22.8.12

Meteoros














1. La gente de la zona del Estrecho llama taró (una palabra de origen fenicio) a una niebla espesa que, al parecer, surge en verano y a principios de otoño, provocada por vientos del sur que activan la evaporación marina. La primera vez que oí esa palabra fue hace años, una mañana que pasaba en la playa, más temprano que de costumbre, con mi pequeño hijo Alberto. Mientras éste se entretenía con la niña de la sombrilla de al lado, su madre y yo hablábamos. En un momento dado, y sin previo aviso -el día era espléndido-, se fue echando la niebla. Es el taró, dijo la señora, y lo mismo dentro de un momento ni siquiera nos vemos. En un ataque de claustrofobia, me dirigí a Alberto y le insinúe que nos marcháramos. El muchachino, claro, dijo que no. Todavía siento vergüenza al recordarlo. Al final la cosa no llegó a tanto y seguí viendo la cara perpleja de la joven mamá y ella, a buen seguro, la mía de susto. Este año, sin embargo, el fenómeno se dio, y con toda su intensidad. Sin agobios, fui hacia la orilla al tiempo que, a mis espaldas, desaparecía la gente, las sombrillas, el pinar, el acantilado y, en fin, todo lo que allí había. Para entonces, sólo se disponía de unos pocos metros de visibilidad. A los quince minutos la densa niebla se disipó y la luz se hizo de nuevo dueña absoluta de la playa.














2. Son muchos años bajando a Conil como para asustarse del famoso levante. Un viento que, por cierto, cada vez sopla menos. O eso parece. Este año, de los quince días, sólo dos.
El peor temporal que recuerdo fue en Puerto Real, en unas oposiciones a las que se presentó Y. Tuvieron que tapar los bajos de las puertas con papel de periódico para que los de la encerrona pudieran concentrarse. ¡Cómo sonaba aquello!
Pues bien, uno de esos días que silbó esta quincena, la tarde del primero, a la hora de la siesta, una racha se llevó por los aires la mesa de la terraza que terminó aterrizando, a los pocos segundos, al pie de la piscina. Primero fue un golpe seco al que siguieron unos cuantos más. Cuando salí a ver qué pasaba, como media urbanización adormilada, ya temía lo peor. En efecto, el objeto volador era nuestro. El estruendo inicial sonó demasiado cerca. Desde uno de los balcones del piso de abajo, nuestra amiga M. J. levantó sonriente dos patas intactas. En el suelo del pasillo de la planta baja, se apreciaba el resto de la mesa, que subieron al apartamento entre mi hijo y su primo. Fue un milagro que no matara a nadie. Diez minutos más tarde, con la piscina abierta... A un remolino han achacado los entendidos el desastre. Si no lo veo...

Nota: las fotografías pertenecen al blog Cotidianas y a una galería de Flickr.