La gota que horada la piedra
«Somos unas pocas líneas.
En eso queda nuestra vida», me dijo Brines, no hace tanto, mientras miraba mi ejemplar
negro y dorado que guarda su poesía. Seiscientas páginas. Eso es Brines, según
su propia definición. Todos hemos sentido ese vértigo al sujetar la obra de un
poeta: quinientas, ochocientas páginas… Toda una vida de reflexión, de mirada,
de silencio, sostenida en una mano (“Entre verso y pespunte, / se nos va la
existencia.”). Y, además, ¿cuántos de esos versos sobrevivirán al naufragio
del tiempo? La mayoría de los poetas firmaría —sospecho— un pacto para que uno
de sus versos calara en el alma de la Historia. Sólo un verso, recuperado como
una tesela griega, justificaría una vida entregada a este arte extraño.
Teselas, quizás, como “Tiene la muerte una medida exacta”. Todo eso se
me viene a la memoria al contemplar Territorio, el hermoso libro —negro
y dorado— que limpia y fija la obra de Álvaro Valverde.
Cualquier idea luminosa, una vez formulada, nos
resulta sencilla. Eso ocurre con el título, que nos revela algo evidente: lo
que un poeta construye a lo largo de su vida, verso a verso, es un territorio y
recorrerlo es habitar al propio autor. Así la obra. Así la vida: “Las
arrugas que cruzan por tu cara / son las líneas del mapa de tu vida”. Toda
la escritura de Valverde parece buscar ese trazado: “Reconstruir las ruinas
del viejo laberinto / es labor de una vida”. Se habla mucho de los
espacios, reales o imaginarios, de los narradores, pero no ocurre con la
lírica, salvo que el propio poemario lo subraye. En Valverde, esa conciencia
espacial vertebra la obra.
No es anecdótica la circularidad de denominar al
conjunto con el título de su primer libro. Sorprende la cerrada coherencia en
una trayectoria, a la que incluso podríamos sumar, sin esfuerzo, su narrativa.
Cuesta trabajo encontrar ejemplos similares en poetas de obra extensa. Como las
aguas de un río —el Jerte, pongamos por caso— las corrientes se ensanchan, se
contraen, hay remolinos, alguna bifurcación… pero no deja de ser la misma agua
en la que el yo se baña, contradiciendo, sólo en parte, a Heráclito: “Yo
sería en sus aguas siempre otro y el mismo”.
Esa sensación de conjunto bien ensamblado se
refuerza con el juego de ecos internos: títulos que se adelantan o reaparecen
—“Más allá, Tánger” en Desde afuera, “El reino oscuro” en Una
oculta razón, “Ensayando círculos” en A debida distancia…—, motivos
que migran de un libro a otro, como si todo estuviera ya previsto desde aquel
“Hojas de acanto y rosas” que abandera esta vida poética.
Resulta llamativo cómo desde las primeras obras
se percibe una mirada adulta sobre el mundo. Lo vemos, por ejemplo, en el texto
que abre Una oculta razón donde advertimos una voz casi crepuscular que
hace balance de su vida —“ese ser que yo he sido”—, como si el poeta
escribiera siempre desde una conciencia de término, desde una serenidad que no
excluye la melancolía.
Hay temas recurrentes, obsesivos, en los que se
insiste sin pudor como una estalagmita: el rostro observado que nos mira (“Me
veo en ese rostro que aquí cerca me mira”); las escenas hopperianas de
habitaciones de hotel (“He soñado en hoteles coloniales y blancos”); los
paseantes solitarios (“paseantes sin rumbo”) que no dejamos de ver como
el desdoblamiento del propio yo. Estos motivos amplían sustancialmente la
identificación que en ocasiones se ha hecho del autor como alguien pegado al
paisaje natural, sin negar, evidentemente, la presencia de los espacios
biográficos valverdianos: Plasencia, el célebre molino, Yuste, “encinas y
dehesa”, las murallas, el agua en sus múltiples variantes —“de ríos, de
gargantas y de fuentes”—. Conviene señalar, que esos territorios naturales
—y también esa hibridez entre la naturaleza, el hombre y el tiempo, que son las
ruinas— no aparecen como postal, sino, en muchas ocasiones, como autorretrato
del yo poético: “Esa hiedra aferrada a la corteza […] Esa lenta luz que dora
apenas […] soy yo mismo / cansado del invierno”. Autorretrato y también
actualización no buscada de los clásicos locus amoenus y beatus ille.
Hay un cosmopolitismo rotundo en la obra de
Valverde. Lo demuestran las innumerables ciudades que recorren este Territorio,
algunas visitadas con detenimiento —Tánger, Sofía, Ginebra…— otras apenas
rozadas en un apunte. La meditación parte de esos espacios concretos
—históricos, físicos— para elevarse hacia una reflexión sobre la memoria y la
existencia. El paisaje no es decorado, sino correlato moral.
Ese mismo impulso se advierte en las múltiples
referencias al cine, la fotografía o personajes de la cultura contemporánea —el
fotógrafo Bernard Plossu, el arquitecto Luis Barragán…— que, con elegante
equilibrio, conviven con otros más remotos —el ya cuacareño Carlos V (“abatido
entre escombros / como un viejo reino”); el emir Sidi Ali Ben Rasid
fundador de Chefchauen (“levanté una ciudad / como la tuya”)—. Todo ello
configura un mapa donde lo local y lo universal, lo íntimo y lo histórico,
dialogan sin estridencias: un territorio donde la experiencia personal se
reconoce en la historia y la cultura, y donde cada lugar —real o simbólico—
amplía el radio moral del poema.
Hay en Valverde una constante elegíaca que nunca
desemboca en patetismo. Su estilo —aparentemente transparente— descansa sobre
una arquitectura moral firme. No hay alardes retóricos ni desbordamientos
verbales; la música es baja, casi conversacional, pero sostenida por un pulso
clásico que otorga gravedad a lo dicho. El lenguaje coloquial se integra con
naturalidad sin quebrar la tensión interior del poema.
Quinientas páginas y casi tres décadas separan el
poema “La sombra fugitiva” de “Aquél” y, sin embargo, no es difícil imaginarlos
como un único texto partido por un limpio territorio de cientos de versos y
tiempo. Ambos poemas —el segundo de un libro inicial y el que cierra uno de
madurez— enmarcan una obra asentada en la coherencia y la fidelidad a una misma
mirada: una escritura que avanza sin estridencias (con “el esfuerzo del
remero” y “la paciente mirada que no olvida”), pero con una
obstinada lealtad a sus propios temas, ritmos y obsesiones. Como el agua de una garganta. Como la gota que horada la piedra.
Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 159 de la revista Turia.
