El director del diario Hoy, el placentino Pepo Orantos, me llamó aquí atrás para invitarme a participar en el foro 'Constitución y Estatuto de Autonomía', organizado por el periódico que dirige y la Junta de Extremadura. En representación de ésta, acudió la consejera de Hacienda y Administración Pública de la Junta de Extremadura, Elena Manzano, portavoz del gobierno autonómico. Por lo visto y escuchado, imaginaba que esta profesora de Derecho era una política apasionada, lo que demostró en su breve discurso en defensa de la Constitución, de la que estamos, ay, más necesitados que nunca.
El moderador del acto fue el profesor de Derecho Constitucional y vicedecano de la Facultad de Derecho, Gabriel Moreno, y se sentó uno en esa figurada mesa redonda junto al profesor Manuel Pecellín y los novelistas históricos Elena Álvarez y Jesús Sánchez Adalid.
Según costumbre, llevé escritas mis escuetas reflexiones sobre lo que el profesor Moreno nos propuso de antemano. Estas son. Precisaré que le segunda no la leí tal cual, sino que hice un resumen para ganar tiempo. Por cierto, quien lea lo que sigue podrá poner en contexto esa frase que destaca el o la periodista acerca de las obras que se crearon durante la Dictadura. Si eso es lo más destacable que uno dijo, apaga y vámonos.
1
-Tras casi cincuenta años de andadura democrática y
constitucional, ¿cómo valoran los avances que se han producido en España y en
Extremadura, y cuáles creen que son las principales conquistas y carencias?
Ángel Luis Prieto de Paula subtituló su antología Las
moradas del verbo «Poetas españoles de la Democracia». A esa generación
pertenezco y me honra muchísimo ese rótulo. Fuimos los primeros en publicar sus
libros en un régimen democrático después de décadas de dictadura. Ahora, «tras
casi cincuenta años de andadura democrática y constitucional», ejemplar
Transición mediante, se nos pregunta cómo valoramos «los avances que se han
producido en España y en Extremadura, y cuáles creen que son las principales conquistas
y carencias?». En cinco minutos…
Hay que partir de una base o premisa general: la de la
libertad, consagrada por la Constitución desde el mismo Preámbulo; en el caso
que nos ocupa ―el de la cultura―, la libertad de expresión. El derecho “a la
producción y creación literaria, artística, científica y técnica», como reza el
artículo 20, apartado b de esa ley fundamental del Estado.
Desaparecida la censura (aunque, como matiza Andrés
Trapiello, refiriéndose a la actualidad y al controvertido fenómeno woke,
«cuando hablamos de censura, hablamos de modos sutiles de cancelación, de
apartamiento»), desaparecida la censura, decía ―la franquista al menos―, el
escritor o el artista ya no tiene excusas ni puertas al campo para no pergeñar lo
que se le antoje y pueda, de la obra maestra al bodrio perfecto.
Yendo a lo general de nuevo, los avances son
incuestionables, si bien no progresivos ni necesariamente a mejor a lo largo de
todos estos años. Ha habido épocas mejores y peores. Fueron extraordinarios los
años 80 y 90, pongo por caso, y no creo que sean precisamente ejemplares los
últimos, con un proceso de apresuramiento y banalización justificado en el
«todo vale» y en el descrédito de la crítica que ha tenido y tiene como mejor
aliado a internet y las redes sociales, la «cultura fan» y el populismo,
con una nueva brecha abierta por la Inteligencia Artificial.
Centrándonos en «lo nuestro», cabe decir otro tanto. Si algo
trajo la Constitución democrática y después el Estatuto de Autonomía fue la normalización,
ese estar por fin en la hora de España (y de Europa y del mundo) abandonando
nuestro atraso secular y la tradicional incuria. A partir del surgimiento
cultural. Y digo «surgimiento» porque, a diferencia de lo que pasaba en el
panorama nacional ―durante la Dictadura se escribieron, pintaron o compusieron
obras dignas de elogio; por estos lares, pocas―, nosotros veníamos directamente
de un erial.
A consecuencia de ese esfuerzo colectivo de artistas y
escritores, hoy podemos presumir de un plantel de autores señeros en todos los
ámbitos artísticos con libros, cuadros o canciones que verifican su importancia
e instituciones que avalan también ese merecido orgullo; baste citar las
Fundaciones Helga de Alvear, Europea de Yuste u Ortega Muñoz o museos como el
MEIAC o el Vostell-Malpartida. Otro tanto cabe decir de la red de bibliotecas
públicas municipales, otro logro digno de mención, si bien no culminado, pues a
la imprescindible construcción de los edificios no le siguió siempre la
contratación de bibliotecarios. Una carencia a la que habría que sumar la de
los bajos índices de lectura, ya que seguimos a la cola de los del país a pesar
de contar con un Plan de Fomento desde hace más de veinte años.
Cabe destacar que, en Extremadura, tanto los «de dentro» (por
fin una generación entera se quedó aquí) como los «de fuera» (la emigración
intelectual, esa constante histórica), han convivido lejos de la polarización
política; así, pongo por caso, el monárquico y conservador Santiago Castelo
trabajó codo con codo con el republicano y comunista Ángel Campos Pámpano sin
que ello supusiera problema alguno. El fin ―la redención cultural de esta
tierra― justificaba esa actitud respetuosa.
Con todo, si hay una institución que represente mejor que
ninguna el espíritu de nuestro Estatuto ―en lo relativo a esta materia―, ésa es
la Editora Regional de Extremadura ―mucho más que un sello público―, eje
central de la política cultural extremeña. Fue, junto al Museo de Arte
Contemporáneo Helga de Alvear y al escritor Luis Landero, uno de los hitos que
señalé a Sergio Vila-Sanjuán, responsable de cultura del diario La
Vanguardia, cuando me pidió los tres más importantes de Extremadura para
ser reseñados en su libro Cultura española en democracia. Una crónica
breve de 50 años (1975-2024), publicado por la editorial Destino.
El catálogo de la Editora, cuarenta años le contemplan, se
adapta a la perfección al Artículo 7 del Estatuto, en concreto a sus puntos
segundo, décimo y decimonoveno. Porque, fomenta «los valores de los extremeños
y el afianzamiento de su identidad a través de la investigación, desarrollo y
difusión de los rasgos sociales, históricos, lingüísticos y culturales de
Extremadura en toda su variedad y extensión, con especial atención al rico
patrimonio de las formas tradicionales de la vida de los pueblos, en un marco
irrenunciable de pleno desarrollo socioeconómico rural». Porque considera «un
objetivo irrenunciable la masiva difusión de la cultura en su sentido más
amplio y un acceso igualitario de los extremeños a la información y a los
bienes y servicios culturales» y vela «por la conservación de los bienes del
patrimonio cultural, histórico y artístico». Porque, en fin, impulsa las «relaciones
con Portugal» y fomenta «las relaciones […] con los pueblos e instituciones de
la comunidad iberoamericana de naciones». A través de los libros, sí. No creo
que haya un instrumento mejor.
2
-La Constitución, en su artículo 44, y el artículo 7 del
Estatuto de Autonomía de Extremadura, establecen que los poderes públicos,
tanto estatales como autonómicos, promoverán e impulsarán la cultura y su
acceso, a los que todos tenemos derecho. Como escritores, ¿cómo valoran la
vigencia de este derecho y qué creen que puede mejorarse, desde las
instituciones y desde las políticas públicas, para potenciar la cultura?
La implicación de la Administración (Junta de Extremadura,
Diputaciones provinciales, Ayuntamientos, etc.) ha sido sustancial para
conseguir el desarrollo cultural alcanzado. En literatura, ni la Asociación de
Escritores ni la Unión de Bibliófilos, por mencionar sólo a dos entidades,
podrían haber sobrevivido sin subvenciones del erario. Otro tanto cabe decir de
la Real Academia de Extremadura.
Por suerte, esa colaboración entre las instituciones
públicas y la sociedad civil, representada en este caso por escritores y
artistas, no ha sido intrusiva, sino respetuosa, al menos en lo que atañe a mi
experiencia, tanto como autor como en mi eventual condición de gestor. Más natural,
diría, con el largo gobierno de Rodríguez Ibarra (el que puso las bases de los
mejores logros, los propiciados en buena medida por un consejero excepcional:
Paco Muñoz), que con la de Fernández Vara (normal en un hombre con menos
sensibilidad cultural). De la etapa de Monago poco cabe decir, por su grisura.
Instauró los Premios Ceres, tan costosos como efímeros, y poco más. Un afán por
el relumbrón que a veces deslumbra a los políticos, como ha ocurrido en el
reciente caso de la Bienal de Novela Vargas Llosa. Con todo, de la actual
administración, tan efímera, es pronto para opinar, aunque no es poco que la
Editora Regional se haya mantenido muy activa y en buenas manos.: la de su
director, Antonio Girol, y su Jefa de Servicio, alma de esa casa, María José
Hernández.
Ya que se ha mencionado, sin las ayudas al teatro, empezando
por el Festival de Mérida, éste no existiría en la región desde hace tiempo, lo
mismo que los conciertos de música, poco importa si culta (con y sin variación
operística) o popular.
Las becas y las ayudas ―a creadores o a galerías de arte y
editoriales― demuestran que se ha hecho efectiva esa promoción e impulso al
derecho a la cultura, pero también ponen de manifiesto las penurias de la
iniciativa privada, en lo que al arte y la literatura se refiere, prácticamente
inexistentes. De nuestra proverbial pobreza dan fe esas parvedades. Razón de
más para que los poderes públicos promuevan e impulsen la cultura.
La preocupación por la igualdad se traslada al género, sí,
y, además, al medio, siendo el rural tan importante en Extremadura. A «la
equidad social y la cultura», como valor esencial, se refería Felipe González
en el discurso pronunciado en el Palacio Real con motivo de su reciente ingreso
en la Orden del Toisón de Oro.
En lo que concierne a las mejoras, propondría incrementar
los presupuestos de Cultura y no cejar en el empeño de incentivar la creación.
A efectos prácticos, esto es, económicos, ninguna imagen mejor para esta
tierra, tan visitada por su patrimonio monumental y paisajístico, que la que
refleja la cultura viva de hombres y mujeres empeñados en acabar de una vez por
todas con el sambenito de la inveterada catetez.
Y ya que menciono la palabra, una vez desaparecidos los
Extremadura a la Creación, creo que mereceríamos unos premios que, como en el
resto de Comunidades (debemos ser los únicos que no los tienen), honren a los
escritores y artistas. Llámense Premio de las Letras, de las Artes o de la
Crítica. A obras, por supuesto, ya realizadas y con el correspondiente marchamo
de rigor y excelencia.
Sí hay algo, y termino, que me preocupa, en lo que afecta al
apoyo «desde las instituciones y desde las políticas públicas», es lo del estremeñu
o castúo, ese invento lingüístico que algunos, y desde instancias
superiores y ámbitos parlamentarios, empiezan a denominar con una frivolidad
llamativa lengua o idioma.
NOTA: La fotografía es de JM Romero.

