5.3.26

Tres antologías


De la colección de antologías a rayas de Renacimiento (un acertado diseño de Marie-Christine del Castillo) está casi todo dicho. En casa hay unas cuantas. De tres de las últimas me gustaría decir algo. Me refiero a Los demonios de la melancolía, de Francisco Bejarano (en edición de Fernando Taboada), Cesto de moras, de Arturo Tendero (con prólogo de Carlos Marzal), y Todo va a salir bien, de José Luis Piquero (edición de Rodrigo Olay). 

De la primera, que coincidió en las librerías con la publicación del último, inesperado libro del poeta jerezano, tantos años callado, Muchachos (Pre-Textos), destacaría el prólogo de Taboada, ajustado y preciso, y, cómo no, algunos poemas memorables que me llevan, qué remedio, a mi juventud perdida, cuando empecé a leer con la debida admiración a este autor tan secreto como necesario. El de versos como "Si sufro es solamente por costumbre", "No es posible vivir sin lamentarlo" o "La verdadera vida es la memoria". Y de poemas como "Macharnudo", "Evocación en el salón azul", "Desencanto", "Ciudad", "Los viajeros", "Lugar propio", "Un juego peligroso", "La casa" (hay dos en la muestra titulados así), "Ciudad hostil", "Las islas soñadas", "Vida retirada", "Un consuelo leve"...
El tono clasicista y sosegado, las atmósferas que crea, el paisaje de fondo, todo, en fin, contribuye a llevar al lector a un ámbito donde sentirse tan desazonado como a gusto, tal vez porque pocos poetas españoles contemporáneos hayan entendido mejor que Bejarano el auténtico clima de la melancolía. 

La segunda, de precioso título (tomado de un verso de Pere Gimferrer, por cierto), empieza con "Quien se tragó una aguja", de Carlos Marzal, uno de los prólogos más bonitos que recuerdo haber leído (mis preferidos son los de Borges, al que cita). Es breve y hondo. Y lúcido, muy lúcido. Con referirse en particular a la de Tendero, habla de la poesía en general. De la verdadera, cabe matizar. Sí, "todos los poetas son secretos", afirma el poeta valenciano, y sigue: "incluso el más conocido de los poetas sigue siendo un escritor secreto, porque los lectores de poesía constituyen una secta minoritaria, una hermandad silenciosa".
Alude luego a la tradición" ("legado y apropiación") y al "asombro permanente ante la realidad" del poeta y su "mirada": "la de un apartado, la de un observador clandestino, el espectador secreto" y explica por fin la anécdota que le lleva a titular así su prefacio, pero eso no lo desvelo. 
Los poemas que viene detrás no hacen sino ratifica lo expresado por el autor de Metales pesados. Tendero logra conmover al lector con muy poco. Lo cotidiano elevado a la categoría de lo poético, en su sentido más genuino. Ideas, situaciones y palabras maniobran desde la sencillez hasta alcanzar, ya digo, poemas que son la vida misma. La suya, la de cualquiera. Nunca es tarde para leer al de Albacete. Ni para releerlo.  

El prólogo de la tercera, de Rodrigo Olay, es el más académico de los tres. Normal, tratándose de un profesor universitario especialista en Feijoo (no el político, sino el benedictino ilustrado). Con todo, porque es poeta y conoce bien (y admira) la poesía de Piquero (uno de sus maestros), ni pedanterías ni pomposidades. Nada más lejos del tono del de Mieres, cabe subrayar. Más allá de su riguroso análisis (que incluye en parte lo generacional y lo asturiano), rescata poemas no incluidos en la muestra y una "secreta poética" que harán las delicias del lector. Como los poemas en sí; entre ellos, un puñado de inéditos. 
A pesar de que Piquero es un poeta escaso ("cinco libros en treinta y seis años"), el conjunto es tan amplio como exigente. Se abre con una incisiva "Nota del autor". Agudeza e ironía no faltan. Ni sentido del humor, negro a veces. Lo mismo que encontrará el lector en los poemas, de un realismo que se complejiza con el paso del tiempo, como la propia, intensa vida. 
Podrá uno sentirse más o menos afín a las modulaciones del relato (a rachas, incluso descarnado y truculento, un punto dramático), pero no se podrá negar que estos poemas constituyen un personal, sólido y genuino edificio de palabras capaz de aguantar los temporales que generan los caprichosos avatares de las modas. "En última instancia, me conformo con ser un testigo atento que se ha aventurado a opinar", concluye.

4.3.26

Isabel Sánchez Fernández lee "Territorio"



Creo que la primera vez que leí un poema de Álvaro Valverde tenía yo veintitantos años. Me gustó tanto que lo copié en una de las pequeñas libretas que siempre acompañan mis lecturas. Volví a aquel poema muchas veces para consolar mi incertidumbre y seguí leyendo poemas suyos, escritos por él, que inmediatamente hacía míos.
Sus poemas me han acompañado desde entonces, y sus críticas literarias, ya sea en la prensa o en su blog, siempre me han servido para conocer nuevos autores y disfrutar de sus recomendaciones.
Acabo de terminar esta hermosa reunión de su poesía. Me he adentrado de nuevo en ese territorio que también ha sido mío durante tantos años.
Me ilusiona pisar terreno conocido y me emociona reconocer paisajes comunes.
Me consuela comprobar que nada, de lo que yo valoro, ha cambiado en su poesía en todo este tiempo: su verdad, su honestidad, su claridad, la dificilísima sencillez, la belleza de los pequeños rincones escondidos entre sus versos, el amor y el asombro por los pequeños destellos, la luz que pone a mis tardes oscuras alumbrando mi mirada.
Para mí, los poemas de Álvaro son mi tierra extremeña: las encinas, los alcornoques y olivos de mi niñez; los viejos castaños y los húmedos alisos de mi juventud y los poderosos robles de mi madurez. Son las casas en las que viví, los caminos que recorrí, el blanco de las jaras y el rojo encendido de los cerezos.
Nunca me han defraudado. Siempre he podido contar con ellos.
Han sido siempre, desde que tengo memoria poética, el lugar al que volver cuando, descreída de tantas cosas, me sentía infeliz y decepcionada o buscaba poner palabras a las emociones que me ahogaban.
Ahora tengo todo este Territorio entero, para moverme por él a mis anchas, para crear tiempo sin tiempo, para confirmar muchas de mis pocas certezas, para constatar la inutilidad de tantas cosas y confirmar mi seguridad en lo que verdaderamente importa.
Gracias amigo. Por todos estos años de compromiso con la poesía, por tu mirada y por tu forma de estar en el mundo y ser en él.
Y gracias por compartir con tanta generosidad tu territorio que ya también es nuestro.

(En su muro de Facebook)

2.3.26

En "Círculos concéntricos" de Radio 5

Lo escuchamos Yolanda y yo de casualidad (pensé que tardarían más tiempo en emitirlo, lo grabamos el lunes 16 en Cáceres), de paseo por la Vera Alta, entre Losar y Valverde. Los domingos a esa hora, si puedo y voy en el coche, sintonizo en Radio 5 Círculos concéntricos; si no, recurro al podcast.  
El periodista y escritor Fernando del Val, que me conoce bien (ya me entrevistó para la revista Turia) me invitó al programa y uno hizo lo que pudo. Este es el resultado: "El territorio de Álvaro Valverde" lo ha titulado.
Porque me pidió algunas sugerencias musicales, la banda sonora es de Ludovico Einaudi ("Nuvole bianche" o "Maria Callas", no sé bien), Coque Malla y Leonor Watling ("Berlín"), Leonard Cohen ("Suzanne"), Pablo Milanés ("Yolanda") y Severija Janušauskaitė ("Zu Asche, zu Staub", la canción principal de la serie Babylon Berlin). A posteriori he caído en la cuenta de que el compositor italiano es de la predilección de mi amigo Miguel Ángel Lama (que lo descubriría, como yo, en Radio 3, cuando Trecet) y la última de la de su hermano Josemari (que me llevó hasta esa hipnótica canción y, de paso, a la histórica serie alemana). 
Un honor, en fin, formar parte de ese círculo de círculos formado por conversaciones que nos hacen pensar. Gracias.