19.10.20

De Angelou y Pérez Montalbán

Maya Angelou
Traducción y prólogo de Nieves García Prados
Valparaíso Ediciones, Granada, 2019. 332 páginas.
 
La norteamericana Angelou nació en San Luis, Missouri, en 1928 (murió en 2014) y se llamaba en realidad Marguerite Annie Johnson. Era afroamericana. Tuvo una vida intensa de la que da fe no sólo su poesía, sino además siete volúmenes autobiográficos. Hija de padres divorciados, fue violada cuando era niña (por el novio de su madre, luego asesinado). Su hermano y ella vivieron su infancia entre la casa de la abuela paterna en Arkansas y la de la madre. Estuvo seis años sin hablar. A los diecisiete, trajo al mundo un hijo. Trabajó como conductora de tranvía, prostituta y proxeneta. Tras su primera boda con Tosh Angelos, se dedicó al show business como cantante y bailarina. Pronto conoce a M. Luther King y se convierte en miembro selecto del Movimiento por los Derechos Civiles. Viaja a África como pareja del activista sudafricano Vusumzi Make. Después de publicar en 1968 su primera autobiografía, todo cambia. En 1972, su primer libro de poesía es nominado para el Pulitzer. Un año más tarde se casó con Paul Du Feu. Vinieron después años de éxito y fama. Basta con consultar la Wikipedia para hacerse una idea de hasta dónde llegó. Fue la elegida por Clinton para leer un poema en su toma de posesión como presidente o por Oprah Winfrey para celebrar su medio siglo televisivo.
Si cuento, resumidamente, todo esto es porque su poesía es inseparable de estas circunstancias; otra suerte de autobiografía, pero en verso. Con música, diría. De blues, naturalmente. Poemas sencillos, efectivos y claros para ser leídos en voz alta (así consiguió tres Grammy). Hímnicos y con gran sentido del ritmo y la naturalidad. Inherentes a su condición femenina. ¿Sus temas? La conciencia de clase, la libertad, la igualdad y el humanismo; la negritud, ya sea la africana o la del profundo Sur, de procedencia esclava; las mujeres y los hombres, a los que conoció bien (su sexualidad, por ejemplo); la soledad y la familia; su país (léase “Arkansas mía” o “Una canción de Georgia”); y, en fin, la inevitable resiliencia de alguien que ha vivido mucho y peligrosamente, pero sin miedo, con autoestima, tal como narra en poemas (como “Mujer extraordinaria”) sustentados en la memoria. Poblados de gente corriente, por cierto.
Puede que esta poesía gane en la corta distancia antológica, pero es destacable el esfuerzo de Nieves García Prados para verterla con la debida solvencia poética al castellano.

Vikinga
Isabel Pérez Montalbán
Visor, Madrid, 2020. 92 páginas.
 
Pérez Montalbán (Códoba, 1964) consiguió con Vikinga el “Ciudad de Melilla” (sí, el mismo que ganó Loreto Sesma) y el año pasado, también en Visor, reunió una muestra de sus versos en El frío proletario. Antología 1992-2018.
Se la considera “iniciadora de la poesía de la conciencia”, una corriente que, según Prieto de Paula, agruparía obras que “se basan en la insubordinación al statu quo socioeconómico (neoliberalismo, enajenación consumista) y a la clasicidad anestésica de la literatura”.
Las citas iniciales abren el camino a un discurso inequívocamente político (qué no lo es).
Nacida en el barrio cordobés de Los Vikingos (“miseria del ensanche”), su “conciencia” es de izquierdas. Pretende ser entendida y a la ácida y desgarrada claridad de su poética se unen unas notas que, para aunar poesía y mundo, generarían “un relato plural” en torno al “intertexto”.
El concepto arquitectónico del “alma de la viga” le sirve para apuntalar “la resistencia humana ante la adversidad”. Y desde el primer poema, la violencia, el abuso. En la infancia, en “la casa, nunca hogar”.
IPM utiliza un lenguaje áspero, poderoso y veloz que le sirve para expresar con toda su crudeza (más que mero expresionismo) lo que cuenta: “O resisto o me mato”. Este es el tono. El de “Yo, punto. Y yo y yo, pero también los otros”.
En el vocabulario, palabras clave como desahucio, pobreza, subsidio, basura, huelga, paro, hipoteca… Poemas como “Calle Torremolinos” o “Las liendres” responden al verso de “Divina poesía”: “Yo no quiero metáforas, metonimias ni símiles, ni poetas de patio de butacas”. El poema, diría Sanz, como “piso de protección oficial”. Contra quienes “escrituran patrañas” sin “sustancia”.
Ni aprendimos ni aprendemos, dice. En Crimea, Siria, Colombia o Ruanda. Denuncia el asunto de las cunetas españolas, la crisis griega o la catástrofe de Chernóbil. Cita a Anguita: “Hemos perdido la guerra, sin duda”. Y repite la frase de El Padrino: “No es nada personal, solamente negocios”. Por momentos, el libro podría pasar por un manifiesto del que un votante de Podemos sería su lector ideal. Le salva su lenguaje. Y la ironía, que se abre paso en “Éramos tan felices” (“Felices no, cabrones sin escrúpulos”) o en “Apolítico” (con epígrafe de Žižek).
“El amor, ese gran tema” toma la tercera parte del libro. Acaso la más cálida. En “Pobre amado mío”, “Ritornello”, “Mio amor” o “Pérdida”. “Y el amor –que no existe– no es bastante”. 

Nota: Estas reseñas de los libros de Maya Angelou e Isabel Pérez Montalbán se han publicado en El Cultural

18.10.20

Los artículos de Aramburu

Después de confesar que no leía diarios, el cascarrabias de Juan Ramón Jiménez dijo en una entrevista publicada en la revista colombiana Cromos en 1925: "Siento positivamente que los escritores caigan en el periodismo que es pozo del arte". No, ni siquiera los genios aciertan siempre. Para demostrarlo está Utilidad de las desgracias, de Fernando Aramburu (San Sebastiáan, 1959), que publica Tusquets, cuyo prólogo, "Antes que se me olvide", viene encabezado, no obstante, con la inquietante pregunta: "¿Me equivoco al asociar el articulismo con la literatura? La respuesta, como bien dice, es no, no se equivoca, siempre y cuando no estemos hablando de "cualquier literatura" ni, en rigor, de periodismo. Él es un escritor que escribe en los periódicos, cabe matizar. Y con la misma voluntad de estilo que caracteriza toda su obra; un rigor y una exigencia apreciables y apreciadas por cualquier lector. 
En este libro reúne casi todos los artículos que publicó en El Mundo entre 2017 y 2018, a lo largo de ochenta y una semanas y que conformaron la serie "Entre coche y andén". Siempre en domingo. Estaban ilustrados por Gabriel Sanz, que se encarga con "destreza admirable" de la cubierta. 
La selección fue asumida por su editor, Juan Cerezo, así como la clasificación por temas y su consiguiente designación. También eligió el título, que es el del último artículo de la muestra. Creo que acierta en todo y no me extraña el incondicional "visto bueno" del narrador.
Siete con las partes a que aludimos: "Recordar una vida", "No olvidar el dolor de los demás", "Disfrutar del presente", "Entregarse a un oficio", "Apasionarte con la lectura", "Creer en la educación" y "Extraer algunas certezas". Si han leído al vasco, comprobarán que estos rótulos lo describen. A él y a su filosofía de vida. Los títulos de los artículos tampoco llaman a engaño. Nada en la extensa obra del autor de Patria lo es. Si por algo se caracteriza es por su coherencia y por su honradez, algo que se deduce al leer con la calma debida estos textos. ¿De qué tratan? De la infancia, de los estudios, de la familia, de su ciudad natal y del País Vasco, del terrorismo, de Zaragoza, de su otra patria: Alemania y de "la guapa", de la bondad y el perdón, del fútbol, del oficio de escribir, de la lectura y de la literatura, de la novela y de la poesía, del estilo, de la educación... Entre la amenidad, bien entendida, y la reflexión, Aramburu va desgranando no pocos asuntos, siempre apegados a la realidad, consciente de que publica en un periódico y, ya se dijo, para todos los lectores. 
El propio autor lo resume muy bien en una entrevista publicada en El Cultural: "Ofrezco al lector las reflexiones de un hombre que piensa por libre, ama las humanidades, confía en la educación, reprueba la violencia, colecciona y agradece los pequeños placeres". 
Uno, que siguió con fervor y puntualidad aquellas entregas dominicales, las ha vuelto a leer y no parecen las mismas, a pesar de que lo hice en papel y no sobre una pantalla. Misterios de la letra impresa. Sí, un libro es un libro, aunque esto parezca una ocurrencia del inolvidable Rajoy.
Para muestra, y por lo que a uno le toca (aunque sea otro de los capítulos, "Necesidad de poesía", el que me "toque" más por aquello de que se ocupa de lo poético y, entre otras cosas, de su lectura madrileña de El cuarto del siroco), este botón. Así empieza "¿Qué es un genio?", precisamente. 
"Ejercí la docencia no sin ganas, aunque es un oficio que cansa y desgasta. Llegas a la jubilación, si es que llegas, peor que baldado y ni Dios te lo agradece, A lo sumo, ves, pasados los años, a un expupilo por la calle, apenas reconocible de estatura y de facciones, y te saluda sonriente. Algo es algo". 

16.10.20

Juventud en Gijón

Treinta años y treinta títulos resumen la andadura de los cuadernos "Heracles y nosotros", que edita en Gijón (una primorosa tirada no venal de doscientos ejemplares numerados) Nacho González, autor, por cierto, del número 29: Cuaderno para un confinamiento, mucho más que un puñado de versos a cuenta del maldito encierro que hemos padecido meses atrás. El 30, puedo añadir, reúne diez sonetos (en la mejor tradición clásica) de Luis López Suárez (que vive en Castropol) bajo el título Ocho sonetos fúnebres (los otros dos corresponden la prólogo y al epílogo), de una emotividad lograda sin recurrir al patetismo, algo difícil si uno escribe acerca de la muerte de su amor. Pues bien, es el 28, Carta de marear, de César Iglesias, el que comentaré con más detenimiento. 
Fui uno de los sorprendidos al leer Lengua del duelo, su ópera prima, que vio la luz en 2016, cuando el poeta contaba 55 años de edad, lo que no es habitual en un principiante. "Una ética de la tristeza" titulé mi reseña. Publicó el año pasado Suena la nieve y volvió uno a ponderar su poesía, que llega al lector "a través de un lenguaje áspero, simbólico, tan contenido e intenso como doliente y preciso". 
Iglesias nació en Mieres en el 61 y vive en Oviedo, pero en una entrevista que le hizo hace poco José Luis Argüelles para La Nueva España (donde aquél trabajó como periodista) afirmaba que "su carácter se formó en Gijón en la década que transcurre entre las postrimerías del franquismo y el primer lustro de los años ochenta, cuando se consolida la Transición". De esa época dan buena cuenta los "22 poemas recuperados (1978-1984)", como reza el subtítulo, la de su adolescencia y primera juventud, agrupados ahora en esta plaquette que, en realidad, no deja de ser un libro breve que incluye ilustraciones del pintor Melquiades Álvarez y del diarista y fiscal Avelino Fierro, así como evocadoras fotografías de José Carlos Díaz. 
En la citada conversación con Argüelles (también poeta, por cierto), confiesa que "es un homenaje privado a la ciudad que conformó mi carácter, y destinado a amistades que también fueron protagonistas y testigos de aquel Gijón". Pero es en un hermoso texto en prosa que antecede a los poemas, "Cartografía menor", donde mejor expresa sus propósitos. "Hasta que arribamos al Gijón-Xixón luminosamente gris a finales de los años sesenta del siglo pasado yo era un habitante de ningún sitio". Un crío de "familia nómada". Cuenta que el asma ya le había llevado de niño a la playa gijonesa, veraneos que se alternaban con estancias "secas" en la provincia de León. Como todos (o casi), "en el tránsito de la adolescencia a la juventud me convertí en un extraño en la vida", lo que suele ir aparejado al ejercicio de la poesía, esa suerte de tabla de salvación. "Fue un tiempo de descubrimiento". De "la amistad, la política, la literatura, el cine, el arte, la música, el sexo y el amor". Los restos de aquel bello naufragio estaban guardados en una carpeta azul que "la persistencia de Eugenia en el amor" logró preservar más allá de "mudanzas y derrotas". "Del largo centenar de poemas, han sobrevivido veintidós, sometidos a las exigencias de quien ahora soy". Aunque el "latido emocional" permanecía, "el estilístico exigía cierta cirugía". 
Vaya por delante que el resultado no se queda en un mero ejercicio de nostalgia. Lo que leemos en Carta de marear son poemas que se sostienen como tales sin necesidad de recurrir a los vaivenes de la biografía. Distintos, sí, de los que hemos leído en sus dos libros, pero no por eso, insisto, muestras de vana retórica sentimental. Emociones y sentimientos hay en ellos, sin duda, pero ni menos ni más que en la mayor parte de los versos de cualquiera. 
Lo que a uno más le ha llamado la atención, por encima de esos logrados heptasílabos que con cadencia hipnótica seducen al lector, es la visión de una ciudad y, ya allí, del desnortado muchacho que la habita. Para los que amamos a Gijón, la suerte es doble. 
La señardá, esa forma norteña de la melancolía, lo tiñe todo. A las personas (algunas de ellas malogradas por culpa de la droga) y a los lugares: L'Atalaya (donde lee "L' infinito" de Leopardi), el muelle del Formentín, las calles de Cimavilla (que uno siempre ha nombrado Cimadevilla), el Campu les Monxes, la Punta de Liquerique, Los Mareantes, El Muro... Y el bar Escocia o el Islandia. Y el cine Brisamar y el Paradiso. Y el astillero. 
"Nadie nos avisó / de que somos los náufragos", escribe, lo que nos lleva indefectiblemente al mar ("en las olas escribo") y a los marinos de esa ciudad varada a orillas del Cantábrico. 
"Ser maldito no renta / si de la vida hablamos", leemos en el poema 17, el de "al volante del Seat, / ebrio y desesperado, / camino de Cabueñes", que nos recuerda al Pessoa del Chevrolet por la carretera de Sintra. O por la de Deva, donde tres amigos encontraron la muerte.
Sí, Gijón ("A esta ciudad me debo / a su brea insumisa / y al Nordés de sus calles, / donde la resistencia  a tanto sufrimiento / es hermosa y más cierta"), esa atmósfera: "este es nuestro paisaje / con sus desolaciones / de tarde de domingo". El de, por ejemplo, la estación de autobuses, a la entrada, "siempre tan gris, tan Alsa". 
Quien deambula por la ciudad (una ciudad que es todas las ciudades, ya se sabe) es un muchacho confundido que acierta a balbucir cuanto le pasa y lo traslada, ya en forma de poema, antes que a nadie a él mismo. "Nos creemos felices / tal vez un poco eternos. / La lluvia y las mentiras / ocultan nuestro error". 
Un acierto ha sido rescatar del olvido estos poemas. Este "autorretrato con retoques", que diría Jesús Pardo, por más que, como recordaba aquí atrás Arcadi Espada: “La autobiografía no existe. Siempre es otro el que escribe de uno”. 
Hace bien en agradecer a algunos amigos el impulso y la lealtad para conseguirlo. Completan, a su manera, la obra, no por breve menos interesante, de este poeta asturiano que cierra el cuaderno con un sencillo poema de amor que estremece. 

Carta de Marear
César Iglesias
Heracles y Nosotros, Gijón, 2020. 32 páginas.

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno.

10.10.20

José Manuel Benítez Ariza lee "Porque olvido"


No siempre es fácil distinguir un diario de lo que no lo es, y más en estos tiempos en los que tanto se prodigan, por la variedad de formatos y espacios de difusión disponibles, las colecciones de apuntes misceláneos de escritor, que no necesariamente conforman un diario propiamente dicho.
De ahí que lo primero que cabe destacar de Porque olvido (Diario 2005-2009) sea que efectivamente responde a lo que anuncia –y ello, a pesar de que se trata de una selección de entradas de un blog en el que también se publican reseñas y otros escritos más o menos circunstanciales–. En efecto, el poeta y crítico literario Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) logra, al entresacar de este blog las entradas más personales, las vinculadas a su vida familiar, a su trabajo como maestro de enseñanza primaria y a sus relaciones sociales y compromisos literarios, que este conjunto en principio no muy nutrido de anotaciones –apenas unas veinticinco páginas por año– se articule en torno a los elementos básicos que certifican la existencia de un empeño de escritura diarística: un relato autobiográfico hecho de recurrencias reconocibles, un logrado equilibrio entre narración y reflexión y una especie de pacto de confidencialidad dirigido al lector, incluso cuando éste sabe que el diario en cuestión se difunde por un medio público.
Y el caso es que Álvaro Valverde se presenta en su diario fundamentalmente como un hombre público. Como tal, se refiere a las importantes responsabilidades como gestor cultural que en su día asumió en su región, Extremadura, y de las que luego sería apartado por razones espurias. Y es también esa dimensión pública la que lo lleva con frecuencia a presentarse como ciudadano activamente interesado en los asuntos del día, no sólo culturales, e incluso a asumir una cierta posición de cronista del “resurgimiento cultural” que, en su fundada opinión, ha conocido su tierra, así como del empeño de su generación por lograr la “modernización literaria” de la región. “Quise ir de lo local a lo universal”, refiere en algún momento. Y no cabe duda de que su atención a la noticia menuda, su serena pero firme indignación ante ciertos desafueros locales –como los hay en todas partes– y su permanente reivindicación de lo que podríamos denominar la cantera literaria extremeña, de la que él mismo ha surgido, dan fe de que el poeta reconocido y premiado a nivel nacional que es Valverde se siente cómodo en su entorno literario inmediato y no desaprovecha ocasión de reivindicarlo. Dan cuenta de ello, por ejemplo, las numerosas semblanzas personales que  enriquecen este diario, muchas de ellas dedicadas a amigos que fallecieron en el espacio cronológico al que éste se circunscribe: el poeta y traductor Ángel Campos Pámpano, el también poeta y animador cultural Santiago Castelo o el editor Julián Rodríguez, entre otros.
Pero esta dimensión “pública” del diarista apenas lograría integrarse en un discurso de pretensiones confidenciales si no viniera respaldada por un retrato íntimo creíble. Resulta significativo, por ejemplo, que el activista del fomento de la lectura –Valverde lo ha sido y lo es– confiese haberse criado en un hogar humilde y con pocos libros; como lo es que quien reconoce un fondo de timidez en su activa vida social y literaria se corresponda con un paseante solitario y contemplativo y un hombre celoso de su intimidad, aunque no por ello escatime, desde una cierta discreción, unos pocos datos reveladores sobre su vida familiar, su entorno laboral, alguna que otra incidencia doméstica, etcétera. Igualmente, el retrato moral que Valverde ofrece de sí mismo no escatima al lector sus ocasionales desacuerdos con el entorno social y político en el que se desenvuelve –y al que debe algún que otro disgusto–, así como el eco amortiguado de viejas pero en su día sonadas batallas literarias en las que el hoy poeta ecléctico y crítico de amplísimas miras participó con ánimo militante.
Tal es el mérito de este diario: entresacar de una consolidada “bitácora”, muy ceñida a la crítica e información literaria en general, un convincente diario íntimo y poner en valor al personaje autobiográfico que lo sustenta, con sus idiosincrasias y contradicciones. Más o menos como todo el mundo.

Publicado en caoCultura

9.10.20

El Nobel de Glück


Hace unos días terminaba de leer el último libro de Louise Glück publicado en España, por Pre-Textos y en traducción de Adalber Salas Hernández: Una vida de pueblo. Pensaba escribir una reseña sobre esa emocionante lectura. Es, con "El iris salvaje", el libro de Glück que quizá más me ha gustado. Me he alegrado mucho por su Nobel. 
Este es el artículo de urgencia que me publica El Cultural sobre la poeta norteamericana.

LA ELEGANCIA DE LOUISE GLÜCK

Cuando no pocos lectores de poesía esperaban el Nobel para Anne Carson (o para Simic o Zagajewski, eternos aspirantes), el de este año turbulento ha ido a parar a la norteamericana Louise Glück, “por su inconfundible voz poética que con austera belleza universaliza la existencia individual”, precisa la Academia Sueca. Desde que lo ganara Szymborska en 1996, ninguna poeta lo había logrado.
El día 3 de junio de 2006 uno anotaba en el blog: «Mi último descubrimiento se llama Louise Glück (Nueva York, 1943). Su editor, Manuel Borrás, me recomendó hace unos días que leyera El iris salvaje (premio Pulitzer en 1993). Da gusto volver a encontrarse cara a cara con el milagro de la Poesía; sí, con mayúsculas». En efecto, a la ejemplar editorial valenciana le debemos los españoles el conocimiento de la poesía de Glück. Sucesivamente, han ido viendo la luz, además del mencionado, los libros: Ararat, Las siete edades, Averno, Vita nova, Praderas y Una vida de pueblo. Traducidos por solventes poetas: Abraham Gragera, Ruth Miguel Franco, Eduardo Chirinos, Mariano Peyrou, Mirta Rosenberg, Andrés Catalán y Adalber Salas.
Califiqué una vez sus poemas como «sutiles, elegantes, inteligentes, ligeros (por lo que parecen frágiles), magníficamente construidos, clásicos (y no sólo por la frecuente aparición del mito) y modernos a la vez, privados pero habitables que, tal vez por eso, dejan en silencio a este lector, perplejo ante tan sabia como sencilla verdad; ante la asombrosa presencia de un mundo donde el matizado brillo de la luz importa tanto como la equilibrada oscuridad de la sombra».
Ya que mencionamos la mitología (que usa como “máscaras de un yo en transformación”, según Anders Olsson), en Averno, la clave está precisamente en un mito griego: el de Perséfone. Ahí, «un conjunto de admirables poemas que aúnan, como es característico en la reconocida poeta norteamericana, la hondura y la claridad, la pasión y el sosiego, la realidad y el sueño, el cuerpo y el alma, la vida y la muerte. Poemas donde la memoria bucea en el mar del olvido de donde emerge la niña que fue y la infancia que tuvo. Madres e hijas. La errante Perséfone».
Los poemas de Praderas, por su parte, siguen un doble patrón, clásico también. De una parte, relacionado con los personajes odiseicos de Penélope y Telémaco (y de Ulises y Circe); de otra, por las “parábolas” que contiene.
En los poemas de Telémaco, alude a su desapego, sus remordimientos, su bondad, su dilema, su fantasía y su confesión. En los de Penélope, resalta su terquedad.
Más allá de este tipo de versos escritos mediante el recurso del monólogo dramático (habla de ellos, pero también de ella), destacan los que dedica al amor y al desamor, al matrimonio y a la pareja. La familia, no se olvide, ha estado en el centro de sus intereses. Y la infancia, cabe añadir. En “Nostos” leemos: “Miramos el mundo una sola vez, en la niñez. / Lo demás es memoria”.
Es evidente que estamos ante una poesía autobiográfica, pero que no por eso pierde de vista la universalidad.
No falta la sutil ironía, marca de la casa, y cierto, sereno desgarro. Todo, claro, desde la elegancia que caracteriza a esta mujer. Y la inteligencia. Y la sobriedad, en línea con la maestría de Dickinson.
El tono conversacional, incluso con fragmentos dialogados, dota a sus versos de esa genuina naturalidad a que nos tiene acostumbrada la mejor poesía estadounidense.
El último de los traducidos, de este mismo año, Una vida de pueblo, puede ser, junto a El iris salvaje, tal vez la mejor manera de iniciarse en su lectura. El que acaso justifique mejor el porqué de su Nobel. La claridad impera en esta suerte de relatos protagonizados no sólo por la autora y por la naturaleza que la rodea, a la que no teme describir o nombrar como si de un personaje más se tratara, sino también por los habitantes del que podría ser cualquier pueblo de la América profunda. Y allí, el verano. Y la juventud al lado de un río. Y el inexorable paso del tiempo que la hace recordar aquella vida pasada con la melancolía que hace al caso. La vida, el amor y la muerte.

Nota: Este artículo se ha publicado en El Cultural.
La fotografía es de AP/Michael Dwyer. Tomada de El Universal

8.10.20

Galería

Publico, con el tácito permiso de los retratados, una galería fotográfica de la presentación en la Feria del Libro de Plasencia de "Porque olvido". Las imágenes fueron tomadas por Antonio María Flórez y Ricardo Arroyo. 
En dos palabras. mil gracias a los que acudisteis y, cómo no, a los que lo intentasteis. Algunos, me consta, estaban en espíritu allí.









7.10.20

Sin tiempo

Cuesta trabajo creer que el jurado que concedió, con todo merecimiento, a El reloj de Mallory, de David Hernández Sevillano (Segovia, 1977), el premio Emilio Alarcos estuviera presidido por el mismo poeta (al que, por otra parte, tengo en alta estima) que ese otro (compuesto por un poeta y medio) que regaló hace poco a Rafael Cabaliere el premio Espasa de Poesía (más conocido como Premio de Poesía Escasa). También que al primero le dieran 5.200 euros por un puñado de poemas que de veras lo son y al segundo 20.000 por una serie de ocurrencias (a la vista de lo adelantado). Sí, como le dijo Clinton a Bush: «Es la economía, ¡imbécil!». Yendo a lo que importa, tiempo al tiempo, reconozco que, una vez más, Hernández Sevillano vuelve a sorprenderme. Es lo bueno de la poesía, que si lo es de verdad, como hace al caso, te coloca de nuevo en la posición de salida, por libros que hayas leído y resabios que tengas. Me pasó la primera vez con El punto K y me vuelva a pasar ahora. De éste dice Ben Clark (prologuista de aquél) que "detiene el tiempo en la escalada hacia las cumbres de la cotidianidad". Y es que su título alude al "poeta de las montañas", como denominaron a George Mallory, montañero británico, jefe de cordada de una expedición al Everest que, en 1924, acabó en tragedia. La última vez que lo vieron, acompañado de Irvine, estaban a 8.500 metros, muy cerca, por tanto de la cumbre. ¿Llegaron a conquistarla veintinueve años antes que Hillary y Tensing? Lo cierto es que en 1999 hallaron su cuerpo y, entre otros objetos, su reloj. Sin manecillas. "Sin tiempo". 
En el primer poema, "El poeta", Hernández Sevillano nos dice que "Para escapar escribe. / Y a ratos por inercia / y acaso porque  hay cosas / que son inevitables / y a ratos porque solo en el poema / puede hablar a los dioses en su idioma / —quiero decir que escribe / como quien desenvuelve una oración—". Y que "Solamente hay un hombre a quien le cuesta / sostener la mirada de otro hombre, / que duda, que suplica". 
"Curriculum vitae", un poema central, se refiere a lo que ese hombre "no dice", "no cuenta", "se calla, "aún ignora"...
En "Monte Everest, 1924" leemos: "Todos hemos subido al Himalaya / en las botas de cuero de George Mallory". 
Supongo que a estas alturas de la reseña el lector ya habrá advertido que HS tiene un gran sentido del ritmo y que sus versos están poseídos por la claridad. No en vano escribe: "Somos luz y la luz a la luz tiende". Si leen el libro por completo, advertirán además un efecto sedante y una sensación de consuelo. Y una cercanía que se impone por el mero hecho de que quien escribe lo hace a pie de calle, digamos. Un hombre cualquiera en situaciones cotidianas, como atisbó Clark. Basta con leer "Agenda". 
Siempre hacia el cielo, hacia arriba (léase "Destinos"), "pero también / ¡hacia adentro, hacia el fondo!", todo un homenaje a JR. 
En "Quienes no", "los que aún son capaces de soñar / —escalar, besar, comer, volver a casa... —, / y los muertos". 
"Nuestros antepasados" es, en su aparente sencillez, es un hallazgo: "Hubo un tiempo, hace mucho, mucho tiempo / en que aún nadie había / subido al Everest". Ni se habían hecho otras muchas cosas más, como las que él relata. 
Con frecuencia, desde el primero, HS reflexiona en sus poemas acerca de la poesía; así, en "Relecturas" ("Al urdir el poema, al avanzar / como avanza al caminar la nieve", hermoso símil), en "Amanece ("por todo ello amanece, / por ello la poesía"), en "El poeta de las montañas"... Poesía, cabe precisar, que es inseparable de la vida: "Así la vida. / Por ver mejor, lo oscuro", leemos en "Lluvia de estrellas". 
En muchos poemas repite un esquema, lo que los dota de una gran efectividad. Repite, por ejemplo "si...", "por si...", "lo que el hombre...", "¿Qué...", "Promete..." (y "Prométeme...", en "Ruth", un poema dedicado a la viuda de Mallory, que fue madre de tres hijos), "Para...", etc. 
La segunda parte del libro (la que sigue a "El poeta de las montañas"), titulada "Mapas antiguos", se abre con un logrado poema de amor de igual título. Le siguen otros conseguidos también, como "Ocupaciones" o "Mañana de mercado" (con un giro que le aporta sorpresa: "Allí están todos / los hombres que no he sido"). Y unos cuantos de amor: "Instrucciones para hacerte sonreír", "Una palabra de más", Del otro lado. La hora de la siesta" y "Confusión". 
En "Orígenes": "yo vengo de la nieve". "Envidia" termina con "la vida" y "Frío" con "mi vida". 
En "Clases de inglés" están los hijos. HS acierta incluso cuando se atreve con las ocurrencias: en "Tíbet" o "Sin CTRL+Z". 
Se cierra el volumen con "Campamento base" y con estos versos: "Comprenderé, acaso, que la muerte / no es lo que nos contaron de la muerte, / como el amor tampoco / es aquello que oímos del amor". Y es cierto. 

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital asturiana El Cuaderno

De Feria