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4.11.20

Llop conversa

José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) es bibliotecario en su ciudad natal, donde ha vivido siempre salvo durante los años que pasó en Barcelona como (mal) estudiante de Derecho (reflejados en Reyes de Alejandría). Es escritor de novelas, relatos, dietarios y poemas, así como traductor (de Derek Walcott, por ejemplo, y de distintos novelistas y poetas de sus islas). Recientemente se puso en escena un monólogo suyo, La nit de Catalina Homar. Ya que la cito, aclararé que Llop escribe habitualmente en castellano, pero también, con naturalidad, en mallorquín o catalán de Mallorca. Poesía, por ejemplo. (Hace unos meses, en pleno confinamiento, publicaba el poema “Ciutadans confinats“, que empezaba: “No, aquesta pesta no és l’Apocalipsi, encara no”, y terminaba: “La ciutat deserta és el reflex de la nostra ànima”.) 
Fue el comisario de  la exposición antológica que el Reina Sofía dedicó al artista francoindochino Pierre Le-Tan y ha prologado obras de Graves, el archiduque Luis Salvador de Austria, Modiano, etc. También ha editado a Llorenç Villalonga, un mestre.
Cabe destacar su faceta de articulista. En Diario de Mallorca (del que es columnista desde hace más de treinta años) o el diario ABC (donde ha firmado Terceras memorables). 
De su extensa obra, podemos destacar los libros de poesía La naturaleza de las cosasEn el hangar vacíoLa oración de Mr. HydeQuartet (en catalán), La dádivaLa avenida de la luzCuando acaba septiembre y La vida distinta. Como narrador, Pasaporte diplomáticoEl canto de las ballenasEl informe SteinLa novela del siglo (premio NH), Háblame del tercer hombreEl mensajero de ArgelParís: suite 1940En la ciudad sumergidaSolsticio Oriente. Como diarista, el precoz La estación inmóvilChampán y saposArsenal y La escafandra. Al género ensayístico pueden acogerse sus libros La ciudad invisibleConsulados fantasmasAl sur de Marsella Los papeles del Nixe.
Digo “género” pero aclaro que una de las virtudes de Llop es precisamente que sus libros no se sujetan a esas normas clasificatorias más propias de la didáctica que de la literatura. En la ciudad sumergida, verbigracia -tal vez la obra narrativa del mallorquín que, con Solsticio, más me gusta-, mezcla con maestría lo narrativo, lo poético y lo ensayístico, con el concurso imprescindible de la memoria, sin que el resultado se resienta por ello, sino todo lo contrario.
En los últimos años, desde que se publicó en francés Háblame del tercer hombre, un auténtico succés d'estime allí, Llop goza del reconocimiento de la crítica y de los lectores en el país vecino, donde se han traducido y premiado algunos de sus libros y donde pasa temporadas (en París y Burdeos). En el diario Le Figaro le denominaron “un Modiano mallorquín”. 
Es posible que esta larga presentación, más allá de dar justa cuenta de los logros de este autor, obedezca a una impresión particular: que el lector común no lo conozca. Sí el de poesía, lo doy por hecho, ya que en ese patio nos conocemos casi todos. Y el que frecuente este blog, donde sus apariciones menudean. Suele ocurrir con quienes, como él, son de verdad independientes (sin generación, acuñó el término de los poetas “No Vistos”), viven alejados de los centros de poder (como un “buen emboscado”) y desarrollan una obra personal que sólo atiende a sus propios intereses y no a los del público y el mercado. De esto y de muchas cosas más va José Carlos Llop: una conversación (Elba), donde el palmesano charla con los críticos Daniel Capó y Nadal Suau, ambos mallorquines, que, a tenor de sus preguntas, demuestran conocer exhaustivamente la obra de su paisano. Y admirarla, claro. Todo gira en torno a “la patria llopiana”, que no deja de ser un mundo, el que es capaz de constituir todo escritor digno de tal nombre: “Me gustan los escritores que fundan y hay una literatura que supone un territorio fundacional”. Como él ha hecho. 
Lo esclarecen los editores en “Propósito”. Se refieren al liberal que ejerce de embajador de nuestras letras en Francia y de las insulares en el resto de España, el mejor escriba y cronista contemporáneo de la ciudad de Palma, “tan Modiano, tan Visconti”. “El objetivo del presente libro es, en realidad, el de regresar a la escritura llopiana, en diálogo con el autor, sí, pero sobre todo asistiendo al diálogo del autor con su obra y con los aspectos esenciales de la vida que la ha hecho posible”. Una conversación de “ideas” más que de “anécdotas”. Y concluyen: “Una conversación se aproxima a la literatura y la persona de José Carlos Llop con una voluntad simultáneamente sumaria e indagatoria”. Sólo requieren del lector “la convicción de que memoria, literatura y honestidad mantienen una relación de interdependencia”, que no es un mal comienzo.
Dividida en siete amplios capítulos, poco o nada queda sin explorar de esta aventura literaria en la que Llop se ha jugado la vida. Pocos escritores conoce uno, y menos después de leer estas páginas, donde el tópico de la inseparable relación entre vida y literatura se dé con más claridad. Acaso porque cree que “ser escritor es una de las cosas importantes que se pueden ser en esta vida”. Un escritor zorro y no erizo, por seguir la terminología de Isaiah Berlin, de los que salen a cazar y no pescan en su interior. Un escritor cosmopolita y europeo. De atmósferas. Luminoso y mediterráneo (por eso, escéptico y fatalista). Partidario de “los placeres intransitivos”. Para Llop, la literatura, que “nace de una forma de mirar, de contemplar, de una forma de entender la vida”, es “respiración” y la poesía, además, “un don”.
Y ya que hablamos de poesía, donde “reside algo sagrado”, “un lujo”, que “habita en la esencia de las palabras y en el misterio” y “no es consuelo sino luz”, Llop afirma que “el poeta es Otro y vive en lo Otro” (un “médium”, diría Joan Perucho), pero sin olvidar que “uno sólo es poeta cuando está escribiendo un poema”. Y poeta ha querido ser ante todo, a la manera quizá del minor poet, que no deja de ser, a pesar de la recurrente confusión, un “buen poeta”, aunque no “mayor como lo son Dante o Shakespeare”. 
Hemos mencionado la palabra “memoria” y esta es la clave, ya que sobre ella “se articula” toda su obra. En efecto, todo remite a ella y en ella se justifica: “a la literatura como memoria y a la memoria como una forma de literatura”. “La escritura -dice- es la memoria de lo que no queremos perder”. “Tener memoria de lo que ocurrió -añade- es una forma de resistencia”. Ahí radica la diferencia entre su tiempo, que califica de “antiguo”, y el actual, que sólo se conjuga en presente. Por cierto, nada que ver con la nostalgia, ese error. 
Porque “la literatura es verdad”, él ha optado por el estilo (que es el hombre, dijo el otro) y eso se aprecia se abra por donde se abra cualquiera de sus libros. “No hay novela sin estilo”, precisa. Un estilo forjado a base de experiencias y de lecturas. Entre las primeras, las de su infancia tintinesca, omnipresente en su obra, con sus veraneos en Betlem (a los que dedicó Solsticio), o en la casa con jardín de sus abuelos; las de la adolescencia en su ciudad natal o las de su primera juventud en una Barcelona de sexo, drogas y rocanrol. Entre las segundas, aunque sea difícil acotar, las de la Biblia (que le leía su padre), algunos clásicos españoles, como Garcilaso, fray Luis o Aldana, y una lista interminable, ya digo, en la que podrían figurar Eliot, Proust, Rilke, Jünger, Connolly, Waugh y Powell, Auden, Milosz, Ajmátova, Brodsky, Zagajewsky, etc. Y Cristóbal Serra, bien sûr. O Gabriel Ferrater.
El cine (“Le debo mucho al cine. Toda mi generación le debe mucho al cine”), la música (Bach, por ejemplo, y “las buenas canciones” del XX), la historia (una vocación), la pintura (Miró, Gaya, Barceló, Dis Berlin...) o el periodismo (reconoce que sin el aprendizaje de los artículos no habría llegado a escribir narrativa) ocupan no pocos párrafos de este libro. También la memoria familiar (su padre militar, los estudios en un colegio de los jesuitas), las mujeres (entre ellas, la suya, Helena: “no hay amor sin conversación”), el trabajo (me hice bibliotecario, explica, “para salvaguardar el poeta y el escritor que era”), la autobiografía y la “creación de un personaje”, la naturalidad de su bilingüismo y el débito de su poesía con la musicalidad de la escrita en catalán, el miedo y la muerte (“somos nuestros muertos”), el carácter insular y Palma (cree que “lo del genius loci es real”) y sus otras ciudades: Barcelona, París (“París y la literatura son sinónimos”), Burdeos o Bordeaux (a la que dedicó La vida distinta), Venecia o Beirut, su último descubrimiento. La ciudad como concepto, en tanto que lugar, está en el centro de sus indagaciones y de sus intereses: “La ciudad construye su propia literatura y la literatura construye su propia ciudad”. Y puntualiza: “Ya sé que una ciudad son muchas ciudades”. 
En el fondo, Llop es un moralista, en el mejor sentido, consciente de que, como dijo en un verso, “la belleza es una forma de moral”. Alguien que piensa, en fin, que la “literatura es una forma de salvación”.
Confieso que he leído el libro, lápiz en mano, con la misma pasión que Llop cultiva y exige. He disfrutado mucho, pongo por caso, con sus reflexiones sobre la poesía, normal, menos con las que tienen que ver con su narrativa, que conozco peor, y poco con ciertas trazas de vanidad por otra parte excusables. Porque somos como somos y la literatura española es como es, comprende uno, cómo no, la íntima satisfacción que le ha producido su inesperado éxito en Francia. 
Animo al lector que conozca la amplia y variada obra de Llop a que lea esta lúcida conversación, pero también al que se atreva a iniciarse en ella. Puede ser un buen principio. Por otro lado, qué bien que se editen libros así, tan raros, ay, como Llop y su literatura. 

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno.
La fotografía de J-CLL es de Carmen Silvestre y está tomada el pasado verano en Valldemossa. 



4.4.23

Qué le voy a hacer...

“Qué le voy a hacer, si yo / nací en el Mediterráneo”, podría cantar con Serrat José Carlos Llop (Palma, 1956). Y Mediterráneos (en plural, al modo de Morand) es como este narrador (autor de ensayos literarios, novelas y relatos), diarista, traductor y, ante todo, poeta ha titulado su poesía reunida, la publicada entre los años 2001 y 2021. En Poesía 1974-2001 ya había agrupado sus libros anteriores: La naturaleza de las cosas, La tumba etrusca, En el hangar vacío y La oración de Mr. Hyde.
Uno ha dicho que para el palmesano la literatura, que “nace de una forma de mirar, de contemplar, de una forma de entender la vida”, es “respiración” y la poesía, además, “un don” (“como el pan”, dice en un verso). En ella “reside algo sagrado”, “habita en la esencia de las palabras y en el misterio” y “no es consuelo sino luz”. Sostiene que “el poeta es Otro y vive en lo Otro” (un «médium», diría con su maestro Perucho).  
Los entrecomillados proceden de un libro que ayuda a entender su mundo, uno de los más ricos y singulares de nuestro panorama. Me refiero a José Carlos Llop: una conversación.
Mediterráneos, “casi medio siglo de escritura poética”, se abre con “El canto de los pájaros”. Pura sensatez. Allí confiesa que “no hay más poéticas que las que encierra el poema en sí” y que “escribir es una espera, no un acto de voluntad”. “Abrir las persianas y que entre la luz del poema: no hay más y no es poco y ahí está la voz”. Recalca después que “la escritura poética −el acto de escribir un poema− es siempre epifánica”. Y concluye: “la epifanía, el misterio otra vez”. Un misterio que convive con lo expresamente autobiográfico: “Cada libro de un poeta es una nueva entrega de su autobiografía, entendiendo ésta como la vida vivida en su verdadera plenitud: un poeta es cuando escribe un poema”, leemos en las “Notas” finales.
Seis reúne este volumen (y un puñado de poemas sin él); el más reciente, inédito: La dádiva, Quartet/Cuarteto (un “retablo” o poema extenso de estirpe eliotiana escrito en catalán y traducido por él al castellano), La Avenida de la Luz, Cuando acaba septiembre, La vida distinta y El árbol de los cormoranes. Porque el mundo llopiano es uno y reconocible, la variedad no afecta a la sensación de que estamos ante un libro único. Desde el primero hasta el último (y antes, si tenemos en cuenta su poesía anterior) encontramos algunas de esas claves que conforman su particular universo. Así, la frecuente mención a obras literarias (de Auden, Yeats, Cavafis, Zagajewski, Ajmátova, Graves, Brodsky, Dickinson…) y pictóricas (de Barceló −que ilustra la cubierta− o Scully), películas (de Wong Kar-wai, por ejemplo), piezas musicales (antiguas y contemporáneas, lo clásico y el rock), amén de otros artefactos artísticos creados por el ser humano civilizado. “A eso le llaman algunos críticos / culturalismo”, dice con ironía “En el taller”, y añade: “Como si la vida / fuera ajena a sus metáforas, / o el hombre pudiera vivir a espaldas / de lo que ha sido y es”. Ya que las menciona, cuántas metáforas y comparaciones contienen estos poemas, recursos que usa siempre de manera aguda, imaginativa y pertinente, no meros frutos del azar o del vanguardismo epatante. Parafraseándolo, el buen gusto es una forma de moral. Se nota en la elegancia que gasta. “Teoría de la experiencia” expresa bien su filosofía.
No en vano algunas composiciones del poeta remiten a tal o cual escritor (Connolly o Eliot: “él es el pensamiento poético del siglo”, al que escribe, en forma de poema, un par de cartas) y se convierten en una suerte de breves, incisivos ensayos de crítica literaria que a veces se apoyan en la técnica del monólogo dramático.
Otra clave de la poética llopiana tiene que ver con la familia, donde incluiría a sus amigos, por la importancia que le da a la amistad, otra “forma de moral”. Ahí, Helena, su amor (“Decir mi vida / y que sea verdad”) y la dedicataria de este libro de libros, sus hijos y sus padres. En este periodo, ambos mueren y les dedica sendos poemas (“Elegía” y “21-1-2011”) que no dudo en calificar de memorables.
Dentro de ese microcosmos cotidiano tienen un papel fundamental una estación: el verano, y una ciudad: Palma (“Soy el escriba de una ciudad que no existe”). A los largos estíos de su infancia en Betlem dedicó un libro espléndido: Solsticio. A su lugar natal, una pequeña obra maestra: La ciudad sumergida. Versos que tengan al verano por motivo o inspiración, innumerables (léase “Cuarenta días”). Treinta y tres pasó junto a los suyos en una casa al borde del mar, en Sa Marina, hasta que, como cuenta en El árbol de los cormoranes (lo narrativo es consustancial a esta poética), “el destino, disfrazado de herencias” le despojó de ella.
Aun asumiendo por completo “la rareza de ser insular”, la poesía de Llop es cosmopolita. Del viaje, que en literatura empieza con Ulises (“Los que aquí vivimos / somos griegos antiguos”). Ciudades mediterráneas como Alejandría, Nápoles, Venecia o Beirut, pero también París y, en los últimos lustros, Bordeaux, como él prefiere escribirlo, la ciudad francesa (“el símbolo perfecto de Europa, su aleph secreto”) donde inició una vida distinta y a la que dedicó uno de sus extensos poemas, la chanson que cierra el libro del mismo título, y “Carta de invierno”. 
Toda esta poesía melancólica de tono elegíaco (pero vitalista: “No hay vida / para quien no la ama”) y línea clara es, en fin, una larga meditación sobre el paso del tiempo: “el lugar donde ocurren las cosas”. Sobre el pasado (“Mi cuerpo está hecho de pasado”) y la memoria: “Pasan los años: yo sólo lo recuerdo”. “Las imágenes son postales de la memoria”, leemos. Un tiempo, añado, que coincide con un fin de época o de civilización donde el poeta no parece encajar. “La poesía, en el fondo, / también es tiempo, y el tiempo / es un coleccionista de antigüedades”. Un tiempo hecho de dolor y silencio que no pierde de vista la inevitable circunstancia de la muerte (ni a los muertos). Por suerte, al ser arte, “un tiempo sin tiempo”.
  
José Carlos Llop
Fundación José Manuel Lara. Vandalia, Sevilla, 2022. 368 páginas. 20 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 145-146 de la revista TURIA.

26.3.10

Cien narradores

José María Pozuelo Yvancos, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Murcia y crítico literario (ahora en el suplemento cultural de ABC) es autor del libro 100 narradores españoles de hoy. Lo edita Menoscuarto. Estos son los seleccionados: Mariano Antolín Rato | Juan Pedro Aparicio | Fernando Aramburu | J. J. Armas Marcelo | Bernardo Atxaga | Andrés Barba | Xuan Bello |José Manuel Caballero Bonald | Javier Calvo| Carlos Casares | Francisco Casavella | Antón Castro | Rafael Chirbes | Javier Cercas | Juan Cruz Ruiz | Luis Mateo Díez | Pablo D’Ors | Luciano G. Egido | Cristina Fernández Cubas | Javier Fernández de Castro | Agustín Fernández Mallo | Jesús Ferrero | Juan José Flores | Alejandro Gándara | Adolfo García Ortega | José Antonio Garriga Vela | Marcos Giralt Torrente | Belén Gopegui | Juan Goytisolo | Luis Goytisolo | Irene Gracia | Almudena Grandes | José María Guelbenzu | Raúl Guerra Garrido | Menchu Gutiérrez | Enrique de Hériz | Gonzalo Hidalgo Bayal | Andrés Ibáñez | Paula Izquierdo | José Jiménez Lozano | Irene Jiménez | Eduardo Lago | Luis Landero | Luis Leante | Anjel Lertxundi | Elvira Lindo | Manuel Longares | Lola López Mondéjar | José Carlos Llop | Javier Marías | Juan Marsé | Gustavo Martín Garzo | Ignacio Martínez de Pisón | Ana María Matute | Eduardo Mendoza | Ricardo Menéndez Salmón | José María Merino | Juan José Millás | César Antonio Molina | Vicente Molina Foix | Inma Monsó | Rosa Montero | Quim Monzó | Antonio Muñoz Molina | Justo Navarro | Marcos Ordóñez | José Ovejero | Sergi Pàmies | Carlos Páramo | Javier Pérez Andujar | Arturo Pérez-Reverte | Ramiro Pinilla | Álvaro Pombo | Juan Manuel de Prada | Soledad Puértolas | Valentí Puig | Carlos Pujol | Juan Pedro Quiñonero | Javier Reverte | Manuel Rico | Carme Riera | Julián Rodríguez | Isaac Rosa | Ramón Saizarbitoria | Clara Sánchez | Miguel Sánchez-Ostiz | Elena Santiago | Berta Serra Manzanares | Lorenzo Silva | Antonio Soler | Emili Teixidor | María Tena | Javier Tomeo | Andrés Trapiello | David Trueba | Ángela Vallvey | Juana Vázquez Marín | Berta Vias Mahon | Enrique Vila- Matas | Pedro Zarraluki.

3.9.13

Los veranos de Llop

Aunque me pesaba (confieso mi admiración por el autor y compré la obra en cuanto salió, en primavera), dejé a propósito Solsticio, la nueva novela de José Carlos Llop, para leerla en Conil. Me daba la impresión que era un libro que debía disfrutar a la orilla del mar, por mucho que las bravas aguas frías del Atlántico se parezcan lo justo a las tibias y calmas del Mediterráneo natal del escritor mallorquín. 
Los veraneos de su infancia en la batería militar de Betlem, en la bahía de Alcudia, están en el origen y en el fin de esta novela corta que denominaremos así a falta de otra designación más exacta. Lo digo porque no dejan de ser una memorias y cuanto allí se relata pertenece a la biografía de Llop, algo que no se oculta. Que ni siquiera se embosca. "La memoria es también una forma de la literatura", leemos. 
Como suponía, el libro es delicioso, palabra cuyo uso me afea mi hijo, pero que uno encuentra adecuada para describir ese emocionante viaje al paraíso perdido. Porque "cuando el paraíso desaparece, siempre aparece la literatura", era preciso que Llop lo escribiera; algo de lo que nos congratulamos sus lectores, compañeros a la postre de su aventura.
Uno, por cierto, no ha tenido más remedio que leerlo en cierta clave personal. Por ser sobrino de artillero (lo que era el padre del escritor) y, sobre todo, primo y compañero de juegos veraniegos de niños criados en Melilla, un significativo enclave cuartelario. 
La felicidad y la belleza se imponen en Solsticio a cualquier otro sentimiento, por más que el miedo y la muerte acechen por las esquinas de una vida expuesta a la luz cegadora y al calor sofocante de la isla. 
Llop se propone, y lo consigue, "la transfiguración de un espacio real en espacio mítico". Tal vez por eso -y por otras razones que deberá descubrir el lector-, abundan las referencias a la literatura antigua y, más allá, a la Biblia. 
En esa Arcadia, un "paisaje de la felicidad" donde sólo había presente ("un presente solar, mediterráneo, clásico"), vivieron sus solsticios ("Todos los veranos eran el mismo verano"), además de Llop, sus padres (figuras esenciales de esta representación) y su hermano menor. También algunos amigos a los que visitaban o les visitaban.


Al fondo, una pretensión para la vida: "su perdurabilidad tranquila en el tiempo".
"El tiempo de Betlem fue el tiempo de la verdad", afirma Llop. Y añade: "este es un libro antiguo que reivindica su necesidad de ser antiguo para ser. Nació en esa paisaje, un paisaje limpio, noble y ascético que siempre acabó en el mar". 
Paseos, baños en la cala, excursiones, juegos, siestas... y, en fin, todo aquello que conformaban aquellos idílicos meses de agosto en aquel seco y remoto rincón mallorquino han permitido a Llop componer otro libro memorable (el "Epílogo", por ejemplo, es por sí solo una pieza digna de elogio), clave en su bibliografía (siquiera sea por las pistas que da, a modo de poética, para comprender mejor otros libros suyos), casi tanto, aunque la dimensión sea otra (y las comparaciones odiosas), que En la ciudad sumergida. Creo que esta obra marca, en muchos sentidos, el devenir de su particular literatura, de su voz y de su mundo. Es una veta que nos dará en el futuro satisfacciones dignas de celebrar. Al tiempo.

11.1.15

La vie différente

La vida distinta (Pre-Textos), de José Carlos Llop (Mallorca, 1956) es el primer libro que compro y fecho en 2015. Le tenía ganas. Muchas ganas. Llop es uno de mis poetas favoritos. De mis autores favoritos, mejor. Cómo olvidar En la ciudad sumergida o Solsticio, por ejemplo, verdaderos hitos del narrador que es. 
El título de esta obra alude a Bordeaux (Burdeos, aunque él mantiene el topónimo en francés), donde estos últimos años, debido, cree uno, al éxito de sus novelas en el país vecino, ha pasado algunas temporadas. De esas estancias, más o menos prolongadas, pero en todo caso deslumbradoras e intensas, surge, ya digo, no sólo el rótulo, sino también buena parte de los versos del conjunto, en especial el largo poema "La vida distinta" en el que cuanto vengo diciendo, y mucho más, se plasma de manera (casi) perfecta.
Los poemas que le preceden tampoco están faltos de excelencia. Al revés. Hay poetas que van a menos y otros que van a más. Llop es de éstos. De tono discursivo y conversacional, narrativos más que líricos (aunque nada prosaicos, en ningún sentido), envuelven al lector y le conducen a un lugar donde la civilización, la elegancia, el arte y la cultura tienen su mejor asiento. Hay refinamiento sí, un mundo burgués (en su acepción menos peyorativa y más compleja: "Hemos conocido esta serenidad burguesa / en nuestras vidas"). Y culturalismo, como se decía antaño, pero asumido, no decorativo. Porque ante todo hay vida. Vida vivida de otra manera, distinta a la corriente, es cierto, pero no por eso, al menos para este lector, menos admirable. 
La muerte, una reflexión propia de alguien que no es "ni viejo aún, pero ya no joven" o "ni joven ya, ni mayor todavía", está muy presente. En la figura del padre (qué precioso poema) o del amigo muerto (el que abre el ciclo de "Carta de invierno": "J. S. B. (1949-2011)"). Y pues que de la muerte hablamos, confieso que uno iba leyendo y se decía: estos poemas me recuerdan un tono, el del Eliot de los Cuatro cuartetos. Más adelante, y en más de una ocasión, el propio Llop desvela una admiración que lo constata: "-de hecho, nunca olvido a Eliot-", escribe en "Cuarteto ruso", y "él es el pensamiento poético / del siglo". Y ya que lo menciono, he ahí otra presencia fundamental: la de los poetas rusos, la de la poesía rusa, la de Rusia. Más que una geografía, un estado de ánimo. Otro tono. 
Y está el amor ("Rising splendor") y Helena, a quien dedica el libro, luz que ilumina los versos finales de "la vida distinta". 
Me han gustado mucho poemas como "La tentación del geómetra", "Retrato" o "Jardines de Luxemburgo" (París es otro invitado imprescindible), donde el hombre anula al personaje. 
En la segunda parte, "Poesía social" se habla mucho de poetas y de poesía, del diarista Pepys (encima de la mesa espera el grueso volumen con sus anotaciones publicado por Renacimiento), los rusos, ya se mencionó (en el memorable "Cuarteto ruso" y en otro no menos importante: "Un día feliz", con Pasternak al fondo). Aflora, en fin, el Llop más moral, un poeta con valores, y no de ahora, cuando se impone la moda de la subversión y de la queja.  
Llega luego el poema que da título al libro (y que pudo titularse "Audevant de la vie", como la canción de Shostakovich), que confirma esa trayectoria ascendente de Llop a que antes me refería. Aquí de nuevo la enumeración de sitios, autores, obras de arte, calles, cafés, ciudades... Centrado en Bordeaux (no en vano se subtitula "La chanson de Bordeaux"), "île patricienne" al decir de Lambron, "símbolo perfecto de Europa, su aleph secreto", donde Llop, como en ningún otro lugar del mundo, encuentra "el don de la plenitud". Un "regalo de la madurez" que "me ha devuelto la juventud". Y allí, en Aquitania, Montaigne. Y Proust, que, dice el poeta, siempre está "cuando es la memoria el pentagrama donde se escribe". Y los españoles que pasaron por esa ciudad de exiliados: Moratín, Goya, Ferrater. Y Modiano, cómo no, aunque la presencia del último Nobel esté sobre todo en el tono, en la manera de escribir de Llop. En su poética, quiero decir, de la que el autor de Dans le café de la jeunesse perdue puede ser considerado uno de los maestros.
Rima mediante, en estos versos que copio a continuación creo que está encerrada la clave del poema y del libro: "La verdad / es el destino o el destino es la verdad, / y por vueltas que le demos / lo cierto es que no hay más."
Faltó este título en las dichosas listas de los mejores del año. Buena prueba de la fragilidad de esas enojosas nominaciones. Uno tiene claro, sin embargo, que estamos ante una obra cardinal, tanto en la ya larga carrera del palmesano (y ahora bordelés) como en la de la poesía española de este tiempo. 

12.6.11

Islas

Leo en una isla -la cafetería de un centro comercial salmantino- Cuaderno de las islas, de Andrés Sánchez Robayna (Lumen) y al hacerlo me acuerdo de amigos isleños, como Carlos Medrano y José Carlos Llop (los dos en Mallorca) o como Paco León (en Tenerife). También de otros que dejaron su isla, pero siempre están allí, como el cubano Orlando González Esteva o el canario José Carlos Cataño. Todos poetas. Sí, porque uno podría decir que la poesía es una isla. Una isla "íntima" (Borges) e "interior" (como las de los ríos y los lagos, tal La Isla placentina que uno rodea cada día).
Robayna lleva años asediando el asunto de las islas y de ahí este archipiélago de aforismos, reflexiones, citas y comentarios que forman la primera parte de su libro y ese otro compuesto por poemas sobre islas (una antología amplia pero selecta) que sustancia la segunda. De Cernuda, Juan Ramón, Quesada, Lezama, Elytis, Quasimodo, Andrade, Paz, Walcott, Zagajewski y algunos más.
Porque una isla también puede estar rodeada de tierra por todas partes, podría decir con el mallorquín Rosselló-Pòrcel: "Toda mi vida está ligada a ti / lo mismo que en la noche las llamas a lo oscuro".

4.3.16

Cementerio Alemán: antología

Como explica Miguel Ángel Lama en su esclarecedor prólogo, que lleva por título "Un motivo poético", la gestación de esta antología: Cementerio Alemán. Yuste, ha sido bastante larga. Precisa el profesor de la Universidad de Extremadura que anoté en este mismo blog el dos de mayo de 2005: «Un año de estos, me gustaría reunir en una antología todos los poemas que se le han dedicado a ese lugar». Diez años después, ve por fin la luz. Publicada con la sobria elegancia que la caracteriza y con el lujo de las cosas bien hechas por Ediciones La Rosa Blanca, reúne poemas -en este orden- de Juan Lamillar, José Carlos Llop, José María Micó, Santos Domínguez Ramos, Santiago Castelo, Daniel Casado, José Antonio Ramírez Lozano, Carlos Medrano, Mario Lourtau, Alfredo J. Ramos, Elías Moro, Cristián Gómez Olivares, Antonio del Camino, José Manuel Díez, Antonio Reseco y José María Muñoz Quirós. Abre la selección "Cementerio alemán, Yuste" (Una oculta razón, 1991) y la cierra "Regreso al cementerio alemán" (Desde fuera, 2008), dos poemas propios. Además, se incluye Atlas, que se abre con "Ráfaga": "Con cada disparo la fotografía recoge una pequeña prueba. La ráfaga constituye una totalidad más que un fragmento". Se trata de un documento único con casi dos centenares de fotografías y cuatro dibujos del editor, Salvador Retana, organizador de un encuentro en abril de 1995 (como ven el número cinco se repite en esta historia) en torno a la instalación La rosa blanca, donde participamos, entre otros, Julián Rodríguez, Emilio Gañán, Andrés Talavero y Javier Rodríguez Marcos. Sus imágenes, no me cabe duda, componen un extenso poema sobre ese sitio escondido en las cercanías del Monasterio de Yuste.
Otra sorpresa es el encarte que incluye: "Errata", con una cita de Gonzalo Hidalgo Bayal: "¿Qué oscuridad se esconde, o qué luz, qué juego, tras el azar de las erratas?"
Ese lugar, un cementerio donde descansan veintiocho soldados de la Primera Guerra Mundial y ciento cincuenta y cuatro de la Segunda que "pertenecieron a tripulaciones de aviones que cayeron sobre España, submarinos y otros navíos de la armada hundidos", según reza en la placa colocada en su entrada, ha dado mucho de sí poéticamente hablando. Y más que dará. Al tiempo. Sí, le sobrecoge a uno leer estas palabras del prologuista, las que abren su texto: "Tiene la muerte una medida exacta. En el principio fue el verso. Así. Aquel endecasílabo enfático, que medía con sus once sílabas un territorio exacto, ha propiciado esto: un libro de poemas sobre un lugar que para algunos no existiría como ahora existe si no hubiese sido nombrado en un poema de Álvaro Valverde. Cabría decirlo de este modo disparatado: fue primero el texto y luego el lugar. Un lugar convertido en motivo poético".
Ante ese "lugar de la duración", poco importa quien dio primero. Allí, como uno escribió, Con las últimas luces, la mirada se pierde, / luminosa de eterno. 

Cementerio alemán de Yuste, 2015. / Salvador Retana,

30.9.11

Nuevos poemas de Llop

Quienes frecuenten este blog ya sabrán de mi aprecio por la poesía y la prosa del palmesano José Carlos Llop (1956). Pocos libros más adecuados para esta época del año que uno titulado Cuando acaba septiembre, el  que lleva el último de los suyos, publicado por Lumen. Dividido en tres partes -de doce, catorce y un poema, respectivamente-, sus versos ahondan en una poética que celebra la vida con un tono meditativo y elegante que no desdeña la melancolía. Todo bajo la luz solar (aunque no falte un poema dedicado a la luna, de la colección particular de Fernando Aramburu) que enciende las Islas, bañadas por las aguas del clásico mar Mediterráneo ("Mediterránea" se titula, por cierto, uno de los mejores poemas del libro). Porque la poesía, nos dijo Wordsworth, «nace de la emoción revivida en tranquilidad», no pocas imágenes y situaciones remiten al verano, cuya música, escribe Llop, "es calma". Hay mucho de serena aceptación en estas páginas. La mirada del poeta, cargada con el peso de la experiencia y de la edad, parece teñida de una nostalgia que evita el enfermizo regodeo y se complace en la evocación de momentos intensos, (los del "amor como cansancio", pongo por caso), de lugares felices (sus casas, un puerto de pescadores, el bosque), de viajes vividos (a Beirut, por ejemplo, o a Formentera) y de conversaciones que hacen de la amistad una moral. Cavafis, Durrell y Alejandría no dejan de acercarse, una y otra vez, como las olas, hasta estos versos. Y vuelve Marcial a Hispania. Un petirrojo canta. Una mujer se viste ("Las mujeres,/ al quitarse la ropa/ se convierten en diosas,/ antiguas como esos reyes,/ ya que en ese instante/ cada mujer instaura un reino/ hipnótico y al margen"). Sopla el siroco mientras alguien, que habla de la vida, se pregunta: "¿Cómo habría sido/ la tuya sin mí? ¿Cómo sería/ si nos abandonáramos el uno al otro?" En otro sitio, el poeta recuerda a su padre (y el lector hace suyas sus palabras): "pero a esta hora,/ cuando noto su presencia a mi lado,/ hablo con mi padre muerto./ Él también iba a andar por la mañana,/ solo, en aquellos veranos de la infancia". El padre, que en otro poema, regresa a la infancia y llama mare a la suya cuando está a punto de morir. Y la madre, a cuya muerte dedica el extenso y muy emotivo poema final del libro.
La intensidad, la intuición ("uno de los modos del conocimiento poético"), las lecturas o la memoria proyectan una luz amable y otoñal sobre estos poemas que nos hacen mejores, incluso más felices. Llop, que nada tiene que demostrar a estas alturas, profundiza, ya se dijo al principio, en su personal modo de decir. Esto, lejos de marcar distancias con el lector, le hace aún más cercano y permite que se obre ese humilde milagro de la poesía gracias al cual uno acaba convirtiéndose en otro.

3.6.09

Llop sobre Ullán

Gracias a mi amigo Carlos Medrano leo este magnífico artículo de José Carlos Llop sobre José-Miguel Ullán. No he dejado de darle vueltas a mi comentario sobre su muerte, porque creo que no ponderé bastante su figura intelectual y, eso también, porque dije que su poesía no me llegó tanto como hubiera querido. No mentí.

23.5.23

Lecturas recientes



Va uno leyendo como puede la avalancha de libros que compro (apenas) y que me llegan (a una media que asusta). Con las mejores lecturas últimas, a falta de la reseña que cada una merece, elaboro esta listina que no está organizada en orden de preferencia. 

1. Vladivostok (Fórcola), de José Carlos Llop. Su rico mundo poético en prosa. Las espléndidas Terceras de ABC demuestran que periodismo y literatura son, a veces, la misma cosa. Más cuando estamos, ya digo, ante un escritor con un universo tan personal.

2. El dorado (Visor), de José Luis Rey. Un extenso poema que sorprende al lector por lo que tiene de inspirado y, me atrevería a decir, que hasta de milagroso. Para leer con la boca abierta. Y muy despacio. Dice que es su último libro, pues, a lo Guillén, la obra está completa. Esperemos que no. Y si así fuera: ¡qué final!

3. Istmo (Claro decir), de Rafael Fombellida. Tengo la suerte de poseer uno de los veinticinco ejemplares de este libro secreto, pretérito y primorosamente editado que rescata, y con qué acierto, el poeta de Torrelavega. La primera parte, una suerte de cuaderno portugués, es mi debilidad, aunque en la segunda, que da título al libro (escrito entre 1989 y 1999), hay también poemas magníficos. 

4. Visita nocturna (Swann. Shangrila Ediciones), de Fernando González García. Este catedrático de Historia del Cine de la Universidad de Salamanca publica, a los sesenta de su edad, su ópera prima. No defrauda. Son poemas contenidos y concisos que nos dice en voz baja alguien que sabe bien qué es la poesía y para qué sirve. Ojalá vengan más. 

5. Y el todo que nos queda (Visor), de Martín López-Vega, es un canto de amor de los que creí que ya no quedaban. Cuánta felicidad transmiten estos versos de un poeta enamorado que, con lo difícil que es eso, a uno le concilia con la poesía amorosa; al decir de Rilke, siempre tan esquiva y peligrosa para el que intenta expresar sus sentimientos. 

5. El huido. Autorretratos 1985-2021 (Papeles del Náufrago), de Felipe Benítez Reyes. Antonio Lafarque y Aníbal García son los editores de la hermosa colección almeriense Calcomanías donde pretenden reunir autorretratos de poetas. "Creo que, entre todos los géneros literarios, la poesía es el espacio por antonomasia del yo, por mucho que nos entretenga hablar de máscaras, de la invención de un personaje o de la ficcionalización  del sujeto lírico", escribe el roteño. Y: "somos también quienes no hemos sabido o podido ser". En el conjunto, un inédito: "Aniversario": "Hoy cumplo 21.900 días en la vida". Premiados ambos, dos nuevos libros de poesía suyos están al caer. 

7. Siempre llueve en la cabeza del perro (Padilla Libros), de Dimitris Angelís. José Antonio Moreno Jurado, en su colección "El árbol de la luz", traduce esta breve antología del poeta griego, director de la revista Frear. La muestra está dividida en cinco partes: Si fuese tu noche, Las penas de cada día, En el país de nunca jamás, Los caballos de Tarkovski y Otros poemas. Poesía viajera y comprometida. 

8. Apariciones y otras desapariciones (Olifante), del aragonés Ángel Guinda es, por desgracia, un libro póstumo. Aparece en su "editorial de toda la vida" (como dice su fundadora Trinidad Ruiz Marcellán) y pronto le seguirán otros que dejó también en el disco duro del ordenador. Además, la editora nos anuncia sus Obras completas y que Benito Fernández trabaja en su biografía. "Poeta sin fisuras", lo califica su compañera Raquel Arroyo Fraile, que ha compuesto este volumen ordenado en dos partes: en la primera, los poemas que Guinda dejó, digamos, terminados; en la segunda, un puñado de poemas que tal vez hubiera seguido retocando. En ambas secciones, no obstante, lo que encuentra el lector es un conjunto de poemas logrados que, por el simple hecho de estar escritos por un poeta serio que sabía que iba a morir pronto, ya nos conciernen. Guinda, dice esta mujer, "estaba poseído, literalmente, por la poesía". Nunca olvidó que su madre murió el mismo día que él nació. Es sí, su "testamento poético". 

9. La madriguera (Libros del Aire), del gijonés Pedro Luis Menéndez (cofundador de la colección Aeda) es un libro duro, escrito sin concesiones, lleno de verdad, desolado a veces y esperanzado otras. Es difícil no ponerse en su lugar, bajar con él hasta esa madriguera "cálida" donde se esconde, pero para ver mejor lo que ocurre fuera. Constancia y desamparo, insomnio y revoluciones, Lisboa y posverdades, conductores y castillos de arena dan pistas fiables sobre este resistente que se define nocturno y suburbial. 

10. No quiero dejar fuera de esta lista el número que la revista luxemburguesa Abril dedica a la poeta Anise Koltz, que murió hace dos meses. José Holguera, a modo de merecido homenaje, traduce un buen número de Poemas de amor y puedo asegurar al lector que son intensos y emocionantes. Qué pasión más allá de la muerte. Y qué feliz debió de sentirse su marido, el Dr. René Koltz (muerto prematuramente a causa de las torturas que le causaron los nazis). 

11. Animal de invierno (Ars Poetica), del periodista burgalés Ricardo Ruiz, toma esa estación como alegoría para hablar de la vida (y del amor y de la muerte). De la suya que, me temo, es la de todos. En especial, de los melancólicos que vivimos encerrados en pequeñas ciudades de provincias donde el tiempo y la memoria proceden tal vez de otro modo. Autenticidad, o verdad, no le faltan a estos versos dignos de un meditativo paseante solitario. 

Jennifer Clement, Gerald Barry, Alberto Ruy Sánchez y Anne Waldman son los poetas elegidos para la tercera entrega de El Leopardo de las Nieves. Los poemas de los dos primeros están traducidos por uno de los codirectores de la colección, el poeta mallorquín Enrique Juncosa, y los de la última por Lucía Hinojosa Gaxiola. 

NOTA: Ilustra esta entrada «Síguelo», de Wang Qingsong, 2010. 

3.7.05

Regreso al cementerio alemán

Yuste, qué duda cabe, como casi todo, ya no es lo que era. Ni el amasijo de ruinas que fue cuando lo conoció mi padre de niño (un relato romántico del que nace mi primera noticia consciente del sitio), ni siquiera ese lugar apartado y tranquilo donde, muchos años después y previa reconstrucción del monasterio, unos pocos nos dejábamos caer con relativa frecuencia. Hoy, en la explanada de entrada es raro el día -sobre todo en fin de semana y vacaciones- que no nos encontramos con varios autobuses y un elevado número de coches aparcados. De ahí lo complicado que resulta visitar el palacio del emperador (cuando surge un compromiso) y, más allá, lo enojoso de soportar el jaleo propio del gentío en un paraje elegido para la soledad y el silencio. Por los monjes que allí viven, sí, pero también por los esporádicos visitantes que nos acercamos hasta ese rincón en su busca.
Es verdad que la presencia de la Fundación Academia Europea de Yuste (que ha dado más sentido aún a ese singular enclave) y de los monjes jerónimos (que sufren como nadie los desatinos de los turistas) impiden razonablemente la total desbandada. Del mismo modo, su reciente vinculación a la red de Monasterios y Conventos Reales de Patrimonio Nacional le preservará en el futuro de esas indeseables contrariedades a que venimos haciendo referencia. En todo caso, con el respeto debido, se pueden compaginar la oración, la contemplación y el trabajo intelectual con el descanso y el esparcimiento, que para unas y otras cosas existe Yuste.
Y a un paso de él, y con los mismos problemas de masificación y bullicio, el Cementerio Alemán (Deutscher Soldatenfriedhof), un «lugar de la duración» (por usar las palabras de Peter Handke), un espacio único donde el tiempo parece detenerse. Tampoco ahí, insisto, las cosas son igual que hace años, cuando uno, inspirado por la extraña paz del recinto, le dedicó un poema. Unos versos que brotaron en aquellas silenciosas soledades o, mejor, en aquel desierto (al modo místico) donde sonaba la música callada de la naturaleza que, como la de la poesía, nunca es el silencio, sino todo lo contrario.
Como su vecino Yuste, algo tiene ese sitio cuando tantos poetas le han dedicado un poema. No será, me apresuro a decir, por su simbología bélica (y su consiguiente sustrato ideológico), ni porque los enterrados fueran soldados alemanes de las dos Guerras Mundiales perpetradas en el pasado siglo. Con estar eso ahí, omnipresente incluso. No hay más que ir leyendo las inscripciones de las tumbas para reparar en la crueldad de la guerra. Al comprobar las edades de los que murieron en combate. Demasiado pronto para morir, sin duda, y lo que es peor: demasiado pronto para saber porqué.
Es el lugar, su sense of place, como dicen los ingleses, lo que nos impulsa a escribir, a buen seguro, sobre él. Ese «no sé qué» que habita ese bancal con pequeños túmulos rodeados de olivos, abierto al aire y al cielo en la paradisíaca comarca de La Vera.
A la ya larga lista de poemas consagrados al Cementerio Alemán (que un día habrá que reunir en una antología), escritos, que a mí me conste, por el sevillano Juan Lamillar, los catalanes Jordi Virallonga y Eduard Sanahuja y por nuestro paisano José Luis García Martín, se suman dos nuevas incorporaciones. La primera es obra del mallorquín José Carlos Llop y aparece en su libro La dádiva (Renacimiento). La segunda, más reciente aún, es de José María Micó y se recoge en La sangre de los fósiles, recién publicado por Tusquets.
No será el último. Por si acaso, con motivo de la visita a estas tierras del poeta cántabro Lorenzo Oliván (ejemplar traductor de Keats y de Emily Dickinson), uno se permitió sugerirle que se acercara hasta allí, con la secreta esperanza de que una persona sensible como él acabaría alumbrando también su poema del Cementerio.
Hace unos años, a raíz de que mi poema apareciera recogido en una antología y, vía Internet, por un artículo similar a éste, se puso en comunicación conmigo un profesor de español de un instituto del norte de Alemania. Sorprendidos, antes que nada, por la existencia de un cementerio de soldados alemanes en España, querían aprovechar una fiesta escolar para hablar de ese sitio y, de paso, leer (una vez traducidos) los poemas que le nombran.
Uno aprovechará la próxima estancia en Yuste (donde se celebra la semana que viene un curso sobre Gabriel y Galán) para acercarse hasta allí. Con gente o sin ella, espero volver a sentir la misma emoción de siempre. Porque «nos trae a este lugar una costumbre de ausencia y de sosiego» y «hacia el sur, bajo el muro, duermen viñas caídas y a la sombra sin sombra de los viejos olivos el silencio es solemne».
(HOY)

13.11.25

Castelo, periodista

Esto fue lo que dije en la mesa redonda de las primeras Jornada de Estudio Santiago Castelo que tuvo lugar el pasado día 8 de noviembre en la Sala Paraninfo Clara Campoamor de la Diputación de Badajoz. 
Lo llevé escrito, una lección aprendida hace mucho de mi maestro Gonzalo Hidalgo Bayal. Por si acaso. Luego vino el debate. 
De la crónica del aquella intensa mañana ya se ha ocupado su principal responsable: Carlos García Mera en su muro de Facebook. 

Buenos días y gracias por invitarme a participar en este acto, el primero del que se hace cargo la nueva directiva de la Asociación de Escritores Extremeños, presidida por la poeta placentina Sandra Benito, justa heredera de Isabel Pérez, de la saga de los Pérez González, tan cercana a José Miguel Santiago Castelo.
 
Fue precisamente aquí, en esta ciudad, donde conocí en persona a Castelo ―como la mayoría le llamaba y le llama―, en 1982, con motivo del segundo Congreso de Escritores Extremeños.
El 30 de mayo de 2015, treinta y tres años después, decía en ABC, al comienzo de mi artículo “Sólo vivir vale la pena”: “Santiago Castelo (…) fue ante todo poeta. A pesar de su decidida vocación periodística, doy por supuesto que es lo que él prefería. Por encima de todo. Que era esa condición la que más le gustaba que le reconocieran sus lectores”. Ahora, diez años más tarde, me he replanteado esa afirmación. A pesar de que cualquier escritor que haya publicado libros en distintos géneros, a la hora de elegir cuál de estos le define mejor, es muy probable que se decante por la poesía si dio a la imprenta alguno de versos; que, pese a su insignificancia real, si lo comparamos con la narrativa ―y, ya ahí, con la novela―, no habrá de importarle adornarse él o que le califiquen otros, como poeta. En el caso de la persona que nos convoca, dudo ahora qué título se atribuiría a sí mismo por encima de todos los demás, si el de poeta, como dije hace una década, lo que fue de sobra, o el de periodista, que también. Me da la impresión, después de tratarlo durante años, que cuanto menos dudaría. Dijo Julio Bravo: “Su pasión por el periodismo sólo era comparable a la que sentía por la poesía”. Podríamos dejarlo en tablas. A papá y a mamá.
No me cabe duda, sin embargo, de que su estilo periodístico era el de un poeta. Eso no puede negarse. Se dice con frecuencia que la mejor prosa está en manos de quienes escriben poesía. Se aprecia bien en el primer artículo que publicó en el diario ABC, “Siete espigas bajo el sol”, sobre su querido pueblo, Granja de Torrehermosa, de 1970, año que entró en esa santa casa: “en toda la baja Extremadura, sólo tiene derecho a veranear el sol”.
Aunque la impronta de maestros que elogiaron la retórica, como Pedro de Lorenzo, marcaron su huella, por más que lo lírico en su vertiente, si se quiere, popular y hasta folclórica aflore por momentos, sobre todo en su primera época, al final su estilo el propio de quien lee y escribe poesía, lo que significa que cada palabra cuenta y que, en consecuencia, la que no suma resta. Y mucho. El don de síntesis, al que se refirió su amigo Pere Gimferrer en un poema memorable, pesó en él a la hora de fijar un texto y no sólo por las prescritas limitaciones de espacio, sino por dar a lo escrito la precisión que la verdadera poesía exige, por poco o nada poético que sea el asunto que aborde.
Ya que hemos mencionado al ABC, bien está centrar esta intervención en lo que esa cabecera representó en la vida de Castelo, que empezó su carrera periodística en Extremadura, su tierra, a la que tanto quiso. Y lo hago no sin reparo, pues tengo a mi lado a dos personas que conocen esa faceta del granjeño mejor que yo. Para colmo, uno de ellos es, a la sazón, director de esa histórica mancheta.
“Porque eras, Niño, el retrato viviente de ABC”, escribió Antonio Burgos. Y: “Tú eras, Niño, un andante ejemplo […] del estilo de ABC. Tú, Niño, encarnabas el espíritu liberal y literario de esta Casa a la que entregaste tu vida y de la que eras símbolo vivo”. Suya es una anécdota muy graciosa, que pone en boca de El Chupa, viejo telefonista de la casa: “Señor Castelo, se pasa usted aquí más horas que el retrato de Don Torcuato”.
[Por cierto,  “Niño” (tal o cual) es como llamaban a los alumnos en prácticas del periódico. Estoy escuchando todavía su vozarrón inconfundible al otro lado del teléfono. Apenas descolgabas, oías: “¡Niño!”. A veces le bastaba un “¡Eh!”.]
Juan Manuel de Prada, con el que tuvo una íntima amistad, afirmó: que “este poetazo descomunal fue también la persona que mejor ha encarnado el espíritu de ABC”.
De su importancia en ese medio de comunicación dan buena cuenta estas pocas palabras de Jesús Lillo: “A su manera, fue un pionero de lo que ahora se conoce como recursos humanos”.
Otro amigo común, Carlos Medrano, alude a su campechanía, “su cordialidad era irreductible y no se sometía al corsé del estrés periodístico de las noticias […] ni a la diplomacia de muchas relaciones y gestiones que Castelo, con su don de gentes, llevó a cabo con enorme elegancia desde sus cargos de responsabilidad”.
En “Un hombre de lealtades hondas”, su discurso de recepción del Premio Luca de Tena, declaró: “Mi vida entera se ha desarrollado en esta Casa de ABC: aquí entré hace treinta y siete años, siendo un muchacho espigado e inquieto; aquí aprendí todo lo que sé y de aquí no he querido moverme: ésta es una escuela permanente del mejor periodismo, de la mejor literatura [conviene resaltar esta condición de periódico literario por lo que dijimos acerca de su estilo más arriba], donde se aprende a amar la verdad y la libertad en una perfecta simbiosis de nobleza y liberalidad, de respeto a los demás y de amor a la obra bien hecha. […] Yo, de niño—como tantos millares de españoles—, leía ABC en mi casa extremeña con verdadera devoción y cuando descubrí que quería ser periodista no podía imaginarme en otro sitio sino en ABC”. “He servido lealmente”, sentencia. Ni siquiera cuando Luis María Anson dejó la dirección de ABC para fundar La Razón en 1998, y le propuso que le acompañara. Conviene recalcar el concepto de “fidelidad”; en su caso, de origen monárquico, como él recordaba. En efecto, uno de los principios básicos de un defensor de la monarquía (y Castelo, desde joven, se acercó a Estoril a mostrar su lealtad y rendir su servicio a quien la representaba, Don Juan, “el Rey padre”, como él lo designaba) es la fidelidad.
Bravo precisa: “Es imposible escribir la historia reciente de ABC sin darle un lugar destacado a José Miguel Santiago Castelo, ligado a esta casa desde el año 1970, y donde mantenía su despacho después incluso de su jubilación; un despacho que fue durante años «lugar de peregrinación» para decenas de redactores y colaboradores, que encontraban siempre en él refugio, consejo o, simplemente, un oído atento y comprensivo. Castelo, como se le conocía en la Redacción de ABC, lo llamaba su «confesionario laico»”. Y sigue: “Le gustaba decir que, salvo engrasar las linotipias, había hecho de todo en ABC. […] Empezó en la sección de Sucesos y pasó por distintas secciones, desde el desaparecido Huecograbado hasta Opinión y Colaboraciones […]. Entre 1983 y 1988 se desplazó los veranos a Palma de Mallorca para cubrir la información de la isla, incluida la estancia de la Familia Real, para la sección ‘España en Vacaciones’ […]. En 1988 fue nombrado subdirector del periódico y en 2010, año de su jubilación, pasó a presidir el Consejo Asesor Editorial de ABC”.
Como ABC, era, ya se dijo, monárquico. Del controvertido Juan Carlos I, del ejemplar Felipe VI y, cómo no, de Don Juan. Su último artículo, de 3 de junio de 2014, se tituló “Una lección de grandeza histórica” y fue escrito con motivo de la abdicación del rey y en él destaca la mención a su padre en el discurso. Monárquico, pero, por encima de todo, liberal. Era su talante.
Mención aparte en su vida periodística merecen, claro está, esos veranos mallorquines de los ochenta (recaló en el céntrico Hotel Saratoga de Palma, en el Paseo de Mallorca), donde ejerció como reportero y cronista. Y no sólo. Basta con recordar su libro de poemas Siurell, y, vuelvo a recalcarlo, artículos como “La Mallorca que verán los príncipes”, donde habla por extenso de la isla en su característico estilo lírico.
Sí, a la Familia Real dedicó no pocos de esos artículos estivales. Da cuenta, pongo por caso, de un Consejo de Ministros del Gobierno de Felipe González en agosto del 83 presidido por Don Juan Carlos: “El Rey animó al Gobierno a no caer en el desánimo y el pesimismo”.
Resultan muy curiosas, en estas crónicas de sociedad dignas del Hola, sus apreciaciones sobre la vestimenta de sus protagonistas.
Pero no sólo a los reyes y su familia (la griega incluida) dedicó Castelo esos reportajes. Por ellos pasaron también numerosos personajes del deporte, la política, la cultura, la música, la farándula, etc. Así, los Príncipes de Gales, los duques de Württémberg, Camilo José Cela, María Teresa de Gelabert, la viuda de Llorenç Villalonga, a la que conoció y trató en esas estancias mallorquinas, etc. En un artículo da cuenta del mareo del presidente González por culpa del viaje de dos horas en helicóptero hasta Mallorca. En otro analizó el fenómeno del top-less.
Porque había mucho de frívolo en esa vida de cronista al sol, Castelo se permite en no pocas ocasiones echar mano del humor. Y de la ironía, tal vez porque ambos sentidos son indivisibles. Nada extraño, por otra parte, en quienes le conocimos. Sentarse a su lado en cualquier mesa estaba justificado por su entretenida conversación (hilarante a ratos, inteligente siempre) y, si hacía calor, por aprovechar las frescas, firmes sacudidas de su inseparable abanico.
El escritor mallorquín José Carlos Llop (que le dedicó el delicioso “Las terceritas de Castelo”) pensaba que “tenía un punto valleinclanesco ―monárquico y sentimental― pasado por la escuela de Manuel Machado y Foxá. Como un personaje de Lhardy, con sentido del humor”.
Es imposible hablar de él sin destacar su vinculación a Extremadura. Solía decir, “me van a reñir de lo mucho que saco en ABC a mi tierra”. Cualquier motivo ―la publicación de un libro, la concesión de un premio, una lectura o una conferencia― era excusa bastante para que un escritor extremeño apareciera allí. A última hora de la tarde recibías una llamada que te instaba a que compraras el periódico al día siguiente.  
Como recuerda Medrano, a los Congresos de Escritores asistía acompañado de un joven periodista de la redacción de Cultura, con el encargo de hacer la crónica diaria de lo ocurrido en esas jornadas. Y añade: “en ese liberalismo que le caracterizaba, siempre tuvo a bien el elogio a lo que aportaba cada uno por encima de la afinidades políticas, o de cualquier otro tipo, con el que a veces se filtran las cosas. Como él decía, somos un periódico de derechas y en el ABC Rodríguez Ibarra ha salido más veces que en El País”.
Sí, esa generosidad era amplia. En cuanto le enviabas un nuevo libro, se movilizaba y él mismo se hacía cargo de que en ABC Cultural apareciera la reseña consiguiente. Sé que no ocurría sólo conmigo, aunque me atenga a mi propia experiencia.
Si bien uno había publicado su primer artículo en ABC en 1987 y luego algunos más (casi siempre a petición suya: “¡Niño…!, ¡Eh!), algunos incluso dictados por teléfono (tan viejo soy), supongo que pasé a hacerlo con asiduidad cuando se encargó de la sección de Colaboraciones. Algunos de ellos se reunieron en El lector invisible, libro que vio la luz en 2001 con textos escritos entre 1987 y 2000 para “Tribuna Abierta”, salvo uno. Me ayudó en la selección Julián Rodríguez y publicó el libro, en la Editora Regional de Extremadura, Fernando Pérez, amigo de Castelo y director de la misma. En la preciosa colección Ensayo Literario. Se lo dediqué a él, cómo no.
Ya enfermo, batalló con Fernando Rodríguez Lafuente, coordinador de ABC Cultural, para que me ocupara de la crítica de poesía. Lo consiguió, aunque su victoria fue efímera. No aguanté los silencios y las dilaciones de los responsables y renuncié, para su disgusto, al poco tiempo.
El ejemplo ―esa virtud reivindicada para España por Javier Gomá, ya se ve que en vano― es lo mejor que he recibido de un ser tan desprendido como Castelo. Sí, era espléndido, su adjetivo predilecto. En todos los sentidos. Lo aprecié bien en cuantos jurados literarios compartimos, que no fueron pocos. Siempre mantengo una de sus enseñanza, algo malévola, pero que define bien su personalidad: la de que no gane nunca un libro por unanimidad. Que sea por mayoría. Así, explicaba sonriendo, consigues aclarar al autor, que puede ser amigo o conocido, que tú defendiste su original hasta el último momento.
Quizá su lección más honda y humana fue cuando el PP de Floriano montó el escándalo del fotógrafo Montoya, que tanto daño hizo a la trayectoria política y a la salud de nuestro común amigo Paco Muñoz, con el que Castelo viajó a La Habana. Me salpicaba el asunto porque el catálogo llevaba el sello de la Editora, que por entonces uno dirigía. Fueron varias horas de conversaciones telefónicas. Me iba informando de los movimientos que se iban sucediendo en Madrid, pues el ministro Acebes se había implicado en el invento. La tormenta amainó y no hubo nada, salvo una denuncia de Manos Limpias y la pérdida de las elecciones al Ayuntamiento de Badajoz, de las que era cabeza de cartel el mencionado Muñoz, lo que ocasionó, por su previa marcha de la Consejería, un retroceso notable en materia de política cultural.
Las muertes prematuras de los escritores extremeños son una constante dolorosa pero evidente: Ángel Campos Pámpano, Julián Rodríguez, Fernando Pérez, Antonio Franco… Tengo ahora la edad que tenía él cuando murió, y eso me impresiona.  Leo en una entrevista de 2011: “Usted, que escribe su obra, como dice Pureza Canelo, a golpe de corazón, defiende las causas preteridas. Quedan pocos paladines como Castelo”. Y éste responde: “Porque pienso que el día de mañana yo también seré un escritor preterido al que nunca faltará algún escritor que me saque del olvido”.

7.4.10

En la ciudad sumergida

No sé porqué sabe uno que ha leído un libro decisivo en su vida, pero lo sabe. Es lo que me ha pasado con En la ciudad sumergida, de José Carlos Llop. Al terminar su lectura -apasionada, apasionante- lo he dejado escrito en la página final, tras la nota y los agradecimientos. Con el mismo lápiz con el que ido subrayando no poco entre sus páginas. Sí, creo que es un libro excelente, aunque el adjetivo pueda parecer excesivo y contradiga, en consecuencia, un sobrio modo de ser tan  pertinente como palmesano. Después de todo, no soy un crítico, sólo un lector. Lo vine a decir aquí cuando apenas había empezado a leerlo, hace unos días. Quiero decir que no me cabe duda de que este juicio de valor es del todo subjetivo. Es lo que me parece a mí, nada más. Quizá, me digo, porque es el libro que a uno le hubiera gustado escribir. O que necesitaba leer. O, qué sé yo, porque derrocha literatura a raudales. Y mucho más. Tal vez porque, entre otras cosas, vuelve una y otra vez sobre una pregunta que me ha venido obsesionando desde hace demasiado: ¿ir o quedarse? ¿Permanecer en la ciudad natal o marcharse? En lo que a este asunto respecta, la clave, según Llop, está en asumir la ciudad como destino, del mismo modo que uno acepta el de escritor. No digamos, por recordar a Jaime Gil, el de poeta. Él lo hizo. Y bien que se nota.

1.12.08

Llop, desde Palma

Dos: la poesía. El poeta Álvaro Valverde me escribió el miércoles diciéndome que acababa de morir un poeta de su tierra y de nuestra generación: Ángel Campos Pámpano: había nacido en 1957. Recordé su labor de enlace entre la cultura española y la portuguesa en esa ya tradición contemporánea donde cierto cosmopolitismo extremeño nace y se desarrolla en Lisboa. Recordé también su poemario La ciudad blanca –con el mismo título que una de mis películas favoritas y con la misma ciudad, Lisboa, ahí al fondo–. Subí al estudio para leer los poemas de aquel libro, como quien lee una oración. Me costó encontrarlo: no estaba donde creía. Seguí buscándolo y lo descubrí, luego, colocado en horizontal sobre otro poemario que también me había gustado tiempo atrás –Estampas de Ultramar– de un poeta muerto hace veinte años: el salmantino Aníbal Núñez. Abrí el libro de Ángel Campos al azar. Ahí, en esa página abierta había una dedicatoria: para Aníbal Núñez. Pensé que ya estaban juntos, mirando cómo la tarde enciende las luces del puerto, mientras en medio de la bruma, un barco cruza el estuario.

(Publicado en Diario de Mallorca por José Carlos Llop)


16.6.07

Pastiches proustianos

"Los buenos escritores suelen tener olfato para detectar cuándo un mundo se acaba". Lo dice José Carlos Llop en el delicioso prólogo que abre la reedición de Dos pastiches proustianos, de su admirado paisano Llorenç Villalonga. Un mundo es lo que el isleño dejó fijado, por cierto, en Bearn. Como Llop recuerda, la novela fue presentada al premio Nadal en el 56, el año que ganó El Jarama de Ferlosio.

24.10.07

La Avenida de la Luz

Así se titula el nuevo libro de poemas de José Carlos Llop. "Un poeta es cuando escribe un poema", aclara en la Nota del autor que cierra el volumen. Porque cada libro es único (por más que en su conjunto los de un determinado autor formen el mismo libro), no procede afirmar que éste es el mejor de los suyos. Tal vez por haberlo leído el último, a uno se lo parece. Sólo por contener "Teoría de la experiencia, "Elegía" o "Cuarenta días" ya merecería haberse publicado. Por estos y por todos: no hay aquí poemas prescindibles. Será porque, como la muerte, la poesía es para Llop algo que toca la "verdad absoluta".

28.7.05

Derek Walcott en Extremadura

El poeta antillano, premio Nobel de Literatura, está en Mérida en cuyo Festival se representa su obra Una odisea antillana.
Recuerdo con mucho agrado la antología Islas, de José Carlos Llop (publicada en la colección La Veleta), que nos lo presentó en España. He seguido leyendo sus libros. De Omeros escribí una extensa reseña en dos entregas que publicó el diario HOY; no sé si en Árrago, el suplemento de Teresiano.
Su poesía, es verdad, no volvió a despertar en mí las pasiones primeras (Llop es poeta, y se nota), pero me gustó mucho La voz del crepúsculo, su libro de ensayos.

1.4.10

Ciudad de la memoria

Nunca me ha parecido más verdadero el verso de José Emilio Pacheco que tantas veces he citado, aquél de "no leemos a otros, nos leemos en ellos". Lo recuerdo de nuevo ahora, cuando avanzo con creciente entusiasmo (siento no poder disimular ese interés) por las páginas de En la ciudad sumergida (RBA), de José Carlos Llop, un libro sobre su ciudad natal, Palma de Mallorca, que es mucho más que eso. Memoria personal que, como en la mejor literatura (la única que vale) trasciende su vida, su lugar, su familia, su mundo y todo aquello que rememora el poeta palmesano en este memorable "testamento del tiempo". En fin, lo dejo, tengo que seguir leyendo. Para reafirmar que uno vive. Convencido, además, de que por cosas así merece la pena seguir haciéndolo.

7.6.15

Las terceritas de Castelo

Hace varios años pudo cambiar mi vida. Llamó a casa José Antonio Zarzalejos, entonces director de ABC, y me citó en su despacho madrileño. Tenía planes para mí. El primero escribir Terceras, esos largos artículos de la tercera página del ABC, donde ha colaborado, a lo largo del tiempo, toda la literatura española, ideas aparte. Después, pensaba reeditar Blanco y Negro y situarla al nivel de otras revistas dominicales. Ahí, me dijo, tengo pensado que escribas un artículo de fondo semanal, como hacen otros en El País Semanal o en El Semanal del Grupo Vasco. Quien sepa lo que significa (o significaba) esto –económicamente digo ahora–, entenderá por qué he dicho lo de cambiar mi vida: vivir exclusivamente de la escritura. Pero antes de que pudiera realizar sus planes, a Zarzalejos se lo cargaron la COPE de Rouco por un lado y la derechona de los viejos chistes de Serafín, por otro, y salió despedido del ABC. Todo eso perdimos. A cambio, yo gané a Santiago Castelo. De hecho lo había ganado desde el principio y gracias, precisamente, a Zarzalejos, que fue quien me puso en contacto con él.
Castelo era quien a partir de ese primer año, llamaba a casa cada dos meses para recordarme que debía enviarles una Tercera que yo iba dilatando en el tiempo. El pasado año –debía de haber sospechado lo que no sospeché– fue sustituido por los correos del periodista Alfonso Armada y pensé que debía llamarle por teléfono pero no lo hice. La voz de Santiago Castelo sonaba, al otro lado del cable, entrañable, operística y campechana: ‘Hosé Cal.lo, mándame una Tercerita, hombre, que ehtamo en ayuna…’ O si cogía el teléfono alguno de mis hijos: ‘Díiile a tu padre que no sea perezoso y me envíe ya una Tercerita’. Pero sobre todo estaba esa manera de identificarse al teléfono: ‘Hoombree, Hosé Cal.lo’, que se ha acabado para siempre.
Tenía un punto valleinclanesco –monárquico y sentimental– pasado por la escuela de Manuel Machado y Foxá. Como un personaje de Lhardy, con sentido del humor. Amaba la literatura de Llorenç Villalonga y quiso a su viuda Teresa Gelabert –doña Teresa, decía, abriendo mucho la boca al final–, como si se tratara de una tía abuela favorita. De hecho fue el único que escribió una necrológica –bastante extensa, recuerdo– de Teresa Gelabert en un periódico nacional, el suyo, cuando ella murió. Los veranos pasados en la isla cubriendo la información de Marivent en los primeros ochenta hizo que se trataran. Tituló Siurell (sigo con Mallorca), uno de sus poemarios. Fue un bon vivant, amante del comer tradicional y el beber divertido, con una querencia habanera –y algunas pasiones griegas– que renovaba en cuanto podía. Fue un confidente con despacho en el periódico, tan sellado para esas confidencias como una mastaba egipcia. De ABC lo sabía y supo todo y era un hombre leal hasta el tuétano a su tradición y a la familia Luca de Tena (y por supuesto a don Juan de Borbón). De otras partes también supo muchas cosas, pero disimulaba. Nunca oí de su voz ningún sarcasmo ni periodístico, ni íntimo, sobre terceras personas. Nunca tampoco un mal gesto o una frase intemperante. El corpachón cubierto a veces por capa en invierno, le daba un aire, buscado, de otro tiempo. Su bonhomía natural, también. Era un hombre respetuoso y respetado, más allá de las bromas en voz baja, que lo hacían todavía más entrañable. 
Lo que más quería de sí mismo era la poesía y nunca dejó de escribir versos. Una treintena de libros de poemas son su legado. El que él habría elegido como mejor legado, aunque ABC fuera su casa y el periodismo su forma de vida. La poesía no era una forma, sino la vida en sí y ahí la dejó, el viernes por la noche, mientras que en el teléfono de casa ya nunca más volveremos a oír ni la palabra Tercerita, ni el nombre de Hosé Cal.lo. 
José Carlos Llop. Diario de Mallorca.

4.9.13

Marías en Formentor

Tolo Ramón. El País
Me resulta raro ver a Javier Marías en un entorno que no sea urbano o de interior; la biblioteca de su casa, por ejemplo, donde tantas veces le han retratado. Aquí está entre pinos, en Formentor, donde fue a recoger el famoso premio literario
José Carlos Llop publicaba el pasado domingo en su columna de Diario de Mallorca una certera semblanza del autor de Todas las almas: "Javier Marías en España".
Aunque he viajado dos veces a Mallorca, no conozco Formentor. Hace unos días, eso sí, pude ver en La 2 un precioso documental sobre la construcción de ese mítico hotel y su ya larga vida. Para uno estará siempre estará asociado al poema "Conversaciones poéticas", de Jaime Gil de Biedma, que lleva por subtítulo "(Formentor, mayo de 1959)" (tres meses antes de que uno naciera), dedicado a su amigo Carlos Barral. Por cierto, las conversaciones ahí siguen. Y Marías, más indignado que nunca y con nueva novela en marcha.