3.3.12

Burnside: en tierra de nadie


















En un ensayo que trajimos hace poco aquí, Xavier Farré afirmaba que si tuviera que citar a algunos poetas afines al polaco Zagajewski, "los primeros que presentaría son el escocés John Burnside y el sueco Tomas Tranströmer". Pues bien, del primero, Burnside (Dumferline, 1955), se acaba de publicar en España una amplia antología de larga gestación, Conjeturas y esperanzas (Antología 1988-2008) (Colección La Cruz del Sur. Pre-Textos) al cuidado de Jordi Doce quien, además de traducir los poemas con la brillantez que suele, firma, más que un prólogo, un ensayo sobre su poesía, que contextualiza una de las aventuras poéticas más significativas de la Europa de entresiglos. Sólo por eso, los editores (el literario y los otros) deberían sentirse satisfechos. Pero hay más. Por ejemplo, Doce ha tomado la decisión de incluir, a modo de apéndice, la conversación entre Burnside y Zagajewski que tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid (moderada por él) en 2007, lo que no deja de ser una aportación sustantiva al volumen.
De la biografía de Burnside, ganador en 2011 del TS Eliot Prize, traductor de Aníbal Núñez en una antología que publicó la revista londinense Agenda, habría mucho que comentar: su juventud turbulenta, su inmersión en la meditación y el budismo ("Koi"), su vida nómada y errante ("y ningún sitio adonde ir"). Lo ha contado en sendos libros de memorias, A Lie About My Father y Waking Up in Toytown, "en el que explora las difíciles relaciones con su padre y las adicciones y trastornos mentales que padeció en su juventud, raíz de muchas de las obsesiones que conforman su imaginario". No es extraño que una de las palabras más frecuente en sus poemas sea "hogar".
"Mi obra se ocupa de una serie de asuntos recurrentes: la continuidad; la cualidad misteriosa del mundo natural y los momentos de revelación que a veces se presentan a los que parece que vivimos al margen de ese mundo, en los barrios de las afueras, en los pueblos o las ciudades pequeñas; las nociones de identidad como individuo aislado con una conciencia cambiante del yo y como miembro de una comunidad de vivos y de muertos; el paisaje de las afueras y del campo." Estas palabras de Burnside son elocuentes. Se podría precisar que buena parte de esas "afueras", esa "tierra de nadie", tienen que ver con pequeños puertos pesqueros de su Escocia natal y que para alguien de tierra adentro, como uno, los poemas allí ubicados tienen una capacidad de sugerencia digna de elogio. Por ejemplo el impresionante "El puerto de los hombres".
Como Zagajewski, Burnside es un "experto en epifanías", según subraya Jordi Doce, de ahí que, hable de lo que hable y se sitúe donde se sitúe -Mountain View, Newhaven o las Alpujarras-, todo lo que dice, a pesar de su cotidianeidad, parece novedoso, tocado con la varita mágica de lo poético que no deja de ser una manera de traducir en palabras el asombro o la perplejidad de lo que vemos o imaginamos en el mundo.
Comenta también Doce que la suya es la "naturalidad del caminante", sí, pero de alguien que pasea con los cinco sentidos, por dentro y por fuera, consciente, muy atento a lo que sucede y pasa. Su capacidad de penetración, ya digo, es llamativa, incluso para el lector habitual de poesía. Con todo, vuelve a precisar el editor, no hay inocencia en su noción de lenguaje. Del modernism, toma, según Arthur Terry (que fue uno de sus mejores estudiosos) "la idea de que lenguaje por fuerza distorsiona la experiencia" y, completa Doce, "hace posible lo real", lo concibe y da forma. Algo que no es incompatible con el tránsito de su poesía por esa "tierra de nadie entre lo real y lo fantástico".
De "fluidez" se habla también en la introducción y la verdad es que da gusto deslizarse por estos poemas largos y discursivos, poemas compuestos, a su vez, de otros poemas, donde la narratividad nunca se impone al lirismo (en la conversación con Zagajewski alude a una "narración lírica"), algo que resulta factible, conviene añadir, gracias a la versión en español que, por suerte, no suena a poesía traducida. Basta con leer poemas como "El baile del manicomio", "Ola de calor" o "Sobre un tema de Lucrecio" para darse cuenta de lo que digo. Poemas, cabe anotar, con un vocabulario muy preciso; donde cada animal y cada planta, también cada utensilio, herramienta o arte de pesca, está nombrado con la exactitud propia de alguien que sabe bien de lo que habla.
Hay en ellos, además, una "ilusión de presente perpetuo". En la citada charla del Círculo, Burnside afirma que "el poema lírico es un viaje, o el final de un viaje por el que entramos en otra noción del tiempo, otra manera de vivirlo", que él relaciona con la durée bergsoniana. "Otro mundo" donde los vivos y los muertos conviven, ya se dijo, sin problemas.
Destaca, en fin, JD uno de sus impulsos centrales: la piedad, algo normal en una poesía que "tiene mucho de religiosa", sobre todo la más reciente, donde se constata un "aliento espiritual" y "la herencia cristiana". Una piedad nada abstracta, que uno toca cuando el poeta se refiere a sus vecinos: hombres tristes y mujeres resignadas que habitan ese mundo silencioso y legendario al borde de los bosques o del mar.
Ni libro del año ni del mes ni siquiera «uno de los mejores libros de los últimos años»; eso sí, Conjeturas y esperanza (que toma su título de un verso del poema "Pentecostés") es, ni más ni menos, un libro necesario que pone al alcance del lector una poesía y una poética que en palabras de W. N. Herbert evoca "el olvidado adjetivo «milagroso»". Atrévase.