13.11.18

Basilio Sánchez, nuevo Loewe

Hace muy poco presentábamos Miguel Ángel Lama y yo su último y extraordinario libro: Esperando las noticias del agua, publicado por Pre-Textos hace unos meses. Mi reseña sobre esa lectura está a punto de aparecer en la revista Turia. Conociéndolo, y por lo que dijo aquella noche en Cáceres, nada hacía presagiar un nuevo libro, no al menos de manera inminente, y sin embargo... uno suyo acaba de conseguir el codiciado y prestigioso premio Loewe. Se titula He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes. Para este fiel lector suyo, y viejo amigo, es una inmensa alegría. Por él, claro, por los suyos y por el premio, que vuelve a demostrar que se sostiene sobre un sólido jurado capaz de reconocer la virtud poética allí donde se encuentre, por encima de modas y otras presiones comerciales al uso. También por mí, si se me permite el añadido. Es un honor que, después de veintisiete años, vuelva ese galardón a Extremadura, de la mano de mi admirado Basilio. La obra no defraudará, lo doy por hecho. Su rigor y su valía, basada en el fervor, están de sobra demostrados a pesar de que la crítica de este país aún no se haya dado, en su mayor parte, por enterada. ¿Lectores? No le faltan. Ahora se multiplicarán. Ya era hora.
Felicidades, en fin, al médico cacereño y a los organizadores del certamen. Sé, además, que a don Enrique y a su hija Sheila, y al resto de las personas que forman la gran familia Loewe, este hombre les va a caer estupendamente. Esto es la excelencia, sí. 

Un par de presentaciones























Según costumbre, el próximo viernes presentaremos El cuarto del siroco (Tusquets Editores) en el Verdugo. Muchos años después, desde el lejano Territorio, vuelve uno al mismo sitio y en la excelente compañía de Gonzalo Hidalgo Bayal, que también estuvo en aquel concurrido acto. Y en tantos otros con distintos libros. Espero, claro, que vengan más. Aquello es grande (tal vez demasiado). Habituales de esa querida sala (club, diría Gonzalo) o no. Familia, amigos, compañeros... Lectores, en suma, aunque no pertenezcan a ninguna de estas categorías (que a veces se entremezclan). Por anticipado, gracias. Las que doy a Juan Ramón Santos, nuestro mejor gestor, que ha diseñado el bonito cartel. Ah, y esperemos que el tiempo otoñal acompañe. Dentro, al menos, ni nos mojaremos ni pasaremos el frío de antaño, padre.
El día 20, martes, estaremos en Madrid, con Lola Larumbe, en su librería, Rafael Alberti, como en 2015, cuando conversé allí con la periodista Pepa Fernández  a propósito de Más allá, Tánger. Será en el ciclo "Encuentros en Alberti". Para tan fausta ocasión, contamos con Jordi Doce, otro presentador de lujo. Será a las 7 de la tarde. Quedáis invitados. 

12.11.18

El cuarto del siroco

Álvaro Valverde

Tusquets. Barcelona, 2018. 176 páginas. 15 €. Ebook: 7,99 €

TÚA BLESA | 09/11/2018 |  Edición impresa



Álvaro Valverde. Foto: Pedro Gato
Tras Más allá, Tánger, publicado en 2014, y dos antologías de su obra poética, El cuarto del siroco. Se refiere el título, así se explica en una nota y es asunto de los poemas, a que, según cuenta Leonardo Sciascia, había en ciertas casas un cuarto del siroco en el que refugiarse de la violencia de ese viento.
Esa expresión sirve como explicación perfecta de lo que es la poesía de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), extensa y toda ella de calidad, desde luego la que aquí se presenta. ¿Qué es en ella el siroco? La respuesta la da un poema en el que el personaje está leyendo a Leopardi “y su voz se hace mía, contra el eco / de lo que el mundo grita / y yo no oigo”. Ese es el siroco, el grito del mundo, la pesadumbre de los acontecimientos, el sufrimiento de las gentes, “el horror de la historia”, lo que la vida trae a cada momento. De todo ese siroco, los poemas de Valverde son el cuarto en el que no oír todo ello y encontrar la salvación.

Pero ese cuarto desdice en numerosas ocasiones su condición de espacio cerrado y se abre a la naturaleza. Así es, no son pocos los poemas en que unos cerezos, unas palmeras -“me conmueven los árboles”-, el trino del mirlo -su canto, “una mezcla perfecta de habilidad y de misterio”-, unas montañas -“donde se roza el misterio del cielo”-, el río y las aguas en general -allí “Se suspende la vida / para dar paso a un tránsito / que ni es hora ni es instante”, tan cercano a la experiencia zen-, etc., se ofrecen al sujeto con toda su sencillez, la sencillez de decir lo vivo, lo que permanece y lo que cambia, todo en uno, lo que sin más se da como un regalo a quien repara en ello y da la paz. 
Con la naturaleza, aparece también lo construido por el hombre. Recorrer la ciudad, el pueblo. Las calles, las plazas, una torre en el campo, el molino, el paseante vibra con todo ello y encuentra allá por donde va nuevos refugios contra el grito.
Todo lo anterior se incorpora a los textos en una poesía eminentemente meditativa. No estamos ante una escritura que describa el paisaje, que también, sino además “por salvar de la abulia y el olvido / este lugar”, sea el que sea y, sobre todo, ante una que se traza tras haberse introducido la mirada en lo que ve y extrae de ello alguna reflexión. Reflexiones que son la de quien se define, acaso ya desde la juventud, como “un melancólico incurable” o quizá, sin más, alguien con conciencia de la condición humana. En efecto, son muchos los poemas en que acaba surgiendo la fugacidad de la vida, el saberse un ser para la muerte, dicho sea con expresión heideggeriana. “Uno no se acostumbra / a estar siempre muriendo”; el cuarto del siroco es un refugio “en el que cobijarse / del triste pensamiento de la muerte”. Además, algunos de los poemas son elegías por amigos ya desaparecidos. A la melancolía apuntan también poemas en los que los lugares frecuentados años atrás -un baño en una poza, la visita a una ciudad-, hacen rememorar la niñez, la juventud, el tiempo ido y la certeza que el futuro guarda.
De un pintor al que observa el personaje dice que su trabajo es “Contra el tiempo, a favor de la belleza”. Eso mismo hay que decir de los poemas de este libro, testimonios de la belleza del mundo y actas que se levantan para hacerla perdurar y con ellas los sentimientos que provocan. Poemas de amor, amor las gentes, a las cosas, a la vida a la que la muerte cierta da su verdadero valor.Poemas también de amor a la poesía y a la vida.

Aquí

Estás sentado solo frente al valle
con un libro en las manos
que abandonas a ratos
para poder mirar,
con la calma debida,
cuanto la vista alcanza.
Suena el silencio. A veces,
el rumor de las ramas
o el canto intermitente de algún pájaro.
Respiras hondo. Ves.
Aprecias uno a uno los momentos
que te concede este vivir al margen.
No haces tuya la queja
de los que quieren irse
pero que aplazan siempre la ocasión de su huida.
Permaneces aquí
por propia voluntad:
es éste tu lugar.
Tú eres de él.


Nota: Esta reseña se publicó en El Cultural el pasado viernes. 

11.11.18

Recordando a Gayga

Como anunciamos aquí, anoche se celebró el homenaje al escritor y periodista José Antonio Gabriel y Galán, veinticinco años después de su prematuro fallecimiento. A pesar de la lluvia y de que era sábado, nos reunimos en el Verdugo no pocas personas al amor del recuerdo de un placentino que mantuvo, desde la distancia, esa noble y azarosa condición. Allí estaba su viuda, Cecilia Alarcón, su hija, tres hermanos y una hermana de José Antonio, más familia, amigos... Organizó el acto el Ayuntamiento, de la mano firme de Juan Ramón Santos, y la Asociación de Escritores Extremeños, que él también preside. Por eso tomó primero la palabra el alcalde Pizarro, con la desenvoltura que le caracteriza. Al final de su medida aunque emotiva intervención, anunció que se va a colocar una placa en su casa natal que perpetúe su memoria hasta donde eso sea posible. 
Le siguió Paco Gabriel y Galán, quien mejor le conoce (hablo deliberadamente en presente), que, con un gran sentido de la oportunidad, elaboró, echando mano de distintas conferencias de su hermano (su archivo es una joya), una suerte de poética donde se sucedían opiniones, sueños, deseos, frustraciones y, en fin, todo aquello que alguien que escribe pretende conseguir. Porque, según él, la áspera voz del José Antonio del Diario (acaso su libro más significativo, donde está más, diría) no es por la que le gustaría ser recordado. No olvidó mencionar al Gayga comprometido, moral y políticamente. 
Álex Chico, que estuvo a punto de dedicar a su obra una tesis doctoral (Fernando Valls iba a dirigirla), lo que dio al cabo en un libro precioso, Un hombre espera (donde aparece el joven que fue en París), que lo descubrió a través del diario (si bien oyó su nombre por primera vez cuando se inauguró el Aula de Literatura que lleva su nombre y él era aún alumno de bachillerato), Álex Chico, decía, habló de esto que cuento y de la singular trayectoria del escritor, uno de los que ha marcado con mayor fuerza su educación literaria y sentimental. Todo un maestro. 
Por fin, Luis Bagué, profesor en la Universidad de Murcia y crítico de Babelia (El País), responsable de la edición de su poesía completa, se centró en su vertiente lírica, digamos, para empezar confesando que cuando le encargaron ese estudio a él sólo le sonaba su nombre de una novela que estaba en la biblioteca familiar y cuya cubierta y título tanto habían llamado desde siempre su atención. Se refería a El bobo ilustrado. Y eso, explicó, porque Gabriel y Galán, nieto, no aparecía en ninguna antología generacional o canónica, tampoco en las alternativas, ni era mencionado por los críticos como uno de los que podría haber estado en ellas, pero no estaba. Tres libros publicó en vida (el tercero ni siquiera exento) y, como en su vertiente narrativa, cada cual fue a su bola y sin otro plan (temporal o estratégico) que el de escribir lo que en ese momento necesitaba. Chico y Bagué, en este sentido, reconocieron su cualidad de adelantado. Así, comentó el segundo, cuando se leen los monólogos interiores de A salto de mata, que anticiparían, a su manera, los muy logrados de las novelas de Chirbes. Otro tanto cabría decir de la crítica a la Transición que, en el momento en que esta sucedía, se da en Un país como este no es el mío
Sí, la obra de José Antonio Gabriel y Galán, a pesar del éxito, casi póstumo, de Muchos años después (como dejó escrito Luis Carandell, "un jurado compuesto por Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, Arturo Uslar Pietri y Gonzalo Torrente Ballester le concedió en Colombia uno de los más prestigiosos premios literarios en lengua española, el Eduardo Carranza"), espera el reconocimiento que siempre esperó y que no obtuvo. Por eso el mejor homenaje que podemos hacerle es leer sus libros. Empezando, concluyeron los intervinientes de anoche al ser preguntados, por el Diario, que está, como su poesía completa, en el catálogo de la Editora Regional de Extremadura. No es tarde. En literatura, nunca lo es. 

8.11.18

Hotel Europa

"¿Es la poesía un remanso de calma, lejos de esas realidades?", se preguntaba, retóricamente, el poeta norteamericano de origen serbio Charles Simic en su ensayo "Poesía e Historia", recogido en un libro que me tiene atrapado: La vida de las imágenes (Vaso Roto). Aludía a las realidades de los refugiados, los desplazados o los perseguidos por sus ideas políticas o religiosas. Añade: "Un poeta que se empecina en ignorar los males y las injusticias que son parte integrante de su propia época vive en el paraíso de los necios". No es el caso de José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973) y lo demuestra a las claras en su libro Hotel Europa (La Isla de Siltolá). Desde el primer poema, "Acampados", que forma parte de la serie "Historia universal". La guerra, los fusilamientos, Ciudad Juárez, Mozambique... Signos y lugares de "este tiempo adicto a las catástrofes": El poema "Recordando al enfermero Whitman" termina: "En el centro, la herida", por más que "Las palabras levantan / un hospital precario, / un refugio irrisorio /que dobla la intemperie". "El exceso de porvenir enferma", leemos. Tras un "interludio grotesco" de aire vanguardista, "El teatro anatómico del doctor Cirlot", ya en "Hotel Europa", Gómez Toré escribe: "Para otros las fronteras". Aquí un poema de incuestionable actualidad: "Cuelgamuros". Y otro de título elocuente: "Antonio Machado medita sobre el suicidio en Portbou": "Son arduos los idiomas". Luego dedica otro a Cernuda, al destierro como "pura certeza de estar solo".
"La poesía es el resto", afirma en "Cada día", y añade: "la democracia es lo que queda en los márgenes". Y a ella le dedica el siguiente poema. Uno en prosa, que da título al libro cierra este intensa meditación sobre el ahora. Allí dice: "Soy el último". Y concluye: "Todavía no he aprendido a callarme. Lo haré pronto".
Aprovecho para informar de la reciente aparición de otro libro suyo, de crítica y ensayo: Extramuros. Escritos sobre poesía (Libros de la Resistencia). Reúne artículos, reseñas y otros textos donde la poesía es, sí, protagonista. La de Hölderlin, Valente, Gamoneda y numerosos poetas contemporáneos. Según él, "Si la crítica literaria tiene algún sentido, es porque nos asoma a una alteridad, porque establece un diálogo con un mundo que es y no es el nuestro. De ahí también el riesgo de equivocarse. Nunca leemos desde una posición neutral. El crítico (como el poeta) escribe desde una historia, desde un lugar, desde una tradición o varias. Asumir el malentendido puede ser una forma fecunda de mantener abierta la propuesta de sentido que constituye todo texto. Crítica y poesía no dejan de ser dos modos de escritura que consisten, a menudo, en cultivar la propia perplejidad".

6.11.18

Gayga























El sábado 10 de noviembre, a las 20:00 horas, en la Sala Verdugo, se celebrará, con motivo del vigésimo quinto aniversario de su muerte, un homenaje a José Antonio Gabriel y Galán, el escritor placentino que dio nombre al Aula de Literatura de esta ciudad. Habrá intervenciones de Fernando Pizarro García-Polo, Alcalde de Plasencia; Francisco Gabriel y Galán, hermano de José Antonio y, sin lugar a dudas, su máximo valedor; Luis Bagué Quílez, profesor, poeta y crítico de Babelia, además de autor de la edición de su poesía completa, Último naipe, publicada hace años por la Editora Regional de Extremadura; y el poeta y narrador Álex Chico, que tan bien conoce la obra de Gayga, al que convirtió en personaje de uno de sus libros. 

4.11.18

Aramburu lee "El cuarto del siroco"



Fernando Aramburu

Gabriel Sanz

Hace tiempo que la calle Atocha ofrece a los viandantes la ocasión de vivir una intensa experiencia antipoética. Pongamos por caso una hora lorquiana de un día laborable, las cinco de la tarde, da igual por cuál de las dos aceras uno transite o intente transitar. Puede que el visitante llegado de víspera a Madrid dude si la calle está en obras o si una brigada de operarios está ampliando los destrozos de una batalla.
Eran, pues, las cinco de la tarde de un día reciente. Luchaban en la susodicha calle no la paloma y el leopardo, sino la cuchara de las excavadoras y el asfalto, a la par que el viento no se llevaba los algodones, sino unas tolvaneras espesas y blancuzcas que causaban en el gaznate, al menos en el mío, un picor calificable con un antónimo cualquiera de gozoso.
Una orquesta de martillos neumáticos, repartidos en distintos puntos de la calle, interpretaba para mortificación perdurable de los vecinos una rapsodia de estrépitos. Olía a goma quemada. Brotaban chispas de la sierra circular con la que un obrero acuclillado en una zanja cortaba una barra roñosa. Una fealdad agresiva gobernaba aquel antijardín, en medio de la antitarde polvorienta, mientras en la calzada sembrada de cicatrices bullía un zurriburri de vehículos embebidos en coral disputa de bocinas.
Recorrida la calle Atocha en sentido descendente, me acogí con prisa desesperada al Real Jardín Botánico. Necesitaba a toda costa una dosis reparadora de soledad y silencio, con el añadido ornamental de algún que otro gorrión. Hallé un banco de piedra al amparo de un seto. Los árboles en rededor ya estaban otoñando y no me resultaba difícil desoír el murmullo del tráfago urbano, ¿dónde?, más allá de la verja escondida tras la vegetación. Extraje de mi mochila el último libro de Álvaro ValverdeEl cuarto del siroco (Tusquets, 2018), y me abismé con afán de refugio en la lectura de los cuidadosos y tranquilos poemas de una figura señera de nuestra poesía contemporánea.
Álvaro Valverde justifica el título de su libro en una nota inicial. Lo adoptó tras la lectura de un pasaje narrativo del escritor Leonardo Sciascia, según el cual en las antiguas casas patricias de Sicilia las familias de alta alcurnia acostumbraban guarecerse en una llamada stanza dello scirocco los días en que arreciaba este viento procedente del desierto de África. Confieso que me es grata la idea, compatible con otras, de la poesía como aposento seguro y retiro del ruido mundanal. Constato entre apenado e inquieto que sopla mucho el siroco en la vida pública española de nuestros días. La calle Atocha, en su estado de obras actual, con el suelo levantado, el retumbo incesante y el polvo, me da la metáfora de un país en un momento particularmente desapacible de su historia.
La lectura en el Botánico de sucesivos poemas de Álvaro Valverde me llevó a uno titulado Árida vida. En dicho poema, el mismo poeta a quien yo leía se nos muestra a su vez como lector, durante una tarde en la que "el campo invita a un dulce sentimiento del otoño", de otro poeta, Giacomo Leopardi (1798-1837). Me complació sobremanera la imaginada vinculación de los hombres de épocas diversas a través de un ejercicio mejorador de la calidad personal como es la poesía.
Celebro que esa imposición de la edad llamada escepticismo me haya dejado unas pocas y espero que doctas convicciones. Una de ellas sugiere que la poesía constituye una necesidad básica del ser humano. Cuestión aparte es dónde la busque cada cual; pero considero un hecho fácilmente demostrable que todos la buscan, muchos sin darse cuenta, otros muchos obligados al arduo esfuerzo de superar el obstáculo no pequeño de su tosquedad. El que una minoría acuda a buscarla en los libros de poemas acaso no sea más que una singularidad cultural de nuestro tiempo. En el pasado, la recitación, hoy sustituida por la música popular, llenaba plazas y recintos. Por otro lado, quienes frecuentan los tales libros de poemas habrán comprobado en más de una ocasión que muchos de ellos por desgracia no contienen un gramo de poesía. La idea de que esta es un género literario de comprensión reservada a los expertos ha obrado contra ella un efecto antipublicitario de primera magnitud.
Octavio Paz dictaminó que el poema es el lugar natural de la poesía, una especie de estuche que encierra una alhaja. Esta certidumbre, de la que discrepo, convierte la poesía en el resultado de practicar el lenguaje poético. El lector es tratado en tal caso como un consumidor pasivo. Se le permite a lo sumo ejercer de inspector que abre el libro o escucha la recitación y verifica que una manera específica de decir las cosas tiene el valor de un poema. Nada más falso que separar este valor de la experiencia de quien lo constata. No nos extrañe que durante demasiado tiempo la poesía haya sido concebida y estudiada principalmente como una posesión de los expertos capaces de descifrarla y no como lo que otros creemos que es, una vivencia de los hombres sensibles no limitada al hecho lingüístico. Es el paladar el que decide la calidad del vino y no la etiqueta de la botella. Ni el vino ni la poesía son nada en tanto no sean catados.
Creo que la poesía es una experiencia y no un objeto estático. Ni siquiera la considero condicionada por la preexistencia forzosa de un texto. La poesía necesita tanto de un suscitador como de una sensibilidad activadora. Lo primero puede, en efecto, cumplirlo un poema, pero también una secuencia de película, el sabor de las cerezas, la maestría de un saxofonista, un atardecer marino, acaso un gesto moral. En el ejercicio de la amistad se encierra a menudo una modalidad superior de la poesía que quizá no se halle en un soneto canónico, por mucha destreza que el versificador hubiese puesto en la tarea.
Ningún ser humano, letrado o no, se resigna de la mañana a la noche a lo feo, lo sucio, lo ruidoso, lo innoble. Esas y otras instancias negativas tienen su reverso en el valor poético, que es justamente la experiencia personal de la belleza, la armonía, la profundidad de pensamiento, la justicia. Da igual si uno lo expresa mediante unas décimas excelsas o con una simple exclamación sentimental.
Ahora bien, no debemos ser tan ingenuos como para obviar que el gusto, si no se educa, si no se cultiva, nos negará innumerables matices de la comprensión y del deleite. Por eso es una lástima que las autoridades educativas subestimen a menudo la formación humanística de los jóvenes en favor de las exigencias utilitaristas del mercado laboral. "Mi jardín es de todos", escribe Álvaro Valverde en su libro. Yo visité ese jardín y salí de él serenamente emocionado.

Publicado en El Mundo el 4 de noviembre de 2018.

2.11.18

Una reseña

La primera en papel. La firma el poeta Jesús Aguado. Y recalco lo de "poeta" porque, al leerla, me parece que esa condición sobresale, más allá de la de crítico. 
Está en la página 31 del número 205 de la revista Mercurio. Y en un número, qué agradable sorpresa, dedicado a las hermanas Letras Portuguesas. Gracias.
Ah, le sigue una reseña de Cobos Wilkins sobre un libro que he reseñado para El Cultural: Retirada, de mi paisana Pureza Canelo.

Realidades, no humo
JESÚS AGUADO  |  MERCURIO 205 · POESÍA - NOVIEMBRE 2018

El cuarto del siroco
Álvaro Valverde
Tusquets
176 páginas | 15 euros

Alvaro Valverde (Plasencia, 1959) cuenta en el prefacio y en un poema de este libro que el cuarto del siroco, según Leonardo Sciascia, era donde se guarecían las familias nobles cuando soplaba este intratable viento africano. El escritor italiano se preguntaba si no existiría para “defenderse del pensamiento de la muerte” y el extremeño añade que para él es una metáfora de la poesía. Un lugar en el que ponerse a resguardo de la intemperie cuando se vuelve intratable, que es casi siempre. Y también donde pararse a recordar sucesos, a imaginar senderos descartados (una parte importante de los textos aquí recogidos sueñan con ciudades, libros, músicas, aromas o vidas no visitados), a hacer balance de relaciones, a meditar sobre los misterios de lo cotidiano (amigos fallecidos, películas que emocionan, viajes, la familia), o a practicar las virtudes de la lentitud, la serenidad o el recogimiento interior. Apaciguar la extrañeza, “desbrozar el caos”, simplificar los gestos, vivir al margen: en ese cuarto protector la poesía (que hoy el autor solo entiende como un vaso de agua ofrecido “a quien padece sed”) nos enseña que la felicidad es una palabra vacua, que “lo mejor es que te pidan / aquello que tú tienes”, que las intuiciones a veces se transforman en verdades o que hay que estar contra el tiempo y “a favor de la belleza”.
Cosas sencillas porque de eso se trata: de ser sencillo incluso cuando uno se enfrenta a los laberintos (hay cinco en estas páginas) que le van proponiendo los años. Filosofía sencilla: la de un ser humano que renuncia a ser un dios inmortal; y que está más cerca de Spinoza, cuya ética se cita, que de, por ejemplo, un Nietzsche. Vida sencilla: la de alguien que dialoga con las sombras (las muchas acumuladas del pasado y las presentidas de la muerte) desde la serenidad, la concordia y una cierta voluntad de desposesión. Poética sencilla: la que sirve para acercarse a un mirlo sin que se espante, a una casa sin que se cierren sus puertas, a un cerezo o a un aliso sin que huyan, a un libro sin que se borren sus líneas, a una paisaje sin que caigan velos sobre él.En El cuarto del siroco este y otros vientos han quedado fuera. Hay, en efecto, en el extraordinario poema que le da título, y en otros lugares, un “viento retenido”, un viento “seco y frío”, un viento que se presiente en “el rumor de las ramas”, un levante indomable que sopla en paseos vacíos, un viento impetuoso y una brisa. Esa pasión desatada de los vientos románticos, esa tormenta ininterrumpida de ciertas literaturas ya no azotarán, pondrán en peligro ni confundirán el ser (y el Ser) de uno sino apenas sus muros exteriores. Que soplen todo lo que quieran porque el poeta, concentrado en lo mínimo, en lo cercanísimo, en lo más íntimo y en lo concreto, ya no quiere humo sino realidades (ahí se acuerda de Vinyoli), toda una declaración de principios que suena a balance existencial. Pocos vientos y, sin embargo, mucha agua, agua por todas partes: balsas, ríos, mares, estanques, acequias, orillas, manantiales, nieve, fuentes, molinos, puentes, riberas, puertos, pozos, albercas, nubes, algas, corrientes, caudales, cascadas, nadadores, vapor, lágrimas, etc.; un agua que es “metáfora y verdad”, un milagro, una rememoración de lo eterno o, como ya se dijo, símbolo de la poesía. Álvaro Valverde toma partido por el agua pacífica en detrimento del viento, que golpea con fuerza la portada del libro sin conseguir penetrar en él más que de manera testimonial. El agua de la vida. El agua de la poesía.