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8.9.16

Querido diario

Avelino Fierro (Chozas de Arriba, localidad del municipio de Chozas de Abajo, León, 1956) publica en Eolas el segundo tomo de sus diarios, Ciudad de sombraYa comentamos aquí su primera entrega, Una habitación en Europa. Esta segunda viene precedida de un prólogo de José Luis García Martín, descubridor de Fierro en su revista Clarín. Insiste en calificarlos como cartas (titula su introducción "Unas cartas de amor" y allí leemos: "son más bien epistolarios") y cifra su éxito (comparable, a su modo, al de otro diarista, Iñaki Uriarte) en dos palabras: "curiosidad, cordialidad". Nos explica que "todo le interesa" y que tiene "talento como escritor" ya que "ha leído a los mejores y ha aprendido de ellos". Termina recalcando su amor a la literatura, esto es "una de las formas mejores de amor a la vida".
Sus lectores sabemos que este hombre sólo escribe los viernes por la tarde (cuanto más dure el atardecer, mejor) y que publica su entrega semanal en Tam Tam Press (done sus aforismos pajareros Juan Carlos Pajares), en su sección "Querido diario". Esos escritos van ilustrados con dibujos que hace él mismo, los que enriquecen el libro de Eolas.
Los textos que componen esta nueva recopilación son de los años 2013 y 2014. Cada fragmento (o anotación o carta) corresponde, casi siempre, a un asunto. Fruto de esa curiosidad que mencionábamos. Suelen comenzar casi siempre en esa habitación propia con ventana. No faltan los paseos a solas por León, su "ciudad de sombra", hacia las afueras o por el centro, camino de ninguna parte o al encuentro de otros en bares o librerías. Sí, Fierro es un solitario con una intensa vida social. Tampoco faltan los viajes por la provincia (pueblos, montañas), a Madrid o, también cortos, por algunas ciudades europeas (los hijos, sus estudios). A Polonia, por ejemplo, o a Portugal. "Yo no soy muy viajero", escribe (aunque le inviten a participar en unas jornadas sobre el tema a instancias del crítico Nicolás Miñambres), en uno de los capítulos (34, 39) que dedica a ese asunto, donde no falta su inevitable dosis de ironía.
Además de él mismo, fuente principal de estos diarios (sus enfermedades, sus preocupaciones, sus pensamientos, el trabajo...), aparece su mujer, Mar (impecable correctora de pruebas, lo que no obsta para que un par de veces aparezca Eugénio de Andrade sin la tilde en su nombre), sus hijos (Javier y Marta, dedicatarios de la obra), su nieta Libertad, sus amigos (entre ellos, escritores como Llamazares, Manilla, Azúa, G. Martín, Manolo 'Cerebro'...), etc.
Con todo, son sus lecturas, su condición de letraherido, ese "leer sin sosiego", "porque la lectura es una fuente inagotable de placer", lo que colma el interés, o eso supongo, de los lectores de estas páginas escritas como lo haría un poeta, según Tranströmer (de quien lee su correspondencia con Bly): eliminando lo innecesario. Sí, la poesía aquí es fundamental, como en la vida de Fierro. No sólo se ocupa de libros de versos -es un lector ecléctico y completo-, pero estos sostienen su andamiaje intelectual y dan tono y carácter a estos diarios de un permanente aspirante a poeta. Y que nadie piense que se acerca a ella sólo desde el entendimiento, digamos; así, en el capítulo que dedica a las lecturas públicas de los poetas. "Dejadme con la homeopatía de la poesía", dice.
Cafés, tertulias, bares, amigos, música, paseos, cocina, hospitales, presentaciones... Como la de su primer libro, que centra otro capítulo.
Un balance del intenso 2014 y una extensa conversación con Eloísa Otero abrochan esta nueva entrega de los diarios (o cartas) de Fierro de la que uno sale con ganas de volver a entrar, con el deseo de que sigan llegando nuevos mensajes. Y eso parece: porque este hombre sigue puntual a sus citas de los viernes y publicando lo que escribe en Tam Tam Press. "La vida y sus detalles". Que siga. 

Fierro en su biblioteca. Autorretrato.

28.4.20

Lecturas encerradas (3)

Por fin empiezan a llegar papeles de nuevo. Estaba muy contento de que no se acumularan libros y revistas encima de la mesa, pero... Sí, los echaba de menos. El viernes, en el buzón, sin sobre ni nada, el nuevo libro de Fernando Sanmartín, de título igualmente intrigante: Os contaré la verdad (Xordica). Y un nuevo número de Clarín. Por mensajería, el último de Turia, con un cartapacio dedicado a Robert Walser que estoy deseando leer. Cómo me acuerdo de sus paseos estos días. Si será cierto que el domingo, en una película de esas que dan en la 1 los fines de semana, (a las que soy, con perdón, adicto), me imaginaba al escritor suizo por los hermosos senderos de los Alpes que recorrían los atormentados personajes, como él en su momento.
Sigue uno leyendo, claro, pero con menos fervor. Pasa con todo. Qué cansancio. Lo acierta a decir Jordi Doce, autor de uno de los diarios más interesantes y bien escrito del confinamiento (que publica por entregas en El Cuaderno): "Esta vida en suspenso". Sería un título perfecto para un libro futuro, le he dicho. 
Diarios son también los que escribe Avelino Fierro y Contra tiempo su cuarta entrega. En Eolas, como las anteriores. Esta vez con un prólogo de Julio Llamazares que lo califica de flâneur. Se refiere al "fulgor de los días normales", a que no se pone estupendo, a su "estilo propio"...Remata el delantal con estas palabras: "Avelino Fierro es un escritor sin género, un escritor total y sin adjetivos". 
Por sus páginas, lo doméstico y familiar, el trabajo en la Fiscalía, las lecturas (sobre todo), las salidas nocturnas por los bares leoneses y los paseos por el extrarradio, además de, entre otros muchos asuntos, los viajes. A Sicilia (una delicia), a Lisboa, al Delta del Ebro o a París,que ha propiciado, por cierto, una preciosa plaquette, Abril en París, en edición bilingüe, traducida al francés por Isabel Llagarta. Un libro dentro de otro. Ah, y cada capítulo está ilustrado con un dibujo alusivo hecho por él. Por cierto, lo que son las cosas. Una tarde, al tiempo que leía una de las entradas sobre el campo, el pueblo, la infancia y su padre, César Iglesias me avisaba de que había muerto. Para siempre, sin embargo, ventajas de la literatura, seguirá en su huerto, ahí, inmortalizado por su hijo Avelino. 
He visto hace poco dos películas que tienen por protagonista a don Miguel de Unamuno (como a Machado, quién se atreve a retirarle el tratamiento). La de Amenábar, Mientras dure la guerra, que me gustó más de lo previsto (que es lo que suele ocurrir cuando lo haces sin expectativas), y la de Manuel Menchón, La isla del viento, que sin entusiasmarme (no saca, según creo, verdadero partido al destierro del escritor en Fuerteventura), se deja ver, siquiera sea por lo paisajístico. Y por la interpretación de José Luis Gómez, aunque no mejora, si se me permite opinar de lo que no sé, la de Karra Elejalde. Esta digresión viene a cuento porque Chus Visor, en su versión Jesús García Sánchez, edita una Antología de poemas unamunianos ("¡Lea a Unamuno!", me recomendaba en mi turbia adolescencia don Ricardo Acosta). En su casa, Visor, y con un prólogo inmejorable (JGS de poesía sabe) de Rubén Darío. Allí leemos: "En Unamuno se ve la necesidad que urge al alma del verdadero poeta, de expresarse rítmicamente, de decir sus pesares y sentires de modo musical". Destaca su "necesidad del canto". Es, dice, "un poeta, un fuerte poeta". Grave, matiza. 
Como al modernista, si se me permite la temeraria comparación, "Todas las formas de belleza me interesan". Así justificaba su aprecio por Unamuno, tan distinto, en lo formal, de él. Uno ha perseguido la poesía del vasco que murió en Salamanca con ahínco, pero he de reconocer que no he logrado que me llene nunca. Recuerdo otra antología, de Trapiello (fiel al autor del memorable El Cristo de Velázquez, sobre el que disertó en Plasencia una vez Aníbal Núñez), que es persona de gusto confiable, pero ni aun así. Tampoco esta vez, aunque haya poemas de ambiente bilbaíno que me conmueven, he conseguido mi propósito. Otra vez será, lo que no obsta para no ponderar el florilegio. 
Pablo Núñez (he reseñado para Clarín su libro Tus pasos en la niebla, recién aparecido en Renacimiento, el único que me ha llegado desde el principio del confinamiento hasta que apareció desnudo en el buzón el de Fernando Sanmartín que citaba más arriba) y Rodrigo Olay (hace tiempo que envié a El Cultural la reseña de su última entrega, Saltar la hoguera), son dos poetas asturianos jóvenes vinculados a la revista Anáfora, de la que el primero es codirector, y los editores de Sobre mi poesía (1971- 2018), la de Luis Alberto de Cuenca. La obra inaugura una nueva colección, Poéticas, en la jerezana Libros Canto y Cuento, que dirige el poeta José Mateos.
El "Pórtico" es conciso y académico, en el mejor sentido, y explica, muy bien las intenciones y el alcance de la obra. Sí, se trata de un trabajo riguroso. En él se reúnen distintas poéticas del madrileño. Sorprenderán al joven lector las primeras, tan alejadas o en las antípodas de las que luego ha defendido, en torno a la poesía de "línea clara". Además, encontramos artículos sobre poéticas (de Darío, Borges, Cirlot, D'Ors o Calímaco); fragmentos de entrevistas y, por fin, poemas sobre la propia poesía, esto es, metapoéticos. Una nota sobre la procedencia de los textos y una bibliografía completan ese volumen que devorarán con gusto los muchos seguidores del autor de La caja de plata, entre los que me incluyo. 
Me ha hecho bien, dicho a la francesa, la lectura de Quién diría, qué..., de Hasier Larretxea. Por su tono: sereno y hasta alegre, pero sin estridencias. La cita que lo abre no podía presagiar lo que ha llegado después (se publicó en otoño del año pasado). Es del rumano Varujan Vosganian y dice: "Uno siempre encuentra una ventana por donde mirar. Y siempre existe, al menos, una fortaleza inexpugnable".
Es, en realidad, un extenso canto amoroso dividido en fragmentos (son poema sin título). A su compañero ("Quién diría que tú. / Quién, yo. // Nadie, salvo nosotros."), a las cosas ("Palpar la corteza de un árbol / también supone acariciar la piel de las cosas"), a los sitios, a la vida. "La felicidad es esto", dice, y luego enumera momentos felices. Es el procedimiento usual. Allí leemos: "La felicidad / es poder escribir poemas..." O "Mirarnos y saber lo que acontece en silencio".
Hay muchos recuerdos en el libro. De un viaje a la Costa Brava, por ejemplo. De una estancia en la Alhambra. Porque "Recordar es mirar el mismo lugar / en el mismo momento".
La vida, leemos es, además de "esbozo", "renuncia, "camino", "garabato", "suspiro" o "subsistencia", "celebración".
Destaca en el conjunto el extenso poema central, con el pueblo y la madre al fondo: "La suavidad de su tacto / es un acto de resistencia".
"En el norte, la salvación", diría el inmigrante que huye. "Formamos parte de un todo, / una masa de idiotizados". Donde ondean banderas que son "constricciones". "No transcurrimos / entre los mapas y los territorios", concluye.
Seguimos. 

6.9.14

Los diarios de Fierro

Debo a Manuel Vicente González, Manolo Cerebro para los amigos, el placer de haber leído este libro, ópera prima de un señor que nació en Chozas de Arriba (que no es mal sitio) en 1956; esto es, a mediados del siglo pasado. Aquél es el principal instigador de la apuesta, algo a lo que se alude con frecuencia a lo largo del relato. 
Una habitación en Europa, que es un título hermoso, reúne los diarios que este fiscal y dibujante leonés escribió entre 2010 y 2012 y lo publica Eolas Ediciones, ya que la editorial de Cerebro se fue al garete en el transcurso de su escritura. 
Como en el caso de su paisano Juan Carlos Pajares, Fierro es colaborador de la revista cultural Tam Tam Press, donde su sección se denomina "Querido diario". Así, aunque "ciberescéptico" (por usar un término usado por él), se puede afirmar que antes que en la tradicional (y mejor) forma de libro, sus diarios vieron la luz a través de la Red. Nadie escapa a su época.
Su amigo Julio Llamazares ha elogiado la publicación del volumen en un precioso artículo que apareció en Babelia bajo el rótulo "Escritores ocultos" y ha hecho bien en proclamar que es "uno de los libros más hermosos de cuantos se han publicado este año en nuestro país", advirtiendo que su amistad con el autor no condiciona ese juicio. Uno piensa lo mismo y, ya digo, desconocía la existencia de este hombre. Bueno, sí y no, luego he reparado que había leído algo suyo, unas páginas de este obra, "Diario before London", en el número 91 de la revista Clarín, del año 2011, las que abren ahora el volumen, que se divide en capítulos con título pero sin fecha.
En una entrevista con Eloísa Otero, Fierro ha declarado: “Si me preguntas qué contiene el libro te diré que es un ejemplo de esos géneros híbridos, una miscelánea: pequeñas narraciones o cuentos, breves ensayos, literatura de viajes, esbozos de poemas, conferencias y cartas, y también colaboraciones de otros; aunque predominan –ganan por goleada- las anotaciones de un diario personal.
Y hay citas de muchos autores, sobre todo poetas. Es el diario de un lector agradecido. Lo importante es leer. Y leer poesía la mejor gimnasia para la mente, la escritura, la vida. ¿Quién dijo aquello de ‘no leer poesía es como no enamorarse nunca’?” Tras lo dicho por Llamazares y por él mismo, poco puede uno añadir. Con todo, destacaría las referencias a la arquitectura, el cine, la música y la pintura (el libro está ilustrado con dibujos suyos), a los viajes (interiores casi siempre o a lugares cercanos, europeos y civilizados), a la familia (Mar, su mujer -crítica y mecanógrafa, a quien está dedicada la obra-, sus hijos, su nieta...); a la poesía (no le gustan los "poemas enumerativos" y sí la, digamos, poesía de la experiencia, basta ver los poetas que menciona)... Encontramos un par de poemas inéditos (uno de ellos versionado por Antonio Manilla) y algunos aforismos entreverados: "Quizá los académicos de la lengua sean los políticos de la literatura". O: "Darle vueltas a las cosas, igual que a las rotondas, mejora la circulación". Y mucha ironía y tanto o más humor. Abundan, en este sentido, comentarios acerca de lo que escribe, puesto siempre en cuestión. Así, "Este diario no es mentiroso; quien lo escribe nada novela, carece de imaginación". O: "Podría decir que escribo para mí". O: "Uno describe banalidades y poco más". O: "Lo importante es leer (o escribir)". De "pura rutina" califica este hombre su vida.
Por los autores que ha leído (a los mejores dedica un capítulo: "Diario de los nombres", donde están Azúa, Zagajewski, Brodsky, Camba, Tranströmer, Samuel Jhonson, Zweig, la literatura de Internet, Auden, González Ruano, Borges, Pla, Eugenio D'Ors, Steiner, Elie Faure y Ferlosio, ya se dijo), por los que nombra al final: García Martín ("No conozco para estos desvelos de escribir mejor tutor; yo lo nombraría mi ángel de la guarda"), Julio (Llamazares), (Andrés) Trapiello, Margarit y Mainer, y, lo fundamental, por el tono o estilo que gasta, en una prosa neutra y sin alardes, el libro no ha podido gustarme más.
Aunque vivamos en mundos distintos, ejerzamos profesiones contrarias (él se ocupa, según creo, de menores), habitemos en ciudades diferentes (ambas de la negra provincia) y poco o nada tengan que ver entre sí nuestras respectivas existencias -pasadas, presentes o futuras-, como lector encuentro similitudes (la hipocondría, la melancolía) y no puedo por menos que compartir, a debida distancia, apreciaciones, opiniones y demás puntos de vista, que, como digo, vienen a coincidir con los de uno. Las políticas, pongo por caso.
Comparaciones al margen (no sólo los lectores de narrativa se identifican con los personajes literarios), nada malo podría decir de alguien que ama la poesía como Avelino Fierro (Ave para los próximos), con ese fervor del que habla Zagajewski: "Con la cosas bien serias, como la poesía, hay que ser beligerante".
Reconozco, y termino, que soy un devoto de este tipo de libros. Me entretienen muchísimo. Más cuando a la confidencia se une la lucidez. Ah, éste lo he leído por entero en un sólo lugar: la piscina del Kilómetro 4 (en la Nacional 110. Soria-Plasencia, ahora Hotel Ciudad de Plasencia), un lugar de mi adolescencia y primera juventud que he recuperado este verano. Ha sido, pues, una lectura solar y piscinera que se ha adaptado muy bien a ese particular microclima. Apenas se ha mojado. 

30.5.18

Fierro dixit

El periodista y poeta César Iglesias le comenta al escritor y fiscal Avelino Fierro en una estupenda entrevista que publica El Cuaderno: «Pero esos poetas superventas, los Marwan o Defred, son los que acercan la lectura a los desletrados. Harry Potter, añade Fernando Savater, ha hecho mucho bien». Y Fierro le responde: «Vamos por partes. Que el fenómeno de los grupos de fans, como el que vivimos en los años ochenta con Los Pecos, se traslade al mundo literario no es malo si eso significa que los chavales se acercan a la poesía o a la literatura. Por algún sitio hay que empezar. Otra cosa es que se queden ahí. Es un mal menor, pero no tiene por qué ser un mal necesario. Y ese es el problema. Vemos cómo está la educación, cómo en los nuevos planes de estudio se expulsa a las asignaturas de humanidades. Empezaron con el griego y el latín, ahora la filosofía, y después irán a por la lengua y la literatura, que ya están arrinconadas. Debería ser una obligación, por decreto ley, que en las escuelas se leyese a los autores canónicos. Decía Joseph Brodsky que la democracia en esto de la literatura se confunde con la imbecilidad. Rechazo la democratización mal entendida de la cultura, porque las manifestaciones artísticas exigen rigor y esfuerzo, tanto al creador como al lector, oyente o espectador . Lo siento por los que dicen que da lo mismo leer a Cervantes que a Joanne K. Rowling, la madre de Harry Potter. Puedo parecer un fundamentalista, pero las letras tienen sus santones y hay que pasar por ellos».
Y en otro momento, tras preguntar Iglesias si es la provincia un género literario, el autor de Ciudad de sombraUna habitación en Europa y La vida a medias responde: «Si se lo preguntas a alguien como yo, que dedica sus libros diciendo algo así como “estos escritos de provincia”, o “de este escritor provinciano”, estaré tentado a decirte que sí. Aunque ni la ciudad ni la provincia aparecen nunca nominalmente en mis escritos, una de las aspiraciones de todos los que escribimos es universalizar nuestro pequeño mundo, nuestros Macondos o Celamas. Por esta geografía nuestra se habla de literatura del Noroeste, de Poniente, y cosas así. No creo que sirva para mucho nombrar los lugares de tu biografía. En lo que escribo aparece más una ciudad que la “negra provincia”. Pero lo importante es crear un espacio simbólico, que sirva para trascender lo concreto o lo temporal. Y da igual que sea una ciudad, una región o una esquina de tu biblioteca o habitación».
De la poesía, entre otras cosas, comenta: «La poesía es una cosa demasiado seria para dejarla en manos de cualquiera. Ahí sí que se siente la “ansiedad de la influencia” de que habla Harold Bloom. Steiner tiene también hermosas y oscuras palabras sobre la intuición poética en un texto sobre Hölderlin. Y Gaya habló del “runruneo metafísico”. A mí me gusta lo que dice Álvaro García en un prólogo a Auden: “limpieza de mirada y conciencia del oficio”. Saber ver lo que importa y hacérnoslo memorable.
La poesía es algo perfectamente serio. Y hay, mariposeando alrededor de ella, mucho cantamañanas».

22.5.19

León, Salamanca...

Primera parada, León. Y bien que la agradecimos después del traqueteo entre Benavente y la capital del antiguo reino. En obras, lo que supuso un retraso considerable al tener que ir en doble dirección y sin adelantamientos posibles. Una cruz. Nos alojaron en unos cucos apartamentos de sofisticada tecnología situados en la céntrica Calle Ancha, a un paso de la catedral y a tres de la Feria del Libro. Las autoridades y sus débitos con los medios obligaron a los pregoneros, Marta Sanz y Avelino Fierro, a terminar más tarde de lo previsto. Ya se sabe que la puntualidad aquí no es norma, y eso vale para León y para Castilla y para España entera, incluida Cataluña. Ese retraso supuso que también nosotros, Tomás Sánchez Santiago y yo, empezáramos con retraso y que tuviéramos que cerrar la presentación de forma un tanto abrupta. Cosas del directo. Dio tiempo, sí, a que el escritor zamorano leyera, ya saben, un precioso texto sobre el "siroco" (y sobre mi poesía en general) que tituló con acierto "El poeta sitiado". Por lo de los sitios o lugares, tan presentes en mis versos, y por el estado de sitio (entre murallas) donde uno se ha encontrado siempre. Perdido (y solo) en su rincón. Hablé luego del libro, de su génesis (por decirlo en pedante), y leí algunos (pocos) poemas. Y con ganas me quedé, sí, de conversar un poco con quienes me escuchaban, distinguido público.
Ya se ve en las fotos de Maica Rivera que la mesa era muy alta y las sillas, ay, muy bajas. Eso y que nosotros tampoco damos para mucho, es cierto, ocasionó que uno se viera en una posición algo ridícula, como pugnando por ser visto, lo que cuadra bien con "el grotesco papelón de literato" al que se refirió Ferlosio y que no queda más remedio que representar de vez en cuando a los poetas de provincias. Y a los que no. 
Al terminar (no sin garabatear bajo la carpa las dedicatorias en un par de libros), nos fuimos a El Capricho, en la Plaza de San Marcelo, la de la Feria. Todo lo que comimos estaba muy rico (la cecina, las croquetas, la ensalada...), pero lo mejor fue la charla con el director de aquello, el editor y librero Héctor Escobar (de Eolas) y con con los citados Tomás, a mi diestra (a mi izquierda estaba Yolanda), y Avelino, enfrente, al que sólo conocía de leídas. Resultó ser como imaginaba, tal vez porque es como escribe. O porque escribe como es: "de verdad", que diría un vasco. Noctámbulo incurable, le dejamos camino de algún pub mientras el resto se recogía.
De Tomás me traje Años de mayor cuantía, novela, pongamos (como tantas obras de hoy, rompe los límites del género), con la que ha conseguido los premios Tigre Juan y el de la Crítica de Castilla y León.
A la mañana siguiente, desayunamos (bien aconsejados) en el París y emprendimos la vuelta a casa no sin detenernos, según costumbre, en Salamanca, nuestra ciudad de servicios favorita.

Y aquí, en la Plaza Mayor de Salamanca, presentamos (de momento, por última vez) el "siroco". Ofició como introductora del acto Isabel Sánchez que, más que bibliotecaria o gestora cultural o profesora o animadora de la lectura, es lectora, una de las mejores que conozco. Su presentación (anticipó, con modestia, que sólo eran sus impresiones de lectura) fue espléndida. Más páginas llenas de sentido sobre un libro que ya parecía blindado ante nuevos asedios. No, cada lector es un mundo y cada lectura amplía el vasto o pequeño universo del libro en cuestión. Es el caso. Muito obrigado. Se notó, además, que esta vez tocó presentadora, la única de la minigira, ay. No quisiera uno caer en el tópico, ni ponerme políticamente incorrecto (a qué teme ahora un hombre más), pero aprecié sensibilidad a raudales. Otra mirada. Pronto podrá leer quien quiera esas palabras. Lo merecen.
La Feria, por lo demás, no había ido bien por culpa de varias deserciones, justificadas o no. Poca cosa si se ve desde fuera, pero no para nuestra bibliotecaria, persona eficiente y responsable donde las haya. Tal vez por eso, y por la tensión acumulada tras tantos días de frenética actividad (esa es una Feria importante que llena una de las plazas más bonitas del mundo), la cosa empezó de aquella manera. Para colmo, hizo aparición el frío (por eso eché otra vez mano del chalequino), que en esas tierras altas se aprecia mucho más que en las extremeñas del norte. Lo cierto es que dentro de la carpa, y en cuanto tomó la palabra la introductora, todo fue de maravilla. Otro refugio. Cómodo, cálido, casi silencioso. La mesa baja, la silla sin ruedas, Carlos Santiago haciendo fotografías, un puñado de amigos enfrente: entre ellos, las poetas Charo Ruano y Asunción Escribano (autoras, respectivamente, de dos libros recientes: Pregúntale a Eva y Salmos de la lluvia); el poeta José Manuel Regalado; paisanos, como el matrimonio Crespo; Tomás, que bajó de El Bierzo, las fieles lectoras del club de lectura de la Torrente Ballester...
Cuando terminó aquello, preguntas mediante y el par de dedicatorias consiguientes, salimos pitando. Costumbre sagrada, ya habíamos estado tomando las cañitas sabatinas en Plasencia, con Gonzalo y María José, así que... No obstante, como buenos placentinos, paramos en Cuatro Calzadas a probar, otra bendita tradición, el jamón y el queso de la casa. Y el pan, parte fundamental del refrigerio.
En la radio, bajo esa luna inmensa que nunca deja de asombrarnos, sonaban las incesantes canciones de Eurovisión.

Nota: la fotografía superior es de Maica Rivera y la de abajo de Carlos Santiago.

14.2.17

Homo digitalis

Me ha sorprendido la primera incursión ensayística del poeta leonés Antonio Manilla (1967) que publica en La Huerta Grande Ciberadaptados. El prólogo lo pone un ciberescéptico que, como tantos, está desde hace tiempo en el ciberespacio: el fiscal y diarista Avelino Fierro. En su salutación califica el ensayo de "riguroso" y "literario". Es justo. Conviene señalar, antes de seguir, que lleva por subtítulo "Hacia una cultura en Red". Se compone de siete capítulos y una bibliografía básica donde no se recogen, ni con mucho, todos los libros que menciona a lo largo de su análisis. Más allá de lo que Ciberadaptados tiene de desarrollo de ideas, las reflexiones de Manilla acerca de los albores de este "sexto continente", como él lo denomina, se apoyan en la lectura de un rimero de obras fundamentales sobre el fenómeno. De filósofos, más que nada. A ese hecho, que aporta esclarecimiento, hay que añadir que, como se dijo, la cultura está en el centro de su propuesta. La analógica y libresca, basada en la lectura como operación esencial de conocimiento, que al parecer termina, y la digital que se empieza a instaurar: banal, igualitaria, del entretenimiento y el espectáculo ("donde -como dijo Vargas Llosa- el cómico es el rey"), visual, de masas y globalizada, de consumo y sin intermediarios.
Por aquello de la actual "aculturación rampante", algunos escritores alrededorizan, pues siguen creyendo que "lo universal es lo particular sin fronteras". Pretenden recuperar una cultura "que exige", que "no es ocio". La que "queda entre las ruinas". Más allá del ranking informático de "sexo, entretenimiento y curiosidad". No en vano Internet se ha convertido  en el almacén o bazar más grande del planeta, donde mejor vivimos "la vida offline", la "telesociedad". Donde, como diría Bauman, atendemos a nuestras "relaciones de bolsillo", redes sociales y Google mediante ("ese Gutenberg después de Gutenberg"). Internet, epicentro de viejos fenómenos nada nuevos, se nos recuerda. Territorio de "hibridación" más que de "homogeneización".
Aunque "el mundo y la vida son analógicos", hemos pasado del homo videns al homo digitalis y ya estamos en el homo retiarius. Somos "lectoespectadores", "prosumidores". Hombres "horizontales" y superficiales. Testigos perplejos de "la abolición de lo gradual y el imperio de lo súbito".
Se fija Manilla en la Educación (así, con mayúscula) y pone en solfa ese empeño de informatizarla, de someterla por completo al imperio de lo tecnológico dejando incluso de lado la lectura (lineal, finita y en papel) y la escritura (a mano). Lectura, vuelvo a nombrarla, a la que dedica, amén de muchas paginas a lo largo del ensayo, un interesantísimo capítulo: "La lectura salteada", la que empieza a imponerse, la del presunto lector que "entrelee".
(Una amiga bibliotecaria, experta en literatura para niños, llamaba mi atención sobre el hecho de que las editoriales encargadas de proporcionar libros a los alumnos de Primaria, entre seis y doce años, se están volcando en la publicación de álbumes ilustrados, que eran propios de Infantil, donde prima, claro, la imagen sobre el texto, que casi desaparece.)
"Démosle tiempo al tiempo", concluye un Manilla nada apocalíptico. Tampoco integrado, por seguir a Eco. Un Manilla, como casi todos, adaptado. Qué remedio.

19.10.16

Pase de revista

Se le amontonan a uno, junto a los libros que llegan, las revistas que también recibo; así, me limito a picotear contenidos, la portuguesa devir, que en su tercer número, tras un buen puñado de poemas inéditos, homenajea al poeta y traductor Ángel Campos Pámpano y entrevista al futuro Nobel, o no, Nuno Júdice.
Cuadernos Hispanoamericanos, que en su número de septiembre dedicaba un espléndido dossier a españoles e hispanoamericanos que pasaron por París durante la primera mitad del siglo pasado (con colaboraciones de Juan Manuel Bonet y José Muñoz Millanes, por ejemplo) y una entrevista muy iluminadora con el venezolano José Balza, en el de octubre publica un dossier bajo el título "Relectura de Rubén Darío (1916-2016)" y una extensa conversación con Álvaro García, con motivo de la salida de su libro (de libros) El ciclo de la evaporación (del que pronto nos ocuparemos aquí).
Los dos últimos números de Sibila (48 y 49), patrocinada por la Fundación BBVA, vienen también repletos de textos interesantes firmados por Mercedes Monmany, Aurora Luque, Francisco Jarauta, González Esteva, Ida Vitale (último, acertado premio García Lorca), Ana Luísa Amaral, Darío Jaramillo, Rafael Cadenas, Yolanda Pantin, etc.
De Clarín (124, aunque ha salido el 125) ya destaqué el dossier sobre Rafael Cadenas y a eso podemos añadir los aforismos del apasionado editor Javier Sánchez, una entrevista (rescatada) con Borges (o eso dicen), una semblanza de César Iglesias sobre el pintor Melquiades Álvarez y unos magníficos poemas de John McCrae en versión de Victoria León y Luis Alberto de Cuenca, así como otros de Nichita Danilov traducidos por Martín López-Vega.
Turia dedica su dossier a Max Frisch y, como siempre, el índice de su número 119 impresiona (con textos de Marta Sanz, Eloy Tizón, Pilar Galán, Soledad Puértolas, Enrique Andrés Ruiz y Ramón Eder; poemas de Clara Janés, García Montero, Álvaro García, Miguel Veyrat, Concha García, Guadalupe Grande, Julieta Valero, Marta Agudo, Mercedes Cebrián, Gabriel Insausti, Rafael Espejo, Ángel Petisme, Sofía Castañón, Cecilia Quílez, Beatriz Russo, Martín Rodríguez-Gaona,Teresa Agustín, Joaquín Sánchez Vallés y Joaquín Campos; así como una reseña de Gonzalo Hidalgo sobre César Martín Ortiz, un cuentista desconocido pero imprescindible).
Vuelve Suroeste, que ya va por su número 6. Los primeros sorprendidos por la calidad de esta revista de todas las lenguas de la Península Ibérica son los propios colaboradores: Avelino Fierro, José Antonio Zambrano, Pilar del Río, Amador Palacios, Benítez Ariza, Aquilino Dique, Ben Clark, Juan Lamillar, José Bento, Luis Llorente, Juan Ramón Santos, Manuel Neila, José María Jurado, António Salvado, Rosa Oliveira, etc.
La madrileña y digital IbiOculus lanza su número 9 y con la misma exigencia que en sus entregas anteriores.
Palimpsesto, por fin, revista que dirige desde Carmona (mirando siempre a América) Fran Cruz, entrevista en su número 31 al arequipeño Alonso Ruiz Rosas (y da algunos poemas suyos), publica versos del malogrado Eduardo Chirinos, entre otros, y un ensayo (por aquello del centenario), "En la ruta dariana", de otro peruano: Carlos Germán Belli. Ennoblecen el número las extraordinarias fotografías de Martín Chambi. 

16.10.20

Juventud en Gijón

Treinta años y treinta títulos resumen la andadura de los cuadernos "Heracles y nosotros", que edita en Gijón (una primorosa tirada no venal de doscientos ejemplares numerados) Nacho González, autor, por cierto, del número 29: Cuaderno para un confinamiento, mucho más que un puñado de versos a cuenta del maldito encierro que hemos padecido meses atrás. El 30, puedo añadir, reúne diez sonetos (en la mejor tradición clásica) de Luis López Suárez (que vive en Castropol) bajo el título Ocho sonetos fúnebres (los otros dos corresponden la prólogo y al epílogo), de una emotividad lograda sin recurrir al patetismo, algo difícil si uno escribe acerca de la muerte de su amor. Pues bien, es el 28, Carta de marear, de César Iglesias, el que comentaré con más detenimiento. 
Fui uno de los sorprendidos al leer Lengua del duelo, su ópera prima, que vio la luz en 2016, cuando el poeta contaba 55 años de edad, lo que no es habitual en un principiante. "Una ética de la tristeza" titulé mi reseña. Publicó el año pasado Suena la nieve y volvió uno a ponderar su poesía, que llega al lector "a través de un lenguaje áspero, simbólico, tan contenido e intenso como doliente y preciso". 
Iglesias nació en Mieres en el 61 y vive en Oviedo, pero en una entrevista que le hizo hace poco José Luis Argüelles para La Nueva España (donde aquél trabajó como periodista) afirmaba que "su carácter se formó en Gijón en la década que transcurre entre las postrimerías del franquismo y el primer lustro de los años ochenta, cuando se consolida la Transición". De esa época dan buena cuenta los "22 poemas recuperados (1978-1984)", como reza el subtítulo, la de su adolescencia y primera juventud, agrupados ahora en esta plaquette que, en realidad, no deja de ser un libro breve que incluye ilustraciones del pintor Melquiades Álvarez y del diarista y fiscal Avelino Fierro, así como evocadoras fotografías de José Carlos Díaz. 
En la citada conversación con Argüelles (también poeta, por cierto), confiesa que "es un homenaje privado a la ciudad que conformó mi carácter, y destinado a amistades que también fueron protagonistas y testigos de aquel Gijón". Pero es en un hermoso texto en prosa que antecede a los poemas, "Cartografía menor", donde mejor expresa sus propósitos. "Hasta que arribamos al Gijón-Xixón luminosamente gris a finales de los años sesenta del siglo pasado yo era un habitante de ningún sitio". Un crío de "familia nómada". Cuenta que el asma ya le había llevado de niño a la playa gijonesa, veraneos que se alternaban con estancias "secas" en la provincia de León. Como todos (o casi), "en el tránsito de la adolescencia a la juventud me convertí en un extraño en la vida", lo que suele ir aparejado al ejercicio de la poesía, esa suerte de tabla de salvación. "Fue un tiempo de descubrimiento". De "la amistad, la política, la literatura, el cine, el arte, la música, el sexo y el amor". Los restos de aquel bello naufragio estaban guardados en una carpeta azul que "la persistencia de Eugenia en el amor" logró preservar más allá de "mudanzas y derrotas". "Del largo centenar de poemas, han sobrevivido veintidós, sometidos a las exigencias de quien ahora soy". Aunque el "latido emocional" permanecía, "el estilístico exigía cierta cirugía". 
Vaya por delante que el resultado no se queda en un mero ejercicio de nostalgia. Lo que leemos en Carta de marear son poemas que se sostienen como tales sin necesidad de recurrir a los vaivenes de la biografía. Distintos, sí, de los que hemos leído en sus dos libros, pero no por eso, insisto, muestras de vana retórica sentimental. Emociones y sentimientos hay en ellos, sin duda, pero ni menos ni más que en la mayor parte de los versos de cualquiera. 
Lo que a uno más le ha llamado la atención, por encima de esos logrados heptasílabos que con cadencia hipnótica seducen al lector, es la visión de una ciudad y, ya allí, del desnortado muchacho que la habita. Para los que amamos a Gijón, la suerte es doble. 
La señardá, esa forma norteña de la melancolía, lo tiñe todo. A las personas (algunas de ellas malogradas por culpa de la droga) y a los lugares: L'Atalaya (donde lee "L' infinito" de Leopardi), el muelle del Formentín, las calles de Cimavilla (que uno siempre ha nombrado Cimadevilla), el Campu les Monxes, la Punta de Liquerique, Los Mareantes, El Muro... Y el bar Escocia o el Islandia. Y el cine Brisamar y el Paradiso. Y el astillero. 
"Nadie nos avisó / de que somos los náufragos", escribe, lo que nos lleva indefectiblemente al mar ("en las olas escribo") y a los marinos de esa ciudad varada a orillas del Cantábrico. 
"Ser maldito no renta / si de la vida hablamos", leemos en el poema 17, el de "al volante del Seat, / ebrio y desesperado, / camino de Cabueñes", que nos recuerda al Pessoa del Chevrolet por la carretera de Sintra. O por la de Deva, donde tres amigos encontraron la muerte.
Sí, Gijón ("A esta ciudad me debo / a su brea insumisa / y al Nordés de sus calles, / donde la resistencia  a tanto sufrimiento / es hermosa y más cierta"), esa atmósfera: "este es nuestro paisaje / con sus desolaciones / de tarde de domingo". El de, por ejemplo, la estación de autobuses, a la entrada, "siempre tan gris, tan Alsa". 
Quien deambula por la ciudad (una ciudad que es todas las ciudades, ya se sabe) es un muchacho confundido que acierta a balbucir cuanto le pasa y lo traslada, ya en forma de poema, antes que a nadie a él mismo. "Nos creemos felices / tal vez un poco eternos. / La lluvia y las mentiras / ocultan nuestro error". 
Un acierto ha sido rescatar del olvido estos poemas. Este "autorretrato con retoques", que diría Jesús Pardo, por más que, como recordaba aquí atrás Arcadi Espada: “La autobiografía no existe. Siempre es otro el que escribe de uno”. 
Hace bien en agradecer a algunos amigos el impulso y la lealtad para conseguirlo. Completan, a su manera, la obra, no por breve menos interesante, de este poeta asturiano que cierra el cuaderno con un sencillo poema de amor que estremece. 

Carta de Marear
César Iglesias
Heracles y Nosotros, Gijón, 2020. 32 páginas.

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno.

7.10.22

Reseñables


Me refiero a algunos libros leídos recientemente que debería haber reseñado por el mero placer que me deparó su lectura. No hace falta volver sobre lo ya dicho

POESÍA

-Condición de refugio, de Jesús García Calderón (Alhulia).

-Las cuatro primeras entregas de El leopardo de las nieves. Libros de Clara Janés, Eliot Weinberger (traducido por Aurelio Major), Pedro Serrano y Ranjit Hoskote (en versión de Enrique Juncosa, codirector de la colección de Espacio Valverde junto a Andrés Mengs). Ya anuncian, por cierto, la segunda tanda. 

-Dos libros de La Veleta: Un palacio suficiente, de Jesús Montiel, y Las horas grises, de Luis Bravo.

-El faedor de reis, de Antoni Tàpies Barba (Stonberg).

-La vocación suspendida, de Lauren Mendinueta (Difácil).

-Tres libros de Pre-Textos: Arqueologías, de Ada Salas, La bestia ideal, de Erika Martínez y Cantar qué, de Juan de Beatriz.

-Dos libros de Los Versos de Cordelia: Los hilos rotos, de Antonio Rivero Taravillo, y Vertical de ausencia, de José Teruel.

-La nueva edición de Fragmento, de Marta Agudo (Godall).

-Un libro de Visor: La luz que enciende el cuerpo, de Ioana Gruia.

-Las últimas entregas de José Luis Puerto: Topografía de la herida (Eolas), la antología Nombres de la mirada (Calambur) y Fulgor de madre (Diputación de Salamanca).


PROSA


-La edad ligera, de Jacobo Cortines (Athenaica).

-Calendario, de Avelino Fierro (Días contados).

-El último romántico, de Tomás Pavón (Letras Cascabeleras).

-El diario de K, de Karmelo Iribarren (papelesmínimos).

Queda tanto por leer. Las últimas novelas de Álex Chico y Juan Ramón Santos, por ejemplo. Esto en prosa, que en poesía... 

28.1.15

La vida mitigada

© Guillermo Gallego
Ese es el hermoso título del último libro del poeta castellano Tomás Sánchez Santiago. Lo publica la leonesa Eolas Ediciones, en la misma colección que otros libros importantes ya comentados aquí, los de Juan Carlos Pajares y Avelino Fierro. Se presenta mañana en la librería Rafael Alberti de Madrid, junto a Zona de divagar, de Jordi Doce.
En "La escritura temeraria", palabras a modo de prólogo, leemos: "Estos textos nacen de esa manía temeraria de apuntarlo todo o casi todo según va llegando. No llevan mucho cincel y no pertenecen al mundo de la estridencia ni al de las gesticulaciones excesivas. Proceden más bien del lenguaje tranquilo o, todo lo más, de la necesidad de dejar congregado en pequeñas porciones lo que no acabó pudriéndose en una escritura de contrabando." "Doy cuenta de lo vi, de lo que oí, de lo que hubo cerca", añade. En "libretas de guardia". Y más adelante: "La vida mitigada, sí. ¿Qué otra manera de vivir es posible ya? Poco a poco, el ruido inaguantable del mundo nos ha ido expulsando a muchos hacia unas inmediaciones secundarias donde, cuando menos, es posible escuchar sin nervios las palabras de los otros, contemplar las cosas despacio y en sí mismas y tomar notas calientes de pequeños sobresaltos. ¿Para qué más?" Sí, podría uno repetir en lo que respecta a esta reseña. Está casi todo dicho. Sin embargo, algo puedo añadir; por ejemplo, que el libro está compuesto, ya se anticipó, de distintas partes que son, a su vez, diferentes libretas. Y que algunas anotaciones o apuntes se pudieron leer en otros sitios, aunque TSS carezca de blog. En Tam Tam Press, pongo por caso. O en fronterad, donde leemos: "Hacer. Recordar. Desear. (Presente, pasado y futuro). Quien pueda manejarlos a la vez con soltura podrá vivir sin miedo hasta el final. Todos los demás verbos son defectivos e irregulares".
Se mezclan las reflexiones acerca de la vida diaria (“Yo he sido siempre un cotidianista de la literatura”, dijo una vez) con las tomadas en los viajes, casi siempre a lugares conocidos y cercanos (el leonés es de Zamora y del 57). El Bierzo, Ciudadela, Cáceres, Soria, El Burgo de Osma (donde vivió), Urueña, Colombres, Salamanca (donde estudió), Segovia... Y Portugal, por supuesto. Más que un país, un estado de ánimo, un tono, común a no pocos escritores del Poniente español. "El dolor portugués (...) nunca hace ruido", dice parafraseando al poeta Marcial.
Lo normal es que se sitúen en bares de barrio, hospitales, el instituto donde trabaja y, sobre todo, en la calle y en casa. Desde la ventana que da a los gatos, pongo por caso, o a los transeúntes solitarios que habitan en "las ciudades calcinadas de interior". Como buen paseante, se fija mucho en los rótulos, en los carteles, en los letreros y anuncios callejeros. Si por algo se caracteriza el poeta es por su estado de atención permanente. Y su escritura, por la fijación en el detalle que refleja por medio de un castellano purísimo, en el mejor y más natural sentido del término, que casi siempre, sin forzar nada, se antepone a todo lo demás y, con sus iluminaciones, nos traslada a los reinos de la perplejidad y del asombro, tan cerca de nosotros casi siempre. Sí, este tímido de "tierras ensimismadas" conjuga de continuo el verbo mirar.
Más allá de las apariencias, el libro es un tratado de moral. Que nadie se asuste, ni hay moralina ni, stricto sensu, moralista. Pero hay moral, y ésta no es una de las menores virtudes de estos, digamos, diarios. Hay mucho de verdad aquí, y mucho de consuelo y de serenas advertencias sobre asuntos espinosos: la compasión, la amistad, los enemigos, el amor, la modestia... Por eso a veces adopta lo escrito un aire sentencioso, grave (sin solemnidad), aforístico.
Se habla de libros y de lecturas. Y mucho de poesía; así, en "Revuelto de frutos secos (Hojas sueltas: 2003-2012)". Y de escritores (JRJ, Gamoneda, Quignard...) y poetas: "El poeta es el que quiere estar siempre cerca de las cosas", escribe. O: "No es que la mirada del poeta vea las cosas por vez primera; más bien las ve como fuera de sitio. Su canto es de extrañeza, no de asombro". O: "Todo escritor es un fugitivo". Y de España y de política, temas eternos. Dos en uno. Y de muchas cosas menudas, diríamos, que, no obstante, tienen en su voz una hondura llamativa, perfectamente contada. Y de salud, de ahí "2007. Entre algodones (Días de hospital)". O de la edad, que avanza (en "Notas frías (Invierno de 2012)"). Abundan en el libro, por cierto, las menciones a los ancianos, a la vejez. A la fragilidad.
Porque el que anota es una persona inteligente, no faltan ni la ironía ni el humor, que a veces mueve, cuando menos, a la sonrisa. Por ejemplo cuando habla de un extravagante paisano mío y de la "demencia universitaria".
El volumen se cierra con un capítulo titulado "Sólo los mudos saben pronunciar la hache" donde TSS (que acaba de reeditar su novela Calle Feria) logra el doble salto mortal y medio (literario) al reunir en un único texto único (permítanme el alarde, especificativo y explicativo mediante), al reunir, decía, "entre memoria y fábula", el relato, la leyenda, el ensayo, la autobiografía ("tosansan"), el tratado y no sé cuántas cosas más (la poesía inclusive) para dejar en el lector un inmejorable sabor de boca a partir de esa novelesca invención con heterónimos incluidos. Hubiera bastado algo así para justificar la edición de este libro.
Estamos, en fin, ante una hermosa "sinfonía en mi menor", como bien dijo alguien, en contraste con lo habitual en estos casos: "la Modestia en Mi Mayor".
"(...) Uno cree que replegarse a ángulos discretos para vivir no supone perder intensidad; y una vida mitigada puede contener más interés que una existencia sustentada en el trasiego y en el culto compulsivo a la mudanza", escribe al principio de la obra. Uno, miembro de "esa cofradía que cuida de la vida mitigada", asiente. Sí, este es un "libro que da cuenta de un hombre tranquilo". Con qué sencillez. Con qué belleza. 

6.5.19

Próxima parada: el Reino de León
























Sí, lo reitero: he tenido mucha suerte con el "siroco". Por sus lectores. Los conocidos y los que no. Quienes expresaron sus impresiones por escrito mediante una nota en las redes sociales o con una reseña publicada en un periódico, una revista o un blog, y quienes lo hicieron en privado, por carta o en un breve mensaje. Y por los silenciosos. También con los presentadores del libro, que esta vez ha viajado más de lo habitual. En orden de intervención, Gonzalo Hidalgo Bayal, Jordi Doce, José Luis Bernal, Miguel Ángel Lama, César (Juce) Iglesias... Quedan aún dos presentaciones. Este viernes será en la capital del Reino de León, en su Feria del Libro, invitado por Héctor Escobar, presidente de la Asociación de Libreros leoneses y director de la misma, y, de nuevo, el presentador será de lujo: Tomás Sánchez Santiago. Será después de que pregonen, a dos voces, Marta Sanz y Avelino Fierro.
Cerraremos esta gira intermitente en Salamanca. En su Plaza Mayor. En otra Feria del Libro. Tomará entonces la palabra Isabel Sánchez; la única mujer, ay, de ese exquisito elenco. El sábado 18 por la tarde, a las seis y media.
¿Me ha acompañado o no la fortuna? Pregunta retórica. Demasiado. Gracias.

29.11.20

Una lista

A Llop -confiesa en su último libro de conversaciones- le gustan las listas. Como a Bonet y a Modiano, por mencionar a dos autores de su misma estirpe literaria. A uno, las de libros (que están de moda, no sé si porque ya no damos para más) no le disgustan, salvo que sean las de los mejores del año y eso que, mal que me pese, ya estoy con la de este maldito 2020. Porque a casa siguen llegando libros y a un ritmo sorprendente (el colmo ha sido recibir aquí atrás un sobre sin remite con cuatro libros dentro, de autores diferentes, los cuatro de poesía) y porque me resulta imposible dar cuenta detallada de algunas lecturas recientes, aunque me gustaría, y porque, en fin, hay libros de los que he disfrutado, decido no ya despachar esas lecturas en unas pocas líneas (lo que no tiene perdón), sino, directamente, con la mera mención del título de la obra y unas pocas palabras más. Una lista, por cierto, que ni es alfabética ni está ordenada por puntos. Una lista de lecturas completas y gustosas. De libros de verdad. 

Despedida, de Cees Nooteboom (Visor). A modo de testamento. 
El corazón y el mar, de Carlos Javier Morales (Adonais). El regreso a la isla, la madre y la infancia. 
La moneda de Carver, de Javier Morales (Reino de Cordelia). Un puñado de relatos donde la literatura se hace carne, al cabo mortal. 
La herida del aire, de Pelayo Fueyo (La Isla de Siltolá). Poemas de verdad para tiempos de mentira. 
17 segundos, de Kirmen Uribe (Visor). Tan lejos, tan cerca. 
Cambiar de vida, de Sergio Álvarez Sánchez (Evohé Desván). Yendo y viniendo con la identidad a cuestas. 
Reliquias, de Juan Bello Sánchez (Tulipa). Cuánto en tan poco. 
Teoría de la justicia, de Francisco José Chamorro (Hiperión). "Yo sólo quería salir de Extremadura". Atentos.
Estatuas de sal, de Avelino Fierro (Franz). Cartas desde la pandemia.
Anacronía, de Gerardo Rodríguez Salas (Valparaíso), una estupenda primera salida a escena con la muerte, Nueva Zelanda y Granada como temas. 
Aire en el aire, de José Luis García Martín (Libros Canto y Cuento), la demostración de que un haiku puede ser mucho más que "el soneto de los haraganes". 
En el principio era América, de Oscar Díaz (La Isla de Siltolá). Estamos ante una voz muy particular que funda su discurso en la sintaxis. 
Lo superfluo y otros poemas, de Alberto Santamaría (La Bella Varsovia). Un libro sorprendente que pone en evidencia que lo silenciario no es necesariamente frío y hermético.
Ir al norte, de Fernando Sanmartín (Libros del Aire Poesía. Colección Abra del Pas). Por la geografía de la imaginación. 
Recuento, de Octavio Gómez Millán (Los Libros del Gato Negro). Una ciudad sin mar: Zaragoza. El padre. 
Jardín con biblioteca, de Carlos Aganzo (Cálamo). "Yo no puedo luchar, no soy hoplita, / siquiera ciudadano / después de tanto como se ha perdido. / Pero aún puedo cantar (como la musa, / la cólera de Aquiles por los muertos)". 
Diré tu cuerpo, Maria Mercé Marçal (Ultramarinos). Traducción de Noelia Díaz Vicedo. Dos libros de la desparecida poeta catalana. "Soy alguien -una mujer- que escribe". Para ordenar el caos. En busca de la identidad. 
Ir al norte, de Fernando Sanmartín (Libros del Aire). Un viaje por la geografía de la imaginación. 

Nota: La ilustración corresponde a un cuadro de Manel Castro: "La biblioteca II"

10.6.16

Lecturas de verano: un avance

Llevo meses apartando lecturas para el verano. Libros demasiado voluminosos o de narrativa o simplemente de esos que a uno le apetece leer al borde de una piscina o en vacaciones, que cada vez están más cerca. Entre ellos, el que ilustra esta entrada, Cartas a sus amigos, de Ramón Gaya, en Pre-Textos, con prólogo de uno de ellos: Andrés Trapiello. O, en la misma colección, Prosa musical, de Gerardo Diego, coeditado con la Fundación que lleva su nombre. 
También tengo aparcados los Diarios de Jaime Gil de Biedma, en Lumen, aunque los leí por partes, según fueron publicándose. No me cabe duda de que una de las lecturas de juventud que más me marcaron fue Diario del artista seriamente enfermo
Esperan ensayos como Sobre nada y otros escritos, de Mark Strand (Turner) y La menina ante el espejo. Visita al Museo 3.0, de Luis Bagué Quílez (Fórcola). 
En narrativa, Yoro, de Marina Perezagua (Los Libros del Lince), y Playa Omaha, de mi admirado Gonzalo Calcedo (Salto de Página)
De poesía, Eso, de Inger Christensen (Sexto Piso), que andaba buscando después de leer AlfabetoFuera de sitio, la poesía reunida, hasta ahora, de uno de nuestros más brillantes poetas: Antonio Lucas; y Poesía soy yo. Poetas en español del siglo XX (1886-1960) (Visor), de Raquel Lanseros y Ana Merino, una amplia antología de 978 páginas que reúne poemas de ochenta y dos mujeres de este y el otro lado del Atlántico. El título juega con el verso de Bécquer y con ella el editor parece rectificar tras aquellas polémicas afirmaciones sobre la poesía femenina vertida en una ya famosa entrevista que le hizo Nuria Azancot para El Cultural. Ah, echo en falta a Olvido García Valdés o a Chantal Maillard y me alegro de presencias como la de Rosario Castellanos y la de mis paisanas Pureza Canelo e Isla Correyero. Ah, que conste: sólo la he ojeado. 
Especial interés tengo por tres tomos de diarios. El segundo de Avelino Fierro, Ciudad de sombra (Eolas Ed.), Segundo Cuaderno de St. Louis, de mi añorado Luis Javier Moreno (también en Eolas Ed.) y Diario de una vida breve, de Juan Manuel Silvela Sangro (Pre-Textos), en edición de José Muñoz Millanes. A medio camino entre la poesía y el diario está Entre zarzas y asfalto, de Alejandro López Andrada (Berenice), un libro escrito en una de esas encrucijadas que, a nuestro pesar, la vida se empeña en situarnos. 
Menudean otros libros encima de la mesa donde los voy amontonando sin remedio. De poesía, sobre todo. También están a punto de ser lecturas veraniegas. Ya toca.

12.9.21

Lecturas veraniegas II


Cómo he disfrutado con
 Breviario provenzal (Periférica), de Vicente Valero, uno de esos libros de los que no se sale. Tras subrayar con el lápiz más de la mitad, he aprendido, por una parte, y asentido, por otra, al amor de esa intensa lectura donde se mezclan la reflexión y los sentimientos. No es ese un viaje cualquiera. La coda que pone a sus anotaciones el apasionante puñado de poemas que conforman «Junio en casa del doctor Char» es la guinda del pastel, y perdón por el tópico. Miel sobre hojuelas, ya digo. 
Pude escuchar, para colmo, y con sumo deleite, una conversación con Valero en El Ojo Crítico, mientras bajaba en coche (despacito) El Puerto del Pico, en Gredos. Un puerto de montaña de los de antes, ya saben. Para ser exactos, la charla duró lo que va desde las inmediaciones del Parador Nacional (el primero de España) hasta el pueblo serrano de Arenas de San Pedro. El paisaje era el ideal para acompañar sus palabras acerca de la Provenza y algunos señeros artistas que vivieron allí. En el fondo, un ensayo sobre los orígenes de la poesía moderna, tan ligada a la noción de lugar y de paisaje. Y unos versos, por añadidura, que le confirman como el necesario poeta que es.
Hipondríaco confeso, me había resistido a leer los diarios de Juan Gracia Armendáriz, un hombre, desde muy pronto, seriamente enfermo (que diría Gil de Biedma), y mira que mi amigo Zoki me animaba a ello. Fuego amigo. Los restos de la escritura (Contrabando) no se me ha resistido. La vida y la literatura se funden en un libro lúcido y valiente, sin jeremiadas ni patetismos, propio de alguien que ostenta con humildad ambas virtudes. Un tipo de lo más perspicaz. Ahora me espera Guía de extraviados (Pre-Textos). Y vendrán más. 
Anotaciones en forma de diario son también las de José Ángel Cilleruelo en Dedos de leñador (Días de 2019) (Polibea), con prólogo de su editor, Juan José Martín Ramos. El profesor, el lector, el traductor, el poeta, el amigo, el padre, etc. (todos son Cilleruelo) se dan cita en estas páginas que no dejan de celebrar la cotidiana contemplación del tiempo. 
Sólo por el ensayo "Poesía: asombro, palabra, silencio" ya merecería la pena haber publicado Aproximaciones a la poesía y el arte (Visor Libros), de José Corredor-Matheos, nuestro poeta decano. La edición y el prólogo corren a cargo de Jesús Barrajón Muñoz. Pero hay más que lecciones de poética en el libro. Así, su análisis del haiku, las relaciones entre ciencia y poesía o sus certeras aproximaciones a las obras de Ángel Crespo y Cirlot. 
En este capítulo de la prosa debo incluir la lectura de Quasi una fantasía (Ediciones del Arrabal), la última entrega, por ahora, de Salón de Pasos Perdidos de Andrés Trapiello y la primera que no aparece en Pre-Textos. Y allí, para quienes hemos leído todo lo anterior, lo mismo, que es al cabo lo nuevo, porque a ese portento (lo igual y lo distinto a la vez), hechos puntuales mediante (tal o cual viaje, esta o aquella anécdota), asiste perplejo el que se interna en esta suerte de novela en marcha donde El Rastro (y JM.), Las Viñas (con escasa presencia en esta entrega), la familia (M., R. -y su boda-. y G., sobre todo, y su madre), los pretextos (y su Hokusai), ciertos escritores que detesta (CAM., por ejemplo, o IG., por su obsesión lorquiana) y otros que ama (Francis Jammes, Delibes y JRJ., pongamos), la Guerra Civil (corrige pruebas de la tercera edición de Las armas y las letras), las vanguardias (tan decorativas), las pesquisas en las librerías de viejo y, por no seguir, los múltiples desplazamientos que realiza en su resignada condición de escritor nómada realiza (del omnipresente París a la esquinada Antequera pasando por Sevilla o Córdoba, donde Cosmopoética no pudo ser) vuelven a ser protagonistas. Además del propio A., por supuesto. Me ha resultado especialmente emotiva la semblanza de José Antonio Muñoz Rojas, que muere ese año, el 2009. O las páginas que dedica a Julio Aumente o, en fin, esas otras que narran un encuentro con mujeres de clubes de lectura rurales.
Y por encima de todo, el lenguaje, esto es, el estilo, un tono que, desde la naturalidad, no deja de encandilarme. 
Pero habrá algo que afear, dirá quien lea. Sí. Se encuentra uno con demasiados restoranes parisinos exquisitos, pongo por caso. Y con numerosos hoteles lujosos y casas de postín. Y con académicos... franceses, bien sûr (con permiso de Rico). Ay, ni que el autor del exitoso Madrid (doce ediciones van ya) formara ya parte del Club de las Almendritas Saladas. 
Al estar reescrito, digamos, en 2020, la actualidad se cuela entre líneas. ¿Se hablaba en 2009 de heteropatriarcado, le dábamos tanta importancia a Cataluña y a los separatistas catalanes? No sé. 
Para el inminente otoño, con la fresca, me he reservado la lectura de La Fuente del Encanto. Poemas de una vida (1980-2021, volumen número 100 de la mencionada colección Vandalia, mucho más que una antología ya que se trata, en palabras de Trapiello de "una meditación sobre mi vida poética".
Dedicaré una reseña a los nuevos diarios viajeros de Fernando Sanmartín: Días en Nueva York y otras noches (Newcastle Ediciones), que me han encantado. 
Aguardan su momento la primera novela del poeta Enrique Andrés Ruiz, Los montes antiguos (Periférica), el Calendario de Avelino Fierro y, cómo no, Los vencejos de Aramburu (que lee Yolanda) y los relatos hervacianos de Bayal, con los que estoy ahora (lápiz y papel en mano para una reseña ya encargada). ¡Uf! Seguimos. 

Nota: Ilustra esta entrada "Lectora compulsiva", un acrílico sobre lienzo de Pablo Gallo.

18.6.20

Algunas lecturas recientes


Uno va leyendo, aunque ya no en un encierro, y disfrutando de libros y autores cuyos títulos y nombres acaso merezcan ser comentados aquí, aunque sea por breve y con la debida discreción. Ya que lo menciono, el poeta y crítico José Manuel Benítez Ariza ha empezado a publicar en su muro de Facebook reseñas de cincuenta palabras. Un don de síntesis llevado al extremo, sin duda. 

Estaba con Visita de año nuevo, de Antonio Moreno (Newcastle Ediciones) cuando murió mi prima Ana y tuve que abandonar la lectura. Porque ese libro, intenso y emocionante, escrito en mes y medio, trata de la muerte de la madre del poeta. También de su vida, conviene aclarar, sobre todo en los últimos años. Porque, además de una despedida, es una paseada conversación con ella (junto al mar), "trato de usar expresiones sencillas, palabras comunes. Las propias de un lenguaje claro", explica Moreno, que ya escribió sobre su vida y la de su familia en, por citar los más recientes, No lejos, El sueño de los vencejos (ambos en la misma editorial murciana) y Estar no estando (Un viaje extremeño), que publicó Pre-Textos. Se trata, sí, de "conjurar la melancolía con palabras". "Una madre muerta es un hijo muerto", anota. Y concluye: "Frente al amor que tú me diste, lo demás es literatura". 

El escandinavo, prolífico e incansable Paco Uriz, loado sea, publica en la zaragozana Erial Ediciones Hiperbóreas. Antología de poetisas nórdicas. En el prólogo escribe: "Ahora presento en castellano a estas cuarenta y tantas poetisas nórdicas con obras, más o menos agrupadas en secciones, que tocan el entorno físico, social y político del norte de Europa, el compromiso, el amor y el desamor y la muerte. 
Son voces que vienen de una zona geográfica donde la mujer parece que ha conseguido mayor nivel de emancipación, empoderamiento e influencia de todos los países del mundo. En varios de estos países ha habido, en los últimos años, mujeres como primeras ministras o jefas de la oposición. Pero a pesar de los avances indiscutibles siguen pensando que les queda mucho por hacer". 
Hay voces variadas y asuntos diversos, todos los que a una mujer de este tiempo le ocupan o preocupan. 
Copio, uno entre tantos, el poema "Con nadie", de la danesa Tove Ditlevsen (1917-1976):

Con nadie se pueden 
compartir 
los pensamientos 
más íntimos. 
Para lo más importante 
en el mundo 
se está 
solo. 

Eso es una 
carga eterna 
es un gozo sereno 
que ahí nadie 
pueda llegar a ti 
ni nadie quedar encerrado.

La valenciana Pre-Textos, que no deja de dar en el clavo, publica dos libros de poesía dignos de elogio. Uno, Hágase mi voluntad, del italiano afincado en Málaga Ángelo Néstore (Lecce, 1986), performer y profesor en el Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Málaga. Fue premio "Emilio Prados". La transgresión es aquí norma. Un quebranto, digamos, que empieza por el lenguaje (esto es poesía) y sigue por todo lo demás, si es que fondo y forma, eterno dilema, son entes escindibles. Aquí no lo parece, por ejemplo, cuando trata del tema de la violencia en manada ("Lo bárbaro" se titula la primera parte) o la obediencia. "Marica", "Cíborg" o "Poema contra mí mismo" son elocuentes: "He decidido tirar piedras contra mi herencia / porque yo soy el enemigo / y escribo mi dolor para aceptarlo". 
En la segunda parte, "Lo inhabitable", ahonda aún más en su mundo, la voz es descaradamente autobiográfica, y ofrece poemas tan logrados como "Tú es un altro" (donde intercala versos en castellano e italiano, su lengua materna) o "De por qué me pongo tus camisas usadas", que cierra un volumen que no ha de dejar indiferente al lector. 

El otro, La vida en ámbar, de Julián Montesinos (Alicante, 1963), de tono bien distinto, sigue una línea clásica muy marcada en la poesía escrita por poetas levantinos como el recién aludido Antonio Moreno (hay un epígrafe suyo en la obra), Antonio Cabrera o Vicente Gallego (al que también se cita). La naturaleza aporta serenidad a esta mirada bondadosa y limpia que aterriza en lo cotidiano. Allí, el padre y su caja de herramientas, los afectos, las ausencias, la luz de la tiza, la soledad... Lo de siempre que, por serlo, siempre es nuevo. 

Hilario Barrero, toledano de Brooklyn, ha invitado a treinta amigos (o así) del poeta, profesor y crítico José Luis García Martín a que hablen de él o elijan algún poema suyo y lo comenten. Para celebrar el setenta cumpleaños de Martín (ayer, 17 de junio, fecha del colofón del libro), como le llaman casi todos, que coincide, además, con su jubilación laboral forzosa. El título, cuidadosamente editado por Impronta bajo el sello Cuadernos de Humo, surge de una cita de Nietzsche: Alrededores de José Luis García Martín. En el prólogo, Barrero, cronista de pro, escribe sobre algunas visitas del avilesino de Aldeanueva a la ciudad de Nueva York, tan suya como Nápoles o Sofía, donde tiene su sede la colección que dirige HB. La nómina de colaboradores es variada: Ricardo Álamo, Carlos Alcorta, Javier Almuzara, Xuan Bello, Susana Benet, Juan Bonilla, Ángeles Carbajal, José Cereijo, José Ángel Cilleruelo, Luis Alberto de Cuenca, Avelino Fierro, Vicente Gallego, Enrique García-Máiquez, Fernando Iwasaki, Juan Lamillar, Victoria León, Abelardo Linares, Cristian David López, Martín López-Vega, José Luna Borge, Antonio Manilla, Rosa Navarro Durán, Manuel Neila, Lorenzo Oliván, José Luis Piquero, Daniel Rodríguez Rodero, Marcos Tramón, Andrés Trapiello y Ana Vega. También uno aporta (con perdón) su visión del controvertido, por singular, personaje; tan esquivo casi siempre. Por cierto, el único extremeño del elenco. 
Por su extensión y, en consecuencia, por la calidad de sus detalles, sobresale el texto de Trapiello, que conoce bien al autor de "Lo imposible". Como otros, no se limita a comentar uno (o varios) de sus poemas, sino que cuenta anécdotas de Martín y las relaciona, cómo no, con su propia vida. 
Destacable me parece también lo dicho por otro de sus grandes amigos (aunque nadie sea capaz de definir lo que, tratándose de este hombre, eso signifique): Abelardo Linares. 
En fin, no es cuestión de ir uno por uno, aunque, y eso es lo que importa, la idea de Barrero haya cuajado en una obra tan particular como la persona que la inspiró, para bien o para mal, pues la cosa va por barrios; un nombre imprescindible (si es que a larga alguno lo es) de la poesía española contemporánea, tanto en su vertiente crítica como en la creativa, lo que demuestra de sobra la amplia antología de poemas martinianos que el libro incluye, razón de más para leerlo. 

Precioso es, por fuera y por dentro, este nuevo libro del aragonés residente en Madrid Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) publicado por la veterana Olifante, que dirige Trinidad Ruiz Marcellán. Hay en Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones una curiosa mezcla de sabiduría (muchos versos pasarían por aforismos: "La memoria es una llave maestra") y desenfado, de gravedad e ironía. Lo prosaico y lo lírico. Lo meditado y lo que sólo surge de la inspiración. Muy bien dosificada, cabe añadir. "¡No leas humo!", dice en el primer poema. Esta poesía, a buen seguro, no lo es. Y añade: "¡Aunque sea sobre agua escribe fuego!", que no deja de ser una excelente poética. "La sencillez" se titula otro poema, digamos, programático. Porque "Tenemos esta vida en alquiler". La visión de la vida desde las postrimerías (que deseo largas) quita muchas telarañas a los versos de casi cualquier poeta. Espmark diría: el estilo tardío. Por medio, el amor, los viajes, la casa, el exilio, la familia, los viejos... Hay muchos signos de admiración en este libro ("¡Qué sagrada la luz que nos apaga!") donde predomina lo hímnico. 
Los deslumbramientos (el verdadero poeta no abandona nunca la perplejidad) termina con un poema que a uno se le antoja machadiano: "Muy dentro". 
En las recapitulaciones, que tienden a lo versicular, se pregunta, piensa, rememora, se tapa los ojos, vuelve, recapacita, evoca, mira, ve... "Cultiva la serenidad. Vive austero", recomienda. Antes dijo: "Envejecer es un catálogo de averías, un repertorio de reparaciones". O: "Somos parte de la destrucción, / ruina nosotros mismos". Para concluir: "Fui amanecer. Soy ocaso". 

Nota: La ilustración corresponde al cuadro "Andreas Reading", de Edvard Munch.