30.3.21

De Bonilla

Juan Bonilla
Renacimiento, Sevilla, 2021. 136 páginas
 
Juan Bonilla (Xerez, 1966) es uno de los pocos escritores que compagina distintos géneros literarios con semejante brillantez. Lo mismo escribe, y con qué solvencia, un relato que un poema, un ensayo que una novela. Si algo define al polifacético autor es, sin duda, su talento. En poesía lo ha demostrado con Partes de guerra, El belvedere, Buzón vacío, Cháchara, Poemas pequeñoburgueses y Hecho en falta, su poesía reunida hasta 2014.
El título de esta nueva entrega procede de la Física y se refiere a ciertas partículas que, en los agujeros negros, “escapan –de uno– y dan lugar a nuevas radiaciones al encontrarse con materia cercana –es decir: los otros–, una preciosa definición de poesía”.
El libro no podía empezar mejor: con el extenso relato real “Aquí”, ocho páginas en prosa donde traza el “mapa de mi vida”. Dos cartografías domiciliarias: los aquí “felices” y los “desgraciados”. En Jerez, Barcelona, Cádiz, Sevilla, Madrid, Nueva York, La Habana, Benarés, Roma, San Petersburgo, San José de Costa Rica y el Aljarafe, su “aquí” de ahora. Y ya ahí, la autobiografía, el humor, la ironía, la intertextualidad (guiños de experto lector), los viajes y el nomadeo, la naturalidad y el desenfado (con fondo melancólico) que logra mediante un lenguaje cercano y coloquial, nunca simple (hay destacables destellos de creatividad en el vocabulario y la sintaxis), que nunca le hace ascos a los antiguos (“Soy un fue, un no será, un ex cansado”). Donde no falta la métrica, la rima y las estrofas. Todo sin un deje de ranciedad, sino más bien lo contrario, pues sólo lo clásico no pasa de moda.
Y entre broma y broma, la sentencia, la epifanía, el aforismo: “Ser es tan raro como ya haber sido”. La verdad, que siempre se abre paso (léase “Filosofía”). Al hablar, por ejemplo, de la infancia (como centro, su madre, y es que Bonilla no ha perdido todavía al niño que fue) y la adolescencia (“Envejecemos / a gran velocidad en horas lentas”).
La mencionada ironía aflora cada poco como contrapeso. En “Agradecimiento”, que empieza: “Muchas gracias a tantos días de mierda / en los que nada sale a conveniencia”.
La identidad es otro asunto: “estoy lleno de gente / soy tantos que no sé quién ya no soy”. Léase “El alma fuera”. Y el paso del tiempo: “este esfuerzo diario / de encontrar la gracia/ a estar aquí”. Porque “ha sido un día más, / ya es un día menos”.
De las siete partes del libro, dedica la tercera al amor. Y al deseo. “Llevas el paraíso dentro. / Lo sé porque yo he estado”, leemos. Y: “Todo envejece menos la mirada”.
Dos llevan título: la cuarta y la quinta: la vacacional “Punta Umbría” (“la insólita extrañeza de vivir”, donde encontramos el logrado poema “Cumpleaños”) y la jugosa “Letras” (“piezas escritas con ciertas melodías latiéndome en las sienes”, una con las de un posible “himno nacional”).
La muerte es otro tema recurrente (el libro se cierra con “Epitafio”): “pregunto por quién dobla la campana: / sé que es por todo lo que no he vivido”. No faltan, eso sí, poemas gozosos como “Alegría de la tarde” y “Los poetas malditos”, a los que tan bien conoce.
Manteniendo a raya la ocurrencia, sin poder “conformarse con ser solo / poeta de su pueblo natal” (como Keats lo fue del suyo: Londres), Bonilla vuelve a sorprendernos. Aligerando lo complejo, suavizando lo grave. 

NOTA: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.

27.3.21

Un poema

 


Leo "El cuarto del siroco". Con motivo del Día Mundial de la Poesía y del Día Internacional de los Bosques.

26.3.21

La poesía mágica de Francisco León

Francisco León (Tenerife, 1970) forma parte de cierta poesía canaria que “se ha separado de la tradición poética mayoritaria en el ámbito nacional y pasado a formar parte de un espacio de excepción”. Lo afirma Alejandro Krawietz, compañero de generación de aquél y de otros poetas cuyos libros uno ha reseñado recientemente en El Cuaderno, como Melchor López o Isidro Hernández. Aunque antes y ahora la poesía española es mucho más que “poesía de la experiencia”, no cabe duda de la excepcionalidad de la obra de León en el panorama poético nacional que, insisto, es plural sin remedio, al menos para quienes leen sin prejuicios ni anteojeras.
En la de León priman la exigencia y el rigor. Por eso necesita lectores valientes.
Fue fundador y codirector de la revista Paradiso, germen de un grupo del que fue mentor y maestro un poeta fundamental a la hora de subrayar la supuesta singularidad lírica canaria: Andrés Sánchez Robayna. Tras licenciarse en Filología en la Universidad de La Laguna, León dirigió también las revistas Can MayorVulcane y Piedra y Cielo. Mantiene desde años un blog.
Narrador (ha publicado la novela Carta para una señorita griega, los libros de relatos Instante en Lucio Fontana y Reptil con piel de jade, así como el diario Ábaco) y ensayista (Oculto oficio), es autor de los libros de poemas Cartografía, Tiempo entero, Terraria, Dos mundos, Aspectos de una revelación y Heracles loco y otros poemas, agrupados en Tiempo entero. Poesía reunida, 1999-2016 (2019).
A la hora de leer su poesía conviene tener en cuenta que el poeta ha asegurado que no le gustan los “caminos generales”. Afirma que “la potencia imaginaria de la poesía es aquello que desplaza nuestro pensamiento (y por tanto nuestra experiencia) hacia zonas de reflexión y conocimiento nuevos, de visión y de lenguaje e inéditos, hacia zonas misteriosas, por decirlo así”. Se trataría de “bajar al fondo imaginario de esas experiencias, recuerdos o ficciones y enunciarlos desde allí, desde su metamorfosis”.
No cree en la “poesía de evasión” y está en contra, sí, de “la impugnación española de la imaginación (y con ella, la impugnación de la poesía como exploración metafísica)”. Y cita a Jordi Doce (que firma uno de los textos de la contracubierta): “No basta con vivir; hay que hacerse cargo de esta vivir nuestro con un esfuerzo imaginativo”. No hay realidad sin imaginación. De ahí que le guste la resistencia exigente del poema y no la tentadora facilidad. Pero esto no es mera teoría. Quien se enfrente a La función de la magia en el mundo debe ser consciente del reto que eso supone. Doy fe. Ayuda saber, lo confiesa en la nota final, que son poemas “compuestos en torno a la desaparición del padre”, que “dan cuenta del reino de la serpiente, como diría Joseph Campbell, a veces sombrío y a veces luminoso”, y que, en fin, estos versos están impregnados “por la sombra corrosiva de la enfermedad, luego la muerte y finalmente la ausencia”. Que son poemas-misiva. Al padre y a algunos amigos (como el citado Doce o el también mencionado López, firmante del otro texto de la contracubierta, dedicatario de “Carta al nigromante”). Y a él mismo, primer lector de sus versos. En este sentido, estaríamos ante un libro dialogado o, por decirlo de otro modo, con una marcada dimensión dialógica.
El tono de los poemas, no hace falta decirlo, es meditativo. A rachas filosófico y hasta metafísico. Estamos ante poemas discursivos que exigen, para el desarrollo de un determinado pensamiento, cierta extensión. No por ello son secos o monótonos. El ritmo está muy presente en esta escritura (léase “A tu sombra, bebiendo café”) que usa el encabalgamiento con maestría.
El libro se abre con esta cita de Malinowski: «La función de la magia consiste en ritualizar el optimismo del hombre, en acrecentar su fe en la victoria de la esperanza sobre el miedo. La magia expresa el mayor valor que, frente a la duda, confiere el hombre a la confianza, a la resolución frente a la vacilación, al optimismo frente al pesimismo». Consta de tres partes donde la segunda, “Judea”, está formada por un puñado de poemas en prosa.
Empieza con “Un paseo”. Con el padre, claro.
Para resaltar el carácter meditativo, “Meditación a las tres de la tarde”.
Pronto notamos la fuerza del lenguaje, su potencia, lograda a través de un vocabulario escogido y preciso que se sostiene por su riqueza y variedad sin llegar por ello al barroquismo. Menos es más.
Al fondo, lo anota López, “la conciencia extrema de asistir al final de una era, o de un mundo, de toda una Cultura, de ahí el profundo melos melancólico que signa su poesía. El mito, en sus versiones más irracionales, más enigmáticas, parece aflorar entonces en sus palabras atravesadas por el rayo de las más poderosas visiones como respuesta particular a ese sentimiento de inevitable raíz elegíaca”. “Hemos llegado al fin de nuestra era”, leemos. Y: “Nuestro vergel ficticio es una aldea / de cigarras quemadas a las tres de la tarde”.
Qué hermoso el poema amoroso “Noche en G.”
Estamos en medio del siroco, la calima y “la plenitud de un mar de luz que te subyuga”.
“¿Hacia dónde caminas?”, se pregunta. “Sólo soñar es salvación”, escribe. Y: “En esto pienso: / en los poemas, muertos como cigarras, en el destino”. O: “Nos arrincona el mundo”.
“Carta a un amigo sobre el final del tiempo” es el título de otro poema paradigmático.
Y de nuevo las preguntas: “¿Existimos para alguien en el mundo?”. Y responde: “Semiexistimos, y eso es todo”.
En el poema que da título a la obra, leemos: “¿acaso era otra cosa la función temible / de la magia en el mundo, soñar, frente a la llama, / lo que es real, los rostros penosos de los muertos, / crear con un hechizo nuestro precario mundo, / no era eso, aunque fuera con eruditas lágrimas”.
De las prosas destacaría “Visita del abuelo”, “el padre de mi padre, el muchacho de rizos que huelen a tabaco”.
En la última sección, “hacia la edad perpetua de un poema”, “en el tiempo infinito y laborioso del poema”, escribe: “Recuérdate a ti mismo / que todavía existes”.
Muy sugerente me parece “Al pintor Stipo Pranyko”, “el místico blanco de Lanzarote”, más si tenemos en cuenta (otro rasgo común de la poesía canaria) la faceta artística (o plástica) de León. Allí habla de la “desolación de la memoria”, de la vergüenza por no comprender “la belleza tan simple / de la cuchara rota”.
La infancia está presente “En las viñas”. Y la naturaleza. Como lo estaba, pongo por caso, “En el valle”, un poema de la primera parte.
Cabe precisar la importancia del paisaje en esta poesía (otra característica isleña). ¡Cómo sustraerse a esa belleza! Cualquiera que haya visitado el archipiélago lo sabe, y los que no también. Vinculado al Romanticismo alemán, León opina que no es casual que en sus versos “asomen ciertos elementos de interpretación del paisaje” usados por los románticos. Ahí, “lo sublime”. Un “enfoque metafísico del paisaje”. “Una ensoñación trascendental de la naturaleza” que va “de lo visible a lo metafísico, de lo real a lo existencial”. La misma “predisposición paisajística” que se da en Quesada y Padorno, en Martinón o Robayna, además de en sus coetáneos compañeros de viaje. Algo, por cierto, que no le impide viajar hasta Roma. Por no evocar la presencia de Grecia en su poesía.
Jordi Doce ha dicho que la poesía de Francisco León “es un canto entusiasta de las maravillas del mundo, un himno febril que celebra la fuerza magmática de la creación. El entusiasmo de nuestro poeta es el de los antiguos griegos, para quienes esta palabra significaba «tener un dios dentro de sí». Así la magia de la fuerza imaginativa. Y así esta escritura: recorrida por la admiración, admirable ella misma, capaz de moldear el mundo a su imagen y semejanza y celebrarlo con palabras que nos interpelan y nos iluminan. Como el álamo de Juan Ramón Jiménez, uno de sus maestros, cada poema de Francisco León «termina bien en sí mismo»”. Y Melchor López que “es un monstruo lleno de ojos: mira, lo ve todo, lo imagina con los ojos encendidos en lo oscuro (una cueva musgosa o un laberinto tallado), lo transmuta todo entonces en palabra creadora, tiene fiebre y escribe”. ¿Qué puede uno añadir? Que para lo consabido ya están otros.
 
Francisco León
Ars Poética, Oviedo, 2020. 92 páginas. 12,00 €
 

24.3.21

Librotes

Tengo encima de la mesa seis voluminosos libros que, uno encima de otro, forman una significativa columna de papel. Cuatro de ellos pertenecen al mismo autor, José Antonio Cáceres, "el ignoto", como le denomina su principal especialista, por no decir su auténtica descubridora: Emilia Oliva García. Nacido en Zarza de Granadilla en 1941, Cáceres es artista plástico y poeta. Su vida ha sido inquieta y azarosa. Fue profesor en distintas universidades europeas y en la de Extremadura (de italiano), pionero de la poesía experimental (formó parte de los grupos Poesía Concreta y N.O) y autor de una extensa obra como poeta visual y como poeta, digamos, al uso. Esta última estaba inédita en su mayor parte hasta ahora y se reúne en dos gruesos tomos bajo el título de Autosugestión. Los poemas se agrupan en cuatro partes: de adolescencia, de juventud, de madurez  y de vejez. Publica la Editora Regional de Extremadura, en edición de la citada Emilia Oliva, casa que ya había incluido en su catálogo Moradas (2011).

En su vertiente plástica, otros dos volúmenes dan buena cuenta de la obra de este desconocido, salvo para los muy iniciados o para quienes, por casualidad, hemos vivido cerca de él. Me refiero al catálogo de la exposición Unidad del Mundo
 que le dedicó el MEIAC. La espléndida edición (estamos, sin duda, ante un libro precioso) lleva por título La consciencia de ser y fue la última que cuidó, junto a su socio y amigo Juan Luis López Espada, Julián Rodríguez. 
Aunque hay un puñado de colaboraciones, el extenso y bien informado estudio central está firmado, cómo no, por Oliva. 
En la introducción, nuestro añorado Antonio Franco, incondicional defensor de Cáceres, subraya este "gran descubrimiento". 
Pintura, poesía y experimentación se dan la mano en una obra imprescindible para cualquiera que quiera saber de quién estamos hablando. 

Figura
, que ve la luz en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura prologado y editado de nuevo por Emilia Oliva, es el primer libro experimental de Cáceres. Inédito también, estaba en poder de Fernando Millán, uno de los grandes nombres de la poesía visual en España (y no sólo) y se ha impreso en una versión facsimilar donde cada imagen es comentada por Oliva. 
No falta una útil cronología que, como en otras ediciones de las aquí comentadas, da muestras de la agitada, intensa vida del artista. 
Muchas horas de dedicación exigen estas páginas, pero bien merece la pena bucear en este mar donde la poesía y la pintura se mezclan con la misma naturalidad que la sal y el agua. 


Para los galanianos, que siguen siendo legión, este era un libro muy esperado. Aunque hay ediciones de las cartas de José María Gabriel y Galán, estamos ante el Epistolario más completo y fiable del poeta, publicado por la benemérita Editora Regional de Extremadura (que tiene en su catálogo una detallada biografía y la poesía completa del autor de "El Cristu benditu") en edición de su nieto Jesús Gabriel y Galán Acevedo. Más de quinientas páginas de cartas y un preámbulo iluminador de don Jesús. A su amigo José González Castro Crotontilo (médico en Guijo de Santa Bárbara), a Unamuno, Menéndez Pidal o Carolina Coronado, por citar los nombres más conocidos. 
En un momento dado (la misiva está fechada el 9 de diciembre de 1902 en Salamanca), Unamuno (que solía despedirse de él con un "Sabe cuán su amigo es") le dice: "Es muy raro que se dé lo que Wordsworth, una suprema sencillez y un presentar escenas familiares unido a la profundidad de pensamiento". 
De nuevo se aconseja al lector dejarse llevar por esas líneas que acaso expliquen, igual o mejor que sus versos, el porqué de la extraña pervivencia de Galán. 

La leyenda de Las Hurdes. Geografía, literatura e historia de una comarca mítica, del escritor y editor David Matías es otro librazo de casi setecientas páginas. Como los anteriores, no lo es sólo por su volumen, sino por su importancia. Fruto de su tesis doctoral y Premio Arturo Barea de Investigación, la obra recorre esa extraordinaria leyenda desde el barroco hasta la actualidad. Del poeta Lope de Vega al artista Wolf Vostell pasando por el hispanista Maurice Legendre (autor de Las Hurdes. Estudio de Geografía Humana, también en la Editora), los escritores Larra y Unamuno (que tanto las pateó), el médico Marañón, las fotógrafas Ruth Matilda Anderson (suya es la imagen de la cubierta, de Las Mestas en 1928) e Inge Morath, el cineastas Luis Buñuel y, en fin, los reyes Alfonso XIII y Juan Carlos I (de cuya visita uno fue testigo). 
Pocas regiones, señala Matías, jurdano de procedencia (como su familiar Julián Rodríguez, al que entrevista brevemente), con "mayor capital simbólico". 
Al modo de la Comedia dantesca, divide la "geografía moral de Las Hurdes: entre mito e historia" en tres partes: paraíso, purgatorio e infierno. Un interesante capítulo final titulado "Praxis y conclusiones" (donde se pregunta, por ejemplo, si existen Las Hurdes o si alguna vez existieron) cierra una obra llamada a ser referente en todo lo relacionado con ese apartado y siempre misterioso territorio.

23.3.21

Julián en Cáceres

 

Zagajewski o el fervor

 


Por sorpresa ha llegado la muerte del poeta polaco Adam Zagajewski al que en los últimos años tantos vaticinamos que le concederían el Nobel. Lo merecía, sin duda, como el Princesa de Asturias, con el que este país, que no dejó de frecuentar en los últimos años, le reconoció en 2017.
Nació en Lvov, actual Ucrania, en 1945 y los ecos de la Guerra Mundial, de la que no llegó a ser testigo por muy poco, siempre estuvieron presentes en su obra. Ha muerto en Cracovia, el sitio que eligió para vivir, su ciudad del alma, y a la que dedicó un libro fundamental, En la belleza ajena, una suerte de memorias de juventud, el primero de los suyos que se publicó en España, en la editorial valenciana Pre-Textos, que también editó la antología Poemas escogidos. Después, ya en la barcelonesa Acantilado, fueron llegando los libros de poesía Tierra del fuego, Deseo, Antenas, Mano invisible y Asimetría; los ensayos En defensa del fervor (una palabra que lo define), Dos ciudades, Solidaridad y soledad y Releer a Rilke, además de la original autobiografía Una leve exageración.
Toda su poesía, por cierto, ha sido traducida por Xavier Farré, al que, a tenor de la amplia y feliz recepción de sus versos, no poco debemos los lectores españoles. El propio Farré, en su ensayo “Breves apuntes sobre la poesía de Adam Zagajewski”, destacó que “el tono y la voz poética, el carácter epifánico combinado con los elementos de carácter histórico o de carácter moral en otras ocasiones, la ironía perfectamente dosificada, el equilibro entre la cotidianeidad y el estilo elevado, la celebración y también el tono elegiaco que se transforma en canto, en celebración de nuevo, caracterizan y hacen inconfundible la poesía de Adam Zagajewski”. También que su voz poética “destaca por su serenidad, por su tono conversacional que en cualquier momento puede desembocar en una súbita iluminación. Es una poesía epifánica (...) en el sentido y la función que le otorga Czeslaw Milosz: la epifanía interrumpe el fluir del tiempo cotidiano y se adentra como un momento privilegiado en el que se produce una comprensión más profunda, más esencial de la realidad contenida en las cosas o en las personas“. Está presente en sus recuerdos de infancia, en sus paseos por las calles de las viejas ciudades (Lvov, Cracovia, Venecia, París…), en la evocación del padre (tan habitual en su poesía), en los viajes (Rávena, Siena, las orillas de los ríos Garona y Ródano...), en los cafés de la vieja Europa y en sus jardines... Y ya allí, en la luz, en los pájaros, en el agua... Nada menos rebuscado que la poesía de Zagajewski, compuesta con una gran economía de estilo a partir de elementos comunes, de situaciones corrientes, de cuanto le puede pasar y de hecho le pasa a cualquier mujer o a cualquier hombre.
Porque en su vida diaria hay libros, discos y cuadros, sus maestros (como él los llama) aparecen con naturalidad en sus poemas. Ya sean los pintores flamencos (tan cerca del espíritu de su poesía, como ha destacado Farré), músicos como Mahler o escritores como Milosz (al que dedicó el memorable “Un gran poeta nos deja”), Seferis, Cavafis... No cabe aquí hablar de culturalismo. Como tampoco cabe denominar pomposamente metapoesía a sus reflexiones en torno a la poesía, tan frecuentes en sus libros. “Los poetas construyen una casa para nosotros, / pero ellos / mismos no pueden vivir en ella. (...) Los poetas, invisibles como los mineros, / escondidos en las excavaciones, / construyen una casa para nosotros: / levantan habitaciones / con ventanas venecianas, / fantásticos palacios, / pero ellos mismos no pueden / vivir en ellas”.
Martín López-Vega, que editó la citada antología de Pre-Textos, destacaba “el estigma del desarraigo”, cual judío que no fue, propio de alguien que nació en Lvol o Lviv, pasó su infancia en Gliwice (Silesia) y acabó adoptando como suya la ciudad de Cracovia, donde  volvió a principios de siglo tras un periplo por París, Houston o Chicago.
Conviene destacar que el poeta y el ensayista (que veteaba sus textos con matices narrativos) no eran en él sino dos facetas de una misma personalidad lírica, la de quien se declaraba partidario de “la literatura de lo concreto, de la pasión y de la conversación” y era un apasionado lector (de Rilke, por ejemplo).
Perteneciente a la Generación del 68 o de la Nueva Ola, sus primeros poemas son políticos, pero como en el caso de su paisana y amiga Szymborska, pronto renegó de ellos, por más que en su poesía no deje nunca de latir un impulso ético de raíz humanista.
El tono de Zagajewski es sereno y la claridad aporta todo lo que su sobria poesía necesita.
No cabe duda de que representaba el paradigma del poeta europeo. En “El fin de una sociedad abierta” escribió: “Debo confesar que entiendo muy bien algunos de los argumentos que exhiben los defensores de la vieja Europa. Aunque no todos, desde luego. Es una batalla de las ideas muy compleja, que no puede reducirse a una mera fórmula del tipo «progreso contra reacción» o «Ilustración contra Edad Media». Es un enfrentamiento que no se puede ignorar, ni siquiera ahora, aunque solo sea porque ha inspirado a varias generaciones de escritores y artistas y ha dado forma a nuestras sensibilidades”.
Y en Solidaridad y soledad (“En esta obra, mi búsqueda adoptó la forma de una apología de algo que definí a la antigua usanza como vida espiritual, individualidad, soledad y poesía”) escribió: “Por eso creo que, después del fin del mundo, hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Naturalmente, es preciso recordar lo que ha ocurrido y pensar en lo que ocurrirá, pero, así y todo, hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Dar largos paseos, Contemplar las puestas de sol. Creer en Dios. Leer poesías. Escribir poesías. Escuchar música. Ayudar al prójimo. Hacer la pascua a los tiranos. Alegrarse del amor y llorar la muerte. Como si no hubiera pasado nada”.

Nota: Este texto se ha publicado en EL CULTURAL con motivo de la muerte del poeta polaco.

19.3.21

Presentación

 

AVISO DEL AUTOR: Como sois muchos los que tenéis intención de acompañarnos el próximo sábado, 20 de marzo, en la presentación de EL CLUB DE LAS CUATRO EMES, y el asunto me empezaba a preocupar, porque Las Claras, con el aforo tan reducido que tiene ahora por el COVID, igual se nos quedaba pequeño, o se generaban situaciones incómodas, hemos decidido trasladar la presentación a mi segunda casa, el Teatro Alkázar. Presentaremos, pues, el libro, ese mismo día, el sábado 20 de marzo, a las 12:15. Allí estaremos más a gusto y más holgados. Gracias a mi Ayuntamiento por autorizarme y mis compañeros del teatro por acoger el acto con tanto cariño.

17.3.21

Una conversación con Fernando del Val en TURIA

por Fernando del Val

No importa qué libro abras, siempre encontrarás un molino. El mismo que, en ruinas, adquirieron sus suegros entre La Vera y el Valle del Jerte. En ese paraíso han transcurrido muchas horas de su vida. El molino fue reformado y convertido en una casa habitable, aunque prosigue sin luz eléctrica. Un motor suple la necesidad. En aquel terreno aprendieron sus hijos a caminar, ha leído todo lo que ha podido y ha escrito bastante, a veces en caliente, otras rememorando momentos pasados. Y no importa qué libro abras, siempre encontrarás Plasencia, una ciudad pequeña rodeada de campo. No ha ido, pues, lejos a descubrirlo, de hecho, no se ha movido del espacio que describen sus murallas. El campo siempre estuvo al alcance de la mano, o del pie, que él es un caminante, y más aún: sabe lo que es hacerse a pata los treinta kilómetros que distan de Hervás, subiendo y bajando por la sierra. Aprendió a recorrer el campo de niño, con su padre. Para Álvaro Valverde, ciudad y naturaleza son conceptos que hablan de lo mismo, lugares en los que encontrar el silencio y sentirse extranjero. “Basta con apartarse un poco de los otros, / con no participar de sus costumbres, / con ejercer sin más de solitario” –‘Destierro’-. La suya no es una naturaleza idílica. Hay árboles, no personas. Paisaje. Hablamos de un estado anímico.

- Un novelista urbano y un poeta de la naturaleza. ¿Dónde, la persona?

- En poesía, no distingo personaje poemático de persona. En la novela, sí, aunque nunca me he considerado novelista. Los poetas que más sigo suelen hablar desde lo autobiográfico, o cerca de lo autobiográfico. El poeta, dijo Valente, se constituye en torno a dos reinos: la memoria y la visión -yo prefiero decir mirada-. Bien, pues tanto mi mirada, en lo fundamental, como mi memoria están relacionadas con la naturaleza, que, en el caso de Plasencia, es lo mismo que la ciudad.

 

“La modernidad la dan el lenguaje y la concepción del poema, no el decorado”

- La naturaleza no es un mundo frecuentado en la poesía española.

- Está mal visto. Nos acusan de agropecuarios. Ahora no tanto, desde que existe la España vaciada o vacía -yo prefiero vacía-. No es tan peligroso. Se ha puesto en valor el medio natural. Algunas poetas están haciendo carrera con la cosa campestre. La poesía no es antigua por que hable del campo; la que habla de taxis, avenidas y semáforos tampoco es necesariamente moderna; la modernidad la dan el lenguaje y la concepción del poema, no el decorado.

- En otros países no existe ojeriza.

- Por eso me atrae la poesía inglesa. Los románticos, con Wordsworth a la cabeza, y de ahí en adelante: Tomlinson, Heaney... Allí los poetas han seguido hablando del campo con naturalidad pasmosa. Pero también en Italia; en Estados Unidos no digamos.

- De entre los varios tipos de naturaleza, elige la deshabitada.

- Tiene una explicación: nunca tuve pueblo por parte de padre o madre, lo que me hace distinguir entre rural y campestre. Mi poesía puede ser de la naturaleza, pero nunca, por suerte o por desgracia, rural.

- ¿Rural no es un concepto administrativo, entonces?

- Entiendo rural como la vida propia del pueblo, donde hay civilización. Y yo, ¿qué sé de la trilla, de los cultivos? Me atrae lo contrario que al campesino: el paisaje. El agricultor no presta atención al horizonte, sólo ve la cantidad de trabajo que su faena implica. Ni siquiera al pastor, con tan buena prensa lírica, le interesa lo que a mí.

- Están los que denuestan esa poesía, pero también los que entienden que es más pura.

- En mi noción de lugar, el correlato es Plasencia. Centro y afueras se confunden. La disposición alargada de la ciudad, por razón geográfica -el río que la envuelve-, ayuda a ello. Y no veo por qué va a ser más espiritual la vida de las afueras que la del centro.

- O sea, que el género no tira al monte.

- Creo que pensar así es caduco. Lo que no hemos tenido es suerte con los planificadores, o sea, con los políticos: han ido ampliando la ciudad sin la visión que hubo en Cáceres, por poner un ejemplo cercano. Allí hay ensanche. Aquí se hizo todo mal.

Su poesía está exenta de grandes ciudades y cuando parece lo contrario lo que hay son espacios verdes dentro de ellas, o lugares ajenos al devenir. Desde fuera (2008) tiene un capítulo entero dedicado a este tipo de observaciones. Cuando habla de Madrid, habla de sus jardines y del viento que bate los árboles; cuando sale Brujas, hay hojas caídas y agua negra; en el caso de Bruselas, “líneas de tranvías / que rodean umbrosos, / densos bosques”; en Toledo, vemos cipreses y una ciudad desierta, lo mismo que Rotterdam, detenida en el tiempo, igual que Deventer, bajo la lluvia. Unas páginas más allá, está Los Ángeles, pero podría ser otra ciudad porque, de todo, elige un convento; y de Sachseln, Suiza, se queda con “la mole inmensa” del monte Pilatus. En El cuarto del siroco (2018), Lisboa parece una pintura de Monet: “En la casa de Ángel, y aquel sol de poniente, / hundiéndose, muy rojo, sobre el Tajo”. Estas impresiones pudieran tener origen en su ‘Meditación en Londres’, Una oculta razón (1991), donde inevitablemente se cuela Hyde Park. “Que no está escrito en [Londres] sino desde, ¿eh? Es un homenaje a Cernuda”.

 

“No me gusta la impostura”

- No es habitual que escriba de lo que no conoce.

- ¿Sabe por qué?: porque no me gusta la impostura. Pienso que si hablas de ti hay menos riesgo de caer en ella. Si hablas de otro se puede dar el plagio. Pero la pequeña verdad de cada uno hace más difícil la mentira.

- Curiosamente, a Octavio Paz el libro le produjo una sensación de soledad moderna, urbana.

- Sí, baudelairiana, la del hombre solo rodeado de personas en medio de la multitud, un tema de la posmodernidad. “El hombre frente a sí mismo”, dijo. Yo la he padecido poco porque sólo he estado en grandes ciudades de paso. En aquel libro volqué una soledad intuida. En libros siguientes sí hay soledad sentida, la de la naturaleza, y nunca como padecimiento. Al contrario, me agrada. Aunque no sé si pertenece a la naturaleza o me pertenece a mí.

- Una soledad no adscrita a un espacio.

- Eso, íntima. Propia del escritor o del poeta. Pienso en eso de Nietzsche que repite Trapiello: nosotros, los solitarios. El poeta por definición es un solitario. Creo yo. Eso no quita que tenga amigos. El poeta, no se olvide, sólo lo es cuando escribe.

 

“Resulta imprescindible sentir la soledad para vivir la literatura”

- La soledad del escritor, la del lector, parecen más profundas que otras debido a que no necesitan escenario.

- El escenario es uno mismo. Resulta imprescindible sentir la soledad para vivir la literatura. Una acompañada de silencio, dos cosas muy escasas hoy, pero cardinales en la poesía digna de tal nombre. La soledad total, a la mayoría, le agobia. Por eso la poesía no encaja en este tiempo nuestro, de estrés y prisa, en el que la gente no para quieta. Uno siente, al contrario, placer ante el detenimiento, ante la idea del monasterio, pongo por caso. En otra vida me hubiera gustado ser monje, consideraciones religiosas aparte.

- También lo he pensado.

- Es que vivir la literatura de un modo íntimo te lleva a estados mentales que nada tienen que ver con los de la vida cotidiana. Yo no sería trapense -y no me arrepiento de la relación con mi mujer ni de haber tenido hijos-, pero acaso habría sido feliz en un convento franciscano [ríe].

- Cuando se puso de moda el microrrelato, se hizo hincapié en que, por razones de extensión, podía ser leído en el metro o en el autobús. Nadie, claro, se acordó de la poesía.

- Habiendo poemas con menos palabras. Pero imagínese ‘El infinito’, de Leopardi, en su medida [echa a reír]. Breve, pero su carga de profundidad, infinita.

Podríamos dividir la obra de Álvaro Valverde en dos etapas. La primera, formada por Territorio (1985), Lugar del elogio (1987) y Las aguas detenidas (1989); la segunda, en la que se encuentra, a partir de Una oculta razón. El autor no contempla reeditar su primer libro y duda si lo incluiría en una obra completa. Sólo rescata de él un poema: ‘Mr. T. S. Eliot, Russell Square’. En Las aguas detenidas “hay seguramente demasiado palabreo”. Dos libros fueron importantes entonces: Claros del bosque -María Zambrano- y Noche más allá de la noche -Antonio Colinas-. Desde el tercero, con treinta años, “las cosas cambian, pero poco”. Hay ocho libros más. En ellos impera la cortedad del decir -Valente-. “Uno elige la poesía como forma de conocimiento o de expresión porque es el modo de contar más con menos”. En la segunda etapa “si no la voz, que sería mucho, está el tono”. La pretendida naturalidad se revela más difícil que el artificio. “Pretendo ser un poeta racional, lúcido. Para el que la claridad sea un principio básico”.

- ¿En la claridad, la profundidad?

- Si se asoma a cualquier garganta de mi tierra, verá guijarros -rollos que decimos nosotros-. Ahora, si pretende cogerlos, porque piensa que están cerca, no podrá. Tendrá que meterse entero, y a veces ni así. Pues la misma sensación en poesía: leer algo, creer que se entiende, digamos, y, al volver, darse cuenta de que no, de que era una falsa apariencia, de que tras lo que juzgaba cercano media un abismo. La verborrea de algunos, de tradición nerudiana, a lo Whitman, no va conmigo.

- ¿La torrencialidad de Pound...?

-… tampoco. Prefiero el Pound oriental.

Los intereses de Valverde están claros, pero su visión es panorámica, seguramente aprendida de la naturaleza, en la que la contemplación del detalle nace de una previa del conjunto. Se ve en mil ejemplos. Pensemos en la cubierta abstracta de Marta Cárdenas en Una oculta razón, ya con el cambio de tono practicado en la palabra; él mismo la recortó de un catálogo y la envió a la editorial. Pensemos en la presencia de Willem de Kooning en A debida distancia (1993). Es verdad que la mención a este expresionista abstracto tiene que ver más con los problemas mentales que padeció al final de su vida que con la pintura; se trata de un monólogo dramático, igual que el dedicado a Ganivet, en ‘Cónsul de Riga’ -Desde fuera-. “La abstracción puede ser apasionante. Depende del autor. Pablo Palazuelo me gusta mucho. Emilio Gañán, placentino, también”. Y no olvidemos que Salvador Retana es “más abstracto que concreto y, sobre todo, que realista”. Cuatro de sus cinco portadas en Tusquets son suyas y, “dios mediante, la próxima”.

- Se ha quedado solo en la defensa del edificio del Palacio de Congresos.

- Eso parece. No estamos acostumbrados a buena arquitectura, y ésa es un alarde.

 

“Se han burlado los principios básicos de la socialdemocracia”

- Sus porosidades hablan de una persona en absoluto reaccionaria.

- Siempre me he sentido socialdemócrata, y he votado en consecuencia. Ahora, al no haber partido que defienda esas ideas, no sé qué votaré las próximas elecciones. Soy un engañado más de este señor [Pedro Sánchez], no me duelen prendas reconocerlo. Y gravemente porque todo lo que dijo que no iba a hacer, lo ha hecho. Para mi generación, quiero pensar que también para las posteriores, es difícil entender su actitud ante el independentismo.

- La tensión ha llegado a la literatura.

- Es insoportable. Yo he admirado toda la santa vida la poesía catalana. Qué cerca me he sentido de algunos de sus representantes. El catalán permite, como el inglés, una poesía más despojada y cortante. En castellano, necesitamos de más palabras para decir lo mismo. Con Margarit hay abierta una polémica porque no ha renunciado al español. Nunca votaría a Vox y conservador soy lo justo, pero, igual fruto de la edad, algo me he hecho. Desde luego, se han burlado los principios básicos de la socialdemocracia, insisto, esa a la que le sienta bien un punto liberal, y por tal me estoy refiriendo al espíritu de la Constitución del 12, no se me malinterprete, a un liberalismo español muy poco practicado.

- Hablaba yo desde un punto de vista más estético.

- Lo sé, por suerte, soy ecléctico. Leo de todo y de todos. No miro ni géneros ni etiquetas. Me gusta la poesía, lo demás… Yo he admirado al Vinyoli que renunció al Premio Nacional porque dependía del Ministerio de Cultura de España. Si lo tiene es porque no pudo rechazarlo, había fallecido. Si no, lo habría hecho por segunda vez.

- Ecléctico es igualmente hablando [bien] de Gamoneda y Caballero Bonald.

- Lo hago con mucha tranquilidad.

- En Más allá, Tánger (2014) utiliza una cita introductoria de Bonald.

- Son autores clave. Caballero Bonald es ampuloso, algo barroco, pero bueno. Descrédito del héroe me parece fundamental.

- Un libro hacia fuera.

- No sobran versos. Otros libros me pueden haber atraído menos, pero la poesía de este autor la he leído siempre con gusto. No me he metido en sus novelas -por mi retracción al género-, pero sí en sus diarios, gustándome más el primero, Tiempo de guerras perdidas.

 

“Gamoneda es lo opuesto a un palabrero”

- Sobre la poesía de Gamoneda acaba de escribir en Turia.

-Me ha costado sudor y sangre [risas]. Le admiraba, no lo oculto, pero había desatendido su lectura. Su influencia en mi generación era demasiado evidente, y eso… Yo pensaba que él había dicho todo lo importante, pero ¡menudo hombre!: en el último libro hay una parte que es de lo mejor que ha escrito, y a una edad, ¿eh?, con lo difícil que es no repetirse, y más, dueño de un mundo tan particular. Digamos que es lo opuesto a un palabrero.

-En sus diarios, Porque olvido (2020), recuerda su discurso sobre la pobreza en la aceptación del Cervantes.

-La pobreza es fundamental. Yo he dicho siempre que el medio determina lo que somos, y uno… ha nacido en Extremadura. El despojamiento de esta tierra es decisivo en mí. Gamoneda vivió una pobreza real, material; yo, por suerte, no. Me refiero a la pobreza en la palabra. Salvando las distancias, a una suerte de arte povera. La poesía necesita poco para ser.

-Algo relacionable con las ruinas, tan presentes en sus libros.

-Esa es mi veta romántica [se ríe]. En mi formación, los románticos ingleses, italianos y alemanes son capitales. Wordsworth, Leopardi, Hölderlin…

-Y el paisaje...

-… en el que se encuentra la ruina. Va todo unido. La ensoñación becqueriana ya me interesa menos.

-“Lo que ves / ha sido preservado / por la pobreza”.

- Bendita casualidad, ayer tarde leí en el Madrid de Trapiello algo en sintonía: “La riqueza destruye y la pobreza preserva”. En Extremadura, si se han mantenido los edificios y el paisaje [baja la voz, pero, a la vez, enfatiza] es debido a la puta pobreza. Si hubiéramos sido ricos, habríamos acabado con todo. ¿Qué es lo primero que hacía el emigrante, después de venir de Alemania, de Holanda, de Francia?: tirar la casa del pueblo y levantarla alicatada de arriba abajo. En nuestros pueblos hay mucho bodrio por ese motivo. Con el primer dinero ahorrado, tiraban la casa bonita del pueblo. Ahora la quieren recuperar porque lo turístico es el balcón de madera, la viga al aire... En Cáceres, la zona monumental está por una parte y la ciudad, por otra; usted se mete en la parte antigua y pasa a otra época. Ni un coche, ni una casa nueva. En Plasencia, no existe separación.

- ¿Con qué volumen de las memorias de Gamoneda se queda?

- Con el primero.     

- Lo que hay en el segundo es un rosario de muertes… igual que en sus diarios, en los que he contado hasta cuarenta y nueve.

- Y he quitado alguna, más lejana. ¡Es que han sido unos años…! Ángel Campos, Fernando Pérez, Santiago Castelo… acabando el libro falleció Julián Rodríguez.

- Los diarios acaban en 2019. La primera entrada de su blog, en el 20, es para Antonio Franco.

- Otro amigo del alma. Muchas muertes, y tempranas, en la cincuentena o poco más.

 

“Nombrando la muerte, la conjuras”

- “En frente de la casa hay un camino / que lleva al cementerio / (…) / allí están enterrados nuestros muertos”, dice en un poema. ¿Qué mueve a consignar un óbito? No es el simple recuerdo, tampoco el homenaje.

- Es una necesidad.

- Algo humanístico.

- Sí. Miłosz decía que la poesía forma parte de la tradición humanística. Tengo un texto por algún sitio en el que hablo de la relación entre poesía y humanismo. Además, la tradición cristiana, para qué negarlo. En ella, está presente el humanismo. En toda la poesía occidental. Es una línea decisiva. Y hay otra cosa importante: nombrando la muerte, la conjuras. En el desahogo, aun torpe, hay una reacción en contra. En la poesía hay mucho de alivio, en la de todos, lo que hay que intentar es que no se note, pero claro que consuela. Y hay que tratar estos temas con el tono debido. Con medida, con delicadeza. Sería imperdonable entregar algo que parezca impostado o sobredicho.

 

“No sé si estamos al final o al principio de una época”

- ¿Puede que estemos asistiendo al fin del ser humano?

- Que estamos al final de una época parece ya obvio. No sé si al final de, o al principio de. Está claro que hay un mundo que lleva años terminando, desde antes de la caída de las Torres Gemelas, si me apura, desde mediados del siglo XX, tras la Segunda Guerra Mundial… cada uno ponga la fecha que quiera. Pero, desde luego, en los últimos diez o quince años, el cambio se ha acelerado.

- Antes reconocía una veta romántica. Gonzalo Torné, en una antología de poetas ingleses, dice que seguimos en las mismas aguas; Pierre Michon, parejo, que vivimos en un eterno romanticismo.

- Puede ser, mire: en el mencionado libro de Trapiello sobre Madrid, el emblema es el Museo Romántico. De principio a fin. Defiende el romanticismo y se considera él un romántico. Creía que eso estaba mal visto. En su sentido genuino, a mí siempre me ha gustado, sin la contaminación ñoña, sentimentaloide.

- Al romanticismo percibo que le afean un supuesto exceso verbal, ante el que esgrimen la socorrida contención como dique. Pero leo a Keats y me parece contenido, no digamos en las odas.

- Creo que hay una poesía romántica que tiene actualidad: todo lo referido a las ruinas, a la melancolía… cuya vigencia es absoluta.

 

“Muchos tics románticos me parecen bien”

En Álvaro Valverde transpira el romanticismo a través del símbolo, de su admiración por Wordsworth, de su amor por la naturaleza agreste… y de la figura de Friedrich, con quien, al menos, damos dos veces; una, en Desde fuera: “Alguien, al que veo de espaldas / y contra el ventanal, / contempla a solas, / como un héroe de Friedrich, / los restos aún dorados del otoño”; otra, en Porque olvido: “Si alguien se toma la molestia de leerme, verá que el campo que aparece en mis poemas está vacío: no hay, como en ciertos cuadros de la naturaleza, figuras humanas. Si se muestran, incluida la mía, será casi siempre de soslayo, como los personajes del romántico Caspar David Friedrich. De espaldas, a lo lejos. Mi poesía es como yo: solitaria. Busca en la naturaleza, sobre todo, la soledad. Es el perfecto ámbito del retiro”. Lo patético, matiza, sería sentirse en 2021 un romántico estricto, “a estas alturas todos tenemos algo de modernidad, de posmodernidad y hasta de vanguardia. Debemos ser lo suficientemente variados y plurales. Si no, ¡menuda tristeza! El romanticismo como viene en los manuales, quizá ya no, pero muchos tics románticos me parecen bien”. Igual su carácter libre le llevó a dejar de presentarse a premios, tras obtener el Ciudad de Córdoba y el Loewe, y ser finalista en el Café de Gijón de novela. Los premios se necesitan, asegura, para el primer libro, el segundo y, apurando, el tercero. “Vale. Ya está. Para ganar un dinerito y que la editorial sea buena. Pero llega un momento en el que uno debe desaparecer de ese panorama. Lo contrario no es estético. Algunos insisten porque no encuentran el editor que desean o porque los que tienen al alcance no colman sus expectativas, lo que, según el caso, puede ser indicio de vanidad. Yo nunca he tenido prisa y los plazos en una colección que publica tan poco son largos. No soy Luis García Montero ni Francisco Brines. Mi libro llega y se pone a la cola. Me parece bien: la poesía y la prisa se llevan mal”. En cuanto encontró sello, se plantó. Bien es cierto que la confianza de Tusquets equivale a otro premio y que acumula trofeos intangibles, pienso en la reflexión que dejó por escrito Xavier Farré, a propósito de su traducido Zagajewski: “Si nos centramos en el ámbito de la producción en España, el primer nombre que considero que persigue elementos comunes a los de Adam Zagajewski es el de Álvaro Valverde, con su voz serena, con sus paisajes -muy diferentes, por otra parte, de los del poeta polaco- que acompañan en la reflexión, y la hondura moral que trasluce su poesía”. Zagajewski, cuyo sentido de la epifanía, por cierto, nos remonta también, entre otros periodos, al romántico.

 

“La contemplación es un mirar atento que separa al poeta, como persona, del resto de mortales”

 

- Lo que está desde el comienzo en su obra es la contemplación. ¿Qué la diferencia de la descripción?

- La contemplación, yo creo, es un mirar atento que separa al poeta, como persona, del resto de mortales. Van cuatro en un coche a Montehermoso y sólo uno repara, durante el camino, en una casa demolida, al lado de un árbol en flor que contrasta con la ruina y que hace juego con la vida que continúa detrás. Al resto, la casa y el árbol les importa un carajo.

- No los ven.

- La diferencia es la mirada. Eloy Sánchez Rosillo, escribió un poema de La rama verde a partir de unas hormigas. El mirar atento sería lo contemplativo, con un plus de reflexión y de estado mental.

 

“Si no hay sentimiento, por leve que éste sea, lo frío se impone y el poema no mueve al lector”

- La contemplación está en lo implícito.

- Piense en el monje que insiste en el rezo, en su meditación. El término poesía meditativa lo utiliza Valente en un ensayo sobre Unamuno que está en Las palabras de la tribu. Es una tradición, dentro de la poesía española, que empieza en Manrique y llega hasta Brines. Se trata de aunar mirada y pensamiento, sin olvidar, lo valoro cada vez más, la emoción. Porque si no hay sentimiento, por leve que éste sea, lo frío se impone y el poema no mueve al lector.

- ¿Y la razón no puede emocionar?

- Puede, yo, desde luego, soy más racional que otra cosa. Nunca escribo en caliente ni con dolor de cabeza; siempre, como Wordsworth, rememorando. Lo que te pasa hoy puede dar ocasión a un poema mañana, pero si lo escribes como poesía presente lo probable es que no resulte. Lo inmediato no funciona. En lo contemplativo hay, pues, también, un componente de duración en el tiempo, de pasado; y puede que de hasta sentimiento de pérdida.

- Lo descriptivo no le interesa.

- Leo descripciones que me dejan pasmado, en poetas y en narradores. Pero soy malo haciéndolas.

- En su caso, más que descripciones, son impresiones.

- Eso sí. Para describir no sirvo. Para volcar impresiones, sí. Además, en la descripción, el uso del adjetivo debe estar muy controlado. Los utilizo, pero si te pasas, el adjetivo se carga el poema. Borges es uno de los que lo ha advertido.

 

“Me reconozco impresionista”

- Por lo tanto, también, más que de representar, se trata de mostrar a través de la impresión.

- Sí, en ese sentido, me reconozco impresionista.

A fe que lo es, y que cumple el mandato de Rilke: aproximarse a la naturaleza y decir, sin más, lo que siente y ve. Solvitur ambulando. En la introducción a sus diarios cita a José Luis Melero: “El diarista trabaja con las impresiones antes que con los recuerdos”. Su dietario es continuación de su verso, da igual de qué libro, escojamos casi al azar estos ejemplos: “Apenas un ciprés y, desplazada, / la losa de una lápida” -Ensayando círculos-; “Los chopos, las higueras, y esa lluvia / que vuelve del pasado: / triste, idéntica” -Mecánica terrestre (2002)-; “El mundo se despliega esta mañana / como si fuera una ciudad” -Desde fuera-; “Un cielo cereal, de tierra extensa. / O almagre, como el tono de estos campos” -El cuarto del siroco-. De Más allá, Tánger podemos elegir cualquiera de sus cincuenta óleos: “La ciudad, / desde el barco, / es una mancha blanca. / Una sábana al sol”; “Las avispas en el vaso de té”; “Vista de lejos, / la ciudad es roja”.

 

“Hay un paisaje supeditado a la vida interior del que lo contempla”

- Mostrando lo que hay fuera, demuestra lo que hay dentro, esa es, al final, la fusión entre paisaje y persona, ¿no?

- Hay un paisaje supeditado a la vida interior del que lo contempla. El paisaje expresa esa vida interior, sí. Todo lo que de naturaleza hay en mi poesía puede reducirse a símbolos e imágenes que tienen que ver con situaciones anímicas mías, o sea, conmigo. Si no, ¿qué sentido tendrían los poemas?

-Poca gente hay que ejerza tanto el símbolo: el muro, el jardín, el estanque, la ruina, la memoria como concepto… no son pocos.

-O la palabra sombra, que tanto me gusta. Uso palabras como símbolo y como mera expresión, llanamente porque me gusta leerlas.

-Igual existe, entre quienes escriben, un temor al símbolo por lo que implica de repetición. Pero no sería repetición, sino reiteración.

-… Es una cosa complicada que me planteo a menudo. ¿No estaré cargando el libro con tanta mención a lo mismo? Si escribo poco es por ese temor. No quiero hacer libros iguales. No hay que decir lo mismo, además, de la misma forma. O escríbelo, pero no lo publiques. Como dice Gonzalo Hidalgo Bayal, somos rehenes de nuestras limitaciones. Él no habla de obsesiones.

-Vuelta a la pobreza.

-Efectivamente, no publicar demasiado es otro rasgo de pobreza. Pero si decidimos hacerlo, que se note que no somos los mismos de hace dos libros. Estos temas los tengo muy presentes. Quiero ser consciente de lo que entrego al editor y veo imposible no evolucionar. ¿Soy otra persona desde que me jubilé? Sin lugar a dudas. ¿Soy otra persona desde la pandemia? Sin lugar a dudas. ¿Y eso se va a notar a la hora de escribir un poema? ¡Sin duda!

- La música también impone repeticiones.

- Obligatoriamente. Y fuera del poema. Piense en las variaciones como técnica formal, en una partitura, en un lienzo -con las series pictóricas-. En esas disciplinas se valora, ¿por qué no en poesía? “Es que el símbolo no es moderno”. ¡Cómo que no es moderno! ¡Si no podemos dejar de ser modernos! A no ser que deliberadamente nos pongamos rancios y utilicemos palabros.

 

“Estamos participados por las dudas. Mis símbolos nacen de ellas, de la tensión que producen”

- Yo que en algunos aspectos soy muy crítico con la posmodernidad, me doy cuenta de que soy posmoderno.

- Pero no lo dude, se estaría engañando. Otra cosa es que lo sea en todo y todo el rato. Estamos participados por las dudas. Mis símbolos nacen de ellas, de la tensión que producen: ¿debo usar esta palabra aquí?, ¿allí?, ¿en ningún sitio? Lo que no empleo es la metáfora.

- De nuevo, la renuncia, aunque me temo que sí la emplea, incluso hay menciones explícitas.

 -¿Qué me dice?

-Son menciones aisladas pero que llaman la atención precisamente porque uno no las espera tan definidas en un tipo de poesía como el suyo. Las tengo apuntadas: en El cuarto del siroco, dice: “Como el agua, metáfora y verdad”; en Desde fuera: “las ruinas / que son una metáfora del mundo”. Y un poema de Ensayando círculos (1995) se titula ‘Metáfora’.

- Fíjese.

- Y también aparecen conjugadas. En Desde fuera, un libro muy completo, las asocia al mismo árbol: “los olivos son la levedad / de estos parajes” -139-; y: “los olivos / son testigos / de alguna vaga idea / de la vida” -161-; amén de, por ejemplo: “Las arrugas que cruzan por tu cara / son las líneas del mapa de tu vida” -25-.

- Pues no era uno muy consciente, fíjese [risas].

- A ver, hay muy pocas, no quiero hacer pensar lo contrario. Y son demostración de flexibilidad.

- Tiene que haber pocas porque la metáfora entra en el campo de cierta retórica y en todo aquello que a mí me interesa menos.

- Eso le pasaba a Jiménez Lozano: “Como mucho, la comparación”.

- Ahí, ahí. ¡Otro poeta excelente! Aparte de ensayista… como novelista le conozco menos, pero aprecio sus diarios.

- Que tapan su poesía.

- Estoy de acuerdo. Su poesía merece reconocimiento. Empezó tarde, pero muy bien, por todo lo alto. Encima, no abusó, publicó poca, la justa en una vida longeva [pausa] Me ha hecho recordar a Fermín Herrero: ahí tenemos a un poeta admirable y… rural.

 

“Yo soy un paseante”

- A él no le gusta esa etiqueta.

- Claro que no, pero es de pueblo. Detrás de sus poemas está la vida que a mí me falta: lo mío es campestre, lo suyo campesino. Él ha vivido el pueblo. Yo soy un paseante.

- Usted dice que guarda más relación con Virgilio el que va a trabajar la tierra, que usted sólo va a ver pájaros. Pero, en realidad, en Virgilio también está la contemplación descansada. De hecho, en sus églogas sale un campo tópico y en las Bucólicas no aparece el sudor del que trabaja.

- En Virgilio está todo, es verdad. Yo ahí quería resaltar lo admirable que es la gente que dobla la espalda. No se entienda mal. Dios me libre. Todo lo contrario. Sin ironías. Y, por otra parte, quería admitir que desconozco los nombres de las aves y de los árboles, aunque con los árboles me defiendo, pero, pájaros… distingo los justos, el mirlo… y poco más. No sé lo que es un ruiseñor [abre las manos].

- Eso da más vuelo a su poesía, el no detenerse en lo técnico, en lo catalogador. Yo siempre he pensado que tiene a gala de carecer de imaginación y no ser ornitólogo; en El cuarto del siroco dice expresamente que en sus poemas los pájaros carecen de nombre.

-Sí, no es que eche de menos saber los nombres de los pájaros, pero tampoco estaría de más, ¿eh? En ese poema que ha escogido me defiendo de mi propia acusación. Antes de que me lo diga nadie, me lo digo yo. Y también hay resignación. Lo que no quiero es pasar por la persona que no soy. Y, luego, la palabra pájaro, tan amplia, pues… no me disgusta.

- Hace años leí que Mondrian se inspiraba en la naturaleza, a partir de entonces en sus cuadros veo prados y montañas...

-… geométricos, claro.

- Eso es. Él dice que el arte debe seguir a la naturaleza no en su aspecto, sino en lo que es realmente.

- Pues estoy muy de acuerdo.

- Yo les veo a los dos en la misma lucha: captar la esencia y, en la captación, reducir la realidad al mínimo número de trazos, da igual sin son líneas y colores, o palabras.

- Desde luego, no conocía la cita, pero me parece oportuna. Lo que tienen de verdad un cuadro y un poema no es la cosa exótica. Hay que ir más allá. Y si no aflora la parte que descansa en la oscuridad, no hemos conseguido nada. El misterio. A esa forma de trabajo te lleva el carácter. El nacimiento, la educación, el sitio… todo influye, todo juega a favor… y en contra. Hay una cita de Eliseo Diego -En la calzada de Jesús del Monte- que dice: “Aquí no pasa nada, no es más que la vida”.

 

“La vida es la obra. Lo que pasa en la vida va al libro”

-Sus lecturas las suele empezar con él.

- “Un poema es una conversación en la penumbra”. Si tuviera que poner al frente de mi poesía completa una cita, elegiría ésa. Eso es la literatura: una conversación. Juan Ramón Jiménez dice lo mismo, con más palabras: que uno escribe lo que va viviendo -“En realidad, voy haciendo mi poesía en el curso de la existencia. Si ofrece unidad en su continuidad es la que le imprime, desde su centro, la vida misma”-. La vida es la obra. Lo que pasa en la vida va al libro. Punto. Y en eso estamos. Salvo que hagas un esfuerzo -absurdo- por mentir, quedarás reflejado en tu escritura… o salvo que seas novelista e inventes mundos ficticios y personajes irreales. Y con todo y con eso...

- Pues ya que la literatura es una conversación, le diré que Ensayando círculos me parece un título cubista.

- [lo concede, sin convicción] Yo me basé en Vinyoli. Soy malo poniendo títulos y elegí unos versos suyos para tomar el mío. A él acudo de vez en cuando.

Casi en off, le participo referencias contenidas en dicho libro: vuelos cortantes, estelas, cruces, lugares cóncavos, cúpulas, arcos, lindes, márgenes, cosas alargadas, ramas verticales, palmeras, cipreses, perfiles, rincones, cercos, ángulos, límites, ejes, líneas… Soy consciente, digo, de que seleccionar una parte tan pequeña del todo es manipulador, pero en los laboratorios también se manipula.

Valverde, prudente, calla.

- Todo eso, en cien páginas [insisto]. En el conjunto no se aprecia.

 -No, si no me molesta. Me resulta curioso. ¡Un libro cubista! ¿Ve cómo el lector es importante?

- Aunque igual, más que delatarle a usted, ese tipo de lectura me delata a mí.

- Da igual: un libro no existe sin conversación.

Antes de dar por concluida la presente, añadamos que para bautizar sus diarios se sirvió de unos versos de Territorio, el libro del que medio abjura: “Escribo hacia el pasado porque olvido”. Sigamos manipulando: Valverde afirma que los comienza a escribir cuando descubre el blog, en 2005, una década después del libro cubista, cuyo poema último denota que, al menos, la práctica le tentó en privado. Por si me desmiente, no le preguntaré. El caso es que se titula ‘De un diario’ y narra la visita de alguien que le somete a preguntas. “La mañana habría sido como todas. / La visita anunciada, una de tantas / que vienen a romper de vez en cuando / el apacible ritmo en el que vivo”. Pienso, desde los primeros versos, que refleja nuestra jornada. “Hablamos de múltiples cuestiones. / A los dos nos preocupan, / como es obvio, / materias casi idénticas; / la poesía ante todas”. Como una rúbrica, los versos postreros: “‘Toda verdad’, me dije, ‘es un diálogo’”. Y aquí no hay manipulación posible. Sólo hospitalidad. Y una prueba más de coherencia.

Escrito en Conversaciones Revista Turia por 

Fernando del Val