4.11.20

Llop conversa

José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) es bibliotecario en su ciudad natal, donde ha vivido siempre salvo durante los años que pasó en Barcelona como (mal) estudiante de Derecho (reflejados en Reyes de Alejandría). Es escritor de novelas, relatos, dietarios y poemas, así como traductor (de Derek Walcott, por ejemplo, y de distintos novelistas y poetas de sus islas). Recientemente se puso en escena un monólogo suyo, La nit de Catalina Homar. Ya que la cito, aclararé que Llop escribe habitualmente en castellano, pero también, con naturalidad, en mallorquín o catalán de Mallorca. Poesía, por ejemplo. (Hace unos meses, en pleno confinamiento, publicaba el poema “Ciutadans confinats“, que empezaba: “No, aquesta pesta no és l’Apocalipsi, encara no”, y terminaba: “La ciutat deserta és el reflex de la nostra ànima”.) 
Fue el comisario de  la exposición antológica que el Reina Sofía dedicó al artista francoindochino Pierre Le-Tan y ha prologado obras de Graves, el archiduque Luis Salvador de Austria, Modiano, etc. También ha editado a Llorenç Villalonga, un mestre.
Cabe destacar su faceta de articulista. En Diario de Mallorca (del que es columnista desde hace más de treinta años) o el diario ABC (donde ha firmado Terceras memorables). 
De su extensa obra, podemos destacar los libros de poesía La naturaleza de las cosasEn el hangar vacíoLa oración de Mr. HydeQuartet (en catalán), La dádivaLa avenida de la luzCuando acaba septiembre y La vida distinta. Como narrador, Pasaporte diplomáticoEl canto de las ballenasEl informe SteinLa novela del siglo (premio NH), Háblame del tercer hombreEl mensajero de ArgelParís: suite 1940En la ciudad sumergidaSolsticio Oriente. Como diarista, el precoz La estación inmóvilChampán y saposArsenal y La escafandra. Al género ensayístico pueden acogerse sus libros La ciudad invisibleConsulados fantasmasAl sur de Marsella Los papeles del Nixe.
Digo “género” pero aclaro que una de las virtudes de Llop es precisamente que sus libros no se sujetan a esas normas clasificatorias más propias de la didáctica que de la literatura. En la ciudad sumergida, verbigracia -tal vez la obra narrativa del mallorquín que, con Solsticio, más me gusta-, mezcla con maestría lo narrativo, lo poético y lo ensayístico, con el concurso imprescindible de la memoria, sin que el resultado se resienta por ello, sino todo lo contrario.
En los últimos años, desde que se publicó en francés Háblame del tercer hombre, un auténtico succés d'estime allí, Llop goza del reconocimiento de la crítica y de los lectores en el país vecino, donde se han traducido y premiado algunos de sus libros y donde pasa temporadas (en París y Burdeos). En el diario Le Figaro le denominaron “un Modiano mallorquín”. 
Es posible que esta larga presentación, más allá de dar justa cuenta de los logros de este autor, obedezca a una impresión particular: que el lector común no lo conozca. Sí el de poesía, lo doy por hecho, ya que en ese patio nos conocemos casi todos. Y el que frecuente este blog, donde sus apariciones menudean. Suele ocurrir con quienes, como él, son de verdad independientes (sin generación, acuñó el término de los poetas “No Vistos”), viven alejados de los centros de poder (como un “buen emboscado”) y desarrollan una obra personal que sólo atiende a sus propios intereses y no a los del público y el mercado. De esto y de muchas cosas más va José Carlos Llop: una conversación (Elba), donde el palmesano charla con los críticos Daniel Capó y Nadal Suau, ambos mallorquines, que, a tenor de sus preguntas, demuestran conocer exhaustivamente la obra de su paisano. Y admirarla, claro. Todo gira en torno a “la patria llopiana”, que no deja de ser un mundo, el que es capaz de constituir todo escritor digno de tal nombre: “Me gustan los escritores que fundan y hay una literatura que supone un territorio fundacional”. Como él ha hecho. 
Lo esclarecen los editores en “Propósito”. Se refieren al liberal que ejerce de embajador de nuestras letras en Francia y de las insulares en el resto de España, el mejor escriba y cronista contemporáneo de la ciudad de Palma, “tan Modiano, tan Visconti”. “El objetivo del presente libro es, en realidad, el de regresar a la escritura llopiana, en diálogo con el autor, sí, pero sobre todo asistiendo al diálogo del autor con su obra y con los aspectos esenciales de la vida que la ha hecho posible”. Una conversación de “ideas” más que de “anécdotas”. Y concluyen: “Una conversación se aproxima a la literatura y la persona de José Carlos Llop con una voluntad simultáneamente sumaria e indagatoria”. Sólo requieren del lector “la convicción de que memoria, literatura y honestidad mantienen una relación de interdependencia”, que no es un mal comienzo.
Dividida en siete amplios capítulos, poco o nada queda sin explorar de esta aventura literaria en la que Llop se ha jugado la vida. Pocos escritores conoce uno, y menos después de leer estas páginas, donde el tópico de la inseparable relación entre vida y literatura se dé con más claridad. Acaso porque cree que “ser escritor es una de las cosas importantes que se pueden ser en esta vida”. Un escritor zorro y no erizo, por seguir la terminología de Isaiah Berlin, de los que salen a cazar y no pescan en su interior. Un escritor cosmopolita y europeo. De atmósferas. Luminoso y mediterráneo (por eso, escéptico y fatalista). Partidario de “los placeres intransitivos”. Para Llop, la literatura, que “nace de una forma de mirar, de contemplar, de una forma de entender la vida”, es “respiración” y la poesía, además, “un don”.
Y ya que hablamos de poesía, donde “reside algo sagrado”, “un lujo”, que “habita en la esencia de las palabras y en el misterio” y “no es consuelo sino luz”, Llop afirma que “el poeta es Otro y vive en lo Otro” (un “médium”, diría Joan Perucho), pero sin olvidar que “uno sólo es poeta cuando está escribiendo un poema”. Y poeta ha querido ser ante todo, a la manera quizá del minor poet, que no deja de ser, a pesar de la recurrente confusión, un “buen poeta”, aunque no “mayor como lo son Dante o Shakespeare”. 
Hemos mencionado la palabra “memoria” y esta es la clave, ya que sobre ella “se articula” toda su obra. En efecto, todo remite a ella y en ella se justifica: “a la literatura como memoria y a la memoria como una forma de literatura”. “La escritura -dice- es la memoria de lo que no queremos perder”. “Tener memoria de lo que ocurrió -añade- es una forma de resistencia”. Ahí radica la diferencia entre su tiempo, que califica de “antiguo”, y el actual, que sólo se conjuga en presente. Por cierto, nada que ver con la nostalgia, ese error. 
Porque “la literatura es verdad”, él ha optado por el estilo (que es el hombre, dijo el otro) y eso se aprecia se abra por donde se abra cualquiera de sus libros. “No hay novela sin estilo”, precisa. Un estilo forjado a base de experiencias y de lecturas. Entre las primeras, las de su infancia tintinesca, omnipresente en su obra, con sus veraneos en Betlem (a los que dedicó Solsticio), o en la casa con jardín de sus abuelos; las de la adolescencia en su ciudad natal o las de su primera juventud en una Barcelona de sexo, drogas y rocanrol. Entre las segundas, aunque sea difícil acotar, las de la Biblia (que le leía su padre), algunos clásicos españoles, como Garcilaso, fray Luis o Aldana, y una lista interminable, ya digo, en la que podrían figurar Eliot, Proust, Rilke, Jünger, Connolly, Waugh y Powell, Auden, Milosz, Ajmátova, Brodsky, Zagajewsky, etc. Y Cristóbal Serra, bien sûr. O Gabriel Ferrater.
El cine (“Le debo mucho al cine. Toda mi generación le debe mucho al cine”), la música (Bach, por ejemplo, y “las buenas canciones” del XX), la historia (una vocación), la pintura (Miró, Gaya, Barceló, Dis Berlin...) o el periodismo (reconoce que sin el aprendizaje de los artículos no habría llegado a escribir narrativa) ocupan no pocos párrafos de este libro. También la memoria familiar (su padre militar, los estudios en un colegio de los jesuitas), las mujeres (entre ellas, la suya, Helena: “no hay amor sin conversación”), el trabajo (me hice bibliotecario, explica, “para salvaguardar el poeta y el escritor que era”), la autobiografía y la “creación de un personaje”, la naturalidad de su bilingüismo y el débito de su poesía con la musicalidad de la escrita en catalán, el miedo y la muerte (“somos nuestros muertos”), el carácter insular y Palma (cree que “lo del genius loci es real”) y sus otras ciudades: Barcelona, París (“París y la literatura son sinónimos”), Burdeos o Bordeaux (a la que dedicó La vida distinta), Venecia o Beirut, su último descubrimiento. La ciudad como concepto, en tanto que lugar, está en el centro de sus indagaciones y de sus intereses: “La ciudad construye su propia literatura y la literatura construye su propia ciudad”. Y puntualiza: “Ya sé que una ciudad son muchas ciudades”. 
En el fondo, Llop es un moralista, en el mejor sentido, consciente de que, como dijo en un verso, “la belleza es una forma de moral”. Alguien que piensa, en fin, que la “literatura es una forma de salvación”.
Confieso que he leído el libro, lápiz en mano, con la misma pasión que Llop cultiva y exige. He disfrutado mucho, pongo por caso, con sus reflexiones sobre la poesía, normal, menos con las que tienen que ver con su narrativa, que conozco peor, y poco con ciertas trazas de vanidad por otra parte excusables. Porque somos como somos y la literatura española es como es, comprende uno, cómo no, la íntima satisfacción que le ha producido su inesperado éxito en Francia. 
Animo al lector que conozca la amplia y variada obra de Llop a que lea esta lúcida conversación, pero también al que se atreva a iniciarse en ella. Puede ser un buen principio. Por otro lado, qué bien que se editen libros así, tan raros, ay, como Llop y su literatura. 























Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno.
La fotografía de J-CLL es de Carmen Silvestre y está tomada el pasado verano en Valldemossa.