19.7.11

El capricho extremeño de Trapiello


















Nostálgico de parra, garganta y molino, he vuelto sobre las páginas extremeñas de Andrés Trapiello en estos primeros días de vacaciones que tan incómodos, por cierto, se me hacen y en los que tan culpable me siento debido a una vaga sensación de pérdida de tiempo que lo impregna todo y que no puedo evitar. Días poco calurosos, para lo que se acostumbra por estas fechas, soportables en la tibia penumbra de las habitaciones.
Lo primero fue quitar la contracubierta, como hago siempre que un libro la tiene. Lo segundo, habituarme a la edición: demasiado lujosa acaso, rígida por lo de la tapa dura, con un papel de excesivo gramaje. Lo he dicho muchas veces: prefiere uno lo rústico, que no quiere decir lo publicado de cualquier manera. Lo sobrio, mejor. O lo juanramoniano, que es lo que ha defendido siempre nuestro amigo. Si no, me cuesta subrayar, por ejemplo. Puede que echara de menos la edición anterior, en La Gaveta, lo que al llegar a las fotografías de Rafael Trapiello se comprende imposible: por exigencias de la edición. Para entonces, tras la complacencia en las imágenes, uno ya se ha olvidado de otra cosa que no sea lo que allí se cuenta y, por añadidura, lo que ilustra, siquiera en parte, esa apasionante narración. Sí, detrás de esa apariencia serena que transmite lo que T. escribe en (o desde) su casa de campo, uno siempre encuentra esa pasión soterrada, sujeta con dificultad, imposible de disimular. Una pasión de la tierra, robando el título (y sólo eso) a Aleixandre, que tiene lo justo de romántica, pero que lo tiene.
Prólogos y epílogos aparte, me ha sorprendido la novedad de estas páginas que uno lleva transitando tantos años. Es la misma sensación que el autor describe al volver a un lugar mil veces visto y otras tantas hollado y que, sin embargo, le parece nuevo e insólito. Por eso, o para eso, releemos. La poesía, sobre todo, y esto lo es.
Me confirmo en lo que unos pocos pensamos: que nadie se ha acercado a Extremadura como él, con esa mezcla de respeto y admiración que revelan los millares de páginas que le ha dedicado, imprescindibles para saber quiénes somos y dónde vivimos. Nadie capaz de sacarle a esta angosta esquina (que, por extensión y por intensidad, es un mundo) ese jugo secreto que, como si se tratara de una fruta desconocida y maravillosa, T. ha sabido destilar.
En la poética de la humildad, del pequeño y cotidiano milagro, de la observación minuciosa de la naturaleza, del paisaje y, a veces, del paisanaje (hay páginas duras al respecto), es donde hay que buscar la clave de este libro que, a mi modo de entender, no es sino el núcleo de ese proyecto mayúsculo denominado Salón de pasos perdidos. Tal vez porque Las Viñas, el Lagar del Corazón, son el centro y la medida de lo que de verdad le importa a A. T. Una metáfota perfecta. Una especie de aleph, a la manera borgeana: “el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos".
"No aspira uno a mucho en este rincón: cuidar unos pocos olivos, podar a su tiempo la parra, regar en el suyo unas tomateras, estercolar los rosales, recoger las zamboas, sembrar nardos, desbravar las zarzas, quitar las malas hierbas, ver amanecer con ilusión y ver atardecer en paz, escribir nuestros papeles y tener escogido y amistoso trato con algunos vecinos que hayan venido aquí, como a ermita del mismo cenobio, a cuidar también sus pocos olivos, a podar a su tiempo la parra, a cavar y regar su huerto, a cultivar sus rosales y hacer su trabajo, el que sea, con el impulso de quien ve salir el sol con ilusión y en paz lo ve acostarse.
Todo ello lo hemos encontrado en un rincón de la provincia de Cáceres. Me gusta pensar que se parece un poco a aquel “oscuro rincón que piensa” del que nos habló Machado. El rincón de los solitarios, de los poetas", ha dejado escrito T. en "Sigue tu camino", el texto que publicamos en Miradas sobre Extremadura (Editora Regional, 2008) y donde acaso mejor haya cifrado el sentido último (o primero) de su aventura extremeña.