16.9.20

Carlos Alcorta lee "Porque olvido"



    Todo diario es una lucha contra el olvido. Dejar constancia no solo de lo sucedido día tras día, sino de los pensamientos que han suscitado determinados acontecimientos, es una labor ardua, propia solo de quienes poseen la virtud de la perseverancia —en realidad, también son proclives a llevar un diario ciertos ególatras que viven en la certeza de que cualquier cosa que (se) les ocurra es digna de ser contada, pero este no es, evidentemente, el caso— y de quienes tienen la experiencia y el oficio necesarios para saber contarlo, porque, al menos en el caso que nos ocupa, la vocación de estas anotaciones no fue la de quedarse en el anonimato, sino la de ver la luz con la suficiente inmediatez como para que los hechos narrados pudieran ser, cuando de actos públicos se trataba, constatados y contados sin los filtros que pone a disposición del escritor la memoria. Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) nos dice que fue «incapaz de mantener un diario con la debida asiduidad y la obligada exigencia hasta que el 2 de mayo de 2005 [inició] la publicación de un blog en Internet». Ese blog que echó a andar hace ahora ya quince años es el origen de este Porque olvido, título que procede de un verso del primer libro de nuestro autor, Territorio. Valverde nos informa además de que, a la hora de publicar estas anotaciones por métodos tradicionales, es decir, en el formato de libro impreso, apenas ha corregido nada: «Alguna errata, ciertas frases, varios nombres…», aunque también nos avisa de que dicha publicación no reproduce con exactitud lo escrito en el blog: «He dejado fuera todo aquello que queda al margen de lo, digamos, más personal […] Se trata, ya se dijo, de una muestra selectiva» y en esa muestra caben un sinfín de posibilidades, desde las lógicas reservas que provoca un  empeño como este, que requiere una fidelidad y una constancia admirables: «¿Seré capaz de llevar el diario que nunca fui capaz de llevar?», se pregunta Álvaro Valverde al inicio de estas páginas. Ahora sabemos que sí, que esa obligación autoimpuesta de dotar de contenido al blog, con el paso del tiempo, fue conformando un corpus de notable envergadura. En ese corpus tienen cabida, como objetos en el tinglado de un chamarilero, toda clase de comentarios, desde los que suscita la lectura de un libro —son muchos los que desfilan por estas páginas: Marca de agua, de Brodsky, por ejemplo— a los que surgen a partir de un viaje, sea al remoto país del pasado o a algún otro lugar más cercano tanto en el tiempo como en el espacio. Así, el viejo molino con su mastín, al que teme no regresar, el Cementerio Alemán de Yuste, Salamanca —el café Novelty—, Gijón —el Dindurra—, Monfrague y, por supuesto, Plasencia. Otra cosa son los viajes por motivos estrictamente laborales, la cantidad enorme de horas pasadas con las manos al volante, horas que dan para una meditación y una observación, alimentarán posteriormente las páginas de su diario. Como es lógico, en las entradas de este diario —de lo contrario, sería un dietario— abundan las reflexiones sobre el paso del tiempo, sobre las veleidades del éxito, sobre política o sobre los aspectos más comunes de la cotidianidad, como esta, escrita con cierta ironía: «A estas alturas de mi vida, su hay algo que no soporto son los malos modos. O la falta de buenos modales», que comparto a pie juntillas.
     No falta en estas cuatrocientas páginas la trágica enumeración de amigos que se va llevando el río del tiempo. Fernando Pérez, director de la Editora Regional; BV Carande, Julián Marías, Gloria Castelao Villanueva, su mecánico, un compañero en labores profesionales como Tomás García Verdejo, el pintor Francisco Palazuelo, el poeta Ángel González, el poeta Antonio Cabrera o el también poeta y amigo íntimo de Álvaro, Ángel Campos Pámpano («le admiré siempre como agitador cultural, sí, pero más como poeta») y un largo etcétera que con su desaparición dan fe de vida a quien escribe y a quien lo lee. «Bien sabemos —afirma Valverde—que la vida es una línea sucesiva de renuncias, una reunión de derrotas». Los actos públicos, casi siempre relacionados con asuntos culturales, ocupan también su buena porción de espacio. Actos que son descritos con la minuciosidad propia de quien observa desde un lugar privilegiado, no solo resumiendo las aportaciones discursivas de los anfitriones, sino haciendo alusión a todos aquellos asistentes con los que mantiene alguna relación ya sea profesional, de admiración o amistosa, y es que Álvaro Valverde hace gala de una amistad inquebrantable a lo largo de los años a ciertos amigos como Gonzalo Hidalgo Bayal, Miguel Ángel Lama o Jordi Doce, por citar solo unos pocos. No escatima tampoco opiniones sobre la poesía — «Mi poesía es como yo, solitaria. Busca en la naturaleza, sobre todo, la soledad. Es el perfecto ámbito del retiro, ese asunto tan extremeño» y es que la naturaleza es considerada por nuestro autor el ámbito perfecto para sentir con plenitud el rumor de la existencia: «Me gusta frecuentarla para dar paseos. Visitarla para leer y, cómo no, para descansar», escribe— y los poetas —«Siento una debilidad por los poetas y novelistas por antonomasia; por los que se autoproclaman genios incomprendidos en su negra provincia de Flaubert; por los independientes que, eso sí, publican sus libros gracias a las subvenciones públicas de ayuntamientos, diputaciones y autonomías…..». Más adelante, renueva sus debilidades: «Siento debilidad por los poetas que se compran camisas en Katmandú; por los feroces y del extremo que posan con traje de chaqueta y corbata…, por los marginales y libertarios que ganan becas y ayudas de la Administración…; siento, en fin, debilidad por los poetas de “lengua radical”, cuya poesía no radica precisamente en la lengua». Como se ve, en esta enumeración irónica, no deja títere con cabeza, porque, si nos atenemos a los distintos grupos que conforman sus debilidades, prácticamente abarcan el espectro poético de nuestros lares, aunque, a veces, la prudencia le aconseja administrar la beligerancia y mantenerla a raya, en una especie de limbo escrito: «Como escribir tiene algo de terapéutico, a veces basta con expresar tal o cual opinión para quedarse a gusto. Publicarlo ya es otro asunto. Más delicado. El silencio es un arma poderosa. A veces, más que la palabra». El volumen está también plagado de aforismos, no propiamente dichos, sino entresacados de sus enjundiosas reflexiones. Y es que «La poesía no es complicada, es compleja, como la vida». Como digo, son cuatrocientas páginas plagadas de hechos minúsculos pero relevantes en su vida, de anécdotas y circunstancias de carácter más social, pero que intervienen también en la formación del carácter del escritor, de impresiones y opiniones y ,sobre todo, de una atmósfera poética muy similar a la envuelve su poesía, quizá porque, en el caso de Álvaro Valverde, no exista mucha distinción entre los géneros literarios se enfrente a cualquiera de ellos con idéntico ánimo, con idéntico rigor, ese que nos hace adentrarnos a sus lectores en sus páginas sabiendo que vamos a encontrar fragmentos de la vida de un hombre descritos con mesura, con sobriedad y con las gotas exactas de pura esencia poética.

15.9.20

Algunas lecturas singulares

He ido apilando a un lado de mi mesa de trabajo una serie de libros que, de cuantos he leído a lo largo del verano, han llamado especialmente mi atención. No siempre de última hora, a los que parezco condenado. Así, el penetrante ensayo de Guillermo Sucre Borges, el poeta, que tengo en la segunda edición corregida y aumentada que publicó Monte Ávila en el 74. No he comprado el libro de Vargas Llosa sobre el autor argentino, pero, aunque no es mal lector de poesía (como demostró en una conferencia de la Fundación Loewe recogida posteriormente en forma de plaquette), no creo que alcance la lucidez del crítico, traductor y poeta venezolano (Pre-Textos, por cierto, publicó su poesía reunida bajo el título de La segunda versión, en edición de Antonio López Ortega). Una sorpresa.
Cien ejemplares se han tirado (en Gijón y en mayo de este año) de Qualcosa nascerà da noi, de Pablo Fidalgo Lareo, un libro particular, editado en español e italiano, final del proyecto que el cosmopolita poeta gallego (recién apeado, dichosa política, de la dirección artística del Festival Escenas do cambio, que formaba parte de Cidade da Cultura de Galicia), que el poeta gallego, decía, desarrolló durante el curso pasado en la Academia de España en Roma. Consta de nueve cartas en forma de poemas (o, mejor de monólogos, un recurso que este hombre domina con una naturalidad pasmosa) y tres "Textos críticos": "Jardín", de Pedro G. Romero; "Da quando sono al mondo", de Matteo Binci y Edvige Cecconi Meloni; y "Desplegarse. sacar un reír de la estancia", de Vicente Vázquez. La obra, tan singular y lograda como todas las que conozco de PFL, merecería una reseña extensa. Ojalá en el futuro pueda estar este libro al alcance de cualquier lector. Bien lo merece.
Hablando de obras originales (en el mejor sentido, el menos usado), citaré, sin dudarlo, El bien material, del poeta y ensayista italiano Paolo Febbraro. "Poesías escogidas (1992-2018)", se subtitula y la edición bilingüe (con los poemas italianos, por respeto, en página impar) es de Juan Pérez Andrés. Está publicado por Zibaldone, para la "Colección Gli incursori. Poesía italiana contemporánea", que dirigen los mencionados. También este libro exige una recensión (para la que he tomado no pocas notas). Estoy en ello. No, no es habitual encontrar la calidad y la rareza, si se me permite el término, que manifiesta esta poesía del pensamiento llena de vida y de misterio.
Ediciones La Palma publicó, por cierto, su libro El diario de Kaspar Hauser en traducción del también poeta Bruno Mesa.
Del estilo es, salvando todas las distancias, El camino familiar del pez combativo (Sexto Piso), de Pierre Alferi (París, 1963). En la solapa leemos que "es uno de los poemas más vanguardistas de la nueva poesía francesa". Para uno, mala señal. También, otro dato inquietante, que el autor es hijo del filósofo Jacques Derrida y de la psicoanalista Marguerite Aucouturier. Al comprobar su currículo, se ve que experimentar es lo suyo. Ya sea en cine, teatro, imágenes o literatura. Por lo demás, es profesor en la Escuela de Bellas Artes de su ciudad natal. Vencidas las prevenciones, y en lo que respecta al primero de los cuatro "experimentos" que contiene el libro (junto al último, acaso el más interesante), se puede afirmar (de nuevo recurro a la nota editorial) que pertenece a "la secta de quienes caminan para escribir, y que han hecho del paseo un estilo de vida y un género literario". Un auténtico flâneur cargado, lo subrayo, de curiosidad y capacidad de reflexión. No un paseante al uso. Nada aquí lo es. La lectura no es fácil, ni falta (para eso están los de la Poesía Escasa), y a medida que uno avanza se da cuenta de que más allá de afirmaciones tales como que "abre horizontes hasta ahora inexplorados en la poesía europea contemporánea" o que "por su osadía, por su extraña forma (entre pieza de arte y poema) y por su lengua (lírica, filosófica, experimento sonoro) parece un libro escrito para un tiempo futuro", estamos ante una obra compleja pero al cabo gratificante y ante un autor que no se conforma. Lápiz en mano, la tarea de leer resulta incluso excitante.
Ah, no quiero olvidar el nombre del traductor, el mexicano Ernesto Kavi. Sin su trabajo, este camino sería otro. Más tortuoso, me temo.
Pero si hay un libro que me ha alegrado este tiempo sombrío es Nos quedan los dones, una antología de poemas de Eliseo Diego (tan melancólico como católico), ahora que se cumple (aquí ya lo hemos recordado) el primer centenario de su nacimiento en La Habana. La edición, que forma parte del catálogo de la benemérita colección Letras Hispánicas de Cátedra, corre a cargo de Yannelys Aparicio (de la Universidad de La Rioja) y Ángel Esteban (de la de Granada), quienes firman una ejemplar, extensa y documentada introducción. Además, han elegido muy bien los versos del cubano, donde no faltan poemas publicados póstumamente.
Ha citado uno tantas veces al comenzar una lectura de poesía sus versos: "Un poema no es más / que una conversación en la penumbra"... Un puñado, como estos, justifican, al menos para mí, su lugar de honor en el más exigente palmarés de la poesía en español de todos los tiempos. A través de lo cotidiano y lo breve, ¡qué grande!
Por cierto, aunque aún no lo tengo, para la conmemoración, Pre-Textos publicó recientemente
su primer libro: Por la Calzada de Jesús del Monte, con prólogo de su hija Fefé.

Nota: Ilustra esta nota "Agonía de la creación", de Leonid Pasternak.

14.9.20

El canónigo


Esta fotografía (que tomo del muro de los Equipos de Nuestra Señora, publicada por Soraya Salgado) muestra a las claras el talante de mi hermano Fernando Valverde Berrocoso, recién nombrado canónigo auxiliar del Penitenciario del Cabildo de la Catedral de Plasencia. Y ya es difícil así vestido. Con bonete, roquete, muceta... Aunque este cargo avejente (te hace mayor, le dije, cuando me comunicó hace unos meses la decisión del obispo Retana), pudimos comprobar ayer que su sentido del humor y su tono vital siguen intactos. Tan parecido en eso a nuestro padre, que, lo reconocimos todos, hubiera disfrutado como nadie, orgulloso y feliz por esta noble distinción que nos retrotrae a la noche de los tiempos, o casi. 
En el mismo acto, por cierto, fue nombrado canónigo D. David Calderón Carmona.
Confieso que frecuento poco las iglesias, lo imprescindible (funerales, bautizos, bodas...), y menos la espléndida seo placentina, pero aún disfruto de ceremonias mayores como la del pasado sábado, propias de la liturgia católica genuina. Por eso me gustó cómo entonaba el canónigo Prefecto de Música (mi antiguo alumno Miguel Ángel Ventanas) los salmos y cánticos que se recitaron. No, a pesar del calor y de la mascarilla, no se me hizo pesada la misa solemne. Tampoco la ceremonia posterior, celebrada en el Coro (como se ve en la fotografía inferior, de COPE Plasencia), el de la inigualable sillería de nogal del maestro Rodrigo Alemán, tras la maravillosa rejería de Celma. Y el discurso del deán, presidente y canónigo lectoral, el Ilmo. Sr. Dr. D. Jacinto Núñez Regodón (que es vicario general de esta diócesis), propio de un vicerrector y catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca, un sacerdote con un indiscutible bagaje intelectual que ya presentíamos cuando le conocimos de joven. Citó, entre otros, poniéndose del lado de las imprescindibles discusiones o debates que siempre surgen en cualquier grupo de personas con criterio, a Elie Wiesel, el superviviente del Holocausto, lo de que "dos judíos y tres opiniones es algo mejor que tres judíos sin ninguna opinión". 
Acertó también con sus emocionantes palabras mi querido hermano. Más serio que otras veces, la ocasión lo demandaba, pero sin olvidar, marca de la casa, la ironía y el humor, como cuando recordó delante de sus compañeros de fraternidad aquella anécdota atribuida a Santa Teresa, la del que iba para santo pero se quedó... en canónigo. 
Mi madre, que estaba encantada, hermanos, cuñadas y sobrinos celebramos con una sobria comida, cómo si no, la canonjía. Éramos exactamente diez, por lo que no incumplimos ley alguna. 
Vaya, en fin, desde este rincón un fraterno abrazo virtual a Fernando, el que le daré como es debido cuando esta pesadilla termine. 



8.9.20

Basuras

Este verano hemos transitado casi a diario por la N-110 (que comunica Soria con Plasencia), la que atraviesa el Valle del Jerte. Arriba y abajo, camino de la piscina del hotel-balneario, nuestro asequible oasis en medio del calor y la pandemia. Quienes conocen el territorio saben lo hermoso que resulta ese paseo. Uno no se cansa de mirar un paisaje retenido en los ojos desde hace tanto tiempo. Ya sea en movimiento (y eso que conducir limita) o quieto al pie de las montañas de mi vida. Si la visión es desde el agua, aún mejor. 
También he recuperado los olores. Los que sólo pueden ofrecerte las estivales orillas de un río que, además, es el de tu infancia. 
Pero no todo ha sido idílico. Aquí y allá, cerca de los chalés que menudean al lado de la carretera o en medio de los pocos espacios que aún quedan sin construir, numerosos vertederos como el de la fotografía (tomada de un artículo en el que Región Digital se hace eco de una denuncia de Natura 2000) que afean la vista y ofrecen a quienes nos visitan una pésima opinión de los que habitan en ese precioso Valle y, en fin, de todos nosotros, los extremeños del norte. 
En mi ignorancia, doy por hecho que, ya que existen, podrían ser erradicados con un poco de voluntad. Política, claro. Supongo que esa acción dependería de la Mancomunidad de Municipios de la zona, Plasencia inclusive, pues no pocos de los vecinos de esos basureros residen en esta ciudad la mayor parte del año. Los ciudadanos (eso que pomposamente llamamos "sociedad civil") podrían también echar una mano. A nadie le gusta vivir al lado de la basura, o eso creo. 
Porque la mayoría son pequeños, un camión y mano de obra cualificada harían milagros en una mañana. Al menos se perderían de vista los que están, como dije, a pie de carretera. 
Lo demás se solucionaría con civismo (nuestra gran asignatura pendiente, el origen de casi todos nuestros males), contenedores suficientes para arrojar los restos, control de la Guardia Civil, etc. 
Porque soy peatón y paseo cada día por los alrededores de esta ciudad, sé bien hasta qué punto somos incívicos y, por decirlo con claridad, guarros. No debería generalizar, pero si nos atenemos al grado de suciedad y de barbarie dominante... No es sólo el que tira el primer papel o deja en el pavimento los restos del botellón o garabatea el grafiti de rigor. Ni el que destroza un banco o una farola. Son los que, a continuación, siguen haciéndolo. Ese, lo he dicho alguna vez, es un ostensible fracaso de la educación placentina. Basta con comprobar cómo queda el patio escolar tras un recreo. Al menos en la vieja normalidad. De la educación en casa (o de su ausencia) prefiero no hablar. Sí, una pena. Y una vergüenza.

28.8.20

Sibila 61


Abril de 2020 es la fecha que encabeza este nuevo número de la lujosa revista sevillana de arte, música y literatura que dirigen con tanta pasión como acierto el matrimonio formado por Juan Carlos Marset y Patricia Ehrle. Da gusto tenerla en las manos y ante los ojos. Por su impresión en papel de Amalfi y por los contenidos que ofrece. No es extraño que patrocine esta ya larga aventura la exigente Fundación BBVA.
La portada es de Xesús Vázquez, así como las "Imágenes" centrales ("fotogramas con resolución falseada del vídeo Paseo"), y a la obra del artista gallego le dedica Alberto Ruiz de Samaniego el ensayo "Lo que en realidad vemos". 
No hace falta recordar, y menos a los habituales de este blog, la importancia que la revista da a la poesía ultramarina escrita en español, mucho más de la mitad de la que se escribe en nuestra lengua. Tampoco que lo sustancial del proyecto se sustenta en la poesía, sin que ello oculte la importancia que se le da a la narrativa (y hasta al teatro), al arte y a la música. Según costumbre, en esta entrega se incluye un cedé con Órbitas, obra de Alfredo Aracil sobre la que el propio compositor madrileño (Premio Nacional de Música en 2015) escribe un extenso texto que cierra el número.
Del amplio índice, uno se ha fijado en ciertos autores; vamos, en los poemas de algunos poetas. No podía empezar mejor: con cinco del mexicano Fabio Morábito, de lo mejor que uno le ha leído. En el primero, el más extenso, dice: "Qué me importa a mí el suceso en vivo, / si todo al fin y al cabo está en pasado, / estrictamente hablando". Y más adelante: "¿Alguien ha visto una palabra?". "Esta tarde, mi bien" (palabras de Sor Juan Inés de la Cruz) es un precioso poema de amor. Y el último ("Poder decir / los pies hermosos de las turcas"), una mezcla perfecta de lírica y cosmopolitismo, algo natural en este poeta de origen italiano nacido en Alejandría. 
Los poemas de Lola Mascarell me han deslumbrado, lo confieso. No doy en mi desordenada biblioteca con ninguno de sus libros y eso que alguno me habrá llegado. "Todo lo que nos duele es pasajero", escribe. Necesito creerla. También buscar más versos de la valenciana. 
Otra mujer, la argentina Silvia Japaze, reclama mi atención con sus ocho poemas sin título: "Busco en el calor de mi palma / lo escrito en la piel".
De Jenaro Talens hacia demasiado tiempo que no tenía noticias. Qué agradable sorpresa saber que sigue escribiendo poesía y que esté a la altura de la que escribió en el pasado. Me ha gustado mucho esa unión de pensamiento y experiencia que apreciamos, por ejemplo, en "Curriculum vitae". En "No preguntes por qué" escribe: "No olvides que la vida solo existe en presente / porque morir requiere aprendizaje". 
Muy buenos los poemas de otro argentino, Ernesto Luis Álvarez y del peruano, residente en Nueva York, Miguel Ángel Zapata: "Escribo poemas caminando". Los árboles centran su discurso: "La poesía es así: un árbol desconocido / que cruza la ciudad".
Y los breves y certeros de los colombianos Jorge Cadavid (el último se titula "Diario de un virus": "Confinados por la peste / corto por primera vez / el cabello de mi mujer") y Rubén Darío Lotero.
Tres españoles acaparan después mi atención (menciono a los poetas por orden de intervención). Me refiero al riojano Paulino Lorenzo ("Hablamos con los muertos cada día"), el asturiano Jordi Doce (que vuelve a sorprenderme con cinco poemas magistrales de un nuevo libro en curso: "-si el mirar / fuera la solución y no el problema-") y el andaluz de Melilla Antonio Rivero Taravillo ("Me van saliendo canas en el nombre").
Destacables son los aforismos del valenciano Carlos Marzal ("Solo he ido invencible con mis hijos en brazos" o "La cerveza, a mediodía, tiene profundidades cosmológicas"), los diarios argelinos del extremeño Julio César Quesada Galán (del que uno espera la versión completa) y las prosas nocturnas (entre poéticas y filosóficas) de Francisco Jarauta. 
No faltan en esta entrega estudios sobre obras de Ernesto Cardenal, Carlos Germán Belli, Antonio Pigafetta (cronista de la expedición de Magallanes, leído, entre otros, por Neruda), Valéry, Lezama Lima, Coetzee...
La narrativa está firmada por Juan Casillas Núñez, Robinson Quintero Ossa y Daniela Londoño Ciro.
Un festín, ya se ve, el que nos presenta el nuevo número de Sibila. Esperamos muchos más. 

23.8.20

Desde Brooklyn con amor

El número 31 de Cuadernos de humo, que es a su vez la décima entrega de Donde está el fuego, editado en Nueva York (en Brooklyn, para ser exactos) por Hilario Barrero (que lo fecha el 7 de agosto, un día antes de mi último cumpleaños), reúne, en "La mañana de sábado", siete excelentes poemas ingleses "de amor y muerte" en traducción del propio Barrero. De los poetas George Herbert, Andrew Marvell, Raymond Carver, Philip Larkin, Seamus Heaney, Hugo Williams y Louise Glück. El resto son versos de poetas de estupendos poetas españoles, entre los que señalo a Carlos Medrano, que, como suelo repetir, no se prodiga. Subrayo también que se ilustra con cinco acuarelas de la haikista Susana Benet y que Vicente García reseña con concisión Tus pasos en la niebla, de Pablo Núñez. 
Con el tácito permiso del neoyorkino de Toledo, copio el breve poema de mi admirada Glück, aunque también me han encantado, por ejemplo, los de Carver ("Su mujer. Durante cuarenta años la pintó. / Una y otra vez. El desnudo en su último cuadro / igual al desnudo joven del primero. Su mujer") o Larkin ("Las relaciones sexuales comenzaron / en mil novecientos sesenta y tres / (lo que fue más bien tarde para mí) / entre el fin de la prohibición de Chatterley / y el primer elepé de los Beatles").

PRIMER RECUERDO 

Hace tiempo fui herida. Viví 
para vengarme yo misma 
de mi padre, no 
por lo que él era 
sino por lo que yo fui: desde el principio del tiempo, 
en la infancia, creí 
que el dolor quería decir 
que yo no era amada. 
Quería decir que yo amaba. 

FIRST MEMORY.- Long ago, I was wounded. I lived / to revenge myself / against my father, not / for what he was— / for what I was: from the beginning of time, / in childhood, I thought / that pain meant / I was not loved. / It meant I loved.

16.8.20

Conclausa

Hace unos meses, en pleno confinamiento por culpa de la atroz pandemia de la covid, Victoria Alzina y Carlos Iglesias, filólogos por la Universidad de Extremadura, tuvieron la feliz idea de editar una antología que recogiera testimonios acerca de ese involuntario encierro que padecimos y, visto lo visto, parece que estemos a punto de volver a soportar. Aquel proyecto es ya realidad y se titula Conclausa. Lo ha publicado la citada universidad y se abre con un texto ("Desde el balcón -prólogo y aplauso-") del principal animador, junto a los editores, del invento: Miguel Ángel Lama, catedrático de la Facultad de Letras cacereña y director, a la sazón, del Departamento de Filología Hispánica y Lingüística General. 
Le sigue una concisa introducción de Alzina e Iglesias que va al meollo del asunto. 
Ya se ve en la imagen que el número de colaboradores es muy amplio. La muestra recoge textos literarios en prosa y verso, ilustraciones, fotografías o dibujos, breves ensayos y, en fin, cuanto cada cual ha considerado el soporte necesario para expresar la desazón y el desconcierto, por resumirlo en apenas dos palabras. 
No quisiera menospreciar el trabajo de nadie, a buen seguro que ninguno desmerece, pero me han llamado la atención la potente foto de Tete Alejandre ("Diálogo") con la que comienza la selección; los siempre personales dibujos de Javier Alcaíns; las viñetas (el cómic) de Julia Lama, tan cercanas a lo que nos importaba hace apenas unos meses; los poemas de Dionisio López (para mí, una agradable sorpresa), Carlos Medrano, Juan Ricardo Montaña (dos raros, en el mejor sentido, en tanto que poetas poco habituales), Emilia Oliva, Antonio Rivero Machina (con un precioso homenaje a Gambardella con La gran belleza al fondo), Ada Salas (excelente "Bosque") y José Antonio Zambrano; los aforismos poéticos de Basilio Sánchez: "De todo lo posible, el poeta ha elegido multiplicar los panes y los peces"); y las prosas de Alonso Guerrero, Pilar Galán e Isidoro Reguera, que no ha perdido la lucidez que le ha caracterizado y que trae aquí los términos "coinmunismo" y "coaislamiento": "Salvarnos juntos, qué remedio, pero no revueltos". 
Me gusta que el texto de uno, "Ya en mayo (apuntes)", que publiqué en este blog, cierre el conjunto y nada menos que al lado de un poema visual de Antonio Gómez: "Nidal". 
Será difícil que olvidemos lo ocurrido. Con todo, tanto para los que lo hemos vivido como para los que, por suerte, no, queda impresa esta huella. Se quiere indeleble.

13.8.20

Eliseo Diego, 100 años

Al minucioso homenaje que dedicara al poeta cubano Eliseo Diego la revista Rialta, del que ya dimos cuenta en su día, se une el dosier que publica Cuadernos Hispanoamericanos (número 839-840, mayo-junio de 2020) bajo el título de "Eliseo Diego, isla entera". 
Me ha gustado especialmente el artículo de hija Josefina: "Lo que cuentan los libros de la biblioteca de mi padre, Eliseo Diego". 
Por cierto, entre otras muchas cosas, en el muro que Diego tiene en Facebook hay una entrevista reciente con Fefé (apodo familiar de la mencionada hija). 

Nota: La fotografía está tomada de El Universal

2.8.20

EN WELLINGTONIA

                                   Para José Luis Melero

Que vaya por delante que no soy fetichista.
Ni siquiera un mitómano confeso.
Acaricio, con todo, esta madera,
el trozo de parqué del viejo suelo
y siento la emoción del que lo fuese.
Es de la biblioteca de Aleixandre.
Un pecio rescatado del naufragio:
las ruinas de su casa en Wellingtonia.
Regalo de un amigo que es bibliófilo.
Sabe que esa reliquia está pisada
por los pies de lo menos mil poetas.
De Madrid y venidos de provincias.
Los famosos del club del 27,
el etílico grupo del 50,
y antes varios vates de postguerra
y después, cómo no, los venecianos.
Desde Lorca y Cernuda a Villena y Colinas
pasando por Vivanco, Rosales y Valverde,
por Rodríguez, Valente y Gil de Biedma.
Sabe mi amigo que la lista es larga,
que por allí pasó toda la lírica
del fértil, opulento patio patrio.
La recibió tumbado en su chaise longue.
Enmarcaré la pieza y, ya colgada,
evocaré unos versos que he perdido.

Nota: Este poema se ha publicado en el número 20 (como este maldito año) de la revista asturiana Anáfora
La fotografía es de Victoria Iglesias.

1.8.20

Pinero habla de uno

El periodista de Granadilla (que no es un pueblo cualquiera) Félix Pinero publica en el periódico mensual La Aldaba, de las comarcas del norte de Cáceres y Salamanca, este artículo biográfico que también ha aparecido en Extremaduraaldia, Radio Interior y su blog, Puerta de la Villa. Gracias.

ÁLVARO VALVERDE, UN POETA UNIVERSAL EN EL MICROCOSMOS PLACENTINO

Nadie quizá como José Luis García Martín en su blog “Café Arcadia”, a propósito de la recensión a su libro de diarios, “Porque olvido. Diario 2005-2009”, publicada en El Comercio de Gijón y El Diario Montañés [1], define tan nítidamente la peripecia profesional y como poeta de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), al decir que su ciudad es una constante en su obra, pero no es un escritor local porque “ha sabido encontrar un sitio en el panorama nacional, ganar los más importantes premios, hacer oír su voz de lector atento en algunos de los más significativos suplementos culturales... En su microcosmos placentino -añade- cabe el mundo y el protagonista está lejos de ser un personaje plano, como pudiera parecer al principio”, además de calificarle como “el más educado, correcto, profesional, de los poetas españoles contemporáneos”. Subraya el capítulo de las necrológicas, “cuando despide de emocionada manera a escritores amigos, a familiares y conocidos y a la vida familiar, sin incurrir en incómodas intimidades, aunque con alguna concesión al sentimentalismo”. Así, destacamos los más recientes de su blog: “A la tía Isabel” (20/06/20), la hermana pequeña de su suegro, o el dedicado a su prima, “Mi prima Ana” (31/05/20), Ana Carolina Valverde García, “cuyos recuerdos, que me unen a ella, seguirán mientras la cabeza aguante”, que tanto nos emocionare por la bondad manifiesta de su padre, Paco Valverde, y los caminos que ella le abrió, y porque se fue en un “abrir y cerrar de ojos”. [2] 
Maestro de profesión y poeta de vocación, es autor de una extensa obra literaria en poesía, prosa, novela y plaquettes (publicación de pequeño tamaño que se usa para difundir obras literarias de corta extensión, como poemas o cuentos, pequeños folletos en francés). En su blog personal, el autor destaca sus obras “Las aguas detenidas” (1988), “Una oculta razón” (IV Premio Loewe, 1991), “A debida distancia” (I Premio de Poesía Ciudad de Córdoba, 1993), “Ensayando círculos (1995), “Mecánica terrestre” (2002), “Desde fuera” (2008), “Más allá, Tánger” (2014), “El cuarto del siroco” II Premio Nacional de Poesía Meléndez Valdés (2018) y “Plasencias” (2013). Es autor de dos novelas: “Las murallas del mundo (2000), finalista del 49 Premio de Novela Café Gijón, del Tigre Juan y Premio Extremadura a la Creación, y “Alguien que no existe”; un libro de artículos, “El lector invisible”; uno de viajes: “Alguien que no existe” (2005) y otro de diarios: “Porque olvido. Diario 2005-2009” (Editora Regional de Extremadura, 2019). La editorial La Isla de Siltolá publicó la antología “Un centro fugitivo. Antología poética (1985-2012)” y la Editora Regional de Extremadura, “Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015)” (2017). [3] 
Además de su trayectoria como escritor, Álvaro Valverde puso en marcha el Plan Regional de Fomento de la Lectura (2002-2005) y dirigió la Editora Regional de Extremadura (2005-2008). Asimismo, fue presidente de la Asociación de Escritores Extremeños (1999-2003) y fundador, junto a Gonzalo Hidalgo Bayal, del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” de Plasencia. Ha sido colaborador habitual de los diarios Abc y Hoy, que en el año 2000 le concedió el premio “Extremeño de Hoy”. El semanario cacereño Avuelapluma le otorgó en 2015 su premio de las Letras. Es codirector, junto a Jordi Doce, de la colección Voces sin tiempo, de la Fundación Ortega Muñoz. Fu cofundador con Ángel Campos Pámpano y Diego Doncel de la revista hispano-portuguesa Espacio/Espaço Escrito y pertenece al Consejo Asesor de la revista de literaturas ibéricas Suroeste. Es autor de notas críticas, ensayos y poemas en suplementos de periódicos y en numerosas revistas nacionales y extranjeras. Fue colaborador de ABC Cultural y en la actualidad ejerce la crítica de poesía en El Cultural, suplemento del diario El Mundo, así como en las revistas TuriaCuadernos Hispanoamericanos y Clarín. 
Mantiene una columna de opinión en la revista griega Frear y desde 2005 mantiene su blog, Solvitur ambulante. 
Su obra está incluida en las antologías La generación de los ochenta, de José Luis García Martín; La nueva poesía española, de Miguel García-Posada; Antología de poesía española (1975-1995), de José Enríquez Martínez; La poesía plural y Los senderos y el bosque, de Luis Antonio de Villena; Poesía española reciente (1980-2000), de Juan Cano Ballesta; 20 años de poesía. Nuevos textos sagrados (1989-2009), de Andrés Soria Olmedo; Las moradas del verbo. Poetas españoles de la democracia, de Ángel Luis Prieto de Paula, y 33 poetas, del ciclo Poética y poesía, de la Fundación Juan March. Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas (inglés, francés, alemán, portugués, italiano, neerlandés y polaco)  y figuran en antologías en alemán, italiano, inglés y polaco. [4] 
--------------------------------------------------
[1] Vid.: García Martín, José Luis: Local, universal, en El Comercio de Gijón y El Diario Montañés de 22/05/2020 y recogido en el blog del autor “Solvitur ambulando” en la misma fecha.
[2] Vid.: Ob. cit. 
[3] Vid.: Valverde, Álvaro: Blog personal “Solvitur ambulando”, desde 2005. 
[4] Vid.: Biografía de Álvaro Valverde, en la web de la Asociación de Escritores Extremeños (https://www.aeex.es/autores/valverde-alvaro/)

Nota: La fotografía está tomada de Vivir Extremadura.

25.7.20

Noticia de Lanza del Vasto


En Porque olvido se recoge alguna referencia al pensador, poeta y pacifista Lanza del Vasto, nacido Giuseppe Giovanni Luigi Enrico Lanza di Trabia-Branciforte. Un francés de Sicilia, entre místico y activista. Un hombre espiritual, lúcido y coherente. Fundador de la Comunidad del Arca (que todavía existe y tiene seis sedes). En Magisterio realicé, gracias a una beca del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción del Estudiante, dependiente del Ministerio de Educación y Ciencia, un trabajo sobre la educación en esa comunidad y, por extensión, sobre la educación pacifista (que practicó, entre otros, Tolstói en Iasnaia Poliana). Se titulaba «El proyecto educativo gandhiano: por una pedagogía de la no-violencia». El original que presenté a mi profesora de Didáctica, Remedios Sierra, se abría con un precioso retrato del autor de La cifra de las cosas (su poesía reunida) realizado a plumilla por mi tío José Antonio. Hace años que di por perdido mi ejemplar de ese modesto estudio del que debería haber una copia en mi antigua Escuela, ahora Facultad de Educación de la UEX. 
Ghandi, su maestro, al que fue a visitar Lanza a la India (un largo camino a pie que narra en su impresionante libro La peregrinación a las fuentes, publicado en Gallimard en 1943 y aquí por Sígueme y luego por Seix Barral muchos años después), decía que Ghandi le impuso el nombre de Shantidas (el servidor e la paz). 
Tuve la suerte de conocerlo y de pasar con él unos días en Puerto de Béjar, ya lo he contado alguna vez, en una finca de los Operarios (promotores de la citada editorial Sígueme), durante dos veranos seguidos. A finales de los setenta. La primera vez fui solo; la segunda, con Yolanda y mi hermano Fernando, que dio, por cierto, en sacerdote operario. Quince días de naturaleza, yoga, ayuno, canto (de inspiración populargregoriano, canciones que cantó como nadie su esposa Chanterelle), baile y alimentación vegetariana. Lo mejor, las charlas de Lanza, en un delicioso y sereno español afrancesado (con toques italianizantes). ¡Cuántas lecciones aprendidas! Y para toda la vida. La de la austeridad, pongo por caso. O la de la suprema elegancia de lo sencillo (en El Arca se confeccionaban su propia ropa, una suerte de hábito seglar, tejida con lino). Lanza solía repetirnos su lema: "Mantente erguido y sonríe". He intentado aplicarlo. Sobre todo en los peores momentos. Como ahora. 
Buscando una entrevista con Borges, he dado con esta joya. La que le hizo Soler Serrano para el mítico programa "A fondo". Esta es la grabación en dos partes: la primera y la segunda.

Nota: La fotografía de Lanza del Vasto está tomada en La Borie-Noble hacia 1975. 

24.7.20

Jesús M. Santos lee "Porque olvido"

Defensa de la memoria

En aquellos años de mocedad los diarios guardaban secretos. Se iniciaban en la adolescencia, se escondían y muchas veces concluían a medida que crecía la vergüenza del autor por la simpleza y fugacidad de sus pasiones o la inestabilidad de algunos juicios que el tiempo desvelaba efímeros. Había otros, más maduros, que sobrepasaron el ciclo de la edad, aunque se mantuvieran acallados, o escondidos, al albur del destino o la espera a que la muerte acabara desvelándolos. Algún amigo, de esos que se califican como íntimos, dejó los suyos escritos en un buen número de libritos que nadie se ha atrevido a abrir. ¿Fueron escritos para ser leídos?

El género diarístico abierto al público tiene una historia larga que, en los últimos años, ha evolucionado al amparo de las tecnologías. El diario ya no lo es porque se alimente del día a día, sino porque se hace público con esa periodicidad, siempre accesible. Sobre esos no cabe aquella duda: se escriben para ser leídos y el propio autor se encarga de difundirlos (y en ocasiones, de promocionarlos).

El espacio público en que ahora vivimos, multiplicado a partir de la red, ha avivado el género y lo ha modificado. Cada diarista sigue la lógica que él mismo fija, sometida a dos elementos: lo que vive, en el más amplio sentido, y lo que quiere contar. A partir de ahí, el valor no lo establece el género, sino el estilo.

El diario se hace a mano. Carece de secreto, pero no de misterio. ¿Dónde empieza y termina la verdad, la desnudez? ¿Se pueden interpretar los guiños y, aún mejor, los silencios?

Una de mis primeras ocupaciones cotidianas se dirige, bien de mañana, a http://mayora.blogspot.com/, el blog del poeta y maestro –pase lo que pase–, Álvaro Valverde. Me cuesta empezar el día de otra manera. No solo por la afinidad o simpatía hacia el autor, sino porque sus paseos, que son también sus reflexiones, invitan a mirar el paisaje, a buscar preguntas, a encontrar sentimientos. También por mi propia rigidez en lo relativo a la organización de las tareas cotidianas.

Aquel diario digital, en permanente estado de construcción, ha dado paso a Porque olvido. Desde un punto de vista formal, simplemente un libro, editado por la Editora Regional de Extremadura, que recoge parte de lo publicado en el el blog durante quince años, desde 2005 hasta 2019, ambos incluidos.

No aparece todo lo recogido en el formato original, porque, según interpreto, el autor ha querido llevar a la imprenta lo esencial, su territorio más personal, tal vez, también, el más poético. Tanto más cuanto más ajeno parece a la poesía. Queda fuera el abundante trabajo crítico de Álvaro Valverde y sus tomas de posición en torno a determinadas cuestiones políticas o literarias. Tal vez por ello, este Porque olvido resulte aún más esencial, el espacio del paisaje y los afectos más sencillos, de los que brota todo lo demás.

El lector siente regresar a un territorio conocido. Puede parecer lo mismo; tal vez, no lo sea. Todo es sencillo y claro, como el paisaje y los lugares que recorre. Pero lo que aquí se reconoce, más allá de lo concreto, es la actitud. En esa manera de estar y de mirar radica el valor de cuanto se sugiere. O sea, como la propia obra de Álvaro Valverde.

Porque olvido reivindica la memoria para entender e interpretar la vida. Pero reconoce algo aún más elemental a medida que la edad avanza, un pequeño valor imprescindible: dejar constancia de lo vivido y lo sentido contra la fugacidad de este tiempo tan proclive a la amnesia y al desprecio de lo íntimo. Así de sencillo resulta también el diario. Por eso, tal vez la fundamental tal vez sea el tono, la verdad del poeta y de Álvaro Valverde en particular. Desde la soledad del paseo al encuentro del lugar que sugiere y el tiempo que concreta.

Estas reflexiones no pretenden ser una crítica ni siquiera una reseña; aspiran, desde un punto de vista estrictamente personal, a establecer la necesidad de un asidero al que acudir cuando reconocemos lo mucho que vamos olvidando. No como la lista de la compra, pero casi. En otro ámbito.

De su blog Lagar de ideas.


18.7.20

Elogio de la cerveza

Según costumbre, la colección de poesía de la editorial Visor celebra la conquista de otra centuria con una antología. Así, el número 1100 de su acreditado catálogo poético lleva por título La cerveza, los bares, la poesía y es, cómo no, un florilegio a cargo del director de la casa, Jesús García Sánchez, más conocido en los medios literarios como Chus Visor. Ya sabemos lo que hizo durante el confinamiento. 
El prólogo, firmado también por él, es un extenso y minucioso ensayo sobre el asunto a tratar, esto es, la cerveza, las tabernas, los bares y cafés... De la poesía se habla menos. Quiero decir que la introducción se centra más en lo histórico que en lo literario, por más que se aborden asuntos relacionados con la poesía. Historia y antología empiezan en el mismo punto, con el Poema de Gilgamesh, donde encontramos la primera mención acerca de la cerveza. Una bebida que usaron los egipcios y los incas y que estuvo presente, además de en Babilonia, en la China antigua, en la Grecia clásica (cita a Herodoto y Plinio), en las sagas escandinavas (en el Kalevala), en el Imperio Romano (mencionada por médicos como Hipócrates o Galeno –y antes por el griego Dioscórides– o por el orador Tácito). La primera mención en España se debe al Obispo Paulo Osorio, al describir el cerco de Numancia. 
Por seguir el orden cronológico (el utilizado en la compilación), llegaríamos a Shakespeare (“Daría toda mi fama por una jarra de cerveza”) y la gran tradición bebedora británica y al Renacimiento (que es cuando se generaliza su uso en todas las clases sociales). Y a su relación con la Iglesia y los monasterios (a los monjes concedió Carlomagno el monopolio de su fabricación). Alude a Lutero (que se casó con una maestra cervecera) y a Carlos V (que se trajo a Yuste a los suyos) y Felipe II y a cómo los médicos de la época se opusieron a su consumo (saludable para sus antecesores, como los citados más arriba), porque "no está en costumbre" (que era del vino). Fue monopolio del Estado desde 1701 hasta 1833. Se inventa luego la máquina de vapor y se industrializa. Y ahí, Louis Pasteur y sus Estudios sobre la cerveza.
Recuerda el editor a los ilustrados (a Jovellanos, por ejemplo). Y a Larra, a Galdós (y La Fontana de Oro), Pla, Gómez de la Serna... El malditismo y la bohemia (de los nuestros del 900: Carrere, Buscarini, Gálvez, Fortún, Bacarisse...). Y Dickens, Sterne, Diderot, Voltaire...Y no olvida el "carácter democrático" de bares, botillerías o cervecerías que nacen en Gran Bretaña y se extienden por los Estados Unidos de América (piensen en el wéstern). Y no faltan en el estudio los nombres de Valle Inclán, Rubén Darío (un consumado bebedor, como tantos escritores), Pessoa, Camus, Dylan ThomasCamba, Ruano, Sándor Márai, Ribeyro, Bacon, Mann, Magris (el de Microcosmos), Kraus, Lévinas... Ni gente que escribe en los bares, como Hierro, Aira, Modiano... 
Los  poetas del 50 conformaron una generación etílica, baste evocar a Benet, Ángel González, Caballero Bonald, Gil de Biedma, Barral, José Agustín Goytisolo, Gabriel Ferrater o Claudio Rodríguez. Tan adictos al alcohol como lo fueron Li Po, Jayyam, Catulo, Sócrates, Ovidio, Lope, Góngora, Quevedo, Baudelaire, Rimbaud, Dostoyevski, los Beat (Ginsberg, Kerouac), Lowry, Bishop, Lowell, Faulkner, Auden, Rulfo, Hamsun (que recogió el Nobel borracho), etc. Hasta Menéndez Pelayo fue un bebedor insaciable. Sí, hubiera sido más fácil antologar a los poetas sobrios, que tan mala fama han gastado. (Alguno, como Manuel Vilas, habría estado, eso sí, en las dos.) 
Se cierra el prólogo con el "Decálogo del Gran Bebedor", obra del colombiano Álvaro Mutis.
La antología (que, por cierto, recoge textos en prosa y a traductores diversos) en sí es muy amplia (el libro tiene 400 páginas). Ya se dijo que empezaba con un fragmento de Poema del Gilgamesh. Continúa, pongo por caso, con la Antología Palatina, Carmina Burana, Ovidio, Villon, Shakespeare, Franklin, el Kalevala, Verlaine, Stevenson, Cavafis, los hermanos Machado, Eliot, Morand, Pessoa, Chesterton, Jünger, Ajmátova, Sucre, Noel, Cunqueiro, Gómez de la Serna (Pombo), los del 27 (Lorca, Diego, Alberti), Fitzgerald, Neruda, Pavese, Lezama, Celaya, Rojas, Bernier, Benedetti, Celan, Cardenal, los del 50 (ya citados antes), el "tigre" Lizalde, Gelman, Becerra, Montejo, Olds, Cisneros, Parra, Nordbrandt (un poeta que le gustaba mucho a Julián Rodríguez, traducido aquí por Paco Uriz), Roca, L. A. de Cuenca, Juan Luis Panero (hijo de otro santo bebedor), los donostiarras Aramburu e Iribarren, Benítez Reyes, Marzal y Prado (en su versión más "experiencial"), Vilas, Lucas... Cierra la muestra un poeta costarricense del 86, Juan Carlos Olivas. 
No faltan cantantes y canciones, como "Tatuaje", de Rafael de León, y "19 días y 500 noches", de Joaquín Sabina. 
Hay pocas mujeres (y no quiero entrar en polémicas y menos tratándose de Chus Visor, que ya protagonizó una bien sonada a este propósito), pero poemas como "Los posibles caprichos", de la ecuatoriana Ileana Espinel Cedeño, valen por mil. O el de la única extremeña del elenco: Isla Correyero. Además, está representada la mismísima Marilyn Monroe y no falta, como en cualquier florilegio del momento, Raquel Lanseros. 
¿Qué destacaría de entre lo mucho y bueno seleccionado? "Elogio de la cerveza", de John Taylor; el poema irlandés "El avetoro amarillo"; "Una calle de Córdoba", de Mutis; "Mujer ebria" de E. Bishop; "Cerveza", de Bukowski; el poema de Kingsley Amis; "Cuando todos se vayan", del chileno Teillier; "A mi hija", un poema de Carver (un imprescindible) que pone los pelos de punta; el inédito "Stomeo's Bar", del caleño Jotamario Arbeláez; "Elogio de la embriaguez", del novísimo (hay más en la antología) José María Álvarez (otro clásico del género); "El primer trago de cerveza", de Philippe Delerm; y "En honor a Malcom Lowry", del venezolano Igor Barreto. Casi todo merece la pena, no obstante. Ah, y bien poco se echa en falta, lo que habla a favor de Jesús García Sánchez.
Dejo para el final un par de curiosidades. Éste se incluye a sí mismo en el libro. Con un emotivo texto en (buena) prosa que se publicó hace años en la revista Cuadernos Hispanoamericanos titulado “La Kon Tiki”, el local donde recalaba, a la vuelta de Albuquerque, el poeta asturiano Ángel González (y también el autor de esta suerte de fragmento de memorias), al que retrata. Y ya que de amistad hablamos, ha elegido el soneto “Chus Visor” para la colaboración de Luis García Montero. El círculo se cierra. 
¿Puede haber una lectura de verano más adecuada que esta? ¡Salud!
 
La cerveza, los bares, la poesía. Antología
Jesús García Sánchez 
Visor, Madrid, 2020. 400 páginas. 16,00 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital asturiana El Cuaderno

16.7.20

Turia, 135

Rara vez decepciona la revista turolense Turia, un claro ejemplo de cómo se puede ejercer el cosmopolitismo literario desde la oscura provincia; más aún, desde la España vacía. 
Es verdad que 500 páginas dan para mucho. El número 135 tiene exactamente 523. Su índice es elocuente. En "Letras" se recuerda la vigencia de Delibes (un autor al que admiro, sin duda, pero sobre el que uno difícilmente podría decir algo nuevo y distinto, por lo que he declinado la amable invitación de El Norte de Castilla -en la persona de Carlos Aganzo- que le prepara un homenaje). 
En "Taller" me han interesado muchísimo las cartas que escribió el poeta inglés Philip Larkin a Monica Jones, avance un libro que publicará La Umbría y la Solana. Y los textos de Martínez de Pisón, José María Conget y Eloy Tizón, tres primeros espadas (si es que aún se puede utilizar esta castiza expresión) de nuestra mejor narrativa. 
La sección de"Poesía" viene cargadita también. Con versos excelentes de Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero, Chantal Maillard, Manuel Rico, Francisco Ferrer Lerín, Martín López-Vega, Carlos Pardo, Basilio Sánchez, Fernando Sanmartín, David Mayor, Jesús Jiménez Domínguez, María Alcantarilla, Vanesa Pérez-Sauquillo, Juan Manuel Macías, Marta Domínguez Alonso, Antonio Daganzo, Lilián Pallares, Thaís Espaillat y Javier Sanz. 
En "Pensamiento" brilla el superviviente Cioran, y eso que iba para suicida. 
El "Cartapacio" es de Alfredo Castellón, un aragonés en Madrid del que uno tenía escasa noticia. Ya se ve que para mal porque fue un hombre polifacético (realizador de televisión, sobre todo) y con una obra digna de la mayor atención. Basta con leer sus Textos inéditos
En "Conversaciones", y con permiso de Sergio del Molino (que acaba de ver en las librerías la cuarta edición de su última novela, La piel), subrayo una espléndida entrevista con Ana Blandiana realizada por Jordi Doce, que ha cuidado la edición de nuevas obras poéticas que la poeta rumana publicará próximamente Galaxia Gutenberg. 
Se repasa en "Sobre Aragón" la trayectoria de la ejemplar editorial Olifante y en "Torre de Babel" hay numerosas reseñas de libros de todos los géneros. En lo que a uno concierne, me permito llamar la atención sobre la que firmo de la antología En la rueda de las apariciones. (Poemas 1990-2019), de Jordi Doce (Ars Poética, Oviedo, 2019). 
Dejo para el final lo que más me ha gustado del número. Me refiero a la doble presencia de mi paisano Luis Landero. En "Taller", para empezar, con un avance de su próxima obra, que titula "Viajar, soñar, contar" y que, por lo que parece, enlaza con otro de sus libros fundamentales (mi preferido): El balcón en invierno. Para seguir, en "La Isla", los diarios del director de la revista, Raúl Carlos Maícas. En esta nueva entrega recuerda el cartapacio de 160 páginas que le dedicó Turia (no sin vencer múltiples dificultades que él, por discreción, omite) y su multitudinaria presentación en Badajoz (un hecho que sorprendió a las autoridades extremeñas, desinformadas y de escasa sensibilidad cultural). Repasa, además, las colaboraciones del dosier (artículos, la amplia entrevista de Enma Rodríguez, sus "Devaneos de lector"), y reflexiona, por fin, sobre su obra en general y sobre Lluvia fina, su novela más reciente, en particular. Sí, como escribe Maícas, "siempre nos quedará Landero".

13.7.20

Onieva lee a Sophia


El poeta cordobés Francisco Onieva publica en el suplemento Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, una reseña de la antología Lo digo para ver (Galaxia Gutenberg), de la poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen. 80 poemas traducidos por Ángel Campos Pámpano que uno seleccionó y a los que puse un prólogo.

12.7.20

Una antología poética de Jordi Doce


ES ASÍ, ES ASÍ

La crítica responsable, a la que solía convocar en sus reseñas Miguel García-Posada, sabe desde hace mucho que Jordi Doce (Gijón, 1967) es uno de los nombres imprescindibles del panorama poético hispano. Que no haya sido reconocido con premios rimbombantes ni forme parte de ningún departamento universitario ni dirija sede alguna del Cervantes son anomalías que no deberían extrañarnos y que nada tienen que ver con esa excelencia que, a pesar de lo obvio, no siempre se reconoce. En todo caso, ya decía, su acreditada trayectoria, plena de lucidez e inteligencia, es bien conocida por los lectores de este raro país parapoético.
Doctor en letras por la Universidad de Sheffield, lector de español en la de Oxford, tras su paso por la revista Letras Libres o la editorial Vaso Roto, reside y trabaja en Madrid como editor (de Galaxia Gutenberg, por ejemplo), traductor y profesor de escritura creativa.
Autor de ensayos (Imán y desafío, La ciudad consciente, Las formas disconformes, Zona de divagar y La puerta verde) y libros de artículos, entrevistas, notas y aforismos (Hormigas blancas y Perros en la playa), Doce es, antes que nada, poeta. De libros como Lección de permanencia, Otras lunas, Gran angular y No estábamos allí (Premio «Meléndez Valdés»).
Inseparable de su poesía, las traducciones, pongo por caso, de Blake, Eliot, Auden, Tomlinson, Hughes, Hill, Simic, Auster, Burnside y Carson. Reunió una selección en Libro de los otros y la editorial inglesa Shearsman ha publicado, en traducción de Lawrence Schimel, Nothing Is Lost. Selected Poems y We Were Not There (edición bilingüe de No estábamos allí).
Hace cinco años apareció la antología Nada se pierde. Poemas escogidos (1990-2015) en la colección La Gruta de las Palabras (PUZ). Acerca de esos 77 poemas dijo en la nota final del libro: “Una antología no se compone únicamente de los poemas que uno considera mejores o más logrados. Tiene que haber otros criterios, que es como decir espacio para respirar y moverse sin agobios: poemas que abren puertas o que exploran fugazmente este o aquel territorio; poemas que dan variedad y rompen inercias; poemas que gustan a lectores cercanos o de confianza; poemas, en fin, por los que uno siente un afecto irracional”.
Otro florilegio, En la rueda de las apariciones. Poemas 1990-2019 (título que toma de su poema “Huésped”), recoge en una espléndida edición 147 composiciones divididas en siete apartados. Doce explica en una breve nota que “la selección se ha hecho hacia atrás”, es decir, desde los últimos poemas, “los que han dictado el tono y el alcance del conjunto”. Cabe añadir que la muestra incluye más de veinte inéditos. Poemas como “La deuda”, “Una carta”, “Secuela”, “Encuentro o “Ficción” y la serie Estación término. Pero no es esta la única novedad: “he planteado el libro –Doce dixit– como un box set musical en el que las piezas familiares conviven con caras B, temas inéditos, rescates y mezclas alternativas”. De ahí que algunos poemas vayan datados con dos fechas. Por esto y porque ha sometido a corrección muchos de ellos (de reescritura podría, en rigor, hablarse), estamos ante un libro nuevo, incluso para quienes seguimos su obra desde el principio.
El prologuista, Vicente Luis Mora, alude a cierta tradición poética que “piensa a través de la mirada”. Añade que estos son los versos de alguien (“un trazado, una especie de callejero europeo”) que “va impregnándose de lo mirado”. De sus poemas, Doce ha afirmado que “siempre se han volcado hacia lo exterior”. “Como piensa el mirar”, leemos en “Diálogo en la sombra”. Y: “Quien mira sabe / que algo le está mirando”. O: “Salgo a la calle. / Por primera vez veo / lo siempre visto”.
“El puro asombro” de lo que se observa de manera cotidiana le lleva a una suerte de perplejidad permanente (“La extrañeza es una forma de atención”), de índole metafísica, que impregna de sorpresa y misterio cuanto este “espectador” escribe y lo dota de una atmósfera nórdica (con su luz “despaciosa”) e inquietante donde el miedo (“el temor es mi asunto y mi silencio”) o la amenaza siempre acechan. Algo propio “de quien ve más allá de lo mirado”. Se diría, sí, que su poesía, parafraseándolo, “Es una disciplina, / un trato entre el mirar y lo mirado”. Materia “de quien ve más allá de la mirada”.
“Lo universal es lo que tenemos a mano”, si bien puede ser “tan extraño y opaco como un meteorito. Solo hay que aprender a mirarlo, dejar que nos hable”, declaraba Doce, a modo de concisa poética, hace poco en la revista Anáfora.
Por lo demás, Mora acierta al señalar la clave de esta poesía “configural”, no “confesional”, en la que aprecia distintas etapas: hasta Gran angular (“oscura” la denominó Doce), desde ese libro hasta el último (“más áspera, intuitiva”) y la que inaugura No estábamos allí. Por simplificar, teniendo en cuenta su medular labor traductora, al principio tal vez pesaban más Eliot o Tomlinson (lo meditativo) que, más tarde, Simic o Carson.
Contenida, paradójica, sobria, audaz, variada, elegante, escéptica, irónica, la escritura de Doce frecuenta el poema en prosa y, más allá, la narrativa aforística y fragmentaria que proyecta su poderosa imaginación con destellos de inspirado irracionalismo, aunque, a pesar de las apariencias, “Nada de lo que ocurre es un sueño”.
Y todo expresado con un ritmo peculiar, tan personal como su voz, porque es aquel “el que determina la temperatura vital o anímica de ciertas palabras”, “asociado a ciertas sonoridades, a una atmósfera emocional, como expuso en la Fundación March.
“El destino soy yo”, sostiene Jordi Doce. “Quien extravió la vida en recrearla / con secreta pasión, al hilo de las palabras”. Ya que “tu afán es un enjambre de palabras / que esculpen en el aire su derrota”. El que “puso en equilibrio su vida y sus palabras”. Porque, en fin, “la poesía no es sólo el centro irradiador de mis inquietudes –señaló en su poética “Una fidelidad”– sino también un modus operandi, una forma de estar en el mundo y de proceder intelectual; un modo de pensar, en suma”.

En la rueda de las apariciones. (Poemas 1990-2019)
Jordi Doce
Ars Poética, Oviedo, 2019. 256 páginas.

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 135 de la revista Turia

10.7.20

Delibes dixit

Delibes en su casa de Sedano. El Norte de Castilla
"Yo soy triste y depresivo y, además, estoy casi en la tercera edad, así que la cosa no tendría nada de particular. Yo veo la vida desde un ángulo sombrío; no la veo agradable, qué le vamos a hacer, y en consecuencia casi todas las zonas de mi imaginación suelen ser sombrías y tristes. En ese aspecto mis libros me delatan. Sólo recuerdo en mi vida un momento de euforia vital que corresponde a la escritura de mis dos Diarios, los dos únicos libros optimistas de toda mi obra. No, no es cuestión de motivos, sino de genes. Yo no tengo duda de que esto será siempre así. Ciertos momentos de exaltación y optimismo que serán enseguida desbancados por los otros momentos, los de siempre". Miguel Delibes, en una conversación con Blanca Berasátegui. El Cultural.

8.7.20

La luz de aquella tarde de septiembre

Pablo Núñez (Langreo, 1980), que es licenciado en Periodismo, doctor en Filología Hispánica y profesor de la UNED, pertenece al círculo de poetas asturianos ligados a la Universidad de Oviedo y a la tertulia del mordaz crítico García Martín. Codirige, junto a Candela de las Heras, la revista Anáfora, una de las más pujantes del panorama joven de la poesía española. Es uno de los editores (el otro es el también asturiano Rodrigo Olay) de Sobre mi poesía (1971-2018), la de Luis Alberto de Cuenca, que acaba de aparecer en una nueva colección de la jerezana Libros Canto y Cuento.
Tras un primer libro, Lo que dejan los días (2014) y su paso por alguna antología generacional, publica ahora en Renacimiento Tus pasos en la niebla
Tres elocuentes citas abren el pequeño volumen. De Garcilaso, Zagajewski y Sánchez Rosillo. Están elegidas con coherencia, lo que no siempre ocurre. A punto de entrar en la cuarentena (y no me refiero a la del coronavirus), es lógico que uno se pare a contemplar su estado, como el autor de Epístola a Boscán; recuerde, como el padre del poeta polaco; y permanezca en la luz que, “si de verdad fue tuya”, “no se acaba”, como proclamó el poeta murciano. 
En tres partes se divide el conjunto: “La belleza del mundo”, “Confidencias” y “Quizá unos pocos versos”. El primer poema de la primera sección (que se publicó en Estación Poesía), dedicado a un cuadro de Hopper, en concreto su comienzo: “Ella no sabe que al mirar los árboles / está observando en realidad su vida”, sorprende de inmediato al lector. Al menos a éste. Se da mucha importancia a la primera línea de un relato o de una novela; no tanta a los primeros versos de un libro de poemas, tal vez porque cada poema es, en rigor, un libro en sí mismo. El caso es que si uno fuera, como en algunas ocasiones, miembro de un jurado literario al que se hubiera presentado este libro, sólo por ese par de endecasílabos que condensan un mundo, ya contaría, a priori, con mi voto favorable. Seguiría leyendo, como hice, con mucho interés. Lo sospechado cobró al final definitiva forma. 
El clasicismo (métrico, temático, etc.) se aprecia también desde el principio. De ahí lo de los epígrafes. Hay más: de José Luis Piquero, García Montero, Amalia Bautista y Víctor Botas. La musicalidad o el ritmo (apoyado casi siempre en el endecasílabo) se adapta de inmediato al oído, sin que estorbe a la hora de concitar coincidencias, voces y ecos. Del mencionado LAdeC, uno de sus maestros, por ejemplo. Por decirlo con él, la línea es clara. El tono, conversacional, como el del resto de paisanos de viaje lírico, un grupo potente y reconocible dentro de la tradicional pujanza de la poesía escrita por asturianos. 
En los poemas, la infancia y la juventud perdidas (las enseñanzas de la edad: “A cada golpe debes lo que has sido”); la afición al deporte (al baloncesto, en la baraja infantil; al fútbol, en ese poema dedicado a Quini); la familia (el padre, que está en “El poeta vio el rostro, y la abuela materna, en “No eran cuentos”); los viajes (a la Ginebra de Calvino y Borges y a los Alpes, a Salamanca o Cáceres), versos donde aflora a veces un culturalismo asumido y no epatante; la celebración de la amistad, un rasgo muy experiencial y ochentero (léase “Queríamos luchar” o “Verbier”); la memoria (“¿De qué mañana vienes? ¿De qué espera?”); el mar (algo normal en alguien que vive en Gijón; “Siempre supe del mar”); el yo (que protagoniza la segunda parte), en poemas autobiográficos (o eso parecen) como “Ante el espejo” o “No le cuentes que te entusiasma Bach” (y Dylan, Cernuda, el cine de los 50, las viejas tertulias televisivas de Garci y de Dragó...), “que prefieres un buen alejandrino a un BMW” y “que admiras mucho más / a Rodríguez Adrados que a Bill Gates; la Biblia (muy hermoso es el poema “El texto del Nuevo Testamento”); los libros, las lecciones y la poesía (a la que dedica la tercera parte)... 
El poema final es una traducción de un animoso al tiempo que melancólico poema de C. S. Lewis: “What the Bird Said Early in the Year” (“Lo que el pájaro dijo al comenzar el año”, de 1938) que se puede leer en “una placa del Magdalen College de la Universidad de Oxford” y al que pertenece el verso “Este año el verano se hará realidad. Este año. Este año”. 
Unas didácticas “Notas del autor”, que subrayan el afán de claridad, cierran esta entrega que no sorprenderá acaso por lo novedoso, pero sí por su pequeña verdad. “Al cabo, son poquísimas las cosas / que de verdad importan en la vida”, como dijo la mencionada Amalia Bautista. Él, por su lado, afirma: “No elegiste un camino, pero fueron / siempre firmes tus pasos en la niebla”. Se nota. 

Pablo Núñez
Renacimiento, Sevilla, 2020

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 147 de la revista Clarín.