21.7.18

Novedad























El próximo 4 de octubre estará en las librerías. Ya lo anuncian en las páginas de Planera de Libros

20.7.18

Fábulas inversas

Como hemos comentado alguna vez, la publicación en Tusquets Editores de Paradoja del interventor marca un antes y un después en la carrera literaria de Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950). Eso fue en 2004. Para entonces, Bayal ya había dado a la imprenta, en orden de aparición, las novelas Mísera fue, señora, la osadíaEl cerco oblicuo, Campo de amapolas blancas y Amad a la dama, así como los libros de ensayo Camino de Jotán. La razón narrativa de Ferlosio y Equidistancias. También los relatos de La princesa y la muerte, que vio la luz en la preciosa colección La Gaveta, de la Editora Regional de Extremadura (entonces dirigida por Fernando T. Pérez González) en 2001 y que ahora recupera para su catálogo Tusquets, donde el extremeño  ha publicado, además, las novelas El espíritu áspero, La sed de sal y Nemo, y los cuentos de Conversación.
Si esa feliz y azarosa circunstancia no se hubiera cruzado en el camino de Bayal, ese salto cualitativo a la primera división literaria, no sabemos qué hubiera pasado con su obra, aunque es más que probable que hubiera seguido escribiendo y, por añadidura, publicando en las mismas, modestas editoriales provinciales o minoritarias nacionales donde se dio a conocer como el narrador que es, uno de los más singulares y necesarios del panorama patrio, algo que han sabido reconocer los críticos y los lectores más avisados, amén de no pocos compañeros de trabajo, por más que el gremio de los escritores no se caracterice precisamente por su generosidad. Uno no sabe (o sí, conociendo cómo se cuecen esas cosas) por qué no tiene en su palmarés, que haberlo haylo, los premios Nacional y de la Crítica, como se preguntaba aquí atrás en Babelia Ernesto Ayala-Dip, pero puedo afirmar que la suya es una obra para los lectores y no para el público, lo que no obsta para creer, como dijo hace poco Luis Landero, que “sería un signo de esperanza de la buena salud literaria de los lectores españoles” si ocupara plaza en la lista de “los más vendidos”.
En el esclarecedor epílogo que ha puesto a esta nueva edición de La princesa y la muerte (ilustrada por Lucas Baró), titulado “¡O Ko-si! ¡O Ko-si!” (en chino, “¡Cuánta agua! ¡Cuánta agua!”), el autor explica la génesis de estos relatos escritos entre 1997 y 2001. Son fruto de su original invención (como destaca el citado Landero) y surgieron de las historias contadas a su hija Blanca, destinataria del conjunto, a lo largo de numerosos paseos vacacionales compartidos por la playa onubense de La Antilla. De ahí lo de “fábulas domésticas”. Antes de hilvanarlos, hubo años y paseos alrededor de otros cuentos procedentes de “la cultura popular occidental”. Por eso hay en éstos un aire clásico que los acerca a aquéllos, una amalgama de tópicos sabiamente dosificados que les aportan la solidez propia de lo indeleble.
Desde el principio, Bayal los denomina fábulas. Se acoge a su maestro Ferlosio, como tantas veces, para concluir que “el protagonista de la fábula es el universal”. Universal que “constituye en personaje un ser ya conocido para todo oyente”. Sus “procedimientos narrativos” quedarían fijados así: “en todas las fábulas estaría la princesa y en todas las fábulas rondaría la muerte (la muerte a secas, no su personificación)”.
El objetivo estaba claro: “subvertir el derecho narrativo clásico, anular la compensación moral de las fatigas, perturbar la lógica popular del desenlace”. Y aclara más: “siempre la trama o su revés se anticiparon al tema”. Y sigue: “nunca he ido del tema a la trama, que nunca (al menos, de modo consciente) me ha interesado el tema. Siempre he partido del personaje en situación”. Por su afición al juego de los números (un guiño hacia su hija, que ha dado en matemática) y a la Biblia, desvela en otra fábula por qué son veintiuna las seleccionadas. Si fueron siete los días de la creación, seis de ellos productivos, y el primer día el creador contó una y el segundo dos y así sucesivamente, a la postre contó veintiuna.
Porque son una suerte de variaciones sobre el mismo “procedimiento narrativo”, ya se dijo, la unidad está garantizada y el libro armado, nunca mejor dicho, como un artefacto literario cerrado y perfecto.
Según Fernando Aramburu, “La fluencia narrativa remeda la de los cuentos clásicos para niños; la prosa y la ausencia de moraleja final interpelan asimismo al público adulto”. 
Tenía este lector una vaga idea de aquella lectura de hace diecisiete años. La nueva, en sentido estricto, es diferente. Acaso uno es también otro. Lo tenía por un título raro en la trayectoria bayaliana y, sin embargo, no he leído sino la prosa genuina que atraviesa todos sus empeños. Esa marca de la casa, el estilo, donde prima el lenguaje por encima de temas y tramas o viceversa. Con sus latines y todo (“Ubi rex, ibi lex”). Y en esta ocasión con giros en desuso (“en pos”, “sin vos”, “súpose”) que le aportan una pátina antigua.
Vuelve a comprobarse la importancia de la moral, de lo moral, otra de las señas de identidad de su razón narrativa. Gente que dice no, como Nemo. Ya se cumpla según la tradición cristiana, ya se subvierta, como ocurre con la plantilla habitual de este tipo de relatos donde no hay finales felices ni, por cierto, apenas aparecen animales, más allá de los caballos o del bestial dragón. Entre líneas, surge el afilado aforismo. Para decir lo que otros ya han dicho no ha escrito ni una sola línea Gonzalo Hidalgo Bayal.
Como en muchas de sus obras, en estas fábulas el territorio es áspero, tórrido, lóbrego y árido. Todos los personajes (el caballero, la princesa, el leñador, el mercader, el juglar) siguen “el hilo del destino”. Rige al azar. Los reyes tienen emociones, aunque la crueldad y el cumplimiento inexorable de la ley se impongan a la hora de tomar las decisiones. La maldad gobierna. La compasión persiste. El viaje es constante. A veces, sólo termina con la muerte. No falta el juglar para “inmortalizar la hazaña en verso heroico”. Es el papel que en este libro cumple el narrador, quien asimismo cree en la perduración a través de los textos, en “el secreto consuelo de las palabras interiores”. Como la mayoría de nosotros, los caballeros errantes son seres solitarios. Se advierte, en fin, de “los peligros del amor y de la incertidumbre de la muerte”.
Subrayo, para terminar, el puro placer de leer que este libro depara. En su más vieja y prestigiosa intención. En sus páginas se recuperan sensaciones perdidas, de cuando la inocencia de leer lo era todo. Celebro, como Luis Landero, “las gratas horas de soledad que uno pasa embelesado con estas historias”. Y este sí es un final feliz.  

Nota. Esta reseña ha aparecido en el número 127 de la revista Turia.

16.7.18

Trapiello y Villalobos en EC

Y
Andrés Trapiello
Pre-Textos, Valencia, 2018. 112 páginas.

Salvo el cuento y el teatro, Andrés Trapiello, leonés del 53, ha cultivado todos los géneros: la novela, el diario, el ensayo, la crítica, el aforismo, la traducción, el artículo, etc. Es, además, editor (en el doble sentido), pero, por encima de todo, poeta, algo que se aprecia a lo largo y ancho de su extensísima obra. “La poesía es lo único que cuenta”, ha manifestado.
Sus primeros libros de versos (Junto al agua, Las tradiciones, La vida fácil y El mismo libro) se agruparon en el volumen Las tradiciones. Llegaron después, Acaso una verdad, Rama desnuda, Un sueño en otro y Segunda oscuridad.
De Y explica: “Buena parte de estos poemas se escribieron en una casa situada entre dos caminos. Semejan la v de una horquilla. Desde la terraza vemos cómo se juntan allá abajo, frente a nosotros, antes de proseguir su curso formando una y”. “Es homenaje únicamente a ese solitario rincón del campo extremeño”, añade.
Ajeno a vagos hermetismos, Trapiello reúne un puñado de poemas, una suerte de variaciones, que sus lectores habituales no podrán desligar ni de su larga trayectoria poética (de una coherencia significativa) ni de su magna serie diarística Salón de pasos perdidos. Allí, la presencia de Las Viñas es central. Aquí, otro tanto. Pero vayamos por partes. De un lado, a la hora de explicar su poética, de tono meditativo (léase “De paso”), conviene echar mano de dos títulos ya mencionados, pues son más que eso: El mismo libro y Las tradiciones. El primero porque, ya se dijo, hay una continuidad esencial en toda su trayectoria que da en un libro único, en su doble sentido. El segundo, porque condensa la voluntad de entender la poesía como una suma o mezcla de tradiciones que, al final, son una sola: la verdadera. Él bebe de los clásicos, sin duda, y no deja de homenajearlos, ya sean occidentales u orientales, antiguos o modernos (JRJ, Machado, Unamuno), siquiera sea porque la inspiración surge no pocas veces de la lectura y Trapiello es un lector genuino.
Opta por la sencillez y por la cervantina “llaneza”, con el propósito de dar a sus poemas la máxima luz y la mínima complejidad, en ese justo punto donde el misterio toma la palabra.  La poesía, sostiene, es “el cultivo de la naturalidad”. De ahí que su vocabulario esté gastado por el uso, aunque emplee a veces anacronismos, hermosas palabras perdidas acordes a lo que se quiere expresar. Una exactitud que le sirve para nombrar un pájaro o un árbol.
No sería la primera vez que se calificara esta poesía de “agropecuaria”. En España, no se comprende bien que la modernidad nada tiene que ver, como asumió la lírica anglosajona, con que su escenario sea la ciudad o el campo. En todo caso, este “capricho extremeño” (título que adoptó para reunir algunas páginas de sus diarios dedicadas a la casa del Pago), universal por principio, le sirve para celebrar un paisaje preciso (por más que viaje en este libro a otros lugares: Fuerteventura, París…) y un amor concreto, por M. Pues “que el amor / es la más dulce y firme / servidumbre de paso”. Un amor extensible a su padre y a su madre y, cómo no, a sus hijos. Todos ellos (“ya somos inexpugnables”) pueblan esta angosta esquina de la tierra donde un solitario acompañado, digamos, dialoga en la intimidad consigo mismo (“Pero aquí estoy a solas yo conmigo”) y con cuanto le rodea. Alguien que al cabo canta, como la oropéndola, en medio de una vida “que va por libre”, “labrada entre papeles”. La misma que viviría nuevamente.

Jorge Villalobos
Hiperión, Madrid, 2018. 70 páginas. 

Jorge Villalobos (Marbella, 1995) publicó en 2014 Mi voz, que te reclama y ha recibido este año el premio Ópera Prima de los Premios Andalucía de la Crítica por La ceniza de tu nombre. Con El desgarro consiguió el XXXIII Premio de Poesía Hiperión.
Sí, esta es la historia de un desgarro. En el epígrafe inicial, de Javier Fernández, se alude a un lenguaje “directo, seco” y, antes, a la necesidad de contar, de hablar de algo. Ese “algo”, digámoslo pronto, es la muerte de la madre del poeta, a la que ya dedicara el poema “Elegía a Carolina Portalés”.
Nuevas citas de Rilke, Vitale y Lee Masters inciden en el anuncio de lo terrible. A partir de ahí, en “Fotografías”, cuarenta fragmentos en prosa (con forma de columna) componen un poema único donde se nos narra lo ocurrido. Pretende escribir, dice, “un poema humano, indefenso”. “Un libro sobre este dolor”. “Cada palabra en carne viva”. Confiesa: “Necesité más de trece años para decir que murió mi madre”. “Hablo del dolor, la verdad del dolor, el ahogo de la pérdida”, dice. Porque “un hijo sin su madre no es un hijo”.
Se cruzan, además, otras circunstancias en este lacerante relato vital, de deliberado tono autobiográfico, que resalta el consuelo que puede proporcionar la poesía y lo que ésta tiene de terapia. Así, la enfermedad que él mismo padece en pleno duelo (truncándole una prometedora carrera deportiva como nadador de élite): el Síndrome Guillain Barré. Y otras dolencias: el Alzheimer de su abuelo (que luego padece su padre, otra figura central: “me veo a mí en su lugar”), el cáncer de su tía, la leucemia de un amigo… Pero que nadie se llame a engaño: el libro carece de patetismo, a pesar de la crudeza, de su ineludible emotividad, de la constatación, ante semejante panorama, de que “a veces querría haberme muerto”. Porque “el futuro fue un tipo de muerte”, su “peor pesadilla”. Sin embargo, “Nada se pierde para siempre”. “Nada en esta vida muere por completo, permanece en algún lugar de nosotros”. Por ejemplo, un niño de seis años que juega con los suyos en la playa. Alguien que repite “no te mueras”.
En “Deshabitado”, extenso poema final, leemos que “El dolor es un camino hacia quienes perdimos”. “Escribo estos poemas en su memoria. Es mi homenaje”, afirma. Aquí, “sólo la verdad”. No un libro, una casa, un hombre.

Nota: Las reseñas de Trapiello y Villalobos se publicaron en El Cultural el pasado día 13 de julio.

15.7.18

Poemas ingleses

Jordi Doce (Gijón, 1967), no hace falta recordarlo, es uno de los nombres mayores de la poesía española contemporánea. Y no sólo por su condición de poeta (su último libro, No estábamos allí, publicado por Pre-Textos, lo ha demostrado de sobra y por eso ha aspirado a nuestros premios más importantes), pues a esta hay que sumarle la de crítico y ensayista (acaba de aparecer una reunión de artículos, Curvas de nivel, que cartografía su formación literaria, sus gustos y disgustos, que es tanto como decir, teniendo en cuenta su elevado y exigente criterio, un mapa fiable de nuestro panorama lírico), así como la de traductor. A la poesía inglesa, precisamente, dedicaba dos capítulos del libro que acabo de citar, editado por La Isla de Siltolá.
Desde que se licenció en Filología Inglesa en la Universidad de Oviedo, se doctoró en Letras en la de Sheffield y fue lector en la de Oxford, no ha dejado de reflexionar sobre la literatura escrita en esa prolífica lengua y de verter al español a los poetas de esa inmensa tradición. De ese trabajo gustoso dan fe numerosos libros traducidos por él, de autores tan fundamentales como Hughes, Tomlinson, Eliot, Simic, Burnside, Carson, etc. Ya forman parte de la formación sentimental (esto es, poética) de más de una generación de vates tanto de uno como de otro lado del Atlántico.
La asturiana Trea publica ahora Libro de los otros. Se trata de una amplia muestra de poemas ingleses que corresponden, en su mayor parte, a poetas que usan ese idioma, nacidos en Gran Bretaña, Estados Unidos o Australia, si bien traslada unos pocos de otras lenguas (como los de Bei Dao), siempre a través del inglés. Lleva por subtítulo "Versiones comentadas". En efecto, cada poema lleva el precioso añadido de una nota que le hace no sólo más comprensible, sino también más personal y cercano. Hay mucha autobiografía en estas slevee notes. Es significativo lo que estos “créditos” aportan. Sobre todo, erudición y conocimiento. Y don de síntesis. Asombra a veces su rigor. Digno de un anglista profesional, cabe añadir. La categoría de su crítica puede compararse con la anglosajona, a la que no deja de homenajear. Pienso en Eliot, por ejemplo, y no porque pretenda exagerar. Estamos, en fin, ante un lector incisivo e inteligente que destila, cuando procede, ironía y humor. Alguien que facilita a los otros lectores la compleja, intensa tarea que supone leer poesía. 
Los poemas escogidos no lo son porque sí. Quiero decir que, a pesar de que el propio gusto marque la elección, su sentido, digamos, de responsabilidad lectora consigue que la antología se convierta en paradigma de lo que la poesía inglesa contemporánea es y representa. 
Estas versiones se han venido publicado en Perros en la playa, el blog de Doce, pero no cabe duda de que al leerlas, debidamente corregidas, en papel cobran otra vida; al menos para los seres analógicos, más honda e interesante. 
Para encajar, nunca mejor dicho, los comentarios y los poemas en las páginas, el maquetista ha tenido que lograr ciertas filigranas tipográficas que a uno le parecen tan arriesgadas como efectivas, pero que no tienen por qué agradar a todos. 
El gusto al que antes me refería, "más ecléctico que confuso", da para un amplio y variado florilegio ordenado alfabéticamente (por los apellidos de los concurrentes) en el que encontramos poemas y poetas conocidos, otros que no lo son tanto y hasta perfectos desconocidos, al menos para los más.
De los primeros podemos citar, entre otros, a Ashbery, Auden, Burnside, Auster, Carson, Dickinson, Donne, Eliot, Glück, Graves, Heaney, Hughes, Hill, Koch, Lawrence, Nabokov, O'Hara, Plath, Pound, Shakespeare, Simic, Spender, Strand, Thomas, Tomlinson, Williams o Yeats. Pero, insisto, hay más. Como Boyle, al que conoció a través de Eugenio Montejo; Duffy, Poeta Laureada; Feinstein,  traductora de Ajmátova y Tsvetáyeva, biógrafa de Hughes; Gibbon, del que presenta "Oda: en una estación se servicio de 24 horas"; Graham, un exquisito poeta de la naturaleza; Hewitt, un descubrimiento; y Jeffers, Justice, Muir (con vida de novela), Rakosi, Redgrove ("En el huerto", excepcional), la centenaria Replansky, Romer, Smart, Tanning o Yang.
El fervor de Doce por la poesía inglesa se ve recompensado por este brillante ejercicio de literatura comparada que ningún lector de poesía que se precie debería perderse. 

Libro de los otros
Jordi Doce
Ediciones Trea, Gijón, 2018. 432 páginas.

Nota. Esta reseña ha aparecido en el número 135 de la revista literaria Clarín.

13.7.18

La poesía de Ana Ilce Gómez

Esto de la lectura de poesía es muy azaroso. Estaba entre los libros por leer. A la espera. Entonces encontré un comentario de Julián Rodríguez. En su muro de Facebook, donde escribe ahora un diario que no hay que perderse, más si tenemos en cuenta que el editor ha sometido, de momento, al narrador. Poco después, su hermano Javier publicaba en su periódico, El País, un artículo en defensa de esta poesía. Lo titulaba "Mujer difícil". Desde hace mucho tengo en alta estima las recomendaciones de los Rodríguez y confío en su criterio, así que fui sin dilación a por la Poesía reunida de Ana Ilce Gómez y, apenas abrí el libro, calculado prólogo de Sergio Ramírez mediante, me convertí en un rendido admirador de sus versos. Su editor, el pre-texto Manuel Borrás (al que escribí en cuanto terminé la lectura para agradecerle que lo hubiera incluido en su selecto catálogo y felicitarle por ello), me cuenta que esta poesía también fue para él "toda una revelación". Y añade: "La pena fue no haber llegado a tiempo para que viese en vida materializada esa edición de su poesía reunida, que, además, le hacía una ilusión inmensa. Qué le vamos a hacer". Ha prometido explicarme con detalle "esta hermosa historia con final triste". Por cierto, un inciso para expresar un deseo: que publique algún día, en su casa o en otra, sus memorias de editor. Merecerían la pena. Puede que esté en ello.
En Nicaragüa nació Gómez. En el 45. Un país de poetas (el inmenso Rubén Darío, Claribel Alegría, Ernesto Cardenal...), pero nada poético, a los hechos recientes me remito. Del dictador Somoza al dictador Ortega, del somocismo al sandinismo. Y ella allí. Lejos de todo y de casi todos. En la Comunidad Indígena de Maninbó, al norte. Tan discreta en la vida como en su poesía, que vienen a ser dos caras de la misma, de(s)preciada moneda. A eso le llamamos coherencia.
Su biografía es transparente, como sus versos, que nos atrapan por su misteriosa claridad. Escribió esta mujer (para que luego digan) poemas admirables. Sólo dos libros y un puñado de hermosos inéditos. No sé si acabará en el canon de la feraz poesía hispanoamericana (este volumen puede hacer mucho por ello), pero puedo asegurar que en el mío ya figura. Nunca es tarde. Ni importa haber descubierto otro Mediterráneo. Por suerte, abundan. Los de verdad, digo, no los de temporada. Por lo demás, mientras daba mi paseo matutino (qué remedio, el calor aprieta), pensaba: ¿qué diré de la poesía de Ana Ilce Gómez? Y me respondí: nada. ¿A quien le apetece que le destripen el argumento y el final de una buena película? Entren y lean. Me da que no van a arrepentirse. 

A UNA MESA

Esta mesa fue de mi abuelo.
Sobre ella más de una vez reclinó su cabeza
y durmió largas siestas
donde se mezclaban vía crucis tormentas
toques de queda
y mujeres furtivas que se marchaban a la nada.

Esta mesa fue de mi padre.
Sobre ella pintaba pájaros y vírgenes
y naturalezas vivas
y mi madre aplanchaba sobre ella
con la plancha de carbón.

¿Quién era más triste:
la plancha, el carbón o mi madre?

Mía también fue esta mesa
y sobre ella escribí un día estos versos
que nadie se atrevería a publicar.

Cada generación tiene su historia.
Cada sueño su raíz. Cada mesa es como
la palma de una mano. Sus líneas
nos pueden revelar en el momento preciso
de dónde proviene
la madera de los sueños
la nostalgia de las manos
o el lenguaje cifrado
del corazón.

De Las ceremonias del silencio (1989).

11.7.18

Poética rareza

Subir al origen. Antología comentada de poesía occidental no hispánica (1800-1941), del poeta, crítico y profesor José María Castrillón (Avilés, 1966) es mucho más que un mero florilegio. Es el libro, ante todo, de un consumado lector que nos presenta una selección de poemas significativos de un puñado de poetas que fundaron la Modernidad al final del Romanticismo. Todos nacieron antes de 1900. Por apuntar dos ideas que subraya Castrillón en su prólogo, son poetas que consagran lo subjetivo y que se apoyan, sobre todo, en el lenguaje. Entre ellos (son veintidós), anoto a mis preferidos en orden de aparición: Wordsworth, Novalis, Keats, Baudelaire, Dickinson, Rilke, Yeats, Cavafis, Pessoa, Eliot, Perse, Stevens, Montale y Ajmátova. 
Tras una semblanza previa, tan personal como todo lo que concierne a esta obra, se muestran algunos poemas de cada autor que son previamente comentados. Tanto estos como las semblanzas están llenos de iluminaciones, de sutilezas, ya se dijo, propias de un lector que sabe bien de lo que habla. Al que no le importa introducir es esos textos la ficción narrativa, algo que aporta todavía más interés a este singular proyecto, aquilatado, piensa uno, a lo largo de los años.
La mayor parte de las veces, esos versos se han traducido expresamente para esta edición. De lenguas como el inglés, el francés, el ruso, el italiano y el alemán. Por personas tan solventes como Jordi Doce, Mario Domínguez Parra, Juan Andrés García Román, Tomás Sánchez Santiago o Juan Carlos Mestre. El propio Castrillón interviene en no pocas de las versiones. Otras veces echa mano de otras ya publicadas, como las de Stevens de Sánchez Robayna y Jiménez Heffernan, por ejemplo, o las de la flamante directora general del Libro, Olvido García Valdés, en el caso de la citada poeta de San Petersburgo.
Pero no acaba la cosa ahí. Después de los poemas de cada poeta se añade uno bajo el rótulo "Homenaje de la poesía hispánica". Se trata de un poema escrito por un contemporáneo, ya sea español o hispanoamericano, que recrea, digamos, la poética de aquél, lo que no deja de constituir una antología dentro de la otra antología. A ésta habría que sumar una tercera, la que Castrillón denomina precisamente "Otra antología" donde incluye semblanzas bibiobibliográficas de poetas que en muchos casos podrían haber formado parte de la primera y que, por lo demás, también están en el origen de la poética moderna occidental: Hölderlin, Williams, Frost, Ungaretti...
Una página web, titulada como el libro (tomado de un verso de Jovellanos), amplía la información del volumen y da noticia de los poetas elegidos, de los mencionados traductores o de las respectivas obras del conjunto. Al final, se condensa una práctica bibliografía básica.
No hace falta decir que hay un componente didáctico en este logrado empeño que busca "lectores no especializados". Para alumnos de Bachillerato o Filología, sí, pero también para poetas jóvenes que no se contenten con ser vulgares parapoetas. Y, en fin, para cualquier lector de poesía, conozca o no a estos autores y a sus obras. Cómo he disfrutado con los inteligentes comentarios del editor y cuánto de los versos de estos maestros perennes e indiscutibles a los que uno nunca se cansa de volver.
Trea vuelve a acertar. Estos asturianos... 

8.7.18

Un poema inédito

INÉS

La habitación del fondo.
La más oscura.
Tal vez la más pequeña.
Al final de un pasillo
que huele en mi memoria
a tubería.
Y ella en el cuarto.
Menuda y enlutada.
Callada en el silencio.
Negra en lo negro.
Nos acercábamos con miedo
a saludarla.
Apenas si salía
de aquel angosto encierro
que a mí se me antojaba
injusto y triste.
Inés, mi bisabuela,
la madre de Ramón,
la abuela de Ramón,
que era mi padre.
Al besarla, pinchaba.
¿La escuchamos hablar
alguna vez?
Hoy, desde aquella silla
que se pierde en el tiempo
acaso pronuncia estas palabras.

Nota: Este poema ha aparecido en el número 127 de la revista TURIA, en el especial "Letras de España y Perú".
La ilustración es del pintor Vilhelm Hammershøi: el cuadro "Frederikke Hammershøi, the artist's mother" (1886).

3.7.18

Sarah Holland-Batt en EC


Los peligros/The Hazards
Sarah Holland-Batt
Traducción de Gabriel Ventura
Vaso Roto, Madrid, 2018. 115 páginas

Apabulla el currículum de la joven poeta australiana Sarah Holland-Batt (Southport, Queensland, 1982). Creció entre su país y Estados Unidos y ha vivido en Italia y Japón. Posee un título en Literatura, un MPhil en Inglés y un Máster en Filosofía por la Universidad de Queensland, además de un MFA en Poesía de la Universidad de Nueva York, donde disfrutó de una Beca Fulbright. Ha recibido otras: la MacDowell Colony, la Chateau de Lavigny, la Hawthornden, una de viaje Marten Bequest, así como las residencias de literatura Asialink y del Consejo de Australia en el BR Whiting Studio en Roma. Actualmente es profesora de Escritura Creativa en Queensland 
Tras su extraordinario debut con Aria (2008), Los peligros (2015) ganó el Prime Minister's Literary Award. Este libro nos presenta en España (gracias a una ejemplar traducción que ha debido resultar costosa) una poesía lejana en todos los sentidos, apenas representada aquí por la de Les Murray (Lumen, 2000).
Desde el primer verso del primer poema (“Siempre he amado la vida traslúcida”), el lector observa la capacidad imaginativa de Holland-Batt (pues lo inimaginable / como quiera ocurre”) y, lo que es más importante, la fuerza plástica de su lenguaje. “Mis poemas son actos de pensamiento”, ha dicho. “Para mí, escribir poesía es un proceso totalmente consciente y mis intenciones son bastante transparentes para mí”. También para quienes se acercan a estos versos elegantes y suntuosos que se deslizan con aparente facilidad, con fluidez, ante los ojos sorprendidos de quien lee.
El cosmopolitismo, una de sus señas de identidad, que va de lo local a lo universal (“Botany”), está respaldado por sus poemas. Los de una incansable viajera que se mueve entre la atención y la perplejidad. Desde el “perfecto” pasado (irlandés o australiano). Sin descartar lo histórico y hasta lo épico de los primeros asentamientos. Desde la infancia y la familia (padre, abuelos), que se detiene en el “verano eterno” de “La casa de las orquídeas”. Bajo una lluvia “oblicua”, como la de Pessoa. A veces estos extensos poemas son tan abigarrados y espesos como la exuberante vegetación tropical que describen (“el garabato púrpura de la buganvilla”). Flores, plantas, árboles que nombra minuciosamente. Del mismo modo que los animales, omnipresentes, como realidad y como metáfora, a lo largo de la obra. Aunque ella se declara admiradora de Bishop y Glück (se celebra esa sabia elección), en esta suerte de bestiario (léase la segunda parte) ve uno la mano de Moore. Guacamayos, anguilas, periquitos, zarigüeyas, hormigas, gatos, cangrejos, buitres…
Alguien ha mencionado la palabra “psicogeografía” y, en efecto, el paisaje (“Guisantes del desierto”) y la visión interior se entremezclan para expresar pensamientos y sentimientos. Lugares de su tierra natal, ya se dijo, de América (Norte y Central: California, Costa Rica, La Habana, etc.) y de Europa (a la que dedica la tercera parte) donde sitúa sus experiencias: Berlín, Ravello, Roma (“Hoy quiero mirar y no ser”), Orvieto, etc. Aunque no lo parezca, amorosas casi siempre: “Tenemos tan poco tiempo. Deberíamos amar”. “Amor, amor, como una canción olvidada…” Sin perder por ello el tono elegíaco y melancólico. “No termina la pena, nunca”. Ni la muerte.
Su poesía es inteligente y culta sin ambages. No poca, ecfrástica: sobre obras de Goya (y su perro), Ingres, Hammershøi (“por encima de todo / el amor por la luz”, que “nos sobrevive”), Vermeer, Freud (“ha sobrevivido al sexo”), Hopper, Matisse (en Collioure)... No, “No terminan las imágenes”, como titula uno de los mejores poemas del conjunto. Y musical: Bach, Shumann, Brahms, Scarlatti… Está, además, con sutileza, llena de literatura: Eliot (“Primavera: las Gracias”), Lowell (“La invención del éter”), Olds y Simic (la primera, profesora suya en Nueva York, a los que agradece la lectura de sus poemas inéditos)…
En la última parte, Holland-Batt torna aún más intimista (no es en vano ese guiño a Cal Lowell) y cierra magistralmente su libro con el poema que le da título.

Nota: Esta reseña apareció el pasado viernes 29 de junio en El Cultural

27.6.18

Lecturas de final de curso

Cualquiera que se haya dedicado a la enseñanza sabe perfectamente que los finales de curso son siempre tensos. Al cansancio de los alumnos se suma el de los docentes y a estos se les acumulan mil  y una tareas burocráticas que logran crispar sus ya frágiles nervios. Eso por no hablar del típico conflicto de última hora, ya sea provocado por alumnos o progenitores, incluso por tal maestro o profesor, para que nadie diga que echo balones fuera. Ya que lo menciono, supongo que a los aficionados al fútbol les habrán aliviado este estresante colofón educativo los partidos del Mundial. A los que no lo somos (pedimos disculpas por ello), la lectura (si eres lector, claro) nos resulta un antídoto perfecto contra la mencionada crispación. Como uno ya es mayor y no está obligado, en este terreno, a satisfacer otro gusto que el propio, confesaré que me han ayudado estas últimas semanas un puñado de libros que comulgan con mis intereses lectores. Sólo unos pocos, advierto, de entre los que he tenido ocasión de disfrutar estos últimos meses. No dejo de agradecer la generosidad de cuantos me envían sus libros. Empiezo por gente de mi edad, como Felipe Benítez Reyes (al que saco un año) o Luis Alberto de Cuenca (que me saca nueve, aunque no lo parezca). 

Del primero he leído Ya la sombra, un libro de tono grave, que diría nuestro añorado Miguel García Posada, sin que ello signifique solemne (eso nunca), siquiera sea porque la vida al filo de los sesenta... No es el de Rota un poeta irregular ni cambiante, por eso los que vuelvan sobre esta última entrega lo reconocerán pronto. A mi manera de leer, esta es una de sus mejores obras. Por genuina, añado. Y por honda. Léase "Ciclos" o "La materia invisible", por ejemplo, o "El lector adolescente". Por lo demás, conviene destacar la ilustración de la cubierta, un precioso collage del autor de Sombras particulares.

Del segundo he devorado Bloc de otoño (como el anterior, en Visor, aunque éste en la colección Palabra de Honor), un libro que reúne poemas de 2013 a 2017. No le he hecho caso y lo he leído en riguroso orden de aparición, que es como uno lee siempre los libros. Como han dicho otros lectores y críticos es verdad que algunos poemas puede que sobren, pero a uno le da igual porque en todos ha encontrado un hallazgo, un guiño, una lección, un sentimiento o, en fin, algo que lo justifique sobre la página. Algunos son memorables y formarán parte de esa antología esencial que el futuro deparará al poeta madrileño, con permiso o no de los políticamente correctos. Eso sí, el florilegio será, como este volumen, bastante grueso. Tiempo al tiempo. 

A Arturo Tendero, otro cincuentón (le saco dos años), ya lo había leído. Para uno siempre será el de la revista La siesta del lobo, el defensor de César Simón, al que dedica un emotivo poema en su último libro, El otro ser (La Isla de Siltolá). Un libro que, por cierto, me ha encantado. Sin ningún pudor lo afirmo. Es un libro logrado, personal, directo, estupendamente escrito y con un ritmo que se cuelga del oído del lector de principio a fin. No creo que a nuestra avanzada edad, insisto, se puede escribir de otra manera ni decir cosas diferentes a las que, con gran sentido de la medida, dice Tendero, uno de los excelentes poetas albaceteños de ahora. Chapeau!

De Enrique Zumalabe Ramblado (onubense del 77 y, como uno, maestro) ya habíamos hablado también aquí. Repite editorial y nos entrega La lluvia o mañana, que no está tampoco nada mal. Vamos, que está muy bien. La suya es también una poesía de línea clara, sin prescindibles oscuridades, vagarosas experimentaciones e innecesarias alharacas. Habla de lo que le pasa a él, que viene a ser, cuando el poeta acierta, lo que nos pasa a todos. El toque portugués (más que la visita a ciudades como Oporto) le añade un plus de credibilidad lírica, algo en lo que coincide con los demás poetas reunidos en esta entrada: que son buenos lectores y que de sus lecturas trasvasan no poco a sus poemas. Léase "No soy Borges" o "Con la venia de Horacio". A este hombre de apellidos complicados ya no lo pierdo de vista. A la segunda... 

Tampoco me ha decepcionado Tacha, de Francisco José Martínez Morán (¡uf!), que aparece en Renacimiento gracias, supongo, al buen olfato de Abelardo Linares o de su hija Christina, no sé. Aquí la máxima virtud está en la mínima expresión. Quiero decir que borda los poemas breves, que no es tan fácil. Poemas que a pesar de su concisión, o tal vez por eso, resultan contundentes y acerados, como un buen golpe de boxeo. Léase "Sobre aquel páramo". Versos sin contemplaciones donde abundan también las lecturas y los homenajes a clásicos, sobre todo, algo que siempre se agradece. A modo de ejemplo: "Farai un vers de dreit nien" por donde surgen Guillermo de Aquitania y... Luis Alberto de Cuenca. Ejemplar. 

Dejo para el final, pero sin intención (me temo que en estos tiempos estas explicaciones, ay, son necesarias), Las variaciones insensibles (A la sombra de los días, de Ibañez y Salcines editores), obra de la santanderina Elda Lavín, editora de La Mirada Creadora, y sólo porque el tono es diferente y la poética menos realista, digamos, que la de los libros anteriores. Eso con ser los suyos poemas apegados a la vida. Y al amor, que viene a ser lo mismo. La diferencia la marca acaso una propensión más reflexiva o hasta, digamos, metafísica. Unos poemas para leer con atención y releer de nuevo (lo que exige, por otra parte, cualquiera que se precie). Versos sutiles donde prima un lenguaje que no deja ningún resquicio a la prisa o al descuido. Permanezcan atentos. 

24.6.18

Lumeras, fotógrafo

El placentino Lorenzo López Lumeras (1961), que vive desde hace años en Badajoz, ha ganado la segunda edición del premio Internacional de Fotografía Santiago Castelo que concede el Centro Unesco de Extremadura con la imagen que ilustra esta breve noticia. 
"Fue la última mañana de niebla pacense, a comienzos de la primavera. Me levanté, observé una suave niebla y no dudé en dirigirme a donde confluyen el Guadiana y el río Gévora, 'la pesquera'. A un kilómetro de Badajoz. Enfrente, la alcazaba", ha contado.
Además de fotógrafo, Lumeras es músico: estudió percusión en el conservatorio de Badajoz y saxofón en el de Cáceres y es profesor de las escuelas municipales de música de Badajoz y forma parte de la Banda Municipal de Badajoz desde 1997. Al parecer, lo suyo es el pop, blues y jazz-fusión, pero también la música cubana y el flamenco.
Con todo, es la fotografía un arte que domina. Imágenes suyas han sido premiadas recientemente aquí y fuera de España y exposiciones como "Lugares habitados" (es especialista en retratar esos espacios de la desolación y la memoria), que reúne fotos de Badajoz, Cáceres, Tánger y Elvas, demuestran a las claras su excelencia. O las realizadas este mismo año en las calles de Lisboa. No estaría de más darse un paseo por su muro de Facebook donde el curioso encontrará numerosas muestras de su excelente quehacer. Uno siente especial predilección por una foto de las ruinas del Teatro Cervantes de Tánger. Sí, la poesía, me atrevo a decir, está muy cerca del trabajo de este hombre. No le pierdan de vista. 

22.6.18

Un poema inédito













AZUFAIFO

Me conmueven los árboles.
Por lo que son.
Por lo que nos ofrecen:
sombra, belleza, oxígeno…
Por su forma
e incluso por su nombre.
El azufaifo, por ejemplo.
Donde trabajo hay uno.
Plantado, al parecer,
por un maestro
que viajó a Tierra Santa.
En septiembre da frutos
oscuros y muy dulces
que encantan a los niños.
Será humilde su aspecto,
pero su nombre esplende.
Por hermoso y exótico.
Dice uno azufaifo
y su boca se llena
de sabores remotos,
de lugares lejanos.

Nota. Este poema se ha publicado en la preciosa revista Piedra del Molino, de la que es director Jorge de Arco. En un número donde se incluye una antología de poetas de Valladolid, con versos, entre otros, de José Jiménez Lozano, Fermín Herrero, Esperanza Ortega, Miguel Casado, Javier Dámaso y Fernando del Val.
El dibujo que lo ilustra aquí es de Aurora Altisent. 

17.6.18

Antonio Sánchez-Ocaña, ASO

El periodista placentino Antonio Sánchez-Ocaña murió de improviso el pasado viernes, lejos de su ciudad natal, que celebraba sus Ferias. Estaba, como tantos paisanos, en una playa del sur. Junto a su mujer, nuestra querida Margari, una persona cariñosa y simpática. La noticia ha sorprendido, sí, a propios y a extraños. Era joven aún, deportista, se cuidaba... Ya se ve que la muerte no atiende a razones. 
Para los de aquí, ASO, que es como firmaba en el diario HOY, su periódico de toda la vida, de donde salió también precipitadamente por culpa de la crisis y los eres, siempre será el que acuñó, para referirse a Plasencia, lo de "La Muy". Pura, inteligente ironía. El que tanto y tan bien informó sobre cuanto ocurría, ya fuera con su nombre, sus siglas o bajo el seudónimo de Gil Vetón. 
Recuerdo bien cómo lo conocí. Fue en los portales de la plaza. Entonces era estudiante, llevaba un precioso plumífero azul y caminaba cabizbajo y solitario. Muchos años después, acabó de personaje en una de mis novelas; o en las dos, no recuerdo bien. Siempre he creído, me lo comentaba Santiago Antón en el tanatorio, que detrás del periodista se escondía un escritor. Por sus artículos...
Cuando lo del premio "Extremeño de HOY", me hizo mucha ilusión que me lo entregara él. Quedó registrado en una fotografía que veo cada vez que visito a mi madre, porque la tiene puesta encima de una mesa con retratos familiares. Y ya que menciono esos galardones, qué buenas eran sus crónicas de sociedad, inigualables a las de nadie por estos pagos. Dignas del ¡Hola!, pero del de verdad, no del de ahora. Creo que disfrutaba en esas distancias. 
Fue bloguero. A quien imagino detrás de la creación del Legado Miguel Sánchez-Ocaña, su padre, ya en poder de todos los ciudadanos a través del Ayuntamiento. En la actualidad, trabajaba en Mérida como jefe de prensa de Ciudadanos en la Asamblea de Extremadura, pero nos veíamos con frecuencia. Casi siempre a la orilla del río, por donde ambos teníamos por costumbre pasear. Era muy elegante y educado y nunca llegamos a romper -de tímido a tímido, supongo- una sobria cordialidad en el trato. Se lo decía a su hermano pequeño, el padre de Piro (al que su tío apoyó decididamente), que además de estimar a Antonio, lo admiraba. Fue una suerte conocerlo y, para esta ciudad tan vinculada a su extensa familia, un lujo haberlo tenido de cronista. Habrá que reconocérselo de alguna manera. 

Tres antologías

En la colección La Gruta de las Palabras, que dirige para Prensas de la Universidad de Zaragoza el escritor Fernando Sanmartín, se publica Al sur de la palabra, una antología de poetas marroquíes contemporáneos. La edición y el ilustrativo prólogo son de Juan Antonio Tello, profesor de francés del Instituto Español 'Severo Ochoa' de Tánger, y la traducción corre a cargo de éste y de Victoria Khraiche. 
Como la poesía del joven país vecino, la muestra se caracteriza por "la multiplicidad y la pluralidad". Los autores incluidos, nacidos entre 1942 y 1988, escriben en árabe o francés.
La eclosión de la poesía marroquí moderna se sitúa en los años sesenta del siglo pasado, en los principios de su independencia, y su carácter fue de denuncia, resistente y reivindicativo. Al estilo de nuestros cantautores. En la de ahora, variada como se ha dicho, no encuentra uno diferencias con la que se escribe en cualquier lugar del mundo, en lo que a la calidad respecta. Su modernidad, digamos, es indiscutible. Los poetas, hombres y mujeres, tampoco son distintos. Destaca su alta cualificación educativa y, en consecuencia, destacan los titulados universitarios. 
La selección no podía empezar mejor, con un precioso poema de Bassry (Settat, 1960), "Ejercicios sobre la soledad". Me han llamado también la atención los poemas de Bentalha, Boudouma, El Assimi (muy barceloneses), Gharrafi (un poeta viajero), Hmoudame (autor de "Tánger ragtime"), Madani (tangerina de nacimiento, ciudad donde reside otro poeta: El Annaz), Raoni (la más joven) o Laâbi (el mayor del grupo). Todo un acierto. 

La Agencia Andaluza de Instituciones Culturales de la Junta de Andalucía publica una preciosa y limpísima antología de poemas de Pablo García Baena, miembro fundador del grupo Cántico. El título elegido, un verso del poeta cordobés: Un navío cargado de palomas y especias. La selección, las notas y el estudio preliminar son del también poeta Guillermo Carnero. Nadie mejor. Tras dedicar su tesina de licenciatura (dirigida por Blecua) a la mencionada cuadrilla lírica, fue quien, gracias a la mítica antología El grupo Cántico de Córdoba: un episodio clave de la historia de la poesía española de posguerra (Editora Nacional, 1976; segunda edición ampliada, Visor & Fundación Vicente Núñez, 2009), puso en nuestro mapa poético la obra de Pablo García Baena, Ricardo Molina, Julio Aumente, Juan Bernier y Mario López, que tanto influyeron en los novísimos. Después de describir en "Un asunto de familia", desde una visión personal, cercana y biográfica, las generalidades del grupo, Carnero aborda su poética, que resume al final, de efectiva manera didáctica, en cinco puntos. Realiza más tarde unas consideraciones acerca de la religiosidad de García Baena (actualizando opiniones pretéritas al respecto) y, por fin, analiza su depurada técnica del verso a partir de lecciones extraídas de sus dos primeros libros: Rumor oculto y Mientras cantan los pájaros. A un puñado de poemas memorables y muy bien escogidos, le sigue, a modo de colofón, una útil bibliografía poética.

Hilario Barrero, poeta (acaba de dar a la imprenta BlendingCuadernos de Humo, donde leemos: Qué cruel es el tiempo / que te pone delante de tu rostro / su espejo cada día / y te niega la luz cuando es de noche), diarista, profesor jubilado de la Universidad de Nueva York, ciudad en la que vive desde hace décadas, vuelve a sorprendernos con su tarea de traductor y publica en La Isla de Siltolá A quien pueda interesar, antología (bilingüe) de poesía en inglés, según reza el subtítulo. Es complementaria de otra que vio la luz en la misma editorial sevillana, Lengua de madera. Aquélla, sin embargo, sólo recogía poemas breves. Aquí se reúnen más de un centenar de poemas, cortos o largos, de cincuenta y cuatro poetas, del siglo XVIII hasta la actualidad. Los divide Barrero en varios grupos: primitivos, modernos, postmodernistas, novísimos, y jóvenes. Incluye tres "mini antologías": de Sandburg, Gilbert y Hall (que junto a su mujer, J. Kenyon, Barrero dio a conocer al público español).
Confiesa que empezó el florilegio "hace casi cuarenta años", que es muy personal, para todo tipo de lectores y, en última (o primera) instancia, que lo concibió para sí mismo.
A todos los poetas incluidos se les puede calificar de "clásicos" y, en consecuencia, son muy representativos del panorama de la poesía escrita en inglés a lo largo de los últimos siglos.
Son muchos los agradables hallazgos que uno se encuentra, poco importa por dónde abra el elegante volumen. Ya sean versos de Frost o de Simic, de Thomas o Stevens, de Walcott o Berger, de Levertov y Schuyler. Y de poetas mucho menos conocidos.
Los lectores habituales de la revista Clarín ya conocíamos algunos de estos versos. De Donald Hall, pongo por caso. Poemas magníficos como "El amo" y "Té" o el divertido "A la manera de Horacio".
La mayor sorpresa para mí está, con todo, en el primer poema, de Robert Southey (1771-1843), donde se lee: "Y, sobre los bosques vecinos que se divisaban, / la torre de la iglesia de Navalmoral nos anunció / nuestro lugar de descanso esa noche, -una señal bien recibida; / aunque nos demoramos deliberadamente para contemplar / con detenimiento la llanura fértil de Plasencia..."
Una delicia, sin duda.

15.6.18

Eugenides dixit

TNY / Basso Cannarsa
¿Cree que la pantalla ganará la guerra contra la palabra escrita?, le pregunta Álex Vicente al escritor norteamericano Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960), y éste responde: "Acabo de leer un ensayo de Marilynne Robinson donde sostiene lo contrario: que Internet, pese a todos sus problemas, nos ha recordado que seguimos necesitando el pensamiento complejo. En la red hay cientos de espacios para una escritura extensa y coherente. La pantalla no ha hecho más que revelar una propensión a leer, a escribir y a pensar que sigue estando viva en nuestros cerebros. Somos animales que leen y que piensan. Y seguiremos desarrollando esas actividades, aunque sea de nuevas maneras". En El País

13.6.18

Munárriz y Blanco en El Cultural

Jesús Munárriz
Hiperión, Madrid, 2017. 65 páginas.               

Con más de veinte libros de poesía a sus espaldas, numerosas antologías que la compendian y otras tantas traducciones de poetas alemanes, franceses, ingleses, portugueses, etc., el “teóricamente jubilado” editor Jesús Munárriz, navarro de San Sebastián (1940), da a las prensas un libro con “ritmo de jaiku” formado “por acumulación”, según nos explica, escrito “a lo largo de una década” (fechado entre mayo de 2008 y enero de 2017), que iba a titularse Del siglo en que nací, al que luego le antepuso el rótulo del primer libro de Borges, por siempre inédito, y, al final, añadió lo del cuento triste.
No es casualidad que vea la luz cien años después del triunfo de la Revolución Rusa, que “está en el origen de su escritura”. Y añade: “«Todas mis composiciones líricas son poemas de circunstancias» dijo Goethe, así que no tengo por qué avergonzarme de que los míos también lo sean”. Fiel a su poética, Munárriz mantiene que Las vidas de los humanos nunca escapan a su circunstancia. Ni la poesía, si no quiere tintinear en el vacío, debe hacerlo”. Dicho y hecho. Tras citar a Machado, comienza su recorrido por la memoria y por la historia con “Proemio”, un extenso poema donde se entremezclan lo lírico y lo narrativo, pues que de ambos recursos hace uso esta poesía en los límites. Una poesía, cabe añadir, concebida por alguien con muy buen oído. Allí, personajes (Duchamp, Mata Hari, la virgen de Fátima…) y situaciones que se confabulan para intentar contestar la pregunta: “¿A qué responde el caos?” O: “¿Qué marca un rumbo al caos?”
La preocupación cívica, que nunca ha desdeñado el humanista Munárriz en su obra, marca este itinerario cronológico a través del siglo “con más muertos de la historia”, desde que, en Petrogrado, “lo aleatorio desplazó a lo posible, / a lo previsible”.
“Todo fue como fue, todo es como es” y los humanos siguen siendo incapaces de disfrutar del mundo “en paz, en convivencia, con justicia”.
“No hay tierra firme para la utopía” y lo que empezó vislumbrándose como paraíso se convirtió pronto en un infierno.
Cuarenta y tres poemas sin título, entre lo descriptivo y lo interpretativo, se suceden para dar cuenta de la esperanza del proletariado (“Fue una descarga eléctrica”), de cómo “se mataron unos a otros / con entusiasmo ideológico”, de “una época de luchas despiadadas, / de enfrentamientos permanentes”, del golpe de estado como best-seller, de la explotación de los mitos históricos a favor de las “formaciones” fascistas o estalinistas, de las dictaduras de partido y los gulag, de los poetas (como Ajmátova o Pasternak, que “nunca claudicaron”), de la guerra fría y la Europa sovietizada, de los “desesperados estallidos” (Praga, por ejemplo), de la caída del muro de Berlín, de los otros comunismos (cubano, vietnamita, etc.)… Y la constatación, al cabo, de lo que ahora vivimos: capitalismo a ultranza, belicismo y globalización.
“¿Cuántas revoluciones / quedan aún por hacer? / ¿Y por traicionar?”, se pregunta quien sabe “que no va a soportar ese futuro”. “Sobrevivir” es la palabra. En este “planeta agobiado”. “Puede ser un final, / puede ser un principio”. Hay esperanza: “Aún podemos lograrlo, / eso espero”. “No es fácil el asunto, no, no es fácil”, dice en “Epílogo”, pero el hombre, ese ser que “padece y espera”, sigue intentándolo.

Alberto Blanco
Pre-Textos, Colección La Cruz del Sur, Valencia, 2018. 92 páginas. 

“Nada es más difícil que ser un escritor mexicano”, dijo Julio Ortega sobre Blanco (México, 1951), para ponderar lo conseguido con “una de las obras más vastas, originales y diversas de la nueva poesía en lengua española”, según José Emilio Pacheco. Traductor, artista plástico y visual, músico y autor de cuentos infantiles, además de poeta, beneficiario de las becas Fulbright y Guggenheim, Premio Xavier Villaurrutia, su poesía se agrupa en dos volúmenes de doce libros cada uno (El corazón del instante y La hora y la neblina), a los que han seguido títulos como Amherst suite o Hacia el mediodía, ambos publicados en España. Como el segundo, Pre-Textos nos presenta una preciosa y oportuna antología que, sin ser amplia, recoge poemas fundamentales de Blanco y añade veintitrés inéditos. Aunque en el índice se indica la procedencia de cada uno, en el libro se suceden sin solución de continuidad, lo que permite que el lector perciba una obra unitaria y no un florilegio.
Estamos ante una poesía sobria y concisa, de vocabulario asequible y apariencia sencilla (léase “El trigo” o “No las grandes verdades”), caracterizada por un tono estoico y sereno (así en “El trébol”, donde se constata que el paraíso está “al alcance de la mano”), pero desde la que se vislumbra el misterio (“Los búhos”).
“Yo sólo quiero / la realidad… // Este es mi sueño”, escribe. O: “Aquí estoy: / esta es la vida”. Y: “Nada se compara a estar vivo”.
No falta la ironía (“Himno de acción de gracias”) ni la reflexión sobre el lenguaje (“El hombre es un sueño del lenguaje”, dice) y la escritura (“El tiempo del poema”).
Con poemas como “Mapas”, “Tokonoma” o “Caminata” hubiera bastado. Pero hay mucho más. Aquí, “Sólo / la belleza / una cierta elegancia / una serenidad eternamente inalterable”.

Nota: La reseñas de los libros de Jesús Munárriz y Alberto Blanco se publicaron el pasado viernes, 1 de junio, en El Cultural.

11.6.18

Toda la poesía de Rubén Darío

El Fondo de Cultura Económica publica un libro que impresiona. Por su aspecto, más de ochocientas páginas, y porque compendia todos los libros poéticos completos que escribió Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1914). Lo titula "Yo soy aquel que ayer no más decía", el primer verso del primer poema de Cantos de vida y esperanza
Los coordinadores de este volumen, nunca mejor dicho, al filo del centenario, han sido los profesores Ricardo de la Fuente Ballesteros (Universidad de Valladolid) y Francisco Estévez (Universidad de Málaga) y en ella han participado también, como editores, el mexicano Juan Pascual Gay y Alberto Acereda (Universidad de Arizona), autor del ajustado estudio preliminar. Sus apartados atienden a su trayectoria vital y literaria, a Darío en su época, a su lugar en la tradición poética hispánica, a la revisión crítica y a los consiguientes problemas textuales. Se dedican también a los criterios de edición unas sustanciosas y pertinentes páginas. Con todo, porque uno está muy lejos de ser especialista en la obra del nicaragüense, no pretendo analizar filológicamente esta obra. Sí puedo afirmar que da gusto volver a leer la poesía de este pionero, moderno (y modernista) por antonomasia, que tanto ha inspirado e influido en la lírica posterior en nuestra lengua y por cuyos poemas tantos y tantos empezaron a pergeñar sus versos. ¿No basta "Lo fatal" para consagrar a su autor y perpetuarlo? ¿No es éste uno de los poemas que muchos lectores elegirían como uno de los mejores de la poesía universal? 
Aunque se trata, ya se dijo, de una edición crítica textual (con la intención de "ofrecer con exactitud la poesía que Darío escribió y luego reunió en libro poético"), los poemas, a pesar de las notas, se leen bien, que es, ya digo, lo que al cabo importa. Al final del libro se incluye una amplísima bibliografía general sobre Rubén Darío, así como la propia de un poeta, éste sí, imprescindible.