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29.3.16

Poesía reunida (1967-1987)
Aníbal Núñez 
Calambur, Madrid, 2015. 722 páginas. 30 €

Se habla con frecuencia de la voz propia que caracteriza y distingue a un poeta y del mundo único que ha sido capaz de fundar; sin embargo, en pocas ocasiones tenemos la oportunidad de comprobarlo de una forma tan radical y fehaciente como al leer la poesía de Aníbal Núñez (1944-1987). Con prólogo de Gustavo Martín Garzo y en edición e introducción de Vicente Vives (responsable de La luz en las palabras, antología del salmantino en Cátedra), se publican sus poemas reunidos, de manera, tal vez, definitiva. Lo digo porque se mejora la de por sí excelente Obra poética que publicó en dos volúmenes Hiperión en 1995; hasta ahora, referente canónico. De la vida dañada de Núñez, más que un maldito, se ocupó uno de sus editores, Fernando R. de la Flor. La suya fue la existencia fronteriza de un “insumiso” (“Perdonad, ante todo, mi posición al margen”), “en la intemperie social y literaria” (Vives dixit). En contra de lo que sus coetáneos novísimos defendían; no obstante, pocos versos han soportado el paso del tiempo con la entereza de estos, tan vigentes.
Doce libros en veinte años es el legado. “Dispuesto y pensado” por el poeta, si bien fueron saliendo, cuando él vivía o ya póstumos, sin respetar la cronología con la que fueron compuestos. Conviene señalar una fecha: 1974, annus mirabilis en que escribió cuatro. Tampoco sus respectivos editores siguieron siempre esas indicaciones, por eso es fundamental esta edición que corrige algunos descuidos. A los libros propiamente dichos, cada uno con una aclaratoria nota editorial al frente, se añaden un poema largo y tres plaquettes, amén de una colección de poemas sueltos, escritos entre 1961 y 1986, encontrados en cartapacios y carpetas, que cierra el volumen. Así, y en este orden, Poesía reunida agrupa 29 Poemas (catorce suyos, el resto de Ángel Sánchez), Fábulas domésticas (que apareció en Ocnos), Naturaleza no recuperable (Luis Javier Moreno alude en el prólogo a que “había evitado las generalizaciones solemnes, centrándose en lo doméstico inmediato”), Estampas de ultramar, Definición de savia, Casa sin terminar, Figura en un paisaje, Taller del hechicero (donde se demuestra su condición de adelantado), Alzado de la ruina (para uno, su mejor libro), Cuarzo (otra obra maestra), Trino en estanque, Memoria de la casa sin mención al tesoro y a su leyenda antigua, Gormaz a sangre y fuego (con dibujos de Núñez, pintor además de poeta), Clave de los tres reinos (que le reportó el único premio literario de su vida, el extremeño Constitución), Primavera soluble y Cristal de Lorena.
De la lectura de Núñez se deduce que su poesía es compleja (no complicada) y que su tono, presente desde su primera entrega, tiene mucho que ver con el lenguaje y, más en concreto, con la sintaxis, tan singular como todo lo suyo. Sánchez Santiago se ha referido a “otro idioma”: “Aquella música que nunca / acepta su armonía es armonía”. Una poesía fragmentaria que no desdeña la ironía ni el desengaño; que, paradójicamente (“no hay nada que decir”), se repliega y hermetiza. Una poesía, en fin, que no sabemos muy bien de dónde viene, aunque continúe una tradición culta, y que no admite discípulos, salvo a distancia.
La mirada y el paisaje de sus versos le hacen también distinto y le separan, de nuevo, de su generación. Sus ruinas no son ni exóticas ni suntuosas, sino las de la “aridez carpetovetónica” de pueblos deshabitados y casas abandonadas en la periferia de su ciudad natal donde la naturaleza aún prevalece. Con todo, no fue un poeta agropecuario y basta con viajar por su cosmopolita Estampas para verificarlo.
Anoto un error y una ausencia: Casa sin terminar se publicó en La Centena, colección dirigida por Antonio Gómez y no por una figura capital en la defensa y promoción de esta obra: Ángel Campos Pámpano. Falta en la bibliografía la preciosa edición de Alzado de la ruina que publicó Delirio en 2014.
Valente definió a Aníbal Núñez como “frágil y duro, como el cuarzo, entre tantos supervivientes fraudulentos”. Los que tengan la fortuna, como dice Vives, de leer por primera vez su poesía lo podrán constatar. Sus lectores, confirmarlo.

Nota. Como aquí no hay problemas de espacio, publicó la versión íntegra de mi reseña sobre la Poesía reunida de Aníbal Núñez que apareció el pasado Viernes Santo (qué fecha tan adecuada) en El Cultural, un poco más breve debido a unos ajustes de última hora.

19.3.12

En vilo

Se cumplen veinticinco años de la muerte del poeta Aníbal Núñez (1944-1987) y, con ese motivo, la Diputación de Salamanca, por empeño de Aníbal Lozano, en la misma colección -la de Autores Salmantinos- que la antología de Ángel Campos, publica su libro Figura en un paisaje y Gormaz a sangre y fuego, número 50 de la misma.  
El editor literario es Tomás Sánchez Santiago, otra conexión, que firma el lúcido ensayo “Del más allá del ver”, donde el zamorano, que fuera amigo del autor de Alzado de la ruina, desentraña algunas claves esenciales de su obra. Una obra, cabe añadir, que crece y crece, tanto en influencia como número de lectores y de estudiosos, y que ya es, por razones poéticas obvias, una de las más interesantes y singulares de la poesía de nuestro tiempo.
“Quien era hasta la obcecación  el enemigo de lo impecable no podía dejar un rastro fácil”, según TSS, una afirmación que, en cierto modo, se vuelve contra él, pues a medida que vamos avanzando a través de sus palabras, tan iluminadoras como certeras, resulta cada vez más sencillo seguir esa pista. Así, cuando constata que su poesía, alejada por completo del “lugar común”, “parece exhalar la resonancia de otro idioma, un idioma distante, que la aparta de toda congregación en torno a lo que pudieran considerarse rasgos comunes de época”. “Material combustible, la obra poética de Aníbal Núñez se mantiene en vilo, frágil y vigorosa a la vez”, más en un “país como este nuestro en el que, para poder acabar desechándolo, lo extraordinario se quiere confundir siempre con lo extravagante”.
Escrito en el autumnus mirabilis de 1974, como otros nueve –entre conclusos y empezados- de los suyos, Figura en un paisaje nació como un desafío entre dos amigos, jóvenes poetas ambos: Luis Javier Moreno y él. Cuenta el primero en su diario que se juntaban en casa del segundo para ojear libros y álbumes de arte del fotógrafo, y padre de Aníbal, José Núñez Larraz. Un buen día surgió “el juego”: lo de escribir poemas “a partir de los cuadros preferidos por uno y otro”. Un juego muy serio, cabe añadir, pues que algunos poemas de los que aquí se vuelven a publicar son, sin duda, de los mejores de AN, que es tanto como decir, como comentaba antes, de la poesía española de la segunda mitad del XX: “Batalla entre Alejandro y Darío en Isso”, “Regreso de los cazadores”, “Vista del jardín de Villa Médicis”, “Le fendeur  de bois”…
Cierra el conjunto “Capitán Hölderlin”, “con toda seguridad el espacio poético menos visitado de toda la producción de Aníbal Núñez”. El libro termina con una sorpresa: la del poema –ilustrado por él- “Gormaz a sangre y fuego”, escrito en 1982, durante una visita del poeta de Salamanca a Burgo de Osma, al instituto donde enseñaba entonces TSS, para hablar, oh casualidad, de pintura.
En el salón de casa cuelga, precisamente, un grabado de Aníbal que nos trajimos hace treinta años de Montánchez. Por eso, lo recuerdo con frecuencia. A él y, lo que más importa, a su poesía, una de las que más admiro y de cuya influencia me gustaría presumir.

6.12.07

Aníbal Núñez

He aquí un libro curioso. Ha echado uno la mañana festiva leyéndolo. Se trata de Cartapacios (1961-1973, de Aníbal Núñez. Lo publica lf ediciones & de la luna libros. El prólogo es del bejarano Luis Felipe Comendador y la edición, introducción y notas de Fernando R. de la Flor y Germán Labrador. No hace falta recordar que el profesor salmantino fue uno de los editores de la poesía completa de Aníbal que publicó ejemplarmente Hiperión.
Se recuperan algunas carpetas de inéditos y, con ellas, treinta y seis poemas inéditos. Lo ilustran fotografías del muy fotogénico Aníbal; del archivo de su padre, José Núñez Larraz.
Hay poemas cuajados, que podrían haber figurado en el primer libro de Aníbal, y otros que sólo forman parte de la inevitable etapa de aprendizaje que todo poeta ha de pasar. Mal que le pese.
He disfrutado mucho con las precisas anotaciones de los editores. Con la del poema cacereño del conjunto, dedicado a Puri Asensio, de Villanueva de la Serena. Aníbal tuvo una carrera docente de... 20 días, todos ellos en un instituto de Cáceres, de ahí su vinculación a esta tierra y su clara influencia sobre la poesía escrita por un puñado de poetas extremeños. O la nota que le corresponde al poema "Como quien corta el árbol más querido", el de la ruptura con otro poeta, José Miguel Ullán, su amigo hasta entonces.
A diferencia de Luis Felipe, que siempre vio al poeta de lejos, tuve la suerte de conocer a Aníbal. Por mediación de mi paisano y pariente Felipe Núñez, vino a Plasencia a dar una conferencia sobre "El Cristo de Velázquez", de Unamuno. Luego coincidimos en Montánchez, en unas jornadas que me apetece muy poco rememorar.
Yolanda y yo nos acercamos a su entierro. Ese día -ya lo he contado alguna vez- conocimos a buena parte de sus seguidores y amigos: Tomás Sánchez Santiago, Miguel Casado, Luis Javier Moreno... Estaban, cómo no, Ángel Campos y el citado Felipe. Más tarde acudimos a un homenaje, salmantino también. Con motivo del número extraordinario que le dedicara la revista Espacio/Espaço escrito. Entre el público, un envejecido Gonzalo Torrente Ballester.
Curioso libro éste, y emocionante.

14.7.26

Aníbal Núñez anecdótico

Según costumbre, el sábado a primera hora de la mañana comprobé en Kiosco y Más qué traía ABC Cultural. Fue una alegre sorpresa constatar que la portada del suplemento era para el salmantino Aníbal Núñez, uno de los mejores poetas en español del siglo XX. Compré luego el periódico y busqué el momento oportuno para leerlo. ¿Resultado? Decepcionante. ¡Cómo que "no lo conoce nadie"! Y a qué darle otra vuelta a su malditismo si al parecer no lo hubo. Firma el texto Bruno Pardo Porto. Incluye una entrevista a su hermano José Ángel y a su cuñada Mely y en él participan su redescubridor (sigue habiendo Mediterráneos por localizar), Carlos Maortua, (que ha escrito una novela basada en su existencia, de la que dan la primera página) y su mujer, Laia. Por suerte, y eso es lo que importa, la obra de Núñez, su poesía, está perfectamente editada. En Hiperión, como se señala al final, y en Calambur, como se olvida. Se cita, menos mal (aunque no su título), la amplia antología, editada por Vicente Vives Pérez, La luz en las palabras, que publicó ¡en 2009! Cátedra dentro de su canónica colección Letras Hispánicas. Hay más. No creo, en fin, que ningún lector de poesía que se precie desconozca su obra. Otra cosa es que los vientos de la moda soplen por distintos derroteros. Fácil no es. Ni al uso. Y en cuanto a su vida, ya se ocupó Fernando Rodríguez de la Flor, íntimo amigo suyo, de acercárnosla en su libro La vida dañada de Aníbal Núñez (Delirio, 2012), que aquí no se menciona.
Me ha gustado lo referente a su amor por el campo (que heredó de su abuelo zamorano), la fotografía de su cuarto atiborrado de libros (que se mantiene intacto), la confidencia del hermano acerca de su "jardín lleno de acantos"... 
Lo que más me ha extrañado, por su insulsez, son los comentarios acerca de su guapura ("un bellezón", según Mely), lo de sus "viudas", o eso de que sus amigos (uno estuvo en ese entierro) cubrieran con rosas rojas y blancas todo su cuerpo menos la cara. Debí perdérmelo. Lo anecdótico prima (parafraseando al converso Ernesto Castro, ¿esto es para el ABC o para el ¡Hola!?) y no se entra en los detalles sustanciales Acerca de su escasa fortuna literaria pública, por ejemplo (de la que fue deliberado cómplice), y de su ausencia de las antologías más significativas de su tiempo que, por cierto, siempre acaba poniendo en su lugar lo que de verdad importa. 
Creo, en fin, que podrían haber consultado a personas (poetas los más) que conocieron y trataron a Aníbal y que habrían dado una imagen más cabal de su imponente altura poética y de su compleja personalidad, donde el asunto de las drogas jugó su peligrosa baza. Desdibujados quedan también las figuras de sus padres: el fotógrafo y la médico. Bien está, en fin, recordar a quienes merecen ser recordados, por más que ese merecer exija otra altura de miras. 




Nota: He tomado las fotografías del muro de Jesús G. Calero en Facebook. 

29.12.12

Vida de poeta

 La vida dañada de Aníbal Núñez. Una poética vital al margen de la Transición española, último libro del polígrafo y profesor de la USAL Fernando R. de la Flor, publicado por Delirio, es una biografía del poeta salmantino que en realidad no lo es. Porque es mucho más, seguramente. O porque no es una biografía al uso o por otras razones que sólo quien lea la obra podrá justificar de manera cabal. Escrito con un poderoso lenguaje barroco, con 694 notas a pie de páginas (necesarias, por cierto, más allá de la mera referencia bibliográfica), R. de la Flor, que es ante todo un ensayista (uno de los más singulares y atrevidos del panorama patrio: un verdadero raro), recorre lo que él denomina un "camino" a lo largo de veinticinco años, los que van desde marzo de 1987, cuando muere de forma prematura AN, hasta marzo de 2012, cuando lo da por concluido. Un camino, cabe precisar, largo y complejo, que sigue a tientas, es decir, a golpe de pensamiento y, claro está, apoyado en los recuerdos ("habla, memoria") con la intención de "entender mejor a quien no supo entenderse", sin perder de vista lo que dijo Kierkegaard: "El acto de amor de recordar a un muerto es el acto de amor más desinteresado, libre, fiel". Desde el primer momento se considera un "testigo". Debidamente disfrazado, añadiría: apenas es notada su presencia, por más que reconozca que, al escribir la vida de alguien, la autobiografía, el espejo, se interpone sin remedio; más si, como hace al caso, el biografiado fue amigo suyo y vivió junto a él en su misma ciudad. También desde el principio, por lo que de inabarcable tiene cualquier vida, se constata que lo más importante es acaso "lo que no he escrito". 
A intentar desvelar el "caso Aníbal Núñez" dedica R. de la Flor 370 apretadas páginas en lo que no deja de ser, en lo que a uno alcanza, el más serio y perspicaz de los acercamientos al autor de Alzado de la ruina. 
Ecce homo, este es el hombre, nos dice De la Flor, un "gran solitario", un "aguafiestas", un nihilista, un resistente, "intempestivo", un tipo de machadiano aliño indumentario (pana, trenka), sobrio, ascético y austero como dicen que eran los de su tierra castellana, de vida errática y dañada desde muy pronto, de quien nunca se escuchó queja alguna, hombre de secretos, maldito a su pesar (nunca hizo, como los Panero o los Haro alarde de ello), impecune (no trabajó nunca), diagnosticado en la mili de "esquizofrenia motora" (no podía mantenerse quieto en la formación), dromómano, paseante giróvago por su ciudad perdida (la Plaza Mayor, el Tormes, los barrios de las afueras), sin domicilio conocido (salvo su cuarto, en la vivienda familiar de Avenida del Líbano), atleta, valiente y pendenciero (defensor del cuerpo a cuerpo), muerto en vida (Torrente Ballester lo dedujo por su mirada), un "sospechoso", hechicero y conocedor del herbolario, drogadicto hacia dentro, fantasma a última hora, al que le pudo el malestar, que jamás se adaptó a los tiempos del cambio, de la famosa Transición, un hombre a contratiempo, nostálgico de un fascismo "dulce", franquista, maternal y ordenado (aunque cueste decirlo), de una vida burguesa y confortable, nunca un "socialdemócrata feliz", ni un ácrata, ni un revolucionario, ni un pasota, ni alguien, en fin, de la contracultura (todavía se recuerdan sus agrios enfrentamientos, policía mediante, con Agustín García Calvo, pope de aquella rebelión inútil), retirado de la palestra, cristo de unos pocos discípulos (el Gavioto, Adares...) que le tenían por ese ser superior que tal vez fue, místico sin conciencia de serlo, hijo del desamparo, ser silencioso. El mismo que empezó siendo una joven promesa de la poesía española ("él era el poeta"), que publicó su primer libro (en solitario) en Ocnos nada menos (de la mano de Vázquez Montalbán que, según dicen, se refirió a él, más tarde, como el "bárbaro Asdrúbal"), el amigo y casi hermano de Ullán (qué diferentes sus trayectorias), de una clasicidad poética que, paradójicamente, le ha convertido en uno de los poetas más modernos de España. (Será que, a pesar de todo, uno no puede negar su época.) Dotado con el "genio" del lenguaje, se negó a ir más allá, a romperlo o a jugar con él, y por eso no puede ser calificado como un poeta transgresor o vanguardista. De "patética ingenuidad" (Mainer dixit), atacó la operación Novísima desde las páginas de la todopoderosa revista Triunfo antes incluso de que Castellet publicara su famoso florilegio. La condena fue eterna. O eso creían. De éxito (un decir) póstumo, llegaron Las ínsulas extrañas y la antología de Cátedra y... Nunca de moda y, por eso, siempre actual. A quien poco o nada ayudó que la generación (con perdón) siguiente a la suya, la de los Ochenta, le negara también, salvo contadas excepciones, el pan y la sal (sí, recuerdo aquel poema suyo en Fin de Siglo). Poeta de estirpe romántica; del Romanticismo alemán, sobre todo. Melancólico, elegiaco y meditativo, poeta de las ruinas, por el lado inglés (y por el de nuestro Siglo de Oro, of course). Sin posibles herederos, porque su poesía es única; si acaso, mi admirado Felipe Núñez, uno de sus mejores amigos (gracias a él lo traté). Juan Antonio González Iglesias alude a él como "clásico" en el prólogo a Selva de fábula donde "resuenan", sí, los versos de Aníbal Núñez. "Escribir no es vivir", dejó escrito el poeta. Y su biógrafo afirma: "La escritura no le sirvió". De la Flor advierte acerca de la "despoetización" de AN, alguien que en sus versos se niega a sí mismo en un arriesgado y hasta temerario ejercicio de prestidigitación simbólica. Con todo, no se pretende en la obra acercamiento filológico alguno, ni análisis poéticos, si bien esa presencia sea, cómo no, ineludible. Se desdice en parte, eso sí, De la Flor de aquella afirmación suya y de Esteban Pujals (en el prólogo a la poesía completa de AN publicada en 1995 por Hiperión) sobre su condición de poeta del lenguaje (algo que insinué más arriba). Sin embargo, añade uno, que tampoco cree que esa fuera su prioridad lírica o su marca poética o, por fin, la clave de su tono inigualable, hay que reparar en su distorsionada, particular sintaxis (fundamental en poesía, como en todo) para calibrar y llegar a comprender donde habita buena parte de su razón de ser. Porque estilo es el hombre.  
Pronto, muy pronto, AN renunció a hacerse un nombre, a hacer carrera. Nunca fue un literato. En un año, 1974, su annus mirabilis, escribió prácticamente cuanto publicó en los años siguientes, su poesía completa. Fue cosmopolita sin querer y antiviajero (a pesar de que Estampas de ultramar parezca desmentirlo). Apenas salió de sus "murallas cálidas". Deliberado "poeta provinciano" (menos provinciano, en rigor, que la mayoría). Una vez fue a París, lo más lejos que fue. Uno se encontró con él en Plasencia (donde dio una conferencia sobre "El Cristo de Velázquez", de Unamuno) y en Montánchez (en un encuentro que pareció lo contrario: una batalla campal). Como dijo Luis Felipe Comendador, uno le "respetaba y le admiraba de lejos". Por el Corrillo, por la plaza... Nunca he dejado de leer su poesía y le tengo, a mucha honra, por uno de mis maestros. De ahí que haya leído la biografía de R. de la Flor con un entusiasmo poco anibaliano. Su biblioteca, por ejemplo, se clausuró en 1975, doce años antes de su muerte en la sexta planta del Clínico de su "ciudad letal", de entonces no se sabía muy bien qué, de un fallo multiorgánico, pero en realidad de sida. 
Adelantado del ecologismo (echaría siempre de menos un mundo ameno y rural que terminaba) y de la concepción espacial de la poesía y de la vida, de la noción de lugar, una idea capital en la filosofía postmoderna, los capítulos dedicados a Salamanca, a su Salamanca me han parecido estupendos, sobre todo porque R. de la Flor posee amplios y fundados conocimientos de arte, arquitectura, urbanismo, psicología y, ante todo, de filosofía (se cita con frecuencia Sloterdijk, por ejemplo), lo que añade al conjunto una riqueza que las biografías al uso no alcanzan. No abundan aquí las anécdotas. Se atiende sólo a las categorías.
En un giro inesperado, Fernando R. de la Flor, al final de su camino, se pregunta si a la postre Aníbal Núñez no fue, a pesar de todos los pesares, un ser feliz. Sospecha que AN vivió dos vidas: la ya descrita a grandes e imprecisos rasgos (aquí), la de la presunta biografía que todos manejábamos antes de leer este libro, y la otra, preservada para sí, hacia dentro, en la que el poeta salmantino se salvó del mundo y de su mayor peligro: él mismo. Acaso por eso nunca dejó de sonreír.

21.12.12

Vida de poeta


















Ya estoy leyendo La vida dañada de Aníbal Núñez en una edición no venal (Editorial Delirio) que no es exactamente igual, al menos por fuera, que la de la imagen. En la cubierta aparece un jovencísimo Aníbal Núñez realizando lo que parece un salto de longitud. Lleva un dorsal con el número 93. 
Su autor es el polígrafo y profesor salmantino Fernando R. de la Flor, viejo amigo del poeta, y en realidad "no es una biografía". Es mucho más que eso. Tiempo habrá de comentar aquí su contenido, cuando esté leído del todo y debidamente asimilado. Sin duda promete.
Voy deprisa. Porque me apasiona el asunto -a pocos poetas he admirado tanto y casi ninguno me ha enseñado más- y porque el jueves próximo, 27 de diciembre, presentamos la obra en la placentina Puerta de Tannhäuser. Os esperamos. Aníbal Núñez y este libro bien lo merecen.


29.11.08

Ángel, por Aníbal Lozano

LA COLUMNA DESNUDA

Ángel Campos Pámpano

Por Aníbal Lozano

La muerte –hace unos días, escribo en miércoles- del poeta y amigo Ángel Campos Pámpano (San Vicente de Álcantara, 1957 – Badajoz, 2008) además de sentir el zarpazo nos ha devuelto el retorno por un instante a la Facultad de los tiempos de la transición. Se ha hablado y escrito del hecho político que la universidad transmitía en la calle pero no es menos cierto que quizás más implacable era la vida intelectual dentro y fuera de las aulas sobre cuyos pilares se basa la olvidada transición precisamente, el puente a la democracia y los valores humanos, la tolerancia y la diversidad de ideas y juicios, el valor de la palabra sobre la violencia y la manifestación estética de unas vanguardias literarias que ante todo eran creativas y sugerentes. En la Facultad de Filología de Salamanca se fraguaban en la última parte de los setenta, un Aula de Teatro como el Juan del Enzina por donde pasaba la vida cultural en todas sus manifestaciones e incluso encerronas. Y también se fraguaba desde el Palacio de Anaya la fundación de revistas, como “Zurguén”, dirigida por el también poeta José Diego (hoy profesor en Barcelona) y “El Callejón del gato”, al amparo de Ángel Campos Pámpano por donde andaba una suerte varia de poetas hoy espléndidos literatos, José Luis Matilla, Quías Blanco, -como no Tomás Sánchez Santiago-, la palabra también hermosa de Fernando R. de la Flor, la poesía sonora de Jaime Siles –hoy a afortunadamente de vuelta a Salamanca-, y la de otros inevitablemente desaparecidos como Claudio Rodríguez, Javier Ángel Marigómez o no digamos Aníbal Núñez. Por allí andaba también la juventud de Gonzalo Alonso-Bartol, Marochi Vicente, Miguel Figuerola y la sombra de quien siempre recibía, Gonzalo Torrente Ballester, años antes de que el autor del “Don Juan” metiera la gamba con lo del “botín de guerra”. Ángel Campos Pámpano tenía su doble en los heterónimos de Fernando Pessoa: Alberto Caeiro, Álvaro Campos y el inolvidable Ricardo Reis cuyas odas fueron el motivo de su primera traducción. Se casó con Carmen a quien dedicó su propia Lisboa y fundó una gran revista literaria como “Espaço escrito” consiguiendo además el Premio Nacional de Traducción y ampliando su palabra a los libros de Eugenido de Andrade o de Sophia de Mello cuya traducción de “Nocturno” es una maravilla. No será posible que recoja otro premio en Extremadura, pese a que su palabra esté caliente aún ante su amigo y poeta Álvaro Valverde. Fue Pámpano también uno de los primeros en acercarse a un tal José Saramago, cuando nadie hablaba del autor de “Memorial del Convento”. Pero Pessoa siempre ha estado en el fondo como el denominador de estudiantes que fueron un día de portugués y hoy lo son de Filología comparada, como Concha Baéz, otra salmantina, en la Universidad de Vigo. “Lisboa, bajo el celaje tenue del otoño, es casi un cuadro cubista tendido en la ladera” había escrito Ángel de la ciudad blanca. Reverberando algunas otras cosas, hace quince años Ángel Campos Pámpano hizo que la Diputación de Salamanca realizara un homenaje a la obra de Aníbal Núñez teniendo como voz la presencia de José Ángel Valente y la complicidad de su viejo amigo Suso de “Hydria” Fue valedor Ángel de una palabra que ocupa su sitio en la memoria.

(El Adelanto, Salamanca, 28 de noviembre de 2008)

10.4.07

Aníbal Núñez, veinte años

Hace veinte años que murió el poeta Aníbal Núñez. Cuando eso sucedió, vivíamos en Jerte. Nos llamó Ángel Campos muy temprano para darnos la mala noticia. Aunque llegamos tarde al cementerio (tuvimos que dejar a Leticia, que era muy pequeña, en Plasencia), nos acercamos a Salamanca. En la comida que siguió al acto conocimos a un buen puñado de poetas que antes que eso eran amigos suyos: Miguel Casado, Olvido G. Valdés, Tomás Sánchez Santiago, Luis Javier Moreno... Estaba también, cómo no, Felipe Núñez.
En el Círculo de Bellas Artes se le va a recordar. Es justo y necesario que así sea. No en vano es uno de los mejores poetas de su extravagante generación y, sin exagerar, una de las voces más personales de la poesía española del XX.

26.12.12

Actos de La Puerta de Tannhäuser

Hoy, en el Aula Verdugo, a partir de las 19.00 horas, se estrena en Extremadura el documental inédito 'Buñuel y su Orden de Toledo', con guión y dirección de Jesús Fernández. El acto está organizado por la librería-café La Puerta de Tannhäuser con la colaboración del Ayuntamiento de Plasencia. 
Aprovecho para recordar que mañana, a las ocho de la tarde, ya en su local de la calle Zapatería, presentamos La vida dañada de Aníbal Núñez. Una poética vital al margen de la Transición española, la biografía del poeta salmantino Aníbal Núñez escrita por Fernando R. de la Flor y publicada por Delirio. Ahora que he terminado de leer la obra, puedo afirmar con conocimiento de causa que se trata de un libro excepcional por muchos motivos que intentaré, claro está, explicar allí; sobre todo, sí, para quienes conocimos a Aníbal o nos consideramos lectores suyos. Para los que ni una cosa ni la otra, no es ésta una mala introducción.

19.9.20

Una gramática del dolor

Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Tras residir en distintas localidades castellanas y leonesas como profesor de instituto, se jubiló en León, ciudad donde vive y en la que ejerció sus últimos años de docencia.
Poeta ante todo, ha publicado dos novelas: Calle Feria (Premio Ciudad de Salamanca) y Años de mayor cuantía (Premio Tigre Juan de Narrativa y Premio de la Crítica de Castilla y León), algunos ensayos (como Dos poetas de la generación de los 50: Carlos Barral y José Ángel Valente, con José M. Diego), ediciones críticas y antologías (como una de poemas de Antonio Gamoneda para Alianza Editorial), así como distintos libros de reflexiones y notas, una suerte de diarios que por sus características, personalidad y alcance no tiene parangón en nuestras letras. Para qué sirven los charcos, Los pormenores y La vida mitigada quedaron reunidos en El murmullo del mundo, unas prosas que completan y complementan su labor poética. En la actualidad, publica sus “anotaciones” en la revista El Cuaderno bajo el título Los cuadernos pálidos; fragmentos de un libro futuro.
Tras publicar Amenaza en la fiesta, La secreta labor de cinco inviernos, Vida del topo, En familia, El que desordena y Pérdida del ahí, ha dado a la imprenta Este otro orden. Poesía reunida (1979-2016), con introducción de Álvaro Acebes Arias, una obra a la que se suma la plaquette Ciudadanía.
Compañero de estudios salmantinos de los poetas Ángel Campos Pámpano y Luis Javier Moreno, es como ellos un poeta sin grupo, por más que algunos le vinculen al de Valladolid (el de Miguel Casado, Olvido García Valdés, Miguel Suárez, etc.). Por edad pertenece a la Generación de los 80 o de la Democracia, como reconoció Ángel Luis Prieto de Paula al incluirlo en su acreditada antología Las moradas del verbo.
TSS defiende que “un escritor no es una figura social”. Por lo demás, la soledad es el destino de todo poeta con una voz personal, como hace al caso. 
En su informado y pertinente estudio introductorio, lo destaca el también profesor Acebes Arias, que se declara, poniendo las cartas boca arriba, “amigo cercano” de TSS. Su análisis no desmerece por ello, ¿por qué habría de hacerlo?, aunque el uso del tuteo (“La poesía de Tomás...”, “Tomás...”) difumine la debida distancia que tal vez convenga establecer entre quien escribe y quien lee. No es lo que importa, sin duda, ya que el prólogo, como digo, tiene enjundia y demuestra que Acebes Arias conoce bien la poesía que comenta. Que la ha leído con hondura, y eso que no es fácil, lo que acentúa su logro.
Es verdad que esta “labor literaria” es una “de las más sólidas de las últimas décadas” y que “no necesita reivindicación alguna”, por más que esté lejos de estar reconocida en el canon, ese ente tan abstracto como injusto. Es, sí, “dueño de una voz propia y singular”, de “un decir propio, depurado e intenso”. El de alguien que piensa que “escribir es algo incierto que exige apartamiento y penumbra”, como ha escrito en Para qué sirven los charcos. El de alguien que hace suyo lo que dijo Jules Renard, que “la patria llega donde llegan todos los paseos que puedes dar alrededor de tu pueblo”, lo que la hace, por seguir a Torga, más cosmopolita que provinciana. Un mundo llamado calle Feria. Suyo es el verso “Lo lejos y lo cerca son falsas dimensiones”.
Hay en su obra “una apelación a lo cotidiano”, “a lo invisible”, a “la alegría de una vida oculta y el valor de una vida pública”. Está basada en la memoria (la familiar, entre otras) y “descansa en un profundo humanismo”. En pos de la bondad. Su actitud es humanista y ética. 
Pero es en lenguaje donde TSS da la auténtica batalla. Esa es su verdadera lucha. Denodada, constante. Esa es “su enorme responsabilidad”. En su “preocupación por la palabra” radica la razón de ser de su escritura. Y de su vida. Entre el habla y la mudez. Un “ejercicio de depuración de la palabra” que toma de maestros reconocidos como Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda o Aníbal Núñez. De ahí que la “reflexión sobre el trabajo poético” sea una constante en su poesía. 
Entre los frutos que se recogen de esa búsqueda, la “adjetivación insólita”, que no olvida la lección de Pla, pues el adjetivo es, en efecto, “el gran problema de la literatura”.
Es fácil coincidir con Acebes Arias en sus observaciones sobre su musicalidad y de su dominio del “artificio métrico y retórico”, el uso del endecasílabo y el heptasílabo (y, en sus últimos libros, del versículo). También del encabalgamiento, un recurso primordial. Y otra lección del citado Rodríguez, zamorano como él (TSS es miembro del Seminario Permanente que lleva su nombre): que “la palabra significa en la medida que suena”. Por eso es fundamental que el poeta –un ser atento por naturaleza– realice “un acto de escucha”, que es una de las definiciones de poesía que ha acuñado nuestro autor.
Oír y mirar (junto al de la memoria, el de la visión es uno de los dos reinos en los que se constituye en poeta, según Valente), ya que éste “no es sólo quien ve las cosas de una manera diferente, sino también quien las oye del revés”
Se fija Acebes Arias también en la importancia que en esta poesía tiene “lo confesional y lo autobiográfico”, pues nada más lejos de su intención que caminar sobre la nada y convertirla en un juego hermético, dizque vanguardista, a base de palabras. No, por decirlo otra vez con Whitman, quien toca este libro, toca a un hombre.
Siete son los que se reúnen aquí, a los que se añade un puñado de poemas “no recogidos en ningún libro”: Accidentales.
Amenaza en la fiesta, ópera prima de TSS, apareció en Salamanca en 1979. En una edición de autor que iba contrapeada con Limitación del vuelo, de su amigo Ezequías Blanco.
Como suele ocurrir en un primer libro de un poeta muy joven, sin contener la voz personal y plena que caracteriza su poesía, se advierte, cuando menos. Lo que sí encierra, como pasa casi siempre, son los temas o las obsesiones (o las limitaciones, que cada cual le dé el nombre que prefiera) que van a figurar en el resto de los libros que escriba. Que ha escrito. “Por donde no debiera / he abierto el laberinto de los años”, comienza. Como para la mayor parte de sus lectores, es la primera vez que leo esta breve entrega con poemas en los que, como decía, aparece la ciudad como motivo, el verano y la casa, el temor (“¿Será la vida así, / un perpetuo miedo...” o “Salvarse, sí, salvarse. ¿Pero cómo?”), las cosas, lo menudo...
Abre La secreta labor de cinco inviernos (del 85, publicado por la Universidad de Salamanca) el poema “Poética de invierno”, donde leemos: “No debo a nadie tanto / como le debo al frío”. Y a la soledad, como Cernuda. El tono es dolorido. Y desesperanzado (“lo que iba a ser el sino / fatigoso del resto de mis días: / arrastrar, arrastrar, arrastrar mucho”). Y melancólico (“es muy triste vivir entre palabras”). En “Historia de una asfixia”, sobre todo. “He dejado de ser”, dice en “Noli me tangere”.
El amor (“Las hábiles arañas del amor / hace ya tiempo que no tejen para mí”), Zamora (“Aquella ciudad, oscura como un trueno”), el tabaco, los aprendizajes, el silencio (“«Mide bien tus palabras» era solo / otra noble razón / de invitarme a callas poquito a poco”)...
En “Comarca levantada a un solo grito”, un largo poema dividido en nueve cantos, leemos: “Que el tiempo sea el olvido” (2), “La memoria es un grifo mal cerrado / donde el pasado vela” (4), “Porque es en la carencia / donde habrá que buscar aquello que perdure” (5), “Con los años, los actos van perdiendo / el sentido” (6), “Mérito de la luz la permanencia” (7), “Pasan muy pronto los años, las horas son las que pasan lentas” (8), “Cómo no va a doler lo que se pierde” (9).
Vida del topo se publicó en Gijón (1992) y en él insiste TSS en “lo menudo” (se usan para los títulos minúsculas), en los “inventarios” estacionales, en los momentos “estivales” y los veladores de verano. Se vislumbran aquí y allá las lecciones aprendidas. De Aníbal Núñez (en “paisaje”), de Gamoneda (“el álbum del placer”: “¡Oh, los sueros tan blancos de la dicha!”). Conmueven “ocho poemas por la intemperie”, una serie que comienza con el poema “(biopsia)”. “Traspasaste el umbral: todo perdido”, escribe. Y: “Pesan las noches / como plomo en las lágrimas”. Y: “Caries y hollín a cambio de mi vida” (un homenaje, supongo, al primer verso del poema “Capricho de Aranjuez”, del novísimo Guillermo Carnero) o “Qué angosto este pasillo y en mi pecho / hay un ruido de células siniestras”. No cabe duda de que la dolorosa experiencia de la enfermedad es capital a la hora de leer (y, en consecuencia, entender) la poesía de TSS.
A todo poeta, como es lógico, se le empieza a leer por un determinado libro (salvo que se haga a través de una antología, y aún así). Según las estadísticas, y si su poesía acaba siendo de tu gusto, suele ser el que al cabo prefieres de él. No sé si fue eso o que, como creo, es el mejor de los suyos (una designación, lo sé, caprichosa e impertinente), pero En familia (Fundación Jorge Guillén, 1994) es uno de esos libros que pueden marcarle a uno como lector.
Su título no engaña. Antes, en un breve prefacio, esta inquietante pregunta: “¿no es todo libro un abismo?”
“Retrato de grupo”, la primera parte, es “un hurgamiento emocional hacia la memoria de mis orígenes”. Y, como pretendía, los poemas y sus protagonistas flotan en una “atmósfera común –turbia y aturdida–”. Parientes (lejanos y cercanos), padres, primas, criadas... Y un poema esencial, mi preferido: “Mi padre se hace viejo”, donde se condensa la forma de decir de TSS que más me gusta. Claridad y misterio al mismo tiempo. Sentimientos y pensamientos al unísono.
En “Antigua persona conocida” encuentro ecos de Ángel González. TSS es un gran lector de los poetas del 50, no se olvide, y el asturiano fue uno de los maestros de Aníbal Núñez, que tanta influencia tuvo en poetas como él, Ángel Campos o Felipe Núñez.
“A solas con la edad y la memoria”, leemos en “Mudanza”.  O: “Es imposible traducir la dicha”, en “El frío del despertar”. Son versos de la segunda parte, “El soñoliento”, donde el sueño vuelve a cobrar protagonismo, igual que en la tercera: “Suertes del sueño”, donde se incluyen “El desvelado” e “Hypnos”.
“En las siete de la mañana”, el cuerpo, otro motivo de reflexión constante en la poesía que comentamos: “Es el cuerpo otra vez, / es el cuerpo que vuelve / a su sesión terrestre”.
Ciudadanía reúne ocho “estampas” y se publicó por primera vez en Lanzarote en 1994 como plaquette. Se une ahora al corpus de su poesía reunida. Son, cosa rara, sonetos, salvo “El hombre tranquilo” (una serie de cuartetos). Sus títulos: “Domésticas”, “Cajeras” (“mujeres ensopadas por la melancolía”)... De nuevo lo cotidiano. Y la melancolía.
El que desordena (Barcelona, 2006) apareció en el catálogo de la extinta DVD y llevaba un prólogo de Eduardo Moga, director de la colección impulsada por el editor Sergio Gaspar.
Es su libro más enrevesado, al menos al principio, “Seguro en la extrañeza”. Busca deliberadamente “la perdición”. Está escrito por “el que se extraña de lo consabido. Y el que desordena”. “Eras el que ofuscas”, dice. El poeta es “el que enciende la lengua”. “La luz de la extrañeza”. Leemos en “Nuevas preocupaciones”: “(la gestión del poeta: rebuscar / por los suelos de la tarde / las palabras desechadas de los hombres)”. El que sabe “que la vida se conjuga en futuro / (aunque sea casi siempre imperfecto)”. El que merodea en torno a la enfermedad y al cuerpo: “Se trata de la carne: nuestra casa inocente”. Porque “Sí, sólo el dolor y el placer / hacen visible al cuerpo”. El que “Para menos morir” escribe: “No hay hora buena para decir la muerte”. Quien, por fin, explica que “cuando escribes te manchas de ti mismo”. “Qué sé yo / pero... / ahora / ha bajado el azar con su misterio”, leemos. Y: “Ya no sé dónde dejar las palabras”.
Pérdida del ahí es el último libro publicado hasta ahora por TSS, en 2016. Una década le separa del anterior, a efectos de edición. “No tengo de mi lado al lenguaje”, escribe, lo que vuelve a dar en el clavo de su esfuerzo por doblegarlo. Se trata de “pelar palabras”. “¿Se pierden siempre / las palabras que olvidamos”, inquiere. Y a su modo responde: “No, no hay palabras retiradas del mundo”. Con todo, “habrá que cantar”. “Pero di todavía”. Aunque precario e insuficiente, el lenguaje es cuanto tenemos. A la reflexión metapoética dedica precisamente “La fruta está quieta”. Apela, con Gamoneda: “Llévame a las palabras escondidas”. “Y resiste”. Define la poesía como lengua de la sombra.  Proclama: “escarbar: el oficio del poeta”. 
En “Las acumulaciones”, Zamora. El río (tan presente en sus anotaciones diarísticas, al evocar sus veranos perdidos), los árboles (“Pasión silenciosa la de los árboles”, “Nadie, nadie sabe a qué suena la voz pasiva de los árboles”). Y un poema ácido y singular: “Maridos”. Y los viajes. A Praga (“Lo que consuela un reloj en la noche”, leemos en “lección de Holan”), Viena...
“Giran las estaciones como las llaves en manos de los tímidos”, dice. Luego recuerda el cuarto aniversario de la muerte de su amigo Pámpano y la de otro amigo, José Diego. Y aparece otra vez la madre y “los niños del verano” y “las manchas y pérdidas” de la vejez y la vergüenza y el sueño, la noche y el insomnio... “Su corazón / era un polígono asustado”, declara. La poesía, en suma, ese “hermoso desentono”. 
Cierra el volumen Accidentales. Poemas exentos, sin libro, “reunidos en conjunta extrañeza”. Ahí, El Burgo de Osma, donde vivió unos años. Y Luis Javier Moreno, amigo del alma, protagonista de “Otra carta perdida”. Y el verano, necesidad y obsesión, que “viene a por ti”. Como viene, y concluyo, toda la poesía de TSS hacia nosotros, “ahora sí, ahora sí”. Para quedarse, como se dice vulgarmente. Esta edición ejemplar lo propicia. Ya no hay excusas para que cualquier lector exigente de poesía pueda disfrutarla.

Tomás Sánchez Santiago
Editorial Dilema, Madrid, 2019. 507 páginas. 

Nota: Este reseña se publicó en el número 147 de la revista Clarín. 


1.12.08

Llop, desde Palma

Dos: la poesía. El poeta Álvaro Valverde me escribió el miércoles diciéndome que acababa de morir un poeta de su tierra y de nuestra generación: Ángel Campos Pámpano: había nacido en 1957. Recordé su labor de enlace entre la cultura española y la portuguesa en esa ya tradición contemporánea donde cierto cosmopolitismo extremeño nace y se desarrolla en Lisboa. Recordé también su poemario La ciudad blanca –con el mismo título que una de mis películas favoritas y con la misma ciudad, Lisboa, ahí al fondo–. Subí al estudio para leer los poemas de aquel libro, como quien lee una oración. Me costó encontrarlo: no estaba donde creía. Seguí buscándolo y lo descubrí, luego, colocado en horizontal sobre otro poemario que también me había gustado tiempo atrás –Estampas de Ultramar– de un poeta muerto hace veinte años: el salmantino Aníbal Núñez. Abrí el libro de Ángel Campos al azar. Ahí, en esa página abierta había una dedicatoria: para Aníbal Núñez. Pensé que ya estaban juntos, mirando cómo la tarde enciende las luces del puerto, mientras en medio de la bruma, un barco cruza el estuario.

(Publicado en Diario de Mallorca por José Carlos Llop)


12.6.07

Casa Lys

Minerva, la hermosa revista del Círculo de Bellas Artes, dedica unas páginas de su último número a Aníbal Núñez, con motivo del ciclo Definición de savia, coordinado por Miguel Casado en esa ilustre casa. En las fotos del archivo familiar, sale muy joven y muy guapo. Como le recordamos.
El sábado pasado estuvimos en Casa Lys, hoy Museo de Art Decó y Art Nouveau. Aunque parezca mentira, era la primera que entraba. Un día de hace casi treinta años me regaló mi novia una humildísima edición con el poema que Aníbal Núñez escribió sobre las ruinas de esa villa modernista. Fue una de mis primeras lecciones de Poesía. Desde entonces no he dejado de leer al poeta salmantino. Siempre he dicho que era uno de los grandes. Tiempo al tiempo.
Más allá de las obras que atesora el museo, me encantó contemplar las vistas sobre el Tormes desde sus vidrieras. A ellas remite el primer verso del poema citado: "Colgante llamarada oblicua hacia poniente".
Al salir, Patio Chico adelante, nos acercamos al Huerto de Calixto y Melibea, otro escondido paraíso de esa ciudad dorada. En uno y otro caso, una placa recuerda al responsable de que existan: Jesús Málaga, ex alcalde de Salamanca.

12.6.06

Del campo

Lo cuenta Andrés Trapiello: “Hace años dije por broma en un congreso de poesía que se celebraba en Granada que uno era un poeta agropecuario. Algunos no desaprovecharon la ocasión y empezaron a repetirlo como vilipendio, pensando acaso que se le rebajaba a uno con ello. Ninguno pensó, claro, que uno tenía puestos los ojos en el Virgilio de las Geórgicas y en la docena de adjetivos que en ese libro hacen casi tan grande a Virgilio como Homero”.
Salvando todas las distancias, también me han acusado de lo mismo. No a uno, conviene precisar, sino a lo que uno escribe. De agropecuario y hasta de preindustrial tuvo a bien calificarlo un poeta mexicano doblado de crítico. Son cosas que pasan. Cada cual lee lo que puede, ya se sabe.
A otro poeta, Aníbal Núñez, que paseaba por los alrededores de Montánchez, le escuché decir que iba a escribir un libro con parecido título: Agropecuaria. En casi todos los que publicó, la presencia del campo, de la naturaleza, es esencial. Y, sin embargo, pocos poetas más radicalmente modernos en la poesía española del siglo XX.
Pero para ser agropecuario en su sentido más profundo, como lo fue otro poeta indispensable, Claudio Rodríguez, hace falta haber vivido una infancia rural, algo que, en rigor, no vivió Andrés Trapiello (que salió pronto de su Manzaneda de Torío natal), ni Aníbal Núñez (Salamanca es una señora ciudad), ni, en fin, uno (a pesar de que, comparada con la del Tormes, la mía sea demasiado provinciana).
Cosa distinta es que a uno le hubiera gustado tenerla Sí, siempre he echado de menos ese pueblo que casi todos tienen y al que casi todos vuelven en fines de semana o vacaciones; un lugar con una modesta casa donde descansar de la rutina y vivir con la tranquilidad que se presupone en esos sitios a trasmano y pequeños.
Con todo, más que en un pueblo (viví en uno ocho meses y no fueron demasiado felices) lo que me hubiera gustado es vivir en el campo, como nuestro Bernardo V. Carande o, más allá, como su maestro y amigo José Antonio Muñoz Rojas, el de Las cosas del campo. Pero cuidado, digo vivir en el campo, no del campo. Vie de château, como Gil de Biedma en Las Navas.
Lo ideal, para mí, es la naturaleza. Su contemplación bajo la forma de paisaje (una exquisita elaboración cultural). Me gusta frecuentarla para dar paseos. Visitarla para leer y, cómo no, para descansar.
Ya que lo digo, si alguien se toma la molestia de leerme, verá que el campo que aparecen en mis poemas está vacío: no hay, como en ciertos cuadros de la naturaleza, figuras humanas. Si se muestran, incluida la mía, será casi siempre de soslayo, como los personajes del romántico Caspar David Friedrich. De espaldas, a lo lejos. Mi poesía es como yo: solitaria. Busca en la naturaleza, sobre todo, la soledad. Es el perfecto ámbito del retiro, ese asunto tan extremeño.
Es cierto que mi mujer, mis hijos o algunos familiares cercanos asoman en mis poemas. Más que nada porque comparten conmigo un espacio esencial de la misma: el molino de agua donde pasamos la mayor parte de nuestras horas de sosiego.
No niego que me llena de envidia (obviemos lo de sana) ver esas blancas casas de campo a las que uno de los protagonistas de mi primera novela (un arquitecto inventado) dedicó su tesis doctoral. Las observo desde el coche como puedo, a costa de algún susto, cuando atravieso las dehesas o, por ejemplo, Monfragüe. Y no digamos esas otras de piedra que, en contraste con los pretenciosos chalets, se levantan en las faldas de los valles del Jerte y el Ambroz o en La Vera.
Tarde sí y tarde también me escapo al mencionado molino con mi hijo y mis suegros. Aprovecho la fresca del atardecer para dar un paseo. Al pasar por los huertos, veo gente muy atareada con la cerecera. Trabajan duro, de sol a sol. Admiro su fortaleza, sí. Por lo bajini, no obstante, me reafirmo en mi afición al campo no, ay, a las fatigosas labores del campo.
Cuando piso alguna de esas repugnantes orugas que están acabando, entre otros árboles, con nuestros robles y cerezos, me acuerdo de ellos. De Julio, de Eduardo, de Victoria, de Sergio. De esos admirables vecinos que no van al campo precisamente a meditar. Ni a contemplar los pájaros y las flores. Los que quizá le aporten la verdadera dignidad y más se acerquen al auténtico espíritu de los poemas de Virgilio.

29.11.12

Manuel Neila lee "Un centro fugitivo"


ÁLVARO VALVERDE, UN POETA NECESARIO

Cumplido el necesario e imprevisible periodo de aprendizaje, Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) se inició como poeta con Territorio (1985), un libro primerizo de índole experimental, en la línea más acendrada de la poesía formalista, que daba señales de agotamiento durante aquellos años. Desde entonces hasta ahora, el autor de Una oculta razón ha devenido en un poeta esencial, necesario a fuerza de cauteloso, como queda de manifiesto en Un centro fugitivo. Antología poética (1985-2010), editada con esmero por el poeta Jordi Doce, compañero de generación, y publicada recientemente en la excelente colección “Arrecifes” de La Isla de Siltolá (1912).
La trayectoria poética de Álvaro Valverde, tan bien trazada en esta antología, muestra una unidad inequívoca de sentido, lo que no es óbice para que presente una evolución estética ascendente. La unidad de sentido viene dada por lo que podemos denominar la topofilia del poeta, es decir, por el valor humano que confiere a los espacios de posesión, a los espacios defendidos contra las fuerzas adversas, en fin, a los espacios amados. De modo que la intención del autor a lo largo de toda su obra consiste en hacer de los lugares donde transcurre su vida un espacio habitable. “Hagamos de este lugar un territorio”: concluye el poema que abre la antología.
Esta unidad de sentido no impide que podamos distinguir en la obra del poeta extremeño dos épocas claramente definidas. La época de juventud estaría formada, principalmente, por Las aguas detenidas (1988), Una oculta razón (1991) y A debida distancia (1993). Mediante una elocución básicamente discursiva, el poeta aborda las visiones del tiempo retenido, indaga en el sentido de la vida, buscando finalmente la distancia adecuada respecto a los seres que le rodean. Una oculta razón, el mejor libro de este periodo, mereció el elogio de Octavio Paz, que destacó en él “una gran madurez y una sabiduría psicológica poco común en autores de su edad”.  
La época de madurez vendría representada por Ensayando círculos (1995), Mecánica terrestre (2002) y Desde fuera (2008). En esta segunda fase, el poeta alcanza su madurez en los dominios de la sustancia y la forma, del contenido y la expresión; o lo que es lo mismo, consigue su voz propia: “una voz que a penas ha cambiado con los años, aunque por el camino haya ido ganando en claridad y sencillez”, como acierta a señalar Jordi Doce en el prólogo que antecede a los poemas.
El poeta sigue ensayando círculos de pensamiento en las aguas detenidas de la contemplación, continúa buscando en la mecánica terrestre que nos rige una oculta razón que aclare su deriva, y observando desde fuera del flujo de la existencia, a debida distancia del mundo de la vida. Pero, a las veces, multiplica los “puntos de vista” mediante la alternancia de poemas descriptivos, narrativos y meditativos; recurre a las diferentes “personas del verbo”, presentando los poemas en primera, segunda y tercera persona, de modo que las composiciones de índole confesional se combinan con otras escritas en forma de apóstrofe lírico o de monólogo dramático.
El autor de Desde fuera es, ante todo, un excelente vedutista, un diestro “dibujante” de lugares emblemáticos, lugares que le producen una satisfacción sin límites, a la vez que una sensación de impotencia ante la precariedad de cuanto existe. Véanse, a modo de ejemplo, “Fuente de Yuste”, “Torre Tavira” o “Jardín de Morille”. Su atención se dirige, entonces, al horizonte más inmediato que cerca la existencia humana: el territorio de las realidades elementales que estuvieron en el principio de la vida (la tierra, el agua, el aire, el fuego) y de las idealidades elementales que le ligan al resto del mundo (la verdad, el bien, la belleza y la palabra).
Con frecuencia, esos lugares presentan un aspecto ruinoso, cuyos vestigios parecen devorados por una vegetación voraz e incontrolable. Repárese en “Noción de lugar”, “Estelas” o “Composición de lugar”, pertenecientes al libro Ensayando círculos. Este aspecto de su obra le vincula a la estética simbolista y, en particular, a la “estética de la ruina”, practicada con excelentes resultados por Aníbal Núñez y César Simón, poetas a los que el extremeño tiene en gran estima. Hay algo trágico en estas visiones de un mundo ruinoso. Se trata, en cualquier caso, de una tragedia serena, en la que el ser humano se ve reducido a su soledad y a su insignificancia.
Álvaro Valverde es ya un poeta necesario, con una voz propia. Tanto más necesario, cuanto más alejado de la estética dominante, débil de pensamiento, ignara de moral y carente de belleza. Su particular modo de decir, en el que resuenan los ecos de María Zambrano y José Ángel Valente, de Gabriel Ferrater y Joan Vinyoli, de Aníbal Núñez y César Simón, posee un tono, un timbre y un temple inconfundibles, que los lectores más acreditados se resistirán a olvidar fácilmente.
MANUEL NEILA

Publicado en el número 104 de la revista Turia.