23.11.11

Riechmann: poesía del nosotros

A estas alturas, no pretende uno descubrir a Jorge Riechmann (Madrid, 1962). Ya lo está desde hace años. Empezó pronto. El primer tramo de su poesía está reunido en Futuralgia (Calambur, 2011) y abarca desde 1979 a 2000. Después han venido otros títulos, entre ellos, Conversaciones entre alquimistas, que publicó Tusquets en 2007. En la misma colección, una de las más plurales del panorama, se edita ahora El común de los mortales.
Es fácil acusar a Riechmann de torrencial. No sólo escribe mucho sino que, además, sus libros suelen ser voluminosos. Éste, que incluye poemas escritos entre 2007 y 2010, tiene 264 páginas, algo poco frecuente en libros de poesía.
En plena crisis del capitalismo y recién estrenado el cambio político en España, pocas obras más actuales que ésta. Pero cuidado, no quiero dar a entender que estamos ante un libro "de ocasión", a la moda. No, nada más lejos de la verdad. Quienes seguimos a Riechmann sabemos que sus preocupaciones por la política y la ecología, ante todo, vienen de atrás. Lo que ocurre es que lo que parecían propuestas teóricas más o menos acertadas, atrevidas lecturas con su punto alarmistas (se menciona en alguna ocasión la palabra catástrofe) son ahora crudas realidades ante las que ya no cabe inhibirse. Estamos sin duda ante una poesía comprometida, de protesta, como se decía antes, pero nada panfletaria y, menos aún,  descuidada y mal escrita. La literatura prima sobre la denuncia y Riechmann tiene muy claro que la poesía es imprescindible para decir lo que quiere. Es más: ni puede ni quiere decirlo de otra manera. No es menos cierto que su discurso poético roza a veces lo prosístico (el ensayo es en él otra pasión) y que algunos versos parecen (o son) aforismos. Para comprender la fluencia de su tono, atento a la música de lo que importa, confesaré que hasta la página 126 no caí en la cuenta de que los poemas estaban escritos sin signos de puntuación, puntos y comas. Prima, ya digo, la poesía y la palabra brilla, desde su esencial pobreza ("vegetariana"), con toda su luz. La poesía y el amor, como declara en un verso."Somos lo que hay entre tú y yo/ entre yo y nosotros". Sí, estamos ante una poesía del nosotros que lucha decididamente contra el imperio posmoderno del "yo" y del individualismo liberal. Una poesía de "los otros", que son convocados, a veces, bajo la invocación de "amigos". "Otros" que viven bajo esa hybris denominada "sociedad industrial". Hombres y mujeres que sufren y padecen la expulsión de un paraíso primigenio donde la vida era sencilla y hasta humana.
Una poesía del No que lucha contra la indiferencia quejosa de los hombres huecos. La de alguien que proclama su fidelidad al mundo y al lenguaje. Una poesía de la inteligencia, lo que demuestra que no siempre la lucidez estorba al verso y que es peor la necedad y la tontería que encubre ese vacuo palabreo pseudosurrealista que tanto se sigue llevando.
Una poesía que no renuncia al humanismo y a la utopía, que declara su amor por los otros, ya se dijo, por la amada, sólo faltaría, pero también por los animales, muy presentes en estas páginas. Los primeros, claro, los poetas, esos "animales minusválidos". A la poesía, precisamente, le dedica una de las partes del libro, compuesta de poemas tan elocuentes como naturales, lejos de cualquier afectación metapoética. Y al fondo, detrás de los versos y de todo lo que estos declaran, la vida, verdadera protagonista de esta obra que no oculta su envés, la muerte, y ya allí, esos "morideros" donde llevan a los viejos y a los enfermos (esos "otros" que Riechmann no olvida) para el último, definitivo viaje.
Se trata al cabo de vivir, pero "de otra manera", viene a concluir el poeta. Por lo menos para poder seguir haciéndolo en este frágil planeta. "¿Cómo se sale del callejón sin salida?", se pregunta. Uno, después de leer El común de los mortales, parece entrever una salida. En estos tiempos de tribulación, con ese precario vislumbre basta. 

VASTOS HORIZONTES (4)

George Steiner declara
que él es un optimista de la catástrofe:
en las trincheras
de la segunda guerra mundial
¿no leía la gente a Rilke y Shakespeare?

Cuando las cosas van mal dice
la gente vuelve a la calidad


Así que amigos
nada de agobiarse:

una buena guerra civil
y regresamos a Garcilaso

un buen ecocidio
y volveremos a apreciar a Homero

(La fotografía es de Marta Beltrán)

22.11.11

Cultura en Plasencia

A contracorriente, la cultura de esta ciudad se mueve. Prueba de ello son estos dos blogs informativos: uno del Teatro Alkázar y otro de actividades culturales en general. Bien está.

McCullers y la muerte

Dicen que la primera frase de una novela es capital. Que en ella se condensa lo que viene y que da la verdadera medida de su valor. También que marca el tono y no sé cuántas cosas más, entre ellas, que no siempre es garantía de éxito. Reloj sin manecillas, de Carson McCullers (recuperada de su fondo por Seix Barral), comienza, un poco a la rusa, así: "La muerte es siempre la misma, pero cada hombre muere a su manera".

21.11.11

Dimensión de la frontera (1)

1. Buenas noches. No sin antes agradecerles a todos ustedes su presencia y a los organizadores, la Concejalía de Cultura, su colaboración, permítanme, permitidme, que empiece hablando de este sitio. Hace años que Gonzalo Hidalgo Bayal lo rebautizó con el nombre por el que algunos ahora le denominamos: el Club del Verdugo, en clara referencia a la calle donde está el Aula de Cultura que ahora es propiedad del Ayuntamiento y, antes, de la Caja de Ahorros de Plasencia y de Caja de Extremadura, fusiones mediante. Aquí celebramos durante años las lecturas del Aula Literaria “José Antonio Gabriel y Galán”, hasta que una buena noche tuvimos que trasladarnos, deprisa y corriendo, al Auditorio de Santa Ana con el poeta Antonio Gamoneda en volandas. Para entonces el Ateneo de Plasencia ya había tomado posesión del local y así ha seguido siendo, mal que nos pese, hasta hoy. Pero la memoria que numerosos placentinos tenemos del Aula, a secas, va más allá y, al menos en mi caso, se retrotrae hasta la noche de los tiempos. Aquí asistimos a no pocas sesiones del cine-club (de, pongo por caso, un clásico del género: El año pasado en Marienbad), presentaciones de libros (cuánto me impactó la de Cantos de Plasencia, del mexicano Hugo Gutiérrez Vega), recitales musicales (de Pablo Guerrero, por ejemplo), conferencias (del vehemente Santiago Amón –que no Antón, alma de esta sala durante años- o del tranquilo Gonzalo Hidalgo Bayal que disertó una vez sobre los goliardos), etcétera, etcétera, etcétera.
En lo personal, cómo olvidar la presentación de mi primer libro, Territorio, allá por el 85 del siglo pasado, con la presencia en esta mesa del citado Gonzalo, de nuestro paisano Felipe Núñez y de mi añorado Ángel Campos, o la de Una oculta razón, con el poeta y periodista Santiago Castelo como ejemplar maestro de ceremonias. Para no dilatar más la cosa, ni pasar por abuelo Cebolleta; para aterrizar, por fin, sobre lo que nos ha traído aquí, terminaré por confesar que me alegro mucho de que este espacio, como dicen los modernos, que esta “especie de espacio”, que diría Perec, haya sido recuperado para todos los ciudadanos de Plasencia, por lo que tiene de emblemático para nuestra cultura y por la justa dimensión que supieron darle quienes lo concibieron para reunir a la inmensa minoría que suele asistir a este tipo de actos.
2. Álex Chico, el protagonista del de esta noche, nació en Plasencia en 1980. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados de Literatura en la Universidad de Granada y es bloguero, además de excelente entrevistador. Fue cofundador y codirige de la revista Kafka. En la actualidad es profesor de Lengua y Literatura en un instituto del Prat, a las afueras de Barcelona, ciudad en la que reside. Ha publicado el libro de poemas La tristeza del eco (Editora Regional de Extremadura, 2008), y las plaquettes Nuevo alzado de la ruina (Veboblues ediciones, 2005) y Las esquinas del mar (Vitolas del Anaïs, 2004). Además, ultima su tesis doctoral sobre la obra poética y novelística de nuestro paisano José Antonio Gabriel y Galán, bajo la dirección del prestigioso crítico y profesor Fernando Valls en la Universidad Autónoma de Barcelona. 
Por suerte, Álex Chico, a pesar de su manifiesta juventud, no pertenece a ningún grupo, capilla o generación poética, salvo a la suya, aún sin nombre. Quiero decir a la que le corresponde por simples razones de edad. Ya se sabe qué necesarios les resultan esos pintorescos ordenamientos a los historiadores de la literatura y a los críticos literarios, que se sirven de ellos para clasificar poetas, como usan los entomólogos sus listas para catalogar insectos.
Digo que es una suerte que Chico vaya por libre porque eso le permite escribir lo que quiere (esto es, lo que puede) y no está sujeto a otras normas, ni literarias ni mafiosas, que las suyas, orientadas por afinidades y lecturas. Es verdad que lo de ser independiente tiene sus tiranías, más cuando se es joven. No te incluyen en las antologías promocionales, ni sales en las encuestas de ocasión, ni te pasean por festivales de poesía, ni ganas según qué premios, ni, en fin, te llaman cosas tan bonitas como mutante o nocillero. No creo que a él le importen demasiado esas vanidades. Sabe que el arte es largo, mucho más que la juventud, divino pero efímero tesoro; enfermedad transitoria de la que uno siempre se cura. Doy fe.
Tal vez este hecho tenga que ver con sus frecuentes cambios de ubicación, pues estos últimos años ha vivido en Salamanca, Granada y Barcelona; ciudades, por cierto, con mucho movimiento literario, excesivo a veces. 
Como supongo que alguien estará pensando en un reciente recital que tuvo lugar en la Plaza de San Martín, donde se puso de largo la denominada (por uno) plaga lírica placentina, aclararé de nuevo que Álex Chico, Víctor Martín, Víctor Peña, Francisco Fuentes y José Manuel Chico no son sino un puñado de poetas que tienen en común su amor por la poesía (que cada cual quiere a su manera) y su azarosa condición de nacidos en la Perla del Valle. Insisto: sólo eso.

(y 2)

Dimensión de la frontera (y 2)

3. Entre otras, hay dos maneras de leer: por afinidad y por contraste. El lector total, por llamarlo de forma rimbombante, quien no lee con anteojeras o sólo aquello que coincide con su gusto, irá barajando ambas posibilidades y, por tanto, se topará con textos que le resulten cercanos y otros que no tanto. Si quien lee, además, escribe, tendrá que añadir a esas normales circunstancias otras que, al fin y al cabo, le pondrán en una situación parecida: lo que lee se acerca a lo que él mismo escribe o todo lo contrario. Esto no significa, por supuesto, que no le pueda gustar una cosa y la inversa. A veces, uno valora más lo que no podría hacer que lo que, aproximadamente, hace. Dicho esto, afirmo que he leído el segundo libro de Álex Chico (Plasencia, 1980) desde la afinidad. Desde la confluencia. Como leí el primero, La tristeza del eco, del que fui, por fortuna, editor. 
Dimensión de la frontera, publicado por Ediciones La Isla de Siltolá (Col. Siltolá-Poesía, número 20, en Sevilla y 2011) con la gracia que caracteriza a esta joven editorial andaluza que dirige con inusitado entusiasmo y singular tino el poeta Javier Sánchez Menéndez, reúne poemas escritos entre 2004 y 2010. El libro se abre con un verso de Basilio Sánchez: “Permanecer inmóvil es ahora el destino del que ya nada oculta”. Su poesía -que acaba de reunirse sin el eco que ese relevante hecho merece- ha tenido y tiene un sustantivo ascendiente sobre la breve obra del poeta placentino. No es la única. Si algo podemos anotar bote pronto es la importancia que para Chico tienen los libros y las lecturas, los poetas y la poesía, hasta el punto de subrayar en su libro cierto tono culturalista, que diría un novísimo. Basta repasar el índice para encontrar referencias concretas en los títulos de los poemas al peruano Julio Ramón Ribeyro, al polaco Czesław Miłosz, al portugués –como su inventor, Fernando Pessoa- Alberto Caeiro, al checo Franz Kafka, al alemán Thomas Mann y al francés Stéphane Mallarmé. No son las únicas. En la Nota del autor figuran también los nombres del salmantino Aníbal Núñez (“Nuevo alzado de la ruina”), el zamorano Tomás Sánchez Santiago, la norteamericana Silvia Plath y la también polaca Wisława Szymborska, de cuyas respectivas obras se hace mención.
Entre versos, encontramos también citados a Hierro, Arlt, Valente o Gil de Biedma y a estos nombres habría que añadir los de los autores de los epígrafes o citas que menudean por el libro.
Otro rasgo distintivo que conviene resaltar de la forma de proceder de Álex Chico es la importancia que da a los lugares o, si se prefiere, a la noción de lugar. En este sentido, es elocuente el poema sin título que abre el libro: “[Ciertos lugares conservan el paso...]”: “Un espacio –un lugar– que acaba por no saberse/ si existió, y logrará sobrevivir en la distancia./ Donde no ha ocurrido nada y sin embargo/ se logra no haber sido nunca”. 
Vitalista y personal, hasta donde eso es posible en el territorio apátrida de la postmodernidad, su poesía recorre los sitios que ha habitado: Plasencia (innombrada), Barcelona (La Verneda, “En Urquinaona”), Salamanca (“Salamanca. Punto final”) y Granada (“Albayzin”, Pitres-Pórtugos), así como los visitados, con una presencia más que simbólica de lo portugués: “Lisboa”, “Vuelta a Monsanto”… Estos lugares le permiten jugar con asuntos tan obsesivos para él como el del viaje, el regreso, el exilio, el desarraigo, la emigración, etc. No en vano en su vocabulario habitual aparecen con frecuencia términos clave como permanencia, distancia o límite. 
Precisamente del citado Basilio Sánchez ha tomado Álex Chico, o eso me parece, un consciente interés por la idea de casa, casi siempre deshabitada, vacía o en ruinas. Casa o molino (“En el límite”), tanto da. Interiores, habitaciones, espacios de la memoria (“sólo la memoria recupera su estado/ de sitio”), en cualquier caso, que le permiten indagar sobre otro concepto insoslayable en su poética: el de la soledad. A este propósito, resalto uno de los poemas más bonitos del libro: “Desde el balcón”, dedicado con gran sentido de la oportunidad a Efi Cubero, donde se dice: “Me pregunto si alguien/ puede subsistir a base de estar/ siempre solo,/ ocupando el mismo espacio/ en silencio,/ distinguiendo a la gente en la distancia,/ y evitando nuevamente el saludo”. Para terminar con:me pregunto si se puede vivir/ mirando a la calle y al mismo tiempo/ no pensar en nada”.
“Mi lugar está aquí,/ en mitad de un páramo sin ruinas,/ más solitario que un callejón/ plagado de gente y luz difusa./ No hay más presencia que la mía,/ ni diálogo que sirva como hábil comentario/ a la soledad que me circunda.”, leemos en “Continuación de un lugar”. “Un minúsculo agujero –frágil, solitario–/ donde olvidar que vivimos/ más allá de la extrañeza”, dice, por su parte, en “Tierra de nadie”. 
El personaje que protagoniza los poemas es alguien que observa en solitario, como acabo de señalar, a menudo a través de una ventana o un balcón. Un ser inmóvil (allí donde esté), cansado, habitualmente melancólico, que sabe, como todos, de la derrota y el fracaso, que cifra en escribir lo que de verdad importa: “Ahora lo sé. Sólo escribí para morir con cierta dignidad”, “que quede, al menos, escrito”.
Uno compararía Dimensión de la frontera con un diario. Quiero decir que parece escrito de esa manera, como una sucesión de anotaciones que hace alguien al amor de los días, o todo lo contrario. Esto, que puede ser una impresión sólo mía, daría al libro un tono característico, muy cercano, como ha señalado el profesor Miguel Ángel Lama, al “yo” –al ser y a sus orteguianas circunstancias-. Un tono característico de la poesía moderna –la anglosajona sobre todo; aquí representada, entre otros, por Cernuda o el mencionado Jaime Gil, un poeta muy estimado por Chico-, el tono de la confidencia, que nada tiene que ver con el de la confesionalidad falsamente romántica.
Aunque a veces viaje a la naturaleza, el paisaje es sustancialmente urbano y, ya allí, de afueras y extrarradio más que céntrico. Si acaso de plazas retiradas y tranquilas, “en penumbra”, donde repetir esa circularidad que la memoria y el olvido (“Memorias del olvido”), las idas peligrosas y las vueltas imposibles, transforman en una suerte de eterno retorno.
La perplejidad del que duda está en el meollo de estos poemas de la incertidumbre que no dejan de preguntarse sobre la realidad con el secreto temor de que nada en el pasado fuera como se recuerda ahora. O, con palabras de César Simón, que toma prestadas en uno de los epígrafes del libro: “este no saber nunca/ en qué lugar del tiempo y del espacio,/ de la realidad y el sueño, sucede nuestra vida”. 
Dividido en tres partes: “Más allá del sur”, “Tiempo después” y “Al final de la calle (Epílogo)”, Dimensión de la frontera contiene poemas excelentes. Quienes le acompañamos en el primer paso, no podemos por menos que alegrarnos de este segundo: más seguro, más firme, más pleno. Intuyo que el extenso poema final dedicado al lugar de su infancia -el barrio barcelonés de La Verneda, donde vivió los primeros nueve años de su vida en compañía de sus padres, cerca de la barriada a la que llegaron sus abuelos desde el profundo sur granadino en busca de trabajo en los sesenta- abre nuevos caminos a su poesía.
“Ya va siendo hora, me digo, de interpretar/ la vida con un poco más de calma”, dice en “Adagio in sol minore”. Me da la impresión, y con esto termino, de que este libro cierra un ciclo y clausura algunas obsesiones ya debidamente asimiladas. El tercer libro de Álex Chico, aun regresando una y otra vez, por aquello de la citada circularidad, al punto de partida, estará escrito con otras palabras y pertenecerá por tanto a otra nostalgia del futuro.
Como sé que te gustan las citas, Álex, te leo una de Jorge Riechmann, de su último libro, El común de los mortales. Corresponde al único verso de su poema “Consejos a un joven poeta”, que consta de tres partes (I, II, III), donde siempre se repite: “Trata de decir la verdad”.
Muchas gracias.
Álvaro Valverde
Plasencia, otoño de 2011
Nota: Este texto fue leído en el Aula de Cultura de la calle del Verdugo la noche del 18 de noviembre de 2011.

20-N

"Los seres humanos somos/ supervivientes natos/ (...)/ ¡pero si hemos sobrevivido a José María Aznar!", dice Jorge Riechmann en uno de los poemas de su último libro. Lo leí ayer y supe, sin ser adivino, que hoy traería esa cita aquí.

20.11.11

Emilio Lledó dixit

Juan Cruz. Este es un país "entristecido y luminoso", decía usted el domingo en EL PAÍS Semanal.
Emilio Lledó. Es un país mucho más decente y luminoso por la sabiduría de la gente. Esta sabiduría tiene que ponerse en práctica. No podemos dejar el país en manos de una política con una parte regida por oportunistas y por indecentes. Que el imperio de la indecencia domine en la política es intolerable; ese imperio es fruto del dominio de ciertas oligarquías que piensan que lo único que hay que hacer es ganar dinero y crear ideologías aptas para que esa oligarquía siga con poder...
(...)
Juan Cruz. ¿La solución?
Emilio Lledó. La solución no la veo más que en la cultura. Cultura entendida como educación en la libertad, en la verdadera sabiduría...

19.11.11

Ministerio, ¿sí o no?

El Cultural ha preguntado a muchos sobre ese asunto. Y hay respuestas, claro está, muy variadas, aunque la mayoría opine que el Ministerio de Cultura debe mantenerse.

"Conversación" en El Periódico

La reseña es de Domingo Ródenas, un buen conocedor de la obra de Gonzalo Hidalgo Bayal.

Arcoíris

Es lo que tienen los paseos, da igual en qué. Aquí atrás iba por la orilla del río y apareció de frente María Jesús Manzanares en su bicicleta. Mientras avanzaba veloz hacia mí, señalaba al cielo, a mis espaldas. Giré y allí estaba, un espléndido arcoíris. De no haber sido por ella ni me hubiera enterado. Con todo, para fenomenal el que había la otra tarde sobre el cielo de Salamanca. Cubría todo el arco y sus colores eran nítidos. Al fondo, bajo un cielo negro, la ciudad. Una humilde y natural maravilla que mis castigados ojos agradecieron más que nunca.

18.11.11

¿Qué pasa?

Supongo que a Antonio Galán, máximo responsable del gabinete jurídico del PP regional, o a Fernando Pizarro, alcalde de la ciudad de Plasencia, por citar a dos personas cultas a las que conozco y aprecio, que son, a su vez, altos cargos del  partido que gobierna en Extremadura desde la pasada primavera, les preocupa y les avergüenza tanto como a mí que nueve meses después siga sin ser nombrado el director o directora de la Editora Regional. Más en el caso de Antonio, que a buen seguro se enorgullece de tener un par de libros de poemas en su catálogo.
Mientras, otro buque insignia de la cultura extremeña, el MEIAC, sigue varado y se limita a mostrar exposiciones de prestado en sus giras por provincias.
Hace unos días, mi amigo Castelo me hacía una pregunta nada retórica: "¿Qué pasa en Extremadura?". No lo sé, pero eso poco importa. Lo preocupante es que él tampoco lo sepa. Acaso es una pena lo que pasa.

17.11.11

"Averno", de Louise Glück

No es la primera vez que traigo a estas páginas a Louise Glück. Hoy vuelve porque acaba de llegar a las librerías  Averno, el cuarto libro suyo que se publica en España. De la mano sabia de Pre-Textos y en versión de los poetas Abraham Gragera López (que ya tradujo Ararat) y Ruth Miguel Franco.
Confieso que no me entusiasma la mitología y lo mitológico y en Averno la clave está en un mito griego: el de Perséfone, ‘la que lleva la muerte’, hija de Zeus y Deméter (‘la madre’), raptada por Hades (‘el invisible’). Eso no empaña la categórica presencia de un conjunto de admirables poemas que aúnan, como es característico en la reconocida poeta norteamericana, la hondura y la claridad, la pasión y el sosiego, la realidad y el sueño, el cuerpo y el alma, la vida y la muerte. Poemas donde la memoria bucea en el mar del olvido de donde emerge la niña que fue y la infancia que tuvo. Madres e hijas. La errante Perséfone.
Me bastó para rendirme de nuevo a la evidencia de la indudable altura poética de Glück con leer el primer poema del libro:

LAS MIGRACIONES NOCTURNAS
Este es el momento en que de nuevo ves
las bayas rojas de la ceniza del monte
y en el cielo oscuro
las migraciones nocturnas de los pájaros.

Me entristece pensar
que los muertos no van a verlas:
esas cosas de las que dependemos
desaparecen.

¿Qué hará entonces el alma para consolarse?
Me digo que quizá no necesite
ya esos placeres;
quizá sencillamente no ser baste
por duro que resulte imaginarlo.

16.11.11

Vuelta al Verdugo










Sí, el próximo viernes, día 18, presentaremos en Plasencia el nuevo libro de Álex Chico, Dimensión de la frontera (La Isla de Siltolá). Será en el viejo Club del Verdugo (Bayal dixit), antes Aula de Cultura de Caja de Extremadura (y más atrás aún, de la Caja de Ahorros de Plasencia), que recupera por fin el Ayuntamiento (y, con él, todos nosotros), después de años y años a la entera disposición (o casi) del Ateneo y de su eximio presidente.

15.11.11

Cosas del paseo

Siempre camino solo. No tengo que compaginar horarios con nadie, llevo el paso que quiero y, sobre todo, voy a mi bola. Son ratos que uno dedica a darle vueltas a sus preocupaciones laborales, a los asuntos familiares y, cómo no, a los literarios, entre los que incluyo las entradas de este blog. Claro que a veces siento envidia de esas parejas que pasean agarradas de la mano (¡qué difícil!) o a esos grupos de hombres o mujeres (pocas veces "y") que van charlando amigablemente o haciéndose amorosas confidencias. No es mi caso, ya digo. Pues bien, dos veces me he encontrado en los últimos días con la misma persona, una señora mayor, que mirándome con tristeza, al cruzarnos, me ha dicho: "¿Hoy te toca solo?" La primera vez ni siquiera contesté a la desconocida. Me limité a murmurar. La segunda, le dije que sí con toda la seguridad del mundo.

14.11.11

Quietud

Este es el sencillo título de un libro que parece sorprender a lectores que uno tiene por tal y que no suelen dejarse impresionar por cualquier cosa. Lo publica La Isla de Siltolá en su colección Vela de Gavia y la nota biobibliográfica es tan escueta como el rótulo: "Sergio Fernández Salvador nació en León en 1975. Quietud es su primer libro de poemas". Uno se adentra entonces en sus páginas, con toda cautela (hasta el mejor editor mete la pata), y comprende que mis bien informados amigos se hayan hecho eco de esta aparición. No sé en realidad qué han dicho -nunca leo sobre algo de lo que pienso hablar-, pero, entre líneas (ahora iré a ello, ya sin cuidado), detecté una sorpresa que hago mía. Y por bien poco. Quiero decir que nadie ha de esperar un nuevo lenguaje, imágenes impactantes, asuntos nunca tratados y todas esas pirotecnias verbales y  conceptuosas que algunos asocian, entre alharacas, con la poesía. No, es más de lo mismo. Pero cuidado: me refiero a eso que llamamos poesía, ahora sí, desde hace siglos. Ni uno de los mejores libros de los últimos años, "¡qué sinvivir!", ni el primero del siglo XXI, ni tampoco una de esas zarandajas con las que pretenden engañarnos cada poco (anteayer, sin ir más lejos) en el nutrido mercado de las gangas líricas. Uno lee "Nieve en Zazuar", el segundo poema del libro, y con eso tiene bastante. "Como recibe el campo lo que del cielo venga,/ así con nuestros versos", dice SFS. Y más adelante: "¿Y si fuera el poema simplemente/ dar noticia cabal del mundo, levantar/ acta fiel de esta tarde...". Un niño nace, un mirlo canta, alguien viaja, un profesor corrige, una mujer se mira (mientras otro la observa) en el espejo, casas y pueblos se derrumban en medio del paisaje castellano... Y todo, "efectivamente", con palabras.