25.6.26

Dionisio López lee "Territorio"


La gota que horada la piedra

«Somos unas pocas líneas. En eso queda nuestra vida», me dijo Brines, no hace tanto, mientras miraba mi ejemplar negro y dorado que guarda su poesía. Seiscientas páginas. Eso es Brines, según su propia definición. Todos hemos sentido ese vértigo al sujetar la obra de un poeta: quinientas, ochocientas páginas… Toda una vida de reflexión, de mirada, de silencio, sostenida en una mano (“Entre verso y pespunte, / se nos va la existencia.”). Y, además, ¿cuántos de esos versos sobrevivirán al naufragio del tiempo? La mayoría de los poetas firmaría —sospecho— un pacto para que uno de sus versos calara en el alma de la Historia. Sólo un verso, recuperado como una tesela griega, justificaría una vida entregada a este arte extraño. Teselas, quizás, como “Tiene la muerte una medida exacta”. Todo eso se me viene a la memoria al contemplar Territorio, el hermoso libro —negro y dorado— que limpia y fija la obra de Álvaro Valverde.
Cualquier idea luminosa, una vez formulada, nos resulta sencilla. Eso ocurre con el título, que nos revela algo evidente: lo que un poeta construye a lo largo de su vida, verso a verso, es un territorio y recorrerlo es habitar al propio autor. Así la obra. Así la vida: “Las arrugas que cruzan por tu cara / son las líneas del mapa de tu vida”. Toda la escritura de Valverde parece buscar ese trazado: “Reconstruir las ruinas del viejo laberinto / es labor de una vida”. Se habla mucho de los espacios, reales o imaginarios, de los narradores, pero no ocurre con la lírica, salvo que el propio poemario lo subraye. En Valverde, esa conciencia espacial vertebra la obra.
No es anecdótica la circularidad de denominar al conjunto con el título de su primer libro. Sorprende la cerrada coherencia en una trayectoria, a la que incluso podríamos sumar, sin esfuerzo, su narrativa. Cuesta trabajo encontrar ejemplos similares en poetas de obra extensa. Como las aguas de un río —el Jerte, pongamos por caso— las corrientes se ensanchan, se contraen, hay remolinos, alguna bifurcación… pero no deja de ser la misma agua en la que el yo se baña, contradiciendo, sólo en parte, a Heráclito: “Yo sería en sus aguas siempre otro y el mismo”.
Esa sensación de conjunto bien ensamblado se refuerza con el juego de ecos internos: títulos que se adelantan o reaparecen —“Más allá, Tánger” en Desde afuera, “El reino oscuro” en Una oculta razón, “Ensayando círculos” en A debida distancia…—, motivos que migran de un libro a otro, como si todo estuviera ya previsto desde aquel “Hojas de acanto y rosas” que abandera esta vida poética.
Resulta llamativo cómo desde las primeras obras se percibe una mirada adulta sobre el mundo. Lo vemos, por ejemplo, en el texto que abre Una oculta razón donde advertimos una voz casi crepuscular que hace balance de su vida —“ese ser que yo he sido”—, como si el poeta escribiera siempre desde una conciencia de término, desde una serenidad que no excluye la melancolía.
Hay temas recurrentes, obsesivos, en los que se insiste sin pudor como una estalagmita: el rostro observado que nos mira (“Me veo en ese rostro que aquí cerca me mira”); las escenas hopperianas de habitaciones de hotel (“He soñado en hoteles coloniales y blancos”); los paseantes solitarios (“paseantes sin rumbo”) que no dejamos de ver como el desdoblamiento del propio yo. Estos motivos amplían sustancialmente la identificación que en ocasiones se ha hecho del autor como alguien pegado al paisaje natural, sin negar, evidentemente, la presencia de los espacios biográficos valverdianos: Plasencia, el célebre molino, Yuste, “encinas y dehesa”, las murallas, el agua en sus múltiples variantes —“de ríos, de gargantas y de fuentes”—. Conviene señalar, que esos territorios naturales —y también esa hibridez entre la naturaleza, el hombre y el tiempo, que son las ruinas— no aparecen como postal, sino, en muchas ocasiones, como autorretrato del yo poético: “Esa hiedra aferrada a la corteza […] Esa lenta luz que dora apenas […] soy yo mismo / cansado del invierno”. Autorretrato y también actualización no buscada de los clásicos locus amoenus y beatus ille.
Hay un cosmopolitismo rotundo en la obra de Valverde. Lo demuestran las innumerables ciudades que recorren este Territorio, algunas visitadas con detenimiento —Tánger, Sofía, Ginebra…— otras apenas rozadas en un apunte. La meditación parte de esos espacios concretos —históricos, físicos— para elevarse hacia una reflexión sobre la memoria y la existencia. El paisaje no es decorado, sino correlato moral.
Ese mismo impulso se advierte en las múltiples referencias al cine, la fotografía o personajes de la cultura contemporánea —el fotógrafo Bernard Plossu, el arquitecto Luis Barragán…— que, con elegante equilibrio, conviven con otros más remotos —el ya cuacareño Carlos V (“abatido entre escombros / como un viejo reino”); el emir Sidi Ali Ben Rasid fundador de Chefchauen (“levanté una ciudad / como la tuya”)—. Todo ello configura un mapa donde lo local y lo universal, lo íntimo y lo histórico, dialogan sin estridencias: un territorio donde la experiencia personal se reconoce en la historia y la cultura, y donde cada lugar —real o simbólico— amplía el radio moral del poema.
Hay en Valverde una constante elegíaca que nunca desemboca en patetismo. Su estilo —aparentemente transparente— descansa sobre una arquitectura moral firme. No hay alardes retóricos ni desbordamientos verbales; la música es baja, casi conversacional, pero sostenida por un pulso clásico que otorga gravedad a lo dicho. El lenguaje coloquial se integra con naturalidad sin quebrar la tensión interior del poema.
Quinientas páginas y casi tres décadas separan el poema “La sombra fugitiva” de “Aquél” y, sin embargo, no es difícil imaginarlos como un único texto partido por un limpio territorio de cientos de versos y tiempo. Ambos poemas —el segundo de un libro inicial y el que cierra uno de madurez— enmarcan una obra asentada en la coherencia y la fidelidad a una misma mirada: una escritura que avanza sin estridencias (con “el esfuerzo del remero” y “la paciente mirada que no olvida”), pero con una obstinada lealtad a sus propios temas, ritmos y obsesiones. Como el agua de una garganta. Como la gota que horada la piedra.

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 159 de la revista Turia