9.12.20

Gairín: pares e impares

Ramiro Gairín (Zaragoza, 1980) es, cosa extraña en un poeta, ingeniero de montes y tiene un postgrado en recursos hídricos, por eso trabaja en el campo de la hidráulica y el medio ambiente en una consultora de proyectos de ingeniería civil donde dirige el equipo de drenaje. Su formación incluye estudios filológicos y pedagógicos. Publica el blog Hacia otras aventuras más hermosas.
A pesar de su edad, es autor de una larga decena de libros de poesía, entre ellos, Que caiga el favorito, Por merecer el día, Lar (los tres publicados en Prensas de la Universidad de Zaragoza) y Aguanieve (La Isla de Siltolá). 
Por aquello de las casualidad (y de la pandemia), llegan ahora a las librerías dos nuevos títulos de golpe: La ciudad que no somos (Polibea) y Llegar aquí (Versátiles).
Juan Marqués, en su precioso prólogo al segundo, "El orden de día" (que no deja de ser una poética), afirma que "la obra de Ramiro Gairín es curiosa: sus libros impares (...) han llegado a nosotros frondosos de palabras y de ambiciones". Tras analizar esos títulos, "incluido su debut", añade: "Los libros pares, por el contrario, se afilian a esa otra corriente lírica de lo vocacionalmente pequeño, aunque lo que quieren decir sea lo más insuperable y difícil, esto es, la vida más cercana que vivimos, las cosas del día a día, lo doméstico, lo laboral, lo callejero, lo familiar, lo inmediato". 
El propio Gairín ha escrito en otro lugar que los libros pares son "los que van tejiendo una historia de dos, buscando la belleza y el milagro en el día a día, los que intentan, aunque no lo parezca, hablar con sencillez de lo más difícil: la vida más cercana".
Pues bien, de las dos líneas tenemos muestras aquí. Y cumplen con lo señalado agudamente por Marqués. Así, en La ciudad que no somos, libro impar, a pesar de que, como anota con solvencia el médico y poeta Aitor Francos en sus "palabras preliminares", Gairín, alejado de "la espesura filosófica y del hermetismo conceptual", se acerca a "la observación meditativa del paisaje y de los acontecimientos corrientes, a la humanización de las ideas y de los hechos triviales y mundanos, a la más sabia herencia de la sencillez, y a que las metáforas sean comprensibles, sin dejar de ser metáforas", así, digo, a pesar de eso, en este libro prima la imaginación. Su realidad, con ser real, es extraña, tal vez porque como indica el epígrafe de Corredor-Matheos que lo abre, "esta vida / nos oculta algo". Su cotidianeidad es, diría, mágica. Son poemas que parecen escritos por un hombre que no ha perdido la inocencia del niño. "El poeta, con mirar, cuida las cosas", escribe Francos. Y, en efecto, es en la mirada donde reside buena parte del fundamento que esta poesía contiene. La obra, en fin, está dedicada a Sheila y Sheila es la dedicataria de Llegar aquí, libro par, y el que uno, si me permite la indiscreción, prefiere. 
Como apunta Marqués, cómplice necesario, estamos ante un libro –ante una poética también, añadiría– que se inclina por la bondad (no por el rentable malditismo): "Todo es la realidad, todo es exacto y todo es, en principio, bueno". Y por la alegría (sin que por ello se ausente la melancolía): "Hay (...) toda una investigación sobre la felicidad en la poesía del zaragozano, una celebración del presente que implica una clara apuesta por el porvenir". Por medio, la imaginación (marca de la casa) y los recuerdos. 
El libro se abre con una cita de Celan, que no es la única del malogrado poeta en alemán del que conmemoramos centenario. Están muy bien elegidas, lo que no obsta para que resulten curiosas si tenemos en cuenta que la poesía del autor de Amapola y memoria no es, como ésta, precisamente clara y luminosa.
El tema del libro, dividido en cuatro partes, es el amor. Todo lo impregna. Se habla de él sin afectación ni solemnidad. A pie de calle. Como lo haría cualquier mortal. Una sombra, es verdad, se cruza en ese camino tan misterioso como halagüeño: la enfermedad de ella. De Sheila. Gairín alude al "nombre extraño de la enfermedad" y ésta queda retratada en poemas como el emotivo "De cintura para arriba"... "en la consulta del cardiólogo", que termina: "No hay nada, dice el médico. / Estás frágil y diosa". 
Otro poema que tiene por tema la enfermedad (en esta ocasión de un compañero) es "Contarlo". 
Detrás, el miedo, que siempre acecha. "A no saber vivir la vida plenamente", por ejemplo. 
En esta primera parte, composiciones logradas (siempre breves) como "Barcelona" o "Poema antiguo". 
En la segunda, los sobrinos (Paula y Héctor), la esperanza de la "recuperación". Entre los dos "templamos la velocidad del mundo", que me parece un verso ideal para describir lo que consiguen los amantes. 
En "Gesto", de nuevo la sencillez. Y ya que de poemas logrados hablamos, cómo olvidar "Fado de outono" ("Una vez estuvimos aquí, / un invierno con mucha niebla en Sintra"), uno de los más bonitos del conjunto, o el sugerente "Tren-cama" ("Que el cuarto de mi infancia / te sirva de tren-cama en que recorras / las llanuras sin nombre y sin espacio / que solo tú conoces"). "Erguidos frente a todos" no me ha llevado a la canción de la pandemia, sino al lema de mi maestro Lanza del Vasto: "Mantente erguido y sonríe". Porque está a tono con lo que aquí se expresa (más sentimiento que pensamiento). Me da que sería aceptado de buen grado por Gairín. 
"Hay algo de milagro en todo esto", leemos ya en la tercera parte. Antes, Marqués había hecho mención al "milagro en medio de la rutina". Y sigue el poeta: "pero nada de versos épicos / de heridas ni de horarios". 
La cuarta empieza con "Soles", otro poema memorable. Allí, la casa, ese refugio. Donde el sol da "en todas las estancias" cada "mañana un rato". 
Después, "Boda" (un homenaje al famoso poema "Para que yo me llame Ángel González", del autor de Palabra sobre palabra, y al que recientemente emulaba también mi paisana Irene Sánchez Carrón en "Para que escriba yo", publicado en las revistas Estación Poesía y abril), "Luna de miel" (que termina: "Viajar es empezar o regresar / es ir a buscar cómo hacerlo"), "Nel mezzo del cammin" ("Hay que vivir convencidos. / También es un milagro este dolor").
Me referí antes a la claridad, la que "subimos a casa", dice Gairín. Fuera sopla el cierzo y él escribe: "Me gusta la vida / porque nos lo recuerda: / definitivamente, / hay que saber llegar aquí".
Decía hace poco Trapiello en una entrevista: "Me gustan los libros que una vez terminados te dejan un poso de verdad, de naturalidad y sinceridad, pero no recuerdas cuál era su estilo". Creo que podría aplicarse a éste. Un libro par (aunque sin par) de un poeta singular y discreto. 

Ramiro Gairín
Prólogo de Juan Marqués
Versátiles, Huelva, 2020. 73 páginas. 

Ramiro Gairín 
Prólogo de Aitor Francos
Madrid. Polibea. 2020. 68 páginas. 

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cuaderno.

6.12.20

José Luis Melero lee "Porque olvido"


El pasado 13 de mayo, José Luis Melero escribía esto en su muro de Facebook: "Paso la tarde leyendo Porque olvido, el diario que acaba de publicar Álvaro Valverde. Es un diario maravilloso y yo, que soy un gran aficionado al género y que hasta escribí una pequeña bibliografía de los que había leído o andaban por casa, estoy feliz de que el gran poeta que es Álvaro Valverde se haya decidido a publicar su diario de los últimos quince años. Hay mucha literatura en él y mucha pasión por la poesía, por la amistad, por la familia... No os arrepentiréis si lo compráis y le dedicáis unas horas. Me lo vais a agradecer". Soy yo el que está muy agradecido. Por aquellas palabras y por las que dedica al libro en esta generosa reseña que se ha publicado en el número 136 de la revista Turia, tan aragonesa como él. 
Es un honor, en fin, que un tipo tan nervioso como yo pase a formar parte, según la nueva taxonomía poética meleriana (un feliz hallazgo), del grupo de los "poetas serenos". 

EL DIARIO DE UN HOMBRE BUENO

Por José Luis Melero

Álvaro Valverde tenía una abuela de Trujillo. En los años 20, tres de los hermanos de ésta emigraron a América: dos se fueron a Argentina y el tercero a Cuba. Este último apenas dio ya señales de vida, pero sí los otros dos. Uno de ellos, Paco Martínez, volvió ya muy mayor a visitar a la familia. Corría el año 1974 y Álvaro Valverde aún no había cumplido los 15. Llegó el momento esperado de repartir los regalos y vieron que entre ellos había dos libros: uno era para los padres de Álvaro y el otro para una de sus tías. Los libros eran de Jorge Luis Borges y se titulaban El Aleph -reeditado ese mismo 1974- y El oro de los tigres, que había aparecido dos años antes. Estaban, por increíble que parezca, firmados por el autor (con su pobre caligrafía de ciego), lo que era en verdad algo sorprendente e inesperado, casi mágico. Valverde conserva naturalmente ambos ejemplares, y a la lectura del segundo, que es el que le tocó a sus padres, ha atribuido en buena medida su pasión por la poesía y el haber decidido dedicar a ella la mayor parte de sus afanes literarios. 
Historias tan apasionantes como ésta aparecen en el libro Porque olvido (Diario 2005-2019), que comprende una selección de las entradas que el poeta fue publicando en su blog a lo largo de esos años. Valverde, uno de los poetas fundamentales de la poesía española de los últimos treinta años, que también ha publicado un par de novelas, una selección de artículos y reseñas y un libro de viajes, se adentra con este libro en el género del diario -desde siempre un género muy querido por él como lector- y pasa a engrosar la larga nómina de escritores que nos han dejado retazos de su vida en esta fiesta de las confesiones, en esta “literatura del yo” que tantos lectores lleva encontrando desde hace años. Pero no todo lo que cuenta Valverde brilla como esa historia de los libros de Borges. Es más bien al contrario. Valverde cuenta casi siempre cosas sencillas y humildes, menudas y desprovistas de épica, el día a día de un poeta placentín (pues en su Plasencia natal continúa viviendo), que acaban atrapándonos sin remedio, porque nada hay más universal que lo local y porque todos nos sentimos atraídos por la pulsión que los demás sienten por sus cosas más próximas. De ahí que a nadie de fuera de Extremadura vaya a incomodar el carácter -tan extremeño- del libro, sino todo lo contrario. 
García Martín calificó a Valverde como “el más educado, correcto, profesional, de los poetas españoles contemporáneos”, el hombre “cordial, que nunca se olvida de dar las gracias”, aunque, según él, en esa virtud anida quizá su mayor defecto, pues “al hombre de genio le conviene despeinarse de vez en cuando, perder los papeles”. Pero no siempre es así: hay poetas serenos y poetas tormentosos (a los que también podríamos denominar transgresores, indómitos o turbulentos). Estos dos grupos se enfrentan en su forma de afrontar la vida. Los primeros suelen ser gente prudente y llevar una vida burguesa y ordenada. Son tal vez los menos, pues la propia condición de poeta es más proclive a la tempestad que a la calma. Los segundos, los tormentosos, suelen ser casi siempre más seductores, aunque también en ocasiones pueden convertirse en los más peligrosos (para ellos y para los que los rodean) si deciden recorrer hasta el final esas sendas que en no pocos casos conducen a la misantropía y en ocasiones al caos, la intemperie o la autodestrucción. No supone su pertenencia a uno u otro grupo ninguna jerarquía en cuanto a calidad poética: hay grandes poetas en los dos grupos y hay también en ambos poetastros detestables. En la Generación del 27, todos estaríamos de acuerdo en que Aleixandre, Diego, Moreno Villa, Guillén, Salinas y Dámaso Alonso serían poetas serenos, mientras que Cernuda, Alberti, Prados, Villalón y Altolaguirre serían tormentosos. Se pueden poner en la poesía española otros muchos ejemplos: Mª Victoria Atencia, Jaime Siles, Eloy Sánchez Rosillo, Juan Manuel Bonet o Luis Alberto de Cuenca serían poetas serenos, y Pedro Luis de Gálvez, Alfonso Costafreda, Eduardo Haro Ibars o Leopoldo María Panero, transgresores e indómitos. En la poesía inglesa Eliot sería sereno y Dylan Thomas sería tormentoso. En la poesía francesa todos diríamos rápidamente que Rimbaud, Mallarmé o Baudelaire son poetas turbulentos y que Paul Valéry, Claudel o Saint-John Perse pertenecerían a la tipología de los serenos. En la poesía americana Ezra Pound o Allen Ginsberg serían tormentosos y Auden o Cummings serían más bien serenos. Jorge Luis Borges sería un poeta sereno y Alfonsina Storni o Delmira Agustini serían poetas tormentosas. A la muerte de Juan Luis Panero, Álvaro Valverde escribe en su diario que siempre se inclinó por éste antes que por su hermano Leopoldo María, porque “uno siempre ha preferido el orden al galimatías. O la lucidez al caos”, con lo que resulta evidente por qué categoría de poetas opta nuestro diarista. 
No por vivir para la poesía, Valverde ha dejado de ser un hombre discreto (Jordi Doce le recrimina que en las presentaciones lee siempre “demasiado poco y como con prisa, temiendo molestar”), un buen hijo, un buen padre y un buen esposo, como se desprende de las páginas de este diario; un hombre que apenas bebe alcohol -frente a la dipsomanía de no pocos de sus colegas-, sobrio (confiesa que no le gusta disfrazarse) y elegante (pues, para no hablar mal de nadie, pasa por alto los avatares de su destitución de la Editora Regional y escribe: “mejor no entrar en la casquería”). Pero a la vez es un hombre que defiende posturas progresistas (me emocionó leer su pasión por mi amigo Labordeta), que confiesa no frecuentar las iglesias y que se encoleriza con los políticos cuando, en temas de política cultural, no actúan como él desearía. 
El diario rebosa de crónicas viajeras (pese a que pudiera pensarse que es un hombre de vida retirada, Valverde está siempre de viaje y, aunque dice que es “muy casero”, he apuntado no menos de 50 ciudades y localidades a las que se desplaza), de necrologías de sus amigos (muchos escritores, pero también muchas personas anónimas, lo que les añade valor pues iguala a unos y otras), de semblanzas de escritores (Felipe Núñez, Ángel Campos, Santiago Castelo…), de historias de sus clases y sus alumnos, de sus paseos y excursiones (incluida una al meandro del Melero, lo que no puedo entender sino como un homenaje) y de su amor por la naturaleza, de los actos literarios a los que asiste y, sobre todo, de asuntos relacionados con la poesía, tan importante en su vida. Y su sencillez y falta de impostura se manifiestan en que cuenta cosas sin glamour, cosas que nadie que quisiera construirse un personaje literario contaría: que se toma “una cerveza sin alcohol y una croqueta”, que se aprovisiona en Ibiza “de crema solar y toalla”, o que “abona su consumición” tras la presentación de la revista Turia en Badajoz. Eso demuestra que estamos ante un hombre “de verdad”, que no quiere parecer otra cosa distinta de la que es. Porque olvido es el diario de un hombre bueno y de un poeta sereno, de los mejores y más auténticos de su generación.

4.12.20

Salvarse con palabras

No se ha caracterizado el premio Loewe –ya lo he dicho en alguna otra ocasión– por el descubrimiento de grandes libros escritos por mujeres. Lo han ganado sólo dos: Cristina Peri Rossi y Aurora Luque. En la categoría de Creación Joven, Josefa ParraElena Medel, María Gómez Lara, Carla Badillo Coronado, Luciana ReifRaquel Vázquez. Me apresuro a decir que hay excepciones, por supuesto. A uno, por ejemplo, le encantó Contratono, de Gómez Lara (Bogotá, 1989), que forma parte de una nueva, espléndida generación de poetas colombianas, como ha destacado el crítico Ramón Cote y ella ha asumido con agrado. 
En la reseña que le dediqué, escribí que se trataba de "un libro importante de una poeta destinada a empresas líricas de envergadura. Para uno, devoto lector de la uruguaya, las palabras iluminadoras de Ida Vitale, miembro del jurado, ofrecían, antes de empezar a leer, una pista segura". También que "seguidora, según dice, de Eugenio Montejo (se ve que esta mujer sabe elegir), una vez afirmó que 'en un poema uno solo puede decir la verdad'. No miente. Aquí la hay, y mucha. Expresada mediante unos versos despojados, escuetos, sin signos de puntuación ni concesiones al adorno o a la galería, secos (en el mejor sentido), tan frescos o genuinos como, ya se dijo, cargados de lecturas, una conversación con los difuntos que no los separa, sin embargo, de la tierra". Terminaba con estas palabras: "Celebramos, sí, por más que éste no sea su primer libro, la llegada a la plural escena de la poesía escrita en español de María Gómez Lara. Sin duda, un admirable debut." Invito, en fin, a leer el poema "Emily Dickinson", su mejor maestra, que refrenda lo que digo. 
Si copio esos fragmentos es porque me sirven para introducir el comentario a su tercer libro, El lugar de las palabras que publica en este año inolvidable la valenciana Pre-Textos, de moda a su pesar por culpa del desagradable affaire Glück
La breve obra se abre con un epígrafe de Olga Orozco y consta de cuatro secciones. Lo que cuenta (utilizo deliberadamente el término) es autobiográfico, no apto para lectores demasiado hipocondriacos, y podría resumirse así: a la joven poeta le detectan un tumor en el cerebro, localizado muy cerca de la zona del lenguaje, que no es, por cierto, la misma en todas las personas. De lo que pasa por su cabeza (nunca mejor dicho), desde el momento del diagnóstico, y por el resto de su cuerpo, a causa de las pruebas consiguientes, hasta la solución del delicado problema de salud va este libro naturalmente "estremecedor", que diría Darío Jaramillo. Lo importante, con todo, no es eso. No es la historia en sí, quiero decir, que trasciende la anécdota personal (cualquiera puede ponerse en su lugar, todos somos candidatos), sino el lenguaje utilizado para expresarla, que fluye en un tono conversacional, pero exacto y controlado en extremo (se ve que esta mujer inteligente se ha formado en talleres literarios), con una alternancia buscada entre el versículo y los versos cortos, muy pendiente (algo propio de García Lara) del ritmo o la musicalidad, jugando con los espacios en blanco que marcan paradójicos silencios, sin atender a mayúsculas, puntos o comas. Con el agravante, ya que lo menciono, de que precisamente el lenguaje estuvo en el punto de mira de los especialistas, para evitar dañarlo. Lo resume ella muy bien cuando explica que asumió "el lenguaje como cuerpo". Porque podía enfermar. Y hasta morir. El hecho de que todo gire en torno al mismo tema ha logrado, además, que estemos ante un libro y no ante una mera reunión de poemas. Pero vayamos por partes. 
En "Para cubrirme la voz" se da cuenta del hallazgo: "en la pantalla una radiografía de tu cerebro // te muestra una mancha en forma de corazón perfecto // bien delimitado // lesión indeterminada en el lóbulo frontal izquierdo". Y sigue: "y el mundo se te cae al suelo de repente te desplomas / no puede ser cierta esta pesadilla oí mal que por favor ya me despierte // tengo algo en el cerebro".  Sí, "parece un mal chiste la vida (...) y eso que ya hace años / aprendiste a reírte de tristeza" (que me parece un verso perfecto). La similitud entre la "mancha" y su forma (humor e ironía "a las palabras / en cambio / les cabe la ironía" no faltan) le permite reflexionar sobre el amor, que estaba en el centro de su libro anterior, Contratono. De sobrevivir se trata: "lo tuyo fue salvarte con palabras". Entre "agujas hospitales los brazos maltratados". Al fondo, el miedo. 
Su "primer reflejo" fue comprarse "un abrigo de invierno", "de una marca canadiense / de esos que llevan en el polo", "un escudo una armadura un amuleto". 
Esta parte termina con el excelente poema "El cerebro no duele".
En "Nombrar una herida en las palabras" dialoga con el médico (que habla en el poema), "porque prefiero saber". Se cuela en la conversación la palabra "muerte". Y otras en inglés (ella vive en Harvard, donde ha estudiado -además de en Bogotá y Nueva York- y termina un doctorado), una constante a lo largo del libro. "Y luego // mis palabras // nunca pensé que estuvieran en peligro". "Yo, que he sido mi voz". Más tarde se pregunta: "¿con qué nombrar // una herida en las palabras?", "¿adónde iría a buscarlas si las pierdo?".
En esta suerte de diario de la enfermedad, llega el momento de la inevitable operación: "me van a abrir el cerebro para sacarme el corazón". "¿Voy a seguir siendo yo?". En la incertidumbre escribe: "tengo tanto tanto miedo / que no sé dónde ponerlo / no hay espacio que lo contenga se desborda no hay lugar no hay lugar no hay refugio". "Tengo tanto miedo / que no me cabe en las palabras". "No puedo empezar a nombrarlo / ni siquiera ahora / que están todas / las palabras / conmigo". En otro poema titulado "Decir tengo miedo" insiste: "tengo miedo de mí", "de que esta vez / pensar no baste", "tengo miedo de ser tan frágil // tengo miedo de ser / tan fuerte de lo triste / tan fuerte de lo rota".
"El lugar de las palabras" es un poema dedicado a uno de sus médicos, el doctor Romero, "que me encontró el lugar de las palabras". "Nunca había pensado / que las palabras ocupan un espacio en el cerebro / un rincón preciso". "Vamos a dar con el lugar de las palabras / para ver si está comprometido". Le hacen para ello una resonancia y ella tiene que pensar (no decir) en las palabras que van apareciendo. En esas y en las de su campo semántico y léxico. Se trata sobre todo de "generar verbos", indican. La prueba se realiza en inglés y en español, su idioma materno, el que domina, el que prefiere salvar, dice. "¿Dónde vivo yo si las palabras son mi casa?", se pregunta. 
En "A un centímetro" la angustia crece. Comprueban que "no hay nada de lenguaje en el tumor", pero sí a un escaso centímetro, que en el cerebro es al parecer una gran distancia. Es consciente de que "en las palabras estoy yo". Al extirpar, la zona se inflamará y, a pesar de los antiinflamatorios, puede perder palabras temporalmente: "me van a salvar del silencio con antiinflamatorios", anota. 
En "Lo que pase cuando corten mi materia", "Una cicatriz". Tiene muchas en su cuerpo (y en su alma), y, de pronto, una hipótesis: puede que la mancha con forma de corazón de su cerebro sea eso, de un antiguo golpe olvidado. "Ojalá sea solamente eso". "Una cicatriz / una marca de haber sobrevivido". 
Sigue el miedo: "con mi cerebro estoy sola". "Ahora mi cuerpo es mi casa". Sí, tiene miedo del "túnel", título de otro poema. "Y durante cinco horas van me van a abrir el cerebro". 
"Ese sonido" es para otro médico, su neurocirujano. "Pero le temo a la muerte como todos", escribe. Y allí el frío: "recuerdo que soy frágil", por más que la fortaleza no le haya abandonado en ningún momento. "María escóndete en tu abrigo". 
Tras "Palabra piel", penúltimo del libro (el que figura en el marcapáginas de la preciosa edición de La Cruz del Sur), el poema "Frida Khalo", que estuvo en duda hasta el final, según ha confesado la autora. A uno le parece un perfecto colofón. Un poema necesario. Una poética. Hace referencia a uno de los cuadros de la famosa pintora mexicana, símbolo del feminismo, que tanto padeció en vida: "Unos cuantos piquetitos". (Se puede escuchar en esta lectura de Gómez Lara (lo mismo que el citado anteriormente), que presenta Jaramillo.) Es largo y está dividido en seis fragmentos. "Si pudiera pintar como Frida Khalo...", comienza. "Hasta encontrar / ese matiz justo de lo frágil ". "Solo me queda la voz", concluye, "me queda la voz sola desprovista // sin distancia // sin más remedio / que ser al tiempo / su dolor / y su ironía". Se trata, sí, por decirlo con María Gómez Lara, de "transformar el dolor en arte". 

El lugar de las palabras
María Gómez Lara
Pre-Textos, Valencia, 2020. 88 páginas. 16.00 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno


3.12.20

De profesión, reseñador

Ayer me llegó este mensaje: "Buenos días. Veo que escribes reseñas de poemarios. Resulta que se acaba de publicar mi libro ..., con la poesía que he ido escribiendo a lo largo de treinta años. Hasta ahora sólo ha aparecido una reseña breve, y no sé cómo darlo a conocer, es una gota en el océano de títulos. Podría enviarte un ejemplar si crees que podrías reseñarlo". 
Después de leerlo, se me quedó, con perdón, cara de gilipollas. Si alguien me hubiera visto en ese momento, lo ratificaría. Yo, ya digo, así lo sentí. Para aliviarme (o para reírme de mí con otros), se lo pasé a tres amigos. A dos de ellos con un plus: al parecer son paisanos del interfecto. 
No hace falta decir que, como ellos, no lo conozco, aunque debo reconocer, cosas del Facebook, que es "amigo" mío. Sí, ya sabemos que casi todo son despropósitos a la hora de acomodarse a una red social, ésta o cualquiera (que, por cierto, no gasto). Es el caso. 
Con ser poco frecuente, no es la primera vez que me mandan un libro, con permiso o sin él, para que escriba una reseña del mismo, como si eso fuera de suyo. (Y si no, tiembla, ¿no, Antonio?) Vamos, como si fuera lo más natural. Ya se ve, además, que se toma la molestia de advertir (algo frecuente) que sólo si se va a escribir sobre él lo enviará. Qué detalle. 
Tampoco niego -ahora generalizo- que haya en estas acciones ingenuidad y buena intención. Que no siempre sean resultado de la jeta o la cara dura, quiero decir. Hombre, después de confesar que llevas treinta años en el oficio... 
Para concluir, puede incluso que le vengan a uno bien estos zascas, digamos. Para recordar mi humilde condición (que, por otra parte, bien asumida tengo). Como a los emperadores romanos lo de que eran humanos. En este caso, sí, la de vulgar reseñador de libros. (Ah, odio la palabra poemario.)
En fin, ganas le dan a uno de cesar en el empeño de una santa vez. De jubilarse también de este "trabajo gustoso"... a ratos. De profesión, fabricante de reseñas. Gratis et amore, por supuesto. 

29.11.20

Una lista

A Llop -confiesa en su último libro de conversaciones- le gustan las listas. Como a Bonet y a Modiano, por mencionar a dos autores de su misma estirpe literaria. A uno, las de libros (que están de moda, no sé si porque ya no damos para más) no le disgustan, salvo que sean las de los mejores del año y eso que, mal que me pese, ya estoy con la de este maldito 2020. Porque a casa siguen llegando libros y a un ritmo sorprendente (el colmo ha sido recibir aquí atrás un sobre sin remite con cuatro libros dentro, de autores diferentes, los cuatro de poesía) y porque me resulta imposible dar cuenta detallada de algunas lecturas recientes, aunque me gustaría, y porque, en fin, hay libros de los que he disfrutado, decido no ya despachar esas lecturas en unas pocas líneas (lo que no tiene perdón), sino, directamente, con la mera mención del título de la obra y unas pocas palabras más. Una lista, por cierto, que ni es alfabética ni está ordenada por puntos. Una lista de lecturas completas y gustosas. De libros de verdad. 

Despedida, de Cees Nooteboom (Visor). A modo de testamento. 
El corazón y el mar, de Carlos Javier Morales (Adonais). El regreso a la isla, la madre y la infancia. 
La moneda de Carver, de Javier Morales (Reino de Cordelia). Un puñado de relatos donde la literatura se hace carne, al cabo mortal. 
La herida del aire, de Pelayo Fueyo (La Isla de Siltolá). Poemas de verdad para tiempos de mentira. 
17 segundos, de Kirmen Uribe (Visor). Tan lejos, tan cerca. 
Cambiar de vida, de Sergio Álvarez Sánchez (Evohé Desván). Yendo y viniendo con la identidad a cuestas. 
Reliquias, de Juan Bello Sánchez (Tulipa). Cuánto en tan poco. 
Teoría de la justicia, de Francisco José Chamorro (Hiperión). "Yo sólo quería salir de Extremadura". Atentos.
Estatuas de sal, de Avelino Fierro (Franz). Cartas desde la pandemia.
Anacronía, de Gerardo Rodríguez Salas (Valparaíso), una estupenda primera salida a escena con la muerte, Nueva Zelanda y Granada como temas. 
Aire en el aire, de José Luis García Martín (Libros Canto y Cuento), la demostración de que un haiku puede ser mucho más que "el soneto de los haraganes". 
En el principio era América, de Oscar Díaz (La Isla de Siltolá). Estamos ante una voz muy particular que funda su discurso en la sintaxis. 
Lo superfluo y otros poemas, de Alberto Santamaría (La Bella Varsovia). Un libro sorprendente que pone en evidencia que lo silenciario no es necesariamente frío y hermético.
Ir al norte, de Fernando Sanmartín (Libros del Aire Poesía. Colección Abra del Pas). Por la geografía de la imaginación. 
Recuento, de Octavio Gómez Millán (Los Libros del Gato Negro). Una ciudad sin mar: Zaragoza. El padre. 
Jardín con biblioteca, de Carlos Aganzo (Cálamo). "Yo no puedo luchar, no soy hoplita, / siquiera ciudadano / después de tanto como se ha perdido. / Pero aún puedo cantar (como la musa, / la cólera de Aquiles por los muertos)". 
Diré tu cuerpo, Maria Mercé Marçal (Ultramarinos). Traducción de Noelia Díaz Vicedo. Dos libros de la desparecida poeta catalana. "Soy alguien -una mujer- que escribe". Para ordenar el caos. En busca de la identidad. 
Ir al norte, de Fernando Sanmartín (Libros del Aire). Un viaje por la geografía de la imaginación. 

Nota: La ilustración corresponde a un cuadro de Manel Castro: "La biblioteca II"

24.11.20

90 anni

Mi joven amigo Giovanni Scarabello me envía este regalo con la nota: "Para ti, querido amigo. Para tu madre. 90 anni. Muchísimas felicidades, de todo corazón. Y un fortísimo abrazo". Ya se lo he agradecido. Qué menos que copiarlo aquí. Grazie mille. 


Non pensavo di arrivare a questo punto.
Diciamo pure che nemmeno tu.
Sì, fa un po' effetto.
Sei lucida e in buona salute,
cos'altro si può desiderare?
Nonostante il tempo, quel nemico,
ti vedo ancora bella, come sempre.
Piacerebbe anche a me
che Ramón fosse insieme a noi.
Vent'anni di morte ci separano.
Loderebbe ancora la tua bellezza
e, in cambio, potresti offrirgli
un carattere più dolce;
in questo, di sicuro, sei migliorata.
Capita quando ti immergi nelle credenze
e segui quel Cristo che adori.
I tuoi figli, lo sai bene, ti amano.
E i tuoi nipoti
(le tue nipoti, piuttosto: tre contro uno)
e la famiglia e gli amici che ti restano.
Speriamo un altro novembre e tanti ancora
di poter celebrare il tuo compleanno.
Questa volta, maledetto, senza baci.
Solo con l'amore degli sguardi.




Nota: Como Giovanni es un enamorado de Cáceres, ilustro su traducción de mi poema con unas fotografías de amaneceres cacereños tomadas por mi hijo Alberto.

22.11.20

Colinas o la poesía del fervor

La poesía de Antonio Colinas (La Bañeza, 1946), reconocida con premios como el Nacional, el de la Crítica o el Reina Sofía, se reunió en Obra poética completa. 1967-2010 (2011). Después, además de algunas antologías, publicó Canciones para una música silente.
En Memorias del estanque (2016), un libro que complementa a En los prados sembrados de ojos (donde ya aparecían poemas recogidos aquí), escribía Colinas: “Es necesaria la evolución para decir cuanto debemos decir, sintiendo y pensando a la vez. La poesía como vía de conocimiento”. Así, aunque esta nueva entrega sigue la senda de las anteriores (en especial de las cinco últimas), siempre fiel al humanismo y a la búsqueda de la armonía que siempre la ha caracterizado, se aprecian cambios en una poética asentada y personal como pocas del panorama. Por contraste quizá: Oriente y Occidente, el origen y la universalidad, la narratividad y el lirismo, la realidad y el ensoñamiento, la luz y la sombra, la conciencia (consciente) y lo alucinatorio, el ascenso y el descenso, el cielo (estrellas, firmamento) y la tierra (isla y piedras: Ibiza y el noroeste castellano y leonés), etc.
La unidad viene dada no sólo por la voz, sino también por la “realidad profunda” que intenta mostrarse en consonancia con los versos de Machado: “el alma del poeta / se orienta hacia el misterio”. Una visión propia de alguien que contempla el mundo con “ojos de piedad”. Al encuentro de la “expresión esencial” mediante la soledad, la serenidad y el silencio. “En la oscuridad / (en mi oscuridad), / veo sin ver / y encuentro / sin buscar”, leemos.
Seis partes (que podrían ser otros tantos libros) componen el volumen. La primera es una vuelta a los orígenes, a sus raíces. De nuevo remito a “Un valle, dos valles”, el epílogo de sus Memorias. Léase “La estrella final”: “¿Por qué te fuiste tan lejos / si la meta final estaba aquí, / en el lugar del que partiste”. Allí, la infancia: “Solo eres el niño que fuiste”. Las “ruinas fértiles”. Sitios como el huerto frayluisiano de La Flecha, Tábara (León Felipe y “la piedra humilde”), la sierra cordobesa de su adolescencia (y Góngora)... Y otros símbolos: la fuente, los álamos, la calzada, el río, la casa, el castro, las montañas, el bosque, la encina... Y maestros: santa Teresa, Azorín y Rubén Darío.
Al Extremo Oriente (uno de sus pilares filosóficos y literarios) dedica los poemas de la segunda parte. Se sitúan en India, Corea y China. Mezclan lo reflexivo con anotaciones de un diario de viajes. Homenajea a Tagore, Li Bai o Wang Mian (en forma de monólogo dramático).
En la tercera, escrita en Formentor e inspirada en los paisajes del pintor modernista Anglada Camarasa, dialogan dos islas mediterráneas: Mallorca e Ibiza.
Como en el resto del libro, los poemas extensos, discursivos, llenos de preguntas, meditativos o metafísicos (sin desdeñar lo ensayístico). Versos que fluyen de una inspiración que adopta a rachas un tono surreal y en los que afloran palabras compuestas: “luces-lágrimas”, “amor-ciervo”, esquirlas-rubíes”, etc.
Un epistolario inacabado ocupa la cuarta parte. Pound y Eliot, la romana Villa Torlonia, una ladera en Toscana, el último naufragio de Shelley, el Tera (su primer río), el padre y los cuentos de Andersen, canciones para sus hijos (Clara y Jandro) y María José, su mujer, personal capital en su vida, dedicataria del libro: “¡Y la inefable infinitud de amar!”
Precisamente la mujer, símbolo coliniano, centra la quinta parte, acaso la más enigmática. Donde leemos, por cierto, el poema “Un ruego para tiempos de pandemia”.
“Tres poemas mayores” conforman la sexta. Sus temas: la música (la de su juventud en Milán), Cervantes (en su noche final) y la “eterna dualidad”: palabra y silencio, una meditación en Arabí.
Recuerda Colinas que la poesía es un don, pero también “un constante y firme ejercicio de la voluntad”. De ahí su perseverante “peregrinación” hacia el “poema sagrado”.   
 
En los prados sembrados de ojos
Siruela, Madrid, 2020. 162 páginas. 20 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital asturiana El Cuaderno
 

21.11.20

90 años

                                  
                                            


















                    A mi madre, ya nonagenaria

No esperaba llegar a este momento.
Demos por hecho que tampoco tú.
Sí, da un poco de vértigo.
Estás lúcida y con buena salud, 
qué más puede pedirse.
A pesar del tiempo, ese enemigo,
te sigo viendo guapa, como siempre.
También a mí me gustaría
que Ramón estuviera con nosotros.
Veinte años de muerte nos separan.
Seguiría alabando tu belleza
y, a cambio, podrías ofrecerle
un carácter más dulce; 
en eso, sin duda, has mejorado.
Es lo que tiene ahondar en las creencias
y seguir a ese Cristo que veneras.
Tus hijos, bien lo sabes, te queremos.
Y tus nietos 
(nietas más bien: tres contra uno)
y familia y amigos, que aún te quedan.
Ojalá otro noviembre y muchos más
podamos celebrar tu cumpleaños.
Esta vez, por maldito, sin los besos.
Sólo con el amor de las miradas. 

Á. V.
Plasencia, 20 de noviembre de 2020


Mi madre en cuatro tiempos. El montaje es de mi hermano Fernando.


20.11.20

El panorama poético desde la periferia


He aceptado la amable invitación de
El Ciervo, que cumple siete largas décadas de vida, para escribir sobre “el estado de la poesía española” consciente de la complejidad del tema. Lo hago desde el parcial punto de vista de un observador periférico que basa su criterio en la condición de lector. Del todo ajeno a la “vida literaria”.
2020 será para siempre el año de la covid 19, esa maldita pandemia que ha complicado nuestra existencia hasta un punto que nunca imaginamos. Y ahí, la poesía (la literatura en general), jugando un papel decisivo durante el confinamiento, proporcionando no solo ocupación a los lectores encerrados, sino también luz y consuelo a quienes hemos permanecido, con angustia, en suspenso.
Lo primero que cabe señalar del panorama poético español (y eso comprende, por supuesto, al conjunto del Estado) es su riqueza, vigor y variedad. Se acabaron las tendencias dominantes y las estratégicas antologías de grupo, aunque tunantes y “poetas voluntarios” (JRJ dixit) siga habiendo. Esa feliz pluralidad se debe, en buena medida, a la conjunción de las distintas generaciones literarias que aquí conviven. Y hablo de poetas en ejercicio, no sólo vivos. Así, por ir de mayor a menor, habría que empezar por los veteranos del 50 y sus aledaños, aquellos niños de la guerra. Seguiríamos con los Novísimos y su entorno, entre los que contamos todavía con poetas industriosos que no se resignan a callar. Vendrían después los de la Generación de los 80 o de la Democracia que tiene entre sus filas a numerosos supervivientes de aquellas vanas polémicas entre los defensores de la “poesía de la experiencia” y sus detractores, los de “la diferencia” y hasta “del silencio”. De las siguientes promociones, al menos un par, aún son más los vates en acción. Sí, ésta ha sido desde muy antiguo tierra de poesía y los más jóvenes demuestran que, lejos de extinguirse, la lírica de calidad, que es la única que importa, campea a sus anchas por esta suerte de fértil territorio de la Mancha.
Entre los poetas deliberadamente no citados (para evitar malentendidos), no faltarían mujeres, sobre todo a medida que nos fuéramos acercando al presente. Conviene resaltar  cuanto antes la importancia que tiene la poesía femenina o escrita por mujeres en este preciso momento, por más que la poesía no entienda de géneros. Y eso sirve para nombrar a las mayores, ya digo, y a las últimas en llegar pasando por una larga lista que justificaría hablar incluso de moda si ello no diera lugar a desagradables equívocos. Lo cierto es que a la abundancia de títulos hay que añadir la de los reconocimientos, y eso vale para los premios grandes, como el Nacional (ganado por cuatro mujeres en las cinco últimas convocatorias), el de la Crítica, el Reina Sofía o el Lorca (que han logrado mujeres en sus dos últimas ediciones), y para otros menos institucionales pero no por eso menos importantes, como el Hiperión y el Loewe. Sería sorprendente seguir toda la serie de los cuantiosos galardones que se conceden cada año para comprobar que la condición de mujer ya no es excusa para el injusto ninguneo o la deplorable postergación, más bien al contrario. Ya se sabe que vivimos en un país de extremos.
Algunas poetas no sólo forman parte de esa dilatada nómina cualitativa, representan además a una corriente que cobra vigor dentro de nuestra poesía: la que se ocupa del medio rural, el campo y la España vacía. Hace mucho que el desprestigio se cernió sobre toda aquella que no fuera, en sentido laxo, urbana. Se la tachó de antimoderna y agropecuaria, algo que no ha ocurrido por ahí fuera. Según creo, no es el asunto lo que da el marchamo de modernidad a un poema, sino el lenguaje en el que está escrito. Así y todo, la naturaleza y los pueblos cayeron hace tiempo en desgracia y sólo ahora, gracias a libros de poetas como las aludidas y a la reivindicación de la negra provincia olvidada (donde surge, por cierto, acaso la poesía más pujante, tal la canaria, la albaceteña o la asturiana), se empieza a reconocer una manera distinta de decir que es, sin duda, otra manera de ver y de pensar. Nada nuevo. Siempre ha habido poetas resistentes que nunca perdieron de vista esa realidad.
Mencioné antes al Estado (incómoda palabra) y bien está que subraye la importancia que para la excelencia de la poesía nacional tienen las aportaciones de libros en otras lenguas también oficiales. Es verdad que los nacionalismos separatistas (esto es, todos) dificultan de un tiempo a esta parte esa natural fluidez, limpia y permeable, que siempre ha existido entre lenguas diferentes. No obstante y para bien, la poesía catalana, la vasca o la gallega escrita en sus respectivas lenguas autóctonas logran vencer esos obstáculos y el lector del resto de la nación accede a obras ineludibles. Téngase en cuenta que en los tres últimos años el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura de España lo han ganado, por este orden, una poeta en catalán y otras dos en gallego. 
Y ya que de fertilidad hablamos, cómo dejar fuera de esta panorámica los libros de autores hispanoamericanos, tan presentes en los catálogos de nuestras editoriales; con frecuencia, gracias a los galardones que aquí se convocan. Son parte esencial de una lengua común que, por fin, ya no nos separa.
Y a las traducciones de poesía extranjera, que no dejan de ser también partícipes de la nuestra, más si tenemos en cuenta que la mayoría de los traductores son a la vez poetas. De fuste, podemos añadir, y en su mayor parte, a favor de los avances educativos, pertenecientes a las hornadas más jóvenes. No en vano traducir es la forma más profunda de leer.
El apoyo de algunas editoriales modélicas nos permite llegar a libros que, entre otras cosas, ensanchan nuestra tradición y nos permiten (se conozcan o no lenguas distintas) fomentar el deseable cosmopolitismo lírico. Baste con citar un par de casos cercanos: el de la Nobel Louise Glück y el de Anne Carson, Premio Princesa de Asturias.
Sin olvidar el concurso imprescindible y decidido de las librerías y el amparo necesario de las bibliotecas, editoriales grandes y pequeñas, veteranas o nuevas, sostienen con solvencia y rigor este entramado poético que no dudamos en calificar, a pesar de los irremediables agoreros, de próspero y múltiple.
Cuando le preguntaron al poeta Franco Buffoni qué opinaba de las nuevas formas de poesía, ésas que bullen y pululan por las redes sociales, éste respondió: “la banalidad siempre ha estado ahí”. Lo digo por esa enojosa moda de la parapoesía que da tanto que hablar. Sin razón, pues está claro que poesía, en rigor, no es, por mucho que algunos periodistas y lectores formados (no como sus practicantes) la defiendan y hasta la ensalcen. La concesión del Premio Espasa, uno de los escándalos del año, demuestra que lo comercial prima y que la presunta poesía brilla por su ausencia. Ya dijo JRJ hace más de cien años que “la Poesía no admite que se le mezcle con el mercantilismo brutal que nos invade”. Y que “no debe servir de pretexto para buscar dinero”. “¡Denme libros!”, dijo aquél.

Nota: Este texto se ha publicado en el número 784 de la revista El Ciervo. Abre un breve pero enjundioso dosier titulado "¿Poesía? Claro" donde los poetas Antonio Colinas, José Corredor-Matheos, Aurora Luque, Cesc Gelabert, Guillermo Carnero, Olga Novo, Eloy Sánchez Rosillo y José María Micó responden a la pregunta: "¿Qué significa para ti la poesía?".
La ilustración de la portada es de Sonia Pulido, Premio Nacional de Ilustración de este año. Ya anuncié aquí atrás que la veterana revista barcelonesa había recibido, también en 2020, el de Fomento de la Lectura.

19.11.20

Cacereños y cacereñas en 'abril'

 


La revista literaria abril (mantengo la minúscula del rótulo) se fundó en 1991, tiene su sede en Luxemburgo, su periodicidad es semestral, se publica en español, se edita con elegancia y pulcritud y se imprime en Bélgica. Sus redactores son Miguel Candel, José Holguera, Paca Rimbau, José V. Solana y Mariate de la Torre. El número 60 (que se puede leer en Instagram), de octubre de 2020, está dedicado a Cáceres. A Cáceres provincia, cabe precisar. Está ilustrado con acierto por Malou Faber-Hilbert y la sugerente imagen de la portada es de José Holguera. 
El índice reúne a catorce escritores cacereños. Los poetas Javier Alcaíns, Pureza Canelo, Santos Domínguez, Carmen Hernández Zurbano, Emilia Oliva, Javier Rodríguez Marcos, Ada Salas, Irene Sánchez Carrón y Basilio Sánchez. Los narradores Javier Cercas, Pilar Galán, Gonzalo Hidalgo Bayal y Julián Rodríguez, al que está dedicado el número: "con las manos / con los ojos / con el corazón / con la memoria". (Uno, según costumbre y por razones alfabéticas, cierra el volumen.) 
El profesor Miguel Ángel Lama, que se ha referido a esta entrega en su blog, firma el prólogo y lo titula "Cáceres en Abril". Advierte desde el principio que esta mirada "tiene solo de localista el territorio en el que se fija", un "lugar de creación", ya que ese conjunto de nombres, "con sus textos, trasciende lo local para convertirse en un trozo de un panorama literario que ayuda al conocimiento de la historia actual de la literatura en español". Tiene razón el autor de El trabajo gustoso cuando afirma que la nómina es tal vez "exigua" y que podría armarse otro número de la revista con un elenco diferente y poco o nada cambiaría en lo que a la calidad respecta. Tras repasar las colaboraciones, agradece, en fin, "a quienes hace Abril", que le hayan permitido presentar a "este puñado predilecto de hijos e hijas predilectos de Cáceres".
No es mi intención comentar lo que cada cual publica en la revista. Sí diré que Bayal rescata sus poemas "guadalupenses" (de su poesía, precisamente, me he ocupado en el espléndido cartapacio que le va a dedicar el año próximo la revista Turia) y que Javier Rodríguez Marcos ejerce de narrador al rememorar, y de qué hermosa manera, las tres calles de su infancia cacereña. Lo mismo le ocurre a Hernández Zurbano que ya nos había demostrado de sobra sus dotes poéticas y que ahora nos sorprende con sus prosas, una suerte de diario viajero que ha titulado "Ya hemos estado allí", un título que me recuerda -no sé si es un guiño- el del último libro de poesía de mi amigo Jordi Doce. 
Algunos hemos optado por textos ya editados; así, Alcaíns y las sorprendentes Las adivinanzas del agua, Canelo y los inolvidables poemas de Oeste, Galán (que da "Una espiga dorada por el sol", de su libro Tecleo en vano), Sánchez Carrón (que añade a su recopilación el poema "Para que escriba yo", un homenaje a Ángel González que apareció en la revista Estación Poesía) y B. Sánchez, que no deja de sorprendernos. 
Otros han elegido inéditos. Ya he mencionado el caso de Javier Rodríguez Marcos. Me han encantado los poemas que adelanta Salas, más cálidos, digamos de lo habitual, que supongo de un libro futuro. Estaremos al tanto. Y otro tanto cabe decir de los que ofrecen Oliva (que no deja de arriesgar) y Domínguez (muy en línea con los que forman parte del libro que premiamos aquí atrás con el "Flor de jara" Siles, Irene, Basilio y yo).
Cercas, por su parte, explica con la gracia que le caracteriza, los orígenes de su planetaria novela Tierra alta.


Mención aparte merece Julián Rodríguez. Ya dije cuando murió que, por lo pronto, habría que editar el diario que fue publicando en Facebook. Aquí se recogen unas "Notas de viaje y lectura" que vuelven a ponernos delante de los ojos, a constatar fehacientemente, la calidad literaria y humana del autor de Nevada. Los párrafos dedicados a su viaje nietzscheano a Sils Maria son, por ejemplo, memorables.
Como cuenta Lama en su bitácora, estas últimas semanas se ha estado preparando en Badajoz una exposición sobre JR en el MEIAC. La impulsa la Editora Regional de Extremadura, por la que hizo tanto, y se titula Actos de fe / Acciones concretas (Julián Rodríguez, tipógrafo). El comisario es su socio y amigo -quién mejor- Juan Luis López Espada. Su hermano Javier ha estado también en ello, como los hermanos Sáez, Luis y Antonio, amigos de infancia de los Rodríguez (dos escritores cacereños, por cierto, que no figuran en la selección de abril). Estaba previsto que se inaugurara ayer, 18 de noviembre, y de hecho así fue, pero el acto no fue público por culpa de las medidas contra la covid impuestas por las autoridades en la ciudad fronteriza. Está abierta a quien quiera visitarla desde hoy (en el Panótico 2 del museo) y hasta el 12 de enero. 
Debajo hay imágenes de la muestra, por gentileza de Luis Sáez. Estoy deseando ver el catálogo, que ya está en camino.
Vuelvo al principio. Una humilde joya, ya se ve, la antología de abril, que uno no llegó a imaginar tan rigurosa y feliz. Enhorabuena a sus editores y mil gracias por haberme invitado a participar. 






18.11.20

Pepa























La casualidad ha querido que el mismo día que se publicaba en PlanVe una reseña mía titulada "Ladridos", sobre el último libro de Juan Ramón Santos, Pepa, la perra de mi hija Leticia, una pequeña ladradora profesional, muriera en Cáceres a los trece años de edad. Una lástima. 
Nunca he tenido perros, más bien los temo. Desde la infancia. Eso no significa que a lo largo de mi vida -lo saben quienes me han leído- no haya convivido con unos cuantos, sobre todo en el molino (Nana, por ejemplo). De razas distintas y comportamientos diferentes. Nunca se portaron mal conmigo, reacio a las caricias y otras zalamerías propias de quienes tratan asiduamente a esos animales. No, ya que lo menciono, no soy animalista, en ningún sentido (abomino de las radicalidades), lo que no obsta para que sienta una pena enorme por la muerte de un ser que sin duda alegró nuestra existencia. Mucho más la de nuestra hija, a quien dio cariño y compañía, lo que no es poco. Por ella lo siento más que por nadie. Por ella y por Carlitos, que ha compartido la tutela de la perrina desde que nació. 
Ahora me arrepiento un poco de mis quejas por sus pelos (los fabricaba industrialmente, puedo asegurarlo), que han quedado entre los asientos del coche o en algunas prendas y enseres de esta casa. Cuando la cuidábamos, lo que ocurrió pocas veces, me gustaba sacarla a pasear. Mucho menos recoger sus deposiciones, lo que hacía sin discusión, para compensar la falta de responsabilidad de esos guarros que nos ensucian sin miramientos las calles a diario. 
De entre los recuerdos, sus estancias veraniegas en Conil, donde disfrutaba muy temprano de la playa. 
Pepa enfermó gravemente hace unos días y han tenido que tomar, con la veterinaria, una decisión tan drástica como dolorosa. Pero pueden estar tranquilos: le han dado la mejor vida posible, la menos "perra", si se me permite el uso del viejo adjetivo, de cuantas Pepa pudo llevar. Fue una perrina muy querida y quienes tuvimos la suerte de tratarla no la vamos a olvidar. 

17.11.20

Brines, el sueño de una luz que nunca cesa


Estos últimos años venía siendo común entre poetas que a la pregunta “¿a quién concedería el Cervantes?” se respondiera: “a Francisco Brines”. Por eso es y no es una sorpresa la concesión de este acreditado premio al poeta valenciano de 88 años. Sí, ¡ya era hora! Merecimientos le sobraban desde hace mucho tiempo, sin necesidad de esperar siquiera a que su obra concluyese, reunida en 1997 bajo el título de
Ensayo de una despedida. A falta de un libro largamente anunciado, ésta se compone de tan sólo siete títulos: Las brasas, Materia narrativa inexacta, Palabras a la oscuridad, Aún no, Insistencias en Luzbel, El otoño de las rosas y La última costa.
Conviene recordar que pertenece, a efectos didácticos, al Grupo del 50, que tan buenos poetas ha dado, algunos también reconocidos con este galardón, como Gamoneda o Caballero Bonald.
Más allá de las afinidades generacionales, Brines, digámoslo pronto, ha sido un poeta de múltiples, ricos y variados registros. “Estimo particularmente, como poeta y lector, aquella poesía que se ejercita con afán de conocimiento, y aquella que hace revivir la pasión de la vida. La primera nos hace más lúcidos, la segunda más intensos”, ha escrito. En este “dualismo antagónico”, según Pilar Palomo, se debate su poesía. La que entronca con Manrique, Garcilaso y Quevedo y llega hasta Machado, Juan Ramón (su primer maestro) y Cernuda.
Por “desvelamiento” (para decirlo con sus propias palabras) nos llega, por ejemplo, el sentimiento de la naturaleza (que tan bien explicó en su ensayo sobre Gil-Albert). Es en los poemas localizados en Elca u Oliva (pueblo natal del poeta), en su casa de campo rodeada de jardines y naranjos, frente al mar de los clásicos, donde nuestro poeta alcanza el máximo grado de intensidad, lo que es tanto como decir el máximo en poesía. La perfecta adecuación de paisaje y pensamiento facilita ese tránsito. El poeta, de espaldas, asomado al balcón, cuando atardece, bajo los astros ya y ante la noche, contempla. Piensa o sabe que el tiempo irreparablemente huye. Su actitud –una postura moral– está arraigada en ese espacio común mediterráneo. Es estoica, y aun escéptica; de algún modo, epicúrea. “Griego en el exilio”, como Borges. Desde la plena conciencia de pérdida, su canto es el de alguien que ama profundamente la vida. En función de ese amor, la tristeza, la serena aceptación, la melancolía. “Ama la tierra el hombre”, nos ha dicho. Y allí, la infancia. Y, más allá, el interminable verano, donde fuera más plena. “En la niñez –comenta– tenemos una sensación de inmortalidad”. Desde esta orilla, intempestiva y total, nos llega el Brines que celebra la pasión de la vida, el, diríamos, más “intenso”. Así, en sus poemas de amor. En sus versos: “Un ser en orden crecía junto a mí, / y mi desorden serenaba. / Amé su limitada perfección.” ¿Cabe definición más exacta y cabal de lo amoroso?
La poesía de Brines, como él mismo ha explicado, nace de la mezcla de intuición (o “fatalidad expresiva”) y pensamiento. El resultado, conseguido desde la “máxima claridad”, aplica siempre el criterio de que “la riqueza de las palabras” está en “su precisión”. De este juego a un tiempo calculado y espontáneo surge una poesía que no dudamos en calificar de genuina. Y todo ello por mor de una evidencia: es fruto de una necesidad. La que sostiene que es inevitable nombrar para vivir.
La obra incesante de Brines echa por tierra el mito de Rimbaud: en su madurez no decae; antes bien, se depura e intensifica. Desde Las brasas hasta La última costa el camino ha sido largo. Ha dado para componer una “extensa elegía” que se ha ido desarrollando por incesante crecimiento, sumando círculos, (alguna vez ha utilizado la imagen de los círculos concéntricos que forma una piedra arrojada al agua para referirse a su propia obra), procediendo mediante variaciones, insistiendo obstinada e inevitablemente en ese mismo libro que por fatalidad cada poeta reescribe una y otra vez. Su obra simboliza, según creo, el sueño de una luz que nunca cesa. A la tradición, clásico en vida, su voz aporta un tono inconfundible. El mismo que ahora, al fin, se reconoce. El que celebran sus lectores, no su público.

Nota: Este artículo se ha publicado en El Cultural
La fotografía es de Jesús Ciscar, para El País
 

16.11.20

Ladridos

Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975) es licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas por la Universidad de Salamanca, expresidente de la Asociación de Escritores Extremeños y codirector del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel Y Galán”. En los últimos años se ha ocupado con solvencia de la gestión cultural del Ayuntamiento de Plasencia, del que es funcionario.
Autor de las novelas Biblia apócrifa de Aracia (Del Oeste Ediciones, 2010), El tesoro de la isla (De la luna libros, 2015) y El verano del Endocrino, (Baile del Sol, 2018); los libros de relatos Cortometrajes (Editora Regional de Extremadura, 2004), El círculo de Viena (Llibros del Pexe, 2005), Cuaderno escolar (Editora Regional de Extremadura, 2009), Palabras menores (De la luna libros, 2011) y Perder el tiempo (De la luna libros, 2016); así como de los libros de poesía Cicerone (De la luna libros, 2014) y Aire de familia (La Isla de Siltolá, 2016), sus cuentos figuran en varias antologías del género y ha traducido Lo invisible, del portugués Rui Lage (La Umbría y la Solana, 2020)
Con El síndrome de Diógenes, el placentino  ganó el trigésimo noveno Premio de Narración Corta ‘Felipe Trigo’. Las bases del mismo nos ponen en la tesitura de dudar de si estamos ante un cuento largo o ante una novela corta. Sí, de nouvelle podría hablarse, ni novela ni cuento, un formato poco explotado aquí. Lo importante, digámoslo cuanto antes, es que Santos ha conseguido dar a su relato la medida exacta, la que mejor se ajusta a la historia que narra, o viceversa, porque de hecho, como el propio autor comenta en una entrevista, presentarse a ese premio no fue una casualidad sino “un reto”: el de adaptarse a esa concreta extensión que exigían las citadas bases. Explica que, para hacerse “una idea del ritmo, el formato o la estructura que un texto así podría tener eché mano de los clásicos” y que dos de ellos: Lazarillo de Tormes La metamorfosis, “podrían haber sido, por su extensión, candidatos excelentes al premio”. Comprobó, además, que, con ser muy distintos entre sí, ambos tenían que ver con “una historia que me venía rondando hacía tiempo por la cabeza”. La nota editorial la resume muy bien: “«Todo comenzó el día en que me dio por ladrarle a la Bulldog». Así empieza El síndrome de Diógenes, el relato en primera persona de un cínico contemporáneo, un tipo extravagante que, en la mitad del camino de la vida, emprende una cruzada contra lo que llama la perniciosa secta de las señoras con el bolso bajo el brazo, dejándose llevar por un instinto cada vez más canino que lo acabará alejando sin vuelta atrás de sus congéneres”. Aunque el argumento sea importante (con más enjundia de la que pueda deducirse de esta sinopsis) y la frágil y sugerente trama lo suficientemente llamativa como para captar la atención del lector, que pronto se siente atrapado por los avatares de la entretenida e intrigante fábula, conviene resaltar la atención que Santos consagra al lenguaje, la sutileza que despliega para expresar lo que cuenta de la forma más adecuada posible. Esto no es nuevo. Quienes hemos seguido su trayectoria sabemos que la precisión y el rigor de su escritura son, para él, norma, algo que se aprecia aún con más nitidez en El síndrome..., tal vez porque eso que llamamos “madurez” le haya alcanzado de lleno. Y de qué espléndida manera, cabe añadir. A modo de ejemplo, uno elegiría el párrafo final de capítulo 8 (de los 10, por cierto, que componen la obra). Basta y sobra.
No puedo evitar, ya que lo menciono, que si bien se aprecia, a rachas y para bien, la alargada sombra de la obra de su maestro (en sentido profundo), Gonzalo Hidalgo Bayal, su influencia (reconocida por Santos con sano orgullo y gozosa naturalidad) es aquí menos evidente que en otras ocasiones y, en consecuencia, la voz, me atrevo a afirmar, más personal y asentada que nunca. Se trata de lecciones bien aprendidas, las mismas que cualquier escritor ha de asimilar a costa de leer con la debida atención a sus clásicos electivos, ya sean antiguos, modernos o contemporáneos. Y eso vale para Antístenes, Crates de Tebas y Diógenes de Sinope (los griegos de la “escuela cínica” que han inspirado esta nouvelle) o para Kafka, Borges y Bayal (tres referentes literarios reconocidos).
El protagonista de El síndrome… (del que desconocemos el nombre, como los del resto de personajes), un profesor de instituto separado, con un hijo y en crisis, tan extravagante y solitario como suelen ser los que Santos concibe, seres alejados de la presunta normalidad, pasa por una serie de vicisitudes que no es menester desvelar aquí pero que construyen una inquietante metáfora de nuestro tiempo líquido, por seguir a Zygmunt  Bauman, pero ahora en estado de congelación, suspendido por culpa de la pandemia y tomado del todo por el miedo. Ladrar, en sentido simbólico, es acaso una necesidad. Y pues que de ladridos hablamos, tampoco está de más reconocer la trascendencia del perro como animal de compañía en la sociedad actual, lo que refuerza, a mi entender, la dimensión alegórica del relato. Éste incide en otra característica de la literatura del escritor placentino: el humor. Un humor, como corresponde al cinismo del protagonista, ácido y, por momentos, hasta corrosivo, muy adecuado para acompañar a un hombre en su particular descenso a los infiernos.
Situada en Pomares, esa ciudad inventada por Santos que tanto se parece a la suya natal, la imaginativa historia de este atrabiliario personaje, con el que recorremos las angostas calles secundarias del centro y las inhóspitas periferias, cuando no la desolada intemperie de los canchos, nos permite reflexionar sobre la condición humana –tan perruna a veces– que es, a la postre, lo que la literatura compasiva, humanista y moral de Juan Ramón Santos persigue. Si no la conocen aún, no veo mejor manera de empezar que con la lectura de esta pequeña, conseguida joya.
  
El síndrome de Diógenes
Juan Ramón Santos
Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2020. 88 páginas. 8,00 €

Esta reseña se ha publicado en PlanVe

11.11.20

Ars nimia: La poesía de Gutiérrez Plaza

Que la poesía venezolana contemporánea es un pozo lírico sin fondo resulta ya un lugar común. Bien lo saben los lectores curiosos y atentos. Los editores españoles, lógicamente, también. Pre-Textos y Visor, por poner sólo un par de notables ejemplos, han cuidado esa presencia ultramarina. La primera publicaba en 2019 la magna, exhaustiva antología Rasgos comunes (con selección, prólogo y notas de Antonio López Ortega y Gina Saraceni), más de mil cien páginas de versos venezolanos del siglo XX. La segunda (junto a la Fundación para la Cultura Urbana, serie que coordina con mano firme Marina Gasparini para la casa madrileña y que va por su tercera entrega) acaba de publicar El cangrejo ermitaño, de Arturo Gutiérrez Plaza (Caracas, 1962), incluido, por cierto, en el florilegio recién citado. 
Cada libro empieza a su manera. Quiero decir que llega de un modo distinto, si hace al caso. Éste me atrapó, para empezar, por la misteriosa, sugerente ilustración de su cubierta, obra del pintor abstracto Cipriano Martínez, que casa muy bien con la obra figurativa de AGP. Siguió por el prólogo, de Rafael Courtoisie, algo más que unas páginas de divagación y cortesía. "Palabras que saben dudar" lo titula. Afirma que no estamos ante una antología al uso, ordenada en orden cronológico, sino ante "un libro nuevo". Del todo, obvio, para quienes no hayan leído a AGP. La selección (de cinco libros), lo subraya, es cuidadosa. El lector lo nota de inmediato, tal vez porque la primera de las ocho partes de que consta  (cada una se abre con una cita muy bien elegida) es una de las más pujantes del conjunto. Menciona el uruguayo, entre otras cosas, su "racionalidad pasional" (certero oxímoron), no carente de lucidez, su visión de insiliado (más que de exiliado), la "contención voluntaria" en el lenguaje, su cualidad de poeta "urbano" y el asentamiento de su discurso "en un espacio de duda y reflexión que es la esencia de su poesía" (más que hechos, interpretaciones). 
Ya se dijo que el libro no podía comenzar mejor. A su país natal, de triste actualidad desde hace años, dedica unos poemas más dolidos que sociales o civiles. El primero, "Un país". El segundo, "Dos patrias". Destacaría "Realismo socialista", uno de los que se atienen a lo dicho en el poema "Entre la espada y la pared", de la última parte, la dedicada a la poética: La ironía no es asunto de elección. // Es una imposición de la realidad / que acosa al lenguaje. También son elocuentes estos versos finales de "Hogar": Vivo como el cangrejo ermitaño, / como un decápodo errante, refugiado en conchas vacías, / atrapado, impenitente, confiado / en la bondad de alguna ola que me arrastre / o termine de ocultarme en la arena.
La segunda parte está dedicada al viaje: la noción de lugar (Vengo de un lugar que ya no existe), las ruinas (Vivo entre ruinas / como el moho reciente, luego de la destrucción). "Tierra de gracia" es uno de los mejores poemas de esa sección. 
La tercera aterriza en la ciudadanía (como se observa, la coherencia es total), la "gente invisible" (Gente que al caminar / apenas deja huellas), la que vive en "el infierno que habitamos todos los días", que diría Calvino. 
La cuarta inventa un idioma, pongamos, para el "clima extranjero" (el del epígrafe de Fombona Pachano). Made in USA. El Midwest, Oklahoma, Nueva York, Mrs. Gardner, el estudiante Phillip, el amigo chino...
La quinta está dedicada al amor. Un tema complejo, ya se sabe. No es la parte que más me convence, aunque "Escena conyugal" sea un poema excelente. 
La sexta se ocupa de los fenómenos y las cosas: la lluvia, las telarañas, el muro, las piedras. Se cierra con otro poema memorable, "Saudade": Me gustan las canciones tristes / en idiomas que desconozco
"Vivir es sólo una costumbre", escribió Anna Ajmátova y de eso (Uno lo que hace es vivir) va la séptima parte. Y en la vida, los hijos (Gaby y su pez  Alfonso, el cachete de Andrés, la cucaracha de Ernesto). Emocionante "Últimas palabras" (leo como propios estos versos: Cada quien levanta murallas / para proteger sus fronteras). "Cuando no era" (Tantos han partido cuando no era) es otro de los imprescindibles. Abundan en este grupo, el más numeroso de todos, donde tal vez se aprecie mejor la indiscutible calidad (o eso creo) de esta poesía que respira naturalidad aunque nunca pierda de vista el pensamiento. Tan imaginativa en su realismo (ahora soy yo quien juega con el oxímoron) como calibrada y exacta en lo que respecta al lenguaje. Y de eso va la última parte. Ya allí, poemas breves con una fuerza demoledora: "Palabras" (Sólo confío en aquellas / palabras que saben dudar) o "Sin saberlo". A Rafael Cadenas (el gran poeta venezolano vivo, tan presente, pongo por caso, como el fallecido Eugenio Montejo) le dedica otra pieza indeleble: "Réquiem para un poeta". En "Ars nimia" lo dice, en fin, todo: Un lenguaje que encubra ( (y descubra) / sin hacerse notar, / que oculte / (y revele) / con sigilo. // Un arte de lo mínimo / (o con una m menos, de lo nimio), / en el que sin excesos  / se haga sentir / el cartílago de la lengua. Me apropiaría con gusto de esta precisa poética. 
A medida que avanzaba en la complaciente lectura, me decía a mí mismo que me gustaría haberme topado con este libro cuando era joven. Me da que es una de esas obras exigentes que ayudan a crecer, que enseñan a escribir. 
La breve nota sobre el poeta incluida en Rasgos comunes se cierra con estas palabras: "La de Gutiérrez Plaza es una voz que constantemente se desdiosa para frecuentar la serena melancolía que da la aceptación de la muerte". Es verdad. No dejen de leerlo. 

El cangrejo ermitaño. Antología poética
Arturo Gutiérrez Plaza
Visor de Poesía, Madrid, 2020. 172 páginas. 12,00 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 149 de la revista Clarín