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1.9.21

Náufragos


El inquieto e imaginativo Salvador Retana ha ideado otra de sus aventuras: Náufragos. Ha reunido en una caja diseñada por él tres botellas con un mensaje dentro. Han salido las dos primeras entregas. Están editadas en su colección La Rosa Blanca. 
Retana, hombre polifacético, se ha ocupado de todo. Suyos son también los dibujos de portadillas de las botellas. Para los textos ha utilizado tipos Futura y Garamond y papel de arroz Xuan Zhyx.
La edición consta de treinta ejemplares, numerados a mano del 1 al 20, y 10 pruebas de autor no venales, numeradas del I al X.
La primera caja incluye mensajes de Gonzalo Hidalgo Bayal ("Naufragios"), Juan Ramón Santos ("El emboscado") y un servidor ("Mensaje"). La segunda, de Jordi Doce ("El cuerpo es esta plaza"), Francisco Jarauta ("Nocturnos") y Alberto Manguel ("Mi cara").
En la parte posterior de cada caja encontramos este texto explicativo: "Esta rara edición de Náufragos que sale a la luz es culminación de un proyecto que ha tardado tiempo en tomar forma. Cuenta el editor que la idea surgió hace tres años, en un viaje a Israel y Palestina, contemplando en el museo de Jerusalén Angelus Novus, el dibujo a tinta y acuarela de Paul Klee que adquirió y conservó hasta su muerte Walter Benjamin y pertenece en la actualidad a la colección del museo.
Los mensajes de esta compilación van dentro de una botella metálica y precintada como pecios de un naufragio. Nada se sabe de su contenido. Los autores son náufragos por naturaleza y solo ellos pueden dar cuenta de su aventura, del viaje sin retorno, del destino incierto. por misteriosos cauces, la edición ha venido con el tiempo a desembarcar en el proceloso mar en el que todos estamos naufragando".






26.1.24

Náufragos 7


Salvador Retana es hombre discreto y paciente, firme en sus convicciones y tenaz en sus propósitos. El rigor es para él fundamental. Una de sus muchas aventuras, casi todas secretas, es la del proyecto Náufragos. Tiene mucho que ver con su faceta de editor. De La Rosa Blanca
Ha venido uno dando cuenta aquí de las sucesivas entregas de estas cajas que contienen textos inéditos lanzados, digamos (no sin cierta pompa), al proceloso mar de la existencia. 
"Los mensajes de esta compilación -explica Retana- van dentro de una botella metálica y precintada como pecios de un naufragio. Nada se sabe de su contenido. Los autores son náufragos por naturaleza y solo ellos pueden dar cuenta de su aventura, del viaje sin retorno, del destino incierto. por misteriosos cauces, la edición ha venido con el tiempo a desembarcar en el proceloso mar en el que todos estamos naufragando". 
Pian pianito ha llegado ya a la séptima entrega y me consta que hay otras dos muy avanzadas. 
En esta, dos poetas y una estudiosa de la poesía; hija, a su vez, de un gran poeta. Me refiero a Olvido García Valdés, Ada Salas y Amelia Gamoneda. Las dos primeras ofrecen poemas nuevos y la profesora Gamoneda un texto de poética. Allí leemos: "La poesía –presencia y existencia que buscan un lenguaje– es reticente a la abstracción y al lenguaje común. Pero no hay poesía sin lengua".
Y naufragar me es dulce en este mar, diría uno, infinitamente, con Leopardi.

22.6.23

"Náufragos": sexta entrega

Náufragos, el cabal proyecto de Salvador Retana para La Rosa Blanca, llega a su sexta entrega. Tan callando. A favor de la lentitud. Y de la belleza. Y del rigor también. De la verdadera literatura, en suma, que nunca es oportunista. 
Las tres botellas de la nueva caja guardan, respectivamente, un logrado poema de Luis Landero, "Benditos" ("Benditos los que no son de ningún lado / sino de acá o de allá, de donde toque, / benditos los viajeros, que van de paso / por la tierra y el tiempo, / los que hallan patria en cualquier parte"); "Descaliento", del realacadémico Pedro Álvarez de Miranda, una sutil reflexión filológica sobre ese curioso extremeñismo ("Tropecé con ella leyendo la novela de mi admirado Gonzalo Hidalgo Bayal El espíritu áspero: «... le producía un secreto descaliento, tanto más íntimo y secreto cuanto que la propia palabra descaliento no figuraba en diccionario alguno». Volví a encontrarla en uno de los relatos de Hervaciana: «se echó a llorar con sumo descaliento»"); y "La isla", un delicioso elogio de la biblioteca firmado por el profesor y crítico Miguel Ángel Lama ("También, de manera natural, mi biblioteca fue espacio habitable y refugio, isla y nido, madriguera y memoria"). Tres joyas.
Ya están en marcha las dos cajas siguientes. Quiero decir que hay seis nuevos náufragos comprometidos con la causa. Como en "El infinito" de Leopardi, E il naufragar m’è dolce in questo mare.




19.12.21

Tercera entrega de "Náufragos"

Tras las primeras entregas, acaba de aparecer la tercera del proyecto Náufragos, ideado por Salvador Retana para La Rosa Blanca. 
La caja es de lujo. Continente y contenido. Dentro, en cada una de las botellas, un poema excelente. De Pureza Canelo, Basilio Sánchez e Irene Sánchez Carrón. Sus títulos, respectivamente: "Del naufragio al olvido", "Tratado de invisibilidad" y "Mensaje de Robinson a todos los náufragos". 
Puedo anticipar que ya está cerrada la nómina de la caja siguiente. Tres escritores (dos hombres y una mujer) de fuste. Sus textos inéditos sustancian aún más esta aventura. 

25.3.22

Náufragos, 4

 

Conozco el tesón de Salvador Retana y sé bien que cada una de las aventuras artísticas y vitales que emprende viene precedida por una rigurosa meditación que al cabo la justifica, convirtiéndola, de paso, en necesaria y duradera. A pesar de eso, puedo confesar y confieso que no creí que la de Náufragos llegara tan lejos. Cuatro, con ésta, son ya las entregas publicadas (aunque esto sobrepase la mera edición de un texto). Y todo a su costa, sin subvención alguna; fruto de una labor exigente y de la desinteresada colaboración, justo es reconocerlo, de quienes se han implicado en este curioso, sorprendente invento. Y, además, con textos inéditos. Por ejemplo, los que componen esta nueva entrega. Como siempre, Retana procura reunir (y reúne) a escritores afines. Que se sentirían a gusto y confiados, pongamos, en un barco en medio de la tormenta. En este caso, Isabel Bono, Fernando Aramburu y Francisco Javier Irazoki. 
La primera ha metido en su botella de náufraga un breve y enjundioso poema titulado "algunas respuestas son preguntas". Van dirigidas a la artista multimedia Eva Hiernaux (y a sus lectores, obviamente). 
El segundo lanza a este mar que es el vivir su "Discurso de la efímera", la prosa más larga de las publicadas hasta ahora en la colección y que, sin embargo, Retana ha logrado encajar en el bonito papel japonés enrollado que guardan todas. Pertenece a un "libro apenas iniciado" y es una auténtica delicia literaria. Empieza: "Parece ya un hábito inamovible destacar de nosotras las efímeras la escasa duración de nuestra vida". 
El tercero ha encerrado en su botella uno de sus particulares poemas en prosa (con sus calculadas proporciones de lírica y narrativa) de su próximo libro. Lo titula "Barbara" (sin tilde, sí), que es el nombre, como bien saben sus lectores, de su mujer. Es, claro está, un poema de amor emocionante que comienza: "Me hablaban de una joven de París a la que nunca conseguía ver. Una tarde de febrero, entró en el despacho donde yo corregía un libro".
Me alegro mucho de que Náufragos sobreviva a los temporales, cada vez más frecuentes y peligrosos. Nunca nos hemos sentido, ay, más cerca de pérdidas, desgracias y desastres. También por lo que tuvo de visionaria, merece la pena destacar la idea de este hombre íntegro y sereno que no deja de buscar, a pesar de los pesares y en buena compañía, la verdad y la belleza. 

7.8.24

Náufragos aragoneses

 
Este es el espléndido reportaje de Pablo Ferrer sobre la última caja de Náufragos (La Rosa Blanca) que se publicó ayer en Heraldo de Aragón. Una atención para con el ambicioso proyecto de Salvador Retana que aún no ha merecido ni una sola línea en la prensa regional extremeña. 
Por cierto, la novena entrega contiene tres botellas con textos, respectivamente, de Ignacio Martínez de Pisón, Fernando Sanmartín y José Luis Melero. Un novelista, un poeta y un bibliófilo. 
El tiempo dirá. 

21.7.26

Náufragos 13

Para que algo salga adelante, lo principal es creer en ello. El tesón de Salvador Retana, inseparable del rigor, se fundamenta en esa fe inquebrantable en aquello que idea. Sin atender a otras razones; y menos que a ninguna, las económicas. 
Lo que parecía tal vez sólo eso, una feliz ocurrencia, el proyecto Náufragos, cajas de cartón con botellas que guardan textos inéditos impresos en papel Xuan, llega a su entrega número 13, esto es, que ya son 39 los autores que han dejado un rastro escrito de lo que vendría a ser su particular naufragio vital. 
Aunque algunos de ellos (o de ellas, por supuesto) fueran ultramarinos, esta es la primera ocasión en que los tres son escritores hispanoamericanos. Dos venezolanas: Yolanda Pantin y Marina Gasparini, y un argentino: Pablo Anadón. La nómina, ya de por sí selecta, se adorna aún más con estas incorporaciones. 
Por cierto, cualquiera puede hacerse con estas cajas editadas por La Rosa Blanca, destinadas a durar tanto, al menos, como la historia del náufrago por excelencia, Robinson Crusoe.



 

12.12.24

Náufragos, 10

Como quien no quiere la cosa, Náufragos llega a su entrega número 10. Esto es mucho más que una ocurrencia. O un mero proyecto. El tesón de su editor, Salvador Retana, quien concibió este invento, ha llegado lejos y más que va a llegar. 
Tan bonita como siempre, la caja guarda tres botellas con textos que sobrecogerán al lector: "El metal que durmiese", de María Ángeles Pérez López, "Piedras entre la encina", de José María Muñoz Quirós, y "Quiero ser enjambre", de Juan Mayorga. Tres poemas de dos poetas y un dramaturgo.
El de Pérez López termina: Solo al fondo abisal de la botella / fosforecen tus ojos. // Y no duermen
El de Muñoz Quirós empieza: No despiertes el sueño de la piedra / en el territorio de la noche, / nunca respondas / tenaz a su silencio
En el de Mayorga leemos: Quiero bailar tango con Soren Kierkegaard. / Quiero pasear París con Walter Benjamin. / Quiero jugar al parchís con Martin Heidegger y hacerle trampas. / Quiero tener tanta cara como Andy Warhol –su pelo no, eso no lo quiero. / Quiero salvar a Cordelia, la hija pequeña del Rey Lear. / Quiero ser hoy esquimal, la víspera vikingo, piel roja si anochece. / Quiero viajar por la Amazonia con un plano de Manhattan
¿Algo que añadir? No creo que haga falta. Bueno, sí, las imágenes de las etiquetas, obras del editor Retana. 





31.7.23

Landero dixit

"Estamos buscando nuevas formas de enseñar morfología y sintaxis, con técnicas inductivas, para que sea más reflexiva, más creativa, menos automática, para que nadie sufra lo que el estudiante de tu artículo «El gramático a palos». Un día conseguiré convencerte de que la gramática es divertida", le comenta Alfonso Ruiz de Aguirre a Luis Landero en la entrevista que le ha hecho para el dossier que la revista Barcarola le ha dedicado, y el de Alburquerque responde: "Pero si a mí me gusta mucho. Pocas veces he estado en clase tan a gusto como con la sintaxis. Escribir en la pizarra una frase enorme y estar toda la hora con los alumnos. Yo les decía: «Vamos a hacer ahora como los detectives. Primero, hay que preguntar, en plan detectivesco. ¿A quién le preguntamos? Al verbo, el principal sospechoso. ¿Quién es tu sujeto? ¿Con cuántos complementos vienes? ¿No será usted impersonal? Es muy divertido. ¿Cuál puede ser el sujeto? ¿Y por qué? ¿Es sujeto? No lo demos por hecho, vamos a demostrarlo, porque igual estamos equivocándonos». Me encanta la gramática. Lo que no me gusta es la rutina gramatical con la que se abruma a los chicos. La gramática es vida. Nada más interesante que relacionarla con la vida. Pero se ha enseñado gramática de forma mecánica, se les ha metido a los alumnos con un cucharón: así, lo mismo que se aprende se olvida, y no sirve para nada". 
Antes ha dicho a su entrevistador que "lo mío es lo concreto, la cosa poética y narrativa, y mis mejores cualidades son la imaginación y la intuición".
Más adelante comenta a propósito de su ordenada biblioteca, cuando Ruiz de Aguirre le pregunta qué libros son necesarios para entenderle: "La poesía desde luego. Yo empecé escribiendo poesía y sigo leyéndola. Antonio Machado, Juan Ramón, Bécquer, Neruda, César Vallejo, Lope de Vega, Quevedo... Me he empapado de poesía y eso termina saliendo aquí y allá, quizá porque soy un poeta frustrado. Es muy bueno para un escritor leer poesía y, si es de joven, mejor. Además, te educa el oído. La poesía se hace con intuiciones, buscando atajos expresivos. Estéticamente nada educa más que la poesía". 
Termino recordando que en la última caja del proyecto de Salvador Retana Náufragos, dentro de una de las botellas, va un poema inédito de Landero, "Benditos", que desdice a las claras que no sea un poeta. 

13.10.21

El Amorgós de Gatsos

 
De Vicente Fernández González, profesor de la Universidad de Málaga, Premio Nacional de Traducción en dos ocasiones (también obtuvo el correspondiente galardón en Grecia), ya conocíamos versiones y ensayos sumamente interesantes. Los libros Cuatro estaciones, de Costas Mavrudís (Pre-Textos), Lugar de un día, de Zanasis Jatsópulos (La Dragona), o  Ítaca, de C. P. Cavafis; el epílogo a la Poesía completa del poeta alejandrino que acabamos de mencionar, en la versión de Juan Manuel Macías para Pre-Textos; y, en fin, su edición del volumen Málaga Cavafis Barcelona: antología de las primeras traducciones catalanas y castellanas de la poesía de C. P. Cavafis y selección de versiones posteriores.
También ha traducido obras de Dimitris Calokiris, Ersi Sotiropoulos, Nikos Dimou y Stratís Tsircas.
Nos sorprende ahora con la primera versión exenta de Amorgós, de Nikos Gatsos (1911-1992), que publica Cátedra en su veterana colección Letras Universales. De ese poema y de “otros”, que sólo son tres, aclaro. Dedicados a Lorca dos de ellos, del que tradujo a su lengua materna Bodas de sangre, indispensable desde entonces, 1945, en el repertorio del teatro griego.
Lo sustancial es, sin duda, lo primero. Aunque Moreno Jurado lo incorporó a su antología La Generación de 1930 (Barcelona, 1987) y algunos traductores más lo incluyeran de manera parcial en sus respectivos florilegios, extraña, insisto, que no existiera hasta el momento esa edición. Y esta, lo puedo asegurar, es exhaustiva, rigurosa y ejemplar, al menos para quien lo desconocía casi todo del poeta, “un caso único en las letras griegas contemporáneas”, frase hecha que, me temo, esta vez es verdad.
Dije antes “poema” y es que en realidad se trata de eso: de un poema extenso comparable a La tierra baldía (Eliot), Anábasis (Perse), Espacio (JRJ) o Piedra de sol (Paz), casos semejantes en su singularidad dentro de la poesía contemporánea.
Escrito durante la ocupación nazi de Grecia y publicado en 1943, Gatsos eligió el silencio y no volvió a publicar libro alguno. Se convirtió en un letrista de canciones, colaborador, entre otros, con los compositores Manos Hadjidakis y Mikis Theodorakis, lo que “contribuyó decisivamente a la renovación de la canción griega” y, por ende, de la cultura de su país.
Sería simplista afirmar que Amorgós es fruto del surrealismo por más que Gatsos represente en los manuales de la literatura helénica a ese movimiento artístico de las vanguardias del pasado siglo. (Un asunto en el que entra, para esclarecerlo, VFG.) Quiero decir que ese poema es más que eso. Más que mera pirotecnia, juegos verbales, ocurrencias varias o escritura automática.
Lo explica muy bien Armando Romero, el poeta nadaísta colombiano (de Cali), profesor universitario en Cincinnati. Sus palabras preliminares, “Las figuras oscuras de Nikos Gatsos”, animan las expectativas de cualquier lector.
En un tono cercano y personal, con lúcidas reflexiones acerca de la poesía en general y de la gatsiana en particular, rememora un encuentro con Gatsos en el hotel Gran Bretaña de Atenas a finales de los años ochenta, antes de partir para el Peloponeso. También estaba su esposa y Agathi Dimitrouka (albacea de Gatsos).
Según Romero, todo poeta lleva uno de los cuatro elementos existentes (según “los antiguos”) “como marca de fábrica”. El de Gatsos sería la tierra. La del  Peloponeso. D. Sam Abrams sostiene que, porque la vida es “una” y “universal”, “Amorgós recorre el camino que va de lo particular a lo universal”. “La grecidad del poema es solo un punto de partida. Grecia es el mundo. Grecia es el pasado, ahora y siempre”.
Según su amigo Odiseas Elitis (recurro a la transcripción de nombres propios griegos que explica VFG), era un ser especial que había “escuchado la voz”. Por decirlo con Lorca, alguien con “duende”.
Romero afirma que “Amorgós no es un poema de fácil lectura”, y recuerda a Lezama, lo de que “sólo lo difícil es estimulante”. Añade que es “un poema total”. Más que un camino de dirección única y con un fin concreto, “senderos que se bifurcan”, a lo Borges. “¿Qué otra cosa  somos sino náufragos en el espacio del poema?”, se pregunta Romero. Concluye que “es un poema de Amor”, aunque sea “una verdad que se queda corta”. Añade, al enfrentarlo al citado S. J. Perse, que “vuelve el eje de su poesía hacia las lindes de su tierra, hacia el devenir de la historia. Temporal, Gatsos, Grecia es su referente”.
Fue, dice, un “ser sembrado de poesía”. Termina afirmando, y no miente, que de Amorgós “nunca se sale”.
La introducción de VFG, ya se anunció, es informada y didáctica. Basta ojear la bibliografía que ha manejado para hacerse una idea de hasta qué punto. Las citas son pertinentes y cuantiosas. Para empezar, las que abren su prólogo, de Novalis, Dickinson, Rimbaud, Cavafis y Seferis, que tanto tiene que ver con el poema que nos ocupa (lo mismo que Heráclito, autor del epígrafe que está al frente de Amorgós). Sí, como escribió Novalis, “La poesía es lo verdadero. Lo absolutamente real”. Una afirmación que no deja de ser paradójica si tenemos en cuenta a qué nos enfrentamos. Porque, como dijo Romero, este “no es un poema fácil”, el traductor (en su faceta de estudioso) se ha visto en la obligación de ponérselo lo más sencillo posible al lector, y lo ha logrado.
Comienza su análisis por la biografía de Gatsos, que nació en Asea, “en el corazón de la Arcadia, en el corazón del Peloponeso”. Habla de su amistad con Elitis (que empezó en 1936), de su efímera condición de poeta (que pronto dijo, y de qué asombrosa manera, todo lo que acaso tenía que decir) y, por fin, de su condición de autor de canciones (como en sus poemas, con un pie en la tradición y otro en la modernidad). VFG lo resume así: “Gatsos es un poeta que tocó el cielo con Amorgós y volvió a la tierra a escribir canciones”. Algunas tan famosas como “Luna de papel”, interpretada por Melina Mercuri (quien dijo que Amorgós era “la Biblia, era nuestra juventud”). No está mal traída otra cita de Novalis: “Hay que escribir libros como quien compone música”.
“Enigma” se titula la parte que dedica a intentar explicar el silencio de Gatsos. Jatsópulos cree que este libro “es un poema y es un límite”. Un final. Ivanovici, que “optó por el supremo gesto surrealista, que es el silencio”. Hadjidakis, su “amigo del alma”, piensa que le pudo su agudo “sentido crítico”, capaz de ahogar la escritura. Huhn lo considera un “perfeccionista”. Quienes le trataron afirman que “prefería formular su pensamiento a través de la conversación”.
Entra después en materia VFG y disecciona el poema (una “obra de su época” y un “compendio de la literatura griega moderna”, según Cúrtovic) con maestría, no sin antes advertir la relación del título con “las palabras castellana amor, amargo, amargor” y razonar esa curiosa mezcla entre “método surrealista” y tradición. Según Lignadis, “lo único real en Amorgós es la poesía”. Sus “paisajes destilados del alma”. “Una isla –precisa VFG– en la que nunca había estado”.
Al poema largo moderno dedica otro capítulo. Amorgós, ya se dijo (“un poema de gran complejidad textual, según Abrams), forma parte fundamental de ese legado.
Consta de seis partes que tienden al versículo. Avanza entre “la realidad y el sueño”, según Rentzou. Sueños (de marineros, de una joven) que aparecen en la primera parte (inseparable de la “desolación de un país ocupado”, tan homérica). En la segunda, la protagonista es la muerte. En la tercera, el sueño se convierte en pesadilla, explica Rentzou, quien opina que la cuarta parte explica “el renacer” y la quinta “un comentario sobre «el renacer»”. “En la sexta parte, “una declaración de amor a una persona, a una tierra, a la poesía”, dice VFG. “La bandera de la imaginación siempre izada”.
Dos poemas más forman partes del corpus de Amargós: “El caballero y la muerte” (donde se aprecia su admiración por el Romanticismo alemán) y “Elegía”.
En el capítulo de “Otros poemas”, “Canción de los viejos tiempos” (el único poema que Gatsos publicó en vida después de Amorgós), “Oda a Federico García Lorca” y “Un toro negro entró al baile. Habanera para F. G. Lorca”.
Se completa el libro con referencias a las anteriores traducciones (fragmentarias) del poema, una amplia bibliografía y una nota a la edición donde, entre otras cosas, VFG escribe: “El deseo de traducir Amorgós. La resistencia de Amorgós a ser traducido”. Vencer esa resistencia ha sido su tarea. Uno, que desconoce el griego moderno, sólo puede dar fe de que ha leído un poema excepcional en castellano o español. Esa es la victoria del traductor.
Estamos ante una obra inspirada que rezuma imaginación por los cuatro costados. Para ser leída, incluso, en voz alta. “No te vuelvas DESTINO”, leemos. Y “bajo el toldo de la parra respira el verano”. ¿Hay algo más mediterráneo? O: “Los viajeros a la India tienen más que contaros que los cronistas bizantinos”. Y: “Cuánto te he querido solo yo lo sé”, verso que podría hacer suyo cualquiera que haya amado.
No vamos a entrar en la vieja disquisición acerca de la comprensibilidad de la poesía. El editor da a quien lee numerosas pistas y claves para facilitarle la aventura. Además del estudio introductorio, son numerosas las notas que acompañan a los versículos y que arrojan luz sobre los mismos. Pero hay otro modo de leer Amorgós, el que prefiero, que consiste en dejarse llevar por el canto sin atender a otros criterios. Entender sería, en este caso, un fin inútil. No creo que, se elija la que se elija, el lector salga indemne de su lectura interminable. Sí, de Amorgós “nunca se sale”.
 
Amorgós
Nikos Gatsos
Cátedra, Madrid, 2021. 152 páginas. 14 

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.

13.1.25

Dos reseñas

AL FILO DE LO FRÁGIL

En 2023, tres novelas después, cuando Álvaro García parecía decantarse por la narrativa, el malagueño (del 65) publicaba un nuevo libro de poemas: Cuando hable el gato. Antes, en 2016, había reunido en El ciclo de la evaporación sus libros Caída, El río de agua, Canción en blanco y Ser sin sitio (Premio Loewe); obra compuesta por cuatro poemas extensos (uno por título), medida en la que ha demostrado sobradamente su magisterio. Lo vuelve a manifestar en esta entrega, otro largo poema que ubica en Back Bay, barrio de Boston, famoso por sus hileras de rojizas casas victorianas construido sobre tierras recuperadas al mar en la cuenca del río Charles. Y el mar, precisamente, cobra un protagonismo metafórico esencial aquí, siempre en contacto con la otra orilla, donde está su casa, “al sur del mundo”: “la internacionalidad atónita del mar”, “un país rumoroso”. 
García es un poeta del pensamiento (remito a sus ensayos poéticos) y por eso su poesía es compleja. De “meditaciones” habla al principio. En el tiempo, claro, tan “interior” como del “presente”. Y del “pasado”: “Back Bay es ya pasado / mientras lo estamos habitando de hecho”. El del fin y el del principio (o viceversa), como diría su admirado Eliot: “y quién puede tomarse abril en serio”. Y abril es muerte, no se olvide. 
Allí, las olas, las ventanas (tan larkianas), la primavera (“al filo de lo frágil”), una “ciudad interior” (“que todos llevamos dentro, por visión”) y… ella, pues Back Bay no deja de ser un poema de amor intemporal. “Somos dos náufragos de amores muertos”, escribe, “un destilado de futuro”. “Y una tarde contigo duplica la existencia”, leemos. 
Entre versos (aparentemente libres, pero sujetos al ritmo de la métrica), aflora la infancia. Su memoria. Donde “Este lugar y el tiempo son una sola cosa”. 

RIL Editores, Barcelona, 2024. 51 páginas. 


DE PALABRA

Fernández Rey (Sevilla, 1979) publicó el año pasado su ópera prima: Blanco roto, en una colección que dirigió el poeta José Mateos, a quien dedica esta segunda entrega, calificándolo de “maestro”. Algunas lecciones ha aprendido de aquél. La de la sencillez, sobre todas.
La exquisita edición se abre con un prólogo de Rocío Arana donde alude a su inocencia, a su “extraña misericordia”, a su delicadeza. Subraya su faceta contemplativa (“No vemos más / de lo que ven los ojos”). Su poesía, afirma, “se abre a la trascendencia”. Resume con tres palabras (una por cada parte) los temas del libro: “Dios, el dolor, la poesía”.
No podría haber mejor entrada en materia que “La hora”. Ahí, la sobriedad, el misterio, la herida, la religiosidad. “La ronda”, como “Suele pasarme”, se refiere a los otros. A la compasión y al cuidado. “En la mesilla” se inspira en la cotidianidad.
La noche, “lo negro”, “el inframundo de los sueños” o el desvelo giran en torno a la oscuridad como metáfora: “¿Soy yo la oscuridad?”. “En lo oculto se fragua nuestra vida”, escribe. Eso sí, “a pesar del desorden hay un hilo / que lo atraviesa todo”.
Más desasosegante es la segunda sección. Donde están “Cloacas” o “Carcoma”. En “La balanza” leemos: “Si se pudiera / pesar el alma humana, / tu alma pesaría toneladas de muertos”. En “Los contrarios” se acerca a ”lo que mueve la existencia”, ese simbiótico juego del adentro y el afuera.
La última parte proyecta una poética. En “Vaso de agua”, por ejemplo. Paradigmático de su particular manera de decir. “Todo pierde su nombre / en el silencio / que arrulla cada cosa / suavemente”.
“He preferido / quedarme cobijada en esta sombra”, confiesa en el poema final, que da título a este excelente libro lleno de verdad.

Mala yerba
Carmen Fernández Rey
Númenor. Los Papeles del Sitio, Sevilla, 2024. 64 páginas. 

NOTA: La reseña de los libros de Carmen Fernández Rey y Álvaro García se han publicado en EL CULTURAL. 



30.3.10

Botellas, náufragos

Un lector, al que por discreción no llamaré por su nombre, me escribe para decirme que le han gustado las palabras de don Gregorio Marañón -para los extremeños, indisolublemente unido al viaje de Alfonso XIII a Las Hurdes- y añade que "le han invitado a la reflexión". Luego me ofrece una propia, muy de agradecer. Recuerda a Chomsky, aquello de que “no digo lo que pienso porque pienso que nadie piensa lo que yo pienso”. Eso fue, matiza, "en plena lucha contra el pensamiento único y antes de la aparición de Internet". Según él, "en medio de esta sociedad dirigida por mediocres" (que él califica de "mediocracia"), no es raro que algunos hayamos establecido en la red nuestros "cuarteles de invierno". Más allá, ésta nos permite leer a otros que, ojalá, escapan a esa misma mediocridad, siquiera sea porque piensan por sí mismos.
Hago también mía la conclusión de su carta: "Lo que más lamento de este proceso de empobrecimiento general que estamos viviendo es la sensación de que nos han cercenado la ilusión, las ganas de tantas y tantas personas que, cada uno en su ámbito, un día pensaron que era posible construir una sociedad mejor, una Extremadura mejor. A veces pienso que hoy por hoy, solo nos queda el refugio de la red (que no es poco)...".
Le he contestado, entre otras cosas, que uno -solitario en su isla-  se alegra de que alguien encuentre una de las botella que lanzó. De náufrago a náufrago.

9.3.11

¿Y si Pitta, de repente?

Fue un acierto que la Editora Regional de Extremadura crease en 2005 una colección transversal, Letras Portuguesas, que diera carta de naturaleza a una literatura tan cercana como necesaria. Había antecedentes. El de Ángel Campos Pámpano y su antología Los nombres del mar (publicada en el 85, recién inaugurada la Editora) y, sobre todo, Te me moriste, de José Luís Peixoto, un hito de La Gaveta, traducido por Antonio Sáez Delgado a instancia del sagaz Fernando Pérez. Por eso tuvo uno muy claro quién debería ocuparse de verter al español esas obras que nos estaban esperando al otro lado de la Raya. Y, antes, a quién escuchar sobre la conveniencia de editar unas u otras.
Quizás convenga aclarar que del mismo modo que la revista Suroeste no es heredera de Espacio/Espaço escrito, pero remite a ella, tampoco Sáez Delgado, director de aquélla, es sucesor de Campos Pámpano, aunque pueda y deba uno referirse a aquél cuando alude a éste, por el mero hecho de que, además de amigos, ha continuado esa ejemplar labor traductora con semejante pasión y con resultados espléndidos e incuestionables. Tanto es así que tiene entre manos las versiones de dos de los últimos libros de Lobo Antunes, que es tanto como decir que va a sustituir en Random House-Mondadori al desaparecido Mario Merlino en la exigente tarea de poner en español la obra del nobelable portugués.
A día de hoy, Antonio Sáez ya ha traducido para Letras Portuguesas libros de Ruy Ventura, José Gil, António Cândido Franco, Fernando Pinto do Amaral y Gonçalo Tavares. Llega ahora ¿Y si todo, de repente?, de Eduardo Pitta, un portugués nacido en Mozambique en 1949 que se ha venido distinguiendo por su alto nivel de exigencia en el panorama literario luso, tanto en la poesía (con ocho libros en su haber) como en el ensayo y la crítica, que ejerce con maestría en el diario Público.
De eso da buena cuenta esta antología donde se ve a las claras, ya digo, la personalidad poética de Pitta. La suya es una poesía "de los márgenes", como precisa Sáez en su medido prólogo, propia de "un apátrida escéptico", "a la intemperie" (del amor, de la vida), "que no rehúye lo trágico, que habita el terreno del desamparo y del exilio particular en que transforma a menudo la vida", "angustiosamente bella", como dijo  Gaspar Simões, "emocionante y corrosiva", "contenida y elíptica, cortante como una navaja".
"El infierno -escribe Pitta- es una asignatura como cualquier otra". De ésa y otras materias, acaso menos temibles, sabe bien el poeta, espectador de un tiempo enrarecido, comprensivo con  los "adolescente indecisos", de "pocas palabras, y gastadas", que pierde una ciudad y constata que "un perro de angustia avanza / por la ciudadela sitiada", que se pregunta: "¿Dónde estarán el pan, el vino y la miel / de tantas tardes despreocupadas?", al que persiguen "fantasmas de otros tiempos", que nos define como "Náufragos irremediables de los mares de China / a los que no fuimos", que, por fin, se plantea: "¿E se tudo, de repente?".

16.5.05

Bitácoras

Álvaro Valverde/HOY, 14 de mayo de 2005

Así suelen calificarse en nuestro idioma a los weblogs (web más log), o blogs a secas (Merholz dixit) que pululan por internet. No son sino páginas de un diario de ideas. Las hay de todo tipo, pero casi siempre de opinión. Política, periodística, literaria, etc. Hay incluso páginas que alojan múltiples bitácoras, en las que se nos orienta con el fin de que no zozobremos en ese proceloso mar donde numerosos náufragos depositamos nuestros mensajes dentro de simbólicas botellas. Como en las reales, ésas que dicen que se arrojan en las playas, es imprevisible saber si alguien, al otro lado, encontrará nuestro errático mensaje.

Uno, no creo que llevado por la moda (soy alérgico a ellas), también ha colgado la suya en la red de redes (http://mayora.blogspot.com). En la primera anotación escribí: "¿Seré capaz de llevar el diario que siempre fui incapaz de llevar? Bueno, mejor sería preguntarse si, como creo, el blog (o la bitácora, que decimos por aquí) es el medio ideal para adaptar la escritura a los tiempos que vivimos; los de internet, sí, que son los de la velocidad y la prisa; los de la actualidad desaforada; los del estrés como forma de vida. Por intentarlo que no quede". En eso estoy.


Debo confesar que la sensación de libertad que ese medio me proporciona es incomparable. Uno se siente absoluto dueño y señor de sus opiniones como sólo puede sentirse quien es único responsable de las mismas. Para bien y para mal. Sí, porque esa libertad sin aparentes cortapisas (más allá de las impuestas por el respeto), tan poco habitual en la vida ordinaria, te provoca, aun sin quererlo, un vértigo que unas veces recuerda a las cosquillas en la barriga que uno sentía deslizándose de pequeño por una atracción de feria y otras la del mareo que producen la velocidad y la altura.


Esta sigue siendo una de las grandes ventajas de internet. También, cómo no, con gente desaprensiva, uno de sus puntos débiles. Es agradable encontrar allí una enciclopedia, una biblioteca o un foro de debate, pero muy lamentable hallar instrucciones para fabricar una bomba o los últimos berridos de los grupos ultras, fascistas y neonazis.


Por ahora, comentarios mediante (los que puede hacer, por cierto, cualquiera), esa ventana al mundo no me ha dado más que satisfacciones. Me ha servido para seguir conversando con amigos y lectores y para enlazar con nuevos navegantes que, con sus palabras, me ha permitido viajar a otras costas.


Soy consciente, claro está, de mi vulnerabilidad. De mi flaqueza, similar a la de todos los marinos, naveguen por el agua o por la imaginación. Sé lo frágil que resulta opinar en voz alta y, por fin, de cómo valiéndose de la cobardía del anonimato cualquier miserable (haberlos, haylos) puede aprovechar esa puerta abierta para entrar en tu casa y ponerla hecha un asco delante de tus narices. Allá ellos con su conciencia, me digo, en el supuesto caso de que la usen. Además, una tormenta se la encuentra cualquiera. Solo queda saber cómo responderá entonces nuestra precaria nave y cómo reaccionará el piloto. Pero esto es parte sustancial de la aventura.


Ayuda, y no poco, efectuar la travesía en buena compaña, la que te proporcionan naves afines, por más que la personalidad es en una bitácora lo primero y esencial. Así, casi al mismo tiempo que la de uno, se han echado a la red otras cartas de marear que les invito a visitar. Me refiero a las de los escritores Gonzalo Hidalgo (http://bayal.blogspot.com) y Santos Domínguez (http://santosdominguez.blogspot.com) y a la del maestro Antonio Tejero (http://antoniotejero.blogspot.com). También en esto los extremeños estamos ahí. Puede que parezca un hecho menor, pero es más bien al contrario. La escritura de las bitácoras no es una manera de decir al uso. Es probable que de esta nueva forma de comunicación inmediata surjan nuevos modos de expresión y, en consecuencia, de discurso. Sí, es solo una posibilidad, pero a algunos con esa incertidumbre nos basta. Por si acaso, conviene pillar la ola.


Nada más global y local a la vez -tan glocal, por usar el término de Juan Cueto- que esta forma virtual de comentario.


Todo esto tiene una especial importancia para quienes, como en mi caso, abordamos la tarea con el rigor de quien aspira a entender la bitácora como una extensión de su propio mundo literario. Me he dado cuenta de que lo mismo que necesito decir según qué cosas mediante un poema, una novela o un artículo, también ha surgido en mí la posibilidad de escribir otras mediante este novedoso procedimiento. Su espontaneidad abruma tanto como hechiza. Menos mal que siempre cabe la posibilidad de corregir un registro o de borrarlo incluso. Y es que a veces los impromptus son temerarios. Tanto como viajar por la blogosfera.

16.10.20

Juventud en Gijón

Treinta años y treinta títulos resumen la andadura de los cuadernos "Heracles y nosotros", que edita en Gijón (una primorosa tirada no venal de doscientos ejemplares numerados) Nacho González, autor, por cierto, del número 29: Cuaderno para un confinamiento, mucho más que un puñado de versos a cuenta del maldito encierro que hemos padecido meses atrás. El 30, puedo añadir, reúne diez sonetos (en la mejor tradición clásica) de Luis López Suárez (que vive en Castropol) bajo el título Ocho sonetos fúnebres (los otros dos corresponden la prólogo y al epílogo), de una emotividad lograda sin recurrir al patetismo, algo difícil si uno escribe acerca de la muerte de su amor. Pues bien, es el 28, Carta de marear, de César Iglesias, el que comentaré con más detenimiento. 
Fui uno de los sorprendidos al leer Lengua del duelo, su ópera prima, que vio la luz en 2016, cuando el poeta contaba 55 años de edad, lo que no es habitual en un principiante. "Una ética de la tristeza" titulé mi reseña. Publicó el año pasado Suena la nieve y volvió uno a ponderar su poesía, que llega al lector "a través de un lenguaje áspero, simbólico, tan contenido e intenso como doliente y preciso". 
Iglesias nació en Mieres en el 61 y vive en Oviedo, pero en una entrevista que le hizo hace poco José Luis Argüelles para La Nueva España (donde aquél trabajó como periodista) afirmaba que "su carácter se formó en Gijón en la década que transcurre entre las postrimerías del franquismo y el primer lustro de los años ochenta, cuando se consolida la Transición". De esa época dan buena cuenta los "22 poemas recuperados (1978-1984)", como reza el subtítulo, la de su adolescencia y primera juventud, agrupados ahora en esta plaquette que, en realidad, no deja de ser un libro breve que incluye ilustraciones del pintor Melquiades Álvarez y del diarista y fiscal Avelino Fierro, así como evocadoras fotografías de José Carlos Díaz. 
En la citada conversación con Argüelles (también poeta, por cierto), confiesa que "es un homenaje privado a la ciudad que conformó mi carácter, y destinado a amistades que también fueron protagonistas y testigos de aquel Gijón". Pero es en un hermoso texto en prosa que antecede a los poemas, "Cartografía menor", donde mejor expresa sus propósitos. "Hasta que arribamos al Gijón-Xixón luminosamente gris a finales de los años sesenta del siglo pasado yo era un habitante de ningún sitio". Un crío de "familia nómada". Cuenta que el asma ya le había llevado de niño a la playa gijonesa, veraneos que se alternaban con estancias "secas" en la provincia de León. Como todos (o casi), "en el tránsito de la adolescencia a la juventud me convertí en un extraño en la vida", lo que suele ir aparejado al ejercicio de la poesía, esa suerte de tabla de salvación. "Fue un tiempo de descubrimiento". De "la amistad, la política, la literatura, el cine, el arte, la música, el sexo y el amor". Los restos de aquel bello naufragio estaban guardados en una carpeta azul que "la persistencia de Eugenia en el amor" logró preservar más allá de "mudanzas y derrotas". "Del largo centenar de poemas, han sobrevivido veintidós, sometidos a las exigencias de quien ahora soy". Aunque el "latido emocional" permanecía, "el estilístico exigía cierta cirugía". 
Vaya por delante que el resultado no se queda en un mero ejercicio de nostalgia. Lo que leemos en Carta de marear son poemas que se sostienen como tales sin necesidad de recurrir a los vaivenes de la biografía. Distintos, sí, de los que hemos leído en sus dos libros, pero no por eso, insisto, muestras de vana retórica sentimental. Emociones y sentimientos hay en ellos, sin duda, pero ni menos ni más que en la mayor parte de los versos de cualquiera. 
Lo que a uno más le ha llamado la atención, por encima de esos logrados heptasílabos que con cadencia hipnótica seducen al lector, es la visión de una ciudad y, ya allí, del desnortado muchacho que la habita. Para los que amamos a Gijón, la suerte es doble. 
La señardá, esa forma norteña de la melancolía, lo tiñe todo. A las personas (algunas de ellas malogradas por culpa de la droga) y a los lugares: L'Atalaya (donde lee "L' infinito" de Leopardi), el muelle del Formentín, las calles de Cimavilla (que uno siempre ha nombrado Cimadevilla), el Campu les Monxes, la Punta de Liquerique, Los Mareantes, El Muro... Y el bar Escocia o el Islandia. Y el cine Brisamar y el Paradiso. Y el astillero. 
"Nadie nos avisó / de que somos los náufragos", escribe, lo que nos lleva indefectiblemente al mar ("en las olas escribo") y a los marinos de esa ciudad varada a orillas del Cantábrico. 
"Ser maldito no renta / si de la vida hablamos", leemos en el poema 17, el de "al volante del Seat, / ebrio y desesperado, / camino de Cabueñes", que nos recuerda al Pessoa del Chevrolet por la carretera de Sintra. O por la de Deva, donde tres amigos encontraron la muerte.
Sí, Gijón ("A esta ciudad me debo / a su brea insumisa / y al Nordés de sus calles, / donde la resistencia  a tanto sufrimiento / es hermosa y más cierta"), esa atmósfera: "este es nuestro paisaje / con sus desolaciones / de tarde de domingo". El de, por ejemplo, la estación de autobuses, a la entrada, "siempre tan gris, tan Alsa". 
Quien deambula por la ciudad (una ciudad que es todas las ciudades, ya se sabe) es un muchacho confundido que acierta a balbucir cuanto le pasa y lo traslada, ya en forma de poema, antes que a nadie a él mismo. "Nos creemos felices / tal vez un poco eternos. / La lluvia y las mentiras / ocultan nuestro error". 
Un acierto ha sido rescatar del olvido estos poemas. Este "autorretrato con retoques", que diría Jesús Pardo, por más que, como recordaba aquí atrás Arcadi Espada: “La autobiografía no existe. Siempre es otro el que escribe de uno”. 
Hace bien en agradecer a algunos amigos el impulso y la lealtad para conseguirlo. Completan, a su manera, la obra, no por breve menos interesante, de este poeta asturiano que cierra el cuaderno con un sencillo poema de amor que estremece. 

Carta de Marear
César Iglesias
Heracles y Nosotros, Gijón, 2020. 32 páginas.

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno.