Cuando murió Aníbal, vivíamos en Jerte, no había móviles ni tampoco teléfono en casa y a Ángel Campos le costó localizarnos. Con todo, dejamos a L. en Plasencia con los abuelos y subimos a Salamanca. Llegamos cuando la gente salía del cementerio. Después, comimos con los amigos de Aníbal: Felipe, Tomás, Miguel... Éramos muchos. Parece mentira, pero de eso, como de casi todo, hace ya un cuarto de siglo.
3.3.12
2.3.12
El Loewe
Según costumbre, el trabajo es el trabajo y nunca más que ahora, no podré acudir a la presentación de Canción en blanco, de Álvaro García, XXIV Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe: el Loewe para el común. Será el próximo miércoles, día 14, y la tradicional comida tendrá lugar en el hotel Palace de Madrid. El presentador, de lujo, cómo no: Álvaro Pombo. Por si fuera poco, participará también el violonchelista Iagoba Fanlo. Aparte de saludar a jurados y amigos y de escuchar excelente música, se pierde uno el detalle de la casa (siempre bonito) y, sobre todo, la ocasión de dar un abrazo al ganador y traerte su libro en la mano. Ya llegará. Como casi todo.
[Fotografía: Jurado de la última edición. Archivo Fundación Loewe - Uxío da Vila]
1.3.12
Hombre en la niebla
Es el sugerente título del libro que ganó el último premio Adonais (sin tilde, por favor) y su autor es Jesús Bernal (Elche, 1976). Es la segunda obra publicada por este filólogo alicantino y especialista en informática que regenta una librería virtual, Full I Fusta, y que dice vivir "al margen de ambientes literarios".
No hace falta volver sobre el prestigio de ese premio que, nadie lo niega, no tiene ya la impronta que tuvo hace décadas. Pero eso importa poco. Vamos, que no es el premio quien hace al libro sino al revés. Con éste sale ganando Adonais. Por otra parte, a un jurado que cuenta con Eloy Sánchez Rosillo y Julio Martínez Mesanza entre sus miembros se puede presuponer acierto. Coherencia, sin duda. Es el caso, ya digo, aunque sepa de buena tinta que en ediciones muy recientes del veterano galardón algún libro hubiera merecido semejante reconocimiento. Premios.
Me ha gustado de Hombre en la niebla el tono, que en poesía lo es todo. El lenguaje común, el vocabulario esencial, el ritmo elegante. O la precisión y la exactitud, casi la sequedad, dicho en el mejor sentido.
Un paseante recorre distintos paisajes. Observa, siente, piensa y, luego, escribe. Sus referentes son una roca, un manantial, el viento, el agua... La naturaleza, el campo, son una presencia insoslayable. Pero no sólo. Tan certero resulta el poema "Paisaje de meseta" (en realidad, una poética) como "Ropa sin uso" (donde evoca el armario de alguien que ha muerto). Me he sentido muy cercano a "No sé por qué volví" o a "Vuelo del mirlo" y atisbo entre las lecturas de Bernal versos de algunos poetas mediterráneos que admiro como César Simón o Antonio Cabrera, a los que quizás Bernal no haya leído nunca, pero que se movieron o se mueven por ámbitos parecidos.
Se alegra uno, en fin, de que Adonais vuelva a darnos un libro digno de tan noble estirpe. No se puede pedir más.
No hace falta volver sobre el prestigio de ese premio que, nadie lo niega, no tiene ya la impronta que tuvo hace décadas. Pero eso importa poco. Vamos, que no es el premio quien hace al libro sino al revés. Con éste sale ganando Adonais. Por otra parte, a un jurado que cuenta con Eloy Sánchez Rosillo y Julio Martínez Mesanza entre sus miembros se puede presuponer acierto. Coherencia, sin duda. Es el caso, ya digo, aunque sepa de buena tinta que en ediciones muy recientes del veterano galardón algún libro hubiera merecido semejante reconocimiento. Premios.
Me ha gustado de Hombre en la niebla el tono, que en poesía lo es todo. El lenguaje común, el vocabulario esencial, el ritmo elegante. O la precisión y la exactitud, casi la sequedad, dicho en el mejor sentido.
Un paseante recorre distintos paisajes. Observa, siente, piensa y, luego, escribe. Sus referentes son una roca, un manantial, el viento, el agua... La naturaleza, el campo, son una presencia insoslayable. Pero no sólo. Tan certero resulta el poema "Paisaje de meseta" (en realidad, una poética) como "Ropa sin uso" (donde evoca el armario de alguien que ha muerto). Me he sentido muy cercano a "No sé por qué volví" o a "Vuelo del mirlo" y atisbo entre las lecturas de Bernal versos de algunos poetas mediterráneos que admiro como César Simón o Antonio Cabrera, a los que quizás Bernal no haya leído nunca, pero que se movieron o se mueven por ámbitos parecidos.
Se alegra uno, en fin, de que Adonais vuelva a darnos un libro digno de tan noble estirpe. No se puede pedir más.
29.2.12
Poesía para niños (o así)
Juan Nieto Martín ganó hace unos meses el V Premio de poesía para niños "El Príncipe Preguntón" (que patrocina la Diputación de Granada) con su libro El paso desordenado del corazón, que ahora publica la editorial Hiperión en su colección Ajonjolí. Hasta aquí, nada nuevo. Antes de entrar en materia, leo que el autor es filólogo, especialista en promoción de la lectura, literatura infantil y edición; de hecho, en la actualidad, es editor de esa literatura destinada a niños y jóvenes. Me entero, además, de que se interesa por otro tipo de lenguajes: musical, plástico, visual... Abro el libro, muy cuidado, y veo que en el jurado que tomó la decisión de premiarlo estaban, además de Munárriz, Antonio Carvajal o Ángeles Mora, y que el fallo fue por unanimidad. Luego, voy a los poemas. Y a los dibujos, que también son del autor. ¿Y qué me encuentro? Pues con poesía. De eso se trataba, dirá alguno. Sí, contesto yo, pero ya sabemos a qué llaman poesía los autores de esa literatura (mal) llamada Infantil y Juvenil. No es el caso. Quiero decir que Nieto Martín publica un libro de poemas donde lo que hay es poesía y que esa poesía se ve subrayada, sin aspavientos, con naturalidad, por unos dibujos muy acordes al tono del conjunto, todo sutileza. Lo que uno se pregunta, a la luz de su experiencia, es si realmente es poesía destinada a niños o adolescentes. En todo caso, será a niños mayores y jovencitos que sean lectores avezados o, en su lugar, a los que alguien oriente, digamos, en la lectura. El jurado ya destacó en el acta "el planteamiento original de la obra, que crea un mundo misterioso y sugestivo con una escritura de ritmo fluido, alejada de las formas habituales de la poesía escrita para niños". El título de la obra se aleja de lo convencional en este tipo de empeños. Ya lo dice, por lo demás, el rótulo de la colección donde el libro se publica: "Ajonjolí. Poesía Hiperión para niños de todas las edades".
Lo que está claro, por encima de estas y otras consideraciones, es, por una parte, que como repite mi amiga Isabel Sánchez (que de esto sabe un rato), la Infantil y Juvenil es (o debe ser) Literatura; por otra, que se trata de un excelente libro de poemas que, incluso sin dibujos y en un premio de poesía "a secas", habría dado mucho juego a cualquier jurado. La bonita historia (porque hay un delgado hilo narrativo) de Nguma y Palé, vecinos de Makele.
El próximo día 8 de marzo, a las 19:30, se presenta en el Museo ABC de ilustración. Intervendrán, además del autor, Jesús Munárriz y Federico Martín Nebras, todo un lujo.
El libro empieza así:
Lo que está claro, por encima de estas y otras consideraciones, es, por una parte, que como repite mi amiga Isabel Sánchez (que de esto sabe un rato), la Infantil y Juvenil es (o debe ser) Literatura; por otra, que se trata de un excelente libro de poemas que, incluso sin dibujos y en un premio de poesía "a secas", habría dado mucho juego a cualquier jurado. La bonita historia (porque hay un delgado hilo narrativo) de Nguma y Palé, vecinos de Makele.
El próximo día 8 de marzo, a las 19:30, se presenta en el Museo ABC de ilustración. Intervendrán, además del autor, Jesús Munárriz y Federico Martín Nebras, todo un lujo.
El libro empieza así:
Yo soy Nguma y vivo en Makele.
Mi nombre, cuando nací, brotó del oído de mi madre.
Como una flor.
Una semilla que el viento sembró nueve meses atrás.
Mi nombre, cuando nací, brotó del oído de mi madre.
Como una flor.
Una semilla que el viento sembró nueve meses atrás.
28.2.12
Trueba dixit
Rafael J. Álvarez. Madrileño, ¿la ley de la Botella es constitucional?
Fernando Trueba. Ana Botella no representa... Es que me he pasado media vida metiéndome con la gente y luego... Por una cosa que dije en El Mundo mataron a mi perra. Le tiraron carne envenenada y apareció muerta. El mismo día. A Botella no la ha votado nadie. Yo, que en mi puta vida fui socialista, que el PSOE me echó de TVE, Candau y aquéllos, he tenido que aguantar en mi casa una pintada: "Socialistas de pesebre". Estoy cansado de estar todo el día a hostias. Es que los españoles somos una puta mierda. Me gustaría irme lo más lejos posible de este país a vivir tranquilo. Es agotador. Se deforma lo que eres. Yo intento hacer películas hermosas y discos bonitos".
(De El Mundo, 25 de febrero de 2012. Doce más una.)
27.2.12
Tres aragoneses
No viene uno aquí a descubrir nada. Que Aragón en general -y Zaragoza en particular- es tierra de escritores puede considerarse todo menos un hallazgo. (Bien podría haber hablado de ello, largo y tendido, el añorado Félix Romeo.) Por eso no me ha extrañado que Javier Siltolá (¿no existe Chus Visor?) publique de golpe tres libros de tres autores de allí. En la colección Poesía, El llanto de los boxeadores, de Fernando Sanmartín; en Inklings de Siltolá, El mar del otro lado, de Olga Bernad, y Versión Original, de Antón Castro. Ni del primero ni del último había leído libro alguno. Eso no significa que desconociera su literatura. De Sanmartín persigo desde hace años sus diarios (como bien sabe su amigo Elías Moro, que me envío el excelente cuadernillo de su lectura emeritense). En vano, eso sí. Desconocía, ya digo, su poesía y me ha gustado. Se ve a las claras que es un letraherido, un hombre de libros, viajes y ciudades que escribe poemas sutiles y delgados, de una atrayente fragilidad destinada a durar.
A Castro, gallego de nacimiento, le sigo a través de su acreditado e influyente blog. Le tenía ganas a su penúltimo libro, El paseo en bicicleta, y no precisamente por mi afición ciclista, pero tampoco pudo ser. Al menos me he quitado el gusanillo con los poemas que publica en Versión original (antología con inéditos) de esa obra. Si califiqué a Sanmartín de letraherido, a Castro no creo que le venga mal otro viejo y cariñoso rótulo: el de animal literario. Bueno, literario, periodístico, cinematográfico, fotográfico...
Caso aparte es el de Olga Bernad, conocida de los lectores (si no miente sitemeter) de esta bitácora. De hecho, en El mar del otro lado se recoge nuestro comentario sobre Caricias perplejas. Ese libro, bien tramado, incluye una breve nota de la autora, una poética, poemas de la citada obra, lo que se dijo sobre ella (como una esclarecedora entrevista con Antón Castro), poemas de Nostalgia armada, lo que se dijo sobre ella, y, para terminar, un adelanto de una próxima entrega: Mirafondo. Vamos bien.
A Castro, gallego de nacimiento, le sigo a través de su acreditado e influyente blog. Le tenía ganas a su penúltimo libro, El paseo en bicicleta, y no precisamente por mi afición ciclista, pero tampoco pudo ser. Al menos me he quitado el gusanillo con los poemas que publica en Versión original (antología con inéditos) de esa obra. Si califiqué a Sanmartín de letraherido, a Castro no creo que le venga mal otro viejo y cariñoso rótulo: el de animal literario. Bueno, literario, periodístico, cinematográfico, fotográfico...
Caso aparte es el de Olga Bernad, conocida de los lectores (si no miente sitemeter) de esta bitácora. De hecho, en El mar del otro lado se recoge nuestro comentario sobre Caricias perplejas. Ese libro, bien tramado, incluye una breve nota de la autora, una poética, poemas de la citada obra, lo que se dijo sobre ella (como una esclarecedora entrevista con Antón Castro), poemas de Nostalgia armada, lo que se dijo sobre ella, y, para terminar, un adelanto de una próxima entrega: Mirafondo. Vamos bien.
26.2.12
Las cosas en su sitio
Me alegro de que la placentina Pilar Armero, como buena periodista, haya puesto algunas cosas en su sitio. Lo del tal Leyva lleva años clamando al cielo. Cuánta ignorancia. Y todo ante el sonoro silencio general. Esto es Extremadura. Puro teatro, sí.
Entre plumas y veras
"A finales de 1987 Juan Guerra, era contratado para trabajar...". Así empezaba el último artículo de la mejor pluma del suroeste español. Es lo que tiene ser académico (de Argamasilla), que uno puede poner las comas donde le venga en gana, aunque sea a costa de separar el sujeto del predicado. ¿No, profesor Senabre? Por cierto, de un compañero de corporación, otra pluma famosa allende los cerros de Tentudía, vuelve a hablarse en los mentideros emeritenses para la dirección de la Editora. Un viejo rumor resucitado. Me cuentan que renunció hace tiempo a ese temprano ofrecimiento. Como rehusó ese otro -éste sí escritor-, que, al parecer, quería una dirección a distancia. Se ve que está costando. Casi un año lleva sin director/a la Editora. Lo preocupante, al fin y al cabo, es la manifiesta incapacidad de nuestros dirigentes culturales para abordar la tarea que tienen por delante. Ésta y las demás, que cada vez son menos. Qué triste desidia. Basta comprobar lo que está pasando con el Festival de Mérida, a punto de ser de nuevo privatizado. Suerte que la crisis sirve lo mismo para un roto que para un descosido. ¡Y eso que íbamos a estar en manos de "los mejores"! Este Monago...
25.2.12
Eielson conversa
Me gusta mucho leer entrevistas. Es un género difícil, sí, pero cuando el periodista acierta... El periodista o quien corresponda. Prefiero las de escritores, pero también disfruto con las opiniones de los arquitectos, por ejemplo. En el caso que nos ocupa, se trata de la escritora uruguaya (de Montevideo), nacionalizada italiana, Martha L. Canfield, quien conversa con el poeta y artista peruano Jorge Eduardo Eielson, muerto en Milán en 2006 y que residió gran parte de su vida en Italia. En España podemos encontrar, entre otros, ediciones de sus libros Poeta en Roma (Visor) y Del absoluto amor (Pre-Textos). El diálogo infinito. Una conversación con Martha L. Canfield ha sido publicado en la Biblioteca de Poesía en Español de Sibila/Fundación BBVA y reúne, por suerte, tres largos diálogos entre Eielson y Canfield que tuvieron lugar en 1990, 1995 y 2006, respectivamente. El primero se celebró en la casa de Cerdeña, propiedad de su íntimo amigo Michele Mulas, donde el poeta pasaba los veranos; la segunda, entre Milán y Florencia, y la tercera en su adorada Roma, cuando el poeta ya estaba fatalmente enfermo. Como es lógico, ese infinito diálogo entre personas que se conocen, se respetan y hasta se admiran da para mucho. De todo o casi todo se habló y eso quiere decir de poesía (Eielson abandonó la forma tradicional, la poesía escrita, a favor de otros medios de expresión visuales o plásticos); del arte en general: la pintura, la música ("La música está en el origen de todas las cosas"); de la ciencia y la cibernética; del budismo (de Oriente) y todo lo relacionado con la cultura precolombina; del cuerpo y su desnudo; de los hombres (del mundo de los perros) y las mujeres (del mundo de los gatos); de nudos y sillas; de Lima y la tristeza limeña; de genialidades e imposturas; de la amistad y el amor; del vacío y la nada, etc. Y todo en tono pleno de humildad, sabiduría y coherencia, que da gusto escuchar. "La escritura, dice, es parte de mi vida de todos los días. No establezco casi diferencia entre lo que escribo y lo que vivo. (...) Cualquier ambición personal es un estorbo y un peso que destruye o pervierte la visión interior. Escribir es como respirar, y cuando se respira realmente bien...se respira solamente".
(En la imagen superior, uno de sus nudos)
24.2.12
Siempre Tánger
"¿Qué lugar siendo próximo guarda tanta cautivadora extrañeza? Solo aquel que pudiera entenderse como una de las pocas llaves que abren las puertas del mundo". Jesús García Calderón, Panorama exterior: La ciudad huérfana.
(El cuadro es de Matisse)
(El cuadro es de Matisse)
23.2.12
Leopoldo Panero, al fin

Va uno a la librería en busca de un título concreto y vuelve a casa con un hallazgo. Eso me pasó la otra mañana con En lo oscuro, la antología de poemas de Leopoldo Panero que ha publicado, en edición de Javier Huerta Calvo, la benemérita colección Letras Hispánicas de Cátedra que encontré por casualidad en un rincón de El Quijote. Ya lo decía aquí atrás: forzar la lectura de poesía es cosa inútil. Eso le ha pasado a uno con Panero. Con Panero padre, cabe precisar. Sí, un poema por aquí, un comentario por allá, pero la falta de ediciones asequibles, los prejuicios, la famosa película de Chávarri (El desencanto) y otras zarandajas me habían impedido llegar a sus versos con la atención debida. En fin, más vale tarde...
No haría falta volver sobre la famosa frase de Trapiello (gran valedor y aun editor del astorgano) sobre los escritores que ganaron la guerra y perdieron su lugar en los manuales. Con prevención, sí, pero sin anteojeras, abrí el libro y ya no lo cerré hasta que llegué al final. La introducción del profesor Huerta, que se ocupó de editar la Obra completa, es ejemplar. Clara, amplia, razonada, nada pedante; propia, en fin, de alguien que conoce bien el paño.
Acogida al aserto maireniano de "sencillez y naturalidad", la poesía de Panero se abre paso a través de las tres claves de la poesía que fijó el preclaro Wordsworth: lenguaje conversacional (cotidiano), naturaleza (contemplación del paisaje) y sentido moral. Quiere esto decir que, como Cernuda, la suya es una poética de perfil anglosajón, lo que no obsta, al revés, para que también pueda incluirse en la que Huerta denomina nuestra "espléndida tradición estoica": la de Manrique, Aldana, Quevedo, A. Machado y Cernuda. La misma, o parecida, que nombró Unamuno como "de la meditación". Cabría añadir, además de éste, otros maestros: Fray Luis, Juan Ramón... Con todo, es Machado, Antonio (por más que dedicara un poema a Manuel), su referente poético por excelencia. Como Cernuda, al que trató en Londres, accede a la modernidad a través del Romanticismo, del que fue genuino representante el citado poeta lakista. Como el autor de La realidad y el deseo, tradujo a poetas británicos, lo que hizo también otro de sus amigos, José María Valverde. No en vano los dos, Panero y Valverde, pertenecen a la denominada Generación del 36, algo a lo que Huerta, por cierto, presta la justa atención. Cada poética es personal o no es.
"Oscuridad, soledad y silencio" son tres palabras que definen muy bien esa poesía. Su "tema estrella", la muerte. Su tono -íntimo y confidencial-, triste. Angustiosa -acaso unamuniana- en lo religioso. "Arraigada", según Dámaso Alonso.
Se dijo (se dice) que fue el poeta oficial del franquismo. No lo sé. Es verdad que, después de apoyar a la II República y de coquetear durante su juventud con ideas izquierdistas, en la guerra (donde murió su hermano Juan en accidente de coche) y lo que siguió, fue un defensor a ultranza de Franco y las ideas falangistas y nacionalcatólicas, con ínfulas patrioteras, que dieron cobertura ideológica a su régimen; a diferencia de algunos de sus amigos que sí evolucionaron hacia posiciones democráticas, como Dionisio Ridruejo. "Resulta que ahora voy de fascista", escribió con ironía en "Por lo visto", tan del 50. Eso sí, poemas como "A mis hermanas", "La estancia vacía" ("la biografía de mi alma"), "Escrito a cada instante" (título, además, del único libro que publicó en vida), "Quizá mañana" o "El peso del mundo" justifican acaso que Huerta afirme al final de su extensa y documentada introducción que esta poesía es "una de las aventuras más hondas y sinceras de la poesía del siglo XX".
"Porque lo que vale es lo real / escrito con el vaho de lo real", dejó dicho. También que la poesía es "lo invisible". Algo que me sirve para elogiar la inclusión, a modo de apéndice, de su conferencia "Unas palabras sobre mi poesía", tan esclarecedora.
Más allá de mis debilidades "anglófilas", no puedo por menos que rendirme a una poesía humilde y austera llena de encinas y murallas. Una poesía con su ciudad provinciana al fondo. La poesía de alguien que admiró la pintura metafísica de Ortega Muñoz.
Leopoldo Panero "dejó sobre su escritorio la noche antes de morir, en agosto de 1962", el poema que cierra la antología, "Epitafio", que dice:
Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados los ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.
22.2.12
Ya canta de nuevo
EL MIRLO
… the blackbird is involved
In what I know
Wallace Stevens
(Trece maneras de mirar un mirlo)
No es un pájaro
al que los ornitólogos
ni los aficionados a las aves
destaquen por su brillo o su belleza.
Es redondo y pequeño,
con sus plumas lustrosas
de intenso color negro,
y su pico, en contraste,
y el cerco de sus ojos,
de un tono amarillento.
No imagino su vuelo
lento y majestuoso,
ni siquiera muy hábil
procurándose aquello
que será su alimento.
Sin embargo, su canto,
que se levanta poderoso
antes del alba,
detrás de mi ventana,
como un tenue milagro,
hace del mirlo
la más maravillosa criatura.
Posado sobre el muro,
su trino da sentido a la mañana.
(Publicado en el nº 37 de la revista Sibila)
… the blackbird is involved
In what I know
Wallace Stevens
(Trece maneras de mirar un mirlo)
No es un pájaro
al que los ornitólogos
ni los aficionados a las aves
destaquen por su brillo o su belleza.
Es redondo y pequeño,
con sus plumas lustrosas
de intenso color negro,
y su pico, en contraste,
y el cerco de sus ojos,
de un tono amarillento.
No imagino su vuelo
lento y majestuoso,
ni siquiera muy hábil
procurándose aquello
que será su alimento.
Sin embargo, su canto,
que se levanta poderoso
antes del alba,
detrás de mi ventana,
como un tenue milagro,
hace del mirlo
la más maravillosa criatura.
Posado sobre el muro,
su trino da sentido a la mañana.
(Publicado en el nº 37 de la revista Sibila)
21.2.12
A propósito de Montobbio
Es inútil forzar la lectura, al menos la de poesía. Uno había recibido en los últimos tiempos varios libros de Santiago Montobbio (Barcelona, 1966) que, lo confieso, no habían logrado abrirse paso en la selva de papel donde, a ratos, me pierdo. Sin embargo, entre el sábado por la tarde y el domingo por la mañana (que son jornadas que uno dedica a otras cosas, rara vez a leer libros) entré, no sin cautela, en La poesía es un fondo de agua marina, publicado por la mítica colección El Bardo y, por seguir con la cosa acuática, pude nadar entre esas aguas, bucear incluso en ellas y salir, al cabo, confortado de la zambullida.
El título, por cierto, es buena prueba del exceso que, a mi modo de ver, acompaña la poesía de Montobbio y que, cree uno, lastra su singladura poética. Vayamos al prólogo y se entenderá mejor lo que digo. Nos cuenta el autor que "en 2009, y después de veinte años de silencio poético (porque el arte es misterioso), vi que volvía a escribir algún poema". Es más: "En tres semanas de marzo y unos días de abril" escribió 438, y ese mismo verano, otros 500, "hasta alcanzar un total de 942". De estos, con todo, no hay muestras en el libro que nos ocupa. ¿Se comprende mejor lo que decía, no? Bien, aunque no me he molestado en contarlos, las 339 páginas de la obra reúnen un buen número de esos poemas que Montobbio anotó en cualquier papel o libreta, en cualquier situación, de modo compulsivo. Lo malo: que tamaña avalancha poética tumba al más cauto y preparado. Lo mejor: que dentro de ese volumen torrencial este lector, quién si no, ha encontrado un pequeño tesoro sin ayuda de Odyssey. Lo forman una serie de poemas (98, 107, 129, 133, 141, 145, 165, 169, 182, 186, 199, 220, 245, 254, 315, 326, 351, 352, 354, 355, 356, 375, 381, 406, 413, 415, 420, 422 y 423), largos de factura, que giran en torno a la memoria (de infancia, sobre todo) y a una ciudad, Barcelona (con escapadas al campo del Ampurdán y a Girona) que, como digo, constituyen un libro en sí y, a mi parecer, notable.
Poemas, conviene añadir, que uno habría dispuesto formalmente como el 27: en prosa. O como poemas en prosa, si se prefiere. Sí, ya sé que da igual, pero su tono, versicular y como desmañado (sólo en apariencia: no cabe hablar de prosaísmo), se me antoja que hubiera quedado mejor vestido así. Es sólo una opinión.
Las viejas casas familiares (céntricas, enormes y elegantes, como corresponde a apellidos tan linajudos: Montobbio y Balanzó), los habitantes de esas casas (el poeta, ante todo, y padres, abuelas, tíos...), los muebles, objetos y cuadros que las llenaron o las llenan; los edificios, calles, avenidas y paseos que los rodean, y, más allá, la memoria que esos seres y cosas destilan van conformando un mundo, éste sí, plenamente montobbiano, que bien merece ser leído y apreciado. Quedan fueran los citados "excesos": el del yo del poeta (cuando uno se nombra a sí mismo como tal, malo), sus elucubraciones sobre la poesía y otros asuntos personales, quizás en demasía, que dificultan, paradójicamente, el acceso a lo sustancial.
Me gustaría, en fin, tener entre mis manos ese libro rescatado del fondo del otro. Da fe de un decadente y melancólico mundo propio, por encima de lujos y otras exageraciones (verbales o no); el de alguien solitario, tímido y poco amigo de los viajes (aunque visite Brujas o Venecia) que se aferra a la poesía como el náufrago a una tabla capaz de llevarle hasta una isla. En realidad, uno no ha hecho otra cosa que leer el mensaje que envío en una botella desde allí.
El título, por cierto, es buena prueba del exceso que, a mi modo de ver, acompaña la poesía de Montobbio y que, cree uno, lastra su singladura poética. Vayamos al prólogo y se entenderá mejor lo que digo. Nos cuenta el autor que "en 2009, y después de veinte años de silencio poético (porque el arte es misterioso), vi que volvía a escribir algún poema". Es más: "En tres semanas de marzo y unos días de abril" escribió 438, y ese mismo verano, otros 500, "hasta alcanzar un total de 942". De estos, con todo, no hay muestras en el libro que nos ocupa. ¿Se comprende mejor lo que decía, no? Bien, aunque no me he molestado en contarlos, las 339 páginas de la obra reúnen un buen número de esos poemas que Montobbio anotó en cualquier papel o libreta, en cualquier situación, de modo compulsivo. Lo malo: que tamaña avalancha poética tumba al más cauto y preparado. Lo mejor: que dentro de ese volumen torrencial este lector, quién si no, ha encontrado un pequeño tesoro sin ayuda de Odyssey. Lo forman una serie de poemas (98, 107, 129, 133, 141, 145, 165, 169, 182, 186, 199, 220, 245, 254, 315, 326, 351, 352, 354, 355, 356, 375, 381, 406, 413, 415, 420, 422 y 423), largos de factura, que giran en torno a la memoria (de infancia, sobre todo) y a una ciudad, Barcelona (con escapadas al campo del Ampurdán y a Girona) que, como digo, constituyen un libro en sí y, a mi parecer, notable.
Poemas, conviene añadir, que uno habría dispuesto formalmente como el 27: en prosa. O como poemas en prosa, si se prefiere. Sí, ya sé que da igual, pero su tono, versicular y como desmañado (sólo en apariencia: no cabe hablar de prosaísmo), se me antoja que hubiera quedado mejor vestido así. Es sólo una opinión.
Las viejas casas familiares (céntricas, enormes y elegantes, como corresponde a apellidos tan linajudos: Montobbio y Balanzó), los habitantes de esas casas (el poeta, ante todo, y padres, abuelas, tíos...), los muebles, objetos y cuadros que las llenaron o las llenan; los edificios, calles, avenidas y paseos que los rodean, y, más allá, la memoria que esos seres y cosas destilan van conformando un mundo, éste sí, plenamente montobbiano, que bien merece ser leído y apreciado. Quedan fueran los citados "excesos": el del yo del poeta (cuando uno se nombra a sí mismo como tal, malo), sus elucubraciones sobre la poesía y otros asuntos personales, quizás en demasía, que dificultan, paradójicamente, el acceso a lo sustancial.
Me gustaría, en fin, tener entre mis manos ese libro rescatado del fondo del otro. Da fe de un decadente y melancólico mundo propio, por encima de lujos y otras exageraciones (verbales o no); el de alguien solitario, tímido y poco amigo de los viajes (aunque visite Brujas o Venecia) que se aferra a la poesía como el náufrago a una tabla capaz de llevarle hasta una isla. En realidad, uno no ha hecho otra cosa que leer el mensaje que envío en una botella desde allí.
20.2.12
Del Caudillo
Cuesta trabajo creerlo, pero es cierto. Un pueblo de la provincia de Badajoz, hasta ahora entidad local menor del ayuntamiento de la capital, ha sido declarado -el pasado día 17- municipio independiente con el nombre de Guadiana del Caudillo. La anterior administración socialista se negó a que eso fuera posible basándose en la Ley 52/2007 de Memoria Histórica, pero, una vez instalados los populares (e Izquierda Unida) en el poder, todo ha sido coser y cantar. Uno, estupefacto ante el acontecimiento, sólo acierta a preguntarse: ¿se imagina alguien que en Alemania le pusieran a un pueblo el nombre, pongo por caso, de Neckar del Führer? ¿O en Italia a otro Arno del Duce? El franquismo no ha terminado. A los hechos me remito. Ya lo decía el otro día El Roto: "Vuelven las esencias, sacad las boinas". Lo peor es que nunca se han ido. Una pena.
19.2.12
Noción de lugar
"La suposición habitual, cuando hablamos de escritores y lugares, es que hay un vínculo directamente expresivo o interpretativo entre el escritor y su milieu. El escritor (o la escritora) se convierte en voz del espíritu de la región. La escritura está imbuida de la atmósfera, física y emocional, de cierto paisaje terrestre o marino; y, si bien el propósito inmediato del creador puede no guardar relación directa con sus raíces regionales o nacionales, tales raíces se perciben como un elemento distintivo de la obra".
Seamus Heaney, "W. B. Yeats y Thoor Ballylee" (traducción de Jordi Doce), en Minerva, nº 19, Círculo de Bellas Artes, Madrid.
(Nota: no deberían perderse la versión de Purgatorio, una pieza dramática de Yeats -que también vierte Doce- o, pongo por caso, las reproducciones y comentarios que abren el número, dedicados a una reciente exposición de arte magrebí, o la entrevista con la fotógrafa Cristina García Rodero, o...)
(Nota: no deberían perderse la versión de Purgatorio, una pieza dramática de Yeats -que también vierte Doce- o, pongo por caso, las reproducciones y comentarios que abren el número, dedicados a una reciente exposición de arte magrebí, o la entrevista con la fotógrafa Cristina García Rodero, o...)
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