28.6.26

Vuelos de golondrinas

Blanca Llum Vidal (Barcelona, 1986), que figuraba en Movimiento de las sombras. Diecisiete poetas catalanas, es autora de los libros de poesía La cabra que hi haviaNosaltres i tuHomes i ocellsVisca!Punyetera flor, Maripasoula: Crònica d’un viatge a la Guaiana francesaAquest amor que no és uAmor a la brega y Tan bonica i tirana. También de una novela epistolar y dos libros de ensayo; uno, Llegir petit, sobre su condición de lectora. 
El corazón no tiene nunca suficiente recoge poemas de esos libros (“con los que sentía mayor proximidad”), salvo de Maripasoula y Aquest amor…, volumen que ya estaba en el catálogo de Ultramarinos.
El traductor de la antología, que abarca una década, es ahora su editor, Unai Velasco. En su nota señala que esta poeta de la “generación del tercer mil-leni”, sin más premios que el prestigioso Carles Riba, centra su obra en el amor (y evoca a Llull). Alude a lo somático y lo político; al cuerpo y a lo cívico (es trabajadora social, precisamente); a la importancia del “otro”, siguiendo a Lévinas; a “lo gramatical” y “lo léxico”, signos inseparables de esta “escritura singular” y de gran “riqueza lingüística”, de esta poesía es “de todo menos figurada”, que se alimenta de “lo preposicional y lo pronominal”, muy oral, barroca al cabo. ¿”Realismo críptico”? “No sabemos desde dónde nos habla”, sostiene Velasco. Y sí, inquietante es.
Maria Bohigas subraya en el prólogo que el florilegio “contiene todos los estados que los poemas de Blanca Llum Vidal han atravesado a medida que pasaban los años, con sus cosechas”. Hay más de los libros finales que de los primeros y es en estos donde se aprecian mejor las cualidades de esta poesía inspirada y torrencial. “Me gustas así, tan elegante, / llena de barro, ensuciándote”.
 
Blanca Llum Vidal 
Traducción del catalán de Unai Velasco. 
Prólogo de Maria Bohigas
Ultramarinos, Barcelona, 2026. 364 páginas. 25 €

Nota: esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.



 

26.6.26

De jubilaciones

En mi colegio, el Alfonso VIII de Plasencia, donde trabajé los últimos doce años de mi vida laboral como maestro de la escuela pública, cuando se jubilan nuevos compañeros nos invitan a participar en la fiesta consiguiente, esto es, en la comida del Parador. Cada cual paga su cubierto (salvo los homenajeados y sus familiares más cercanos) y se añaden diez euros para el regalo; regalo que eligen los que dejan de trabajar. Se suele optar por un viaje acorde al montante de lo recaudado. En mi caso, decidí que me resultaría más útil un ordenador portátil, éste en el que escribo. 
Les ha tocado hoy el turno a Teresa Antúnez y a Juanjo Prieto. A las 14:45 estábamos convocados por ellos en el claustro de arriba para degustar un cóctel. Aunque hacía demasiado calor, ha sido muy agradable compartir conversación con los antiguos compañeros (en su inmensa mayoría, mujeres, lo normal en esta profesión) y degustar las suculentas delicias gastronómicas que tenían preparadas: jamón y morcón ibéricos, salmorejo, zorongollo, frituras varias, croquetitas, quesos... La comida posterior también ha sido, al menos en mi caso (nos habían dado a elegir dos opciones para primero, segundo y postre). Me ha gustado el arroz caldoso, la corvina a la parrilla y el lingote de cerezas, que uno se ha comido a la salud de Zapatero. Me han colocado en la única mesa habilitada (propia de las bodas de antaño) entre mi antiguo director, Javier Juanals, y mi viejo compañero de San Calixto, Luis Oliva. 
Tras el café, hemos visto, según costumbre, vídeos con fotografías de los protagonistas de la jornada; imágenes en las que hemos aparecido al cabo casi todos los presentes. En esta o en aquella circunstancia. En el patio, en clase, en un pasillo, en una excursión... Son momentos delicados donde la melancolía aflora sin querer. Ve uno esa sucesión de momentos inolvidables con la sensación de que fueron felices. Porque no recordamos, es evidente, nuestra particular situación. Sólo ese instante. Puro, ajeno a cualquier ora cosa. Presente perpetuo.
A Juanjo, que era especialista en Educación Especial (no sé qué eufemismo le habrán puesto ahora), lo he tratado poco. Como ha dicho la directora, Amelia Trancón, en su discurso, es un hombre caracterizado por su sonrisa permanente. Trabajador y tranquilo. Buena persona. Se formó en la Laboral de Gijón, por cierto. Piornalego y maestro, que suele ser redundancia. Y socialista. Aficionado a la práctica del fútbol, y a lesionarse. Por culpa de eso ha conseguido el apodo de "El Breve", ya que ejerció el cargo de Jefe de Estudios del centro durante 17 largos... días, hasta que la muñeca se fracturó y dijo basta. 
A Teresa, natural de Hoyos, la he tratado más. La conocí en Caminomorisco, allá por los noventa, y la tengo por amiga. Es una profesional sin vocación (dice ella), pero, como ha matizado Amelia, ya quisiera uno la mitad de la mitad de la solvencia de esta mujer en muchos de los que se consideran maestros vocacionales. No en vano sus materiales pedagógicos han llegado a la universidad y tanto ella como Mercedes (otra maestra capaz) han pasado por distintos cursos para difundirlos. Además, es artista. La autora del imán que ilustra esta entrada donde se representan tanto la figura del vistoso Jarramplas de Piornal como los preciosos encajes de su madre gateña. Buena lectora (incluso de poesía), estuvo en la presentación de Territorio junto a su pareja, Pedro, que también ha estado, cómo no, en la comida. 
Por si la emotividad no hubiera sido lo suficientemente exaltada, el equipo directivo del colegio (Ricardo Arroyo al frente) ha elaborado un precioso vídeo sobre Auxi, que nos dejó hace unos meses. Ella era un torbellino, una persona alegre que cantaba. He salido de la Biblioteca del Parador, camino de casa, con un nudo en la garganta. Qué pena. 
Reniego cuando sé que hay jubilaciones en el horizonte (soy así de misántropo), pero luego agradezco estas reuniones donde la camaradería y la amistad nos hace mejores personas.

25.6.26

Dionisio López lee "Territorio"


La gota que horada la piedra

«Somos unas pocas líneas. En eso queda nuestra vida», me dijo Brines, no hace tanto, mientras miraba mi ejemplar negro y dorado que guarda su poesía. Seiscientas páginas. Eso es Brines, según su propia definición. Todos hemos sentido ese vértigo al sujetar la obra de un poeta: quinientas, ochocientas páginas… Toda una vida de reflexión, de mirada, de silencio, sostenida en una mano (“Entre verso y pespunte, / se nos va la existencia.”). Y, además, ¿cuántos de esos versos sobrevivirán al naufragio del tiempo? La mayoría de los poetas firmaría —sospecho— un pacto para que uno de sus versos calara en el alma de la Historia. Sólo un verso, recuperado como una tesela griega, justificaría una vida entregada a este arte extraño. Teselas, quizás, como “Tiene la muerte una medida exacta”. Todo eso se me viene a la memoria al contemplar Territorio, el hermoso libro —negro y dorado— que limpia y fija la obra de Álvaro Valverde.
Cualquier idea luminosa, una vez formulada, nos resulta sencilla. Eso ocurre con el título, que nos revela algo evidente: lo que un poeta construye a lo largo de su vida, verso a verso, es un territorio y recorrerlo es habitar al propio autor. Así la obra. Así la vida: “Las arrugas que cruzan por tu cara / son las líneas del mapa de tu vida”. Toda la escritura de Valverde parece buscar ese trazado: “Reconstruir las ruinas del viejo laberinto / es labor de una vida”. Se habla mucho de los espacios, reales o imaginarios, de los narradores, pero no ocurre con la lírica, salvo que el propio poemario lo subraye. En Valverde, esa conciencia espacial vertebra la obra.
No es anecdótica la circularidad de denominar al conjunto con el título de su primer libro. Sorprende la cerrada coherencia en una trayectoria, a la que incluso podríamos sumar, sin esfuerzo, su narrativa. Cuesta trabajo encontrar ejemplos similares en poetas de obra extensa. Como las aguas de un río —el Jerte, pongamos por caso— las corrientes se ensanchan, se contraen, hay remolinos, alguna bifurcación… pero no deja de ser la misma agua en la que el yo se baña, contradiciendo, sólo en parte, a Heráclito: “Yo sería en sus aguas siempre otro y el mismo”.
Esa sensación de conjunto bien ensamblado se refuerza con el juego de ecos internos: títulos que se adelantan o reaparecen —“Más allá, Tánger” en Desde afuera, “El reino oscuro” en Una oculta razón, “Ensayando círculos” en A debida distancia…—, motivos que migran de un libro a otro, como si todo estuviera ya previsto desde aquel “Hojas de acanto y rosas” que abandera esta vida poética.
Resulta llamativo cómo desde las primeras obras se percibe una mirada adulta sobre el mundo. Lo vemos, por ejemplo, en el texto que abre Una oculta razón donde advertimos una voz casi crepuscular que hace balance de su vida —“ese ser que yo he sido”—, como si el poeta escribiera siempre desde una conciencia de término, desde una serenidad que no excluye la melancolía.
Hay temas recurrentes, obsesivos, en los que se insiste sin pudor como una estalagmita: el rostro observado que nos mira (“Me veo en ese rostro que aquí cerca me mira”); las escenas hopperianas de habitaciones de hotel (“He soñado en hoteles coloniales y blancos”); los paseantes solitarios (“paseantes sin rumbo”) que no dejamos de ver como el desdoblamiento del propio yo. Estos motivos amplían sustancialmente la identificación que en ocasiones se ha hecho del autor como alguien pegado al paisaje natural, sin negar, evidentemente, la presencia de los espacios biográficos valverdianos: Plasencia, el célebre molino, Yuste, “encinas y dehesa”, las murallas, el agua en sus múltiples variantes —“de ríos, de gargantas y de fuentes”—. Conviene señalar, que esos territorios naturales —y también esa hibridez entre la naturaleza, el hombre y el tiempo, que son las ruinas— no aparecen como postal, sino, en muchas ocasiones, como autorretrato del yo poético: “Esa hiedra aferrada a la corteza […] Esa lenta luz que dora apenas […] soy yo mismo / cansado del invierno”. Autorretrato y también actualización no buscada de los clásicos locus amoenus y beatus ille.
Hay un cosmopolitismo rotundo en la obra de Valverde. Lo demuestran las innumerables ciudades que recorren este Territorio, algunas visitadas con detenimiento —Tánger, Sofía, Ginebra…— otras apenas rozadas en un apunte. La meditación parte de esos espacios concretos —históricos, físicos— para elevarse hacia una reflexión sobre la memoria y la existencia. El paisaje no es decorado, sino correlato moral.
Ese mismo impulso se advierte en las múltiples referencias al cine, la fotografía o personajes de la cultura contemporánea —el fotógrafo Bernard Plossu, el arquitecto Luis Barragán…— que, con elegante equilibrio, conviven con otros más remotos —el ya cuacareño Carlos V (“abatido entre escombros / como un viejo reino”); el emir Sidi Ali Ben Rasid fundador de Chefchauen (“levanté una ciudad / como la tuya”)—. Todo ello configura un mapa donde lo local y lo universal, lo íntimo y lo histórico, dialogan sin estridencias: un territorio donde la experiencia personal se reconoce en la historia y la cultura, y donde cada lugar —real o simbólico— amplía el radio moral del poema.
Hay en Valverde una constante elegíaca que nunca desemboca en patetismo. Su estilo —aparentemente transparente— descansa sobre una arquitectura moral firme. No hay alardes retóricos ni desbordamientos verbales; la música es baja, casi conversacional, pero sostenida por un pulso clásico que otorga gravedad a lo dicho. El lenguaje coloquial se integra con naturalidad sin quebrar la tensión interior del poema.
Quinientas páginas y casi tres décadas separan el poema “La sombra fugitiva” de “Aquél” y, sin embargo, no es difícil imaginarlos como un único texto partido por un limpio territorio de cientos de versos y tiempo. Ambos poemas —el segundo de un libro inicial y el que cierra uno de madurez— enmarcan una obra asentada en la coherencia y la fidelidad a una misma mirada: una escritura que avanza sin estridencias (con “el esfuerzo del remero” y “la paciente mirada que no olvida”), pero con una obstinada lealtad a sus propios temas, ritmos y obsesiones. Como el agua de una garganta. Como la gota que horada la piedra.

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 159 de la revista Turia

19.6.26

A. I. García-Pérez Tomás lee "Territorio"






CUARENTA AÑOS PARA DECIR LO QUE YA SABÍAS
 
Por Andrés Ignacio García-Pérez Tomás
 
Hay una costumbre que tengo desde hace años y es la de entrar en la poesía española como quien entra en un cuarto a oscuras donde sabe que hay muebles pero no sabe dónde están. Uno va despacio, tanteando, esperando el golpe. Eso me pasa con muchos poetas. Con Álvaro Valverde no me pasa. Con Valverde uno entra y encuentra todo en su sitio, con esa luz justa que no deslumbra ni deja a oscuras. Y eso, que parece una cosa pequeña, es lo más difícil de hacer en poesía.
Territorio, que reúne cuarenta años de trabajo —desde 1985 hasta ahora—, es el libro que estaba esperando. No porque no conociera a Valverde. Lo conozco bien, o creo que lo conozco. Pero una cosa es seguir a un poeta a lo largo del tiempo y otra ver de golpe todo el terreno que ha recorrido. Ahí cambia la perspectiva. Lo que en un libro suelto parecía un poema sobre el paisaje extremeño se convierte aquí en una pieza de una arquitectura más larga, y uno entiende de repente que Valverde lleva cuarenta años construyendo la misma cosa: un lenguaje para nombrar lo que se ve cuando uno mira despacio.
Este poeta, señoras y señores, no tiene prisa. Nunca la ha tenido. Y en un mundo literario donde todo el mundo corre —hacia el premio, hacia el titular, hacia la controversia que vende— esa calma es casi una postura política, aunque él probablemente la llamaría de otra manera. Valverde escribe como se cultiva la tierra en Extremadura: sabiendo que el tiempo es el que es, que las cosas crecen a su ritmo, y que meterle prisa al proceso es la mejor manera de estropearlo.
Me detuve mucho en los poemas de los primeros libros, los de finales de los ochenta y los noventa, que aquí se leen con la ventaja de saber lo que vino después. Hay una coherencia asombrosa. No es que Valverde no haya cambiado —ha cambiado, y se nota—, pero los cambios son de hondura, no de dirección. El territorio del título no es una metáfora vaga. Es literal: el paisaje de Extremadura, la tierra, el frío, la luz de enero sobre el campo. Y es también, desde siempre, un territorio interior. Valverde ha sido fiel a ambos y los ha mantenido unidos sin que se estorben.
Tusquets ha hecho bien en publicar esto ahora. La poesía reunida de un autor vivo es siempre un riesgo —da la impresión de que se está cerrando algo que todavía está abierto— pero aquí funciona porque el propio Valverde parece entender que no es un balance sino una estación de paso. El libro no cierra nada. Abre perspectiva.
Compren este libro si les importa la poesía española de verdad, no la que hace ruido sino la que dura. Léanlo con calma, que es como se merece. Y si les parece que empieza despacio, es que están leyendo bien.
 
Territorio. Poesía reunida, de Álvaro Valverde.

Publicado en Revista Cervantes el 14 de junio de 2026.

La fotografía está hecha en la librería salmantina Letras Corsarias. 
 

18.6.26

De gira con "Territorio"


Tiro de ironía, sí. Han sido un par de meses intensos, más para uno, discreto por naturaleza y tímido de carácter. No he publicitado en demasía las sucesivas ediciones de los libros que he venido publicando. Esta vez, sin embargo, creo haber sucumbido al "grotesco papelón del literato", denunciado por Rafael Sánchez Ferlosio, y me he salido de mis habituales casillas para presentar en más sitios de los habituales (Plasencia, Cáceres, Salamanca, a veces Madrid) un libro que tal vez lo merecía, siquiera sea porque agrupa cuarenta años de trabajo gustoso y todos los poemas que, libro a libro y a mi personal parecer, deberían conservarse de cuantos di a la imprenta. Territorio. Poesía reunida (1985-2025) es su título. 
A la decisión de ampliar el círculo de presentaciones (que algo tenían de fin de ciclo, por decirlo suavemente) habría que sumar que éstas no serían en Ferias del Libro. No son las ruidosas carpas los lugares más adecuados para hablar de según qué cosas. Eso y que, salvo a las de Trujillo y Plasencia, nadie me ha invitado a acudir. Bien está. Esta liga es otra. 
Ya di cuenta aquí de la primera presentación (que es, por cierto, uno de los nombres de mi madre, en alusión a la del Señor): la de Cáceres. Y al recordarla puedo adelantar un acierto general: el de la elección de los presentadores de cada uno de los actos. En aquél caso, Irene Sánchez Carrón y Miguel Ángel Lama. Y otro: que haya acudido gente (lo que no siempre pasa) y que entre ese distinguido público (aunque uno, con Brines, prefiere decir lectores) haya habido poetas, lo que, como subrayó Ben Clark en Plasencia, evocando al añorado Toni Marí, siempre es digno de ser celebrado. 


El 23 de abril, ya que menciono a mi ciudad natal, firmé junto al alcalde el documento de donación de mi legado literario a Plasencia. La fecha fue muy bien elegida por el Ayuntamiento y uno se ocupó de señalar cuál sería el sitio más adecuado: la Biblioteca de los Jesuitas, que se conserva en una dependencia del Palacio Episcopal. La fotografía da fe de su libresca belleza. Fue un acto íntimo y emocionante. Mi hermano Fernando, un par de amigos, representantes del obispado, la prensa, el bibliotecario... Ya expliqué en su día las razones que me habían movido a hacerlo. Personas a las que aprecio y otras desconocidas me han agradecido el gesto. Por lo que les toca, suelen añadir. Eso sí, ninguna institución, partido político o asociación placentina (salvo Trazos) han tenido a bien decir nada al respecto. Ni en público ni en privado. ¿Llamativo? Un poco. Conozco el paño. 


Dos días después presentamos Territorio en Plasencia. Apenas publicado el libro, Ben Clark me envió un mensaje ofreciéndose a presentarlo en cualquier parte. Le tomé la palabra y pensé en él para la más difícil de este tipo de ceremonias: la de casa. Su temperamento y el de uno no van al unísono. Tampoco la edad. Ni tal vez nuestras respectivas poéticas concierten en demasía, por más que reconozca la calidad de la suya. He reseñado varios libros de Clark, el último inclusive, que me ha parecido excelente. Mejor, me dije. Será (y así fue) un placer conversar con él. Ese arte lo domina.
El sitio fue cosa del solvente Juanra Santos, que se ocupó de la intendencia. Quería un jardín o un patio. Uno de esos lugares invisibles (y casi extintos) que tanto aparecen en mis poemas. Eligió bien y a todos sorprendió el claustro de la Escuela de Idiomas (¡gracias!) en el antiguo Colegio de los Jesuitas, de donde procede la biblioteca que mentamos antes. Que fuera un sábado también fue arriesgado. Y muy segura la apuesta por la música, que pusieron dos jóvenes intérpretes (de viola y clarinete) pertenecientes a la Filarmónica de Plasencia, ligada a la Escuela Superior de Música de Extremadura que dirige Eugenio Mateos. Entre los asistentes, familia, amigos, paisanos... Mi hermano Fernando con Jesús y Chelo, mis primos Fátima y Luisra (con Flor y Juanpe), los hermanos Antón, Emilio Gañán, Esther y Paco, Manolo Chico y Maricarmen Morales,  Eduardo Daza y Néstor Hervás, mi compañera Teresa Antúnez, Marivi, Concha Mesa y Marisol, etc. Y el alcalde (ya ex). Más de los que esperaba. Cada vez es más difícil reunir a la gente en torno a estas ceremonias. Cada vez son, para bien quizá, más íntimos y resistentes. La inmensa minoría que no cesa. 
Me pasó lo que nunca antes: al leer el poema sobre Lisboa dedicado a Ángel Campos Pámpano, se me quebró la voz por culpa de la emoción. Tuve que parar y beber agua. Lo que ignoraba es que delante de mí estaban sentadas Carmen, la que fuera su mujer, y Paula, una de sus hijas, docente en un instituto placentino este curso que termina. Menos mal que, insisto, no lo sabía. 
Especial ilusión me hizo ver allí a Gonzalo Hidalgo Bayal, el brillante epiloguista del libro, y a María José. Una alegría inesperada. Como lo fue reencontrarme con otra persona vinculada a la edición del volumen: Salvador Retana -que bajó de Gredos- con su mujer, Montse. Ya se sabe que lo mejor de Plasencia un sábado son "las cañas" y a ello nos fuimos al terminar el acto. 


Me apetecía presentar Territorio en Salamanca, una ciudad que es, como diría Borges del cantón de Ginebra en su poema “Los conjurados”, “una de mis patrias”. Como todas las elegidas en esta suerte de gira. Quería, además, que fuera en una librería. Elegí Letras Corsarias, la más viva tal vez, con una programación regular y exigente. Conté para las labores de mediación con Álex Chico, quien me puso en comunicación con Rafa Arias, que puso a su vez la fecha: 5 de mayo, y se portó como un perfecto anfitrión, al igual que el resto de sus colaboradores. Me propuse otro reto: que presentara el libro uno de mis maestros: Antonio Colinas, residente allí desde hace años. Se lo pedí y aceptó. Miel sobre hojuelas. Su texto, que publicaremos algún día, dio la verdadera medida de mi acierto al elegirlo. Y qué cercano y cariñoso estuvo con Yolanda y conmigo. Compartimos charla en el Novelty. Por lo demás, no faltaron a esa cita amigos (uno de ellos, Carlos Medrano, que vino de Mallorca,  estuvo presente en la mencionada conversación y realizó un amplio reportaje fotográfico), amigas y poetas (o ambas cosas a la vez): Luis Arturo Guichard, Asunción Escribano, los bibliotecarios Isabel Sánchez y Óscar Lilao, Eduardo Ayuso (de Sígueme), Mónica Velasco...


El 11 de mayo, dentro del Capítulo VIII del ciclo Poesía Viva que organizan Arturo Tendero y Javier Lorenzo Candel, visitamos el Teatro Circo de Albacete. Para ciertas experiencias no está uno avisado. El lugar es de una espectacularidad que supera lo previsible y su belleza, sin duda, de otro tiempo. Tal vez por eso, intemporal y eterna. El lector curioso puede navegar por internet en busca de imágenes de ese tesoro escondido, al menos para uno, hasta que lo pude descubrir. Y de qué forma. La encantadora y eficiente Encarna Quílez nos lo enseñó. Y qué historia hay detrás. Recuperado, ya digo, de otra época, sirve por suerte a ésta. En pocos sitios así de bonitos (acaso en ninguno) ha leído uno sus poemas. Sobre el escenario, de cara al patio de butacas y a los palcos y a la cúpula circense con las constelaciones, el público; de espaldas y frente a él, Arturo y yo. El clima que se creó fue único también. Había mucha gente (mucha más de las que suelen asistir a una lectura poética) y su atención y su silencio contribuyeron también a que me sintiera, en aquella penumbra, tan a gusto. Hubo preguntas al final y algunas dedicatorias. Y, lo más importante, breves conversaciones con amantes de la poesía; mujeres casi todas. 
En la cena informal posterior (con los organizadores, Encarna, Valentín Carcelén, Rubén Martín y León Molina) todo fueron risas y chascarrillos y, sobre todo, mucha información sobre una ciudad de la cultura (y de la poesía) que, por desgracia, pasa demasiado desapercibida, como tantas de provincias. No en vano tuvo allí sede propia la prestigiosa Fundación Juan March. 


Quiso el azar que la escapada a Albacete coincidiera con un acontecimiento familiar que tendría lugar unos días después en Alcoy. Aprovechamos para acercarnos a la costa alicantina y anduvimos un par de días entre las preciosas localidades de Altea y Jávea (que nos impresionó sobremanera), de Denia y Calpe (que nos horrorizó). Y otro descubrimiento, que para eso están los viajes: el de la ciudad de Alcoy, nuestro destino. Por su emplazamiento único (en un valle situado entre dos parques naturales), por su arquitectura modernista, por sus puentes, por su historia (propia, ya en lo contemporáneo, de una dinámica ciudad industrial)... Ríete tú de lo que aquí llamamos emprendimiento. Empresarios, obreros, sindicatos, anarquistas... Los bombardeos de la Guerra Civil. El pasado y el presente, que no deja de brillar con la fuerza del afán levantino. Qué gusto, en fin, pasear con amigos y familia (y hasta con nietas) por sus calles. Y localizar con la ayuda de Paco y Esther (no confundir con nuestra archivera y su marido) la casa de Juan Gi-Albert, alcoyano de pro y uno de mis poetas predilectos. 


El 26 de mayo me reuní con Jordi Doce en la Casa de la Poesía Juan de la Cruz de Ávila para mantener otra conversación -ésta más extensa- acerca de la poesía. De la nuestra, cabe precisar, que al fin y al cabo es la de todos. La que es, diría. Centrada en dos libros concretos: el que publicará a la vuelta del verano Jordi en Vandalia: Dime el regreso y Territorio. Presentó el acto María Ángeles Álvarez, alma de ese lugar, y flamante ganadora con El dolmen del Premio de la Crítica de Castilla y León. 
Era la primera vez que leíamos poemas juntos y, a qué negarlo, nos hacía ilusión. Son muchos años de amistad, más de treinta, y de mutua admiración. Admiración, en mi caso, creciente. Por la persona y por el poeta, si cabe el distingo. El libro que cito dará que hablar. Al tiempo. Puede que sea el mejor de cuantos Doce ha dado a la imprenta, y no es decir poco. 


El 29 de mayo bajamos a Zafra. Otro sitio indefectiblemente unido a mi poesía. Donde leí poemas en voz alta por primera vez, o casi. Donde conocí en persona a mi amigo Ángel Campos. Tenía claro también quiénes deberían acompañarme en la mesa del Parador de Zafra, bajo el amparo del veterano Seminario Humanístico: Josemari Lama y Luciano Feria, viejos amigos. El primero dio en historiador (y muchas cosas más; poeta de un libro, inclusive) y el segundo en poeta (y en profesor de instituto y novelista). Leyeron un par de textos impecables. Cada cual en su estilo. Un recorrido por poemas significativos para el primero y un análisis pormenorizado de uno concreto ("Yuste", de "Lugares del otoño") en el caso del segundo. Con lectores así... Cualquier excusa es buena para volver a Zafra y ver de nuevo a estos amigos y a Malama, que bajó desde Cáceres, y a Rosi (que, como su marido, rejuvenece en lugar de envejecer) y a Eva y... No pude saludar al poeta José Ángel Losada Gahete (ah, las obligaciones de los curas), pero sí le dediqué los libros que dejó a tal fin, incluido un feo ejemplar de mi ópera prima: Territorio. Eliot, principio y fin, de nuevo. 


A Badajoz ya fui con mi calentura bajo el labio. Aparatosa. El estrés. Soy propenso al herpes labial, aunque esta vez se desbordó no poco. Temeroso del calor y de que me pasara lo que a otros en una presentación reciente, también en el MEIAC (no todo va a ser la Fundación CB), a la que acudieron dos personas, dudé no pocas veces de la conveniencia de haber aceptado la amable propuesta de Luis Sáez, que apoyó de inmediato Fernando de las Heras, uno de los coordinadores del Aula Enrique Díez Canedo. Las dudas se despejaron al entrar en el edificio del museo, que siempre asocio a la memoria del que fuera su director, Antonio Franco. Luisa Merino, Quique García Fuentes (que me había animado a conquistar esa complicada plaza), Antonio Sáez, Faustino Lobato, Juan Jesús Parralejo... Y Antonio Girol, que sigue al frente de la Editora Regional, lo que me parece una excelente noticia. 
Luis estuvo, como acostumbra, espléndido, y trazó un bien dibujado mapa de la poesía extremeña reciente al hilo de lo que uno ha escrito y publicado. Empezó nombrando la antología de Pureza Canelo en la canónica Letras Hispánicas de Cátedra, un hito de la lírica contemporánea de Oeste. De las Heras leyó, desde lo personal, un texto muy medido y lleno de acierto. Gracias. Después conversamos en voz alta. Leí para terminar un puñado de poemas (elegidos en función de la ciudad, como en todos las presentaciones), contesté a alguna pregunta y firmé algunos ejemplares del libro. El resto, carretera y manta.


La visita papal y los conciertos del tal Bud Bunny me disuadieron de acudir, como habría sido mi deseo, a la presentación de El poema y su taller. Ínsula: 80 años de poesía, un libro publicado por Espasa en edición de la directora de esa revista, Arantxa Gómez Sancho. En la biblioteca Eugenio Trías de Madrid, junto al Retiro y la Feria del Libro, otro motivo más para desertar. Jordi Doce, no obstante, leyó mi poema "El cuarto del siroco", que, con su correspondiente comentario, forma parte de un libro que ningún amante de la poesía debería perderse. 
Por si fuera poco, al día siguiente, 6 de mayo, me esperaban en Arenas de San Pedro para intervenir en el XXI Encuentro de Animadores a la Lectura titulado "La memoria del bosque", organizado por la Asociación Cultural Pizpirigaña
Hablé de jardines. En sentido literal. De los de uno, que son los que mejor conozco. Los que aparecen en mis poemas, quiero decir. Más lectura de versos que otra cosa. En un ambiente idílico, bajo la sombra de los alcornoques, pues no en vano estábamos, como quien dice, en la Extremadura de La Vera Alta. 
Aunque los asistentes habían escuchado ya dos charlas con enjundia, de Jesús Marchamalo  (al que por fin conocí en persona) y Gustavo Martín Garzo, y era tarde, intenté trazar un particular itinerario lírico, decía, por "mis" jardines, desde el poema que abre Territorio hasta el libro completo, inédito hasta ahora, que cierra esa poesía reunida: Geografías del jardín. No nos fue mal. Ni a Federico, que me presentó, ni a mí ni a los escuchantes, tan pacientes y respetuosos. Una comida entre amigos (muito obrigado), entre las vistas a los picos de Gredos y al Valle del Tietar,  dio fin a la jornada serrana. Esa tarde celebrábamos el segundo cumpleaños de mis nietinas en Cáceres. Palabras mayores. 

No quiero terminar esta croniquilla viajera sin mencionar a los libreros y libreras que en todas y cada una de las ocasiones me han acompañado en las presentaciones. De las librerías, cito en orden, El Buscón, El Quijote, Letras Corsarias, Popular, la de la Universidad de la Mística, Atenea, Colón y Á. Jiménez. Mil gracias. 
También he de darlas por los diseños de los carteles, la promoción en redes y todas esos detalles que hacen posible que al final esas presentaciones hayan tenido lugar y, de paso, hayan merecido la pena. Entre ellos, ellas y yo nos hemos apañado. Tusquets ya hizo bastante publicando el libro. El origen de todo esto, soy consciente. Están, y lo comprendo, en otras tareas. Por ejemplo, promoviendo novelas de autores que con sus ventas hacen posible, entre otras cosas, que la colección de poesía, tan poco lucrativa, exista. Aquí no hay subvenciones. Gracias, Tusquets. Y a Yolanda, que me acompañó casi siempre. Y a la afición en general. Vuelvo a la cueva. 

15.6.26

Javier Morales lee "Territorio"


"En torno al lugar, pero desde otra óptica, (aunque, bien pensado, quizá no tanto), ha construido su obra otro poeta extremeño, placentino, Álvaro Valverde, quien ha reunido 40 años de escritura poética –como la de Basilio Sánchez una de las más interesantes del panorama patrio– en
Territorio. Poesía reunida (1985-2025) (Tusquets. Nuevos Textos Sagrados).
Hojas de acanto y rosas
una vieja piedra de molino y enramadas,
el suelo tejido de una hiedra fresca.
Dejarse caer cuando la siesta insiste,
cuando la parra protege y la chicharra canta.
Mecerse con la brisa de la tarde,
con la música acorde de las moscas.
Obligarse a vivir con mansedumbre.
Ni dormir ni tampoco estar despierto.
No buscar sino amor.
Aquí, en el huerto sombrío
donde las horas son luz tamizada
y del limón aroma.

Hagamos de este lugar un territorio”.

La intuición de este poema liminar y premonitorio le sirvió a Valverde para construir una obra, para perfilar una mirada que reflexiona sobre las ruinas, los paisajes urbanos y rurales en los que apenas transitan personas, sobre el paso del tiempo, sobre la memoria y el olvido o sobre ese cuarto del siroco que se convierte en el lugar de la poesía. “Por eso reducir la poesía de Álvaro Valverde a la noción de territorio, a la reflexión poética, a viajes y paseos, al campo y la ciudad, y a la nómina de personajes que no sé si calificar como afines, homólogos, paralelos o literariamente subrogados, no deja de ser un intento de resumir algo que es mucho más amplio y que no obedece a las leyes de la narrativa ni a ningún otro requerimiento taxonómico”, escribe en un lúcido y agudo epílogo el escritor Gonzalo Hidalgo Bayal sobre la poesía de Valverde. 

La fotografía es de Francisco García Castro. 

12.6.26

Veinticinco poetas del XXI

Explica la nota editorial que “solo se puede definir el fenómeno de la última poesía española como un estallido”. Por calidad, diversidad, número de propuestas y entusiasmo “entre las capas más jóvenes del público lector”, que “la demanda, la busca activamente, la encuentra, la lee, la discute y la comparte tanto en redes sociales como en foros analógicos”. Excesivo parece el diagnóstico, como comparar la “nueva nómina de autoras y autores nacidos entre 1984 y el año 2000”, con la de la generación del 27, a punto de cumplir un siglo. Es cierto que su aparición ha causado un revuelo inusual y hasta llamativo. Encabeza la lista de los libros más vendidos, algo que no ha ocurrido con otro reciente florilegio de similar alcance: El tiempo está cambiando. Nueva poesía española, de Juan Marqués (Vandalia). Si a eso añadimos que ve la luz en el catálogo de una colección tan veterana como canónica… Al editor, Juan F. Rivero, poeta él mismo (ha declinado figurar en la muestra), habrá que atribuir parte del mérito.
A veinticinco años, veinticinco nombres: María Salgado, Ben Clark, Lola Nieto, Elena Medel, Javier Vicedo, Bibiana Collado, Martha Asunción Alonso, Unai Velasco, Ángelo Néstore, Ángela Segovia, Berta García Faet, Luna Miguel, Ruth Llana, Álvaro Guijarro, Cristian Piné, Gema Palacios, Xaime Martínez, Mayte Gómez Molina, Pablo Baleriola, Rodrigo García Marina, Andrea Abello, Juan Gallego Benot, Rosa Berbel, Laura Rodríguez Díaz y María de la Cruz.
En su sustancioso, académico y algo mareante prólogo (la lista de libros y poetas es fatigosa), Molina Gil y López Fernández sostienen que “nuestro objetivo no ha sido en caso alguno programático, pues no perseguimos construir generación o grupo; sino panorámico” y “nuestro empeño ha sido ofrecer una secuencia de voces y discursos con los que poder alumbrar estética y temáticamente la mayor cantidad posible del territorio, por lo que resultaría tremendamente reduccionista leer esta antología solo desde los nombres”.
De su introducción obtenemos algunas conclusiones generales, aunque su pormenorizado análisis vaya por lustros; así, la ausencia de una tendencia dominante y la pluralidad; “la reivindicación de la identidad, del cuerpo y de las genealogías de género”; “el boom de la poesía escrita por mujeres”, centrada en “la búsqueda de la madre” (y ahí, asuntos como la maternidad, la violencia, la enfermedad o la familia); la crítica social (poesía política y “de la conciencia”, con la precariedad y la crisis en primer plano); lo comunitario y lo afectivo; la cotidianeidad y el culturalismo; la espacialidad (que afecta a lo rural y a lo urbano); la importancia de nuevas editoriales audaces (Ultramarinos, La Bella Varsovia, Kriller71, Isla Elefante, Cántico, etc.) y premios que respaldan la poesía joven… Se destaca, sin “estilo privativo”, la presencia de dos núcleos (o “derivas”) expresivos e interconectados: el figurativo (parte del continuum realista) y el experimental (con un fuerte componente lingüístico: “en este recorrido, la del lenguaje es realmente la primera y la última tensión”). Señalan una “vanguardización de lo figurativo y una figurativización de la vanguardia”.
Teorías y cavilaciones mediante, la razón de ser de cualquier antología poética está en los poemas que reúne. Trescientos versos por autor (u ocho poemas) dan fe de cada trayectoria, muy cortas algunas. De ahí que pesen más los logros de Clark, Alonso, Velasco, Segovia o García Faet que los de quienes apenas empiezan, con la excepción de Gallego Benot o Berbel. Que faltan nombres es evidente (la lista de “merecedores” recogida en “Esta edición” es larga). Juan de Salas, por ejemplo.
Con todo, superada la comercial moda parapoética, se ve a las claras que la poesía resiste y que sonar, suena.
 
Edición de Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández
Cátedra, Madrid, 2026. 456 páginas. 20 €



5.6.26

Mapa y no calco

Lo he intentado hasta el final, pero no ha sido posible. Cada año se queda alguna reseña atrás. De las que envío a El Cultural, quiero decir, aunque estén previamente aceptadas por ambas partes: los editores y el crítico. 
Que esta al final no se publique me duele de una forma especial. El libro merecía una recensión, por breve y torpe que fuera, en el suplemento que mejor cuida la poesía en España. Con todo, ahí va.
Y añado: los poemas de FPF podrían haber figurado en cualquiera de las dos antologías que celebran la poesía escrita por los nuevos poetas del siglo XXI.



Pérez Fernández (Cáceres, 1984), debutó con una
plaquette publicada en la colección 3x3 de la Editora Regional de Extremadura, que con tanta ejemplaridad dirigió su padre, y es autor de los libros Cargas familiares y Término medio.
Compensatoria pone de manifiesto la voz decantada de un hombre con una consistente formación filosófica. Se abre y se cierra con sendos poemas largos que remiten al título, a esa educación que busca la igualdad de oportunidades para los alumnos del profesor que él es: “adolescentes angustiados / que tienen que crecer”, los que pasan por el trance de la antigua Selectividad (“¿Cuántos exámenes caben / en sus juventudes torpemente gestionadas”, “¿Qué será de ellos?”). Prima, en el tono, la compasión. Se pone en su lugar: el de la fragilidad. “Pues yo quise vivir y no lo hice / a vuestra edad”. Una “vida factible”: “pero tengo amor, esa certeza”.
“Nostalgia de provincias” reúne una serie de poemas propios de alguien que pretende abolir “esa torre de marfil / en que los poetas a menudo se refugian / para solazarse y comportarse como necios”. Juan Andrés García Román  subraya en su epílogo su pasión por la intemperie, la libertad y la impureza. También alude a su “gran amor […] por cada pequeñez”. De lo cotidiano es capaz de extraer verdaderos hallazgos, frutos de una minuciosa, inteligente observación. Léanse “Eso sigue ahí” o “Toujours recommencée”. A la espera de que “sobrevenga lo agradable”. Poemas logrados como “Memoria histórica”, “El poeta paga sus facturas” o el agudo “Tienes que pensar en otra cosa”: “la poesía, promesa de esperanza / que nunca desemboca en lo esperable”. “Choz” abre la tercera sección (más compleja en concepción y lenguaje), una excelente enumeración caótica que remite a las “mil referencias raras”, señala el epiloguista, de este libro, sí, singularísimo. 

Fernando Pérez Fernández
Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2025. 78 páginas. 13 €
 

4.6.26

En Arenas de San Pedro


El próxima sábado volveré a Arenas de San Pedro para intervenir en el XXI Encuentro de Animadores a la Lectura titulado "La memoria del bosque". Organiza la Asociación Cultural Pizpirigaña. 
Hablaré de jardines. En sentido literal, no en el otro (que algunos he pisado). De los de uno, que son los que mejor conozco. Más lectura de versos que otra cosa. Me antecede en el uso de la palabra Gustavo Martín Garzo. El programa completo está aquí

El cartel es de Marc Taeger.