28.5.20

La cubierta de "Porque olvido", Bernal y el Carlos


En una extensa carta privada con la que acusa recibo de Porque olvido, el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Extremadura y académico de la Extremeña, mi querido amigo José Luis Bernal Salgado, poeta, escribe: «La cubierta es espléndida, y aunque la imagen remite a un paisaje alejado de tu ribera placentina, que tanto amas, algo hay de ella en la atmósfera melancólica de Corbet. Obviamente el significado de la imagen cuadra de maravilla con el libro por razones poderosas de naturaleza simbólica (me acuerdo, por ejemplo, del maravilloso poema de Dámaso "A un río le llamaban Carlos")». 
Con la agudeza lectora que le caracteriza, Bernal consiguió sorprenderme. No recordaba ese poema de Alonso, lo confieso. Además de releerlo y comprobar la pertinencia de la cita, he investigado un poco sobre él. Tiene mucha enjundia y forma parte de su libro Hombre y Dios (Málaga, El Arroyo de los Ángeles, 1955). Abrió, además, el primer número de la revista cubana Ciclón (la de Piñera, complementaria de Orígenes, la de Lezama) en enero de aquel mismo año, cuatro antes de que José Luis y yo naciéramos. 
Debajo del título, y entre paréntesis, se indica: "Charles River, Cambridge, Massachusetts" (el río al que se refiere el poema, evidentemente, que recorre 80 millas del norteño estado norteamericano), y está fechado en Dunster House, "una de las doce casas residenciales de pregrado en la Universidad de Harvard", según la socorrida Wikipedia, donde residió el poeta del 27 como profesor invitado. Creo que merece la pena copiarlo aquí. 

A UN RÍO LE LLAMAN CARLOS

(Charles River, Cambridge, Massachusetts)

Yo me senté en la orilla;
quería preguntarte, preguntarme tu secreto;
convencerme de que los ríos resbalan hacia un anhelo y viven;
y que cada uno nace y muere distinto (lo mismo que a ti te llaman Carlos).
Quería preguntarte, mi alma quería preguntarte
por qué anhelas, hacia qué resbalas, para qué vives.
Dímelo, río,
y dime, di, por qué te llaman Carlos.
Ah, loco, yo, loco, quería saber qué eras, quién eras
(genero, especie)
y qué eran, qué significaban «fluir», «fluido», «fluente»;
qué instante era tu instante
cuál de tus mil reflejos, tu ;reflejo absoluto
yo quería indagar el último recinto de tu vida
tu unicidad, esa alma de agua única,
por la que te conocen por Carlos.
Carlos es una tristeza, muy mansa y gris, que fluye
entre edificios nobles, a Minerva sagrados
y entre hangares que anuncios y consignas coronan.
Y el río fluye y fluye, indiferente.
A veces, suburbana, verde, una sonrisilla
de hierba se distiende, pegada a la ribera.
Yo me he sentado allí, sobre la hierba quemada del invierno para pensar por qué los ríos
siempre anhelan futuro, como tú lento y gris.
Y para preguntarte por qué te llaman Carlos.
Y tu fluías, fluías, sin cesar, indiferente
y no escuchabas a tu amante extático
que te miraba preguntándote
como miramos a nuestra primera enamorada para saber si le fluye un alma por los ojos,
y si en su sima el mundo será todo luz blanca
o si acaso su sonreír es sólo eso: una boca amarga que besa.
Así te preguntaba: como le preguntamos a Dios en la sombra de los quince años,
entre fiebres oscuras y los días—qué verano— tan lentos.
Yo quería que me revelaras el secreto de la vida
y de tu vida, y por qué te llamaban Carlos.
Yo no sé por qué me he puesto tan triste, contemplando
el fluir de este río
Un río es agua, lágrimas: mas no sé quién las llora.
El río Carlos es una tristeza gris, mas no sé quién la llora.
Pero sé que la tristeza es gris y fluye.
Porque sólo fluye en el mundo la tristeza.
Todo lo que fluye es lágrimas.
Todo lo que fluye es tristeza, y no sabemos de dónde viene la tristeza.
Como yo no sé quién te llora, río Carlos,
como yo no sé por qué eres una tristeza
ni por qué te llaman Carlos.
Era bien de mañana cuando yo me he sentado a contemplar el misterio fluyente de este río,
y he pasado muchas horas preguntándome, preguntándote.
Preguntando a este río, gris lo mismo que un dios;
preguntándome, como se le pregunta a un dios triste:
¿qué buscan los ríos?, ¿qué es un río?
Dime, dime qué eres, qué buscas,
río, y por qué te llaman Carlos.
Y ahora me fluye dentro una tristeza,
un río de tristeza gris,
con lentos puentes grises, como estructuras funerales grises.
Tengo frío en el alma y en los pies.
Y el sol se pone.
Ha debido pasar mucho tiempo.
Ha debido pasar el tiempo lento, lento, minutos, siglos, eras.
Ha debido pasar toda la pena del mundo, como un tiempo lentísimo.
Han debido pasar todas las lágrimas del mundo, como un río indiferente.
Ha debido pasar mucho tiempo, amigos míos, mucho tiempo
desde que yo me senté aquí en la orilla, a orillas
de esta tristeza, de este
río al que le llamaban Dámaso, digo, Carlos.


Dunster House, febrero de 1954.




Imagen tomada del blog "Historias no académicas de la literatura"




24.5.20

Enrique García Fuentes lee "Porque olvido"


El crítico Enrique García Fuentes publicó ayer el suplemento Trazos del diario HOY de Extremadura esta reseña de Porque olvido. Gracias.

Para que recordemos

El lector encontrará un repertorio de vivencias muy personales, algunas centradas en lo literario y otras en el estricto ámbito de su vida familiar y profesional.

La verdad es que con esto de los blogs uno (y ahora es el que firma quien sustituye con el indefinido a la primera persona del singular, cosa que nuestro Álvaro Valverde hace inveteradamente y ya es marca de la casa), uno, digo, no sabe a qué carta quedarse. Dentro del ámbito estrictamente literario, algunos de mis mejores amigos escritores lo tienen y lo airean con periodicidad (el maestro Pecellín, Pérez Walias, Miguel Ángel Lama, Simón Viola –que me dijo encarecidamente hace ya tiempo que yo me hiciera uno, cariñoso consejo al que no hice caso–, Elías Moro, el propio Álvaro Valverde, Eduardo Moga y un montón más que omito por dejar espacio). Del mismo modo, sin embargo, otros tantos de mis más íntimos, insisto, en el ámbito literario, no lo tienen: Luis Sáez, Marino González, José M. S. Paulete, Eduardo Achótegui, Pilar Galán –de quien recuerdo su vitriólica opinión en contra de ellos–, Antonio Sáez, Jorge Márquez o Juan Ramón Santos (aunque este me parece que algo tiene, o parecido). Seguro que se me escapa alguno (de uno u otro lado), porque lo cierto es que, habitualmente, no suelo seguirlos; me interesa más lo que escriben en papel: me parece que los dota de más entidad como literatos. Nuestro invitado de hoy también confiesa esta misma opinión y tal vez por eso (entre otras cosas) decide, como ya han hecho otros (los ya nombrados Pecellín, Elías o Moga, por decir algunos) convertir algunas de las entradas de su exitoso blog (que acertadamente prefiere denominar «rincón» –alguna vez «bitácora»– y que se llama Mayora) en este voluminoso ejemplar (con una de las portadas más subyugantes que recuerdo en mucho tiempo) que el lector no debiera tardar en tener entre manos.
Confiesa el autor placentino en el prólogo de su libro (que, por cierto, titula con el lema que preside su bitácora: ‘Solvitur ambulando’) la razón que le ha llevado a publicar en internet sus impresiones y vivencias, en puridad la misma que le conduce inexorablemente a la escritura en general y que se explicita precisamente en el titulo escogido para esta compilación: ‘Porque olvido’. Y adelanta que realiza para su publicación una enorme selección, una gran poda de cuanto viene apareciendo en Mayora, (algo que desdecirían las cuatrocientas páginas del libro, pero téngase en cuenta que la exitosa bitácora –con aportaciones casi diarias y convertida en referencia ineludible para todo aquel que quiera estar al día, no solo en las cuestiones literarias de la región, sino, lo que es más interesante, del ámbito de la poesía mundial de la que Álvaro es un experto catador– ha alcanzado ya los quince años de jugosa, y a veces trepidante, vida). Declara también que ha preferido dejar al margen lo que no considera estrictamente más personal, con lo que no espere el lector opiniones políticas y consuélese con escasísimos comentarios de cuestiones muy particulares de la vida pública y cotidiana en general. Sí lamento particularmente que la poda se haya extendido a la práctica totalidad de sus siempre atinadas reseñas poéticas porque es para lo que más suelo consultarlo.
En suma, que lo que va a encontrar el lector gustoso es un repertorio de vivencias muy personales, algunas centradas en lo
literario (presentaciones de libros, actos de diversa índole en los que el autor nos transmite la impresión –creemos que sincera– de que, paradójicamente, no parece disfrutar mucho: queden como constancia de lo dicho sus continuas alusiones a las rápidas escapadas y despedidas, casi a la francesa –«hacer un Valverde» lo llama el cachondo de Jordi Doce–, que realiza de estos saraos) y otras centradas en el estricto ámbito de su vida familiar y –escasamente– profesional (Álvaro Valverde ha ejercido casi toda su vida como lo que siempre se llamó «maestro de escuela») que son aquellas en las que encontramos su verdadera dimensión de persona «humana» (a decir de los catetos) y para las que confieso que admiro su valor a la hora de expresarlas tan descarnadamente, asomando su interioridad a los demás en un ejercicio de exposición donde se notan rápidamente los apuros, dudas, temores e incertidumbres en el momento de afrontarlos. Y no solo por su exhibición tal cual, sino también por su plena conciencia de ser (otro leit-motiv del texto) una persona anodina, sin excesivas notoriedades en casi ningún ámbito y poco dada a emociones y a salidas de tono. De verdad que a uno (yo) le costó creerse ese momento –que, pleno de pudor, cuenta– en el que acaba dando botes con sus alumnos en la fiesta de final de un curso.
Y una lamentación sincera, por lo que nos toca a todos en realidad: muchas veces estos textos aquí recopilados se acaban convirtiendo en un rosario de evocaciones de seres queridos que nos van abandonando. Sea del exclusivo ámbito familiar y conciudadano del autor, o respondan al recinto de lo literario y cultural (omnipresencia del recuerdo de Ángel Campos y Fernando Pérez y cierre de nuestra entrega con el óbito de Julián Rodríguez) entristece ver el importante caudal de gente ilustre que le (nos) va dejando. Me quedo –con toda sinceridad, porque también los comparto– con el de las aguas que contempla correr extasiado en sus paseos por su comarca y la impresión siempre bienaventurada del trino de los mirlos que con tanto gusto evoca en estas tan entretenidas como emocionantes páginas.

22.5.20

José Luis García Martín lee "Porque olvido"




El diario es el género más proteico y el que más claramente muestra la huella dactilar del escritor.
Más joven que la milenaria poesía, aunque su edad se cuenta ya por siglos, ha sabido como ella adaptarse a las nuevas formas de comunicación.
El tradicional diario o dietario, escrito en pequeños cuadernos o en grandes libros de contabilidad, se ha acomodado perfectamente al lenguaje de Facebook o de los blogs personales.
El poeta Álvaro Valverde, autor también de un par de novelas entre costumbristas y líricas, lleva desde 2005 un blog en el que da cuenta de sus lecturas, de su vida familiar y, sobre todo, de su vida profesional –digámoslo así-- como escritor. Ahora esos cientos de notas dispersas adquieren un nuevo sentido al reunirse en volumen. Ha habido una selección: quedan fuera los acuses de recibo de las novedades literarias y ciertas polémicas políticas (el autor ocupó algún cargo cultural del que fue desposeído con no muy buenas maneras). Lo que queda basta para retratar de cuerpo entero al autor: un hombre educado, cordial, que nunca se olvida de dar las gracias. 
Álvaro Valverde es un escritor paradójico: nació y ha vivido siempre en una pequeña ciudad, Plasencia, presencia constante en su obra, pero no es un escritor local. Desde su apartado rincón –y cumpliendo gozosamente con su otra profesión, la de maestro-- ha sabido encontrar un sitio en el panorama nacional, ganar los más importantes premios, hacer oír su voz de lector atento en alguno de los más significativos suplementos culturales. 
¿Cómo lo ha conseguido? Este nutrido volumen puede servir como un manual de buenas prácticas para la promoción literaria. Comenzó Valverde, allá por los años ochenta, encuadrado en las filas de quienes combatían a la llamada “poesía de la experiencia”. Bajo el magisterio de un desaparecido Felipe Núñez y del más conocido Aníbal Núñez, aplaudido por Antonio Gamoneda, quiso hacer una poesía conceptual que no condescendiera con los modos realistas y neotradicionales de quienes comenzaban entonces a triunfar: Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, Andrés Trapiello. 
Pronto, sin embargo, cambiaría de bando o, mejor, comprendería que lo mejor es estar a bien con todos los bandos, y encontró su camino en una poesía a a vez reflexiva e intimista, muy ligada a ciertas referencias culturales, evitando siempre cualquier disonancia. 
Porque olvido abunda en detalladas crónicas de presentaciones y lecturas. Álvaro Valverde, tras el elogio de los presentadores, tiene buen cuidado de no olvidar el nombre de ninguno de los asistentes y de dedicarle a cada uno de ellos unas palabras amables. No faltará quien piense que esa parte del diario, cumplida su función, quizá hubiera debido quedarse en el espacio virtual. Pero no deja de tener su encanto ni su interés sociológico y psicológico. 
Otra buena parte de las entradas pueden encuadrarse en el capítulo de las necrológicas: se despide de emocionada manera a escritores amigos (Santiago Castelo, Ángel Campos Pámpano) y también a familiares y conocidos sin trascendencia pública. Álvaro Valverde –local y universal-- acierta en no distinguir entre unos y otros, todos cercanos a su corazón. 
De vez en cuando aparecen las referencias a su vida como profesor –una excursión escolar, un regalo de fin de curso--, evitando en lo posible cualquier aspecto negativo, como es ejemplar marca de la casa. 
La vida familiar, si incurrir en incómodas intimidades, aunque con alguna concesión al sentimentalismo, siempre contenido, se muestra con frecuencia en estas notas que abarcan quince años, y en las que se percibe como el tiempo va dejando su huella. 
No podían faltar las crónica viajeras. Casi todos los viajes de Álvaro Valverde son debidos a motivos literarios (una presentación, una lectura) y por eso entremezclan el agradecimiento a los anfitriones con muy precisas observaciones paisajísticas. 
Después de Plasencia, la otra patria de Valverde se encuentra en Gijón, ciudad a la que vuelve con frecuencia por motivos familiares, y a la que dedica enamoradas páginas. 
Un diario puede comenzarse a leer por cualquier página, también por la primera. Si leemos Porque olvido desde el principio nos encontramos con una minuciosa novela en la que un escritor y una pequeña ciudad son protagonistas principales, pero en la que abundan los personajes secundarios. A ratos nos resulta la lectura un tanto fatigosa, como en tantas novelas, pero pronto nos dejamos ganar por su atmósfera: en el microcosmos placentino cabe el mundo y el protagonista está lejos de ser un personaje plano, como pudiera parecer al principio. 
Pero también hay otra forma de leer, la más frecuente en los diarios, abrir por cualquier parte, picotear acá y allá, y detenerse en las páginas que nos hablan de paseos solitarios, de amigos admirados, de recuerdos juveniles, de la vida que pasa. 
Álvaro Valverde es el más educado, correcto, profesional, de los poetas españoles contemporáneos. Ese elogio es también la mayor censura que podría hacérsele. Al poeta, al hombre de genio, le conviene despeinarse de vez en cuando, perder los papeles. Álvaro Valverde nunca los pierde, al menos en este diario: si censura a algunos políticos, a algunos poetas de éxito en los medios, procura hacerlo sin dar nombres. Solo Eduardo Galeano y los independentistas catalanes se libran de esa cortesía. 
Porque olvido tenía todas las bazas para ser un libro de interés regional y, sin embargo, misteriosamente, funciona fuera de las fronteras de Extremadura. La mejor manera de ser universal es afianzar bien los pies en la tierra que pisamos y desde ella contemplar el mundo. 

Publicado, que a uno le conste, en El Comercio y El Diario Montañés, periódicos del Grupo Vocento, el 22 de mayo de 2020. En el diario HOY de Extremadura, debería haber aparecido el sábado 23, pero no se publica porque Enrique García Fuentes escribe también una reseña del libro con el título de "Para que recordemos". Coincidencias.

21.5.20

Canto guanche

Me entero ahora de que el pasado día 16 se fallaron los Premios de la Crítica Valenciana. En poesía, eran finalistas los libros: El dueño del fracaso, de Ramón Bascuñana; La mar desnuda, de Fernando Delgado; Llegar a casa, de José Iniesta; María Cambrils. El despertar de la conciencia, de Ana Noguera; Todas las batallas perdidas, de Joaquín Juan Penalva; Donde da la vuelta el aire, de Mila Villanueva; y Mis fantasmas, de Juan Pablo Zapater. Al final ganó el libro de Delgado. Porque, entre otras cosas, representa "la madurez de un escritor muy completo y diverso a la vez, y que en este caso nos muestra toda su destreza y maestría a través de unos elaborados y poderosos versos, con un ritmo grandioso y una sonora musicalidad", según el jurado.
Rescato esta reseña, que debió publicarse hace meses, sorprendido aún por la noticia. Los premios, ese misterio. 

Fernando Delgado
Pre-Textos, Valencia, 2019. 100 páginas. 

“Es norma generalizada que en España el que es poeta no puede ser otra cosa. O si uno escribe novela ¡ay de él si se le ocurre escribir poesía!”, comentó en una entrevista Antonio Colinas. Sí, aquí es difícil compaginar géneros y a cada escritor se le cataloga sin tener en cuenta esa alternancia. A Delgado (Santa Cruz de Tenerife, 1947) se le ha asignado, junto a la de periodista (fue director de RNE y premio Ondas), la categoría de narrador y, con serlo (ha publicado trece novelas y ganó el Planeta), también es autor de los libros de poesía Urgente palabra, Mísero temploProceso de adivinaciones, Autobiografía del hijo, Presencias de ceniza, El pájaro escondido en un museo  y Donde estuve
La mar desnuda es un libro singular que reúne una primera parte de ocho poemas (acaso la mejor, donde aparece el mar –léase “La mirada del mar”, un diálogo con Sorolla– y los ríos; la carnalidad, el amor y el sexo; la Iglesia de algunos que toman el nombre de Dios en vano o la obra escultórica de Chirino) a la que sigue un extenso libreto para una ópera inconclusa que, como se explica, le encargó el compositor Rodolfo Halfter,” inspirada en la historia de un mencey guanche”, Tanausú, que “optó por la muerte en el mar a favor de su libertad y la de los suyos”. Conforman su estructura varias partes: la inaugural (“El agua vuela”) y cinco más, además de una final (“Epílogo”, esto es, “Paisaje de Millares”, el pintor de las arpilleras, donde el cuadro adquiere la condición de metáfora del relato).
Lo mítico, épico y telúrico –prima lo esdrújulo– se unen para cantar las hazañas del héroe. Abundan los nombres propios (de lugares, personajes o dioses) y las palabras clave: caldera, drago, mar, águila, isla, roque, volcán… Al lector le faltan acaso referencias, pues la teatral cantata carece de notas.
Por otro lado, la inspirada historia legendaria de los aborígenes guanches humillados por el ejército invasor de los Reyes Católicos de España puede que cause cierta fatiga en ese lector ahíto de imaginarias vindicaciones patrióticas.
Destacan, en positivo, más allá del indudable esmero del lenguaje, la fuerza del amor (entre Tanausú y Acerina: “que ya no vivo en mí / sino contigo”), la virtud del fracaso, la denuncia de la traición, la resistencia ante el destino y, sobre todo, el valor de la libertad.

18.5.20

Pase de revistas

Más de una vez he comentado que mi amigo Gonzalo y yo solíamos concluir si merecía la pena tal o cual revista por el porcentaje del índice que leíamos. Algunas se iban como venían, o casi. Si hablo en pasado es porque ya sólo leo las que me interesan. Pasó para mí el tiempo de las actualidades.

Reconozco que la joven y ovetense Anáfora, que coordinan Candela de las Heras y Pablo Núñez, no suele defraudarme. Quiero decir que la leo casi por completo, número a número, y acaba de salir en papel el 19. Es verdad que es poco voluminosa y que lo sustancial está ocupado por poemas. En este caso, por ejemplo, de Jesús Munárriz (con la Guerra Civil "al fondo"), Jon Juaristi (que no pierde su sentido del humor y que regresa Vinogrado), Enrique Baltanás (deliciosas, aunque tristes, sus "Flamencolías"), José Cereijo (luminoso y meditativo), María Ángeles Pérez López e Irene Sánchez Carrón (que cada vez escriben mejor)... Tampoco me han disgustado los poemas del resto, que intuyo jóvenes. Emilio Quintana Pareja publica un poema excelente y, además, traduce a un vanguardista poeta ruso-sueco, Henry Parland, que murió a los veintidós de escarlatina. Me ha sorprendido. Qué llevadera su poco pirotécnica vanguardia. Mi paisano José Antonio Llera traduce a Ken Smith y su "Lorca" es ejemplar. Como preciosos me han parecido los fragmentos de "Herdanza" ("Herencia") de la gallega Olalla Cociña (las versiones son de Luz Pichel). F. J. Martínez Morán entrevista a quien, por oficio, suele entrevistar: Javier Lostalé, que publica un poema inédito: "Clausura". En las "Lecturas", libros dignos también de ser comentados. Con todo, lo que he leído de esta entrega con más placer ha sido el texto que la abre, "Vocación y oficio", del asturiano Martín López-Vega. Copio una frase: "La poesía es un destilado de vida, pero las lecturas son el material con el que se fabrica el alambique". 

Pero por suerte hay más revistas que uno lee de cabo a rabo. Acaba de llegar desde Teruel el último número de Turia. Destacaría (hablo por mí, claro), además de relatos, ensayos y poemas (de Yolanda Morató, Amélie Nothomb, Vicente Molina Foix, Patricio Pron, Francisco López Serrano, Mahnaz Parakan, Amalia Bautista, Enrique Andrés Ruiz, Javier Lostalé, Ben Clark, Mariano Peyrou, Jorge Gimeno, Mercedes Cebrián, José Ángel Cilleruelo, Rafael Fombellida, Cecilia Quílez, Alejandro Simón Partal, Hasier Larretxea, Daniel Gascón y un largo etcétera), además de sesenta reseñas (si he contado bien), destacaría, digo, el cartapacio dedicado al escritor suizo Robert Walser, al que adoro desde que leí El paseo. Y Vida de poeta, por no hablar de Paseos con Robert Walser, de su tutor y amigo Carl Seelig. O las nuevas páginas del diario de su director, Raúl Carlos Maícas, cada vez mejor escritas y más ácidas. O la extensa y espléndida entrevista a Cees Nooteboom, flamante premio Formentor 2020, que firma Fernando del Val. Una conversación que tuvo lugar en su casa-convento de Menorca. Y la que mantiene Enma Rodríguez con Marta Sanz. O, en fin, "Cien años después: sobre la fama póstuma de Galdós (1843-1920)", del profesor Mainer. Todo un festín, como siempre. 500 páginas de literatura para los más exigentes. Casi un milagro. 

Termino por hoy con la espléndida Sibila, de Patricia Ehrle y Juan Carlos Marset (patrocinada por la Fundación BBVA), tan elegante, con ese papel amalfitano que tanto me gusta oler y acariciar. Llega a su número 60, todo un hito. Con poemas inéditos de españoles como Antonio Gamoneda ("De biografía y paranoia"), José Corredor-Matheos (al que no vence, como al anterior, la edad), Basilio Sánchez (uno de los protagonistas de la lucha contra el virus, ya en fase postLoewe, que nos ofrece dos poemas, uno de ellos el emocionante "La piedra buena"), Juan Cobos Wilkins (y su "magia de nombrar") o Alfonso Alegre Heitzmann, y de hispanoamericanos: Jorge Boccanera, Francisco Segovia, Santiago Sylvester, Jorge Aulicino, Denise Vargas, Soledad Fariña... Y de una catalana, que se traduce a sí misma: Susanna Rafart. Entre las prosas, un relato de Pilar Adón y otro de Javier Salvago. Las imágenes (y la cubierta) son en esta entrega de Chema Cobo, luminosas (de su pintura escribe Ruiz de Samaniego). La música, de Bruno Dozza. 
Dejo para el final una sorpresa. Me refiero a tres magníficos poemas de Jacobo Cortines reunidos bajo el título "Pasos de amor III. Fragmentos", dedicados (esto lo dice uno) a su mujer Cecilia Romero de Solís, Lilí, que falleció hace dos años. El 1, el 6 y el 9 de ese libro futuro que estoy deseando leer. Versos como estos, de cadencia tan sureña como clásica: "Tu voz, mi amor, tu voz es la que escucho, / porque amor es tu voz y amor mi escucha, / y ese amor en amor ha de fundirse / y en cadencia infinita prolongarse". O: "Más para ser perfecta / necesita la luz de tu mirada". O, por fin: "Y el mar no es el morir, sino otra vida / que has de vivir conmigo mientras vivas". 

Nota: He tomado la imagen que ilustra mi breve comentario sobre Anáfora del muro de la revista en Facebook. No sin intención. Ya se ve que el ejemplar está muy bien acompañado por el flanco derecho, ja, ja. 

14.5.20

La poesía de González Iglesias



JARDIM
  
Jardín Gulbenkian
Juan Antonio González Iglesias
Visor, Madrid, 2019

La batalla de los centauros
Juan Antonio González Iglesias
Libros de Canto y Cuento, Jerez de la Frontera, 2019


Juan Antonio González Iglesias (Salamanca, 1964) publicó en 2010 su poesía reunida en Del lado del amor; esto es, los poemas de La hermosura del héroe, Esto es mi cuerpo, Un ángulo me basta, Olímpicas, Eros es más y el inédito Selva de fábula. Cinco años después llegó Confiado. También en Visor aparece Jardín Gulbenkian y, de nuevo (tras ganar el de la Generación del 27, el Ciudad de Melilla y el Loewe), gracias a un galardón de la editorial madrileña: el Gil de Biedma. Su salida coincide con la de otro libro suyo: La batalla de los centauros.
Jardín Gulbelkian toma el título del que rodea el Museo Calouste Gulbenkian de Lisboa, “el jardín más bello que conozco”. Saint-John Perse, corresponsal y amigo del filántropo, escribió: “El jardín es la piedra angular de su trabajo, porque es el secreto más vivo, más íntimo y sensible, mejor guardado para sus sueños”.
Al jardim lisboeta dedica el primer poema y otros, los que conforman el cuerpo central de la obra. A ese jardín moderno, sí, pero también al concepto literario clásico (topoi) que, como símbolo, representa: “El jardín recorta sobre la superficie un fragmento de mundo bien hecho, que acaba equivaliendo al mundo”. Así, en “Academia”, el jardín griego al que viaja Horacio, que, junto a los nombres de Plutarco, Homero o Virgilio, refuerza la elegante erudición, el nada impostado culturalismo que caracteriza esta natural, meditativa, rítmica y sentenciosa forma de decir: “Estoy con el lenguaje. Soy lenguaje. Esto es”. Una suerte de teresiano desasimiento.
Su poética es, ante todo, una ética. De la cotidianidad y la sencillez: “A pesar de lo que pudiera parecer, / lo complicado no prevalecerá”. Aunque “También en lo sublime / está lo más sencillo de la vida”. Y de la verdad, que “es pequeña, y su belleza / orientará al que está desorientado”.
No falta, claro, el agua (“Es uno de los nombres de Dios”). “Y así el lenguaje busca también el agua”, dice. La del estanque, el surtidor, el hontanar o el río: el Tajo, el Tormes, el Cuerpo de Hombre. O la del “regato”, que le lleva a Pessoa y al padre. Ni otros asuntos habituales en su poesía: el deporte, los cuerpos jóvenes, el amor, la lectura (“Leer es mejor que escribir, mejor que hacer, / mejor que todo”), la trascendencia (“Y niego que seamos / materia nada más, solo energía”). La suya es una mirada “hacia Poniente”, “no Poente” de Sophia.
Diecisiete consistentes poemas componen La batalla de los centauros. “Animal incompleto” se titula el primero: “que haces pesas / y necesitas botas/ y en una biblioteca guardas libros”. Observa “desde tu ángulo”, un guiño al título de una de sus entregas más apreciadas.
En “Consejos a un poeta cachorro”, leemos: “Lo único seguro es que el poema / es absoluto solo de amor y de lenguaje”. “Don’t innovate. / Imitate.”, concluye.
Luego, Epicuro (y Francisco de Asís y Yourcenar), los colegas del gimnasio, Burdeos y el vagabundo (esto es, Europa), gente tatuada en Benidorm, centauros en bicicleta, chicos que practican parkour (“Los obstáculos forman parte de la belleza”), un mapamundi e Ispania, los persas de “Soneto de amor”… Y Pablo García Baena, dedicatario del libro: “Me gusta imaginar a Dios parecido a ti”, retratado en un poema memorable. Como él, “Será lenguaje y será poeta / sin más, completamente”.
Con un autorretrato (“Horacio, Epístola, 1, 20”) se cierra el libro. El lector, como el poeta latino, puede concluir “Que, despojado / de todo, el único refugio, el único / jardín que le quedó fue la poesía”. Porque “jardín significa paraíso”.

Nota. Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno
En la imagen, Juan Antonio González Iglesias fotografiado por David Arranz. 

12.5.20

La poesía reunida de Hill


Geoffrey Hill
Edición, traducción y prólogo de Andreu Jaume
Lumen, Barcelona, 2010. 456 páginas. 27

Hill (Bromsgrove, 1932-Cambridge, 2016) estudió en Oxford, donde culminó su vida académica como Professor of Poetry. Antes enseñó en Leeds, Cambridge y Boston.
Poeta insólito y resistente, su figura se aloja, según Jordi Doce, en “un lugar aparte de la escena poética angloamericana”. A pesar de su enorme prestigio (críticos como Bloom o Steiner lo confirmaron) su obra no había llegado al lector español del modo que la de contemporáneos como Hughes o Tomlinson. Sólo conocíamos Veintisiete poemas Himnos de Mercia, traducidos por Doce, el segundo en colaboración con Jiménez Heffernan.
Aunque su poesía completa, reunida bajo el título de Broken Hierarchies (2013), consta de 992 páginas, la edición de Jaume remite a Selected Poems, una muestra realizada por el poeta en 2006, donde no figuran poemas de su última etapa. Téngase en cuenta que Hill publicó cinco libros entre 1959 y 1983, pero que a partir de 1996, tras salir de una profunda depresión y tratarse con litio, dio a la imprenta otra decena.
Más cerca del modernism (del primer Eliot) que del Movement (de Larkin, su “contrafigura”), la poesía de Hill se caracteriza por su formalismo (Doce alude al término juanramoniano redondocerradas para referirse a la precisión de sus composiciones) y por su oscuridad (un lema de Pound abre Jerarquías rotas: “En la penumbra, el otro congrega luz contra sí mismo”).
Hill es un poeta doctus (Siles dixit), un “gran fabbro”, según Jaume, “que hizo de la dificultad un estandarte”. Alguien absolutamente preocupado por el lenguaje (“Quisiera proponer seriamente una teología del lenguaje”), al que pretende salvar, con meditado fervor, de la banalidad alejándolo del habla cotidiana, tan corriente en la poesía conversacional británica. Al fondo late una ineludible cuestión moral (y política y religiosa), pues no en vano pertenece a la generación que sobrevivió al nazismo, la Guerra y el Holocausto, tan presente en su obra. Su poesía es, por decirlo con el editor, “hija de las catástrofes del siglo XX”. Pura historia. Combinada con mayúscula y con minúscula, precisa Siles, “al modo trágico”. “Poeta del dolor” y “lo Sublime”, “el más blakeano de los poetas modernos”, afirmó Bloom, “su asunto, como su estilo, es la dificultad”. “Nos obliga a cada uno de nosotros a poner a prueba su propia fuerza como lector”. Su alto nivel de exigencia, su acendrado rigor, convierten sus versos en auténticos artefactos herméticos que es complicado, cuando no imposible, desentrañar. “Somos difíciles”, aseveró. A este hombre se le estudia, no se le lee. Es normal que su recepción haya tardado tanto. Por eso es tan loable el titánico esfuerzo de Jaume por verterlo al español, aunque cueste escucharlo en nuestra lengua. Las notas que sus poemas incluyeron en su momento, desechadas después, resultarían útiles a quien carece de los debidos pertrechos intelectuales (no digamos si no es de origen inglés) que esta poesía, opaca casi siempre, requiere. Con todo, libros como King Log, donde está “Ovidio en el Tercer Reich”, “Anunciaciones” (“el poema corto fundamental” de su promoción, según Bloom), “Canción de septiembre”, “Cuatro poemas acerca de la resistencia de los poetas” (que incluye el homenaje a Miguel Hernández) o “El cancionero de Sebastian Arrurruz”; Himnos de Mercia, escrito en versets, donde lo autobiográfico (“Mi rica y austera infancia” en los Midlands) se mezcla con lo medieval y arqueológico; Tenebrae, donde apreciamos la honda influencia de los metafísicos ingleses y los poetas barrocos y místicos españoles (traduce un soneto de Lope); o poemas como “Acedera”, “El funeral de Churchill”, “Pisgah” u otros posteriores, nos permiten afirmar que Hill es un poeta legible y, con la debida insistencia, gustoso, al que podemos comparar con el Valente de los setenta, traductor de Celan (al que aquél dedica un poema) o Jabés.
“Hasta ahora, como un erudito serio, / reúno fragmentos, más allá de la conjetura / estableciendo verdaderas secuencias de dolor”, dejó escrito quien definió la poesía como “un triste y colérico consuelo”.

NOTA: La reseña de la poesía de Hill se publicó en El Cultural el pasado viernes 8 de mayo de 2020. Eso sí, la que doy aquí es la primera versión que envié al suplemento, sin el leve recorte que sufrió a última hora.

11.5.20

La poesía de Xavier Seoane

Confieso que nunca hasta ahora había oído hablar de Xavier Seoane (La Coruña, 1954) ni lo había leído. Al menos que yo recuerde. Y bien que lo siento. Por lo que he averiguado, estudió Filología Románica en la Universidad de Santiago de Compostela y desde 1975 compagina la creación literaria, la crítica de arte y la gestión cultural. Su lengua literaria, por cierto, es el gallego. A lo que se ve, es un hombre muy implicado en la renovación cultural de Galicia y miembro fundador de la revista y foro Luzes de Galiza y del grupo poético De amor e desamor.
Como narrador ha publicado las novelas Ábrelle a porta ao mar (hay versión en castellano en Reino de Cordelia), Filiberto e Sofonisba y A Dama da noite (basada en la vida de Rosalía de Castro y que también está en el catálogo citado). También en prosa, los libros de aforismos Irispaxaros y A rocha imantada. Como ensayista, Identidade e convulsiónReto ou rendiciónAtravesar o espelloO sol de HomeroSaudar a vida y Todos somos Ulises.
Su poesía, que es por lo que viene uno aquí, comprende los libros Don do horizonte (1978-1999), que recoge lo publicado hasta esa fecha (casi una decena de obras escritas todavía en castellano), Dársenas do ocaso (premio Nacional de la Crítica), Vagar de amor e sombraPara unha luz ausenteDo ventre da cóbregaRaíz e soñoEspiral de sombras Threnói (traducido también en Reino de Cordelia).
Que a uno le conste, y para terminar, Ediciones Linteo publicó hace tres años una antología de poemas (en español) con el título Elogio de vivir.
Es Pre-Textos y su buen olfato poético quien vuelve a sorprenderme con De vuelos y de aves. Aparece, dónde mejor, en la pequeña colección (por su formato, de 15x10) “El pájaro solitario” (donde hay libros, entre otros, de Perse, Saba, Ovidio, Trapiello, Sánchez Rosillo o Cabrera) y en la cubierta no falta una preciosa viñeta de Ramón Gaya.
La edición, claro, es bilingüe y el traductor es el mismo Seoane, según costumbre.
Se trata de un florilegio que reúne poemas de distintos libros. La presentación, que es un poema en sí misma, comienza describiendo dónde vive, en la costa atlántica, y, por tanto, cerca de las aves. “Siempre he sentido una gran fascinación por la naturaleza –declara–, su misterio, variedad y belleza”. “Esta selección responde a la perplejidad y emoción que esa experiencia me ha producido a lo largo de toda la vida”. Luego, enumera algunos pájaros, sus formas, modos o virtudes. Con todo, hay mucho más que pájaros en este libro. Y Seoane es más que un ornitólogo.
Si tuviera que definir al libro con una palabra, sería delicadeza. Marca su tono, que vira a melancólico: “un hombre silencioso es como un viejo caserón deshabitado”. O: “que nada es tan hermoso / como volver al país amado y reencontrarte / hilando la madeja de una juventud que no murió jamás”. Predomina, ahora bien, lo celebratorio. La alegría de permanecer en medio de la naturaleza y del paisaje: “exulten los jazmines ría el mirlo”.
Se diría de esta poesía que es la de un romántico, en el mejor y más hondo sentido. Del norte, como los ingleses o alemanes de fausta memoria. 
O la de un oriental que observa paciente cuanto le rodea, que acecha sereno y “escruta la vida” hasta que llegue el momento de expresar lo que ve y lo que siente. Del que contempla los asombros. 
“Si el pájaro dijese / su más trémulo cántico, / ese es el poema, amigo, / del hombre al alba”, leemos en “Aquí”.
Destacaría poemas como Noli me tangere (“¿Es tan hermoso el mundo / como lo cantan los pájaros?”), “Invitación al viaje”, “La visita” (no por nada dedicado a Brines), “Elogio de la mirada (“Nada en mí puede haber tan misterioso / como mirar”), “Tierras de ocaso” (“Qué tierra esta / para morir”), “Agra da Brea” (“Aquí fui joven”), “Julio” (“Era un mundo auroral / el de aquellas mañanas / soleadas”), “De la imposible certeza” (“El horizonte es más vasto / que toda mirada”), “De dura sangre” (“Todo languidece. // La vida pasa”), “El último urogallo” (con Cunqueiro al fondo), “Para un pasto imposible” (“Buscamos sin esperanza / un mensaje nunca escrito / en las estrellas y en los pájaros”)...
Conviene, en fin, comparar las versiones en castellano con el original en gallego. Depararán al lector más de una agradable sorpresa.
Lo dicho, ha sido un placer dar con los versos de Xavier Seoane, que vuelve a demostrar (y perdonen que vuelva a esa guerra perdida) que la poesía que se inspira en la naturaleza no ha de ser despreciada por antimoderna ni calificada, con desprecio, como agropecuaria. En estas penosas circunstancias de confinamiento, leer estos versos ha sido un lenitivo. Como abrir en el cuarto otra ventana que daba a “un mundo / nuevo / recién creado”. Lea y juzgue.  

De vuelos y de aves
Xavier Seoane
Pre-Textos, Valencia, 2019. 152 páginas. 18 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno

9.5.20

Simón Viola lee "Porque olvido"

Esta del profesor y crítico dombenitense de La Codosera, en plena Raya, es la primera reseña de Porque olvido. La publica en su blog Notas al margen. Muito obrigado. Parece que el libro empieza a moverse, desconfinado al fin. 




PORQUE OLVIDO
(Diario, 2005-2019)

Álvaro Valverde
Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col. Perspectivas, 2020, 400 págs.

   Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), uno de los escritores con mayor proyección fuera de Extremadura, ha protagonizado algunas de las iniciativas culturales más relevantes en la región, entre las que destacamos la edición, junto con Ángel Campos Pámpano de Abierto al aire. Antología consultada de poetas extremeños (1971-1984), la creación del Plan Regional de Fomento de la Lectura (2002-2005), la dirección de la Editora Regional (2005-2008), la presidencia de la Asociación de Escritores Extremeños o la fundación, junto con Gonzalo Hidalgo Bayal, del Aula Literaria José Antonio Gabriel y Galán.
   Como poeta, es autor de una trayectoria lírica recogida en las más reconocidas antologías de autores de su generación y traducida a varios idiomas, con títulos tan relevantes en la historia de la poesía española contemporánea como Territorio (premio “Ciudad de Badajoz” 1984, Badajoz, DPDB, 1985), Las aguas detenidas (I premio de poesía “Ciudad de Córdoba”, Hiperión, 1989), Una oculta razón (IV premio “Fundación Loewe”, Madrid, Visor, 1991), A debida distancia (Hiperión, 1993), Ensayando círculos (Tusquets, 1995), El reino oscuro (Mérida, ERE, 1999), Mecánica terrestre (Tusquets, 2002), Desde fuera (Tusquets, 2008), Plasencias (Mérida, De la luna libros, 2013), Más allá Tánger (Tusquets, 2014) y El cuarto del siroco (Tusquets, 2018, premio Meléndez Valdés). Su obra poiética ha sido antologada en dos publicaciones recientes, Un centro fugitivo (La isla de Siltolá, 2012, al cuidado de Jordi Doce, y Álvaro Valverde. Poemas,1985-2015 (ERE, col El pirata, 2017, con ilustraciones de Esteban Navarro).
   Como novelista ha publicado Las murallas del mundo (finalista del 49º premio de novela “Café Gijón”, Sevilla, 2000) y Alguien que no existe (Barcelona, Seix Barral, 2005). Álvaro Valverde ha publicado también El lector invisible (Mérida, Editora Regional, 2001), una selección de artículos y reseñas, y Lejos de aquí (Mérida, De la luna Libros, 2004), un libro de viajes.
   En la actualidad, sus reseñas de libros poéticos aparecen en El Cultural, suplemento del diario El mundo.
   Ahora, la Editora Regional de Extremadura publica en su colección Perspectivas Porque olvido, un extenso diario que recoge, según indica el subtítulo, entradas desde 2005 a 2019. Como señala en un texto liminar, las entradas del diario proceden de su blog Solvitur Ambulando (que, ignorando versiones literales, podríamos traducir como el “caminante reflexivo”), seleccionadas y corregidas con cuidado para este nuevo “contenedor de textos” que es ahora un libro merecedor, sin duda, del juicio de Whitman (“Camarada, esto no es un libro, quien toca esto toca a un hombre”), pues si es cierto que el diario nos presenta a un lector y un escritor perseverantes también nos muestra otras facetas de su personalidad, de modo que los motivos del diario muy bien podrían situarse en sucesivos círculos concéntricos: la familia más o menos próxima (padres, hermanos, tíos, vecinos y conocidos, los recuerdos de la infancia, las dolorosas pérdidas…), los escritores con los que ha consolidado una relación de amistad (muy numerosos, pero sobre los que parece haber caído una maldición bíblica de muertes prematuras: Carlos Lencero, Fernando Pérez, Ángel Campos, Santiago Castelo, Julián Rodríguez), las actividades “institucionales” de sus sucesivas tareas (como presidente de la AEEX, como director de la Editora Regional y del Plan de Fomento de la Lectura), su trabajo como maestro (actividades colegiales, relaciones laborales, anécdotas de clase…), sus paseos cotidianos atraído por una naturaleza constante en sus poemas, sus viajes dentro y fuera de la región (congresos, actos culturales, presentación de libros propios y ajenos, visitas a centros escolares, a aulas literarias…) y, claro está, los libros, numerosísimos (tal vez el volumen pedía un índice final de autores y títulos), de los que proceden numerosas citas: “escribir en España es una de las formas del anonimato” (G. Hidalgo Bayal), “No existe ninguna palabra en ninguna lengua bantú para decir futuro” (Mia Couto), “un poema es una conversación en la penumbra” (Eliseo Diego”), “un profesor (y un escritor) trabaja para la eternidad: nadie puede predecir dónde acabará su influencia” (H. B. Adams)…
   Reproducimos una de las entradas del diario, que en el blog tituló “Carta de Don Benito”, escrita tras visitar el Aula Literaria Guadiana de esta ciudad en febrero de 2014.

   ¡Qué caras de circunstancia siempre en las mesas de las lecturas y las presentaciones! Y sin embargo, nada más lejos de la realidad. La de ayer fue una noche casi perfecta y uno estaba razonablemente feliz. Un puñado de amigos (Juan Ricardo Montaña -uno de los tipos más elegantes que conozco, en todos los sentidos-, Antonio María Flórez -fotógrafo de guardia, tan cercano-, Octavio Escobar -el escritor colombiano, de gira por España, ya un viejo conocido-, Teresa Guzmán -más joven que nunca, compañera de colección lunera-...), una sala confortable (diseñada por Moneo) casi llena de público (eso que no existe en poesía) e incluso autoridades: el alcalde, Mariano Gallego (no recuerdo haber visto a ninguno en una sesión del Aula placentina), y el incombustible y cordial concejal de Cultura, Manolo Núñez. Conmigo en la mesa, mis anfitriones: José Carlos García de Paredes y Simón Viola, los directores del Aula Guadiana de Don Benito. 
   A última hora de la mañana tuve un encuentro distendido y animado con alumnos del Claret y del IES Donoso Cortés. Eran de 1º de Bachillerato. Patricia me confesó, cuando le firmaba el cuadernillo, que no se había aburrido. La altísima Mihaila, que es rumana pero parece rusa, asintió. Y Jonás. No es poco.
   Mención aparte merece la comida, en el aéreo restaurante del hotel Quinto Cecilio de Medellín. Frente al castillo y el recién restaurado teatro romano, sobre el viejo puente, que no daba abasto para recoger entre sus arcos de piedra las aguas de un Guadiana impetuoso y desbordado. Qué paisaje -media provincia de Badajoz y parte de la de Cáceres se ven desde esa atalaya- tan distinto al que uno suele contemplar cada día, y eso que el pobre Jerte lleva semanas con aspecto de río europeo. 
   Otro tono tuvo la sesión vespertina. Pocas veces, lo confieso, me he sentido tan a gusto leyendo poemas. Uno de cada libro (y de algunos ni eso). Un par de inéditos y el último que he escrito. En medio, algunos comentarios acaso pertinentes y, por qué no, alguna maldad y otras anécdotas. Después hubo debate, cosa rara, y las preguntas no fueron las de siempre. Se ve que donde se siembra cultura los frutos acaban, más pronto que tarde, recogiéndose.
Fue salir de allí, coger el coche y volver a casa. Lo normal. Desde Miajadas, bajo la lluvia. Pertinaz, cansina. La autovía estaba peligrosa y, a ratos, en vez de en coche diría que iba en submarino.
   Ya en la cama, me costaba conciliar el sueño. Demasiadas emociones. ¡Dichosa poesía! [pp. 259-260].

6.5.20

Celan, 100 años

La lectura del artículo de Josep Massot "Paul Celan, el poeta que respondió con versos al horror del Holocausto" (El País) me ha recordado un libro de Mario Martín Gijón que todavía no he terminado, pero que conviene comentar. Se trata de Voces de Extremadura. El camino de Paul Celan hacia su shibboleth español. Lo ha publicado Libros de la Resistencia. 
Komm, / ich führe dich hinweg / zu den Stimmen / von Estremadura». «Ven, / yo te llevaré lejos / a las voces / de Extremadura». Así termina el poema «Shibboleth», uno de los más conocidos de Paul Celan, verdadera poética en clave de su obra, y que daría pie, décadas después, a un libro de Jacques Derrida, tan original en sí como libre en cuanto a la interpretación de las circunstancias del poeta judío", escribe el escritor y profesor extremeño. Y sigue: "Paul Celan nunca pisó Extremadura ni ninguna otra región de España. Tampoco de Portugal. La península ibérica sería para alguien llegado del otro extremo de Europa (de la Bukovina, región de encrucijada entre rumanos, eslavos y germanos, tierra sobre todo de una comunidad judía exterminada por los nazis) un lugar de lejanía, una tierra extrema, casi el fin del mundo para alguien cuyo horizonte cultural, muy rico, era netamente europeo, y que no sintió apenas interés por Asia, África, o América.
Con todo, es matizable la afirmación de Otto Pöggeler, uno de sus mayores estudiosos, quien al hablar de la «apropiación como traductor de la lírica europea» por parte de Celan, señalaba que esta tenía como excepción «la poesía en lengua española». Como trataré de mostrar en este breve ensayo, la península ibérica fue decisiva en la trayectoria de Paul Celan".
Lo explica por extenso en el Umbral que abre el libro (de donde se toma lo anterior). Se compone de tres partes y un anexo. La primera se titula "La biblioteca española de Paul Celan y Gisèle Lestrange". La segunda, "Celan descubre a Pessoa". La tercera, "La guerra de España y el «Shibboleth» antifascista de Paul Celan". En el anexo se enumeran los títulos de los libros que formaban la "biblioteca española" de Celan y "la extraña", como la llamaba en broma su marido
Por cierto, shibboleth (chibolete para Unamuno) significa "santo y seña" o "contraseña". Según el Cambridge Dictionary, "Una creencia o costumbre que ahora no se considera tan importante y correcta como en el pasado" o "Una palabra, frase, costumbre, etc., solo conocida por un grupo particular de personas, que puede usar para demostrarles que es un miembro real de ese grupo". 
Este es, en fin, el poema de Celan (de su libro De umbral en umbral) en versión de José Ángel Valente:

Shibboleth

Junto a mis piedras
crecidas bajo el llanto
tras las rejas,

me arrastraron
al medio del mercado,
allá,
donde se iza la bandera, a la que
no he prestado nunca juramento.

Flauta,
flauta doble en la noche:
piensa el sombrío
y doble rojo
en Viena y en Madrid.

Pon tu bandera a media asta,
recuerdo.
A media asta
hoy para siempre.

Corazón:
dalo también aquí a conocer,
aquí, en medio del mercado.
Haz que resuene, el shibbólet,
en lo extranjero de la patria.
Febrero. No pasarán.

Unicornio:
sabes de las piedras,
sabes de las aguas,
van,
te llevo
hacia las voces
de Extremadura.


Nota: En la fotografía, el poeta Paul Celan y su mujer, la pintora Gisèle Celan-Lestrange, en 1956. Colección Eric Clan. 

5.5.20

Una novela de Fernando Sanmartín

Sanmartín nació en Zaragoza en 1959. No es nuevo en este rincón. Ni en el oficio de narrar. Un narrador, diría, de amplio espectro. De libros como Apuntes de París, La infancia y sus cómplicesViajes y novelerías y Te veo triste, su primera novela hasta ahora. Es además, o sobre todo, poeta pues la poesía atraviesa toda su obra. Al fin y al cabo toda ella está muy por encima de los géneros, en sentido estricto. Con todo, ahí están El llanto de los boxeadores, El peligro de los círculos o, en fin, la plaquette Invasión de Irak. Me gustan especialmente sus dietarios: Los ojos del domadorHacia la tormenta y Heridas causadas por tres rinocerontes (de los dos primeros ya hablé aquí). 
Me gusta destacar que dirige con tino la colección de poesía La Gruta de las palabras, de Prensas de la Universidad de Zaragoza. Es, y termino la presentación, colaborador del suplemento Artes&Letras de Heraldo de Aragón.
Hablaba de su primera novela y Xordica, su editorial por antonomasia, le publica estos días de confinamiento la segunda, Os contaré la verdad
Es breve, como casi todos los libros de FS. Esa es su distancia. La tiene perfectamente calculada. La trama, que no es lo que más importa, es leve también. No estamos, por suerte, ante una novela al uso, comercial y para el público, de esas que uno no lee.
Thérèse, galerista, una parisina nieta de un exiliado español e hija de un afamado actor y de la dueña de una agencia inmobiliaria, está enamorada de dos hombres: François, arquitecto, y Jean, abogado. Vive, se podría decir, en una encrucijada. Lucha por su pequeña verdad. En medio, ya suponen, pasan otras cosas que no conviene desvelar. No en vano, leemos, "vivimos entre arenas movedizas".
Lo que sí importa aquí es el lenguaje, de una transparencia misteriosa. Claro, preciso. El lector se desliza por las páginas como quien se pasea por París, la ciudad donde se desarrolla la historia (en concreto, por el barrio del Marais). Con idéntica tranquilidad. Pasmado por la belleza que se encuentra a cada paso. Eso sí, cosmopolita (como su autor), la novela viaja hasta otras ciudades. Venecia, por ejemplo.
Ah, me encanta cómo usa el "porque...". Qué bien resuelve, y con qué originalidad (muchas veces poética), el sentido de tal o cual enunciado. 
Abundan, por lo demás, las referencias culturales. Del arte en general: la pintura, la fotografía, la arquitectura, la música, el cine, la literatura...  Barceló, Modiano (el tono modianesco es sustancial aquí: "las listas definen a quienes las hacen", deja caer en la página 118), Torga ("envejecer no es para cobardes"), Palladio, Brassaï, Simmons y Peck en Horizontes de grandeza (un peliculón que he vuelto a ver durante el encierro), Eliot, Argullol...
Sanmartín es un hombre culto, no cabe duda, aunque su prosa no sea ni pedante ni culturalista. La naturalidad manda, por más que en él esa naturalidad esté ligada, como digo, al mundo de la cultura. 
He subrayado mientras leía no pocas frases que son en realidad versos o aforismos; hallazgos o iluminaciones, en todo caso. Así, "La vida es repetir lo que hacemos", "la melancolía es una maleza", "la timidez es un misterio que termina desvelándose", "un poema es hacer visible un sentimiento", "La verdad nunca provoca indiferencia, pero puede causar miedo" (que serviría de lema a esta nouvelle), "El tiempo, ese anciano inmortal",  "escribir es siempre un autorretrato cuando no hay ficción en las palabras", "La soledad es un reencuentro con la conciencia", "La imaginación es un ejercicio compasivo para afrontar lo cotidiano", "La pasión y el amor son antídotos contra la muerte", "La conciencia es un estanque sobre el que arrojamos piedras al atardecer", "Conducir, en algunos momentos, es un estado de ánimo"...
Uno, que lee narrativa con cierta dificultad, temía, a medida que avanzaba, que Os contaré la verdad se terminara. Sanmartín, lo tengo más que comprobado, nunca defrauda. No al menos a este lector que abre sus libros con la avidez y el entusiasmo del que se sabe ante un nuevo y feliz descubrimiento.