22.2.19

Recuerdos de Colón

A principios de los noventa, pocos meses después de ganar el premio Loewe, me llamaron desde la Fundación para decirme que el diario El Mundo quería realizar un reportaje para su suplemento dominical en el que aparecerían algunos jóvenes de esos que ahora se llaman emprendedores. De distintas disciplinas, artísticas o no, creo recordar. El caso es que una tarde nos fuimos Yolanda y yo a Madrid, nos subieron a los convocados a la azotea del Círculo de Bellas Artes (y más arriba aún) y nos hicieron unos retratos. Aquello salió semanas después. Por ahí debe andar, perdido en mi desordenado archivo, un ejemplar con ese viejo documento gráfico. 
Al terminar la sesión, Enrique Loewe, que era y es la elegancia y la educación personificadas, nos preguntó si nos apetecía cenar con él. Dicho y hecho. Nos llevó al Club Financiero Génova ("exclusivo para socios e invitados"), en la Plaza de Colón. Al entrar, un señor muy amable me conminó a ponerme la americana que llevaba en el brazo a causa del calor, y una corbata. Por suerte, aunque para las fotos eso fue un inconveniente (no parecía un joven), llevaba una en el bolsillo de mi traje azul marino, modelo BBC (bodas, bautizos, comuniones) con extensión SL (saraos literarios), tal vez la que me regalaron al recoger el premio y que, siendo de seda y muy bonita, en el armario sigue.
Antes de cenar en el lujoso restaurante (uno ha conocido de la mano de don Enrique algunos de los más exquisitos de la capital, como el ya desaparecido Jockey), estuvimos sentados en la terraza que da a Colón. Escuchaba paciente y bondadoso nuestras cuitas (que tanto desentonaban en aquel ambiente); por ejemplo, me acuerdo bien, que uno iba a dejar la carretera (un trasiego diario que ocupó veintitantos años de mi vida), porque iba a trabajar en el Centro de Profesores de Plasencia, algo que nunca llegó a suceder, promesas mediante. 
Si evoco estas historias es porque no pude evitar recordarlas después de ver las imágenes de la última manifestación patriótica de Colón, algunas de ellas tomadas desde edificios y alturas parecidos. Sentado retrospectivamente en aquella terraza, uno se hace, en fin, esta reflexión: cuando más falta hacía que en esta compleja coyuntura los desencantados, antiguos votantes del PSOE tuvieran a mano una derecha liberal y centrada a la que pudiesen, siquiera de momento, confiar su voto, Ciudadanos y el PP se alinean sin complejos con Vox y, en consecuencia, adoptan posiciones de derecha extrema. Es una lástima, sobre todo para los que seguimos buscando, infructuosamente y sin remedio, una "tercera España". ¡País!

19.2.19

Últimos poemas de Mario Míguez

Suele ocurrir. Ocurre. Que de pronto se muere un poeta o le dan un premio importante a otro que aún vive y la invisibilidad (pura paradoja en el primer caso) desaparece y todos hablan de él (o de ella, of course) y pasa a estar en el centro de todas las conversaciones y a ser (en el segundo caso) el invitado a todas las fiestas. ¡Descubierto! Él, sí, pero también su obra, que es lo que interesa. Podría estar ocurriendo ahora, cambio el orden, con Basilio Sánchez, a partir de lo del Loewe, y con Mario Míguez, por culpa de la publicación, en su editorial de toda la vida, Pre-Textos (Manuel Borrás, su editor, contra viento y marea, confió siempre en él), de un libro póstumo que me ha impresionado: Casi es noche.
Como cuenta Vicente Gallego (prologuista y dedicatario), conocí los primeros versos de Míguez (Madrid, 1962) gracias a la mítica revista Poesía, en una antología del novísimo Vicente Molina Foix en la que presentaba a cinco poetas jóvenes, entre ellos, Luis Cremades, Leopoldo Alas y Míguez, que entonces tenía veinte años. Luego éste publicó 23 poemas, Pasos y El cazador (todos en Pre-Textos, ya se dijo). Tras su muerte, en 2017, a causa de una rápida enfermedad, vio la luz La cabeza de Tomás Moro y otros poemas católicos, un libro publicado por Renacimiento con prólogo de José Mateos. El propio Mateos editó en Libros Canto y Cuento la antología Ya nada más y, de nuevo en la mencionada casa sevillana, apareció el año pasado el florilegio Difícil es el alba, en edición de otro de sus amigos, José Cereijo.
Hasta ahora, con todo, no había caído uno en la cuenta, más vale tarde que nunca, de la calidad de su poesía, algo que achaco a varias razones. La primera, porque acaso este libro sea el mejor de los suyos (faltan un par de inéditos), aunque esto puede sonar a excusa de mal lector. La segunda, porque el emotivo prólogo de Gallego anima y orienta su lectura de manera impecable. La tercera, porque el azar tiene estas cosas, juega con estas argucias, y nadie, por listo que se crea y omnisciente que se considere, puede dar cuenta de todo y, en consecuencia, haber leído todos los libros, que diría el conocido vate francés. Lo importante, al fin y al cabo, es haber llegado y ese feliz encuentro justifica esta reflexión, porque la lectura siempre es el fin.
Por lo demás, acaso sea pertinente, a tenor de lo leído, recordar que Míguez se dedicó a acompañar a enfermos terminales como agente pastoral de la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital San Rafael ​de Madrid, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Nunca hizo vida literaria. Quizá la máxima provocación de este hombre pudoroso fue la de ser un auténtico católico. Y no ocultarlo.
Lo que más importa, los poemas, adoptan un tono formal clásico, en el mejor sentido. En buena medida por los endecasílabos blancos o ajustados a la formalidad de la rima en el caso de los sonetos. Endecasílabos de los que Gallego destaca su "soltura y ligereza".
El ritmo es otro elemento indispensable, algo lógico, dirá el lector, si hablamos de metros tradicionales; con todo, la música de Míguez hace cierto aquello que escribió en El ojo que escucha su editor y amigo José Mateos: "A la música se la reconoce por su silencio". Porque "La música humana es una manera emocionante de organizar ese silencio y, al organizarlo, una manera de conseguir que lo escuchemos... a lo lejos".
Me ha llamado la atención el uso que hace de los puntos suspensivos, un signo ortográfico que abunda. Según el DRAE, para "señalar la interrupción de un discurso, para darlo por conocido o sobrentendido, para indicar vacilación o para sugerir un final abierto", que de todo puede haber aquí, y más aún. 
Dios, el amor, la obediencia, la ira, el desconsuelo, el perdón, el dolor y el sufrimiento (leemos en "Nada sabe": "Nada puede saber quien no ha sufrido" y "No hay saber sin dolor, sin sufrimiento..."), la mirada ("en mis ojos coinciden mundo y gloria")... Estos son, entre otros, los asuntos de los que se ocupa esta poesía meditativa y serena que sería demasiado simple calificar de mística. 
Si tuviera que elegir un poema, cosa difícil habiendo tanto y tan bueno donde elegir, me quedaría con "Sum qualis eram". O con el extenso que cierra, virtuosamente, el conjunto: "El insepulto" (en la estela de "Argos"), uno de los más bellos y emocionantes del libro.
Dejo para el final un comentario que tiene y no que ver con esta obra. Me refiero a que Míguez bien podría haber sido incluido en La luz se hizo palabra. Antología de poesía contemporánea judeocristiana en España, una obra que ha editado para O_Lumen el fraile dominico y poeta Antonio Praena y en la que ha reunido a algunos de los muchos poetas (de Pablo García Baena a Gonzalo Gragera) que han expresado en sus versos contenidos o principios de esa tradición religiosa.

Sum qualis eram

Qué mal me amaba yo cuando era joven
pues no sabía aún ser el que yo era.
Cuánto he tardado en aprender a amarme,
en aprender a ser el que fui siempre.
Soy por fin el que ya era, el verdadero,
el que estaba ya en mí desde el principio,
y puedo amaros ahora como me amo
ofreciendo este amor que en mí sentía.
Y todos decís no reconocerme...
No... Es que nunca me habíais conocido.

17.2.19

Entre bastidores

Backstage. 18 entrevistas (y algunas notas) alrededor de la poesía contemporánea, de Mauricio Medo (Lima, 1965), autor de Manicomio y Cuando el destino dejó de ser víspera (Poesía reunida 2005-2015), es el resultado de que un buen día, constatando que "el ego terminó por sepultar la razón de ser de gran parte de las reseñas", Medo se decidiera a pasarse a la entrevista como método de análisis de las obras poéticas. Algunos de esos "ejercicios de reflexión y diálogo" se agrupan aquí, en tres bloques que se corresponden a poetas de diferentes edades o, si se prefiere, de distintas generaciones. Todos pertenecen a una corriente central en la poesía "latinoamericana", el neobrarroco o neobarroso, según el término aplicado por Néstor Perlongher que tanto se cita en la obra. Hablamos de una poesía de estirpe vanguardista. De una "poesía de la dificultad". "Lenguaje sierpe" (Kozer). Contra la poesía "conversacional", digamos. ¿Un maestro? Nicanor Parra, sobre todos. Y César Vallejo. 
La cosa no podía empezar mejor: la conversación con el exiliado cubano y judío José Kozer, uno de los grandes poetas de nuestra lengua. "Vengo de un amalgama de hablas", dice. 
Le siguen poetas como Tamara Kamenszain, Eduardo Milán y Zurita, tal vez el más conocido del grupo. En todas las entrevistas encontrará el lector que lea con lápiz iluminaciones e ideas que subrayar, sea o no practicante de esta tendencia poética. 
En el segundo apartado figuran los nombres de la gallega Chus Pato (con Benito del Pliego y Xiaoxiao, los españoles de un libro donde aparecen dos norteamericanos: Mary Jo Bang y Charles Bernstein), Reynaldo Jiménez, Roger Santiváñez, Rafael Courtoisie, Mario Arteca, León Féliz Batista y Victoria Guerrero. En el tercero, por fin, Jerónimo Pimentel, H. H. Montecinos, Juan José Ródinas, Jorge Posada y el colectivo Ánima Lisa.
Hablé de subrayados. Kamenszain dice que trabaja "escriborroteando". Milán afirma que la poesía es "un acto contra la pobreza", que además de escribirla "hay también que generar un pensamiento poético que no excluya al mundo" y que detesta "a la gente que trafica con el exilio" (yo también).  Zurita, el de "Ni pena ni miedo", dice que se niega a leer "todo aquello que tenga pretensión artística". Pato ratifica que escribir un poema es siempre "una experiencia de lenguaje". Jiménez, por su parte, que escribirla "es ejercer de crítica tocando connnotaciones", que "el poema no necesariamente dice, sino hace" (siguiendo a José Ignacio Padilla) y que "el canon no es la tradición". Recuerda, en fin, que no hay "poeta de valía que no sea a su vez un lector". Santiváñez, como Kozer, siente una "necesidad insaciable de escribir apasionadamente poesía todos los días", una poesía que "crea un mundo aparte, tiene su propia realidad que es la del lenguaje". Courtoisie cree que "la poesía es capaz de deslumbrar al lector". "Ni efusión sensible, ni desborde afectivo". Arteca asume que ésta es "una obra más de ficción", pariente muy fraternal del cine. Batista, toda una declaración de intenciones, menciona a Aníbal Núñez y añade que "ciertamente, no espero que se comprendan ni mi poesía ni mi intención". Declara que ha escrito y vociferado por ahí su aborrecimiento por lo que considera establecido en poesía. "Enajenar la poesía de sí misma la hará permanecer", concluye. Del Pliego, que también cita al poeta salmantino, que está en contra del "todovalismo" y que escribe desde "un cruce de caminos", dice que "el diálogo sobre poesía ya es poesía", que "nada asumido acríticamente tiene interés" y que "la escritura es cosa de palabras". Guerrero constata: "La poesía no sirve para nada, entendiendo esto, pasas al momento en el que la poesía te da todo". Como el resto, Pimentel está contra la "literatura del café con leche" (Tabarovsky). Explica el siglo XX poético a partir de tres "movimientos", los que impulsan las obras de Celan, Vallejo y Pessoa. Montecinos está a favor de "una nueva poesía que no se mueve en términos exclusivamente literarios, que se empalagan y se hacen literatosos". Rodinás se declara a favor de la "estética del fragmento" y alude a "cinco modelos expresivos" en "el panorama de lo contemporáneo". "Latinoamérica es una provincia del mundo", afirma. Posada dice que "leer y mirar blogs me da una velocidad y un vigor especial". Xiaxiao creer que es necesario "rescatar" la obra de poetas mujeres. Para terminar, Santiago y Rodrigo Vera, Luis Alberto Castillo, Daniel Sánchez y Michael Prado, integrantes del colectivo Ánima Lisa, confiesan que "la poesía hace cosas". 
Hay mucho más entre los diálogos y las notas de este libro al que sólo cabe hacer un reproche: la insuficiente corrección ortotipográfica: hay erratas y errores que podrían haberse subsanado antes de imprimir. Nimios detalles al margen, insisto, hay mucho que aprovechar de estas reflexiones poéticas ultramarinas que completan o complementan las que algunos plantean desde esta orilla del mismo idioma.

Backstage. 18 entrevistas (y algunas notas) alrededor de la poesía contemporánea.
Maurizio Medo
Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2017

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 14 de la revista Paraíso

En Badajoz


14.2.19

El "siroco" en Todo Literatura

José Antonio Santano firma esta nueva reseña que aparece publicada en la revista Todo Literatura. Gracias.


La poesía no es otra cosa que una búsqueda constante del “yo” frente al mundo, un instrumento para entender y entendernos. Bucear en nuestro propio “yo” abismándonos en los misterios de la vida, de cuanto amamos y odiamos, del bien y del mal; un continuo indagar el espacio y el tiempo para reconocer o reconocernos en lo que fuimos, somos o desearíamos ser.
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Decía días atrás el poeta Antonio Gamoneda que “la poesía no sirve para nada en una sociedad como la nuestra”, para añadir acto seguido que sí puede, en cambio, “intensificar la conciencia de un modo personal e individualizado, algo muy útil a la hora de enfrentarse con realidades objetivas como los desbarajustes en nuestros días”. 
Se trata, pues, de que la poesía sea ese antídoto contra la tiranía en todos sus estadios. Por esta y muchas razones más la poesía viene a ser una luz deslumbradora que nos precipita sobre el cosmos y nos colma con un cálido e infinito abrazo. De esta manera se nos muestra en “El cuarto del siroco”, última entrega del poeta Álvaro Valverde (Plasencia, 1959). La voz del poeta es en este poemario raíz misma del ser, se adentra en la oscuridad de lo desconocido y resurge como un ciclón devastador de la palabra, esa que revive en cada verso de una manera transgresora a la vez que sencilla. Valverde no se deja amilanar por este viento temible del siroco, su encierro en ese “cuarto” es solo aparente, porque en él se halla y se abarca el universo todo. Contra el siroco, ese viento enfurecido de la existencia, aplica el bálsamo de la poesía, de cada verso en la palabra esencia que lo contiene. La vida late en cada palabra, en un temblor que se reconoce heredero de la más grande tradición poética. Álvaro Valverde nos descubre en cada uno de los poemas que conforman este libro las luces y las sombras del humano existir, de la capacidad del hombre para transformar y transformarse. Ya desde el primero de los poemas “A modo de poética” nos aproxima Valverde a su particular visión del mundo, que a fin de cuentas es poesía, donde el agua, esa que nos sacia la sed, en su transparencia y pureza es como la vida misma: «Como el agua, / que limpia se detiene en esas balsas / formadas por las hojas cuando obstruyen / el frágil discurrir de la corriente. // Como el agua, / que la mano atraviesa confiada / y nunca, sin embargo, toca fondo. / Como el agua, metáfora y verdad. / Sí, como el agua». Con suma sencillez, con la palabra justa y necesaria, nos abre las puertas de su universo poético Álvaro Valverde. Todo es búsqueda y hallazgo en su poética, que responde al devenir de la existencia, del tiempo que se escapa para no volver. Toda inquietud o incertidumbre queda fijada en la mirada del poeta, toda nostalgia o melancolía, toda la belleza y el amor trasciende en este poemario: «Esta palmera, amor, / es más que un árbol: / es el testigo fiel / de lo que fuimos / y el testigo veraz / de lo que somos / y el testigo de aquello / que ya nunca seremos». Humanismo y Naturaleza se muestran como dos grandes pilares de la poética de Valverde, y en esa dicotomía se forma y construye la verdadera esencia, su generosa entrega a los otros, a la vida que discurre a su alrededor y que contiene en las pequeñas cosas el más acertado juicio: «No es un pájaro / al que los ornitólogos / ni los aficionados a las aves / destaquen por su brillo o su belleza… / Sin embargo, su canto, / que se levanta poderoso / antes del alba, / detrás de mi ventana, / como un tenue milagro, / hace del mirlo / la más maravillosa criatura. / Posado sobre el muro, / su trino da sentido a la mañana». Avanza siempre Valverde hacia la luz de lo cotidiano, de aquello que acontece en derredor suyo, observa, medita y florecen en su escritura significados y significantes de tal manera que todo deslumbramiento es posible, que la vida es y está ahí desde aquel niño que fue o su contrario, la vejez («Yo también envejezco / y como él necesito / realidades, no humo»; también los amigos, las mujeres que fueron en su vida («Sí, mas con todo, ellas son la fracción que este hombre precisa para serlo al completo»), los libros («Sólo los libros / me sirven de consuelo / en estos interiores donde habita / la sombra y la penumbra»), la fugacidad del tiempo o la muerte son hilos conductores de su escritura. En definitiva, el hombre como centro del universo, como así queda meridianamente claro en el poema “Aquél”, del que reproducimos estos versos: «AQUÉL que se levanta cada día / y piensa que la muerte se le acerca. / El que triste se afeita distraído / sin más motivación que la costumbre. / Aquél que va al trabajo y que camina / con su turbio pasado a las espaldas… // El hombre que a pesar de todo eso / se resigna o se obstina, mas no cede. / Quien resiste sereno a la intemperie. / Aquél que no consigue / ni darse por vencido». Un libro que nos devuelve la esperanza y la creencia en la poesía, en la más grande poesía actual española, cual es la que representa Álvaro Valverde: «La poesía / que hoy sólo se me antoja / tan sencilla / como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed».

13.2.19

Jaime Siles en EC

Galería de rara antigüedad
Jaime Siles
Visor, Madrid, 2018. 

Jaime Siles (Valencia, 1951) es poeta, filólogo, ensayista, crítico, traductor y catedrático de Filología Clásica de la universidad de su ciudad natal. Su carrera académica ha sido tan exitosa como su trayectoria poética, jalonada con distinciones y premios como los de la Crítica, Ocnos, Loewe, Generación del 27, José Hierro, Ciudad de Torrevieja, Tiflos y, ahora, Gil de Biedma.
Entre sus libros de poesía destacan Génesis de la luz, Biografía sola, Canon, Alegoría, Música de agua, Columnae, Semáforos, semáforos, Himnos tardíos, Pasos en la nieve, Colección de tapices, Actos de habla, Desnudos y acuarelas y Horas extra. Resulta llamativo que aún no haya agrupado sus versos, por más que en 1992 diera a la imprenta Poesía 1969-1990.
Poeta precoz y prolífico, a Siles se le considera, Castellet al margen, un novísimo y, a decir verdad, su poesía incorpora no pocas de las características que se atribuyen a ese grupo; el culturalismo, por ejemplo, mezcla perfecta de vida y arte.
En una entrevista reciente, reconocía que la propia identidad y la relación con el lenguaje “ha sido uno de mis temas favoritos”. “Mi escritura -como mi yo, si es que éste existe- es un producto del Lenguaje”, agregaba. Sí, Siles es un poeta del lenguaje y de ello es buena muestra este libro breve y denso con voluntad de testamento. En el lúcido prólogo afirma que “la vejez carece de futuro”, si bien la Antigüedad Clásica “lo tiene asegurado”. Alude luego al tiempo, una de las claves de esta obra, “un espejo, casi simultáneo, en el que poderse, aunque sea muy pálidamente, percibir”. Añade que “el yo de estas páginas no es un alter ego”. Se refiere después a “las voces que conforman esta plural persona poética”. Las que “objetivan un modo y un mundo de ficción: el mío propio”. Estamos ante un “testimonio” en verso de “fidelidad y amor a la Filología Clásica”. A Grecia. Ante un “homenaje”. Se trata, en suma, de un libro de “ficciones y figuras” que pretende interiorizar la “vivencia de aquel mundo como lo imaginé”. Diecisiete poemas extensos lo componen. En el primero, tiene dieciséis años y lee la Iliada (“Cóncavas naves navegan por mi mente”). Relee a los sesenta y cinco y concluye: “Todo está dicho -muy bien dicho- allí”. “Sólo como ficción el ser perdura”.
Llega después la Odisea y de nuevo la identidad: “¿Me llamo Ulises o me llamo Nadie? ¿Existí alguna vez?”. Y Troya, esa guerra incesante; Mnamón el memorioso y Phoinikastas; Meránides (“La vida está hecha de instantes”); el héroe Belerofonte (otro relato hecho poema, donde leemos: “Todos lleváis -como yo- / escrita vuestra muerte, y es mejor no aplazarla: el tiempo puede ser una dádiva, pero nunca es un don”, y: “el miserable destino de los hombres, que es uno y siempre el mismo / y consiste en morir”, o: “pensamos allí en todo lo vivido / y en lo poco que nos quedaba por vivir”); Antístenes el cínico, al que Caronte desmemorió; Epiménides, que vio Justicia y Verdad; Cínidas y el yo que “es lo único / que hay que olvidar”; sofistas (“verbalizar el universo es el único modo / en que podemos pensarlo y poseerlo”) y filósofos (“la lengua griega / es la única que permite pensar”); la erótica de la belleza, ese misterio; Aristón y las metáforas (vivir lo es, ¿y la muerte?)... La respuesta tal vez esté en “Examen”, que expresa la fe en la transmisión del conocimiento y su posterior continuidad en los jóvenes: “Vida y muerte son un solo y mismo texto. Nosotros lo leemos sin saber para qué”. “Solo somos su pausa”.

Nota: Esta reseña se publicó en El Cultural el pasado viernes 8 de febrero.

SOBRE UN INSTANTE GRIEGO

¿Hay un momento más hermoso y único en la historia
que aquel en que los griegos de la Anábasis, drakuontes,
“con lágrimas en los ojos”, pudieron ver por fin el mar?
Pienso que no, aunque quiero creer que hubo,
hay y habrá otros muchos instantes como aquel.
Esos momentos son los que, con más entusiasmo
y pasión debemos recordar. Aprendemos en ellos tantas cosas:
estuvimos allí antes de tener nosotros existencia y seguimos
y seguiremos estando y asistiendo como testigos siempre
a su mágica y coral intensidad. Lo profundo del tiempo
allí se manifiesta, y la verdad del ser humano se nos da.
En un momento u otro de la vida todos somos partícipes
de su misma alegría y sentimos dentro de nosotros
aquella mágica y coral intensidad que Jenofonte narra.

12.2.19

Manilla lee el "siroco"

El poeta y ensayista Antonio Manilla publica en la revista digital EPICURO una reseña de El cuarto del siroco. Muchas gracias.

La estancia protectora

Explica el autor en las notas finales que este acaso sea su volumen menos unitario. Carece, por ejemplo, de la cohesión espacial que le otorgaba a su anterior poemario la referencia geográfica o de cierto hilo narrativo que engarzaba otros.
Pero en el primer poema de El cuarto del Siroco, como si de un diapasón se tratara, nos da Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) la afinación de todo el libro que le sucede. Se trata de un «A modo de poética» que entona una comparación entre el agua corriente y la poesía, «que, toda, claridad, es espejismo / que revela cercano lo distante». Afirmación, nos parece, que entronca directamente con aquella otra concepción expresada en un título muy anterior, Mecánica terrestre, sobre la escritura «como el espacio en donde se materializa la memoria».
Inmediatamente después, en el segundo texto, el poeta nos expresa su convicción de que estamos en la pérdida, en lo que se fue, en lo inleído y lo olvidado, en lo que aún no hemos visto, y esos versos parecen exponernos de otra manera lo que representaban en Más allá, Tánger, los barcos: «la promesa latente / de una vida distinta».
Vemos en estos dos ejemplos —que no serían los únicos— que la unidad se establece con la propia y ya extensa obra publicada por el extremeño. Se trata de coherencia, de la continuidad que se desprende de un proyecto literario cabalmente concebido y sostenido en el tiempo o, por mejor decirlo, que emana de una voz propia, eso que acaso sea lo más difícil de alcanzar para un poeta. Un timbre que nos hace reconocer cualquier poema como un poema de determinado autor y a la vez nuestro, pues la mejor poesía siempre habla no sólo «para» sino también «por» nosotros.
El título del libro, que se erige como metáfora de la poesía y de la vida, se nos informa que procede de una estancia en la que, según Leonardo Sciascia, las familias patricias sicilianas se refugiaban del temible viento norafricano. Cobijo contra la tormenta o estancia protectora, pues, contra «el triste pensamiento de la muerte», resulta todo lo que nos lleva hacia nosotros mismos: la memoria, un cuadro, la lectura, los viajes, la noche con la presencia de esa luna que emite «la luz de los sueños», el amor o la evocación de esos «ausentes relativos» que son los amigos desaparecidos. O el aroma de azahar y un dulce canto pillados al paso frente a un jardín cerrado en un paseo cotidiano.
La mayoría de estos poemas nuevos de Álvaro Valverde son una lectura «de libros, de personas, de paisajes». Una lectura reflexiva, que se inclina hacia la meditación o «el alma de las cosas». La realidad: no el humo, sino lo esencial, a lo que se accede a través de un despojamiento formal que se aprecia libro a libro. Creemos que no hay nada azaroso en la elección de los asuntos de esta poesía. Cuando nos hablan de parajes, es por algo y él mismo nos lo explica: «el tiempo se nos va / pero el espacio permanece». Si escoge, de entre los actores de la Ilíada, a Aquiles para un monólogo dramático, es al anterior a Troya y no comparece por su condición de inmortal sino por su elección de ser un hombre ante un destino fatal. Cuando el poema se alza sobre la obra de un artista, es un dibujo de la delicada Carmen Laffón o un lienzo del artista danés Hammersøi, pintor de silencio y luz heredero de Vermeer y predecesor de Hopper, o la obra del funcionalista Francisco Juan Barba Corsini. Este último poema, «Tratado de arquitectura», nos da además alguna clave sobre la trastienda del poeta o la génesis de alguna de sus composiciones, pues nace de las declaraciones en una extraordinaria entrevista que le hacía al gerundense Anatxu Zabalbeascoa que recordábamos y es posible encontrar todavía en la red.
Sencillez y transparencia, como la de un vaso de agua o la de algunas canciones populares que traen la voz de los hombres y mujeres que las cantaban, prendidas en su eco, son las características más notorias en los poemas recientes de Álvaro Valverde. Un poeta que equipara la vida a la lectura y a la biblioteca con el refugio más seguro contra el mundo. Que, sostiene, «el hombre que sueña con ser otro», aun en medio de los vendavales de la existencia, pude albergar la esperanza de «que no todo perece, que otra vida es posible».

ASÍ

Así como en el río

vemos plantas y árboles
reflejarse y parece
que sus orillas fueran,
por efecto simétrico,
verde tierra invertida,
en las primeras horas
de este día de julio
la luz, la brisa, el agua
favorecen la idea
de que la vida es dulce,
sereno este vivir
ante el abismo.

11.2.19

Cuatro de Trea

ÁDH por Joaquín Pañeda
Como leemos en su web, Ediciones Trea se fundó en Gijón en 1991. De entonces acá, ha logrado consolidar un prestigioso catálogo con numerosos títulos. Aunque el eje de su proyecto es el ámbito de las Humanidades y las Ciencias Sociales, atienden también a la creación literaria, el arte y la bibliofilia, sin olvidar la cultura alimentaria y gastronómica. Son también los promotores de El Cuaderno, que nació como suplemento cultural de La Voz de Asturias y ahora reside en Internet.
No en vano consiguió en 2014 el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural, según el jurado, por "su trayectoria de veinticinco años con un equipo editorial comprometido con una temática poco tratada como es la gestión cultural (museos, bibliotecas, archivos, historia de la edición, etc.) además de sus otras líneas editoriales”. 
Uno sigue lo más atento que puede sus colecciones de Poesía y Aforismos, que tienen el mismo diseño. Libros de pequeño tamaño, de bolsillo, elegantes y bien hechos, pero grandes de contenido. Y todo, más allá del acierto particular de cada autor, por culpa de una exigente dirección editorial, la de Álvaro Díaz Huici, un gijonés con criterio. 
El año pasado fue finalista del Premio Nacional de Poesía uno de los libros del mencionado catálogo. Me refiero a Incidental, de Eli Tolaretxepi. De entre las últimas entregas, elijo estas cuatro de poesía a costa, bien lo sé, de pecar de injusto. Pido perdón de antemano por ello. 

Gran desconcierto, de José Luis Argüelles (Mieres, 1960), periodista, poeta y aforista, vuelve a Trea para publicar su último libro. Uno, al leerlo, se sintió desconcertado (como él, a lo Fray Luis), pero por su calidad, me apresuro a decir. Se abre con un extenso poemas en tres partes titulado "New York movie" donde la memoria y la visión se hacen presentes en medio de esa mítica ciudad. "Todas las cosas acumulan, / sin remedio, / un exceso de absurdo", dice. Y más adelante: "Imágenes, / fantasmas". Al cabo, "La herida permanece. / Y la falta de sentido". 
En "Pequeños poemas robados", acaso lo mejor del conjunto. Versos que dan cuenta de robos a Goethe, Brecht, Burke, Gramsci, Gil de Biedma ("De vita civili" y España), Homero, Kafka ("pudiste ser feliz en Mariembad"), Thoreau (al que dedica un haiku) y, entre otros, Víctor Botas ("Poética", donde recuerda lo que contestó el desaparecido poeta asturiano a una señora cuando le preguntó, tras una lectura, "por el noble arte de hacer versos": "Es igual que cagar melones"). Y Gijón, en el precioso "A bajamar". "¿Cuánto de infelicidad es necesaria / para que todo siga igual?", se pregunta Argüelles. 
El libro sigue con un poema que a uno le ha llegado especialmente, "Zagajewski en Oviedo", que empieza y termina igual: "Dijo: «La poesía no está de moda. / Paciencia».
En "Poemas y canciones contra el daño" (a veces en prosa), la melancolía y la acidez. Para hablar de la muerte y los muertos, los regresos, la certeza, el enigma... Y la felicidad también, para celebrar el amor: "Dos apuntes en tiempos sombríos". 
"Convalecencia", en fin, cierra el volumen. Otro poema extenso en tres partes, como el primero. La última adopta el modo de las anotaciones de un diario. Antes, la enfermedad, el padre, los hospitales... Y la muerte: "La muerte tiene demasiados nombres / y a todos nos acostumbramos". Sí, "Hablar, hablar, hablar..."

Hierba / Herba respirada es un libro breve del poeta, galerista y dibujante Anxo Pastor (Vilardonas-Ribas do Sil, Lugo, 1959) y la edición es bilingüe, en gallego y castellano. Y de pequeños dibujos con palabras podríamos hablar al referirnos a sus poemas. A estampas, casi siempre campestres, donde la naturaleza cobra un fundamental protagonismo. El paisaje, sí, pero también las personas que lo pueblan. Pastores, monjes, Satie, Holan...
"Nos fuimos / para quedarnos aquí, / como hojas caídas". Son extraños en la extrañeza, como el personaje que da voz al conjunto. "Todos los días viajamos sin rumbo / por desconocidos párpados", leemos.
En la sección dedicada a Tras-os-Montes, los poemas se adelgazan aún más y su delicadeza, esa elegante fragilidad que los caracteriza, se hace aún más patente. Pura sensibilidad.

núcleos de evolución, así con minúscula, como el nombre y los apellidos de la autora, sonsoles hernández barbosa (Vigo, 1981), pero residente en las Islas Baleares. Esto es más que un rasgo tipográfico. Ratifica una voluntad de escribir una poesía en voz baja, cotidiana, sencilla, hecha con pequeños detalles. Menor, sin que ello suponga demérito alguno. Escrita a modo de diario. Formada como historiadora del arte y, ya se dijo, viviendo en una isla mediterránea, era lógico que en sus versos (este es su primer libro, por cierto) primara la mirada, que contempla lo de fuera (el mar, pongo por caso) y lo de dentro (cuanto le sucede y pasa, como el amor). Poesía concisa, despojada, esencial. De la del menos es más, para entendernos: "Un trago de agua / ¿cabe instante más leve?", escribe. O: "nos bebemos el verano a borbotones". ¿Hace falta decir más?

Según la luz, de Melchor López (Tenerife, 1965), podría ser calificado como un libro de viajes, de hecho el subtítulo, "Cuadernos de viaje" no es equívoco. De viajes realizados entre 1993 y 2015. El libro se abre con una cita de la portuguesa Sohia de Mello Breyner, de su poema "Oriente": e outro nasceu de tudo quanto viu. Sí, esa es la principal consecuencia del viaje: que otro nace de todo lo que vio. Y López ha visto mucho. Ha mirado, mejor, con atención, que es lo propio del poeta. Diferentes, numerosos lugares. A pesar de eso y del amplio periodo temporal en que se compusieron estos poemas, estamos ante un libro unido por una misma voz y, por eso, digamos, unitario. Puede, sí, que las versiones finales de las distintas partes también aporten coherencia a esa unidad. Y ya que hablo de partes, diré que los cuadernos son: el marroquí (1993-1994), el inglés (1996), el de la isla de La Gomera (1997), el de la isla del Hierro (1997), el portugués (2007-2008), el de Granada (2010), el de Lisboa (2013), el de las Islas Azores (2015).
Ciudades, ruinas, cementerios, monumentos, etc. van sucediéndose delante de nuestros ojos. Detrás de esas visiones, como es lógico, el poeta reflexiona, cuenta, siente... La curiosidad se alía a la belleza. El detalle al canto. 
Discípulo, como todos los poetas de la revista canaria Paradiso (y de la antología poética del mismo título), de Sánchez Robayna, su poesía es concreta, detallista, sensual, lenta, elegante y precisa. Sus poemas son breves, pero no lo suficiente como para no ser fríos por exceso de contención, elipsis y minimalismo. Evita el aire hermético, que fue parte sustancial de aquella escuela que tanto obtuvo del paisaje marino: océanos, islas, vientos, volcanes, playas... Aquí, sus versos no dejan de ser anotaciones de un diario viajero. Notas a veces en prosa. De un solitario, casi siempre, aunque la presencia de Laura, dedicataria del volumen, sea una constante. 
La vida, en fin, como viaje, la tan gastada metáfora capaz, ya se ve, de seguir dando forma y contenido al misterio poético. 

10.2.19

El siroco en "Cuadernos del Sur"

Esta reseña se publicó ayer en el veterano suplemento "Cuadernos del Sur", del Diario Córdoba. Supe de ella por Antonio Rivero Taravillo, tan amble y atento como siempre. Muy agradecido.

POEMAS QUE SACIAN LA SED

Francisco Onieva

Aparecido en octubre pasado, El cuarto del siroco está recibiendo, desde el mismo momento de su publicación, el aplauso unánime de la crítica. El décimo poemario de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), que ha visto la luz cuatro años después de Más allá, Tánger y de dos antologías de su obra poética, está concebido de modo heterogéneo, como el propio autor reconoce en la «Notas, agradecimientos y dedicatorias»: «los poemas que componen este libro han sido escritos en lo que va de siglo, al mismo tiempo que, por ejemplo, Plasencias o Más allá, Tánger. Poema a poema, cabe precisar. Tal vez sea este mi libro menos unitario. De hecho, la ordenación es, en general, cronológica». Pese al largo período de escritura y reescritura, los setenta y cinco poemas -un número bastante más extenso de lo que suele ser habitual en él- no se resienten y tienen una profunda unidad tonal, de pensamiento y de estilo, conseguida con un lento proceso de sucesivas relecturas y correcciones.
A partir de la imagen de una estancia que, según cuenta Leonardo Sciascia, existía en las casas patricias sicilianas, en la cual las familias se refugiaban de la violencia de este viento procedente del norte de África («Un lugar recogido, a modo de refugio,/en el que cobijarse/del triste pensamiento de la muerte»), el poeta placentino construye toda una metáfora de la poesía y, por qué no, de una poética construida con humildad y honestidad a lo largo de más de tres décadas, desde aquel inaugural Territorio: una poesía reflexiva, nacida de la contemplación, que busca entender el mundo y los desajustes que lo componen, al tiempo que celebra y goza de la belleza, aunque sea efímera, de los pequeños instantes, en los que se revela la dimensión de toda existencia.
Ahora bien, este cuarto no es definido en ningún momento como un espacio cerrado. Aunque es un refugio contra la intemperie, está construido y necesita del afuera para existir, siendo, por tanto, un ámbito múltiple, en el que se funden interior y exterior.
Así, los principales ejes temáticos sobre los que se articula este diario poético, de inevitable tono confesional, en el que los poemas nacen del devenir diario y diverso que conforman el propio ser, son la fugacidad de la vida, la muerte, la melancolía, la memoria, la elegía a algunos amigos muertos -Ángel Campos Pámpano, Santiago Castelo o Fernando Pérez González-, que «nos viven» y conforman parte de nuestras señas de identidad, y la celebración de la existencia, bien sea a través de la visión gozosa de la naturaleza bien a través de la evocación de los paraísos perdidos de la infancia y de la juventud.
El rigor en la construcción y la exigencia de un escritor consciente de su oficio llevan a un discurso depurado tanto en la perspectiva y en la temática como en la arquitectura lingüística y formal de cada poema y del libro. Una magistral muestra de esta sobria contención, lograda mediante una palabra precisa y transparente, que aspira a la sencillez, es el poema «La poesía», donde afirma: «la poesía/que hoy solo se me antoja/tan sencilla/como el gesto de alguien/que da un vaso de agua/a quien padece sed».
Y en ese gesto mínimo radica la esencia de estos poemas honestos que buscan permanecer a través de la precisión y de la sencillez, emocionar al lector y acompañarlo en la construcción de una estancia donde cabe el hombre y lo que lo rodea, que es concebido como un regalo que se debe disfrutar. Poemas que sacian la sed.

9.2.19

2 papelesmínimos

La editorial papelesmínimos sigue, lenta pero segura, ofreciendo a los lectores pequeñas joyas tipográficas. Libros exigentes de autores muy bien escogidos que cuida con esmero su inventor, Imanol Bértolo. 
De dos de sus series, "graphica" y "monos", llegan sus últimas entregas. 
La primera, Los consejos no son un buen sitio para quedarse a vivir, del artista Rosendo Cid (Orense, 1974), mezcla aforismos (por más que, no sin ironía, el hable de "consejos" consejos) y viñetas (realizadas con un BIC azul) que da tanto gusto leer (y pensar) como sencillamente ver (o contemplar). En el enlace que marco hay un buen número de ejemplos.

La segunda, en forma de plaquetteInvasión de Irak, del escritor Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959), consta de un solo poema, una suerte de testimonio con deliberada soltura formal, sobre aquel triste conflicto. Se abre con citas de otro aragonés, Miguel Labordeta ("difuntos relojes de arena"), y El País (20 de marzo de 2003), donde Bush anuncia a la nación el comienzo de la Operación Libertad.
Dos obras para degustar por fuera y por dentro, fruto de la callada, paciente labor de un editor de fuste.

6.2.19

74 haikus inéditos

"Disculpa que te moleste esta mañana de domingo, es sólo para preguntarte si has publicado algún haiku (ortodoxo, 5/7/5). He estado buscando en tus libros que tengo en casa y no he encontrado ninguno. Gracias". Así empezó todo. Es parte de la carta que me escribió, a finales de noviembre del año pasado, el poeta Josep M. Rodríguez. Quería publicar una antología de haikus escritos por poetas que nunca habían escrito uno. O publicado, cabe matizar. El proyecto ya es realidad. Se titula ¿Y si escribieras un haiku? y se publica, con un gusto exquisito, en La Garúa.
No, nunca había intentado escribir un haiku. Bueno, tampoco un soneto. A pesar de que ha sido y es tendencia. Lo del haiku, digo. Ya lo explicó en su día Juan Bonilla: "Un fantasma recorre la poesía española: el del haiku". Lo que no obsta para que los haya leído y admirado desde siempre. Los de verdad, que no son sólo japoneses, ni sólo clásicos, ahí están los de Susana Benet, pongo por caso. Ernesto Hernández Busto acaba de publicar en Pre-Textos Hoguera y abanico. Versiones de Bashō. Como nos explica el traductor, la obra del más célebre poeta japonés "suele identificarse con el género poético llamado haiku, que en esa época aún era el hokku: estrofa inicial de un poema colectivo, que en diecisiete sílabas –o morae– intenta capturar un determinado instante de percepción sin traicionar su simplicidad y belleza. Fue Bashō quien dotó el hokku de autonomía y le otorgó su definitiva consistencia poética".
También muy reciente es el libro Trashumante (Valparaíso), del poeta y traductor (del polaco) Abel Murcia que va enlazando haikus para componer poemas en forma de variaciones que, con la fuerza del impromptu y sin perder de vista las lecciones de la poesía popular, logran una singular gracia. 
Por lo demás, mi amigo Antonio Moreno, que tampoco se había cruzado con el haiku, se encontró... con un libro entero dedicado a ellos. Orlando González Esteva, es uno de los muchos poetas de ultramar que los cultiva. Donde empezó, con el mexicano Juan José Tablada, la aventura occidental de esta feliz estrofa nipona. 
En fin, dicho y hecho. Como dije a Josep que sí (sigo sin aprender a decir que no), aproveché mis paseos a orillas del río (un ameno paisaje digno de Bashō, que definió el haiku como "sencillamente lo que sucede en un lugar y en un momento dado") para inspirarme. Di pronto con tres, que fueron los que remití al antólogo para que eligiera. Lo gracioso es que durante unos días me propuse seguir escribiéndolos. Cada paseo, uno. Hasta que ese estar "al alcance de cualquiera", según el agudo Bonilla, me disuadió de seguir. La facilidad, me dije, es mala consejera. Están en un cuaderno. Ni siquiera los he pasado al ordenador. 
Volviendo a lo que importa, el editor ha logrado resumir en su prólogo, de manera luminosa, de qué va esto. La antología y el haiku. El resto, setenta y tres poemas (más uno, del propio Rodríguez) de otros tantos poetas de uno y otro lado del charco que se estrenan en ese delicado arte oriental que tendría su correspondencia española y flamenca (con rima obligatoria) en la seguidilla. Escritos en cuatro lenguas: castellano, catalán, vasco y gallego. Algunos son excelentes, impropios de principiantes.
Para abrir boca (u ojos), copio aquí, con el tácito permiso de sus autores, los haikus "extremeños" del florilegio. Por orden alfabético, que no es el de la muestra, ordenada por el compilador como si fuera un auténtico libro (donde se incluye, por cierto, una sorpresa final). 


En la ventana
una habitación nueva
me perseguía.

Álex Chico


Bajo la lámpara
dos mujeres se besan.
Luz de Murano.

Isla Correyero


En el camino
todos los pensamientos
son peregrinos.

Javier Rodríguez Marcos


Oro en el agua.
Un fresno se desnuda,
tiembla el azogue.

Ada Salas


Y para terminar, el mío:

Mira esa rama.
El pájaro emboscado
canta en silencio.

4.2.19

"Plasencias" (en cortos)


Este corto forma parte de un proyecto de clase del profesor de Lengua y Literatura del IES 'Gabriel y Galán' Néstor Hervás. Se trata de dar voz e ilustrar con imágenes algunos poemas de Plasencias. Los cortometrajes han sido realizados por alumnos de 4º de la ESO. Este es de Yurem Ruíz López (director), Javier Molano y Mauricio Sánchez. Pero, insisto, hay más. Se pueden ver en Literandos, el blog de la asignatura. Muchas gracias a todos, empezando por el instigador. 

1.2.19

Versos póstumos de García Baena

El colofón de este libro, Claroscuro, que publica (como el anterior, Campos Elíseos) la valencia Pre-Textos (en coedición con la Fundación Gerardo Diego), señala que "se terminó de imprimir el 14 de enero de 2019, primer aniversario de la muerte de Pablo García Baena". Uno de sus editores, José Infante (el otro es Rafael Inglada) ya advierte que se trata del "esbozo de un libro". Como ellos, creo que estos poemas merecían ser conocidos por los lectores de uno de los poetas más importantes del panorama poético en español del siglo XX y fundador del Grupo Cántico de Córdoba (junto a Ricardo Molina, Juan Bernier, Julio Aumente y Mario López), esa sureña joya de nuestra lírica que reinventó para los más el novísimo Guillermo Carnero. 
El orden de los doce poemas que conforman el libro es cronológico. Se nos cuenta que los escribió con paciencia y no pocas dificultades a causa de sus problemas visuales. Se nos recuerda que ya advirtió en su momento que "sólo podía escribir de lo que veía". Se añade que estos versos "son la melancolía de su antigua mirada", que es una hermosa frase que resume su espíritu muy bien. "Con su rigor y precisión, y misterio", se puntualiza, "eligió el término que mejor definía su estado, siempre iluminado, en el que en esa última etapa de su vida, se entregaba a la creación, ese claro-oscuro, entre la luz y la oscuridad en el que vivía".
Algunos de estos poemas aparecieron en su día publicados en revistas o antologías. No por nada, el prólogo está fechado el 29 de junio de 2018, día en el que el poeta andaluz habría cumplido 97 años. 
Por lo demás, el lector habitual de PGB no hallará aquí muchas sorpresas, más allá de la que siempre acompaña a un nuevo poema de un buen poeta. Quiero decir que se mantuvo fiel hasta su último aliento lírico a su concepción de la poesía, barroca por excelencia. Hasta quienes huimos del preciosismo, del lenguaje suntuoso, del lujo y la escenografía nos rendimos ante la matemática exactitud de estos poemas donde brilla el castellano con serena belleza.
Doce poemas breves para evocar el exilio desde las ruinas de Medina Azahara ("Vida es también la soledad y el agua / bajo los arcos, limpia"), a su amigo Julio Aumente, el verano ("Hasta para el que mira, encerrado en sus años,  el verano será el tiempo de la dicha"), la historia, la araucaria (que pintó Leonardo), la tristeza (en forma de bolero), las rosas, al sodomita condenado por el Santo Oficio, el ombú de Benalmádena, la penosa gloria del viejo poeta local, el cinamomo y, por fin, las vísperas; las del poema del mismo título elegido por los editores a propósito para cerrar el delgado volumen. Porque así solía terminar sus últimos libros, con un poema de asunto religioso, algo propio de alguien con una "profunda y singular religiosidad". "Ventris tui... Rogad / ahora que os alaba cada flor, cada ser, / cada estrella que nace ahora y en la hora / de nuestra muerte. Amén".
Una nota biográfica y una bibliografía completan este libro por desgracia póstumo, obra de uno de nuestros más esclarecidos contemporáneos.