10.6.15

Enigmas de Díez

José Manuel Díez (Zafra, 1978) publica en Visor su último libro, Estudio del enigma. Fue premio Ciudad de Burgos y el jurado estuvo presidido por Caballero Bonald (al que acompañaban, entre otros, García de la Concha y Adolfo Cueto), que elogia la obra en la contracubierta: «Poemas reflexivos, de trascendencia filosófica, que ahondan de una manera muy personal en lo real. Un libro meditativo, muy bien construido en su tono y adjetivación, que justifica el premio recibido y la calidad de su autor.» Pero no nos adelantemos. Éste es, en rigor, su cuarto libro, aunque ya no aparezca en su bibliografía su ópera prima, 42, de 2004, que presentó uno en Plasencia, anterior a la existencia de este blog donde si han aparecido reseñas de los dos siguientes, La caja vacía y Baile de máscaras, que también presenté en su día en esta ciudad. Asistí a la de el libro que comentamos hoy, esta vez desde las sillas del público y con menos jaleo que la vez anterior. En la lectura que hizo, y por los comentarios de sus introductores, me di cuanta de que éste era el libro suyo que más iba a gustarme, algo que la serena lectura del mismo ha confirmado. No sé si está feo afirmar estas cosas, con todo, el salto cualitativo de esta entrega me impide celebrar otra cosa. ¿Madurez? No sé. Poesía, y de la buena, la única digna de tal nombre. Eso me basta. Tres partes: "Tesis", "Antítesis" y Síntesis", dan forma a un libro de carácter unitario que se abre, entre otras, con una cita de Darío: "Sabed ser lo que sois, / enigmas siendo formas". Sí, los epígrafes abundan y eso nos da una pista fiable de qué numerosas lecturas ha abordado Díez y cuáles son sus poetas, digamos, de cabecera. Al menos para este empeño, el más ambicioso de los suyos y el de resultados más incontestables. O eso creo. 
"El reflejo" es un perfecto primer poema. El origen. Un hombre ve su rostro reflejado en el agua. Le sigue "Prehistoria", una enumeración caótica que concluye: "Y todo / ¿Para cuándo, para qué? // Para no entender nada / todavía".
Estamos ante un cambio de registro. La voz de Díez es la misma y es otra. Más metafísica, serena, honda. Menos frívola y cantarina que fue. Se impone aquí lo meditativo. Y allí, aquí, las influencias (fluencias, diría César Nicolás) de Basilio sánchez, por ejemplo, uno de sus declarados maestros. Y no sólo. Podría decir el oriental Jesús Aguado o el hispanomexicano Tomás Segovia. Lo filosófico, el pensamiento filosófico más que la filosofía, se hacen su hueco en este poesía impecable en lo rítmico (de música le viene al galgo), escrita por alguien que conoce su oficio, que tiene por preocupación fundamental, como centro del asedio y del enigma, el hombre. El humanismo está en la base de su formación (no olvida al franciscano Padre Pacífico) y eso se nota. "Muchos son los caminos, pero cuál es el propio", se pregunta. Y en "Las apariencias leemos: "La realidad es otra / sin embargo". 
Juega, en el mismo sentido, con las paradojas; así, en "La elipsis". Más aún en lo que hay en la vida de perplejidad y de asombro, algo que clava en el poema "Extrañeza", una poética en toda regla y el ideario de una forma de vida. En otro sitio leemos: "A lo sumo el asombro, la memoria, la duda". No deja atrás otra preocupación capital: la de ver, mirar, como en "Visiones" que abre una cita de Auden: "La visión verdadera es la creencia". 
Versos bellísimos ("la memoria es un reino que calcula su ruina") se acompasan a un decir cercano a la verdad de lo hermoso: "Algo bello es un goce / perdurable, y es más: / no hay goce que perdure sin belleza". Sin perder de vista algo que menciona en una de las dedicatorias que se agrupan en las postreras "Acotaciones": "el ejemplo de la naturalidad". Ya que menciono las dedicatorias, buenos erá decir que casi todos los poemas del libros están ofrecidos a alguien y que Díez explica en cada caso el porqué. A uno le ha tocado "Razón no revelada", un poema con verso de Zagajewski y fondo conocido: el cementerio alemán de Yuste. Como en muchos de estos versos, lo leo y me reconozco. Afinidades electivas, que diría el otro. Confluencias, que diría yo. Y ya que lo menciono, leemos en "Episteme": "Todas estas palabras, / siendo ajenas a mí, siendo distintas / en carácter, esencia y resonancia, / confirman, en conjunto, / cuanto soy". A pesar de que en "El rencor" leamos: "Escribir: acto indócil", José Manuel Díez recurre a "Los versos como modo de explicarme". Es su destino.