29.11.25

En el Parador de Mérida


El director del diario Hoy, el placentino Pepo Orantos, me llamó aquí atrás para invitarme a participar en el foro 'Constitución y Estatuto de Autonomía', organizado por el periódico que dirige y la Junta de Extremadura. En representación de ésta, acudió la consejera de Hacienda y Administración Pública de la Junta de Extremadura, Elena Manzano, portavoz del gobierno autonómico. Por lo visto y escuchado, imaginaba que esta profesora de Derecho era una política apasionada, lo que demostró en su breve discurso en defensa de la Constitución, de la que estamos, ay, más necesitados que nunca.
El moderador del acto fue el profesor de Derecho Constitucional y vicedecano de la Facultad de Derecho, Gabriel Moreno, y se sentó uno en esa figurada mesa redonda junto al profesor Manuel Pecellín y los novelistas históricos Elena Álvarez y Jesús Sánchez Adalid. 
Según costumbre, llevé escritas mis escuetas reflexiones sobre lo que el profesor Moreno nos propuso de antemano. Estas son. Precisaré que le segunda no la leí tal cual, sino que hice un resumen para ganar tiempo. Por cierto, quien lea lo que sigue podrá poner en contexto esa frase que destaca el o la periodista acerca de las obras que se crearon durante la Dictadura. Si eso es lo más destacable que uno dijo, apaga y vámonos. 
 
1
 
-Tras casi cincuenta años de andadura democrática y constitucional, ¿cómo valoran los avances que se han producido en España y en Extremadura, y cuáles creen que son las principales conquistas y carencias?
 
Ángel Luis Prieto de Paula subtituló su antología Las moradas del verbo «Poetas españoles de la Democracia». A esa generación pertenezco y me honra muchísimo ese rótulo. Fuimos los primeros en publicar sus libros en un régimen democrático después de décadas de dictadura. Ahora, «tras casi cincuenta años de andadura democrática y constitucional», ejemplar Transición mediante, se nos pregunta cómo valoramos «los avances que se han producido en España y en Extremadura, y cuáles creen que son las principales conquistas y carencias?». En cinco minutos…
Hay que partir de una base o premisa general: la de la libertad, consagrada por la Constitución desde el mismo Preámbulo; en el caso que nos ocupa ―el de la cultura―, la libertad de expresión. El derecho “a la producción y creación literaria, artística, científica y técnica», como reza el artículo 20, apartado b de esa ley fundamental del Estado.
Desaparecida la censura (aunque, como matiza Andrés Trapiello, refiriéndose a la actualidad y al controvertido fenómeno woke, «cuando hablamos de censura, hablamos de modos sutiles de cancelación, de apartamiento»), desaparecida la censura, decía ―la franquista al menos―, el escritor o el artista ya no tiene excusas ni puertas al campo para no pergeñar lo que se le antoje y pueda, de la obra maestra al bodrio perfecto.
Yendo a lo general de nuevo, los avances son incuestionables, si bien no progresivos ni necesariamente a mejor a lo largo de todos estos años. Ha habido épocas mejores y peores. Fueron extraordinarios los años 80 y 90, pongo por caso, y no creo que sean precisamente ejemplares los últimos, con un proceso de apresuramiento y banalización justificado en el «todo vale» y en el descrédito de la crítica que ha tenido y tiene como mejor aliado a internet y las redes sociales, la «cultura fan» y el populismo, con una nueva brecha abierta por la Inteligencia Artificial.
Centrándonos en «lo nuestro», cabe decir otro tanto. Si algo trajo la Constitución democrática y después el Estatuto de Autonomía fue la normalización, ese estar por fin en la hora de España (y de Europa y del mundo) abandonando nuestro atraso secular y la tradicional incuria. A partir del surgimiento cultural. Y digo «surgimiento» porque, a diferencia de lo que pasaba en el panorama nacional ―durante la Dictadura se escribieron, pintaron o compusieron obras dignas de elogio; por estos lares, pocas―, nosotros veníamos directamente de un erial.
A consecuencia de ese esfuerzo colectivo de artistas y escritores, hoy podemos presumir de un plantel de autores señeros en todos los ámbitos artísticos con libros, cuadros o canciones que verifican su importancia e instituciones que avalan también ese merecido orgullo; baste citar las Fundaciones Helga de Alvear, Europea de Yuste u Ortega Muñoz o museos como el MEIAC o el Vostell-Malpartida. Otro tanto cabe decir de la red de bibliotecas públicas municipales, otro logro digno de mención, si bien no culminado, pues a la imprescindible construcción de los edificios no le siguió siempre la contratación de bibliotecarios. Una carencia a la que habría que sumar la de los bajos índices de lectura, ya que seguimos a la cola de los del país a pesar de contar con un Plan de Fomento desde hace más de veinte años. 
Cabe destacar que, en Extremadura, tanto los «de dentro» (por fin una generación entera se quedó aquí) como los «de fuera» (la emigración intelectual, esa constante histórica), han convivido lejos de la polarización política; así, pongo por caso, el monárquico y conservador Santiago Castelo trabajó codo con codo con el republicano y comunista Ángel Campos Pámpano sin que ello supusiera problema alguno. El fin ―la redención cultural de esta tierra― justificaba esa actitud respetuosa.
Con todo, si hay una institución que represente mejor que ninguna el espíritu de nuestro Estatuto ―en lo relativo a esta materia―, ésa es la Editora Regional de Extremadura ―mucho más que un sello público―, eje central de la política cultural extremeña. Fue, junto al Museo de Arte Contemporáneo Helga de Alvear y al escritor Luis Landero, uno de los hitos que señalé a Sergio Vila-Sanjuán, responsable de cultura del diario La Vanguardia, cuando me pidió los tres más importantes de Extremadura para ser reseñados en su libro Cultura española en democracia. Una crónica breve de 50 años (1975-2024), publicado por la editorial Destino.
El catálogo de la Editora, cuarenta años le contemplan, se adapta a la perfección al Artículo 7 del Estatuto, en concreto a sus puntos segundo, décimo y decimonoveno. Porque, fomenta «los valores de los extremeños y el afianzamiento de su identidad a través de la investigación, desarrollo y difusión de los rasgos sociales, históricos, lingüísticos y culturales de Extremadura en toda su variedad y extensión, con especial atención al rico patrimonio de las formas tradicionales de la vida de los pueblos, en un marco irrenunciable de pleno desarrollo socioeconómico rural». Porque considera «un objetivo irrenunciable la masiva difusión de la cultura en su sentido más amplio y un acceso igualitario de los extremeños a la información y a los bienes y servicios culturales» y vela «por la conservación de los bienes del patrimonio cultural, histórico y artístico». Porque, en fin, impulsa las «relaciones con Portugal» y fomenta «las relaciones […] con los pueblos e instituciones de la comunidad iberoamericana de naciones». A través de los libros, sí. No creo que haya un instrumento mejor.
 
 
2
 
-La Constitución, en su artículo 44, y el artículo 7 del Estatuto de Autonomía de Extremadura, establecen que los poderes públicos, tanto estatales como autonómicos, promoverán e impulsarán la cultura y su acceso, a los que todos tenemos derecho. Como escritores, ¿cómo valoran la vigencia de este derecho y qué creen que puede mejorarse, desde las instituciones y desde las políticas públicas, para potenciar la cultura?
 
La implicación de la Administración (Junta de Extremadura, Diputaciones provinciales, Ayuntamientos, etc.) ha sido sustancial para conseguir el desarrollo cultural alcanzado. En literatura, ni la Asociación de Escritores ni la Unión de Bibliófilos, por mencionar sólo a dos entidades, podrían haber sobrevivido sin subvenciones del erario. Otro tanto cabe decir de la Real Academia de Extremadura.
Por suerte, esa colaboración entre las instituciones públicas y la sociedad civil, representada en este caso por escritores y artistas, no ha sido intrusiva, sino respetuosa, al menos en lo que atañe a mi experiencia, tanto como autor como en mi eventual condición de gestor. Más natural, diría, con el largo gobierno de Rodríguez Ibarra (el que puso las bases de los mejores logros, los propiciados en buena medida por un consejero excepcional: Paco Muñoz), que con la de Fernández Vara (normal en un hombre con menos sensibilidad cultural). De la etapa de Monago poco cabe decir, por su grisura. Instauró los Premios Ceres, tan costosos como efímeros, y poco más. Un afán por el relumbrón que a veces deslumbra a los políticos, como ha ocurrido en el reciente caso de la Bienal de Novela Vargas Llosa. Con todo, de la actual administración, tan efímera, es pronto para opinar, aunque no es poco que la Editora Regional se haya mantenido muy activa y en buenas manos.: la de su director, Antonio Girol, y su Jefa de Servicio, alma de esa casa, María José Hernández.
Ya que se ha mencionado, sin las ayudas al teatro, empezando por el Festival de Mérida, éste no existiría en la región desde hace tiempo, lo mismo que los conciertos de música, poco importa si culta (con y sin variación operística) o popular.
Las becas y las ayudas ―a creadores o a galerías de arte y editoriales― demuestran que se ha hecho efectiva esa promoción e impulso al derecho a la cultura, pero también ponen de manifiesto las penurias de la iniciativa privada, en lo que al arte y la literatura se refiere, prácticamente inexistentes. De nuestra proverbial pobreza dan fe esas parvedades. Razón de más para que los poderes públicos promuevan e impulsen la cultura.
La preocupación por la igualdad se traslada al género, sí, y, además, al medio, siendo el rural tan importante en Extremadura. A «la equidad social y la cultura», como valor esencial, se refería Felipe González en el discurso pronunciado en el Palacio Real con motivo de su reciente ingreso en la Orden del Toisón de Oro.
En lo que concierne a las mejoras, propondría incrementar los presupuestos de Cultura y no cejar en el empeño de incentivar la creación. A efectos prácticos, esto es, económicos, ninguna imagen mejor para esta tierra, tan visitada por su patrimonio monumental y paisajístico, que la que refleja la cultura viva de hombres y mujeres empeñados en acabar de una vez por todas con el sambenito de la inveterada catetez.
Y ya que menciono la palabra, una vez desaparecidos los Extremadura a la Creación, creo que mereceríamos unos premios que, como en el resto de Comunidades (debemos ser los únicos que no los tienen), honren a los escritores y artistas. Llámense Premio de las Letras, de las Artes o de la Crítica. A obras, por supuesto, ya realizadas y con el correspondiente marchamo de rigor y excelencia.
Sí hay algo, y termino, que me preocupa, en lo que afecta al apoyo «desde las instituciones y desde las políticas públicas», es lo del estremeñu o castúo, ese invento lingüístico que algunos, y desde instancias superiores y ámbitos parlamentarios, empiezan a denominar con una frivolidad llamativa lengua o idioma.

NOTA: La fotografía es de JM Romero.