24.2.17

De Segovia a St. Louis

Llega a las librerías una nueva entrega, séptima y póstuma, de los diarios del poeta y traductor Luis Javier Moreno (Segovia, 1945-2015). La publica la editorial leonesa Eolas y lleva por título Segundo cuaderno de St. Louis. Diario. Volumen VII.
Detrás está la mano amiga de Tomás Sánchez Santiago que explica en su epílogo, "Aerolito", la oferta del editor Héctor Escobar, la renuncia del autor a llevar a cabo el proyecto, ya estaba seriamente enfermo, y cómo uno de sus mejores amigos, Francisco Otero, se encarga por fin de transcribir esas páginas, en su mayor parte, de 1990. A ellas se añaden dos prólogos. De W. Michael Mudrovic: "Los días de Blueberry Hill: Luis Javier Moreno en St. Louis", donde evoca los semestres que pasó el segoviano en la Washington University, su deficiente inglés oral, su "buen sentido del humor" y, al lado, inseparable de ese rasgo de su carácter que pudimos disfrutar quienes le conocimos, su condición de depresivo y ansioso crónico. Sobre la enfermedad, que se declaró en su etapa docente en Cádiz, habla en el libro y a ese asunto dedica descarnados textos breves del "Apéndice". Al fin y al cabo los diarios y su precaria salud están relacionados desde el momento en que sus psiquiatras le instaron a escribirlos como forma de terapia. De "poeta segoviano por antonomasia" lo tilda Mudrovic, y cita una frase del diario: "Segovia es el espacio articulador de mi tiempo y de mis referencias más sólidas". Destaca que estamos entre su escritura "más fluida y natural". Como el resto de colaboradores de la obra, destaca: "estás aquí". ¿No es lo más importante de un diario? Porque nos acerca al hombre o a la mujer que lo escribió como tal vez ningún otro género puede hacerlo, si acaso la poesía.
Laura Demaría, en "St. Louis 1989-1990", nos presenta a la persona que Moreno fue: al buen amigo de sus amigos, al incansable animador del grupo.
Tras una "Nota previa" que fechó en enero de 2014, donde, entre otras cosas, aclara el alcance de sus anotaciones, hace alusión a su novela (que emprendió en Iowa en el verano de 1985; única, americana e inédita) y a los dos libros de poesía que se allí se trajo terminados, y reflexiona en torno al diario como ejercicio literario ("Ser sincero no supone ningún mérito", escribió el 4 de diciembre del 90), sí, pero también "histórico".
Moreno escribe sobre sus viajes (Nueva York, San Francisco, Cañón del Colorado, Almería, Cádiz, etc.), sus visitas a museos (de pintura, sobre todo), la intensa vida social en el campus norteamericano, sus lecturas (de Circe Maia -de la que Jordi Doce prepara por fin una antología- a Cernuda pasando por Proust o Gombrowicz), algo de crítica (de sus coetáneos novísimos a los poetas de la experiencia, entonces tan en boga; de Manent, al que califica de "poeta hortelano", a Senabre), su querida Segovia (con su venerada madre al fondo)...
Citas de otros, opiniones de escritores sobre escritores, recortes de prensa y de los diarios de Martínez Sarrión (clarividente respecto a Rajoy, por cierto), así como un indignado "Epílogo catalán", con párrafos de Javier Marías y Félix de Azúa, componen el mencionado "Apéndice" que cierra el volumen. Eso y el texto de su amigo del alma Tomás Sánchez Santiago donde éste reconoce que "Lo único importante es volver a estar con él". Con un tipo magnífico, irónico, culto y ajeno al patetismo, que siempre estuvo, a pesar de todo, "a favor de la vida". Podemos dar fe.

Nota: esta reseña se ha publicado en la revista Clarín, nº 127, enero-febrero de 2017. En el mismo número aparece la de No estábamos allí, de Jordi Doce, que ya apareció en su día, sin apenas variantes, en este blog.

23.2.17

En Zéjel

Ya ha salido, en papel y en edición digital, el número dos de la revista sevillana Zéjel. Junto a un grupo de poetas de este lado y de aquel del charco y, pongo por caso, un fragmento del zambraniano Claros del bosque, va uno, cosas de la edad, en calidad de "poeta invitado". Un gesto que agradezco a Juan Carlos Polo Zambruno, Narciso Raffo Navarro, David Roldán Eugenio y Julia Vasta, miembros del comité editorial
Al final del poema inédito que publico (y que pertenece a mi próximo libro, El cuarto del siroco), aparecen estas palabras que uno, por cierto, no ha escrito: «"Montaña" es una confesión íntima, un rumor -recordando a Kawabata- que atormenta por su nostalgia en el día a día, en el silencio, tras la experiencia de los años y la conformación de una memoria bien cosida. La montaña trae la sensación de una larga vida, entera, ya hecha, para ser tragada en una sola mirada. Es esto lo que ocurre cuando la encuentras, a la montaña, y sientes el peso de toda la geografía del mundo, y con ella la historia del hombre y de lo que lo hace hombre».

MONTAÑA

Mi hijo me pregunta
qué miro en las montañas.
Su atracción es antigua.
Como el mundo, diría,
al menos para uno
que recuerda su imagen
remota en la memoria.
Mi pena es que dejara
muy pronto esos caminos
-las trochas, los senderos-
por laderas y cimas.
Tal vez por eso observo
con fundada nostalgia
sus perfiles azules
o sus cuerdas blanquísimas
o, por fin, esos verdes
que los bosques procuran.
Las mira uno pensando
que hay alguien allí arriba.
Un pastor con sus cabras,
un montañero, un guarda,
un cazador furtivo…
Da igual que nieve o no,
que haga calor o frío,
que no vea las cumbres
por culpa de la niebla.
Siempre imagino a alguien
que habita esos lugares
tan solos y en silencio.
Allí donde se roza
el misterio del cielo.

Y van tres


22.2.17

Gomá dixit

Foto de F. Díaz de Quijano
Con motivo de la publicación del libro La imagen de tu vida (Galaxia Gutenberg), que incluye el monólogo elagíaco Inconsolable, escrito con motivo de la muerte de su padre y que estrenará el próximo mes de junio el Centro Dramático Nacional, Javier Gomá ha sido entrevistado por Fernando Díaz de Quijano  para El Cultural. Tan sólo entresaco esta reflexión: "Nuestra cultura en general es una invitación a la tristeza. Además ser triste es lo más fácil, no tienes más que abrir los ojos y ya la naturaleza te convierte en triste. Si ves cuál es nuestro destino y el de los demás, siempre hay una coartada para deprimirse. Así que hasta cierto punto la tristeza es vulgar, mientras que la alegría inteligente -no la alegría estúpida basada en la necedad o en un exceso de candor- me parece tan milagrosa como una sinfonía de Beethoven, y requiere un arte, una sabiduría, una genialidad que son poco frecuentes. Consiste en hallar razones para el entusiasmo a pesar de la evidencia de nuestro destino. Quien lo logre es un genio. En cambio, entristecerse es tan fácil como respirar".

21.2.17

Jiménez Faro y Herrero en EC


Luzmaría Jiménez Faro
Madrid, Torremozas, 2016. 282 páginas. 

En plena moda de la poesía femenina, cuando se publican antologías para reparar injusticias históricas, resulta pertinente recordar que Luzmaría Jiménez Faro (Madrid, 1937-2015) fundó en 1982 Torremozas, una editorial centrada en las mujeres. Con el número 300 de la colección de poesía aparecen sus poemas reunidos, publicados entre 1978 y 2011, cuatro años antes de su muerte. Llevan un emotivo prólogo de Javier Lostalé donde recalca la posición de la antóloga y ensayista a favor de la igualdad, así como la “tan necesaria como justa” edición de este libro cuyo lenguaje es “bello, transparente y sensorial”. También alude a dos planos: “el de la realidad y el trascendente” (como confesó ella misma), a la “divinización de lo humano” (Carmen Conde dixit) o a la presencia del amor y de la música (el bolero, sobre todo). 
Su primer libro, Por un cálido sendero, estaba escrito a medias con su marido, Antonio Porpetta y lo menciono porque su presencia es fundamental en esta poesía donde el amor, ya se dijo, es un asunto cardinal sobre el que gira, o eso me parece, todo lo demás. Ya vemos en esos primeros poemas su vocación clásica, la composición de sonetos y el uso de metros tradicionales, una práctica que no abandonó, si bien sus últimas obras son menos encorsetadas, poéticas y previsibles.
La intimidad, la casa, la familia son elementos clave de Cuarto de estar: ceniceros, visillos, floreros, relojes, sillones, plantas… Y libros: “Dejadme sola aquí, / sola en mi casa, / casa que he amurallado / con mis libros”.
En Sé que vivo el amor se hace carne, siempre desde el simbolismo o la sugerencia. Ahí canta una mujer enamorada, su voz más auténtica: “Yo soy la amada, amante, soy la amada: /la que en silencio mira. / La que espera. / La que teje sus sueños con tu vida”. Algo que se aprecia aún mejor en Letanía doméstica para mujeres enamoradas, un libro entre hímnico y místico, y en Bolero, prosas memorialísticas: “Fuimos la generación del bolero”, donde homenajea además a un puñado de poetas amigos.
Amados ángeles es, sí, lo angélico y Mujer con alcuza, lo social. Corimbo clausura esta poesía vitalista de una mujer apasionada que, contra Safo, se atrevió a mover la arena.

Fermín Herrero
Hiperión. Madrid, 2016. 60 páginas. 

El título y la ilustración de la cubierta del nuevo libro de Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963) son elocuentes. La sencillez y la humildad bien entendidas, a las que hacen referencia las citas de Jung e Ingres que abren el volumen, son los pilares de una poética reconocida, por los premios y por la crítica, y reconocible, por su absoluta coherencia, que se ha ido ahondando y esclareciéndose libro a libro. Tal vez por eso en el primer poema leemos: "La poesía / es la conciencia". "No tiene complacencia". "La bondad / se ve, no necesita / verborrea". Es justo lo que aquí falta. La sobriedad es ley. El lenguaje, como el paisaje de su tierra: áspero y despoblado, seco, esencial, resistente. El tono, sentencioso. La expresión, austera: "Cuanto más simple, más hondura". Un lenguaje que juega con la sintaxis a favor del sentido. Que maneja con solvencia el encabalgamiento. Que logra el ritmo que exige su música callada, la de sus amados místicos, a los que cita explícitamente.
La poesía "es una enfermedad / que afecta a los más débiles / de la especie", escribe el machadiano Herrero, aunque parezca todo lo contrario.
Sí, "que todo es regalado, acuérdate". Que "Vivimos de milagro y eso es suficiente". De ahí la celebración, el himno frente a la elegía: "Únicamente hay luz / en el canto".
Y al fondo, el paisaje soriano, la naturaleza ("refugio contra el mundo") y el campo, que no son lo mismo. Y el asombro de ver y contemplar cuanto sucede. Por eso los poemas tienen algo de anotaciones de un hipotético cuaderno de bitácora (terrestre) que llevara un observador del mundo. De un mundo, por cierto, que desaparece. Herrero es un testigo. No evoca desde la memoria lo que dice. Lo tiene delante de los ojos. Ahora. Sigue ahí, no ha huido: "Así que estoy aún". "Estoy. Aún estoy", leemos.
Lo suyo es el asombro. La perplejidad del que mira sin regodearse en metafísicas. En soledumbre, aunque eventualmente aparezca acompañado, Herrero se expone al cierzo, la nieve, el hielo... Al frío, que es cualidad de ese mundo centrado en la armonía y en el equilibrio. Un estado de serenidad que viene de antiguo (y que él nombra, a veces, con populares palabras de antaño), heredado por él y que al cabo transmite a quien lee mediante una voz que es todo menos impostada. 

Nota: Las reseñas de estos libros de Luzmaría Jiménez Faro y Fermín Herrero se publicaron en El Cultural el pasado viernes, 17 de febrero.

20.2.17

Sérgio Godinho

Enric Vives-Rubio
El cuadernillo número 150 del Aula 'Enrique Díez-Canedo' de Badajoz reúne un puñado de poemas del portugués Sérgio Godinho (Oporto, 1945). Al fundador, nuestro añorado Ángel Campos Pámpano, seguro que le hubiera encantado esa feliz coincidencia. 
Compositor, intérprete, actor, dramaturgo y escritor, con más de cuarenta años de carrera a sus espaldas y veintiún álbumes originales –además de recopilatorios, colaboraciones y directos–, Godinho es uno de los artistas más importantes del panorama musical portugués.
Emigró joven para no participar en la guerra colonial, primero a Ginebra y luego a París, donde formó parte, durante dos años, del elenco del musical Hair y donde acabaría por grabar su primer disco, Os Sobreviventes (1971). Su periplo prosiguió luego por Ámsterdam, Brasil y Vancouver, desde donde en 1974, tras la Revolución de los Claveles, regresó a Portugal.
Para entonces ya había grabado un segundo álbum, Pré-Histórias –con el que consiguió, como con el anterior, ser, en ausencia y a pesar de la censura, autor del año en Portugal– y enseguida publicaría À Queima-Roupa, además de temas como «Com Um Brilhozinho Nos Olhos», «O Primeiro Dia» o «É Terça-Feira», que figuran entre los más aclamados de la música lusa.
Dejando aparte su carrera musical, que se prolonga hasta la actualidad con discos como Campolide (1979), Os Amigos de Gaspar (1988), Rivolitz (1998), Ligação Directa (2006), Mútuo Consentimento (2011) o Liberdade Ao Vivo (2014), Godinho es autor de obras de teatro y de libros infantiles (A Caixa, 1993; O Pequeno Livro Dos Medos, 2000; y O Primero Gomo Da Tangerina, 2010), además de poeta (O Sangue Por Um Fio, 2009) y narrador (Vidadupla, 2014; Coração Mais Que Perfeito, 2017).
Una buena muestra de su labor como letrista se recoge en el libro 60 Canções, publicado en 2012 por la prestigiosa editorial Assírio & Alvim.
Tras su paso por el carnavalero Badajoz, Godinho leerá sus poemas en el Aula de Literatura 'José Antonio Gabriel y Galán' de Plasencia el próximo miércoles, día 22, a las 20:00 horas.

Almoços grátis

Hay almuerzos gratis, sí está difícil
pero nadie va a preguntar a la entrada
¿el caballero ha sido invitado?
somos todos gente y gente honesta
sabemos elegir los cubiertos (no para robarlos, ya no hay cuberterías de
plata
en los almuerzos gratis)
sabemos alimentar conversación
sin que nunca preguntemos por qué narices el almuerzo es gratis
es incomprensible.

En algún sitio, por debajo de un plato
se esconde la nota de culpa
¿necesita factura?
hay alguien que no la encuentra
generalmente es el anfitrión.

Pero nosotros le dejamos
el interés es por su cuenta
cubrimos el daño
para que no acabemos en la cárcel.

La nota de culpa por debajo del plato
incluye propina
como mínimo, equitativa.

(Traducción de Pedro L. Cuadrado y Luís Leal.)

18.2.17

El tiempo respirado

Doctor en Teoría Literaria, ensayista y traductor de Edward Lear, T. S. Eliot, W. H. Auden, Philip Larkin, D. M. Thomas, Margaret Atwood, Kenneth White, etc., Álvaro García (Málaga, 1965) era uno de los poetas más jóvenes de la Generación de los 80 o de la Democracia hasta que Luis Antonio de Villena, en su antología La inteligencia y el hacha, le convirtió (junto a su coetáneo Luis Muñoz) en "jefe de fila" de la siguiente, la de 2000. En la otra eran, al parecer, meros “segundones”. Cuestiones didácticas y críticas al margen, lo cierto y verdad es que García pasa por ser uno de los mejores de las últimas hornadas y con un nivel de exigencia, tanto teórica (léase su ensayo Poeta sin estatua. Ser y no ser en poéticacomo práctica, muy por encima de la media. La demostración palpable de esa noble ambición se condensa en el libro El ciclo de la evaporación, que publica Pre-Textos (y con el que la prestigiosa editorial valenciana celebra su 40 aniversario), que es, según su autor, la versión íntegra final de la secuencia que recorre Caída (Pre-Textos, 2002), El río de agua (Pre-Textos, 2005), Canción en blanco (Visor, 2012) y Ser sin sitio (Fundación José Manuel Lara, Vandalia, 2014). Con el penúltimo ganó el acreditado premio Loewe. Antes había publicado La noche junto al álbum, con el consiguió el Premio Hiperión (Hiperión, 1989), e Intemperie (Pre-Textos, 1995). Por lo demás, su obra está antologada en florilegios como La nueva poesíaLa lógica de Orfeo10 menos 30 y Poesía española. Es significativa –por preocupante– su ausencia de la última antología, dizque canónica, Hacia la democracia. La nueva poesía (1968-2000), de Araceli Iravedra, publicada por Visor, actualización de la que recopilara Miguel García-Posada hace años para la editorial Crítica (con el aval de Francisco Rico también) y en la sí estaba nuestro poeta.
Volviendo a lo que importa, aunque no suele ser habitual, el poema extenso tiene antecedentes más que significativos en nuestra lengua. Sólo en la modernidad, de Juan Ramón Jiménez y Espacio hasta Muerte sin fin, de José Gorostiza; de Octavio Paz y Piedra de sol hasta Carta de junio, de Jacobo Cortines. Y hay más ejemplos. De los foráneos, veo pertinente la referencia a Four Quartets, de Eliot, con el que este poema meditativo tiene que ver. En catalán, me gustaría recordar un libro reciente: Han vingut uns amics, de Antoni Marí, que no deja de ser un solo poema. Con todo, lo que quisiera resaltar es que si no se ha practicado más es seguramente por la complejidad que conlleva, algo que no ha arredrado al malagueño. Precisamente el recién citado Paz aludió en uno de sus ensayos a la importancia que en este tipo de poemas tiene la "composición", que si no el único, es uno de los escollos fundamentales a los que debe enfrentarse quien aborde este formato. De su generación, sea la que sea, es uno de los pocos que lo ha intentado (podría citar también a Juan Carlos Marset). Intentado y logrado, cabe añadir.
Puestos a matizar, estamos ante la "versión íntegra de una secuencia". No ante una "recopilación, sino de su secuencia en progreso a lo largo de quince años y así prevista desde su primera pieza". Pieza, sí, y no parte. Ante un ciclo, en suma. Ante un "poema grande de amor contemporáneo". Por la cantidad, claro (más de mil quinientos versos), y por la pretensión y alcance de la apuesta, donde ya no hay títulos, sino cuatro números (1, 2, 3 y 4) que diferencian las cuatro piezas que lo componen.
En una ocasión, conversando con Kike Díaz, Álvaro García, que, como ya hemos dicho, ha demostrado sus dotes teóricas en lo referente al análisis poético, comentó: "Me gusta leer y escribir poemas largos llenos de contrastes con un fondo que los imante, entre ráfagas de conciencia y cosas concretas y pequeñas que van entrando en un orden en el que tengo una sensación  de conciencia y consistencia, de duración y de estar haciendo algo humilde y fuerte, paso a paso, como un buen artesano". 
De lo primero que el lector se da cuenta es de la importancia que en esta tarea artesanal tiene aquí el lenguaje, más base que la propia realidad, si se me admite la variación a lo Stevens. Predomina el uso de endecasílabos y otras combinaciones métricas, pero no falta el verso libre, siquiera a rachas. Tal vez porque lo importante para él sea el ritmo encabalgado, la sonoridad, y no tanto la medida, tanto da que a la clásica o a la moderna usanza. Una música que juega un papel muy importante para sostener el tono general del poema sin que la sucesión de versos se convierta en una retahíla cansina, larga y monótona. Teniendo en cuenta que la intensidad prima, qué difícil se nos antoja conducir las palabras a buen puerto y hacerlo con éxito a través de tan sinuosa, difícil singladura. Cuesta más, qué duda cabe, mantener la concentración en esta distancia poética, digamos. Como eludir la indeseable complicación.
Acerca del poema, en fin, cabe hablar de la dicotomía memoria y olvido, de la minuciosidad de su labor, de la tensión, que se sostiene en la mirada…
El propio autor explicó en una esclarecedora entrevista publicada en el número 796 de esta revista que una de las claves de su obra poética está en "mirar más de lo necesario", "más de la cuenta", algo que se comprende bien al leer este ciclo, algo que a él le viene desde la infancia.
También ha usado el término "acuñación" para aclarar que en sus versos, como en los de la poesía inglesa en general (que tan bien conoce y traduce), "hay siempre ese carácter ceñido, esa acuñación con nitidez de cara y cruz y canto en todos los sentidos de la palabra canto". Y concluye: "todo menos diluir las cosas en palabras más diluidas todavía en un magma cuyo centro sólo quien las escribe sabe dónde está, dónde está el eje, el centro". Y más adelante: "El imaginario viene ante todo, y digo viene, no que se quede ahí, de las imágenes mismas de la realidad, distorsionada por ese mirar más de lo necesario y que convierte lo real en mágico, o en raro, lo propio en extraño, esa transfiguración obsesiva de la que hemos empezado hablando, ese mirar demasiado y que en efecto convierte también lo oficialmente extraño en parte de la acuñación, o aleación si se quiere".
En el poema leemos: "¿Y qué hacen los demás, matar dragones?, / dijo el bibliotecario", en clara alusión a las palabras pronunciadas por Philip Larkin (bibliotecario en Hull) cuando sus detractores calificaron su mundo de "limitado, tópico o vulgar", como recuerda Damià Alou en la ejemplar introducción a la antología del poeta inglés que ha publicado Cátedra. En todo caso, García propugna "No hablar del ser, sino parecerse al ser en su mecanismo extraño. Producirse como él se produce". Eso sí, "¿Cómo no van a estar en el presente perpetuo del poema el daño y la revelación de quien lo escribe desde un ser y en un mundo?"
Confiesa, por fin, que "Si pienso en el argumento de El ciclo de la evaporación, el argumento de la obra es casi el de la vida: el amor es tan fuerte que es lo más frágil de todo y es lo primero que se rompe, no sólo como las Torres Gemelas o la paz o la economía mundiales, sino para colmo a la vez que ellas. Y el amor vuelve y ensancha el mundo, incluso geográficamente..."
En otra parte (una entrevista con Regina Sotorrío en el diario Sur) ha dicho: “Con este libro me he sumergido en una especie de sonambulismo de la conciencia en el que las cosas que ocurren en la vida, en la historia, en la tragedia, en el mundo, en el amor y en el dolor personal están flotando de un modo que han reorganizado mi conciencia y me han hecho mejor persona”. Allí explica: “A mi edad ya hay mucha vida evaporada, pero a la vez me agarro a la palabra ciclo, porque la naturaleza hace algo increíble, una propuesta de duración, de que las cosas vuelven. El agua se evapora, como la vida nuestra se evapora, pero luego se convierte en una sublimación. De ahí esas dos palabras: una porque la vida está ya en parte evaporada, y ciclo a modo de halago, de una ilusión muy de agradecer”.
Si no metafísica, para evitar el uso de un término confuso, sí se puede afirmar que estamos ante una poesía del pensamiento, en la mejor tradición meditativa (muy británica por tanto). Una poesía donde se mezclan, con pulso, la abstracción y el realismo.
He ido anotando numerosos versos que dan fe de lo venimos diciendo. Desde ese rotundo "hay que estar" a otros tan significativos en torno al tiempo como "El tiempo confía en sucederse", "Respiro tiempo", "Hacer del tiempo un sitio abriendo el tiempo". O a la vida: "¿Quién encuentra la vida que gastamos?", "¿cuántas vidas contiene nuestra vida?", "Todo lo que has vivido permanece", "Vivir es intentar ponerle nombre / a las cosas que marchan a su aire". O a la mirada: "La reinvención constante de las cosas / por el sencillo hecho de mirarlas / hace mágico lo real, real lo mágico", "Todo el tiempo es mirar". O al misterio: "Quieras que no, se cuela lo invisible", "No hay claridad que no guarde un secreto". O la memoria (y el olvido): "Deletreo un olvido memorioso", "Todo lo que se apaga en el olvido / reaparece de un modo sigiloso", "como fija el olvido la memoria". Porque "Todo lo que no ocurra en un poema / o en la conversación de dos que se aman / será hacer torpe el giro de las cosas".
Reflexión e inspiración se dan la mano para lograr un libro mayor de nuestras letras que, paradójicamente, apenas tiene cincuenta páginas. Un poema, se podría decir, de sol a sol. Con él, Álvaro García ha conseguido el propósito de "detener el destino con palabras". No es poco.  

Nota: Esta reseña ha sido publicada en el número 799 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos. En esta versión digital he añadido algunos enlaces.

17.2.17

Un sonoro silencio

No es un fenómeno comparable, pero ahora que sabemos por dónde va ya la venta de ejemplares de Patria, la novela de Fernando Aramburu, lo que no deja de sorprendernos: nada menos parecido a un best seller, nos enteramos de que otro libro de los que no se escriben para arrasar en las listas de los más vendidos, Biografía del silencio, de Pablo d'Ors, llega a los 100.000. Con esa fausto motivo, le entrevista Borja Hermoso para El País. «Yo creo que la clave de esta acogida es que este libro, esta palabra, ha sido precedida de mucho silencio, de cientos, de miles de horas de sentada en silencio. Y solo las palabras que van precedidas de silencio pueden hacer diana en el corazón de la gente», dice. Al final leemos: «Habla que te habla Pablo d’Ors. Paradójico, para alguien que preconiza y practica el silencio. “Pues sí (risas), mis amigos me dicen que me he convertido en el Woody Allen de la espiritualidad. La verdad es que tengo una agenda muy activa, sí. Cuanto más silencio hago, más me piden hablar. Y cuando más quieto estoy, más me piden moverme. Es una cosa alucinante”».
Que pase esto le tranquiliza a uno. No todo está perdido, como los agoreros proclaman. Pena que con la pobre poesía no suceda. Sí, hablo de la poesía, no de eso que algunos llaman últimamente así.  

16.2.17

Zambrano y Marí

Más conocido como poeta (su último libro, Han venido unos amigos, ha quedado entre los cinco mejores del año pasado según los críticos de El Cultural), Antoni Marí (Ibiza, 1944), escritor en catalán, catedrático de Estética y Teoría del Arte en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, narrador y director de la colección Nuevos Textos Sagrados de Tusquets, es también un acreditado ensayista; entre sus libros de ensayo, además de El entusiamo y la quietuduna antología del Romanticismo alemán, cabe citar Euforión: espíritu y naturaleza del genio, La voluntad expresiva, Formes de l’individualismeLa vida de los sentidos y El conflicte de les aparences
La casi secreta editorial Mudito & Co., que dirige Juan José Lahuerta, con sedes en Barcelona, New York y Venezia, publica Siete aproximaciones a María Zambrano y un acercamiento. En el cuidado, elegante librito de color rosa, Marí ha reunido, en efecto, siete textos sobre la obra de la pensadora malagueña con raíces extremeñas por parte de padre (el maestro Blas Zambrano). En una pertinente "Nota a la edición" se nos explica la procedencia de cada una de las aproximaciones. En la primera, "La creación del lector", tal vez la más compleja, a la altura de la obra zambraniana, ya sienta las bases de su pensamiento "originario"y las claves y fundamentos de su apasionante aventura filosófica, de su "camino de la contemplación interior".
"Guardar y dar la palabra" se titula la segunda, donde leemos: "La palabra de María Zambrano más que palabra es voz. Y es voz en su articulación, en su cadencia, en sus silencios". Hace alusión Marí a lo "entrevisto", lo que me recordó inevitablemente la cita que uno puso al frente de su segundo libro, Las aguas detenidas, procedente del que más me gusta de ella, Claros del bosque: "Y lo que apenas entrevisto o presentido va a esconderse sin que se sepa dónde, ni si alguna vez volverá".
La tercera, "El retiro del ser" es mi preferida, una lección en toda regla. De vida, sobre todo, porque es para eso, para lo que uno estima necesaria la filosofía, como bien concibió María Zambrano. Centrada en la idea del "ensimismamiento", en la "práctica ascética" del "cuidado de sí", "de uno mismo", que es "una cierta manera de considerar las cosas, de estar en el mundo". Aquí se evidencia la "autenticidad" de su discurso, tan cercano a la poesía, si no poesía misma. Siquiera sea porque se sostiene en una "operación de lenguaje", en sentido contrario al famoso dictum de Wittgenstein. "Es a través del lenguaje que se pronuncia la filosofía", afirma Marí. No por nada Zambrano basa su pensamiento en la "razón poética", donde condensa la esencia de su decir.  
En "Pensar cómo se piensa", Marí aborda el espinoso asunto de sus relaciones con Ortega, del que fue discípula hasta que tomó su propio camino y adoptó el fragmento como método de razonamiento frente al ensayo orteguiano. Recuerda Marí a Aranguren; "La filosofía poética de Zambrano se hizo con palabras", no con ideas, como la de Ortega. Relaciona aquélla con el Romanticismo alemán y vuelve sobre su noción de Razón poética y a Anaximandro: "el pensar es un decir poético". 
"La voz justa" es el prólogo que puso Marí al frente de Dictados y sentencias, selección de aforismos, digamos, entresacados de sus libros. Nos explica que la autora de Hacia un saber del alma apostó por la "creencia" ("el lugar desde donde se construye el pensamiento y al obra de María Zambrano"), no por la "idea". Se nos habla de su "camino de renuncia", "diálogo de silencio en la soledad", el de alguien que accede a la verdad "con inocencia", con "misericordia, sencillez y humildad". Su poética: "Decir la palabra exacta con la voz justa". ¡Qué belleza! Con los místicos, "querer nombrar lo innombrable". Más allá del wittgensteiniano límite del lenguaje. 
"Conversión, epistrofé y método", la sexta aproximación y hasta ahora inédita, gira en torno al primer concepto, el de conversión, propio de una persona siempre "expectante". "Es una conversión de sí", para "convertirse en sí mismo" (el convertere ad se de Séneca). Una epistrofé que, según Platón, consiste en "apartarse de las apariencias": "Conocer es conocer lo verdadero. Conocer lo verdadero es liberarse". A la busca del "lugar perdido".
"Donde los dioses, allí la poesía" alude al tiempo en que "el mundo estaba poblado de dioses" y la poesía era "un medio por el cual se manifestaba el dios". Pero eso terminó. A ese final hace referencia la mal comprendida frase de Nietzsche: "Dios ha muerto". Llegó entonces la conciencia que "vino a llenar el vacío que dejó el dios en su huida".
Con todo, la sorpresa mayor de este libro intenso, que le ha devuelto a uno el espíritu y la letra de una de mis autoras de cabecera en los primeros años de formación literaria y sentimental, es el capítulo final: el acercamiento. "Conocí a María Zambrano en los últimos días de enero de 1981. Venía de París..." Así comienza el relato, con tintes novelescos y hasta mágicos, de Antoni Marí acerca de su relación personal con la pensadora, una mujer complicada, que, como es lógico, no voy a desmenuzar aquí. Diré, eso sí, que esa narración en primera persona es emocionante, más para los que admiren su obra y, de paso, conozcan también la del autor de Tríptic des Jondal. Ella fue la "guía", tal como concibió el término en Una forma de pensamiento. En esas páginas aparecen escritores que la trataron. Como Gil de Biedma, autor del poema "Piazza del Popolo", que subtituló: "(Habla María Zambrano)". 
"Todo lo que he escrito, lo he vivido", le cuenta Zambrano al joven Marí, "embelesado" por su manera de hablar y de escuchar. Una maestra. Porque, como dijo en el ensayo antes citado, "La filosofía enseña a obrar, no a hablar". 

15.2.17

En inglés, please

Lo de RTVE es de escándalo. Desde hace mucho. Por ejemplo, desde que el PP destruyó lo conseguido por Zapatero, que no todo lo hizo mal: lograr una radio y una televisión dignas de un país eficaz y democrático. El último, más allá de la exaltación en los telediarios de la felicidad reinante en el congreso del partido del gobierno, ha sido por culpa de Eurovisión, engendro musical que ese ente, o lo que sea, organiza. Uno, que conste, nunca ha seguido ese rancio concurso y menos la elección de sus sucesivos, nefastos representantes. He leído, eso sí, que la cosa acabó mal, entre abucheos, insultos y agresiones, pero a mí lo que de verdad me cabrea (con perdón) es que la canción elegida se titule 'Do it for your lover' y que se ande pensando el desconocido que la canta si será del todo en inglés o sólo en parte. Mi ignorancia no me exime de saber que ya ha habido antecedentes. La del año pasado, leo, sin ir más lejos. Y es que, según dicen, ir a ese concurso con una canción (?) en esa lengua franca da puntos. Estoy con la Española y, como a José María Merino, me parece un "disparate". Propio de seres acomplejados que no entienden nada ni le dan importancia a su propio idioma, nuestra seña de identidad más importante. Tampoco me extraña. He seguido la polémica del lema del congreso antes aludido, impecablemente analizado por Álex Grijelmo, lo del "España adelante!" (con ausencia de signo de exclamación, de coma y de ordinal), y la anécdota demuestra que quienes nos gobiernan y van a seguir haciéndolo en los siglos venideros desprecian también al pobre español o castellano, por mucho que en su afán patriotero se les llene la boca de todo lo contrario. Detalles, sí; anécdotas, de acuerdo, pero...  ¡Qué cruz!, que diría el otro. 

14.2.17

Homo digitalis

Me ha sorprendido la primera incursión ensayística del poeta leonés Antonio Manilla (1967) que publica en La Huerta Grande Ciberadaptados. El prólogo lo pone un ciberescéptico que, como tantos, está desde hace tiempo en el ciberespacio: el fiscal y diarista Avelino Fierro. En su salutación califica el ensayo de "riguroso" y "literario". Es justo. Conviene señalar, antes de seguir, que lleva por subtítulo "Hacia una cultura en Red". Se compone de siete capítulos y una bibliografía básica donde no se recogen, ni con mucho, todos los libros que menciona a lo largo de su análisis. Más allá de lo que Ciberadaptados tiene de desarrollo de ideas, las reflexiones de Manilla acerca de los albores de este "sexto continente", como él lo denomina, se apoyan en la lectura de un rimero de obras fundamentales sobre el fenómeno. De filósofos, más que nada. A ese hecho, que aporta esclarecimiento, hay que añadir que, como se dijo, la cultura está en el centro de su propuesta. La analógica y libresca, basada en la lectura como operación esencial de conocimiento, que al parecer termina, y la digital que se empieza a instaurar: banal, igualitaria, del entretenimiento y el espectáculo ("donde -como dijo Vargas Llosa- el cómico es el rey"), visual, de masas y globalizada, de consumo y sin intermediarios.
Por aquello de la actual "aculturación rampante", algunos escritores alrededorizan, pues siguen creyendo que "lo universal es lo particular sin fronteras". Pretenden recuperar una cultura "que exige", que "no es ocio". La que "queda entre las ruinas". Más allá del ranking informático de "sexo, entretenimiento y curiosidad". No en vano Internet se ha convertido  en el almacén o bazar más grande del planeta, donde mejor vivimos "la vida offline", la "telesociedad". Donde, como diría Bauman, atendemos a nuestras "relaciones de bolsillo", redes sociales y Google mediante ("ese Gutenberg después de Gutenberg"). Internet, epicentro de viejos fenómenos nada nuevos, se nos recuerda. Territorio de "hibridación" más que de "homogeneización".
Aunque "el mundo y la vida son analógicos", hemos pasado del homo videns al homo digitalis y ya estamos en el homo retiarius. Somos "lectoespectadores", "prosumidores". Hombres "horizontales" y superficiales. Testigos perplejos de "la abolición de lo gradual y el imperio de lo súbito".
Se fija Manilla en la Educación (así, con mayúscula) y pone en solfa ese empeño de informatizarla, de someterla por completo al imperio de lo tecnológico dejando incluso de lado la lectura (lineal, finita y en papel) y la escritura (a mano). Lectura, vuelvo a nombrarla, a la que dedica, amén de muchas paginas a lo largo del ensayo, un interesantísimo capítulo: "La lectura salteada", la que empieza a imponerse, la del presunto lector que "entrelee".
(Una amiga bibliotecaria, experta en literatura para niños, llamaba mi atención sobre el hecho de que las editoriales encargadas de proporcionar libros a los alumnos de Primaria, entre seis y doce años, se están volcando en la publicación de álbumes ilustrados, que eran propios de Infantil, donde prima, claro, la imagen sobre el texto, que casi desaparece.)
"Démosle tiempo al tiempo", concluye un Manilla nada apocalíptico. Tampoco integrado, por seguir a Eco. Un Manilla, como casi todos, adaptado. Qué remedio.

13.2.17

Medrano vuelve

Carlos Medrano (Salamanca, 1961) es, en efecto, un poeta bartleby. Su penúltima resurrección literaria tuvo lugar cuando abrió a finales de 2010 el blog isla de lápices, que él denomina "cuaderno de escritura". Ahí han ido apareciendo nuevos poemas y algunos recuperados de sus libros Corro Las horas próximas, así como de los cuadernos A lo breve e Imágenes, encuentros.
Volvimos a encontrarnos con sus poemas en la antología Sentados o de pie. 9 poetas en su sitio. Ahora, gracias a Vberitas y, en concreto, al empeño del dombenitense Juan Ricardo Montaña (entre otras facetas, poeta visual), ve la luz Donde poder volver, una bonita plaquette al cuidado del recién citado Montaña (que, en otra versión más modesta, se publica como separata de la revista Ventana Abierta), donde el poeta castellano-extremeño residente en Mallorca ha reunido veinticuatro poemas inéditos, si bien ya difundidos previamente a través del blog. No hace falta que vuelva a repetir que la lectura en papel me resulta del todo distinta a la que hago sobre una pantalla. Tampoco es lo mismo leer esos poemas sueltos y por entregas que hacerlo en la tangible unidad que proporciona la edición impresa.
Donde poder volver se abre con el breve texto, a modo de presentación:  "Una lectura". Allí dice: "La poesía es muy fácil de entender. Escúchala como haces con el resto de las palabras. (...) "Escúchala como el que aspira a atisbar lo anterior a la música, o como quien espera la lluvia que comienza a rozarle la cara". 
Por otra parte, en una nota final (donde explica la procedencia del título y expresa agradecimientos y dedicatorias), fecha la entrega en Artà, el 25 de octubre de 2016. 
En el primer poema, "Advertencia" (una suerte de poética), leemos: "De pronto unas palabras / dignas de rescatarse". Sí, parece que esté hablando de este cuaderno, que agrupa un puñado de versos merecedores de una redención semejante. Hay más poemas donde la poesía se convierte en el asunto. Una preocupación comprensible en alguien que tan parco se muestra en componerla. 
Poemas, cabe precisar, breves. En los que prima la fragilidad y la sutileza. Poemas muy calculados o medidos. Más silenciarios que cantarines, aunque no falte en ellos un particular sentido del ritmo y de la música. Más melancólicos que hímnicos. De sesgo meditativo y tono claro (léase "Invernal"). De aires castellanos clásicos. Donde lo esencial se dice con palabras sencillas. Lo cercano, que el poeta observa y sobre lo cual ensaya, suele ser la materia de estos versos. En poemas tan logrados como "Al alcance", "Junto al agua", "Lenta noche", "Alacena", "Vegetal"... Entre los que prefiero, además de los mencionados, "Un lugar de Sicilia" o "De regreso".
El amor está en "Música para días crecientes" y la amistad en "El tiempo ileso" o "Moneda (efigie antigua)". El primero remite a una presencia constante, en la vida y en la obra: Ángel Campos Pámpano (que vuelve en "Emblemas", al lado de otro maestro y amigo: Santiago Castelo, que tanto hubiera disfrutado con esta obra en las manos). El segundo está dedicado a Juan Ricardo Montaña. 
Se cierra la muestra con "Apunte", broche perfecto de esta plaquette que viene a justificar dos cosas: que Carlos Medrano es poeta (escriba poco o mucho) y que, por eso, debería dar a la imprenta ese libro que sus lectores esperamos hace tiempo.

Un lugar de Sicilia

Frente a un tiempo superior al humano
los olivos vigilan unas ruinas antiguas.
Si alguien vivió aquí,
hubo risas y fruta,
tejidos con colores,
ojos de seducción, juegos de agua,
quedan en la nostalgia estas imágenes,
no en las piedras que vencen
con su calma dorada
la erosión y el verano.
Otra hoguera las cubre adentro de los ojos.
Entre flores silvestres y amapolas
el vibrar de una flauta agita tu memoria.
Te parece que llegas a un lugar que no cansa,
a un rumor que sucede.
Tantas noches de olvido
y el sol te reconoce.

10.2.17

Los marinos inmóviles

Caspar David Friedrich, Moonrise over the Sea
«A falta de poemas inéditos, y para responder a la amable invitación de David González Lobo, rescato para los lectores de Tinta China este poema extenso que apareció en forma de plaquette en la Colección Nómadas de Gijón/Oviedo allá por 1996. Entre los miembros del Consejo Editorial, figuraba mi amigo Jordi Doce.
Se trata sin duda de una rareza, no tanto por lo secreto de la edición (que era sobria y hermosa), sino por su contenido, impropio de un poeta de tierra adentro. En prosa, por cierto, algo también extraño en el conjunto de mi poesía.
Son, en fin, versos apenas conocidos por un puñado de fieles lectores. Ojalá que no les disgusten a los nuevos».
Esta es la nota que aparece al final de ese poema a que hago mención y que publica la revista sevillana Tinta China en un número doble, 19-20, de febrero de 2017, donde, por cierto, estoy acompañado de un amplio elenco de escritores a los que admiro. En el índice alfabético de los poetas, entre Rosario Troncoso y Miguel Veyrat. Gracias.

9.2.17

Gremios

Gremios, sí, ese es el título que ha elegido Ramón Pérez Parejo (Santa Amalia, Badajoz, 1967) para el libro de  poemas que ganó el premio Blas de Otero en 2015 gracias a la decisión de un jurado presidido por la compañera del poeta bilbaíno y presidenta de la Fundación que lleva su nombre, Sabina de la Cruz, y del que formaban parte Olvido García Valdés, José Fernández de la Sota y Juan José Lanz. No es mala carta de presentación, al menos antes de enfrentarse a lo que de verdad importa: el libro. 
Conviene decir que Pérez Parejo, profesor de la Universidad de Extremadura, es autor del ensayo Metapoesía y ficción: claves de una renovación poética (Generación del 50-Novísimos), así como de otros artículos sobre ese apasionante asunto, como "El monólogo dramático en la poesía española del XX: ficción y superación del sujeto lírico confesional del Romanticismo". Lo digo porque Gremios tiene mucho que ver con esa faceta investigadora del poeta. De hecho la técnica que utiliza es la del monólogo dramático, de la que él mismo decía: "En síntesis, esta técnica consiste en la elección de un personaje (llamado correlato objetivo) tomado de la cultura o de la historia que asume y transmite en primera persona las emociones que el autor real desea expresar. Con ello, el texto consigue alejarse del impudor del patético yo romántico, objetivar las emociones y, al mismo tiempo, crear sorprendentes connotaciones textuales".
Para trasladar esas "voces" (que se mueven en un mundo hipercomunicado donde prima la incomunicación), Pérez Parejo adopta distintas profesiones. Al lado, debajo del título, el nombre o nombres de los escritores (casi siempre) a quienes se evoca en el poema. A modo de dedicatoria, se diría, pues al fin y al cabo se trata de homenajes. Para poder ponerse en el lugar de otro y escribir como si de aquel o aquella se tratara, hace falta conocer bien sus obras. Este, por eso, es sobre todo el libro de un lector. De alguien que ha asimilado, por cierto, muchas lecturas y, en consecuencia, conoce bien a numerosos autores. Un conocer, añadirá alguno, que se basa en la imaginación y, en cierto modo, es verdad pues de creación se trata y no de estudio o biografía. Nada extraño en quien tal vez piense que la poesía es ficción.
También hay algo de canon en la obra, desde el momento en que Pérez Parejo elige a este o aquel poeta y conforma una suerte de antología.
Tres son las partes del libro. En la primera, "Semiólogos", encontramos poemas como "Monjas" (santa Teresa), "Escritores" (san Juan de la Cruz), "Evangelistas" (Pessoa), "Sacerdotes" (Lope), "Filósofos" (García Calvo), "Poetas" (Gil de Biedma), "Telegrafistas" (Torga), "Ajedrecistas" (Borges)... Al hablar de los otros, conviene aclarar, Pérez Parejo está hablando al mismo tiempo de sí mismo. Se nota en algunos poemas (de los ya citados, en "Escritores", por ejemplo, uno de los mejores del conjunto) o en "Arqueólogos".
Sorprende su poder de penetración. Y que al final, más allá de los recursos técnicos adoptados, nos encontremos con poemas dignos de tal nombre y no con meros experimentos verbales.
La segunda parte, tal vez la más lograda, se titula "Técnicos", que se abre con "Fotógrafos", dedicado a Ángel González, otro magnífico poema. Le siguen, entre otros, "Ingenieros" (san Francisco de Asís, Whitman, Borges de nuevo) que resuelve resuelto mediante la borgeana técnica de la enumeración caótica, "Cristaleros" (Catulo) o "Topógrafos" (Aníbal Núñez).
"Vendedores de espejos rotos" es la última sección y allí volvemos a leer poemas tan conseguidos como "Caciques" (Juan Rulfo), "Cómicos" (Fernán Gómez), "Buscadores de oro" (Cernuda), "Agentes funerarios" (Saramago), "Barqueros" (Quevedo) o "Prejubilados" (Thomas Mann, en tono narrativo).
Lo que a priori podría parecer, insisto, un juego textual y poético acaba convirtiéndose a la postre en un libro perfectamente tramado donde lo que en realidad predomina es la poesía. Eso que no siempre resulta.

8.2.17

Futuro

Gianfranco Trípodo
Claudio Magris menciona en la entrevista que le hizo para El País Semanal José Andrés Rojo una frase del «cabaretero alemán Karl Valentin, del que tanto aprendió Brecht». El autor de El Danubio se refiere a su infancia y a la situación delicada de su ciudad natal, Trieste, que no se sabía "si iba a caer del lado de Italia o se incorporaría finalmente a la Yugoslavia de Tito, que desde 1948 formaba ya parte del mundo de Stalin". Y añade: "Naturalmente yo no era consciente de lo que pasaba entonces, pero la sensación dominante era la de no saber cuál iba a ser tu futuro. Y eso terminó siendo una gran escuela". En ese contexto recuerda la feliz ocurrencia de Valentin: “Incluso el futuro era antes mejor”. 

7.2.17

La poesía de Téllez

Rafael Adolfo Téllez (Palma del Río, Córdoba, 1957, pero de la sevillana Cañada Rosal) ha titulado La soledad del aguacero una antología poética que publica Renacimiento en su colección a rayas, de referencia ineludible, donde se incluyen poemas escritos o publicados entre 1988 y 2016. De sus libros Si no regresas junto al portón oscuro (1988), Quienes rondan la niebla (1993), Los adioses (1996), Muertes y maravillas (2004) y Los cantos de Joseph Uber (2011), así como un puñado de inéditos de un libro futuro. 
Antes de entrar en materia, me gustaría decir que a lo mejor éste es uno de esos poetas andaluces a los que alude uno de sus decanos, Pablo García Baena, en una frase contundente pronunciada hace poco: “Los poetas del sur somos más poetas”. De lo que no dudo es de la pertinencia del prólogo y del epílogo que abren y cierran, respectivamente, este precioso volumen. El primero está firmado por Andrés Trapiello, quien fuera editor suyo en La Veleta, tanto de su poesía reunida: Los pasos lejanos (2008), como de su último libro. Es tan breve como bonito. Allí leemos lo que dijo en su blog a finales de agosto de 2011, en una entrada titulada "Líricos góticos": "En sus poemas hay algo muy verdadero y hondo, arrancado a una tierra pedregosa, polvorienta y despoblada, y por eso busca a los muertos en voz baja. Rafael Adolfo Téllez los conoce bien y no los teme. Les habla en la lengua de los ríos secos, del viento abrasador, de las maderas desvencijadas. A nosotros nos traduce esos idiomas a su manera, que es siempre un poco gótica, de talla policromada que ha perdido ya casi todos sus colores. Su canto no es rural, sino de gesta. Es el poeta de las cosas pobres, de los cafés pueblerinos desoladores, de los pueblos muertos. Y a los muertos vuelve una y otra vez, buscándose entre ellos, y al no hallarse viene a la vida con su secreto, un poco desconcertado, sin comprender por qué no estaba ya con ellos. Eso le vuelve un niño, de la estirpe de Francis Jammes, de Van Gogh, de Gutiérrez Solana, líricos góticos." Sí, como él dice, los de Téllez "se dirían poemas escritos muy lejos de todo". Su vida, añade, "no se parece a ninguna otra tampoco", algo que enlaza con el texto, cálido y cercano también, que clausura el florilegio, de otro amigo y poeta, José Julio Cabanillas. Se refiere a su infancia (entre los pueblos arriba mencionados, en el campo) y a su primera juventud, ya en Sevilla, donde compartieron un modesto piso de estudiantes. "La infancia es misteriosa; la juventud, épica; la madurez, aburrida. La vejez, milenaria como la misma muerte". Alude además a la pobreza cervantina, a la desgracia del poeta que "está siempre empezando de cero", a la lluvia que, como diría san Francisco de Asís, en nuestro poeta es "casta, hermosa y útil", al poeta elegíaco que "se despide y celebra", del espacio "netamente andaluz" de sus poemas y a su relación con la poesía hispanoamericana (Eugenio Montejo le prologó una antología mexicana y la cita que abre el libro, y que me enganchó a él de momento, pertenece a Eliseo Diego), a que la poesía "es expresión y no dicción", al estilo que en Téllez consiste en "despojar las palabras del veneno del estilo", a la memoria, a la ausencia de metáforas: "álgebra superior del estilo" al que estos versos se oponen y, por poner coto, al "simple hecho de nombrar". 
Sí, a veces los prólogos y los epílogos sirven para algo. En este caso, abren al lector puertas y ventanas de la casa del poeta. Por sencilla y humilde que ésta sea, esa es la voluntad del propietario, está bien que se nos muestre por completo, desde la mirada de quienes la han visto (que aquí equivale a leído) desde fuera. ¿Cabe aportar algo más? No mucho. Si acaso que quien entre en ella podrá apreciar con detalle (mediante detalles, mejor) un mundo particular como pocos. Para empezar, porque tiene relación con la vida íntima de su autor: con sus padres y abuelos, con su hermana muerta, con los vecinos de esos pueblos del Sur llenos de luz y de pérdidas, y no sólo humanas. Personas, lugares y situaciones de otro tiempo que, paradójicamente, dan a los poemas un aire intemporal que sobrecoge. No he podido evitar mientras leía (luego, siquiera de manera indirecta, me confirmó esa sospecha Cabanillas) el recuerdo de Rulfo y de Comala. Un mundo, el de Téllez, donde no falta la lluvia. Ni la melancolía que ésta suele reportarnos. Ni Joseph Uber.
Para seguir, porque el lenguaje es también muy suyo, un modo de nombrar adaptado a lo que se designa. Tal vez por eso el lector olvida que está ante una antología y lee como si lo que tuviera delante fuera en realidad un solo libro, el mismo, el que alguien ha ido escribiendo a lo largo de los años, yendo y viniendo de sus obsesiones a sus temores, de su felicidad a su pena, de su infancia a su final. Qué alegría volver a encontrar, sin previo aviso, a un poeta que nos conmueve con su verdad.