
Hernández Zurbano (1976) es autora de Géiser, La
felicidad lingüística, ¿eres okupa?, Trucha vagabunda
y Esa flor parece un pájaro. De Polen y Tengo la
barriga cuadrada y la cabeza llena de lombrices. De la antología ¿Qué
hace el sonido de la noche en verano dentro de casa? “Mi casa está en
Cáceres”, afirma esta escritora, médica y antropóloga. Con esta última
dedicación está muy relacionado este libro extraordinario (en la cubierta, una
acuarela de Amanda Newton) que se abre con el fragmento de una canción
tradicional cusqueña. No es el único signo cosmopolita de una obra que tan en
cuenta tiene lo popular. Cuarenta y ocho poemas sin título ni casi signos de
puntuación, sólo sujetos al ritmo que marca la personal voz de Zurbano (un
lenguaje muy consciente de su intención y de su alcance, con un rico
vocabulario elegido con esmero que acoge palabras del latín, náhuatl, quechua…),
despliegan ante el lector un mundo terrenal “lleno de sus interminables maravillas”
donde la infancia verata y la memoria infantil (inevitablemente rural, agrícola
y campestre, junto a sus abuelos y su madre) se mezcla con distintas situaciones
vividas en México, Perú o India. Al fondo, mitos, costumbres, leyendas... Y
vivencias, claro. A uno le recuerdan estos versos los poemas primitivos
que rescató Cardenal en su memorable antología. Sabores, olores, sonidos y
visiones están muy presentes en esta poesía en extremo sensitiva, tan cercana a
verduras, frutas, árboles, animales… Al alimento y la comida. A lo simbiótico. Una
suerte de viajera ilustrada del XVIII nos parece a ratos Zurbano; formada, ya
se lee, científicamente (química, botánica). Sus descripciones, de puro precisas,
tornan poéticas. Aquí la imaginación juega a favor de la belleza y de lo
sagrado. “No te preguntes si esto es verdad, acoge/ más bien con fe las
palabras”.



