18.9.18

Mil de Visor

Una de las editoriales de poesía más conocida y acreditada de España, la madrileña Visor, publica el número mil de su mítica colección de cubiertas negras. Y lo celebra con una antología que es, además, un homenaje al poeta Antonio Machado, símbolo y ejemplo de tantas cosas, acaso el mejor en español del siglo XX. 
Cada uno de los poemas incluye el verso que nos legó el sevillano a modo de humilde testamento, encontrado en el bolsillo de su chaqueta de exiliado: “Estos días azules y este sol de la infancia”; título, por cierto, del florilegio. Lo explica muy bien el editor, Chus Visor, en su prólogo, que firma, claro está, como Jesús García Sánchez, su verdadero nombre: “Queremos reconocer así no sólo su decisiva influencia literaria a través de los años y desde diversos tonos poéticos, sino también su significación ética, imprescindible una vez más en el mundo que habitamos”. Y añade: “Si hemos conseguido alcanzar el número mil de Visor, ha sido –sin duda y en una parte fundamental– gracias a los poetas”. “Editar poesía es una manera profunda de hacerse cómplice de las ilusiones y desilusiones de los poetas”, concluye. Luego menciona a distribuidores y libreros, cómplices necesarios de esta empresa que, por cierto, está muy bien representada en las librerías de todo el país y en las de Hispanoamérica.
Todo empezó en 1969 con Una temporada en el infierno, de Rimbaud, en traducción e introducción de Gabriel Celaya y prólogo de Jacques Rivière. Por entonces aquello aún se llamaba Alberto Corazón Editor; ilustrador, por lo demás, de las vistosas cubiertas de la primera época. 
Entre las ochenta y cinco piezas que componen esta amplia panorámica de ambas orillas del Atlántico hay de todo: poemas de verdad, la mayoría, y simples versos de ocasión. Poetas, como es lógico, y otros que no lo son (como el académico Francisco Rico o el cantautor Joan Manuel Serrat) o no lo parecen. 
Mis poemas favoritos, sólo eso, son, en orden alfabético (el que usa el editor), los de Gioconda Belli, Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla, Antonio Carvajal, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Deltoro, Vicente Gallego, Juan Antonio González Iglesias, Jon Juaristi, Joan Margarit, Carlos Marzal, Ángeles Mora, Nancy Morejón, Lorenzo Oliván, José Ramón Ripoll, Juan Manuel Roca, Javier Rodríguez Marcos, Ana Rossetti, Eloy Sánchez Rosillo (que se salta la norma del verso machadiano), Jaime Siles, Daisy Zamora y Raúl Zurita.
No faltan entre los nominados representantes de eso que se ha dado en llamar “poesía juvenil”: Marwan y Elvira Sastre. Y ya que lo menciono, confieso que no me he molestado en contar qué proporción de mujeres poetas hay en la muestra (como lector, me guío por los versos, que carecen de género), aunque pronto se conocerá el porcentaje que resulta de tan sensible cómputo. Por lo pronto, no faltan nombres de importantes poetas hispanoamericanas como Ida Vitale o Yolanda Pantin. Ha disfrutado uno con la feliz idea de Visor y con los poemas que de verdad lo son. Haberlos, ya se ha dicho, haylos. Lo demás... mejor se lo dejamos a Juan de Mairena.

Nota: Este artículo se ha publicado en el número doble 22-23 de la revista griega Φρέαρ/Frear.

13.9.18

Carta de Castelo Branco

De nuevo, cinco años después, nos acercamos a Castelo Branco. A., Y. y yo teníamos muchas ganas de volver. Se unió al grupo B., la novia del primero.
Como la última vez, coincidió con el Día de Extremadura. Al fin y al cabo, uno también es de allí. Se puede celebrar a esta tierra desde aquella, quiero decir, porque La Raya no es una  frontera. 
Resultó fácil aparcar en una calle al lado de la Sé Catedral, donde vimos, por cierto, dos bodas en la misma jornada, ambas muy elegantes. Hacía calor y nos dirigimos en busca del fresco, esto es, al Jardim do Paço, más concurrido que otras veces (había una excursión de mayores) pero no por eso menos hermoso. El sonido y la vista del agua de las fuentes, el verde intenso de los setos que dan forma a los sucesivos laberintos, el estanque, la zona alagunada... Motivos suficientes, ya digo, para encontrar el sosiego y la frescura. Para contemplar la belleza.
Como me habían anunciado la prematura llegada de los primeros ejemplares de El cuarto de siroco (detalle de Juan Cerezo, un lujo de editor), no pude por menos que recordar el poema que dediqué a ese sitio (publicado en la revista Turia) y que se incluye, con ligeras variaciones (gracias, Hilario Barrero), en el mencionado libro. 
Fuimos pronto a comer. A un restaurante que ya conocíamos: Retiro do Caçador, a un paso de la catedral. Bacalao de la casa, jabalí (teníamos su cabeza disecada encima), salmón y secreto fueron los platos elegidos. Comida rica y abundante a precios asequibles. Ah, y un trato cordial y exquisito, tan portugués como la cozinha.  
Tomamos luego un café en la terraza de la Hamburgueria da Baixa. Corría por la plaza una mareína agradable.
Fuimos después al Centro de Cultura Contemporânea. Esta era una esperada. Es verdad que desde que abrió no habíamos regresado a la capital de la Beira Baja, ciudad hermanada con Plasencia.
El edificio (del estudio del arquitecto Josep Lluís Mateo), al lado del renovado Cine Teatro Avenida, impresiona por fuera, pero es mejor por dentro. No es un museo, así que no tiene colección permanente sino exposiciones temporales.
Desde 2003 y tras pasar por Lisboa, Gondomar, Ghent y Madrid, el CCCB ha sido el lugar elegido para la última edición de Ilustrarte, Bienal Internacional de Ilustração para a Infância. Este año (al certamen se han presentado casi tres mil ilustradores de 105 países), el ganador ha sido Yuxing Li (de Alemania, vive entre Hamburgo y Essen) y han obtenido menciones especiales el mexicano David Álvarez (su obra en blanco y negro impresiona), la española Cinta Arribas y la portuguesa Carolina Celas. La belga Ingrid Godon, que formaba parte del jurado, tiene su propia muestra y sólo por eso merece la pena visitar ese lugar. Hasta el 7 de octubre están a tiempo. 
Tampoco había abierto sus puertas en nuestra última visita la Casa da Memória da Presença Judaica em Castelo Branco, a dos pasos del Jardim, en Rua das Olarias. Es modesta, sin duda, pero digna. 
A modo de museo y para familiarizarse con la cultura judía, se exponen en la planta baja objetos asociados a la vida, las fiestas y los ritos de quienes practican esa antigua religión tan ligada al libro, algunos muy lujosos, bonitos y elaborados.
Una habitación oscura, cerrada con cortinas negras, recoge unas cuantas imágenes luminosas donde se reproducen grabados de aquellas terribles torturas inquisitoriales. Sirve de transición a la segunda planta, donde se recuerda a las víctimas albicastrenses de la nefasta Inquisición. A la entrada de ese misterioso, inquietante espacio, un cartel recuerda el nombre de las veintiuna personas que fueron ajusticiadas.
Ya arriba, un gran panel de acero nombra a todos los que sufrieron persecución por sus creencias y, más en concreto, las vidas de unos cuantos de esos judíos ilustres nacidos en Castelo Branco, como Amato Lusitano, Maria Gomez o Afonso de Paiva. Al lado, dos coloridos sambenitos recuerdan aquellos duros trances. No hace falta decir que la judería albicastrense fue muy importante. La fundó en 1214 Pedro Alvito. Hay numerosos puntos de información, tanto en rótulos como en pantallas digitales. Se proyecta, además, un vídeo dramatizado. Más allá de las impresiones que esa visita provocó, me pregunté en voz alta al salir por qué en Plasencia -que tuvo, como la rayana de Belmonte, otra judería de renombre- no existe algo semejante. Como se dice ahora, ahí lo dejo. En un buen momento para planteárselo, añado, cuando se conmemora aquí el mes de la cultura judía.
No dejamos de dar un paseo por la arbolada Avenida 1º de Mayo, más vacía que de costumbre, como el resto de la ciudad. Nos explicaron que se celebraba la Baja de Idanha, razón por la cual encontramos por el camino tantos miembros de la Guarda Nacional Republicana. Y ya que lo menciono, qué grato resulta, a pesar de las curvas y de la estrechez de la vía, el viaje desde Monfortinho hasta Castelo Branco, siquiera sea por esos árboles (eucaliptos, plátanos) que flanquean la carretera y la tiñen de nostalgia. Y que la asombran, evitando en parte los rigores estivales. 
A la vuelta, paramos en el hotel Fonte Santa, del recién citado enclave termal, para tomar algo. En una terraza con vistas al jardín y a sus envidiables piscinas, poco después de que cayera una potente tormenta. A la altura de Coria nos pilló otra y otra más a la altura de Montehermoso, de esas que hacen época y que uno ya ni recordaba. Por la autovía, más que circular, navegábamos.

Nota: Las dos primeras fotografías son de mi hijo. De las otras no he encontrado autor en internet. 

10.9.18

Lecturas veraniegas (III)

Otra antología: La poesía del siglo XX en Italia (Visor). De 800 páginas. Su editor, el traductor Emilio Coco, es un viejo conocido de los lectores españoles de poesía. Son muchas sus aportaciones al conocimiento de la lírica italiana (una de las mejores del mundo) en nuestro país. Y las traducciones que ha hecho al italiano de autores españoles. Aquí se ocupa del siglo pasado, sí, y dice continuar la labor realizada por Antonio Colinas en su Antología esencial de la poesía italiana (Austral, Espasa Calpe, 1999) que remite, a su vez, a la para mí inolvidable Poetas italianos contemporáneos (Editora Nacional, 1978).
Incluye poemas de treinta poetas: Giorgio Caproni, Mario Luzi, Margherita Guidacci, Andrea Zanzotto, Giovanni Giudici, Maria Luisa Spaziani, Edoardo Sanguineti, Fernando Bandini, Alda Merini, Giovanni Raboni, Corrado Calabrò, Antonio Porta, Tiziano Rossi, Fabio Doplicher, Silvio Ramat, Dario Bellezza, Giuseppe Conte, Maurizio Cucchi, Vivian Lamarque, Eugenio De Signoribus, Donatella Bisutti, Patrizia Cavalli, Milo De Angelis, Roberto Mussapi, Giancarlo Pontiggia, Claudio Damiani, Valerio Magrelli, Antonella Anedda, Davide Rondoni y Andrea Di Consoli. El primero nació en 1912 y el último en 1976. 
Ha sido un verdadero placer esta lectura, tan demorada como intensa. Ni mucho menos conocía a todos los autores incluidos. O no más allá de algún poema aislado o de una referencia vaga o inconcreta. Que empiece con los versos de dos poetas que estimo, Caproni y Luzi, es todo un acicate para seguir. Y con qué estimables consecuencias. 
De Sanguineti, MeriniCucchi, Magrelli y Anedda, pongo por caso, ya contábamos con amplias traducciones. Y a buen seguro que de otros nombres aquí recogidos. Uno se quedaría, en el capítulo de los descubrimientos, con Giudici ("En mi año trigésimo"), Spaziani, Bandini ("Fueran mis versos"), Ramat, Bellezza ("Leo todavía a los poetas contemporáneos.."), Conte, Lamarque, Cavalli, Damiani, Rondoni y De Consoli.
Conviene, en fin, destacar que la muestra de cada poeta es generosa. No siempre es fácil hacerse una idea cabal de la obra de alguien por lo quede ella se recoge en los florilegios.
De nuevo en verano leo a Ricardo Piglia, sus diarios. Vamos, Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices (Anagrama), el segundo volumen. La pasada temporada, en Conil, le tocó el turno a la primera entrega, Años de formación.
No me han entusiasmado, confieso. O me han gustado menos que los anteriores, mejor. Sólo la que denomina "Serie E" me ha llenado de veras. Las páginas que dedica a sus reflexiones acerca del diario que escribe. Toda una poética. Dije "sólo", pero exagero. Hay mucho más ahí, pero tal vez para alguien a quien le apasione la narrativa, ya sea como lector o como autor (o las dos cosas a la vez). Por ejemplo, cuando se acerca a Pavese, Tolstói o Borges. O a la novela negra o policiaca. O cuando se refiere a su padre. Ah, qué sería de la literatura sin la figura paterna. No, no sobra esta lectura, sobre todo si admiras, como hace al caso, a Piglia. Esta mezcla de pensamiento, memoria y crítica, además del testimonio de los cotidianos pormenores de la vida de un hombre que se esfuerza por llegar a ser escritor. Con sus afanes, frustraciones, perezas y sobresaltos. Amorosos, literarios o políticos. Y esto último, tratándose de un argentino... 
Por cierto, si alguien seguir leyendo al Piglia más genuino, Anagrama acaba de publicar Los casos del comisario Croce, nuevas investigaciones de uno de los protagonistas de su famosa novela Blanco nocturno. Un libro que el autor de Adrogué ya concibió póstumo. 

Nota: La ilustración es de Pablo Gallo: "Lector ensimismado".

8.9.18

Nacionalismo. Simic dixit

"El nacionalismo es una jaula construida por uno mismo en la que los miembros de una familia se pueden arrimar para darse abrigo mutuo en los momentos en los que no le están gruñendo y ladrando a alguien que se encuentra fuera de la jaula. Un pueblo que le enseña los dientes a todo aquel que se acerca es el sueño de los nacionalistas y los fanáticos religiosos de cualquier parte del mundo".

"Tanto el nacionalismo como el comunismo ofrecen la oportunidad de reescribir la historia".

"...detestaba ese otro nacionalismo que exige una fe ciega en los prejuicios, los autoengaños y las paranoias colectivas".

"Lo más exasperante de los nacionalismos es que no se avienen a que son la imagen especular de algún otro nacionalismo y que la mayoría de sus proclamas ya ha sido escuchada en otro sitio y en otras épocas".

Charles Simic. De "Elegía en una telaraña". La vida de las imágenes. Prosa selecta. Vaso Roto, 2017.

5.9.18

Lecturas veraniegas (II)

Perezoso para la novela, diré que he disfrutado mucho con El verano del endocrino (Baile del Sol), del placentino Juan Ramón Santos, un complejo y riguroso experimento narrativo de impronta bayaliana (por lo que tiene de homenaje -a la novela Paradoja del interventor, sobre todo- y de rasgos comunes en su estilo narrativo) que vendría a confirmar la solvencia literaria del autor de El tesoro de la isla.
Según costumbre, este verano he vuelto a otra isla, la Sicilia de Simonetta Agnello Hornby, en concreto a Café amargo (Tusquets), una novela del año pasado pero con voluntad de permanencia, sobre todo por su deliberado carácter histórico. No me ha defraudado la siciliana residente en Londres. Como tampoco decepciona, y me atrevo a generalizar, otro siciliano, Giovanni Verga, todo un clásico, del que la exquisita editorial La Línea del Horizonte publica Historias sicilianas, una obra que reúne relatos de dos libro distintos del autor de Catania: Vida en los campos y Relatos rústicos. La traducción y el prólogo son de Paloma Alonso que señala como "punto en común" de esos cuentos que "reconstruyen el microcosmos de un mundo arcaico". Del conjunto, que te traslada a la Sicilia profunda de finales del XIX, llenos de pasiones trágicas, destacaría "Cavalleria rusticana" (que dio lugar a la famosa ópera de Pietro Mascagni), "Capricho", "Jeli el pastor", "La amante de Malahierba" (con una interesante entradilla en forma epistolar que no deja de ser una suerte de poética), "Malaria" (que muestra la enfermedad y la pobreza de aquella sociedad isleña) o el también muy conocido "Al otro lado del mar", del que el epiloguista, D. H. Lawrence, subraya su carácter autobiográfico, "inspirado en la vida mundana de Nápoles y Mesina y los lugares remotos del sudeste siciliano".
Más al norte nos lleva La alta ruta (Periférica), de Maurice Chappaz, en traducción de Rafael-José Díaz, la que comunica, en los Alpes suizos, Chamonix con Zermatt. Obra de culto, como suele decirse, es más un experimento narrativo, a rachas deliberadamente poético, que un relato al uso, de ahí que haya que ponderar la exigente tarea del traductor que logra trasladar al castellano la experiencia alpina (insisto, más verbal que paisajística, no sólo las memorias de un guía), de este viajero que acabó atrapado entre los valles y las montañas, en lo blanco y lo frío, de su Suiza natal. Por entre su barroca, abigarrada y nerviosa escritura, brillan por momentos breves iluminaciones llenas de sabiduría: "El hombre es el animal que anda en círculos". En su hermosa "Introducción" leemos:
Y me pregunto. 
-¿Qué es la montaña? 
-La nada.

Nota: La ilustración es de Pablo Gallo: "En la cama con Chejov".

2.9.18

Lecturas veraniegas (I)

Varado en Plasencia, a los paseos, las lecturas y los baños en la piscina he dedicado no pocas horas de julio y agosto. En consecuencia, algo ha disminuido la altura de los montoncitos de libros que esperaban el santo advenimiento encima de la mesa grande de la biblioteca. De algunas de esas lecturas quiero dar cuenta aquí. Por breve y sin pretensiones, que el calor no da para circunloquios.
Neorrurales. Antología de poetas de campo (Berenice) es una breve antología de Pedro M. Domene con poemas de poetas de tres generaciones sucesivas vinculados al campo, casi siempre por nacimiento. Ya sabemos la mala prensa que soporta en España, desde los novísimos para acá, la poesía de la naturaleza. Con todo, poco malo se puede decir de los versos de Alejandro López Andrada, Fermín Herrero, Reinaldo Jiménez, Sergio Fernández Salvador, Josep M. Rodríguez, David Hernández Sevillano, Hasier Larretxea y Gonzalo Hermo. Y menos que no sean modernos; de su época, vamos, por muy vacía o alejada que esté el país en el que se inspiran.  Sobre esto reflexionaba, por cierto, Simic en un texto demoledor titulado "Salchichas fritas" (de 1992, incluido en La vida de las imágenes), donde ponía a caldo a los poetas de la naturaleza: "¿Puede haber poesía contemporánea sin una ciudad?". Antes había dicho: "la naturaleza idealizada siempre me ha parecido una suerte de paraíso para tontos".
Además del conciso prólogo (en el que uno echa de menos, por ejemplo, algunos nombres de poetas patrios relacionados con el campo, como Muñoz Rojas), se incluye una poética por autor. Me ha deslumbrado por su lucidez la de Herrero. Se titula "Poética agraria" y empieza: "La poesía y el campo son para mí sinónimos". 
Me han divertido mucho las Sátiras (Hiperión) del mexicano Arturo Dávila, un libro que agrupa tres: Catulinarias (1998), Poemas para ser leídos en el metro (2003) y La cuerda floja (2015). En las "Notas" que aparecen al final del volumen se aprecia que Dávila se ha apoyado para escribirlas en la literatura, tanto al menos como en la vida. Que nacen, quiero decir, de la experiencia cotidiana de vivir pero también de la no menos natural de leer. Y eso sirve para los clásicos latinos y para los del Siglo de Oro, sin olvidar a los modernos (Nicanor Parra y Ernesto Cardenal al fondo). El amor, la economía, lo social, todo cabe en estos epigramas secos y acerados, escritos con desusado rigor, que leemos con una sonrisa en los labios. Aquí puede encontrar el lector alguna muestra.
Ya que lo citaba, el aforismo hispano goza de una auténtica edad de oro. Libros particulares y antologías dan fe de ese brillante momento donde, como cabe al caso y aprovechando la corriente favorable, junto a lo mejor se deslizan muestras de todo lo contrario. No es el caso de Tempo di silencios (Trea), de Fernando Menéndez, poeta de largo recorrido y autor de un puñado de libros de aforismos, cuatro de ellos publicados en la colección que esta ejemplar editorial asturiana ha dedicado al género. Son sentencias, sigamos, muy apegadas a la poesía y como brevísimos poemas a veces se presentan. En este caso, sutilmente compuestos en torno a una forma musical. Más allá de esa compleja elaboración, este lector se queda con las iluminaciones concretas, con las hondas epifanías que cada aforismo en particular suscita. Y con los certeros epígrafes que abren las partes en que el libro se divide, mucho más que meras palabras de este o aquel escritor o filósofo. 
Creo que no había leído nada de Marcos Díez (Santander, 1976), ningún libro al menos, hasta dar con Desguace (Visor), con el que consiguió el premio 'Ciudad de Burgos'. Desde el título y la fotografía de la cubierta, me recordó la poesía de otro santanderino de pro, Alberto Santamaría, por eso me me extrañó encontrarme dentro con un poema dedicado al autor de Yo, chatarra, etcétera; que ganó, por cierto, el mismo premio hace diez años. Pero que nadie se equivoque: Díez tiene una voz propia y eso se nota al leer los genuinos poemas que se agrupan en este libro. Poemas, cabe añadir, de alguien que observa con la debida intensidad aquello que le rodea. De esa mirada perpleja, a la que suma la meditación, obtiene la materia necesaria para ofrecer al lector logradas composiciones que, pues que nos atañen, nos inquietan. Un acierto. 

Nota: La ilustración es del espléndido dibujante y pintor coruñés Pablo Gallo. Se titula "Lector en el parque". Y en de la Coronación, redescubierto por Yolanda y por mí este verano, he leído fragmentos de algunas de las obras comentadas y aun de otras que no, como Las secuencias libres (Pre-Textos), del muy amoroso y apasionado poeta irlandés Peter Sirr.