8.5.06

Carta de La Garrovilla

En ese proceso de descubrimiento que supone viajar de continuo a lo largo y a lo ancho de Extremadura, me tocó la otra tarde encontrarme con La Garrovilla, un pequeño pueblo de dos mil y pico habitantes entre Mérida y Montijo, a cuyo partido judicial pertenece. Acababan de celebrar las Fiestas Patronales de la Virgen de la Caridad. El motivo de mi visita no era otro que el de participar en una sesión de su club de lectura. El encuentro tuvo lugar en las cómodas instalaciones de la Biblioteca Pública Municipal a primera hora de la tarde.
Tengo, desde hace tiempo, una gran confianza en este tipo de clubes. Creo en la bondad de sus planteamientos, tan sencillos como ambiciosos. Reunirse en torno a la lectura de libros y desde ahí, o sobre eso, establecer vínculos intelectuales y amistosos, por qué no, entre la gente es una de las mejores maneras que conozco de crecer en el ámbito personal y de desarrollar el social.
Conviene precisar cuanto antes que sus miembros suelen ser mujeres. No sólo porque muchas no trabajen fuera de casa (sobre todo en el medio rural) o porque sigan siendo quienes más se ven afectadas por el paro, también, o además, porque según todas las estadísticas son las que más leen. Por otra parte, también son más proclives a organizarse y, lo que es tanto o más importante, a perseverar en sus empeños.
El club de lectura de La Garrovilla está formado por más de veinte mujeres, con edades diferentes y con profesiones distintas. Cuenta con el apoyo de la Concejalía de Cultura y está coordinado por la bibliotecaria, Narcisa Pacheco, Sisi para todo el mundo, que demuestra que en su trabajo ya no basta con atender al público detrás de una mesa o un mostrador y mandar callar de vez en cuando; que el amor por los libros se demuestra fomentando la lectura y que ésta es la única forma de conseguir lectores para el futuro.
A pesar de que el número de integrantes del club le pareciera a uno incluso excesivo, alguien comentó que podría ser aún más numeroso porque había gente que no se había enterado. Por lo demás, su funcionamiento sigue las reglas básicas de este tipo de agrupaciones; a saber, primero se elige un buen libro (esto es, al principio, de capital importancia), luego cada cual lo lea a solas y, en fin, se dialoga en voz alta sobre él en un debate donde intervienen todos los miembros del club en igualdad de condiciones.
No hay forma más democrática de leer, sin duda. O, mejor, en una sociedad democrática no parece que haya un modo más adecuado de socializar la lectura y, de paso, como dije más arriba, de poner en comunicación, a través de ella, a los ciudadanos entre sí. Es verdad que no todo el mundo está dispuesto a compartir esa actividad, a dejarla salir de lo estrictamente privado. Uno lo comprende: la lectura no deja de ser un acto íntimo. Debe respetarse, por tanto, esta otra posibilidad. Como en todo, lo importante es poder elegir. Por eso, para que el ejercicio de la libertad sea efectivo, deberían darse las condiciones que facilitaran, a quienes quieran, leer en grupo y compartir sus experiencias lectoras. Eso se consigue desplegando a lo largo de toda la geografía regional clubes de lectura. Es algo que ya ha empezado a ocurrir aquí y en otras partes, y no hablo sólo de España. El invento no es nuevo. Eso sí, porque nuestra historia ha sido la que ha sido y no otra, nosotros hemos llegado a esta situación más tarde. Una dictadura, por hablar sólo de lo más cercano, es incompatible con este tipo de propuestas basadas, antes que nada, en las libertades de expresión y de reunión. Cada lectura que una persona hace de un libro es diferente de la que del mismo libro hace cualquier otra.
Para que los clubes de lectura se multipliquen no hacen falta grandes inversiones. (A sabiendas de que quienes abominan del intervencionismo de la administración son los primeros en exigir fondos públicos para todo.) Basta con que alguien se interese desde una biblioteca, una concejalía, un centro educativo, una asociación de madres y padres o desde cualquier otro colectivo en ponerlo en marcha. Pocas veces una inversión tan pequeña es susceptible de procurar mayores beneficios. Simples, sí, pero hondos. De los que van directos a la razón (para eso la lectura es la mejor capacidad del ser humano) y al corazón (porque los libros remiten a la vida).
Tras compartir café y pastelitos con las lectoras, uno salió de La Garrovilla no con el sentimiento de pesadez que presagiaba el cielo de tormenta que se cernía sobre el pueblo sino con el de levedad que sólo nos puede proporcionar la constatación de que por cosas tan comunes y maravillosas como éstas, 23 años después, estamos en el mejor camino. Por supuesto.