22.5.17

En busca de Vicente Marrero

El Instituto de Estudios Canarios, el Ateneo de La Laguna y Ediciones La Palma se han puesto de acuerdo para publicar un libro distinto. Andrés Sánchez Robayna, prologuista y antólogo, ha tenido el acierto (que agradece vivamente este lector) de reunir estos Veinticinco poemas de un poeta casi desconocido, Vicente Marrero. Nació en Arucas, Gran Canaria, en 1922 y murió en Madrid en 2000. A partir de un poema, "Los dragos", Robayna le ha seguido la pista hasta confirmar que este hombre de perfil conservador, católico y carlista, que amplió su formación académica en los años cuarenta del pasado siglo en la universidad alemana de Friburgo, de la que llegó a ser lector (y puede que hasta "discípulo" de Heidegger), y se dedicó, sobre todo, al ensayo de materias artísticas (Picasso, Oramas), literarias (Rubén Darío) políticas y, claro, filosóficas, hasta confirmar, decía, que Marrero (Premio Nacional de Literatura en 1955) no era autor de un solo poema digno de tal nombre. Su pesquisa dio el resultado previsible y ahora lo podemos comprobar al leer estos versos. No son muchos. Porque, como explica el profesor canario, este es un autor de antología (y "estricta"), no de obras completas. La suya está compuesta por dos cuadernillos publicados a finales de los sesenta en la malagueña El Guadalhorce, un libro del 70 en Arbolé de Madrid (agrupados en Poesía, Doncel, 1974), además de otro de 1989, con dos series más y que fue editado en Las Palmas.
En el citado Poesía confesó: "mi entrega a la poesía ha sido como el fruto de quien, un tanto desengañado, se recoge en la intimidad para cultivar el verso". Quise, añade, "escribir unas cuantas palabras verdaderas". Y de eso dan fe este puñado de poemas. 
En ellos recuerda su infancia isleña ("Entonces era un niño", "Lugar de origen", "Yo era un niño..."), a su madre ("La madre un día..."), al padre ("Pared de piedra seca", juntos a "Los dragos", uno de los mejores del conjunto), su casa ("Miro el árbol antiguo..."), su existencia (y su epitafio: "Su vida / toda la quiso hacer / verbo"), el mar ("Te llevo por mis venas, viejo mar..."), la poesía ("Creación"), etc. 
Son versos serenos y luminosos, cálidos y cercanos, sin retórica y sencillos. Dignos de la preciosa edición (que incluye el retrato que le hizo Manolo Millares), tan sobria y limpia como ellos, que Robayna y los mencionados editores han logrado poner en pie para que lectores despistados, como uno, podamos al cabo disfrutarlos. Ahora estará más tranquilo Marrero: ha colmado su intento.

LOS DRAGOS

Los dragos tienen sangre y son eternos.
Dan memorable lumbre y buena sombra.
Sabios monarcas familiares, reinan
en la terraza, desde donde un día,
en una mecedora, la mirada
de la madre advertía tiernamente
pasar, majestuoso, un trasatlántico.
Sin tumbarle su rumbo, ni el vaivén
del mar o de los campos o del aire,
tenía ella la paz y aquella sombra
-imperio sin edad y siempre verde-
a la que contemplaba, entre la rueda
de los años, girar con honda calma.

17.5.17

Sin disfraces y sin sobreactuaciones

De Juan Marqués (Zaragoza, 1980), crítico literario, ensayista, estudioso de Luys Santa Marina (al que dedicó su tesis doctoral, dirigida por José-Carlos Mainer, y del que editó una antología: En el alba no hay dudas), sus lectores llevábamos tiempo esperando una nueva entrega poética, aunque lo suyo, ya se ve, no es la velocidad, sino la lentitud, algo lógico si tenemos en cuenta lo que escribe y cómo lo escribe. De ahí la sorpresa al recibir Blanco roto en la siempre preciosa edición de La Cruz del Sur de Pre-Textos, con viñeta en la cubierta de Guillermo Trapiello. Este es su tercer libro de poemas, tras Un tiempo libre (2008) y Abierto (2010). 
Me llamó hace años la atención el nombre de Juan Marqués porque su ópera prima (que publicó la granadina Comares) estuvo mucho tiempo en una de las poco fiables listas de libros de poesía más vendidos. Eso era antes de que llegaran Frida, sastres y marwanes. No obstante, no recordaba haberme encontrado con ninguna reseña sobre aquella obra. Leí la segunda, Abierto (ya en Pre-Textos), y me sorprendió gratamente. La suya era y es una poesía sobria, escueta, clara, serena, delicada, que dice más por lo que sugiere que por lo que expresa. También de una frescura destacable. De las tradiciones, sí, pero, precisamente por eso, de su tiempo, que es el nuestro.
Blanco roto se lee, como quien dice, en un periquete. Tiene pocos poemas y son breves. Y además su claridad es manifiesta. Sin embargo, cuántos libros de muchas más páginas y cuántos poemas verborreicos le han dicho a uno infinitamente menos que este puñado de versos. Además, apenas lo cierras ya estás con ganas de abrirlo de nuevo, porque, entre otras razones, esta poética esconde un misterio que a la primera puede pasar desapercibido. 
La delicadeza, sutil forma de la elegancia, caracteriza una poesía, ya se dijo, más sugerente que afirmativa. 
"Nada sobra. Todo está en equilibrio", leemos, con guiño guilleniano, en el primer poema, "Principios". Termina cuando alguien le dice que hablen "de otra cosa", que es como se titula la segunda parte. Se abre con "Canción": "Cree en mí, realidad, / igual que yo te acepto como eres. // Sé que te tengo, alma, / pero por fuera. // Cuida de mí, canción. /  Di lo que yo no pude / cuando puedas." Y luego, en "No hablo de mí": "Nunca quise sorpresas. / Me basta con estar, saberme aquí / sentirme limitado y adoptar la costumbre / de existir sin disfraces / y sin sobreactuaciones". Se escribe como se es, dijo alguien, lo que aquí se pone de manifiesto. 
En "Postal de Pontevedra" escucha uno en sordina -parece un sutil homenaje- la voz de otro poeta, Juan Manuel Bonet, al que Marqués ha editado recientemente, nada menos que su poesía completa.
A veces el poema se adelgaza hasta casi desaparecer: "En el Vips de la calle Velázquez": "Una chica metiendo hielo y flores / en una bolsa roja". 
"El cielo de Madrid" cierra esta serie y su último verso es: "el cielo de mis hijos". A ellos dedica la parte siguiente. A Bruno y a Vera ("niña totalitaria" la denominó en cierta ocasión irónicamente), con sendos poemas que llevan sus nombres por título. No es fácil escribir sobre los hijos. Para "volver a recorrer toda la infancia / desde la perspectiva del amor". Las emociones pueden traicionar al más curtido. No es el caso. Además, siempre puede salvarnos la mencionada ironía, como en "El día en que Bruno destrozó mis Valentes", o la ternura, con una nana.
"Perspectivas" contiene poemas excelentes: "Epitafio", "Plaza de pueblo", "Reencuentro", "Acuario"...
"Blanco roto", con cita previa de Emily Dickinson, poeta de cabecera de Marqués (o eso parece), cierra un libro sencillo, conciso y logrado del que copio un poema, que es también una poética:

EPITAFIO

Sólo le interesó la poesía 
y en ella obtuvo todo lo que importa:
el amor, el orgullo, la alegría.
Convicciones y dudas. Movimiento.

No le compadezcáis:
prefirió estar tranquilo a ser feliz
y eso lo convirtió en literatura.

Nota: Esta reseña ha aprecido publicada en el primer número de la revista Crátera.

15.5.17

Sibila en Madrid

Ya está anunciado en la página de la Fundación BBVA el encuentro que tendrá lugar pasado mañana con motivo de la celebración del 20 aniversario de la revista Sibila. Aquí está el programa. En el documento, además de las presentaciones (tanto de la Fundación como de la revista), se incluyen los perfiles biográficos de los participantes (Bonet, Zagajewski, Benet, Garvayo) y los poemas que se leerán. 
La entrada gratuita, pero el aforo limitado. Por eso es imprescindible solicitar asistencia antes del 16 de mayo (máx. 2 personas), indicando nombre, los dos apellidos y número de teléfono de contacto del solicitante y del acompañante en confirmaciones@fbbva.es

13.5.17

1916

Juanjo Polibea comunica a los lectores de poesía la salida de la revista 1916
Sobre ella, leemos: «1916 fue un año interesante. La muerte de Rubén Darío, la fundación de Dadá en el Cabaret Voltaire, la publicación del Diario de un poeta reciencasado, la publicación de La lámpara maravillosa, de Valle-Inclán... Cifra de un mundo que acaba y otro que comienza. Cifra de unas señas de identidad que son la esencia de lo mejor de nuestro pensamiento, de nuestras letras, de nuestra cosmovisión.
Cuatro dígitos para conmemorar una fecha cardinal. Cuatro dígitos para conmemorar aquella otra iniciativa editorial del gran Manuel Altolaguirre celebrando nuestro crepúsculo áureo.
1916 es un catálogo y es una revista. Es un catálogo porque recoge la producción libresca en las diversas colecciones literarias de Editorial Polibea (El levitador -poesía-, La espada en el ágata -prosa-, Orlando Versiones -traducción- y Toda la noche se oyeron... -poesía latinoamericana de ahora), durante 2016 -punto de arranque escogido (con alguna cala en 2015) para esta publicación que se pretende anual-. Y es una revista porque reproduciendo, de un lado, los prólogos o los textos que se escribieron y leyeron -éstos con motivo las diversas presentaciones con que se dieron a conocer públicamente los títulos que editamos-; y, de otro, los artículos que reunimos bien en torno a las conmemoraciones de Cirlot o Kafka -en este número concreto-, bien en torno a las figuras de Aleixandre -recordando Velintonia- y Cernuda, o la portuguesa Maria Gabriela Llansol, las imágenes que nos llegan de Fez -a través de los cuadros de Najia Erejaï- o las voces de África (Rui Knopfli, Corsino Fortes, Paula Tavares, Conceição Lima), tan lejos y tan cerca, creemos que reunimos lo mejor de nuestra tradición y lo mejor de lo más nuevo, lo mejor de aquí y de allá, y, sobre todo, la alquimia imperecedera de la palabra que nos constituye, sobre la que se funda nuestra moderna mirada, cosmopolita, escindida, rara».
Se puede ver online en: https://issuu.com/191655/docs/1916 o descargar el pdf en: http://ellevitador.polibea.com/1916.pdf
¡Larga vida! 

12.5.17

21veintiúnversos

Queridos amigos:
Tenemos el placer de anunciaros la presentación del número 4 de la revista de poesía contemporánea 21veintiúnversosque tendrá lugar en el espacio Dos Lunas beach de Valencia, el próximo viernes 12 de mayo de 2017, a partir de las 19:30 horas.
Junto con la revista, presentaremos también los dos primeros números de nuestra nueva colección de cuadernos: The Naming of Birds de Robert Archer (con traducción de Guillermo Carnero) y Orinque de Aurora Luque.
Estáis todos convocados a acompañarnos en el citado acto de presentación, dentro del cual participarán leyendo sus textos algunos de los poetas que han colaborado en nuestro último número, así como también a compartir mesa y buena compañía en la cena que se celebrará a continuación.


BANDA LEGENDARIA
(Francisco Benedito, Juan Pablo Zapater, Víctor Segrelles)

21VEINTIÚNVERSOS, REVISTA DE POESÍA CONTEMPORÁNEA Nº 4:

Cubierta de MIQUEL NAVARRO

Poemas inéditos de ÁLVARO VALVERDE, ANDRÉS TRAPIELLO, ÁNGEL GONZÁLEZ, ÀNGELS GREGORI, ANTONIO COLINAS, ANTONIO PRAENA, ARCADIO LÓPEZ-CASANOVA, CARMEN CRESPO, CLARA JANÉS, DARÍO JARAMILLO AGUDELO, ERIKA MARTÍNEZ, INMA PELEGRÍN, JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE, JOSEP PIERA, JUAN CARLOS MESTRE, JUAN LUIS BEDINS, LOUISE DUPRÉ, RAFAEL ESCOBAR, RAFAEL SOLER y SARA CASTELAR.

11.5.17

Sibila, 20 años

El próximo miércoles, en el Palacio del Marqués de Salamanca, sede madrileña de la Fundación BBVA, tendrá lugar la celebración del 20 aniversario de la revista Sibila que acaba de editar su número 50. En el acto intervendrán el director de la citada Fundación, Rafael Pardo, y el de la revista, el poeta Juan Carlos Marset, habrá un diálogo sobre la cultura europea entre Juan Manuel Bonet, director del Instituto Cervantes, y el poeta polaco Adam Zagajewski, que a continuación leerá poemas, junto a Susana Benet y yo. Cerrará el programa un concierto del pianista Juan Carlos Garvayo. 
Además de la Fundación BBVA, patrocinadora de la veterana revista, colabora el Instituto Polaco de Cultura.

9.5.17

En El Cultural

Josep M. Rodríguez
Hiperión, Madrid, 2017. 76 páginas. 

El filólogo Josep M. Rodríguez (Súria, 1976) es autor de Las deudas del viajeroFríoLa caja negraRaízArquitectura yo y Ecosistema, varios de ellos premiados en distintos concursos. 
También del ensayo Hana o la flor del cerezo, de la antología Yo es otro. Autorretratos de la nueva poesía, así como de la traducción de Poemas de madurez, de Kobayashi Issa.
Con Sangre seca consiguió el Ciudad de Córdoba. Presidía el jurado, veinticuatro ediciones después, García Baena.
El primer poema del libro termina: “Poesía, / sangre seca”. Un adjetivo que bien podría aplicarse al tono de aquélla: sintético, entrecortado, fragmentario, elíptico: “Me reconozco en lo que está incompleto”. Ajustado, sobre todo, a un modo de decir que se mueve entre la descripción y el aserto, el aforismo y la epifanía. Propio de un admirador de la poesía japonesa. “Anoto cuanto veo”, escribe. El lenguaje de alguien que, según su epiloguista, Joan Margarit, “piensa sus poemas desde la propia poesía”, logra hacer de estos “un brillante ejercicio de realismo” y cuyo método consiste en “buscar la propia voz precisamente en la tradición”. Tal vez porque “conoce a fondo su oficio”. Hay mucho de intertextualidad en estos poemas que lo mismo citan (Joyce, Dickinson y Aleixandre), parafrasean (a Eliot, Lope, Gil de Biedma, Dostoyevski) o dialogan (con Bishop, Lowell, Lorca, Huidobro o Rich).
Imágenes sorprendentes, comparaciones imaginativas, filtran, en medio de una atmósfera urbana, las ideas que Rodríguez muestra. Nel mezzo del cammin, que diría Dante, cuando la memoria de lo que uno fue empieza a pesar sustancialmente sobre lo que uno en realidad es. Realidad y deseo. Desengaño. “El pasado se exilia”, escribe. También: “Los recuerdos son olas, / siempre vuelven”. Y: “los instantes que no recuerdas / ¿han sido tu vida?”. No por nada cita al pintor Degas: “dibujar lo que no se ve sino en la memoria”.
¿Ideas? Sentimientos y pensamientos, a veces paradójicos, en torno al amor, la muerte o la identidad: “Llegué a la vida para decir yo”. “No dejo de ser yo / en todo lo que veo”.
“No hay tema más extenso que la infancia”, leemos, a la que dedica poemas como “Material infancia” o “Educación”.
Un poema en catalán (que él mismo traduce) incorpora al discurso “la llengua de la mare / i la llengua del pare”. Un verso resume su poética: “oscuro el corazón, el verso claro”. Una imagen la respalda: “La vida es una casa donde solo hay jardín”. Pura “intemperie”. 


Nota: La reseña del libro de Josep M. Rodríguez se publicó en El Cultural el pasado viernes, 5 de mayo.

6.5.17

¿Una nueva poesía?

En España, como en cualquier otro país, la poesía cambia, evoluciona, y por eso cada cierto tiempo surge una nueva tendencia impulsada por un nuevo grupo de poetas que viene a la busca de su espacio al sol. Unas se asientan. Las más, apenas llegan se van. Mucho se está hablando últimamente de una poesía (que en rigor no lo es) presuntamente fresca y sencilla que practican vates jóvenes procedentes del mundo de la música y performers que, en consecuencia, ofrecen recitales y eventos donde es tanto o más importante la actuación que la palabra.
Si nos atenemos a las listas de libros más vendidos, acaparan todos los puestos. Y las mesas de novedades de librerías como las de Casa del Libro. Así las cosas, teniendo en cuenta el número de ejemplares que dicen vender (10.000 y más), se puede afirmar que la poesía ha entrado en el mercado. Se ha dado la vuelta al famoso dicho de Francisco Brines: ya hay público, no lectores. De locales de copas más que de librerías. Adolescentes, sobre todo. Gente que ve más que lee. Basta citar los títulos de los libros de estos autores para caer en la cuenta del tono que impera, amoroso más que nada: La triste historia de tu cuerpo sobre el mío, Amor y asco, Herido diario, Con tal de verte volar, etc. Y pensar que hubo un día en que, según Trapiello, aquí leíamos poesía unos quinientos… Ahora, algunos viven de eso.
Para lanzar estos productos se han creado editoriales, como Frida, pero algunas, digamos, clásicas también han apostado por la moda. Espasa, por ejemplo, con colección propia: ESPASAesPOESÍA, y Eolas, Valparaíso y hasta Visor. Ésta sello madrileño lanza a Elvira Sastre, autora de Baluarte, una de las más conspicuas representantes de esta saga, y en la correspondiente faja (todo un detalle del cariz comercial) leemos esta frase rimbombante del tertuliano Benjamín Prado: “La poeta que desde hace mucho tiempo estaba pidiendo a gritos la literatura española”. Sí, Prado (sus recomendaciones de poetas jóvenes en el diario El País han levantado ampollas) es uno de los poetas y críticos de la vieja guardia experiencial (las concomitancias son evidentes) que apoya este movimiento capitaneado por Marwan.
Pero no sólo de libros vive este movimiento. Fruto de esta época líquida de inmediatez y prisas, difunden grabaciones y vídeos a través de su medio natural: las muy democráticas y anárquicas redes sociales. Con YouTube a la cabeza.
De “un magma inclasificable que avanza con fuerza” habla Maxi Rey, uno de ellos, en la revista Leer, que dedicó un número al fenómeno. Otro analista, Jordi Corominas matiza: “una cosa es la falsa visibilidad de las redes sociales y otra la calidad del género, que dudo mucho que esté pasando por un periodo de grandes creadores”. Con todo, es el escritor Juan Bonilla quien, hasta ahora, con más lucidez ha analizado este boom, en su artículo “De repente unos poetas". Veremos.

Nota: Este artículo ha aparecido en el número 18 de Frear. Como todos los que firmo en esa revista como Άλβαρο Βαλβέρδε, está destinado en principio a los lectores griegos. Desde que lo envié hasta ahora han pasado unos meses, meses en los que este asunto, al que me referí aquí atrás en este mismo rincón, se ha complicado aún más. Ya se anuncia un libro dedicado al fenómeno, nunca mejor dicho.

2.5.17

Punto y aparte

Lo contaba mi amigo Miguel Ángel Lama, que me conoce bien: "Me acordé este miércoles pasado de una entrada del blog de Álvaro Valverde titulada «¡Avalancha!», en la que exclamativamente agradecía los muchos envíos de libros que le llegaban —y siguen llegándole—, al mismo tiempo que confesaba no dar más de sí, no poder abarcar tal aluvión de páginas enviadas, en su mayoría —digo yo—, con la pretensión de que fuesen comentadas o mencionadas por él. Esto suele parecer lo más importante para algunos remitentes, y no que esas páginas se lean con la dedicación que merecen; porque, de ser así, de leer con el debido debido detenimiento, se perdería la actualidad, la oportunidad, dar el primero". Con matices, sin generalizar ni pretender herir a nadie, lo suscribo. No, no quiero convertirme en un lector profesional. Ni puedo. 
Doce años es mucho tiempo. Es lo que dura, exactamente, esta pequeña aventura. Este trabajo gustoso que ha aspirado a ser, por usar dos palabras anticuadas, honesto y coherente. Aunque sujeto a la actualidad (lo que alguien se empeña en afearme), hecho con el necesario rigor y, claro está, por amor al arte. Si ha permanecido en el tiempo ha sido gracias a la perseverancia (esa virtud tan poética) y a la resistencia (una de mis palabras preferidas), pero persuadido de que hay alguien ahí fuera leyendo lo que uno escribe. Pocos o muchos, qué importa. Gracias. Con todo, de ahí lo del punto y aparte, no puedo seguir así; a este ritmo de entrada diaria, o casi, quiero decir. Al final, se pregunta uno, como Landero en su balcón: "¿tantas fatigas para qué?". Por eso, en lugar de cerrar el blog, que es lo que tenía decidido, hago caso a un par de amigos y opto por dejar la puerta entreabierta.
Han pasado tres años desde el desahogo que comentaba Lama y la situación se ha agudizado. Aquí atrás, por ejemplo, llegaron el mismo día siete libros. Entre ellos, la Poesía Completa de Cavafis, en edición de Pedro Bádenas de la Peña (761 páginas), y la Poesía Completa de Gerardo Diego (3.000), dos obras, sin duda, de referencia.
Lo que no sabe Miguel Ángel es que aproveché las pasadas Navidades para ir sacando libros de casa. Sí, un nuevo expurgo. Para empezar, las novelas. Me he quedado con El Quijote, las de algunos amigos y poco más. Sólo eso. El resto ya está guardado en cajas que me facilitó el librero Álvaro Quijote. Pena me da, pero... Mi hijo me ayudó a transportarlas a lugar seguro. Que tiemblen los libros de poesía y los de ensayo: ya estoy con ellos.
Termino, que esto se alarga demasiado. Entre el entusiasmo y la quietud, me decanto ahora por la segunda. Eso sí, insisto, la puerta de este rincón queda entornada. No sé lo que nos deparará el futuro, pero de algunos libros y ciertas situaciones hablaré. Lo doy por hecho. También publicaré las reseñas que vayan apareciendo en El Cultural. Y en TuriaCuadernos Hispanoamericanos, FrearClarín... Como suele uno decir, seguimos.

Nota: La fotografía que ilustra esta entrada se titula "Six paper structures" y es obra de Abelardo Morell.

1.5.17

Y van tres

Ya tenemos ganador. Se trata de Pablo Sánchez González, alumno del IES Virgen del Puerto, en Plasencia. El año pasado, por cierto, fue premiado por la Diputación de Cáceres en el concurso de Microrrelatos El Brocense. 
El accésit ha sido para Ana Melo Palma Soto Cano, del Agrupamento de Escolas nº 2 de Serpa, Portugal. 
Será emocionante volver a encontrarnos en San Vicente, su pueblo, y en la Casa de Cultura que lleva su nombre, su familia, sus amigos, los premiados, los vecinos... Bien merece la pena ese viaje. 

Memória de Plasencia

Habito uma cidade de memória.
Obriga-me a isso
a pobre realidade que determina
a imagem que reflete.
Não me motiva o anelo
proclive à nostalgia.
Reduz-se a minha ânsia a contemplá-la
no raro desvio dos sonhos.
Caminho pelas suas ruas
a sentir-me um estranho que regressa.
Alguns edifícios recordam-me
que aquilo sucedeu.
As ruínas de outros antes erguidos
confirmam a existência do achado.
Passeio e para lá dos muros late o canto
de um tempo enclausurado.
Descubro nos jardins as palmeiras
que dentro convidam à visita,
e posso fazê-lo só porque são
apenas um solar à intempérie.
No seu lugar haverão de construir-se
casas já sem memória.
Nos arredores,
uma ilha recortada dá ao esquecimento
as doces alamedas da infância.
Não podem os nossos corpos alagar-se
nas suas tíbias margens lamacentas,
as noites de Verão.
As suas ribeiras dão forma a umas memórias
seguramente falsas.
Os pavilhões vermelhos derruídos
foram um dia
o limite do mundo.

Traducción del eborense Luis Leal

30.4.17

Carta de Évora

Con frecuencia, renuncio a ir a sitios donde me invitan. El trabajo es lo primero, ya se sabe, más si la falta recae sobre las espaldas de los compañeros, aunque no se quejen. Me hubiera gustado ir, por ejemplo, a la comida del Palacio Real con motivo de la entrega del Premio Cervantes a Eduardo Mendoza, pero tuve que declinar la amable invitación del rey. O asistir a la entrega de los premios Loewe, otro estupenda fiesta (en el Palace) que un año más me perdí. Habrá que esperar a la jubilación. Ya queda menos. A Évora, una proposición menos frívola, me propuse acudir, con permiso de la autoridad competente, desde el principio. Recordé una ocasión fallida, hace mucho, pues allí tuvo lugar una reunión de Hablar/Falar de Poesía. Ángel Campos, tan tragaldabas como yo, insistió no poco: se iba a comer en un restaurante estupendo. Ni por esas. No, no había entrado nunca en la ciudad alentejana, y eso que queda al paso camino de Lisboa. Ya desde lejos impresiona. Le gustan a uno las ciudades así, de tamaño humano. Más si se trata de una ciudad de la cultura llena de monumentos extraordinarios, con un patrimonio (de la Humanidad) semejante, pongamos por caso, al de Salamanca. Su Universidad, la segunda en antigüedad de Portugal tras la de Coimbra, fue fundada por los Jesuitas como Colégio do Espírito Santo en 1559. Se cerró en 1759 por orden del Marqués de Pombal, cuando la expulsión de la Compañía de Jesús, y se reabrió en 1973. Está casi como entonces. Las filologías, entre otros grados, siguen ocupando el recinto original, muy bien conservado, ya digo. (Aquí no tuvieron la brillante idea, como en Cáceres, de construir feos edificios a las afueras y llevarse a un campus horribilis facultades y estudiantes.) Se conservan, por ejemplo, los magníficos azulejos barrocos que la decoran, justamente famosos (la Universidad editó una espléndida monografía sobre esa obra de arte firmada por José Filipe Mendeiros). Rodean el claustro y embellecen, entre otras dependencias, las viejas aulas, aún en uso, con su púlpito y todo. Tuve la suerte de visitar sus piezas fundamentales, un precioso laberinto de corredores, escaleras, claustros y patios que no deja de dar sorpresas. Lo hice con mi anfitrión, el poeta, crítico y traductor Antonio Sáez, que ostenta los premios Giovanni Pontiero y Eduardo Lourenço y que trabaja allí desde hace años. La biblioteca es impresionante. O el Salón de Actos. O el escondido aljibe.
Me extrañó comprobar que algunos estudiantes siguen usando la capa, bonita costumbre que uno, poco viajado, creía circunscrita a Coimbra. La lectura de poemas, que a eso fui, estaba prevista para las tres de la tarde, hora portuguesa, por eso, como es habitual en aquel país, comimos a la una. En un restaurante situado en el recinto universitario, de donde no salí entre el mediodía y la media tarde. Y donde con gusto me hubiera quedado. 
Ya que mi lectura formaba parte de las cervantinas II Jornadas de Cultura Española, nos sentamos a la mesa con Susana Gil Llinas, profesora también del Departamento de Lingüística e Literaturas de la Escola de Ciências Sociais y compañera de Antonio, el Consejero de Educación de la Embajada de España en Portugal, Ángel María Sainz, la asesora Joana Lloret, Mateo Berrueta (becario en la Consejería, un logroñés que ha vivido en San Petersburgo), David Montes (lector cordobés), quien me sucedería en el uso de la palabra, el inclasificable, por polifacético, Javier Rioyo, actual director del Instituto Cervantes de Lisboa, así como su jefe de estudios, Sonia Izquierdo Merinero. Comimos una crema de zanahoria, bacalao (qué si no) y algunos postres deliciosos. Apenas si probé el vino (uno estaba de servicio), elaborado en la propia universidad y que se vende en la tienda de regalos. Tras el café y la sobremesa, llegó la hora de la poesía. Tomó la palabra un momento Antonio Sáez y se la cedió a Andrés y Raquel, los alumnos que me presentaron. Y muy bien, por cierto. Después, advertido de que era normal que el público entrara y saliera a conveniencia, empecé, por el capítulo de agradecimientos, la lectura. Una "conversación en la penumbra", que diría Eliseo Diego, al que siempre me encomiendo en estos trances. Mencioné mi doble vergüenza: de no saber portugués y de no conocer Portugal como es debido. Lo segundo aún tiene solución. Dije, y no por adular, que de ese país me gusta todo: paisaje y paisanaje, gastronomía y música (bajé escuchando a Carminho para ambientarme) y, más que nada, su poesía, a la que me entregué desde muy pronto gracias a mi amistad con el citado Ángel Campos, que tanto hizo por divulgarla. Lo mismo que otros extremeños, como José Luis García Martín, Luis María Marina y quien estaba sentado a mi lado, estudioso, además, de las relaciones entre las líricas peninsulares. Al fin y al cabo, comenté, por carácter (que en un presunto poeta acaso lo es todo), la saudade me resultaba demasiado cercana; que, por melancólico, me tengo por portugués. 
Mencioné a mis poetas lusos de cabecera, leí mis poemas portugueses (dedicados a mundos como los de Torga y Andrade) y luego entré en los de mi nueva entrega, El cuarto del siroco, pues los demás ya están en mis libros publicados y en las antologías, al acceso de cualquiera. Los asistentes no se movieron de sus sillas, contra lo previsto, y uno transpiró como suele mientras leía (a pesar de estar quieto y sentado) y, a qué negarlo, me emocioné a ratos. Con el poema dedicado a Lisboa, al aludir a Angelito, o al final, al leer los versos dedicados a la muerte de mi padre que se proyectaron en la exquisita versión portuguesa de Ruy Ventura. A la vez, en estas lecturas hay que hablar más que leer, me referí a mi propia poética, un decir, y a algunas anécdotas que se esconden detrás de lo escrito.
Siguió la amena charla de Rioyo, consumado conversador y, por alcalaíno, paisano de Cervantes, sobre su película en torno a las películas sobre El Quijote, de la que vimos una parte.
Después, en una sala situada en uno de los claustros, estudiantes, profesores e invitados celebramos con una suculenta y animada merienda el final de las Jornadas. Con la prisa habitual, salí con Antonio camino del coche para volver a recorrer el precioso trayecto que separa Plasencia de Évora y viceversa. A tres horas de otro mundo.


29.4.17

Müller dixit

Cordon Press
"La belleza protege. Es lo contrario de la tortura, de la humillación. La belleza se preocupa por mí personalmente. Solo hay que buscarla y entonces todo tiene sentido. Y está en todo, no solo en el idioma. También en la ropa, en un edificio, en una planta…"
"Hay muchas cosas feas en los países democráticos. Ya nadie se preocupa de hacer objetos bellos [Señala el pomo de la puerta de la sala donde estamos, profusamente decorado]. Fíjese qué bonito. Hoy nadie lo haría así. ¿Por qué? Y la ropa. Piense en esos horribles pantalones rotos. En el mundo existe la pobreza, y los diseñadores de moda se dedican a estilizarla. Es perverso. O los tatuajes. O esos edificios horrorosos de la Potsdamer Platz. Y las guerras… Hay mucha fealdad en este mundo". 
Herta Müller, en conversación con Luis Doncel. En El País S-Moda.

28.4.17

Larkin: una poética de la modestia

La obra del poeta inglés Philip Larkin (Coventry, 1922 - Hull, 1985), ha tenido una gradual pero completa recepción en España. En 1990 apareció en Lumen su libro Ventanas altas, en traducción de Marcelo Cohen; en 1991 Pre-Textos editó Un engaño menor, en versión de Álvaro García; en 1998 le tocó el turno a su ópera prima, El barco del norte, traducido para Acuarela Libros por Jesús Llorente Sanjuán; y en 2007, Damià Alou, también en Lumen, dio a la luz su traducción de Las bodas de Pentecostés. Ya en 2014, la editorial barcelonesa lanzaba la Poesía reunida y de la edición se ocupó de nuevo Alou, que es el responsable de la Antología poética que publica ahora Cátedra en su canónica colección Letras Universales.
A esta bibliografía sólo cabe añadir otro florilegio, Poemas sueltos (1964-1984), obra de Valentín Carcelén, que apareció en la Diputación de Albacete allá por 1995.
Aunque a los (pocos) lectores de poesía no les pasó desapercibida la poesía de Larkin (que ha contado, cabe añadir, con traductores de fuste), la aparición de la Poesía reunida propició un feliz e inesperado succès d'estime.
Alou, en su espléndido prólogo –un genuino, informado y completísimo ensayo sobre la poesía del inglés– explica que una de las razones que le llevaron a abordar esta recopilación, más allá de aportar “un volumen donde se compendie lo más esencial de Larkin”, era la de incorporar veinte poemas inéditos. Ha utilizado para ello dos ediciones: The Complete Poems, de Burnett, y Collected Poems, de Thwaite, las dos de Faber and Faber.
Tras un esbozo biográfico, Alou divide su brillante y didáctica introducción (un sesgo muy oportuno si tenemos en cuenta la colección en la que sale) en distintos capítulos, “once apartados temáticos”, tantos como los que usa para agrupar los poemas seleccionados. A saber: “Poética”, “La creación del personaje poético”, “Epifanías”, “El viaje”, “Sabiduría popular”, “Retratos”, “Amor y sexo”, “La soledad”, “la vejez y la muerte”, “Una rebeldía y su retracción” y “Vida animal”.
Cuatro libros componen en rigor la obra poética completa de Larkin. Sus títulos, según Alou: El barco del norte (1945), Engaños (1955), Las bodas de Pentecostés (1964) y Ventanales (1974). Los dos últimos se publicaron en Faber and Faber, la que sería ya para siempre su editorial, en cuyo catálogo figuran las compilaciones reunidas y completas de sus versos citadas con anterioridad. A estos habrá que sumar XX Poems (1951).
Si bien cada lector puede optar por el método de lectura que más le convenga, uno ha elegido el de ir del capítulo del prólogo al de los versos incluidos en el mismo apartado, en la segunda parte de la antología. Para que se hagan una idea, el análisis va de la página 9 a la 107 y los poemas, de la 119 a la 222. Téngase en cuenta, además, que la muestra no es bilingüe.
Hijo de un fascista pronazi aficionado a la literatura y de una mujer, suponemos, anodina, con una hermana diez años mayor, Larkin, un niño tartamudo y con voz de pito, no mostró nunca sentimientos a favor de la familia, del matrimonio y, menos aún, de los hijos, que nunca quiso tener. De su infancia, como de todo lo concerniente a su vida –su poesía es autobiográfica–, da cuenta en sus poemas. En “Recuerdo, recuerdo”, pongo por caso, o en “Sean estos los versos”. Mantuvo, eso sí, numerosas relaciones sentimentales, pero el ejemplo de sus padres y de su complicada convivencia le disuadieron para siempre, ya digo, de cualquier tipo de contrato o responsabilidad ajena a su particular egoísmo.
Apegado a su país natal (“Odio estar en el extranjero”), hoy sería un firme candidato del Brexit. Hombre tímido y retraído, se formó en la Universidad de Oxford (donde entabló una firme amistad con Kinsgley Amis) y ejerció de bibliotecario en la de Hull, tras pasar por Wellington y Belfast. Fue un gran bebedor.
Se le relaciona con el grupo de escritores conocido como The Movement. Amante del jazz (al que dedicó un libro compuesto por piezas sobre ese género musical: All Whatt Jazz), su ópera prima fue una novela: Jill (que como el resto de su prosa está publicada en castellano). El punto de inflexión que marca definitivamente su interés por la poesía, elegida como manera de expresarse a sí mismo y como método de conocimiento, coincide con el hallazgo de la de Thomas Hardy, un novelista que, cosa rara, devino poeta al final de su vida. Elegirlo como maestro da al lector, al menos a quien conozca sus poemas, pistas seguras sobre el tipo de poesía que Larkin escribió y sobre cuál fue su poética. La de la modestia, como la define certeramente Alou.
Nace contra la de otros contemporáneos suyos: Eliot, Auden, Pound y Hughes. Si al primero, a pesar de todo, lo admiraba, al último le odiaba. Su aversión era contra la modernidad, el Modernism anglosajón. “Prefería centrar su poesía –sostiene Alou– en los hechos observables, en una suerte de fenomenología comentada”. Le interesaba “la verdad” y, por eso, hay una gran coherencia entre su vida y su obra.
Si seguimos al editor, estamos ante una poesía “realista” en la que “caben todos los tonos del gris”. Que no prescinde de la Belleza, que reside “en la verdad de la experiencia relatada”.
Larkin aspiró a ser un poeta “comprendido y compartido”. Para el hombre corriente, que él mismo fue. Y lo consiguió: de Ventanales vendió, al salir, 20.000 ejemplares. Fue un poeta “visible” en la sociedad de su tiempo. Andrew Motion, su biógrafo (es una pena que no contemos con una traducción de Philip Larkin, A Writer’s Life), explicó que tenía el deseo de “crear un nuevo lenguaje para sí mismo”. Bayley, por su parte, habla de “poemas-relato”: “que el poema mismo relate el proceso mediante el cual el autor llega a esa verdad”. Betjeman se centra en la emoción: “la poesía es algo emocional, más que intelectual o moral”. De “emoción vivida”. “Metro y rima intensifican esa emoción”. Larkin nunca las perdió de vista y su traductor tampoco.
En el tono, “franco y natural”, se resalta una “oralidad deliberada”. La suya es una “poesía de lo cotidiano”, según Pujals, que se relaciona “con las vivencias diarias”.
Alou destaca los siguientes rasgos estilísticos: “la cautivadora precisión con la que capta la sensación física de la vida en Inglaterra”; la “curiosa mezcla de fluida oralidad y estructura muy marcada”, su “inmensa habilidad métrica” y “su desenvoltura idiomática tan espontánea y personal”; cierto simbolismo, un “intento de expresar lo inconcreto” siempre en el “aquí” (una palabra clave de su poesía, repetida muchas veces para situar la acción); la teatralización: voces, diálogos, frases hechas y anónimas frente a citas cultas, tal vez porque, como dijo Batjin, todo escritor es un “dramaturgo” y el poema, una suerte de “representación”; ya que no cree en la tradición, cada uno expresa “su propio universo exclusivo y recién creado”; la trascendencia; y el humor, el ácido ante todo, aunque Larkin se consideraba divertido.
Si seguimos el recorrido temático de la antología, que, ya dijimos, se corresponde con los poemas seleccionados en cada parte, está en primer lugar “Poética”. Consta de tres poemas. Uno, “Modestias”. Se aprecia, lección aprendida de Hardy, “una poética del detalle”. De palabras sencillas para “aclarar el mundo”.
En la segunda, donde encontramos poemas esenciales como el citado “Recuerdo, recuerdo…” o “Dockery e hijo”, se halla la “búsqueda de una identidad”, de una voz propia. No en vano, como dijo Booth, su obra –y antes nosotros– es “fundamentalmente autobiográfica”. Y una constante: “la muerte infatigable”. En “Albada”, un poema sobre ese vital asunto, leemos: “La vida primero es tedio, luego miedo”.
En la tercera, la “epifanía”. El poema como “instantánea”. Como exacto momento de gozo. Tal en “Ventanales”: “Y más allá, el aire de un azul intenso, que muestra / nada, y está en ninguna parte, y es infinito”.
La cuarta alude al viaje, a cómo Larkin “transmuta (…) el pensamiento en experiencia, en realidad viva”. Y ahí, “Las bodas de Pentecostés”.
La quinta evoca a la inteligencia, más que al sentido común, a la sencillez de pensamientos que perduran. “Simplicidad”, dice Alou. En “Días”, por ejemplo.
“Retratos”, la sexta, habla del otoño (“Madre, verano, yo”), su estación preferida, lo que no deja de ser una poética. Y de “Mr. Bleaney”, un “hombre gris” y de buen conformar. “Somos tal como vivimos”. Y el “eremita de Hull” era “amigos de sus lectores”, comenta Motion.
“Amor y sexo” reúne nueve poemas y es la parte más extensa de la muestra. El del amor y el sexo es un tema prioritario en su obra.”Lo que sobrevivirá a nosotros es el amor”, escribió en “Engaños”. Se aprecian sus intensos monólogos. ¿Los de un misógino? Larkin vivió en la época de los Beatles, en medio de aquella revolución sexual que cambió en mundo. Tuvo amantes, no esposa o esposas. Y siempre recomendó, insistimos, no tener hijos. No es extraño que la octava sección se titule “La soledad”.
A “la vejez y la muerte” se dedica la novena. Se enfrenta a ésta “sin paliativos”. Nada ve de positivo en una u otra. Ya desde la veintena se veía en decadencia. En “Peonzas” nos recuerda que “nacer ya es morir”. Brownjohn se refirió a “la compasiva precisión con que se observan las cosas sin esperanza”. “Ya lo averiguaremos”, dijo Larkin.
El sapo de la cubierta, escultura caricaturesca que se expuso en un festival que le dedicaron en Kingston upon Hull en 2010, tiene que ver con los poemas “Sapo” y “Regreso del sapo”, recogidos en la décima parte, “rebeldía y retracción”; no tanto una metáfora como una “analogía extendida” (Lodge). El sapo del trabajo, por ejemplo. Buena muestra de su humor negro.
En la undécima, por fin, siete poemas sobre animales. “Larkin ve en el mundo animal un microcosmos de la vida de los hombres”. “Aprender es sufrir”.
A pesar de que Larkin no creía en la traducción y en la literatura universal, me temo que sus poemas han trascendido el límite de sus amadas Islas Británicas. A estas alturas, ni siquiera Bloom pondría en reserva su paso a la historia literaria. Para él la poesía era “como intentar recordar una melodía que has olvidado”. No se me ocurre un manera mejor de introducirse en ella y conocerla que mediante el uso y disfrute de esta modélica antología. Para los que vuelven a Larkin, bien está recordar su importancia en la vida corriente de cualquiera al que le guste leer.

Nota: Esta reseña ha sido publicada en el número 802, abril de 2017 (pág. 107-109), de la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

27.4.17

Carta: El Cuaderno

Como habíamos anunciado, El Cuaderno inicia una nueva etapa plenamente digital, reinventándose una vez más tras 79 números publicados en papel hasta el pasado mes de diciembre. Damos así un paso adelante para garantizar su continuidad y potenciar su alcance y difusión más allá de las limitaciones del formato anterior. Si bien una edición digital no permite la calidez y el atractivo gráfico de una publicación impresa, a cambio supone una herramienta ilimitada e inmediata de transmisión de contenidos de manera global, además de su implementación y de una cobertura más eficaz de la actualidad cultural. El Cuaderno dará así cobertura a un mayor abanico de propuestas culturales (literatura, pensamiento, historia, crónicas, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic…), tanto del ámbito hispánico como de otras culturas, sin renuncia al rigor y la profundidad.
Esperamos ser merecedores de tu atención y seguimiento y te agradecemos la difusión de este proyecto.

Álvaro Díaz Huici
Editor

26.4.17

Canetti dixit

Mi esencia, en cambio, es rechazar y odiar cualquier muerte. No considero imposible que en algún momento llegue a aceptar más o menos mi muerte, pero jamás la de otro. Es tan seguro, lo siento con tal intensidad, que podría encabezar con ello mi pensamiento y mi mundo. Es mi Cogito ergo sumOdio la muerte, soy así. Mortem odi ergo sum. Y eso que esta frase omite lo más importante, el hecho de que odio cualquier muerte”. 
Elías Canetti. Tomo la cita de un artículo de José Andrés Rojo. El País.

25.4.17

Historial

Marta Agudo (Madrid, 1971), doctora en Filología (con una tesis acerca de los géneros del poema en prosa y el fragmento en la literatura española del Novecientos), especialista en la vida y la obra de Valente (autora de un estudio sobre la estancia del poeta en Madrid: Valente vital, y, junto a Jordi Doce, de Pájaros raíces. En torno a José Ángel Valente), coeditora, con Carlos Jiménez Arribas, de Campo abierto. Antología del poema en prosa en España (1990-2005)), crítica literaria y traductora de Vinyoli (de su libro Tot és ara i res), había dado a la imprenta dos libros de poesía: Fragmento y 28010. Llega ahora Historial, publicado por Calambur, que supone, al menos para este lector, un salto cualitativo en una obra concienzuda que se caracteriza, sí, por la lentitud y el rigor. 
El título del libro es elocuente. Por el tono (y algunas pistas más: fechas, horas...), estamos ante las páginas de una suerte de diario, de la "reseña circunstanciada de los antecedentes de algo o de alguien", en este caso, de un expediente médico y sus anexas circunstancias, digamos, que vendría a coincidir con el de la autora. Aunque esto es literatura, y más exactamente poesía, no parece ocultarse lo testimonial. Sin título, los poemas, casi siempre en prosa, conforman fragmentos de un poema único, una impresión que se refuerza por la constante aparición de los puntos suspensivos. 
Tres bien escogidas citas de Susan Sontag, Thomas Mann y Miguel Hernández acotan perfectamente el territorio: "La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara", escribió la primera. Todos somos, en un momento u otro, ciudadanos "de aquel otro lugar". Agudo sabe bien de qué habla. Por eso escribe: "Si vivir ya implica morir, para qué estos sorbos de nada precedida". 
De la estirpe de su admirado Valente, cercana en sus posiciones líricas a poetas como Clara Janés, Julieta Valero o Ada Salas, su poesía es elíptica, cortante, silenciaria, por momentos hermética. Tampoco el asunto de la falta de salud, y su inevitable relación con el sufrimiento y la muerte, da para alegrías. Por eso su lenguaje es seco, sentencioso, cercano a lo aforístico: "Ninguna muerte se canjea por otra, ningún muerto representa a otro". "Hecha la persona, hecho el silencio". 
Medicamentos, enfermedades y, sobre todo, enfermos (ella ante todo) protagonizan esta historia. Una historia que tiene mucho de dolor y una parte de esperanza. Adiestrado "en el arte de la desaparición", el enfermo "o la entrega paulatina, ese fugarse sin alas". 
Poeta del pensamiento, no hay aquí sólo relato o descripción, también se reflexiona acerca de ese proceso que (casi) nunca sabemos ni cómo empieza ni cómo termina: "cuando quiso darse cuenta ya tenía la densidad del enfermo". "¿Cuándo empezaste a enfermar, región ya para siempre inapelable?" Y: "Aquí no se comparte nada. Y digo «aquí» porque el cáncer es un espacio". O cuando alude, en fin, a la genética para expresar: "De los otros, no de la memoria viene la muerte". Su "oficio puntillista". 
La melancolía prima. Porque "estar enfermo es un continuo sobreponerse".
Y otra presencia: la del hospital, "único territorio con trincheras imposibles, con balas y siempre en una sola dirección". "El hospital: monumento a la segunda oportunidad". 
Y la escritura como sístole y diástole, haz y envés: "¿Cómo olvidarte, enfermedad..."
Mencioné antes a Janés y vuelvo a hacerlo porque, como Agudo, es de de los pocos poetas españoles que adoptan en sus versos un aire científico, aquí ineludible por la misma temática. 
Poesía de la experiencia, pero de la verdadera, de la que sirve, de la que da señales de vida y no se limita a la describir, de manera anodina, frívolas anécdotas. 
"El mérito, se sabe, es resistir, pero yo no nací para odiseas", leemos con la debida crudeza. O "Ya sólo queda esperar". Por eso se hace "del miedo, viveza". De ahí que aflore, a pesar de los pesares, la esperanza.
Una "Coda", diálogo con la serie fotográfica "Altas soledades" de Cano Erhardt, cierra este libro intenso, logrado y crudo a su manera, aunque para mí la obra finalice en el significativo "Mientras..." de la página 73.

Así el melancólico, ¿eslabón perdido de qué cadena? Así la muerte asistida, para caer en el momento exacto. Así el enfermo, con su carne tanteando una demora.

Dadme el punto exacto, las coordenadas de la felicidad, y construiré una casa grande donde aliviar derrumbes, cuerpos zurcidores de una cruz y su símbolo.

Así, dadme las siglas de una ajustada duración porque en el signo «más» el germen de los significados, las raíces del árbol que se empeña... 


24.4.17

En Ribera del Fresno

El Periódico
Ya le dedicó uno a Ribera del Fresno una "carta" como ésta cuando colaboraba en el diario HOY, con motivo de un encuentro literario que tuvo lugar en su biblioteca pública, situada en una de las muchas casas solariegas que aún conserva ese bonito pueblo de la provincia de Badajoz donde nacieron Juan Macías y Meléndez Valdés, un santo con vocación ultramarina y un poeta que ha sido calificado como el más importante de la literatura española del Setecientos. 
Para conmemorar el bicentenario de la muerte del ilustrado, en 1817 y en Montpellier, exiliado por su apoyo a Bonaparte, el Ayuntamiento de la localidad, con la colaboración de la Junta de Extremadura y de la Diputación de Badajoz, convocó un premio que lleva el nombre del autor de Batilo. Pero no un premio cualquiera, de los que tanto abundan. Se trataba de distinguir al mejor libro de poesía publicado en España en 2016. Lo ha explicado muy bien su ideólogo, digamos, José María Lama, director técnico de la empresa cultural +magín y secretario con voz pero sin voto del jurado, en un artículo publicado por eldiario.es: "El premio tiene varias singularidades. En primer lugar, se proyecta desde lo local como un premio nacional.(...) La segunda originalidad del premio es que no invita a los poetas a que se presenten. Se basta por sí solo para elegirlos, ya que se trata de un premio a libros publicados que sigue el modelo de los premios nacionales de la Crítica o, sin ir más lejos, del premio de novela “Dulce Chacón”, que se concede anualmente en Zafra. (...) Y la tercera originalidad del premio es que no es sólo un acto de, llamémosle, “cultura elevada”, sino una oportunidad de dinamización cultural de una localidad del medio rural extremeño. Para ello se invita a que los aficionados y las aficionadas locales a la poesía lean los libros finalistas. Y que se reúnan en un foro de lectura un día antes de la reunión del jurado indicando a la alcaldesa cuál debe ser el sentido de su voto". Aunque no estuve, la reunión donde los lectores de Ribera (en torno a treinta) eligieron su libro favorito fue de un nivel llamativo, lo que descarta ese tópico de que la poesía no interesa y que, además, es difícil. Claro, se nota la callada labor de los clubes de lectura, que llevan años funcionando en ese municipio de Tierra de Barros.
El jurado de esta primera edición ha estado compuesto por Olvido García Valdés, Irene Sánchez Carrón, Juan Ramón Santos, Eduardo Moga (en representación de la Junta, aunque reconocido crítico y poeta), Elisa Moriano Morales (representante de la Diputación), Piedad Rodríguez Castrejón (alcaldesa de Ribera del Fresno) y quien escribe. Los excelentes libros finalistas, tras una primera selección de veintidós elegidos por críticos de distintos medios (en el citado artículo de Lama se enumeran), eran seis: Carta al padre, Jesús Aguado (Vandalia. Fundación José Manuel Lara); Corteza de Abedul, Antonio Cabrera (NTS. Tusquets); No estábamos allí, Jordi Doce (La cruz del Sur. Pre-Textos); Ser el canto, Vicente Gallego (Visor); Han venido unos amigos, Antoni Marí (Renacimiento); y Pérdida del ahí, Tomás Sánchez Santiago (Amargord).
Tras las razonadas deliberaciones de rigor, que no se limitaron al mero juego matemático de los votos y los descartes, se alzó con el premio una obra que, como se recoge en el acta, desde el principio, ya en la selección previa, había suscitado claros apoyos. No estábamos allí, de Jordi Doce, es, en efecto, un «libro innovador lleno de paradojas, incertidumbres, preguntas, de experimentación y riesgo, y por tanto de extrañezas y misterio bajo una luz nórdica». «Una especie de relato intemporal en busca de la identidad "en medio del camino de la vida"». 
El jurado se reunió en medio del precioso campo de Ribera, en un antiguo cortijo convertido ahora en hotel rural, donde el civilizado paisaje, de olivos y viñas, daba una impresión de cuidado jardín más que de cultivo agrícola. El acto donde se anunció el libro ganador (el premio está dotado con 4.000 euros) fue también una celebración del Día del Libro. A las palabras de la alcaldesa y del secretario del jurado, le siguieron la lectura de poemas de cada uno de los restantes miembros del mismo (en ausencia de Elisa Moriano), lectura que inició el mencionado Lama con "Prosperidad aparente de los malos", de Meléndez. Vino después otra lectura, la del acta, y la llamada en vivo y en directo al premiado para comunicarle la buena nueva, que pudieron escuchar todos los presentes. Una conversación breve, emocionada y nerviosa, como exigía la ocasión. Antes de proceder, me felicité por haber formado parte de un jurado competente que, a pesar de la corrupción que nos invade (incluida, ay, la literaria), había sido capaz de sacar adelante un premio limpio. Algo, por cierto, que le hubiera agradado a su inspirador, una figura, tienen razón Eduardo Moga y Miguel Ángel Lama, que hay que reivindicar.   
El próximo 26 de mayo se hará entrega del premio a Jordi Doce en presencia de vecinos y autoridades. Allí estaremos.

Miembros del jurado ante el busto de Meléndez Valdés



22.4.17

Premios de la Crítica 2017

Acaban de conceder el Premio de la Crítica 2017 a la novela Patria, de Fernando Aramburu, y al libro Sin ir más lejos, de Fermín Herrero. Esta es la reseña que publiqué el pasado 17 de febrero en El Cultural sobre este libro:

El título y la ilustración de la cubierta del nuevo libro de Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963) son elocuentes. La sencillez y la humildad bien entendidas, a las que hacen referencia las citas de Jung e Ingres que abren el volumen, son los pilares de una poética reconocida, por los premios y por la crítica, y reconocible, por su absoluta coherencia, que se ha ido ahondando y esclareciéndose libro a libro. Tal vez por eso en el primer poema leemos: "La poesía / es la conciencia". "No tiene complacencia". "La bondad / se ve, no necesita / verborrea". Es justo lo que aquí falta. La sobriedad es ley. El lenguaje, como el paisaje de su tierra: áspero y despoblado, seco, esencial, resistente. El tono, sentencioso. La expresión, austera: "Cuanto más simple, más hondura". Un lenguaje que juega con la sintaxis a favor del sentido. Que maneja con solvencia el encabalgamiento. Que logra el ritmo que exige su música callada, la de sus amados místicos, a los que cita explícitamente.
La poesía "es una enfermedad / que afecta a los más débiles / de la especie", escribe el machadiano Herrero, aunque parezca todo lo contrario.
Sí, "que todo es regalado, acuérdate". Que "Vivimos de milagro y eso es suficiente". De ahí la celebración, el himno frente a la elegía: "Únicamente hay luz / en el canto".
Y al fondo, el paisaje soriano, la naturaleza ("refugio contra el mundo") y el campo, que no son lo mismo. Y el asombro de ver y contemplar cuanto sucede. Por eso los poemas tienen algo de anotaciones de un hipotético cuaderno de bitácora (terrestre) que llevara un observador del mundo. De un mundo, por cierto, que desaparece. Herrero es un testigo. No evoca desde la memoria lo que dice. Lo tiene delante de los ojos. Ahora. Sigue ahí, no ha huido: "Así que estoy aún". "Estoy. Aún estoy", leemos.
Lo suyo es el asombro. La perplejidad del que mira sin regodearse en metafísicas. En soledumbre, aunque eventualmente aparezca acompañado, Herrero se expone al cierzo, la nieve, el hielo... Al frío, que es cualidad de ese mundo centrado en la armonía y en el equilibrio. Un estado de serenidad que viene de antiguo (y que él nombra, a veces, con populares palabras de antaño), heredado por él y que al cabo transmite a quien lee mediante una voz que es todo menos impostada.

21.4.17

Aramburu y Savater: poesía

«Más difícil me resulta vincularte con la poesía», le comenta Fernando Aramburu a Fernando Savater en un momento de la conversación entre ellos publicada en El Cultural. «No me sorprendería averiguar -continúa el novelista vasco- que guardas en un cajón un viejo cuaderno con treinta y cinco sonetos. Dudo que un ladrón de libros de poemas que entrara a desvalijar tu biblioteca se tuviera que marchar de vacío. Como diría un entrevistador mexicano: a ver, maestro, platíqueme esto. No se avergüence de reconocer el pecado poético». Y Savater responde: «¿Te has fijado en que todos los escritores queremos ser poetas? Si a un autor que ha escrito diez novelas de éxito, ocho dramas premiados, varios ensayos recomendados en la bibliografía universitaria y tres sonetos dedicados a su primera novia, la del pueblo, le preguntas qué se siente ante todo, te contestará bajando púdicamente los ojos: “Yo soy poeta”. Creo que esa preferencia viene de que la poesía es lo más puramente literario de todo, lo que menos se parece a una clase (ensayo), a la crónica que hacemos de lo que pasa (novela), a un cruce de opiniones (teatro)... La poesía realmente no se parece a nada utilitario, todo lo más a los balbuceos obscenos durante el coito o a los delirios enfebrecidos de un moribundo. De modo que su prestigio es enorme... Tranquilo, no es mi caso. Escribí bastante poesía entre los quince y los dieciocho años, y hasta publiqué dos dizquesonetos en uno de mis primeros libros, Apología del sofista (habrás notado que los títulos de mis libros suelen ser mejores que el libro mismo...). Pero descuida, que nunca te diré: “Ante todo, me considero poeta”. En todo caso, me hubiera gustado serlo, nada más. Mis poesías en verso son muy malas. En cambio Criaturas del aire, uno de los libros del que estoy menos descontento, puede considerarse, siendo generoso, una especie de poesía en prosa... En fin, no basta. Las únicas poesías de las que no me arrepiento, pero totalmente privadas, son el poema que cada primero de año escribía a mi mujer. Only for her eyes... Porque lo poético en mi vida fue ella, mi amor por ella, aunque haya sido incapaz artísticamente de ser digno de ese sentimiento».

20.4.17

Este libro es de mi madre

No sé cuánto tiempo hacía que no iba al molino. Meses. Volvimos el día de Viernes Santo. Comida familiar (una sabrosa y picante sopa garganteña de patata), buen tiempo, paseo (no tan largo como uno hubiera querido) y, claro está, lectura. Ese día metí en la mochila dos periódicos y un par de libros. Antes de comer, que allí nunca es pronto, leí La inquilina descalza, ópera prima de la riminesa Isabella Leardini (1978), que lleva ya cuatro ediciones en su país, en traducción de Paola Patrizi y Juan Carlos Reche, con prólogo de Milo de Angelis ("Pizcas de Isabella") y publicado por La Isla de Siltolá. 
Por la tarde, después de la caminata, digerida ya la sopa, me senté según costumbre bajo la parra (que empieza a echar sus primeros brotes) y abrí el precioso ejemplar de Este libro es de mi madre. Su autor, Erich Hackl. La traducción y las notas son de Pilar Mantilla en colaboración con Manuel Lara y lo edita Papeles Mínimos. La edición, muy cuidada, ya se dijo, incluye un nostálgico álbum familiar. 
Nunca se sabe qué puede depararte un libro hasta que no lo lees, es cierto, pero con algunos sospechamos, incluso antes de ponernos a la tarea, qué puede ocurrir. Me pasó con éste. Cuando llegó a casa, antes de quitarle su bonita funda de plástico, imaginé que se trataba de una novela. Y en cierto modo lo es. Sin trampa -pocos libros más verdaderos-, en la "Nota del autor", Hackl (Steyr, Austria, 1954) explica que se trata de un libro tan suyo como de sus padres, en especial de su madre, María (por error, como se explica en una de las escenas más divertidas) que es la que le da voz, de ahí el título, donde ha intentado describir un mundo hasta ahora perdido: el de su infancia y juventud en el Mühlviertel austriaco, "una región de colinas al norte del Danubio", que a él le ha llegado a través de la memoria heredada de sus progenitores, por más que se tome la libertad, confiesa, de "permitirle juicios que no era capaz de expresar o que no llegó a alcanzar. "La libertad de atribuirle mi conciencia", algo que enriquece, sin duda, esas memorias. "Este libro lo he escrito, por así decirlo, con ella y no contra ella", concluye. Así, en un momento dado leemos: «Siempre di demasiada / importancia / a lo que decían los demás. / Fue mi error / toda mi vida / ya desde entonces. / Si la gente se reía de alguien, / de inmediato me parecía raro. / Si lo encontraban feo, / no me gustaba. / Si se reían de él, / yo me apartaba. / Ese bizquea, / ese tiene chepa, / ese tiene bocio, / ese tiene la nariz torcida. / No bizqueaba, / no tenía chepa, / no tenía bocio, / no tenía la nariz torcida. / Pero yo, siempre preocupada / por lo que decían los demás».
Lo que ocurre, una sucesión de historias a cada cual más hermosa, no sería sensato explicarlo aquí. Digo hermosa, pero son también duras. Porque todas las vidas lo son, sí, y porque la época que les tocó vivir no fue, como casi todas, sencilla. Las páginas más intensas del libro se centran en los duros años del nazismo y de la guerra. "Imagínate -dijo mi madre / -ahora pertenecemos a los alemanes". 
Utilicé antes la palabra verdadera y muy de verdad me ha parecido todo lo que se narra (o se canta) en esta obra popular en el sentido más noble y menos plebeyo del término. Sin alharacas ni retórica, con la debida naturalidad, alguien nos habla de su vida al oído, en voz baja, confidencialmente, Y su relato está lleno de pasión y de dolor, cómo si no. Parece escrito por un alma noble. Y por una persona aguda, curiosa e inteligente. De ahí que su lectura nos resulte tan placentera, tan interesante y tan enriquecedora. 
Se le fue a uno la tarde entre esas páginas, mientras sonaban a lo lejos, por cerca que estuvieran, los ruidos, las conversaciones... Había viajado a un mundo europeo de ayer. Me costó regresar.

19.4.17

Morábito dixit

El poeta mexicano de origen italiano nacido en Egipto Fabio Morábito ha sido entrevistado por Carmen de Eusebio para el número 801 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, el mismo donde se publica, ya se dijo, el dossier sobre Ribeyro.
Al final de la conversación, dos preguntas relacionadas con la poesía.
Como poeta, dice De Eusebio, ¿cuál cree que es el interés de la sociedad, de las administraciones públicas y de las asociaciones culturales por la poesía? Según Morábito, "La poesía tiene el prestigio que tiene toda actividad secreta, inútil e incomprensible. Si no fuera tan incomprensible para la mayoría, no tendría prestigio y los poetas no viajaríamos como viajamos. Una amiga mía poeta solía repetir: «Escribir poemas no me ha hecho rica, pero cómo me ha hecho viajar». Y también viajar es una forma de riqueza. La poesía «viste» a cualquier iniciativa cultural. Ay, de aquel funcionario cultural que se olvide de la poesía. Pobre, inofensiva, tediosa para el gran público, la poesía sin embargo es insoslayable. Se trata, pues, de un gran malentendido. Hago votos para que siga siendo eso, un malentendido, un enigma para la inmensa mayoría de la población. Eso garantizará, en lo oscuro, su permanencia".
Después, la periodista pregunta: ​¿Qué papel podrían y deberían desempeñar las escuelas para acercarnos a la poesía?​. A lo que el autor de Lotes baldíos responde: "Enseñarnos dónde está la poesía, y mostrarnos dónde puede aparecer: en un refrán ingenioso, en la letra de un bolero o de un tango, en la gracia de un chiste bien contado, en la escena de una película que te corta el aliento. Enseñarnos que la poesía existe, que no es un espejismo. Unos cuantos, después, la buscarán en los poemas, se harán lectores de poesía, y serán una minoría. ¿Qué importa? La escuela, antes que nada, debería enseñarnos que la poesía existe".

18.4.17

Mesanza y Fernández

Julio Martínez Mesanza
Rialp, Adonais, Madrid, 2016.
  
En sucesivas ediciones, Julio Martínez Mesanza (Madrid, 1955), ineludible representante de la Generación de los 80 o de la Democracia, filólogo y traductor de Dante y Sannazaro, fue dando forma a su libro Europa, al que siguieron Las trincheras, Entre el muro y el foso y la antología Soy en mayo. Casi una década después, llega Gloria, escrito en los últimos once años, entre Madrid, Túnez, Tel Aviv y Estocolmo, destinos de su trabajo en el Instituto Cervantes.
Qué bien se adaptan los poemas limpios y breves que lo componen al sobrio diseño de la colección Adonais. Aunque se nos anuncia un “cambio de registro”, uno vuelve a encontrar al virtuoso del verso: el endecasílabo blanco, al lector de los clásicos (“Porque no merece”), al poeta épico, al que usa la borgeana enumeración caótica (“Ghar El Melh”) y los “nombre propios” (léase “Los símbolos cansados” o “Les ombrelles”), alguien, en fin, pendiente de lo pequeño, de lo sencillo (“dame lo extraño, / que es ver por primera vez lo sencillo”), de los detalles (“Dame palabras fáciles y claras / para explicar la sencillez del alma”).
Contra los prejuicios ideológicos y religiosos, con los que le hostigaron desde el principio, Mesanza, que cumple lo que dice: “un poco de pasión en lo que haces / y llevar hasta el fin lo que pensabas”, “el hábito de hablar de lo que siento / en términos morales y absolutos”, glorifica la vida y canta “la manifestación de Dios en la creación” a través de símbolos muy suyos: Europa (“Aunque a la muchedumbre no le importe / que Europa valga poco y crea en nada”), la luz, el desierto, la batalla, el muro (con Cirlot), el guerrero, la estepa, el laberinto, las Madonnas, la cruz… Una palabra, ya mencionada, “alma”, “que es inextinguible”, fundamenta este viaje (“solo malvivo en sitios diferentes”) a favor del humanismo y en contra de la nada y del no, donde no podía faltar el amor; así, en “Safo dieciséis” (“amar el desdén de quien amamos”) y “De luz y rosas”.
Poemas como “Pamplona”, “Anfibia” (sus almas fenicia y cristiana: el desierto y el mar de Homero), “Jan Sobieski” (el rey polaco, “la carga de los húsares alados”), “Cuestiones naturales IV” o “Los carros en Kipur” (“Eres, Señor, la guerra interminable”) dan fe del alcance de esta intensa meditación moral de Mesanza consigo mismo y con quien lee. Pura verdad.
Javier Fernández
Hiperión, Madrid, 2016. 

Javier Fernández (Córdoba, 1971) ganó con Canal el Premio "Ciudad de Córdoba". En el jurado, Pablo García Baena, Juana Castro, Mª Ángeles Hermosilla, Pablo García Casado y Jesús Munárriz. 
«Mi hermano Miguel murió el 5 / de marzo de 1975, tres semanas / antes de su sexto cumpleaños». Así empieza el libro. Consta de sesenta fragmentos y una coda. Está escrito en prosa. Lo de poética sobra. En un momento dado dice: "Necesito contar todo esto, quiero hablar de ello. Y no me sirve otro lenguaje. Tiene que ser directo, seco. Y así es. El tono es sumario. Como de informe. Escueto. 
Cuando murió su hermano mayor por accidente, ahogado en un canal (de ahí el título, sí), el autor tenía tres años. Eran "inseparables". Si le hubiera acompañado, hubieran muerto los dos. Pero no voy a entrar en detalles. El libro se basta y se sobra. Lo narrativo prima. Detrás, su madre (a quien dedica la obra), su padre y su hermana Marian, la pequeña. Y el dolor. Y el miedo. Y el divorcio. Y la culpa. Y la depresión. Y la cobardía y la valentía. Y los llantos. Y las visitas al cementerio. Y los sueños: todos sueñan con Miguel, aunque Javier no quiera hablar de ello. 
"Mi hermana dice que me invento los recuerdos", escribe Fernández. Reconstruir lo sucedido y darlo a conocer en forma de poemas (cómo si no) ha sido una manera de conjurar el daño. "No he conocido un tiempo sin mi hermano", reza el verso final.
A modo de coda, el poema "Dirección prohibida", dedicado a la hermana, primera versión de este libro, un poema que JF no ha dejado de "reescribir". 
Hay momentos muy intensos que era complicado fijar. No tanto por los hechos que relata, sino por la dificultad para mostrar ese hondo, inmenso dolor sin caer en la exhibición sentimental y el patetismo. De esa prueba ha salido airoso. Como dijo García Baena, el libro es "desgarrador".
Asombra, en fin, la sinceridad (lo siento, no cabe otra palabra) con la que Fernández cuenta y canta, con voz melancólica y elegíaca, lo que sucedió aquel día nublado y con mucho viento. Un día que Javier, su hermana y sus padres habrán intentado olvidar mil veces. Ha debido ser muy duro. Haberlo escrito (así, en plural) les habrá traído, estoy seguro, cierta calma.

Nota: Las reseñas de estos libros de Martínez Mesanza y Fernández se publicaron en El Cultural el pasado viernes, 14 de abril.