16.2.12

Años lentos, de Aramburu














"Escribo desde la compasión", ha dicho Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) y eso se nota, y mucho, en su última novela, reciente premio Tusquets. Eso y que a este hombre, que se inició en la literatura de la mano del Lazarillo de Tormes, le gusta el celebrado Dickens, por aquello de que une la conmiseración y la lástima al humor, que tampoco falta en Años lentos, tan sutil como la ternura que envuelve esta breve historia ("La novela será corta o no será", escribe el narrador) concebida de una manera muy particular: el citado narrador (un niño en la época en la que transcurre: entre los años 1968 y 1971) cuenta al "señor Aramburu" una historia, la de su primo Julen, que vive junto a sus padres, Vicente y Maripuy, y su hermana Mari Nieves en un piso modesto de un barrio a las afueras de San Sebastián, y el escritor va intercalando, en ese fragmentario relato, unos "apuntes" (39 en total) destinados a la posterior escritura de la novela, que son, claro está, arte y parte de la misma. Ni que decir tiene que lo importante es lo que se cuenta, sí, pero no cabe duda de que las anotaciones, más allá del interesante efecto metapoético que traman (que tanto juego dará en los talleres de escritura), forman parte sustancial de lo narrado y son narración en sí.
La novela está escrita con una prosa dúctil, llena de matices, de una naturalidad oral pasmosa. Sí, todo es "de verdad" en la novela de Aramburu (por más que en el Apunte 32 se diga, con ironía no exenta de cinismo: "Primero la literatura; después, si queda sitio, la verdad"). Ah, ni es una novela autobiográfica ni sobre ETA. Es mucho más que eso. "Yo soy un hombre solitario que ha visto cosas", ha comentado Aramburu a Antonio Astorga, de ABC. Lo moral es aquí el tono. Y no añadiré cosa alguna. Lean este libro: les hará mejores.