Samuel Brussell, escritor de origen judío residente en Suiza, es el autor de Alfabeto triestino que publica, con la pulcritud habitual, Fórcola. La traducción es de Gabriela Torregrosa y el prólogo de Juan Bonilla, lo que no deja de ser un aliciente. No decepciona. Comienza aportando un dato demoledor: a principios del siglo XXI, el 70% de los italianos "ignoraban que Trieste perteneciese a Italia". Subraya, a partir de lo leído en Brussell, que "una ciudad son sus poetas" y que "uno no nace triestino, se hace". Esa ciudad fronteriza y extraña, tan rara como los escritores de allí (Saba, Pittoni, Bazlen, Stuparich, Slataper, Voghera, etc.) o de paso (Joyce y Stendhal, entre ellos). Por cierto, me ha llamado poderosamente la atención que no se mencione en ningún momento a Claudio Magris, el triestino más conocido (y reconocido) entre nosotros. La bora (qué ciudad literaria no aspira a tener su propio viento), las librerías de viejo (la Antiquaria), las editoriales (Zibaldone), el café San Marco (el de Microcosmos), sus alrededores... Un libro, sí, a la altura de una de las ciudades más escrita del mundo.
26.10.22
20.10.22
Debut
Me da que por una vez, y sin que sirva de precedente, el editor va a tener razón: "pienso que Los reales sitios es uno de los debuts poéticos más interesantes de los últimos años", escribe sin empacho Unai Velasco, de Ultramarinos, en la impecable nota que abre el volumen.
Noqueado todavía por el frívolo experimento de Babelia y esa dichosa manía de tratar a los libros como si fueran caballos de carrera, me cuesta afirmar un hecho así, pero tras la gratísima lectura de estos veinticuatro poemas que publica, a los veintitrés de su edad, el madrileño Juan de Salas no tengo más remedio que reconocer en voz alta su calidad. Es, o eso me parece, un libro logrado. Y eso basta. Quiero decir que esto no es un ranking sino algo mucho más apasionante y misterioso, ajeno a otra cosa que no sea la poesía a secas.
"Patrimonio Nacional", "13" (mi preferido), "Jardín nuevo" o "Nuevas formas de alejarse del centro" (uno de los "Tres cuadros de una zarzuela para irse de la ciudad") bastarían para justificar lo que digo. No, no todos los jóvenes escriben parapoesía. Libros como este (con un título, por cierto, tan afortunado), en las antípodas de esa penosa moda, demuestran que hay margen para la esperanza. Aquí hay ideas y hay lenguaje.
Como remata Velasco: "Sea como sea, Los reales sitios es una vía directa hacia una poética comprometida que no vacila en lo sentimental sin dejar de pagar los peajes que se le piden al poeta: singularidad, presencia en el
mundo y articulación de la lengua". Pues eso.
7.10.22
Reseñables
Me refiero a algunos libros leídos recientemente que debería haber reseñado por el mero placer que me deparó su lectura. No hace falta volver sobre lo ya dicho.
POESÍA
-Condición de refugio, de Jesús García Calderón (Alhulia).
-Las cuatro primeras entregas de El leopardo de las nieves. Libros de Clara Janés, Eliot Weinberger (traducido por Aurelio Major), Pedro Serrano y Ranjit Hoskote (en versión de Enrique Juncosa, codirector de la colección de Espacio Valverde junto a Andrés Mengs). Ya anuncian, por cierto, la segunda tanda.
-Dos libros de La Veleta: Un palacio suficiente, de Jesús Montiel, y Las horas grises, de Luis Bravo.
-El faedor de reis, de Antoni Tàpies Barba (Stonberg).
-La vocación suspendida, de Lauren Mendinueta (Difácil).
-Tres libros de Pre-Textos: Arqueologías, de Ada Salas, La bestia ideal, de Erika Martínez y Cantar qué, de Juan de Beatriz.
-Dos libros de Los Versos de Cordelia: Los hilos rotos, de Antonio Rivero Taravillo, y Vertical de ausencia, de José Teruel.
-La nueva edición de Fragmento, de Marta Agudo (Godall).
-Un libro de Visor: La luz que enciende el cuerpo, de Ioana Gruia.
-Las últimas entregas de José Luis Puerto: Topografía de la herida (Eolas), la antología Nombres de la mirada (Calambur) y Fulgor de madre (Diputación de Salamanca).
PROSA
-Agua y jabón (Apuntes sobre elegancia involuntaria), de Marta D. Riezu (Anagrama).
-La edad ligera, de Jacobo Cortines (Athenaica).
-Calendario, de Avelino Fierro (Días contados).
-El último romántico, de Tomás Pavón (Letras Cascabeleras).
-El diario de K, de Karmelo Iribarren (papelesmínimos).
Queda tanto por leer. Las últimas novelas de Álex Chico y Juan Ramón Santos, por ejemplo. Esto en prosa, que en poesía...
22.9.22
Bautista y Sanmartín
Amalia Bautista
La Bella Varsovia, Córdoba, 2022. 64 páginas. 11 €
Amalia Bautista (Madrid, 1962) es autora, entre otros, de Cárcel
de amor, Cuéntamelo otra vez, Hilos de seda, Estoy
ausente, Pecados (con Alberto Porlán), Roto Madrid
(con fotografías de José del Río Mons) y Falsa pimienta. Reunió su poesía
en Tres deseos (2006 y 2010). En 2017 publicó en México La sal en
nuestros labios y aquí, en 2019, Floricela, un libro de poesía
infantil.
Con una voz bien definida y una trayectoria coherente, esta
nueva entrega devuelve al lector su mundo particular, asentado en las pequeñas
cosas y los sucesos cotidianos, donde la difícil sencillez de sus versos (léase
“Agua”, que da título al libro) y su delicado tono intimista desvelan, desde la
perplejidad, esos misterios que toda vida entraña. No en vano los elogió Ana
Luísa Amaral, con la que coincide a la hora de elevar a poético lo
aparentemente menudo. Unas zapatillas de baile, los quitamiedos, una mariposa o
soñar con una rata. “El pesaje del corazón” le habría encantado a la
portuguesa.
Hay algo de recuento, acaso por el peso de la edad (“Atado
de años”), y bastante melancolía (“Pétalos caídos”) en estos poemas dedicados a
su madre donde la infancia aflora (“Pero crecemos y olvidamos cosas, / por lo
menos, las cosas importantes”).
En “Eco”, las hijas, sus habitaciones vacías. En “Venus del
espejo”, las mujeres; los hombres en “El hombre que camina”. La indignación (lo
moral) en “Canto de las espigas”. “Fragmentos” revela una poética. No falta
tampoco la alegría. “La terraza” y “El tesoro” dan fe de ello.
La tercera parte incluye poemas de amor. Más allá de “lo
razonable”. “Siempre tú”, con quien comparte los cuatro ríos: el del “agua
fresca”, el de “la lecha más pura”, el “de vino” y el “de miel”. “Vals de las
ciudades” y el memorable “Sursum corda” dan la medida de una poesía
hecha de realidades, no de humo, como quería el poeta catalán Joan Vinyoli.
CONCIENCIA DEL ENIGMA
Evitar la niebla
Fernando Sanmartín
Papeles Mínimos, Madrid, 2022. 50 páginas. 15 €
Además de libros de memorias, de viajes, de relatos,
dietarios y novelas, el poeta Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) ha publicado Manual
de supervivencia -consejos inútiles-, Noches de lluvia en el
embarcadero, Antes del hielo, Infiel a los disfraces, El
llanto de los boxeadores, El peligro de los círculos e Ir
al norte.
Evitar la niebla, que consta de catorce poemas sin título, se abre con citas de Argullol y Modiano, uno de sus maestros, sobre la impresión de errar el camino a diario. Al deber de esperar se refiere la de Nooteboom, al principio de la primera parte y menciona a Aira en el verso inicial porque “dice que somos lo que escribimos”. Lector contumaz e inquieto viajero (“Necesito que no me abandone / lo lejano”), por sus versos pululan numerosos personajes, literarios o no (el rey Juan Carlos “piensa en el monasterio de Yuste”). Y ciudades: Londres, Dublín y, sobre todo, París.
Sanmartín entiende el poema como “este lugar hecho para guarecerme / o conquistar la sed, / la ficción / que refleja / mi última estrategia”. Los protagoniza alguien que es y no es él. Porque yo es siempre otro. Un “desconocido” (“Dentro de mí / tengo una habitación desordenada”) que dialoga habitualmente consigo mismo (la identidad como tema), con una mujer o un médico: “¿Dejará de doler?”. Uno que siente miedo “de lo que no me infunde miedo”.
Suelen ser historias comprimidas, pequeñas narraciones líricas donde menos es más. Escritas con la intención de que parezcan improvisadas, dictadas por la inspiración, veloces y ligeras. Propias de quien se sume en el asombro. Exigen al lector su réplica.
Evitar la niebla
Fernando Sanmartín
Papeles Mínimos, Madrid, 2022. 50 páginas. 15 €
Evitar la niebla, que consta de catorce poemas sin título, se abre con citas de Argullol y Modiano, uno de sus maestros, sobre la impresión de errar el camino a diario. Al deber de esperar se refiere la de Nooteboom, al principio de la primera parte y menciona a Aira en el verso inicial porque “dice que somos lo que escribimos”. Lector contumaz e inquieto viajero (“Necesito que no me abandone / lo lejano”), por sus versos pululan numerosos personajes, literarios o no (el rey Juan Carlos “piensa en el monasterio de Yuste”). Y ciudades: Londres, Dublín y, sobre todo, París.
Sanmartín entiende el poema como “este lugar hecho para guarecerme / o conquistar la sed, / la ficción / que refleja / mi última estrategia”. Los protagoniza alguien que es y no es él. Porque yo es siempre otro. Un “desconocido” (“Dentro de mí / tengo una habitación desordenada”) que dialoga habitualmente consigo mismo (la identidad como tema), con una mujer o un médico: “¿Dejará de doler?”. Uno que siente miedo “de lo que no me infunde miedo”.
Suelen ser historias comprimidas, pequeñas narraciones líricas donde menos es más. Escritas con la intención de que parezcan improvisadas, dictadas por la inspiración, veloces y ligeras. Propias de quien se sume en el asombro. Exigen al lector su réplica.
NOTA: Las reseñas de los libros de Amalia Bautista y Fernando Sanmartín se han publicado en EL CULTURAL.
19.9.22
15.9.22
12.9.22
Compartiendo el sosiego
Ana Luísa Amaral
Traducción de Paula Abramo
Sexto Piso, Madrid, 2022. 200 páginas. 20 €
La profesora, poeta, ensayista y traductora portuguesa Ana
Luísa Amaral (Lisboa, 1956), pero residente, desde niña, en Leça de Palmeira,
cerca de Oporto, donde murió el pasado 5 de agosto, ya había publicado en España Oscuro (Olifante, 2015) y What's In a Name (Premio del Gremio de Libreros de Madrid, Sexto
Piso, 2020), así como la antología El exceso más perfecto, editada por Pedro Serra para la Universidad
de Salamanca (2021) con motivo de la concesión del Premio Reina Sofía de Poesía
Iberoamericana. Sus versos también figuran en los florilegios Portugal: La mirada cercana (Hiperión) y Sombras de porcelana brava: Diecisiete poetas portuguesas (Vaso Roto). En su país está en prensa Poesia Reunida (1990-2021), un
volumen que recogerá su obra poética completa. Mundo es su décimo
séptimo libro de poesía. En el primer poema leemos: “conmigo compartid /
este sosiego”.
“Emily
Dickinson [a quien dedicó su tesis
doctoral] decía que la poesía es posibilidad. Poesía puede serlo todo porque es
una forma de abrirse al mundo y al otro”, señala Amaral. Y entre la realidad
más cercana −lo cotidiano (“O de un casi marítimo papel chino”) y lo menudo
(“El soplo”)− y la inevitable presencia del semejante −lo ético (“Tren a
Cracovia”)− se conforma esta poética que aporta claridad a lo oscuro, luz al
misterio. Ella se ha referido a su “mirada diagonal a las cosas”; visión inseparable,
cabe subrayar, de su condición de mujer. De mujer feminista, además.
Porque, según ella, “todo poema trata de quien lo escribe”, ese
mundo (y la historia y la política) y ese yo (y su genealogía) son,
inequívocamente, los suyos.
Observadora nata, atenta a cuanto sucede a su alrededor, trae
a sus composiciones a los seres y a las cosas más comunes. Animales (la primera
parte, “Casi en égloga, gentes”, es una suerte de bestiario): el ciempiés, la urraca,
la ballena azul, la araña, el pez, la abeja, el pavorreal, la gata, etc.; árboles
(“Marcas”) y plantas (el jardín ocupa un lugar central en su universo y );
cosas: la mesa, las botas, el cuchillo, la aguja, etc.
Sorprende el salto que da desde lo anecdótico y casual hasta
lo sustancial y razonado. Por eso sus finales son tan insólitos como imprevisibles.
Para conseguirlo, su lenguaje se adapta a la aparente sencillez y busca la
concisión, la sobriedad y la elipsis; algo que aprende de la tradición poética
anglosajona, que tan bien conoce. No le hace ascos al humor y a la ironía ni
teme pecar de prosaica. Ni a los clásicos, como se aprecia en el romance rimado
que dedica a la araña.
La atmósfera dickinsoniana, tan propia de ella, se respira
en “El viento y la flor”; ejemplo de un minimalismo que usa con naturalidad.
Destacaría del conjunto los poemas “La mesa” (“Mi patria / es
esta sala que se abre a la terraza / y es también la terraza con sus flores…”) ,
“La lucha” (“Ahora lo que importaba / era sobrevivir , / ser libro”), “Oda al
cigarrillo”, “Hoyo negro…” (“Mirar la oscuridad / de lo invisible”) , “La casa
y el tiempo” (sobre versos que perdió), “Hablando lenguas” (en Praga) o “Qué
será, será: mundos después”.
NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.
11.9.22
Intenciones preotoñales
Escribí esta entrada hace meses. Sólo ahora, muchas vueltas después y espoleado al final por un chocante comentario de Rosa Berbel sobre "los hombres críticos", me decido a publicarla.
Quería curarme en salud cuando añadí una entradilla con más títulos y alguna explicación al artículo de El Cultural donde sugería la lectura, como se me había indicado, de cinco libros de poemas para el número especial de la pasada Feria del Libro de Madrid. Me sirvió de poco. Le faltó tiempo a un poeta al que aprecio, bien lo sabe, para darme a entender que se sentía excluido. Y en qué tono. Para empezar, cuando envié el texto, ni siquiera había salido su libro. O a mí no me había llegado. O las dos cosas a la vez. Para seguir, no lo había leído, que es la clave. No fue el único en mostrar su malestar. Ya se sabe que el de los poetas (y las poetas, cabe precisar por una vez) es un gremio suspicaz. Demasiados egos revueltos, diría el canario. ¿Tan importante era aparecer ahí? ¿Tan poco confiamos en los libros que escribimos y en su inevitable autonomía? ¿No habíamos quedado en que los suplementos y la crítica no servían para nada? Está uno cansado. De encajar reproches sin sentido; de recibir libros a diario (con un infinito agradecimiento, matizo: me honra ese gesto); de no poder leerlos todos; de limitarme a acusar recibo de su llegada (si tuviera que mandar una opinión de cada uno...); de la añadida carga de conciencia que supone hablar o no en público de ellos... Sí, porque uno no comenta nunca libros que no ha leído. De cabo a rabo, quiero decir. Cansado, en fin, de que el silencio, curiosa paradoja, sea tan gravoso y, sin embargo, el comentario favorable valga nada o casi. Se da por supuesto: "te dedicas a eso", me han escrito. De hecho, no pocos te piden sin ambages una reseña cuando te mandan su ejemplar amablemente dedicado. Ingrata tarea esta. Trapiello ha citado más de una vez a Baroja: "El oficio de reseñista literario es el más triste y deslucido de todos". Cuánta razón. (Por otra parte, el romántico alemán Jean Paul, recuerda Fruela Fernández, decía: "haced que un hombre escriba una reseña y lo conoceréis de veras".) Y para qué, se pregunta uno de continuo. No, no es cuestión de dilapidar el tiempo, en especial cuando se acaba (lo traía a colación Ignacio Echevarría en las columnas que dedicó aquí atrás a la lectura: "Lector en público", 1 y 2). Con lo que cuesta, además, escribir las dichosas reseñas... Por eso, siquiera de momento, abandono. Dejo de comentar en voz alta algunas lecturas, sólo eso. Sin dramatismo, qué necesidad. Simplemente, informo. Para evitar molestos equívocos. Por educación también. No quiero herir a nadie. En lo sucesivo, sólo escribiré las reseñas que me encargue Nuria Azancot para El Cultural y las de Raúl C. Maícas para Turia. Hasta que ellos quieran, claro. Y alguna, por fidelidad, irá a Cuadernos Hispanoamericanos, ahora en manos de Javier Serena. También a Anáfora y a El Cuaderno, donde sé que siempre se me espera. Sí, habrá excepciones. Pocas. Espera una en el penúltimo número de Clarín, una revista que, por desgracia, desaparece. Bien que lo siento. No obsta para que el blog siga siendo mi abierto cuaderno de bitácora, mal que les pese a algunos puristas del género crítico, que desprecian a los blogueros. Pero, insisto, ni puedo ni quiero continuar así. "Escribes mucho", me reprochaba aquí atrás con ironía un amigo. Con razón, a buen seguro. Ahora quiero leer con la debida calma y sin obligaciones, encargos mediante. Cuando desaparezca, eso sí, este bloqueo que me atenaza por culpa de la sobrevenida avalancha. Y cuando, de paso, el maldito calor de este verano interminable cese. Pensaba leer mucho de lo no leído y sin embargo... Ah, y no sólo poesía contemporánea, que últimamente... Será, de ahora en adelante, ya digo, sin presiones, presuntas o no. Esa enojosa carta, que tan desprevenido me pilló, ha sido una suerte de puntilla. Bien está.
Me gustó mucho la entrevista que le hizo el poeta y periodista asturiano José Luis Argüelles al crítico literario Francisco García Pérez para la mencionada revista Clarín. "Contra petulantes y otros críticos", se titulaba. Su tono, el de alguien que se siente decepcionado. Allí decía que lo que le gustaba era "hacer descubrimientos, hablar de las obras nuevas que merecen la pena" y no "dar palos". Añadía que una reseña ha de estar "bien escrita" y que la crítica de hoy (él se ha dedicado sobre todo a la narrativa y es especialista en la obra de Benet) era "muy complaciente". Explicaba que "en el primer curso de crítico literario deberían enseñar lo siguiente: nunca vas a satisfacer a todo el mundo". Pues eso. Esa asignatura la tengo aprobada. Y con nota.
4.9.22
Una sorpresa
Miguel Ángel Lama publica en su blog Pura tura la entrada "Jardín privado compartido". Se lo agradezco. También a Yolanda y a cuantos fueron cómplices de una de las sorpresas más agradables de mi vida.
21.7.22
La web de Rosillo
Carlos Turpin, que ya diseñó y dotó de contenidos la página web personal de Guillermo Carnero (y la de uno), acaba de hacer lo propio con Eloy Sánchez Rosillo. Como es una persona con gusto y con criterio, la del poeta murciano ha quedado tan sobria y elegante como su poesía. Y como él, cabría añadir. Invito al lector curioso y, más aún, a los admiradores de los poemas de Rosillo a que naveguen por sus secciones y vean, lean y descubran. No es una mala ocupación para este tórrido verano.
11.7.22
La pavorosa belleza

El
colombiano Ospina (Tolima, 1954), amén de
ensayista (Los nuevos centros de
la esfera, América mestiza, etc.) y novelista (Ursúa, El País de la Canela y La
serpiente sin ojos) es autor de los libros de poesía Hilo de arena (1984), La luna del dragón (1991), El país del viento
(1992) y ¿Con quién habla Virginia
caminando hacia el agua? (1995). Estos y un puñado de Poemas tempranos, África (1999),
así como una selección de La prisa de los
árboles (un libro “inacabado”) conforman el núcleo de su poesía a la que,
para esta edición, Ospina añade dos extensos libros inéditos: Más allá de la
Aurora y del Ganges y Sanzetti, que ocupan la mitad de un volumen
de 600 páginas y cincuenta años de escritura.
En Ospina sobresale su condición de poeta, uno de los más señeros del panorama lírico
hispano. Lo descubrí en la certera antología de Ramón Cote Diez de ultramar (Visor, 1992).
“Unas pocas palabras iniciales” abren estos poemas reunidos.
Pronto, al leer los que recupera de sus comienzos (“trozos de espejos rotos”),
se nos impone la presencia de Borges, más que un maestro. Esos particulares sonetos
y muchos versos más podría haberlos escrito el argentino. Como él, utiliza
prólogos al frente de sus entregas, compuestas por poemas extensos de versos
interminables donde se aprecia un extraordinario dominio de las formas, la
métrica (muy variada) y el ritmo, una música majestuosa y elegante por demás. No
suele faltar, otro rasgo borgeano, lo narrativo y muchos son auténticos relatos
y hasta novelas comprimidas.
Tampoco el arte es ajeno a su poética culturalista, propia
de un impenitente, curioso y perplejo viajero
que busca la belleza (Grecia, Italia, España, Francia y muchos sitios más, como
se comprueba en La prisa de los árboles o
en Sanzetti).
Y de un incansable lector. De Borges, Kafka, Nietzsche, Whitman (del que toma
su tono declamatorio: “Lo que nombro es eterno”), Hölderlin, Cervantes o Pound,
a los que convierte, además, en personajes de sus propios poemas. Admirador de Humboldt
(“este es el asombroso mundo que quiero”, pone en su boca) y de Picasso, Turner
y el Bosco.
Destaca, en fin, el uso ejemplar del monólogo dramático, muy
frecuente en su obra. Uno es otros. O de la carta, un formato que, como la
necrológica, domina.
Ospina defiende “la sobriedad, la precisión, la pasión, la
sinceridad y el ritmo” y alude a “la sagrada función de la poesía”.
Otra de sus características es la épica, omnipresente en El país del viento, un libro inspirado y
unitario por donde circulan las “voces” de mongoles, sioux, vikingos o dakotas.
Y la de Lope de Aguirre. Las que constituyeron América. “Después del mar, todo
adversario parece pequeño”.
La historia es otro lugar común. Relacionado, claro, con el
pasado y con el tiempo: “arquitecto de escombros”, “que transforma todo en magia o leyenda”.
Mención aparte merecen los dos libros inéditos que incorpora.
Más allá de la
Aurora y del Ganges surge de dos viajes a la India, a “lo ilimitado”. “A
cinco guerras de distancia”. Esta suerte de diario integra todo lo que un
viajero puede captar de ese país de dioses y muchedumbres. “¿Tú sabes que es la
India? / El universo, todo”.
Sanzetti contiene 171 poemas de doce versos divididos en
tres estrofas. Todos con la letra inicial de cada verso en mayúscula. El ritmo
(abundan los alejandrinos) es un tanto recurrente. Prima en ellos la
imaginación, las asociaciones sorprendentes y cierta irracionalidad.
Este es un libro denso, sí,
para leer despacio. Con un verano por delante, pongo por caso. La poesía de
Ospina atrapa, sin duda. “Los lectores hallarán aquí una obra de gran
complejidad y hondura, con una enorme belleza verbal”, resume Abad Faciolince.
Poesía completa
William Ospina
Lumen, Barcelona, 2022. 602 páginas. 23 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.
9.7.22
La poesía de Manuel González Sosa
En Cuadernos Hispanoamericanos se ha publicado la reseña que he escrito sobre la poesía completa del poeta canario Manuel González Sosa (Pre-Textos). Para leerla, basta con pinchar aquí.
4.7.22
De jubilación
Dos años (casi) después, por culpa de la maldita pandemia. No todo van a ser penas. Al final nos juntamos cinco compañeros: Luci, Javier, Teresa, Fermín y yo. Los del colegio "Alfonso VIII" que optamos por jubilarnos desde 2020 para acá.
Según costumbre, lo celebramos en el Parador placentino, que para eso es uno de los mejores de España. Con una comida; bueno, con dos, porque los nuevos pensionistas invitamos a un copioso y animado lunch con toque extremeño en el claustro que, para algunos, hubiera hecho innecesario el menú en sí. Que el marco sea incomparable, por usar el tópico, -estuvimos en la antigua biblioteca del convento- no significa que la cocina fuera también excelsa, aunque mal tampoco estuvo. Por seguir con las tradiciones, a los postres se nos hizo entrega de un diploma que expide la Consejería de Educación y de los regalos. Tanto antiguos jubilados como maestros en ejercicio aportan una cantidad (cada cual a quien quiere) con la que los retirados nos hacemos un regalo: viajes, aparatos electrónicos, etc. Cabe añadir que, además, cada asistente (a voluntad) se paga su cubierto, salvo los que dejan la docencia y sus respectivos acompañantes (uno por persona) que son invitados por el resto. Antes, íbamos a tomar una copa o un refresco a otro sitio (la tarde es joven), pero este año decidimos que la tomaría (quien quisiera) allí. A la primera, invitábamos también nosotros. Ya se ve que la sofisticación celebratoria es máxima. ¡Organización!, como en el chiste. Y ya que la menciono, este año la mesa presidencial ha sido enorme. Amén del equipo directivo, Luci y sus dos sobrinos, los hijos de mi viejo amigo Florentino Gargantilla, todos maestros, como su madre; Teresa y su compañera; Fermín y su mujer; Javier, Maripaz, sus tres hijos y sus respectivas novias; Yolanda y yo.
A la entrega de diplomas y regalos (no se llevan, se lee una tarjeta donde se explica en qué consiste), siguieron los discursinos. Lo primero que dije cuando empezamos a preparar el acto (grupo de guasap mediante) es que no tenía sentido que habláramos los cinco. ¡Menudo castigo! Propuse que lo hiciera en nombre de todos Javier, que unía su condición de cesante a la de (todavía) director. Y así se hizo. Como domina el asunto, de maravilla. Tuvo a bien hilar sus palabras con los versos de uno, lo que desde aquí le agradezco. Un detalle. Tomó luego el micrófono la nueva directora, Amelia, que elogió la labor y a la persona de Juanals, su antecesor en el cargo. Llegaron después los vídeos. En esta ocasión, dos. Uno sobre el quinteto (con fotografías de cada uno que van desde la más tierna infancia hasta la jubilosa actualidad) y otro dedicado a los dieciséis años de dirección de Javier. Los dos obra de Ricardo, un as del audiovisual. A todo esto, y desde que nos sentamos a comer, la novia de uno de los hijos de Javier, Ana Campo, fue entonando una bonita selección de canciones, al gusto de los más veteranos. De los Beatles a Pablo Milanés pasando, cómo no, por Serrat. No contentos con eso, hubo karaoke. Uno se atrevió, aunque en grupo: el de los hombres, con una de Raphael: "Mi gran noche", muy adecuada para esa extensa sobremesa de bailes, voces y risas. Lo pasamos muy bien. Mi hijo se extrañó de verme en una fotografía en plena carcajada. Pobre, bien sabe que le ha tocado en suerte un padre serio.
Esta crónica no puede terminar sin que agradezca de corazón a mis queridos compañeros (sí, término que incluye, como manda la RAE, a mis compañeras, que ya alguna...), sin que agradezca, decía, su compañía en la divertida celebración (a la que acudieron la mar de elegantes) y sus muestras de afecto hacia mí, ese día y siempre. No olvido a Inmaculada y a Auxi, que no pudieron acudir por una causa común y sumamente desgraciada. Ni siquiera a quienes ni asistieron ni colaboraron en el regalo. Estuvimos muy a gusto, hablo también por Yolanda. A las próximas ya irá uno más tranquilo y emboscado. Y me iré mucho antes de que la fiesta termine. A buen seguro, nos lo volveremos a pasar bien. Con esta gente... Un lujo.
1.7.22
Lostalé, 80 años
Conocí a Javier Lostalé en Madrid, donde nació, en 1991. En la rueda de prensa que siguió al fallo del premio Loewe que gané aquel año con Una oculta razón. Luego nos hemos encontrado en alguna que otra ocasión; por ejemplo, en las presentaciones de un par de libros míos en la librería madrileña Rafael Alberti. Porque pertenecemos "al linaje de los tímidos" (parafraseo el verso de un hermoso poema de Basilio Sánchez recién publicado en la revista Sibila), charlas breves y en voz baja donde siempre he apreciado la exquisita cortesía que gasta este bondadoso periodista cultural que es, sobre todo, poeta. Autor de los libros Jimmy, Jimmy (1976; 2000), Figura en el Paseo Marítimo (1981), La rosa inclinada (1995), Hondo es el resplandor (1998; 2011), La estación azul (2004; 2016), Tormenta transparente (2010), El pulso de las nubes (2014) y Cielo (2018). Su obra ha sido seleccionada en varias antologías. También ha publicado en prosa Quien lee vive más (2013), Lector de poesía (2019) y Lector cómplice (2021).
Lostalé ha dedicado su vida a la promoción de la lectura, como presentador, comentarista, entrevistador y crítico. Desde Radio Nacional de España fundamentalmente (en los programas El ojo crítico y La estación azul). Por ese dilatado y riguroso trabajo le concedieron en 1995 el Premio Nacional al Fomento de la Lectura.
Con motivo de su ochenta cumpleaños, Libros de la Revista Áurea en colaboración con la editorial Polibea han publicado un libro de homenaje titulado En su hondo resplandor. La edición es de Miguel Losada. Han colaborado casi un centenar de amigos o conocidos, lectores suyos, y el volumen reúne prosas y poemas. Supo de su existencia en una cena que tuvo lugar el día 27 en el Café Comercial y, en efecto, fue para él una sorpresa. Bendita discreción.
No es cuestión de comentar con detalle el contenido del libro (que incluye colaboraciones de calidad), pero puedo destacar los textos en prosa de José Infante (justo y combativo), Pureza Canelo (que ha tenido el detalle de enviarme el libro), Vicente Molina Foix, Rafael Soler, Luis Alberto de Cuenca, Enrique Gracia Trinidad, José Cereijo o Ignacio Elguero. También el del editor, Losada. Y los poemas de Corredor-Matheos, Antonio Carvajal, Jesús Munárriz ("el poeta es el loco del cotarro"), Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena, Jaime Siles, José Ángel Cilleruelo, José Teruel ("El pasado se entierra en el futuro. / Somos habitantes de una espera"), Jordi Doce, Juan Antonio González Iglesias ("ordena las palabras / con la rara perfección no buscada / de los auténticos") o José Luis Rey (con un evocador poema que aparece en el número 66 de Sibila).
Por mi parte, envié a Losada este poema inédito. Lo elegí a conciencia. Con todo mi respeto, admiración y cariño hacia él, a pesar (para que luego hablen del resentimiento de los poetas) de que ostento un récord del que muy pocos vates de este país pueden presumir: nunca he pasado por La estación azul. ¡Salud, maestro!
DESVELO
Estás en la vejez, o sólo a un paso,
dices al despertarte en plena noche.
En la cocina –has ido a beber agua–
lo anotas torpemente en un papel.
Jamás antes hiciste cosa igual.
Hasta ahora era esta una ficción:
la de ese escritor que duerme siempre
con una moleskine en la mesilla.
Al volver a la cama, te desvelas.
Le das vueltas a éste, a otros asuntos
capaz de espabilar a cualquier hombre
que sabe que su tiempo se le acaba.
Bien sabemos que el sueño a estas edades
es un bien tan preciado como escaso.
18.6.22
Dísticos para ÁCP
Cuando Carlos Medrano me pidió un dístico para Recobrada memoria, el homenaje a Ángel Campos Pámpano que ha editado con la colaboración de Juan Ricardo Montaña y su sello Vberitas, intenté dar con él cuanto antes (no soy muy paciente para los encargos). Al final, me encontré con cuatro. Se los mandé todos para que eligiera uno. Optó por el tercero: "La Codosera".
ESTUARIO
sigue siendo ese río que te lleva.
para saber quién soy y lo que he sido.
Sin la menor piedad llega la muerte
Siquiera este refugio para
cuando
mi vida sea materia del olvido.
LA CIUDAD BLANCA
Es imposible recorrer Lisboa
sin que salgan tus versos a mi paso.
mi vida sea materia del olvido.
sin que salgan tus versos a mi paso.
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