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22.9.22

Bautista y Sanmartín

 
EL PESAJE DEL CORAZÓN
 
Amalia Bautista
La Bella Varsovia, Córdoba, 2022. 64 páginas. 11 €
 
Amalia Bautista (Madrid, 1962) es autora, entre otros, de Cárcel de amorCuéntamelo otra vezHilos de seda, Estoy ausentePecados (con Alberto Porlán), Roto Madrid (con fotografías de José del Río Mons) y Falsa pimienta. Reunió su poesía en Tres deseos (2006 y 2010). En 2017 publicó en México La sal en nuestros labios y aquí, en 2019, Floricela, un libro de poesía infantil.
Con una voz bien definida y una trayectoria coherente, esta nueva entrega devuelve al lector su mundo particular, asentado en las pequeñas cosas y los sucesos cotidianos, donde la difícil sencillez de sus versos (léase “Agua”, que da título al libro) y su delicado tono intimista desvelan, desde la perplejidad, esos misterios que toda vida entraña. No en vano los elogió Ana Luísa Amaral, con la que coincide a la hora de elevar a poético lo aparentemente menudo. Unas zapatillas de baile, los quitamiedos, una mariposa o soñar con una rata. “El pesaje del corazón” le habría encantado a la portuguesa.
Hay algo de recuento, acaso por el peso de la edad (“Atado de años”), y bastante melancolía (“Pétalos caídos”) en estos poemas dedicados a su madre donde la infancia aflora (“Pero crecemos y olvidamos cosas, / por lo menos, las cosas importantes”).
En “Eco”, las hijas, sus habitaciones vacías. En “Venus del espejo”, las mujeres; los hombres en “El hombre que camina”. La indignación (lo moral) en “Canto de las espigas”. “Fragmentos” revela una poética. No falta tampoco la alegría. “La terraza” y “El tesoro” dan fe de ello.
La tercera parte incluye poemas de amor. Más allá de “lo razonable”. “Siempre tú”, con quien comparte los cuatro ríos: el del “agua fresca”, el de “la lecha más pura”, el “de vino” y el “de miel”. “Vals de las ciudades” y el memorable “Sursum corda” dan la medida de una poesía hecha de realidades, no de humo, como quería el poeta catalán Joan Vinyoli.


CONCIENCIA DEL ENIGMA
 
Evitar la niebla
Fernando Sanmartín
Papeles Mínimos, Madrid, 2022. 50 páginas. 15 €
 
Además de libros de memorias, de viajes, de relatos, dietarios y novelas, el poeta Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) ha publicado Manual de supervivencia -consejos inútiles-Noches de lluvia en el embarcaderoAntes del hieloInfiel a los disfracesEl llanto de los boxeadoresEl peligro de los círculos e Ir al norte.
Evitar la niebla, que consta de catorce poemas sin título, se abre con citas de Argullol y Modiano, uno de sus maestros, sobre la impresión de errar el camino a diario. Al deber de esperar se refiere la de Nooteboom, al principio de la primera parte y menciona a Aira en el verso inicial porque “dice que somos lo que escribimos”. Lector contumaz e inquieto viajero (“Necesito que no me abandone / lo lejano”), por sus versos pululan numerosos personajes, literarios o no (el rey Juan Carlos “piensa en el monasterio de Yuste”). Y ciudades: Londres, Dublín y, sobre todo, París.
Sanmartín entiende el poema como “este lugar hecho para guarecerme / o conquistar la sed, / la ficción / que refleja / mi última estrategia”. Los protagoniza alguien que es y no es él. Porque yo es siempre otro. Un “desconocido” (“Dentro de mí / tengo una habitación desordenada”) que dialoga habitualmente consigo mismo (la identidad como tema), con una mujer o un médico: “¿Dejará de doler?”. Uno que siente miedo “de lo que no me infunde miedo”.
Suelen ser historias comprimidas, pequeñas narraciones líricas donde menos es más. Escritas con la intención de que parezcan improvisadas, dictadas por la inspiración, veloces y ligeras. Propias de quien se sume en el asombro. Exigen al lector su réplica.

NOTA: Las reseñas de los libros de Amalia Bautista y Fernando Sanmartín se han publicado en EL CULTURAL. 
 

8.6.12

Una novela de Fernando Sanmartín

No sabría decir si ésta es la primera novela de Fernando Sanmartín. Parece que sí. Los editores no destacan ese hecho. Estoy de acuerdo. Al fin y al cabo, el escritor zaragozano no es nuevo en el panorama narrativo y, además, me da la impresión de que clasificar sus libros en un género determinado es imposible: sus dietarios contienen relatos y sus cuentos pudieran ser calificados como poemas en prosa. Sólo sus poesía, señalada como tal, está compuesta por poemas; así, en su penúltimo libro, El llanto de los boxeadores (La Isla de Siltolá). En Te veo triste, sobre todo una novela corta (una nouvelle), esa mezcla es perfecta. Su argumento es sencillo y puede resumirse del siguiente modo: el escritor Luis Sampiero muere y deja a su hija Marta una nota: "Dile a Carmen Cabrera que he muerto". Pero también participa del diario (las anotaciones de Sampiero en sus cuadernos de viaje) y, con las formas delicadas que gasta Sanmartín, de la poesía, aunque nada más lejos de la tópica novela de poeta que este libro. Al revés. Que enganche desde las primeras líneas es buena señal de su carácter eminentemente narrativo. Uno aprovechó el silencio de la mañana de Ferias para leerla de una sentada. Había empezado la tarde anterior con las primeras páginas y nada me apetecía más. Lo hice lápiz en mano, algo poco usual cuando de novela se trata. Y eso porque otro género (con perdón) presente en Te veo triste es el aforístico: el narrador (no está escrita en primera persona) se expresa a veces en un tono sentencioso y dice: "El paso del tiempo es un mendigo cuyo nombre jamás conoceremos" o "Eso es la vida en ocasiones. Un reloj averiado" o "Cada ciudad tiene su diario íntimo" o, pongo por caso, "Somos una consecuencia de lo inesperado". Se podrían espigar muchos más y, ahora que está de moda, ensamblar -tomando sentencias del resto de su obra- un bonito volumen de aforismos.
Otro de los rasgos destacables es el uso de las metáforas, una manía, ya ven, de Sampiero.
Su prosa, marca de la casa, se apoya en la fragilidad, la sugerencia, el velamiento y, más que nada, en la sutileza. De ahí que lo poético no le sea ajeno.
¿Sus temas? El amor (el paternofilial y el otro: Carmen, Juan), la muerte (no en vano ése es el meollo de la novela), los viajes (que nunca faltan en la literatura de FS)...
El clima, muy conseguido, desde el mismo título, es melancólico: "Adicción a la melancolía", dijo Connolly. O triste. Siempre, eso sí, desde la serenidad, por desesperada que sea. Una atmósfera muy adecuada para expresar "desvalimiento", que es lo que siente Marta ante la inesperada muerte de su padre.
También hay reflexión sobre leer y sobre escribir, sobre librerías y bibliotecas, algo natural si tenemos en cuenta que el protagonista era escritor.
Hay palabras clave que se repiten, algunas con cierta frecuencia: búsqueda, pasado, curiosidad, cobijo (o refugio)... Dan pistas fiables al lector quien, por cierto, es tratado con la cortesía orteguiana de la claridad, por más que esta prosa nada tenga que ver con la muy engolada del filósofo.
Porque he leído otros libros de FS, no he podido evitar las comparaciones. No de calidad. Me refiero a las coincidencias: viajes de sus diarios que sirven para la trama. Lugares habituales, como la ventosa Zaragoza (omnipresente, un personaje más), o no tanto: Varsovia, Dublín, Cracovia, Hondarribia -y los barcos-... También hay otros deliberados guiños detectables: la aparición de nombres reales (Antón Castro, Daniel Gascón, Melero, Martínez de Pisón...), pongo por caso. Cuando llevaba uno dándole vueltas a la idea de que el ambiente de la novela y hasta su tono me recordaban al mallorquín José Carlos Llop, Sanmartín lo cita expresamente. Como en los casos anteriores, entiendo que a modo de homenaje. En esta ocasión, doble: por lo que esta novela tiene de modianesco: las listas, los datos, las direcciones, los nombres...
Hay mucho de FS en los contados personajes de Te veo triste. Normal. Con todo, el lector es incapaz de mirar desde fuera la narración y se inmiscuye en ella con todas las consecuencias. Eso me pasó al menos a mí, que sentí un inesperado estremecimiento al leer las últimas líneas, se presintieran o no. Precioso final, sin duda.
Me agradan, y termino, algunas coincidencias con los personajes: el gusto por el té, por los cuadernos con las hojas en blanco (y no cuadriculadas), por los lápices de los hoteles, por la librería Tropismes (en Bruselas, "ciudad bolígrafo", trabaja como traductora Marta Sampiero), que Sampiero regalara a Carmen un libro de Coppola, etc. Eso y que uno también escribe y, además, tiene una hija que, como Marta, un año de estos (eso espero) se ganará la vida con un idioma distinto al materno. Son detalles, sí, pero, como bien sabe Fernando Sanmartín, es importante que otros miren cosas que a uno le interesan.
Ah, qué edición, la de Xordica, tan adecuada al contenido. Me cuesta imaginar este libro en un formato más hermoso y mejor. Una delicia.

17.11.17

De viaje con Fernando Sanmartín

Apenas llega uno de Budapest, donde fui con Sergi Bellver, y emprendo de nuevo viaje hacia otros lugares, esta vez con Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959). Gracias a su libro, publicado por Xordica, Ciudades que se posan como pájaros. Es más que un libro de viajes al uso. Por su voluntad literaria, sobre todo. Su lenguaje, cuente lo que cuente, es el de un poeta que además es narrador.
De la verdad y los espejos hablan las citas que lo abren, de Natalia Ginzburg y Charles Simic. Aquí no se usa la mentira ("escribo por instinto", "para desmaquillarme") y, en efecto, todo es un espejo "si lo miras el tiempo suficiente". Viajar, reconoce, "es una costumbre para mí". Para alejarse (y hasta huir) de "las pistas embarradas por lo cotidiano". Antes ha escrito: "Cualquier ciudad (...) es una afirmación". El libro recoge sus paseos y estancias en Lisboa (con escapada a Oporto), Tánger, Tetuán, Galway y algunas ciudades de Bélgica, como Bruselas, Gante y Amberes.
Además de observar y dar cuenta de lo que visita y ve, el viajero anota en su cuaderno no sólo las impresiones acerca de lo exterior, sino que nos informa, se informa a sí mismo, de lo que le sucede por dentro. Sí, porque todo viaje es interior. No en vano, Sanmartín reconoce que desea conocerse, y que por eso escribe. Hay mucho de diario aquí. O todo. "Pienso que sin viajar -escribe en Lisboa-, a muchos, solo nos quedaría el desamparo". Antes dijo que "viajar es un cubito de hielo que nos asombra cuando lo mordemos para conocer la esencia del frío", una de las muchas iluminaciones que brillan a lo largo del libro. Como cuando leemos "miradas que son conversaciones". O: "pienso que todos, alguna vez, somos un objeto perdido que alguien encuentra".
Tan melancólica como Lisboa es Bélgica, las ciudades de Flandes. Eso por no mencionar la melancolía del viajero, que va con él dondequiera que vaya. En las tierras bajas del plat pays anota: "El viaje es una píldora que resulta preciso tomar". Muy interesante me parece lo que cuenta de su amigo Cristino de Vera, un luminoso pintor de penumbras.
De todos los viajes del viaje (por la vida), el más intenso es el que realiza a Tetuán. Allí estuvo destinado su padre, militar de carrera, muerto prematuramente. En la ciudad africana busca las pocas huellas que dejó. El resto, lo imagina. A eso va también. A completar un sueño que tiene su porción de pesadilla. De paso, se acerca a Tánger. Son pocas páginas las que destina a esa visita, pero a uno le antojan más que suficientes. Allí compra regaliz para Félix Romeo.
"De Irlanda guardo un verano frío". Luego dice: "Debería quedarme en esta isla para escribir como el que levanta un muro de piedra contra el viento". Aparecen los Yeats: Wiliam, el poeta ("cada poema es un vaso de tristeza"), y Jack, el pintor (del que elogia su cuadro "The Liffey Swim"). En Moyra, una tienda de objetos antiguos, escribe: "Los viajes, al cabo del tiempo, también se convierten en piezas de anticuario". Los libros, añade más tarde, "me han ofrecido cobertizos para guarecerme", lo que indefectiblemente me ha llevado hasta mi particular "cuarto del siroco" y al asunto goethiano de las afinidades electivas. Y ya que lo menciono, matizaré que no deja de parecerme curioso que uno, viajero más bien inmóvil, conozca en parte los lugares que Sanmartín describe salvo Tetuán (el pueblo de mi suegra) y Galway, aunque me resulte un sitio familiar porque allí pasó un curso universitario nuestra hija Leticia.
De Sanmartín dijo Melero: "me gusta que tenga ese toque cosmopolita y de viajero culto del XIX". 
Todo al final se resuelve, en lo que a la reseña de este libro compete, con estas palabras: "Y el tono es lo esencial. (...) El tono marca siempre una diferencia". Lo que aquí ocurre. El tono de la mejor literatura. En este caso, conversacional, íntimo, en sordina. Sí, "somos nuestra escritura". Y, cómo no, nuestros viajes. 

28.9.21

Viajero en Nueva York

 

Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) es autor de los libros de poesía Manual de supervivencia -consejos inútiles- (1993), Noches de lluvia en el embarcadero (1994), Antes del hielo (2001), Infiel a los disfraces (2008), El llanto de los boxeadores (2012), El peligro de los círculos (2017) e Ir al norte (2020); de los dietarios Los ojos del domador (1997), Hacia la tormenta (2005) y Heridas causadas por tres rinocerontes (2008); del libro de memorias La infancia y sus cómplices (2002); de las novelas Te veo triste (2012) y Os contaré la verdad (2020); así como de los libro de viajes Apuntes de París (2000), Viajes y novelerías (2004), Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow (2014) y Ciudades que se posan como pájaros (2017). A esta lista se une ahora Días en Nueva York y otras noches. Lo publica Newcastle Ediciones, que, poco a poco, y de la mano del placentino Javier Castro Flórez, ha ido conformando un sugerente catálogo en el que figuran nombres y títulos imprescindibles de la diarística y el memorialismo patrios.
Más de uno pensará que de Nueva York poco más puede decirse. Capital por antonomasia del siglo XX, los atentados del 11-M la convirtieron, a su pesar, también en la del siglo XXI. Sobre ella han escrito numerosos españoles, de Lorca o JRJ a Hierro y de Camba o Pla a Muñoz Molina, por citar sólo a unos cuantos. Los poemas que esa ciudad febril inspiró han dado para rigurosos estudios y antologías, como los libros del profesor Julio Neira: Historia poética de Nueva York en la España contemporánea (Cátedra, 2012) y Geometría y angustia. Poetas españoles en Nueva York (Vandalia, 2012).
Se podría hacer otro tanto, si es que no se ha hecho ya, con los autores en prosa, y ahí incluiría a los narradores, los ensayistas y, como Sanmartín, a los diaristas (García Martín e Hilario Barrero, por ejemplo).
Días en Nueva York y otras noches está escrito (“sin cronómetro”) por “un escritor que recuerda” y que “duda”. Por alguien que defiende que “la escritura es mirar a otros”. Porque “uno es –como dijo Brodsky– aquello que mira”. Por quien, como Argullol, afirma: “lo peor es el turista que no sabe que lo es”. Un hombre “frágil” que escribe “para no olvidar”. Que cree que “escribir es escarbar”.
Sus anotaciones (sin fecha) flotan en “la claridad de lo explicable”. Sus apuntes nos sorprenden porque “viajar nos saca del tiempo y de la rutina”. “En casa –confiesa– soy otro y me enfrento conmigo mismo”. Y: “Yo veo mejor cuando estoy de viaje”.
La primera parte del libro es la que se sitúa en Nueva York, donde vuelve después de veinte años. Antes pasa por Zúrich y Chicago, donde admira una de sus pasiones: la arquitectura. Y los arquitectos: Renzo Piano, Rafael Moneo… Y, claro, los rascacielos. Sanmartín es un viajero culto. Visita con frecuencia bibliotecas y museos y habla de éstos y de las obras que albergan con conocimiento de causa. Eso no significa que escape al destino de cualquier turista: hacer colas interminables y ver cuadros y esculturas rodeado de nubes de excursionistas.
Que es culto se demuestra también porque constantemente hace alusión a otros escritores y a libros que tienen relación con aquello que en ese momento siente o ve. A Simic, pongo por caso, le cita bastante, y no tanto por sus poemas como por sus artículos. O a su paisano Conget, otro escritor en Nueva York. Y a Dylan Thomas, Anne Sexton, Bruce Chatwin, Murakami, Zagajewski, Levrero, Camus, Silvina Ocampo, Nooteboom, etc. Y a pintores (“Yo nunca seré pintor”): Arroyo, Charris, el “monótono” Warhol, Cerdá… He subrayado una frase de éste: “Nada hay más verdadero que el bisonte de Altamira”.
Sus citas, por lo demás, siempre son pertinentes. Obedecen a un motivo concreto y no figuran para su lucimiento personal, como apreciamos con demasiada frecuencia en textos de semejante jaez.
En la segunda parte, titulada “Nada de lamentos”, viajamos con Sanmartín a Bruselas, Lovaina, París (una ciudad que conoce muy bien), Dublín o Jaca (un lugar fundamental en su vida) y alrededores (sur de Francia incluido: Pau u Oloron-Sainte-Marie…).
Me dio un vuelco el corazón al leer unas pocas palabras sobre su breve estancia en el monasterio búlgaro de Rila.
Son “viajes sentimentales, repetidos” (aunque siempre sueña “con ir al Ártico”), donde las anécdotas son elevadas, con la debida naturalidad, a categorías. Y eso sirve para hablar de aviones, helados, relojes, espejos, peceras, fotografías, mariscos, tatuajes, billares y balones, pistolas, playas, navegaciones, batiscafos, restaurantes y menús, maratones, historia, lluvias y tormentas, rostros (“cada rostro es un tendedor de ropa”), etc. De la vida, en suma, que es tanto como decir “de una biografía”. Existencia que “es, en ocasiones, un balón al poste”. “Interpretar la realidad –anota– es algo esencial”.
La emotividad aflora sin remedio. Cuando menciona a su hijo Yorgos (que cumple 18), a Félix Romeo (al que “aún echamos de menos”), al bibliófilo Melero, al periodista Antón Castro o, en fin, al vasco y malogrado bebedor Jabier. Sí, Sanmartín es un solitario con amigos. Y con familia.
No cabe duda de que el que escribe es ante todo un poeta. Cuando dice: “soy un herido al que le gustan los vendajes del silencio”. Algunos párrafos pasarían, en efecto, por poemas, como el segundo de la página 56. Versos que a veces parecen aforismos, o viceversa: “La naturaleza es un revólver que dispara”. “Beber es como tomar analgésicos”. “Viajar es lo mismo que tomarte unas pastillas en un tratamiento médico”
A lo largo del dietario son muchas las observaciones que empiezan “Escribir es…”. Sería curioso reunirlas todas. Formarían una suerte de poema borgeano, a la manera de las enumeraciones caóticas que estudió Spitzer. “Escribir es un tipo de ginebra”. O “jugar al billar”.
Pero no nos equivoquemos: el narrador brilla con la fuerza necesaria y, entre col y col (que, por cierto, tanto detesta), no deja de regalarnos deliciosos relatos. Sabe contar.
Los libros de Sanmartín suelen ser delgados, breves. Éste se adapta perfectamente al pequeño formato de la humilde colección murciana. No por eso carecen de la necesaria enjundia, al revés. Tal vez por aquello de que lo breve si bueno…
En la página 69 leemos: “Yo escribo porque de lo contrario mi vida sería incompleta y me conocería peor”. Cabría añadir, para terminar, otra reflexión que desvela los fundamentos de su escritura: “Quiero escribir mejor para escalar ese muro que es la buena literatura”. En ello está. A punto de hacer cima.
 
Días en Nueva York y otras noches
Fernando Sanmartín
Newcastle Ediciones, Murcia, 2021. 148 páginas. 10 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.

12.4.24

Lecturas

Después de El sueño de los vencejos y Visita de año nuevo, el poeta Antonio Moreno (Alicante, 1964) cierra con Cuatro retratos incompletos su "imprevista trilogía" centrada "en la exploración de los lugares de la memoria personal y familiar". Esta tercera entrega, escrita en 2017 y, por tanto, previa a lo ya publicado, aparece de nuevo en Newcastle Ediciones y da cuenta de la vida de sus cuatro abuelos. Es un libro delicioso (con un breve álbum fotográfico) que reafirma en uno la sensación de que en Moreno hay un prosista emboscado. ¿Será verdad que la mejor prosa la escriben los poetas?

Permanencia, de la guipuzcoana Castillo Suárez (Alsasua, 1976), traducido del euskera por Fernando Rey, y que edita con primor Cuadernos del vigía, es un libro singular. No me extraña que, como subrayan los editores, su autora sea "una de las voces poéticas más consolidadas de la poesía vasca actual". Da fe de una poética tan delicada como potente. Sensibilidad y certeza. Esta mujer, no cabe duda, sabe lo que hace. Y el porqué. ¿Cuánto dura lo efímero?, podría ser la pregunta. Los amores, el sexo ("Follar contigo es viajar a un prado no segado"), las parejas... "Cuando se esclarezca / por qué tememos a quienes amamos,/ habrá llegado el final de la poesía". Sí, puede que este libro sea "el relato imposible de todo lo que cae sin hacer ruido". 

El periodista Fernando del Val (Valladolid 1978) vuelve a la poesía con Ahogados en mercurio, un título inquietante que procede del heterodoxo Houellebecq. Lo publica la Fundación Jorge Guillén en la exquisita colección Maravillas Concretas, tan secreta como todas las suyas. Quince años ha tardado en terminarlo. De "balcón orientado a la decadencia de occidente" habla al referirse a él. Cuenta que fue escrito, en su primer impulso, en Ávila, a la sombra lectora de "San Juan y Santa Teresa". Sin mayúsculas ni signos de puntuación. Prima la condensación de las ideas. "No me gusta nada del presente", confiesa. Sus acerados aforismos, versos naturales de quien proviene de la filosofía, no dejan indiferente a quien lee, misión fundamental en cualquier lectura. Muestran a un hombre y a un mundo sin compasión. Las iluminaciones de un ser tan lúcido como perplejo. "buscaba palabras nuevas / no definiciones / lágrimas deshojadas / astillas de mármol". 

Ariadna G. García reúne en un mismo volumen que publica la Editorial Universidad de Alcalá dos libros unidos por su tono de impronta humanística: Sabiduría de los límites y Línea de flotación, que ya había aparecido en Puerto Rico (prologado por Jamila Medina Ríos) en 2017. Lleva un prólogo de Luis García Montero y la nota de contracubierta es de Jorge Riechmann. Dos buenas pistas. También la cita de Marco Aurelio que lo abre: Condúcete con amor. El segundo recuerda que en su poesía "palabras como biofilia, compasión y amistad se esponjan con calidez". "Escucho y vivo", escribe. Y: "Sigue siendo / posible / lo improbable". Dice que Sabiduría... "supone una incursión en la poesía ecológica y anticapitalista". Que ambos, añade, "presentan un despojamiento retórico que los aproxima a la poesía pura". Uno, en fin, sólo lee en ellos poesía. De la pura experiencia; esto es, apegada a la vida. Muy existencial y del presente. No es poco. En cuanto a la pretensión de que el libro contribuya, "aunque sea un poco", al "cambio de nuestro paradigma cultural", es un asunto que se me escapa. Uno lee, repito, y basta. Versos "protectores" y "solidarios". Con gusto. En especial, los menos ideológicos, en poemas como "Insomnio", "Mar" o "Calabaza".

Impresiona leer los ciento veintiocho títulos que contiene, hasta ahora, el catálogo de la colección La Gruta de las Palabras, que dirige Fernando Sanmartín para las Prensas de la Universidad de Zaragoza. El último, Motel Pandoralibro del inquieto bloguero zaragozano Octavio Gómez Milián, profesor de Matemáticas y coleccionista de tebeos, figuras y vinilos. 
Tal vez sean la pasión y el miedo lo que mejor transmite esta obra veloz y unitaria que transita desconcertado por las calles vacías de una ciudad fantasma y por los pasillos y habitaciones hospitalarias donde su padre, seriamente enfermo, lucha con la muerte. En plena pandemia. "Nada vive hasta que la muerte muere". 

De Brooklyn a Isla Negra. Poemas predilectos (Cuadernos de Humo), titula Javier La Beira su hermoso florilegio, en tanto que objeto libresco, con ilustraciones inéditas de Pérez Estrada y previo encargo del editor Hilario Barrero, que la patrocina junto a la librería Isla Negra. "Antología de poesía malagueña contemporánea", reza en el subtítulo, en homenaje al mítico impresor Ángel Caffarena, que así nombró a la suya en 1960. Este detalle, el del subtítulo, no es baladí. Quiero decir que por mucho que uno se excuse en lo "inconsciente" y "temerario" a la hora de "escoger, de entre los casi infinitos poemas escritos por poetas coetáneos de mi ciudad, un número finito de ellos", los que le "impactaron", sus "predilectos", cuesta asumir que deje fuera de la muestra algunos versos de Álvaro García o de Alfonso Canales. Entre treinta y tres, desconocidos mediante... Veo que José Sarria enumera en su muro de Facebook a muchos olvidados más: Maillard, Romojaro, Villalobos, Aguado... Por encima de este detalle, que sólo puede achacarse a mi propia inconsciencia y a la edad tardía, las mismas debilidades que esgrime La Beira, reconozco la valía de la mayor parte de los poemas recogidos. Los de María Victoria Atencia, Isabel Bono, Aurora Luque o Alfredo Taján, por ejemplo. Imagino que es lo que de verdad importa. Ah, destaco, conviene subrayarlo, la belleza material del cuaderno, que, por suerte, querido Hilario, no es, en rigor, de humo. 

Me gustaría terminar este breve repaso con otro descubrimiento. Perdonen mi ignorancia. El de la pintura sobre metal (casi siempre) del aragonés Ignacio Fortún. La veo a través del magnífico catálogo que con motivo de su exposición Cinco capítulos publica el Vicerrectorado de Cultura y Proyección Social de la Universidad de Zaragoza (que dirige Yolanda Polo) en PUZ. 
Los textos de José Ángel Cilleruelo, Fernando Sanmartín y Desirée Orús, además de los del propio pintor, ayudan a comprender mejor esta obra que aúna misterio y claridad. Figurativa, sí, pero no exenta, ya digo, de "candados", pero de los que "se abren sin ninguna llave. Porque la llave es la mirada", como nos explica en su precioso texto Fernando Sanmartín. 
Me ha llamado especialmente la atención el punto de vista arquitectónico de la obra de Fortún. Y la personal presencia de la naturaleza. De esas visiones (ah, los hombres de espalda) surgió un poema, y ya hacía meses. Muito obrigado.

19.3.14

De Zaragoza

Hay libros que se leen en primera persona. Como éste. Se titula Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow, su autor es el conradiano Fernando Sanmartín y lo publica la ejemplar Xordica. 
Está escrito "por la noche", nos explica en el prólogo, algo que confirma en el último capítulo, concretando que "a partir de las doce". En el mes de julio, unos días antes de un viaje a Finlandia. Ahí mismo nos dice: "Aquí, en estas páginas, hablo de Zaragoza, mi ciudad." "Porque llevo muchas años en ella", precisa. Y, por si no hubiera quedado claro, añade: "Zaragoza es el argumento de estas páginas". Antes ha confesado ("Esto es un libro. También una confesión."): "No entiendo la vida sin la escritura". Y: "yo escribo sobre lo cercano, sobre mí; lo hago sin retóricas." En efecto, lo que uno lee es una conversación de Sanmartín con su ciudad. Intensa, breve ("escribo libros menudos con la sinceridad como única sintaxis"). Habla con ella de su infancia ("De cada uno de nosotros habría que pedir informes periciales acerca de qué niño fuimos") y de la prematura muerte de su padre, militar (qué si no en esa capital de la milicia); de Yorgos, su hijo, tan futbolero, del Real Zaragoza, como él; de los amigos, no pocos escritores y pintores: Romeo, Melero, Cerdá, Castro, Fortún, Grasa, Conget, Marqués, Escuín, Guinda, M. de Pisón...; de fotografía y de fotógrafos ("el fotógrafo es un cronista"); de lugares: bares, edificios, calles, bulevares, restaurantes, etc.; del Ebro ("ese río teósofo y abecedario") y de las piscinas, donde nada (una afición muy zaragozana); de las bicicletas ("con la bicicleta uno puede llegar a la subjetividad"); de la burguesía y de las niñas burguesas (siempre tan guapas, que huelen tan bien); de las Fantas y las terrazas situadas en veraniegas plazas incandescentes...
Se considera "un geógrafo que toma notas". Cree que "la ciudad es un libro antiguo". También que "Todos hemos sido algo que ya no somos. Y eso mismo le sucede a una ciudad." O que "Todos hemos dejado de ser algo. Todos."
El aforismo y, digamos, la greguería ("El bingo es un guion de Buster Keaton") se entremezclan con el relato autobiográfico. Por encima de todo uno aprecia iluminaciones, epifanías.
Hay mucho humor. También ironía. En el mismo tono sereno, elegante que Sanmartín gasta para todo. "Pues el hombre es el idioma. Lo dijo Umbral." Y recuerda: "Se escribe porque la vida es hostil." O en otro sitio: "Llorar por dentro es lo peor que puede suceder."
J. L. Melero y F. S., por Lara Albuixech
Las setenta y dos páginas de este libro son un auténtico "chaparrón de literatura" que a algunos nos empapa con dulzura el alma. Más allá, se establece un comprensible el dilema entre huir o quedarse. "Tuve argumentos para irme. Pero me quedé", puntualiza. 
Está en Sitges, el barrio marítimo de Zaragoza, y escribe: "si no pudiera volver a mi ciudad el dolor me volvería loco". Y en la página siguiente: "Escribir de la ciudad donde uno vive puede ser una confidencia, aunque algunos digan que es una gilipollez, una vulgaridad o una mezcla de las dos". Algo que no puedo leer, y perdonen la intromisión, sino en clave personal.
Ya lo dijo Cavafis en un verso que es la cita que abre estas Notas: "La ciudad te espera siempre."
En un momento dado, y a propósito de Antón Castro, leemos: "siempre supe que su prosa y sus poemas son un refugio". Piensa uno lo mismo de los libros sustanciosos, sobrios y verdaderos de Fernando Sanmartín, tan emocionantes, ay, tan vitales. 

2.10.24

Nuevos poemas de Fernando Sanmartín



El poeta Fernando Sanmartín vuelve a la carga. Y lo hace como suele: en una colección exquisita y minoritaria (qué verdadera poesía no lo es), por breve (esto es una plaquette y no un libro), con la misma sutileza y elegancia que destilan sus versos. 
Archivo fotográfico es la quinta entrega de la colección Cuadernos del Mirador y fue impresa, cosida y encuadernada sobre papel verjurado crema el pasado 24 de julio en la ciudad jiennense y muy literaria de Úbeda; el mismo día, como reza en el colofón, pero de 1967, que Paul Celan leyó poemas en la Universidad de Friburgo delante, entre otros, del filósofo Martin Heidegger. 
Tengo en mis manos el ejemplar número 8 de una tirada no venal de 30 y viene firmado por su autor. La edición es preciosa. El diseño y su cuidado, justo es decirlo, corresponden a Francisco Sánchez Bellón y la viñeta de la cubierta es obra del pintor Pepe Cerdá. 
Sus páginas parecen, al abrirlo, metidas en un sobre gracias a la ingeniosa doblez de las solapas. Una joya para cualquier bibliófilo (su amigo Melero, por ejemplo) y, después de leerlo, para cualquier amante de la poesía. 
Al frente, una cita del poeta portugués Jorge de Sena: ... la orilla no pertenece al río.
El título no da lugar a equívocos. Ni el barco de la portada. De postales o estampas hablaría uno por aquello de que cada poema -son ocho en total- viaja, digamos, a un lugar. El primero sitúa la acción en Nueva York: "Perderse, a veces, / puede ser como lavar una herida". 
Desde el principio, Sanmartín es capaz de mezclar realidad e imaginación a base de comparaciones y metáforas sorprendentes. A uno le recuerda vagamente a Simic, otro explorador del misterio que se esconde ante nuestros ojos, en plena cotidianidad. Algo que desconcierta, no cabe duda. Un tono surrealizante, digamos, pero que no cae en el sinsentido, la boutade o el absurdo. Nada ortodoxo. Más que un mero juego. No en vano ha afirmado que "el surrealismo es un camino que en algún momento conviene tomar. (...) Me doy cuenta, y lo han dicho otros, que el surrealismo te adentra en una atmósfera de libertad que vale la pena". 
Si la poesía fuera un circo, entendido en su sentido más genuino y favorable (como el del Sol, que vi hace unos días en Sevilla), este hombre sería uno de sus mejores saltimbanquis.
En el segundo viajamos a Estambul. Pero no para hablar de esa ciudad o pasearla o describirla, sino para contar, en este caso, una situación que podría haber sucedido acaso en cualquier parte. 
(A rachas, el diarista y el narrador se cuelan en la escena de estos versos para ahondar con sigilo en el secreto.)
El tercero está dedicado a un lugar poético por excelencia: el silencio. "El silencio es feo / cuando llora la sal". El silencio / es un suburbio / en el que muchachos terribles / tiran piedras / a un oso ciego". "El silencio es lo repetido, / la oración de los sótanos, / el testamento último".
El cuarto, una enumeración borgeana (mejor que caótica, porque al fin y al cabo ésta tiene sentido). A partir de "Quiero ser...", "Quiero ir..." y "Quiero que...". Jonás, Miguel Strogoff, Mallarmé, linterna en la noche. A la tumba de Pedro de Osma, a la isla de Elba. "Quiero que la tristeza se convierta en un viejo caballo". 
El quinto nos traslada a una tarde de lluvia en Turín donde dice que no sabe "ahuyentar / lo inacabado". 
De nuevo las repeticiones en el sexto, sobre la base de "Desconozco si Hamlet...". Si "aspiró / a ser confuso", si "iba en taxi / hasta Brooklyn / para llenar de ceniza / el rumbo de sus brújulas", si en él "vivía un hombre tímido" o "se asomó / a Faulkner".
En el séptimo poema, el más emotivo, "está mi padre". Y su muerte cuando el poeta contaba trece años. "Soy una pintura negra de Goya". Un poema donde "no hay ruido / y sí mucha intemperie / porque la memoria es un idioma / que me produce insomnio". 
El octavo y último, muy breve, repite dos veces "Es hora / de". "Busco mi nombre / para desvestirme", concluye. 
"Un poema exige, a veces, mostrar con pocas palabras, lejos de cualquier envoltura, lo que se ha vivido", ha dicho Sanmartín, y no es mala poética.
Doy por hecho que estos poemas formarán parte de un libro futuro y que más de treinta lectores podrán disfrutarlos. Paciencia. 

11.3.12

Elogio de la lentitud

El viernes, al llegar del largo y caluroso paseo, me encontré con un libro. En mis manos, la preciosa edición de Hacia la tormenta, de Fernando Sanmartín, publicado por Xordica en 2005. Tenía muchas ganas de leer, ya lo dije, los diarios del autor zaragozano, amigo de mi amigo Elías Moro, que tiene mucho que ver con la sorpresa, así que tan contento.
Los que se dedican a la enseñanza saben bien cómo se llega al fin de semana y lo bien que sienta la tarde del viernes. Me di una ducha, me senté y empecé a ojear el ejemplar por dentro y por fuera. No me gusta mezclar lecturas y tenía otra entre manos. Al momento, iba Hacia la tormenta con todas las consecuencias. Casi al final, por un comentario acerca de los escritores y el alcohol, al bebedor que no soy ni nunca he sido le dio por pensar que me había bebido el libro como algún amigo degusta un whisky o un gin tonic en el salón de su casa al atardecer, serenamente. No me resultaba difícil adivinar que esa lectura no iba a defraudarme. Tampoco que me iba a resultar tan gratificante. Misterios de la literatura.
Sin alharacas, sin pedantería, sin ensañamiento, sin egotismo, con una prosa jugosa, elegante y eficaz no carente de ironía; una prosa de la mejor estirpe, de ahí su regusto a clásica, alguien de Zaragoza nos habla de sus lecturas, de sus viajes, de su modesta vida literaria, de sus amigos... Digo lo de Zaragoza porque Sanmartín y esa ciudad -él mismo lo declara: "formo parte de ella"- son inseparables, lo que me lleva a expresar mi sana envidia, insana siempre, de que allí convivan, y en la mejor armonía, tantos y tan buenos escritores de apellidos breves (una casualidad) que no nombro -salvo al inolvidable Romeo- para evitar omisiones u olvidos, algunos de los cuales -los citados "amigos"- pululan por estas páginas donde FS busca "cobijo".  
Otro personaje central es su hijo Yorgos (como Seferis), que nace cuando lo está escribiendo (entre 1997 y 2002). Y "ella" (¿Mar?), tan difuminada como presente. Y, junto a ellos, la villa de Lekeitio, y otro mar: el mismo de todos los veranos.
Dije viajes y no son pocos los que hace este hombre. Con él nos acercamos a París y a Londres, pero también a Berlín, Bratislava, Siria o el Sahara. También de esos lugares habla lo justo, quizás porque, como dice en la primera entrada de su diario: "Una de las cosas que más admiro en literatura es el silencio". Y sigue: "Admirable compostura la de quienes utilizan el silencio como ropaje, como geometría". Es parte del tono de este breve libro sutil e inteligente que siempre dice más de lo que parece. Y es que Sanmartín tiene la gracia de acertar con los detalles, de trascender la cotidianeidad con la anilla de la literatura. Poco importa que hable de una linterna, una paloma o la fotografía de un buzo. Será porque le gusta mirar: "Mirar. Como una búsqueda".
FS podría hacer suya la definición de Tomeo -otro de la panda aragonesa-, eso de que "escribir es como abrir una ventana y ver el paisaje y contárselo a los que no están asomados contigo". Como previsible, no sé por qué, era su encuentro con Sánchez Ostiz (otro diarista imprescindible) al que define como "afiliado al entusiasmo, a la sinceridad, al aguante", algo que acaso Sanmartín también podría adjudicarse. Como eso otro que comenta a propósito del pintor Ignacio Fortún: "directo, sin retórica, sin trucos". Y uno escribe como es. 
A pesar de la aludida brevedad -marca de la casa-, Hacia la tormenta tiene una segunda parte: "Otro viaje, otro argumento (2002)" dedicada a la experiencia de convivir con un cuadro de grandes proporciones del citado Fortún que se llevó a casa después de que el pintor le pidiera un texto para el catálogo de su próxima exposición.
En este libro de perfiles y detalles no está de más, en fin, fijarse en algunas menciones: la de Modiano, por ejemplo, de quien compra, en Estrasburgo, Le petite bijou, porque "en las novelas de este autor uno encuentra personas que son reos de su pasado. Algo que me resulta demasiado próximo". Son datos que sirven para que uno fije su nombre en esa noble lista de diaristas españoles que tantas satisfacciones dan a los lectores del presente y tanto juego darán a los estudiosos del futuro.
Uno se queda, el libro ya cerrado, con ganas de más. Y recuerda lo que Sanmartín escribió en la página 38: "Pero es el azar, a veces, quien coloca en nuestras manos los libros cuando le apetece". ¡Bendito azar!

29.11.20

Una lista

A Llop -confiesa en su último libro de conversaciones- le gustan las listas. Como a Bonet y a Modiano, por mencionar a dos autores de su misma estirpe literaria. A uno, las de libros (que están de moda, no sé si porque ya no damos para más) no le disgustan, salvo que sean las de los mejores del año y eso que, mal que me pese, ya estoy con la de este maldito 2020. Porque a casa siguen llegando libros y a un ritmo sorprendente (el colmo ha sido recibir aquí atrás un sobre sin remite con cuatro libros dentro, de autores diferentes, los cuatro de poesía) y porque me resulta imposible dar cuenta detallada de algunas lecturas recientes, aunque me gustaría, y porque, en fin, hay libros de los que he disfrutado, decido no ya despachar esas lecturas en unas pocas líneas (lo que no tiene perdón), sino, directamente, con la mera mención del título de la obra y unas pocas palabras más. Una lista, por cierto, que ni es alfabética ni está ordenada por puntos. Una lista de lecturas completas y gustosas. De libros de verdad. 

Despedida, de Cees Nooteboom (Visor). A modo de testamento. 
El corazón y el mar, de Carlos Javier Morales (Adonais). El regreso a la isla, la madre y la infancia. 
La moneda de Carver, de Javier Morales (Reino de Cordelia). Un puñado de relatos donde la literatura se hace carne, al cabo mortal. 
La herida del aire, de Pelayo Fueyo (La Isla de Siltolá). Poemas de verdad para tiempos de mentira. 
17 segundos, de Kirmen Uribe (Visor). Tan lejos, tan cerca. 
Cambiar de vida, de Sergio Álvarez Sánchez (Evohé Desván). Yendo y viniendo con la identidad a cuestas. 
Reliquias, de Juan Bello Sánchez (Tulipa). Cuánto en tan poco. 
Teoría de la justicia, de Francisco José Chamorro (Hiperión). "Yo sólo quería salir de Extremadura". Atentos.
Estatuas de sal, de Avelino Fierro (Franz). Cartas desde la pandemia.
Anacronía, de Gerardo Rodríguez Salas (Valparaíso), una estupenda primera salida a escena con la muerte, Nueva Zelanda y Granada como temas. 
Aire en el aire, de José Luis García Martín (Libros Canto y Cuento), la demostración de que un haiku puede ser mucho más que "el soneto de los haraganes". 
En el principio era América, de Oscar Díaz (La Isla de Siltolá). Estamos ante una voz muy particular que funda su discurso en la sintaxis. 
Lo superfluo y otros poemas, de Alberto Santamaría (La Bella Varsovia). Un libro sorprendente que pone en evidencia que lo silenciario no es necesariamente frío y hermético.
Ir al norte, de Fernando Sanmartín (Libros del Aire Poesía. Colección Abra del Pas). Por la geografía de la imaginación. 
Recuento, de Octavio Gómez Millán (Los Libros del Gato Negro). Una ciudad sin mar: Zaragoza. El padre. 
Jardín con biblioteca, de Carlos Aganzo (Cálamo). "Yo no puedo luchar, no soy hoplita, / siquiera ciudadano / después de tanto como se ha perdido. / Pero aún puedo cantar (como la musa, / la cólera de Aquiles por los muertos)". 
Diré tu cuerpo, Maria Mercé Marçal (Ultramarinos). Traducción de Noelia Díaz Vicedo. Dos libros de la desparecida poeta catalana. "Soy alguien -una mujer- que escribe". Para ordenar el caos. En busca de la identidad. 
Ir al norte, de Fernando Sanmartín (Libros del Aire). Un viaje por la geografía de la imaginación. 

Nota: La ilustración corresponde a un cuadro de Manel Castro: "La biblioteca II"

5.8.24

Un poema inédito

 
En el número 8 de la revista onubense Centauros publico un poema inédito: "Hombres de espalda". Surgió después de contemplar un cuadro del pintor aragonés Ignacio Fortún (que conocí gracias a José Luis Melero) y está dedicado a otro maño, el poeta Fernando Sanmartín, que conoce bien la obra de aquél. 
Agradezco a Alejandro Bellido la invitación. La revista se puede leer gratuitamente a través de este enlace. O en su web. Por suerte, hay también edición impresa. 


HOMBRES DE ESPALDA

                        A Fernando Sanmartín


Una vez escribí que me gustaban
las estatuas de hombres con abrigo.
Aparecen de pronto en cualquier parque.
También en una calle o una plaza.
Solitarios, de espaldas,
no sabemos muy bien a dónde miran.
Tal vez a su pasado.
A la vida que pudieron tener
y que les huye.
Su actitud es sin duda melancólica.
En sus hombros caídos
se adivina el cansancio,
la tenaz pesadumbre.
En sus rostros esquivos,
la gravedad, lo adusto.
Deducimos, en fin,
que es gente que atraviesa
encrucijadas decisivas,
momentos de zozobra, delicados.
Se ve uno a sí mismo al contemplar
a esos hombre de espalda con abrigo.

28.4.20

Lecturas encerradas (3)

Por fin empiezan a llegar papeles de nuevo. Estaba muy contento de que no se acumularan libros y revistas encima de la mesa, pero... Sí, los echaba de menos. El viernes, en el buzón, sin sobre ni nada, el nuevo libro de Fernando Sanmartín, de título igualmente intrigante: Os contaré la verdad (Xordica). Y un nuevo número de Clarín. Por mensajería, el último de Turia, con un cartapacio dedicado a Robert Walser que estoy deseando leer. Cómo me acuerdo de sus paseos estos días. Si será cierto que el domingo, en una película de esas que dan en la 1 los fines de semana, (a las que soy, con perdón, adicto), me imaginaba al escritor suizo por los hermosos senderos de los Alpes que recorrían los atormentados personajes, como él en su momento.
Sigue uno leyendo, claro, pero con menos fervor. Pasa con todo. Qué cansancio. Lo acierta a decir Jordi Doce, autor de uno de los diarios más interesantes y bien escrito del confinamiento (que publica por entregas en El Cuaderno): "Esta vida en suspenso". Sería un título perfecto para un libro futuro, le he dicho. 
Diarios son también los que escribe Avelino Fierro y Contra tiempo su cuarta entrega. En Eolas, como las anteriores. Esta vez con un prólogo de Julio Llamazares que lo califica de flâneur. Se refiere al "fulgor de los días normales", a que no se pone estupendo, a su "estilo propio"...Remata el delantal con estas palabras: "Avelino Fierro es un escritor sin género, un escritor total y sin adjetivos". 
Por sus páginas, lo doméstico y familiar, el trabajo en la Fiscalía, las lecturas (sobre todo), las salidas nocturnas por los bares leoneses y los paseos por el extrarradio, además de, entre otros muchos asuntos, los viajes. A Sicilia (una delicia), a Lisboa, al Delta del Ebro o a París,que ha propiciado, por cierto, una preciosa plaquette, Abril en París, en edición bilingüe, traducida al francés por Isabel Llagarta. Un libro dentro de otro. Ah, y cada capítulo está ilustrado con un dibujo alusivo hecho por él. Por cierto, lo que son las cosas. Una tarde, al tiempo que leía una de las entradas sobre el campo, el pueblo, la infancia y su padre, César Iglesias me avisaba de que había muerto. Para siempre, sin embargo, ventajas de la literatura, seguirá en su huerto, ahí, inmortalizado por su hijo Avelino. 
He visto hace poco dos películas que tienen por protagonista a don Miguel de Unamuno (como a Machado, quién se atreve a retirarle el tratamiento). La de Amenábar, Mientras dure la guerra, que me gustó más de lo previsto (que es lo que suele ocurrir cuando lo haces sin expectativas), y la de Manuel Menchón, La isla del viento, que sin entusiasmarme (no saca, según creo, verdadero partido al destierro del escritor en Fuerteventura), se deja ver, siquiera sea por lo paisajístico. Y por la interpretación de José Luis Gómez, aunque no mejora, si se me permite opinar de lo que no sé, la de Karra Elejalde. Esta digresión viene a cuento porque Chus Visor, en su versión Jesús García Sánchez, edita una Antología de poemas unamunianos ("¡Lea a Unamuno!", me recomendaba en mi turbia adolescencia don Ricardo Acosta). En su casa, Visor, y con un prólogo inmejorable (JGS de poesía sabe) de Rubén Darío. Allí leemos: "En Unamuno se ve la necesidad que urge al alma del verdadero poeta, de expresarse rítmicamente, de decir sus pesares y sentires de modo musical". Destaca su "necesidad del canto". Es, dice, "un poeta, un fuerte poeta". Grave, matiza. 
Como al modernista, si se me permite la temeraria comparación, "Todas las formas de belleza me interesan". Así justificaba su aprecio por Unamuno, tan distinto, en lo formal, de él. Uno ha perseguido la poesía del vasco que murió en Salamanca con ahínco, pero he de reconocer que no he logrado que me llene nunca. Recuerdo otra antología, de Trapiello (fiel al autor del memorable El Cristo de Velázquez, sobre el que disertó en Plasencia una vez Aníbal Núñez), que es persona de gusto confiable, pero ni aun así. Tampoco esta vez, aunque haya poemas de ambiente bilbaíno que me conmueven, he conseguido mi propósito. Otra vez será, lo que no obsta para no ponderar el florilegio. 
Pablo Núñez (he reseñado para Clarín su libro Tus pasos en la niebla, recién aparecido en Renacimiento, el único que me ha llegado desde el principio del confinamiento hasta que apareció desnudo en el buzón el de Fernando Sanmartín que citaba más arriba) y Rodrigo Olay (hace tiempo que envié a El Cultural la reseña de su última entrega, Saltar la hoguera), son dos poetas asturianos jóvenes vinculados a la revista Anáfora, de la que el primero es codirector, y los editores de Sobre mi poesía (1971- 2018), la de Luis Alberto de Cuenca. La obra inaugura una nueva colección, Poéticas, en la jerezana Libros Canto y Cuento, que dirige el poeta José Mateos.
El "Pórtico" es conciso y académico, en el mejor sentido, y explica, muy bien las intenciones y el alcance de la obra. Sí, se trata de un trabajo riguroso. En él se reúnen distintas poéticas del madrileño. Sorprenderán al joven lector las primeras, tan alejadas o en las antípodas de las que luego ha defendido, en torno a la poesía de "línea clara". Además, encontramos artículos sobre poéticas (de Darío, Borges, Cirlot, D'Ors o Calímaco); fragmentos de entrevistas y, por fin, poemas sobre la propia poesía, esto es, metapoéticos. Una nota sobre la procedencia de los textos y una bibliografía completan ese volumen que devorarán con gusto los muchos seguidores del autor de La caja de plata, entre los que me incluyo. 
Me ha hecho bien, dicho a la francesa, la lectura de Quién diría, qué..., de Hasier Larretxea. Por su tono: sereno y hasta alegre, pero sin estridencias. La cita que lo abre no podía presagiar lo que ha llegado después (se publicó en otoño del año pasado). Es del rumano Varujan Vosganian y dice: "Uno siempre encuentra una ventana por donde mirar. Y siempre existe, al menos, una fortaleza inexpugnable".
Es, en realidad, un extenso canto amoroso dividido en fragmentos (son poema sin título). A su compañero ("Quién diría que tú. / Quién, yo. // Nadie, salvo nosotros."), a las cosas ("Palpar la corteza de un árbol / también supone acariciar la piel de las cosas"), a los sitios, a la vida. "La felicidad es esto", dice, y luego enumera momentos felices. Es el procedimiento usual. Allí leemos: "La felicidad / es poder escribir poemas..." O "Mirarnos y saber lo que acontece en silencio".
Hay muchos recuerdos en el libro. De un viaje a la Costa Brava, por ejemplo. De una estancia en la Alhambra. Porque "Recordar es mirar el mismo lugar / en el mismo momento".
La vida, leemos es, además de "esbozo", "renuncia, "camino", "garabato", "suspiro" o "subsistencia", "celebración".
Destaca en el conjunto el extenso poema central, con el pueblo y la madre al fondo: "La suavidad de su tacto / es un acto de resistencia".
"En el norte, la salvación", diría el inmigrante que huye. "Formamos parte de un todo, / una masa de idiotizados". Donde ondean banderas que son "constricciones". "No transcurrimos / entre los mapas y los territorios", concluye.
Seguimos. 

2.11.25

Junto al Mar del Norte

De los cinco libros publicados por Sanmartín (Zaragoza, 1959) en lo que va de década, cuatro son de poesía: Ir la Norte, Evitar la niebla, Archivo fotográfico y Costa Oeste. Poemas de Göteborg. Antes dio a la imprenta otros siete, casi tantos como suman los de su faceta narrativa. Bueno, más allá de lo didáctico, tal bicefalia no existe. Quiero decir que Sanmartín escribe y punto. Su tono es siempre el mismo, igual que su voz. Por eso en esta nueva entrega, como en todas, prima lo poético, sí, aunque estos versos no quieran parecerlo. No hacen ostentación de su lirismo y se muestran con la naturalidad propia de quien recela de la palabra estilo.
Sanmartín nos explica en una nota que pasó el verano de 2023 en la ciudad sueca de Gotemburgo gracias a una residencia artística. Fue a escribir un libro de viajes y se trajo, además, estos veinticinco poemas (sin título, con la única puntación del punto final) que son también un diario de viaje.
Si bien la escritura es “lo desconocido” (cita a Duras), a veces se convierte en un “autorretrato”. Y mucho de ello hay aquí, donde se vislumbra el verdadero rostro del autor. “Desconozco la ficción / soy”. “¿Un poema debe imitar nuestra vida?”, se pregunta con Glück. Anota lo que ve al tiempo que se asoma al que fue y mira la memoria. Convalida sus recuerdos: es. “El olvido es absurdo”, afirma.
“Lo que queda es la búsqueda. / El hallazgo pasa” (cita ahora a Chivite), de ahí que se centre en los detalles. En los que encuentra en su deambular ―mediante ferris, trenes o coches― por faros, islas, restaurantes o museos. “No me gusta la realidad”, matiza. Estamos ante un “superviviente / que se habla a sí mismo”; esto es, a todos.
 
Fernando Sanmartín
Papeles Mínimos, Madrid, 2025. 50 páginas. 15 €

NOTA: Esta reseña se ha publicada en EL CULTURAL



5.5.20

Una novela de Fernando Sanmartín

Sanmartín nació en Zaragoza en 1959. No es nuevo en este rincón. Ni en el oficio de narrar. Un narrador, diría, de amplio espectro. De libros como Apuntes de París, La infancia y sus cómplicesViajes y novelerías y Te veo triste, su primera novela hasta ahora. Es además, o sobre todo, poeta pues la poesía atraviesa toda su obra. Al fin y al cabo toda ella está muy por encima de los géneros, en sentido estricto. Con todo, ahí están El llanto de los boxeadores, El peligro de los círculos o, en fin, la plaquette Invasión de Irak. Me gustan especialmente sus dietarios: Los ojos del domadorHacia la tormenta y Heridas causadas por tres rinocerontes (de los dos primeros ya hablé aquí). 
Me gusta destacar que dirige con tino la colección de poesía La Gruta de las palabras, de Prensas de la Universidad de Zaragoza. Es, y termino la presentación, colaborador del suplemento Artes&Letras de Heraldo de Aragón.
Hablaba de su primera novela y Xordica, su editorial por antonomasia, le publica estos días de confinamiento la segunda, Os contaré la verdad
Es breve, como casi todos los libros de FS. Esa es su distancia. La tiene perfectamente calculada. La trama, que no es lo que más importa, es leve también. No estamos, por suerte, ante una novela al uso, comercial y para el público, de esas que uno no lee.
Thérèse, galerista, una parisina nieta de un exiliado español e hija de un afamado actor y de la dueña de una agencia inmobiliaria, está enamorada de dos hombres: François, arquitecto, y Jean, abogado. Vive, se podría decir, en una encrucijada. Lucha por su pequeña verdad. En medio, ya suponen, pasan otras cosas que no conviene desvelar. No en vano, leemos, "vivimos entre arenas movedizas".
Lo que sí importa aquí es el lenguaje, de una transparencia misteriosa. Claro, preciso. El lector se desliza por las páginas como quien se pasea por París, la ciudad donde se desarrolla la historia (en concreto, por el barrio del Marais). Con idéntica tranquilidad. Pasmado por la belleza que se encuentra a cada paso. Eso sí, cosmopolita (como su autor), la novela viaja hasta otras ciudades. Venecia, por ejemplo.
Ah, me encanta cómo usa el "porque...". Qué bien resuelve, y con qué originalidad (muchas veces poética), el sentido de tal o cual enunciado. 
Abundan, por lo demás, las referencias culturales. Del arte en general: la pintura, la fotografía, la arquitectura, la música, el cine, la literatura...  Barceló, Modiano (el tono modianesco es sustancial aquí: "las listas definen a quienes las hacen", deja caer en la página 118), Torga ("envejecer no es para cobardes"), Palladio, Brassaï, Simmons y Peck en Horizontes de grandeza (un peliculón que he vuelto a ver durante el encierro), Eliot, Argullol...
Sanmartín es un hombre culto, no cabe duda, aunque su prosa no sea ni pedante ni culturalista. La naturalidad manda, por más que en él esa naturalidad esté ligada, como digo, al mundo de la cultura. 
He subrayado mientras leía no pocas frases que son en realidad versos o aforismos; hallazgos o iluminaciones, en todo caso. Así, "La vida es repetir lo que hacemos", "la melancolía es una maleza", "la timidez es un misterio que termina desvelándose", "un poema es hacer visible un sentimiento", "La verdad nunca provoca indiferencia, pero puede causar miedo" (que serviría de lema a esta nouvelle), "El tiempo, ese anciano inmortal",  "escribir es siempre un autorretrato cuando no hay ficción en las palabras", "La soledad es un reencuentro con la conciencia", "La imaginación es un ejercicio compasivo para afrontar lo cotidiano", "La pasión y el amor son antídotos contra la muerte", "La conciencia es un estanque sobre el que arrojamos piedras al atardecer", "Conducir, en algunos momentos, es un estado de ánimo"...
Uno, que lee narrativa con cierta dificultad, temía, a medida que avanzaba, que Os contaré la verdad se terminara. Sanmartín, lo tengo más que comprobado, nunca defrauda. No al menos a este lector que abre sus libros con la avidez y el entusiasmo del que se sabe ante un nuevo y feliz descubrimiento.

27.2.12

Tres aragoneses

No viene uno aquí a descubrir nada. Que Aragón en general -y Zaragoza en particular- es tierra de escritores puede considerarse todo menos un hallazgo. (Bien podría haber hablado de ello, largo y tendido, el añorado Félix Romeo.) Por eso no me ha extrañado que Javier Siltolá (¿no existe Chus Visor?) publique de golpe tres libros de tres autores de allí. En la colección Poesía, El llanto de los boxeadores, de Fernando Sanmartín; en Inklings de Siltolá, El mar del otro lado, de Olga Bernad, y Versión Original, de Antón Castro. Ni del primero ni del último había leído libro alguno. Eso no significa que desconociera su literatura. De Sanmartín persigo desde hace años sus diarios (como bien sabe su amigo Elías Moro, que me envío el excelente cuadernillo de su lectura emeritense). En vano, eso sí. Desconocía, ya digo, su poesía y me ha gustado. Se ve a las claras que es un letraherido, un hombre de libros, viajes y ciudades que escribe poemas sutiles y delgados, de una atrayente fragilidad destinada a durar.
A Castro, gallego de nacimiento, le sigo a través de su acreditado e influyente blog. Le tenía ganas a su penúltimo libro, El paseo en bicicleta, y no precisamente por mi afición ciclista, pero tampoco pudo ser. Al menos me he quitado el gusanillo con los poemas que publica en Versión original (antología con inéditos) de esa obra. Si califiqué a Sanmartín de letraherido, a Castro no creo que le venga mal otro viejo y cariñoso rótulo: el de animal literario. Bueno, literario, periodístico, cinematográfico, fotográfico...  
Caso aparte es el de Olga Bernad, conocida de los lectores (si no miente sitemeter) de esta bitácora. De hecho, en El mar del otro lado se recoge nuestro comentario sobre Caricias perplejas. Ese libro, bien tramado, incluye una breve nota de la autora, una poética, poemas de la citada obra, lo que se dijo sobre ella (como una esclarecedora entrevista con Antón Castro), poemas de Nostalgia armada, lo que se dijo sobre ella, y, para terminar, un adelanto de una próxima entrega: Mirafondo. Vamos bien.

21.12.13

Rostros / Retratos

Rostros / retratos. Del pasado al futuro es el título de una exposición comisariada por Fernando Sanmartín y Manuel García Guatas que estará abierta al público en La Aljafería de Zaragoza hasta el 31 de diciembre. 
Se trata de una selección de obras pertenecientes a la colección de las Cortes de Aragón; en concreto, retratos de doce pintores de allí: Natalio Bravo, María Buil, José Luis Cano, Mariángeles Cañada, Clara Carnicer, Pepe Cerdá, Álvaro y Gonzalo Díaz-Palacios, Jorge Gay, Paco Lafarga, Fernando Martín Godoy, Ignacio Mayayo y Lina Vila. De esta última es, precisamente, el que ilustra esta nota, el rostro "tan grave y serio", en palabras de Lara López, del añorado Félix Romeo, compañero de Vila hasta su prematura muerte. 
Uno, por desgracia, no ha podido ver esa muestra, pero sí disfruta del espléndido catálogo que recoge algo más que la excelente reproducción de esos cuadros. A cada uno de ellos le acompaña un breve texto (otro retrato) firmado por un escritor aragonés. Me refiero a David Mayor, Cristina Grande, José-Carlos Mainer, Aloma Rodríguez, Antonio Ansón, Alejandro J. Ratia, Eva Puyó, Javier Lacruz, Ismael Grasa y Lara López, además de los dos comisarios: Sanmartín y G. Guatas. 
"El retrato es un antídoto contra el olvido", comienza el prólogo que firman los dos. Más, añade uno, si esos rostros quedan fijados para siempre entre las páginas de un libro.