1.7.26

Lecturas atrasadas

Pasan los meses, llega el verano (la estación, en mi caso, menos propicia a la lectura), y los libros pendientes se acumulan hasta ese punto que tantas veces he descrito como marca de bloqueo. Entre unas cosas y otras -las personales, las familiares y hasta las literarias últimamente-, la pila crece en la misma proporción que mi mala conciencia. Sí, algunas lecturas van saliendo adelante (esa necesidad es natural en quien se considera sobre todo un lector), y de ellas me gustaría dar cuenta, siquiera sea sucintamente y en una primera entrega a la que le sucederán otras. De libros como Magisterio de los árboles, del contemplativo Javier Gilabert (Renacimiento), granadino del 73, donde habla de árboles, una suerte de espejos, más que nada de bonsáis, los que cuida, y que le sirven para desplegar ante nuestros ojos un jardín (metafórico y real), tan singular como profundo, muy podado, donde la poesía, de una forma natural, prevalece. Y con qué dignidad. La misma con la que trata a otra figura central en el libro: la del padre, que no deja de ser otro árbol. 
De un adiós permanente (Vandalia), del lebrijano del 46 Jacobo Cortines (al que no vamos a descubrir ahora y menos en este blog) es el segundo libro que da a la imprenta tras Días y trabajos, después de reunir en 2016 su poesía. De marcado tono autobiográfico, vuelve, sin repetirse nunca, a los temas habituales en él: el amor, el paso del tiempo, la naturaleza y el campo, la música... A los que se suman, qué remedio, la vejez y los adioses. Un gran libro que demuestra las ventajas de la edad. El temor infundado de que la voz poética necesariamente caduque. 
El poeta peruano Eduardo Chirinos (Pre-Textos está con su obra completa: I y II) nos dejó hace diez años. Su viuda, Jannine Montauban, rescata, no obstante, Harmonices Mundi (J. M. Marthans), libro póstumo con poemas inspirados en pinturas y collages de Miguel von Loebenstein y, al fondo, la obra magna del astrónomo y matemático Johannes Kepler . A la nota inicial del autor y a la de la contra de Ricardo Wiesse R., se añaden dos textos clave: de Inmaculada Lergo (su presentación de la primera edición de este libro, editado por Point de Lunettes en Sevilla, 2016) y de Fernando Iwasaki (que lo epilogó: "Diez instantáneas de Eduardo Chirinos"). No hay excusas para dejar de leer a uno de los mejores poetas del ámbito hispánico. 
Alfonso Brezmes, madrileño del 66, ganó con El don de la tristeza (Visor) el premio Emilio Alarcos. Siento predilección por ese sentimiento (y por esa palabra), así que el título... Por esos azares de la vida, compruebo en mi archivo (este blog) que nunca había reseñado un libro suyo, y no es éste el primero. Leerlo, sí lo había leído y en la biblioteca hay ejemplares firmados por él. De no haberse adelantado Anson, hubiera intentado hacerlo en El Cultural. La impresión, en todo caso, ha sido, que es lo que al cabo importa, muy positiva. No se pasa Luis Alberto de Cuenca en su preciso elogio. Claridad e imaginación se unen para entregar al lector una serie de poemas donde la melancolía pesa lo justo y nunca transgrede la tristeza su justa, equilibrada medida. Un puñado de poemas memorables hacen de él un módico objeto de deseo. "Escribir  es contar una verdad / que no existía antes", nos recuerda. Excelente. 
Al final de la lectura del Teatro Circo de Albacete, dediqué algunos ejemplares de Territorio y otros libros míos y, de paso, charlé brevemente con algunas personas que habían tenido la amabilidad de ir a escucharme, como Matías Miguel Clemente. Que esa ciudad (y esa provincia) es tierra de poetas es cosa archisabida y varias antologías recientes lo demuestran. Éste es uno de esos benditos poetas de provincia que nada tienen que envidiar a los capitalinos y que, además, se permiten el lujo de editar sus libros en sellos tan cosmopolitas como La Bella Varsovia. Me dijo que ahí había aparecido su última entrega y le espeté que su poesía sería entonces... experimental (por utilizar un genérico), como suele ser la que se publica en esa acreditada casa. Lo desmintió de inmediato. Me ha enviado Una arena tan sensible para que uno mismo lo comprobara. Y así ha sido y, más allá de inútiles calificativos o etiquetas vacías (perdón por usar una antes), la suya es poesía verdadera y, sí, más clara que oscura y menos experimental que clásica, en el mejor sentido del término. No en vano este hombre, albaceteño del 78, es filólogo y profesor de Secundaria y Bachillerato y estuvo seis años trabajando en Turín, ciudad italiana ligada indefectiblemente a Pavese, que aparece en uno de los poemas. Algunos me han parecido soberbios y he disfrutado mucho del libro, sobre todo de su primera parte: "Puntos de fusión". "Ese recodo ahogado es el poema", dice. 
La colección Pie de Página sigue su andadura y ya son siete los títulos publicados. Los dos últimos mantienen la tónica exigente con la que empezaron estos jerezanos amantes de la poesía. Me refiero a Colina del limonar, hermoso titulo para la nueva entrega del malagueño del 65 Álvaro García (uno de los pocos que se atreve con el poema largo y la poesía de largo aliento), y Mi casa en llamas, de la sevillana del 79 Carmen Fernández Rey. Ya es casualidad que reseñara sus dos libros anteriores en la misma página de El Cultural, el 3 de enero de 2025. Ah, ambas obras contienen poemas inéditos. A veces, como en los casos de Amalia Bautista, Marcos Díez o Abelardo Linares, ese sello edita breves antologías.