10.1.17

Adiós, Montoto

Hace tres años me ocupé, por corto, de un libro de José Ignacio Montoto, La cuerda rota. En Sevilla, donde Renacimiento, la editorial que lo publicó, tiene su sede, murió hace unos días, a los treinta y siete de su edad. Sit tibi terra levis. Fue el director literarios de la última edición de Cosmopoética.
Y ahora Bauman... Qué persistencia. Sí, la de nuestra única certeza.

9.1.17

Una carta a mi alcalde

Querido Fernando:
Ya se ha hecho pública la lista de los galardonados con los premios San Fulgencio 2017 que, como es costumbre y bien sabes, se entregarán en Las Claras el próximo día 16, festividad del patrón de la ciudad y de su diócesis. Es la sexta edición de un premio que tú mismo instituiste para reconocer la labor y, de paso, homenajear a los vecinos más ilustres de esta ciudad. Los que, como se cantaba en el viejo himno, engrandecen su historia dándole más esplendor. Pues bien, desde la primera convocatoria, echo siempre de menos en esa lista, que tú mismo inspiras, a uno de ellos: Gonzalo Hidalgo Bayal. Sí, porque las comparaciones son odiosas y existen los agravios comparativos, sin entrar en los merecimientos de los ya premiados, puedo afirmar que tal vez no haya habido ni hay ni acaso habrá un escritor más importante vinculado a esta ciudad donde no nació (como tampoco otros laureados), pero en la que vive desde hace más de cinco décadas y en la que ha desarrollado el grueso de su labor docente ―en las aulas de los institutos y también en el taller de escritura de la Universidad Popular― con las óptimas consecuencias que todos conocemos. Por lo demás, Plasencia está en el centro de sus narraciones, aunque sea con el hermoso nombre de Murania, y en ella ha escrito, se podría decir, toda su obra.
No me ciega la admiración, Fernando. Todavía tengo criterio. Leo. Además, uno, conservador a ratos, sigue creyendo en el valor de la meritocracia. Por eso lamento el "todo vale" en que este mundo líquido y descreído se desenvuelve, y ahora no me refiero, claro está, a estas distinciones. 
Sé que esta carta me puede a ocasionar algún disgusto. Para empezar, con Gonzalo, amigo, sí, y maestro desde antiguo, porque verá fuera de lugar esta indiscreta misiva. Ferlosiano de pro, recordará lo del "grotesco papelón del literato". Jamás hemos cruzado una palabra sobre los San Fulgencio. Ni lo necesita ni lo espera. Es de buen conformar. Su literatura, ya se ve (acaba de recibir en Oviedo el prestigioso "Tigre Juan" y se ha reconocido su obra con acreditadas recompensas a las que nunca se ha tomado la molestia de presentarse), su literatura, decía, está llamada a empresas mayores y excede con mucho cualquier forma de localismo. Con todo, y no creo hablar sólo en nombre propio, sería la ciudad y esos premios los que saldrían ganando si por fin y sin más dilaciones se reconociera también aquí la excelencia de una obra llamada a perdurar en el tiempo. Y, no lo olvido, a un ciudadano ejemplar e íntegro. No son palabras huecas. Ah, y por si esto fuera poco, añado: bien podría ser el Ayuntamiento que presides quien tomara la iniciativa y lo presentara como candidato a la Medalla de Extremadura, que también está tardando. Plasencia lo merece. Cuenta con mi firma.
Feliz año, cómo no, y un fuerte abrazo.

7.1.17

Días de Marset

No, Juan Carlos Marset (Albacete, 1963) no es un poeta prolífico. En veinticinco años publicó tres libros: Puer profeta, Leyenda napolitana y Laberinto. El primero, deslumbrante ópera prima con la que ganó el Adonais, tenía al fondo una ciudad capital para su formación (y su educación sentimental): Nueva York. Como su propio título indica, Nápoles está detrás del segundo. El tercero remite a otro lugar que conoce muy bien: Londres. Los tres tienen en común que están compuestos en forma de poemas extensos, algo poco frecuente en la lírica hispana contemporánea, aunque no falten excepciones como la obra de Álvaro García. Llega ahora, de nuevo en Tusquets, Días que serán y el cambio de tono no afecta sólo a la longitud, digamos, de los poemas. Para empezar, no hay ninguna ciudad concreta a la que se adapten estos versos que adoptan, en su mayor parte, formas estróficas clásicas o tradicionales, metro y rima mediante, sin que por ello los asuntos que se abordan dejen de ser los de un hombre de este tiempo. Ninguna originalidad, y aquí la hay, puede evitar la provechosa lectura de quienes nos han precedido. Resulta curiosa y chocante, para bien, esa mezcla de lo antiguo y lo moderno, en el sentido más radical y foixiano del término (ya presente en Laberinto), que da en una poesía distinta y única a la que es difícil encontrarle parecidos o similitudes. (Si acaso, de entre los poetas españoles en activo, la de Jaime Siles o Pere Gimferrer, en su faceta lingüística más experimental, y de los desaparecidos, tal vez la de José-Miguel Ullán.) No en vano, y eso es lo que importa, Marset es un poeta que va por libre. Su obra, una sobresaliente y exótica isla en el pequeño mar de la poesía patria. 
Lo más llamativo, en primera instancia (la poesía no debe contentarse, como la prosa, con eso), es el uso de estrofas (de poemas estróficos) que utilizaron poetas castellanos del XV, los más reflexivos del Cancionero (que Marset ha estudiado a fondo), como Juan de Mena (admirador de Dante y Petrarca), Guevara, Juan de Tapia, el Comendador Escrivá o Gómez Manrique, a los que cita. Lo mismo que alude a otros del Siglo de Oro: Góngora y Quevedo, por el lado del barroco, tan esencial aquí. Al frente de "Ritos", dedicado a Luis de Pablo, aparece un epígrafe elocuente de Unamuno: "Al fijar con ritmo y rima / el fluyente pensamiento". Es su poética.
Apunto el nombre del dedicatario porque la poesía de Marset es inseparable de la música (como la del mencionada lírica cancioneril). Es más, este libro (que ha contado con una ayuda del Fondo Antonio López Lamadrid, constituido en la Fundación José Manuel Lara) incluye, a modo de apéndice, el libreto de Lázaro, una ópera en un acto de Cristóbal Hálffter que se estrenó en Kiel en el verano de 2007.
De la música y de la pintura y la escultura (no se olvide que, junto a Patricial Ehrle, su mujer, Marset dirige la poliédrica revista Sibila) pues la segunda parte (de las tres de que consta este volumen de 200 páginas), "Partida doble", es un homenaje, en dos series, a la obra de Juan Muñoz (dedicada a la que fuera su esposa, la escultora Cristina Iglesias) y Ángel Alonso (a la memoria de su hijo Jean Jacques).
Es posible que este sea el libro más "transparente" de este poeta cosmopolita, como reza en la nota editorial, pero ha de quedar claro que su poesía no es fácil. De las de aquí te pillo y aquí te mato, quiero decir. Busca un lector exigente dispuesto a degustar delicatessen y no meras ocurrencias o bobadas, por mucho que vendan. Las numerosas dedicatorias, tan calculadas y exactas como todo cuanto figura, de un modo u otro, en la obra, dan pistas a quienes la hemos frecuentado y a quienes conocemos a la persona que la ha escrito. Maestros, amigos... A la tópica encrucijada de los cincuenta hay que sumar, basta con leer atentamente entre líneas, circunstancias personales que marcan a fuego lo escrito. La enfermedad, como es perceptible, y en consecuencia, la muerte; vista de cerca, cabe añadir.
Pero no es la anécdota, aunque elevada a categoría, lo que prima en Días que serán. Es el lenguaje, ya se anticipó. Ritmo (sonido) y rima, también se dijo. Y muchos más recursos, como paranomasias y aliteraciones. Y encabalgamientos. Y juegos de palabras que no agotan los múltiples procedimientos técnicos que ofrece el idioma, más en manos de alguien que lo maneja como un virtuoso. Léase "Adivinanza", por ejemplo. Es en la primera parte, "Lo que pasó", donde esa presencia del lenguaje es más evidente y en ella encontramos poemas memorables como "Duro es el paso" o "Ejecuciones". Aunque grave, el tono contempla el uso del humor y la ironía.
A uno le ha gustado sobre todo la tercera parte, "Está por ver". Y ya allí, las, podemos decir, subpartes: "Sombra de voz", poemas destinados a distintos poetas hispanoamericanos (su compromiso con la poesía de la otra orilla es elocuente); "Tardanza", tres poemas que dedica a tres amigos de su estancia neoyorkina: Sobejano, Stavans y Negroni, donde leemos: "La vida / tarda en llegar / la vida entera" y: "La vida empieza / cuando menos la esperas, / cuando ya es tarde, / cuando ya te deja"; "Esparzas", envíos, respectivamente, a José Hierro, José Ángel Valente ("Entré en el antro / vientre del centro") y Claudio Rodríguez; y "Parcas", que dedica a Gamoneda, seis poemas de cuatro versos cada uno que, metafóricamente, y si se me permite el exceso, parecen pedradas. Por lo directos que son. Por lo certeros. Porque duelen. Sí, el dolor es algo inseparable de esta íntima confesión que no lo parece. La sexta dice: "Como recientes / perdidos vuelven / marchitos ya / los días que serán".
Bien está que libros así, tan ajenos a modas, se publiquen. Y que haya colecciones dignas de tal nombre dispuestas a apostar por ellos. Y mejor aún que haya poetas que se atrevan a llevar las tradiciones un poco más allá. Quien se interne en Días que serán no saldrá indemne. Toda una experiencia. 

5.1.17

Vanitatis

CR
De Claudio Rodríguez, por supuesto.

Los mejores
No hay lista buena.

Lord Gim [1]
En El Cultural, el periodista Alberto Gordo recuerda a Pere Gimferrer que nunca le ha gustado leer sus poemas y pregunta al poeta catalán el porqué. Éste responde: "Lo he hecho cuando me lo han pedido. Pero creo que yo, como Cernuda o Eliot, no soy un buen lector en público. Aunque entiendo que al público le interese saber cómo leo yo".

Antojolía
No sabe uno qué le fastidia más: si quedar fuera de la última antojolía, que diría el incisivo Juan Ramón, o haberle dado importancia a esa eventualidad.

Cosmopoética
Cuando comprobó que era el único poeta español, entre miles, que no había pasado por el festival cordobés, no tuvo más remedio que incorporar ese dato sustancial a su currículum.

"No hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo".

A sus discípulos
Maestro, sí, pero de escuela.

De campeonato
En una entrevista realizada a un poeta al que acaban de conceder otro premio provincial, enésimo de su nutrido palmarés, el probo periodista comenta: "Y por unanimidad". "Sí. Eso sí que es verdaderamente milagroso -responde éste-. Yo que [he] estado en algún que otro jurado de premios de poesía, puedo decir que es un milagro que entre tantos libros el elegido sea el tuyo, y que encima sea por unanimidad. No obstante, me comentaba el jurado que la diferencia era grande, que aunque había tres o cuatro con mucha calidad también, no hubo discusión". Y de nuevo el periodista: "Ha competido con 400 poemarios de 25 países, ¿le hace sentir especial". "No -contesta-. Es una satisfacción pero cuando gané el Manuel Alcántara, en donde se premiaba un solo poema, competí contra casi 2.000".

[1] La brillante ocurrencia -un homenaje literario al personaje de Lord Jim, la novela de Joseph Conrad- no es mía, sino de Gonzalo Hidalgo Bayal. De hace muchos años. Que conste.

2.1.17

Poemas de Eugénio de Andrade

Ya anunciamos aquí que la editorial Polibea (que ha iniciado la serie "Poesía Latinoamericana de Ahora" con sendos libros de Zurelys López Amaya -que prologa Verónica Aranda- y Jamila Medina Ríos -que introduce Ariadna G. García- , las dos cubanas) había fundado la colección Orlando Versiones y que en ella ya habían visto la luz tres títulos. Además de las Odas de Keats y los Claros de Ramos Rosa, Blancura, una antología de poemas de otro portugués: Eugénio de Andrade, en versión de Miguel Losada. 
Dije antes luz y esta es una palabra clave en la poesía del de Póvoa de Atalaia (1923), en La Raya, y en este "itinerario poético" de alguien al que Losada califica, en su apasionado y entusiasta prólogo, de imprescindible. Así es. Como que la suya es "una de las escrituras más intensas y más llenas de misterio de la poesía europea del siglo XX".
Esa luz andradiana, fruto de "una obsesión por la claridad", "blanco en lo blanco",  es la que a uno le acompaña desde hace mucho, desde que me deslumbró por primera vez (al menos en forma de libro) gracias a la antología de Ángel Crespo en Plaza & Janés (1981) y a las traducciones ejemplares que hizo de sus poemas Ángel Campos Pámpano (como Materia solar y otros libros, en Galaxia Gutenberg, o Todo el oro del día, en Pre-Textos), donde uno se ha sentido más cerca de la voz del portugués que se carteó con Cernuda.
Su "oficio de paciencia" se centra, sí, en la luz, una luz que viene de su tierra natal, del sur, de los veranos y la cal. De la limpia pobreza que define sus orígenes. Andrade es un poeta mediterráneo al que no le falta el mar (no en vano vivió y murió en Oporto, en 2003). "Canto solar", sin duda. "Contra la luz, nada podéis". Poesía "hecha con la sustancia de la luz".
Y con esa suerte de transparencia, más que un mero fenómeno físico, la onmipresente figura de la madre. La infancia y su más perdurable paraíso. Y el amor: "Nunca el amor fue fácil, nunca". O: "la belleza de los jóvenes que se aman es melancólica".
En la muestra (bilingüe), treinta y cuatro poemas decisivos. Destacaría: "Corazón habitado", "Casa en la lluvia", "Había una palabra... (de su libro Materia solar), "Dejo a Miguel..." (su sobrino), "Surcos del verano", "Sur" (Assim: arder do ar), "Último poema", "El lugar más cercano", "La poesía no va" ("Lengua de fuego del no, / camino estrecho / y sordo a la abdicación, la poesía / que es una especie de animal / en lo oscuro que rechaza la mano / que lo llama"), "No llueve" ("No podría vivir donde la luz / fuese extranjera"), "La pequeña patria" (La del pan; / la del agua..."), "Escribo" ("Escribo para subir / a las fuentes. / Y volver a nacer").
Este verso resume lo que Andrade logró: "Hablé de todo cuanto amé". Ha sido un placer volver a recordarlo. 

Dejo a Miguel las cosas de la mañana:
la luz (si no estuviera ya corrompida)
camino del sur,
el suelo limpio de las dunas desiertas,
un verso donde los guijarros son
de porcelana,
el ardor casi animal
de una granada abierta.

1.1.17

Feliz 2017

La fotografía es de Masao Yamamoto.

31.12.16

De Badajoz

Además de Fiscal Superior de Andalucía y poeta, Jesús García Calderón (Badajoz, 1959), que pertenece a diversas academias (no a la Extremeña) y corporaciones, es un estudioso de la defensa de los bienes culturales y arqueológicos (los submarinos incluidos). De esa muy humana pasión por el Patrimonio debió surgir, siquiera en parte, la idea de dedicar una tetralogía a las ciudades en las que ha vivido: Badajoz, Sevilla, Lugo y Granada. Consagró la primera entrega, El mal de la muralla, a la melancólica capital gallega y, ahora, también en la ruteña Ánfora Nova, la segunda a su ciudad natal. Su título: Una ciudad traicionada. La ciudad de Badajoz como temperamento.
El libro se abre con una carta del poeta Antonio Carvajal, amigo del autor, donde éste le confiesa que "no estoy en condiciones de redactar un prólogo ni un epílogo para esta tu nueva obra", lo que a la postre resulta, paradójicamente, una perfecta introducción al libro. Allí cuenta que en los años sesenta del siglo pasado vivió en Badajoz "de oídas" gracias a los relatos sobre aquel remoto lugar fronterizo de su íntimo amigo Carlos Villareal, natural de Badajoz, y de su madre, doña Juana Valero, exiliada, digamos, en Granada. "Al fondo, el cuadro de Pedraja". Y alude a la "música del habla" y a la "bonhomía" y de ciudades "con más prestigio cultural pero menos verdad". Al leer esas pocas palabras también verdaderas no he podido por menos que evocar un día agobiante de mediados de mayo en el que compartí en Badajoz mesa y mantel con García Calderón y Carvajal, en un mesón de la Plaza de Santo Domingo de Guzmán. De eso hace diez años y ETA, que había asesinado a su antecesor en la Fiscalía, todavía mataba. 
¿Por qué traicionada?, se preguntará el lector. Pues porque en la segunda mitad del siglo XX, "favorecida por el estallido de la guerra civil y la posguerra" y, añade uno, del franquismo, su patrimonio cultural fue prácticamente demolido, en especial su recinto amurallado. Porque, como dijo Hemingway, y cita JGC, no se debe escribir sobre un lugar "hasta que no estés lejos de él", él ha comprendido Badajoz "desde el recuerdo". "Este breve ensayo, en definitiva, no es más que un conjunto de íntimas reflexiones que se han incrementado con la añoranza, que aún siento por Badajoz", su "pequeña patria". Por la infancia empieza este paseo por la memoria que no deja de ser una suerte de autobiografía: "Comencé a entender la ciudad en la que nací poco después de abandonarla". Eso fue a los 17 años y el desde Sevilla, donde se fue a estudiar junto a algunos hermanos de su familia numerosa. Para entonces, el padre ya había muerto. Era periodista del diario HOY... de Badajoz.
"No es fácil teorizar sobre la ciudad natal", afirma. Sabe, eso sí, que esa ciudad de la infancia es clave en la vida de cualquiera. Es donde empieza todo.
La suya es una "ciudad incomprendida". Desdibujada, diría, de ahí la importancia de este ensayo. Una "ciudad refugio", como todas, que aquí, por ser "plaza fuerte", es, además, "ciudad centinela" y "ciudad baluarte". Su "condición fronteriza" es indisoluble de su "condición interior". "En un rincón del mundo", la "ciudad mutilada", "remota" y "detenida", "abaluartada" y "austera", "completamente traicionada por la mano del hombre con la excusa del desarrollo".
Ciudad fluvial, como Mérida, por culpa del Guadiana, con añoranza del mar y de las playas (del oeste, del sur), un sentimiento muy pacense. Y muy portugués. Y ahí, La Raya, todo un temperamento también. "Una especie de tercera tierra o de lugar común que, sin negarla, supera la pertenencia a las dos naciones ibéricas". La primera frontera del mundo. La frontera que en realidad no lo es. Si acaso, la frontera permeable. Desde Galicia hasta Huelva.
"Ciudad de la finitud", dice con Byung Chui Han, un filósofo al que JGC cita en momentos que, como en otras ocasiones, no esquivan la mirada poética. La poesía. Y de cielos infinitos, eternos, algo que uno comprendió una tarde inolvidable desde la terraza áerea de la casa de mi amigo Antonio Franco, otro pacense de pro, sobre el río Guadiana, a un paso del viejo hotel Zurbarán.
Ciudad de conversaciones en cafeterías y veladores. Ciudad de paseos. Melancólica, de tan portuguesa, a pesar del histórico "olvido de Portugal".
Ciudad de la Alcazaba, que uno siempre veía al llegar desde Cáceres con la admiración de quien la considera acaso lo mejor de su línea del cielo. Sólo por eso...
Ciudad con identidad propia, que, a pesar del tópico, tuvo y tiene, aunque ahora sea distinta.
A su "expolio" se refiere el jurista. Por la falta de respeto a la legalidad, por la falta de cumplimiento de la normativa urbanística y por dejar que se cumpliera la teoría de las ventanas rotas de Zimbardo. Opina después sobre lo que debió hacerse para evitar que quedara "despojada casi completamente de su riqueza monumental". Porque "No es azarosa esta destrucción absurda de la vieja ciudad amurallada". Y no fue sólo por culpa de la "incultura". Es más, uno echa de menos, si se me permite el excurso, que JGC no aporte ningún nombre. El de algún alcalde, por ejemplo, que fuera cómplice, cuando menos, de esa masacre arquitectónica.
Tras el capítulo "Breve referencia a la ciudad y su pequeñas literatura" (donde menciona dos novelas importantes a la hora de comprender nuestra historia: La última fanega, de Antonio García Orio-Zabala, su padre, y Memorial de Ventoleras, de Julio Cienfuegos Linares) y al futuro de esa mesópolis, que no olvida a su hermana pequeña, la patrimonial ciudad lusa de Elvas (¿por qué no un tranvía hasta que las comunique?, se plantea) ni la "economía de la cultura", otro apartado fundamental: el que dedica al temperamento del pacense como "ser transitivo", acaso el mejor y más hondo del conjunto.
Asumir "la conciencia de la traición", "sin rencor", es el primer paso para recuperar ese futuro al que acabamos de hacer referencia. Se trataría de "rehacer". El paso está dado: este libro desentierra del olvido una maquinación que está en la base de su actual temperamento. No sé si, como uno, los pacenses eran hasta ahora conscientes de ese gravísimo hecho. Seguro que mi amiga Isabel Sánchez, pacense en Salamanca, sí. Ya no tienen excusa. Emocionante. Tanto, cabe añadir, como los poemas incluidos en el cuadernillo del Aula de Literatura "Enrique Díez-Canedo" de Badajoz editado con motivo de su lectura allí (hace la número 148) el pasado 15 de diciembre. No falta un puñado de inéditos, como "Teorema de Sesimbra":

Cada universo contiene una nación remota
y cada nación conserva una región remota
y en cada región, una comarca remota
y en cada comarca hay algún lugar remoto
y en ese lugar remoto hay un quintal
con un niño que sueña con lugares remotos.
No tiene el buen viajero que medir la distancia
porque es su alma quien guarda los lugares remotos
que enciende con sus pasos la duda del regreso.

29.12.16

El ciudadano ilustre

A Plasencia no llegan esas películas minoritarias, por muy norteamericanas que sean, donde la literatura se cruza con el cine. No digamos si el encuentro es con la pobre poesía. Por eso, de las recientes, uno no ha podido ver Historia de una pasión (de Terence Davies, con la inmensa Emily Dickinson al fondo) ni Paterson (de Jim Jarmusch, titulada por algo como el memorable poema-libro de Wiliam Carlos Williams). Sí ha llegado, cosa milagrosa, El ciudadano ilustre, de la que Carlos Boyero, en su reseña El País, dijo: "es tan original como inteligente, un ejercicio saludable de mala hostia, un relato imprevisible sobre las miserias de la condición humana, una comedia casi siempre feroz y en la que aquello que nos parece caricaturesco o surrealista tan vez solo obedezca a la vocación de realismo".
Va uno muy poco al cine, pero la película me ha gustado. Mucho. No sólo por la condición de escritor de su protagonista, con el que en ningún caso me identifico, aunque suscriba casi todas las afirmaciones sobre literatura que deja caer a lo largo de la película. He disfrutado, por ejemplo, las interpretaciones de los secundarios: el alcalde, su amigo Antonio... Por lo demás, todos los que vivimos en ciudades pequeñas (a las que llega el cine que llega) sabemos muy bien de qué hablan Duprat y Cohn, los directores de ésta. 

27.12.16

La prosa de Bishop

Para el lector español, el primer contacto con la poesía de Elizabeth Bishop (Worcester, Massachusetts, 1911–Boston, 1979), que apenas publicó cien poemas en vida, fue probablemente a través de los que tradujo Octavio Paz, recogidos en Versiones y diversiones. Luego llegó la primera antología, publicada por Mistral, de Orlando José Hernández, la misma que apareció unos años después en Visor.
La editorial Igitur publicó otro florilegio: Obra poética, a cargo de D. Sam Abrams y Joan Margarit, y antes, su libro Norte & Sur, traducido por Eli Tolaretxipi.
Por su parte, Vaso Roto, que ya había publicado Una antología de poesía brasileña y Flores raras y banalísimas. La historia de Elizabeth Bishop y Lota de Macedo Soares, de Carmen L. Oliveira, da a la luz, en dos tomos, su Obra completa y empieza por el segundo, que titula, a secas, Prosa. Lo ha traducido con solvencia el poeta Mariano Peyrou y el volumen tiene casi ochocientas páginas. La edición literaria es del poeta y crítico Lloyd Schwartz, así como el prólogo.
No es la primera vez que se da a conocer la prosa de la norteamericana en España. En Lumen apareció Una locura cotidiana, un conjunto de apenas ocho relatos traducidos por Mauricio Bach que tuvo una excelente acogida por parte de la crítica.
El libro que nos ocupa está dividido en cinco partes: “Cuentos y memorias”, “Brasil”, “Ensayos, reseñas y homenajes”, “Correspondencia con Anne Stevenson” y “Apéndice: Prosa temprana”. Pone el colofón un breve capítulo dedicado a la procedencia de los textos.
En lo que se refiere a la prosa propiamente dicha, diremos que se reúnen los relatos que publicó en vida, casi siempre en The New Yorker, a caballo entre la memoria y la ficción, con un inevitable cariz autobiográfico que ella misma confiesa. Así, en el más famoso, “En la aldea” (que para Bach era “pueblo”), se alude a la locura de su madre, internada en un sanatorio psiquiátrico. Este hecho y su posible causa: la prematura muerte de su padre a los 39 años, cuando ella tenía ocho meses y su madre 29 (y llevaban tres años casados), obligó a que la cuidaran sus abuelos maternos, muy presentes en éste y otros relatos, como “El ratón de campo”, donde la casa colonial de la familia, una antigua granja de Nueva Escocia, se convierte en centro de operaciones. Con ironía, dijo haber tenido “una «infancia infeliz» de primera categoría”.
Otros relatos reales son “Gwendolyne” y “La clase de infantil” (sus primeros recuerdos, cuando tenía cinco años y su madre enloqueció). En “La Escuela de escritura. EEUU” narra su trabajo como correctora de textos por correspondencia, donde menciona su “educación de clase alta” y su paso por el exclusivo Vassar College. En “Un viaje a Vigia” ya aparece Brasil. En “Esfuerzos del cariño: Recuerdos de Marianne Moore” evoca a su mentora, amiga y excepcional poeta, a la que conoció (junto a su influyente madre) en 1934, “una de las mejores conversadoras del mundo”. Porque la ficción cede el paso a la memoria, bien podría haber sido incluido en la segunda parte del volumen.
Los relatos que conforman el núcleo central de su prosa creativa, fueron escritos en un periodo de cuarenta años, entre 1937 (“El bautismo”) y 1977 (“Recuerdos del tío Neddy”).
A manera de resumen, podríamos decir que aplicó a la narrativa los mismos principios que destinó a sus versos. Admiraba en un poema, sobre todo, “la precisión, la espontaneidad, el misterio”. Cualidades que también imperan en sus relatos, alejados de cualquier atisbo de prosa poética al uso, edulcorada y falsamente lírica. José María Guelbenzu, que los califica de “minimalistas”, afirma: “La sencillez es, en este caso, una obra maestra de depuración estilística”. Y añade: “Bishop muestra en su prosa una alta imaginación poética, pero no hace poesía con ella”. Y concluye: “Todos los cuentos parecen hechos de minucias y se aproximan al lector con una actitud casi doméstica, pero tras ellos se adivina la mirada soberbia de alguien que sabe distinguir muy bien entre lo que es significativo y lo que no lo es”. 
Por Brasil, todo un libro (que nunca le convenció), cobró diez mil dólares, pero los editores de la revista Life, donde vio la luz, no respetaron el original que en esta edición aparece por primera vez tal cual se concibió.
En lo que respecta a la tercera parte, no es casual que empiece analizando la poesía de Marianne Moore: “Como gustéis”. Sigue con e.e. cummings (compartieron asistenta un tiempo), Emily Dickinson (a cuya estirpe pertenece: “En cierto modo, todas las cartas de Emily Dickinson son cartas de amor”), Laforgue, Huxley (en Brasil), Lowell (tanto el texto para la sobrecubierta de Life Studies como “Notas sobre Robert Lowell”, que no deja de ser un excelente retrato del “magnífico poeta” bostoniano. “Cada vez que leo un poema de Robert Lowell tengo una escalofriante percepción del aquí y el ahora, de una precisa contemporaneidad”. La de Lowell es una presencia constante, le admiraba profundamente.
Mención aparte merece “Escribir es un acto antinatural”, una suerte de poética. Ahí habla de las citadas cualidades del poema y nombra a sus tres poetas favoritos (“en el sentido de que son como mis «mejores amigos»”: Herbert, Hopkins y Baudelaire. También habla de Auden (al que dedica más adelante un homenaje: sus versos “forman parte de mi vida”), Frost, Wordsworth…
Elogia a Randall Jarrell (“el mejor y más generoso crítico de poesía que he conocido”) y podemos leer el prólogo a Una antología de la poesía brasileña del siglo XX.
La correspondencia con Anne Stevenson, de 1963 a 1965, con motivo de la monografía sobre su poesía para la “Twaynes United States authors series”, es acaso lo mejor. Alude a ese estudio como “esta especie de condensación de mi «vida»”. Habla de su afición a la pintura, la música y la arquitectura. De lo “harta” que está de que la “asocien” a Moore: “yo siempre he sido una poeta del montón con un «oído» tradicional”. De Lowell, Stevens, Neruda, Chéjov y Dewey. De su labor literaria: “Trabajo con mucha lentitud”. Del “pecado capital” de “la falta de observación”. De política (“siempre he sido anticomunista”) y religión (le gustaba Santa Teresa). De cómo dice haber escrito una poesía “preciosa”, pero que detesta lo “precioso”. “Mi pronóstico es pesimista”, asevera.
Cierra el volumen la prosa temprana, casi toda publicada en Vassar entre los años 1929 y 1934. 

NOTA: Esta reseña ha aparecido, junto a otras muchas, en el número 120 de la revista Turia, que dedica su Cartapacio a Ramón Acín, publica textos inéditos en prosa y verso, una reflexión del incisivo Valentí Puig, un par de conversaciones (con Villena e Isidro Ferrer, que ilustra el número espléndidamente) y otra entrega de los diarios (La primera patria) de su director, Raúl Carlos Maícas, que, para uno, como siempre, está entre lo mejor del volumen. "En esta sociedad infectada por la intolerancia, la infelicidad es el amor al revés". "Reconozco que, ante ciertos mercaderes de la indecencia, lo más cómodo sería cerrar los ojos, taparme los oídos, sellar mi boca. Pero no puedo. Soy de los que creen que indignarse no es una tremenda estupidez sino una admirable muestra de responsabilidad". Pienso lo mismo. 

25.12.16

Dos jubilaciones

Los años pasan y se suceden sin remedio las jubilaciones de mis compañeros de trabajo. Desde que me reincorporé en 2008 a mi oficio de maestro, lo mejor que ha podido ocurrirme, han sido no pocos los docentes que han pasado, nunca mejor dicho, a mejor vida. Siquiera en parte, añado de inmediato. Dejar el trabajo es gratificante, sí, pero no tanto para quienes conservan hasta el final de su vida laboral eso que se llama vocación, algo que suponemos inevitable para ejercer este trabajo gustoso. Los muchachinos cansan, sin duda (por eso nos dejan irnos a los sesenta con treinta de servicio), pero el apego por ellos y por su educación es, para algunos, adictivo. 
Cada colegio es un mundo, y está bien que así sea. En el mío, en el nuestro, el "Alfonso VIII" de Plasencia, es costumbre acompañar a los que se van en una comida. Suele coincidir con las vacaciones o de Navidad o de verano. Habitualmente en el Parador. El jueves se celebraron dos. Dos jubilaciones, quiero decir, aunque parecieron también, por lo copioso, dos comidas. Primero tuvo lugar un convite a modo de lunch y luego el banquete propiamente dicho. Ambos servidos espléndidamente. 
Nos sentamos unos diez por mesa. En unas están los compañeros ya jubilados, en otras los que nos mantenemos aún en activo y, por fin, en una presidencial se coloca el equipo directivo, los homenajeados y sus acompañantes. En la jubilación de Julia Martín Paradés y Milagros Cordero Morales, la primera se sentó junto a su sobrino y su prima Isabel, maestra como nosotros, antigua compañera de instituto y más tarde del colegio "Ramón Cepeda" de Jerte. La segunda, al lado de su marido Felipe y de su hija María. 
A los postres toma la palabra el director, Javier Juanals, y lee un breve discurso. La abundancia de despedidas le ha proporcionado una elocuencia llamativa, lo que hace que cada año sea mejor su disertación. En esta última tuvo el atrevimiento de dedicar a Milagros, que llevaba veinte años en el colegio y con él trece en el claustro, un texto en francés (que evocaba el "Je vol" de La Famille Bélier que cantaron sus alumnos por la mañana en el Festival de Invierno), detalle que se explica por el hecho de que al final de su carrera docente ésta haya vuelto, con gran entusiasmo (que los alumnos, verdaderas esponjas, asimilan y agradecen), a dar clases de esa lengua. Recalcó este detalle Milagros en su emotivo discurso, otra breve pieza digna de elogio. Recordó allí a su madre, que se fue tan pronto, porque se empeñó, dijo, en que una niña estrábica y esmirriada como ella (así se definió), de un pueblo pequeño y perdido (el mismo de Gonzalo Hidalgo Bayal, Higuera de Albalat, por tanto de la áspera Tierra de Murgaños), lograra salir y estudiar una carrera, la de Magisterio, que a tantos extremeños redimió, cabe añadir. Y sus felices años de docencia en el centro donde ha culminado su tarea. 
Coincidimos en el citado colegio de Jerte a mediados de los ochenta. Estuvo en el primer cumpleaños de nuestra hija y la acompañamos en el entierro de su querida madre, a la que siempre tiene, doy fe, en sus pensamientos. Ha sido maestra de nuestros hijos. Y no una maestra cualquiera. Su profesionalidad ha sido reconocida a las claras por sus alumnos y, lo que no es tan fácil, por sus compañeros. Amaba, y ama, esta labor y por eso le ha costado decidirse, lo que otros ni siquiera se piensan. El pasado jueves aún estaba en el respaldo de su silla una camiseta verde en defensa de la educación pública. Se la puso muchas veces.
Julia, la otra jubilada, llegó al "Alfonso" hace tres años, ya con veintitantos de trabajo a sus espaldas. En Ibiza, aunque ella es del Valle, de Cabrero. Sé que ejerció en Noruega, por más que ese dato no haya sido comentado. En poco tiempo se ha ganado el afecto de todos, alumnos y maestros. Persona discreta y elegante, echará uno de menos su sonrisa matutina y su delicadeza; con las plantas, por ejemplo, que se encargaba de cuidar con esmero. Y, lo que más importa, con las personas. En su discursino dijo haberse sentido en nuestro colegio (el mejor del mundo, afirmó) como en casa, esto es, que fue recibida, y luego tratada, con afecto, y que ha estado muy a gusto entre nosotros, a pesar del cambio radical que supuso en su vida su traslado, por razones familiares, desde la isla hasta aquí.
Llegaron después las imágenes gracias a la concienzuda presentación de Ricardo, realizada con la complicidad de las familias de Julia y Milagros. Su niñez, su juventud, en el trabajo... Fotografías emocionantes que siempre le ponen a uno un nudo en la garganta. Y los regalos. Para Julia, una joya y un reloj. Para Milagros, un ordenador portátil.
Aunque uno suele desaparecer en cuanto el ágape termina, ya de noche, en esta ocasión me acerqué hasta La Perdición (con ese nombre, cómo negarse) a tomarme una coca-cola. Un ratino. Allí dejé a casi todos bailando y haciéndose fotos. Ricardo hace acopio para futuras jubilaciones. Soy uno de los próximos objetivos. A ver si llegamos.

Nota; Las fotografías que ilustran esta entrada son de otro compañero, Jesús Martín, responsable de nuestra excelente página web. 

23.12.16

La poesía dinámica de Gallego

Cantó un pájaro. Antología esencial, de Vicente Gallego, publicada por la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica, agrupa un buen número de poemas seleccionados por Antonio Moreno. En la cubierta, una bonita ilustración de José Saborit.
Pertenecen a sus libros fundamentales, esto es, desde Santa deriva (Premio Loewe, 2002) a Ser el canto (2016), pasando por Cantar de ciego, Si temierais morirMundo dentro del claroCuaderno de brotes y Saber de grillos, además de un puñado de inéditos. A decir verdad, este florilegio, el más amplio y riguroso de cuantos se han hecho de la poesía de Gallego, es en buena medida novedoso, pues que no pocos poemas han sido reescritos y, en consecuencia, son nuevos. Lo explica muy bien, como todo lo demás, Moreno en su excepcional prólogo. Por su perspicacia e inteligencia, sí, y por su condición de poeta afín al espíritu de la poesía que analiza, pero también por el simple hecho, cabe añadir, de que es para el autor "mi lector de cabecera", una persona cercana a la que el sentido de la amistad no nubla el del entendimiento. Ni su criterio.
En el citado prólogo se nos dan, ya digo, muchas pistas sobre esta obra en marcha, "referencia ineludible en el panorama de la poesía española de los últimos treinta años". Una obra intensa, radical y dinámica, sí, por su "afán de depuración", de "disolución del individuo, esfumado, sumido en el canto". Gallego es un poeta "centrífugo" y esta antología es esencial "para trazar una cartografía cabal de la misma".
Moreno expone, además, que hay dos obras poéticas de Gallego: la actualizada y presente y la "prescrita, excluida, pretérita". Aquí se da cuenta de la "poesía vigente del autor".
El editor literario cuenta, a través de cierta vicisitudes vitales, cómo el poeta ha llegado a ser quien ahora es. La amistad, un concepto central de su poética y de su vida, explica en buena medida esos cambios. Sus encuentros decisivos, quiero decir, con Carlos Marzal, Francisco Brines, Miguel Ángel Velasco, César Simón y, aunque él no se incluya, el propio Antonio Moreno.
Se explica la evolución que va desde la "poesía de la experiencia", de la que fue un conspicuo representante, hasta la poesía desnuda, llena de fuerza y verdadera que viene escribiendo desde hace mucho tiempo en medio de un "estallido creativo" que sorprende a propios y extraños y en el que conviene incluir la profunda revisión a la que ha sometido lo ya escrito. "Labor de depuración, de poda y exclusiones" que ha sido "ardua e impetuosa", según Moreno. Que se ha llevado por delante libros enteros, como el primero: La luz de otra manera, Los ojos del extraño (Premio Loewe Joven en 1990) y La plata de los días. Ya lo dijo Juan Ramón, que identificó la poesía con "el arte de quitar lo que sobra".
Azorín, un paisano de ambos, distinguía entre novedad y originalidad. Los originales son escritores "todos sencillos, claros", "porque sienten mucho". Recuerda a Machado: "Los novedosos apedrean a los originales". Así se comprende mejor este viaje de "la novedad a la originalidad" realizado por Gallego, que tiene en Lorca, el citado JRJ y Claudio Rodríguez algunos de sus pilares fundamentales. El segundo definió a la poesía como "estado de gracia", algo aplicable a la lírica de la que venimos hablando. "La obra no se busca, la obra se recibe". Y para eso es necesario estar atento, en disposición de recibirla, un estado del alma que conoce bien este hombre apartado en una simbólica cabaña del áspero bosque mediterráneo, tierra adentro. Un ser contemplativo que, como los que son así, establece en la paradoja una suerte de "abrazo". Que tiene por encima de todas la palabra "gratitud" y por lema, afirma Moreno, el del verso de Eliot en "East Coker": "en mi principio está mi fin".
“Vas a encontrar, lector -concluye el prologuista-, una poesía verdadera, señalada de principio a fin por la emoción y por una intensidad que mal se aviene con las ambigüedades especulativas ni con las medias tintas”.
En el breve epílogo que cierra el volumen a modo de "cordial despedida", Gallego habla de su "vocación de amor" y dice: "En mitad de mi primera juventud, cantó un pájaro. Escuché claro su trino y ya no pude volver a dormirme en mi inconsciencia." En esas seguimos.

22.12.16

Petterson dixit

Babelio
Cuando en una entrevista reciente para Quimera de Fernando Clemot y Álex Chico al escritor noruego Per Petterson, que ejerció la crítica literaria en su país natal antes de dedicarse de lleno a la literatura, estos le preguntan por aquella tarea, el autor de Salir a robar caballos dice algo que me ha gustado mucho: "lo de crítico podríamos ponerlo entre comillas, Más bien soy un entusiasta".

21.12.16

Un mar de amor

Como en el reciente caso de Mario Vega, de nuevo llega a este rincón otra poeta asturiana con su primer libro publicado por Valparaíso. Se trata de Rocío Acebal (Oviedo, 1997), estudiante de Doble Grado de Derecho y Ciencias Políticas en la Carlos III, y la obra se titula Memorias del mar. Acebal ha colaborado en las revistas habituales del grupo de asturianos que con tanta frecuencia mencionamos últimamente y ha participado en las lecturas que tienen lugar en Valdediós. Precisamente José Luis García Martín firma la nota de la contracubierta donde leemos: "Rocío Acebal entra con pie firme en el país de la literatura". "Ha aprendido a escuchar antes de pretender ser escuchada, a leer antes de aspirar a ser leída. Por eso -continúa- Memorias del mar, al contrario que tantos primeros libros, es algo más que un esperanzado borrador". Javier Egea y Emily Dickinson, con sendas citas, abren un listado de epígrafes que se multiplican a lo largo del libro. Con los nombres de quienes han guiado esta primera entrega: Yeats, Pessoa, Donne, Gil de Biedma, Auden, Eliot, Brines, su paisano Ángel González, Felipe Benítez, Marzal... En efecto, esta mujer ha leído. Y ha vivido, aunque por obvias razones de edad no sea mucho. No lo parece, cabe precisar. Por la madurez de sus versos, sí, pero también porque juega con una memoria de largo recorrido, tal vez porque cuenta historias de las que no es en rigor protagonista, o lo es en diferido, gracias a la ficción literaria. No en vano el penúltimo poema está dedicado, con sorna, a "los poetas sinceros"; "versificadores" los llama Martín.
Lo cierto es que estamos ante una historia de amor y, por más que sea innecesario adjetivarlo, de un amor lésbico, lo que nos retrotrae al origen de la poesía, o casi, a la misma tierra que habitó Safo y, siglos después, Cavafis, otro poeta de cabecera de Acebal. Así, en "La poeta, tras leer el poema que su amada le dedica", dice: "Más vale el sincretismo / certero de tus ojos / que todas las imágenes / de la manida rosa". Y todo porque, leemos en otro sitio, "Aquello concebido en el amor / no temerá jamás la rabia humana".
Lo que más me ha llamado la atención, con todo, es el tono que logra trasladar al lector: algo entre lo furtivo y lo delicado, entre la fragilidad y la vergüenza (palabra que usa con frecuencia), entre la timidez y el titubeo. Ese ámbito sutil que se expresa con un lenguaje efectivo, sí, pero en penumbra.
Dije amor y, claro, quise decir también desamor y pérdida: "El amor juvenil / es artificio / temprano de un complejo". O: "Todo el pasado es dicha fraudulenta". Allí, sin embrago, sigue perdurando la memoria de una playa, en Calafell, cuando "el mundo era un poema de Barral / leído únicamente por nosotras".
Si bien la brevedad es norma (esta poética lo exige), hay poemas extensos, como "La mujer baldía", que no deja de abundar en lo femenino como asunto de vital importancia en torno a lo cual gira aquí casi todo. En "Imagen de los siglos", otra mujer: la madre: "Lo comprendo: conozco este lugar, / estuve aquí / en ojos de mi madre; / ha llegado mi turno, / es la hora / del llanto y la afonía".
Por encima de "la emoción / vacía de unos versos predecibles", Rocío Acebal consigue convencernos. Asentimos con ella en la cita final, de Borges: "Ya no será feliz. Tal vez no importa".

EL CÍRCULO

La sábana escarchada de la arena
en tu mirar refleja el desgastado
recuerdo de otra aurora: el verde prado
testigo de pasión, la luna llena,

un cigarro, los gritos, tu melena,
su aliento de caballo desbocado;
de pronto, la tormenta del pasado
y tu rostro teñido por la pena.

Entonces, -sin ti- al paso de los años
un venturoso idilio en otra orilla,
una radio de fondo, el mismo tema;

el antiguo deseo, un gesto huraño,
los restos de salitre en mi mejilla,
la memoria del mar y este poema.

20.12.16

Lindo dixit

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Elvira Lindo ha escrito un oportuno artículo de opinión titulado "¿Quién ha de hacer los deberes?" del que entresaco las menciones que hace de los profesores. 
"Los padres tienen el deber de educar a sus hijos en la medida de lo posible, para que el profesor pierda menos tiempo en corregir unos modales que dificultan la enseñanza".
"Los profesores deben serlo por vocación, no es un oficio que tolere las medias tintas."
"Los centros no deben tolerar las faltas de respeto a los profesores por parte de los alumnos; los padres no deben tolerar que sus hijos ofendan a sus profesores; los padres no deben hablar de manera displicente de los profesores delante de sus hijos; las tutorías, más en estos tiempos, deben considerarse parte fundamental de la actividad escolar".
"Los padres, los profesores y los médicos deben entender que hay niños que sufren ansiedad y la ansiedad no precisa medicación sino un ritmo social distinto".
"Los profesores deberían de tener más tiempo para desarrollar sus clases y no vivir esclavos de la burocracia".
"Cargar sobre las espaldas del profesorado el deber de que los niños sean excelentes es injusto". 

19.12.16

Línea de nieve

Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), profesor, traductor (de Wilde, Coleridge, los románticos ingleses, Auden, Spender, Lewis, Thomas, Owen, Davies o Ashbery), narrador, ensayista y poeta, ha pasado varias veces por este rincón y, sin embargo, nunca me he ocupado por largo de ninguno de sus libros, salvo el que dedicó a la poesía de Edward Thomas, que tradujo, o eso me pareció, ejemplarmente. En una ocasión, por lo que veo, estuve a punto, pero... De hecho publiqué aquí un haiku de Cristal ahumado. Tras Últimos días en Sabinia, Destiempo o Vida y milagros, llega Línea de nieve (Pre-Textos) del que me apetece mucho hablar: me ha gustado.
La cita inicial de Montale sitúa bien la escena: "Sólo esto podemos hoy decirte: / lo que no somos, lo que no queremos" (en versión española de Fabio Morábito). Ese poema de Huesos de sepia que empieza: "No nos pidas la palabra que de par en par exhiba / nuestro ánimo informe y con letra de fuego", y donde, justo antes de los dos versos que Insausti rescata, leemos: "No nos pidas la fórmula que mundos pueda abrirte, / sí alguna sílaba torcida y seca como una rama". Sí, esta es la poética que sostiene los poemas de este libro. Elegante, es el adjetivo que acaso mejor le cuadre. Por la forma de decir, sobre todo (luego me referiré a este asunto), pero también por lo que expresa. Hay en él algunas constantes. Vida y cultura se entremezclan. La una lleva a la otra y viceversa. Con toda naturalidad que le cabe al artificio que denominamos literatura. "No ha sucedido nada", leemos en "Crónica" y precisamente eso es lo que sucede y lo que da al cabo en poema. Todo un feliz misterio. Porque algo siempre pasa.
Estamos ante los versos de alguien que observa meticulosamente el mundo, que mira con detenimiento sus detalles (léase "El ansia"), a veces los más ínfimos, casi siempre sencillos: "¿Tal vez el arte / de la elocuencia consista sólo / en sostener esa mirada en vilo, / vivir como extranjero ante las cosas, / dejarlas ser?" De alguien que piensa y duda en voz alta. Fruto de una lección, dice entrecomillado en "Iniciación": "Debes mostrar las cosas, no explicarlas". Y: "Evita lo trivial del reportaje, / un poema ha de ser para el idioma / lo que el cristal para la arena".
El paisaje y la historia son temas reiterados. El de su país, que describe y nombra a partir de lugares concretos donde sitúa vivencias o evoca recuerdos; muy hermosos, por cierto. "Si la memoria es un lugar..." Memoria que le lleva, por ejemplo en la serie "Preludios", a trazar una autobiografía de infancia, adolescencia y primera juventud que, para mi gusto, es una  de las partes más jugosas y logradas de la obra. O a escribir: "Es algo mágico el pasado / y oírlo, una manera de estar vivo. / Será por eso por lo que hoy escribo".
En un momento dado escribe: "Todo país es un destierro". Y muy significativo resulta, en este sentido, "Eutopía". Con todo, es al País Vasco, sin olvidar el terrorismo ("Allí mataron a un civil...", dice su abuelo), el que marca ese paisaje a que aludía, que tan bien se acomoda al tono general del libro. Pero este hombre es un viajero ("T-4", "Isla"), de ahí que Japón, Roma, París, Nueva York o Florencia formen también parte de su imaginario. Algo compatible con "Regreso a Ulzama", uno de los mejores poemas del conjunto.
Dije historia y debía tal vez decir arqueología. Además de "Los arqueólogos", encontramos poemas con títulos como: "Cromlech de Oianleku" (con Oteiza al fondo), "Menhires de Belate", "Dolmen de Jentilarri". Y no son las únicas ruinas que Insausti rescata para la poesía.
El paso del tiempo ("El tiempo es más la herida que la cura") es otra constante: "vivir es diciendo adiós a cuanto pasa, / soñar un absurdo y dejarlo para luego". Léase "Meditación en el spa".
Se preguntaba Rilke: "¿Debo escribir?" A esa cuestión vuelve una y otra vez nuestro poeta, de suerte que todo el libro está recorrido por una pulsión metapoética, de indagación sobre el mismo hecho de escribir. "En la verdad del mundo ha de leerse / la mentira piadosa de un poema", dice. En "Autocensura" con mayor claridad.
En lo que al lenguaje respecta, diremos que es impecable. Sí, puede que hasta peque a veces de virtuosismo. Pero es elegante, en su más noble y elevado sentido. Como el ritmo, que se apoya con frecuencia en el endecasílabo. Los encabalgamientos están muy conseguidos (hay poemas que gracias al recurso parecen "nerviosos") y cuando toca la ironía o el humor, claves en la obra, no le hace ascos a la rima, algo muy propio de la poesía inglesa, que tan bien conoce (y traduce: en "Entierro en Ormáiztegui" he escuchado a Auden), y de la española: en algunos poemas rimados (y con sorna) ha oído uno ecos de Jon Juaristi, aunque sea de Bilbao. Paradigma de esa forma de proceder, "La estatua de Mao en Kashgan".
Otro rasgo significativo es el uso de palabras de otras lenguas en los poemas: en vasco, italiano, inglés ("Amanecer en Wall Street")... Esto le da, qué duda cabe, un aire cosmopolita muy adecuado, en absoluto disonante.
Podría señalar numerosos poemas que dan al libro el carácter emocionante que le define. Destacaré, pongo por caso, "Bruto a Ovidio" (a pesar de ciertas contemporaneidades): "Es triste, sí, no ver la luz de Roma / pero es tal vez más triste, Publio amigo, / vivir hecho un extraño entre los tuyos". Logrados están los haikus de "Otoño": "Junto al sendero, / Hokusai ha pintado / de rojo un arce". Como el extenso "Chiesa Santa Croce", con Dante de protagonista (y versos de La divina comedia entre lo suyos), concebido a partir de la noticia de que el ayuntamiento florentino revocaba, siglos después, su destierro de la ciudad, una condena a muerte. Termina: "ser es una excepción, no ser la norma". O el breve "Exigencias" (que se puede leer en la página web de la editorial). O, en fin, y amén de todos los nombrados, "Cicatrices": "En toda cicatriz hay una huella".
Termino con los versos finales del libro, del aludido "Autocensura": "Al fin y al cabo / la verdad, en rigor, se calla en verso / y oírla es una cosa que les toca a Uds."  Ya saben.