19.1.21

DOLOR

Juan José Ventura, de El Periódico Extremadura, me pidió un texto sobre "el dolor" para el Anuario. ¿Por qué? Todo parte de un excelente poema de Basilio Sánchez, "Láudano" (que copio al final), tan acorde a la situación pandémica que sufrimos. Invitaba a distintos escritores a centrarse en algunas palabras del mismo (alegría, herida, luz, extranjeros, pájaros, dioses...) y escribir un breve texto. Me tocó ésta. 



Si de algo no se puede hablar en abstracto es del dolor. Ni del físico, que nos acompaña desde que nacemos (en el parto natural lo hay), ni siquiera del, digamos, espiritual, tan frecuente también y tan temprano en la vida de la inmensa mayoría de los seres humanos. Ese que duele sin doler. O que duele sin causa orgánica aparente. El del alma. 
Dos son las acepciones del diccionario de la Real Academia Española acerca de la palabra “dolor”: “sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior” y “sentimiento de pena y congoja”. Sus tipos, lógicamente, son innumerables. 
Mi trato con el dolor es, como el de todos, remoto. No importa la edad. El dolor no entiende de décadas, lustros o años. “Su dolor era antiguo, como el mundo”, dije acerca de alguien en un verso. Está en nuestra memoria prehistórica, se podría decir, en lo más profundo de las cavernas donde habitamos, a oscuras, hace milenios. En él se fundamenta la religión en la que fui educado: Cristo muere dolorosamente en la cruz para salvarnos. Antes ha pasado un calvario.
El dolor es consustancial a las guerras que se han sucedido a lo largo del tiempo y, por ello, inseparable de la Historia. Qué decir de su uso para torturar por razones de todo tipo. Es, por traerlo a la actualidad, el pan nuestro de cada día en esta pandemia que asola el planeta; un dolor soterrado, propio de la soledad del confinamiento y de esta existencia impredecible y en suspenso. También el mal común de los que se ven obligados a huir de su país de origen, con el dolor a cuestas, para subsistir. 
Pero más allá de las elevadas palabras y, con ellas, de los elaborados conceptos, el dolor es un sentimiento cotidiano que nos vincula como pocos a nuestra humana condición. Que, en suma, nos humaniza. Por igualación. A hombres y a mujeres. De ahí que empezara afirmando que, en rigor, no es posible referirse a él en abstracto. Puestos a concretar, para uno el dolor empieza con las jaquecas que sufrí desde que era un crío, asociadas a situaciones de tensión. Dejé de padecerlas el día que descubrí que un par de pastillas efervescentes podían conseguir que el malestar cesara. Hasta que llegó ese momento, un dolor intenso localizado en la parte derecha de mi cabeza, centrado en el ojo, persistente, capaz de revolverme el estómago, que me obligaba a buscar la oscuridad o la penumbra, me persiguió durante años. Un pequeño suplicio no por ordinario menos agobiante. El dolor real, sí, pero también el que se anticipaba, el que temía que llegase cuando menos falta hiciera: la víspera de un examen o de una excursión a la sierra, en una ceremonia familiar o escolar, durante un viaje... Luego, como le ocurre a cualquiera, han sobrevenido otras molestias. Pasajeras o estables. Porque el dolor, bien lo sabemos, está asociado a la enfermedad, otra fiel compañera de periplo, y rara es la que no lo tiene como síntoma añadido. Sin embargo, a pesar de padecerlo con asiduidad, nunca llegamos a acostumbrarnos a él. Hipocondriacos o no. Siempre desconcierta, del más leve al más agudo (ah, los umbrales), por más que el sabio acervo popular (con su dosis de humor o de ironía) nos indique que, a cierta edad, de no tenerlo, uno está muerto. Acaso para contrarrestar su poder, decimos que nos fortalece. No lo creo. Más bien nos desarma aún más, frágiles criaturas al pairo. Qué decir de los que lo padecen como crónico. O del que acompaña a ciertas dolencias que hasta nos da miedo nombrar.
Paradójicamente, el dolor también puede ser fuente de placer. Como perversión, se matiza. Para los sádicos que lo infieren a otros (e incluso a sí mismos) y los masoquistas que lo admiten con gusto. O medio de mortificación para fieles de muchas religiones. Tan versátil resulta.
Nos movemos hacia el dolor, dijiste”, escribí al principio de un poema titulado “Los muertos”. Los míos, los más cercanos. Se trata de una aseveración que tomé de alguien, pero no recuerdo quién. Poeta, a buen seguro. Me temo que ese es nuestro sino. Hacia un dolor preciso, esto es, del cuerpo, y, ante los secretos dolores del alma, que suelen tener más difícil diagnóstico y un tratamiento no siempre farmacológico. Los que no obedecen a dolencias mentales o psíquicas susceptibles de ser tratadas con medicación. De esos dolores sabe especialmente la poesía. No es la única vez (de hecho ya he anotado dos) en que uno ha abordado el espinoso asunto del dolor, una palabra habitual en mis libros. De cuantas la he utilizado, tal vez sea en un breve poema “Ventanas”, de El cuarto del siroco, donde más lejos llegué en el intento de expresar con lo mínimo aquello que para uno significa. La imagen es corriente. Cualquiera que haya pisado un hospital habrá podido comprobar lo que señalo: “Sobre el cristal, / los rastros de las frentes / que al pasar / aquí depositaron su dolor”.  
Basilio Sánchez, que es poeta y además médico, de una especialidad en los límites, dice en “Láudano”, el sutil, hondo poema que da origen a esta reflexión: “El dolor verdadero, / igual que la alegría verdadera, / forma parte de un patrimonio íntimo /que no nos es posible compartir”. Es verdad. Estamos ante una herida invisible. “En el dolor no hay pájaros. / Sólo dioses hablando con los dioses”.
 

LÁUDANO

No hay azafrán ni clavo,
no hay canela ni vino para el láudano.
El dolor verdadero,
igual que la alegría verdadera,
forma parte de un patrimonio íntimo
que no nos es posible compartir.

No he paseado nunca con mi herida
por ninguno de los jardines que conozco.
La herida es el eclipse que revoca la luz,
la herida es la distancia
que nos convierte en extranjeros.
En el dolor no hay pájaros,
Sólo dioses hablando con los dioses.


Ilustración: "Anciano en pena", Vincent van Gogh, 1890.

16.1.21

Pureza Canelo, antológica

Ya he dicho más de una vez que la de Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1946) es una poesía genuina y singular como pocas y que su trayectoria ha sido una de las más coherentes y arriesgadas del panorama lírico español de entresiglos. Su completa entrega a la poesía, su misterioso fervor hacia ella, destaca en un mundo caracterizado por la prisa, el interés y la vanidad. Pasión édita, por parafrasear (a la contra) uno de sus títulos. 
Desde que ganara en 1970 el premio Adonais con Lugar común, ha publicado, entre otros, Celda verde, El barco de agua, Habitable (Primera poética), Tendido verso (Segunda poética), Pasión inédita, No escribir, Dulce nadie, A todo lo no amado, Oeste y Retirada. (Si alguien quiere profundizar en su vida y obra, puede acceder al Archivo y Biblioteca de Pureza Canelo, donado por ella en 2007 a la Diputación de Cáceres.)
2020, un año sin duda maldito por culpa de la pandemia de la covid 19, fue sin embargo pródigo para la extremeña afincada desde su adolescencia en Madrid. En libros, cabe matizar. Dos han visto la luz. Y los dos en su tierra. "Todo lo poco mío irá siempre para los míos. Oeste es mi patria, rememorando a Rilke", ha escrito. Ambos son antológicos. En su doble sentido. 
Uno, Poemas y otros nidos, se ha publicado en la Editora Regional de Extremadura. El otro, Palabra Naturaleza, en la colección Voces sin Tiempo de la Fundación Ortega Muñoz. 

Poemas y otros nidos
es un libro, sobre todo, bonito. La espléndida a la par que sobria edición va ilustrada con dibujos y pinturas de la propia autora, de su hermano, el pintor Luis Canelo, y de José María Muñoz Reig. Además, hay fotografías de la poeta: dos retratos tirados por Luis Méndez. 
El libro se abre con un preliminar de la moralejana, "¿Pero quién se había inventado todo aquello?". Raro en su bibliografía, parca en noticias autobiográficas ajenas a la propia escritura poética. Antes, una fotografía coloreada de su casa familiar, que fue derruida hace unos años, aunque podamos verla todavía gracias a las fotografías recogidas en el blog Wunderkammer (Cámara de maravillas). En la última imagen de esa serie se la ve a ella escribiendo en "el cuarto de la inspiración", aquel "territorio comanche" donde, con su inseparable hermano y sus amigos, cultivaba la poesía, la música y la pintura. Años 60. Jóvenes "cultos", estudiantes en internados de Madrid (como los Canelo), Salamanca o Cáceres que volvían cada verano para pasar sus "largas vacaciones" en "aquellos lares del norte de la provincia de Cáceres", "junto a la Raya y a tiro de Sierra de Gata". En esa habitación, dice, "hacíamos nido" (téngase en cuenta el título del volumen). "Vivir. Vivirnos. Soñar". 
"Este libro recoge algunas de mis pinturas de aquel tiempo y una selección de poemas escritos posteriormente que rememoran el latido de aquella adolescencia apasionada. Y todo esto visto desde el hoy. No hay trampa en esta reunión, es lo circular de lo sensible en río de escritura y existencia que, junto a unos cuadritos inocentes, ordeno aquí como nueva obra de entrega creadora". Algo, por cierto, que sirve para esta obra y para cualquiera que emprenda Canelo, tan rigurosa y exigente en todos sus empeños. 
En aquel cuarto, Luis pintaba y Pureza escribía. "Hablábamos poco". Al fondo, la música. Serrat y Paco Ibáñez, casi siempre. 
La muestra comienza con "Vámonos a encontrar aquellos árboles nuestros", largo poema escrito entre el verano y el otoño del 70, publicado un año más tarde en Lugar común y dedicado a su querido, cómplice hermano. "Y te digo: / hay que volver, Luis, a lo de antes". "Hay que volver, volver". Allí, "los paseos por Moraleja", "nuestro río del verano". "Tu pincel vive del verano, y mi verso también". (En muchas ocasiones, Canelo ha confesado que casi toda su poesía está escrita durante sus tórridos estíos extremeños.) "Yo no llevo pena por no haber conocido / lo contrario a lo que vivimos", leemos en ese poema esencial. 
Vienen después "Poemas y otros nidos". En la página par, el cuadro o la ilustración correspondiente (por ejemplo, cubiertas de sus libros coloreadas por Muñoz Reig o con dibujos añadidos por ella); en la impar, los poemas. El orden de estos es cronológico y, ya se dijo, seleccionados en función de los recuerdos. Versos centrados en la infancia, el lugar, el verano o el paisaje, pero también en la escritura. La metapoesía, por decirlo más pomposamente. "La creación", término que ella prefiere. El ojo que, a través de la mirada, con asombro, se transforma en palabras con sentido. Eso sí: "No lo olvidéis / a contra moda escribo". "A contra moda vivo". Y: "No muevas el secreto de la poesía". "Ni en sueños salta / el secreto de la poesía. Jamás". 
No, no faltan las alusiones a "Mi oeste". "En el oeste / de mi estirpe".
En el poema final homenajea a su maestro Juan Ramón. Luego, una precisa bibliografía y una amplia nota biográfica abrochan este florilegio que, más que eso, parece un nuevo libro. Ideal para iniciarse en la poesía de Canelo. 

Palabra Naturaleza
, y perdón por la confidencia, surge de una solicitud realizada por Jordi Doce y por mí para que seleccionara poemas de su obra relacionados precisamente con la naturaleza, principio que subyace en la colección que dirigimos para la Fundación Ortega Muñoz. Como acabo de señalar, eso no dio en una antología al uso, sino en un libro que ella incluye como tal en su bibliografía. 
La cubierta reproduce un cuadro casi metafísico de Godofredo Ortega Muñoz. A veces una determinada ilustración puede convertirse en el primer poema de un libro. Esta anticipa un territorio concreto. Al oeste. Porque ese es el paisaje natural y el espiritual, si cabe tal distingo, de Canelo. Una suerte de poética. Moraleja. Extremadura. "En el lugar que más nací". 
En el prólogo, "Aproximación impura" (que no deja de ser un poema más), con una cita suya al frente: "La naturaleza desvela alguna verdad de la poesía pero explica ahora qué es la poesía", escribe: "Y no se sabe si ha sido la Naturaleza quien me ha llevado a la Palabra o esta a la otra. Las dos reinan". Más adelante añade: "Desde mi adolescencia quise a la tierra y a la escritura. Así fue el círculo de existir." Se pregunta: "¿Qué será Palabra Naturaleza?" Y se responde: "Aquí reunidas en aproximación de un núcleo biográfico a otro de la emoción llamada inteligencia. Acercamiento poliédrico a espacios naturales desde estados poéticos en un diálogo, si se diera, incorporando variación de temas y formas en sus inflexiones, debilidades, semejanzas". Y otra pregunta: "¿Qué será Palabra Naturaleza?". Y otra respuesta: "Vaivén en el relieve de lugares y vocablos que acechan. La duda: esta selección unívoca de Palabra Naturaleza anda en la jugada del laberinto al treinta". "La poesía es asunto del cosmos", afirma. Y: "Palabra y Naturaleza reinan por sí mismas. La Naturaleza está ahí y la Palabra hay que buscarla para ella". Después: "Naturaleza y su poder de presencia, Palabra y su constante provocación. Estos textos reunidos les piden respeto y humildad entre ellas". Luego confiesa: "he rendido los pasos temporales en lo telúrico y he cogido del frutero mayor de vocablos. Buscar y volver. Mano y boca. Saciar y no. El deseo de encabalgar la poesía. Aquí o allá. En infierno o cielo". Concluye: "La poesía de creación se mueve de un centro a otro que la hace inagotable buscándola, buscándonos. El verso dice llueve sobre el campo y no está lloviendo, o la naturaleza puede ser noche cerrada y decir mírame en colores sin límite: lo que es circular posibilita el canto y ofrece su mejor ocasión". Una pregunta final: "¿Qué será Palabra Naturaleza?". Y la respuesta definitiva: "Una torre de exigencia quiere alzar lírica y territorio. Fusión de ángeles. En ese afán he jugado cartas, dudas, desolación, estaciones. Os abro la puerta".
El orden de los poemas es también cronológico. Se abre con el mismo poema que Poemas y otros nidos: "Niñez ayer": "Mi primer poema /  lo dediqué al junco, / a la veleta en el horizonte, / a mis perros que ya corrían para alcanzarme / y morder de mi gaviota".
Pronto, "Palabras con Luis": "Veo la tierra / como una inmensa larva. / La tierra gestando / y los mares y el cielo se entretejen / a punto de nacer".
"[Él es un troco sobre el río]" finaliza: "La poética es un nombre (vuelta a empezar) y basta. / Nada creo, pero estos campos quieren revivir / el sábado de frutas / para atender la escritura en su carne".
En "Poema de los ojos distantes" leemos: "La palabra en mi terreno / va encendida de otra manera / a la contemplación que divide sus signos".
Siguen poemas tan significativos como "Maíz", "Estrellas", "Árboles, árboles", "Hojas, hojas"... En "Querido libro": "Pero al Sol, contigo, quiero vivir. Y haré lo que las lavanderas en el río. Frotar la tela con la piedra para tenderla en los juncos que van del puente a la muralla, de la muralla a la huerta, de la huerta a la casa reciente y de la casa al astro que hoy me ordena escribirte, amor". Y en "Su casa" (con el epígrafe "en la dehesa del lago Borbollón"), donde casa se escribe con mayúscula inicial, empieza: "Una Casa / en luz de agua dulce. / La pasión con sus Ojos / limpios de la voz / en el rostro de los años construidos". Y continúa: "Allí Leonor Gutiérrez superior a los sueños / maniobrando con todas las estaciones / de los hijos habidos y por venir. / La distancia es llegar a esa Casa / extremada y mía aunque esté cumplida / de esperarla". Y: "Tórtolas y encinares bebieron / de las aguas donde mi juventud / pulió su instinto para hurgar / en la dehesa o palabra / de un despertar al mundo". Y al final: "en la Casa donde hay un lugar para el mendigo / mi creación, una roca, lumbre, / todo lo que yo he sido hasta llegar aquí". 
Como en el otro libro, selecciona poemas como "Crepúsculo y tú", "Madera" ("Son mis debilidades los fresnos, el olivo, la encina, el alcornoque descorchado") o "Bicicleta". 
"Hable el aire", dedicado a Claudio Rodríguez ("Escribimos poco, Claudio"), es otra composición fundamental. "Escribir estas cosas apenas significa / convencimiento para que yo recupere / la estima de conjugar poesía". "La poesía que sale de esta mano / es babel menor, menor".
Con "Al fin todo desaparece" termina "La tiniebla". En "De la belleza, su vuelta", de nuevo el río: "No me oye. / Un río viene / de una boca en la altura / pasa cerca de la casa / donde escribo y vivo. / No le hago falta".
En "Intemperie 2", leemos: "El encinar, serenamente / no traiciona nunca". Y: "El encinar, ensanche / plaza del ser, / vereda de mí". 
En "Rama al amanecer": "El aire no se serena / nunca. / Quien dijo lo contrario / trazaba afirmación / tal vez perplejo / de todo confín. / En la certeza / soberana / del engaño". 
En "Rama al sol" vibra el verano, su flama: "Al fondo / la planicie / y más tú".
En "La señal", la trilla. Lo rural como mundo perdido que, sin embargo, salva la palabra: "Trilla ya no existe, sí el rescoldo de aquel sol aplastado en el suelo, sobre una madera con guijarros blancos incrustados, gira y gira mi cuerpo adelantándose al pan". Como en "Mundos": "Con parecido afán empecé a escribir en papeles pequeños mal arrancados. Más tarde supe robarlos del despacho del padre. Después no sé qué pasó. Sigo abrasada en ellos". 
Sí, como leemos en "Abandonados", "La poesía se cuela por lugares extraños". "Ahí". 
El primer verso de "Hiedra" (de nuevo la casa familiar): "Lo más nombrado en mi escritura". Más allá de la muerte: "Este breve texto sigue en hiedra. Levanto la cabeza y ahí está salvaje, pausa no existe. Cuando un día esta mano deje su pulso ella seguirá". 
En "[Madre]" (la nombrada Leonor Gutiérrez), "No conozco otoño sin memoria". 
Y más Oeste: "Nombres de pueblos": "Nombres de paraísos no inventados han venido a / visitarme, hermosos han llegado a la boca".
"[Tantas veces]", otro poema clave. Esencial para comprender su libro Retirada: "En la retirada me muevo ya como pez que conoce los secretos de las algas para el ocultamiento y segura desaparición". "De este buscar has llegado a contemplación, contemplación finalísima". 
Y amaneceres y atardeceres. Elementos. En "[Inmensidad]": "La materia, Dios mío, la materia". Y la cal: "Sobre la cal el sol se estampa". "Y la cal en noche, la ceguera como luz. Una y otra son vivir. Noche y día pertenecen a un golpe de cálculo lírico". 
"Naturaleza desolada", una sección en sí misma, reúne poemas inéditos en libro. Cuatro de "Ventana a la muerte", que se publicaron en el número 451 (diciembre de 2018) de Revista de Occidente, y seis de Aire donde estuvo una casa, incluidos en Habitable [Antología poética, 1971-2018], Renacimiento, 2019. Allí leemos: "No es bueno escribir y llorar. Nublas cielo y tierra".
En un momento dado, Pureza Canelo declara: "Lo que dice la poesía, la que manda, y no podemos hacer más". Me parece un verso adecuado para ejemplificar lo que significa esta poesía personalísima y radical, en el mejor sentido. Para ella y para sus lectores. "Mundos de ayer revierten unidos. Es mi única verdad. No se busque otra luz. Ni se mezclen lectores intrusos en una escritura rendida a lumbre: los que dicen la poesía es difícil, no se entiende, según el cerebro de la soberbia y la oquedad de la ignorancia. A esos los quiero fuera de mi vista". Lo dijo en "Mundos". Estamos avisados. 

Poemas y otros nidos
Pureza Canelo
Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2020. 70 páginas.
 
Palabra Naturaleza
Pureza Canelo
Colección Voces sin Tiempo, Fundación Ortega Muñoz, Badajoz, 2020. 97 páginas.

NOTA:  Esta reseña se ha publicado en la revista digital asturiana El Cuaderno.

13.1.21

Larkin dixit

«No: lo que quiero es leer sobre personas que no han hecho nada espectacular, que no son hermosas o afortunadas, que tratan de comportarse con cierta decencia en su limitado campo de acción pero que pueden ver, en efímeros momentos crepusculares, que las llamadas grandes experiencias de la vida van a eludirlos; y quiero leer sobre estas cuestiones representadas no con angustia incurable o lacrimógena autocompasión, sino con firmeza realista e incluso humor […] eso es de hecho lo único que podríamos llamar el tono moral del libro». Philip Larkin, en una carta dirigida a Charles Monteith, editor principal en la editorial Faber and Faber. La traducción es de Ubaldo León Barreto, autor de un interesantísimo artículo publicado en la revista Rialta sobre la correspondencia del poeta inglés, inédita por desgracia en español. 

P. D. Mi amigo César Iglesias me avisa de que La Umbría y la Solana ha publicado en 2020 Cartas a Monica, traducido por Verónica Peña Olmedo y Jorge Osorio González y en edición de Anthony Thwaite. Que conste. 

Nota: La fotografía es de The New Yorker. Rogers / Camera Press / Redux. 

11.1.21

La poesía de Pedro Casariego Córdoba

POEMAS ENCADENADOS
Pedro Casariego Córdoba.
Prólogos de Ángel González y Javier Rodríguez Marcos. Edición de Antón Casariego.
Seix Barral, Barcelona, 2020. 544 páginas. 21.00 €
  
La biografía de Pes Cas Cor, como firmaba, es escasa. No vivió mucho, aunque más vidas que la mayoría. Nació en Madrid en 1955 y en esa ciudad murió, a los 38 años, tras arrojarse a un tren. Sabemos que se casó y tuvo una hija, Julieta, a la que regaló Pernambuco, el elefante blanco, un cuento ilustrado.
Escribió entre 1975 y 1986. Al final, pintó. Quiso ser poeta y dio en “artista”.
Publicó seis libros de poesía: La canción de Van Horne (1977), El hidroavión de K. (1978), La risa de Dios (1978), Maquillaje. Letanía de pómulos y pánicos (1979), La voz de Mallick (1981) y Dra (1986). Sólo tres en vida. En 2003 se reunieron en Poemas encadenados, 1977–1987, el mismo título que mantiene (ya sin fechas de referencia) la reedición conmemorativa de su 65 aniversario, revisada y aumentada, que recoge, además de las obras citadas, un conjunto de “poemas sueltos” que escribió al mismo tiempo que sus tres últimos libros (no pocos dedicados a su madre). Se mantiene el prólogo de Ángel González y se añade uno de Javier Rodríguez Marcos.
Al principio de cada parte del libro, figura un texto de homenaje firmado, en orden de intervención, por Giralt Torrente, Vila–Matas, Loriga, Sanz, Belén Bermejo, Vias Mahou y Gamoneda.
A la concienzuda, humilde labor de su hermano Antón le debemos este bien construido y editado corpus. Sus introducciones son una auténtica, necesaria guía de lectura.
Estamos, sin duda, ante el afán de un raro, que es la forma que tenemos de designar a los que se salen de la norma y componen una obra tan singular como inclasificable. Para algunos, genial.  Llama la atención que poetas tan distintos y distantes como González y Gamoneda sean capaces de coincidir en el elogio. El primero, que fue un crítico excelente, analiza en su prólogo esta poesía, tan “incuestionable” como su “originalidad”, con una lucidez llamativa. “No pudo evitarlo”, concluye, y eso que estaba en contra de la literatura “convencional o institucionalizada” (“No se escribe una obra literaria: se incurre en una obra literaria”, aseveró Casariego). Quiso hacer una que “tradujese directamente y con la mayor fidelidad el mundo interior del «artista secreto»”, “intrigante y misterioso”, más allá de las “servidumbres, normas, artificios y exigencias del «arte»”. “Dejó –añade un conjunto acabado y coherente”. Una obra “insólita y compleja” levantada “en torno a un constante núcleo de obsesiones”. En clave “decididamente confesional”.
Rodríguez Marcos, por su parte, subraya con acierto que son libros con “argumento” (nada de escritura automática) cuyos “ingredientes” (novela negra, películas de serie B, cómic…) erigen un “territorio inquietante” (“belleza vestida de rabia”) que surge “de su propio interior”: el de alguien que “no encaja”.
Estamos ante una poesía “variada” que atiende más a las atmósferas que a los personajes (ladrones, traficantes, aventureros…), entre ellos las mujeres que protagonizan cada uno de sus libros (H., Wataksi, Schneider, Nadezhda…), situada en escenarios exóticos y cosmopolitas (San Francisco, el puerto vietnamita de Haiphong, la inventada y japonesa Ookunohari…) y “lugares cerrados y agobiantes” (una celda, un vagón…).
Escrita desde la extrañeza y la fragilidad (“Nuestras palabras / nos impiden hablar. / Parecía imposible. / Nuestras propias palabras”) y sin gran aparato retórico. Entre el “humor y la gravedad”. Contra la soledad y el tiempo, el peor enemigo (la vejez, la muerte). Como poco, “dura”. Por momentos, “críptica”. Tan exigente para el lector como para el autoexigente autor, ese “otro”. A pesar de que “todo estaba allí para el que lo quisiera ver”, según dijo, como se aprecia, con claridad, en La voz de Mallick  o en los “poemas sueltos”.
Gamoneda sostiene que “carece de sentido definir –poner límites– a la forma o a los significados” de esta poesía.
“Yo tuve un hijo raro”, escribe su padre en el emocionante poema que cierra el volumen. Sí, para quienes le conocieron o le admiran, “su ausencia es inabordable”.

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cultural

9.1.21

Amor, amor, amor, Cecilia mía

Jacobo Cortines (Lebrija, 1946), doctor en Filosofía y Letras, profesor universitario, traductor (de Petrarca), ensayista (ha publicado estudios sobre el Don Juan de Mozart o sobre Itálica famosa y editado la obra de Joaquín Romero Murube), autor del libro de memorias Este sol de la infancia, fundador y director de la revista Separata y, entre otras facetas, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, dirige la colección de poesía Vandalia (Fundación José Manuel Lara) donde han publicado sus últimos libros poetas novísimos como Pere Gimferrer, Guillermo Carnero y César Antonio Molina. Lo digo porque a esa generación literaria pertenece por razones de edad, aunque rara vez salga su nombre a colación en las nóminas más o menos canónicas que los estudiosos sacan a pasear en los manuales de vez en cuando. Para uno, con independencia de su adscripción al, digamos, nomenclátor poético, Cortines es un poeta imprescindible a la hora de efectuar el escrutinio de las voces de la poesía española del siglo XX y lo que va del XXI. No es, cabe precisar, hombre de grupo ni su poesía equiparable a otras. Tan personal su tono y, en consecuencia, su mundo. Poesía que reunió en 2016 bajo el título Pasión y paisaje. Poesía reunida (1974-2016), un rótulo que ya había utilizado en 1983, cuando agrupó sus poemas tempranos, escritos entre 1974 y 1982, en Edicions del Mall, un feliz experimento que conectó la poesía castellana y la catalana y que ahora, separatismo provinciano mediante, nos resulta un experimento lírico más utópico que real. Gracias a ese libro, por cierto, conoció uno sus versos. En la versión definitiva de Pasión y paisaje están Primera entregaCarta de junioConsolaciones Nombre entre nombres.
En la colorida colección de antologías de Renacimiento aparece ahora En el mejor silencio. Poemas amorosos (1994-2020). El prólogo, “Razón de vida”, es de Ignacio F. Garmendia y, tras leerlo, el crítico tiene la desconcertante sensación de que poco o nada se puede añadir a ese exhaustivo estudio introductorio. Intentémoslo, no obstante. 
La inspiración de esta poesía amorosa es conocida. El propio poeta lo proclama: “Era necesario decir el nombre y ya está claramente dicho, sin ocultación ninguna, sin áureos disfraces”, escribió en “Huellas de una creación”, el diario que añadió al final de su poesía reunida. Su musa, sí, se llamaba Cecilia Romero de Solís, Lilí. Falleció en 2018, a los sesenta y ocho. Compartió con Cortines “cuarentaiocho años de mi vida”. Fue “uno de los centros emocionales de su mundo lírico”. Pasión y paisaje lleva al frente esta dedicatoria: “A Cecilia, con la que siempre voy”. 
Con todo detalle, Garmendia va desmenuzando algunos misterios de esta poesía que la tiene por tema. El florilegio se divide en dos partes. La primera, Nardos de noviembre, agrupa poemas en las secciones “Lejos y en la mano”, “Nardos de noviembre”, “Nombre entre nombres” y “Días y trabajos”. La segunda, Pasos de amor, es un tríptico que se da por primera vez completo. Según el prologuista, “uno de los grandes cancioneros de la poesía española contemporánea”. 
Destaca éste que, en lo que a la primera parte del libro compete, “proyectado en la felicidad conyugal, en momentos en los que cualquier forma de aflicción parece lejana o imposible, el sentimiento que une a los enamorados tiene la milagrosa facultad de vencer a la misma muerte”, lo que sucede por desgracia en la segunda. 
Marcados por el clasicismo, cuatro poemas componen “Lejos y en la mano” que empieza con uno del mismo título, que comienza: “Delicada, prudente, generosa”. 
Desde el principio también, la mirada. Celeste, por el color de sus ojos. “La alegría / de saberse mirado en tu mirada”. Allí leemos: “que no llegue / la noche de mi vida sin que sepas / que tu nombre es amor y por él vivo”. Y ahí, como resalta Garmendia, “la sencillez de la expresión, la elegante levedad, la profundidad de la mirada”. Y “ese fondo de melancolía”. Y esa paradójica sensación de “la lejanía del amor teniéndolo tan cerca”. 
“Nardos de noviembre”, un “microcancionero a la manera petarquista” que aglutina diez poemas en endecasílabos blancos (en los que Cortines es especialista), alude a la costumbre de regalar varas de nardos a su mujer el día de su santo, 22 de noviembre. 
Por “este turbio desierto que ahora cruzo” (un verso que me lleva sin querer al memorable de Valente: “Cruzo un desierto y su secreta desolación sin nombre”), “hacia ti voy, amor, para saberme / salvado en tu presencia”. “A ti acudo / cansado de mí mismo” (un guiño juanramoniano). “Pero contigo / el tiempo se transforma y cada instante / es un nuevo misterio”. “En ese amor me miro”, continúa. Porque su mirada es “remedio a todos sus males”, anota Garmendia. Y en homenaje a la Epístola moral a Fabio: “Así los años / se pueblan de países, de ciudades, / de casas, escenarios compartidos / de una misma aventura que no cesa / hasta que el tiempo muera”. 
Otoño y el jardín (Cecilia era única para las plantas y los jardines) se unen en el poema “Nardos de noviembre”. “Nombre entre nardos”, un poema fundamental, narra su historia de amor: “Te conocí en Sevilla una mañana / de intensa luz con fondo de jardines”. “Cuánto misterio, amor, en cada día, / en cada noche que soñamos juntos”. Termina: “Amor, amor, amor, Cecilia mía”. 
El contrapunto lo pone un breve, certero poema de corte epigramático, “Mármol y agua”, “Inscripción para la fuente de Armenta” (el nombre de su calle sevillana): “Que el rumor de esta fuente sea recuerdo / del mucho amor que nos tuvimos siempre. / Que este mármol pregone su firmeza / y el agua lo fugaz de nuestras horas”.
“Nombre entre nombres” es el título de uno de los libros del lebrijano del que rescata sólo un breve, significativo fragmento.
“Días y trabajos” lo es del próximo libro de Cortines. Su salida está prevista para este año. Ya adelantó poemas del mismo en su poesía reunida. Aquí publica “Réplica final”, una extensa composición que es en realidad “una historia”. Su protagonista, “la de los ojos glaucos”. “La más dulce”. Gira en torno al “linaje de las mujeres” “No fue Pandora, ni tampoco Eva, / ni Lulú, ni ninguna de vosotras / el origen del mal entre los hombres”. “Y así nosotros, hombre y mujeres, / inmersos en lo mismo inexplicable”. “Ella [la mujer] nos dio la vida”. “¿Sin la mujer la vida qué sería? / Un internado triste y aburrido”. “¿Y qué, pobre de mí, qué hubiera sido / sin ti, Cecilia, de celestes ojos”.
“Efectivamente, la parte final, Pasos de amor, es la que da el sentido a la recopilación”, ha dicho Cortines. Sentido completo, se podría matizar. Como afirma Garmendia, “se centra en la enfermedad, la muerte y el recuerdo de la amada”. Se trata, según él (algo que comparto) de un “poema cimero”. Extenso, una medida que nuestro poeta tiene bien ensayada. En la línea de Carta de junio Nombre entre nombres. Como “Extraño regreso”, que irá en Días y trabajos.
Cada movimiento incluye “ocho, siete y nueve fragmenta”. El poeta, ante “el mal”, queda “primero inerme y luego desarbolado”, pero consciente “como nunca antes” de la fuerza y la verdad del quevediano amor «más allá de la muerte». Hay un “propósito sin duda catártico que alienta en el poema”, señala Garmendia. Cortines, por su parte, ha declarado en el diario ABC: “«Estos poemas han sido muy dolorosos pero también me han dado mucho consuelo».
Ha habido “una voluntad de transmitir casi en vivo lo que siente y sufre”. “El tú de la amada”, a quien se dirige, es al principio un “presente perpetuo”; luego, un “reciente pasado”. 
Primer “paso”. “Tu presencia / es mi presencia en mí, y no concibo / ninguna otra ajena a la que eres”. 
La muerte, dice explícitamente, “se asomó dolorosamente en tu cabeza / y derramó la sangre en tu cerebro”. Llegaron las consultas, la operación, las entradas y salidas del hospital, los cuidados… “Pero sereno el rostro, / como si hubieras vuelto / de una noche que pudo ser eterna”. 
Después, la casa y el jardín. Sevilla (“La ciudad donde tanto hemos vivido”), el río. Y el mar. “Común encuentro / en playas prolongadas y en el campo”. La naturaleza, que tan bien ha cantado Cortines. 
“Todo eres tú”. “Y sin ti no hay verdad ni hay hermosura”. “Tu presencia reclamo”.
Segundo “paso”. Madrid, desde donde evoca el Nueva York de los recién casados que ellos fueron. Y Córdoba y Sevilla, por fin. Y “el hallazgo del hogar ideal”. Y de nuevo Madrid. Y otra vez el campo y los jardines: “No todo ha de ser siempre sufrimiento”. “Y cuánto dolor en versos que no escribo”.
“No estoy vivo”, sentencia. “Nada ni nadie. Soy sólo un vacío”. “Es ya la despedida”. “Mayo fue el mes que tú elegiste. Desde entonces / razón de mi vivir será cantarte / y que el mundo conozca cuanto amor y belleza / calladamente atesoró tu vida”. 
Tercer “paso”. Ella ya ha muerto. “Pero tú siempre aquí, secretamente”. En la música que escucha, por ejemplo. “Tu voz, mi amor, tu voz es la que escucho / porque amor es tu voz y amor mi escucha”. Pero también: “Eres tiniebla”. “La vida se derrumba / en una soledad sin esperanza”. Aunque, “mientras yo viva vivirás conmigo”. “Si yo vivo, tú vives”. “Tú, mi reina, la más bella de todas las mujeres”. “Ojalá te pudiera ver en sueños”. No, nada “podrán nunca / borrar lo que fue bello y sigue siendo”, por más que en el jardín falte “la luz de tu mirada”. “Aquí, mi amor, te pienso, te vivo y te converso”. “Es el parque de siempre”. ¿El de María Luisa? 
Cortines concluye su doliente canto: “Y aquello que de honesto, bueno y noble / pudiera haber en mí de ti proviene”. 
Regresa al mar. Al Puerto. “Era tu mar de niña”. Ella le dice: “«Sí, yo soy ese mar que llevas dentro / el mismo mar que recorrimos juntos, / el mar donde renazco de ti mismo. / El mar no es el morir, sino otra vida / que has de vivir conmigo mientras vivas». 
Tengo por difícil la poesía amorosa. Muchos piensan lo contrario y así les luce el verso. La serena elegancia de Cortines, su saber hacer (que yo centraría, pongo por caso, en el análisis de su sintaxis), salvan a estos versos de cualquier atisbo de sentimentalismo, el mayor peligro, acaso, de quien pretende cantar al amor más acá y más allá de la muerte. 

En el mejor silencio. Poemas amorosos (1994-2020)
Jacobo Cortines
Prólogo de Ignacio F. Garmendia.
Renacimiento, Sevilla, 2020. 128 páginas. 12 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cuaderno

6.1.21

1.1.21

La poesía de Argüelles

Vicente García escribió en 2008 en la revista Clarín: "Hace veinte años, silenciosamente entraba en escena un poeta importante, a tener en cuenta. Se trataba de José Luis Argüelles (Mieres, 1960). Publicaba un primer libro, Cuelmo de sombras (1988) en la casi secreta colección Versus, del Centro Cultural y Deportivo mierense, que por aquellas fechas dirigía José Manuel Cuesta Abad". Antes, a finales de 1984, José Luis García Martín había dicho en uno de los diálogos apócrifos de "Laurel de Apolo" (publicado en Cuadernos del Norte bajo el título "Joven poesía asturiana"): "José Luis Argüelles me parece el poeta joven que mejor conoce su oficio". Sí, mucho ha llovido desde entonces, más en Asturias, y Argüelles, periodista de La Nueva España y crítico literario del diario asturiano, uno de los más conspicuos representantes de la pujante poesía del Principado, que brilla con luz propia dentro del panorama nacional, como subrayaba hace poco en un artículo sobre nuestra actualidad poética publicado en la revista El Ciervo, Argüelles, decía, ha dado a la imprenta los libros: Pasaje (2008), Las erosiones (2013, Premio de la Crítica de la Asociación de Escritores de Asturias) y Gran desconcierto (2018), los tres en la editorial Trea, donde también apareció, hace una década, Toma de tierra: poetas en lengua asturiana. Antología (1975-2010). Es también aforista (incluido en Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos, de José Ramón González). 
Ya se ve que no estamos ante un poeta torrencial, sino ante alguien que mide muy bien sus distancias, de ahí que sorprenda a sus lectores con la salida de dos libros casi a la vez: Mar sin fin y Protesta y alabanza.
El primero es un cuaderno (el número 32) de la colección Heracles y nosotros, que dirige Juan Ignacio (Nacho) González desde hace treinta años (fundada, por cierto, junto a Jordi Doce), loable empeño por el que acaba de recibir el premio de fomento de la lectura "María Elvira Muñiz", a la que siempre recordará uno con admiración y afecto. 
El segundo, un nuevo libro de poemas que supone un cambio de editorial, que ahora es Impronta, otra casa asturiana con sede en Gijón. 
Empezaré por Protesta y alabanza, que toma su título de un párrafo de Arte poética, III (recogida en Livro sexto), de Sophia de Mello Breyner Andresen, con el que se abre el volumen: "Si frente al esplendor del mundo nos alegramos con pasión, también contra el sufrimiento del mundo nos rebelamos con pasión. Esta lógica es íntima, interior, consecuente y fiel consigo misma, necesaria. El hecho de que estemos hechos de alabanza y protesta atestigua la unidad de nuestra conciencia" (en traducción de Ángel Campos Pámpano).
Desde el primer poema, "Camarada gorrión", la vida debatiéndose entre la resistencia y la fragilidad: "Y de ti aprendo a ser instante breve de una luz / que llega, y pasa, y hace daño, y es hermosa". Este es el tono.
Situado en el "Elogio del horizonte", emblema de la recién nombrada Gijón ("esta ciudad grisácea"), mucho más que una monumental escultura (quien ha estado allí lo sabe), escribe: "Chillida vio lo mismo / que aquellos vigilantes del agua y las mareas, / los arponeros de esta península del tiempo: / un horizonte que nos busca / hasta abrirnos los ojos / con su sed infinita". 
Se repiten en el libro los sonetos (que sigue siendo, cuando se acierta, una estructura lírica perfecta) y los autorretratos, como "Soneto del hombre que camina", un homenaje a Giacometti: "Como tú, ser el hombre que camina". 
Después, Cernuda. Y la guerra: "1936". "Tan solo la fe importa". Y más homenajes donde, al hablar de otros (Ory, Machado, Omar Al-Jayyman, Walt Whitman), el poeta nos habla de sí mismo. Así, cuando dice: "Ama tu alegría / y ama tu tristeza, / escribió el poeta" (Machado) y "La felicidad, / la melancolía... / Ambas son la vida". O: "Son otros los días que tú buscas" (se repite en el poema neoyorkino dedicado a Whitman). Los "que tú anhelas".
En "El viejo y los héroes" leemos: "Yo gané mi vejez, / un silencio sin página, / engañando a la muerte".
Tras una primera parte muy literaria, ya se ve, en la que el lector se impone, en la segunda el yo (temeroso) gana terreno: "Este soy: lo que nunca quise ser". Lo dice en "Soneto que soy", dedicado a Rodrigo Olay, lo que nos permite incidir en las fructíferas relaciones intergeneracionales que se dan en la poesía escrita por asturianos, donde la revista Anáfora (más que eso) actuaría, digamos, como catalizador. 
"Soneto de aniversario" es otro autorretrato: "A los cincuenta y ocho años cumplidos...". "Silencio en la ceniza de mi labio, / hastío en la manchada piel de viejo / y cansancio en los ojos. Eso es todo". 
La noche es un símbolo del libro. Léase "Acústica nocturna". Y siempre el fracaso y el daño: "El tiempo pasó, / traicionándote". 
"Para volver, he vuelto", dice "En la ciudad de la ceniza". Allí, en el poema "Para mirar este día", "La sencillez discreta de una vida / alejada del ruido y sus quimeras". Donde "Ser al fin nada en esta luz perfecta. 
La tercera parte se inicia con "Un gesto": el dolor y el miedo, pero también "la claridad de algunos gestos". Su esperanza. Como la del amor. "Este amor" termina: "El amor que nos damos / y no otro amor cualquiera". Es lo que permanecerá. Como aquella muchacha de la bicicleta roja.
La cuarta parte se abre con "Amanecer": "Los seres y las cosas / que vuelven de la noche / y, en su respiración, / son materia de luz". Porque "la vida es siempre / asombro y lucha". Porque "la vida es tiempo / que apenas dura". 
"Patria" es un bonito homenaje al inolvidable poema de José Emilio Pacheco: "ese niño que nunca te abandona / cuando miras el sol y la mañana". 
"En una plaza" da la medida del libro: "Ni pérdida tan solo / ni tan solo ganancia. / La vida es ambas cosas...". "Y así está bien. Te basta". 
"Protesta y alabanza" es otro poema fundamental, con Hill y Sophia al fondo. Como lo es "El odio a la poesía", extenso, dividido en cinco partes (dedicado a su antiguo editor, Álvaro Díaz Huici), donde Argüelles ensaya una poética a partir de la lectura de Hatred of poetry, el famoso libro de Ben Lerner (por errata, en el libro pone Larner). Aprovecha para citar a algunos maestros: Vallejo, Frost, Szymborska, Bécquer, Claudio Rodríguez, JRJ. "La poesía no es asunto urgente / pero hace tanta falta". 
"Mundo común" es un perfecto final para este libro tan sencillo como impactante. Su carga, sí, es de profundidad. Como la de toda poesía auténtica, la digna de tal nombre.
En un cuestionario redactado a partir de un encuentro de poetas asturianos en la mítica librería Cervantes de Oviedo, Argüelles comentó: "La poesía es siempre una exaltación de la vida, aun cuando su tema central sea el de la muerte, o precisamente por eso". Lo digo porque el segundo libro que voy a reseñar, Mar sin fin, se adapta muy bien a esa afirmación. Tiene que ver con un asunto muy literario (aunque no todos estén a la altura): el de la muerte del padre. Muy literario y, lo que para uno resulta más importante, capital en la vida de cualquiera. No es cuestión de mencionar libros pasados o recientes sobre el tema, pero todos tenemos en mente algunos. Dignos, la inmensa mayoría, sin que falte al menos uno al que catalogar de infame. 
Dieciséis son los poemas que lo componen. Numerados y sin título. Fragmentos de un poema único. 
Al frente, dos epígrafes. De Borges y Costafreda. Debes, se dice en el primero de la serie, "cuidar la intimidad de las palabras / que importan, recogerte en su sonido. // Es la manera  que los muertos tienen / de amarnos, de seguir entre nosotros".
De inmediato el mar cobra protagonismo: "Porque yo vine para hablarte, mar". Más que una mera metáfora. Realidad vivida. Por quien escribe y por su padre, con el que dialoga: "Pero yo vine para hablarte, padre". Un mar concreto: el Cantábrico, en un lugar preciso: Gijón. "Por eso vengo cada tarde aquí", leemos en el poema II (uno de los más logrados), "como si el duelo de mis pasos fuera / otra forma de hablar contra el olvido". 
Anoto algunos versos elocuentes: "Es un cómplice el mar". "Busco una música que nos reúna". "El dolor es costumbre". "Pasa mi vida y las claudicaciones". "La vejez es un pájaro cansado". 
En el poema VIII (qué hermoso), "los lugares del padre": "grúas, minerales, / las metalurgias y los grandes buques, / el fabril horizonte de la rada" (donde se desliza un sutil homenaje a Martínez Sarrión).
"El mar dice verdad y yo la escucho", leemos en el IX, y: "Los poetas fundaron la verdad / del agua. Piensa en Hölderlin, ya loco / en su torre, en el mar de su mirada / al recordar la música perdida". 
Sigo anotando: "No quiero las palabras neutras". "He buscado también tu eternidad". "El premio es madurar, amar la noche". "Mar o enigma".
El poema XV es clave. Concluye: "Hasta ti que eres padre de mi sombra, / cobijo de la oscuridad, frontera". En el último: "Al dolor doy lo suyo. Escucho, así, / la intensidad que dura todavía". 
A favor de la naturalidad, con un ritmo que se acompasa a nuestro oído, Argüelles se dirige a nosotros en voz baja. La suya es una poesía sobria, coherente y honesta. De una lucidez conmovedora. “Pero lo sustancial, / todo aquello que importa de verdad, / llega de pronto y nos guarece / del sin sentido, / de sus grietas cotidianas”. “En realidad, / tan solo cuenta la emoción”. 

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno.