22.5.16

Con Sergio del Molino

Cristina y Álvaro no paran. La Puerta de Tannhäuser, a pesar de sus horarios rigurosos, no se cierra. Por internet, de hecho, siempre tienen una ventana abierta. Quiero decir que pocas librerías más vivas, donde uno puede tomarse algo -un café o una cerveza- mientras localiza libros raros y hermosos -de la novela al cómic pasando por la poesía y el ensayo- que no suelen estar en cualquier parte, aunque en mesas y estanterías el lector curioso también encuentre ejemplares, digamos, normales, los clásicos en primer término, porque, en la medida de lo posible, tampoco ha renunciado a ser una librería de fondo. Donde nunca faltan, por cierto, autores de paso, en complicidad con ellos mismos, las reticentes y rácanas editoriales (sobre todo las grandes) u otras librerías, como la salmantina Letras Corsarias o la segoviana Intempestivos, que forman, junto a ella, la Conspiración de la Pólvora. Por lo demás, ¿o alguien lo duda?, parte del prestigio literario que ha adquirido esta ciudad se debe a que cuenta y ha contado con librerías dignas de tal nombre: Cervantes, El Quijote, La Puerta... Allí estuvimos la otra noche con Sergio del Molino que se acercó a presentar su exitoso ensayo La España vacía. Viaje por un país que nunca fue, publicado por Turner. Da un poco de pena que asistiéramos tan pocos porque, más allá del interés de la obra, los comentarios del autor, en conversación con el librero, dieron mucho de sí. No culpo a nadie, por supuesto. Soy el primero que evita más de lo deseable ese tipo de actos.
Celebrado, ya digo, por muchos (como Muñoz Molina, Manuel Jabois o Marta Sanz, que pasó por la ahí hace poco y con quien ganó Del Molino, ex aequo, el premio 'Tigre Juan'), el libro, que aún no he leído y no por falta de ganas (está en manos de mi mujer), marca ya un antes y un después en la bibliografía básica y esencial sobre lo que este país ha sido y es. Quedó muy bien explicado por su autor. Defensor de esa Tercera España de la que tanto habla Trapiello (que recuperó el término y la idea), ha tratado de analizar nuestra particular situación no a partir de la vieja y clásica dicotomía de las dos Españas políticas, sino de las dos sociológicas, diría, la urbana y la rural. La "vacía" es la segunda, la de tierra adentro, la de pueblos y ciudades provinciales alejados de la costa. 
Todo surgió de su última novela, Lo que a nadie le importa, de donde procede la frase del subtítulo, última de esa narración.
Me gustó su reflexión sobre los miembros de su generación, escritores como él, que, sin complejos, en positivo, vuelven a los asuntos de los abuelos y a sus lugares (del interior, sobre todo) para intentar construir un nuevo relato no tanto una nueva idea de España, con las nefasta experiencias anteriores nos basta, cuanto un país menos dañino, cainita y, en consecuencia, habitable. Sobre todo después de que la Dictadura franquista arrasara definitivamente con el concepto de patria, una de las pocas cosas que entre todos no hemos sido capaces de recuperar ni a este paso recuperaremos.
Si lo que dijo Del Molino tuvo sustancia, no se quedaron atrás algunas intervenciones del público (lectores, mejor). Como el periodista Jesús M. Santos, por ejemplo, que de este asunto sabe un rato y de Las Hurdes más, uno de los territorios visitados en el libro, o el narrador Nicanor Gil, que conoce de sobra lo rural. En todos los casos, gente que ha regresado a sus orígenes tras el éxodo a la gran ciudad, eso que Del Molino llama el Gran Trauma; "la migración tremenda que en muy pocos años dejó vacíos pueblos y campos para multiplicar la población de las grandes ciudades", al decir de Muñoz Molina.
A esa novedad en el enfoque habría que sumar la de su empeño por ofrecer un tipo de ensayo inusual en España, más divulgativo y anglosajón, al alcance de cualquiera y no sólo de los licenciados en Filosofía. 
Llena y no vacía, como él mismo comentó sorprendido, estaba la noche placentina (tan española) que, entre vinos, cervezas y otras viandas, paseó en compañía de los anfitriones, de Yolanda, María José y Gonzalo (que no deja de recomendar la obra hasta el punto de plantearse negociar una comisión y al que, muchos años después, vimos Y. y yo con un inédito ataque de risa), al amparó de la conversación, que se terminó en Las Cuevas, debajo del balcón donde vi mi primera biblioteca, y se prolongó más allá de lo que uno, ser soso y metódico por excelencia, acostumbra. Bien está.