discreción y pudor, o personales, por los que pasa de puntillas, así su destitución de la ERE, a viajes en auto por toda la geografía patria y algo de su amado Portugal, con mucha frecuencia a Conil, Gijón y Salamanca; desde incursiones en la escultura, la pintura, la música o el cine, las menos, a las bromas sobre el baldón agropecuario que le han caído a sus poemas o el provincial igual de anticuado, sambenito de sus novelas; desde las diversas y acogedoras librerías a su admirable vocación de maestro de escuela, base, me imagino, de su dedicación a tiempo completo a la difusión de lo poético.
El tono del libro de este «solitario empedernido», que es seguramente muestra y retrato de su carácter y de sus adentros, se me antoja el de su poesía «por libre», en acepción de Juan de Mairena original por vía de la tradición, que no novedosa, y viene determinado por el sugerente cuadro de la portada, Melancholia, del pintor finisecular Charles Corbet. «Soy más melancólico que nostálgico», aclara el propio autor, pero no sé si hay una cosa sin la otra; bueno, acaso sí en Cervantes y por esa vía suavemente melancólica, con una gravedad cierta pero asordinada, proceda Valverde. A este respecto, cabe recalcar la presencia abrumadora de la muerte, la abundancia de notas necrológicas, de obituarios como homenaje, plenos de gratitud, de conocidos, de familiares y de una larga lista de escritores. De hecho las dos últimas anotaciones, sobre el gran poeta Antonio Cabrera y el gran editor y narrador Julián Rodríguez, lo son. Y sobre todo el libro gravita la figura de su cómplice mayor: Ángel Campos Pámpano. Esta propensión, conjeturo, tal vez emane, en palabras del escritor, de los «efectos colaterales de la melancolía, por decirlo con Jean Clair».
En suma, Porque olvido destila un «fervor por los versos», como él mismo señala con ese sustantivo que lleva directamente a sus admirados Borges y Zagajewski; una defensa a ultranza, en todos los ámbitos, de la poesía, sea vertical u horizontal; de la literatura sentida al modo tradicional en el más amplio sentido de la palabra. No es de extrañar que se cite en varias ocasiones a Steiner y su idea de Europa, pues la literatura tomada así es el humus y sostén de una cultura, la nuestra, la occidental, de una civilización amenazada por la barbarie y la frívola banalidad representada en el terreno lírico, bajemos por ejemplo al barro del cuadrilátero internauta, por la para, sub, infra poesía que Valverde, en nombre de la inmensa minoría, viene combatiendo quijotescamente por los medios. Y siempre con la misma prosa limpia, con la misma claridad y precisión de estilo, cada vez más machadiano, como evidencia su parco confidente habitual, al tiempo maestro, ejemplo y amigo, el también placentino Gonzalo Hidalgo Bayal, de su poesía y su narrativa.

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista El Cuaderno

15.6.20

La poesía de Lars Gustafsson

Del autor sueco (1936-2016) hay abundante obra publicada en España. Pero sólo en la vertiente narrativa. Su novela más celebrada es sin duda Muerte de un apicultor, que publicó El Aleph en 1986 y Nórdica en 2006 y 2016. Era una anomalía literaria que no tuviéramos en castellano una amplia muestra de su poesía de la que apenas conocíamos poemas sueltos gracias a la extraordinaria labor divulgadora de Francisco J. Uriz, al que nunca se le podrá reconocer lo suficiente su trabajo a favor de la literatura escandinava. Es más, uno desconocía que en su país era considerado, ante todo, poeta. De ahí que uno celebre la aparición de Puentes. Antología (1962-2016), en edición y traducción del profesor e hispanista Mikael Rydén, que añade a su exigente catálogo la palentina Cálamo con el acierto y el cuidado que acostumbra. Aunque el Nobel se lo llevó su amigo Tomas Tranströmer, bien podría haberlo conseguido Gustafsson. Pero no es eso lo que importa. Para este lector lo sustancial ha sido encontrar una poesía excelente, de una altísima calidad, digna de un poeta y no, digamos, de un escritor que escribe poesía, y espero que no se malinterprete el matiz.
Gustafsson, que se formó como filósofo, ha cultivado todos los géneros literarios. "Su obra completa es voluminosa, de unos ochenta volúmenes", explica Rydén. Es, además, uno de "los numerosos escritores suecos exiliados durante parte de su vida". Vivió, por ejemplo, en Berlín y en Austin, Texas. Y un polemista de talla. 
"Ya desde su primer poemario -comenta su editor y solvente traductor-, Gustafsson marca su distancia con la tendencia surrealista. [Hay que tener en cuenta que la renovación poética o modernismo fue muy tardía en Suecia.] Además, desaprueba el afán modernista de expresar lo inefable. Como filósofo, Gustafsson había sido educado dentro de la tradición analítica, lo que en parte podría explicar ese doble rechazo. Según Gustafsson, todo lenguaje sirve para la comunicación. De aquí la claridad y llaneza de su idioma, que ofrece pocos problemas de desciframiento. La poesía la ve como un instrumento cognitivo con el cual explorar la realidad y los límites del saber". La cita es larga, pero elocuente. 
Un tema clave de su poesía, subraya Rydén, es "el de los dos (o varios) mundos cercanos aunque irremediablemente separados entre sí". En poemas como “El perro blanco”, “Dataciones”, “Ilusión”, “Cristal de ventana”, “El bosque” y “Llegué a una plaza”. 
Indica dos "aspectos importantes" de su poesía: que en sus poemas "pululan los sistemas tecnológicos y los conceptos científicos" (fue alguien "bastante versado en matemáticas y ciencias naturales", ) y "lo recurrente que es en su poesía el tema de la naturaleza". Precisa que "Nació y creció en la provincia de Västmanland, en el centro de Suecia. Incluso después de haberse trasladado a los Estados Unidos, volvía todos los veranos a su provincia natal". A continuación agrega:"Se dice de muchos escritores suecos que son discípulos de Carlos Linneo, el gran científico y escritor dieciochesco. En mi opinión, Gustafsson lo es en mayor grado que la mayoría. Ambos son viajeros y exploradores del mundo tangible".
El traductor constata que su "actitud es racionalista, por lo que sus indagaciones muchas veces terminan en lo enigmático. El “estilo” de Gustafsson, por lo tanto, no hay que verlo como un efecto “literario” sino como la expresión personal de su vivencia del mundo". 
"La disposición de la antología es temática. Los cuarenta y tres poemas son seleccionados de dieciséis entre sus dieciocho poemarios", concluye.
Los poemas son, por usar una sola palabra, potentes. Escritos por un hombre lúcido. Están muy bien armados y remiten a un mundo donde cobran importancia los paisajes y los lugares ("Los hermanos Wright buscan Kitty Hawk", "Un paisaje", el impresionante "Balada de los senderos de Västmanland", "Nostalgia por el bosque de Våla Occidental", "El bosque"), la exploración y descubrimientos ("El Malacate de Polhem"), la aventura y los viajes ("Balada de los perros", con Ibn Battuta, "Los puentes de Könisberg"), las casas ("La vieja casa"), las matemáticas ("Los números primos"), los libros ("La salida de Robinson")... No le deja a uno indiferente la lectura de "Liebre", "Somorgujo", "Elegía a Sörby", "La esposa de Lot", "Sólo el río permanece", "A menudo sueño aquí" o, por no citar a este paso todos, "Monólogo", una suerte de autorretrato que deja ver a las claras la talla poética de Gustafsson.
He aquí un puñado de versos entresacados de estos poemas que cito: "En el siglo XIX el mar a menudo huele a cerrado". "Hablamos y las palabras saben más que nosotros. // Pensamos, y lo que pensamos corre delante, / como si lo que pensáramos supiera algo / que no supiéramos nosotros". "«La naturaleza es buena», se dice / en ciertos productos. / La naturaleza es buena. / ¿Y cómo lo sabéis, / mercachifles de margarina?". "Escribimos los senderos y los senderos perduran / porque son más sabios que nosotros / y saben cuanto queríamos saber". "Qué mansas y ausentes se vuelven las cosas". "... y quedarse para siempre en esa patria chica / que ya no existe". "La vida que fue no es mía. / La mía nunca la hallaré". "Dudo, y por tanto soy". "Amarme es difícil, según creo. / Es difícil decir quién soy y dónde me encuentro". "Me pides un consuelo, no son fáciles los últimos consuelos".
Los tres poemas finales son también espléndidos y se incluyen, explica Rydén, por sugerencia de la mujer de Gustaffson, la escritora Agneta Blomqvist. Ella está en ellos. En "Será un día", el poema que abrocha delicadamente esta preciosa antología, leemos: "Tú estarás allí, / aunque no hablarás mucho: / pasarás solo tu mano por mi pelo / mirándome a la cara / con esa leve sonrisa / que trasluce el brillo de tus ojos".

Puentes. Antología (1962-2016)
Lars Guftansson
Edición y traducción de Mikael Rydén

Cálamo Poesía, Palencia, 2019. 112 páginas. 16 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno