19.2.19

Últimos poemas de Mario Míguez

Suele ocurrir. Ocurre. Que de pronto se muere un poeta o le dan un premio importante a otro que aún vive y la invisibilidad (pura paradoja en el primer caso) desaparece y todos hablan de él (o de ella, of course) y pasa a estar en el centro de todas las conversaciones y a ser (en el segundo caso) el invitado a todas las fiestas. ¡Descubierto! Él, sí, pero también su obra, que es lo que interesa. Podría estar ocurriendo ahora, cambio el orden, con Basilio Sánchez, a partir de lo del Loewe, y con Mario Míguez, por culpa de la publicación, en su editorial de toda la vida, Pre-Textos (Manuel Borrás, su editor, contra viento y marea, confió siempre en él), de un libro póstumo que me ha impresionado: Casi es noche.
Como cuenta Vicente Gallego (prologuista y dedicatario), conocí los primeros versos de Míguez (Madrid, 1962) gracias a la mítica revista Poesía, en una antología del novísimo Vicente Molina Foix en la que presentaba a cinco poetas jóvenes, entre ellos, Luis Cremades, Leopoldo Alas y Míguez, que entonces tenía veinte años. Luego éste publicó 23 poemas, Pasos y El cazador (todos en Pre-Textos, ya se dijo). Tras su muerte, en 2017, a causa de una rápida enfermedad, vio la luz La cabeza de Tomás Moro y otros poemas católicos, un libro publicado por Renacimiento con prólogo de José Mateos. El propio Mateos editó en Libros Canto y Cuento la antología Ya nada más y, de nuevo en la mencionada casa sevillana, apareció el año pasado el florilegio Difícil es el alba, en edición de otro de sus amigos, José Cereijo.
Hasta ahora, con todo, no había caído uno en la cuenta, más vale tarde que nunca, de la calidad de su poesía, algo que achaco a varias razones. La primera, porque acaso este libro sea el mejor de los suyos (faltan un par de inéditos), aunque esto puede sonar a excusa de mal lector. La segunda, porque el emotivo prólogo de Gallego anima y orienta su lectura de manera impecable. La tercera, porque el azar tiene estas cosas, juega con estas argucias, y nadie, por listo que se crea y omnisciente que se considere, puede dar cuenta de todo y, en consecuencia, haber leído todos los libros, que diría el conocido vate francés. Lo importante, al fin y al cabo, es haber llegado y ese feliz encuentro justifica esta reflexión, porque la lectura siempre es el fin.
Por lo demás, acaso sea pertinente, a tenor de lo leído, recordar que Míguez se dedicó a acompañar a enfermos terminales como agente pastoral de la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital San Rafael ​de Madrid, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Nunca hizo vida literaria. Quizá la máxima provocación de este hombre pudoroso fue la de ser un auténtico católico. Y no ocultarlo.
Lo que más importa, los poemas, adoptan un tono formal clásico, en el mejor sentido. En buena medida por los endecasílabos blancos o ajustados a la formalidad de la rima en el caso de los sonetos. Endecasílabos de los que Gallego destaca su "soltura y ligereza".
El ritmo es otro elemento indispensable, algo lógico, dirá el lector, si hablamos de metros tradicionales; con todo, la música de Míguez hace cierto aquello que escribió en El ojo que escucha su editor y amigo José Mateos: "A la música se la reconoce por su silencio". Porque "La música humana es una manera emocionante de organizar ese silencio y, al organizarlo, una manera de conseguir que lo escuchemos... a lo lejos".
Me ha llamado la atención el uso que hace de los puntos suspensivos, un signo ortográfico que abunda. Según el DRAE, para "señalar la interrupción de un discurso, para darlo por conocido o sobrentendido, para indicar vacilación o para sugerir un final abierto", que de todo puede haber aquí, y más aún. 
Dios, el amor, la obediencia, la ira, el desconsuelo, el perdón, el dolor y el sufrimiento (leemos en "Nada sabe": "Nada puede saber quien no ha sufrido" y "No hay saber sin dolor, sin sufrimiento..."), la mirada ("en mis ojos coinciden mundo y gloria")... Estos son, entre otros, los asuntos de los que se ocupa esta poesía meditativa y serena que sería demasiado simple calificar de mística. 
Si tuviera que elegir un poema, cosa difícil habiendo tanto y tan bueno donde elegir, me quedaría con "Sum qualis eram". O con el extenso que cierra, virtuosamente, el conjunto: "El insepulto" (en la estela de "Argos"), uno de los más bellos y emocionantes del libro.
Dejo para el final un comentario que tiene y no que ver con esta obra. Me refiero a que Míguez bien podría haber sido incluido en La luz se hizo palabra. Antología de poesía contemporánea judeocristiana en España, una obra que ha editado para O_Lumen el fraile dominico y poeta Antonio Praena y en la que ha reunido a algunos de los muchos poetas (de Pablo García Baena a Gonzalo Gragera) que han expresado en sus versos contenidos o principios de esa tradición religiosa.

Sum qualis eram

Qué mal me amaba yo cuando era joven
pues no sabía aún ser el que yo era.
Cuánto he tardado en aprender a amarme,
en aprender a ser el que fui siempre.
Soy por fin el que ya era, el verdadero,
el que estaba ya en mí desde el principio,
y puedo amaros ahora como me amo
ofreciendo este amor que en mí sentía.
Y todos decís no reconocerme...
No... Es que nunca me habíais conocido.