Estuve a punto de escribir a Paco hace unas semanas porque al pasar por Sor Valentina Mirón vi que habían derribado la casa donde vivió con Inés Mari cuando se casaron. Al lado, por cierto, del piso de sus padres. Ahora ya es tarde. Pasamos Yolanda y yo por ese sitio algunos días para echarles una mano con la pintura y la limpieza. Poca cosa, manitas nunca he sido. Por aquel entonces acabábamos de conocernos. Frecuentábamos la misa dominical (para jóvenes) de San Pedro, oficiada por el cura Pepe, íntimo de la pareja, donde ellos cantaban y tocaban la guitarra. Recuerdo la significativa canción inicial: "Venimos simplemente a trabajar", de los aragoneses de La Bullonera, lo que da idea de por qué derroteros ideológicos transitábamos en aquellos primeros años de democracia. Nuestra música era, sobre todo, la de los cantautores. Supongo que Paco era aún estudiante de Historia. Una vez licenciado, permaneció en Plasencia, como profesor de las Josefinas, un centro privado en el que se jubiló en 2020. Me consta que fue un buen docente, muy querido por sus alumnos. Realizó algunas investigaciones, centrándose en la Cueva de Boquique, pero esa labor quedó opacada, según creo, por su dedicación profesional a la enseñanza.
No se puede decir que fuéramos amigos, pero, si bien nuestra relación de grupo (del que ellos eran los líderes) duró poco, nunca dejé de apreciarlo. Nos hemos tratado toda la vida. Nos encontrábamos, por ejemplo, en las presentaciones de libros y en las sesiones del Aula de Literatura.
Como anécdota, puedo relatar que es la única persona que me ha llevado en moto, una Vespa, durante el camino de ida y vuelta a su casa familiar del Valle. En la de mi hermano Fernando, que conduce una desde hace años (compañero de claustro de Paco unos años), jamás he montado. Me dan pánico.
También le recuerdo en la parte alta de la extinta librería Cervantes cuando presentamos la antología Poetas en el Aula, de Ángel Sánchez Pascual, donde se recogían poemas de su cuñado Javier Pérez Walias y algunos primerizos de uno. Debí ponerme estupendo aquel día y me fui hasta nuestros antepasados más remotos, los poetas placentinos contemporáneos de Lope de Vega que estudió Berjano. Con el fin de demostrar que ésta era una ciudad de la poesía desde antiguo. En un aparte me preguntó extrañado que si creía que lo nuestro, ja, ja, era para tanto. Las odiosas comparaciones, los entusiasmos juveniles.
Esta primavera coincidimos en el Cachón (Dehesa de los Caballos suena mejor). Iba con su mujer. El suyo fue uno de esos "amores largos" que tanto le gustan al poeta Biel Mesquida. Hablamos de Fran, su hijo poeta (no conozco a su hija Paloma), y de un libro que, me habían comentado, estaba a punto de cerrar. Me preguntaron si me importaría dedicarles mi poesía reunida y quedamos en que dejarían el libro en la clínica donde estaban ingresados tanto mi madre como un hermano de Inés Mari, en habitaciones contiguas. Y así fue.
Los vi a los dos estupendamente. Paco, sin embargo, eso lo he sabido por su hijo después, llevaba ya años con su enfermedad a cuestas. Lo que no le impidió viajar (fue, ya jubilado, a Italia, Alemania, Tailandia o Portugal y estaba a punto de iniciar un crucero por el Danubio), leer, visitar con frecuencia la parcela del Valle del Jerte (su lugar predilecto, en la carretera de Casas del Castañar) o montar en bicicleta (una vez, al lado de la presa del kilómetro 4, me dijo al adelantarme en plena cuesta -uno iba andando- que casi iba más deprisa que él). Era de bromas. Y de sonrisa, ya se ve.
Su muerte ha sido una desagradable sorpresa. Sí, es ley de vida que se sumen las pérdidas, más a estas edades, pero... Por irremediable que resulte, uno no se acostumbra. Y menos si quien se va merecía quedarse. Por lo menos hasta que se presentara en Plasencia el libro de Fran. Cuando llegue ese momento, faltarán sus preguntas.
P. S. Olvidé un dato importante. Paco y su amiga Marivi Hernández Berrocoso, mi querida tía, tuvieron una librería en El Pasaje: Fábula.

