27.6.24

Lecturas preveraniegas

Centrado en las reseñas de El Cultural y, en contadas ocasiones, en las que publico en Turia y en El Cuaderno, quedan atrás menciones a libros que uno ha disfrutado, lecturas intensas que hubieran merecido unas notas en las que compartir con otros su feliz existencia. A falta del tiempo para hacerlo, y ante la llegada de un largo y cálido verano que preveo lleno de novedosas obligaciones familiares, uno, enemigo declarado de las listas, copia aquí el título de un puñado de libros que, hablo por mí, me han parecido sobresalientes. Sólo eso, mera mención, pero algo es algo. Empiezo por la poesía. En concreto, por tres títulos de poetas jóvenes. 
Hacerse una foto en el espejo del baño (Ultramarinos), de Julio Fuertes, recoge poemas escritos entre 2006 y 2011 y me ha parecido un libro muy especial y sorprendente, novedoso en el mejor sentido. De esos sobre los que cuesta escribir pero que uno intuye necesario. Novelista, músico y traductor, de acuerdo, pero, al menos una vez, poeta. Su editor, Unai Velasco, confirma, para definirla, el término usado por su autor: el de "escritura vigoréxica". Y añade un adjetivo: "sentimental". Reconoce, en fin, que es "conmovedora". 
La zona luminosa (Hiperión), de Alejandro Ruiz de la Puente, incide en todo lo contrario, la tradición, pero al cabo resulta igual de moderno que el anterior. Qué natural resulta que debajo del título se indique que mereció el premio "Antonio Carvajal" de poesía joven. Y qué orgulloso ha de sentirse el poeta granadino de discípulos así. Poetas del XXI que dominan la métrica y son capaces de componer sonetos a los que calificar de dignos herederos de los áureos. 
Música para tigres (Renacimiento), de Alejandro Bellido, uno de los responsables de la revista onubense Centauros, ha publicado un libro amable, irónico y lleno de guiños amorosos y literarios (Garcilaso, Salvago, Botas) con el que el lector pasará un rato estupendo. Le ha salido muy “asturiano”; “anafórico”, diría, por aquello de la revista y no lo señalo como algo negativo, al revés. No es esa mala escuela. 
No deja de sorprenderse uno con los haikus de Susana Benet, que reincide, y cuánto se lo agradecemos sus lectores, con Alma de caracol (La Garúa). ¿De qué pasado / regresan esas flores / blancas de adelfa?, leemos. Y: Eso que siento /ante la flor marchita, / es haiku o no?
Haikus y otras japoneserías reúne Jordi Doce en Agua blanca, una delicatessen cuidada por Fernando Menéndez, que la ilustra, en tirada de 15 ejemplares numerados y firmados. Tan sugerentes como este par: Entro en el parque: / la quietud me responde / a cada paso. Vino y se fue: / la niebla hecha jirones / en la maleza.
A ras del universo (Númeror) es el segundo libro de Eduardo del Pino, profesor de Filología Latina de la Universidad de Cádiz. Ya cometamos aquí el primero. La edición es preciosa y lleva un prólogo de Fidel Villegas. El mar está en el centro del libro. Por él navega (también por el cielo en un planeador) y a sus orillas ve pasar el tiempo (en sus tres direcciones). En playas que visita y que pasea, como otros lugares, cercanos (Rota, Guadarrama) y más lejanos (Lovaina, pongo por caso, que da título a un hermoso poema). Todos lo son. Me llama mucho la atención su sintaxis, por eso indiqué antes su condición docente y de qué materia.
Hablar de mis poemas yo no sé: / son como hijos tardíos o vendimia a destiempo, escribe este poeta tardío al que conviene seguir. 
Lo mismo que a Juan Peña. Ya reseñamos en este blog sus libros Destilaciones y Yacimiento, así como la antología (de sus primeros poemas) La misma monotonía. Publica ahora en Vandalia El último poema, con el que ganó el premio Hermanos Machado. Su claridad alumbra al lector como lo haría una vela en la noche oscura de una casa de campo. Serenidad, aceptación, asombro. Poesía de la memoria, genuina. De la verdad. Vital sin entusiasmo. Lejana de cuanto es superficial y vano. La edad, los olivos, el amor, un viejo sillón de cuero, un salpicón de marisco o una playa pueden inspirar poemas que nos llegan sin querer al alma. Sí, porque todo es natural en esta poética de la bondad donde el poeta sólo aspira a que sus versos ajusten mi vida / a un ritmo cadencioso, / sin tropiezos, / ni quiebros disonantes. // La vida que me sueño y que no es / y es la mía
La almeriense Papeles del Náufrago lanza su sexta entrega de autorretratos, esta vez los de Aurora Luque. El cuidado librito, con selección de Antonio Lafarque, lleva por título Nadar en una misma. No somos más que tiempo devorado, reza el verso de la contracubierta. 
Vayamos con la prosa, no sin mencionar antes los títulos de tres novelas. Una, ya leída y reseñada (para TURIA, por lo que se hará larga la espera): Arde ya la yedra (Tusquets), de Gonzalo Hidalgo Bayal, que ha publicado una de sus mejores obras. Las otras dos están aún pendientes lectura: El niño (Tusquets), de Fernando Aramburu (con guiño placentino incluido) y Río Cárdeno (De la Luna Libros), de Juan Ramón Santos, dignísimo discípulo, permítaseme el honroso término, del citado Bayal que con esta nueva entrega fija aún más su genuino territorio literario. 
Tenía pendiente -uno no da más de sí- la lectura de alguno de los celebrados libros de María Belmonte, pero El murmullo del agua. Fuentes, jardines y divinidades acuáticas (Acantilado) no se me ha escapado. Y cuánto me alegro. Sólo espero que haya una segunda entrega que continúe el trayecto desde donde aquí lo deja, en las "Aguas barrocas". Me gusta aprender con ella, sí, pero también acompañarla en su viaje vital, digamos. Lo más personal casa perfectamente con lo erudito. 
Y otra lectura pendiente, la del magnífico Los lugares y el polvo (Elba), de Roberto Peregalli, un ensayo enjundioso "sobre la fragilidad y la belleza" que a un obseso por la noción de lugar y por lo espacial en su conjunto tenía que llegarle al alma. Cuántas iluminaciones contiene y qué oportunas reflexiones sobre la arquitectura ("Las fachadas", "Lo gigantesco", "Las ruinas"), el paso del tiempo ("La pátina") y otros puntos de interés como "El blanco" o "La luz". 
Luis Leal, pacense de Évora, ha dado a la imprenta A salto de mata (aCourela do Alentejo), donde reúne aforismos, apuntes de un diario, reflexiones, etc. en las dos lenguas que domina: su portugués materno y el español adoptivo. El tono es poético. Es uno de esos libros que tanto me gustan, híbridos; más interesantes cuanto quien los escribe, como hace al caso, es un hombre que piensa y siente de manera ejemplar y distinta. 
José Luis Melero, bibliófilo de pro y a pesar de eso escritor, nos ofrece una preciosas plaquette, digna de la señalada condición: Un viaje a Itzea (Ediciones La Ventolera), con ilustraciones de Pepe Cerdá. Ningún destino mejor para un barojiano confeso que la casa familiar de los Baroja en Vera de Bidasoa, frontera francesa. Un delicioso relato para amantes de los libros, sin duda. Mejor si aprecia los del autor de El árbol de la ciencia
Un buen amigo suyo (y mira que tiene), el poeta Fernando Sanmartín, publica el Pregón de la XVIII Feria del Libro Viejo y Antiguo de Zaragoza (Asociación de Libreros de viejo y antiguo de Aragón), que no deja de ser otra maravilla propia de un letraherido singular que en cada entrega nos ofrece una verdadera joya. 

NOTA. La fotografía que ilustra esta entrada corresponde a la biblioteca de Richard Macksey, quien fuera profesor de Crítica Literaria y Literaturas Comparadas en la Johns Hopkins University de Baltimore.

19.6.24

Vigilar lo invisible

En el libro Este otro orden. Poesía reunida (1979-2016) compiló Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) su poesía publicada hasta entonces; poemas de, entre otros, La secreta labor de cinco inviernos, Vida del topo, En familia, El que desordena y Pérdida del ahí. Complementarias, las prosas de Para qué sirven los charcos, Los pormenores, La vida mitigada, El murmullo del mundo, La belleza de lo pequeño; los relatos de El descendiente y Los cocineros se aburren a las cinco; las novelas Calle Feria y Años de mayor cuantía; las recopilaciones de artículos periodísticos Salvo error u omisión y Cerezas en el escondite, así como los ensayos Dos poetas de la generación de los 50: Carlos Barral y José Ángel Valente (con José Manuel Diego) o Abordajes.
En Eolas (la edición es, justo es reconocerlo, preciosa), aparece ahora El que menos sabe. No, digámoslo pronto, ni es un libro más ni fruto de los ocios jubilares. Me atrevería a decir que es uno de los fundamentales de su bibliografía y, más allá, una aportación sustancial al panorama de la poesía española contemporánea, aunque sólo nos demos cuenta de ello un puñado de lectores (la dichosa minoría), conocedores (o no) de la ejemplar, coherente trayectoria del zamorano afincado en León. Mejor para nosotros. Nada peor que esa poesía vacía que celebran, según dicen, tantos.
A estas alturas de la vida, cuanto el poeta tenga que decir debería decirlo sin ambages, al margen de cualquier aparato retórico, de la manera más clara posible. Es el caso. Tal vez sea, por eso, la entrega más emotiva de las suyas, o en la que las emociones y los sentimientos fluyen con más naturalidad, sin que falten por ello los pensamientos (“y sus desolaciones”). No se puede negar que la tradición de TSS no es la de la línea clara, la llamada figurativa o de la experiencia. Sin embargo, peca aquí poco de silenciario o hermético, si es que cabe tal denominación para aquello que necesariamente ha de decirse de forma parca y enigmática. En la de TSS, por generalizar, la precisión lo es todo.
De tres partes consta El que menos sabe. En el umbral, una cita de Miyazawa: “Ser tildado por todos de inútil / sin que se me alabe / ni se me importune. /Alguien así / querría llegar a ser…”, y un poema prologal (una suerte de poética”): “Las buenas intenciones”. A la búsqueda de “la deshuesada sabiduría de la confusión”. “Me alejo / de lo hondo también. // Por allí nunca sabe a compasión el pensamiento”, leemos. Termina: “La vida así: un quehacer / sin el permiso oscuro de los nombres”. Y “Quehacer”, precisamente, se titula la primera sección, la más amplia del volumen. Se abre con un elocuente epígrafe de Cavafis: “El artesano pone su obra por encima de cualquier otra cosa; debe, pues, destruirse por ella”. Lo explica muy bien en poemas como “El esmero”, el quinto de la espléndida serie “Almanaque desconcertado” (la memoria, la autobiografía): “Pero siempre el esmero (…) Siempre el esmero: ese modo de estar en lo otro”. “Siempre que necesito salvar algo de la desatención” piensa en el plato de sopa que subía con sumo cuidado desde la planta baja a la superior en la casa de su infancia. De eso trata el poema. La anécdota, como en tantos otros casos, le permite centrarse en la categoría. Así sucede en los otros cuatro de “Almanaque…”: “Mercado de abastos” (“Primera vez sin mi madre”), “Todavía no” (el colegio, las bofetadas), “Ana Blandiana y una mujer del barrio de San Lázaro” (“pesar la pena como se pesan lágrimas”) y “Ratos perdidos” (“Tarde de tienda quieta y locura numeral”, en la zamorana calle Feria, la del negocio familiar y la novela).
A esa tarea artesanal donde priman la atención y el esmero se refiere TSS en poemas, pongamos, metapoéticos como “La canción del zahorí” (“Pero no entre los brillos / de la facilidad”, ni “en el galope desmandado  / de las exhibiciones del oficio”, ni “en la luz frontal de los excesos”, pero sí “que su trato sea extraño”, “que su entrega / se dé entre música sin sombra”, “en las traseras azotadas del revés del idioma”) o “A toda costa” (“a eso que, para siempre, harás sitio / aun sin razón ni abecedario / suficiente. // Poesía”.
De lo menudo, diría Fermín Herrero, otro de su estirpe, se ocupa en “Utensilios”. “Valorar lo pequeño y lo inmediato es, seguramente, la mayor subversión que puede llevarse a cabo en este mundo tendente a la grandilocuencia y al rendimiento en todos los órdenes”, confesaba el poeta a Vicente Duque hace poco. En “Bastón” recuerda el de su padre. En “Exigua” se fija en “una grieta de la luz [que] / salta todavía sobre el aliento indeciso / de la noche”. En “Ventisca” deja paso al aforismo, a la súbita anotación: “Ventisca de palabras extraviadas que vuelan más allá de los moldes oscuros del pensamiento”. En “Viaje de invierno” defiende el frío (“al norte, al norte”, dice en oro poema) por lo mismo que en “Extenuación” se queja amargamente del calor: “Larga es la tarde y sus hirvientes itinerarios amarillos” (un versículo que evoca, a modo de homenaje, alguno de su maestro Gamoneda).
A la edad y sus indignidades destina poemas como “Desperfectos” (“criaturas entregadas al desgaste. // Eso somos. Tú, yo, todos. / Nada de permanencia”), “Comportamiento de los huesos” (“¿De qué avisan los huesos?”), “Los desentendimientos”, “Desvelado” y “Ante una ventana de febrero” (“Resistir. Ahora es resistir”, leemos, con la guerra de Ucrania al fondo).
“Poética de las inmediaciones” nos lleva “en busca de lo árido”, donde la ciudad termina y empieza el campo, lugares frecuentados por TSS en sus paseos, metáfora, en fin, de la vida y los seres. (Utensilios, bastones, fríos y calores, ventanas o extrarradios, no hace falta explicarlo, son metáforas o símbolos en manos de Sánchez Santiago, mucho más que meras realidades al uso.)
“Niño entero que miro” está escrito para su nieto Álex: “Tú que mejoras el mundo / solo porque estás vivo”. Tan cercano y conmovedor como el que dedica a su amigo Tomás Salvador (“te fuiste solo”).
Los “Cuatro poemas de 2020” son “Pandemia” (“vigilar / lo invisible, como los poetas”, “y ahora que el mundo es un lugar extraño”), “Canción de ánimo” (“aunque oigas solo, ahí, el jadeo asustado / que a todos nos retiene / en la espesura atroz de nuestros domicilios”), “Himno de los adverbios turbios” (“el fervor ciego de vivir”) y “Especie de plegaria” (tú ampárame, / al menos que seas tú, // poesía”).
Hermosísimos me han parecido “Sitios donde cabe tu corazón” (“en el ojo solar de los imperdibles”) y “El que menos sabe”, que da título al libro: “Soy el que menos sabe. Todos me adelantaban. Vivo de preguntar”. “Eso es lo mío. // Esperar…”. “Qué oficio extraño este”. “Te aplauden por llorar”, concluye. A la extrañeza, por cierto, remite casi todo en la poesía de TSS, la forma más humilde de la perplejidad o del asombro.
“Territorio” habla del suyo, como en “Fervor”. De las “conversaciones con la cercanía”, del “triste señorío triste / de los prestigios”. “Mi patria, la única patria / que me importa / tiene la escasa estatura de lo inadvertido / y cabe en el relámpago de los párpados”. "Allí, “lo que sabe vivir a solas / y sin ruido”. Como su poesía. Como él.
La juventud es rememorada en “A su debido tiempo”, cuando “nos venía a buscar la despreocupación”. “De aquel desorden de la dicha, ¿quién se acuerda ya?”.
La segunda parte del libro, “acotado del ojo”, se escribe con minúscula. Tal vez para subrayar la cercanía de unos versos dedicados a la obra de distintos artistas, destinatarios concretos, empezando por Giacometti. El resto, amigos o personas a las que conoce y cuyas obras le inspiran. Pintores, dibujantes, escultores de su ámbito geográfico castellano y leonés.
La última parte es muy especial: “Quieta casa ya”. “…madre…” pone el principio. La casa es la familiar y sobre ese regreso al lugar natal planea su muerte. Escrito en prosa poética y trazas de diario (va fechado, entre junio de 2019 y octubre de 2023), poco cabe comentar. Son poemas, digamos, intransitivos. Establecen un diálogo con ella (“Tú, que solo sabías estar en los asuntos sedosos de la suavidad”). Arma con ellos un relato acerca de lo que ocurre con los objetos, las fotografías (“En estas fotografías cabe la muerte”) y otros enseres a punto de perderse para siempre. A los que sólo puede salvar ya la palabra. Lo ha definido su autor como “un ejercicio de desposesión”. Allí, “el olor de las terminaciones”. “La palabra «nosotros» ya no alcanza a nombrarnos”. “Ella fregándose las manos con exageración contra el mandil y él con sus escasas palabras minuciosas”…
Para terminar, “Nana última”, con cita de Zagajewski (”ya soy / demasiado viejo para ser huérfano”): “No sabemos / lo que pueden los muertos hacer / con su quietud”. “Y no acabes de irte del todo nunca”. “Mientras por ahí queda flotando, /ea, ea, ea, /algo mal nombrado, algo indefinible, / parecido al sabor de la palabra madre”. Y otra cita, de su admirado Valente: “caer del aire, disolverse como / si nunca hubieras existido”.
“Los poemas de El que menos sabe merodean por los territorios limítrofes con lo olvidado, lo humilde y desatendido. Son las afueras de las consignas, de las frases hechas y lo estridente: es la vida de otro modo”, escribe José María Castrillón en la contracubierta, con un guiño añadido: las cinco últimas palabras forman el título que dio Ángel Campos Pámpano, íntimo amigo de TSS, a su poesía completa.
Cuando cerramos el libro, de una rara intensidad, por infrecuente, persiste la certeza de que  no hemos leído cualquier cosa. Y que Tomás Sánchez Santiago no es un poeta cualquiera.

El que menos sabe
Tomás Sánchez Santiago
Eolas, León, 2024. 152 páginas. 18,00 €

 NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

12.6.24

Donde se olvida el olvido

Rivero Taravillo (1963) ha escrito un libro de tono grave, meditativo y elegíaco, ni solemne ni sentimentaloide, dividido en siete series, que induce al lector a pensar si el anuncio de que padece una grave enfermedad es aquí testimonial o premonitorio. “Carga y gravamen” sirve, al empezar, de paradigma. La melancolía se impone: “este hombre de hoy / sin porvenir”, “Esa agua estancada, eso soy yo”, “No hay nada en que no haya fracasado”, “Paseo mi cadáver”… En las múltiples evocaciones de la infancia (globos, témperas), en los recuerdos de sitios y viajes (Grecia, Irlanda, México, San Francisco…). “Qué extraño pegamento, la memoria”, escribe, y “El pasado es pegajoso”.
Mediante un ritmo peculiar elaborado a golpe de encabalgamiento (“Tal vez busquemos en el verso, / en su armonía y ritmo, / el ritmo y la armonía / que no hay en nosotros”), RT hace frente a la extrañeza de las cosas y se acerca, no sin ironía, a lo más humilde y cercano: una hormiga, el jabón, las patatas, una etiqueta, torres eléctricas con cigüeñas. Al desnudo, sin ambages: “Va siendo hora de hablar de mí”. Esto es, de la vida (“una inscripción grabada / sobre el vaho”) y la muerte: la de la gata Lolita, la propia, la de tantos. “Siempre encadenados a / la muerte”, “tanto crecer y para nada”, “tanto gasto de tiempo”, “¿Y no penden de un hilo nuestras vidas?”. “Formas de la destrucción” titula la cuarta parte del volumen, la más amarga.
Esta “labor lunática”, la poesía, sirve también para celebrar la existencia. En “El deseo”, por ejemplo, o cuando “un mirlo en el jardín / viste de fiesta”. “El hombre más curtido se estremece / ante una flor que abre y lo interpela”. De palabras, sí, “el prolijo escudo de armas / del escritor”.

Antonio Rivero Taravillo
Pre-Textos, Valencia, 2023. 154 páginas. 22,00 €
 
NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

El pasmo de estar aquí

Como explica en su lúcido prólogo Jordi Doce, a los diecisiete poemas que el poeta venezolano (Barquisimeto, 1930) destinó en Gestiones al diálogo poético con su maestro Rilke se suman cuarenta y tres inéditos, los que componen este libro inesperado, siquiera sea por la avanzada edad de su autor. Precisamente desde Gestiones, el poeta viene realizando “un viaje hacia el despojamiento verbal y cierta ligereza”, anota pertinentemente Doce. De ello es buena prueba este, menudo pero sustancial, de iluminaciones y no de deslumbramientos, donde Cadenas muestra y no demuestra, a través de poemas muy breves y sin título, propios de su “decir exiguo. “Pocas veces en nuestro idioma la palabra se presenta tan desnuda, tan inerme y vulnerable”.
Admira del praguense su lentitud, “poeta de la espera, de la infinita paciencia”.
No estamos aquí ante el Rilke “extraño”, “desterrado” y “solitario” de Gestiones, sino ante el dotado para “dar a las cosas su vida, su realidad más íntima”. Al leerlo, Cadenas se lee a sí mismo.
“Ibas / hacia donde no llega / ningún camino”, comienza. Y sigue: “Iniciabas / socavando / certidumbres”. “Aprendo a ver, repetías”, lo que coincide con la visión de este poeta de la mirada: “Les hablaste a los hombres para que se mirasen”.
“Todo era / un desaprender /en pos de la totalidad”, leemos. Y: “Enseñas sosiego”. Cree que su infancia “se volvió hondura”. “Dijiste / para mostrar el pasmo / de estar aquí”, sentencia. En “el ahora / eterno”.
Se fija Cadenas en su errancia, “de país en país”, y en su no pertenencia.
En la sección II, la nuclear, “El viajero andaba”, “Llegué a ti tarde” y “Pasé a tu lado”, tres poemas hermosísimos.
“Tu obra: un leve llevar de la mano / a donde ser sin más y vivir se conciertan”, concluye.

Rafael Cadenas
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2024. 80 páginas. 11 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL

 

Tan sin vida

Llamero (Salamanca, 1984) se dio a conocer con Autobús de Fermoselle, premio Hiperión. Los inútiles inauguró la colección Isla Elefante y este inicia otra dentro del mismo sello: Endurance (Resistencia), como el rompehielos de Shackleton. Podría decirse que ella también lleva a cabo su particular expedición al Polo Sur, y tampoco termina bien. Su viaje, la enfermedad y muerte de su padre (“Todo fue y será siempre para ti, papá”), tema único del volumen, el más extenso de los suyos, aunque lo que prime aquí, por encima de otra cosa, sea el inmenso amor de una hija por su progenitor: “toda tu ternura por herencia”. “La armonía del afecto”. “La vida emocionada”. “Quién me podrá amar como tú hiciste”.
Para abordar esa pérdida opta por un tono directo y testimonial, dialogado y casi prosaico, adherido a la realidad y sus penosas circunstancias. Literatura, la justa. Si de metáforas hablamos, “la bestia” (el cáncer), “el verdugo”, “la noche”, “la sombra”…
Desde el descubrimiento del mal hasta los episodios posteriores al deceso, la hija anota minuciosamente cuanto ocurre, sí, pero, más allá, lo que pasa por su cabeza ante “la tempestad” que crece. “La vida / con toda su muerte”. En la “terrible soledad”, en el “callar severo”, porque “el verbo es siempre de los vivos”. Y el sentir, “incomprensible”. Estar, “un exiguo fulgor”. “Ahí va mi padre, / tan sin vida”.
Al lado de los cuidados (“papá, niño mío”), los recuerdos. Sonidos, olores, lecturas. “La felicidad de entonces”. La luz de los veranos. “Estoy siendo tu memoria”. En un poema toma él la palabra: dicta su testamento.
“Te parecerá que son poemas / pero es nada más que un llanto / que no acaba”, escribe. Y, ya en el epílogo, “solo la belleza y el amor nos salvan de lo irremediable”.
 
Maribel Andrés Llamero
Isla Elefante, Palma, 2024. 170 páginas. 15,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

2.6.24

Escrito queda

Jesús Munárriz
Huerga & Fierro, Madrid, 2023. 98 páginas. 12 €
 
Álex Susanna pedía tranquilidad a los que escriben mucho. “Los poetas que más nos gustan, ¿por cuántos poemas nos gustan?”. Más de veinte libros lleva publicados Munárriz (San Sebastián, 1940). En los últimos cinco años ha dado tres nuevos a la imprenta pero sus lectores no se cansan. Porque no es cuestión de cantidad ni de años, sino de que transfieran su sabia necesidad, como hacen estos.
La ironía, marca de la casa, está ya presentes en el título. Y lo común, a través de una polisémica frase hecha. Con los poetas, “gente rara”, empieza. “Si cuenta el qué, cuenta otro tanto el cómo”. Con su oficio, sabe de qué habla. Su finísimo oído canta. “Sólo lo bien medido y calibrado, / si es cierto y justo y ágil y preciso, / fija y transmite a veces la belleza”.
La muerte (“Visitas”, “Nocturno”, “Chequeo”) sobrevuela, pero sin angustias: “Terminaremos todos como todo termina: / sin más, aniquilados”. “Cada día su afán, / sus defunciones”. Para conjurar a “la pelona”, el humor siempre al quite: “Estoy divinamente, / aun siendo ateo”. Léase “Cacao”.
Ni falta lo moral (“Lo que de verdad cuenta se revela en la acción, / que ordena el pensamiento e impulsa la emoción”) y lo político: la Guerra Civil (“Vuelve el 36”), las fosas comunes, el neoliberalismo. “Respetémosle”, pide para el suicida. “La vida rara vez es justa”.
Los poemas de la sección “Materiales” (“Piedra”, “Aguas”, “Ríos”, etc.) demuestran la versatilidad de Munárriz, su capacidad para cambiar el paso. Su poesía es todo menos aburrida. Así, en “Erratas”, que tanto recuerda al letrista de canciones que fue.
“Yo sólo sé escribir de lo que pasa”, afirma, y que ningún crítico nunca le dejó tan contento como cuando un niño en Bogota le dijo: “Tus poemas son chéveres, poeta”. 

NOTA: esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

29.5.24

Cuanto sé de mí

Bajo el significativo título de Acto de presencia, Carlos Alcorta (Torrelavega, 1959), gestor cultural, crítico literario y por encima de todo poeta, reúne «en orden cronológico, toda mi poesía publicada si exceptuamos los poemas incluidos en libros colectivos y los poemas de circunstancias –algunos felizmente inencontrables–  escritos a lo largo de casi cuarenta años de dedicación a la poesía». Entre ellos, Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Ahora es la noche (2015), Tiempo vivo (2019), Aflicción y equilibrio (2020) y Fotosíntesis (2020).
Sí, deja fuera poca cosa (haikus y fragmentos de diarios) e incorpora un libro inédito y valioso: Los demonios del mediodía, que fecha en 1997. Reconoce que no puede leer un poema suyo «sin sentir la necesidad de corregirlo», por lo que el curioso podrá entretenerse comparando las variaciones entre las versiones originales y estas, algo que al lector común no debería interesarle demasiado. A uno, nada. Por razones de edad, somos rigurosamente coetáneos, he venido leyendo las sucesivas entregas de Alcorta a medida que se han ido publicando, lo que no obsta para que entienda esta compilación como un libro nuevo y distinto, una suerte de milagro que sólo la relectura de poesía permite. Un libro, por cierto, muy bien editado por la gijonesa Trea.
En vez de invitar a un especialista a redactar un prólogo para la ocasión (se me ocurre mentar a Luis Alberto Salcines, que tan bien conoce la poesía cántabra en general y la de nuestro autor en particular), Alcorta opta por poner al frente de sus poemas una poética escrita por él mismo que se limita a nombrar como «Nota preliminar».
Para curarse en salud, cita a Hans Magnus Enzensberger: «Un texto poético no es más que lo que es. Por eso es inteligible por sí mismo o no lo es. Cualquier aclaración desde fuera, aunque sea del poeta mismo, es inútil y hasta enojosa. El poeta que comenta su obra está dándose su propio juicio, reconvirtiendo a otro lenguaje el poema que era ya lenguaje poético». No era necesario traer a colación al alemán. Su texto tiene la lucidez suficiente y el lector puede confiar en que lo que allí se razona es veraz.
Resulta interesante, como indica, «establecer las conexiones entre el poeta de ayer y el poeta de hoy». Por eso ha mantenido los primeros libros publicados, «pese a que, como justifiqué en su momento, mantenga con ellos serios re­paros». El caso es que «sin esos poemas de aprendizaje, evidentemente inmaduros (…) probablemente no hubiera escrito los poemas posterio­res». A esta afirmación le sigue una sugestiva argumentación en torno a la denominada «poesía del silencio», «una retórica gastada», dice; para él, un «callejón sin salida». «Sentía que me estaba vaciando como poeta, que no podía expresarme plenamente», sostiene. Entonces, «se apoderó de mí la urgente necesidad de explorar otros caminos para reflejar con mayor fidelidad mi experiencia como un ser humano incapaz de vivir la vida con plenitud, incapaz de solventar los problemas inherentes a toda existencia, incapaz de ponerle fin al dolor, lo que se trasmutó poéticamente en un ininterrumpido examen de conciencia (…) más o menos enmascarado y sujeto a las fobias y filias de la memoria». En nuestro ámbito, adicto a las simplificaciones, la crítica diría que cambió la poesía del silencio por la de la experiencia, corriente preponderante en la Generación de los 80, la suya, a pesar de que nunca haya sido incluido en su nómina canónica. Pero no, esa simplificación no basta. Su apuesta fue bastante más seria y tuvo más importancia que ese supuesto cambio de rótulos ochenteros.
Reconoce Alcorta que «si algo no ha variado (…) ha sido mi cons­tante preocupación por el lenguaje». También la base autobiográfica. O su gusto por lo metapoético. Opta, en suma, por una poesía «más descriptiva que lírica», «de carácter confesional», apegada a la realidad, aunque esta participe tanto de lo vivido como de lo imaginado. Porque, según él, todo «poema es un artificio» y el personaje que lo protagoniza un ser de ficción. Son reveladores los párrafos que dedica a interpretar lo biográfico en relación con lo que el poeta acaba transmitiendo en el poema, que es y que no es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Nunca, subraya, estamos ante un «acta notarial». «Porque quien escribe no es otra cosa / que un tahúr, un prestidigitador». Está bien traída la cita de Von Rezzori que abre Compás de espera: «Siempre he sido –y sigo siendo– proclive a fingir, de cara a mí mismo y a los demás, sentimientos que en realidad sólo experimento n grado muy reducido».
Entre fondo y forma, «la idea debe prevalecer», puntualiza. Sin olvidar «el dominio técnico», que diría Salinas, prefiere «transmitir la emoción». De ahí que elija el tono conversacional, tan propio de la poesía que más le interesa: la anglosajona. Con una debilidad por su vertiente americana: la de Robert Lowell, pongo por caso. Los numerosos epígrafes que encabezan libros y poemas dan buena cuenta tanto de su capacidad lectora como de sus filiaciones poéticas. Se declara «afín a la poética realista».
«El yo del poema es un reflejo del autor, su historia personal sustenta el arma­zón del poema, pero necesita para completar su significado la complicidad del lector». Al fin y al cabo, «la intención del poeta es convertir una experiencia personal en colectiva». Para facilitar ese acercamiento, no duda en usar la cortesía orteguiana de la claridad, no en vano reconoce que utiliza una «especie de equilibrio narrativo, no muy lejano a la prosa». Puede que en detrimento del misterio. También del hermetismo gratuito, de la «oscuridad semántica», diría Eliot. Con la firme determinación, eso sí, de exigir al lenguaje su «máxima precisión». El poema entendido como «ejercicio de conocimiento».
Al final de su enjundioso texto, hace suyas las palabras de otra norteamericana, Marianne Moore: «Puesto que en todo lo que he escrito hay versos cuyo interés principal lo he tomado prestado, y aún no he logrado pasar de este método híbrido de composición, creo que los agradecimientos son un gesto de honestidad».
Tras el parapeto teórico, el lector se enfrenta a los poemas, que es lo que aquí más importa. Llega el momento de confrontar ideas y realidades. Poética y poesía. La prueba del algodón lírico. Desde el comienzo se aprecia que la recién mencionada «honestidad» está en el adn de Alcorta. No ha mentido. A la sequedad y la elipsis de sus primeros libros (un par), con influencias de «Octavio Paz, Valente o Celan» (léase «Cuerpo a cuerpo», que evidencia la lectura del mexicano), le siguen muchos más, en torno a la decena, donde se impone esa poética figurativa a que hemos hecho alusión a través de sus propias palabras.
La reunión de todos ellos, salvo las excepciones consignadas, conforman a mi parecer un libro único, siquiera dividido en partes. No niego que, a medida que avanzaba, tenía la sensación de que la poesía de Alcorta se fortalecía, algo que se aprecia bien en sus últimas entregas; según creo, las más logradas.
A lo largo del tiempo (y de esas páginas), el tono diarístico, de anotaciones a pie de día; el meritorio uso del encabalgamiento, que tanto refuerza su personal forma de decir; la presencia de lo amoroso, eje cardinal de esta poesía, amor y desamor mezclados, con Marta al fondo; las metáforas marinas, naturales en alguien que siempre ha vivido en la costa; lo meditativo y su discurso, de estirpe cernudiana; la memoria, que por eso escribe: para que no fenezcan los recuerdos; la amistad y los amigos, evidente a tenor de las numerosas dedicatorias, entre las que no faltan los nombres de dos inseparables compañeros de aventuras literarias y vitales: los poetas Rafael Fombellida y Lorenzo Oliván; el fracaso, el dolor, la culpa, el alcohol: «Mi fuerte de problemas soy yo mismo»; la muerte, que protagoniza, por ejemplo, uno de sus libros más genuinos: Aflicción y equilibrio (2020), escrito con motivo del fallecimiento de su padre; la propia escritura, que «es la trampa. Yo el señuelo»; la mirada, tan importante: «Quien aprende a mirar, aprende a ser»; los lugares: «La Camargue», «Punta Uía», Parma, «Monte Dobra», «Burial Hill», «Sounion», Lisboa, etc.; los aforismos que se cuelan en forma de verso: «Escribir es solo / una forma de cobardía», «Esperar es creer en el futuro»; la naturaleza, en especial el clima, con constantes llamadas al momento del día en que se está o a los cambios de la luz que iluminan el mundo; la preocupación por el paso del tiempo, ya patente en su primerizo «28 años y un día»; la identidad, las «cuestiones personales», como el título de su poema, ese viaje interior a sí mismo («¡Qué poco sé de mí!») del que da cuenta en «Confesión», «Estado de ánimo», «Examen de conciencia» o «Formas de vida»: «Ten paciencia. Resiste», porque, aunque «detesto las confidencias, dice con Chatwin, «creo que un hombre es la suma de sus cosas»; la tristeza: «De mis padres heredé esta afición / secreta a la melancolía y cierta / propensión –al parecer, injustificada– al victimismo que tantos dolores / de cabeza me causa»; la soledad («Estoy hablando de cómo un hombre solo / se ve a sí mismo solo como un hombre») y el silencio («esta patria»); y, por fin, la vitalidad, a pesar de todos los pesares, una actitud que resume bien este verso: «Vivir , no pensar, vivir únicamente».
He hablado de la identidad y muy significativos son, en ese sentido, los poemas que se agrupan (algunos son monólogos dramáticos), a modo de espejo, en la sección «Conversaciones privadas» de su libro Corriente subterránea: Paz, Machado, Steichen, Torga, Pushkin, Cernuda…
En lo relativo a la preocupación metapoética y al «arduo ejercicio de la escritura», destaco para terminar algunos versos paradójicos: «Escribir es solo / una forma de cobardía», y «Sí, la escritura es la mejor defensa». En otro sitio leemos: «Hice, para engañarme, para encontrar sentido / al desorden, de la literatura / razón de mi existencia desde la época / escolar (…) / sin saber que se escribe / a la desesperada, Tratando de olvidar / la vida que se vive, huyendo de una muerte…». No veo mejor manera de concluir esta reseña que tal vez anime al lector a acercarse a la poesía de Carlos Alcorta; un poeta, como diría Jane Hirshfield, verdadero.


Poesía reunida, 1986–2020
Carlos Alcorta
Trea, Gijón, 2023. 668 páginas. 25, 00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 37 de la revista NAYAGUA, página 256. 
 

25.5.24

Pensar crea rincones

Ramón Andrés (Pamplona, 1955), pensador y aforista, autor de ensayos relacionados con la música, Premio Nacional de Ensayo por Filosofía y consuelo de la música, es un poeta excelente. Para demostrarlo, el veterano sello madrileño Hiperión (que se renueva para seguir en la brega) publica una antología con poemas de sus libros La línea de las cosas, La amplitud del límite, Siempre génesis (incluido en Poesía reunida) y Los árboles que nos quedan (Premio de la Crítica), además de dos inéditos. El responsable de la cuidada selección, el también poeta Francisco Javier Irazoki (otro melómano), sólo ha dejado fuera versos de su ópera prima, Imagen de mudanza.
En la brevísima nota inicial, aparte de ponderar su serenidad reflexiva, donde sobresale la bonhomía, y su condición de “hombre valiente”, subraya su nivel de exigencia: “indaga sin descanso, se pregunta, percibe en cada objeto y acción las grietas evidentes o escondidas”. Añade que “la música es la columna de su pensamiento”. Y del pensamiento es su poesía, culta como su autor, trascendente, armada en torno a vivencias que lo mismo tienen que ver con lo visto, leído o escuchado en los gabinetes del saber intelectual que con lo experimentado, digamos, pie a tierra. En lo cotidiano. En el arte (la música, la pintura, la literatura) y en la vida, si cabe en este caso tal distingo.
De conversaciones y homenajes está poblada esta poesía lenta y discursiva donde se nombra a Whitman, Blake, Foix, Donne, Llull, March, Brodsky, Holan, Rilke, Hölderlin, Eliot, Huchel, Celan… Y a Bach "(“pero no te vayas”), Rorty, Nietzsche, Kiefer, Munch, Rogier van der Weyden, Van Gogh...
Que se eleva, imaginativa e inspirada, en los versos de La amplitud del límite y se atempera o enfría en sus dos últimas entregas, las mejor representadas en el libro. Siempre, eso sí, pendiente de ese ritmo particular (¡será por oído!) que la métrica (endecasílabos, alejandrinos) ayuda a conseguir. Por momentos, solemne, en la cuarta acepción del DRAE.
He citado a numerosos artistas, pero volviendo a los nombres, cuántos no hay de lugares concretos de los entornos del Valle del Baztán (reside en Elizondo) y del País Vasco, ese Norte, más que un clima o un paisaje, que orientó la selección de otra antología editada hace dos años.
“El poeta piensa en círculo, / 360° de ser”, dice. Y así procede. Con “la duda como forma de razón”. Y es que “ocurrimos lejos, / con la voz enfriándose como piedra de iglesia”. Consciente del límite: “No hay cima, sobrepuerto, / cortante o vaguada que no seas tú, leemos en “Paseo”. Porque, dejó dicho Tomás de Aquino, “Vivir es más perfecto que ser”.
Enumerar todos los poemas memorables que contiene el florilegio sería excesivo. Destacaría “Vaucluse” (“y de la imperfección hacer sosiego”), “Poema de amor sin objeto (aparente)” (“y quien te ame lo haga en silencio”), “Sísifo” (“La creación es esto: la insistencia”),“Campanas”, “Las quejas” (“porque ardes dentro”), “Rectas disjuntas”, “La madera” (“Los árboles mueren como lenguas maternas”), “Los hombres”, “Suceder” (“El perdurar es esto: decir / lo ya existido, su evocación”), “El tejo” (“un mundo”), “Siempre génesis” (“Las cosas significan por su memoria”), “Hidráulica” (“El agua es noción”), “Acércate”, “Lo cotidiano”, “Desesperado” (“Me quise en lo más lejos de mí”), “Los libros”, “Lena”…
Como dijo en “Aizkolari”, “Aquí no hay metafísica”. Sí árboles, hierba, gaviotas, nieve, galerna, vacas… “Una conciencia”. Una identidad “hecha de otras muertes” que constata: “Lo pobre es alto. Lo alto es pobre” y sabe “por la voz si alguien no ha amado”. Sí, Andrés ha conseguido escribir “un poema sencillo / como el corazón de un perro”. 

Ramón Andrés
Selección de Francisco Javier Irazoki
Hiperión, Madrid, 2023. 208 páginas. 18 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL




9.5.24

¡Quién dijo móviles!

Dibujo realizado in situ por mi primo Luis Ramón Valverde anoche en el Cervantes. Es arquitecto y profesor de la Politécnica madrileña.



En el Cervantes


2.5.24

Un ir hacia

Ana María Moix
Lumen, Barcelona, 2024. 208 páginas. 18,00 €
 
 
En A imagen y semejanza (1983) recogió Ana María Moix (Barcelona, 1947-2014) toda su poesía publicada: los libros Baladas del Dulce Jim (1969), Call me Stone (1969) y No time for flowers (1971). En el 73 vio la luz No time for flowers y otras historias, que incluía los dos últimos y Homenaje a Bécquer. Ahora, en edición de Andreu Jaume, se reúnen de nuevo esas entregas y se añaden dos libros nuevos: Palabras, por ejemplo y Cancionero para una dama.
Para ella, ser escritora era “una actitud y una manera de estar aquí que exigían una capacidad de observación y escucha constante” y, por tanto, algo distinto de hacer carrera literaria y publicar libros a menudo. Su condición de mujer estuvo siempre presente en su escritura, pero sin limitar su campo de acción. Recordemos que fue la única poeta que incluyó Castellet en su famosa antología Nueve novísimos poetas españoles (1970). Si el responsable de la selección fue en realidad Gimferrer, la cosa tuvo su lógica pues el autor de Arde el mar fue su mentor y maestro. Destaca Jaume que fue “una poeta con un fuerte acento propio, llena de inventiva y vuelo lírico, vanguardista y a la vez clásica, capaz de saltar del siempre difícil poema en prosa al verso suelto y de ahí a la estrofa cerrada”. Que la suya es “una voz reconocible y genuina”.
Alude al poema en prosa y, en efecto, tal vez no se haya ponderado debidamente su contribución a esa particular forma poética que usó en A imagen y semejanza.
Escritora precoz, declaró haber imitado en sus comienzos, “descaradamente”, a Bécquer (una presencia fundamental) y Azorín, quienes “hicieron de la prosa un instrumento poético”, como ella. Pero son múltiples las influencias que se aprecian en sus primeros libros, de Pizarnik a simbolistas como Nerval, pasando por el 27 y los numerosos autores (detrás, las recomendaciones de Gimferrer) que cita en Palabras, por ejemplo.
En torno a su propia vida, centrada en la adolescencia y primera juventud de una estudiante melancólica, al amor , la belleza y la muerte (“última pirueta” de la vida), construye Moix su poética. Como señalaba Vázquez Montalbán, alimentada “de cine y canción”. En esta “poesía escrita sin versos” y en la que acabamos de descubrir, escrita con ellos, el estribillo es habitual y el atinado uso del encabalgamiento proporciona el singular ritmo que la identifica. Un tono de  balada que recuerda a las de Brecht.
A la fragmentación, la narratividad, el dejo coloquial y el juego de voces e identidades que caracterizan las primeras entregas, muy de época (sesentera, la del pop), las que salvó, se suman, ya se dijo, dos inéditas. Cancionero para una dama, escrito en sonetos, octavas y coplas, tiene una gracia relativa, con ser un ejercicio clásico impecable, pero Palabras, por ejemplo (verso de Gil de Biedma), incomprensiblemente “extraviado” desde ¡1966!, me parece una extensa obra lograda que participa más de la poesía del 50, la de los partidarios de la felicidad barceloneses, que de la de sus culturalistas contemporáneos novísimos. Una gratísima sorpresa, sin duda.
Frescura y naturalidad dan forma a esta historia autobiográfica: la de “una niña grande que se encuentra sola” (“Uno es él mismo y su soledad”) y explica “lo que veía”; una suerte de monólogo donde vida, estudios (“de aula en aula, / de bar en bar”) y lecturas se confunden y donde escribir poesía (algo inexplicable, que hace “sin entenderla”, sobre lo que reflexiona) no deja de ser “un ir hacia” que salva la existencia. “Vive, vive, vive”, dice. “Al fin y al cabo solo queríamos libertad”.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

28.4.24

25 de abril en Plasencia

Fue emocionante la coincidencia. El pasado 25 de abril tuvo lugar una mesa redonda en torno al cuarenta aniversario de la Editora en la Feria del Libro placentina. En la fotografía se nos ve a los convocados. De izquierda a derecha, Nica Gil (que va a publicar en ella un libro de viajes próximamente), Sandra Benito (que tiene en el catálogo su ópera prima, Ciudad abierta), Gonzalo Hidalgo Bayal (que sin llegar a "prolífico", tiene algunos libros fundamentales en ese sello, como las primeras ediciones de Campo de amapolas blancas y La princesa y la muerte), uno (vinculado a ella desde que se constituyó, no sólo como autor) y, por fin, el nuevo director, Antonio Girol, quien reconoció que en la Editora abundan los placentinos, por encima de los extremeños de cualquier otra ciudad. Bien está. 
La conversación fue amena, creo, pero la acaparamos en exceso Gonzalo y yo. Tiene su lógica, aunque... Lo bueno es que se habló de todo un poco. Quedaron pocos asuntos sin mencionar, a pesar de que han sido cuatro décadas intensas.
Una de las cosas que recordé, sin pretender hacer un Fernando Pizarro o un Paco Valverde (tan proclives a ese tipo de rememoraciones), fue que la Revolución de los Claveles cumplía 50 años (en ese momento, Fátima Beltrán agitó dos claveles rojos al aire) y que hacía 20 de la publicación en la Editora del primer libro de un escritor portugués: Te me moriste, de José Luís Peixoto, traducido por Antonio Sáez. En la prestigiosa colección La Gaveta. Y lo mejor de todo, efemérides aparte, es que Peixoto presentaba después Comida de domingo, su novela sobre el empresario alentejano Rui Nabeiro, fundador de Cafés Delta. Estuvo espléndido (lo mismo que Juan Ramón Santos en la presentación) y su portugués fue comprendido perfectamente por quienes llenábamos la caseta. Reflexionó sobre temas muy interesantes que, más allá de su obra y de la poética que la sustenta, conciernen a la literatura en general. Y a la política y, en fin, a la vida misma. 
Mi debilidad portuguesa (en mi etapa de director -me permito la digresión- creamos -gracias a la colaboración del citado Antonio Sáez- la línea "Letras Portuguesas", que en realidad ya había abierto Fernando Pérez con Morreste-me y con algunas coediciones anteriores y de cuyos frutos acaba de dar cuenta Trazos, el suplemento del diario HOY, mediante un artículo sin firma que copio debajo), mi debilidad portuguesa, decía, se vio sobradamente compensada. Peixoto dijo que en Plasencia se sentía como en casa. Así soñé siempre, un tanto portuguesa, esta ciudad casi rayana, hermanada con Castelo Branco. Ayudó que alguien del público le preguntara en portugués; a las claras, en su común lengua materna. 


PORTUGAL EN LA EDITORA REGIONAL DE EXTREMADURA, LA PROFUNDIDAD DE LA CERCANÍA

Ahora que acabamos de celebrar el 25 de abril conviene resaltar la figura de Portugal y su unión con Extremadura con quien a veces solo la separa un pequeño puente como el de El Marco que cuelga sobre el arroyo Abrilongo delimitando las fronteras de Badajoz y Arronches. Y en otras, esa raya se hace aún más imperceptible como sucede en el campo de las letras. De esto último se ha encargado durante los últimos veinte años la Editora Regional de Extremadura al poner en marcha la serie Letras Portuguesas como culminación del mandato estatutario de hacer presente la literatura del país vecino en el panorama editorial extremeño.

A las iniciales coediciones con Calambur de textos de José Bento (Algunas sílabas), Jorge de Sena (Antología poética), Manuel de Freitas (El cielo de occidente), Eugénio de Andrade (Los surcos de la sed), Antero de Quental (Sonetos) o João Miguel Fernandes (Verano del ochenta y tres) se unieron textos de producción propia de autores como Neves o Antunes Simões que han dado paso a un catálogo de literatura, humanidades y estudios sociales de un valor incalculable.

En este contexto surgió Letras Portuguesas que, de manera trasversal, toca a muchas colecciones ofreciendo un catálogo amplio de la literatura portuguesa y en portugués con nombres de la talla de José Luis Peixoto (Te me moriste), Gonçalo M. Tavares (Enciclopedia I), José Gil (Portugal, hoy: el miedo de existir), Eduardo Lourenço (La muerte de Colón. Metamorfosis y fin de Occidente como mito), Teolinda Gersão (Los Ángeles), Florbela Espanca (Charneca en flor) o António Cândido Franco (Viaje a Pascoaes), traducidos por Ana Márquez, María Jesús Fernández García, Fernando Rodrigues, Luis Alfonso Limpo y Antonio Sáez Delgado quien junto a Luis Marina, Amador Palacios y José Ángel Cilleruelo, participan en las ediciones bilingües de la colección Poesía y que hacen que las voces de Ruy Ventura (El lugar, la imagen), Fernando Pinto do Amaral (Exactamente mi vida), Eduardo Pitta (¿Y si todo de repente?), Nuno Júdice (Navegación sin rumbo), Rui Knopfli (El país de los otros), Fátima Maldonado (Sentada frente al precipicio), Alberto da Costa e Silva (Fragmento para un réquiem) o Miguel Torga (Los primeros poemas para el Diário Odas) se tornen versos de sonoridad dual.  

La presencia portuguesa también se manifiesta en los números —ya va por trece— de la revista Literaturas Ibéricas Suroeste, en coedición con la Fundación Godofredo Ortega Muñoz, heredera de la histórica Espacio/Espaço escrito, que anualmente reporta escritos de lo más granado de uno y otro lado de la mítica raya.

Portugal también se deja notar en Del otro lado, en el que Ana Olivera nos lleva de la mano por el país vecino en un texto que es al tiempo libro de viajes, diario personal y cuaderno de a bordo de cualquier vida. Otro ejemplo de la impronta lusitana en el catálogo es La frontera que nunca existió, de Alonso de la Torre, que inauguró con gran éxito la colección Editora de Bolsillo.

Anteriormente nos hemos referido a Espacio/Espaço escrito la revista que cofundaran Álvaro Valverde, Diego Doncel y Ángel Campos Pámpano y me quiero detener en este último para citarle con la coedición de La ciudad blanca como también hacemos con Pequeña antología de poetas portugueses, de Enrique Díez-Canedo. No podemos olvidar Lisboa, del placentino Javier Morales Ortiz, publicado en La Gaveta y los más recientes: Portugal, diez siglos de historia, de Fernando Cortés Cortés, reeditado en la colección Estudio y el poemario Tabaquería, de Juan Manuel Barrado, en el que el poeta de Huertas de Ánimas homenajea la poesía de Fernando Pessoa asomándose a esa ventana que el recordado Julián Rodríguez cinceló con su buril para que el lector mirase al mundo y a sí mismo. 

En la web del periódico.