22.4.26

Carta de Cáceres


Con el tiempo le ha ido perdiendo uno afición a las crónicas de pequeños actos públicos en los que participo, tanto da que como espectador, acompañante e incluso protagonista. Un "Iré a tu blog, que comentarás lo de ayer", leído en un mensaje tempranero de Pureza Canelo, y una pregunta al respecto de Carlos Medrano, que ayer mismo se interesaba por el esperado relato, me ha activado de nuevo. Y sí, el pasado jueves estuvimos en Cáceres, en el salón de la Biblioteca Pública del Estado (gracias por la hospitalidad, Teresa), para presentar Territorio. Poesía reunida (1985-2025)
Tomaron la palabra, además de Jesús María Gómez y Flores (Norbanova organizó la velada, siempre al quite, siempre ahí), Irene Sánchez Carrón y Miguel Ángel Lama. Es conveniente ir bien escoltado a estas ceremonias literarias, por personas que conocen bien lo que lo que has hecho y con la debida solvencia para explicarlo. Si de paso valoran positivamente eso, mejor aún. 
Lama ejerció, como estaba previsto, de filólogo y, con la debida naturalidad, de profesor universitario, que es lo que es, como se dice ahora. Sus incisivos comentarios, sus fundamentadas pesquisas y sus puntualizaciones memorialísticas justificaron de sobra su presencia. Por otra parte, fue el verdadero impulsor de esa velada. Me conoce bien, y lo que he escrito. Nunca, eso sí, dejan de sorprenderme sus hallazgos y reflexiones. 
Irene recurrió también a la memoria y de su mano nos fuimos a mi lectura pacense en el Aula Díez Canedo, a la que ella asistió siendo muy joven. Sus evocaciones, su punto de vista sobre cómo uno es (siempre se agradece esa visión "desde fuera") y, en suma, su lectura ratificaron que hice muy bien en contar con ella. No en vano compartimos territorio. Encontrar un poema inédito suyo, "Dolor", en el último número la revista Anáfora, me anima a creer que por fin nos dará pronto un nuevo libro.
Tras leer una página que iba a ir en la edición del libro y que al final dejé fuera (en parte me arrepiento), la del capítulo de los agradecimientos (no se llega solo a ningún sitio), iniciamos una conversación. Fue larga (dentro de lo que cabe), pero como es lógico muchas cosas se quedaron fuera. O se comentaron y luego no pudieron desarrollarse del todo. Nos centramos en la edición del volumen y en las decisiones que tuve que tomar y en el porqué de las mismas. Para terminar, leí un puñado de poemas, casi todos de asunto cacereño o relacionados con esa ciudad donde uno empezó a pergeñar versos, donde estudié y trabajé. La natal de mis nietas, que también acudieron. Sólo un ratino, lo justo para que al abuelo se le cayera la baba.  
Lo mejor es que lo pasamos bien, y hasta nos reímos. La solemnidad no es lo mío. Lo nuestro. Nada como prescindir de la cara de presentación, la que aparece indefectiblemente en las fotografías de este tipo de actos, reflejada en los rostros de los asistentes. Al parecer grabaron lo que dijimos. Demostrará ese registro que no miento. 
Estuve muy bien acompañado en la mesa, ya se dijo, y en la sala. Cada vez es más difícil reunir a un grupo de personas en torno a un libro. No fue el caso. 
Al fondo, una vez más, con su puesto ambulante de libros, Antonio, de El Buscón. Gracias. Firmé unos cuántos ejemplares. Ojalá eso compensara la visita. Sentados, los demás. Amigos, conocidos, saludados... De la familia -además de Yolanda, Leticia y Carlitos-, mi prima Saluqui. Y lectores, que es lo que importa. O escuchantes, que también. Cuenta cada presencia y pierden valor las ausencias, justificadas algunas. Todos tenemos nuestro corazoncito, sí, y algunas fueron llamativas, pero... Jeremiadas, las justas, y por eso, ninguna. Allá cada cual. Como tituló Cristina Núñez en el HOY: "En esto de la poesía el que no se empeñe en ser humilde es un loco". Y por cuerdo me tengo. Ya lo dijo Mendoza el otro día en Babelia: “La vanidad es el enemigo: una forma de llegar a necio dando un rodeo”. 
Tomamos después algo en el Zeppelin (Malama, Bernal, Irene, su encantadora hija, Joaquín Paredes y Yolanda) y vuelta a casa. El problema, ya allí, fue dormir.

(Nota: la fotografía de de Jorge Rey para el diario HOY.)