En mi colegio, el Alfonso VIII de Plasencia, donde trabajé los últimos doce años de mi vida laboral como maestro de la escuela pública, cuando se jubilan nuevos compañeros nos invitan a participar en la fiesta consiguiente, esto es, en la comida del Parador. Cada cual paga su cubierto (salvo los homenajeados y sus familiares más cercanos) y se añaden diez euros para el regalo; regalo que eligen los que dejan de trabajar. Se suele optar por un viaje acorde al montante de lo recaudado. En mi caso, decidí que me resultaría más útil un ordenador portátil, éste en el que escribo.
Les ha tocado hoy el turno a Teresa Antúnez y a Juanjo Prieto. A las 14:45 estábamos convocados por ellos en el claustro de arriba para degustar un cóctel. Aunque hacía demasiado calor, ha sido muy agradable compartir conversación con los antiguos compañeros (en su inmensa mayoría, mujeres, lo normal en esta profesión) y degustar las suculentas delicias gastronómicas que tenían preparadas: jamón y morcón ibéricos, salmorejo, zorongollo, frituras varias, croquetitas, quesos... La comida posterior también ha sido, al menos en mi caso (nos habían dado a elegir dos opciones para primero, segundo y postre). Me ha gustado el arroz caldoso, la corvina a la parrilla y el lingote de cerezas, que uno se ha comido a la salud de Zapatero. Me han colocado en la única mesa habilitada (propia de las bodas de antaño) entre mi antiguo director, Javier Juanals, y mi viejo compañero de San Calixto, Luis Oliva.
Tras el café, hemos visto, según costumbre, vídeos con fotografías de los protagonistas de la jornada; imágenes en las que hemos aparecido al cabo casi todos los presentes. En esta o en aquella circunstancia. En el patio, en clase, en un pasillo, en una excursión... Son momentos delicados donde la melancolía aflora sin querer. Ve uno esa sucesión de momentos inolvidables con la sensación de que fueron felices. Porque no recordamos, es evidente, nuestra particular situación. Sólo ese instante. Puro, ajeno a cualquier ora cosa. Presente perpetuo.
A Juanjo, que era especialista en Educación Especial (no sé qué eufemismo le habrán puesto ahora), lo he tratado poco. Como ha dicho la directora, Amelia Trancón, en su discurso, es un hombre caracterizado por su sonrisa permanente. Trabajador y tranquilo. Buena persona. Se formó en la Laboral de Gijón, por cierto. Piornalego y maestro, que suele ser redundancia. Y socialista. Aficionado a la práctica del fútbol, y a lesionarse. Por culpa de eso ha conseguido el apodo de "El Breve", ya que ejerció el cargo de Jefe de Estudios del centro durante 17 largos... días, hasta que la muñeca se fracturó y dijo basta.
A Teresa, natural de Hoyos, la he tratado más. La conocí en Caminomorisco, allá por los noventa, y la tengo por amiga. Es una profesional sin vocación (dice ella), pero, como ha matizado Amelia, ya quisiera uno la mitad de la mitad de la solvencia de esta mujer en muchos de los que se consideran maestros vocacionales. No en vano sus materiales pedagógicos han llegado a la universidad y tanto ella como Mercedes (otra maestra capaz) han pasado por distintos cursos para difundirlos. Además, es artista. La autora del imán que ilustra esta entrada donde se representan tanto la figura del vistoso Jarramplas de Piornal como los preciosos encajes de su madre gateña. Buena lectora (incluso de poesía), estuvo en la presentación de Territorio junto a su pareja, Pedro, que también ha estado, cómo no, en la comida.
Por si la emotividad no hubiera sido lo suficientemente exaltada, el equipo directivo del colegio (Ricardo Arroyo al frente) ha elaborado un precioso vídeo sobre Auxi, que nos dejó hace unos meses. Ella era un torbellino, una persona alegre que cantaba. He salido de la Biblioteca del Parador, camino de casa, con un nudo en la garganta. Qué pena.
Reniego cuando sé que hay jubilaciones en el horizonte (soy así de misántropo), pero luego agradezco estas reuniones donde la camaradería y la amistad nos hace mejores personas.

