6.9.16

La poesía de Rey

Si tuviera que elegir un adjetivo que calificara la poesía de José Luis Rey (Puente Genil, Córdoba, 1973) optaría por "desconcertante". Sí, la suya, vista en conjunto, es una poesía que perturba, aunque no le falte, ah paradoja, orden y concierto. Y lo digo porque estamos ante eso que, sin exagerar, podemos definir como obra. Por lo ambicioso de la apuesta y, lo que de verdad importa, por los logros, ya abundantes, conseguidos. Así, sus libros La luz y la palabra, La familia nórdica (Premio Gil de Biedma), Volcán vocabulario (La luz y la palabra II), Barroco (Premio Loewe) y La visiones (Premio Tiflos), todos publicados por Visor, Convendría añadir dos datos más para fijar esta opinión acerca de la envergadura del empeño: la reunión de sus reseñas en Los eruditos tienen miedo (Espíritu y lenguaje en poesía) (La Isla de Siltolá), donde al hablar de otros establece su canon al tiempo que esboza su particular poética, y la notable osadía de verter al español la poesía completa de Emily Dickinson (traducción que no mencioné en mi reciente comentario sobre la antología de la poeta norteamericana aparecida en Renacimiento porque la desconozco). Lo de Rey, en suma, no son las distancias cortas.
Llega ahora La fruta de los mudos (con otro premio bajo el brazo y también chez Visor: el Ciudad de Melilla y un título, cómo no, sorprendente) donde a mi modo de leer cristaliza su manera de decir, a todas luces singular dentro del panorama de la poesía española de esta época. 
Sólo el primer, extenso poema, "La Hansa" (que toma a esa asociación mercantil del norte de Europa en la Baja Edad Media "como el símbolo de la solidaridad humana contra la muerte"), bastaría para justificar la edición del libro. Y para demostrar, de paso, lo que digo acerca del desconcierto. Ya ahí se ve de sobra que la de Rey es una poesía culta, discursiva, inspirada, cercana al surrealismo (por imaginativa, onírica y hasta automática), barroca... insólita. Se alegra uno de encontrarse con poemas que, a ciencia cierta, sería incapaz de escribir, alejados incluso de mis gustos literarios y de mis ideas. Siempre atrae aquello que resulta inasequible. No hace falta añadir que esa rica mezcla de elementos la dota de complejidad y que el lector ha de hacer un serio esfuerzo para estar a la altura de tan elevada propuesta. Es verdad que la propia fuerza expresiva induce a leer sin miedo. Las palabras se bastan en esos himnos -ora revelados, ora delirantes- que, aun sin comprender, parece que entiendes. Hay algo de melopea en esos cantos que suenan nuevos y distintos, sí, pero donde se aprecia la sutil carga de las tradiciones. La crítica suele asociar esta poesía a la de, pongo por caso, Neruda o Gimferrer, otro reconocido maestro confeso del cordobés y mentor suyo, pero, y perdón por la insistencia, a lo que en realidad suenan estos versos es a sí mismos, cadencias de una voz personal como pocas. Elocuente es, en este sentido, su irónico "Epígonos". 
Al citado poema inicial le siguen otros, como el que acabo de mencionar, donde la cultura, la memoria, la crítica, la infancia (en poemas extensos como "El emperador de los castillos de arena", "La pelea de primos", "El escondite"), las mujeres (como el poema dedicado a la televisiva Verónica Mengod o los titulados "El ojo de la cerradura" y "Carta a una mujer vista en sueños"), el viaje y otras obsesiones cobran forma. Poemas de suficiente extensión como para merecer la condición de meditativos. La reflexión sobre la vida y sobre el mundo es intrínseca a la poesía de José Luis Rey, uno de nuestros más significativos poetas, siquiera sea por el esclarecido alcance de sus genuinas pretensiones líricas. 

5.9.16

Letrillas del Mar de Cádiz

1
Iba camino de Cádiz
y me tuve que parar
porque estando en San Fernando
es pecado no mirar.

2
Llega el levante a Conil
y el cielo se vuelve blanco.
Sopla el levante en Conil,
y su color es mi ánimo.

3
Las arenas del levante
se levantan por doquier.
Ay, arenitas de Cádiz
volad hasta mi querer.

4
En las ruinas de Bolonia
el sol también es romano.
Bajo sus rayos, la sal
blanquea un viejo pasado.

5
Por los pinos de Los Caños
se nos fue una tarde entera.
Si la volviera a vivir,
tú volverías con ella.

6
Caminito de Barbate
le contaba yo a mi amor
que lo importante era el hecho
de llegar juntos los dos.

7
El faro de Trafalgar
ilumina la bahía
y el barco tiene una guía
para poder navegar.

8
En la azotea se agita
la ropa tendida al sol.
Mi alma como ella se seca
porque no tengo a mi amor.

9
Bajo la puerta, en la plaza,
la fuente una historia cuenta
y yo, para mis adentros,
la traduzco en triste pena.

10
El mar canta una canción
que puede no tener fin.
Uno, sin embargo, sí.
Me angustia ese terco son.

11
Las arenas de la playa
parecen no tener fin.
Por eso sueñas que son
un infinito confín.

12
Si las olas se suceden
sin principio ni final
es porque alguien las piensa
en su círculo inmortal.

13
La chiquilla de la playa
se tumba a tomar el sol
y el sol le dora la espalda
como si fuera charol.

14
Ay, el runrún de las olas
cómo me anima a viajar
y a atravesar los cien mares
que me separan de allá.

15
Desde Medina Sidonia
a veces uno ve el mar.
Si no con los de la cara,
con los ojos del soñar.

16
Vi en Vejer un patio blanco
y una escalera empinada
que subía a las estrellas
por los peldaños del alma.

17
Tarifa tiene murallas
para guardarse del mar.
Si ella se descuidase,
se la podría llevar.

18
Sobre la cal de mi casa
se para el sol a observar
si su color es más puro
que el de los granos de sal.

19
En la Cala del Aceite,
por entre Roche y Conil,
ni el levante ni el poniente
pueden castigo infligir.

20
Vi un barco atracado en Cádiz
y en él me quise montar
para llegar a La Habana
y en casa volver a estar.

Nota: Estas improvisadas letrillas gaditanas, fruto de la temeridad y del entusiasmo, se han publicado en el número 49 de la revista Sibila. Llevaban muchos años escritas y guardadas, a partir de una proposición del periodista cacereño Jeremías Clemente Simón, buen aficionado al flamenco (no digo que esto lo sea), de la que ni él mismo se acordará. A Patricia Ehrle le gustaron y... 

3.9.16

Verano del 16

Murallas de Plasencia
Odio el calor. El verano, por eso, me gusta cada vez menos. Sobre todo desde que, dizque a causa del cambio climático, las temperaturas suben de año en año. Éste ha sido, en Plasencia, tórrido y agobiante. Las noches, tropicales (queda bonito) e inclementes. De tapadillo, un meteorólogo lo ha confesado: la ola de calor, temperaturas por encima de los veinte grados en las madrugadas, ha sido permanente desde finales de junio. Ya lo sabíamos. La hemos sufrido. Sólo el paseo matutino al lado del río y con la fresca me aliviaba. Y los baños a mediodía en la piscina. A veces, también por la tarde. Y el aire acondicionado de casa, claro, para contento de nuestra compañía eléctrica. 
Una de las pocas ventajas del oficio de maestro de escuela son las vacaciones. Por cierto, están sobrevaloradas. Son necesarias, sin duda. Más para los muchachinos que para los docentes. Pero se desaprovechan, al menos en mi caso, y, por culpa, sobre todo, del mencionado calor (que condiciona en estos lugares su duración, añado). Eso y que uno no es rico y, en consecuencia, no puede pasarse un par de meses viajando por ahí. Cuanto más al norte, mejor.
Por razones familiares (avalancha de sobrinos y una boda, de otra sobrina, el mismo día que se cumplían treinta y tres de la de uno), ni siquiera ha habido playa. En parte hemos ganado: el levante no ha cesado de soplar con fuerza en Conil. Sí hemos hecho algunas excursiones: a piscinas naturales de los alrededores (un lujo al alcance de cualquiera), a Trujillo (con parada y cena en su preciosa plaza y observación de estrellas en Monfragüe), a Sevilla (qué día mejor que el de San Lorenzo), a Cáceres y Salamanca...
Hablé de la piscina y acaso los mejores ratos de la canícula los hayamos pasado, entre cañas y veras, charlando con dos curas: Pepe Hermoso y mi hermano Fernando. Y con los hijos, claro. Aunque nos han salido de secano, uno los vuelve a ver un poco más de lo corriente entre julio y agosto. Al menos a Alberto.
Como los de Facebook no avisaron y los del periódico Hoy tampoco sacan ya mi fotino, este año me han felicitado por mi cumpleaños cuatro íntimos: la familia más cercana y dos amigos. Gracias. A eso hemos llegado. Es divertido y humaniza bastante. Además, como tampoco gasto whatsapp...
De las lecturas veraniega iré dando cuenta aquí. Han sido menos de las previstas (el calor es incompatible, pongo por caso, con la poesía hermética y con el ensayo), pero le han deparado a uno momentos felices. No es poco.
A pesar de todo, seguimos. Con el blog, digo. He vuelto, como cada poco, a replantearme si esta aventura merece la pena. Parece que sí. Para uno, al menos. Por ahora.

2.9.16

Cărtărescu dixit

(Cosmin Bumbuţ)
Mircea Cărtărescu conversa con Ferrán Bono en Babelia. Éste le pregunta: ¿Sigue siendo la poesía “el objeto más valioso del mundo”, como ha escrito? El rumano responde: "Hasta los 32 años escribí poesía en el sentido de género literario. Luego dejé radicalmente de hacerlo en una especie de suicidio ritual, con la esperanza de una resurrección. Afortunadamente, tuvo lugar porque toda mi prosa es algo más".
Dice el poeta español Francisco Brines -continúa el periodista- que la poesía no tiene público sino que tiene lectores. ¿Está de acuerdo? Y Cărtărescu: "No hay una época en que la poesía no haya estado en peligro. No ha tenido nunca muchos lectores. La agonía es su forma natural de existir. Solo con el tiempo algunos poetas logran formar parte de nuestro canon cultural, pero en su época vivieron la frustración de que poca gente leía su obra".
Antes, Bono le había preguntado si se puede ser un gran escritor sin apenas haber vivido experiencias. Según el autor de El Levante, "No existe el escritor, sino escritores, diferentes, algunos con vidas rocambolescas, y otros que son funcionarios toda su vida. Kafka, que parece no haber vivido la vida, pero es muy imaginativo e incluso interiormente más complejo que quien ha recorrido todos los continentes y ha vivido todo tipo de aventuras. No sé si Tolstói luchó en el Cáucaso, pero describió las batallas como si hubiera estado allí".

1.9.16

La vida lánguida de Manolo Silvela

Es un acierto que la editorial Pre-Textos rescate del olvido el diario que Juan Manuel Silvela Sangro (Madrid, 1932-París, 1965) escribió entre los años 1949 y 1958, publicado póstumamente en Prensa Española en 1967 con el título Diario de una vida breve. Uno ha ido postergando su lectura hasta el verano a sabiendas de que ese retraso deliberado era comparable a cualquier acción que sabemos de antemano gustosa. Un diario breve, sí, tanto como la vida que narra. 
Que la preciosa edición vaya con un prólogo de José Muñoz Millanes es otra suerte. De hecho, en ese prefacio está todo lo que cabe decir (o casi) del libro. Que se recupere el prólogo (aquí epílogo) de Julián Marías redondea la fortuna de esta edición que no pocos han celebrado ya como es debido. 
Marías, recuerda Millanes, habló de fragilidad para referirse a este diario "de formación o aprendizaje". Es una palabra clave. Da el tono. De salud quebradiza (qué interesantes las anotaciones en la casa de reposo serrana de Fuente Pizarro), en un reconocimiento médico para la Escuela Diplomática le diagnostican una severa cardiopatía («Tiene usted un corazón de pato. El clásico corazón de pato») que a la postre le llevará a la muerte, tras una operación en el parisino Hospital Americano de Neuilly.
Destaca el prologuista la presencia de la madre, inquieta "embajadora de lo nuevo" en el Madrid de los cincuenta, separada de su marido, miembro, como el resto de la familia, de la alta sociedad de la época. La familia es capital en su vida, como en la de cualquiera. Rememora momentos de su feliz infancia en la casa de Benavente ("Llevo en la sangre el nombre de Castilla"). Reconoce, al final de sus días, como nos cuenta Millanes, su agobiante, nefasta influencia. En medio del psicoanálisis que le lleva a Suiza (dice que se está "desneurotizando") y que no llegó a culminar. En estas páginas hay un declarado elogio de la vida burguesa, en su sentido más noble, y en el caso de Silvela con una notable inclinación a la cultura y al arte, lo que de verdad le importaba a este escritor malogrado. Otros nombres protagonizan su íntimo diario. El pintor Gerardo Rueda, por ejemplo, u Ortega y Gasset (emotivas son las notas sobre su muerte y posterior entierro) y su discípulo Julián Marías, que tan bien le llegó a conocer a tenor de lo leído en su espléndido epílogo (en la primera edición, ya se dijo, prólogo) donde menciona su muerte "tan a destiempo", que el suyo no es el diario "de un enfermo, sino de alguien que vive con una impresión reforzada de incertidumbre", que aborda una "reconstrucción de la vida cotidiana", que tiene "una veracidad sorprendente" y "una fuerte dosis de realidad". Lo califica, con acierto, de "diario en tono menor", "velado de grises, hecho de bondad y buena educación". En lo que al tono respecta, esa idea que viene reforzada por el estilo de la prosa de Silvela, "pulcra", al decir de Marías, "con una naturalidad que no afecta al desaliño -la naturalidad de una persona realmente cultivada-". Todo es aquí muy de "verdad", una gran lección. 
Paseante (de flâneur lo califica Millanes: "La calle es mi paisaje"), melómano vocacional y con criterio, noctámbulo y solitario ("Hay que saber estar solo"), viajero frustrado (le gustaba irse al aeropuerto a pasar el rato: "Soñar que viajo, pero siempre querer viajar". "Recordar es viajar"), lector culto e insaciable ("Lo único que puedo hacer es leer. El único consuelo que me queda son los libros"), observador de los mínimos detalles, delicado personaje de la escena social y cultural madrileña, estudiante de Derecho a su pesar, espectador de atardeceres, amante de la poesía (Rilke, Valverde, Vivanco) y de los jardines (que viene a ser lo mismo), trabajador eventual y poco convencido, religioso a su manera, Manolo Silvela (como se llama a sí mismo y como era conocido por los suyos) tuvo muchas amigas ("las muchachas" las denomina Marías) y, acaso, un gran amor, el que se perdió con su prematura muerte ("Dios mío: no tengo ninguna prisa por morirme", anotó el 15 de junio del 58, siete años antes). Por Anna, italiana de Liguria, destinataria de Cartas a Anna, publicado también en Prensa Española en 1970. "Hay una tendencia a la idealización, a los amores imposibles", dice Millanes. O por Grace Kelly, pongo por caso, con quien coincide una tarde de toros en Las Ventas. O por Gaby, una cría. "La mujer abismática, paisaje sumergido".
"La vida no es nada -anota el 16 de enero del 49, cuando tenía 17 años-, está ahí para que la hagamos nosotros". Quería que fuera "a toda costa autobiografía". Para muestra...

30.7.16

Nimú

Sergio Enríquez Nistal / El Mundo
Nemo. Así de corto y de directo es el título de la nueva novela de Gonzalo Hidalgo Bayal (1950) que vuelve a publicar Tusquets, esta vez en el formato mayor la colección Andanzas.
En principio, supongo, el rótulo desconcierta. Uno pensó en el capitán de Verne y lo imaginé muy alejado del mundo narrativo de Bayal, tan de tierra adentro. Tan poco exótico. Demasiado estable. El cuadro de Elisabeth Gimferrer que ilustra la cubierta aporta alguna pista. Lo rural, a pesar de que el autor sea un hombre urbano de costumbres que poco o nada tienen que ver con las relacionadas con el campo y la naturaleza. Alguien, eso sí, que vivió su infancia en un pueblo: Higuera de Albalat (dos veces alude a una hoja de higuera; no de parra, insiste). Y a la geografía áspera que aportó el espíritu a una de sus novelas más celebradas regresamos los lectores de ésta, que se acerca a aquélla, como "Corzo", uno de los relatos de Conversación. Más allá, tal vez por el tono, podamos emparentarla con Paradoja del interventor. Digo esto al tiempo que pienso que el empeño es vano porque todas las narraciones, cortas o largas, de Bayal remiten a un estilo inconfundible, el suyo, que aquí se manifiesta con toda su grandeza por más que a algunos les cueste, y uno lo entiende, reconocerlo. Este es un escritor para lectores, no para el público. La suya, una narrativa al margen de las modas, lo que garantiza su perdurabilidad.
Antes que la trama, tan sutil como otras veces, lo que aquí prima es el poder absoluto del lenguaje por más que, paradójicamente, sirva para urdir una compleja (no digo complicada) reflexión sobre sus límites y sus excesos, sobre la palabra y el silencio. "La realidad no sólo es terca, también es prosaica y gramatical", leemos. Eso le da un aire ensayístico (donde abundan, entre líneas, los aforismos: "El miedo es una humillación secreta", "La transparencia es el mayor misterio") y le permite a Bayal volver a desplegar sus facultades filológicas, si bien más matizadas o atemperadas, con menos juegos de palabras ("entonces entonteces", "ni tácito ni taciturno", "estatus de estatua", "callardo", "callardía"). Para este fin, ha creado un personaje singular, como todos los suyos, el mencionado Nemo. Nemo neminis ("nadie y de nadie"). Nadie, al modo homérico. Nimú. Un forastero que llega a un lugar remoto del oeste, de, digamos, la Extremadura profunda, para descansar o convalecer (quién sabe de qué dolencias del cuerpo o del alma) y que trae consigo una firme decisión: la de no hablar. En esa especie de escondrijo, apartados del mundo, viven el escribano, que narra esta historia; el viejo, autor de elocuentes máximas senectas; el buhonero, que siempre está de paso; el bodeguero, en cuyo local -la bodega- se desarrolla buena parte del relato; el papagallo; los gemelos; el ama de la casona donde se aloja; el petirrojo; el ermitaño; el guardián de la fortaleza... Estos y otros que, como el carpintero o el cazador, un buen día dejaron también de hablar (como hizo durante una larga temporada el bodeguero) y luego desaparecieron, un sino que padecen con frecuencia los lugareños de esa aldea innominada de una "región anacorética", un "rincón de alimañas y murgaños", "ocre y oscuro, de verdor agostado y piedras melancólicas", donde encontramos el llano, el anillo, la laguna, el bosque, la mencionada fortaleza, la cruz del agua, la funesta tebra... Esos vecinos sin nombre, salvo Fiat ("nos aterran los nombres"), no dejan de elucubrar sobre las circunstancias que llevaron a Nemo, un paseante (una suerte de flâneur rural), "un contemplador", "un hombre a la intemperie" (en la "intemperie del silencio") que "huye de sí mismo", a este estado de soledad y de silencio ("Está aquí sin estar"), pues que una y otra cosa son inseparables, como anota el escribano. La suya, dice, es "una enfermedad moral". El hombre no es tal si se (le) priva del uso de la palabra. "Su voz -dice el narrador acerca de Nemo- es el silencio". En torno a esa "odisea inmóvil" va creciendo la novela. Como es habitual en la obra bayaliana, hay en ella una reflexión moral. Empezando por la que se deduce del no uso de la palabra o del abuso de las palabras en esta época de ruidos en al que todos hablan y nadie escucha: la "neminidad" y la "locuacidad": la verborrea. Términos como pasión (y acción, los dos polos de la vida según el viejo: los que actúan y los que sufren), vergüenza (incluida la "inversa"), tedio ("No es el silencio, en suma, sino el tedio lo que define la neminidad"), paciencia ("aliada del silencio"), melancolía, bondad, belleza, realidad o esperanza dan pie a jugosas cavilaciones morales que, otra marca de la casa. se conjugan a la perfección con lo bíblico, por decirlo de algún modo; una obsesión -o un trasfondo- que aquí, siquiera sea por aquello de la voz que clama en el desierto o por la evocación de Babel, son sólo dos ejemplos, resulta pertinente e ineludible. Al fin y al cabo, se dice en un determinado momento, "hablar es blasfemar". Por eso el silencio de Nemo es "puro y primordial". Como todo silencio, "una aventura submarina".
Intercalados con el hilo de las reflexiones, aparecen aquí y allá unos cuantos relatos dentro del relato (como el de la fábula del anillo) y no pocos poemas muy breves que condensan estados de ánimo. Todo ello, aunque el libro discurra en una suerte de intemporalidad cronológica y en medio de una atmósfera de leyenda, en un marco temporal tan concreto como el espacial: un año. De noviembre a noviembre. Entre los santos y los difuntos, ya que todos estamos condenados al "asombro de la muerte". Porque "La muerte es siempre la misma, pero los muertos son distintos".
Para Nemo, "ser nadie es su destino". "Nemo es el misterio". Diría que también, o sobre todo, Nemo es un resistente. Un inesperado final, que no desvelaré -en el capítulo 131-, cierra de manera magistral esta historia de historias que comienza con una cita de Sófocles, de Edipo rey: "que en lo que entiendo mal callarme suelo". 

Nota: Esta reseña ha sido publicada en la Revista Cultural TURIA, número 119.

25.7.16

Cabrera y Montiel

 Corteza de abedul
Tusquets, Barcelona, 2016. 128 páginas.

Antonio Cabrera (Medina Sidonia, 1958, pero establecido en la Comunidad Valenciana)  publicó su primer libro tarde, a los cuarenta y dos años, pero lo hizo por la puerta grande: premios Loewe y de la Crítica. A En la estación perpetua le han seguido: Tierra en el cielo, Con el aire y Piedras al agua.  
Si bien su nombre falta en los primeros recuentos generacionales, pronto pasó a formar parte de un grupo de poetas valencianos que se encuentran en el centro de la promoción de los 80 o de la Democracia, con Gallego y Marzal al frente; dignos continuadores de Gil-Albert, Brines (dios tutelar), Simón, Siles o Talens.
De formación filosófica, Cabrera ha transitado los caminos de lo meditativo (poesía metafísica, según algunos) y ha tenido en la Naturaleza su principal fuente de inspiración. Su raíz romántica es evidente. Este libro, donde regresa con su voz decantada, vuelve a confirmarlo. La cita de Gautier es elocuente: “Soy un hombre para quien el mundo exterior existe”. Otra de Cadenas fija el rumbo. Y el tono, esa voluntad de retracción y esencialidad propia de cualquier poeta ático.
Desde el principio, árboles y pájaros. Y campo. La misma precisión que usa para componer sus poemas le caracteriza en tanto que botánico y, sobre todo, ornitólogo. A partir de una palmera o un almez, una sabina o un abedul, de un águila migrante, un buitre o un ruiseñor, Cabrera lleva lo descriptivo a lo simbólico y traza, siempre desde la cercanía y la realidad, a través de un riguroso proceso contemplativo anclado en la observación y la mirada, un sutil discurso propio de alguien que piensa, sí, pero que sobre todo siente, un ser sensitivo, algo que me ha recordado a César Simón.
Poesía solar y mediterránea: “La luz no se captura. Mirarla nunca sacia”. Él, “un ser erguido en tierra solitaria”. Alguien que aprecia en las cosas los detalles, lo pequeño, lo sencillo, como el muro del bancal: “Nada reclama, nada necesita”. “Pensé en el puro suelo, /el nunca redimido”. Todo queda dicho sin alardes, con genuina naturalidad: “¿Cómo pasan al poema las cosas que suceden?”, se pregunta. “Nunca luce excesivo sino intenso”, podría decirse de su poética.
En “Autorretrato”, después del viaje, ya en su cuarto, escribe: “Soledad, ahora sí, / ya puedes ser el fondo informe y fiel / de mi retrato”. 


Jesús Montiel
Hiperión, Madrid, 2016. 62 páginas. 

Con Memoria del pájaro, Montiel (Granada, 1984), autor de Placer adámicoDíptico otoñal, Tritoma e Insectario, ganó el premio Hiperión. Lleva al frente una "Declaración de intenciones" donde leemos: "Al autor de este libro le gusta su vida. El problema es que su vida es un fracaso en todos los sentidos". Por "improductiva" y "fuera de la lógica del beneficio". Estos poemas, concluye, "no son otra cosa que los hijos de este tiempo entregado a las musarañas". Luego cita a Pacheco: "Total misterio a cada instante la vida". Después, llegan sus versos, una poesía cercana, autobiográfica (o eso parece), de poética clara donde las anécdotas cotidianas se convierten en categorías: "El poema es una espalda / que me asoma al milagro / burlando la pared de la costumbre". 
En "Petunias", por ejemplo, donde leemos: "El hombre que hay en medio es lo difícil". O en "Closed", acerca de las alambradas para seres humanos: "Recuerda cuando sólo era del pájaro". Lo social también aflora, como denuncia, en "Divinidades" ("otro Egipto más árido al término del voto") y en "Font Vella".
En "3 de julio", "Mínima victoria", "Antirromance", "A la próxima" y "00:00", el amor es el protagonista. La vida de pareja, que son padres.
Las metáforas que encontramos están humanizadas. Son asequibles y no buscan tanto lo llamativo cuanto lo simbólico. El lenguaje se adapta a los temas tratados, que suelen ser amables. Así en "Mesa", la de las familias de ahora, suma de soledades. 
"Noé" es un precioso poema donde Montiel hace recuento de las "las horas más felices de mi vida" en previsión de un próximo diluvio. 
"Elogio del pene" es un divertido poema erecto que concluye: "Me dice que estoy hecho para el otro".
En "Hogar" alude a los incómodos viajeros perpetuos ("hogar solo es un otro") y en "Aunque todo se mueva" también hace mención al viaje: (de niño) "Ansiaba la conquista de lo lejos" y "El más difícil viaje se hace quieto. Sentado en uno mismo".
En "Aldea" alaba el silencio del mundo; del otro: el rural. 
A la palabra dedica también algunos versos. "La piedra más humilde es la del puente", leemos. "Y es algo parecido a la palabra", dice más adelante. Y en "Vaso": "Que puedan los demás beberse mi palabra". Las usa porque "El mundo vuelve a ser cuando lo nombras".

Nota: Las reseñas de los libros de Cabrera y Montiel aparecieron publicadas el pasado viernes en El Cultural.

12.7.16

Cerrado por vacaciones

Foto jesusmb
Este blog sigue abierto, sí, pero sin nuevas entradas hasta el mes de septiembre. Uno, como todos, necesita descansar. También los amables lectores que visitan este libresco rincón. Seguimos. 

10.7.16

De antologías

No sabe uno muy bien a qué se debe que en un determinado momento coincidan en el panorama literario distintas manifestaciones de lo mismo. Como si se hubiera puesto el destino de acuerdo para propiciar la reiteración de tal o cual fenómeno. Así, ahora, en España, por ejemplo, la publicación de antologías. Que a uno le conste, hay cuatro en las mesas de novedades, suponiendo que la poesía ocupe aún ese lugar en las librerías. Dos de poesía joven y otras dos de poesía contemporánea. Empezaré por éstas. 
El editor de la primera es el poeta Vicente Luis Mora, uno de los más innovadores y cosmopolitas, teórico y crítico, responsable del blog Diario de lecturas, y se titula La cuarta persona del plural. Antología de poesía española contemporánea (1978-2015). La publica la hispanomexicana Vaso Roto. De la segunda, publicada por Fondo de Cultura Económica (otra casa mexicana), el responsable es el también poeta, viajero y traductor Jesús Aguado y lleva por título Fugitivos. Antología de la poesía española contemporánea. Las dos incorporan a poetas nacidos después de 1960.
En lo referente a las florestas juveniles, una es Re-generación. Antología de poesía española (2000-2015), del poeta y crítico José Luis Morante y ha aparecido en el sello granadino Valparaíso. La otra, Nacer en otro tiempo. Antología de la joven poesía española, publicada por el sevillano Renacimiento, y los editores son el poeta y profesor Antonio Rivero Machina y el poeta y estudiante Miguel Floriano.
Resulta curioso que de las cuatro sean responsables poetas, que, aunque pudieran, no se incluyen en sus respectivos florilegios, si bien Aguado antologa a Mora y viceversa. Son inevitables también las coincidencias en lo que a los nombres respecta. Y ya que lo menciono, las dudas sobre los que son, no son y están y de los que siendo no figuran. El gusto, en todo caso, es facultad de los antólogos. Al lector le queda asentir o lo contrario, pero sólo eso.
De la última antología citada soy el prologuista. Me lo propusieron y acepté. No es que uno esté al día ni conozca al detalle, ni de lejos, la poesía que escriben los jóvenes, pero desde que ejerzo, siquiera a ratos, de crítico o desde que, como diría Brines, soy un lector que elige, alguna opinión tengo al respecto. Me llegan muchos libros de autores primerizos, en más de un sentido, de ahí que me animara a poner unas palabras delante de lo único que importa en ese tipo de obras: los versos de los participantes, de los poetas reunidos. Recuerdo en ese breve delantal el grito del académico Víctor García de la Concha a propósito de una polémica lírica de los años ochenta del siglo pasado: "¡Denme libros!" Pues eso.
Por lo demás, siempre he sido lector de antologías (tanto de las de grupo como de las de autor), se me incluyó en algunas y en una ocasión, junto a mi amigo Ángel Campos Pámpano, fui incluso antólogo. 
Son prácticas porque nos ayudan a desbrozar, de entre el espeso bosque de libros de poesía que nos rodea, los árboles que merecen ser contemplados. O los brotes, si de los que empiezan hablamos. 

NOTA: Este artículo ha aparecido publicado en la revista griega Frear, en su número 15.

9.7.16

Cirlot: una dedicatoria

A partir de la reseña de la biografía de Cirlot que publicamos hace unos días aquí, mi amigo Salvador Retana me envía esta joya de su biblioteca. Pertenece a Canto de la vida muerta y el poeta barcelonés dedica la plaquette a una pintora de la escuela de Vallecas, Pilar Aranda, la mujer de Francisco San José, también pintor.
Como nada es porque sí, de ese cuaderno (dedicado en rigor al poeta Carlos Edmundo de Ory, de ahí el "pero ahora") tomé, para uno de mis libros, a modo de cita, su verso: "Mi alma es un paisaje con murallas". Abre Lejos de aquí (De la Luna Libros, 2004). 

8.7.16

Unos poemas de Ángel Crespo

Tras las antología de Jaccottet, Luzi y Manent, se publica en Voces sin tiempo (de la extremeña Fundación Ortega MuñozLa voluntad de perdurar, que reúne poemas de Ángel Crespo (Ciudad Real, 1926-Barcelona, 1995). La edición es de Jordi Doce, buen conocedor de la obra del poeta y traductor. En su espléndida introducción (que adjunta una bibliografía reciente), se nos explica que el volumen "no pretende sino ofrecer una retrospectiva del primer tramo de la obra crespiana mediante el prisma de su relación con el mundo natural". Poemas de entre 1949 y 1964, acordes con el espíritu que alienta esta lenta colección donde aparece, inspirado en el paisajismo de Ortega Muñoz. Doce añade: "Ciertamente, no es un hilo temático elegido al azar. Desde la publicación de Una lengua emerge en 1950, Crespo se propone en gran medida la exploración de un territorio geográfico –el paisaje manchego de su infancia y juventud– que es también un territorio verbal: un dominio íntimo, alzado con todo lujo de pormenores en un puñado de libros (...), en el que se dan la mano el impulso autobiográfico y el tono meditativo, la memoria y la imaginación, la fe en el poder de los símbolos y el uso magistral de la alegoría, la fidelidad a los signos terrestres y la pasión por la palabra". Más adelante leemos: "Crespo recuerda que fue a la vuelta de su servicio militar en Marruecos, en el otoño de 1949, cuando, refugiado en Alcolea de Calatrava, escribió los primeros poemas de Una lengua emerge, que vería la luz un año más tarde. Frente a Ciudad Real, la ciudad del padre, Alcolea era el pueblo de su familia materna, el enclave de una finca –la Cuesta del Jaral– que el poeta siempre recordó como «mi paraíso perdido»."
Como dijo José Francisco Ruiz Casanova (autor de una antología de Crespo publicada en Letras Hispánicas de Cátedra), "los primeros poemas de Una lengua emerge […] nacen en el paisaje, ahora interpretado, de Alcolea, en la nueva comunicación, y comunidad, estética con el Origen".
Se habla después del hilozoísmo, de la imaginación, de la naturaleza omnipresente, del extrañamiento, de los árboles y los animales...
"Estamos lejos de la asepsia –distante y distanciadora– de la contemplación. Los poemas de Crespo abundan en ruidos, olores, texturas, todo aquello que permite un acceso inmediato a lo real y confunde las lindes entre mundo y subjetividad, lo dado y lo pensado", concluye Doce. Y termina: "Si algo dejan traslucir estos poemas es el ansia inagotable de vida de su autor, entendiendo que su vida no se acaba en él, no es sólo la suya, sino también la de cuanto le rodea y alecciona. «Del pan que no he comido me arrepiento», escribe, y se percibe en esta confesión no pedida un deseo de estar a la altura del mundo y sus circunstancias. El yo, aquí, no es señal de egotismo, sino el dominio donde las cosas adquieren su presencia mejor, más duradera, preservándolas «con el tiempo, contra el tiempo». Detrás de esta idea alienta la fe de Crespo en la palabra –en su capacidad indagadora– y su creencia en la poesía como vía de salvación: ella será lo que reste de nosotros, y en ella, mediante la voz y la palabra, mediante el canto y la imaginación, quedará una huella viva de este mundo."
Los poemas, muy bien elegidos, vienen a justificar lo dicho. "Versos limpios", por usar palabras del autor, que dan a luz un mundo perdido, pero aún vivo. Mantienen su vigencia, por más que la naturaleza y el campo sean para muchos asuntos del más remoto pasado. Y ello porque el lenguaje de Crespo supo estar por encima de esas circunstancias vitales, de esas vivencias. Su riqueza, su precisión, permiten disfrutar de la mención y de su idea. Da gusto paladearlo. Tanto como a él debió de serle placentero escribirlo: "Me crié allí entre jaras, retamas, chaparros, aulagas, coscojas, romero, encinares, arzollos y campos de tomillo y espliego sin otra intimidad que la que establecí con los animales domésticos y con los silvestres. Me perdía, o más bien me aislaba, entre los matorrales espesos y los sembrados de cereales, a veces con un libro en la mano…"
La memoria rescata sin nostalgia (parece que todo sucede ahora) la infancia del poeta y vienen con ella la nieve, las piedras, las nubes... Y la cabra, el lobo, la yegua, las vacas, los ciervos... Y la siega. Y aquellos lugares donde fue feliz, como la finca la Cuesta del Jaral, que va en el título de un extenso poema en prosa.
Ángel Crespo es, me temo, uno de entre tantos poetas españoles excelentes que, sin embargo, no gozan del favor canónico y, no sé si por eso, de demasiados lectores. Nunca es tarde. Esta antología viene a demostrarlo. Los más jóvenes descubrirán a un poeta más que interesante. Incluso en estos versos juveniles, del todo logrados. Agradecemos a Jordi Doce su ejemplar edición y a Pilar Gómez Bedate, viuda del poeta, su entusiasmo y su fidelidad. Que la Fundación Ortega Muñoz apueste por la poesía también es digno de elogio. Gracias.

LA VOLUNTAD DE PERDURAR

La voluntad de perdurar
de todo lo que es frágil
canta en la avena loca, en las avenas
en cultos surcos, de amarillo armadas,
y canta en estos versos
que bajo el sol despegan,
se alzan –llegan ya al sol–
y abatidos, quemados, mis propios labios hieren.
Voluntad de lo frágil
frente a la tozudez hermosa de lo duro,
que el tiempo va minando
y reduciendo a débiles cenizas.

Así la roca alta
en la que sólo posan el águila y el cuervo
–y en no larga ocasión la mariposa–,
en diminutas piedras se redime
y se sublima en chinas, polvo y tenue
materia que mi lengua impregna mientras canto.
Suave polvillo por mi frágil verso:
voluntad imperiosa
de ser cuando la roca ya no sea. 

7.7.16

Steiner dixit

Antonio Olmos
"Llevo dentro de mí mucha poesía; es, cómo decirlo, las otras vidas de mi vida", le dice George Steiner a Borja Hermoso, que le ha entrevistado para Babelia/El País en su casa de Cambridge. Y éste sigue: "La poesía vive… o mejor dicho, en este mundo de hoy sobrevive. Algunos la consideran casi sospechosa". Y aquél responde: "Estoy asqueado por la educación escolar de hoy, que es una fábrica de incultos y que no respeta la memoria. Y que no hace nada para que los niños aprendan las cosas de memoria. El poema que vive en nosotros vive con nosotros, cambia como nosotros, y tiene que ver con una función mucho más profunda que la del cerebro. Representa la sensibilidad, la personalidad".
"¿Es optimista con respecto al futuro de la poesía?", continúa Hermoso, y Steiner contesta: "Enormemente optimista. Vivimos una gran época de poesía, sobre todo en los jóvenes. Y escuche una cosa: muy lentamente, los medios electrónicos están empezando a retroceder. El libro tradicional vuelve, la gente lo prefiere al kindle… prefiere coger un buen libro de poesía en papel, tocarlo, olerlo, leerlo. Pero hay algo que me preocupa: los jóvenes ya no tienen tiempo… de tener tiempo. Nunca la aceleración casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy. Y hay que tener tiempo para buscar tiempo. Y otra cosa: no hay que tener miedo al silencio. El miedo de los niños al silencio me da miedo. Solo el silencio nos enseña a encontrar en nosotros lo esencial".
Más adelante, le plantea el periodista: "Usted ha dicho alguna vez que se arrepentía de no haberse arriesgado a lanzarse al mundo de la creación. ¿Es una espina clavada?". Y Steiner le confiesa: "En efecto. Hice poesía, pero me di cuenta que lo que estaba haciendo eran versos, y el verso es el mayor enemigo de la poesía. Y he dicho también –y algunos no me lo han perdonado nunca- que el más grande de los críticos es minúsculo comparado con cualquier creador. Así que hablemos claro y no nos hagamos ilusiones. Yo soy tan solo un cartero, soy Il Postino. Y estoy muy orgulloso de eso, de haber llevado el correo bien a tantos y tantos alumnos. Pero no nos hagamos ilusiones".
Casi al final, pregunta Hermoso: "Profesor Steiner, ¿qué es ser judío?" A lo que éste responde: "Un judío es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque está seguro de que puede escribir otro mejor". 

6.7.16

La poesía de César Simón

César Simón
Pre-Textos, Valencia, 2016. 456 páginas. 

Como bien dice en su lúcido e íntimo prólogo Vicente Gallego, la poesía de César Simón (Valencia, 1932-1997), reunida por primera vez, ha quedado fuera de los manuales y las antologías porque empezó a publicarse tarde y en editoriales periféricas, pero, sobre todo, por su singularidad, que suele ser casi siempre la verdadera causa de ciertas postergaciones u olvidos. Por edad, debería pertenecer a la Generación del 50, la de Brines. Llegó tarde a esa nutrida y heterogénea hornada. Su manera de decir está más cerca de poetas posteriores, de los 80. Gallego, por ejemplo, que lo califica de maestro y que ha logrado dar con el tono que exigía la introducción a este corpus poético, “un todo perfectamente coherente y abarcable” formado por Pedregal, Erosión, Estupor final, Precisión de una sombra, Quince fragmentos sobre un único tema: el tema único, Extravío, Templo sin dioses, El Jardín y El pretexto y el fervor, un precioso libro inédito que agrupa un puñado de intensos poemas amorosos. En apéndices, algunos versos perdidos.
También fue autor de los dietarios Siciliana, Perros ahorcados y En nombre de nada. Sus artículos más personales fueron reunidos en Papeles de prensa. Todo fue escrito entre 1971 y 1997. Si los cito es porque acaso hubiera sido pertinente incluirlos en la edición, a modo de obra entera, ya que rigor forman parte de lo mismo: la poesía simoniana, en prosa o no. Gallego justifica esa decisión, del todo razonable, y antepone lo que pensaba Simón, si bien se ocupa de remediar ese vacío citando fragmentos de esas entregas.
La actualidad de esta poesía honesta es la de un clásico. Su poética, como acertó a calificarla Begoña Pozo, responsable de la bibliografía, es doble: poética del paisaje y de la conciencia, según se trate de los exteriores y los interiores. La primera se basa en la simplicidad del campo, centrado en la casa del monte, “allí arriba”, su territorio propio, donde en soledad y silencio pasea, piensa, lee y escribe. Un secarral mediterráneo desde donde siempre se ve el mar. La segunda, en la casa de la ciudad, muchas veces deshabitada y en sombra, en los pasillos y los cuartos. En ambos casos el poeta, “pobre en biografía”, es un ser lejano y único. Vital (“¿Es que hay algo más hondo que la vida?”), que vive “en vilo”, de espíritu dado a la introspección y temperamento meditativo (“Todas tus elegías fueron himnos”), que ve el mundo, más que con perplejidad o asombro, con estupor (“Porque es alta la vida y es extraña”), a favor de la contemplación que constituye en la mirada. Su carácter, sensitivo y “reconcentrado” (“Fue un ensimismado”, dijo Marzal). Alguien que afirma: “Fui lo que soy, he dicho; / y nunca he sido nada”). Y: “Creo, con fiebre y con ardor, en nada”. Por sobrio (“Yo soy ático”), autor de una poesía áspera y esencial, enemiga de la afectación, el énfasis y el lucimiento, de la retórica y el anecdotismo. Contra la rimbombancia. De gran naturalidad. Discursiva, aunque domine las distancias cortas. Que huye, en suma, de lo adjetivo. Que transmite verdad. Fundada en el misterio, aunque “sólo en lo concreto se manifiesta lo esencial”. Más solar que nocturna: de la claridad.
De aquí, como dice Gallego, no se puede “salir indemne”. Qué suerte la de quienes lo lean por primera vez, que, salvo unos pocos, serán la inmensa minoría.

ARCO ROMANO

En medio de las viñas se levanta.
Testimonio de un tiempo, ya es el tiempo.
Permanece, si llueve, solitario;
y solitario cuando quema el sol.
Divide el mundo en dos, insiste y calla.
Cerrado, pero abierto al hermetismo
de la interrogación que no se extingue.
Y es excesivo para explicitarlo.
¿Conclusión? Irreal planteamiento.
El arco es como yo, que no concluyo.
Porque fui contra el cielo como el arco:
de vacío a vacío en la belleza,
de la nada a la nada entre la luz.

Nota: Esta reseña apareció publicada el pasado viernes en El Cultural.