12.5.14

Popurrí de revistas

La elegante revista sevillana Sibila, que dirige el poeta Juan Carlos Marset y que coordina Patricia Ehrle, alcanza su número 42 y viene cargada de poemas, sobre todo. De Pedro Lastra, Vicente Valero, Juan Lamillar, Antonio Rivero Taravillo, Courtoisie, César Antonio Molina (del que quiero leer su libro sobre los intelectuales y el poder), Ruiz de Samaniego... No faltan prosas. De Martínez de Pisón (en casa leen La buen reputación), por ejemplo. Ni ensayos. De Francisco Jarauta, Alberto Corazón, Félix Duque, Eduardo Lourenço, Pedro Serrano... Tampoco falta la música, esta vez del compositor Joan Guinjoan del que se incluye "Integral de piano Vol. I"). Un lujo, sin duda.

Cuadernos del Matemático, que dirige Ezequías Blanco, celebra con un número doble (51-52) sus primeros 25 años. Lo hace por todo lo alto. Es imposible nombrar a cuantos han colaborado en esa conmemoración escrita. Sin dada es digno de mención el esfuerzo por mantener una revista así (donde cabe un poco de todo, de la traducción a al poesía, de la narración a la crítica), más si tenemos en cuenta que su núcleo está en el seminario de Lengua y Literatura del Instituto Matemático Puig Adam de Getafe. Aventuras así son las que justifican que otro nombre de la literatura sea perseverancia. ¡Gracias, compañeros! De las aulas y de las letras.

Clarín, dirigida por José Luis García Martín, llega al número 110 y viene, como siempre, colmadita de textos de interés. Me ha gustado especialmente el artículo de Insausti sobre las ruinas (con Shelley, Cernuda y Beckett, entre otros, al fondo), el de Carlos Moreno Guerrero sobre las cartas de Kafka a Felice (y la edición de Nørdica que recupera la traducción de Pablo Sorozábal),  las "notas" de Luis María Marina sobre el escueto mexicano Julio Torri, la entrevista a Luis Muñoz que firma Martín López-Vega, dos poetas españoles en Estados Unidos. También los poemas del paisajista Andrea Zanzotto, traducidos por Rosa Benéitez Andrés y Pablo López Carballo, y los de Billy Collins, una auténtica sorpresa, en traducción de Jaime Martínez. Teo Hernando parece escribir un poema dedicado al pescador de la tedeté que tanto le gusta a mis alumnos: "Para el siluro, / el agua de la ciénaga / es transparente." Tampoco me han dejado indiferente las memorias familiares de Ana Mª Reviriego, ni las "Notas sobre Venecia" de Juan Lamillar, cargadas de referencias culturales (literarias, artísticas, musicales). Así y todo, parte de esta nueva entrega está aún por leer. Por ejemplo, "Consejos y manuales", de Miguel Sanfeliu, que tiene, tras la primera ojeada, muy buena pinta.


También ha llegado Quimera, que dirige Fernando Clemot. Incluye en su número 366 un logrado dossier sobre el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. Coordinadores: Mateo de Paz y Juan Gracia Armendáriz)
Coordinado por Mateo de Paz y Juan Gracia Armendáriz, reúne artículos de ellos dos y, tomen nota, de Antonio Muñoz Molina, Ricardo Menéndez Salmón, Marta Sanz, Ernesto Pérez Zúñiga, Carlos Jiménez Arribas, Javier Mateos-Pérez, Eduardo Vilas, Claudio Fabián Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón. Un auténtico festín onettiano.
Como se aprecia en el índice, no es lo único reseñable de la revista barcelonesa.

11.5.14

Pregón de la XXXIV Feria del Libro de Salamanca

Excmo. Sr. Alcalde, concejal de Cultura y Turismo, autoridades, señoras y señores, libreros y lectores, queridos amigos.
Lo dije hace ahora un año en este mismo sitio, cuando presentamos los poemas de Plasencias, que era un honor para un placentino venir a Salamanca, lugar de mi ya larga memoria, a hablar de libros. Para empezar, porque esta es una ciudad culta y libresca, en el mejor sentido -“Ciudad de Cultura y Saberes” reza el eslogan-, algo que tiene mucho que ver, claro, con su antigua Universidad. Una ciudad de los libros que cuenta con los tres pilares básicos que la hacen digna de ese título: una espléndida red de bibliotecas municipales y públicas, un puñado de excelentes librerías y, en fin, consecuencia de lo anterior, un nutrido grupo de lectores, ciudadanos a favor de la lectura, como uno ha podido comprobar en alguno de los clubes que aquí existen. No estaría de más añadir las imprentas, que, sin categoría de industria, tampoco han faltado nunca en Salamanca. Qué sería de nosotros –autores, libreros, bibliotecarios, lectores- sin la existencia del benéfico editor. En este sentido, déjenme mencionar siquiera a Ediciones Sígueme, de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, congregación a la que pertenece uno de mis hermanos, veterana y rigurosa casa editorial que tiene su sede a un paso del muy helmántico Colegio de Fonseca.
Para seguir, agradezco la invitación porque la tarea de pregonar (esto es, de “publicar, hacer notorio en voz alta algo para que llegue a conocimiento de todos”), porque la tarea de pregonar, decía, la trigésimo cuarta Feria del Libro salmantina (que puso en marcha el alcalde Jesús Málaga, extremeño de origen y viejo amigo) relevo a uno de mis maestros, el poeta Antonio Colinas, pregonero vitalicio de la misma, a quien tanto admiro y del que acabo de leer y reseñar para ABC Cultural su último libro, Canciones para una música silente, que se presentará, por cierto, aquí dentro de unos días, donde tan presente está Salamanca (el Patio Chico, la Casa de las Conchas...)
No olvido que compartió jurado, hace más de veinte años, con el Nobel mexicano Octavio Paz, del que conmemoramos estos días su primer centenario, en la cuarta edición del Premio Loewe de Poesía, que recayó en mi tercer libro, Una oculta razón. Por entonces, 1991, ya llevaba uno años surtiéndose de volúmenes en algunas librerías salmantinas.
Cuando mi novia empezó a estudiar Psicología, compaginé las compras en la placentina Cervantes, mi librería de toda la vida, ahora bajo el nombre de El Quijote, con las frecuentes visitas al húmedo sótano de la Cervantes de aquí. O en Hydria y en Víctor Jara, a la que acaso he sido, que los demás me perdonen, más fiel. Pero ha habido más, aunque no pueda, ya digo, nombrarlas a todas. Uno quiere hacer suyas las palabras de Azorín, al que he vuelto, alguien que sabía bien de librerías, bibliotecas y ferias del libro, cuando el de Monóvar dijo: "Leer y tornar a leer. No hay más remedio. Ése es mi sino: la lectura y también el amor a la soledad." Tampoco olvido, al evocar aquel tiempo, lo unida que está la ciudad a mi formación como lector, ante todo, y como poeta. Estoy viendo ahora mismo la humilde edición en rústica, apenas un cuadernillo, del poema “Casa Lys”, de Aníbal Núñez, otro de mis maestros reconocido, el autor de Alzado de la ruina, uno de los libros más bonitos que se han escrito sobre este lugar, alguien, como ha demostrado de sobra en su particular biografía Fernando Rodríguez de la Flor, indisolublemente unido a Salamanca, que conoció, amo y sufrió como pocos, una piedra más de entre estas piedras, un invisible rostro de esta plaza y de la aledaña del Corrillo, donde, en su presencia inquietante y fantasmal, tantas veces lo vislumbré. Y ya que lo menciono, no puedo dejar de elogiar la edición que ha hecho Delirio, de Fabio de la Flor, tanto del libro que acabo de mencionar como de Obras, de mi paisano Felipe Núñez, amigo íntimo de Aníbal, salmantino de adopción, poeta ante todo, autor de unos pocos libros que valen, se podría decir, lo que no está escrito. Y ya que de amigos y maestros hablo, sigo hablando, cómo no acordarse, ay, del extremeño Ángel Campos Pámpano (que hoy, como me recuerda Elías Moro, cumpliría 57 años), estudiante de filología en esta Universidad (la de sus hijas ahora), el sitio donde aprendió la lengua de Camões y empezó a traducir a Pessoa, Eugénio de Andrade y tantos otros poetas portugueses contemporáneos. Ángel, que era del Zurguén, y, cómo no, de Aníbal y de sus compañeros Tomás Sánchez Santiago (de Zamora, premio “Ciudad de Salamanca” de novela) y Luis Javier Moreno (de Segovia), dos de entre tantos poetas que en esta ciudad vivieron o viven, una ciudad que contó con sus propias Escuelas Poéticas, en el XVI y el XVIII, y que, como comento, nunca ha dejado de tener entre sus vecinos a escritores y poetas de renombre. Imposible no mencionar a Fray Luis o a Unamuno, Torrente Ballester o Carmen Martín Gaite, y, de ahora mismo, además del citado Colinas, a Juan Antonio González Iglesias, uno de los mejores.
Poetas de fuera, como el mexicano Luis Arturo Guichard, el ibicenco Ben Clark o el cántabro Alberto Santamaría, o de aquí (y cito sólo a los que conozco personalmente), como Charo Ruano, Ángeles Pérez López, Asunción Escribano, Antonio Sánchez Zamarreño, Andrés Catalán, Raúl Vacas o José Manuel Regalado, con el que me cruzo cada mañana, en mi ciudad natal y suya adoptiva, camino del trabajo y por la tarde en el paseo junto al río (un Tormes como tantos). Novelistas como Luciano Egido y Luis García Jambrina.
Dije antes que una ciudad de los libros, como ésta, se apoya en tres puntales básicos, a saber: las bibliotecas, las librerías y los lectores. Debo añadir que esa ejemplar construcción se abrocha perfectamente con la celebración anual de una Feria del Libro. Ésta. No debería ser noticia, pero en estos tiempos aciagos lo es que un ayuntamiento la apoye y la sostenga, que su red de bibliotecas la organice (gracias, bibliotecarias y bibliotecarios) con la inestimable ayuda, eso sí, de los libreros, auténticos protagonistas de la misma. Y ahí, también de la mano, los lectores que de la forma abierta y accesible, sin tener que franquear puerta alguna ni enfrentarse a los temores que al parecer infunden los abarrotados estantes en penumbra de las librerías, pueden adquirir ejemplares de los libros de sus autores favoritos o fatigar las mesas de novedades en busca de su libro perdido, ése que siempre nos está esperando.
Es una fiesta democrática por excelencia. De ciudadanos y para ciudadanos que siguen, que seguimos teniendo en el libro, y por extensión en las librerías, un refugio ideal para esta temporada de intemperies que nos ha tocado sufrir. Un refugio, sí, para resistentes, personas que encuentran en los libros y en la lectura una forma de enfrentarse a las imposiciones de la moda y del poder que últimamente se ha convertido en una máquina economicista incapaz de ver en la crisis otra cosa que no sea su vertiente financiera y de mercado y que, por tanto, se olvida de lo sustancial, de lo importante, de eso que llamamos la vida de la gente. Y pues que de vida hablo, cómo no recordar que los libros nos ofrecen la asequible posibilidad de vivir esas vidas que jamás viviremos, de aportar a la nuestra, por sencilla que sea, la intensidad de las peripecias ajenas, ésas que suceden en lugares lejanos y que, por eso, llevan implícita la aventura del viaje, esa metáfora perfecta de la literatura y de la misma existencia.
El libro, ese gran invento. Elogio de la lentitud. Para resistentes, decía, para quienes huyen de la prisa y la precipitación, para los que luchan contra esta vida líquida, según Bauman, que pasa sobre nosotros sin que apenas nos demos cuenta. Para los que nadan contracorriente en esta “época de elementalidad” donde “se tiende a juzgar como superfluo cuanto no trae provecho inmediato y tangible”, al decir de Javier Marías.
Y ahí, el libro. La lectura. Ejercicio de paciencia, imaginación y pensamiento, el que nos ha hecho y nos hace más humanos o, por decirlo de otra manera, la operación intelectual más maravillosa y compleja que un hombre o una mujer pueden llevar a cabo, gracias a la cual, insisto, su condición vital, y aun mortal, cobra verdadero sentido. Casi un milagro.
Y lo dice un maestro de escuela, alguien que se dedica a enseñar, entre otras cosas emocionantes, a leer. Sí, crear lectores, fomentar desde la escuela la lectura, es un trabajo gustoso como pocos, créanme. Que los niños lean y hacerlo con ellos, una bendición (ahora que no nos oyen).
La lectura, además, es un eficaz consuelo que, desde la soledad y el silencio, nos libra de la incomunicación y del ruido.
Ese “leer y tornar a leer” de Azorín que para algunos letraheridos no deja de ser una pasión confesable (fervor, diría Zagajewski), tiene en esta Feria del Libro, sí, su mejor lección. La que nos ofrecen los políticos al apoyar lo que los ciudadanos demandan y necesitan (porque la cultura, ay, no es un lujo, a pesar de lo que parece que piensan en el ministerio del ramo); la que nos brindan los libreros, noble profesión que para sí uno quisiera, tenaces en su defensa de ese “conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”, en definición del diccionario de la Española, el formato que uno defiende, mucho más bonito, sensual y práctico que el dichoso libro electrónico (y menos pirateable, si se me consiente el palabro), lo mismo que defiendo los libros que en verdad son literatura, los “libros literarios”, escritos por verdaderos escritores, y, cómo no, las librerías de siempre, actualizadas al devenir de los tiempos (atentas a los beneficios de la técnica y al uso de Internet, impulsando el fomento de la lectura), y no esos monstruos amazónicos dignos de los exóticos programas de la tedeté.
“Esto es una forma de vida hecha para resistentes, nada más, decía aquí atrás Lola Larumbe, de la librería Rafael Alberti de Madrid.
Por aquí van a pasar a lo largo de estos días, entre otros, Juanjo Millás, los del Filandón (Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio y José María Merino), Benjamín Prado, Amancio Prada y Juan Carlos Mestre, Giralt Torrente (nieto del aludido Torrente Ballester), Fulgencio Argüelles, Jaime Siles (que de joven enseñó latines en Salamanca) y el esquivo Gonzalo Hidalgo Bayal, con el que tendré ocasión de conversar -otro nombre de la literatura- el sábado que viene en este mismo sitio. Éste sí en un lujo.
Termino. Y no se me ocurre una forma mejor de hacerlo que leyendo mi particular “Elogio de los libros”; un poema, quiero creer, donde se condensa, virtud de la poesía, lo que los libros, esa tradición de tradiciones, son y simbolizan.

Por la descripción del paraíso, y la ceguera de Tobías y por el viaje de Jonás alojado en el vientre de una ballena.

Por las aventuras de Ulises a través de un mar color de vino y por la explicación de sus hazañas hasta que pudo regresar a Ítaca.

Por las enseñanzas de Virgilio acerca del tiempo que nos huye, irremediable, y, cómo no, por las de Horacio, que nos animó a disfrutar del momento que pasa y a llevar una vida retirada y modesta.
 
Por los jardines y fuentes de los versos árabigos, porque evocan la pérdida del inmenso desierto.

Por la flor del cerezo y la luna y el río, y por los pabellones y por las batallas que cantan los poemas de los clásicos chinos.

Por el amor que ha abierto las murallas de todos los castillos de la historia y por los trovadores que inventaron el modo de asaltarlas.

Por las coplas escritas a la muerte del padre, y las noches oscuras y la senda escondida, y la hermosa locura que inventó Don Quijote.

Por el descenso a los infiernos donde habitan los monstruos y el ascenso a los cielos donde viven los ángeles.

Por la busca del tiempo que creímos perdido en la patria feliz de la infancia.

Por los cuentos de hadas y los cuentos de lobos, por su felicidad y por su miedo.

Por los cantos oscuros de las tribus remotas, tan acordes al ritmo con que suena la Tierra.

Por la tristeza y por el entusiasmo que se esconden detrás de las líneas escritas por cualquier ser humano.

Por los mares del mundo: los del norte y sus sagas, los del sur y sus islas; y los de la persecución de Moby Dick y los profundos del Nautilus.

Por los héroes de leyenda y los seres reales porque son las dos caras de la misma existencia.

Por las volteretas de todas las vanguardias y los sueños que inventan con sus saltos festivos.

Y por todos los libros, incontables, que admiten recordar lo olvidado y volver a lugares donde nunca estuvimos y vivir esas vidas que jamás viviremos. Porque el mundo es un libro que nos lee y que escribimos.

Muchas gracias y ¡feliz Feria del Libro!

                                                                                              Álvaro Valverde
Plasencia, abril de 2014

Con el alcalde Fernández Mañueco y Julio López, concejal de Cultura

10.5.14

La poesía de Antonio Cabrera

Los presuntos lectores de este blog conocen bien al poeta Antonio Cabrera (Medina Sidonia, 1958) y saben de mi admiración por su exigente obra. Pues bien, la colección Antologías de Renacimiento, tras publicar una de Antonio Moreno y otra de Manuel Neila (de la que hablaré por extenso en un próximo número de CHA), presenta Montaña al sudoeste, una selección de poemas suyos elegidos por el también poeta Josep M. Rodríguez, que prologa el libro. Titula esas páginas fragmentarias "Realidad y conciencia (Ocho invitaciones a la poesía de A. C.)", que podrían haber sido ochenta, si se me permite la exageración. 
Al puñado de versos obtenidos de los libros En la estación perpetua, (Premio Loewe, 2000), Con el aire (2004) y Piedras al agua (2010) -quedan fuera los haikus de Tierra en el cielo (2001)-, se suman cinco poemas inéditos que confirman la espléndida trayectoria de Antonio Cabrera. Una alegría. 

9.5.14

En Salamanca

Allí estaremos mañana, a partir de la una de la tarde, para leer el pregón de la Feria del Libro, la trigésimo cuarta que se celebra en esa ciudad de los libros y la cultura. 
Y el sábado próximo también, a las ocho de la tarde, cuando tenga uno ocasión de conversar delante del público con el escritor Gonzalo Hidalgo Bayal.

8.5.14

Vetas profundas

Borges por Humberto Rivas
"El sábado 3 de mayo inicié en el suplemento Territorios, de El Correo, una serie titulada Vetas profundas. Una vez al mes publicaré en dicho suplemento un artículo de reflexión a partir de un poema escrito por autores antiguos y modernos; poemas en los que se me figure que quedó prendida en grado de excelencia la poesía y con los que, yendo y viniendo días, compondré mi antología de poemas predilectos. No pretendo hacer comentario de texto al uso ni crítica literaria, sino compartir, de forma razonada y por supuesto serena, entusiasmo. Mi atención se centrará exclusivamente en poemas escritos originalmente en lengua española. Me estrené con uno de Borges. Y como El Correo no acostumbra publicar su suplemento literario en internet, me ha parecido bien, al menos por esta vez, traer mi artículo al blog." 
Con estas palabras, publicadas por Fernando Aramburu en Déjate de rosas, inicia el escritor vasco afincado en Alemania una nueva aventura literaria. Que la poesía le interesa no es nada nuevo, por algo es poeta. Que el experimento tendrá interés, tampoco. Basta con leer la primera entrega, dedicada a "Los justos", de Borges. No podía haber elegido mejor. 
Seguiremos al detalle estas Vetas profundas. Un auténtico filón. Al tiempo.

Moción de censura

Brígido / HOY
Sí, la de Vara. Me tengo por todo menos por frívolo, soy un realista militante, siento por la política el mismo desapego que casi todos y por el expresidente y por su partido un interés muy limitado (las decepciones ganan y uno no olvida, a pesar de mi respeto por Ibarra y la Extremadura que ideó), pero confieso que me gustaría que la cosa prosperase, un imposible, y que Monago y sus partidarios tuvieran que dejar el Gobierno de Extremadura para que otros recuperasen la Junta. Desde fuera, la situación, a qué negarlo, resulta divertida. Y que no nos vengan, los hunos y los hotros (citemos a Unamuno), con lo del interés general. Ya no cuela. Por eso, puestos a elegir, que siquiera por esta vez prime el espectáculo. Además, ¿no estábamos ya en ello? 

7.5.14

Ruskin y Rusiñol















La editorial hispanomexicana Vaso Roto ha creado una nueva colección denominada Cardinales. Son libros preciosos y pequeños, muy bien editados, que da gusto tener en las manos. El primero que leí fue el que abre camino a la serie: El sueño imperativo, de John Ruskin, un inglés resistente que marcó con sus ideas sobre arte, naturaleza y sociedad la era victoriana, aunque fuera a su pesar. Aquella sensibilidad artística de los burgueses del Grand Tour. También "fue parte decisiva de las educación sentimental  del laborismo británico", como nos explica en su espléndida introducción el editor y traductor de la obra, Jordi Doce. "Más que un crítico -señala-, fue un poeta y un maestro de la sensibilidad", algo que se aprecia de sobra en este breviario que tiene una actualidad y un interés nada desdeñables.
Naturaleza, Arte, Arquitectura, Sociedad y Economía y Autorretrato con las partes que lo componen. En todas ellas encontramos hallazgos y no hay fragmento que no muestre la fuerza de su pensamiento.
Esta tarde, después del trabajo, he dado buena cuenta de otro de los pequeños volúmenes de Cardinales: Máximas y malos pensamientos (Piensa mal y no erraras), del modernista barcelonés Santiago Rusiñol. Nada sabía uno de los aforismos del famoso pintor de jardines que ha tenido el acierto de traducir y editar Francisco Fuster, al que trajimos a este rincón hace poco con motivo de la publicación de Libros, buquinistas y bibliotecas. Crónicas de un transeúnte: Madrid-París (Fórcola). Su introducción es muy precisa y se abre con una oportuna cita de Azorín sobre el tiempo. De otro filósofo, Schopenhauer toma Fuster la teoría de la vida como comentario de texto: los primeros cuarenta años proporcionan el texto y los treinta que vienen detrás, el comentario. Por seguir a otro, Nietzsche, una fase dionisíaca o de acción y otra apolínea o reflexiva. En este "delicioso librito" hay "mucho de balance". En 1927, cuatro años antes de morir en Aranjuez, Rusiñol publica los doscientos aforismos que componen la obra.
Según Pla, "este libro de máximas morales resume, en realidad, cuarenta años de la vida de Rusiñol". Para entonces, ya llevaba muchos años desengañado y enfermo. Según su hija María, su padre estuvo en los últimos años de su vida obsesionado por el temor a la muerte. Se sentía viejo y enfermo (en 1899 perdió un riñón a consecuencia de su antigua adicción a la morfina) y cada vez más triste, lo que nunca había sido.
Por eso son frecuentes las sentencias sobre la enfermedad y los médicos, pero también las hay sobre los políticos y la política, las ideas, los sentimientos, las mujeres (otra fijación) y, en fin, casi todo lo que tiene que ver con la vida de un hombre. De un hombre de su tiempo, sí, pero me da que de cualquier época, por más que algunas reflexiones (sobre las mujeres especialmente) puedan herir las sensibilidades de ahora.
En plena moda del aforismo, nos parece muy oportuna la recuperación de los que escribió, una suerte de autobiografía, Rusiñol. Se leen con una leve sonrisa en los labios, aunque no les falte crudeza.
Me esperan dos libros más de esta colección: uno de Chantal Maillard, con reflexiones sobre la poesía, y otro de mi amigo Orlando González Esteva acerca de su paisano José Martí. Ya les contaré. 

6.5.14

Chema, Luis Arturo, Víctor y el Sr. Chinarro

"Quién me mandará a mí salir del sótano de mi casa. Decididamente soy un editor de sótano e internet y no de presentaciones y ferias", escribe José María Cumbreño en su muro de Facebook. Se fue triste de Plasencia el pasado sábado tras la presentación de Ediciones Liliputienes en la Feria del Libro de aquí. Sin despedirse, al menos de mí.
Era pronto, hacía calor, éramos cuatro gatos cuando comenzó su exposición apoyado en unos cuantos vídeos, muy logrados, de otros tantos poemas de algunos de los autores de la casa. Dos mexicanos, un argentino, un chileno, un par de dominicanos... Después tomó la palabra otro cuate, Luis Arturo Guichard, que leyó de viva voz un puñado de poemas donde el ruido y las plazas eran protagonistas. Le gusta, nos contó, estar rodeado de gente que te observa como al raro que eres mientras lees y de sonidos estridentes, tanto humanos como animales o mecánicos. Los propios de las ciudades. En esas estábamos. 
Más tarde llegamos nosotros, Víctor Martín Iglesias y yo. Elogié la labor de Cumbreño en defensa del diálogo ultramarino en nuestra misma lengua (aunque él no estaba para flores), reñimos al otro Víctor por no estar, hablé de mi obsesión por la obsesión de poner prólogos a la mayor parte de los libros de poesía actuales y leí, claro, el no-prólogo del suyo, Cómo hemos llegado a esto, editado en las humildes Liliputienses. Él hizo lo propio en estos casos y leyó poemas de ese libro y otros inéditos que, por cierto, me gustaron. Van a más. Me alegro. 
Para entonces, no lo he dicho, la carpa estaba llena. De maestros, sobre todo. Cosa, dijo Víctor, de su madre. Y se llenó aún más cuando entró en escena Antonio Luque, Sr. Chinarro, del que tanto había oído hablar (a los Víctor, sí, y a Julián Rodríguez, por ejemplo) y hasta leído, pero al que nunca había escuchado ni en vivo ni en diferido. Salí ganado para su causa. Disfruté no poco con algunas canciones y ninguna me decepcionó. No es que uno sea un ser musical, pero... Me pareció elegante, serio (en el mejor sentido) y con una voz sugerente, capaz de acompañar con la mayor dignidad a unas canciones (textos, digo) muy bien escritas. Una gran tarde-noche, salvo para Cumbreño. Su aventura dará -ya los está dando- frutos. Como dijo Machado, "El arte es largo y, además, no importa". Pues eso, Chema, a la tarea, que también va a más.

5.5.14

Premoniciones

El otro día, mientras daba el paseo, leí en el suelo del camino: "quemaría esta ciudad". Fue a la altura de la pasarela de San Juan. La otra noche soñé que había en Plasencia un terremoto. Lo recuerdo bien, cosa rara en mí. Era impresionante. En medio de la noche, me veía subiendo por la calle Talavera mientras los edificios se movían. Estaba solo, no había nadie. 

4.5.14

Lo que dejó la lluvia

Un nuevo libro de José Antonio Zambrano (Fuente del Maestre, 1946) es siempre un acontecimiento, al menos para quienes apreciamos su obra y, más allá, tenemos la fortuna de conocer al hombre que la ha escrito. 
Lo que dejó la lluvia aparece en Calambur (la editorial del libro que ha ganado el último Premio de la Crítica, donde están, entre otras, las poesías completas de Ángel Campos y Basilio Sánchez), donde él ya publicó Después de la noche, Treinta minutos de libertad Apócrifos de marzo
Como manda la moda (el asunto empieza a obsesionarme), los treinta poemas que lo componen llevan delante un prólogo, "Un hombre es lo que cuenta", de Ramón Pérez Parejo, profesor de la Universidad de Extremadura. Un prólogo, digámoslo pronto, exhaustivo, riguroso y lúcido que, desde luego, animará y orientará la lectura de estos versos.
El análisis filológico de Parejo alude al autor exigente que Zambrano es, un "buscador de palabras", y se fija en la simultaneidad entre lo culto y lo popular (les recuerdo que el libro anterior se titulaba Tonás de los espejos y tocaba este palo), y entre tradición e innovación. 
En lo amoroso, la reflexión metapoética y la indagación interior se centra, según el prologuista, la obra. No falta el "juego dialógico" y allí, Edinda, personaje que ya había aparecido en entregas anteriores de Zambrano y a la que algunos no nos cuesta identificar con una persona de carne y hueso, tal vez la misma a la que se dedica el conjunto, "por todo lo cuidado". Siempre, eso sí, a cierta distancia. Como señala Parejo, no es el poeta amigo de confidencias, ni sentimentales ni de las otras, de ahí que lo inmediato o anecdótico quede aquí anulado en pos de una manera de decir a la altura del rigor de quien escribe. 
Un tono sereno ("hasta hacer de mí una palabra paciente"), de naturalidad innegable (ese difícil artificio), marca estos versos donde el presente es el tiempo. "Hoy somos, / es hoy, tan solo hoy / el mundo", leemos. O "que lo que importa es vivir y no haber vivido".
Las enseñanzas de la edad, por decirlo con Valverde, morales ante todo, nos asaltan a cada paso. Así, "lo que enseñan los años: / que hay solo una verdad, / lo demás es la niebla"; "Siempre supe que mi sitio estaba / en los lugares aprendidos / y en la monotonía sutil del coraje"; "Dejadme, al menos, / la afable sensación de haber vivido". 
Soy y miro, dice con Szymborska, y a modo de resumen: "Todo para decir / que esta invención celebra el canto de un hombre / que ha pactado con su sombra / lo que dejó la lluvia."
De entre todos los libros que componen su "poética de resistencia", como la denomina el propio Zambrano, éste es, sin duda, uno de los mejores. "Nada queda al azar" en él, como afirma Parejo, lo que, entre otras razones, nos permite comprobar a las claras la verdadera condición de esta poesía. 

3.5.14

De feria en feria

Anoche asistimos a una lectura un tanto especial. Había oído hablar de las (re)presentaciones de Marino González con el actor Jesús Manchón, pero sólo ayer pude ver y escuchar cómo son. Dentro de las actividades de la modesta, pero necesaria, Feria del Libro de Plasencia (gracias Juanra, gracias libreros) estaba, en efecto, la de dar a conocer el primer libro de poesía del editor y escritor emeritense (de Almaraz), Incógnita del tiempo y la velocidad
No éramos muchos y el ruido exterior se hacía en la carpa bastante insoportable (ya lo pudo comprobar uno el año pasado), aun así ellos hicieron su trabajo que, sin duda, como a la mayor parte de los presentes, me dejó impresionado. Sobre todo en lo que toca a Manchón; al fin y al cabo, Marino tiene delante los poemas. 
Debe ser muy difícil mantener la calma y memorizar tantos versos (sin rima) bajo una presión ambiental como esa. Y física: un crío que se sentó en primera fila con la actuación ya empezada, en un momento dado, con el actor en plena tarea, se asustó y salió literalmente corriendo hacia localidades menos comprometidas. 
Uno, sí, comprobó que los poemas de ese libro, que leí hace unos meses en casa y en silencio, se sostienen también en voz alta (y hasta muy alta). Algunos, la mayoría, me sonaron estupendamente, como el siciliano "Octopus y La Gorgona", el que prefiero del conjunto. 
Esta noche nos toca a otros soportar las voces y los ecos de la animada plaza placentina. Al airado Cumbreño y su troupe liliputiense (no sé si con obispo, pero sí con el mexicano de Salamanca Luis Arturo Guichard), al primerizo (otra vez) Víctor Martín Iglesias (que ayer compartió con nosotros velada) y al Sr. Chinarro del que todos dicen maravillas. Veremos. Y, en el mejor y en el peor sentido, escucharemos. 

2.5.14

Sáez, premio Lourenço

Antonio Sáez Delgado, poeta, traductor, crítico y profesor de Filología Hispánica en la Universidad de Évora, ha ganado con el Premio Eduardo Lourenço, patrocinado por el Centro de Estudios Ibéricos, una entidad participada por la Universidad de Salamanca (de la que forman también parte las portuguesas Universidad de Coimbra y la Cámara Municipal de Guarda), y concedido por un jurado que formaban la vicerrectora de Internacionalización de la USAL, María Ángeles Serrano, el rector de la Universidad de Coimbra, João Gabriel Silva, el escritor Agustín Remesal y los profesores de la Universidad de Coimbra Manuel Santos y Fernando José de Almeida Catroga.
La dotación es de 10.000 euros.
Sáez se suma a un palmarés importante: Maria Helena Rocha Pereira, el citado Agustín Remesal, Maria João Pires, César Antonio Molina, Mia Couto, José María Martín Patino, Jerónimo Pizarro y Ángel Campos Pámpano, lo que nos alegra recordar especialmente.

Una mentalidad de invierno

"He abierto la ventana, he agradecido el nervio primaveral y el calor de esta ciudad de provincias francesa. Pero mi cabeza se ha perdido en lluvias frías y borrascas. He seguido una astilla de mi pensamiento y he recordado lo mucho que me convendría —para cuando lleguen los días glaciales— contar con una mentalidad de invierno. Una mentalidad poderosa, como la que con el tiempo han adquirido los africanos que, como yo, han venido a trabajar a esta región. Vivo aquí como puedo, lejos de mi tierra. Pero acabo de mirar hacia afuera y luego levemente hacia dentro y he percibido de golpe la inesperada y muy fuerte coloración, tan semejante a la de la jungla, el tam-tam salvaje, el pavoroso dibujo verdadero." Enrique Vila-Matas, "Las citas descolocadas", El País.

Cántico

Según el diccionario de la Real Academia, magníficat es “cántico que, según el Evangelio de San Lucas, dirigió al Señor la Virgen María en la visitación a su prima Santa Isabel, y que se reza o canta al final de las vísperas”. Dentro de la tradición cristiana, se situaría en el ámbito de los himnos o los salmos de acción de gracias. Juan Pablo II dijo en una homilía en la ciudad mexicana de Puebla que “el Magnificat es espejo del alma de María. (…) Es el cántico que anuncia el nuevo Evangelio de Cristo; es el preludio del Sermón de la Montaña.” Pues bien, en el segundo aniversario de la muerte de Carlos Pujol (1936-2012), la palentina Cálamo publica su segunda obra poética póstuma, que lleva precisamente ese título: Magníficat.
No es la primera vez que Pujol desvela sus creencias religiosas. Su último libro en vida se titulaba El corazón de Dios. Con todo, que nadie espere una obra sólo para creyentes ni sujeta a otras reglas que no sean las de la poesía, tan abiertas y liberales ellas. Pujol las conocía bien. Si por algo se caracteriza este puñado de poemas sin título es por su perfección formal, por el impecable ritmo y la sabiduría métrica que los gobierna con el fin de alcanzar una naturalidad asombrosa, impropia, aunque parezca paradójico, de ese virtuosismo. Su música callada se pone al servicio de una voz, la de la Virgen, que habla, con absoluta naturalidad también, de lo que le pasa. De Nazaret (“una aldea sin historia”), o de la huida de Egipto, de la visita de los Reyes Magos (“se fueron murmurando entre sus barbas / palabras de un lenguaje cabalístico”), de cuando asiste con su hijo a las bodas de Caná o recibe la visita del ángel.
Esa sencillez, cabe añadir, no deja de lado a la ironía, signo de inteligencia, pero además de humanidad. Del “largo aprendizaje de lo humano / que es difícil y cuesta sufrimiento” dan cuenta estos versos, algo que tiene que ver con Jesús, Jose´(“se deja ver tan poco”) y María, aquí personas terrenales, y, por añadidura, con el poeta que los escribió, suponemos, al final de su vida.
Una mujer terrenal, digamos. De ahí la cita elegida para abrir el volumen, de Villon, de su “Ballade pour prier Notre Dame”: “Dame du ciel, régente terrienne”.
En uno de los poemas menciona distintos nombres que se le han dado y al final concluye: “aunque María a secas no está mal, / Una escueta manera de llamarme.” En otro se refiere a un cuadro de Mategna donde aparece su rostro “arañado por arrugas” y a la “belleza de la vejez”. Lo dijo Hopkins, del que traduce: “María Inmaculada, una mujer”.
No faltan poemas que podrían pasar –que son- oraciones. Como el que empieza “Sobre todo me ocupo / de los desesperados”. “Nuesta Señora de los Buenos Libros” termina: “escribir y leer, quiere decirnos, / pueden ser oraciones”.
Estamos ante un libro intempestivo que contiene más poesía moral que religiosa. “Gente de mal vivir / que juega a la política / como si fuera la ruleta rusa”, leemos. Que rebosa, y eso es lo que importa, poesía por sus cuatro costados. Que tiene mucho de misterio, revelación y escucha. En el poema que lo cierra habla también la Virgen. De un niño de postguerra que, dice, “ahora ha escrito para mí estos versos”.

Nota: Esta reseña se publicó en ABC Cultural el día 18 de abril de 2014.

1.5.14

Landero dixit

¿Han cambiado mucho los jóvenes en los años que pasaron por tus aulas como profesor de secundaria?, le pregunta Salvador Vaquero a Luis Landero en El Periódico Extremadura, y éste responde: "Mucho. La enseñanza pública se ha degradado. La han degradado. Fiel reflejo de la sociedad pueril y tontorrona en la que vivimos, donde el dinero importa muchísimo más que el saber. Todo necio confunde valor y precio".
Luego aquél añade: ¿Qué maestros de la pluma han influido más notablemente en tu obra? "Tantos... -dice el de Alburquerque- Desde los cuentos que escuché en mi infancia (maestros no de la pluma pero sí del pico) hasta el último libro que terminé de leer ayer. No, no vamos a hacer una lista de maestros. Son demasiados".
Y más adelante: ¿Un recuerdo de la infancia en Alburquerque? "La libertad de los días interminables del verano". ¿Un viaje inolvidable? "El que hacía de niño entre el pueblo y el campo. Mis padres eran campesinos. Ir del pueblo al campo o del campo al pueblo, aunque solo distaban unos 15 kilómetros, eran viajes comparables a los de Odiseo o al de Marco Polo. No he vuelto a disfrutar del viaje como entonces".
Me gusta especialmente la respuesta proustiana a la pregunta ¿Una reflexión ante la vida?: "Dejemos las mujeres hermosas para los hombres sin imaginación".