4.2.26

M. Á. Lama lee "Territorio"

 Territorio de Álvaro Valverde


Me emociona tener en mis manos este volumen de la poesía completa de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959). Sé que no es completa y que el rigor exige el término que lleva el subtítulo de este imponente Territorio. Poesía reunida (1985-2025), que acaba de aparecer en la colección «Nuevos textos sagrados» de Tusquets Editores, sello en el que el poeta placentino viene publicando sus libros desde 1995, cuando salió Ensayando círculos. La redondez de una poesía completa expresa mejor este entusiasmo de ver toda una vida poética de cuarenta años recogida en un volumen de setecientas veintiséis páginas. Como dice Gonzalo Hidalgo Bayal en su espléndido epílogo, «esta poesía reunida ofrece una idea bastante clara y bastante amplia de cómo ha sido y cómo es la vida de quien la ha escrito, de cuáles son sus hábitos y sus costumbres, cuáles sus inclinaciones y sus intereses, cuáles, en fin, su concepción de la existencia, sus preocupaciones y su pensamiento» (pág. 695); y por esto mismo nos pone delante a ciertos lectores un escenario que hemos conocido desde su comienzo hasta el momento presente. Digo más: incluso sobrepasando ese límite por el principio, pues hay una prehistoria de este Territorio de la que también supimos gracias a que la vida nos ha favorecido con la cercanía y la amistad del poeta. La lectura de tan apreciado volumen, que recupera el título de su primer libro de 1985, me trae, pues, muchos recuerdos: conversaciones, viajes, encuentros en el momento fatal de la despedida de algunos amigos, cartas, numerosos correos electrónicos, wasaps, presentaciones compartidas y esa manera de honda relación de muchas, muchas horas de lectura. Me emociona revisitar poemas de Una oculta razón (1991), de Mecánica terrestre (2002) o de El cuarto del siroco (2018) en los límites de este nuevo territorio que los aúna, un volumen que ofrece novedades felices y significativas, como marcas de vida y de poesía: la dedicatoria invariable durante tantos libros a Yolanda, Leticia y Alberto, que incluye a sus dos nietas, Vega y Gala; los lemas generales de Juan Ramón Jiménez («En realidad, voy haciendo mi poesía en el curso de la existencia. Si ofrece unidad en su continuidad es la que le imprime, desde su centro, la vida misma») y de Eliseo Diego («Aquí no pasa nada, no es más que la vida»), la incorporación de un libro nuevo, Geografías del jardín, fechado en 2025, y la inclusión de una sección final de «Poemas recuperados», con siete textos de publicación desperdigada en muy diferentes sitios entre 1998 y 2012. Una obra así es una especie de atlas de la geografía poética de un autor en el que, además, la idea de lugar es nuclear; también es el calendario poético de una vida que es, con todo, una «apacible huida hacia la muerte» (de «Autobiografía», en Desde fuera). Lugar y tiempo son nociones recurrentes en el libro y en toda la obra de Álvaro Valverde, y este Territorio de 2026, en tanto que obra nueva, lo corrobora. Novedades, decía arriba, y también invariantes tan sutiles y delicadas como la presencia —de nuevo, después de Mecánica terrestre, Más allá, Tánger El cuarto del siroco— de la amistad con el artista Salvador Retana, que ilustra la cubierta, y que contribuye así a esta conciliación de todo. Celebro, en fin, alborozado, la publicación de esta poesía completa y doy las gracias a Álvaro Valverde por haberme permitido durante todos estos años asomarme a este privilegiado mirador de su territorio. Ahora, a seguir leyendo.

En su blog PURA TURA. 

2.2.26

El universo López Andrada

López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) es, sí, un autor prolífico. De libros de poesía (los últimos, Parte de ausencias y Va oscureciendo) y novelas, obras por las que ha obtenido numerosos premios. Su mundo está centrado en lo rural y, claro, en la naturaleza. Un mundo campesino y único que mantiene vivo en su memoria y pertenece, sobre todo, a su infancia (simbolizada por el machadiano azul); seres y cosas inseparables de sus propios recuerdos. En esta entrega, subtitulada “Una elegía rural”, evoca de nuevo ese paisaje del alma, siempre igual y siempre diferente. Para ello usa la medida del poema en prosa, movediza mezcla de dos géneros que, por cierto, nunca se ha preocupado de diferenciar. Lo divide en tres partes: “Ámbitos”, “Imágenes” y “Las ausencias”. Ahí, “la luz de la pobreza”, que rima con tristeza; el miedo, de posguerra, benemérita y maquis; la emigración: “Nunca olvidaré el paso umbrío de los que emigraron”; los animales: las bestias y los pájaros; el tren y los abuelos; la familia y los amigos, y en especial sus muertos (Adela, Regina, Michu, Caco…); el barro y el verano; los lugares, natales (“la tierra despoblada en que crecí”) y asumidos, como Córdoba.
“Ahí tienes el paisaje, escríbelo”, leemos. A eso se aplica. Es un testigo. Porque “vivimos dentro de una despedida”, por evitar “el liquen del olvido”, canta y cuenta con amor para que ese universo no desaparezca: “Mi reino, tan sencillo y diminuto que cabe en un recodo de mi mano”.
A pesar de su apuesta por la sencillez (“¿Cómo no ser humilde en estos campos?”), su lenguaje lírico es opulento. Cargado de adjetivos certeros y de arriesgadas comparaciones e inspiradas metáforas, donde la imaginación y lo onírico prevalecen. Según Gabi Martínez, es “uno de los últimos virtuosos de la melancolía”.
 
Alejandro López Andrada
Hiperión, Madrid, 2025. 80 páginas. 13 €.

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.



 

Reseña uruguaya de "Meditaciones..."

Juan de Marsilio reseña Meditaciones del lugar en El País (Uruguay). Nunca es tarde si...

Una poe­sía calma y repo­sada

Cuando comen­zaba el siglo XIX nació el Roman­ti­cismo, tanto en su ver­tiente pasio­nal como en su opuesta, la melan­có­lica. Con ella entronca el espa­ñol Álvaro Val­verde (1959), cuya poe­sía selecta se pre­senta en Medi­ta­cio­nes del lugar.
La de Val­verde es una poe­sía calma y repo­sada. El abor­daje de la natu­ra­leza es esti­li­zado, a la vez sen­so­rial y con­tem­pla­tivo, esto último en el sen­tido de intuir, tras la apa­rien­cia fugi­tiva de las cosas, lo per­ma­nente, como se nota ya en Las aguas dete­ni­das, su pri­mer libro, cuyo aire se capta aquí:
Las cosas per­ma­ne­cen en las cosas: pasa la luz dudosa entre los arcos, des­cansa en los bal­co­nes colo­nia­les, bri­lla en las aguas blan­cas del invierno. Pasa la luz y nada y nadie acierta en la adi­vi­na­ción. Los sig­nos expec­tan­tes, el cielo de ame­naza. Las seña­les. ¿Acaso no ven el ful­gor que lo anun­cia?
El antó­logo y pro­lo­guista José Muñoz Milla­nes expone las influen­cias de Luis Cer­nuda con citas pre­ci­sas, tam­bién de los poe­tas meta­fí­si­cos ingle­ses y la poe­sía latina en el tópico del “locus amoe­nus”, lugar ameno que per­mite al poeta medi­tar. Señala tam­bién Muñoz Milla­nes la influen­cia de la téc­nica de la com­po­si­ción de lugar, pro­puesta por San Igna­cio de Loyola en sus Ejer­ci­cios espi­ri­tua­les. El pai­saje puede ser real o ima­gi­nado, y al mirarlo, el poeta cons­truye otro pai­saje. Val­verde tiene con­cien­cia de ese arte de la mirada excén­trica, como puede verse en el frag­mento del poema “Com­po­si­ción de lugar”, del libro Ensa­yando cír­cu­los:
El ángulo difiere, es otra desde aquí la pers­pec­tiva. No basta este deta­lle para hacer que de pronto todo pase por fal­sa­mente nuevo.
(...)
Hay algo inde­le­ble en los per­fi­les de cuanto, dete­nido, me rodea.
En resu­men: una muy buena anto­lo­gía de un poeta mayor, que invita a la lec­tura inte­gral de su obra.

MEDITACIONES DEL LUGAR, Anto­lo­gía poé­tica (1989-2018), de Álvaro Val­verde. Pre-Textos, 2024. Valen­cia, 154 págs.



31.1.26

Diecisiete casas

La poeta valenciana Àngels Gregori Parra reúne en una nueva entrega de la colección Sombras, dedicada a antologizar poemas de mujeres en distintas lenguas, los escritos en catalán por Antònia Vicens, Marta Pessarrodona, Margarita Ballester, Teresa Pascual, Vinyet Panyella, Cèlia Sànchez-Mústich, Dolors Miquel, Susanna Rafart, Maria Josep Escrivà, Gemma Gorga, Àngels Marzo, Mireia Calafell, Maria Callís, Blanca Llum Vidal, Anna Gual, Maria Sevilla y Raquel Santanera. Ésta nació en 1991 y Vicens medio siglo antes.
En el breve prólogo, Gregori señala que “hacer una antología nunca es una labor burocrática” y que es inevitable que intervenga el gusto personal. Más que justificarse, celebra con la muestra que “la vitalidad de nuestra tradición poética” esté “más presente que nunca en la poesía escrita por mujeres”, representadas aquí por “tres generaciones simultáneas”. Al final del volumen se da cuenta las respectivas trayectorias y no deja de llamar la atención la cantidad de premios y condecoraciones que la mayoría atesoran.
Como ocurre con estos trabajos, el lector descubre voces que, por escribir en otro idioma, ignoraba. No es el caso de todas: Vicens (Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura de España en 2018) o Pessarrodona son de sobra conocidas y de Gual reseñamos hace poco un libro. No son las únicas traducidas al español.
Destacaría la similitud de tonos; propios, me atrevo a generalizar, de la feraz poesía catalana contemporánea y, en concreto, por su afinidad con la veta anglosajona.
Como lector, más allá de la valoración altamente positiva del conjunto, subrayaría lo escogido por la antóloga de las obras de Pessarrodona, Panyella, Rafart, Marzo, Calafell, Callís y Gual. Poemas como “Londres, 1967”, “Taller Cézanne”, los seis de Rafart, “El rostro nival”, “Épica II”, “Venías hacia mí…” y “La pasión”. Diecisiete poéticas como diecisiete casas, sostiene Gregori, inspirándose en Philip Levine.
 
Àngels Gregori Parra
Vaso Roto, Madrid, 2025. 137 páginas. 23 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.



18.1.26

Muere Cristino de Vera

Ha muerto el pintor Cristino de Vera. Esto escribí en ABC hace (casi) un cuarto de siglo.
Cristino de Vera en Silos

ESTE era un encuentro anunciado. Que uno de nuestros artistas más secretos, uno de nuestros solitarios (como Gaya), alguien que ha ido elaborando una obra cargada de soledad y de silencio, de austeridad y de quietud, a la «búsqueda de la esencia de las cosas», exponga en un monasterio no deja de ser la cosa más natural del mundo. Podría haber colgado allí, de esos muros blancos que tanto abundan en sus cuadros, parte de esa obra a la que hacía mención hace un momento. Su imaginario: mesas, cuencos, velas, cráneos, ventanas, cestos, tazas, cementerios... Antes, paisajes de Castilla. No creo que Silos diste de ser parte de su mundo. Con todo, a raíz de un regreso a la abadía (que visitó por primera vez a instancias de Gerardo Diego a finales de los sesenta) y de una larga conversación con el abad, Clemente Serna, Cristino de Vera vuelve a Madrid, a su estudio cerrado con aires de celda monacal, como nos cuenta Juan Manuel Bonet, y dibuja las plumillas sobre papel que conforman su muestra en Santo Domingo, abierta hasta mediados de diciembre de este año. Esos dibujos son nuevos y, como no podía ser de otra manera, idénticos a otros de los suyos. No cabe imaginar cosa distinta en alguien que vive en su particular morada, propia y diferente, como corresponde a un pintor con personalidad, dueño de una visión parcial, con una trayectoria rica y larga a las espaldas. Podemos ver el resultado, además de en las paredes del convento, en el sobrio catálogo, acorde con el espíritu de esta pintura, editado para la ocasión por el Museo Reina Sofía en colaboración con distintas entidades privadas. Allí, de nuevo, como decía, sus atmósferas cargadas de ese «meollo de luminosidad sorda que emerge de la insondable profundidad del lienzo (aquí, papel) como algo sobrenatural», en palabras de Calvo Serraller. Allí, su «luz ofrecida». Sus vanitas, recordatorio oportuno y siempre necesario de nuestra efímera condición mortal. Allí, las cruces (cristos y crucifixiones) y las tazas, que son cálices. Las lecturas de San Juan de la Cruz, tan apropiadas para el lugar elegido y para un pintor de aliento místico y poético como Vera. La geometría. Unos dibujos, eso sí, que nadie se llame a engaño, que dialogan no sólo con la tradición de Zurbarán (su «hermano espiritual», según Bonet) y de los clásicos, valga la simplificación, sino que también lo hace con otro clasicismo, el de la modernidad. Y ahí, Rothko, Pollock, Malévich, Klee... Al fondo, otros pintores de su estirpe: Morandi, Luis Fernández.
Son especialmente lúcidas, en todos los sentidos, las prosas del pintor que acompañan, junto a citas muy oportunas de diversa procedencia (Weil, Van Gogh, fray Luis), las reproducciones. Dan cuenta de la vida de un hombre empeñado en profundizar en su tarea. No tienen como misión explicar nada, y menos aún lo que se ve. Van más allá: trazan el sinuoso camino de la creación. Los que no le conocemos, esto es, los que le vislumbramos por las contadas noticias de la prensa y por lo que nos cuentan los críticos y los periodistas, no muchos, adivinamos en Cristino a un ser frágil, dubitativo, emboscado, que vive por y para su obra, un punto atormentado incluso. Algo de sí mismo ha dejado entrever en su texto Autobiografías (elocuente ese plural) del que por suerte algo se recoge en el catálogo. Se define como hombre de contrarios: luz y sombra, vida y muerte, alegría y melancolía; con conciencia temprana de su vocación; deseoso de lograr obras calientes, con fuerza y expresividad; sabedor de que «la pintura es una manifestación de la vida», que reconoce, en fin, que ha pintado «para eliminar la oscuridad del miedo», como le confesó a Juan Cruz.
Nada mejor para terminar que dejarle la palabra: «Quisiera en mi trabajo que todo tuviera un aire poéticamente remansado, que pareciese que lo fugaz es detenido, que huyese la angustia, y el silencio de paz lo envolviese todo, que la misma muerte fuera clara y diáfana como una melodía silente donde todo fuese armónico». Cristino de Vera, ya ven, un místico, pero de nuestro tiempo.
ABC, 29 de noviembre de 2002

14.1.26

Fragilidad de la belleza

En 2024, más de dos décadas de silencio después, el poeta Francisco Bejarano publicaba por sorpresa Contra el júbilo. Ahora, a los ochenta de su edad, da a la imprenta este nuevo libro que se une a Transparencia indebidaRecinto murado, Las tardes (Premio Nacional de la Crítica) y El regreso, los que componen su obra poética. Cabe sumar dos antologías: Un juego peligroso, publicada (La Isla de Siltolá, 2011), con edición y prólogo de José Julio Cabanillas, y Los demonios de la melancolía, que acaba de publicar Renacimiento en su icónica colección de florilegios al cuidado de Fernando Taboada.
Seis partes componen Muchachos, que incluye delicadas ilustraciones de Álvarez Mejuto.
“Porque la vida sigue en los recuerdos” y “se acaba del todo cuando te dejan de recordar”, evoca Bejarano a “los muchachos que amé”. “Han muerto todos”.
Los poemas de esa sección me parecen los más logrados, como “Secreto” (“El amor verdadero, su pureza, / se hace vulgar si median las palabras”) o “Fragilidad de la belleza”. La elegante dicción clásica del jerezano se acompasa bien al tono melancólico y elegíaco de unos versos que aluden veladamente a lo prohibido. Eran otros tiempos; sin embargo, “¿qué haremos / con al persistencia de lo vivido?”.
No falta la nota culturalista: “El recuerdo y la contemplación bastan. / Es un arte mayor el erotismo”. En “Un mundo masculino” revive a personajes griegos (Estratón de Sardes), romanos (Marco Aurelio) o artúricos (Sir Galaz); en “Salón de inmortales”, a chicos (normalmente desnudos) que protagonizan obras de arte famosas, de Broc, Leys, Canova, Gainsborough o Sorolla; en “Devociones privadas”, a actores de cine: Brandon de Wilde, Colin Farrell, Matt Damon, etc. El libro se cierra con un bonito homenaje a Pasolini: “Los libros nos transmiten la añoranza / de tiempos y existencias no vividas”.
 
Francisco Bejarano
Pre-Textos, Valencia, 2025. 84 páginas. 15 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.


 

11.1.26

Para quien ama con verdad

En Cartas a un joven poeta, Rilke desaconseja escribir poemas de amor porque entiende que es difícil para un principiante. Que requieren una madurez de la que aún carece. Uno diría que ni siquiera con ella está garantizado el éxito. Por frecuente que sea ese tema común, la verdadera poesía amorosa dista de ser habitual. Victoria León (Sevilla, 1981) sortea el aprieto y sale indemne. Si bien no todo en Luz de la noche incide en ese asunto capital de la lírica, abundan en su tercer libro los versos que lo ensalzan. Y, ya digo, con sobrada solvencia. Sin caer en los tópicos al uso.
De cinco partes consta. En todas se aprecia las constantes que marcan su voz. El sosegado ritmo que aportan los endecasílabos, su medida más frecuente; “la lengua clara y precisa” a la que se refiere su maestro, Luis Alberto de Cuenca; el misterio, que es, como explica Andrés Trapiello, “aquello que se comprende únicamente si no hay necesidad de explicarlo”. Al fondo, siempre, la cultura clásica; latina (el libro se abre con una cita de Propercio) o inglesa (es traductora de Mary Shelley, Ruskin, Stevenson, Plath…). En “Ruinas”, la primera sección, la más culturalista, menciona el mito de Casandra, el silencio de Hamlet o el De profundis de Wilde (del que vierte un fragmento). Y a la tristeza, otro motivo central de esta poética melancólica. Léase “Lejana tristeza”. En las otras, ya se dijo, el amor domina. En versos como “Todo es verdad en ti cuando me miras”, “Todo amor verdadero es un asombro”, “Fuera del tiempo nuestras sombras se aman”… En poemas como “Revelación”, “La belleza del mundo”, “Recuérdame”, “Quiero ir con aquel a quien amo”, “Gratitud”, “Meditación” o “En silencio”. Sí, “la poesía es un viaje / de vuelta de las sombras”. Luz.
 
Victoria León
Visor, Madrid, 2015. 60 páginas. 12,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.



2.1.26

Flores y Gañán en Beatriz Pereira


Las dichosas circunstancias me habían impedido conocer la nueva galería de arte que ha abierto en Plasencia Beatriz Pereira, en el número 11 de la calle del Rey, el portal contiguo al que ocupara hasta hace poco Foto Rex, el estudio de mi familia política. Lo primero que impresiona, al menos a este placentino sin remedio, es el zaguán y el espacio que ocupa la galería, compuesto de un patio con columnas y bóvedas y otras estancias de lo que fue y aún es una de esas casonas palaciegas tan propias de este lugar, con su mirador en la fachada, como en no pocas de esa calle que se llamó en su día del Marqués de la Constancia, esto es, Don Calixto Payans y Vargas, quien dio nombre al colegio Marista donde pasé toda mi infancia. Ahora comprende uno mejor que la restauración del edificio llevara tantos tiempo. 
La planta baja luce, en su sobriedad, preciosa. Ideal, cree uno, para albergar exposiciones y obras que, por supuesto, contrastan, por su modernidad, con los muros de piedra enjalbegados (donde no faltan restos del pasado) de los que cuelgan. Como un acierto me parece la elección de los cuadros, dibujos, telas y esculturas de la hornachega Isabel Flores y el placentín Emilio Gañán que forman la muestra pura coincidencia, basadas en una idea que de casual no tiene nada. 
"De puras coincidencias" titula precisamente María Jesús Ávilacoordinadora del Museo Helga de Alvear, el texto del catálogo que encabeza una cita muy bien traída de FoucaultExplica con rigor las confluencias (no tanto las divergencias) que justifican el irónico título. "Ninguna semejanza, ninguna distinción", diría el filósofo francés. Es cierto que "la coincidencia de las formas puras que ambos artistas trabajan, se encuentran". Nuestra mirada no tiene más remedio que aceptarlo. Con naturalidad. Estamos, sí, ante "un acercamiento autoral no sólo pertinente, inteligente y estéticamente feliz, también una aproximación arriesgada. Precisamente porque aquello que los acerca podría convertirse en un factor de riesgo que dificulte la percepción de la inmensa singularidad de cada uno de los mundos estéticos de estos dos artistas", como sugiere Ávila. Y añade: "Entrar en esta exposición es entrar en el imperio de la línea y de la forma, así como de las relaciones espaciales que generan. En el dominio de la geometría y de las matemáticas, de todo cuanto las define y condiciona: el rigor, la estructura, el orden, la exactitud... y también de aquello que nace bajo su mandato: la modularidad, la repetición, la secuencialidad, la progresión, el ritmo y, finalmente, el desvío". Matiza más adelante que "esas premisas coincidentes adoptan bifurcaciones conceptuales, procesuales y formales que las alejan mientras las mantienen armonizadas bajo la pátina que proporciona el universo de la abstracción y la geometría". "La obra de Emilio e Isabel está marcada por el método y la precisión", sostiene Ávila, que analiza con sobrado conocimiento sus respectivas poéticas.

Por lo demás, no siendo uno crítico de arte ni pretenderlo, no hay sorpresas relevantes en lo que Gañán enseña, siempre igual y siempre diferente (me quedo con sus impactantes "arquitecturas azules"), ahondando, a golpe de variación, en lo abstracto y lo geométrico, que no dejan de ser las lindes de su particular territorio matemático. Más me han sorprendido, porque apenas si conocía su obra, las propuestas de Flores, sus delicadas y sugerentes lacerías (ya sean en forma de dibujo o como forjas policromadas bicapa al horno), que enlazan con la tradición morisca de su natal Hornachos, uno de los pueblos más bonitos que conozco.
Sé que no es la primera exposición que tiene lugar en Beatriz Pereira. Ni será la última. Me alegro mucho de que por fin contemos en esta ciudad (que quiere pasar por culta) con una galería privada (alguna hubo en tiempos, aunque con otra alcance) que pretende, además de mostrar arte, venderlo. No me cabe duda de la solvencia de la galerista y de su criterio. A la vista está. Ojalá su proyecto cuaje y ella, ay, persevere. 






Fotografías de María P. Vallejo.