Tiro de ironía, sí. Han sido un par de meses intensos, más para uno, discreto por naturaleza y tímido de carácter. No he publicitado en demasía las sucesivas ediciones de los libros que he venido publicando. Esta vez, sin embargo, creo haber sucumbido al "grotesco papelón del literato", denunciado por Rafael Sánchez Ferlosio, y me he salido de mis habituales casillas para presentar en más sitios de los habituales (Plasencia, Cáceres, Salamanca, a veces Madrid) un libro que tal vez lo merecía, siquiera sea porque agrupa cuarenta años de trabajo gustoso y todos los poemas que, libro a libro y a mi personal parecer, deberían conservarse de cuantos di a la imprenta. Territorio. Poesía reunida (1985-2025) es su título.
A la decisión de ampliar el círculo de presentaciones (que algo tenían de fin de ciclo, por decirlo suavemente) habría que sumar que éstas no serían en Ferias del Libro. No son las ruidosas carpas los lugares más adecuados para hablar de según qué cosas. Eso y que, salvo a las de Trujillo y Plasencia, nadie me ha invitado a acudir. Bien está. Esta liga es otra.
Ya di cuenta aquí de la primera presentación (que es, por cierto, uno de los nombres de mi madre, en alusión a la del Señor): la de Cáceres. Y al recordarla puedo adelantar un acierto general: el de la elección de los presentadores de cada uno de los actos. En aquél caso, Irene Sánchez Carrón y Miguel Ángel Lama. Y otro: que haya acudido gente (lo que no siempre pasa) y que entre ese distinguido público (aunque uno, con Brines, prefiere decir lectores) haya habido poetas, lo que, como subrayó Ben Clark en Plasencia, evocando al añorado Toni Marí, siempre es digno de ser celebrado.
El 23 de abril, ya que menciono a mi ciudad natal, firmé junto al alcalde el documento de donación de mi legado literario a Plasencia. La fecha fue muy bien elegida por el Ayuntamiento y uno se ocupó de señalar cuál sería el sitio más adecuado: la Biblioteca de los Jesuitas, que se conserva en una dependencia del Palacio Episcopal. La fotografía da fe de su libresca belleza. Fue un acto íntimo y emocionante. Mi hermano Fernando, un par de amigos, representantes del obispado, la prensa, el bibliotecario... Ya expliqué en su día las razones que me habían movido a hacerlo. Personas a las que aprecio y otras desconocidas me han agradecido el gesto. Por lo que les toca, suelen añadir. Eso sí, ninguna institución, partido político o asociación placentina (salvo Trazos) han tenido a bien decir nada al respecto. Ni en público ni en privado. ¿Llamativo? Un poco. Conozco el paño.
El sitio fue cosa del solvente Juanra Santos, que se ocupó de la intendencia. Quería un jardín o un patio. Uno de esos lugares invisibles (y casi extintos) que tanto aparecen en mis poemas. Eligió bien y a todos sorprendió el claustro de la Escuela de Idiomas (¡gracias!) en el antiguo Colegio de los Jesuitas, de donde procede la biblioteca que mentamos antes. Que fuera un sábado también fue arriesgado. Y muy segura la apuesta por la música, que pusieron dos jóvenes intérpretes (de viola y clarinete) pertenecientes a la Filarmónica de Plasencia, ligada a la Escuela Superior de Música de Extremadura que dirige Eugenio Mateos. Entre los asistentes, familia, amigos, paisanos... Mi hermano Fernando con Jesús y Chelo, mis primos Fátima y Luisra (con Flor y Juanpe), los hermanos Antón, Emilio Gañán, Esther y Paco, Manolo Chico y Maricarmen Morales, Eduardo Daza y Néstor Hervás, mi compañera Teresa Antúnez, Marivi y Marisol, etc. Y el alcalde (ya ex). Más de los que esperaba. Cada vez es más difícil reunir a la gente en torno a estas ceremonias. Cada vez son, para bien quizá, más íntimos y resistentes. La inmensa minoría que no cesa.
Me pasó lo que nunca antes: al leer el poema sobre Lisboa dedicado a Ángel Campos Pámpano, se me quebró la voz por culpa de la emoción. Tuve que parar y beber agua. Lo que ignoraba es que delante de mí estaban sentadas Carmen, la que fuera su mujer, y Paula, una de sus hijas, docente en un instituto placentino este curso que termina. Menos mal que, insisto, no lo sabía.
Especial ilusión me hizo ver allí a Gonzalo Hidalgo Bayal, el brillante epiloguista del libro, y a María José. Una alegría inesperada. Como lo fue reencontrarme con otra persona vinculada a la edición del volumen: Salvador Retana -que bajó de Gredos- con su mujer, Montse. Ya se sabe que lo mejor de Plasencia un sábado son "las cañas" y a ello nos fuimos al terminar el acto.
Me apetecía presentar Territorio en Salamanca, una ciudad que es, como diría Borges del cantón de
Ginebra en su poema “Los conjurados”, “una de mis patrias”. Como todas las elegidas en esta suerte de gira. Quería, además, que fuera en una librería. Elegí Letras Corsarias, la más viva tal vez, con una programación regular y exigente. Conté para las labores de mediación con Álex Chico, quien me puso en comunicación con Rafa Arias, que puso a su vez la fecha: 5 de mayo, y se portó como un perfecto anfitrión, al igual que el resto de sus colaboradores. Me propuse otro reto: que presentara el libro uno de mis maestros: Antonio Colinas, residente allí desde hace años. Se lo pedí y aceptó. Miel sobre hojuelas. Su texto, que publicaremos algún día, dio la verdadera medida de mi acierto al elegirlo. Y qué cercano y cariñoso estuvo con Yolanda y conmigo. Compartimos charla en el Novelty. Por lo demás, no faltaron a esa cita amigos (uno de ellos, Carlos Medrano, que vino de Mallorca, estuvo presente en la mencionada conversación y realizó un amplio reportaje fotográfico), amigas y poetas (o ambas cosas a la vez): Luis Arturo Guichard, Asunción Escribano, los bibliotecarios Isabel Sánchez y Óscar Lilao, Eduardo Ayuso (de Sígueme), Mónica Velasco...
El 11 de mayo, dentro del Capítulo VIII del ciclo Poesía Viva que organizan Arturo Tendero y Javier Lorenzo Candel, visitamos el Teatro Circo de Albacete. Para ciertas experiencias no está uno avisado. El lugar es de una espectacularidad que supera lo previsible y su belleza, sin duda, de otro tiempo. Tal vez por eso, intemporal y eterna. El lector curioso puede navegar por internet en busca de imágenes de ese tesoro escondido, al menos para uno, hasta que lo pude descubrir. Y de qué forma. La encantadora y eficiente Encarna Quílez nos lo enseñó. Y qué historia hay detrás. Recuperado, ya digo, de otra época, sirve por suerte a ésta. En pocos sitios así de bonitos (acaso en ninguno) ha leído uno sus poemas. Sobre el escenario, de cara al patio de butacas y a los palcos y a la cúpula circense con las constelaciones, el público; de espaldas y frente a él, Arturo y yo. El clima que se creó fue único también. Había mucha gente (mucha más de las que suelen asistir a una lectura poética) y su atención y su silencio contribuyeron también a que me sintiera, en aquella penumbra, tan a gusto. Hubo preguntas al final y algunas dedicatorias. Y, lo más importante, breves conversaciones con amantes de la poesía; mujeres casi todas.
En la cena informal posterior (con los organizadores, Encarna, Valentín Carcelén, Rubén Martín y León Molina) todo fueron risas y chascarrillos y, sobre todo, mucha información sobre una ciudad de la cultura (y de la poesía) que, por desgracia, pasa demasiado desapercibida, como tantas de provincias. No en vano tuvo allí sede propia la prestigiosa Fundación Juan March.
Era la primera vez que leíamos poemas juntos y, a qué negarlo, nos hacía ilusión. Son muchos años de amistad, más de treinta, y de mutua admiración. Admiración, en mi caso, creciente. Por la persona y por el poeta, si cabe el distingo. El libro que cito dará que hablar. Al tiempo. Puede que sea el mejor de cuantos Doce ha dado a la imprenta, y no es decir poco.
Luis estuvo, como acostumbra, espléndido, y trazó un bien dibujado mapa de la poesía extremeña reciente al hilo de lo que uno ha escrito y publicado. Empezó nombrando la antología de Pureza Canelo en la canónica Letras Hispánicas de Cátedra, un hito de la lírica contemporánea de Oeste. De las Heras leyó, desde lo personal, un texto muy medido y lleno de acierto. Gracias. Después conversamos en voz alta. Leí para terminar un puñado de poemas (elegidos en función de la ciudad, como en todos las presentaciones), contesté a alguna pregunta y firmé algunos ejemplares del libro. El resto, carretera y manta.
La visita papal y los conciertos del tal Bud Bunny me disuadieron de acudir, como habría sido mi deseo, a la presentación de El poema y su taller. Ínsula: 80 años de poesía, un libro publicado por Espasa en edición de la directora de esa revista, Arantxa Gómez Sancho. En la biblioteca Eugenio Trías de Madrid, junto al Retiro y la Feria del Libro, otro motivo más para desertar. Jordi Doce, no obstante, leyó mi poema "El cuarto del siroco", que, con su correspondiente comentario, forma parte de un libro que ningún amante de la poesía debería perderse.
Por si fuera poco, al día siguiente, 6 de mayo, me esperaban en Arenas de San Pedro para intervenir en el XXI Encuentro de Animadores a la Lectura titulado "La memoria del bosque", organizado por la Asociación Cultural Pizpirigaña.
Hablé de jardines. En sentido literal. De los de uno, que son los que mejor conozco. Los que aparecen en mis poemas, quiero decir. Más lectura de versos que otra cosa. En un ambiente idílico, bajo la sombra de los alcornoques, pues no en vano estábamos, como quien dice, en la Extremadura de La Vera Alta.
Aunque los asistentes habían escuchado ya dos charlas con enjundia, de Jesús Marchamalo (al que por fin conocí en persona) y Gustavo Martín Garzo, y era tarde, intenté trazar un particular itinerario lírico, decía, por "mis" jardines, desde el poema que abre Territorio hasta el libro completo, inédito hasta ahora, que cierra esa poesía reunida: Geografías del jardín. No nos fue mal. Ni a Federico, que me presentó, ni a mí ni a los escuchantes, tan pacientes y respetuosos. Una comida entre amigos (muito obrigado), entre las vistas a los picos de Gredos y al Valle del Tietar, dio fin a la jornada serrana. Esa tarde celebrábamos el segundo cumpleaños de mis nietinas en Cáceres. Palabras mayores.
No quiero terminar esta croniquilla viajera sin mencionar a los libreros y libreras que en todas y cada una de las ocasiones me han acompañado en las presentaciones. De las librerías, cito en orden, El Buscón, El Quijote, Letras Corsarias, Popular, la de la Universidad de la Mística, Atenea, Colón y Á. Jiménez. Mil gracias.
También he de darlas por los diseños de los carteles, la promoción en redes y todas esos detalles que hacen posible que al final esas presentaciones hayan tenido lugar y, de paso, hayan merecido la pena. Entre ellos, ellas y yo nos hemos apañado. Tusquets ya hizo bastante publicando el libro. El origen de todo esto, soy consciente. Están, y lo comprendo, en otras tareas. Por ejemplo, promoviendo novelas de autores que con sus ventas hacen posible, entre otras cosas, que la colección de poesía, tan poco lucrativa, exista. Aquí no hay subvenciones. Gracias, Tusquets. Y a Yolanda, que me acompañó casi siempre. Y a la afición en general. Vuelvo a la cueva.



