Sugerí el sitio y el Ayuntamiento puso la fecha. Hoy, Día del Libro, en la Biblioteca de los Jesuitas de Plasencia, ubicada en el Palacio Episcopal placentino, el alcalde Pizarro y yo hemos firmado oficialmente el documento que certifica la donación de mi archivo y biblioteca a esta ciudad. Un acto tan discreto como emotivo. Acaso sean los libros mi bien más preciado. Pero mejor será que quien esté interesado en el asunto lea, sin más, lo que dije allí esta mañana. Como aquel otro Valverde, uno es al fin y al cabo "ser de palabra".
"Llevaba tiempo pensando qué sería de mi biblioteca. Lo normal es que, tras la muerte del coleccionista, los herederos, mujer e hijos, la desbaraten vendiéndola a cualquier librero de viejo. O ni eso. Mala cosa. No quisiera que la de uno terminase así. Como dice Alberto Manguel, cada biblioteca «es una suerte de autobiografía». Además, pienso que esos libros que he reunido a lo largo de mi vida pueden resultarles útiles a otros. A mí, cuando era joven y apenas los tenía, me habrían servido, más si tengo en cuenta que desde muy pronto aspiré a ser poeta. ¿Y quién puede serlo sin lecturas?
No son sólo los libros, claro, también está el archivo,
desordenado como la biblioteca, que reúne escritos, originales, cuadernos
manuscritos, correspondencia (en papel y mediante correos electrónicos),
fotografías, colaboraciones en los medios, entrevistas y otros recortes de
prensa (los artículos del ABC, el Hoy o el Extremadura,
por ejemplo, periódicos de los que fui colaborador), reseñas publicadas, tanto
propias como de libros ajenos, etc. Por
eso, más que de biblioteca y archivo, habría que hablar, en rigor, de legado,
por pomposo que resulte.
De este asunto he venido hablando largo y tendido con la
poeta Pureza Canelo que donó el suyo a la Excma. Diputación de Cáceres. Su
ejemplo en la defensa del patrimonio bibliográfico es una guía. Defiende lo que
en esta país, no digamos en Extremadura, nadie protege. No estaría de más que
se empezara a hacer. Por eso…
En su día me puse en contacto con la directora de la
Biblioteca Regional de Extremadura. Su respuesta, aunque mostró interés, estuvo
llena de peros. No hay sitio, podría ser el resumen. Su interés se centró en la
recuperación del archivo. Y ahí acabó todo. Me refiero a mi caso, pero esa
carencia institucional es tan general como lamentable.
Por mi cuenta, tras el último expurgo (que me obligó a
alquilar un trastero donde se guardan cientos de ejemplares en cajas), llegué a
cuestionarme si alguna biblioteca rural aceptaría la donación. La que lleva mi
nombre, pongo por caso, en Aldehuela de Jerte, tan modesta que se denomina «agencia
de lectura». No llegué a hacerlo. Con todo, no me desagradaba la idea de que mis
libros acabaran en una perdida biblioteca de pueblo. Lo que ha logrado con su
legado el poeta Antonio Colinas, enojosas comparaciones al margen, es ejemplar
y magnífico. Nada usual en España.
Reconozco que siempre pensé que la mejor opción era que lo
de uno se quedara en Plasencia. Me siento placentino y la presencia de la
ciudad en mi poesía es evidente. Si lo descarté en un principio fue porque
comprendí que no habría dónde depositarlo. Hasta que se informó en la prensa de
la nueva, probable ubicación de biblioteca pública municipal en la histórica Casa
del Deán. Bastaría con reservar en ese nuevo espacio una sencilla sala capaz de
albergar mis fondos, pensé. Eso, y la sensibilidad del alcalde Pizarro,
necesario impulsor a la postre de esa idea (junto con Juan Ramón Santos,
solvente cómplice necesario de esta operación), me animaron a plantearla por
fin.
De una conversación con la cronista oficial, Esther Calle,
deduje que el Archivo Municipal podría ser una opción complementaria. Ya hay
antecedentes, aunque de otra índole: el legado de Miguel Sánchez-Ocaña o el de mi
pariente Manuel Díaz López, entre otros.
Sí, cuando leí en la prensa que se quería transformar la
Casa del Deán en «una gran biblioteca», vi el momento de sugerir al Ayuntamiento
de mi ciudad natal la cesión (ofrecimiento, donación) de ese legado. Acaso en
ella habría, ahora sí, un rincón para mis cosas, pensé.
¿En qué condiciones? Para empezar, gratis et amore. Para
seguir, que la biblioteca fuera sólo accesible a lectores in situ, esto
es, que los libros no se pudieran prestar, y que los documentos estuvieran sólo
a disposición de los investigadores o especialistas.
Antes habría que catalogarla. Otro tanto habría que hacer
con el archivo.
La biblioteca es fundamentalmente de poesía. Casi cincuenta
años la contemplan. Y los que sigan, que espero que sean todavía unos cuantos. Está
formada con criterio y lo imprescindible de estas últimas décadas está, según
creo, presente en ella. En ese sentido, es única. Exijo, cómo no, preservar su
unidad. Abundan las primeras ediciones y los libros dedicados. Hay, además de
libros, revistas y otros documentos impresos.
En un momento dado, tras una conversación con el editor y
librero sevillano Abelardo Linares ―alguien con una amplia experiencia en este
campo, con trabajos realizados para la Biblioteca Nacional o las Fundaciones Francisco
Brines y Carlos Edmundo de Ory―, éste se ofreció a tasar ese legado, lo que al
cabo hizo. No es eso lo importante. Conviene no olvidar aquellos versos que
puso Antonio Machado en boca de Juan de Mairena: «Todo necio / confunde valor y
precio».
En su informe escribe: «La biblioteca de Álvaro Valverde (…)
es la biblioteca de un poeta y escritor contemporáneo muy vinculada con muchas
personalidades del mundo de las letras y con un exigente criterio lector que
hace que los libros reunidos por él tengan un especial interés, además de que
muchos de ellos están dedicados por los autores.
Una biblioteca de estas características es siempre una
biblioteca única, gracias a las piezas aportadas por la zona de archivo, es
decir, fundamentalmente los epistolarios y originales incluidos, pero también
por los libros que la forman».
Ha de quedar claro que una biblioteca así no me representa sólo
a mí, sino a todos los escritores que la componen. Habla, pues, de la poesía en
general. De la extremeña, singularmente, aunque su alcance va mucho más allá y
las traducciones de poesía extranjera sean numerosas.
Se contempla en el proyecto que a esa biblioteca se deberían
ir incorporando los libros que tengan relación con mi poesía. Y los libros que vayan,
ya se dijo, llegando.
En el citado documento, se explicita quienes son mis
albaceas literarios: mi mujer, mis hijos y los escritores y amigos Jordi Doce
Chambrelan y el citado Juan Ramón Santos Delgado, que tanto ha hecho ―vuelvo a
recalcarlo―, en su condición de funcionario, por que este proyecto se haya
podido hacer realidad.
Si llegara a buen puerto, la biblioteca debería convertirse
en un centro de irradiación y defensa de la poesía. Podrían programarse ciclos
de lecturas, pongo por caso. O visitas de poetas de reconocido prestigio. No en
vano Plasencia es una ciudad de la poesía. Y de poetas. Los últimos, los de la
que nombré como «plaga lírica». Con
todo, la historia nos lleva muchos siglos atrás. Aquí, en fin, se han celebrado
actos poéticos que lo subrayan: el Aula de Literatura «José Antonio Gabriel y
Galán» o «Centrifugados», por poner dos modelos de excelencia.
La casualidad ha querido que este acto coincida con la
publicación de mi poesía reunida, Territorio, que agrupa los libros que
he publicado entre 1985 y 2025, esto es, toda una vida. Aprovecho para informar
de que lo presentaremos el próximo 25 de abril, sábado, a las 12 del mediodía
en el patio del antiguo Colegio de los Jesuitas, actual sede de la Escuela
Oficial de Idiomas y del Centro de la UNED.
La propuesta ha sido aprobada legalmente en una sesión de
pleno por el Excmo. Ayuntamiento y hoy llega a su culminación con esta firma
pública. Sólo cabe esperar que esa ansiada biblioteca se inaugure y pueda
albergar, en una de sus salas, mi humilde legado literario".

