1.4.14

Las intemperies de Antonio Lucas

Antonio Lucas (Madrid, 1975) publicó su primer libro, Antes del mundo (accésit del premio Adonais), en 1996. Le han seguido Lucernario (premio Ojo Crítico), Las Máscaras y Los mundos contrarios (premio Ciudad de Melilla). Otro premio, el de la Fundación Loewe, acaso el más prestigioso de cuantos se conceden en España, avala su última obra, Los desengaños. Su nombre hace tiempo que no falta en los habituales recuentos generacionales y, por eso, figura en distintas antologías de referencia. 
Se podría decir que con este libro su trayectoria se consolida. No porque careciera ya de un nombre, sino por lo que tiene de paso adelante, fruto de una edad madura que “sólo suma ya intemperies”, escribe en el poema inaugural, “Lo que somos”, toda una declaración de intenciones. 
Desde el principio nos encontramos con algunos rasgos que la crítica ha venido subrayando con respecto a su poesía; ante todos, esa mezcla de racionalidad e irracionalismo que, con todo, aquí se atempera y se matiza. Uno atribuye esa manera de decir no tanto a reglas de escuela cuanto a un dejarse llevar en el que, sin perder el control, la inspiración manda. No es, por tanto, escritura automática, pero si lo suficientemente dúctil como para permitir que el lenguaje irrumpa con toda su fuerza y consiga, mediante atrevidas asociaciones de palabras, metáforas brillantes o cualquier otro tipo de recurso, la sorpresa, el hallazgo (más allá, incluso, del sentido), que dé la medida de esa continua perplejidad que es el vivir.
Los poemas son largos y los versos tienden no pocas veces al versículo. Lo discursivo se acompasa a un ritmo envolvente, algo que se aprecia sobre todo en la tercera parte del libro, “Estar solo”.
A veces recurre al poema en prosa, que resuelve mediante eficaces, borgeanas enumeraciones caóticas.
Eso no impide que lo sentencioso y lo aforístico esté muy presente en el tono general del libro, lo que casa muy bien con ese aire de despedida de la juventud (“ser joven es hacerse viejo más despacio”), de constatación del fracaso, el miedo, la soledad y el dolor, que tan evidente resulta al leer Los desengaños, un título, sí, del todo adecuado. Un tono, puntualizo, que le da una marca de época, propia de los aciagos tiempos que sufrimos: “Ahora que vivir no es un verbo seguro”, escribe, o “El presente es un error de los pronósticos”. El poema “Sumisión” no deja de ser un himno de hoy.
Por otro lado, aprecia uno un patente interés humanista, diría, una preocupación esencial, que traspasa lo individual, por el hombre, una palabra que se repite: “si supiera lo que el hombre significa”, “El hombre inventó la tristeza y decretó su centro en todas partes”, “Todo hombre se cifra en sus propios despojos” o, en fin, “Eso debería ser el hombre, / un zumbido que se apoya en la piedad de un cuerpo ajeno”. Paradigmático son, en este sentido, los poemas “Herencia” y “Lejana noticia de uno mismo”, donde pone en boca de Rilke: “No saber vivir más allá de mí mismo: esa fue mi conquista.”
Hay muchas preguntas evidentes o emboscadas en este libro donde el paisaje es casi siempre interior. Sólo en la segunda parte el poeta se abre a panoramas “inciertos”: el mar (“Pues cuando un hombre observa el mar / amplía la nostalgia de sí mismo”), el Cabo de Gata, el Valle de Ordesa (que da lugar a un excelente poema romántico, en el mejor sentido, donde leemos: “La altura es lo perpetuo”), Arles…
No falta algún poema de amor (“Pareja”, por ejemplo) y, porque “La vida tiene túneles que llevan a la infancia”, se evoca en otros aquel trecho: “Siempre recordamos aquello que no vuelve”.
A pesar de lo desolado del conjunto (lo que no quiere decir que estemos ante tópicas jeremiadas de poetas lánguidos), una vez asumido que, nel mezzo del cammin, uno sólo puede ser “el sol de la derrota de sí mismo”, Lucas encuentra su tabla de salvación en la poesía: “Todo estaba pactado / menos la poesía”. Y cuando digo esto aludo a la fuerza de su lenguaje, al vigor con el que todo está aquí expresado. 

Nota: Esta reseña apareció publicada el pasado sábado en ABC Cultural