12.9.15

El canon de Bloom

Poetas y poemas. El canon de la poesía, del prestigioso crítico y catedrático de Yale Harold Bloom (Nueva York, 1930) es uno de los volúmenes (nunca mejor dicho) que forma parte de la Bloom Literary Criticism, que en España viene publicando la ejemplar y osada editorial Páginas de Espuma.
El traductor (y algo más) de este precioso librote (cuya cubierta aplaudo) es el poeta Antonio Rivero Taravillo. Aunque todo el trabajo sobre la prosa sea suyo, para los abundantes ejemplos de poemas o fragmentos de poemas ha utilizado traducciones ajenas si éstas ya existían previamente en español, lo que se indica en una nota a pie de página, e incluso inéditas, como en el caso de Robert Frost del que publica versos pertenecientes a la edición inédita de su poesía completa a cargo de Andrés Catalán (para Linteo). Los nombres de esos traductores aparecen citados en el práctico índice onomástico.
No, no he leído la imponente obra entera, aunque sí bastante más de la mitad de los enjundiosos artículos de los cincuenta y seis poetas estudiados. Todos los del XX. Vates del ámbito de la literatura inglesa en gran parte, como es obvio. Además, hay poetas italianos (abre con Petrarca), franceses, rusos, irlandeses, canadienses (se cierra con Anne Carson)... El plural a veces sobra. De nuestra lengua, dos hispanos: Pablo Neruda y Octavio Paz, y ningún español, ni Lorca siquiera. Bueno, también faltan Yeats, Lowell ("debo de ser el único disidente de nuestro país", se justifica Bloom), Hughes, Larkin, o Hardy. Tampoco Pessoa, Rilke, Borges, Szymborska, Tranströmer, Montale y muchos más.
La "Introducción" es deliciosa y en ella Bloom se declara un enamorado de la poesía desde los cinco años. Debe mucho de ese amor a la memoria. Porque los memoriza, confiesa que aún es capaz de declamar buena parte de los poemas que admira. Y que en momentos de tribulación o de grave enfermedad le aportaron consuelo. Recitados en voz alta o en voz baja, para sí mismo, a modo de salmodia. Este discípulo de Northrop Frye (se distanciaron cuando Bloom publicó La angustia de la influencia) cree que la función de la poesía, además de ayudarnos a vivir nuestras vidas, como afirmaba Wallace Stevens (omnipresente en el libro: "yo soy de la escuela de Wallace Stevens"), sirve para "aprender a soportar la mortalidad". "La poesía -escribe- no puede sanar la violencia organizada de la sociedad, pero puede realizar la tarea de sanar al yo".
Doy por hecho que Bloom es un crítico responsable y solvente ("la crítica es tanto una serie de metáforas para los actos de amar lo que hemos leído como para los actos de la lectura en sí"), por más que abunden sus detractores (lo de la Escuela del Resentimiento, como él los denomina). Y por su amplio conocimiento de la poesía, un gran comparatista,
De lo leído, uno colige eso. Basta degustar, por ejemplo, el agudo texto dedicado al citado Stevens (uno nunca había reparado en la influencia de Walt Whitman en el exquisito autor de Las auroras de otoño). Y a Seamus Heaney, Elizabeth Bishop, Marianne Moore (donde disecciona su poema "Matrimonios", su Tierra baldía, que augura sobrevivirá al de Eliot), Robert Graves ("un buen poeta menor pese a su genio"), Frost ("Rivaliza con Wallace Stevens por el puesto de gran poeta americano de este siglo", declara, y destaca su independencia de Whitman: "Es hijo de Emerson"), Carson (sólo equiparable, por su eminencia, a John Asbhery y Geoffrey Hill, de la que dice que "no se parece a nadie vivo", cita como sus precursoras a dos Emily: Brontë y Dickinson y la denomina "poeta de lo Sublime", por longiniana) o Ashbery. De éste manifiesta que "desciende directamente de Stevens", que es "el más legítimo de los hijos de Stevens", que fue su "maestro". Aunque su padre poético sea Stevens, precisa en otro lugar de su extenso y poco complaciente estudio, "el mayor antepasado de Ashbery es Whitman" y puntualiza que esa "vena whitmaniana de Stevens" es "la que halló Ashbery". Concluye: "el verdadero precursor de Ashbery es el padre compuesto Whitman-Stevens" y se fija, además, en una de las obsesiones favoritas del autor de Autorretrato en espejo convexo: "la idea de transparencia".
La mayor parte de las veces elogia (lo que suele ir aparejado a la extensión del artículo) y otras censura. Dos simples ejemplos: Hill ("el poeta británico más fuerte de cuantos viven") y Walcott, del que duda que tenga una voz propia.
Tampoco Berryman (uno de los textos más sustanciosos del conjunto), pongo por caso, sale bien parado. Ni W. C. Williams ni Cummings, del que denuncia su "flagrante sentimentalidad".
También, para contrarrestar y por culpa, cree uno, de su menor conocimiento de otros panoramas distintos del de la lírica en lengua inglesa, me ha parecido flojo el dedicado a Paz. Será, supongo, una excepción.
Me ha gustado que el don de la oportunidad (el que Taravillo, el traductor, sea biógrafo de Cernuda; "el maravilloso poeta español de lo Sublime", según Bloom) haya permitido corregir al maestro para precisar que el sevillano no "murió por su propia mano en México", como se afirma en la página 619, sino de un infarto (puede que inducido).
Del contagioso fervor de Bloom por la poesía (que nos anima a leer y a releer a sus poetas canónicos) da cuenta este libro exigente que, sólo por eso, debería ser disfrutado por cualquier letraherido y, cómo no, por los simples cultivadores del género y por los estudiosos, ya sean críticos o profesores. 

11.9.15

Los diarios mexicanos de Marina

Vuelve a este rincón Luis María Marina, a propósito de un libro que, siquiera de paso, ya hemos mencionado: El cuento de los días (Diarios mexicanos, 2008-2010), relato de su estancia como diplomático en el país americano. Cita en un momento dado al escritor Adolfo Castañón, que hablaba de "tener por legítima esposa una profesión respetable y por concubinas a la poesía y a las bellas artes", y lo hace para reparar en su doble condición de poeta y funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores. De ahí, tal vez, el tono del conjunto, más discreto que espontáneo (por eso de la contención diplomática), aunque pronto, en las primeras anotaciones, con ironía, Marina se refiera a Julián Rodríguez como "paisano y editor de la «trendy» Periférica (cuyo «trendismo», como casi todos en mi país, es jugosamente enjuagado con dineros públicos)", lo que no deja de ser una maldad digna, sí, de este tipo de libros ("Ninguna costumbre más peligrosa que esta de escribir diarios"), pero, no obstante, y más allá de su veracidad, un comentario llamativo en alguien que, amén de experto en el arte de la diplomacia, ha publicado casi todos sus libros con ayudas institucionales. Como éste, sin ir más lejos, que aparece con el sello del Cexeci, un organismo que uno ya creía extinto. 
Yendo a lo que importa, no es la primera vez que Marina dedica un libro a México. A Ciudad de México, para ser exactos. Limo y luz se titulaba. En éste es menos lírico, ensayístico e intelectual y más directo, sincero y sensible. No deja de ser un diario personal, como ya hemos visto. Aunque en contadas ocasiones, aparece de hecho una segunda protagonista, Piedad, mujer del autor y actriz. Y poetas, artistas y literatos mexicanos que fue conociendo o tratando durante su estancia mexicana. Nombres señeros, por lo demás, entre los que cabe mencionar a José Emilio Pacheco (en esos años recibe los premios Reina Sofía y Cervantes), Gelman, Marco Antonio Campos, Vicente Rojo, Arturo Ripstein, Antonio Cisneros (del que echó pestes delante de uno Octavio Paz hace mil años), Jorge Lebedev, Yuri Herrera, etc. Y con gente menos conocida (no aquí), como Alfredo Félix-Díaz o Karla Olvera. 
Además de comidas en casa y recepciones varias, sorprenden las líneas que dedica a dos presentaciones de compromiso que parece obligado a realizar: de los poetas, en las antípodas, García Montero y Gamoneda, donde demuestra, ahora sí, sus dotes, digamos, consulares.
Especial importancia tienen sus numerosos viajes a lo largo y ancho de aquel inmenso país ("Vivir en hoteles es lo más cercano a desvanecerse, a volverse humo"), muchas veces relacionados con la patria natal de algunos escritores y artistas de su predilección (Rulfo, Arreola, el arquitecto Luis Barragán etc.) o con actos y encuentros a los que es invitado, ya sea por razones literarias (congresos, lecturas) o profesionales (como evacuaciones por ciclones en Acapulco). También recoge un minidiario de una estancia en Nueva York y, claro está, de sus escasas estadías en España, sobre todo en Madrid (donde ahora vuelve destinado, "símbolo de todas mis aspiraciones de juventud") y en su Extremadura natal: Eljas, Torrejoncillo, Cáceres...
Hermosa es su disquisición sobre la provincia, un concepto tan mexicano (evoquemos a Ramón López Velarde) como español. "La provincia es diurna; la ciudad, noctámbula".
Alude, cómo no, a sus numerosas lecturas (Ribeyro, Gorostiza, Salvador Díaz Mirón). No pocas veces se trata de primeras ediciones que rescata en librerías de viejo, lo que le permite ir haciéndose con un significativo fondo, propio de un exquisito bibliófilo, del que forman parte "casi todo el exilio, todo Paz, el Romancero gitano, el Poeta recién casado, Rulfo". De esas lecturas saca conclusiones: "Frente al confort de la casa burguesa [la novela], la poesía solo ofrece la inhóspita frialdad de un páramo". Si bien discrepo, esta cita me permite señalar otra constante: la proliferación de emboscados aforismos entre estas páginas. Cosa también normal en esta clase de obras. Así, leemos: "Escribir a pesar de todo. Contra todo". "Escribir es obligarse a justificar cada uno de nuestros actos ante el más severo de los jueces: uno mismo". "La pobreza es nuestra condición más genuina". "Todas las vidas son fracasadas". "Leer con ojos de escritor puede llegar a convertirse en una pesadilla".
Recuerda a García Terrés (otro diplomático, como tantos intelectuales mexicanos: Reyes, el citado Gorostiza, Paz, Pitol...), traductor de Seferis, y a "la gente corriente", para aquél, "la única depositaria de la herencia de la antigua civilización griega".
El arte (la pintura, ante todo, con elogio de El Prado incluido: "aquí me he formado como hombre") y la música son asuntos a los que Marina (que escucha canciones y obras clásicas y acude a conciertos, estudios y museos) dedica jugoso párrafos (en su breve diario neoyorkino, pongo por caso).
En la página 164 hace balance de sus años mexicanos, de lo que se lleva, empezando por su ópera prima, Lo que los dioses aman, publicada allí por El Tucán de Virginia, y con el segundo inédito, Continuo mudar, que pone en manos, entre otros, de Cristina, la mujer de Pacheco. Y añade: "De sus opiniones dependerá en buena medida el futuro de ese libro", que vio la luz, por cierto, en la Editora Regional en 2012. En la página 201 copia la lista de "las cosas de México que echaré de menos", leída en el homenaje de despedida en la Residencia. Son 31. La primera, algunas librerías. La última: "Estas lágrimas".
En el horizonte, Lisboa, donde ha pasado estos últimos años. Y una postrera anotación: "Allí la vida se renueva por estaciones. Aquí, por horas".

10.9.15

Con Elena Felíu

Poemas en el margen es un título adecuado para el tercer libro de poemas de Elena Felíu Arquiola (Valencia, 1974). Profesora universitaria en Jaén, tras pasar por Bruselas y Madrid, su discreción me ha sorprendido, de ahí lo acertado de aludir al margen. 
Por aquello de la moda, esta breve colección de poemas lleva prólogo. De la también poeta, además de dramaturga y actriz, Gracia Morales, profesora en Granada, que comparte pertinentes señales con el lector antes de que éste inicie su andadura. Allí indica con tino su "tono honesto, comedido, preciso" y su "actitud reflexiva" en busca de "comprender y comprenderse". Cosa rara entre mujeres, menciona la edad para que el lector repare en la circunstancia, no menor, de que el libro consta de cuarenta poemas, que son los mismos que tiene la autora cuando los escribe. 
Sí, "al margen" marca una posición: "cierta distancia": "Encontrarse en distante / proximidad, / cercanamente lejos". Un rasgo que me agrada, como lo ha hecho esta poesía tan bien escrita (lo obvio no siempre se da) que suena estupendamente (ítem más). 
Cinco partes de ocho poemas cada una inauguran un mundo para mí hasta ahora desconocido (sus dos obras anteriores fueron premiadas en Soria con los galardones Gerardo Diego y Leonor) que se me ha hecho, desde el primer verso, del todo habitable: "No hay un amor más incondicional / que el de los cinco años". Cuando "estamos construyendo su mirada", como afirma en otro sitio. En "Crecer" hay dos protagonistas: sus hijos, los mellizos a los que dedica el libro: Elvira y Santiago. O Santiago y Elvira. Pocas veces ha leído uno algo sobre la infancia (un tópico literario que detesto, sobre todo en las memorias, diarios y biografías) tan sensato y verdadero, tan natural y tan hondo. Y en ocho poemas breves o muy breves. Sorprendente, ya digo. 
Brevedad y exactitud (al intelijente modo juanramoniano) que seguimos encontrando en las siguientes partes de este libro único. "Breves constataciones de que estamos / -casi sin darnos cuenta- / siendo felices". 
Hay mucha perspicacia en esta poesía y una fenomenal capacidad de observación. Lo cotidiano, ese milagro. Así, en "Existencia" y "Sabiduría" (los títulos, por cierto, siempre constan de una sola palabra). O en "Repliegue" y "Consecuencia", donde el amor, ese asunto tan manido, brilla con luz propia.
Aportan consuelo estos poemas. Su aparente sencillez y su particular limpieza, su humildad (como virtud), dan cuenta de una lírica verdadera, sin trampa ni cartón. Confieso que uno ha mantenido una hermosa conversación con Elena Felíu a través de estos versos. Tan intensa, ay, como inocente. Tan de verdad como su poema "Diálogo":

A veces la conversación nos salva
de nuestro propio olvido.
Es el relato ajeno
el que nos redescubre,
nuestro interlocutor quien nos propicia
el reconocimiento.

En El Nacional

Manuel Sardá
En el diario El Nacional de Caracas, Venezuela, apareció el pasado 9 de agosto, un día después de que uno cumpliera, ay, 56 años, una reseña sobre el libro El Campo/El ascensor, donde se reúne la poesía completa de Igor Barreto, publicado en España por la editorial valenciana Pre-Textos. Por cierto, uno de sus fundadores, Manuel Borrás, acaba de recibir el Premio Liber 2015. Una alegría.  

9.9.15

Joseíno

El pasado 5 de agosto murió en Plasencia José Gómez Clemente al que todo el mundo conocía por Pepe y, en mi familia, por Joseíno. Así se refería a él, afectuosamente, mi padre, del que fue buen amigo. Una amistad a lo largo, que duró toda la vida.
Joseíno solía contarme cómo iba a mi casa con Claudina, su mujer, una de las personas más cariñosas que conozco, para hacer compañía a mis padres, recién estrenados en esa compleja condición. Lo imposible era dormirme. Mientras jugaban a las cartas en las tórridas noches de mi primer verano, se turnaban para mecerme y, cuando ya parecía rendido, mi costumbre era volver a berrear sin consuelo. Así una hora y otra, un día y al siguiente también. Desesperante, decía este buen hombre, que, como uno, caminaba deprisa por nuestras calles con aire nervioso. Más en aquel tórrido verano del 59 y en aquella casina de la calle Ramón y Cajal donde uno vivió los primeros seis años de su vida. 
Recuerdo a Joseíno en la tienda que tenían en la calle Zapatería, a un paso de la plaza. Y a su padre, todavía allí con él, el señor Elías. Pasábamos por ella de vez en cuando. Para comprar o sólo para saludar. En Navidades traía juguetes, lo que acrecentaba mi interés. 
En su casa (un edificio singular de la calle Cartas) vio uno la televisión por primera vez. A Herta Frankel con la perrita Marilín, pongo por caso, y algunos partidos de fútbol. Como nunca me gustó, aprovechaba para jugar con Mercedes, su hija, y con otros críos (Julián, Sebi, Maripili, mi hermano Fernando...), hijos mayores del resto de amigos de mis padres: Julián, Delfina, Jesús y Gloria.
Como buen aficionado a la fotografía, fue el autor de algunas de las que conservo de cuando era niño. En los Jardines, por ejemplo, o en el río, al que íbamos a bañarnos juntos en verano. Al charco de la Trucha, por el Camino de las Huertas... Ya que lo menciono, persona culta y miembro de la Asociación Cultural Pedro de Trejo, forma parte de la nómina de fotógrafos placentinos ilustres elaborada por José Antonio Pajuelo, donde consta que poseía (y ahora su hija) una excelente colección de imágenes en su archivo.
Nunca dejamos de tratarnos. Era dicharachero, simpático y conversador, siempre encantado de echar un rato contigo bajo los soportales de la plaza o en cualquier esquina del pueblo. 
Fue una buena persona y un buen cristiano, comprometido con los más necesitados, como resaltó en su inspirado sermón, por decirlo de algún modo, Don Gonzalo, tan excesivo en sus maneras como siempre (y eso que hacía años que no le escuchaba). 
Echaremos mucho de menos a nuestro amigo. Por suerte, memoria mediante, Claudina nos seguirá saludando con el cariño que la caracteriza cuando nos encontremos con ella por alguna calle secundaria y podremos seguir charlando en la farmacia con Mercedes, a la que no dudo en calificar de amiga. Desde la infancia, donde nunca dejará de estar presente, cámara en ristre, nuestro querido Joseíno. 

8.9.15

Las huellas de Juan Malpartida

Bajo el título Huellas, el marbellí residente en Madrid Juan Malpartida (1956) reúne su poesía completa, la publicada entre 1990 y 2012. 
Director de la veterana revista Cuadernos Hispanoamericanos, ensayista, autor de diarios, traductor (de Eliot y Tomlinson, entre otros) y, sobre todo, poeta, La Garúa nos ofrece ahora la posibilidad de apreciar la obra lírica de uno de esos poetas que quedan al margen de los manuales y las antologías, pero cuyos versos (y poemas en prosa, en el caso de Malpartida) bien merecen la atención del lector más cuidadoso.
En un bello y preciso texto que publica a modo de epílogo, "Los días del tiempo", donde reflexiona sobre la poesía y sus particulares circunstancias, una especie de autobiografía poética al cernudiano modo, leemos: "Digo palabras porque creo que el lenguaje verbal es lo más humano que tenemos, lo que mejor nos define, lo que habla de todo lo demás, sea música, pintura, escultura o arquitectura". Vuelve a recordarnos que "Un poema se hace con palabras" y que "A los buenos poemas no suele sobrarles nada, aunque a veces les falta". Alude al "mundo" que se requiere para que el poema exista y que la naturaleza del poema "sólo se realiza en una persona, en una biografía, en un ser mortal y que se sabe mortal". Confiesa: "he tratado de que mis poemas reflejen mi vida. Me ha gustado contarme en mis poemas" y cita a continuación a Montaigne. También a sus primeros maestros: JRJ, Antonio Machado, Lorca, Borges y, antes que ninguno, Octavio Paz. Sí, en lo intelectual (todo un pensamiento, además de una ética) y en lo poético, la obra de Juan Malpartida debe ser comprendida a la luz del poeta mexicano. Cabe precisar, de paso, la impronta americana de cuanto ha escrito. Es uno de los pocos autores españoles que desde hace muchos años franqueó la invisible frontera atlántica y su voz es incomprensible sin la suma de voces de numerosos escritores ultramarinos, algo que le emparenta con otro solitario, de su misma generación de edad: Andrés Sánchez Robayna. Ambas poéticas, dos aventuras singulares, serían islas en nuestro panorama, más dado a la indiscriminada unión de lo continental que a la sutil diferencia que adopta lo que se quiere archipiélago. 
Por el reguero de contadas dedicatorias, se puede deducir la estirpe a la Malpartida pertenece. La de los que han adoptado el término matemático fractal para referirse a lo que escriben. «La poesía es una regularidad capaz de expresar las dimensiones irregulares de la vida, el contorno cambiante de una nube, el fluir de un río, la palpitación de una pasión abriéndose paso entre la multitud anónima a la búsqueda de un rostro único». Una geometría que huye de las figuras tradicionales, de lo bien hecho y de lo más que visto. 
Como bien dice, «Un poema, tomado en su última significación, en la más humana, es sólo una huella, el testimonio, sea grande o pequeño, perdurable o fugaz, de la vida». He aquí las que ha trazado Juan Malpartida para el bien de la poesía y de su inmensa minoría de apasionados lectores. 

7.9.15

La cultura de Vara

Tenía uno curiosidad por ver cómo iba a afrontar el nuevo presidente de la Junta de Extremadura, señor Fernández Vara, la gestión de la cosa cultural tras los nefastos años monaguescos. Comenzaré afirmando que mis expectativas eran (y son) menos que modestas. Sí, tiempo al tiempo. Pero, ¿y de lo sucedido ya? Lo peor: que en lugar de una consejería ad hoc, Vara se llevase a Presidencia estos asuntos. Antes estaban unidos a Educación. Ahora ni eso. Mala señal, ya digo. 
Para gestionarlos ha nombrado a una Secretaria General y a un Director General de Bibliotecas, Museos y Patrimonio Cultural.
La primera, Miriam García Cabezas, de Villafranca de los Barros, donde fue concejala, es licenciada en Historia y graduada superior en Arqueología, además de secretaria regional de Cultura, Ciencia e Innovación en el PSOE de Extremadura y miembro del Grupo de Ideas y Programas de la Ejecutiva Regional socialista de Extremadura. Curiosa resulta esta coincidencia arqueológica en nuestras autoridades culturales. La anterior consejera, doctora en esa materia, procedía del mismo campo. 
El segundo, Francisco Pérez Urban, es de Castuera, donde fue también concejal. Licenciado en Filosofía y Letras, ha sido profesor y ha ocupado cargos directivos en una escuela taller, un centro de desarrollo rural, la red de observatorios territoriales de la Diputación de Badajoz y el proyecto Alba Plata. Y lo más importante: fue director general de Patrimonio Cultural en la etapa de Francisco Muñoz, cuando uno lo conoció, por eso puedo añadir que se trata de un hombre de buen talante, cercano y trabajador.  
La inexperiencia de García Cabezas, que uno ve más perdida que un pulpo en un garaje, se suple con el conocimiento de Pérez Urban, algo que me tranquiliza. 
Por lo demás, vaguedades y más vaguedades. Al rollo simplista de la normalidad, al que Vara es tan proclive como Rajoy, se le une el de la utilidad y esa coletilla de que se está para facilitar la vida de la gente, algo que, cuando se trata de cultura, no sabe muy bien uno cómo enfocar. 
Las primeras declaraciones de los altos cargos, una y otro, al hilo de la filosofía oficial, no producen, precisamente, entusiasmo.
En cuanto a los actos, en lo referente a la cultura, destacaría de la nueva etapa dos: el gesto plausible de reconocer a la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz con la caprichosa Medalla de Extremadura y la celebración de los célebres Premios Ceres. Dudo mucho que, llegue o no la subvención privada, esos galardones no sigan en pie. El fiestorro es demasiado jugoso políticamente hablando.
Ah, la Editora Regional sigue a la deriva, digamos; sin dirección, quiero decir. Es más, tengo entendido que esa plaza administrativa -la de director o directora de la institución- fue amortizada por el PP, que sólo mantuvo la de Coordinador del Plan de Fomento de la Lectura; de ahí que Rosa Lencero asumiera, en tiempos de Monago, ambas gestiones. Menos mal que el alma de la Editora, María José Hernández, sigue allí, donde quiera que eso quede. Veremos.

Nuevo blog

El incisivo periodista José Julián Barriga Bravo, un referente habitual de este rincón, estrena blog. Lo titula El hortelano impaciente y les aseguro que tiene mucha miga. Crítica, sobre todo. Y más que va a tener si el de Garrovillas, residente en Madrid, persevera. Asuntos que denunciar no han de faltarle, más si tenemos en cuenta la apatía general, un clásico de esta dichosa tierra. 

6.9.15

Szymborska, una vida

Ya dije aquí atrás que tenía pendiente la lectura de Trastos, recuerdos. Una biografía de Wisława Szymborska, de Anna Bikont y Joanna Szczęsna, que han traducido para Pre-Textos (quién si no) Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós. Las vacaciones lo han propiciado y mi disfrute ha sido mayúsculo.
Se han repetido muchas veces las palabras de Octavio Paz sobre Fernando Pessoa, aquello de que los poetas no tienen biografía; su obra es su biografía. Tiene razón Paz, pero a veces ayuda a entender mejor esos poemas y a conocer a la persona que los escribió, una biografía, esto es, un libro donde se narra la historia de la vida de una persona. Es el caso, lo que han conseguido, y de qué de ejemplar manera, las periodistas y escritoras Bikont y Szczęsna.
Lo primero que constata el lector de esta obra memorable es precisamente la indisolubilidad entre la vida y la poesía de la polaca Szymborska (Kórnik, 1923-Cracovia, 2012). Cada poco, casi en cada página, se citan versos suyos para apostillar tal o cual afirmación, para verificar tal o cual suceso. Esto, más allá de su pertinencia formal, permite un doble ejercicio: el de leer o releer, según sea el caso, la poesía de la premio Nobel del 96.
No vamos a precisar aquí cómo fue la intensa vida de la poeta, pero sí podemos anotar que se caracterizó, como su poesía, por la modestia, la discreción, todo sin exagerar (lo que remite a uno de sus poemas más conocidos, título a su vez de una de sus antologías en francés: La muerte sin exagerar). Fue enemiga de la solemnidad. Tímida, fumadora y miope, su manera de decir y su forma de ser son dos caras de la misma moneda. Ni siquiera cuando consiguió el Nobel cambió, algo que se explica muy bien en uno de los capítulos más interesantes (al menos para mí) del libro: el de su trato con otra cumbre de la poesía polaca y mundial: Czesław Miłosz, quien dijo de ella que era "sobre todo la poeta de la conciencia".
Ni siquiera su adhesión al comunismo (en su versión estalinista), un perdonable pecado de juventud, consiguió impedir que como persona y como poeta llegara a lo más alto. No sin repudiar, eso sí, sus dos primeros libros. Ella, que decía escribir "para la gente en singular" y "carezco de sentimiento de grupo"; alguien a quien le daba miedo la multitud.
Dos escritores ocuparon su corazón: el poeta Adam Wlodek, del que se separó al poco de casarse, y el narrador Kornel Filopowicz (su "alma gemela"), del que sólo la muerte logró separarla tras veintitrés años juntos en casas separadas.
Autora de postales-collages (que enviaba a sus amigos) y de liméricos (una forma poética de origen inglés formada por cinco versos con rima e intención humorística), de los que hay numerosas muestras en el libro, y de organizar rifas en su casa (siempre vivió, por cierto, en pisos pequeños con muebles poco confortables y una biblioteca pequeña), de objetos feos de escaso valor, baratijas kitch, de esas que ahora encontramos en los chinos, fue, por carácter, poco dada a las confidencias y, por tanto, a hablar de su vida ("Soy mal público para mi memoria"). Las autoras logran levantar esta monumental biografía gracias a lo que decía entre líneas entre los textos de sus Lecturas no obligatorias (publicadas en España, en tres tomos, por Alfabia) y a numerosos testimonios de personas que la trataron, además de lo dicho por ella misma, siquiera sea en contadas ocasiones, en entrevistas o en conversaciones privadas con las periodistas. Con el sentido del humor que la caracterizaba, dijo una vez que algo así "no estaba previsto en mi biografía".
Amiga de los cajones y enemiga de los retratos y fotografías, sorprende comprobar, y para bien, cuántas se han conservado. Lo que ha servido, de paso, para que estemos ante un bonito libro ilustrado. Con la elegancia añadida, muy acorde a la poesía en tonos grises de Szymborska, del blanco y negro.
La claridad, el humor (le agradaba Woody Allen), la ironía (era "escéptica por naturaleza"), la naturalidad ("mis poemas son como la respiración natural"), la falta de cualquier retórica o afectación, al tiempo que la hondura, el aire metafísico (a su pesar) y la inteligencia aportan a sus versos una voz única. La inseguridad y el asombro fueron dos temas fundamentales. Confesó que tenía "cierta tendencia al aforismo y la brevedad". En su poema "Cielo" escribió: "Mis señas de identidad son el frenesí y la desesperación", que siempre alentaba debajo de sus versos, emboscada en el humor. Nunca dejó de tener presente los sueños.
Le encantaba Veermer y muy poco visitar museos. Afecta a los animales, a los que comprendía, (aunque no tuvo mascotas, salvo un papagayo), en especial de los monos, su sensibilidad -múltiple, aguda- sobresale por encima de cualquier otro rasgo.
Le gustaba viajar (hay un capítulo entero sobre sus viajes), pero más con el dedo por un mapa o un globo terráqueo que por otros medios, entre los cuales prefería el coche (mientras viajaba componía liméricos).
Sus ciudad fue Cracovia (como para Miłosz y Zagajewski), aunque nunca dejó de volver a Zakopane, muy cerca de su pueblo natal, lugar donde conoció la noticia de la concesión del Nobel. Estaba escribiendo un poema que sólo pudo terminar tres años después, los que estuvo sin escribir poesía.
Detestaba hablar de poetas (elogiaba a Rilke y Cavafis) y de poesía ("No tengo el don de escribir sobre la poesía" o "La poesía / pero qué es la poesía"), si bien Bikont y Szczęsna, que sabían que reflexionaba en sus poemas sobre ella, logran reunir en un capítulo sus opiniones acerca de la materia, un tesoro para quienes la admiramos.
En otro, se hace recuento de las abundantes traducciones de su obra a otros idiomas lo que me permite puntualizar que se echa de menos algunas líneas más para referirse a las efectuadas al español y a sus relaciones con autores, traductores y periodistas hispanohablantes que la conocieron. Al final, eso sí, tras la exhaustiva "Cronología", se apunta su bibliografía en nuestra lengua.
Lo dijo al morir (conocía desde hacía tiempo su aneurisma de aorta, pero prefería morir rápido y sin sufrimiento) su fiel secretario, Michal Rusinek: "Nos dejó bastante para leer y bastante para pensar". En ello estamos. Ahí seguimos.

5.9.15

La vida secreta de JRM

Vida secreta (Tusquets Editores) es el título del cuarto libro de poesía del extremeño Javier Rodríguez Marcos (Nuñomoral, Cáceres, 1970), que antes había publicado Naufragios, Mientras arden Frágil, éste en 2002, premio Ojo Crítico de RNE. Ese ritmo lento se acompasa bien con la brevedad de esta nueva entrega, y ya dentro, de los poemas que la componen. 
En el texto que leyó en el ciclo Poética y poesía de la Fundación Juan March, "De la torre de marfil a la torre de control", Rodríguez Marcos afirmaba: "Por lo que a mí respecta, he de decir que cada vez me da más vergüenza usar en los poemas palabras que nunca usaría en una conversación". Más allá del matiz personal y filológico, encontramos la clave, la "piedra angular" (que él no ha desechado), de una manera de entender la poesía apegada a la realidad de la vida, irónicamente "secreta", y, en consecuencia, al modo de decir, inseparable de la época que le ha tocado en suerte. No es, en fin, sólo una mera cuestión de elegir tal o cual término, sino la de comprender que al cabo sólo han de escribirse las palabras realmente necesarias. O, cuando menos, publicarse. 
Uno añadiría dos rasgos, uno de carácter y otro físico, como es obvio interrelacionados, que tienen que ver con el autor y, por ello, con sus versos: la timidez y la miopía. Lo de las gafas en la cubierta no es casualidad. Ni que una poeta a la que JRM admira (y a la que tuvo la suerte de entrevistar), la polaca Wisława Szymborska, también lo fuera, algo que, como se explica en la impresionante biografía de Bikont y Szczęsna publicada por la valenciana Pre-Textos, tuvo su importancia. (Paradójicamente, la minuciosa observación de seres y objetos está en el origen de buena parte de los poemas que uno y otra, odiosas comparaciones al margen, han escrito.)
Dos rasgos más, estos de escritura, tienen también su debida importancia en este libro: los paréntesis y los encabalgamientos, algo que reconoce el propio autor en uno de los apartados de la Nota final, eloitianamente titulada "Palabras privadas para decir en público" (que no deja de ser una pieza literaria de primer orden). Los primeros dan a la expresión esa mezcla de aclaración y titubeo tan propio de la gente que duda. Los segundos aportan un ritmo conversacional que se acomoda bien a las intenciones del poeta que, si bien controla la métrica, huye del sonsonete o siquiera de la musicalidad trillada y repetitiva que suele acompañar, si uno se descuida, la lectura de los versos. Por otra parte, aunque JRM haya reconocido que no es un poeta de su estirpe, los que "deslumbran" frente a los que "alumbran", la referencia a su admirado Claudio Rodríguez parece pertinente.
Cabe destacar la sólida construcción de los poemas y, por añadidura, del libro; su arquitectura, diría, tan austera como efectiva.
Pero por encima de estas consideraciones, ¿qué encontramos entre las líneas delgadas y sobrias de este libro? Pues lo explica muy bien la nota editorial (que podría haber escrito su hermano Julián, especialista en esas complicadas lides). Hay, como en libros anteriores, "tensión entre naturaleza y ciudad", normal en alguien que nació y vivió durante su infancia en pueblos muy apartados y pequeños para recalar luego en una ciudad provinciana como Cáceres, donde hizo el bachillerato y su carrera de Filología, lugares que han determinado su paisaje, digamos, visual (léase "Agricultura", inspirado en la pintura de Ortega Muñoz) y además el moral (léase "Rito"). También hay "homenaje a los mayores y su memoria". Aparecen los abuelos ("Asilo"), padres, mujer ("Solo en casa"), hijos ("Canción"), hermano ("Los pacíficos"), amigos ("Conversación"). Somos por ellos y en ellos. La nueva entrega "desvela (...) la complejidad sentimental que anida en algunas escenas urbanas, ya sea de hotel ("Jet lag") o de hospital (como el emotivo "Habitación 101"), o en soledad ante el televisor (como en el citado "Solo en casa")".
La exposición del yo es también significativa en Vida secreta, como se dejaba entrever más arriba. Estos versos bastan: "yo / tal como me veis que soy, / un ser desconfiado, un pobre hombre, / un santo sin piedad, / un perro triste, / un loco triste- / mente / razonable".
Me da que eso es la madurez, a la que también se alude en la citada nota. Ya lo dijo Gil de Biedma: que la vida iba en serio. Por eso, tal vez, este lector, que conoce la poesía de Rodríguez Marcos desde que era inédita, se ha sentido tan a gusto entre estas pocas páginas donde, sin duda, alumbra una verdad. No es poco. 

4.9.15

Tomlinson

Brook Cottage, en Gloucestershire 
(Foto de Richard Swigg)
El crítico y profesor Richard Swigg comunicó hace unos días a Jordi Doce que Charles Tomlinson, el poeta, había muerto y Jordi, muy apenado, me lo contó a mí. No sólo fue su traductor al español, sino su amigo, al que trató por carta (un centenar de ellas forman parte de la correspondencia del poeta editada por el citado Swigg) e incluso visitó en el cottage donde vivía con su mujer, Brenda. Había nacido en Stoke-on-Trent, Staffordshire, en 1927, llevaba años enfermo, perdido y senil, aunque se lo ha llevado un cáncer. 
Octavio Paz (compañero suyo en Renga, junto al francés Jacques Roubaud y el italiano Edoardo Sanguineti ) tradujo poemas suyos y por ellos llegué por primera vez hasta él; sin embargo, fue la decisiva y rigurosa labor de Jordi Doce quien me acercó a su poesía, que nunca ha dejado de formar parte de mis preferidas. 
Citaré, para empezar, su ensayo "El idioma de los ojos: Una introducción a la obra de Charles Tomlinson", publicado por CHA en 1995 (y que podemos leer en pdf), una magnífica introducción a su obra. En su blog, para seguir, abundan las referencias. Mencionaré, por fin, En la plenitud del tiempo. (Poemas 1955-2004), la espléndida antología que publicó en DVD en 2005, con un prefacio del propio autor. "Pasión contemplativa" tituló Doce su amplio estudio prologal. 
Ya que hablo de ello, bueno será recordar también La insistencia de las cosas (Visor, 1994), que reúne poemas de Tomlinson traducidos por Octavio Paz, Alejandro Valero, Margarita Ardanaz, Carlos Schwartz y Fernando Galván.
Diremos otra vez que a pesar de la tristeza y de la irreparable pérdida podemos seguir con el poeta, presente en sus poemas. Y escucharlo incluso. Hasta siempre. 

Tomlinson con Doce en Brook Cottage, diciembre de 1995.


3.9.15

Revistero (2)

Con su imponente presencia y ese papel amalfitano que da gusto oler y tocar, llega Sibila, la revista de Arte, Música y Literatura que se edita gracias al patrocinio de la prestigiosa Fundación BBVA, su número 45 donde, entre otras lindezas, podemos leer poemas excelentes de Ida Vitale, José Ramón Ripoll  y Gustavo Adolfo Garcés, además de los de Carlos Germán Belli, Jorge Cadavid, Robinson Quintero Ossa, Néstor Mendoza, Rafael Rubio, Marina Oroza, Blanca Luz Pulido, Ramón Cote, Francisco Véjar, María Negroni y Rossella di Paolo. Se publica también una breve obra de teatro de Antonio Garrigues Walker, un ensayo de Francisco Jarauta sobre Pierre Boulez; un artículo de Miguel Gomes sobre la poesía de Adalber Salas, el último poeta venezolano digno de atención (la muestra, un par de poemas, lo confirma); un texto de Eliot Weinberger; y una entrevista de Camilo Irizo a César Camarero, autor de En la medida de las cosas, entrega musical de este estupendo número. No se me olvida citar a Melanie Smith, autora de las fotografía de la serie Xilitla, a la que pertenece la inquietante ilustración de la portada, y dejo para el final lo que acaso más me ha interesado: el impresionante ensayo de Adam Zagajewski "Miłosz, joven y viejo", que es, les puedo asegurar, una auténtica delicia. 

Siguen apareciendo, con paso firme, las sucesivas entregas de la joven revista (en más de un sentido) Anáfora, que coordinan los poetas Cristian David López y Pablo Núñez. En este número, el 5, aparecen poemas de Miguel d'Ors, Vicente Cristobal, Javier Almuzara y Marcos Tramón (dos clásicos del grupo de poetas asturianos vinculados a García Martín), Mónica Laneri, Aida Masip, María García Díaz y Raquel F. Menéndez. 
Emilio Martínez Mata vuelve a traducir la Oda I, 11 de Horacio (que vuelve a sonar como recién escrita) y Antonio Rivero Taravillo, tres preciosos poemas del decimonónico poeta inglés de la naturaleza John Clare. 
En prosa, Rodríguez Adrados, ahí es nada, nos habla de sus viajes ("Yo viajaba siempre para ver y pensar"), los que hizo y los que no ("El mundo es vasto, sus confines a uno se le escapan"); Laura Freixas nos ofrece nuevas páginas de sus combativos diarios (la nueva entrega se publicará a finales  de este año), de 1995 y 1996, a vueltas con el machismo, Rosa Chacel (aunque la admira, cree que su obra tiene "algo ramplón", "pueblerino", a causa, opina, de haber sido de formación autodidacta); Miguel Floriano acierta con unos aforismos que él califica de "chiribitas"; y Saúl Borel se interna en la Biblioteca de Babel. 
Un puñado de reseñas cierran el número de esta revista que ha logrado establecer su territorio dentro del panorama. 

Veinticinco años acaba de cumplir la revista de creación Palimpsesto. Se publica en Carmona, con el apoyo municipal, y la dirige el poeta Francisco José Cruz. Centrada en las relaciones entre América y España, en este número redondo encontramos un estudio de Beatriz Barrera Parrilla sobre el poeta del dieciséis Luis de Ribera, así como una conversación” de Robinson Quintero Ossa (mencionado más arriba) con el colombiano Jaime Jaramillo Escobar. También poemas (agrupados bajo el título “Transparencias”) del chileno Pedro Lastra y otros del mexicano Antonio Deltoro (un habitual de la revista), del cubano Alejandro Anreus (Cuba), del venezolano Andrés Barrios, de la italiana Patrizia Cavalli (en traducción de Fabio Morábito), de mi admirado (y español) Antonio Moreno y de la chilena Micaela Paredes. Para terminar, Manuel Díaz Martínez dedica un texto al primer centenario de la primera edición de la famosa Antología de Spoon River, del norteamericano Edgar Lee Masters. 
Al ejemplar de la revista se añade un nuevo libro de la Colección Palimpsesto, una antología, Raza y Paisaje, de Luis Palés Matos (1898-1959), nacido en Puerto Rico y padre, digamos, de la poesía negra en castellano (léase Tuntún de pasa y grifería), "el poeta más entrañablemente puertorriqueño y el más universal de la isla" según recoge Germán Gullón en su memorable Conversaciones con Juan Ramón Jiménez, quien, como Lorca, le admiró. El prólogo y la selección son del escritor y crítico Toni Montesinos. 
Felicidades, en fin, y que, cambio electorales mediante, no decaiga.

Veraniego número doble de la veterana Quimera que entrevista a Luis Goytisolo, Raquel Taranilla, Pedro Luis Cano y Julián Cañizares (no acaba uno de acostumbrase a esa sucesión de dispares conversaciones que suelen aparecer en cada número), dedica un completo dossier a la Literatura oral, publica colaboraciones de, entre otros, Manuel Moya y Chus Pato y una nueva entrega de la sección del viajero Álex Chico, El holandés errante (se puede consultar en su blog), titulada "Un tranvía sobre el puente" y que esta vez nos lleva a Praga. Cierran la entretenida entrega, el capítulo de recomendaciones y un surtido de reseñas y otros textos de firmas habituales. 

2.9.15

Confianza

Para este lector cada nuevo libro del poeta salmantino Juan Antonio González Iglesias (1964) no deja de ser un acontecimiento. Poético, claro, y, en consecuencia, íntimo. El último, Confiado, ganó el Premio "Ciudad de Melilla", lo publica Visor y está escrito con una beca del francés Departament du Nord para lo cual el autor residió una temporada en la Villa Marguerite Yourcenar, situada en el corazón de Flandes francés, en el Mont-Noir. Confiado está compuesto por cincuenta poemas que celebran cincuenta años de vida.
Teniendo en cuenta su distinguida condición de crítico (cuánto echa uno de menos sus reseñas), González Iglesias pone al frente de su libro un "Prólogo" admirable que nos facilita algunas claves de esta obra excelente. Allí leemos: "Aristóteles define el miedo como un sufrimiento anticipado, por un mal que nos aguarda en el futuro. Lo contrario -la percepción del futuro como un bien- tiene que tener un nombre. Creo que es la confianza". Y añade: "La poesía puede orientar el lenguaje hacia el futuro. No hacia le pasado, como suele hacer la narrativa". Por eso, "En esta época desconfiada -tan cínica en el sentido peor- he tenido la tonificante sensación de nadar contracorriente". "Educado en la literatura humanística", confía en el Logos. "Cuando el lenguaje era alegoría", dice en un verso. Porque la poesía es una ética, una física y una metafísica, recuerda. Luego precisa: "es posible que la poesía sea el último idioma cualitativo. En el reino de las prisas, puede que sea el último lenguaje auténticamente lento". 
Porque el movimiento, con independencia de la velocidad, se demuestra andando, tras citar a Guillén (un terceto que reconoce como "lema moral": "... rechacé, / mundo, lo que te sobraba, / pero te guardé mi fe"), Salinas, Tranströmer y Pombo, "Homo matinalis" nos introduce de lleno en una manera de ver y de decir sin parangón en el panorama lírico hispano, por más que algunas confluencias o ecos (mencionaré los más cercanos) acierte uno a escuchar: de María Victoria Atencia, de Martínez Mesanza (al que dedica, por cierto, un poema precioso)...
"Homo matinalis" es largo y perfecto y en él se ponen en pie las ideas que hace un momento glosábamos. El poeta bucea. "El mar contiene la resurrección", escribe, o: "Toco el planeta Tierra bajo el agua". Y: "Fluctúo, me sumerjo, protegido / por la serenidad, que no es abstracta". "La rutina contiene -ahora lo entiendo- / la eternidad". "Animal en contacto, soy poeta". 
Pronto encontramos uno de los rasgos fundamentales de esta poética, indispensable para ir confiado: el amor. En "Afortunado", por ejemplo. En "Dios quiere que esta noche haya amor para todos", leemos: "Dios conoce uno a uno a todos los que aman". Y termina con un verso de Barrer Browning: "recuerda / lo que ya para siempre te abraza no es la muerte / sino el amor". En "Vivre d'amour et d'eau fraîche", escribe: "Lo mismo es el amor que el agua fresca. / Vivir del aire, sí, vivir del aire. / Vivir de nada, ser feliz con nada, / con casi nada, porque lo demás / vendrá, si viene, por añadidura". Un arte de vida. Como el que se desprende de "Recibimos muestras inesperadas de amor".
Amor inseparable del erotismo, que aquí es, sin tapujos, homosexual. Por suerte el amor no sabe de géneros. Para muestra, el divertido "Estamos en gayumbos delante del espejo". 
La crítica reitera, es lógico, esa doble condición de la poesía de González Iglesias, que por una parte es clásica y por otra, moderna (o postmoderna, no lo sé). Cómo no acordarse de J. V. Foix: "M'exalta el nou i m'enamora el vell!". No es sólo que se descuelgue con un soneto ("Parra verde y roja", la que sirve de ilustración en la cubierta) y se adapte a las concepciones filosóficas y artísticas legadas por griegos y romanos al tiempo que habla de smartphones y usa palabras como piba, birra o gayumbo. La cosa es algo más compleja y se comprende muy bien dejándose llevar por la lectura de unos poemas que brillan por su claridad y deslumbran, en el mejor sentido, por su perfección formal, digna del miglior fabbro. Paradigmáticos son, en este sentido, poemas tan logrados como "En Eliot he leído" (con abruptos encabalgamientos que a uno le recuerdan los de su amigo Javier Rodríguez Marcos) o "Oda a un objeto sencillo" (donde celebra la existencia del ánfora de barro y de la artesanía). 
"Benditos los ignotos" debería ser un himno generacional, aunque me temo que es todo lo contrario. "Benditos los ignotos, / los que no tienen página / en internet, perfil / que los retrate en facebook / ni artículo que hable / de ellos en wikipedia. / Los que no tienen blog". "Los que tienen / todavía / intimidad." Y ya que hablamos de himnos, bueno será hacer alusión a otro: "Libérame del reino de la cantidad", que vuelve a incidir en esa categoría moral que marcan a fuego estos versos y que deberían llevar al lector a territorios de dignidad que contrastan con la mezquindad de nuestro tiempo. El extraordinario poema termina: "Déjame ser el último cualitativo. / Concédeme vivir como Montaigne / o como Jaccottet a la luz del invierno". A su lado, el humilde "Castilla" sorprende: "Cada cosa / en su sitio". Pero no me gustaría cerrar aquí el capítulo ético, porque son varios los poemas que giran alrededor de esa defensa de lo humano en su dimensión más honda y plena. Como "Quienes se oponen obstinadamente" (los idealistas), "Honor system", "A la buena de Dios" o "Confiado" ("Pongo mi corazón en el futuro. / Y espero, nada más"). En "Lo que importa" escribe: "Soy un hombre en creciente desacuerdo / con su época". Y de nuevo aparece el amor, lo más noble, como en "Siesta en Cannaregio". 
Los libros y la lectura no son ajenos a esta poesía culta que no presume de serlo. De ahí "Elogio de la biblioteca pública", la salmantina de la Casa de las Conchas, que a uno le ha parecido, por su estructura y el vocabulario empleado, un homenaje, no sé si deliberado, a Aníbal Núñez. 
A la sencillez (un vaso de agua fría, morder una manzana) están dedicados poemas memorables como "Escucho el agua clara" y "Los pájaros". No es extraño que dedique un poema al poeta latino Marcial (y a su traductor Pedro Conde Parrado), retirado en su vejez a Bílbilis (Calatayud), que en su epigrama "Suspirando por las riberas fecundas del Jalón", escribió: “Me gusta aquella tierra en la que una pequeña hacienda me hace feliz y unos pocos recursos me hacen nadar en la opulencia".
Podría uno seguir, poema a poema (ninguno sobra, todos son sustanciales), pero sería excesivo. 
En la contracubierta se nos advierte que este libro afirmativo es, entre otras muchas cosas (como "una apología de la lentitud y lo sencillo"), un autorretrato. Como en "Uno de mis amigos vive en un loft del Soho", que dice: 

Uno de mis amigos vive en un loft del Soho,
y yo junto a la orilla del Tormes, a unos cientos
de metros de la calle donde nací, llevando
la vida en apariencia rutinaria de un hombre
que ha confiado toda su aventura al lenguaje.

1.9.15

Revistero (1)

Lo dice alto y claro Maícas, director de Turia en la nueva entrega de sus diarios: "Continuaremos siendo promotoras de pensamiento crítico, analizaremos y debatiremos con rigor sobre lo que está pasando, fomentaremos la creatividad, almacenaremos y recuperaremos la memoria colectiva, continuaremos postulándonos como lugares donde integrar la riqueza y diversidad de nuestros creadores y estudiosos... Y, sobre todo, seremos espacios de libertad y mestizaje cultural, ideológico y estético". Se refiere a las "invisibles" revistas culturales, ninguneadas por los grandes medios y los poderosos nombres, esos que, presuntamente, crean opinión. Esta vez no ha podido callarse y denuncia una sangrante situación que no deja de ser síntoma de la degradación cultural, en el sentido más serio y profundo, de este país. Para combatir esa indignidad existe Turia. Y Clarín y Cuadernos Hispanoamericanos y tantas otras que, por fortuna, resisten. Por eso hablamos de ellas cada poco en este rincón. ¡Qué menos!
Así, abre uno la primera y se encuentra a Gustavo Martín Garzo hablando de los personajes de Delibes y de la importancia del paisaje, "que siempre es naturaleza que se ofrece", en la obra del genial escritor castellano. Luego, el crítico Manuel Rico (recién vapuleado por Chus Visor en la famosa entrevista de Nuria Azancot, que ha vuelto, para El Cultural) defiende y elogia la poesía de Félix Grande. Más adelante, hay acercamientos a las obras de Javier Marías, el descolgado Jean Toomer y del joven poeta Abraham Gragera, que se abre paso a pesar de las tortuosas palabras de Rafael Morales. Poco propenso a las narrativas, cortas y largas, deja uno para mejor ocasión la sección  de "Taller", a buen seguro interesante, y se adentra en la de "Poesía" donde encuentro un puñado de poemas extraordinarios que firman, entre otros, de los conocidos (por mí), Clara Janés, Luis Antonio de Villena (que alude al último retrato de Machado), Amalia Bautista (una poeta imprescindible), Antonio Lucas (más concreto y emotivo que nunca en "Hospital"), Jordi Doce (que la clava con "Incógnita", uno de los mejores poemas que le he leído), Marta Agudo, Ángel Petisme, Manuel Neila, Pilar Adón...
Me salto también el dossier sobre Böll, porque apenas si conozco algo suyo, y leo del tirón, y con entusiasmo, la entrevista que hace a Andrés Rábago, El Roto (que ilustra el número), Paloma Torres. Ahí se ve qué esconden las viñetas de este humorista y pensador, el mejor editorialista de la prensa española, día sí y día también. 
Recuerda el citado Maícas al poeta y traductor Ángel Crespo, veinte años después de su muerte, el dossier que le dedicara su revista en 2009, ahora que han vuelto a reunirse en Calaceite un grupo de amigos y estudiosos de su obra; jornadas que conozco gracias al testimonio directo del citado Jordi Doce, que estuvo allí, responsable (lo adelanto) de una antología de poemas de Crespo para la colección que ambos dirigimos en la Fundación Ortega-Muñoz
Para terminar, aragonesismos y teruelanos mediante, repaso las reseñas de los libros de poesía, no pocos comentados ya aquí. Dos van firmadas por uno: la dedicada a la antología de poesía argentina que publicó Vaso Roto y sobre La gratitud, de Fermín Herrero. 

De Clarín uno no se ha perdido el artículo de poética narrativa que abre esta entrega, de Juan Bonilla ("Pedro y el lobo"); ni el de Luis María Marina dedicado a la revista portuguesa Orpheu (sus dos números cumplen 100 años); ni el de Fuster sobre el País Vasco de Baroja; ni el de Benítez Ariza sobre Juan Ramón (a través de varios libros recientes que le mantienen bien vivo: el Epistolario (Residencia de Estudiantes), las Entrevistas (Fundación Lara), el Diario 3 de Zenobia Cambrubí (Alianza/Universidad de Puerto Rico) y Vida: Días de mi vida, la autobiografía que ha empezado a publicar Pre-Textos; ni el de Rodrigo Olay sobre Campoamor y Bécquer. 
Antonio Ansón traza un interesante retrato del "poeta y fotógrafo" Gérard Macé y Ana Vega otro sobre el pintor y poeta (esto es de mi cosecha) Miguel Galano. 
Lo que más me ha gustado del 117 de Clarín han sido los poemas del estadounidense Donald Hall, "un clásico americano", que presenta y traduce Hilario Barrero. Pasó hace tiempo por aquí, por culpa de su mujer, la excelente poeta Jane Kenyon. Hay, es verdad, un par de libros suyos publicados en Valparaíso: Eagle Pond (que ya he leído) y La cama pintada, y otro en Vitrubio, que tampoco conozco, pero los versos que ofrece Barrero son de una calidad extraordinaria y en castellano o español suenan perfectos. Una pena, según me cuentan, que la prevista antología del de New Hampshire a la que pertenecen quede aparcada de momento por problemas de derechos de autor. 
Otro tanto cabe decir de los impresionantes diarios del excelente poeta argentino Pablo Anadón: Hay que intentar vivir. Divagaciones de convalecencia (Abril-junio 2014)
Cuenta José Luis García Martín, director de la revista, que en la última convocatoria de los Premios Princesa de Asturias defendió la candidatura de Juan Mayorga, al que Saúl Fernández entrevista. Por su parte, Cristóbal Ruitiña y Alfonso López Alfonso hace lo propio con María Luz Melcón (Pola de Lena, 1943), una novelista rara y guadianesca que sólo ha publicado tres novelas, a pesar de que con la primera ganó, con menos de treinta años, el Premio Barral. 
Para terminar, Mario Martín Gijón publica su "Breve diario de Taipéi" (Taiwan), en "Paliques" se reúnen numerosas reseñas y en "Las cartas boca arriba", "Crónicas de La Edad de Oro", de Carlos Moreno Guerrero, y "Dragó es Roldán o la confrontación con la muerte como alimento literario", de Javier Redondo Jordán, que, por supuesto, no he leído. 

Cuadernos Hispanoamericanos llega a su número 780 y se abre con un justo y necesario dossier dedicado al poeta venezolano Rafael Cadenas (con entrevista de Antonio López Ortega). Le sigue otra entrevista, de Carmen de Eusebio al canario Andrés Sánchez Robayna. Eduardo Mitre recupera a dos poetas cubanos: mi admirado Eliseo Diego y Fina García Marruz. Julio César Galán explica la concepción de la crítica literaria de Cernuda (suponemos que fue su ponencia en el pasado encuentro sobre el poeta sevillano que tuvo lugar en Cáceres). Luisa Shu-Ying Chang analiza las precoces traducciones del poeta y diplomático colombiano Guillermo Valencia ((1873-1943) de poetas chinos, a la luz de "Las Bellas Infieles", esto es, trasladando la obra de Li Po o de Tu Fu a las maneras del verso modernista. Por fin, Fuster, Juristo, Moga y otros críticos se ocupan de las pormenorizadas reseñas que cierran el volumen.
En el número doble siguiente, 781-782, se incluyen dos dossieres. Uno dedicado a las mujeres españolas en ultramar y otro a el Hispanismo. En este segundo he leído con mucho interés los artículos de Anna Caballé, José M. del Pino y Laura Freixas, que no puede por menos que titular el suyo, a tenor de lo bien que la tratan en las universidades norteamericanas, "Gracias, gracias, gracias". De lo leído, que no es todo (me gusta mencionarlo), destaco el magnífico ensayo de Guillermo Carnero sobre la poesía (y más) de María Victoria Atencia, que él, se puede decir, nos descubrió; y el de Eduardo Moga sobre la traducción de Whitman, que ha publicado en Galaxia/Círculo de Lectores, con la inserción de un caso práctico (un fragmento del poema 33 de Canto a mí mismo) donde se demuestra a qué dificultades hubo de enfrentarse. Él y cuantos lo intentaron antes, pues, como declara, toda traducción es a la postre "colectiva".
Carmen de Eusebio entrevista a Manuel Longares y el boliviano Eduardo Mitre nos presenta tres hermosos poemas.
No está de más que mencione, como ejemplo de ese tipo de ejercicios filológicos de altos vuelos que suelen ofrecernos los especialistas en tal o cual autor, "La perdiz de Federico García Lorca", que firma el profesor y poeta José Antonio Llera. 

Lama lee "Más allá, Tánger"

A mediados de julio, cuando esto estaba cerrado por vacaciones, Miguel Ángel Lama publicó en su blog, PURA TURA, una reseña de Más allá, Tánger. El meollo de la cuestión, para el profesor y crítico está, según creo, en estas líneas: "Es, por encima de todo, un libro que a mí me suscita una pregunta: «¿Para quién se escribe?». Estamos acostumbrados a leer respuestas ingeniosas a la pregunta de «¿Por qué se escribe?»; sin embargo, Más allá, Tánger es un libro de poemas en donde se manifiesta claramente para quién lo ha escrito el poeta. Comparte esto con el género elegíaco, en el que hay un receptor inmediato que puede incorporarse como protagonista del mismo relato. El poemario de Álvaro Valverde está escrito para una persona muy concreta que está implicada en el mismo. Quizá por eso se diga que es narrativo. No; es un libro con una alta intensidad poética que remite a una circunstancia propia de la narración. Un viaje, un origen, un padre fotógrafo y sus novelescas circunstancias biográficas... Pero, sobre todo, es un gesto de amor, un libro con una clara pulsión amorosa."
Me parecen palabras certeras, aunque lo mejor será que cada cual lea su reflexión al completo.
Shokran. Merci bien. Muchas gracias.