17.1.19

Trieste























He atravesado toda la ciudad.
Luego subí una cuesta,
populosa al principio y más allá desierta,
circuida por un muro bajo: mínimo
rincón en donde a solas
me siento; y me parece que donde el muro acaba
termina la ciudad.
Trieste tiene una arisca
gracia. Si gusta,
es como un muchachote voraz y áspero,
con las ojos azules y las manos
demasiado grandes para dar una flor:
como un amor
con celos.
Desde esta cuesta cada iglesia, cada
calle suya descubro, si conduce
a la playa atestada
o a la colina, a cuya pedregosa
cima, una casa, la última, se aferra.
Alrededor
circula en cada cosa un aire extraño,
un aire tormentoso, el aire
nativo.
Mi ciudad, que está en cada sitio viva,
tiene el rincón a mi medida, y a mi vida
pensativa y esquiva.

UMBERTO SABA

[Versión de Pablo Anadón]

Ilustra esta entrada una fotografía de Federico Patellani, "Il poeta Umberto Saba mentre passeggia", de 1946.

14.1.19

Juan Cueto

El Comercio/LVA
Para uno, Juan Cueto, que acaba de morir, además de un brillante articulista, siempre será el director de Los Cuadernos del Norte, aquella extraordinaria revista que leí con avidez durante mi juventud. Se publicaron 59 números a lo largo de una década, de 1980 a 1990. Estaba suscrito, como a tantas entonces. Esta era especial. O eso me parecía. Por su diseño, entre otras cosas, al que me recuerda la también asturiana Clarín. En esencia, algún parecido le encuentro con El Cuaderno, otra publicación made in Asturias. Revistas sobrias, sustanciosas, elegantes. Como el barrio de Gijón, Somió, donde vivía Cueto. Como esa ciudad norteña, por extensión. Le vi algunas veces durante mis veranos gijoneses. Tengo grabada una imagen en mi memoria. Una mañana fui a comprar, según costumbre, el periódico (el mismo que el suyo, El País) a un kiosco minúsculo que había en la esquina de la calle Aguado con la avenida Rufo García Rendueles, para mí, el paseo del Muro. Mi familia vivía en la calle Manso. Bajó de la moto para hacer lo mismo que yo. No me atreví a saludarlo. Como aquella parte de la ciudad está muy cerca de Somió, coincidimos por allí otras veces. 
Porque lo mío no es la bibliofilia, las mudanzas han sido muchas y la biblioteca no ha dejado de crecer, no he conservado la colección. Me pesa, sí. Tengo a mano sólo dos ejemplares de Los Cuadernos. Un monográfico, el número 3, titulado "El estado de las poesías" (está fechado en Jerte y en noviembre de 1986, donde descubrí a algunos poetas y encontré interesantes reflexiones críticas y poéticas) y el número 8, de julio-agosto de 1981, dedicado a María Zambrano. 
A mi amigo Santiago Antón le gustará que destaque que en las portadas se podía leer: "Revista Cultural de la Caja de Ahorros de Asturias". Qué tiempos. Qué Cajas. Qué Cueto.

"El cuarto del siroco", por Irene Sánchez Carrón

Son bien conocidos los efectos inmediatos que provoca la música en nosotros. No nos cansamos de escuchar las melodías que nos seducen, y puede que hasta nos sorprendamos de pronto tarareando los acordes y tratando de imitar los matices de la voz que nos hace disfrutar. Algo parecido sucede cuando leemos un libro de poesía con el que conectamos: los textos nos resultan infinitos porque, para nosotros, su belleza y su significado no se agotan nunca. Y no sería tampoco raro vernos frente al papel en blanco, tratando de componer nuestros propios versos, porque la buena poesía suele engendrar más poesía, debido a que despierta en otros el deseo de escribir.
El cuarto del siroco, último libro del placentino Álvaro Valverde, provoca estos efectos y es, en mi opinión, una de las obras más interesantes y logradas que el poeta extremeño ha editado hasta la fecha. Interesante, porque propone de forma clara y consciente una visión de la manera de entender y abordar la actividad creadora. Lograda, porque estamos ante un libro de poemas que aúna, sin estridencias, un denso contenido reflexivo y una forma cuidada hasta los más mínimos detalles, desde los aspectos sonoros que atañen a la métrica a la selección léxica, lo que da como resultado una expresión serena, comprensible y elegante.
Comencemos por la declaración de intenciones que supone esta obra. Valverde expone con autoridad su visión de la poesía como una expresión totalmente ligada al sujeto real que escribe. Este no es un debate cualquiera, sino una encendida discusión que recorre la historia de la literatura, sobre todo a partir del siglo XX. Son muchos los autores y lectores que se han preguntado alguna vez si la literatura debe ocultar el yo real del autor o puede exhibirlo sin pudor. Estas posturas llevan aparejadas otras cuestiones como la de cuánto hay de real en los textos literarios o si la poesía, aparentemente tan subjetiva, puede considerarse un género de ficción, al mismo nivel que la narrativa y el teatro.
El autor placentino fija su postura desde las citas que actúan como pórtico de sus propios poemas. La primera pertenece a Kenneth Koch, escritor estadounidense que se caracterizó por huir de la poesía oscura y difícil de desentrañar, y que afirma lo siguiente: “Y con relación a cuánto la poesía de uno debe reflejar la experiencia de uno, no creo que se pueda evitar. La poesía es la meditación de la vida”. La segunda cita pertenece a Anne Carson y es todavía más contundente: “Hay demasiado de mí en mi escritura”.
Partiendo de esta declaración de intenciones, no es extraño que al ir recorriendo los distintos textos que componen esta obra nos encontremos con un personaje o sujeto lírico que se identifica con el hombre real que escribe. Este sujeto nos cuenta las experiencias y reflexiones del poeta de Plasencia y no duda incluso en mencionar datos íntimos de su biografía real, como personas de su entorno familiar, amigos a los que añora o lugares cercanos que recorre en su día a día.
Desde esta perspectiva, el poema que abre el libro, “A modo de poética”, cobra un significado relevante, ya que las características que se atribuyen al agua (limpia, detenida, que pasa y no vuelve, clara, capaz de crear espejismos) son las mismas que pretende el autor que posea su poesía: capacidad de retener o estancar el pensamiento, claridad expresiva, creación de nuevas realidades y, a la vez, reflejo de sí mismo (“metáfora y verdad”). 
La unión de contenido y forma se aprecia en la fórmula seleccionada para construir numerosos poemas. Muchas veces un elemento del paisaje o un motivo arquitectónico se utiliza para canalizar una reflexión. Con esto Valverde consigue que los textos trasciendan la mera descripción paisajística y se conviertan en una especie de geografía espiritual.
Como el propio autor explica, tomó el hermoso título de este poemario de una obra de Leonardo Sciascia, en la que se cuenta la existencia de una habitación en la que las familias patricias se resguardaban mientras soplaba el siroco, viento cálido que arrastra arena de los desiertos del norte de África a las costas del sur de Europa. Este motivo le sirve a Valverde para proponer los libros y la lectura como los mejores refugios frente a las inclemencias del mundo y de la propia existencia. Sin embargo, me gustaría destacar la celebración de la naturaleza y de los espacios urbanos que se percibe en muchos textos. El poeta presenta una visión gozosa del agua, de la luz, de las montañas, de lugares como Azuaga y Cáceres, y de las calles de una ciudad que identificamos con Plasencia. Especialmente hermosas resultan las reflexiones que desencadenan las plantas más humildes, obstinadas en escalar los muros y desbordar las tapias que las encierran, quizá metáfora de la propia creación poética. 
El cuarto del siroco seducirá, sin duda, a cualquier lector que se acerque a sus páginas, incluso a aquellos que frecuentan menos el género poético, por el afán de claridad que ya hemos destacado. A ello hay que añadir una riqueza de pensamiento (el paso del tiempo, el amor, la amistad, la posibilidad de haber sido otro en otros lugares, el dolor de las pérdidas, la trascendencia de los espacios, etc.) que otorga profundidad a la siempre cuidada dicción poética de Álvaro Valverde.

NOTA: Este artículo apareció ayer en el diario HOY. 

13.1.19

Cosecha (narrativa) del 19

Hace unos días publicaba en el diario HOY un artículo con un título semejante al de esta entrada. Hablaba allí de algunos libros importantes de poesía que habían publicado a lo largo de 2018 un puñado de autores extremeños. Pues bien, parece que 2019 también va a ser un año estupendo en materia literaria y, en concreto, narrativa. Ya en los tres primeros meses vamos a poder leer tres novelas de fuste, y las tres, por cierto, en Tusquets Editores. 
La primera, Piedras negras, de Eugenio Fuentes, que vuelve con ella a la exitosa serie del detective Ricardo Cupido. En esta ocasión viaja a Toledo. En la trama, un asunto de plena actualidad: el de los niños robados. 
La segunda, ya en febrero, será una nueva, esperada entrega de Gonzalo Hidalgo Bayal: La escapada. Un título que lo mismo evoca la película de Jean-Luc Godard que la novela del mismo título de William Faulkner, ganadora del Pulitzer en 1963, también conocida como Los Rateros. El reencuentro de dos amigos y la juventud perdida centran la escena. Atentos.  
Por fin, la tercera, de Luis Landero, Lluvia fina, verá la luz en marzo. En la nota editorial, una inquietante pregunta: "¿Puede hablarse de todo entre los seres queridos?" Y sigue: "Ningún relato es inocente, y menos aún todo lo que nos contamos sobre nuestra familia". Dicen que es "la novela más trepidante" del de Alburquerque. Lo creo.

12.1.19

Otra reseña del "siroco"

Julián Montesinos Ruiz la publica en su blog Un espacio para la emoción. Muy agradecido.

EL CUARTO DEL SIROCO, Álvaro Valverde

¡Con cuánto agrado he leído el último libro de Álvaro Valverde! Sigo a este autor extremeño desde hace mucho tiempo. Leí sus libros anteriores con verdadero placer y ahora experimento idéntica sensación con la lectura de unos poemas más contenidos y acendrados estilísticamente. Se trata de un poemario extenso que contiene muy buenos poemas junto a otros que son resultado de la decidida expresión de un aliento menor. En su conjunto, son versos que recogen la biografía de su autor, pues no en vano están dispuestos en el orden cronológico en que fueron escritos, como si cada poema fuera la pieza textual que refleja el proceso de construcción de una vida.
Hay sutiles referencias culturales que encajan con elegancia en el todo armónico del poemario (“leo, como otras veces, a Leopardi / y su voz se hace mía”; o los delicados y sugerentes dibujos de Laffón; el sentido racional de la arquitectura de Barba Corsini y la alusión a la película El manantial, de Vidor; la “naturaleza pensativa” de Stevens, y puntuales menciones a Alberto Manguel, Yannis Ritsos y Szymborska, entre otras). Expresa la naturaleza vivida en poemas delicados y hondos (“El mirlo”, “Aquí” y “Las Nogaledas”). Hay otros, por el contrario, en los que el sesgo narrativo confiere un ritmo perfecto al poema (“El cuarto del Siroco”); este que da título al libro contiene el elemento metafórico clave para explicar el sentido global del poemario: la literatura entendida como una casa donde existen cuartos-poemas en los que protegerse de las inclemencias del viento (el siroco) y de la vida. Aparecen recurrentes alusiones a la pertenencia de un lugar (Extremadura), pero no sólo física sino también, y sobre todo, cultural y estética (Évora, Lisboa), como sucede en “En otra parte”, “Aquí” y “Évora”, y en la mención de Ángel Campos Pámpano por su constante promoción de la cultura lusa. Explora otros mundos literarios en los que la vida encuentra su razón de ser, tal y como sucede en los hermosos poemas “El lector” (“La vida espera fuera, la que él lleva, / como cualquier lector, cuando no vive”) y “Meditación en Bohemia”. En varias ocasiones se intercalan poemas en prosa (“Una elegía”, “Mujeres”) y algún que otro poema de sereno sentimiento amoroso (“Canción de aniversario”). Por último, conviene aludir al hecho de que el poemario se abre con una declaración sobre su quehacer en “A modo de poética” y se cierra con “Aquél”, un excelente poema que viene a ser algo así como un perfecto manual de vida de alguien que se dedicó a encontrar en el mundo los signos de la belleza y la esencialidad poéticas. Un libro excelente.

EL CUARTO DEL SIROCO

Cuenta Leonardo Sciascia
que en las casas patricias
de la vieja Sicilia
había, desde el siglo XVIII,
un cuarto del siroco.
En él se refugiaban de ese viento
los días que soplaba con más fuerza.
Uno quisiera
que en las horas peores de la vida,
cuando todo se vuelve violento vendaval
y las cosas se ocultan tras un velo de polvo,
existiera una estancia semejante.
Un lugar recogido, a modo de refugio,
en el que cobijarse
del triste pensamiento de la muerte.
Aunque sea inevitable,
como el de Ramalmuto revelara,
que, antes de que se le note en el aire,
el siroco se nos clave en las sienes;
que antes de que se anuncie
ya se le sienta, sin remedio,
en las rodillas.


AQUÉL

Aquél que se levanta cada día
y piensa que la muerte se le acerca.
El que triste se afeita distraído
sin más motivación que la costumbre.
Aquél que va al trabajo y que camina
con su turbio pasado a las espaldas.
Quien mira en sus ojeras la razón
que toda sinrazón lleva consigo.
El que ignora que existe la alegría
y el porvenir como estación posible.
Para quien el amor sólo es quimera.
El hombre que a pesar de todo eso
se resigna o se obstina, mas no cede.
Quien resiste sereno a la intemperie.
Aquél que no consigue
ni darse por vencido.

Muere Claudio López Lamadrid

©Lisbeth Salas
La primera noticia del día ha sido pésima y sorprendente: el editor Claudio López De Lamadrid ha muerto a causa de un infarto cerebral, según La Vanguardia. Tras sus años de formación en Tusquets, había llegado a ser el director editorial de Penguin Random House.
Hace unos meses conversó sobre libros con el crítico Ignacio Echevarría (un viejo amigo con quien trabajó en Galaxia Gutenberg) y su lúcido diálogo se publicó en El Cultural. Copio debajo el enlace. "¿De qué hablamos cuando decimos edición?" titularon aquello. 
Sé que algunos escritores de este país estarán hoy más desamparados. Mi amigo Julián Rodríguez, por ejemplo. Lo siento.
La última anotación en su muro fue a propósito del cumpleaños de su "poeta vivo favorito, Raúl Zurita, del que copia un poema.

10.1.19

Otra lección de humildad

El poeta y crítico Fermín Herrero publica en el número de enero de la revista Cuadernos Hispanoamericanos esta reseña (con aires de ensayo) de El cuarto del siroco.

La naturalidad en la expresión es a mi juicio uno de los mayores logros literarios, si no el máximo, tanto más destacable en lo que atañe al género poético, propenso de por sí a recaer en el artificio y la afectación lírica, en lo que Blas Pascal llamaba, en afortunada metáfora, «ventanas pintadas». Álvaro Valverde las ha evitado desde sus comienzos y, libro a libro, va ajustando, aquilatando una trayectoria de mucha envergadura y solidez.
El cuarto del siroco no es una excepción, sino otro paso adelante. Si bien carece, a diferencia de sus dos entregas anteriores, Plasencias y Más allá, Tánger, de unidad temática alrededor de un espacio, gracias al significado del título, a su alusión como en libros precedentes a la propia poesía, al concepto vital y entrañado de la misma a partir de Sciascia o Bufalino, como dylaniano cobijo contra la tormenta del mundo, contra las adversidades y abatimientos y a modo de consolación, fragua la ristra de poemas, un atadijo amplio para solaz de sus lectores habituales. También confiere voluntad unitaria al libro el poema de apertura, «A modo de poética», literalmente, en el que Valverde, mediante la identificación con el agua cristalina de un arroyo de montaña, pongamos de los que se despeñan por una garganta de la Vera, como explicara en otra poética, cifra en la transparencia de la corriente la forma del poema y en la permanencia del fondo intacto su contenido, el norte de su poesía.
Desde siempre, desde que lo leí por vez primera en Las aguas detenidas, he percibido en la escritura de Valverde, en su voz singular, un tono meditativo y una mirada frente a la naturaleza y el mundo ciertamente originales y, al tiempo, de una elocuencia honda, sostenida por una asimilación armónica de diversas tradiciones poéticas, propias y de otros idiomas, que se manifiesta, lograda en extremo, de forma inequívocamente contemporánea. Ese difícil equilibrio en su dicción nos recuerda, además, que la poesía es una manera de comunicación literaria basada en la emoción, sí, pero también, y no en menor grado, un modo de conocimiento fundado en la atención contemplativa, que trata de elucidar aquello que nos excede, el sentido de la existencia, en última instancia.
«Mi vida es interior», proclama en el poema «Hacia dentro», en esa línea abiertamente meditativa, urdida en la memoria, que lo caracteriza. Y de entrada se nos recuerda, a través de la cita-pórtico del poeta norteamericano, ignoro si traducido al español, Kenneth Koch, que «La poesía es la meditación de la vida», ampliando la definición de Zanasis Jatsópulos, para quien la lírica es una «meditación de los sentidos». La propia palabra se encuentra en el título de dos poemas: «Meditación en el sur» y «Dos meditaciones», puras, una sobre la antítesis luz-oscuridad en torno al recuerdo y al olvido y otra encauzada hacia el ser y el destino desde el motivo clásico del camino.
El sesgo reflexivo se tiñe a veces de melancolía, debido al paso de los años y a la inclinación a lo elegiaco del carácter del poeta, y en otras se carga, contrapesando el conjunto, de celebración. La melancolía, «tan latina», «incurable» ya desde la juventud y el momento de ejercitarse por vez primera con las artes versificadoras, y aun antes, cuando su madre lo mimaba en una enfermedad, de adolescente, la arrastra, sobre todo, el otoño, con su hojarasca que presiente «lo peor del invierno», se adivina en el «acabamiento» de los cerezos «en llamas» o en una estancia lisboeta, escucha «la vida que a lo lejos / se me va para siempre», se pasa sin que nos demos cuenta.
La celebración, en cumplimiento del deber de alegría que Kafka preceptuara en sus diarios, se vuelca preferentemente en la visión jubilosa de la naturaleza («Ovas» o «Viejo cerezo»), en el trino milagroso de un mirlo, en la modesta constancia de un pintor aficionado o en un árbol transterrado de nombre eufónico y exótico. Y, pese a los estragos de la edad, el poeta se mantiene firme en ella, resistiendo, como el torreón amenazado por la ruina de La Higuera. Hacia la luz, invariablemente con lo luminoso.
Como en tantas ocasiones, siempre igual y siempre distinto, renovado, el sentimiento de la naturaleza, que diría Unamuno, se centra, entre lo permanente y lo huidizo, en un viejo molino y un mirador sobre un valle, cercanos a su «ciudad cerrada» natal. Es su territorio poético, solitario, en medio del silencio. Da la impresión, en consonancia con el concepto de «naturaleza pensativa» de Wallace Stevens al que recurre, que el poeta firmaría aquella apreciación de Simone Weil de que un paisaje es más hermoso si nadie lo observa. De ahí la fijeza nostálgica con que contempla, por ejemplo, la montaña, allá «donde se roza / el misterio del cielo». Por tanto, Valverde se reafirma en su lugar en el mundo, donde ha ido cuajando su particular poética del espacio, que conjuga con su ambivalente noción del viaje, hasta de los no realizados pero sentidos.
Jalonan el volumen discretas alusiones a otros escritores, indicio inequívoco de la portentosa formación lectora, nunca exhibida, del poeta, para quien, según la conclusión de «El lector», la verdadera vida está en los libros. En estas páginas, comparecen el argentino Alberto Manguel, bibliófilo y otro lector, en su sentido laxo y profesional, de excepción; la nobel polaca Wisława Szymborska y su defensa de la tristeza; el rebelde poeta griego Yannis Ritsos, junto con el famoso cultivador de la narrativa de viajes Patrick Leigh Fermor, en su casa de la península de Mani; el filósofo judío holandés Baruch Spinoza con su insuperable Ética; el magnífico narrador-cronista y ensayista polaco Andrzej Stasiuk y su definición del espacio como «presente eterno»; su admirado Joan Vinyoli, tan determinante en la formación de su poética, o el escritor praguense recluido en Kampa Vladimír Holan, a cuenta de los homenajes, que suele cargarlos el diablo.
Lo que no es óbice para que se honre, eso sí, por escrito, «de solitario a solitario», a Giacomo Leopardi, al Juan Ramón Jiménez sensitivo e impresionista o a María Zambrano, a cuyo claro del bosque nos conduce, en un esbozo de ut pictura poesis, como en una especie de travelling, un dibujo de la primorosa y frágil Carmen Laffón. No de otra manera, como ofrecimiento de admiración y respeto, deben entenderse también, creo, las elegías a familiares y amigos, a Valente —que desemboca en sus dos primeros y definitivos versos: «Cruzo un desierto y su secreta / desolación sin nombre»— y a Ángel Campos Pámpano, cuya figura y recuerdo gravitan sobre buena parte del poemario, a tal punto que es como si lo sintiera aún a su lado.
En el poema que se titula justamente «Leyendo a Jiménez Lozano», otra prueba de su competencia y diversidad lectora, se parte de una entrada de un tomo de los diarios del autor de El mudejarillo relativa al arcipreste de Hita: «Toda la oferta del mundo, según el arcipreste, para seducir al hombre, es la sombra de un aliso», procedente de los versos «Non perderé yo a Dios ni al su paraíso / por pecado del mundo, que es sombra de alyso», para enraizarse en la vida, «porque algo es algo». Por no salir del Libro de buen amor, recordemos este consejo: «En todos los tus fechos, en fablar et en ál / escoge la mesura, et lo que es comunal: / como en todas cosas poner mesura val’, / así, sin la mesura, todo parece mal», que, seguramente, agradaría a Valverde.
Con Juan Ruiz y su parecer volvemos a donde empezamos. Si en la naturalidad expresiva reverberan las verdades de fondo de quien las ha ido decantando a lo largo de su obra, se da lo que sostenía con no menos acierto el citado Pascal: «Cuando uno se encuentra con un estilo natural se asombra y se entusiasma, porque esperaba encontrarse con un autor y se ha encontrado con un hombre». En efecto, así es y me sucede con cada libro de Valverde. Su intensa mirada —muy trabajada, véanse, en este sentido, las leves variantes de «Un viaje a Lisboa» o del poema que da título al libro respecto a su adelanto en Un centro fugitivo—, de una serenidad impropia desde el comienzo de su andadura poética, como decíamos, se ha ido aplomando más y más con los años hasta mostrarnos a un hombre de una pieza.
Creo que, por añadidura, el autor sabe bien lo que aproximadamente sentenció con su proverbial acierto Tomás Sánchez Santiago: que la humildad es el aprendizaje más importante, si no el único, y que nunca se acaba mientras vivimos. Así, suele distanciarse de sí mismo, como de costumbre, en muchos poemas, mediante el recurso a la segunda o tercera persona a modo de desdoblamiento, como en el poema final; cuando no prueba a desconocerse en un paseo por Évora, a mirarse en la modesta belleza de un rosal en el recoleto jardín de un vecino. O reconoce la «humilde verdad» en el agua de la fuente de los Alisos, es decir, en la poesía, o bien en la arquitectura de rostro humano del tarraconense Barba Corsini.
En definitiva, Valverde, en círculos sucesivos cada vez más amplios, penetrando en lo mismo, continúa en ese camino de despojamiento, de sobria contención desde la palabra precisa, sin conformarse nunca: «Así, me digo a ratos, / es mi alma: / sin nada en su interior / —doy fe de ello—». No en vano ya una de las tres citas iniciales, la de la ardua canadiense Anne Carson, advierte: «Hay demasiado de mí en mi escritura». Y el segundo poema, «Elogio de la pérdida», como el tercero, que concluye con un eco de aquel «La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado», borgeano en su concepción tanto por lo enumerativo como por lo paradójico, defiende que lo que termina conformando la personalidad acaso sea lo no conseguido, otra recusación a la hipertrofia del yo imperante. En estos tiempos digitales de narcisismo vacuo y desaforado en los que el arte de la palabra en la búsqueda de las pequeñas verdades que cada cual va columbrando se ha convertido en zafiedad expresiva plagada de banalidades, El cuarto del siroco constituye una nueva lección poética de humildad, que nos conmueve y consuela, del placentino.

NOTA: La ilustración inédita es de Salvador Retana.

8.1.19

Kevin Prufer dixit

© Emy Johnson
Luis Ingelmo y Pablo Luque Pinilla tradujeron un puñado de poemas del estadounidense Kevin Prufer para la revista asturiana El CuadernoFormaban parte de su antología Legitimate Dangers y se publicaron en 2014. 
Me consta que Ingelmo ultimó hace tiempo la versión de Himno americano (National Anthem, 2008), libro al que Luque puso un prólogo. 
Copio ahora sus "creencias fundamentales" en torno a la poesía, las que ofreció ("¡Serán grandes y desvencijadas, como las casas viejas y con corrientes de aire!") en la revista Kenyon Review cuando le preguntaron por ellas, no sin antes recordarle que en la década de los cincuenta, John Crowe Ransom invitó a una decena de críticos (William Empson, Northrop Frye, etc.) a escribir su particular "credo" para la revista, cuyos resultados se convirtieron en una serie de ensayos sobre esas "creencias fundamentales" con respecto a la literatura y a la práctica crítica, titulada "Mi Credo". Este es el de Prufer.

1) La literatura, la poesía, no complica el mundo. Refleja la complejidad que ya existe en el mundo.

2) El trabajo del escritor no es retener información del lector y el trabajo del lector no es romper el código secreto que el escritor ha presentado. La escritura literaria es un tipo de comunicación. Cuando es difícil, no es porque el significado haya sido codificado en él, sino porque las ideas con las que el escritor se enfrenta son, en sí mismas, difíciles.

3) Dicho de otra manera, el modo ideal para un escritor no está en oposición a su lector, sino en un intento mutuo de entender algo más grande y, tal vez, inefable.

4) Me encanta la idea emersoniana de que nos conocemos a nosotros mismos a través de la literatura que ya hemos producido y el futuro nos conocerá a través de la literatura que estamos produciendo ahora. La literatura y el arte son como un enorme barco que nos transporta (o al menos nuestro sentido de nosotros mismos) hacia el futuro.

5) No me interesa tanto la poesía como la autoexpresión, definida estrictamente. Me gusta considerarlo como una comunicación amable. A veces esa comunicación incluye alguna autoexpresión. A veces realmente no lo hace (más allá del hecho de que incluye algo que un yo en particular estaba pensando al mismo tiempo).

6) Todo arte es formal, en la medida en que todo el arte está formado por el artista. Esto se aplica a la poesía y es parte de la razón por la que todo buen poeta que conozco pasa tanto tiempo escuchando el poema, tratando de comprender lo que dice la música del poema.

7) En la poesía: algo debería estar sucediendo en el espacio blanco.

4.1.19

Cosecha (poética) del 18

Si el periodismo cultural no hubiera desaparecido prácticamente de la prensa regional y en los balances de fin de año tuviera cabida la cultura, no digamos ya la pobre poesía (y no para jalear a esa plaga de parapoetas que nos invade), alguien habría escrito este artículo por mí. No me gusta ser arte y parte, pero me resulta necesario airear, siquiera sea a la inmensa minoría de siempre, que a lo largo de 2018 han aparecido una serie de libros de poesía escritos por poetas extremeños que bien podrían justificar que en el futuro, si las cosas no se desmandan de manera definitiva, se le considerara un año histórico. Sí, aunque no lo parezca, hay vida más allá de la moción de censura, el brexit, las elecciones andaluzas, Las Vegas de La Siberia o el procès.
¿A qué libros me refiero? A costa de pecar de olvidadizo (que me perdonen los involuntariamente silenciados), y no sin destacar que se trata, en todos los casos, de obras mayores, claves en las respectivas trayectorias literarias de los nominados, puedo empezar, por ejemplo, nombrando Micrografías, de Irene Sánchez Carrón (Navaconcejo, 1967), que había ganado el premio Emilio Alarcos y la afianza, con sus versos íntimos de línea clara, como una de las mejores poetas españolas.
Y pues que de poetas hablamos, cómo no mencionar Retirada, de Pureza Canelo (Moraleja, 1946), donde esta decana de nuestra lírica vuelve a demostrar que su camino es único y lo que escribe, de un rigor incomparable.
Otra extremeña –como ella, de la diáspora–, Isla Correyero (Miajadas, 1957) ha reunido lo mejor de su poesía radical y femenina bajo el título Mi bien, que se abre con un precioso prólogo de Juan Antonio González Iglesias.
Otra mujer, para que luego digan, Ada Salas (Cáceres, 1965), publicaba a finales de año Descendimiento, basado en el óleo de Rogier van de Weyden, que cuelga en El Prado, una obra honda y compleja que incluye un oratorio.
Para cuando otro cacereño, Basilio Sánchez (1958), nos sorprendía a todos al conseguir el ambiciado y prestigioso premio Loewe, la misma editorial ya había incluido en su catálogo Esperando las noticias del agua, tan próximo en su tono al que le seguirá, con su misma, inconfundible voz.
José María Cumbreño, cacereño del 72, y van tres, el más ultramarino y liliputiense de nuestros poetas (lo digo por su editorial, no se me malinterprete), el agitador cultural que inventó Centrifugados, daba a la imprenta Hablar solo, que no es mal título ni para él ni para cualquier vate de estos tiempos tan ruidosos como líquidos.
No olvido Y, del extremeño de adopción Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, 1953), con casa (Las Viñas) en la Sierra de los Lagares, un libro que, según él, “es homenaje únicamente a ese solitario rincón del campo extremeño”.
Hasta Ángel Campos Pámpano (San Vicente de Alcántara, 1957), muerto hace ahora diez años, ha estado presente en este annus mirabilis de nuestra poesía, en forma de florilegio de homenaje a su legado y gracias a la traducción de su último libro al portugués por Luis Leal, otro poeta extremeño… de Évora. Ambos volúmenes son de la Editora Regional. ¿Y los anteriores? Pues de los catálogos de algunas de las mejores editoriales del país: Visor, Pre-Textos y Calambur, lo que subraya y avala la importancia de cuanto vengo afirmando.
Dije antes lo de “arte y parte” y es que, para no pecar de falsa modestia, apostillo que uno también se honra de haber contribuido, en alguna medida, a este poderío lírico del Oeste. Al fin y al cabo, el 18 fue el año de El cuarto del siroco (Tusquets). Como José Cercas, Jesús María Gómez y Flores o José Antonio Ramírez Lozano que, según costumbre, ganó algún premio y publicó algún libro.
Tan quejosos siempre y con la autoestima tan baja, motivos no nos faltan, querría uno que mis paisanos se alegrasen por cosas como estas. Insustanciales, según los más, sin aparentes consecuencias económicas o políticas, pero, a la larga, más importantes de lo que tal vez sospechamos. Esta tierra será muchas cosas, pero ya no el erial literario que fue durante siglos. ¿Les parece poco? Enhorabuena.

Nota: Este artículo se publicó ayer en el diario HOY.
La fotografía que lo ilustra es de Antonio María Flórez.

3.1.19

Descubrimiento de Berbel

Lo confieso: a estas alturas de mi edad, a punto de cumplir 60 (qué mareo), desconfío de las unanimidades y hasta de los descubrimientos. Es verdad que cuando quienes opinan son personas con criterio, gente a la que respetas y admiras, las cosas suelen suceder de otra manera. Con todo, tampoco coincides siempre con ellas y con sus gustos. Podría poner un ejemplo reciente, de un libro que acapara entusiasmos (no el de Echevarría), que está en todas las listas (si no el primero, el segundo), pero que uno ni siquiera se atreve a abrir. No digamos si, para colmo, se trata de una ópera prima y su autora tiene cuatro años menos que tu hijo pequeño. De pronto piensas: Arthur Rimbaud, Claudio Rodríguez...  ¡Uf!
Que Fernando Aramburu le dedicara un artículo en El Mundo a toda página, en su sección "Entre coche y andén", fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia lectora. Antes, claro, su editor, Jesús Munárriz, de Hiperión, ya había tenido el acierto y la delicadeza de enviarme Las niñas siempre dicen la verdad, de Rosa Berbel (Estepa, 1997), estudiante en Granada, la muchacha de la que hablo. Me resistí, no obstante. El título... Lo suficiente para no poder votar la obra en mi lista de los mejores de El Cultural (lo que sí hizo Irazoki). Pero ayer, día 2 de enero, cumpleaños de mi hermano Jesús, me fui a la Hospedería de Hervás a pasar la mañana y metí en la mochilina ese libro. Iba con otros que volvieron tan cerrados como se fueron. Creo que elegí bien. Era mi segunda lectura de 2019. Antes del concierto vienés de Año Nuevo ya había degustado una obra mayor, Descendimiento, de Ada Salas, tan distinta, por cierto, de la que ahora nos ocupa.
El libro de Berbel obtuvo el Premio de Poesía Joven 'Antonio Carvajal' (puede estar contento) y el jurado votó al unísono por él (no me extraña). 
Ya desde el primer poema, "Precuela", esta mujer me tenía ganado. Lo que vino después confirmó esa primera impresión. Basta con leer "Deseo", "Retrato de familia", el que da título al conjunto, "Exorcismo", "El amor modifica...", "Femme fatale con prisa", "Canciones viejas para vidas distintas" y, cómo no, el extenso que abrocha el volumen: "Sala de espera para madres impacientes". 
Ninguno, que conste, se me ha caído. Podría, en suma, mencionarlos todos. 
Su poesía es inteligentemente lúcida y sutilmente humorística. Fresca. No inocente. Nada que ver, aleluya, con la dichosa parapoesía, a la que por destino podría estar condenada. Ella es mucho más lista. Y parece que mucho más mayor. Ha leído. Cita a Zagajewski. A ratos me recuerda a otra paisana, Irene Sánchez Carrón, también de línea clara. 
No quisiera dar a entender nada más que lo que he dicho. Ni libro del año, ni de la década, ni autora revelación, ni... Recuerda uno a Blanca Andreu o a Elena Medel, pongo por caso, y se echa a temblar. Nada que ver. Sí, las comparaciones son odiosas. Las niñas siempre dicen la verdad es buen libro, y punto.
Por una vez, y con esto termino, Berbel tendría que desdecirse; así, cuando escribe en "Manual de supervivencia para salir del nido": "7. Mantener intachables los prejuicios. / Las cosas suelen ser, salvo excepciones, / igual que parecían". Lo que, sin duda, no hace al caso. No al mío, quiero decir. Bendita excepción.
Sí, "y de pronto Rosa Berbel", que diría el autor de Patria. Una sorpresa. Y una alegría. Si de apostar se trata, bien podría caerle este año el Premio Nacional de Poesía Joven 'Miguel Hernández'. Veremos.

PLANES DE FUTURO

Tenemos cuarenta años y un trabajo que odiamos
que nos hace pagar las facturas,
llegar a fin de mes,
tener eso que llaman dignidad
y que se siente igual que la tristeza.

Tenemos un trabajo y un piso en la playa,
pero ante el mar soñamos
un milagro:
nuestra ropa en la arena como entonces
y quedarnos así a la intemperie, uno
enfrente del otro,
con toda la extrañeza de los cuerpos desnudos,
con esta luz precaria,
con un amor que existe y no nos basta.

Tenemos cuarenta años y dos hijos que corren,
que gritan y que lloran
porque la arena está demasiado caliente,
porque nosotros discutimos,
porque no hay nada aquí que nos divierta.

Tenemos casa hijos y demasiado miedo
a la muerte, a los contratos temporales
como la gente normal, miedos
de gente feliz, miedos felices,
como este insomnio dulce de los días
antiguos o esta nostalgia común
y rutinaria.

Tenemos cuarenta años y un país que no no nos nombra
no cogemos aviones
porque hemos olvidado
cómo decir te quiero en otras lenguas,
la violencia del viaje,
cómo dormir tranquilos en hoteles lejanos
donde nadie nos llama por las noches.

Tenemos cuarenta años y una vida feliz
feliz sin contratiempos
una vida segura,
equilibrada.

Pero después del amor, de la rutina,
de la clase privada y el verano,
la realidad regresa
inconformista.


1.1.19

Otra lista del 18

Otra lista. No una cualquiera. Es la de la Asociación de editores de poesía (A.E.P.) que emite un listado de libros recomendados para su lectura. Son libros -dicen- que conviene leer porque son una selección de los editores. 
Que en la lista aparezcan tres títulos de autores extremeños es una alegría. Somos pocos. Y los libros de Pureza Canelo y Basilio Sánchez son espléndidos.