16.3.19

Haikus de Bashō

Mi primer acercamiento a la poesía del clásico japonés Matsúo Bashō (Ueno, provincia de Iga, 1644-Osaka, 1694) fue a buen seguro gracias a su libro Sendas de Oku, en la versión española de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya que publicó Seix Barral en 1981, si bien existían dos ediciones anteriores: la primera, de 1957, que apareció en México (UAM), y la de Barral Editores, de 1970. La Pontificia Universidad Católica del Perú, FCE y Atalanta han impreso de nuevo el libro, en 2003, 2005 y 2014 respectivamente, por lo que sigue estando al alcance de cualquiera. Antonio Cabezas, benemérito traductor de poesía japonesa, dio a la imprenta una versión de la misma obra que está en el catálogo de Hiperión, una casa siempre atenta a la poesía oriental. 
Ve la luz ahora, en la valenciana Pre-Textos, Hoguera y abanico. Versiones de Bashō, en ejemplar edición de Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968), del que ya reseñamos La ruta natural. 
No, no estamos ante un libro más que reúne poemas de Bashō. Del millar que escribió a lo largo de su intensa y azarosa vida de poeta errante (que Hernández Busto relata con detalle en la primera parte de su documentado y exhaustivo prólogo), de viajero impenitente ("Viajar será también una forma de dialogar con los poetas del pasado", dice HB, y Sendas de Oku un haibun o diario de viajes), aquí se recoge una cuarta parte y es la muestra más numerosa de sus versos en español (si descartamos la Poesía Completa que, en versión de Beñat Arginzoniz, acaba de publicar Ediciones El Gallo de Oro, un volumen que aún desconozco). 
Lo suyo fue el haiku, entonces denominado hokku, que no deja de ser, nos explica HB, "la estrofa inicial de un poema colectivo, que en diecisiete sílabas –o morae– intenta capturar un determinado instante de percepción sin traicionar su simplicidad y belleza". A la parte técnica o filológica de estas composiciones, y de otras como el tanka, el renga o el renku, "poemas colectivos de estrofas enlazadas" que ocupan la parte final de esta antología, dedica HB, con solvencia, el segundo y el tercer capítulo de la citada introducción. 
Es, con todo, "Posibilidades del hokku" la parte más interesante de ese ensayo inicial. Allí se razona acerca de los distintos estilos que cultivó Bashō, un poeta perfeccionista «a tiempo completo» y con "un dominio sorprendente del idioma que entendió la poesía como "un camino de conocimiento". Se nos explica que "una de las principales virtudes del hokku", tras su "apariencia de sencillez" (que busca la naturalidad), estriba en la ambigüedad: "esa indefinición, esa penumbra" que hace que "la intervención del lector sea decisiva".
Desmonta HB que el Zen esa tan esencial en su poesía, con ser una de las claves de la misma: "el haiku no es, como suele pensarse, una suerte de «budismo poético»".
"Mi arte es como hoguera en verano y abanico en invierno", escribió Bashō, de ahí el título de esta magna antología. Aunque maestro de poetas, un ser solitario de una "austeridad esencial" que amó al frugal banano plantado a la puerta de una de sus cabañas por su "completa inutilidad". "La gran novedad de Bashō -afirma HB- radica en la concepción de la poesía como una forma de vida".
En la sección final de su prólogo, el que atiende a la traducción en sí y a los criterios de edición, HB nos explica que los poemas aparecen en ideogramas (kanji) con su transcripción romanizada, lo que permite apreciar juegos fónicos y otras sutilezas formales. Pero no termina ahí la cosa, ya que estos incorporan debajo una nota que, además de comentarios del editor destinados a comprender mejor el significado del haiku y sus decisiones acerca de optar por tal o cual versión, incluyen muchas veces lo que Bashō dijo a propósito del mismo (por ejemplo, dónde lo escribió y con qué intención o motivo), así como opiniones de otros especialistas y traductores, sin descartar la reproducción de las versiones de aquellos. De los mexicanos Octavio Paz, pongo por caso, o Aurelio Asiain, "a mi juicio el más notable traductor de poesía japonesa a nuestra lengua".
Lo más sorprendente, quizá, es que HB, aunque conoce bien la cultura nipona y es "estudiante perezoso de esa lengua", no domina el japonés, esto es, que sus versiones (mejor que traducciones) son las de alguien dotado de una gran intuición que no desdeña las realizadas en otras lenguas: el español, como es lógico, y el inglés, sobre todo.
El detonante de esta aventura que a uno, en tanto que lector de poemas vertidos a mi idioma ("La idea fue siempre que estas versiones funcionaran como poemas en español"), le parece del todo lograda, fue otra lectura, la del libro de Makoto Ueda Bashō ans his interpreters. El resultado, insisto, satisface a quien, ajeno a lo verboso, busque la genial concisión del haiku y todo lo que esta tradicional estrofa ofrece, que es mucho, a pesar de los denodados esfuerzos de tantos haikistas que en su vida han dado con uno. Bashō es la fuente, quien consiguió otorgar al haiku el máximo estatus poético del que goza en todo el mundo. Este florilegio, surtidor incesante de iluminaciones, da buena cuenta de ello.

Senda de otoño
por la que nadie pasa,
salvo el ocaso.

10.3.19

Carta (cervantina e ilustrada) de Oviedo

Un collage de María Jesús Flórez
Por razones que no viene al caso explicar, no empezó bien este viaje. De hecho, pudo quedarse, a punto de empezar, en mero intento. Pero ni unas ni otras razones (las del cuerpo y las del alma) impidieron al fin que sucediera. Es lo que cuento.
Ganas de volver a Asturias no faltaban. Lo de presentar El cuarto del siroco en Oviedo era una excusa perfecta para ver de nuevo paisajes y personas conocidos, menos conocidos y hasta ignorados.
Pensábamos parar a comer, como tantas veces (a los rutinarios nos pasan estas cosas), en el área de servicio de Rioseco de Tapia, pero estaba en obras. Seguimos hasta la de Caldas de Luna. Y así fue; tarde, pero bien. Al bajar el puerto, las montañas ardían por culpa de los pirómanos. En Oviedo hacia un calor impropio. De esas latitudes y de primeros de marzo. Soplaba un impertinente viento del sur que si no llegaba a siroco, se le acercaba bastante. Allí lo temen. Es, digamos, su levante. No fue a propósito, que conste. Por lo de ambientar, digo.
Dejamos los bártulos en el hotel y nos tiramos a la calle para estirar las piernas. Por pura necesidad. Y en esa ciudad preciosa todo está a un paso. Cuando cayó la noche, llamé al verdadero instigador de este viaje: César (Juce) Iglesias. Quedamos a la puerta de la catedral, que habíamos visitado un rato antes, y seguimos paseando. Él habla mucho y todo lo que dice es de interés. Fue periodista. Bueno, lo es, esa profesión imprime carácter. Su mujer, Eugenia, que es otro encanto, se sumó al grupino y acabamos cenando en El Tizón de la calle Caveda. Debidamente orientados por los habituales del local, degustamos ensaladilla rusa, cecina con queso de cabra y una tortilla de patatas sobresaliente. Como somos gente seria y sobria (en más de un sentido), al acabar cesó el festejo y nos despedimos deseándonos mutuamente las buenas noches. 
Gijón era una visita obligatoria y hacia allí nos dirigimos al día siguiente, no sin recorrer antes algunas calles céntricas y realizar, qué remedio, algunas compras. Otro paseo. En coche. Y otro, este ya andando, el que nos dimos, Muro abajo, desde el barrio de La Arena (el de Jordi Doce, el nuestro, el que toma el nombre de los antiguos arenales de la playa de San Lorenzo) hasta Cimadevilla. Delante, un mar muy agitado. La marea estaba alta y las olas saltaban por encima de la barandilla. No, no era ese el mar de todos los veranos, el de la añorada infancia de Leticia y Alberto, que caminaba ahora a nuestro lado. Después, me atreví con unas verdinas, pero no con un cachopo. Qué bien se come en esa tierra. Ya de vuelta, un reparador descanso y a la librería. Cervantes lo es desde 1921. Nos esperaba a la puerta Concha Quirós, hija del fundador, Alfredo Quirós Fernández. Pura energía. Todo un ejemplo. Delegó en César la labor de cicerone y fuimos recorriendo sus cuatro amplias plantas. En la de entrada (que es la primera), está la espléndida sección de poesía. Ni escasa ni arrinconada ni en mal lugar. Según entras, ya digo, a mano derecha. Y al lado, pero separada, la de parapoesía, lo justo para no mezclarse, pero tan cerca como para esperar que algo se le pegue a esta de la otra. En vano, supongo.
Conversación en la penumbra. Foto de Sandra Sánchez
Con puntualidad, eso es el Norte, entramos en faena. Como reconocí, tal vez sea ese el sitio más chic donde he presentado un libro. Se puede apreciar en la imagen. La luz, el fondo, la lámpara, el sofá verde... Ese micrófono de cantante que iba y venía... Me sentí pronto a gusto. Por los anfitriones; por nuestra moderadora, Susana Domínguez Tejedor, responsable del Foro Abierto de la librería; por el presentador del libro; porque uno es de buen conformar, que diría Gonzalo; y, en fin, porque estaba rodeado de caras conocidas. No todas, claro. Me refiero a que había rostros a los que podía poner (a veces con la ayuda de Facebook) nombre. Entre ellos, José Luis García Martín (más de treinta años de relación nos contemplan), José María Castrillón (que baja pronto a Extremadura), Nacho González (que es como lo imaginaba), Ángel Alonso (que reseñó el libro en Anáfora), Cristian David López (tan tímido como suponía), Miguel Floriano (dicharachero y sociable), Marcos Tramón, Aida Masip (hija de Antonio Masip, el que fuera alcalde socialista de Oviedo), Mario Vega (visto y no visto), los dos Fernandos Menéndez (el gijonés y el ovetense, el aforista y el poeta, si cabe el distingo), Melquiades Álvarez (elegante y discreto como su pintura y su poesía), José Carlos Díaz, Pedro Luis Menéndez (a quien no tenía la suerte de conocer), Antonio Bravo (otro extremeño en Asturias y, como Martín, profesor en la Universidad de Oviedo), Sandra Sánchez, Yasmina Álvarez, Carlos Iglesias, Jose García Alonso y Begoña (que ahora viven en Ponferrada, pero que son medioplacentinos)... Una mezcla, en fin, de poetas, narradores, pintores, críticos, profesores... De lectores, en suma, que es lo que importa. 
La sorpresa de la noche nos la dio Pedro Gómez Castelao, el último representante de nuestra querida familia asturiana, el mismo que aparece al lado de Alberto, sonrientes los dos, en una de las estupendas fotografías de María Jesús Flórez en la que García Martín parece estar bendiciendo; urbi et orbi, por supuesto.
Al modo clásico, César Iglesias leyó un texto certero y enjundioso sobre el libro, más pormenorizado y extenso que la reseña que sobre él publicó en La Nueva España, donde no faltó el elogio personal, sin duda inmerecido, más estando uno delante de algunos dedicatarios de la obra que me conocen perfectamente y que podían desmentir in situ esos presuntos valores. Con todo, ya digo, lo sustancial fue su lectura que, viniendo de un lector con criterio, no dejó a nadie indiferente. Tampoco a mí. Mil gracias.
Tomé luego la palabra. Leí un puñado de poemas, y poco más. Las sonrisas brillaron, la gente estuvo atenta y uno se dio por satisfecho.
Con Concha Quirós
El coloquio fue de lo más entretenido. Abrió fuego Martín para dejar claro que la culpa de que uno escriba como escribe, poemas claros y comprensibles y no herméticos y oscuros, pongamos para simplificar, es suya, que para eso me atacó con dureza (crítica) al principio, cuando uno empezaba a pergeñar versos y era partidario de la poética del silencio. De lo que al parecer se alegra. Del cambio, quiero decir, y eso que, a partir de mi tercer libro, mi voz (en caso de tener una propia) no se puede decir que haya cambiado mucho. Lo que precisé es que, a pesar de eso, todavía no ha elogiado -y van diez- un solo libro mío. Con todo, añadí, el crítico que prefiero, de los tres que él representa: el complaciente, el feroz y el silencioso, es este último. No hace falta decir que el tono era de broma y que el león, puedo dar fe, no es tan fiero como pinta. No al menos en las distancias cortas. Eso sí, a polemista no hay quien le gane. Nada le gusta más que discutir. De lo que sea. Si es de poesía, mejor. Por suerte, no se habló de política, aunque aprovechando que Vinyoli pasaba por allí ("Realidades, no humo"), volví a repetir que ningún excluyente independentista va a impedirme seguir leyéndolo.
(De aquel encuentro -y de mí- escribe en Café Arcadia, la entrega dominical de su diario que publica hoy El Comercio. Titula su versión de los hechos "Un triunfador", lo que nunca he sido -ni pretendido ser-, como sabe todo el mundo en el pequeño patio de la poesía patria. ¿El "siroco"? Para no ser parapoesía, lectores no le han faltado. La que cuenta, sí, es su verdad, que no coincide, claro está, con la de uno. O no al dedillo. Lo de Montánchez, esos cálculos, la carrera, esas relaciones... No me reconozco. Por cínico o memorioso que quiera ponerme. Pero gracias.)
Juce sacó a colación el tema de la parapoesía, que deparó también momentos memorables esa intensa noche.
También intervino Ángel Alonso, lusista, que me parece un tipo serio, en el mejor sentido.
Al salir, unos cuantos nos acercamos a un bar para tomar algo. Me dio tiempo a charlar con los dos grupos que se formaron: el de los aedos (gijonés) y el capitaneado por el de Aldeanueva, con Masip, Tramón y Floriano en los flancos. Yolanda fue cómplice gustosa de sus malévolos comentarios.
En la cena posterior (volvimos, sin remedio, a por la tortilla de El Tizón), los tres de casa, Pedro y César. Una excelente ocasión para seguir conversando con el bendito culpable de este reparador viaje. Un viaje que, a la vuelta, fue rápido (sólo paramos a comer en Cuatro Calzadas, otra rutina) y sin sobresaltos. Al subir a Babia, el monte seguía ardiendo. La temperatura era otra. Ah, ni ha llegado la multa de la escapada a Sevilla ni se esperan nuevas sanciones. Espero.

Pedro, Alberto, Miguel, Cristian y Martín. Foto de María José Flórez

9.3.19

Asunción Escribano lee el "siroco"


“El refugio del poema no dura sólo el tiempo de su lectura. Ni siquiera, como ocurre con algunos sueños, deja contaminado de su emoción el ánimo lector durante algunas horas. Sino que sus efectos van más allá, y empapan el pensamiento de manera permanente”.

En 2006 escribí de Álvaro Valverde que, en la obra de este extremeño “el tono testimonial se asume desde la actitud estoica de quien reconoce la fragilidad de un mundo transitorio en la revelación de la esencia de cada instante.” Los años pasados desde entonces me han ido dando la razón y su último poemario ‘El cuarto del Siroco’ es buen ejemplo de ello.
Comienza el libro dando señales del título. En las casas patricias sicilianas -afirma el autor- el cuarto del Siroco era el refugio contra este viento agresivo y caliente. Algo parecido sucede con la poesía, señala. Y esto se comprueba una vez terminado el libro, pues el lector sale de él transformado. El refugio del poema no dura sólo el tiempo de su lectura. Ni siquiera, como ocurre con algunos sueños, deja contaminado de su emoción el ánimo lector durante algunas horas. Sino que sus efectos van más allá, y empapan el pensamiento de manera permanente. Esta es la cualidad esencial que caracteriza a la buena poesía: esa que suma belleza, verdad y bondad, a la manera de los clásicos, y que deja su sello sobre la cera caliente de la mirada, y ayuda a contemplar distinto el mundo después de su lectura.
Desde el inicio de la obra se expresa su poética, pues el primer poema se titula, precisamente así: “A modo de poética”. Debajo de ella late la alegoría de la limpieza del agua, de su  transparencia y su claridad -y tantas otras cualidades- que asume la palabra en los poemas. “Como el agua”, escribe recurrente en una preciosa anáfora inicial de varios versos, en los que la insistencia lírica se suma a la intensidad semántica: “Como el agua,/ que, toda claridad, es espejismo/ que revela cercano lo distante.” Así el poema. Y ese ser del agua y de la palabra lírica se va desplegando a lo largo del libro en torno a varios nudos temáticos que sólo son la propagación expresiva de una misma emoción profunda y verdadera.
En esta poesía de Valverde los títulos adquieren enorme contundencia, y no son meros adornos expresivos, sino que en ellos los poemas se desvelan y, en ocasiones, hasta se continúan y completan. Así ocurre, por ejemplo, en “Elogio de la pérdida”, donde se muestra el espacio donde el poeta ha aprendido a sobrevivir: en el hueco, en ciudades no visitadas, en líneas de libros no leídos, en notas no escuchadas… En el reverso de lo que se ha sido, en lo que nunca fue, en lo que se desconoce. Porque, al final, el lector sospecha que esa es la cualidad que comparten la vida y la poesía, ambas siempre latentes, alerta, esperando a ser de manera total y diversa en cualquier instante. Por ello la mirada y la palabra se suman. “contemplo en lo que veo/ la sed de otra distancia”, escribe. Antes de llegar al texto la mirada se ha hecho carne de emoción. “Mirar es pronunciar”, escribe con igual conciencia otro poeta grande, Antonio Cabrera en su última obra, Gracias, distancia.
Los paisajes, por ello, son una forma de salvación. Así se recoge en varios textos en los que el sujeto lírico encuentra en el estado de contemplación una forma redentora de silencio interior. En este estado, la lectura multiplica la intimidad con el instante y con el escenario, y con una manera de estar en el mundo ajena al ruido: “En medio del silencio,/ que sólo romper el agua/ en su transcurso,/ esta tarde agosto,/ en la que el campo invita/ a un dulce sentimiento del otoño,/ leo, como otras veces, a Leopardi/ y su voz se hace mía, contra el eco/ de lo que el mundo grita/ y yo no oigo.”
En este estado la vida interior se remansa al ritmo de lo que sucede fuera, y se produce la unidad. El presente dibujado en plenitud, un hombre quieto que lo contempla, el sonido del silencio en torno a él, el canto de los pájaros… Un locus amoenus desacostumbrado en nuestros días, como se canta hermosamente en el poema “Aquí”: “Permaneces aquí/ por propia voluntad:/ es éste tu lugar./ Tú eres de él.” Estado interior en plenitud que, semejante a Valverde, hizo también cantar a Guillén: “Ser nada más y basta./ Es la absoluta dicha.”
A veces esos paisajes descritos con detalle se convierten en un estado del alma, son índice de la búsqueda interior del sujeto lírico que desea encontrar en ellos “algún secreto” (“Postal”), y que termina aceptando que la realidad a veces sólo es eso: “El misterio no es tal./ Es esta atmósfera/ que expresa en su quietud/ lo que era inmediatez/ y es lejanía”. O lo contemplado enseña su lección a quien lo mira abierto a su misterio, que no es otro que el propio ser y estar ahí: “Qué lección de humidad/ aporta en su belleza/ el rosal perfumado”.
También hallamos, junto a los paisajes naturales, los urbanos, cuya referencia, con frecuencia, se transmite cargada de una profunda melancolía por su asociación con el pasado. Es lo que ocurre, por ejemplo, en el poema titulado “Casas de Azuaga” que: “Están ahí delante de tus ojos,/ para darte noticia del que fuiste.” También: “En el molino”, que parte de un paisaje en el que se refleja profunda la ausencia. El escenario se repite pasado el tiempo, pero esa repetición sólo señala la pérdida: “Uno se siente aquí, en el sitio de siempre,/ y lee o escribe aún el mismo libro./ Sólo nos faltas tú.” O en “Un viaje a Lisboa”, donde escribe, recordándonos al mejor Neruda de su “Poema 20”, “Ya no éramos los mismos/ que piensan desde el puente lo que cualquier suicida.”
Y junto al espacio, natural o urbano, discurre trenzado un tiempo cargado de melancolía. Un tiempo que se expresa en los “bancales rojizos de cerezas” (“Una metáfora”) y que habla de la fugacidad de todo: “Las hojas son ahora/ como brasas que cuelgan./ Entonces eran llamas/ ascendiendo a lo alto.” Aunque este transcurrir veloz también vaya acompañado de la serenidad que sólo puede regalar el paso de los años: “Allí, la desazón./ Aquí, el sosiego.” Preciosos últimos versos de esta poesía que nos traen a la memoria a aquella otra cita magnífica del Prólogo de J. L. Borges a Fervor en Buenos Aires: “En aquel tiempo, buscaba atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.”
En otros poemas el escritor, en actitud meditativa, toma conciencia de que la felicidad sólo es posible ante la presencia de esos instantes tan cargados de plenitud como de aparente intrascendencia. Así lo comprobamos, por ejemplo, en la poesía titulada “Lo de siempre”, donde se señala la relevancia de lo inadvertido: “un olor a azahar que salta el muro”, “el canto de algún pájaro escondido”[…] “que la felicidad, palabra vacua,/ sólo es posible antes estos simples hechos:/ los mismos que han dejado desde siempre/ desarmado y perplejo a cualquier hombre.”  En ellos se muestra que la vida más verdadera, aquella que aunque volcada a lo que se contempla todo lo asimila en su interior, sucede siempre dentro: “Vivo hacia dentro” (“Hacia dentro), escribe el autor.
El libro está plagado, a su vez, de señales de lecturas y de paisajes literarios, de referencias a libros maestros y a maestros de ámbitos distintos (literatura, pintura…) que han ido acompañando vitalmente a su autor (Zambrano, Spinoza, Ritsos, Jiménez Lozano, Szymborska…). Amor por los vivos, amor por los que siguen viviendo en el papel, amor por la tierra, por las ciudades visitadas, por la familia, amor por lo fugado y por lo que permanece. Porque, a pesar de que el poemario está cruzado por una vívida conciencia de la pérdida, también en él arraiga profunda la esperanza de lo que se alza, a pesar del tiempo, simbólico y real: “Arriba, ya en la sierra, las montañas/ mantienen, como entonces, su promesa/ de nieve y de futuro” (“Candelario, 8 de agosto”), como señal intensa de esperanza.

Asunción Escribano

En Salamanca AL DÍA. Viernes, 8 de marzo de 2019.


8.3.19

Premio "Gabriel y Galán"

La Casa-Museo "Gabriel y Galán" de Guijo de Granadilla (Cáceres) convoca el XXXIV Certamen regido por las siguientes bases:

1º Podrán optar al PREMIO DE POESÍA "GABRIEL Y GALÁN" todos los poetas de habla española que lo deseen, con originales inéditos escritos en Lengua Castellana o Dialecto Extremeño.

2º Los premios se distribuirán del siguiente modo: Primer Premio dotado con 600 € y Segundo Premio con 450 €.

3º Las composiciones serán de tema libre, EXTENSIÓN MÁXIMA DE CIENTO CINCUENTA VERSOS.

4º No podrán participar en el Certamen los poetas que hubieran obtenido el PRIMER PREMIO hasta que hayan transcurrido CINCO CONVOCATORIAS.

5º Los originales deben presentarse escritos a máquina o a ordenador, a doble espacio y por cuadruplicado. Se enviarán a la siguiente dirección:

CASA-MUSEO "GABRIEL Y GALÁN"
Plaza de España, 11. Tlf. 927439082.   Fax 927439356
10665 GUIJO DE GRANADILLA (Cáceres). España.

6º El plazo de admisión de trabajos finalizará el día 12 de abril de 2019.

7º Cada autor podrá presentar un SOLO TRABAJO y no serán devueltos los que se reciban ni se mantendrá correspondencia sobre ellos.

8º Se utilizará, preceptivamente el sistema de "LEMA" y "PLICA".

Serán eliminados los poemas que permitan de alguna forma la identificación del autor.

9º El fallo del jurado será inapelable y se dará a conocer el segundo domingo de mayo en Guijo de Granadilla, con motivo de la Fiesta de Exaltación de la Poesía.

10º La Casa-Museo se reserva el derecho a la publicación de los trabajos presentados.

11º Cualquier duda en la interpretación de estas BASES será resuelta por el Jurado de forma inapelable.

12º El hecho de concurrir a este Premio supone la aceptación de estas Bases.

Guijo de Granadilla, 24 de enero de 2019

CASA-MUSEO "GABRIEL Y GALÁN"
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5.3.19

Circe Maia en EC


Circe Maia.
Selección y prefacio de Jordi Doce.
Pre–Textos, Valencia, 2018. 256 páginas.

En 2011, Jordi Doce anota en su blog: “Circe Maia sigue siendo, a mi juicio, una autora infravalorada y escasamente conocida en el ámbito hispanohablante”, pero fue en 2001 cuando “tuve la idea de preparar una amplia selección de sus poemas para el lector español”. Diecisiete años después y tras no pocas vicisitudes, ve la luz ese anhelado proyecto bajo el título Múltiples paseos a un lugar desconocido. Antología poética (1958-2014).
En efecto, a este lector le sorprende que esa poeta uruguaya nacida en Montevideo (1932) pero residente en Tacuarembó, profesora de Filosofía y académica, víctima de la dictadura militar (que encarceló a su marido), traductora de poetas ingleses (como Tomlinson), reconocida con premios importantes en su país, cuyos poemas han sido vertidos a otras lenguas, no fuera hasta ahora (al menos para uno) más que un nombre y apenas unos versos. Pero sobre todo, más allá de esto, lo que resulta incomprensible es que una poesía de esta categoría no fuera frecuentada por los lectores españoles. De ahí, en fin, que el descubrimiento compartido por Doce sea tan importante y muestre, de paso, su acendrado criterio.
Se recogen aquí poemas de En el tiempo (del 58, aunque a los diez años publicó Plumitas), Presencia diaria, El puente, Cambios, permanencias, Dos voces, Destrucciones (escrito tras la muerte en accidente de tráfico de uno de sus seis hijos), Superficies, De lo visible, Breve sol y Dualidades. Conviene advertir que el editor ha adecuado “los criterios ortotipográficos y de puntuación” por lo que estamos ante unos poemas más limpios y cuidados que nunca. Y ante un compendio, no se olvide, lo que resalta la excelencia.
En su prólogo, Doce alude a su escritura “escueta y pudorosa”, a una “poesía que habla” (más anglosajona que latina) y resume sus apreciaciones con esta certera frase: “Para entendernos, como si la cordialidad y la «palabra en el tiempo» de su maestro Antonio Machado se hubieran aliado con la precisión y el detallismo sensoriales de un Jorge Guillén”.
Uno destacaría su elegancia, su lucidez, su contención elíptica (que la emparenta con la línea no verbosa de la poesía hispanoamericana, la de su compatriota Ida Vitale), su defensa de lo cotidiano y lo sencillo, de los objetos “sin importancia” (una blusa, una silla, un pedacito de mica, una gota de lluvia, una piedra del mar, los espejos…). Del eucalipto y de la parra. Del pájaro y del agua. De los detalles. Sí, de las cosas, a lo W. C. Williams. En “Leyendo a Ritsos” leemos: “Empezar / por acontecimientos mínimos”. Y en otro sitio: “Trabajo en lo visible y en lo cercano / –y no lo creas fácil–“.
Al leerla da la sensación de que todo parece frágil (“Los estoicos decían / que el vidrio hay que mirarlo ya quebrándose.”), fugaz y entrevisto. A un paso siempre de la perplejidad y del misterio (“tensa vida oculta”). Como ella mismo dijo: “El poeta no piensa por ideas sino por imágenes a la vez sonoras, visuales y conceptuales”. En la mirada (que piensa) se cifra lo mejor de esta poesía de la meditación contemplativa y ascética. Sus descripciones iluminan escenas domésticas, paisajes, cuadros (Vermeer, Klee), fotografías… La realidad en ellas se hace real, por paradójicamente imaginativa que resulte: “Amamos realidades porque existen, porque son verdaderas”, escribe, y: “¿Cómo aprende la luz a oscurecerse?”.
Pablo Silva se ha referido a su “carácter cotidiano y filosófico” y la compara con Szymborska, a la que Maia admira. Su lenguaje es, sí, “el de las asimetrías”.
La memoria es otro de sus grandes temas: el pasado, los recuerdos. Machadiana en lo que al tiempo se refiere (“estamos hechos de tiempo”), preocupada por la fugacidad de la vida “verdadera” y por atar al presente lo que nos huye, en varias ocasiones anticipa el momento de la muerte. En “¿Cómo será?” o “Despedidas”, por ejemplo, que cierran este asombroso volumen. “Nada más, sólo eso.”

Nota: Esta reseña se publicó el día 1 de marzo en El Cultural.

4.3.19

La sentimentalidad de la tierra

Treinta y tres años. Exactamente la edad bíblica es el periodo de tiempo que lleva Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) dedicado a elaborar la cartografía de un espacio melancólico, con una escritura capaz de descifrar muchos de los enigmas que nos acechan. No es casual que su primer libro se titulase Territorio (1985) y que allí estuviese un verso fundacional de una escritura. “Hagamos de este lugar un territorio”, escribió aquel Valverde veinteañero, leal a la enseñanza de José Ángel Valente: en las primeras palabras de los poetas verdaderos reside toda la obra por venir.
Si alguien tenía dudas de ese anhelo, El cuarto del siroco (2018) las despeja. Este último libro, el décimo de poesía de Valverde, perpetúa su insistencia en una escritura concebida por un hombre que observa el paso del tiempo desde un espacio (Plasencia y los valles norteños de Extremadura) en el que ha sido capaz de encontrar respuestas a los interrogantes que nos golpean y desentrañar algunos secretos de nuestra existencia.
Esa esquina del mundo -la ciudad levítica, las casas familiares, los jardines escondidos, el molino de refugio, los parajes del paseante- es una constante en la escritura valverdiana. Está en toda su obra y un título como Plasencias (2013) certifica que la memoria y el entorno más cercano constituyen la argamasa de esta poesía: “Habito una ciudad de la memoria”. No es, sin embargo, esta posición en un territorio un atrincheramiento en la “alabanza de aldea”. Todo lo contrario: ese lugar en el universo ha permitido a Valverde extender su mirada y su memoria a otros lugares que, como el mismo desvela, “son más del pensamiento que otra cosa”.
La capacidad de otear otros horizontes -vividos y pensados- siempre ha confraternizado en la poesía de Valverde con su entorno geográfico y sentimental más cercano. Lo hizo con Más allá, Tánger (2014), un libro donde un lugar, la ciudad norteafricana, es materia de recuerdo y experiencia, tanto propia como ajena. Ahora, con El cuarto del siroco, es más nítido el compromiso con la escritura de lo “particular universal”, en la misma estirpe del irlandés Patrick Kavanagh (“Yo hice la Ilíada una riña local”) o del portugués Miguel Torga (“O universal è lo local sem paredes”).
Aquí es donde Valverde se convierte en uno de los autores esenciales de la sentimentalidad de la tierra, en una tradición que John Keats fijó con un verso germinal: “La poesía de la tierra nunca muere”. Pero esa tradición va, en este caso, más allá. Se trata de una sentimentalidad ontológica, abrazada por las nieblas de la melancolía y de la nostalgia de los pobladores de los territorios del Oeste ibérico: un fulgor compartido que los galaicoportugueses llaman saudade y los asturleoneses, señardá, y que se extiende desde el Cantábrico hasta los valles extremeños de robles, castaños, cerezos y alcornoques.
Esa manera de estar en la vida, esa posición del alma para entender y ver el mundo, atraviesa desde sus inicios la obra de Álvaro Valverde y la dota de un sentir y un pensar propios. Una sentimentalidad que se acrecienta en este libro, donde hay esa búsqueda de refugios existenciales, no solo frente il pazzo vento di Scirocco, que acertadamente articula la concepción del libro, sino frente a los malos aires que nos asuelan, a las demoliciones existenciales de la senectud y, sobre todo, al cúmulo de pérdidas irreparables. No es extraño que el poeta reclame para sí “un lugar melancólico / donde saudade fuera / una expresión corriente”.
La poesía de Valverde siempre ha sido meditativa. Las lecturas anglosajonas Eliot), las lecciones de Leopardi (“Aquí, de solitario a solitario”) y el aprendizaje de los maestros hispanos (ahora más Antonio Machado que Juan Ramón Jiménez, siempre Cernuda, Claudio Rodríguez o Antonio Colinas) han hecho su trabajo. Es su escuela la de la “razón poética” zambraniana y que Unamuno fijó en un verso: “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento”. La voz de Valverde no renuncia a los legados, pero el paso del tiempo ha ido imponiendo la claridad y la sencillez para conformar un tono sentencioso, donde lo senti-mental impone sus reglas.
Son más de tres décadas las que ha dedicado Álvaro Valverde a crear una obra hecha de “metáfora y verdad”, es decir, de compromiso ético con los suyos y su entorno. Y en ello sigue. Ahora, sin renunciar a este deber, ha dado un paso más y se ha propuesto, al igual que hizo Joan Vinyoli, “(…) escribir poemas concretos (…) / y como él necesito / realidades, no humo”.

Nota: Esta reseña se publicó el pasado día 28 de febrero en el Cultura, suplemento de La Nueva España junto a una entrevista de José Luis Argüelles que ilustraba una fotografía de Salvador Retana que aquí reproducimos. 

2.3.19

Entrevista de J. L. Argüelles en La Nueva España


“Nada detesto más que a los poetas verbosos”

“Se trata de decir lo esencial con las palabras justas, por eso elegí la poesía y no la narrativa”

José Luis Argüelles.

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) ha levantado desde su rincón extremeño una de las obras poéticas más consistentes y menos intercambiables de la actual poesía española. Una afirmación verificable con la lectura de su último libro El cuarto del siroco (Tusquets), que presentará el próximo día 4 en Oviedo. Maestro de escuela, lector y crítico atento, escritor de ficción, de viajes… Valverde es, sobre todo, poeta de meditadas palabras que hace fluir de los pozos artesianos de la vida.

-En un poema de Las aguas detenidas (Hiperión), el primero de sus libros que yo leí, habla del “cobijo habitable/ de la estancia en penumbra”. Parece remitir ya a este El cuarto del siroco y a una visión de la poesía como lugar o defensa contra las asechanzas del mundo…

Sí, siempre ha sido uno, tímido por naturaleza, de penumbras e interiores, aunque, curiosa paradoja, la naturaleza y la luz hayan estado tan presentes en mi vida y en mis versos. Esa tensión entre “fuera” y “dentro”. La fragilidad es un sentimiento, según creo, fundamental en lo que atañe a nuestra humana condición. Y la poesía, tal vez, su mejor defensa. Por lo demás, ya lo dijo el cubano Eliseo Diego: “un poema es una conversación en la penumbra”.

-Toma de Sciascia esa imagen tan plástica de “la stanza dello scirocco”, pero en “A modo de poética”, el primer poema del libro, hay una identificación de la poesía con el agua. ¿Su poesía es resultado de esa tensión entre el posible “cobijo” y lo que fluye y pasa?

Sí, me ha salido un libro muy acuático. O muy líquido, como esta época. Cito a mi amigo Ángel Campos: “De todos los milagros, el del agua”. En su lectura del libro, Gonzalo Hidalgo Bayal ha escrito a propósito de los baños del poema que lleva ese título: “más que una refutación del πάντα ῥεῖ de Heráclito, porque al fin y al cabo «todo fluye», son una confirmación de que todo vuelve”. Es básica la noción de lugar en mi poesía, desde Territorio, pero no cabe duda de que la de uno es machadiana “palabra en el tiempo”.

-Todo esto remite, creo, a otro de sus libros importantes, Desde fuera, donde se hace explícita esa dialéctica dentro/fuera. ¿La poesía para poder ver y, al mismo tiempo, poder vernos?

Cierto. Lo dije antes. Y eso sirve tanto para lo meramente externo y espacial como para lo más personal e interior. La mirada es, junto a la memoria, uno de esos dos reinos donde, según Valente, se constituye el poeta. En el “siroco” hay múltiples ejemplos de esa dicotomía entre ambas visiones.

-Y me lleva, a su vez, a su temprana querencia por la poesía del primer Valente y a la formulación de la poesía como una forma de conocimiento. ¿Sigue pensando lo mismo?

En efecto. Acabo de nombrar a Valente y… Fue un maestro en mis inicios. Sus ensayos, por ejemplo, donde está acaso el origen de mi obsesión por el lugar. Puede que resulte un poco añeja esa división entre comunicación y conocimiento, pero, aunque uno es bastante ecléctico en lo que a sus lecturas se refiere, me decanto por la segunda como vía de interpretación de la realidad. Eso sí, sin que ello suponga caer en falsos hermetismos o en el pensamiento abstracto. Siempre he apostado por la claridad, que es donde está la mayor profundidad, como dije en el lejano año 91.

-Su poesía ha ido despojándose de un cierto gusto por la palabra tenida por poética para abrazar una dicción más sencilla. ¿Es así? ¿Por qué?

Sí. Lo expresó muy bien mi paisano Javier Rodríguez Marcos en una conferencia de la Fundación March: “Por lo que a mí respecta, he de decir que cada vez me da más vergüenza usar en los poemas palabras que nunca usaría en una conversación”. Me aterran las palabras, digamos, “poéticas”, esa lírica meliflua, vacua y empachosa que con demasiada frecuencia se asocia a lo poético. Todo esto tiene mucho que ver con la claridad a que antes me refería. Ese camino de despojamiento, de austeridad, se me ha impuesto por simple coherencia. Uno es así. Se trata, según creo, de decir lo esencial con las palabras justas. Ni una más. Por eso, precisamente, elegí la poesía y no la narrativa. Por economía verbal. Nada detesto más que un poeta verboso. Y lo que abundan.

-Siguiendo con lo anterior, ¿Qué lugar ocupa El cuarto del siroco en el conjunto de su obra?
Pues es probable que culmine el proceso al que aludo. Ha durado algunas décadas. Mi primer libro es del 85. En ese sentido, su lugar es central. Refleja bien mi poética, que no deja de ser un ideal al que aspirar. Me da la impresión de que mis lectores habituales y los que se han acercado a él sin haberme leído antes se han dado cuenta. Tengo mucha suerte con mis lectores.

-Usted fue incluido en una antología importante de la poesía española del último medio siglo: La generación de los ochenta, de García Martín. Creo que su voz es algo así como un puente entre las más bullentes tendencias poéticas del aquel tiempo (la llamada de la “experiencia” y otras de línea más conceptual e incluso hermética) a través de una poesía marcadamente meditativa. ¿Está de acuerdo?

Ojalá. Qué guerras aquellas. Ya que menciono mi poética, hace muchos años que decidí, frente a esa imposición de etiquetas a la que tan aficionada es la crítica, ni “experiencia” ni “diferencia”, optar por una línea plural, pongamos, pues no deja de ser una tradición de tradiciones, tanto españolas como extranjeras (del ámbito anglosajón sobre todo): la “poesía meditativa” o “de la meditación”, un término utilizado por Unamuno, ejercido por Manrique, Fray Luis, Machado, Cernuda o Brines y estudiado por Valente que podría resumirse en la famoso aserto unamuniano de “piensa el sentimiento y siente el pensamiento”.

-Viene destacando, además, como crítico minucioso. ¿Le interesa el fenómeno editorial de los autores que triunfan en las redes sociales y venden muchos libros con textos más bien directos, sin demasiada elaboración lírica?

Mi pasión por la crítica viene de antiguo. Al fin y al cabo, un crítico no es sino un lector atento. Y que escribe, claro. No voy a citar a Borges, pero el lector está antes que el poeta. Ese fenómeno que Luis Alberto de Cuenca denomina parapoesía y Benjamín Prado poesía juvenil no me quita el sueño, por más que me resulte inquietante e incomprensible. Ese tipo de versificación sentimentaloide y del elemental desahogo, que en rigor no es poesía, ha existido siempre, ahora bien, nunca había salido del cajón. Ahora les edita Espasa. Lo curioso es que, además, cuenta con cierto refrendo crítico. Estamos, o eso parece, ante una operación comercial de altos vuelos. Tantos que una de sus más conspicuas representantes acaba de ganar el premio Biblioteca Breve. Vivir para ver. Lo mismo que en mi tierra, Extremadura, la pobreza ha preservado su rico patrimonio natural, la poesía ha resistido durante siglos gracias a esa pobreza primordial que la caracteriza, ajena al Mercado. A partir de ahora… Pues la de verdad, que es la única, seguirá.

-Usted es maestro y se ha mantenido fiel a su territorio extremeño. ¿La enseñanza de la poesía ha perdido el lugar que tenía en las aulas?

La literatura en general ha perdido ese necesario protagonismo. En Primaria, que es el ámbito de mi trabajo, quizás se note menos. Las maestras y los maestros (aquí sí es pertinente usar ambos géneros) hemos defendido con arrojo ciertas posiciones y la poesía pongo por caso, ha mantenido su precaria, útil e imprescindible presencia. Lo lamentable es que en los libros de texto hace tiempo que renunciaron a proponer  ejemplos de autores excelentes y eligieron los versos de otros desconocidos e incapaces. Ni Machado ni Juan Ramón. Demasiado Pepito Pérez. Una pena.

-Dirigió con el fallecido Ángel Campos Pámpano una revista singular Espacio/Espaço escrito. ¿Por qué hay tan pocos iberistas en España?

Más que dirigir, fundé esa revista con Pámpano. El alma era él y quien consiguió sacarla, número a número, adelante. No sé cuáles son las causas de esa ausencia. Antiguos recelos, imagino. O el desconocimiento. Ambos países hemos vivido de espaldas, los extremeños también. Uno, mañana mismo unía España y Portugal. Saldríamos ganando los de este lado de La Raya. Podría esgrimir muchos motivos, la gastronomía entre ellos, pero me limitaré a señalar su poesía, que, por cierto, Ángel tanto contribuyó a difundir entre nosotros. Con todo, no nos han faltado traductores como él, iberistas o no. Como el asturextremeño García Martín. Ni estudiosos de aquí y de allá, como el gran Eduardo Lourenço, que han tenido, digamos, una visión ibérica del mundo. 

Nota. Este entrevista se publicó el pasado día 28 de febrero en el suplemento Cultura del diario La Nueva España. 

25.2.19

Contra las inclemencias del siroco

Gonzalo Hidalgo Bayal publica por primera vez en la revista Clarín. En su número 139, que inaugura su vigésimo cuarto año de vida. Y lo hace con este "ejercicio de lectura" de El cuarto del siroco. Palabras mayores. Gracias. 

I. Íncipit. Treinta y tres años después de la aparición de su primer libro (y treinta y tres son los años de una generación), Álvaro Valverde ha consolidado una trayectoria que, si nos atenemos solo a su manifestación poética, tras los títulos de sobra conocidos —Territorio (1985), Las aguas detenidas (1989), Una oculta razón (1991), A debida distancia (1993), Ensayando círculos (1995), Mecánica terrestre (2002), Desde fuera (2008), Plasencias (2013) y Más allá, Tánger (2014)—, en números redondos y al margen de varias separatas dispersas, hace de El cuarto del siroco su libro número diez, un libro, pues, sobresaliente. Pero, pese a que el tiempo y el otoño nos condenan a la memoria, si he recordado ahora la aparición de Territorio ha sido por un motivo estrictamente estructural. En las notas de lectura que tomé entonces he podido comprobar que me atuve a consideraciones meramente orgánicas: el libro tiene tantas secciones, la primera expone la teoría poética del autor, la segunda identifica el territorio (el paraíso, los jardines) con la poesía —el célebre verso fundacional: «Hagamos de este lugar un territorio»— y así sucesivamente. De ahí que, en el proceso de despojamiento que AV ha ido proponiéndose y alcanzando, de este último libro pueda decir él mismo en las notas finales: «Tal vez sea éste mi libro menos unitario. De hecho, la ordenación es, en general, cronológica». Quiere esto decir que de los dos elementos que integran el sintagma «libro de poemas» (lo que muchos poetas se empeñan en llamar «poemario») AV ha optado por dar preferencia al segundo elemento —«poemas»— y confiar el primero —«libros»— a los azares de la cronología: ha subordinado, pues, la voluntad estructural de la obra a la verdadera sustancia del sintagma, que, insisto, es «poemas». Confieso que (salvo en algunas ocasiones evidentes, a menudo por el predominio de cierta línea narrativa, algo que bien podría decirse de Más allá, Tánger) yo leo los poemas de un libro como tales poemas, como poemas singulares, no leo la unicidad de un libro de poemas, no atiendo a los designios de su composición. Y esto, en el caso de AV, es una forma de liberación, un predominio del poema singular y autónomo sobre el consenso editorial en lo que a la articulación del material poético se refiere, sobre la modalidad estructural del libro uniformado, desdeñando la pretensión de que cada poema reciba una suerte de plusvalía o de suplemento poético de los poemas que tiene alrededor. Es como si dijera: «Dejémonos de jerigonzas y sudokus, y vayamos a lo verdaderamente importante». Recuerdo a este propósito que hace muchos años, aunque tal vez no treinta y tres, ambos aplaudimos las palabras de un poeta cuyo primer mandamiento poético establecía que cada poema habría de contener una idea indemne y, puesto que estábamos de acuerdo en eso, estará de más decir que ese ha sido propósito y objetivo de AV desde siempre y que ahora tiene además reflejo en El cuarto del siroco: cada poema se representa a sí mismo y es un todo en sí mismo. No extrañará, por tanto, que el propio AV insista en esa idea y subraye su determinación: «Como Vinyoli, /me he propuesto escribir / poemas concretos», dice en un poema, y lo justifica del siguiente modo: «Yo también envejezco / y como él necesito / realidades, no humo».

II. Poética. De modo que frente a la estructura orgánica o unitaria del libro aquí encontramos, distribuidos más o menos cronológicamente, los temas habituales de su poesía (habituales, porque el poeta estará encadenado siempre a unos cuantos temas perdurables en torno a los cuales dará vueltas una y otra vez, enriqueciendo la mirada, redefiniendo su sentido, añadiendo las sabidurías de la edad), temas como la propia poesía, los lugares recurrentes, los personajes de la experiencia personal e intelectual, la consolación de los libros, la sucesión del tiempo, la reflexión sobre la muerte o la pluralidad semántica del agua. Pues, a propósito de los poemas que dan cuenta de su concepción de la poesía (como el que acabo de citar sobre los «poemas concretos» y la necesidad de «realidades, no humo»), cabe recordar la vieja imagen que AV ha empleado en más de una ocasión para expresar su idea de una poesía a un tiempo clara y profunda, honda y transparente, sencilla e insondable. «Imaginemos el agua fría y cristalina de una de esas gargantas que bajan de las sierras», escribía en 2004, «de ésas que nos permiten ver con nitidez su fondo de guijarros. Ahora bien, si intentamos coger uno, comprobamos con estupor que nuestro ojo ha sido incapaz de calibrar la profundidad real que en esas aguas separa el fondo de la superficie. Lo que parecía estar cerca no lo está tanto. Así, lo que nos mojamos al coger el canto rodado no es la mano, ni la muñeca, ni el antebrazo, ni el codo, sino el hombro y más incluso. Esta metáfora acuática es un ideal transferible a la poesía. Leemos un poema que nos parece transparente y, no obstante, sentimos el vértigo de lo que no sabemos explicar». Pues bien, también ahora, en El cuarto del siroco, resume esa misma idea y, al margen, sospecho, de la cronología, la antepone como pórtico al resto del libro en un poema titulado «A modo de poética»: «Como el agua, / que la mano atraviesa confiada / y nunca, sin embargo, toca fondo». En la búsqueda de esa sencillez, ajeno a las tentaciones de la poesía hermética y oscura, que es la que se presta a «elucubraciones», a «asedios (…) teóricos, abstrusos» (y subrayo que ya en Territorio se levantaba la voz contra «el torpe asedio, el fingido gesto, / la erudición sabida»), la imagen del agua tiene también aquí nueva dimensión, algo así como si a la poética del agua se añadiera una poética de la sed. Por eso, leemos, «La poesía / (…) hoy se me antoja / tan sencilla / como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed». Es decir, la pura naturaleza elemental del agua, entendiendo «elemental» en toda su extensión, la que va desde su más inmediata sencillez hasta las averiguaciones de los presocráticos.
  
III. Endecasílabos. Pero el objetivo de la sencillez y la voluntad de evitar el humo y atenerse a las realidades de los poemas concretos no son ninguna novedad. Ya en 2004, en el mismo texto que acabo de citar, escribía AV: «Sin dejar de adoptar el tono grave y contenido que caracteriza mi forma de proceder (nada barroco), entiendo que mi poesía se ha aligerado para bien». Lo que sí creo ahora es que ese aligeramiento y esa concreción han llevado a AV a cierto despojamiento, a un bien entendido minimalismo formal, a una eliminación de lo superfluo que tiene menos de juanramoniano (aunque hay algún homenaje al poeta de Moguer) que de machadiano, pues casi estoy por decir que los años le han vuelto machadiano, moralmente machadiano, si es que no lo era en rigor desde el principio. Digamos que al despojamiento estético del primero se antepone el sentido ético del segundo. Y ello hace que haya muchos poemas breves, incluso muy breves, y que, con pocas excepciones (hay incluso algunos poemas en prosa, en prosa rítmica, aclaro, porque AV es incapaz de escapar a la musicalidad de la sintaxis poética), tienda a versos cortos, más arte menor que mayor, tal vez por una suerte de depuración tipográfica, o de minimización textual, lo que también le lleva a practicar lo que no sé si llamar deconstrucción o estilización del verso endecasílabo. He aquí un ejemplo: el tercer poema de la serie «Cinco poemas de amor» dice «Nuestro amor, / bien lo sabes, / no es perfecto; / ni maldita / la falta que nos hace». Cinco versos con cadencia de anapesto (breve, breve, larga). Pero, en realidad, también, métricamente, dos perfectos endecasílabos: «Nuestro amor, bien lo sabes, no es perfecto; / ni maldita la falta que nos hace» (diré que no he elegido este tercer poema solo por azar, sino por el vigor oral del dístico, pero el procedimiento abunda, como puede comprobar quien esté acostumbrado a teclear métricas).

IV. Usuario. El título del libro viene explicado doblemente: en una nota previa en prosa y en un poema posterior. «En las casas patricias sicilianas», dice la nota, «había una habitación donde las familias nobles se guarecían mientras soplaba el temible siroco». «Un refugio», añade, «que uno interpreta también como metáfora de la poesía. Y de la vida, que es lo mismo». Y a mayor hondura, en el poema, que tiene el mismo título que el libro, leemos: «un lugar recogido, a modo de refugio, / en el que cobijarse / del triste pensamiento de la muerte». A mí siempre me ha resultado convincente la teoría de Rafael Sánchez Ferlosio sobre lo que llama «definición de la lírica a partir de su modo de empleo»: «La lírica llega a cumplirse de veras como tal únicamente cuando (…) el usuario (…) se subroga en el ‘yo’ de la letra como emisor y personaje, es decir, se hace él mismo tal primera persona que habla por sí y de sí, y cuando, correlativamente, en el ‘tú’ de la letra, si es que lo hay, ese yo de la voz que canta o lee pone un tú suyo privativo y personal. No hay, pues, en la lírica, propiamente un receptor, sino un usuario: el genuino y singular modo de empleo que la distingue y la define consiste en que cuando yo leo un poema no soy uno que escucha, sino uno que dice». Así pues, según Ferlosio, el lector de poesía lírica se caracterizaría por la subrogación, es decir, porque quien lee y siente la poesía que lee lo que hace es suplantar al yo poético con el propio yo personal, sentir como propias las palabras del poeta (algo, por otra parte, que tal vez ahora ocurra más abiertamente con las letras de la música pop). Pues bien, no sería ningún disparate decir que en El cuarto del siroco AV es al mismo tiempo poeta y usuario. O, dicho de otro modo, el que da de beber y el que tiene sed. Porque, si entendemos que el siroco es todo aquello que nos perturba seriamente, la poesía ha de ser, en efecto, el cuarto del siroco.

V. Dentro y fuera. Volviendo a la distribución de los poemas en libro según una estructura unitaria, he recordado que Desde fuera (de 2008) se abría con una sección titulada «Desde dentro» y se cerraba con otra titulada «Desde fuera», lo que no es mal procedimiento de organización, pues, al fin y al cabo, todos somos, por una parte, lo que somos y somos también, por otra, lo que nos rodea, la circunstancia, el entorno, nuestro irreductible alrededor. Por eso puede AV escribir aquí «Mi vida es interior. / Vivo hacia dentro, / hacia aquello que allí / se oculta oscuro», dar rienda a suelta a la reflexión interior, a las tribulaciones del sujeto, a la meditación, esto es, «hacia dentro» —«Hay demasiado de mí en mi escritura», dice una cita inicial de Anne Carson—, y seguir al mismo tiempo la dirección de la mirada exterior, la interpretación de las cosas menudas que rodean al poeta, cosas menudas y sencillas, tan elementales como el agua —un mirlo, una pintada, un azufaifo, unos escalones de piedra, la huella de la frente en el cristal de la ventana—, cosas que, percibidas como indicios, la reflexión del poeta convierte en signos, de las que extrae un significado más allá de su mera existencia o de su mera percepción. Lo que es, sin duda, una de las grandezas de la poesía: la ampliación de sentido y la creación de sentido.

VI. Personajes, voces, lugares. Por eso, en la combinación de lo interior y lo exterior, puede AV referirse a diversos personajes relevantes del mundo literario con los que siente alguna afinidad, como Leopardi («de solitario a solitario»), María Zambrano, Fermor, Jiménez Lozano, Szymborska, Stevens, Holan, porque los libros que leemos también pueden funcionar como cuartos del siroco. Por eso puede evocar con sentimiento a familiares y amigos desparecidos, amigos comunes en algunos casos, los que nos han hecho percibir atisbos crudos de la muerte y el persistente peso de la ausencia, como Ángel Campos Pámpano (que aparece en varios poemas), como Fernando Pérez, como Santiago Castelo (al que AV presta voz propia en el poema «La luz») o como su hermana, Lola Santiago. Por eso, en ejercicio al que AV ya nos tiene acostumbrados, puede prestar voz poética, además de a Castelo, a Aquiles o a la mujer que lee un libro de espaldas en un cuadro (interior), como leemos tal vez también nosotros. Y por eso, en fin, tienen cabida aquí los lugares del poeta, lugares propios y lugares ajenos, conocidos o ignotos, los lugares cotidianos o los lugares del viaje (del viaje real o del viaje omitido), lugares que se expanden en sucesión de círculos concéntricos: la penumbra interior de las casas, el sosiego de la biblioteca, el molino del verano y de las lecturas y los baños (baños, por cierto, que más que una refutación del πάντα ῥεῖ de Heráclito, porque al fin y al cabo «todo fluye», son una confirmación de que todo vuelve), los jardines de Plasencia, los patios sombríos, la calle Arenillas, un palacio en Sancho Polo, la pasarela de san Juan, el río, el Valle, Santa Bárbara, Cáceres, Azuaga, Évora, Lisboa, Pompeya, Belgrado, en resumen, lugares inmediatos que remiten a lugares remotos y lugares lejanos que remiten a lugares cercanos, porque «en efecto, el tiempo se nos va / pero el espacio permanece», porque aquí está el lugar del poeta —«Permaneces aquí / por propia voluntad», dice el poema titulado «Aquí»: «es éste tu lugar. / Tú eres de él»— y porque, en definitiva, no sería distinta la vida en otra parte.

VII. Final. Podría terminar este ejercicio de lectura con una de las citas que el editor ha tenido a bien incluir en la solapa de los elogios y los testimonios críticos, según la cual «la poesía de Álvaro Valverde no es cosmopolita, ni metropolitana, sino microcósmica y recogida, la expresión de un yo frente a los paisajes y los hechos, al margen incluso de que unos y otros sean cercanos o remotos y de mayor o menor andanza», afirmación con la que no me queda más remedio que estar completamente de acuerdo, pero al final he preferido repetir las últimas palabras del artículo que sobre la necesidad de la poesía escribió Fernando Aramburu en su sección dominical «Entre coche y andén», porque imagino perfectamente al autor de Patria como magnífico usuario de El cuarto del siroco protegiéndose en el Jardín Botánico de los desapacibles vientos de la historia que metafóricamente advierte en las estridentes y tortuosas obras públicas de la calle Atocha. Dice así Aramburu: «“Mi jardín es de todos”, escribe Álvaro Valverde en su libro. Yo visité ese jardín y salí de él serenamente emocionado». El cuarto del siroco es el jardín.

Plasencia, noviembre de 2018

24.2.19

Carta (machadiana) de Sevilla

Salí del colegio, comí con Alberto en casa, llegó Yolanda y emprendimos los tres la marcha. Una novedad. Estos viajes exprés suele hacerlos uno solo. A las tres y media ya estábamos camino de Sevilla, Ruta de la Plata hacia abajo. La tarde, espléndida. Soleada y con una ligera calima que aumentaba cuanto más al sur. La conversación, fluida. En Leo, parada, dos horas y pico después. La entrada en Sevilla fue menos complicada de lo esperado. Antes de las siete ya estábamos en el aparcamiento de Plaza Concordia. Un paseo, Jesús del Gran Poder arriba, y... Espacio Santa Clara. Fue convento, y en parte, al parecer, lo sigue siendo. El patio de los naranjos impresiona, y eso que el azahar sólo apunta. Saludo a Feliciano Robles, paisano de El Torno, en la sala donde va a celebrarse el homenaje a Machado organizado por el Ayuntamiento de la ciudad en el octogésimo aniversario de su muerte en el exilio, este sí. Luego, a mi querido Miguel Veyrat, que, como perfecto y elegante caballero que es, acudió a la cita apoyado en el bastón de su abuelo. Una cita, por cierto, para la que no había comprometido, según costumbre, a nadie. 
Salgo a saludar al resto de compañeros de mesa, Amalia Iglesias (cuántos años sin vernos) y a Rafael Alarcón. También al instigador del acto, Pepe Serrallé (como le llaman todos). Ninguno de ellos sabía que uno estaba ya dentro.
Ante un salón abarrotado, moderó las intervenciones, y nos fue presentando, Ana Isabel Alvea. Alarcón, que es especialista en Manuel Machado aunque lo sabe todo de Antonio, demostró sus dotes profesorales y agotó su tiempo hablando del poeta modernista (a cada cual se nos asignó un tema previamente) y de mucho más y todo con absoluta solvencia. Muy entretenida fue la charla de Iglesias, que empezó y terminó con una anécdota muy graciosa acerca del San Antonio de su palentino pueblo natal. Además, María Zambrano (a la que ella trató y con la que habló no poco del autor de Campos de Castilla) y algunas circunstancias machadianas relacionadas con sus tareas periodísticas. Acostumbrado a cerrar actos (desde chico, por aquello de la uve de Valverde), me ajusté al tiempo previsto ya que, siguiendo las enseñanzas bayalianas, llevaba escrito el texto. Trataba de la actualidad de Machado y se publicará pronto, por lo que evito entrar en detalles. La verdad es que me abrumaba la responsabilidad contraída (como siempre, uno acepta y luego...), pero he disfrutado mucho durante meses leyendo y releyendo la poesía y la prosa del poeta, así como otros libros, artículos y ensayos sobre su magistral obra. No deja de ser casualidad que me llegara la amable invitación de Serrallé unos días después de que el mencionado Gonzalo Hidalgo Bayal dijera en la presentación placentina de El cuarto del siroco: "Lo que sí creo ahora es que ese aligeramiento y esa concreción han llevado a AV a cierto despojamiento, a un bien entendido minimalismo formal, a una eliminación de lo superfluo que tiene menos de juanramoniano (aunque hay algún homenaje al poeta de Moguer) que de machadiano, pues casi estoy por decir que los años le han vuelto machadiano, moralmente machadiano, si es que no lo era en rigor desde el principio. Digamos que al despojamiento estético del primero se antepone el sentido ético del segundo". Y por ahí empezaba, tras reconocer que no soy un especialista en Machado sino un lector suyo, por lo que a uno le agrada y le honra que vean rastros de sus versos en los míos. 
Dos preguntas cerraron la mesa redonda. Una de ellas, todo un clásico, dedicada al porqué de la tumba en Colliure. Los tres estamos de acuerdo en que siga allí, como símbolo de la exiliada España republicana a la que hasta el final fue don Antonio fiel. 
Jordi Doce ya se refiere a sus sigilosas huidas tras este tipo de veladas como "hacer un Valverde" y en esta ocasión casi repetí. No sin antes saludar, un placer, a la traductora, aforista y poeta (inédita por ahora) Victoria León, que por una vez, gracias, se saltó su sana norma lo de no asistir a saraos literarios. Tampoco conocía en persona a José Julio Cabanillas, que me ofreció generosamente y de inmediato las páginas de una nueva revista para publicar mis palabras.
Un gesto con la mano bastó para decir adiós -que me perdonen- a mis contertulios. 
Con Veyrat nos fuimos hasta el aparcamiento. Al lado, en el Bar Rioja, tomamos con él una cervecita. La siguiente parada fue de nuevo en el Leo de Monesterio, al lado de la famosa venta de El Culebrín. Mientras degustábamos un apetitoso montado de lomo entre trajeados viajantes y camioneros con cara de sueño, el Atleti ganaba a la Juventus. De vuelta a casa, la intensa luna de nieve hubiera permitido que el coche fuera con los faros apagados. Sólo un traspié en un día emocionante y completo: el radar fijo del cruce de Los Santos ha logrado, me temo, romper una racha sin multas que ya duraba décadas. Una pena. Veremos.

Nota: Las fotografías del acto son de Pintamonos. Gracias.

El bastón de Machado.  

22.2.19

Recuerdos de Colón

A principios de los noventa, pocos meses después de ganar el premio Loewe, me llamaron desde la Fundación para decirme que el diario El Mundo quería realizar un reportaje para su suplemento dominical en el que aparecerían algunos jóvenes de esos que ahora se llaman emprendedores. De distintas disciplinas, artísticas o no, creo recordar. El caso es que una tarde nos fuimos Yolanda y yo a Madrid, nos subieron a los convocados a la azotea del Círculo de Bellas Artes (y más arriba aún) y nos hicieron unos retratos. Aquello salió semanas después. Por ahí debe andar, perdido en mi desordenado archivo, un ejemplar con ese viejo documento gráfico. 
Al terminar la sesión, Enrique Loewe, que era y es la elegancia y la educación personificadas, nos preguntó si nos apetecía cenar con él. Dicho y hecho. Nos llevó al Club Financiero Génova ("exclusivo para socios e invitados"), en la Plaza de Colón. Al entrar, un señor muy amable me conminó a ponerme la americana que llevaba en el brazo a causa del calor, y una corbata. Por suerte, aunque para las fotos eso fue un inconveniente (no parecía un joven), llevaba una en el bolsillo de mi traje azul marino, modelo BBC (bodas, bautizos, comuniones) con extensión SL (saraos literarios), tal vez la que me regalaron al recoger el premio y que, siendo de seda y muy bonita, en el armario sigue.
Antes de cenar en el lujoso restaurante (uno ha conocido de la mano de don Enrique algunos de los más exquisitos de la capital, como el ya desaparecido Jockey), estuvimos sentados en la terraza que da a Colón. Escuchaba paciente y bondadoso nuestras cuitas (que tanto desentonaban en aquel ambiente); por ejemplo, me acuerdo bien, que uno iba a dejar la carretera (un trasiego diario que ocupó veintitantos años de mi vida), porque iba a trabajar en el Centro de Profesores de Plasencia, algo que nunca llegó a suceder, promesas mediante. 
Si evoco estas historias es porque no pude evitar recordarlas después de ver las imágenes de la última manifestación patriótica de Colón, algunas de ellas tomadas desde edificios y alturas parecidos. Sentado retrospectivamente en aquella terraza, uno se hace, en fin, esta reflexión: cuando más falta hacía que en esta compleja coyuntura los desencantados, antiguos votantes del PSOE tuvieran a mano una derecha liberal y centrada a la que pudiesen, siquiera de momento, confiar su voto, Ciudadanos y el PP se alinean sin complejos con Vox y, en consecuencia, adoptan posiciones de derecha extrema. Es una lástima, sobre todo para los que seguimos buscando, infructuosamente y sin remedio, una "tercera España". ¡País!