25.4.26

J. A. Masoliver Ródenas lee "Territorio"


Avenidas a la memoria
 
El extremeño Álvaro Valverde reúne cuarenta años de vida poética; más que de evolución, debemos hablar de desplazamientos: la casa, la ciudad, los países ...
 
J.A. MASOLIVER RODENAS.
La Vanguardia. Cultura/s. 25 de abril de 2026
 
Álvaro Valverde (Plasencia, Cáceres, 1959), poeta, narrador y articulista, fundo junto a Gonzalo  Hidalgo Bayal el ‘Aula de Literatura José Antonio Gabriel y Galán’, ha coordinado con Jordi Doce la colección Voces en el tiempo, y fue cofundador de la revista Espacio/Espaço escrito, en castellano y portugués.
La lectura de Territorio. Poesía reunida (1985-2025) es un largo recorrido por el territorio de la poesía. No se puede hablar aquí de evolución, ya que hay una absoluta coherencia desde el primer poema de la página 15 al último de la página 663. Tenemos que hablar en todo caso de desplazamientos: la casa, la ciudad, los países. Hay, eso sí, una progresiva narratividad, sin que se pierda en ningún momento la esencia lirica. Poemas marcados por la autenticidad, que surgen de una necesidad y de la expresión del vivir y sentir del propio poeta.
Aunque no sea muy justo hablar de influencias (abundan las referencias a otros autores y son muchos los poemas que se abren con un epígrafe), sí que hay algo del camino, paseo o recorrido de Antonio Machado, poeta que supo, igual que Valverde, unir la narración, la voz lirica, la observación, el amor a la naturaleza y la reflexión. Y con la casa, el jardín: “No es cualquier cosa un jardín. / Su espíritu es el mismo de mi Buda interior. / Donde mejor dialogaría con él”.
El viaje parte, naturalmente, de Plasencia, “la ciudad que amo”, “sentir la vuelta a casa”, “la elemental presencia de la casa”. Casas muchas veces en ruinas, marcadas por el paso del tiempo, “el dulce afán de registrar las ruinas”, “edificios sujetos a la herrumbre”, “entre ruinas se avanza en estas calles / de la desolación”. En “Memoria de Plasencia”, “Los rojos pabellones derruidos / fueron un día / el límite del mundo”, que nos recuerda el “Estos Fabio, ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, /fueron un tiempo Itálica famosa”, de la “Canción de las ruinas de Itálica, de Rodrigo Caro.
Abundan las referencias al viaje, del “viajero / que rehúye a conciencia /el papel de turista”; “me gusta esta ciudad /donde el viajero / no transita, impecable, / por un parque temático”. “El viaje / exigirá el abandono / de sitios de costumbre” y nos llevará a distintos lugares. A Cadaqués, a Zahara de los Atunes, al siempre presente Yuste, a su Plasencia, a Nápoles o a un Londres que nos recuerda al de Eliot. Al mismo tiempo, este recorrido nos invita a observar la naturaleza. “El árbol acontece y es eterno”; “Aún penden del naranjo las razones del fruto /y el ciruelo se rinde con las ramas al suelo”; “En las villas romanas los cipreses / serán nuestra razón pues simbolizan/ aquello que perece”.
No solo esta lo que observamos (ojos que no ven, corazón que no siente), sino también otra presencia, lo que recordamos: “Mi tema es la memoria; “Cuanto contempla, entonces, / se convierte en recuerdo”; “mis recuerdos son suma de una incierta memoria”. Algo que esta estrechamente relacionado con el tiempo, el pasado hecho presente, pero “un tiempo sin memoria, una vasta estancia para el olvido”, “viviré de olvidarme”. Algo que puede relacionare con la luz y la sombra, “la vegetal sabiduría de la sombra”; “la dudosa frontera de la luz y la sombra”; “una sombra de sombras”, cuando “la invisible luz es también un misterio”; “Una luz irreal, reveladora”.
Al “dulce afán de registrar las ruinas” hay que añadir la fugacidad, lo que se disuelve, “el tránsito fugaz”, la “plenitud de la muerte”. Una visión enriquecedora de este magnifico libro lo dan el poema clave “El canto suspendido” y el epílogo a cargo del mismo Hidalgo Bayal. 

Nota: La fotografía es de Carlos Santiago.