24.9.20

Dos de Asturias

Hijos de la bonanza
Rocío Acebal Doval
Hiperión, Madrid, 2020. 70 páginas.
 
No es la primera vez que una mujer joven consigue el veterano premio Hiperión. Veinte años tenía Luisa Castro cuando lo ganó en su primera convocatoria, hace tres décadas y media, y uno menos la desaparecida Carmen Jodrá con Las moras agraces.
A diferencia de lo que ocurrió en su ópera prima, Memorias del mar (2016), una intensa historia de amor lésbico, aquí la firmeza prevalece. La dicción de Acebal (Oviedo, 1997), clásica, rítmica y endecasilábica, es aún más clara, como la línea de su principal mentor: Luis Alberto de Cuenca. La misma que secundan poetas asturianos como ella: Olay, Núñez…
De las tres partes que componen la obra, la primera me parece la más lograda. Como en otras poetas de su edad, el feminismo es asunto central. La condición femenina y la de pertenecer a una generación condenada a la crisis permanente (“la heroicidad es patria de los jóvenes”) y la revolución imposible (“Nuestra revolución: / estupidez con buenas intenciones”), marca el tenor de los poemas que no dejan de volver a la ochentera noción de “desencanto”. Al estado del malestar. A la política. Ella, “náufraga del progreso”, nacida “un instante / antes de la tormenta”, como otras compañeras “pequeño-burguesas” de viaje, sabe que, al cabo, “podremos resistir”. Entre contratos de prácticas, mudanzas y países. No es extraño que tenga “aversión a la palabra patria”, si bien aspire, paradójicamente, a una. A “un hogar”. La ironía es ley en esta poesía.
A coser, a las raíces, a “tiempos más simples” (de mujeres dominadas) le dedica poemas conseguidos, tal “No quiero tener hijas”. “La retirada” cierra un primer capítulo, ya se dijo, bien hilvanado.
La segunda parte, más sarcástica y divertida, reúne un puñado de versos que tienen a los alrededores de la poesía como tema: la crítica, la carrera literaria, los premios, las tertulias “de santones”, las entrevistas… “Arte poética”, el poema que la cierra, es sin duda certero. “¿Escribir un poema? Eso es la parte fácil”.
El amor es el eje de la última sección, acaso la más previsible. Amores recordados, perdidos, desamados, a distancia… Destacaría “Noche de ronda”.
Este libro sencillo y hasta complaciente, escrito con palabras (“No tengo nada más: la inútil vocación / de pensar y explicar lo que he pensado”), confirmaría el augurio de García Martín (protagonista de un poema): sí, Rocío Acebal ha entrado “con pie firme en el país de la literatura”.


Saltar la hoguera
Rodrigo Olay
Hiperión, Madrid, 2019. 74 páginas. 
 
Este es el tercer libro del asturiano (Noreña, 1989), premio “Jaén”. Con el primero, Cerrar los ojos para verte, ganó hace diez años el Asturias Joven y el segundo, La víspera, apareció en 2014. Al reseñarlo, dije: “Intuye uno que el tercero será, cómo no, otro libro”. No me equivocaba. Este poeta precoz pero debidamente leído y maduro, que bien podría formar parte de esa docta tradición tan española de los “poetas profesores”, mantiene un intenso equilibrio entre clasicismo, en su más amplio espectro, y novedad. Entiendo por tal su afán por dotar al lenguaje de la fuerza necesaria para afrontar el reto que la poesía exige, no un mero decir más. Por eso su virtuosismo, la variedad de uso de las distintas formas poéticas (del soneto al haiku), la sintaxis (un punto barroca: “en qué dónde la muerte va a clavársete”), la rima y la métrica (donde el encabalgamiento juega un papel fundamental), la intertextualidad y las constantes referencias a la literatura, se ponen a favor de un modo de decir que no deja de ser actual, claro y preciso. Con voluntad de estilo. Un juego serio. De su voz “desnuda y diáfana” habla Carlos Iglesias Díez en la contracubierta.
No oculta Olay, nunca lo ha hecho, sus débitos, que son al cabo homenajes. El ajedrez y Borges, por ejemplo. También podríamos nombrar, de los contemporáneos, a De Cuenca, D’Ors, Siles, González Iglesias y, sobre todo, a Juaristi, sin olvidar a Gil de Biedma.
Por lo demás, lo que narran los poemas de Olay tiene que ver con su vida (es un poeta autobiográfico: “Nada sabe de versos quien no fuera / capaz de desnudarse en el papel”) y con una sensible educación de la mirada. El niño de “2º B”, el muchacho del verano (“cuánto corre el pasado”), el hijo de “Rodrigo y Jovita” o el hermano de “Ángel y Martín”. Y el nieto (“mi abuela, a quien he echado / más de menos que a nadie nunca”). El viajero: Belfast, Burdeos, Ginebra, Mérida... El enamorado: “lo tengo todo: tú”. El lector y estudioso, como en “Desiderata” o “De vita philologica”: “diestros / en lo que ya no importa”, “como el don de sentirnos humanistas”. El de la “alegría de leer”.
No falta el dolor por “la situación incierta de la patria”, tan común ahora: “Rotos timón y quilla, ya el naufragio, / Meléndez, Moratín, Machado: / España”.

Nota: Las reseñas de los libros de Acebal y Olay se publicaron en El Cultural la pasada semana. 
Los títulos de las reseñas que aparecen en la página web no son míos. Con todo respeto, prefiero mantener los del libro en cuestión, sin más, como ocurre en el suplemento impreso en papel.