29.3.16
19.3.12
En vilo
El editor literario es Tomás Sánchez Santiago, otra conexión, que firma el lúcido ensayo “Del más allá del ver”, donde el zamorano, que fuera amigo del autor de Alzado de la ruina, desentraña algunas claves esenciales de su obra. Una obra, cabe añadir, que crece y crece, tanto en influencia como número de lectores y de estudiosos, y que ya es, por razones poéticas obvias, una de las más interesantes y singulares de la poesía de nuestro tiempo.
“Quien era hasta la obcecación el enemigo de lo impecable no podía dejar un rastro fácil”, según TSS, una afirmación que, en cierto modo, se vuelve contra él, pues a medida que vamos avanzando a través de sus palabras, tan iluminadoras como certeras, resulta cada vez más sencillo seguir esa pista. Así, cuando constata que su poesía, alejada por completo del “lugar común”, “parece exhalar la resonancia de otro idioma, un idioma distante, que la aparta de toda congregación en torno a lo que pudieran considerarse rasgos comunes de época”. “Material combustible, la obra poética de Aníbal Núñez se mantiene en vilo, frágil y vigorosa a la vez”, más en un “país como este nuestro en el que, para poder acabar desechándolo, lo extraordinario se quiere confundir siempre con lo extravagante”.
Escrito en el autumnus mirabilis de 1974, como otros nueve –entre conclusos y empezados- de los suyos, Figura en un paisaje nació como un desafío entre dos amigos, jóvenes poetas ambos: Luis Javier Moreno y él. Cuenta el primero en su diario que se juntaban en casa del segundo para ojear libros y álbumes de arte del fotógrafo, y padre de Aníbal, José Núñez Larraz. Un buen día surgió “el juego”: lo de escribir poemas “a partir de los cuadros preferidos por uno y otro”. Un juego muy serio, cabe añadir, pues que algunos poemas de los que aquí se vuelven a publicar son, sin duda, de los mejores de AN, que es tanto como decir, como comentaba antes, de la poesía española de la segunda mitad del XX: “Batalla entre Alejandro y Darío en Isso”, “Regreso de los cazadores”, “Vista del jardín de Villa Médicis”, “Le fendeur de bois”…
Cierra el conjunto “Capitán Hölderlin”, “con toda seguridad el espacio poético menos visitado de toda la producción de Aníbal Núñez”. El libro termina con una sorpresa: la del poema –ilustrado por él- “Gormaz a sangre y fuego”, escrito en 1982, durante una visita del poeta de Salamanca a Burgo de Osma, al instituto donde enseñaba entonces TSS, para hablar, oh casualidad, de pintura.
En el salón de casa cuelga, precisamente, un grabado de Aníbal que nos trajimos hace treinta años de Montánchez. Por eso, lo recuerdo con frecuencia. A él y, lo que más importa, a su poesía, una de las que más admiro y de cuya influencia me gustaría presumir.
6.12.07
Aníbal Núñez
Se recuperan algunas carpetas de inéditos y, con ellas, treinta y seis poemas inéditos. Lo ilustran fotografías del muy fotogénico Aníbal; del archivo de su padre, José Núñez Larraz.
Hay poemas cuajados, que podrían haber figurado en el primer libro de Aníbal, y otros que sólo forman parte de la inevitable etapa de aprendizaje que todo poeta ha de pasar. Mal que le pese.
He disfrutado mucho con las precisas anotaciones de los editores. Con la del poema cacereño del conjunto, dedicado a Puri Asensio, de Villanueva de la Serena. Aníbal tuvo una carrera docente de... 20 días, todos ellos en un instituto de Cáceres, de ahí su vinculación a esta tierra y su clara influencia sobre la poesía escrita por un puñado de poetas extremeños. O la nota que le corresponde al poema "Como quien corta el árbol más querido", el de la ruptura con otro poeta, José Miguel Ullán, su amigo hasta entonces.
A diferencia de Luis Felipe, que siempre vio al poeta de lejos, tuve la suerte de conocer a Aníbal. Por mediación de mi paisano y pariente Felipe Núñez, vino a Plasencia a dar una conferencia sobre "El Cristo de Velázquez", de Unamuno. Luego coincidimos en Montánchez, en unas jornadas que me apetece muy poco rememorar.
Yolanda y yo nos acercamos a su entierro. Ese día -ya lo he contado alguna vez- conocimos a buena parte de sus seguidores y amigos: Tomás Sánchez Santiago, Miguel Casado, Luis Javier Moreno... Estaban, cómo no, Ángel Campos y el citado Felipe. Más tarde acudimos a un homenaje, salmantino también. Con motivo del número extraordinario que le dedicara la revista Espacio/Espaço escrito. Entre el público, un envejecido Gonzalo Torrente Ballester.
Curioso libro éste, y emocionante.
14.7.26
Aníbal Núñez anecdótico

29.12.12
Vida de poeta
21.12.12
Vida de poeta
29.11.08
Ángel, por Aníbal Lozano
Ángel Campos Pámpano
Por Aníbal Lozano
(El Adelanto, Salamanca, 28 de noviembre de 2008)
10.4.07
Aníbal Núñez, veinte años
En el Círculo de Bellas Artes se le va a recordar. Es justo y necesario que así sea. No en vano es uno de los mejores poetas de su extravagante generación y, sin exagerar, una de las voces más personales de la poesía española del XX.
26.12.12
Actos de La Puerta de Tannhäuser
19.9.20
Una gramática del dolor
1.12.08
Llop, desde Palma
Dos: la poesía. El poeta Álvaro Valverde me escribió el miércoles diciéndome que acababa de morir un poeta de su tierra y de nuestra generación: Ángel Campos Pámpano: había nacido en 1957. Recordé su labor de enlace entre la cultura española y la portuguesa en esa ya tradición contemporánea donde cierto cosmopolitismo extremeño nace y se desarrolla en Lisboa. Recordé también su poemario La ciudad blanca –con el mismo título que una de mis películas favoritas y con la misma ciudad, Lisboa, ahí al fondo–. Subí al estudio para leer los poemas de aquel libro, como quien lee una oración. Me costó encontrarlo: no estaba donde creía. Seguí buscándolo y lo descubrí, luego, colocado en horizontal sobre otro poemario que también me había gustado tiempo atrás –Estampas de Ultramar– de un poeta muerto hace veinte años: el salmantino Aníbal Núñez. Abrí el libro de Ángel Campos al azar. Ahí, en esa página abierta había una dedicatoria: para Aníbal Núñez. Pensé que ya estaban juntos, mirando cómo la tarde enciende las luces del puerto, mientras en medio de la bruma, un barco cruza el estuario.
(Publicado en Diario de Mallorca por José Carlos Llop)
12.6.07
Casa Lys
Más allá de las obras que atesora el museo, me encantó contemplar las vistas sobre el Tormes desde sus vidrieras. A ellas remite el primer verso del poema citado: "Colgante llamarada oblicua hacia poniente".
Al salir, Patio Chico adelante, nos acercamos al Huerto de Calixto y Melibea, otro escondido paraíso de esa ciudad dorada. En uno y otro caso, una placa recuerda al responsable de que existan: Jesús Málaga, ex alcalde de Salamanca.
12.6.06
Del campo
Lo cuenta Andrés Trapiello: “Hace años dije por broma en un congreso de poesía que se celebraba en Granada que uno era un poeta agropecuario. Algunos no desaprovecharon la ocasión y empezaron a repetirlo como vilipendio, pensando acaso que se le rebajaba a uno con ello. Ninguno pensó, claro, que uno tenía puestos los ojos en el Virgilio de las Geórgicas y en la docena de adjetivos que en ese libro hacen casi tan grande a Virgilio como Homero”.
Salvando todas las distancias, también me han acusado de lo mismo. No a uno, conviene precisar, sino a lo que uno escribe. De agropecuario y hasta de preindustrial tuvo a bien calificarlo un poeta mexicano doblado de crítico. Son cosas que pasan. Cada cual lee lo que puede, ya se sabe.
A otro poeta, Aníbal Núñez, que paseaba por los alrededores de Montánchez, le escuché decir que iba a escribir un libro con parecido título: Agropecuaria. En casi todos los que publicó, la presencia del campo, de la naturaleza, es esencial. Y, sin embargo, pocos poetas más radicalmente modernos en la poesía española del siglo XX.
Pero para ser agropecuario en su sentido más profundo, como lo fue otro poeta indispensable, Claudio Rodríguez, hace falta haber vivido una infancia rural, algo que, en rigor, no vivió Andrés Trapiello (que salió pronto de su Manzaneda de Torío natal), ni Aníbal Núñez (Salamanca es una señora ciudad), ni, en fin, uno (a pesar de que, comparada con la del Tormes, la mía sea demasiado provinciana).
Cosa distinta es que a uno le hubiera gustado tenerla Sí, siempre he echado de menos ese pueblo que casi todos tienen y al que casi todos vuelven en fines de semana o vacaciones; un lugar con una modesta casa donde descansar de la rutina y vivir con la tranquilidad que se presupone en esos sitios a trasmano y pequeños.
Con todo, más que en un pueblo (viví en uno ocho meses y no fueron demasiado felices) lo que me hubiera gustado es vivir en el campo, como nuestro Bernardo V. Carande o, más allá, como su maestro y amigo José Antonio Muñoz Rojas, el de Las cosas del campo. Pero cuidado, digo vivir en el campo, no del campo. Vie de château, como Gil de Biedma en Las Navas.
Lo ideal, para mí, es la naturaleza. Su contemplación bajo la forma de paisaje (una exquisita elaboración cultural). Me gusta frecuentarla para dar paseos. Visitarla para leer y, cómo no, para descansar.
Ya que lo digo, si alguien se toma la molestia de leerme, verá que el campo que aparecen en mis poemas está vacío: no hay, como en ciertos cuadros de la naturaleza, figuras humanas. Si se muestran, incluida la mía, será casi siempre de soslayo, como los personajes del romántico Caspar David Friedrich. De espaldas, a lo lejos. Mi poesía es como yo: solitaria. Busca en la naturaleza, sobre todo, la soledad. Es el perfecto ámbito del retiro, ese asunto tan extremeño.
Es cierto que mi mujer, mis hijos o algunos familiares cercanos asoman en mis poemas. Más que nada porque comparten conmigo un espacio esencial de la misma: el molino de agua donde pasamos la mayor parte de nuestras horas de sosiego.
No niego que me llena de envidia (obviemos lo de sana) ver esas blancas casas de campo a las que uno de los protagonistas de mi primera novela (un arquitecto inventado) dedicó su tesis doctoral. Las observo desde el coche como puedo, a costa de algún susto, cuando atravieso las dehesas o, por ejemplo, Monfragüe. Y no digamos esas otras de piedra que, en contraste con los pretenciosos chalets, se levantan en las faldas de los valles del Jerte y el Ambroz o en La Vera.
Tarde sí y tarde también me escapo al mencionado molino con mi hijo y mis suegros. Aprovecho la fresca del atardecer para dar un paseo. Al pasar por los huertos, veo gente muy atareada con la cerecera. Trabajan duro, de sol a sol. Admiro su fortaleza, sí. Por lo bajini, no obstante, me reafirmo en mi afición al campo no, ay, a las fatigosas labores del campo.
Cuando piso alguna de esas repugnantes orugas que están acabando, entre otros árboles, con nuestros robles y cerezos, me acuerdo de ellos. De Julio, de Eduardo, de Victoria, de Sergio. De esos admirables vecinos que no van al campo precisamente a meditar. Ni a contemplar los pájaros y las flores. Los que quizá le aporten la verdadera dignidad y más se acerquen al auténtico espíritu de los poemas de Virgilio.







