29.7.26

Adiós, Paco

Estuve a punto de escribir a Paco hace unas semanas porque al pasar por Sor Valentina Mirón vi que habían derribado la casa donde vivió con Inés Mari cuando se casaron. Al lado, por cierto, del piso de sus padres. Ahora ya es tarde. Pasamos Yolanda y yo por ese sitio algunos días para echarles una mano con la pintura y la limpieza. Poca cosa, manitas nunca he sido. Por aquel entonces acabábamos de conocernos. Frecuentábamos la misa dominical (para jóvenes) de San Pedro, oficiada por el cura Pepe, íntimo de la pareja, donde ellos cantaban y tocaban la guitarra. Recuerdo la significativa canción inicial: "Venimos simplemente a trabajar", de los aragoneses de La Bullonera, lo que da idea de por qué derroteros ideológicos transitábamos en aquellos primeros años de democracia. Nuestra música era, sobre todo, la de los cantautores. Supongo que Paco era aún estudiante de Historia. Una vez licenciado, permaneció en Plasencia, como profesor de las Josefinas, un centro privado en el que se jubiló en 2020. Me consta que fue un buen docente, muy querido por sus alumnos. Realizó algunas investigaciones, centrándose en la Cueva de Boquique, pero esa labor quedó opacada, según creo, por su dedicación profesional a la enseñanza.
No se puede decir que fuéramos amigos, pero, si bien nuestra relación de grupo (del que ellos eran los líderes) duró poco, nunca dejé de apreciarlo. Nos hemos tratado toda la vida. Nos encontrábamos, por ejemplo, en las presentaciones de libros y en las sesiones del Aula de Literatura. 
Como anécdota, puedo relatar que es la única persona que me ha llevado en moto, una Vespa, durante el camino de ida y vuelta a su casa familiar del Valle. En la de mi hermano Fernando, que conduce una desde hace años (compañero de claustro de Paco unos años), jamás he montado. Me dan pánico. 
También le recuerdo en la parte alta de la extinta librería Cervantes cuando presentamos la antología Poetas en el Aula, de Ángel Sánchez Pascual, donde se recogían poemas de su cuñado Javier Pérez Walias y algunos primerizos de uno. Debí ponerme estupendo aquel día y me fui hasta nuestros antepasados más remotos, los poetas placentinos contemporáneos de Lope de Vega que estudió Berjano. Con el fin de demostrar que ésta era una ciudad de la poesía desde antiguo. En un aparte me preguntó extrañado que si creía que lo nuestro, ja, ja, era para tanto. Las odiosas comparaciones, los entusiasmos juveniles. 
Esta primavera coincidimos en el Cachón (Dehesa de los Caballos suena mejor). Iba con su mujer. El suyo fue uno de esos "amores largos" que tanto le gustan al poeta Biel Mesquida. Hablamos de Fran, su hijo poeta (no conozco a su hija Paloma), y de un libro que, me habían comentado, estaba a punto de cerrar. Me preguntaron si me importaría dedicarles mi poesía reunida y quedamos en que dejarían el libro en la clínica donde estaban ingresados tanto mi madre como un hermano de Inés Mari, en habitaciones contiguas. Y así fue. 
Los vi a los dos estupendamente. Paco, sin embargo, eso lo he sabido por su hijo después, llevaba ya años con su enfermedad a cuestas. Lo que no le impidió viajar (fue, ya jubilado, a Italia, Alemania, Tailandia o Portugal y estaba a punto de iniciar un crucero por el Danubio), leer, visitar con frecuencia la parcela del Valle del Jerte (su lugar predilecto, en la carretera de Casas del Castañar) o montar en bicicleta (una vez, al lado de la presa del kilómetro 4, me dijo al adelantarme en plena cuesta -uno iba andando- que casi iba más deprisa que él). Era de bromas. Y de sonrisa, ya se ve. 
Su muerte ha sido una desagradable sorpresa. Sí, es ley de vida que se sumen las pérdidas, más a estas edades, pero... Por irremediable que resulte, uno no se acostumbra. Y menos si quien se va merecía quedarse. Por lo menos hasta que se presentara en Plasencia el libro de Fran. Cuando llegue ese momento, faltarán sus preguntas. 

P.  S. Olvidé un dato importante. Paco y su amiga Marivi Hernández Berrocoso, mi querida tía, tuvieron una librería en El Pasaje: Fábula.

21.7.26

Náufragos 13

Para que algo salga adelante, lo principal es creer en ello. El tesón de Salvador Retana, inseparable del rigor, se fundamenta en esa fe inquebrantable en aquello que idea. Sin atender a otras razones; y menos que a ninguna, las económicas. 
Lo que parecía tal vez sólo eso, una feliz ocurrencia, el proyecto Náufragos, cajas de cartón con botellas que guardan textos inéditos impresos en papel Xuan, llega a su entrega número 13, esto es, que ya son 39 los autores que han dejado un rastro escrito de lo que vendría a ser su particular naufragio vital. 
Aunque algunos de ellos (o de ellas, por supuesto) fueran ultramarinos, esta es la primera ocasión en que los tres son escritores hispanoamericanos. Dos venezolanas: Yolanda Pantin y Marina Gasparini, y un argentino: Pablo Anadón. La nómina, ya de por sí selecta, se adorna aún más con estas incorporaciones. 
Por cierto, cualquiera puede hacerse con estas cajas editadas por La Rosa Blanca, destinadas a durar tanto, al menos, como la historia del náufrago por excelencia, Robinson Crusoe.



 

14.7.26

Aníbal Núñez anecdótico

Según costumbre, el sábado a primera hora de la mañana comprobé en Kiosco y Más qué traía ABC Cultural. Fue una alegre sorpresa constatar que la portada del suplemento era para el salmantino Aníbal Núñez, uno de los mejores poetas en español del siglo XX. Compré luego el periódico y busqué el momento oportuno para leerlo. ¿Resultado? Decepcionante. ¡Cómo que "no lo conoce nadie"! Y a qué darle otra vuelta a su malditismo si al parecer no lo hubo. Firma el texto Bruno Pardo Porto. Incluye una entrevista a su hermano José Ángel y a su cuñada Mely y en él participan su redescubridor (sigue habiendo Mediterráneos por localizar), Carlos Maortua, (que ha escrito una novela basada en su existencia, de la que dan la primera página) y su mujer, Laia. Por suerte, y eso es lo que importa, la obra de Núñez, su poesía, está perfectamente editada. En Hiperión, como se señala al final, y en Calambur, como se olvida. Se cita, menos mal (aunque no su título), la amplia antología, editada por Vicente Vives Pérez, La luz en las palabras, que publicó ¡en 2009! Cátedra dentro de su canónica colección Letras Hispánicas. Hay más. No creo, en fin, que ningún lector de poesía que se precie desconozca su obra. Otra cosa es que los vientos de la moda soplen por distintos derroteros. Fácil no es. Ni al uso. Y en cuanto a su vida, ya se ocupó Fernando Rodríguez de la Flor, íntimo amigo suyo, de acercárnosla en su libro La vida dañada de Aníbal Núñez (Delirio, 2012), que aquí no se menciona.
Me ha gustado lo referente a su amor por el campo (que heredó de su abuelo zamorano), la fotografía de su cuarto atiborrado de libros (que se mantiene intacto), la confidencia del hermano acerca de su "jardín lleno de acantos"... 
Lo que más me ha extrañado, por su insulsez, son los comentarios acerca de su guapura ("un bellezón", según Mely), lo de sus "viudas", o eso de que sus amigos (uno estuvo en ese entierro) cubrieran con rosas rojas y blancas todo su cuerpo menos la cara. Debí perdérmelo. Lo anecdótico prima (parafraseando al converso Ernesto Castro, ¿esto es para el ABC o para el ¡Hola!?) y no se entra en los detalles sustanciales Acerca de su escasa fortuna literaria pública, por ejemplo (de la que fue deliberado cómplice), y de su ausencia de las antologías más significativas de su tiempo que, por cierto, siempre acaba poniendo en su lugar lo que de verdad importa. 
Creo, en fin, que podrían haber consultado a personas (poetas los más) que conocieron y trataron a Aníbal y que habrían dado una imagen más cabal de su imponente altura poética y de su compleja personalidad, donde el asunto de las drogas jugó su peligrosa baza. Desdibujados quedan también las figuras de sus padres: el fotógrafo y la médico. Bien está, en fin, recordar a quienes merecen ser recordados, por más que ese merecer exija otra altura de miras. 




Nota: He tomado las fotografías del muro de Jesús G. Calero en Facebook. 

2.7.26

Un rastro de palabras

A los poetas les pasa como a los toreros: que se retiran, pero reaparecen. Los aficionados se alegran. Más los lectores de Moreno (Alicante, 1964), que con Al Dios sin nombre dijo adiós y con Ventana abierta ha vuelto. Y por la puerta grande, cabe añadir. Sí, le creímos perdido para la causa a favor de la prosa memorialística (su última entrega, En torno al sol), y en prosa están precisamente estos nuevos poemas que no han perdido ni un ápice del mismo, personal tono de siempre, ni esa música diáfana y callada que los caracteriza. Y todo porque “el libro que soñaba” sigue ahí (“en el lugar que sé”) y “parece que jamás hubiese dicho nada, que aún la vida fuera a hablar en mí”.
Desde lo más simple (“lo que no es apenas nada”) y cotidiano alza su voz. Moreno mira con atención y extrañeza desde su ventana (es un ser contemplativo: “Tu patrimonio es ver”) o pasea por los alrededores de su casa (paisajes desolados, baldíos y a trasmano: “no existe ningún otro lugar ameno que el silencio”) o por un pueblo cercano (Monóvar o Jávea, por ejemplo) y después escribe en “las hojas blancas de un cuaderno”. Enfrente, el Mediterráneo. O una calle. O las cosas. “Alguien a quien le hace feliz andar y ver”, escribe. Allí, una higuera, un mirlo, un gato, una urraca, un búcaro, una caja… “Vestigios de una dicha muy sencilla”. Moreno no busca, encuentra.
“La vida no es posible sin belleza. Ni estar despiertos sin sentir verdad”. Esta es la clave de esta poética de la modestia. Una vida “irreal” y “extraña”. “Sólo el amor me guía” (al fondo, Bárbara y “las voces de mis padres”).
“Tenía yo el amor, algunos libros, y eso, lo mismo que ahora, me bastaba”, concluye.
 
Ventana abierta
Antonio Moreno
Vitruvio, Madrid, 2026. 94 páginas. 15,00 €
 
Nota: esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL



1.7.26

Lecturas atrasadas

Pasan los meses, llega el verano (la estación, en mi caso, menos propicia a la lectura), y los libros pendientes se acumulan hasta ese punto que tantas veces he descrito como marca de bloqueo. Entre unas cosas y otras -las personales, las familiares y hasta las literarias últimamente-, la pila crece en la misma proporción que mi mala conciencia. Sí, algunas lecturas van saliendo adelante (esa necesidad es natural en quien se considera sobre todo un lector), y de ellas me gustaría dar cuenta, siquiera sea sucintamente y en una primera entrega a la que le sucederán otras. De libros como Magisterio de los árboles, del contemplativo Javier Gilabert (Renacimiento), granadino del 73, donde habla de árboles, una suerte de espejos, más que nada de bonsáis, los que cuida, y que le sirven para desplegar ante nuestros ojos un jardín (metafórico y real), tan singular como profundo, muy podado, donde la poesía, de una forma natural, prevalece. Y con qué dignidad. La misma con la que trata a otra figura central en el libro: la del padre, que no deja de ser otro árbol. 
De un adiós permanente (Vandalia), del lebrijano del 46 Jacobo Cortines (al que no vamos a descubrir ahora y menos en este blog) es el segundo libro que da a la imprenta tras Días y trabajos, después de reunir en 2016 su poesía. De marcado tono autobiográfico, vuelve, sin repetirse nunca, a los temas habituales en él: el amor, el paso del tiempo, la naturaleza y el campo, la música... A los que se suman, qué remedio, la vejez y los adioses. Un gran libro que demuestra las ventajas de la edad. El temor infundado de que la voz poética necesariamente caduque. 
El poeta peruano Eduardo Chirinos (Pre-Textos está con su obra completa: I y II) nos dejó hace diez años. Su viuda, Jannine Montauban, rescata, no obstante, Harmonices Mundi (J. M. Marthans), libro póstumo con poemas inspirados en pinturas y collages de Miguel von Loebenstein y, al fondo, la obra magna del astrónomo y matemático Johannes Kepler . A la nota inicial del autor y a la de la contra de Ricardo Wiesse R., se añaden dos textos clave: de Inmaculada Lergo (su presentación de la primera edición de este libro, editado por Point de Lunettes en Sevilla, 2016) y de Fernando Iwasaki (que lo epilogó: "Diez instantáneas de Eduardo Chirinos"). No hay excusas para dejar de leer a uno de los mejores poetas del ámbito hispánico. 
Alfonso Brezmes, madrileño del 66, ganó con El don de la tristeza (Visor) el premio Emilio Alarcos. Siento predilección por ese sentimiento (y por esa palabra), así que el título... Por esos azares de la vida, compruebo en mi archivo (este blog) que nunca había reseñado un libro suyo, y no es éste el primero. Leerlo, sí lo había leído y en la biblioteca hay ejemplares firmados por él. De no haberse adelantado Anson, hubiera intentado hacerlo en El Cultural. La impresión, en todo caso, ha sido, que es lo que al cabo importa, muy positiva. No se pasa Luis Alberto de Cuenca en su preciso elogio. Claridad e imaginación se unen para entregar al lector una serie de poemas donde la melancolía pesa lo justo y nunca transgrede la tristeza su justa, equilibrada medida. Un puñado de poemas memorables hacen de él un módico objeto de deseo. "Escribir  es contar una verdad / que no existía antes", nos recuerda. Excelente. 
Al final de la lectura del Teatro Circo de Albacete, dediqué algunos ejemplares de Territorio y otros libros míos y, de paso, charlé brevemente con algunas personas que habían tenido la amabilidad de ir a escucharme, como Matías Miguel Clemente. Que esa ciudad (y esa provincia) es tierra de poetas es cosa archisabida y varias antologías recientes lo demuestran. Éste es uno de esos benditos poetas de provincia que nada tienen que envidiar a los capitalinos y que, además, se permiten el lujo de editar sus libros en sellos tan cosmopolitas como La Bella Varsovia. Me dijo que ahí había aparecido su última entrega y le espeté que su poesía sería entonces... experimental (por utilizar un genérico), como suele ser la que se publica en esa acreditada casa. Lo desmintió de inmediato. Me ha enviado Una arena tan sensible para que uno mismo lo comprobara. Y así ha sido y, más allá de inútiles calificativos o etiquetas vacías (perdón por usar una antes), la suya es poesía verdadera y, sí, más clara que oscura y menos experimental que clásica, en el mejor sentido del término. No en vano este hombre, albaceteño del 78, es filólogo y profesor de Secundaria y Bachillerato y estuvo seis años trabajando en Turín, ciudad italiana ligada indefectiblemente a Pavese, que aparece en uno de los poemas. Algunos me han parecido soberbios y he disfrutado mucho del libro, sobre todo de su primera parte: "Puntos de fusión". "Ese recodo ahogado es el poema", dice. 
La colección Pie de Página sigue su andadura y ya son siete los títulos publicados. Los dos últimos mantienen la tónica exigente con la que empezaron estos jerezanos amantes de la poesía. Me refiero a Colina del limonar, hermoso titulo para la nueva entrega del malagueño del 65 Álvaro García (uno de los pocos que se atreve con el poema largo y la poesía de largo aliento), y Mi casa en llamas, de la sevillana del 79 Carmen Fernández Rey. Ya es casualidad que reseñara sus dos libros anteriores en la misma página de El Cultural, el 3 de enero de 2025. Ah, ambas obras contienen poemas inéditos. A veces, como en los casos de Amalia Bautista, Marcos Díez o Abelardo Linares, ese sello edita breves antologías.