¿Existe algún escritor, digno de tal nombre, al que no haya fotografiado Daniel Mordzinski? O dicho de otro modo: ¿Puede considerarse alguien un escritor, digno de tal nombre, si no ha sido retratado por ese hombre?
31.5.11
30.5.11
Mi calle
Conocí mi calle cuando era un camino de cabras, una vía llena de piedras y tierra por la que pasaban con frecuencia rebaños de ganado, pues por algo era (es) cañada. Hablo de los sesenta. Me he dado cuenta de que al pie de casa ya se ven algunas de aquellas piedras. Me ha hecho ilusión ese regreso a la infancia.
Hace más de ocho años que un alcalde popular asfaltó el medio de la calzada, por donde pasan los coches. El resto, donde éstos aparcan, quedó tal cual. Después de otros ocho de legislaturas socialistas, el deterioro es mayúsculo.
Unos días antes de las elecciones asfaltaron la Avenidísima (GHB dixit), aquí al lado. En un bar de la zona, alguien se preguntaba en voz alta el porqué, teniendo en cuenta, añadía, cómo estaba la Ronda, mi calle. Un parroquiano respondió con aplomo: porque aquí viven votantes del PP y la alcaldesa querrá arrancar unos votos.
Ya sólo espero que los arqueólogos se tomen cierto interés con el hallazgo. Qué menos.
Hace más de ocho años que un alcalde popular asfaltó el medio de la calzada, por donde pasan los coches. El resto, donde éstos aparcan, quedó tal cual. Después de otros ocho de legislaturas socialistas, el deterioro es mayúsculo.
Unos días antes de las elecciones asfaltaron la Avenidísima (GHB dixit), aquí al lado. En un bar de la zona, alguien se preguntaba en voz alta el porqué, teniendo en cuenta, añadía, cómo estaba la Ronda, mi calle. Un parroquiano respondió con aplomo: porque aquí viven votantes del PP y la alcaldesa querrá arrancar unos votos.
Ya sólo espero que los arqueólogos se tomen cierto interés con el hallazgo. Qué menos.
29.5.11
El ex ministro poeta
"¿Le valió de algo la poesía cuando se sentó en el despacho del político?", pregunta Manuel de la Fuente, de ABC, a César Antonio Molina, con motivo de la publicación de un nuevo libro de poemas del ex ministro de Cultura de España (Cielo Azar, Pre-Textos). Éste responde: "A mí sí. Creo que he sido un político atípico y heterodoxo. Y lo pagué. Salvando las distancias y las diferencias de época fui como Azaña, un intelectual metido en la política. Pero sí me valió la poesía. Para tener mas saber, conocimientos, experiencia y también para saber irme con dignidad y con honor, y con la alegría de haber hecho grandes cosas. Personas como Azaña, como yo, sufrimos más en la política, porque no estamos amparados del cinismo de la política. Pero estoy muy satisfecho y además el tiempo cada vez me dará más la razón".
"¿Y ese cinismo no caló en su literatura?", inquiere el periodista. "No, nunca he sido un cínico, y quizá ese haya sido mi principal defecto en mi paso por política", contesta el poeta.
"¿Y ese cinismo no caló en su literatura?", inquiere el periodista. "No, nunca he sido un cínico, y quizá ese haya sido mi principal defecto en mi paso por política", contesta el poeta.
28.5.11
El otro Víctor
Ahora me refiero a Víctor Martín Iglesias quien, recién llegado de Estados Unidos, tras dos cursos en la Universidad de Villanova, se ha ido a Marruecos a ver a Víctor Peña Dacosta no sólo con afanes turísticos y amistosos, que también, sino para leer sus poemas en el Instituto Español JRJ de Casablanca. De allí llegan dos nuevos cuadernillos con poemas suyos. Su título, como el de su primer libro: Cómo hemos llegado a esto. Dentro, tres: el que le da título, "Autorretrato" y "Back up". Como es costumbre, en la colección La letra nazarí aparecen traducidos al árabe por Saïd Rahali y en La bala de seda al inglés por Berrocoso&Martín.
Este muchacho no para. Bien está.
Este muchacho no para. Bien está.
27.5.11
Poemas
Da un poco de pena, o mucha, según el día, ver y leer los poemas (o así) que, a modo de ejemplo, vienen en el libro de texto que uno usa con sus alumnos. De autores desconocidos, al menos para mí, ajenos a cualquier jerarquía o canon, lo peor es que carecen de la mínima categoría literaria exigible. Sí, son muy malos. Supongo que olvidar aquellos que ilustraban los libros de antes -los de Lope o Quevedo, Juan Ramón o Machado- es digno de la nueva pedagogía, así, con minúscula, pero no deja de ser un triste despróposito. ¿Cómo van a cogerle gusto a la poesía con estos modelos tan torpes, tan penosos, tan... modelnos?
25.5.11
24.5.11
A dos manos
Lo cuenta muy bien Jordi Doce en su blog. Y uno también hizo alusión al asunto cuando comentó aquí su libro Perros en la playa. Sólo queda puntualizar una cosa: di forma de poema a su texto, pero las palabras son suyas y sólo suyas. La autoría, vamos. Me limité a asumir el viejo oficio de copista. Con gusto. Amistad se llama esa figura. Y admiración, of course.
23.5.11
Plossu & Bonet
No es nueva la relación intelectual entre el fotógrafo francés Bernard Plossu y el poeta español Juan Manuel Bonet. Como ya he contado alguna vez, algunos descubrimos la obra del primero cuando el segundo dirigía el IVAM. Pues bien, el próximo 6 de junio se inaugura en la galería José R. Ortega de Madrid la exposición Nord-Sud, con treinta fotografía de Plossu y treinta poemas de Bonet. El catálogo será, además, un nuevo libro. He aquí uno de los poemas escrito a partir de la obra París 1973:
EL CRIADO DE PAUL MORAND
Avanza misterioso, sigiloso,
en la agobiante oscuridad dorada
habitual en esta clase de sitios.
Es sólo un camarero, y en un chino
— oros tan demóticos, de ficción —
de barrio de París, y sin embargo
para ti siempre será, con su rostro
invisible, el raudo criado chino
que nunca jamás tuvo Paul Morand.
22.5.11
La poesía
No se parece a una recta interminable de, pongamos por caso, una carretera de la Patagonia, sino al trazado sinuoso de una ruta secundaria, por ejemplo, del norte de Extremadura.
21.5.11
Un poeta en un terremoto
El poeta y periodista Javier Rodríguez Marcos (Nuñomoral, 1970) acaba de publicar en Debate (colección La Ficción Real) Un torpe en un terremoto, un libro que, como bien dice su amigo Andrés Trapiello, podría haberse titulado Un poeta en un terremoto. JRM lo es. Ante todo. De hecho, sus lectores llevamos tiempo esperando ese nuevo libro de poemas que tanto se hace esperar. Bueno, tampoco tiene uno muy claro, como su autor, el género de éste y, más allá, no falta en él lo que se dice poesía, esa cosa tan escurridiza como difícil de nombrar.
No podía sospechar JRM que la salida de su libro iba a coincidir con dos sucesos lamentables, aunque de distinta dimensión: el tsunami de Japón y el terremoto de Lorca. La actualidad, inseparable del periodismo, está, pues, garantizada. Y de qué manera. Pero, ¿de qué va? El título es elocuente. RM, periodista cultural del diario El País, estaba en casa pendiente de enviar un artículo cuando le llama un jefe (en el libro, como en el periódico, hay muchos) de la sección de Internacional que, a sabiendas de que tiene billete para Chile, donde ha de cubrir la celebración del Congreso de la Lengua Española de Valparaíso, le propone ocuparse del terremoto que ha tenido lugar (27 de febrero de 2010, el cumpleaños de Y.) en aquellas lejanas tierras. Luego se cruzaron el melvillesco "Preferiría no hacerlo" con el "Pensé que no, dije que sí. La historia de mi vida". Y allá se fue. Sin experiencia, claro, teniendo muy presentes las "obras de misericordia" que le dictó apresuradamente por teléfono otro jefe, el suyo directo, antiguo corresponsal de guerra. Y a eso iba. Su puesto avanzado: la ciudad de Concepción, en el profundo sur chileno.
Como se intuye, el relato es, al mismo tiempo, periodismo -crónica- y algo más. ¿Ficción? No diría tanto. Mejor, diario. Y ensayo. De JRM, además de sus reportajes culturales, ya habíamos leído otras prosas. Medio mundo, un libro de viajes, y Vidas construidas (de arquitectos), dejaron a las claras sus habilidades prosísticas. Aquí, con un lenguaje preciso, descarnado diría, tan tenso como las situaciones que describe, la cosa va a más.
Uno prefiere lo que tiene de personal (no me atrevo a decir de autobiográfico). A un capítulo digamos periodístico le suele suceder otro donde la peripecia particular se impone. Son, ya digo, los que más me gustan. Es indudable el valor de testimonios como el del geólogo Cecioni ("educación, información, coordinación") o la recreación que se hace de la expedición de Darwin (con fragmento del poema que le dedicó Enzensberger incluido) o, en fin, de la crónica de Martí sobre el terremoto de Charleston, pero también la narración de la acampada, a falta de hotel, en el jardín de la casa de Grimanesa Verdugo y familia y las mil odiseas que tuvo que sufrir en carne propia para poder enviar las dichosas crónica (lo más importante) y así poder desarrollar su trabajo.
El tono del libro es irónico y, no pocas veces, directamente humorístico. En él se ve a las claras el carácter de RM, muy reconocible para quienes le conocemos siquiera un poco.
Con todo, quizá lo más destacable de este excelente libro es lo que tiene de ensayo, como dejé caer antes. Sí, JRM aprovecha los azares y casualidades para desplegar una sutil teoría, muy lúcida, sobre el periodismo y la literatura, aunque más sobre lo primero (pero inseparable, ay, de lo segundo). Quiero decir que en Un torpe en un terremoto hay metaperiodismo, si eso existe, esto es, reflexión sobre la tarea periodística, sobre el reporterismo, sobre el presente y el futuro de la prensa y otros asuntos de igual o mayor enjundia que dan a la obra una densidad que en apariencia no tenía. O parecía que no iba a tener. Basta leer el capítulo 12: "¡Me dio un beso!".
Para desplegar esas ideas, tan apegadas al terreno, que tiembla -como él- cada poco, se sirve de maestros tan consumados como Kapuscinski o Chéjov (que se fue a Sajalín), pero no faltan en sus páginas referencias a su adorado Camus, al socorrido y viajero Pla o, cómo no, a Capote.
JRM confiesa que "sólo quise contar lo que vi". No es poco. Lo ha conseguido. Vamos, que, sin haber estado en medio de las ruinas de aquella catástrofe (palabra que, según explica, se fragua en este sentido a partir del famoso terremoto de Lisboa) y sin haber aguantado sacudida alguna ni pasado penalidades por culpa de la falta de agua, vivienda o alimentos, uno comprende mejor lo que han sentido y sienten cuantos se ven sometidos a esa continua expresión furiosa de la naturaleza."Decirlo nunca es verlo -dice-, por más que leerlo tal vez sí lo sea".
Ningún cierre mejor que la "teoría de Pablo" sobre escapar y perseguir para apuntalar Un torpe en un terremoto. Ni ninguna cita más adecuada que las palabras de Darwin, cuando regresa a casa tras recorrer medio mundo y dar a luz su teoría sobre el origen de las especies. No me extraña que le parecieran escritas por él. Un libro, por fortuna, digno de un periodista, pero que rebasa los límites del género y las indicaciones de los libros de estilo. Es imposible sentir, como dijo Rulfo, "remordimientos". Al revés. Libro, en suma, para escapar y para perseguir, porque en el juego de la vida ambas acciones son inevitables.
No podía sospechar JRM que la salida de su libro iba a coincidir con dos sucesos lamentables, aunque de distinta dimensión: el tsunami de Japón y el terremoto de Lorca. La actualidad, inseparable del periodismo, está, pues, garantizada. Y de qué manera. Pero, ¿de qué va? El título es elocuente. RM, periodista cultural del diario El País, estaba en casa pendiente de enviar un artículo cuando le llama un jefe (en el libro, como en el periódico, hay muchos) de la sección de Internacional que, a sabiendas de que tiene billete para Chile, donde ha de cubrir la celebración del Congreso de la Lengua Española de Valparaíso, le propone ocuparse del terremoto que ha tenido lugar (27 de febrero de 2010, el cumpleaños de Y.) en aquellas lejanas tierras. Luego se cruzaron el melvillesco "Preferiría no hacerlo" con el "Pensé que no, dije que sí. La historia de mi vida". Y allá se fue. Sin experiencia, claro, teniendo muy presentes las "obras de misericordia" que le dictó apresuradamente por teléfono otro jefe, el suyo directo, antiguo corresponsal de guerra. Y a eso iba. Su puesto avanzado: la ciudad de Concepción, en el profundo sur chileno.
Como se intuye, el relato es, al mismo tiempo, periodismo -crónica- y algo más. ¿Ficción? No diría tanto. Mejor, diario. Y ensayo. De JRM, además de sus reportajes culturales, ya habíamos leído otras prosas. Medio mundo, un libro de viajes, y Vidas construidas (de arquitectos), dejaron a las claras sus habilidades prosísticas. Aquí, con un lenguaje preciso, descarnado diría, tan tenso como las situaciones que describe, la cosa va a más.
Uno prefiere lo que tiene de personal (no me atrevo a decir de autobiográfico). A un capítulo digamos periodístico le suele suceder otro donde la peripecia particular se impone. Son, ya digo, los que más me gustan. Es indudable el valor de testimonios como el del geólogo Cecioni ("educación, información, coordinación") o la recreación que se hace de la expedición de Darwin (con fragmento del poema que le dedicó Enzensberger incluido) o, en fin, de la crónica de Martí sobre el terremoto de Charleston, pero también la narración de la acampada, a falta de hotel, en el jardín de la casa de Grimanesa Verdugo y familia y las mil odiseas que tuvo que sufrir en carne propia para poder enviar las dichosas crónica (lo más importante) y así poder desarrollar su trabajo.
El tono del libro es irónico y, no pocas veces, directamente humorístico. En él se ve a las claras el carácter de RM, muy reconocible para quienes le conocemos siquiera un poco.
Con todo, quizá lo más destacable de este excelente libro es lo que tiene de ensayo, como dejé caer antes. Sí, JRM aprovecha los azares y casualidades para desplegar una sutil teoría, muy lúcida, sobre el periodismo y la literatura, aunque más sobre lo primero (pero inseparable, ay, de lo segundo). Quiero decir que en Un torpe en un terremoto hay metaperiodismo, si eso existe, esto es, reflexión sobre la tarea periodística, sobre el reporterismo, sobre el presente y el futuro de la prensa y otros asuntos de igual o mayor enjundia que dan a la obra una densidad que en apariencia no tenía. O parecía que no iba a tener. Basta leer el capítulo 12: "¡Me dio un beso!".
Para desplegar esas ideas, tan apegadas al terreno, que tiembla -como él- cada poco, se sirve de maestros tan consumados como Kapuscinski o Chéjov (que se fue a Sajalín), pero no faltan en sus páginas referencias a su adorado Camus, al socorrido y viajero Pla o, cómo no, a Capote.
JRM confiesa que "sólo quise contar lo que vi". No es poco. Lo ha conseguido. Vamos, que, sin haber estado en medio de las ruinas de aquella catástrofe (palabra que, según explica, se fragua en este sentido a partir del famoso terremoto de Lisboa) y sin haber aguantado sacudida alguna ni pasado penalidades por culpa de la falta de agua, vivienda o alimentos, uno comprende mejor lo que han sentido y sienten cuantos se ven sometidos a esa continua expresión furiosa de la naturaleza."Decirlo nunca es verlo -dice-, por más que leerlo tal vez sí lo sea".
Ningún cierre mejor que la "teoría de Pablo" sobre escapar y perseguir para apuntalar Un torpe en un terremoto. Ni ninguna cita más adecuada que las palabras de Darwin, cuando regresa a casa tras recorrer medio mundo y dar a luz su teoría sobre el origen de las especies. No me extraña que le parecieran escritas por él. Un libro, por fortuna, digno de un periodista, pero que rebasa los límites del género y las indicaciones de los libros de estilo. Es imposible sentir, como dijo Rulfo, "remordimientos". Al revés. Libro, en suma, para escapar y para perseguir, porque en el juego de la vida ambas acciones son inevitables.
20.5.11
Rutina
Parece inofensiva, pero deberíamos temerla. Así, cuántas veces leemos que a tal o cual persona le han detectado ése o aquél mal en una visita rutinaria al médico, en un chequeo o en una analítica habituales. Eso pensaba uno, aprensivo confeso, esta luminosa mañana mientras me acercaba a recoger los resultados de un análisis reciente y a que el médico me hiciera los pertinentes comentarios. Todo bien, gracias.
El lunes tengo otra visita ordinaria: al oftalmólogo. Seguimos.
El lunes tengo otra visita ordinaria: al oftalmólogo. Seguimos.
¿Qué pasa en Sol?
Leo una reflexión de Martín López-Vega que me aporta algo de luz sobre este complejo asunto del movimiento 15-M o como quiera que se llame. Esto no es, desde luego, lo importante.
Leo otra de Miguel Ángel Lama, interesante también.
Y Trapiello escribe: "Allí un puñado de jóvenes a los que una esclerótica Junta Electoral quiere arrancar las alas, ha empezado a decir con voz clara y pacífica, que es el vuelo más alto de la democracia, lo que sus padres hemos callado durante demasiado tiempo".
Veremos.
Leo otra de Miguel Ángel Lama, interesante también.
Y Trapiello escribe: "Allí un puñado de jóvenes a los que una esclerótica Junta Electoral quiere arrancar las alas, ha empezado a decir con voz clara y pacífica, que es el vuelo más alto de la democracia, lo que sus padres hemos callado durante demasiado tiempo".
Veremos.
19.5.11
Botín de libros
Francisco Díaz de Castro publica en Renacimiento, en su vistosa colección Antologías, Material para nunca. Que la crítica y la cátedra alejan a veces a ciertos poetas de la consideración que merecen parece un hecho probado en el caso de Díaz de Castro. Basta con leer sus poemas para darse cuenta de ello. Para demostrar eso, y más, está el prólogo que firma Álvaro Salvador al frente de esos versos: hermoso y contundente. Como ellos.
Javier Sánchez Menéndez, el arriesgado editor de Isla de Siltolá, publica, después de quince años de sequía o silencio poético (tan necesario a veces), Una aproximación al desconcierto (SIM/Libros). Un puñado de poemas donde la cotidianidad y la reflexión sobre el paso del tiempo se abren paso para mostrar a las claras lo complicada (y apasionante) que es la vida, madurez mediante.
El hispano-colombiano Antonio María Flórez publica Tauromaquia (Antología Trema) (Ayuntamiento de Don Benito, su pueblo, que inaugura plaza) en medio de un raro ambiente donde se mezcla la crítica contra la Fiesta, a veces furibunda, con los éxitos, día sí y feria también, de algunas figuras. Cómo olvidar, entre ellas, a extremeños como mi paisano Juan Mora o a Talavante, que salió por la puerta grande de Las Ventas el otro día después de cuajar una faena de las que hacen historia. Lo cierto es que Flórez conoce y aprecia ese rito (por algo ha vivido en la región más taurina de Colombia: Manizales) y consigue transmitir ese difícil arte en sus versos.
Javier Sánchez Menéndez, el arriesgado editor de Isla de Siltolá, publica, después de quince años de sequía o silencio poético (tan necesario a veces), Una aproximación al desconcierto (SIM/Libros). Un puñado de poemas donde la cotidianidad y la reflexión sobre el paso del tiempo se abren paso para mostrar a las claras lo complicada (y apasionante) que es la vida, madurez mediante.
El hispano-colombiano Antonio María Flórez publica Tauromaquia (Antología Trema) (Ayuntamiento de Don Benito, su pueblo, que inaugura plaza) en medio de un raro ambiente donde se mezcla la crítica contra la Fiesta, a veces furibunda, con los éxitos, día sí y feria también, de algunas figuras. Cómo olvidar, entre ellas, a extremeños como mi paisano Juan Mora o a Talavante, que salió por la puerta grande de Las Ventas el otro día después de cuajar una faena de las que hacen historia. Lo cierto es que Flórez conoce y aprecia ese rito (por algo ha vivido en la región más taurina de Colombia: Manizales) y consigue transmitir ese difícil arte en sus versos.
En defensa de la pluralidad y convivencia de poéticas
A raíz de la publicación de la antología Poesía ante la incertidumbre (ya comentada), otros poetas (ignoro quiénes) lanzan una carta abierta "en defensa de la pluralidad y convivencia de poéticas". Por aquello de equilibrar opiniones, quien quiera leerlo puede pinchar aquí. Aloja el manifiesto y ciertas explicaciones Ernesto García López en su blog.
18.5.11
Días de García Martín
Ya nunca nadie podrá decir aquello de que la literatura española carece de libros de memorias y de diarios, porque esa literatura del "yo" ha abundado en los últimos años, no digamos desde la aparición de los blogs. De los que han nacido con voluntad literaria, quiero decir. De "ególatras grafómanos" como dice el protagonista de esta entrada.
Dos décadas han pasado, recuerda José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, 1950) en Para entregar en mano (colección Levante de La Isla de Siltolá), desde que publicó sus Días de 1989, primer volumen de sus diarios. Luego han venido muchos más. La mayor parte los ha ido leyendo uno, aunque de aquél no salí bien parado. Uno, preciso, y algunos más, sobre todo poetas. No en vano su autor fue durante varios lustros crítico de referencia, amén de antólogo; apreciado o temido, según tendencias. No creo que haya dejado de ser lo primero (de lo segundo se retiró hace tiempo), pero al no ejercer la crítica, como él dice, en medios de primera línea, cualquiera puede acabar como el olvidado Florencio Martínez Ruíz.
De los diarios de JLGM se podría decir que configuran un mismo libro, por seguir la terminología de su amigo Andrés Trapiello. Sin embargo, como los poetas que más le gustan, con ser siempre iguales, suenan siempre de forma distinta.
Estos se ocupan de dos años: 2008 y 2009.
Nadie más rutinario que él: "El orden es la mayor aventura". Sus jornadas están hechas de madrugar, dar sus clases de literatura en la Universidad de Oviedo (si es domingo, toca el "peripatético rito bibliófilo"), comer en cualquier restaurante de menú, pasear, leer y escribir (más en cafés que en casa: "como a todos los solitarios, me gusta la gente"), asistir a tertulias, ir al cine, escuchar óperas, contestar a cartas y e-mails, ver la tele después de cenar y no trasnochar nunca. No sé si sigue viajando cada sábado a Avilés, según costumbre, ahora que su madre ya no está.
Con todo, su gusto por viajar (por volver, ante todo), rompe esa aparente monotonía y, entonces, nos habla de Venecia (a la que dedicó un precioso libro), Lisboa, Nueva York, Nápoles o Buenos Aires que, junto a Coimbra, Perugia y Aldeanueva del Camino, son sus lugares del alma. Sí, aunque confiesa que odia el campo (que, como casi todos, identifica con lo rural y sus miserias espirituales), su pueblo natal está muy presente, cada vez más, en su vida. Algo muy lógico. Quizá por eso, entre líneas, envidia la vida retirada del poeta Antonio Moreno.
Martín colecciona también jardines y casas. Le encantan las enumeraciones caóticas, tan borgeanas. O trufar las páginas de aforismos, sentencias, haikus (excelentes), epigramas, listas (sabe, por ejemplo, los enamoramientos que ha tenido o el número de personas que le estiman), encuestas y todo tipo de ocurrencias que unas veces entretienen y casi siempre le hacen a uno pensar. Suelen ser pessoanos desdoblamientos, propios de alguien que al que le gustan los heterónimos (del fotógrafo Juan Ochoa, uno de ellos, es la imagen de la cubierta).
Paradójico por naturaleza, puede ser tierno (sus amigos, reunidos en Ronda, averiguaron hace años, lo cuenta Trapiello, que tiene corazón), al recordar a nuestro querido Ángel Campos, o sentimental (como cuando llora con la biografía de Hölderlin escrita por Antonio Pau), pero también cínico (o eso me parece a ratos), vanidoso ("Algo sé de vanidades. Al fin y al cabo llevo toda una vida lidiando con poetas"), acaso un poco misógino (del amor y todas sus variantes, matrimonio inclusive, no faltan incisivas referencias) y, cómo no, malévolo. Con Javier Marías, Gamoneda, Gimferrer, S. Rosillo, Caballero Bonald o Muñoz Rojas; "la menor cantidad de poeta posible", según él. Con todo, se agradece que las maldades no abunden tanto como solían, por más que le cuadre aquello de genio y figura. "El literatura, como en lo demás, si no molestas es que no existes", ha dicho. O "Si nadie te detesta, no eres nadie".
En las páginas de este libro, como en todos los suyos, lo real y lo inventado o imaginado se sucede sin solución de continuidad. "Miento siempre, pero nunca engaño" es una frase suya que explica bien lo que queremos decir. O esta otra: "Todos nos creamos un personaje".
Lo que más me gusta de este libro (de sus dietarios en general) es su capacidad de encantamiento, esa perplejidad ante lo nimio y lo sencillo (un atardecer, el canto de un pájaro, la lectura de un poema, el encuentro con un libro antiguo, la conversación con un amigo, la visión de una ciudad amurallada o el jardín cerrado de una vieja casona), esa naturalidad ante la común existencia que sólo un niño o un "perpetuo adolescente", como él, puede comprender en su verdadera dimensión y maravilla y, en consecuencia, transmitir.
"Yo soy feliz a menudo", escribe, y eso se nota. Por eso, ya digo, es tan gratificante pasear por el mundo al lado de alguien al que "cualquier nimiedad me fascina", a pesar de que se considere "un hombre de aburridas obsesiones" que a ratos se ve "enredado en melancolías".
Porque le conozco desde hace muchos años, porque fue decisivo en mis primeros tanteos literarios, porque soy rutinario, estable, madrugador y nada noctámbulo como él, porque también he estado con paisanos emigrantes en Suiza, porque compartimos muchos poetas y no pocas lecturas, porque sé que no está pasando por sus días mejores (por la reciente muerte de su madre), porque, en fin, aprecia también uno el humilde milagro de la vida común y sencilla, he leído con tanto interés y he sido tan feliz leyendo Para entregar en mano. Libros así, como decía al principio, confirman que nuestra literatura memorialística goza de excelente salud. Eso y que José Luis García Martín es humano.
Dos décadas han pasado, recuerda José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, 1950) en Para entregar en mano (colección Levante de La Isla de Siltolá), desde que publicó sus Días de 1989, primer volumen de sus diarios. Luego han venido muchos más. La mayor parte los ha ido leyendo uno, aunque de aquél no salí bien parado. Uno, preciso, y algunos más, sobre todo poetas. No en vano su autor fue durante varios lustros crítico de referencia, amén de antólogo; apreciado o temido, según tendencias. No creo que haya dejado de ser lo primero (de lo segundo se retiró hace tiempo), pero al no ejercer la crítica, como él dice, en medios de primera línea, cualquiera puede acabar como el olvidado Florencio Martínez Ruíz.
De los diarios de JLGM se podría decir que configuran un mismo libro, por seguir la terminología de su amigo Andrés Trapiello. Sin embargo, como los poetas que más le gustan, con ser siempre iguales, suenan siempre de forma distinta.
Estos se ocupan de dos años: 2008 y 2009.
Nadie más rutinario que él: "El orden es la mayor aventura". Sus jornadas están hechas de madrugar, dar sus clases de literatura en la Universidad de Oviedo (si es domingo, toca el "peripatético rito bibliófilo"), comer en cualquier restaurante de menú, pasear, leer y escribir (más en cafés que en casa: "como a todos los solitarios, me gusta la gente"), asistir a tertulias, ir al cine, escuchar óperas, contestar a cartas y e-mails, ver la tele después de cenar y no trasnochar nunca. No sé si sigue viajando cada sábado a Avilés, según costumbre, ahora que su madre ya no está.
Con todo, su gusto por viajar (por volver, ante todo), rompe esa aparente monotonía y, entonces, nos habla de Venecia (a la que dedicó un precioso libro), Lisboa, Nueva York, Nápoles o Buenos Aires que, junto a Coimbra, Perugia y Aldeanueva del Camino, son sus lugares del alma. Sí, aunque confiesa que odia el campo (que, como casi todos, identifica con lo rural y sus miserias espirituales), su pueblo natal está muy presente, cada vez más, en su vida. Algo muy lógico. Quizá por eso, entre líneas, envidia la vida retirada del poeta Antonio Moreno.
Martín colecciona también jardines y casas. Le encantan las enumeraciones caóticas, tan borgeanas. O trufar las páginas de aforismos, sentencias, haikus (excelentes), epigramas, listas (sabe, por ejemplo, los enamoramientos que ha tenido o el número de personas que le estiman), encuestas y todo tipo de ocurrencias que unas veces entretienen y casi siempre le hacen a uno pensar. Suelen ser pessoanos desdoblamientos, propios de alguien que al que le gustan los heterónimos (del fotógrafo Juan Ochoa, uno de ellos, es la imagen de la cubierta).
Paradójico por naturaleza, puede ser tierno (sus amigos, reunidos en Ronda, averiguaron hace años, lo cuenta Trapiello, que tiene corazón), al recordar a nuestro querido Ángel Campos, o sentimental (como cuando llora con la biografía de Hölderlin escrita por Antonio Pau), pero también cínico (o eso me parece a ratos), vanidoso ("Algo sé de vanidades. Al fin y al cabo llevo toda una vida lidiando con poetas"), acaso un poco misógino (del amor y todas sus variantes, matrimonio inclusive, no faltan incisivas referencias) y, cómo no, malévolo. Con Javier Marías, Gamoneda, Gimferrer, S. Rosillo, Caballero Bonald o Muñoz Rojas; "la menor cantidad de poeta posible", según él. Con todo, se agradece que las maldades no abunden tanto como solían, por más que le cuadre aquello de genio y figura. "El literatura, como en lo demás, si no molestas es que no existes", ha dicho. O "Si nadie te detesta, no eres nadie".
En las páginas de este libro, como en todos los suyos, lo real y lo inventado o imaginado se sucede sin solución de continuidad. "Miento siempre, pero nunca engaño" es una frase suya que explica bien lo que queremos decir. O esta otra: "Todos nos creamos un personaje".
Lo que más me gusta de este libro (de sus dietarios en general) es su capacidad de encantamiento, esa perplejidad ante lo nimio y lo sencillo (un atardecer, el canto de un pájaro, la lectura de un poema, el encuentro con un libro antiguo, la conversación con un amigo, la visión de una ciudad amurallada o el jardín cerrado de una vieja casona), esa naturalidad ante la común existencia que sólo un niño o un "perpetuo adolescente", como él, puede comprender en su verdadera dimensión y maravilla y, en consecuencia, transmitir.
"Yo soy feliz a menudo", escribe, y eso se nota. Por eso, ya digo, es tan gratificante pasear por el mundo al lado de alguien al que "cualquier nimiedad me fascina", a pesar de que se considere "un hombre de aburridas obsesiones" que a ratos se ve "enredado en melancolías".
Porque le conozco desde hace muchos años, porque fue decisivo en mis primeros tanteos literarios, porque soy rutinario, estable, madrugador y nada noctámbulo como él, porque también he estado con paisanos emigrantes en Suiza, porque compartimos muchos poetas y no pocas lecturas, porque sé que no está pasando por sus días mejores (por la reciente muerte de su madre), porque, en fin, aprecia también uno el humilde milagro de la vida común y sencilla, he leído con tanto interés y he sido tan feliz leyendo Para entregar en mano. Libros así, como decía al principio, confirman que nuestra literatura memorialística goza de excelente salud. Eso y que José Luis García Martín es humano.
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